Antiguo Testamento
Nuevo Testamento
Tamaño de letra
Fondo de lectura
Génesis 23
Entierro de Sara
1Fue la vida de Sara ciento veintisiete años; tantos fueron los años de la vida de Sara.🗨📝 2Y murió Sara en Quiriat-arba, que es Hebrón, en la tierra de Canaán; y vino Abraham a hacer duelo por Sara, y a llorarla.🗨📝 3Y se levantó Abraham de delante de su muerta, y habló a los hijos de Het, diciendo:🗨📝 4Extranjero y forastero soy entre vosotros; dadme propiedad para sepultura entre vosotros, y sepultaré mi muerta de delante de mí.🗨📝 5Y respondieron los hijos de Het a Abraham, y le dijeron:🗨📝 6Oyenos, señor nuestro; eres un príncipe de Dios entre nosotros; en lo mejor de nuestros sepulcros sepulta a tu muerta; ninguno de nosotros te negará su sepulcro, ni te impedirá que entierres tu muerta.🗨📝 7Y Abraham se levantó, y se inclinó al pueblo de aquella tierra, a los hijos de Het,🗨📝 8y habló con ellos, diciendo: Si tenéis voluntad de que yo sepulte mi muerta de delante de mí, oídme, e interceded por mí con Efrón hijo de Zohar,🗨📝 9para que me dé la cueva de Macpela, que tiene al extremo de su heredad; que por su justo precio me la dé, para posesión de sepultura en medio de vosotros.🗨📝 10Este Efrón estaba entre los hijos de Het; y respondió Efrón heteo a Abraham, en presencia de los hijos de Het, de todos los que entraban por la puerta de su ciudad, diciendo:🗨📝 11No, señor mío, óyeme: te doy la heredad, y te doy también la cueva que está en ella; en presencia de los hijos de mi pueblo te la doy; sepulta tu muerta.🗨📝 12Entonces Abraham se inclinó delante del pueblo de la tierra,🗨📝 13y respondió a Efrón en presencia del pueblo de la tierra, deciendo: Antes, si te place, te ruego que me oigas. Yo daré el precio de la heredad; tómalo de mí, y sepultaré en ella mi muerta.🗨📝 14Respondió Efrón a Abraham, diciéndole:🗨📝 15Señor mío, escúchame: la tierra vale cuatrocientos siclos de plata; ¿qué es esto entre tú y yo? Entierra, pues, tu muerta.🗨📝 16Entonces Abraham se convino con Efrón, y pesó Abraham a Efrón el dinero que dijo, en presencia de los hijos de Het, cuatrocientos siclos de plata, de buena ley entre mercaderes.🗨📝 17Y quedó la heredad de Efrón que estaba en Macpela al oriente de Mamre, la heredad con la cueva que estaba en ella, y todos los árboles que había en la heredad, y en todos sus contornos,🗨📝 18como propiedad de Abraham, en presencia de los hijos de Het y de todos los que entraban por la puerta de la ciudad.🗨📝 19Después de esto sepultó Abraham a Sara su mujer en la cueva de la heredad de Macpela al oriente de Mamre, que es Hebrón, en la tierra de Canaán.🗨📝 20Y quedó la heredad y la cueva que en ella había, de Abraham, como una posesión para sepultura, recibida de los hijos de Het.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
Actualmente seleccionado
Génesis 23: RV60
Elige un fondo
Compartir versículo
Comparar versiones
Cargando...
Génesis 23:1
23.1 Abraham y Sara tuvieron un largo y buen matrimonio. Sin embargo, la vida terrenal de Sara llegó a su fin. La palabra “vida” traduce kjai, se refiere a aquello que vive, incluso refiriéndose a lo crudo, la carne viva; es decir, el cuerpo físico de Sara terminó. Por más que el ser humano intente prolongar su vida en este mundo, esto no será para siempre; por lo mismo, debemos vivir para la eternidad, vivir con trascendencia. Paradójicamente, vivir para la eternidad es vivir cada día como si eso fuera todo el tiempo con el que contamos. Los que saben que van a morir suelen vivir de tal modo que dejan huellas inolvidables en la historia. Nos sabemos eternos y nos sabemos temporales. Pasión aquí y ahora; pero también allá y mañana. Vive con intensidad, pero no te consumas rápidamente. Aunque pueda parecernos larga la vida de Sara según el promedio de vida actual, Sara tuvo una muerte prematura (basta considerar lo que vivían en aquel tiempo). ¿Por qué murió Sara prematuramente? Sara muere un poco antes de que sea traída la esposa de Isaac. La familia de Abraham estaba en apariencia completa: los padres y el hijo en armonía. Sin embargo, Isaac estaba incompleto, le faltaba su esposa. Con todo, de acuerdo a la revelación divina del Dios de Abraham y el Dios de Isaac, ya estaban el Padre y el Hijo, pero faltaba la esposa del Hijo. No podía haber dos esposas, por ello, ha de morir Sara para que el Hijo tenga a su mujer. Solo habría una mujer en casa porque Dios tiene una sola esposa, una sola iglesia. La vida humana está supeditada al plan divino. Viviremos o moriremos según se requiera por el reino de Dios. En este sentido, nuestros años no importan, sino la manifestación del reino; por ello, si Sara ha de morir para expresar el mensaje de Dios, que así sea. Jesús mismo tuvo una vida corta, lo importante no es necesariamente su duración, sino su donación; calidad por encima de cantidad. Un año de gloria es más importante que un siglo de deshonra. Sara produjo a Isaac, eso es suficiente para ser recordada eternamente; y habiendo llegado Isaac a la edad adulta necesaria para que le sea presentada su esposa, Sara ha terminado su tiempo y su labor; especialmente al ver que Isaac llegaba a los cuarenta años y no parecía interesado en mujer por estar cómodo con mamá. La vieja revelación siempre ha de hacerse a un lado para dar paso a la nueva generación. El número 127 sólo vuelve aparecer tres veces más en la Biblia, y las tres veces en el libro de Ester refiriéndose a las provincias del imperio del rey Asuero (Es. 1:1; 8:9; 9:30). Dicho número representa límite y grandeza. La vida de Sara fue limitada, pero considerada por el reino de Dios como grandiosa. Todo lo que produzca o llegue a formar a la Simiente prometida, a Cristo, será tenido por glorioso. Ese es el límite y la meta de la vida del ser humano, que Cristo sea formado en él como Sara produjo a Isaac.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:2
23.2 Quiriat – arba significa “ciudad de los cuatro (posiblemente gigantes)”. Arba fue el más grande de los gigantes (Jos. 14:15; 21:11). Es la misma ciudad denominada Hebrón, “asociación, comunión”. La Biblia pudo haber dicho que Sara murió en Hebrón, pero prefirió anteponer el antiguo nombre de Quiriat-arba, relacionándola así con la tierra de los gigantes. Sara murió en la tierra de los gigantes dentro de la tierra de Canaán. Esta tierra estaba rumbo a Jerusalén, pero no en Jerusalén. Sara es un tipo de aquellos que mueren permaneciendo en la fe, pero sin vencer a los gigantes. Mucho pueblo entró con Josué a canaán para conquistar la tierra y miles pelearon por ella; pero muchos murieron en la pelea. No son de los que murieron en el desierto, entraron a Canaán, pero murieron a manos de gigantes antes de disfrutar la tierra de promesa. Tanto ellos como Sara son tipo de los santos que murieron camino a la Nueva Jerusalén, no alcanzaron todo lo prometido, aunque pelearon por ello. Sara es una generación de transición como los cristianos de hoy que creyendo en las promesas viven y mueren antes de alcanzarlas todas; están en Canaán la iglesia general, pero no en Canaán Jerusalén, la iglesia gloriosa. …y vino Abraham a hacer duelo por Sara, y a llorarla -Abraham perdió a muchos que amó a lo largo de su vida. Su sobrino Lot se apartó de él; su criado Eliezer no fue aceptado por Dios como heredero; Ismael, el hijo de Agar, fue echado de su casa; Isaac, su hijo amado fue ofrecido en sacrificio; y ahora Sara moría. Tuvo una vida gloriosa de abundancia, pero también sufrió grandes pérdidas, momentos dolorosos que le causaron gran sufrimiento. Y junto a ofrecer a su hijo, la muerte de Sara fue su experiencia más devastadora. Abraham sintió profunda y dolorosamente la muerte de la compañera de toda su vida. Hizo duelo por ella y la lloró. Nunca antes lo vimos llorar y nunca después lo volveremos a ver derramar lágrimas. Ni siquiera al ofrecer a Isaac lloró, tanto era su amor por Sara. En el pasado cometió errores que nos dan la idea equivocada de que no la amaba, pero en su muerte conocemos la verdad. La palabra traducida como “duelo” es safád, significa “arrancar el cabello y golpearse el pecho”. No sólo se refiere a la costumbre oriental de reaccionar ante la aflicción por un ser querido que ha muerto, sino a dolor genuino. Abraham tuvo muchas pérdidas; ¿es la voluntad de Dios despojar al hombre de todo cuanto ame? Pensar esto es limitado. Dios es Dios, Él no está compitiendo por el amor humano por un ego personal, sino entrenándolo para que le ame eternamente. Dios no es un ser que se siente inseguro de ser amado. Además, todo lo que Abraham perdió fue necesario para llevar a cabo el plan de Dios; Él jamás quita por quitar ni pide por pedir, no hay despropósito en Él.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:3
23.3 Por grande que sea el dolor, los hombres de fe, los llamados de Dios se levantan; los lutos no son eternos y la vida continúa. Abraham dejó de llorar y se encargó de los preparativos de la sepultura del cuerpo de su esposa. Los hijos de Het eran los hititas, antiguos habitantes del Asia menor. Het significa “terror”. Ante la muerte, los llamados confrontan su temor. No puedes enfrentar tus temores mientras sigas llorando tus dolores. Abraham se levantó de delante de su muerta para hablar con los hijos de Het. La tierra prometida comienza a conquistarse cuando se terminan las lágrimas. La queja no ayuda sino al enemigo. El primer lote de tierra prometida está después de la funeraria.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:4
23.4 Abraham vivió como extranjero y forastero en una tierra que por Palabra de Dios le pertenecía (Heb. 11:9). Su virtud fue permanecer en ella aún cuando la promesa parecía no cumplirse. Lo que me sorprende es que comenzó a poseer la tierra hasta que se animó a reclamarla. Fue necesaria la muerte de su mujer para que se animara a comenzar a comprar propiedades. El hombre no tiene lo que merece, sino lo que negocia. La Palabra dice que esperaba la ciudad celestial, pero, ¿tener una ciudad en Canaán le hubiera impedido recibir la ciudad celestial? Se que el propósito es enseñarnos a no echar raíces en las cosas de este mundo, sin embargo, el rey David por su parte, es un ejemplo de que se puede disfrutar de ambas ciudades en su tiempo cada una. Antes de que vayamos al cielo hay que traer el cielo a la tierra. Quienes viven como extranjeros y peregrinos en la tierra mueren sin recibir lo prometido (Hebreos 11:13); ¿no pueden mejor vivir como propietarios de la tierra? (1 Cor. 3:22); ¿o no hay fe en conquistar? ¿La generación de Josué era incrédula? ¿David y Salomón no debieron tener un reino? La Palabra enseña que Dios ha provisto algo mejor para nosotros (Heb. 11:39-40). Hay quienes han muerto sin recibir lo prometido, esperando lo porvenir; más no que la Palabra de Dios haya fallado, sino que fueron ellos quienes no aceptaron el rescate con la idea de que si lo aceptaban entonces no lo recibirían después (Heb. 11:35); más, ¿acaso Lázaro no será después resucitado? Desde luego que sí. Los que sufrieron como extranjeros y forasteros pudieron haber disfrutado como propietarios; fue su fe y su decisión sufrir, loable, sí, pero innecesaria. Abraham dijo: “soy un extranjero y forastero, denme una tierra para sepultura”; y los hititas le respondieron: “tú eres un príncipe entre nosotros”, como diciendo: “eres principal, puedes tener lo que desees”. Ser extranjeros y advenedizos en la actualidad no se refiere a vivir pobre, sino abstenerse de los deseos carnales que batallan contra el alma (1 Pedro 2:11). Las palabras “Extranjero” y “forastero” traducen términos relacionados con gur, que significa “volverse a un lado del camino” como rechazando hospedarse. No es que no pudiera hospedarse, Abraham lo rechazó voluntariamente. “Propiedad”, heb. Akjuzzá, “agarrar”. Abraham tuvo sólo la propiedad que decidió agarrar, echar mano o poseer. La única propiedad que Abraham tuvo en Canaán fue para sepultura de su mujer, de sí mismo y de sus hijos. Esto manifiesta que tenía puesta su mirada en la resurrección, pues no compró tierra para disfrutar en vida, sino para usar en muerte. Abraham creyó en la resurrección al ofrecer a su hijo en sacrificio (Heb. 11:19) y creyó en la resurrección al morir su mujer, por lo que compró una tierra. Sepultar un cuerpo es una forma de sembrarlo esperando su resurrección (no porque no pueda resucitar si no fuese sepultado, solo es una figura). Incluso engendró a su hijo mediante el poder de la resurrección, pues la Escritura dice que antes de eso ya “estaba como muerto” (Heb. 11:12). El mismo poder en el que creía Abraham está disponible para nosotros hoy (me atrevería a decir que en mayor medida Heb. 11:40); el poder de la resurrección es aún más real para nosotros hoy (Ef. 1:18-20).
— Roberto Tinoco
Génesis 23:5
23.5-6 La respuesta de los hijos de Het deja en claro que Abraham no poseía porque no quería; él era un príncipe entre los hombres de su época y podía disponer de cuanto quisiera, incluso le llamaban señor. La promesa de Dios ya estaba cumplida y sólo faltaba que el patriarca la reclamara. Dios ha llamado a su pueblo a reinar sobre la tierra. Desde el principio, fuimos creados para enseñorearnos de la creación (Gen. 1:28); somos señores por diseño. Dios repitió esto después del diluvio (Gen. 9). En Apocalipsis 5:10 se nos llama sacerdotes que reinaremos sobre la tierra. Abraham prefirió reinar en lugares celestiales, pero sus contemporáneos ya lo consideraban un rey entre ellos. Ese es nuestro llamado y debemos atenderlo. Es en la tierra donde hace falta que los hijos de Dios reinen; es en la tierra donde el mal se esparció y donde los injustos causan problemas; por tanto, hasta la creación está gimiendo esperando la manifestación de los hijos de Dios (Rom. 8:19). El mundo no puede impedirnos los lugares que ellos destinaron para muerte; los hijos de Het dijeron: ninguno de nosotros te negará su sepulcro; los hijos del temor no pueden impedir que los hijos de Dios hagamos de sus lugares de muerte nuevos lugares de resurrección. Debes reinar en tu familia, en tu trabajo y en todo lugar en el que te encuentres.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:6
23.5-6 La respuesta de los hijos de Het deja en claro que Abraham no poseía porque no quería; él era un príncipe entre los hombres de su época y podía disponer de cuanto quisiera, incluso le llamaban señor. La promesa de Dios ya estaba cumplida y sólo faltaba que el patriarca la reclamara. Dios ha llamado a su pueblo a reinar sobre la tierra. Desde el principio, fuimos creados para enseñorearnos de la creación (Gen. 1:28); somos señores por diseño. Dios repitió esto después del diluvio (Gen. 9). En Apocalipsis 5:10 se nos llama sacerdotes que reinaremos sobre la tierra. Abraham prefirió reinar en lugares celestiales, pero sus contemporáneos ya lo consideraban un rey entre ellos. Ese es nuestro llamado y debemos atenderlo. Es en la tierra donde hace falta que los hijos de Dios reinen; es en la tierra donde el mal se esparció y donde los injustos causan problemas; por tanto, hasta la creación está gimiendo esperando la manifestación de los hijos de Dios (Rom. 8:19). El mundo no puede impedirnos los lugares que ellos destinaron para muerte; los hijos de Het dijeron: ninguno de nosotros te negará su sepulcro; los hijos del temor no pueden impedir que los hijos de Dios hagamos de sus lugares de muerte nuevos lugares de resurrección. Debes reinar en tu familia, en tu trabajo y en todo lugar en el que te encuentres.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:7
23.7 Cuando Abraham se postró delante de Dios (Gen. 17:3) se dice que nafál (heb.), “cayó”; pero cuando se inclinó ante el pueblo de aquella tierra, se dice que shakjá (heb.), “postrarse” como homenaje a la realeza. Esto no fue un acto de adoración, sino de reverencia. La cultura oriental, especialmente de aquella época miraba como un acto de educación y buenas costumbres el inclinarse ante aquellos a los que buscaban su favor, aunque en el caso del patriarca podía omitirse. Es interesante considerar que Abraham era tenido por el pueblo de aquella tierra como un príncipe y Abraham se resistía a vivirlo. Su humildad es ejemplar, pero no necesaria. ¿No es increíble lo que hace la muerte de un ser amado? Abraham se inclinó a los hijos del temor (Het). Demasiadas personas han quedado atadas al temor después de confrontar la muerte (Heb. 2:15); no que Abraham quedara ligado al temor, pero figurativamente puede aplicarse. Pueblo, am en su lengua original, significa específicamente “tribu”.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:8
23:8 Abraham inicia las negociaciones para obtener su primer lote de tierra en Canaán; sigue dependiendo de la voluntad de los habitantes del lugar. Parece que el patriarca tomaba muy en cuenta la opinión de los demás, no en vano sus tropiezos se debieron al temor a los hombres (recuerda cuando mintió sobre su esposa). ¿Realmente importaba si los hijos de Het tenían o no voluntad de que Abraham sepultara a su muerta? ¿Le interesa al mundo el bienestar de los creyentes? El príncipe de Dios está pidiendo a los hijos del temor que intercedan por él ante Efrón, hijo de Zohar; es decir, ante un cananeo. Debería ser el cananeo quien le pagara renta a Abraham por vivir en su tierra. Abraham estaba informado sobre quién era el propietario de la tierra y sabía que estaba presente, el hecho de que no se dirija directamente a él, sino que pida la intercesión de los hijos del temor muestra más que respeto, aprensión. Efrón significa “parecido a venado”. Zohar significa “blancura” como deslumbrar, brillo.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:9
23.9 Macpela significa “redil”. Sepultar a Sara fue como llevarla al redil celestial. La cueva de Macpela es un símbolo de la entrada a la resurrección (consulta las notas anteriores sobre el por qué de dicha posesión). La primera propiedad en Canaán para Abraham fue la cueva de Macpela, por ello es la entrada a la herencia celestial. Dicha cueva está en camino a Jerusalén, es la entrada simbólica a la Nueva Jerusalén, la ciudad celestial a la cual se entra por resurrección, he allí el por qué para sepultura. Sara fue sembrada, más que sepultada. Ese era el concepto antiguo, aún nuestra cultura se refería al cementerio como “camposanto”. La gente era sembrada en espera de resucitar (aunque no es requisito ser sepultado para resucitar). Y como puerta a la resurrección, la cueva de Macpela tiene precio. La salvación es gratis, la mejor resurrección lo cuesta todo (Fil. 3:8-11). Abraham ofreció pagar su justo precio. También, Macpela, además de significar redil, proviene de una raíz que significa doble. Allí fueron sepultados en parejas: Abraham y Sara, Isaac y Rebeca, Jacob y Lea. Esto muestra su esperanza de la iglesia en la vida de resurrección desde tiempos patriarcales. Y cuando Jesús hizo referencia a la enseñanza de la resurrección la basó en el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob (Mat. 22:31-32).
— Roberto Tinoco
Génesis 23:10
23.10 Efrón se encontraba entre los hijos del temor. Él no era sino solo como un venado (como significa su nombre), pero Abraham lo trató como a un búfalo, pues no quería problemas con los habitantes del lugar. La autoridad que cedemos otros la usarán contra nosotros. Abraham no le habló directamente al principio, pero el cananeo si se dirigió al patriarca al sentirse protegido por los hijos del temor. Hablar en presencia de los que entraban por la puerta de una ciudad era una costumbre oriental antigua de hacer legal un asunto. Eran como la especie de cortes o juzgados de su tiempo (Sal. 127:5).
— Roberto Tinoco
Génesis 23:11
23.11 Efrón ofrece gratuitamente la heredad y la cueva que contiene llamando a Abraham señor (adon, compare Adonai). Esto era parte de la cortesía en la negociación, pero en realidad Efrón no quería regalar nada; incluso podía haberse ofendido con Abraham la aceptaba de inmediato. Sin embargo, Efrón estaba haciendo esto delante del tribunal del momento; dijo esto “en presencia de los hijos de su pueblo”, por lo que estaba atándose. Con todo, Abraham ofrece comprar una tierra que tanto Dios como Efrón se la ofrecen gratuitamente. Me pregunto si no complicamos en forma similar nuestros asuntos que, siendo herederos y propietarios, vivamos como desposeídos. Con todo, es un ejemplo de cómo tratar con los que no conocen a Dios. Jesús fue sepultado en una tumba prestada; ¿qué había de malo en que Sara fue sepultada en forma similar? La diferencia es que Abraham quería un sepulcro que perteneciera a su familia por generaciones, mientras que Jesús resucitaría en breve tiempo. La cantidad de inversiones que hacemos en este mundo están directamente relacionadas con nuestra expectativa de vida en él. Efrón no se refiere a su propiedad con la palabra que Abraham usó (akjuzzá, “agarrar”, posesión); sino como sadái, “esparcir, tender, campo (por plano)”. Muestra cortesía al negociar no tratando la tierra como posesión, sino sólo como un campo. No está aferrado a ella, sino dispuesto a cederla.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:12
23.12 Esta es la segunda vez que vemos a Abraham hacer reverencia delante de los habitantes del lugar. No es adoración, pues se utilizan palabras diferentes para ello; sino una muestra de respeto al estilo oriental de la época. La vida cristiana requiere de cortesía y educación en el trato con sus semejantes de este mundo; muchos conflictos se evitarían si solo mantuviéramos las buenas costumbres en las relaciones humanas. La diplomacia, la civilidad y la caballerosidad son parte del ser cristiano. La ignorancia y la falta de modales van en contra de la fe que profesamos.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:13
23.13 Iniciadas las negociaciones con mutuas muestras de buena fe, Abraham continúa en su ofrecimiento de compra. Todo esto era en presencia del pueblo, es decir, con carácter legal. Nota el cuidado diplomático: si te place, te ruego. En aquellas épocas, el dinero corriente era la plata, la palabra traducida como precio es késef, literalmente, “plata” (por su color pálido). La plata es un símbolo bíblico de redención; por lo que entendemos que Abraham redimió su propia tierra, tal y como Dios mismo redimió su propia creación; el uno con dinero, el otro con la sangre de su Hijo. Aún nuestra herencia debe ser redimida. Sin la muerte de Jesucristo no tendríamos herencia en el reino de los cielos y no recibiremos nada sin Él. Una vez entendido esto, comprendamos también las demandas del reino: ¿estás dispuesto a pagar el precio de la heredad? Demasiados creyentes desean galardones y recompensas sin esfuerzo y sin trabajo. La tierra es tuya, pero pelea por ella.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:14
23.14-15 Efrón se refiere a Abraham una y otra vez como adon, señor, gobernador; a diferencia de Abraham que no se refiere a Efrón en esos términos. Efrón podía hablar así sólo por cortesía, pero en verdad Abraham era su gobernante, pues era el heredero legítimo de Canaán. Aún así, el costo de la tierra fue excesivo; cuatrocientos siclos de plata era demasiado. Efrón dijo: “¿qué es esto entre tú y yo?”; en relación al terreno era mucho, pero en relación a la importancia de Abraham era nada. Esta es la razón por la cual las demandas a los hijos de Dios sean mayores que para el mundo: su valor y llamado. Cuatrocientos siclos de plata eran casi cinco kilos del precioso material; Efrón dio un precio muy alto, aproximadamente el doble del valor, quizá esperando que Abraham regateara el precio; sin embargo, el patriarca lo compró en la primera propuesta; para él no era un asunto de sacar ganancia. El número 400 significa “prueba”; por ejemplo, 400 años pasó Israel oprimido como esclavo en Egipto (Gen. 7:13; Hech. 7:6). Toda herencia es una prueba. La prosperidad no es para placer, sino para entrenar. Administrando la prosperidad del reino en la tierra aprendemos cómo administrar las riquezas celestiales del reino. Por otro lado, cada tumba testifica de la caída del hombre. Abraham compró tierra para enterrar a su muerta. La tierra es un inmenso cementerio donde descansan los restos de la humanidad en espera de la resurrección. Fuimos creados del polvo y volvemos al polvo a causa de la condición caída de nuestro cuerpo presente (Gen. 3:19).
— Roberto Tinoco
Génesis 23:15
23.14-15 Efrón se refiere a Abraham una y otra vez como adon, señor, gobernador; a diferencia de Abraham que no se refiere a Efrón en esos términos. Efrón podía hablar así sólo por cortesía, pero en verdad Abraham era su gobernante, pues era el heredero legítimo de Canaán. Aún así, el costo de la tierra fue excesivo; cuatrocientos siclos de plata era demasiado. Efrón dijo: “¿qué es esto entre tú y yo?”; en relación al terreno era mucho, pero en relación a la importancia de Abraham era nada. Esta es la razón por la cual las demandas a los hijos de Dios sean mayores que para el mundo: su valor y llamado. Cuatrocientos siclos de plata eran casi cinco kilos del precioso material; Efrón dio un precio muy alto, aproximadamente el doble del valor, quizá esperando que Abraham regateara el precio; sin embargo, el patriarca lo compró en la primera propuesta; para él no era un asunto de sacar ganancia. El número 400 significa “prueba”; por ejemplo, 400 años pasó Israel oprimido como esclavo en Egipto (Gen. 7:13; Hech. 7:6). Toda herencia es una prueba. La prosperidad no es para placer, sino para entrenar. Administrando la prosperidad del reino en la tierra aprendemos cómo administrar las riquezas celestiales del reino. Por otro lado, cada tumba testifica de la caída del hombre. Abraham compró tierra para enterrar a su muerta. La tierra es un inmenso cementerio donde descansan los restos de la humanidad en espera de la resurrección. Fuimos creados del polvo y volvemos al polvo a causa de la condición caída de nuestro cuerpo presente (Gen. 3:19).
— Roberto Tinoco
Génesis 23:16
23.16 Hecho el acuerdo, procedieron a pesar el precio en plata de la compra. Todo esto se hizo con testigos para validar el asunto (2 Cor. 13:1). La redención tiene peso; es decir, gloria (la plata es redención). No se puede redimir sin gloria. Dios ha engrandecido su gloria redimiendo al hombre a precio de sangre (1 Pedro 1.18-19), no por un terreno para sepultura de una mujer, sino por una Esposa para vida eterna (Ef. 5:25-27). No solo delante de los hijos de temor (Het), sino del mundo entero. La muerte de Jesucristo no ocurrió en un rincón, sino ha sido notorio a todos en todo lugar y en todos los tiempos (Hechos 26:26). La compra de Abraham fue de buena ley entre mercaderes. La compra del Señor fue de acuerdo a la Ley del reino de Dios. Esta es la primera vez que aparece la palabra “mercaderes” (heb. Sakjár), significa “viajar dando vueltas”. Los mercaderes eran personas errantes llevando sus mercancías de lugar en lugar. Abraham era un mercader del reino, pues era peregrino en la tierra y vivía en tiendas sin residencia fija. Efrón no era literalmente un mercader, en el estricto apego de la palabra, pero también era un comerciante. Como tal, Abraham llevaba una mercancía de gran precio, las buenas nuevas.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:17
23.17 ¿Qué es la cueva de Macpela? La cueva no era simplemente un lugar que servía como tumba, sino un sitio profético que servía de puerta al reino de los cielos. Fue la primera tierra de Abraham en la tierra prometida, de manera que era la puerta a la misma. Dicha propiedad estaba ubicada en el camino de Hebrón hacia lo que habría de ser la ciudad de Jerusalén. Era una heredad que tenía árboles como una especie de huerto y estaba al oriente de Mamre (“firmeza, vigor”); tal y como el huerto de Edén estaba “plantado al oriente” (Gen. 2:8). En lo natural, la cueva de Macpela era una tumba; pero en lo espiritual era la entrada a la Nueva Jerusalén, la vida del reino de los cielos, el huerto de Dios. Era un símbolo de vida y la esperanza de resurrección. Todos debemos tener nuestra propia cueva de Macpela, no me refiero a una tumba en sí; sino a la entrada al reino de los cielos. Jesús habló bastante acerca de entrar al reino de los cielos; tradicionalmente se ha identificado esto como ir al cielo, pero ese no es el verdadero significado de la expresión. Entrar al reino de los cielos es un cambio de condición espiritual acorde con la posición de nuestro llamado en lugares celestiales. No todos los creyentes entran al reino de los cielos, todos los nacidos de nuevo pueden verlo y tienen vida eterna, pero debemos distinguir entre ver el reino y entrar al reino. Ver es ser consciente del reino, pero entrar es participar del reino. Por ejemplo, el Señor Jesucristo le dijo a Nicodemo que tenía que nacer de nuevo para ver el reino de Dios (Juan 3:3). Cuando leemos esto damos por sentado que el que nace de nuevo está dentro del reino de Dios; sin embargo, repito, una cosa es ver el reino de Dios y otra muy diferente es entrar al reino de Dios. Permíteme explicar esto: en el pasaje leído de Juan 3:3 hallamos que naciendo de nuevo podemos ver el reino de Dios, pero en el versículo 5 del mismo capítulo Jesús deja muy claro que es necesario nacer del agua y del espíritu para entrar al reino de Dios. Para ver el reino basta con la conversión, pero para entrar al reino hace falta además de la conversión, la muerte del yo. Las aguas no representan aquí las fuentes del vientre materno como muchos piensan, sino el proceso de muerte y resurrección espiritual del creyente (simbolizado también por las aguas del bautismo Rom. 6:4; Col. 2:12; 1 P. 3:18-21). Un símbolo de esto es Moisés, quien pudo ver la tierra prometida desde el monte Nebo, pero no pudo entrar a ella vivo en carne a causa de golpear por segunda vez la roca (Deut. 34:4). Con todo, después de muerto lo encontramos dentro de la tierra prometida con Cristo en el monte de la transfiguración (Mat. 17:1-3). ¡Gloria a Dios! Es necesario nacer de nuevo y luego morir a la carnalidad para entrar a la tierra prometida; es decir, para obtener el cumplimiento de las promesas del reino relacionadas con los galardones. Muchos están cerca del reino de los cielos, pero pocos están dentro del reino (Mr. 12:34). Un día los discípulos le preguntaron al Señor ¿quién era el mayor en el reino de los cielos? El Señor les respondió que necesitaban hacerse como niños para poder entrar en el reino de los cielos (Mat. 18:1-3). Ellos se creían dentro y peleaban por saber quién era el mayor entre ellos. La respuesta del Maestro es un balde de agua fría a la presunción religiosa de la iglesia: ¡todavía les faltaba hacerse como niños, no para ser el más grande, sino tan solo para entrar al reino de los cielos! Nunca olvidemos el principio de la caída de los religiosos judíos: se sentían tan confiados en que eran el pueblo de Dios y de ellos eran el reino que se ensoberbecieron dejando de producir los frutos del reino. El reino es dado únicamente a los que producen los frutos del reino (Mat. 21:43). Quien mira atrás no es apto para el reino de Dios (Luc. 9:62).
— Roberto Tinoco
Génesis 23:18
23.18 Como testifican los versículos anteriores, es muy significativo que la primera propiedad que el patriarca Abraham poseyó legítimamente en Canaán fuese la tumba de su esposa. Abraham vivió como extranjero y peregrino en la tierra prometida esperando la ciudad celestial (Heb. 11:9-10). Esto es muy loable y digno de admiración; pero no es el llamado a todos los creyentes en el sentido literal de la palabra. La Biblia también presenta a hombres como Josué conquistando a punta de espada la tierra prometida y a David fundando la llamada “ciudad de David”; así como establecer el reino más poderoso del momento. Abraham tuvo la tierra que quiso tener y no necesariamente la tierra que pudo tener. Su grandeza estriba en que pudiendo tomarla toda, prefirió esperar en Dios. Si hubiera tomado posesión de la misma no habría pecado, pues Dios no solo le dijo que le daría esa tierra a sus descendientes (Gen. 12:7), sino también a él (Gen. 13:15). Así sucede con muchos creyentes que, pudiendo entrar y tomar posesión de las promesas del reino en la era presente, prefieren esperar al futuro. Admirable en fe, pero innecesario, pues podrían tener fe para el presente sin que esto invalide la fe para el futuro. La fe que te dará es la misma que hoy da. En el reino de Dios, el hombre llega hasta donde quiera llegar. Se repite una y otra vez que toda la negociación por la tierra se hizo en presencia de los hijos de Het y de los que entraban por la puerta. El mundo tiene que ser testigo de la bondad de Dios a nuestro favor. Hay dos clases de personas que deben ver la manifestación del reino por medio nuestro; una se refiere a los hijos de Het, los hijos del temor, la gente sin Dios. Y la otra clase son los que entran por la puerta de la ciudad, personas del reino. Entre creyentes e incrédulos están los llamados en fe. No seas de los hijos de Het y no te conformes con ser parte de los creyentes espectadores; se de los llamados en fe a poseer la tierra en espera de la vida de resurrección.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:19
23:19 Después de la negociación con Efrón sepultó a Sara en la heredad comprada. Los cuerpos muertos no podían estar mucho tiempo sin sepultura, pues se descomponían con rapidez al no tener tratamiento ni clima adecuado. No fuimos hechos para la muerte, no podemos durar mucho tiempo en su contacto. En este sentido, las tumbas son una bendición, pues son una especie de cárcel de la muerte que le separa de los vivos. Cumplido el propósito de la vida de Sara, de quien se enfatiza es mujer de Abraham, muere y es sepultada. El propósito de su vida fue dar a luz a Isaac y cuidarlo hasta su edad adulta, cumplido esto, concluyó su existencia terrenal. Sara es como la iglesia, su propósito no es la iglesia misma, sino formar a Cristo, la Simiente prometida. Una vez que esto esté satisfecho, la historia terrenal de la iglesia debe terminar. No tenemos propósito de existencia fuera de Cristo.
— Roberto Tinoco
Génesis 23:20
23.20 La palabra “posesión”, en heb. Akjuzzá, significa “agarrado”; esto es, algo que se ha agarrado o arrebatado. Los huesos de Sara en la cueva de Macpela serían la señal de que Abraham había agarrado la promesa de Dios. Dicha heredad era la primicia de toda la tierra prometida. Esto se obtuvo de los hijos de Het (temor). La muerte de Sara permitió una conquista; invita a pensar en la muerte de Cristo: Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham (Heb. 2:14-16).
— Roberto Tinoco