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Mateo 8
Jesús sana a un hombre con lepra
1Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente.🗨📝 2Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.🗨📝 3Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.🗨📝 4Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos.🗨📝La fe de un oficial romano
5Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole,🗨📝 6y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado.🗨📝 7Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré.🗨📝 8Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente dí la palabra, y mi criado sanará.🗨📝 9Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.🗨📝 10Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.🗨📝 11Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos;🗨📝 12mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.🗨📝 13Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.🗨📝Jesús sana a mucha gente
14Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre.🗨📝 15Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y les servía.🗨📝 16Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos;🗨📝 17para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.🗨📝Lo que cuesta seguir a Jesús
18Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar al otro lado.🗨📝 19Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.🗨📝 20Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza.🗨📝 21Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre.🗨📝 22Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos.🗨📝Jesús calma la tormenta
23Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron.🗨📝 24Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.🗨📝 25Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!🗨📝 26El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.🗨📝 27Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?🗨📝Jesús sana a dos endemoniados
28Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquel camino.🗨📝 29Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?🗨📝 30Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos.🗨📝 31Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera, permítenos ir a aquel hato de cerdos.🗨📝 32El les dijo: Id. Y ellos salieron, y se fueron a aquel hato de cerdos; y he aquí, todo el hato de cerdos se precipitó en el mar por un despeñadero, y perecieron en las aguas.🗨📝 33Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad, contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los endemoniados.🗨📝 34Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Mateo 8:1
8.1.4 Por ti Él descendió. El Rey Jesús descendió del monte después de dar su célebre sermón de las bienaventuranzas y demás enseñanzas englobadas en lo que tradicionalmente se conoce como “el sermón del monte”. Dicho mensaje es la Constitución del Reino, la Ley de Cristo. Decir que descendió del monte después de este mensaje es muy significativo, pues es similar a aquella ocasión cuando Moisés estuvo en el monte Sinaí con Dios por cuarenta días, después de los cuales descendió cargando las tablas de piedra con los diez mandamientos escritos por el dedo de Dios en ellas. Al bajar, Moisés encontró al pueblo de Israel en fiesta adorando un becerro de oro que ellos mismos hicieron. ¿Reacción? ¡Moisés quebró las tablas de la Ley! ¿Qué puede hacer una Ley en piedra ante un ser corrompido interiormente por el pecado? Ahora mira a Cristo y a su Ley. Él también bajó del monte trayendo una ley, su Ley; la cual no escribe en tablas de piedra, sino en el corazón humano por el Espíritu del Dios Vivo (2 Cor. 3:3). El escenario que encontró no fue muy diferente al de Moisés, al contrario, vino a Él un leproso, uno de esos infelices a quienes la Ley de Moisés declaraba inmundo y que era expulsado de la comunión del pueblo, así como del culto a Dios. Fiel figura de un pueblo enfermo de pecado hasta los huesos y a quien la Ley de Moisés no podía ayudar. Después de todo, la Ley Mosaica no fue dada para salvar al hombre, sino para diagnosticar su condición. Por un lado expresaba el carácter santo de Dios y por otro, la necesidad humana de un Salvador. ¿Qué haces cuando aún la Ley de Dios te condena? El leproso se postró ante Jesús. Se postró buscando una Ley superior, la Ley de Cristo. Rogó al Señor que lo limpiara: si quieres, puedes limpiarme. No dudaba del poder de Dios, sino de la voluntad de Dios. Cuando el hombre sólo ha conocido lo relativo a la Ley de Moisés sabe que Dios puede, Él es todopoderoso, pero, ¿querrá salvar a un miserable pecador? Este pensamiento es muy común; prácticamente todos creen que Dios puede hacer maravillas, pero muy pocos creen que puede hacer dichas maravillas en ellos. Entonces Jesús le respondió: quiero, sé limpio. ¡Wow! Toda la Ley estaba cambiada, no abrogada, sino cumplida y aumentada. Y para confirmarlo, Jesús hizo lo que la Ley antigua prohibía: extendió la mano y lo tocó. Tocar a un leproso era contaminarse, pero Cristo lo tocó para sanarlo. La Vida supera a la muerte. ¿Acaso no tocó el Señor el pecado cuando lo llevó sobre sí en la cruz a fin de limpiarnos? Te ama tanto que no hay absolutamente nada que hayas hecho que le impida acercarse a ti. Él quiere tocarte. La lepra desapareció, lo mismo que nuestros pecados. Es el poder del Espíritu de vida en Cristo Jesús que nos libra de la ley del pecado y de la muerte (Rom. 8:2). Luego envió el Señor al hombre limpio a presentar la ofrenda que la Ley de Moisés exigía a los leprosos. La idea era hacerles saber que lo que era imposible para ellos en su religión, es posible para Cristo. ¿Puedes imaginar su asombro? ¡Fueron ellos mismos conforme a la Ley quienes lo declararon inmundo y lo expulsaron sin poder ayudarlo! Cristo ya descendió, ¿por qué no habrías de ser limpio? ¡Ah! Pero hay algo más, Él también volvió a subir, de modo que podamos seguirlo hasta la Presencia misma de Dios. ¿No es esto maravilloso?
— Roberto Tinoco
Mateo 8:2
8.1.4 Por ti Él descendió. El Rey Jesús descendió del monte después de dar su célebre sermón de las bienaventuranzas y demás enseñanzas englobadas en lo que tradicionalmente se conoce como “el sermón del monte”. Dicho mensaje es la Constitución del Reino, la Ley de Cristo. Decir que descendió del monte después de este mensaje es muy significativo, pues es similar a aquella ocasión cuando Moisés estuvo en el monte Sinaí con Dios por cuarenta días, después de los cuales descendió cargando las tablas de piedra con los diez mandamientos escritos por el dedo de Dios en ellas. Al bajar, Moisés encontró al pueblo de Israel en fiesta adorando un becerro de oro que ellos mismos hicieron. ¿Reacción? ¡Moisés quebró las tablas de la Ley! ¿Qué puede hacer una Ley en piedra ante un ser corrompido interiormente por el pecado? Ahora mira a Cristo y a su Ley. Él también bajó del monte trayendo una ley, su Ley; la cual no escribe en tablas de piedra, sino en el corazón humano por el Espíritu del Dios Vivo (2 Cor. 3:3). El escenario que encontró no fue muy diferente al de Moisés, al contrario, vino a Él un leproso, uno de esos infelices a quienes la Ley de Moisés declaraba inmundo y que era expulsado de la comunión del pueblo, así como del culto a Dios. Fiel figura de un pueblo enfermo de pecado hasta los huesos y a quien la Ley de Moisés no podía ayudar. Después de todo, la Ley Mosaica no fue dada para salvar al hombre, sino para diagnosticar su condición. Por un lado expresaba el carácter santo de Dios y por otro, la necesidad humana de un Salvador. ¿Qué haces cuando aún la Ley de Dios te condena? El leproso se postró ante Jesús. Se postró buscando una Ley superior, la Ley de Cristo. Rogó al Señor que lo limpiara: si quieres, puedes limpiarme. No dudaba del poder de Dios, sino de la voluntad de Dios. Cuando el hombre sólo ha conocido lo relativo a la Ley de Moisés sabe que Dios puede, Él es todopoderoso, pero, ¿querrá salvar a un miserable pecador? Este pensamiento es muy común; prácticamente todos creen que Dios puede hacer maravillas, pero muy pocos creen que puede hacer dichas maravillas en ellos. Entonces Jesús le respondió: quiero, sé limpio. ¡Wow! Toda la Ley estaba cambiada, no abrogada, sino cumplida y aumentada. Y para confirmarlo, Jesús hizo lo que la Ley antigua prohibía: extendió la mano y lo tocó. Tocar a un leproso era contaminarse, pero Cristo lo tocó para sanarlo. La Vida supera a la muerte. ¿Acaso no tocó el Señor el pecado cuando lo llevó sobre sí en la cruz a fin de limpiarnos? Te ama tanto que no hay absolutamente nada que hayas hecho que le impida acercarse a ti. Él quiere tocarte. La lepra desapareció, lo mismo que nuestros pecados. Es el poder del Espíritu de vida en Cristo Jesús que nos libra de la ley del pecado y de la muerte (Rom. 8:2). Luego envió el Señor al hombre limpio a presentar la ofrenda que la Ley de Moisés exigía a los leprosos. La idea era hacerles saber que lo que era imposible para ellos en su religión, es posible para Cristo. ¿Puedes imaginar su asombro? ¡Fueron ellos mismos conforme a la Ley quienes lo declararon inmundo y lo expulsaron sin poder ayudarlo! Cristo ya descendió, ¿por qué no habrías de ser limpio? ¡Ah! Pero hay algo más, Él también volvió a subir, de modo que podamos seguirlo hasta la Presencia misma de Dios. ¿No es esto maravilloso?
— Roberto Tinoco
Mateo 8:3
8.1.4 Por ti Él descendió. El Rey Jesús descendió del monte después de dar su célebre sermón de las bienaventuranzas y demás enseñanzas englobadas en lo que tradicionalmente se conoce como “el sermón del monte”. Dicho mensaje es la Constitución del Reino, la Ley de Cristo. Decir que descendió del monte después de este mensaje es muy significativo, pues es similar a aquella ocasión cuando Moisés estuvo en el monte Sinaí con Dios por cuarenta días, después de los cuales descendió cargando las tablas de piedra con los diez mandamientos escritos por el dedo de Dios en ellas. Al bajar, Moisés encontró al pueblo de Israel en fiesta adorando un becerro de oro que ellos mismos hicieron. ¿Reacción? ¡Moisés quebró las tablas de la Ley! ¿Qué puede hacer una Ley en piedra ante un ser corrompido interiormente por el pecado? Ahora mira a Cristo y a su Ley. Él también bajó del monte trayendo una ley, su Ley; la cual no escribe en tablas de piedra, sino en el corazón humano por el Espíritu del Dios Vivo (2 Cor. 3:3). El escenario que encontró no fue muy diferente al de Moisés, al contrario, vino a Él un leproso, uno de esos infelices a quienes la Ley de Moisés declaraba inmundo y que era expulsado de la comunión del pueblo, así como del culto a Dios. Fiel figura de un pueblo enfermo de pecado hasta los huesos y a quien la Ley de Moisés no podía ayudar. Después de todo, la Ley Mosaica no fue dada para salvar al hombre, sino para diagnosticar su condición. Por un lado expresaba el carácter santo de Dios y por otro, la necesidad humana de un Salvador. ¿Qué haces cuando aún la Ley de Dios te condena? El leproso se postró ante Jesús. Se postró buscando una Ley superior, la Ley de Cristo. Rogó al Señor que lo limpiara: si quieres, puedes limpiarme. No dudaba del poder de Dios, sino de la voluntad de Dios. Cuando el hombre sólo ha conocido lo relativo a la Ley de Moisés sabe que Dios puede, Él es todopoderoso, pero, ¿querrá salvar a un miserable pecador? Este pensamiento es muy común; prácticamente todos creen que Dios puede hacer maravillas, pero muy pocos creen que puede hacer dichas maravillas en ellos. Entonces Jesús le respondió: quiero, sé limpio. ¡Wow! Toda la Ley estaba cambiada, no abrogada, sino cumplida y aumentada. Y para confirmarlo, Jesús hizo lo que la Ley antigua prohibía: extendió la mano y lo tocó. Tocar a un leproso era contaminarse, pero Cristo lo tocó para sanarlo. La Vida supera a la muerte. ¿Acaso no tocó el Señor el pecado cuando lo llevó sobre sí en la cruz a fin de limpiarnos? Te ama tanto que no hay absolutamente nada que hayas hecho que le impida acercarse a ti. Él quiere tocarte. La lepra desapareció, lo mismo que nuestros pecados. Es el poder del Espíritu de vida en Cristo Jesús que nos libra de la ley del pecado y de la muerte (Rom. 8:2). Luego envió el Señor al hombre limpio a presentar la ofrenda que la Ley de Moisés exigía a los leprosos. La idea era hacerles saber que lo que era imposible para ellos en su religión, es posible para Cristo. ¿Puedes imaginar su asombro? ¡Fueron ellos mismos conforme a la Ley quienes lo declararon inmundo y lo expulsaron sin poder ayudarlo! Cristo ya descendió, ¿por qué no habrías de ser limpio? ¡Ah! Pero hay algo más, Él también volvió a subir, de modo que podamos seguirlo hasta la Presencia misma de Dios. ¿No es esto maravilloso?
— Roberto Tinoco
Mateo 8:4
8.1.4 Por ti Él descendió. El Rey Jesús descendió del monte después de dar su célebre sermón de las bienaventuranzas y demás enseñanzas englobadas en lo que tradicionalmente se conoce como “el sermón del monte”. Dicho mensaje es la Constitución del Reino, la Ley de Cristo. Decir que descendió del monte después de este mensaje es muy significativo, pues es similar a aquella ocasión cuando Moisés estuvo en el monte Sinaí con Dios por cuarenta días, después de los cuales descendió cargando las tablas de piedra con los diez mandamientos escritos por el dedo de Dios en ellas. Al bajar, Moisés encontró al pueblo de Israel en fiesta adorando un becerro de oro que ellos mismos hicieron. ¿Reacción? ¡Moisés quebró las tablas de la Ley! ¿Qué puede hacer una Ley en piedra ante un ser corrompido interiormente por el pecado? Ahora mira a Cristo y a su Ley. Él también bajó del monte trayendo una ley, su Ley; la cual no escribe en tablas de piedra, sino en el corazón humano por el Espíritu del Dios Vivo (2 Cor. 3:3). El escenario que encontró no fue muy diferente al de Moisés, al contrario, vino a Él un leproso, uno de esos infelices a quienes la Ley de Moisés declaraba inmundo y que era expulsado de la comunión del pueblo, así como del culto a Dios. Fiel figura de un pueblo enfermo de pecado hasta los huesos y a quien la Ley de Moisés no podía ayudar. Después de todo, la Ley Mosaica no fue dada para salvar al hombre, sino para diagnosticar su condición. Por un lado expresaba el carácter santo de Dios y por otro, la necesidad humana de un Salvador. ¿Qué haces cuando aún la Ley de Dios te condena? El leproso se postró ante Jesús. Se postró buscando una Ley superior, la Ley de Cristo. Rogó al Señor que lo limpiara: si quieres, puedes limpiarme. No dudaba del poder de Dios, sino de la voluntad de Dios. Cuando el hombre sólo ha conocido lo relativo a la Ley de Moisés sabe que Dios puede, Él es todopoderoso, pero, ¿querrá salvar a un miserable pecador? Este pensamiento es muy común; prácticamente todos creen que Dios puede hacer maravillas, pero muy pocos creen que puede hacer dichas maravillas en ellos. Entonces Jesús le respondió: quiero, sé limpio. ¡Wow! Toda la Ley estaba cambiada, no abrogada, sino cumplida y aumentada. Y para confirmarlo, Jesús hizo lo que la Ley antigua prohibía: extendió la mano y lo tocó. Tocar a un leproso era contaminarse, pero Cristo lo tocó para sanarlo. La Vida supera a la muerte. ¿Acaso no tocó el Señor el pecado cuando lo llevó sobre sí en la cruz a fin de limpiarnos? Te ama tanto que no hay absolutamente nada que hayas hecho que le impida acercarse a ti. Él quiere tocarte. La lepra desapareció, lo mismo que nuestros pecados. Es el poder del Espíritu de vida en Cristo Jesús que nos libra de la ley del pecado y de la muerte (Rom. 8:2). Luego envió el Señor al hombre limpio a presentar la ofrenda que la Ley de Moisés exigía a los leprosos. La idea era hacerles saber que lo que era imposible para ellos en su religión, es posible para Cristo. ¿Puedes imaginar su asombro? ¡Fueron ellos mismos conforme a la Ley quienes lo declararon inmundo y lo expulsaron sin poder ayudarlo! Cristo ya descendió, ¿por qué no habrías de ser limpio? ¡Ah! Pero hay algo más, Él también volvió a subir, de modo que podamos seguirlo hasta la Presencia misma de Dios. ¿No es esto maravilloso?
— Roberto Tinoco
Mateo 8:5
8.5-6 El centurión era el conquistador, el imperio que representaba dominaba todo Judea y casi el mundo entero; pero ahora estaba rogando. La necesidad destruye todo posible orgullo. A pesar de toda su autoridad, carece de capacidad para ayudar a su siervo postrado y paralítico. Tenía un buen corazón, pues clamaba por un siervo y sufría al verlo gravemente atormentado. No consideraba que fuese de su propiedad ni tampoco reemplazable; por el contrario, lo amaba como para rogar por él. También el amor acaba con el orgullo. Él sabe que hay cosas que solo el Señor Jesús puede resolver, por eso busca la respuesta en Él. Y si un hombre así puede rogar por la sanidad de otro al Rey Jesús, ¿no puedes hacerlo tú también?
— Roberto Tinoco
Mateo 8:6
8.5-6 El centurión era el conquistador, el imperio que representaba dominaba todo Judea y casi el mundo entero; pero ahora estaba rogando. La necesidad destruye todo posible orgullo. A pesar de toda su autoridad, carece de capacidad para ayudar a su siervo postrado y paralítico. Tenía un buen corazón, pues clamaba por un siervo y sufría al verlo gravemente atormentado. No consideraba que fuese de su propiedad ni tampoco reemplazable; por el contrario, lo amaba como para rogar por él. También el amor acaba con el orgullo. Él sabe que hay cosas que solo el Señor Jesús puede resolver, por eso busca la respuesta en Él. Y si un hombre así puede rogar por la sanidad de otro al Rey Jesús, ¿no puedes hacerlo tú también?
— Roberto Tinoco
Mateo 8:7
8.7 La disposición de Jesús, siendo Rey, es encomiable: Yo iré y le sanaré. Sin duda Él es el Salvador. No enviará a otro, sino que se dispone a ir personalmente. Y no compartirá únicamente compasión, sino poder: le sanaré. Muchos pueden dolerse, pero uno solo puede sanarlo. Tu puedes confiar en Jesús, Él es Rey y Salvador. Su carácter es bueno y su acción todopoderosa. Él es el Señor.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:8
8.8 El secreto del milagro alcanzado por el centurión para su siervo no fue su humildad al presentarse indigno, sino al reconocer la grandeza de Jesús como Rey. El centurión no se hizo menos a sí mismo, sino que se vio tal como era en comparación a Jesús, Él es incomparable. No era digno de que el Señor entrara a su casa porque él fuera poco, sino porque Jesús lo es todo. Junto con esto, tenía fe en el poder del Rey Jesús. Conocía la autoridad y sabía que aquel que tiene autoridad, solo necesita una palabra para que las cosas sucedan. Lo había visto en los césares romanos, ¡cuánto más en el Rey de reyes! ¿Necesitas un milagro? No, lo que realmente necesitas es una palabra de Jesús. Hay una palabra para cada milagro; el centurión lo sabía y tu debes saberlo. Si reconoces su autoridad, también buscarás su Palabra.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:9
8.9 La gran fe del centurión, mayor que la de cualquier otro, radicaba en su reconocimiento de la autoridad. Él mismo tenía autoridad delegada por el imperio romano (sabemos que toda autoridad proviene de Dios y es ostentada de manera delegada), por lo mismo, estaba acostumbrado a lo que podía suceder dando órdenes. Le bastaba ordenar a un soldado venir o retirarse para que lo hiciera. No hay soberbia en el uso de la autoridad, sino entendimiento del funcionamiento del reino de Dios. Había ordenado muchas cosas a sus siervos y siempre esperaba que lo que había ordenado se hiciera, ¿por qué habría de ser diferente con el verdadero Rey? Si él, indigno en comparación, tenía poder en sus palabras, ¡cuánto más el Señor! De manera que solicitar la ayuda del Señor Jesús y suponer que no sucederá nada se convierte en una gran afrenta a su autoridad. La fe es verdadera honra.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:10
8.10 El entendimiento del reino de Dios por parte del centurión lo maravilló. Eso es verdadera fe. Jesús no es fácil de maravillar, ¿cómo impresionas al Creador de todas las cosas? ¿Qué puedes hacer que maraville al hacedor de maravillas? Sin embargo, se maravilla de que un hombre entienda que la fe no es creer místicamente asuntos espirituales, sino confiar en la autoridad de Jesús. Tanto se maravilló que hizo una declaración sorprendente: de cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Israel tiene la lista de los más grandes hombres de fe, el padre de la fe llamado Abraham, quien esperaba en Dios al punto de confiar que podía levantar a su hijo aun de entre las cenizas; o Moisés el legislador y autor de los primeros cinco libros de la Biblia. Pero mayor que toda fe es la que comprende la autoridad de Jesús como Rey y el funcionamiento de su reino en base a su Palabra. Todos los problemas del universo son problemas de autoridad; y todos los problemas se solucionan cuando se comprende la autoridad; el centurión tenía el secreto del universo; por eso mismo la salvación en todos los sentidos consiste en reconocer a Jesucristo como el Señor.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:11
8.11 El centurión era gentil, ajeno a Israel y a todas las promesas del pueblo de Dios; sin embargo, su fe lo colocaba a la delantera del reino de los cielos. Ante lo cual, Jesús hace una declaración extremadamente innovadora y también provocadora para su tiempo: ¿un gentil a la mesa con Dios? Ya que al decir Abraham, Isaac y Jacob, está realmente diciendo con el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; esto es, con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo. Dichas palabras debieron ser insultantes para los religiosos judíos de su momento, pero revelan el misterio de Cristo, el secreto divino guardado desde los siglos y edades, que consiste en que judíos y gentiles son por la fe en Jesús miembros del mismo cuerpo y copartícipes de las mismas promesas en cuanto a las cosas eternas (Efesios 3). Tu también puedes estar a la delantera en el reino de los cielos; depende de tu fe; si puedes creer, también puedes avanzar.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:12
8.12 En contraste con los gentiles a la delantera en el reino de los cielos, el Rey Jesús sentencia a hijos del reino echados a las tinieblas de afuera. No sabe uno si asustarse o llorar ante la posibilidad de hijos fuera del reino, sin contar con las tinieblas. Un peligro espantoso. Los judíos podían enojarse al escucharle, pero nosotros debemos tomar consejo y ser prudentes. Si los hebreos siendo hijos del reino tienen tal riesgo, ¡cuánto más nosotros los gentiles cuidemos nuestra salvación con temor y temblor! Alguno ha dicho que este versículo no habla de condenación, sino de perder los privilegios del reino y podría ser así, pero, ¿cómo explicamos las tinieblas? Me gustaría que no tenga nada que ver con la condenación, pero por el uso del Señor sobre el término tinieblas en otros pasajes, lo más probable es que si habla de condenación. ¿O podrías comprender la salvación de alguno entre lloro y crujir de dientes? Los que crucificaron al Señor eran hijos del reino, pero su acción les condenaba y aunque pudieron arrepentirse, no todos lo hicieron. Judas es otro ejemplo, quien siendo llamado apóstol, descendió a la peor de las condenas eternas.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:13
8.13 El centurión recibió lo en su fe había hablado. Este es el poder que Dios le a la fe y a la confesión de la misma. Algunos dicen creer, pero no hablan en este mismo espíritu de fe, sino que suponiendo creer en su interior, se expresan con pesimismo o desconfianza. No hay milagros para los tales. No es que haya fe en la fe, sino que Dios honra la fe. El Señor se maravilla de la confianza y conocimiento de la autoridad, por lo que honra dispensando su poder y su misericordia. El criado del centurión fue sanado inmediatamente, en esa misma hora como resultado de la Palabra de Cristo. La fe no sanó al criado, sino Cristo honrando la fe, por eso sanó con la Palabra de Cristo y no la del soldado; sin embargo, la segunda y todopoderosa Palabra fue dada a causa de la primera y plena palabra de confianza.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:14
8.14 No se trataba de una casa sencilla; Pedro tenía una casa que incluso compartía, además de su familia inmediata, también con su suegra y con su hermano Andrés (Mar. 1:29-30). Lo que es sorprendente, pues Pedro y Andrés eran de Betsaida (Juan 1:44), pero se habían cambiado de lugar de residencia a Capernaum donde Jesús tenía la sede o cuartel de operaciones de su ministerio. He conocido a muchos cambiarse de ciudad a causa de sus intereses económicos y profesionales, pero, ¡qué maravilloso es que alguno se mude de una ciudad a otra con toda su familia por causa del reino de los cielos! Pedro y Andrés poseían una casa, pero su propiedad estaba al servicio del Rey Jesús, lo mismo que sus vidas y familias. También vemos que Pedro estaba casado, pues se menciona a su suegra. Pedro no era célibe ni soltero. No existe base bíblica para prohibir el matrimonio en aquellas personas que hemos sido llamados al servicio del ministerio; y en cambio, existe abundante argumento bíblico en contra de dicha herejía. En su primera carta a los Corintios, el apóstol Pablo hace mención sobre los hermanos de Jesús (Santiago y Judas), y el apóstol Pedro junto con los demás apóstoles diciendo que estaban casados (1 Cor. 9:5) ¡Todos los apóstoles y líderes de la Iglesia en sus inicios, salvo Pablo y Juan, eran casados! Uno de los primeros requisitos para ser obispo o pastor, según la Escritura, es el de ser marido de una sola mujer (1 Tim. 3:2; 2 Tito 1:6). Obligar a un ministro de Jesucristo a ser soltero y célibe es una doctrina de demonios (1 Tim. 4:1-3). La suegra de Pedro estaba enferma, postrada en cama con fiebre. Lucas, siendo médico escribe que tenía una gran fiebre (Luc. 4:38). No sabemos a ciencia cierta cual sería la causa de su enfermedad, pero por la declaración de Lucas vemos que el mal era grave, pues usa un término autorizado en su tiempo para clasificar las fiebres graves o mayores: “Gran”, del griego “megas”; y fiebre, gr. “puretos”. Pero el Salvador sana lo menos y también lo más, en los grandes y también en los pequeños. Su misericordia no tiene distingo más allá de la fe (Hch. 10:34; Gal. 2:6; Rom. 2:11). La suegra de Pedro representa a los judíos sanados “en su casa” por el toque de Jesús. Llegará el día cuando el Señor Jesucristo regresara como el Mesías-Rey a la casa de Israel para sanar a los judíos de lo que la Biblia ha llamado como “la angustia de Jacob” (Jer. 30:7). En la sanidad de la suegra de Pedro observamos también la solicitud que Cristo tiene para con los familiares de sus discípulos. Él nunca desampara a la familia de aquél que llamó a su servicio (cuando el llamado y el servicio son genuinos). Normalmente surge la duda y el temor en el corazón de hombre cuando es llamado por Dios para su servicio respecto a qué sucederá con su familia. Pero así como tu no desampararías a los tuyos, Dios tampoco lo hará. Él es mucho más fiel. Por ejemplo, cuando murió el profeta Abdías, su viuda y sus hijos quedaron desamparados, cualquiera pensaría que morirían de hambre, incluso la viuda misma lo pensó; sin embargo, providencialmente, el profeta Eliseo llegó al lugar y en el poder del Espíritu multiplicó el aceite que la viuda tenía para que viviesen de su venta ella y sus hijos (2 R. 4:1-7). Dios nunca desampara la familia de aquellos que le sirven, aun después de su muerte. Como declara en confianza el salmista: Joven fui y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan (Sal. 37:25). El Rey Jesús vio enferma a la suegra de Pedro. Según el evangelista Lucas los familiares de esta mujer le hablaron de ella, sin embargo, Mateo enfatiza la disposición del Rey para sanar. El Señor tomó la iniciativa. El reino de los cielos se ha acercado a nosotros y no nosotros a Él. Veamos las circunstancias: El Señor Jesús venía de dar el “sermón del monte”, a través del cual proporcionó al mundo las leyes del reino de los cielos; luego, seguido de gran multitud, realizó milagros y sanidades entre la gente; había sido un duro día de trabajo, es muy probable que su intención al entrar a la casa de Pedro fuera descansar. Pero ya en casa vio a una mujer enferma; su tierno y amoroso corazón no permitió el descanso de su cuerpo, su mente no podía pensar otra cosa que no fuera la sanidad de esta mujer. Jesús siempre antepuso las necesidades de otros a las suyas. ¡Cuánto debemos aprender de Él! Debemos imitar su disposición, no importa que implique el consumirnos, con tal de ser beneficio al prójimo.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:15
8.15 El Rey Salvador tocó la mano de la suegra de Pedro para sanarle. Es interesante que fuese la mano y no la cabeza, considerando que la mujer tenía fiebre. Dios sana al ser humano para que este le sirva, las manos son un símbolo bíblico de servicio. Dios desea sanar a la humanidad para que le sirva como un medio a través del cual Él pueda manifestarse. Jesucristo sanó a esta mujer para que le sirviese, por eso dice la Biblia que, inmediatamente después de que el Señor tocó su mano, la fiebre le dejó, ella se levantó y les servía. Cuando Dios manifiesta su salvación al hombre, no lo hace sólo por la necesidad del hombre, sino también por la necesidad del reino de los cielos. El nos salvó para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Ef.2:10). Jesús dijo que el Padre hasta ahora trabaja y Él trabaja (Juan 5:17), su intención es quitar del hombre lo que le impida trabajar. Su voz seguirá siendo la de antaño: Levántate y come, porque largo camino te resta (1 R. 19:7). Desafortunadamente, algunos parecen haber sido tocados por el Señor en la cabeza solamente (lo digo con ironía), pues se embotan de conocimiento sin obras; otros peor aun, sólo en sus bocas, pues lo único que saben es hablar. El verdadero cristianismo se basa en el servicio a los demás. La verdadera salvación no se demuestra con disertaciones teológicas, ni con posturas correctas, ni con membresías denominacionales; la verdadera salvación se demuestra sirviendo a los demás. La fiebre la dejó. Mateo parece estar dándole personalidad a la enfermedad. No se trataba de un demonio, era simplemente una enfermedad orgánica; sin embargo, la gráfica frase nos presenta el cuadro de una humanidad doliente bajo la esclavitud del pecado, de la enfermedad y de la muerte. Personificar lo inanimado se le denomina prosopopeya; esto es lo que está haciendo Mateo; está personificando a la fiebre. Con esta figura retórica el Espíritu Santo no está enseñando que al toque de Jesús la maldición que está sobre el mundo tiene que huir, debe dejarle. Y ella se levantó –dice nuestra traducción Reina Valera, pero una traducción más literal del griego es “fue levantada”. En esto hay una gran diferencia, no es lo mismo levantarse por uno mismo que ser levantado por otro. Si ella se levantó es solamente porque fue sanada pero si ella fue levantada, significa que fue sanada por el poder del Espíritu de Dios en Cristo. Además, indica una acción presente, es una forma de decir que “es levantada” o “está levantada”. Lo que nos enseña que el que ha venido a Cristo no puede vivir postrado, ¡ahora está vivo y salvo! Yo no creo en un cristianismo derrotista de “caídas y levantadas,” no acepto la posibilidad de estar en Cristo y al mismo tiempo vivir postrado espiritualmente. Cuando alguien ha sido tocado por el Señor vive de pie, ha sido levantado por Él y será sostenido por Él. La posición de aquel que ha sido tocado por el Señor son los lugares celestiales con Cristo (Ef. 2:6). Si la suegra de Pedro no hubiera creído que su sanidad ya había sido efectuada hubiera seguido postrada, mas creyó y por ello fue levantada. En este tiempo hay gente que no cree que ya ha sido tocado por el Señor y que le han sido dadas todas las herramientas espirituales para vivir un cristianismo radiante, poderoso y de pie; y por cuanto no creen, viven postrados, continúan con sus viejos hábitos, ya se acostumbraron a las cadenas del pecado. Si el Rey ha entrado en tu casa y te ha tocado, créele, ¡estás de pie! Dios es poderoso para mantenerte sin caída (Judas 1:24). Y les servía –digamos algo más al respecto. Si traducimos literalmente del griego “diekonei auto”, entonces la traducción más acertada sería “le servía a Él”, o también “comenzó a servirle”. Este es el resultado de alguien que ha tenido un encuentro con el Señor, se convierte en un servidor de Cristo sirviendo a sus hermanos por supuesto. Jesús salva al hombre para que éste sea útil al propósito del reino de los cielos; en el sentido amplio de la palabra, todo creyente es un diácono (gr. diakonos), un servidor de Cristo. Todo ministerio se inicia, o debe iniciarse, con el toque del Señor. El ministerio no debe ser resultado de gustos o aficiones personales, sino de un llamado divino al servicio; sea cual sea el ministerio, requiere de la dirección divina, debe servir para la edificación de la iglesia, para lo cual, debe haber sido puesto por Dios, ya que Cristo fue el que constituyó los ministerios, a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros (y lo mismo puede decirse en relación a los demás servidores), a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Ef.4:11-12). La suegra de Pedro servía al Señor, porque fue tocada por Él, esto es un hecho, un hecho irrefutable y un hecho maravilloso. Y todos supieron que la suegra de Pedro fue sanada, no tanto por lo que ella dijese o los demás acerca del asunto, sino porque la vieron sirviendo. Ese es el ejemplo que el mundo necesita para creer en la veracidad de la iglesia, buscan su servicio práctico. No entienden su teología ni sus doctrinas, tampoco sus liturgias ni sus rituales, pero comprenden perfectamente el amor. El cristianismo y el servicio son sinónimos. Hemos pasado de muerte a vida cuando amamos a los hermanos (1 Juan 3:14).
— Roberto Tinoco
Mateo 8:16
8.16 Para una resurrección se necesita una muerte y para un milagro se requiere un problema. En los peores momentos es cuando recibimos las mejores bendiciones. Nunca está más oscuro que cuando va a amanecer. Esto se refleja bastante en el sentir humano, que valora más la salud en la enfermedad. Cuando llegó la noche trajeron los enfermos a Jesús. Él es el Salvador no solo de día, sino también en la noche. Donde abunda el pecado sobreabunda la gracia y donde se tiene el peor escenario Él hace sus mejores obras. Sin embargo, haciendo justicia a la historia, trajeron los enfermos a Jesús por la noche a causa de que se acercaba el día de reposo. En la mente religiosa les quedaba poco tiempo para el milagro y no podían perder el tiempo, ¡si supieran que el Salvador no tiene fecha de vencimiento ni se termina el lugar en su agenda! Estando bajo la ley de Moisés, la gente no podía realizar ninguna obra en el día de reposo. ¿Cómo llevarían los lechos cargando o cómo caminarían distancias no permitidas? El legalismo impide la sencillez del evangelio y la religiosidad mantienen al hombre enfermo. Hay quienes no acuden a la salvación porque su religión es diferente a la verdad y se aferran a liturgias como si fuesen la misma cruz de Cristo. Algunos enfermos guardaron la ley y siguieron enfermos y otros mantienen su religión, pero pierden su alma. No conocen la compasión del Salvador. Ignoran que la ley no fue dada para mantener al hombre en su dolor, sino para ayudarle a no enfermar. Ninguna religión es un camino de vida, solo un paliativo a la necesidad espiritual en lo que llega la Vida del evangelio. Las opciones están delante del hombre: La sanidad inmediata en Cristo o la enfermedad de una religión que espera a la noche. Trajeron a Él, a Jesús, los enfermos y los endemoniados. No es que no hubiese médicos, curanderos, religiosos y demás personas intentando ayudar en ese día, lo que no había era confianza. La credibilidad estaba perdida y todo apuntaba al único que podía hacer algo: Jesús. Él es la única medicina contra la condenación eterna. No existe nada más en el universo que pueda dar esta Vida. Los remedios humanos están llenos de contraindicaciones y deben utilizarse con mucho cuidado y siempre bajo supervisión médica; además de que no siempre están a la disposición del enfermo; pero Jesucristo está disponible en todo tiempo, de hecho, ¡Él es quien te busca!, y sin consecuencias. Solo bondad y bien hallarás en Él. Así como algunos judíos religiosos se perdieron su milagro por no buscarlo en día sábado; igualmente hubo otros que simplemente dejaron pasar el tiempo postergando su salvación para otra ocasión. Pasó la ciega, terminó el verano y nosotros no hemos sido salvos. Quebrantado estoy por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo; entenebrecido estoy, espanto me ha arrebatado. ¿No hay bálsamo en Galaad? ¿No hay allí médico? ¿Por qué pues, no hubo medicina para la hija de mi pueblo? (Jer. 8:20-22). Muchos –leemos en el texto de Mateo. Trajeron una multitud bizarra, doliente, un espectáculo de angustia: muchos enfermos y endemoniados. El mundo está muy necesitado; y no solo de salud física, sino también moral y espiritual. Detrás de esa multitud estaban corazones rotos, esperanzas deshechas, familias destrozadas, economías arruinadas. Al menos estaban conscientes de su mal y más importante aun, del único que podía salvarlos. El rey y Salvador Jesús utilizó un método que supera la ciencia médica, las terapias psicológicas y cualquier clase de recurso espiritual: usó su Palabra para sanarlos. La Palabra de Cristo tiene todo el poder de crear y destruir, bendecir y maldecir; todo existe por ella y todo es sustentado por ella. Su Palabra es inherente a su Deidad (aunque esta vez lo realizó en la virtud del Espíritu Santo), ¿cómo pues no habrían de sanar los enfermos ante el timbre de su voz en la potencia de su majestad? ¡La Palabra de Cristo tiene poder para sanar y libertar! Este versículo prefigura la sanidad de los gentiles por la fe en la Palabra de Cristo. El orden de los eventos en Mateo no es cronológico, sino temático y doctrinal. La intención del escritor es demostrar que Jesús es el Rey, tanto de los judíos como de los gentiles. Es un evangelio mesiánico. Por esto mismo, ordena los eventos en forma de que pueda demostrar su énfasis doctrinal, para ello utiliza magistralmente la tipología, la cual solo puede ser observada con los ojos del espíritu. En el contexto vemos cuatro eventos. En el primero sana a un leproso por el toque de su mano y representa la oportunidad que los judíos desaprovecharon. En el segundo evento sana al siervo del centurión por su Palabra, representa la era de los gentiles, la gracia y la iglesia que encuentra su salvación por la fe en la Palabra. En el tercer evento sana a la suegra de Pedro también por el toque, como al leproso, representando alegórica y tipológicamente la segunda oportunidad que dará el Mesías a Israel cuando de nuevo entre a “su casa” (al final de la gran tribulación). Y en el cuarto evento, los endemoniados y enfermos son sanados con la Palabra, por lo que siguiendo el orden temático representan o simbolizan (sin ser dogmáticos, sino solo aplicando devocionalmente) a los gentiles salvos que entrarán al milenio por la fe en la Palabra del Evangelio. Es un versículo en donde se enfatiza la autoridad del Rey Celestial. La frase “echó fuera a los demonios” se vuelve fundamental en el capítulo. Es una aseveración del poder y de la autoridad del Señor. Mateo presenta a Jesús como el Rey, el Mesías; y este episodio bíblico tiene como propósito el de ilustrarnos esta verdad. El Reino de Cristo es sobre todo reino; el diablo y sus huestes de maldad son usurpadores echados fuera por el verdadero Rey. Una escena que anticipó la victoria final sobre el mal. Victoria ganada en el Calvario, reclamada en la resurrección y manifestada plenamente en el retorno del Señor. Como dijo el Rey: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera (Juan 12:31). El reino del Señor es sempiterno, y solamente Él tiene y ha tenido siempre toda la autoridad, por lo que aún los demonios deben someterse a Él; y aun cuando no lo harán voluntariamente, tampoco pueden evitarlo.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:17
8.17 El plan de Dios está predeterminado y anunciado anticipadamente. La frese: para que se cumpliese lo dicho por el profeta deja en claro esto. Nada está a la ventura y Dios no está improvisando, menos aun reaccionando a las criaturas. Dios lleva el control de la historia, una historia que Él mismo escribió. Esto no significa que Él también planeo el mal, pues Dios es bueno y no puede ser tentado por el mal y no hay tinieblas en Dios; pero previó que dicho mal existiría y planeó antes de que todo existiera la respuesta y el triunfo del bien. ¿Podrías confiar en Él? ¿Podrías dejarle tu vida en sus manos? Nunca estarás más seguro. Y dentro de su plan, estableció que llevaría nuestras enfermedades y nuestras dolencias sobre Él. Esto no es cualquier cosa. No solo habría de quitar la enfermedad y el dolor, sino de llevarlo sobre sí mismo. Asunto que se cumplió a cabalidad en la cruz. ¿Comprendes la magnitud de esto? Si alguna vez has soportado una enfermedad terrible o un dolor de grandes dimensiones, multiplicalo por todas las enfermedades y dolencias de todos los seres humanos y de todos los tiempos. Eso llevó Jesús sobre sí. No me sorprende que se cayera no pudiendo cargar un paso más la cruz; lo que me maravilla es que haya podido sobrevivir horas la crucifixión. La base de la sanidad divina, doctrina y esperanza cristiana sumamente difundida, es Cristo: Él mismo llevó –leemos. La sanidad divina se basa primeramente en su misericordia, en su amor y compasión ante nuestra condición. Es Dios llorando a su creación; es un padre ante su hijo enfermo; es un Pastor vendando su oveja predilecta; es el corazón más tierno que existe ante la desgracia más grande posible. Y al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor (Mat. 9:36). Es necesario saber que su misericordia no es abstracta, no es un dios alejado del hombre que siente lástima de una criatura caída; Él puede compadecerse de nosotros porque entiende verdaderamente (en toda la extensión de la palabra) nuestra situación, Dios se ha identificado con nuestra debilidad, ha sentido nuestro dolor, ha sufrido nuestra angustia, ha padecido nuestras tentaciones, le han cansado los afanes, también se cayó en el camino cargando una cruz más pesada que lo que podía lacerada espalda, también lloró de noche tratando de no padecer el trago de la muerte y de la maldición; Dios fue tan humano como yo, tan frágil como yo, y por qué no decirlo, en ocasiones tan indefenso como yo. Por eso sé que entiende al hombre, lo sabía en su omnisciencia, pero lo comprende por su experiencia. Cuando clamamos por sanidad divina oramos al Dios que usó sandalias, que se refrescó con agua en el cansancio del camino y que buscó la sombra de un árbol que lo guardase del sol. Mas ahora en gloria nuevamente, toda esa experiencia de la humanidad lo acerca a cada uno de nosotros poniendo el Todo-poder del Eterno a la disposición de los mortales. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto Él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados (Heb. 2:17-18). Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado (Heb. 4:15). También, la sanidad divina se basa en el poder de Cristo: Él está en medio de ti, poderoso, Él salvará (Sof. 3:17). Él es poderoso para guardarnos sin caída y presentarnos sin mancha delante de su gloria con gran alegría (Judas 24). Usando en este último versículo la palabra griega dúnamis, traducida como poderoso y de dónde viene nuestro término dinamita. Además, Cristo no solo se compadece y tiene el poder de ayudarnos, sino que está dispuesto a hacerlo. Su poder está disponible por la fe. Él hace todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos (Ef. 3:20). Dios siempre va más allá, mucho más allá de nuestras expectativas. Junto a todo lo anteriormente dicho, la base de la sanidad divina es el sacrificio vicario o en nuestro lugar, del Señor Jesucristo. Jesús no es un curandero que sane por virtudes mágicas; Dios escogió un medio a través del cual erradicar la enfermedad, ese medio fue la crucifixión del Señor. El mundo entero cayó bajo maldición a causa del pecado (Rom. 5:12), dicha maldición acarreó la enfermedad y la muerte, ¿el remedio divino? Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque escrito está: maldito todo el que es colgado en un madero) (Gal. 3:13). Quien llevó Él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados (1 P. 2:24). Dios tiene salud para ti en Cristo Jesús, ¿lo crees? Él si lo creía y lo demostró en la cruz. Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados (Is. 53:4-5).
— Roberto Tinoco
Mateo 8:18
8.18 Para estas alturas del ministerio del Señor, ya había predicado el más excelente y maravilloso mensaje que ha sido dado de todos los tiempos, conocido como el “Sermón del Monte” (Mat. 5-7). Un mensaje en el cual legisló la vida de los súbditos del reino de los cielos. Acto seguido, realizó milagros y hechos portentosos, cual ningún otro profeta jamás había efectuado. Sanó a un leproso; también al siervo de un centurión; a la suegra de Pedro; y a muchos endemoniados y enfermos (Mat. 8:1-17). La forma que le precedía era sin igual; ¡todo el mundo estaba dispuesto a seguirlo! Por eso dice el versículo 18: “viéndose Jesús rodeado de mucha gente”. Sin embargo, esto no fue del todo grato a Jesucristo, pues a pesar de contar con un enorme auditorio, sueño de todo líder espiritual, no estaba dentro de los planes del Maestro. ¿Estarían las multitudes verdaderamente dispuestas a seguirle? El Señor empieza a comprobarlo al dar la orden a su círculo más allegado de “pasar al otro lado” (del mar de Galilea). La traducción literal del griego es “pasar a la otra orilla opuesta”. Aquí hay una gran enseñanza. Seguir a Jesús en verdad, no solo es en la maravilla de su Palabra ni en la grandeza de los beneficios de su poder; seguir a Jesús implica ser capaz de “pasar a la otra orilla opuesta”, es ser capaz de pagar el precio del discipulado; es continuar aún cuando parezcan las circunstancias opuestas y la orilla del mar de bendiciones parezca ser diferentes, una orilla de entrega y decisión por Cristo incondicional. Seguir a Cristo cuesta… y cuesta todo; pero finalmente gana mucho más.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:19
8.19 Primeramente, era un escriba. Originalmente el escriba era el encargado de la correspondencia de un rey, lo que hoy se conoce como un secretario (2 Sam. 8:17; 2 Cr. 14:11; Ester 3:12; Is. 36:3). Los escribas religiosos profesionales tienen su inicio a partir de la época de Esdras (Esd. 7:6); cuando Judá retornó del exilio babilónico y se hizo necesaria la exposición de la ley al pueblo por parte de doctos y eruditos de la misma (escribas). Los escribas no eran una clase aparte, podían ser fariseos o saduceos; de modo que el término de “escriba” no es sectario sino funcional. Definitivamente no era algo común que un escriba siguiera a un carpintero galileo. Esto sólo es posible en el reino de los cielos porque no e trata de cualquier carpintero. En segundo lugar, este escriba era (o fue) considerado un discípulo del Maestro; lo sabemos al leer el verso 21, en donde se menciona la frase “otro de sus discípulos”. Es obvio que este escriba no pertenecía al círculo íntimo de sus discípulos de Jesús, quizá era de “los 70” o simplemente de entre la multitud; el hecho es que hasta ese momento aún podía contársele como discípulo. La palabra griega traducida como discípulo es “Mathetes”, significa aprendiz, partidario e imitador de un maestro. Este escriba es el ejemplo de alguien que se queda en calidad de aprendiz, de uno que “parece no haberlo alcanzado”. Este tipo de personas, discípulos “a medias”, pueden hallarse incluso en las congregaciones cristianas. Pero quería seguir a Cristo, ¿cuál era la causa o razón de dicha decisión? En cierto modo se trata de un hombre emocionalista, uno que se entusiasmó con el discurso del Señor y por supuesto, con los milagros. Era un hombre acostumbrado a estar en los primeros lugares, por lo que siendo la moda religiosa seguir a Jesús no habría de quedarse atrás. Figuraría con los grandes, quién sabe, quizá hasta carrera podría hacer. Su auditorio no eran decenas en la sinagoga, sino los miles que seguían a Jesús. Algún día aprendería y sería como Jesús, por eso ya le llamaba Maestro, sería como Él, pero no como el hijo del carpintero, sino como el poderoso orador y hacedor de milagros. Un poder así habría de seguirse. Efectivamente estaba maravillado con Jesús, pero no lo suficiente para morir a sí mismo. Le dijo “te seguiré”. Este hombre era un escriba. En alguna ocasión pasada había sentido arder su alma por la ley, la Palabra de Dios. Esta es otra razón por la que quería seguir a Jesús. Alguna vez estuvo dispuesto a consagrar sus fuerzas a la ley de Dios. Hubo un día cuando no le importó tanto ninguna otra cosa fuera de hacer la voluntad de Dios (al menos en la forma en que él la comprendía). Extrañaba el entusiasmo juvenil que le apasionó al punto de olvidar toda pretensión secular y dedicar su vida a la religión. Entusiasmo que nunca supo cuando lo perdió. Pasión que sin consciencia se fue desvaneciendo hasta volverse “un profesional de la Palabra”. Un día lo despertó de su letargo espiritual el sermón del Mesías y las cenizas del alma volvieron a hacer arder el fuego religioso en su corazón …desafortunadamente dichas llamas no eran suficientes para darle color y sustento a una vida de entrega. “Te seguiré a donde quiera que vayas” –no pasaba que fuese una promesa que no podía cumplir; sin más respaldo que el aire exhalado y que la emoción sentida. Era un Pedro anticipado prometiendo morir antes que negarle. Y era también la voz de muchos creyentes de hoy que extrañan su “primer amor”; hombres y mujeres que alguna vez prometieron una entrega incondicional al nazareno, aunque el futuro les dejó sólo el recuerdo. Estas mismas personas, de cuando en cuando vuelven a entusiasmarse con el mensaje de algún predicador y vuelven a cometer el mismo error: Prometer seguirle sin calcular los gastos del discipulado ni el costo del reino. No te des prisa con tu boca, ni tu corazón se apresure a proferir palabra delante de Dios; porque Dios está en el cielo y tu sobre la tierra; por tanto, sean pocas tus palabras (Ecl. 5:2).
— Roberto Tinoco
Mateo 8:20
8.20 La respuesta de Jesús al escriba que quería seguirlo. A todo líder religioso le agradaría oír que un hombre culto, importante y de buena reputación le promete seguirle, pero no a Jesús. Al Rey no le impresionan los títulos ni los logros humanos. El Señor tiene ante sí un corazón con buenas intenciones, pero vacío de fe genuina. Él no mira las ropas espléndidas, ni su buen porte, ni al séquito que le acompaña; tampoco se deja lisonjear cuando le han llamado Maestro. La realidad es tan obvia como simple: El escriba no es consciente de que no puede cumplir lo que ha prometido. Uno de los males a los que sucumben con facilidad los religiosos actuales es a “explotar” a todos aquellos que parecen ser de utilidad por sus capacidades, fama o dinero al profesar la fe cristiana. Artistas, políticos, ricos, cultos, poderosos, famosos, eruditos, religiosos antitéticos, personalidades del mundo etc., son recluidos con las filas del ejército evangelista de la iglesia sin más razón que su afirmación de “haberse convertido”. ¡Y vaya que se han sentido las consecuencias! El Nombre del Señor ha sido blasfemado al poner bebés espirituales al frente de lo más recio de la batalla espiritual. Luego, al verles caer son juzgados como hipócritas cuando la verdad es que fueron sinceros en su intención inicial más sacrificados por “la causa de la fe” por aquellos que los lanzaron al campo antes de tiempo. Jesús no rechazó al escriba, pero tampoco lo alentó a seguirle sin antes considerar el costo. Aún la gente más valiosa, como el mismo Saulo de Tarso, fueron probados algunos años después de convertidos antes de permitirles siquiera la entrada a la iglesia ¡no se diga a comisión alguna! Al Señor no le impresiona las palabras del escriba; como tampoco las lágrimas en el altar, Él quiere pasos en la verdad. Además, en la acción de Cristo, vemos su honestidad ministerial, Jesús jamás engañó a nadie, ni para convertirlo, ni para comisionarlo. Sus invitaciones siempre fueron revestidas de claridad (lee Lucas 14:25-33). La respuesta de Jesucristo al escriba fue: las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza. Una respuesta con dos verdades impresionantes. La primera de estas verdades es directa: vendría el día en el que Jesús no tendría dónde “recostar su cabeza” en la cruz, ¿qué sería de este resuelto escriba para entonces? La lección es sencilla. Antes de la gloria hay que pasar por la cruz. La segunda respuesta, mucho más profunda y espiritual es que Jesús no tenía donde recostar su cabeza en el sentido de que aun estaba formando su cuerpo, la iglesia. El propósito de su obra era la edificación del nuevo Hombre, la iglesia compuesta de todos los creyentes unidos a Él por la fe y que lo tenemos a Él por Cabeza (Ef. 4:15-16). Los motivos del escriba no eran los motivos del Señor; él no estaba interesado en ser un miembro de su cuerpo en unidad a los demás creyentes, sino deslumbrado por la gloria del ministerio del Señor. Así no podía seguirle. Dios dejó su huella en toda la creación, todos los animales desean guarida o nido, una casa. Y Dios también. Jesús tenía casa en Nazaret y también en Capernaum. De hecho, le sobraban casas donde posar; pero no se refería a eso con sus palabras; sino a la formación de la iglesia como la Casa de Dios. Tampoco en esto estaba el escriba interesado, él sólo buscaba el ministerio de moda.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:21
8.21-22 Para vivir el reino de los cielos se requiere comprender sus prioridades. Estos versículos tratan acerca de otro prospecto a discípulo que se acercó a Jesús ofreciendo seguirle. Ya era discípulo, porque así dice el pasaje, pero evidentemente trataba de excusar su retirada momentánea. Se le llama “otro discípulo”; usando para ello el termino griego heteros, que significa “diferente”. En contraste con el gr. allos, que significa “otro de la misma especie o clase”. Así que se trataba de un discípulo cuyas características eran distintas del anterior discípulo mencionado. Era diferente, probablemente no era tan religioso como el anterior; un hombre sencillo. Manifiesta sentimientos fraternales y de compromiso familiar. Es un hombre que tiene responsabilidades como buen hijo judío, no es ningún impulsivo capaz de seguir a Jesús por la emoción del momento; y no porque no lo quisiese, sino que es reflexivo e indeciso. Prefiere la aparente estabilidad de la vida natural, la familia, un trabajo, el aquí y el ahora en paz en lugar de lanzarse a la cruzada de la conquista del mundo. Su razonamiento fue “…que vaya primero y…” Conforme a las costumbres regionales de la época, este hombre está pidiendo que el Señor le permita estar con su familia hasta la muerte de su padre. Si se tratara de un día o dos para enterrar a su padre no habría problema alguno, como tampoco lo fue para Eliseo cuando se le concedió despedirse de sus padres antes de seguir a Elías (1 R. 19:20-21); Dios no descuida la familia. En realidad, su padre aun no moría, por lo que este discípulo, teniendo desordenadas sus prioridades, no podía desligarse de su familia. Es el mismo dilema que enfrentó Abram cuando fue llamado por Dios para ir a Canaán, Abram no obedeció el llamado hasta que no murió su padre Taré (Gen. 11:31-32; 12:4). El reino ha perdido algunos buenos obreros porque no estuvieron dispuestos a tomar la decisión de poner al Señor como su principal amor. Procrastinaron el llamado. O pero aun, hay quienes ni siquiera han entrado al reino, con tal de no contrariar a sus padres (lee Mat. 10:37). Tanto los unos como los otros interponen sus respectivas excusas, pero una de las más ingeniosas que se han formulado es: “no es el tiempo de Dios”. Es muy probable que esta fuera la excusa del segundo discípulo, ya que suponía que su deber era para con su familia (por ahora, mientras el padre vivía), ya habría tiempo para el Señor…¡Esto es increíble! ¿Hay tiempo para dejar que las almas se condenen? ¿Hay tiempo para cerrar los oídos al Eterno? ¿Será posible que alguien se crea e absurdo de que hay tiempo en el que no se debe servir a Dios? Pongámoslo de otra manera, ¿fue tiempo para Jesús extender sus manos ante los clavos romanos? ¿Fue acaso tiempo de que Él hiciera todo por mí, y no lo es de que yo lo haga todo por Él? ¡Levántate Hageo y vuelve a profetizar contra un pueblo indiferente! Así ha hablado Yahwéh de los ejércitos, diciendo: este pueblo dice: no ha llegado aún el tiempo, el tiempo de que la casa de Yahwéh sea reedificada. ¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas y esta casa está desierta? (Hageo 1:2, 4). Esto también acaba con la excusa: “mi ministerio es mi familia”. Falso, hasta los malos cuidan a sus familias, eso jamás remplaza el servicio al Señor. El Señor es contundente: “Sígueme”. Parece decirles: “no me importan tus prioridades, no te pregunté tus sueños ni tus metas, tampoco tus responsabilidades, ¿Quién es el Señor? ¡Jesús es el Señor! Hasta parece haberse vuelto una costumbre para algunos (irreverente por cierto) o al menos la opinión inconsciente generalizada de que le hacemos un favor a Dios con seguirle y más aún con obedecerle. El Señor fue claro: Deja que los muertos entierren a sus muertos. Esto es, los que están muertos espiritualmente (Ef. 2:1,5; 5:14; 1 Tim. 5:6), aquellos que no tienen la vida del reino, se encarguen de los asuntos del mundo, de los muertos (en este caso físicos). ¡Hay cadáveres por las calles! Y son tantos que no necesitan de la iglesia para atender sus asuntos. Por su parte, la iglesia tiene una mejor obra que hacer que ocuparse de la muerte. Que el mundo se ocupe de lo mundano. El reino de los cielos es prioridad. Lo fue para los doce, algunos dejaron sus barcas, otro su banco de impuestos, otro sus ideales, otro su profesión, todos sus familias y vida. Lo fue también para Saulo de Tarso, quien estimó todas las cosas como pérdida a causa de Cristo y todo lo tenía por basura para ganar (o agradar) a Cristo (Fil. 3:7-8). El reino fue prioridad también para el mismo Señor Jesucristo, supo perderlo todo en la gloria, imponerse en Getsemaní, morirse en la cruz y levantarse en la tumba (Fil. 2:5-11). La pregunta es: Siendo el reino de los cielos verdaderamente prioritario, ¿lo es realmente para nosotros? ¿Qué nos impide que Dios sea glorificado? En lugar de preguntarnos si será el tiempo de Dios, debemos preguntarnos ¿es de Dios? ¿lo glorifica o impide que sea glorificado? Ya tenemos la respuesta.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:22
8.21-22 Para vivir el reino de los cielos se requiere comprender sus prioridades. Estos versículos tratan acerca de otro prospecto a discípulo que se acercó a Jesús ofreciendo seguirle. Ya era discípulo, porque así dice el pasaje, pero evidentemente trataba de excusar su retirada momentánea. Se le llama “otro discípulo”; usando para ello el termino griego heteros, que significa “diferente”. En contraste con el gr. allos, que significa “otro de la misma especie o clase”. Así que se trataba de un discípulo cuyas características eran distintas del anterior discípulo mencionado. Era diferente, probablemente no era tan religioso como el anterior; un hombre sencillo. Manifiesta sentimientos fraternales y de compromiso familiar. Es un hombre que tiene responsabilidades como buen hijo judío, no es ningún impulsivo capaz de seguir a Jesús por la emoción del momento; y no porque no lo quisiese, sino que es reflexivo e indeciso. Prefiere la aparente estabilidad de la vida natural, la familia, un trabajo, el aquí y el ahora en paz en lugar de lanzarse a la cruzada de la conquista del mundo. Su razonamiento fue “…que vaya primero y…” Conforme a las costumbres regionales de la época, este hombre está pidiendo que el Señor le permita estar con su familia hasta la muerte de su padre. Si se tratara de un día o dos para enterrar a su padre no habría problema alguno, como tampoco lo fue para Eliseo cuando se le concedió despedirse de sus padres antes de seguir a Elías (1 R. 19:20-21); Dios no descuida la familia. En realidad, su padre aun no moría, por lo que este discípulo, teniendo desordenadas sus prioridades, no podía desligarse de su familia. Es el mismo dilema que enfrentó Abram cuando fue llamado por Dios para ir a Canaán, Abram no obedeció el llamado hasta que no murió su padre Taré (Gen. 11:31-32; 12:4). El reino ha perdido algunos buenos obreros porque no estuvieron dispuestos a tomar la decisión de poner al Señor como su principal amor. Procrastinaron el llamado. O pero aun, hay quienes ni siquiera han entrado al reino, con tal de no contrariar a sus padres (lee Mat. 10:37). Tanto los unos como los otros interponen sus respectivas excusas, pero una de las más ingeniosas que se han formulado es: “no es el tiempo de Dios”. Es muy probable que esta fuera la excusa del segundo discípulo, ya que suponía que su deber era para con su familia (por ahora, mientras el padre vivía), ya habría tiempo para el Señor…¡Esto es increíble! ¿Hay tiempo para dejar que las almas se condenen? ¿Hay tiempo para cerrar los oídos al Eterno? ¿Será posible que alguien se crea e absurdo de que hay tiempo en el que no se debe servir a Dios? Pongámoslo de otra manera, ¿fue tiempo para Jesús extender sus manos ante los clavos romanos? ¿Fue acaso tiempo de que Él hiciera todo por mí, y no lo es de que yo lo haga todo por Él? ¡Levántate Hageo y vuelve a profetizar contra un pueblo indiferente! Así ha hablado Yahwéh de los ejércitos, diciendo: este pueblo dice: no ha llegado aún el tiempo, el tiempo de que la casa de Yahwéh sea reedificada. ¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas y esta casa está desierta? (Hageo 1:2, 4). Esto también acaba con la excusa: “mi ministerio es mi familia”. Falso, hasta los malos cuidan a sus familias, eso jamás remplaza el servicio al Señor. El Señor es contundente: “Sígueme”. Parece decirles: “no me importan tus prioridades, no te pregunté tus sueños ni tus metas, tampoco tus responsabilidades, ¿Quién es el Señor? ¡Jesús es el Señor! Hasta parece haberse vuelto una costumbre para algunos (irreverente por cierto) o al menos la opinión inconsciente generalizada de que le hacemos un favor a Dios con seguirle y más aún con obedecerle. El Señor fue claro: Deja que los muertos entierren a sus muertos. Esto es, los que están muertos espiritualmente (Ef. 2:1,5; 5:14; 1 Tim. 5:6), aquellos que no tienen la vida del reino, se encarguen de los asuntos del mundo, de los muertos (en este caso físicos). ¡Hay cadáveres por las calles! Y son tantos que no necesitan de la iglesia para atender sus asuntos. Por su parte, la iglesia tiene una mejor obra que hacer que ocuparse de la muerte. Que el mundo se ocupe de lo mundano. El reino de los cielos es prioridad. Lo fue para los doce, algunos dejaron sus barcas, otro su banco de impuestos, otro sus ideales, otro su profesión, todos sus familias y vida. Lo fue también para Saulo de Tarso, quien estimó todas las cosas como pérdida a causa de Cristo y todo lo tenía por basura para ganar (o agradar) a Cristo (Fil. 3:7-8). El reino fue prioridad también para el mismo Señor Jesucristo, supo perderlo todo en la gloria, imponerse en Getsemaní, morirse en la cruz y levantarse en la tumba (Fil. 2:5-11). La pregunta es: Siendo el reino de los cielos verdaderamente prioritario, ¿lo es realmente para nosotros? ¿Qué nos impide que Dios sea glorificado? En lugar de preguntarnos si será el tiempo de Dios, debemos preguntarnos ¿es de Dios? ¿lo glorifica o impide que sea glorificado? Ya tenemos la respuesta.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:23
8.23-27 En este episodio Jesús calmó dos tempestades: Sojuzgó a la tormenta de la naturaleza, al viento y al mar; y también calmó una tempestad aun más agitada, la que se estaba efectuando en el corazón de los discípulos. Tormenta que aunque no era visible, era más preocupante. La Biblia dice que el Señor entró en la barca (vr.23). Posiblemente a causa de tanta gente que lo seguía, Él nunca fue propenso a las masas; Cristo va a los muchos, pero sólo recibe a quien se acerca personalmente a Él. Además necesitaba descansar, ¡oh milagro de la encarnación, Dios buscando descanso! En esta acción, encontramos al Maestro en su humanidad, Cristo es verdaderamente Hombre y el Hombre más verdadero. Se requiere verle humano para recibirle divino; se necesitaba amar al Jesús Hombre para ser amado por el Jesús divino; así como necesitó hacerse Hijo del Hombre para que fuésemos hechos hijos de Dios. No se puede separar al Carpintero del Cristo ni se debe separar al Nazareno del Celestial. Jesús subió a una barca pues se cansó en su ardua labor ministerial y en su cansancio encontramos descanso los que creemos en Él. (Juan 1:14; 1 Tim. 3:16; 1 Juan 1:1-2). También leemos que los discípulos lo siguieron, es una referencia a los doce. La multitud se quedó en ese lado del mar. Sólo los verdaderos discípulos están decididos a seguir a Cristo por tierra o por mar. Es el verdadero discípulo quien sigue al Maestro sin importarle las circunstancias o las luchas que pueda enfrentar; como vimos en versículos anteriores, pocos son capaces de pagar el precio del reino. Por su parte, la tormenta era real; especialmente en la agitada región de Galilea. El mar (lago) de Galilea se extiende aproximadamente 21 kms. a lo largo y 11 kms. a lo ancho; se encuentra a 208 metros bajo el nivel del mar; y tiene una profundidad de 48 metros en su parte más honda. Debido a estas características geográficas goza de un estupendo clima; sin embargo, está rodeado de valles y de barrancas, lo que provoca que, al soplar el viento, se comprima y se precipite repentinamente a gran velocidad causando tormentas con olas de hasta 7 metros de altura (es a esto a lo que se refiere Mateo al decir que las olas “cubrían la barca”). Se desató una tormenta tan fuerte que espantó a experimentados pescadores que conocían diestramente el lugar (y precisamente porque eran marinos sabían que no se trataba de una tormenta común). Del mismo modo, la vida del hombre, ya sea personal, familiar, laboral o de cualquier índole, puede parecer hermosa, tranquila y en paz; sin embargo, las circunstancias propias de la vida terrenal pueden amenazarle con hundirse en los problemas tan repentinamente como una tormenta en el mar de Galilea. Y así como la tormenta era real en el mar de Galilea, también era real en el ámbito espiritual. La barca se dirigía a Gadara, la región de los demonios. La tormenta era producto del maligno que intentaba detenerlos. En forma alegórica podemos decir que el mar representa a las multitudes (Is. 57:20; 17:12-13; Ap. 13:1; 17:1,15); y que los vientos representan a los espíritus caídos, servidores de Satanás (Ef. 2:2; 6:12; Job 1:19). El mundo trata de detener el avance del reino y el maligno lo intentó aun más; pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Rom. 8:37; Dt. 28:7). ¡El pábilo que humea no se apagará; la roca que sostiene a la iglesia no se quebrará ni se moverá; las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia; caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará; mayor es el que está en nosotros que el que está en le mundo! La tormenta también se vuelve real en la vida diaria. La tempestad en el mar que enfrentaron los discípulos bien puede representar los problemas que enfrentamos todos los seres humanos en nuestra vida cotidiana. No podemos caer en un estado de negación afirmando no tener problemas, aparte de ilusos, seríamos necios. La tormenta es real en la vida cotidiana y no desaparecerá solo porque la ignoremos. Jesús lo afirmó: En el mundo tendréis aflicción (Juan 16:33). El justo Lot lo dijo por experiencia: El hombre nacido de mujer, corto de días y hastiado de sin sabores (Job 14:1). Y el predicador en su vejez exclamó acerca de la vida humana en esta tierra: Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos molestias; aún de noche su corazón no reposa (Ecl. 2:23). Dios no promete una vida sin problemas, lo que Dios ofrece es una vida de paz aun en los problemas. Él no quita la montaña, sino que brinda alas para pasar al otro lado. Lee Habacuc 3:17-19. Incluso la tormenta puede ser real aun estando el Señor Jesús presente. Jesús estaba en la barca. La tempestad no sobrecogió a los discípulos estando solos (al menos en esta ocasión). Jesús estaba allí. Muchas personas creen que por ser creyentes no habrá problemas en su vida, la realidad es que aunque sean cristianos (y a veces precisamente por serlo) enfrentarán adversidades, el viento golpeará sus rostros y el mar amenazará con anegarles. Cuando esto suceda habrá que recordar que aunque sean muchas las aflicciones del justo, de todas ellas le librará Yahwéh (Sal.34:19). Debemos aprender que la ausencia de problemas no es parámetro que indique comunión con Dios; así como tampoco la presencia de aflicciones indican enemistad con Dios. Dicho de otro modo: si hay tempestad no significa que Jesús no esté; y si no hay tempestad no significa que Jesús sí esté. Por otro lado, los discípulos debieron confiar, si la barca se hundía, Jesús se hundiría con ella, por lo tanto, ¡esto no pasaría jamás! Porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3). (Sal. 91:1-4). Surge la pregunta: ¿es que acaso se necesitan las tormentas en la vida? Y sí, la respuesta es afirmativa. La tormenta fue necesaria en esa ocasión a causa de la fe de sus discípulos. Las Sagradas Escrituras enseñan que debemos tener por sumo gozo cuando nos encontremos en pruebas, porque la prueba de la fe produce paciencia (Stg. 1:2-3); esta es la razón por la que era necesaria una tormenta, el desarrollo de la fe para los discípulos. Necesitaban ser probados para que ejercitaran su fe y necesitaban ejercitar su fe para dar fruto de paciencia (entre otras cosas). Es similar a la ocasión en la que Dios pidió su amado hijo a Abraham (Gen. 22). Dios no necesitaba saber cuánto le amaba Abraham, ni cuanta fe tenía; tampoco se complace Dios en hacer sufrir a sus hijos; mucho menos era diversión divina. La razón por la que le pide al hijo es para que Abraham ejercite su fe y la desarrolle, así como su amor a Dios. La tormenta es necesaria para producir hombres de fe, tanto como el ejercicio es indispensable para el crecimiento corporal sano. Sin gravedad nuestros huesos se disolverían en una masa flácida; sin tormentas espirituales no existen hombres espirituales. Después del huracán el árbol habrá de echar su raíces más profundo y más extenso en la tierra; lo mismo que el creyente, después de la prueba será más fuerte y fiel. 1 Pedro 1:6-7. Además, la tormenta era necesaria para alentar a los discípulos. Jesús les llamó “hombres de poca fe”, no les dijo hombres sin fe. Es verdad que a causa del temor no confiaron en el Señor, pero al menos creyeron lo suficiente como para despertar al Maestro y rogarle que les ayudase. ¡Cuánta benevolencia divina! No se requiere de mucha fe para “despertar” a Jesús. Basta clamar y Él responderá. Por lo visto su disposición a ayudarnos es mucho mayor que nuestros ruegos. Si acudieron a Él obligados por el temor, si su fe de tan pequeña rayaba en lo insignificante; si la desesperanza ganó terreno en sus corazones; aún así, seguirá oyéndose el eco divino en toda tormenta que la vida presente: ¿Por qué teméis…? Aún no ha sido echado fuera ningún hombre que viene a Él (Juan 6:37). La tormenta también fue necesaria a causa de la gloria de Dios. El negro sigue resaltando el blanco. El estruendo sigue resaltando el silencio. La maldad sigue resaltando la bondad. Y el dolor sigue resaltando su misericordia. La tormenta en el mar de Galilea fue necesaria para producir conocimiento y confianza en la autoridad del Rey Jesús. Es similar al motivo de las plagas en Egipto en tiempo de Moisés. Dios se había propuesto rescatar a los israelitas, podía hacerlo sin más ni más, ¡es Todopoderoso! Sin embargo, utilizó diez plagas para tal efecto, y lo hizo así para que tanto Israel, como Egipto y todos los pueblos (hasta los cananitas en la tierra prometida) supieran de su poder y de su Nombre (Rom. 9:17). La tormenta es necesaria para que sepamos Quién es y Cómo es Dios. El propósito es que puedan exclamar maravillados: ¿Qué hombre es éste…? (Lee Isaías 45:2-3). Con todo, puedes tener paz en la tormenta. Mira bien: Jesús dormía (vr. 24). Es extraño pensar en el Señor dormido en tales circunstancias, seguramente ha de ser difícil dormir en una barca golpeada por las olas, con agua cayendo en la cara, con el cuerpo empapado, escuchando truenos, el rugir del viento y el crujir de la barca; aun así, Jesús estaba dormido. Se necesita estar sumamente cansado para poder conciliar el sueño en tales circunstancias. El Maestro estaba muy fatigado, había tenido un arduo día de trabajo. El Señor trabajó en su ministerio a un ritmo que nadie lo ha igualado, todo el día predicaba, enseñaba, sanaba enfermos, echaba fuera demonios, confrontaba a los hipócritas y por la noche frecuentemente oraba; ¡Estaba agotado! Nuevamente vemos su humanidad y su afinidad con nosotros. Nuevamente lo sentimos tan cerca que podemos palparlo. Pero también dormía por la confianza en el Padre. La tormenta no lo asusta, el agua no lo intimida, el viento no puede rugirle a Él. Jesús sabe que el Padre Celestial tiene su vida en sus manos. El Señor conoce que su fin no será morir ahogado en el mar de Galilea, sabe que más allá le espera una cruz en el Calvario, por tanto, puede dormir tranquilo, Dios tiene el control, nada saldrá de sus planes, su soberanía es un nido cómodo para depositar la vida (Salmo 3:5-6; 23:4; 46:2 y 7). ¡El Padre tiene su mano en tu mano, su corazón en tu corazón y su Espíritu en tu espíritu! Ante el clamor de los discípulos, lo que no pudo lograr la tormenta, Jesús despertó. ¿No te encanta esta frase? A mí sí. No lo despertó el salpicar de las olas ni el agua sobre el rostro, no lo despertó el violento mover de la barca; tampoco lo despertó su obligación de Mesías, de estar cual imponente líder al frente de las maniobras navales; ¡no! ¡nada de esto lo despertó! ¿sabes qué fue? ¡lo despertó el ruego de doce discípulos asustados! Dios, en su Trono de gloria, será movido más fácilmente (por no decir inmediatamente) por un puñado de necesidades que por billones de ángeles. El universo seguirá su marcha y Él despertará expectante, pero si un ser humano tiene el corazón roto, Él despertará al instante. Tal debe ser nuestra confianza al acercarnos a Él. Jeremías 33:3; Dt. 4:7; Salmo 145:18; Isaías 65:24. Enseguida, Jesús se levantó. Cuando se levanta la tempestad se levanta Jesús. Parece un padre saliendo en defensa de sus hijos. ¡No toquéis la niña de mis ojos! –parece decir. ¡El que a vosotros aborrece a mí me aborrece! –dijo a los suyos. Dios se levanta por sus hijos. Confiemos. Dios es gran aliado en la batalla, vengador enérgico en la ofensa, escudo ante el ataque, fuerza en la debilidad, y el guerrero invencible que va delante de nosotros. Jesús se levantó. Tiemble la tierra, retrocedan los demonios, huya la tempestad y arrodillémonos sus discípulos. Nunca dudes. Podría ser que la tormenta de problemas amenace con hundir la barca de tu vida, el temor aqueja y la fe parece esconderse, en ese preciso momento recuerda que Jesús jamás dormirá a tu clamor. En el momento más crítico y necesario Él despertará. Se cuenta que en uno de los aeroplanos que estaban bombardeando territorio alemán durante la Segunda Guerra Mundial, iba “como simple observador” un capellán del ejército. Zumbaban en torno los aviones enemigos y los proyectiles antiaéreos. El bombardeo era intenso y el combate tan fuerte que difícilmente se garantizaba la vida humana de los participantes. Deseoso de infundir calma al personal del citado aparato, el capellán tomó el teléfono interior y dijo con voz serena: -Todo va bien, amigos míos, no tengan miedo. Dios está con nosotros. Inmediatamente el artillero que iba en la cola del aeroplano, replicó: -Estará con ustedes los del frente, lo que es aquí no está. Segundo después, una bomba atravesó el fondo de la torre de cola y salió por la cúpula sin estallar. Hubo un momento de asombro y luego el artillero de cola agregó apresuradamente: -retiro mis palabras, Dios acaba de entrar. Jesús se levantó durante la tormenta en el mar de Galilea, es un hecho, un hecho repetido a lo largo de los siglos; Jesús sigue levantándose en el momento más necesario, y no hay ninguno que pueda decir con verdad, que Jesús no respondió a su clamor. Salmo 105:15; Zac. 2:8. Jesús también reprendió. Se levantó cual poderoso gigante y reprendió. Primeramente reprendió a sus discípulos (vr. 26) por temer. El temor es cualquier forma de ansiedad, producida principalmente por algún infortunio o la amenaza del mismo (ya sea real o imaginario). El temor destruye la confianza y hace dudar de que Dios sea capaz o no quiera ayudar en el tiempo de la dificultad. Satanás desea discípulos atemorizados, pero no está en los planes de Dios tener hijos cobardes. La expresión: ¿por qué teméis?, de Jesús es el secreto. Recuerden las promesas que les he dado. Si buscan primeramente el reino de Dios y su justicia no temerán. Si recuerdan la naturaleza de Dios, su amor, no temerán, pues en el amor no hay temor, porque el perfecto amor echa fuera el temor; además el temor conlleva castigo (1 Juan 4:18). Los discípulos temían, pero supieron hacer lo necesario para vencer al temor, echaron toda su ansiedad sobre Él, sabedores de que Él tiene cuidado de nosotros (1 P. 5:7). Cuando el temor te asalte, busca a Dios, Él oirá, y te librará de todos tus temores (Sal. 34:4). ¿Temor? Recuerda las promesas de Dios (Juan 14:27; Isaías 41:10; Salmo 23:4; 27:1; 46:1-2; 2 Timoteo 1:7. No tengas miedo, ¿por qué habrías de depositar tu fe en el mal? En segundo lugar Jesús reprendió la poca fe de sus discípulos (vr. 26). Qué interesante. Cuando trajeron ante Él a la mujer adúltera, Jesús no la reprendió. Tampoco lo hizo ante el publicano Zaqueo. ¡Pero Jesús reprende a los escasos de fe! Nuevamente se nos enseña que la base de la justificación no es la supuesta bondad, sino la fe. No es el menos pecador o el “más bueno” quien es justificado, sino el que tiene fe. Los discípulos tenían muchas cosas a su favor, por ejemplo, habían dejado familia y oficio por seguirle, mas si carecen de fe, lejos de contarles a su favor sus méritos, son agregados a su deuda, pues su cercanía al Maestro les demandaba fe. (Rom.4:4). Jesús no reprenderá al pecador que busca su perdón, ni al caído en la batalla. El Señor reprenderá a la higuera estéril, a los hipócritas religiosos que conocen la ley, a los demonios, a las tormentas y también reprenderá a los escasos de fe. Si alguien poseyera todas las virtudes, menos la fe, esa sola falta es suficiente para condenarle (Juan 1:18). Por otro lado, si alguien carece de toda virtud, pero posee fe en Cristo, tendrá lo suficiente para ser justificado. ¡Al que cree todo le es posible! (Mr. 9:23). El pecador será perdonado por la fe, el enfermo será sanado por la fe, el necesitado será ayudado por la fe. ¡Mejor hubiera sido a los discípulos no conocer nada acerca del mar y de la navegación pero teniendo fe; que estar seguros de sí mismos, pero inseguros para con Dios! En tercer lugar, Jesús reprendió a la tempestad. Mira la autoridad del Rey sobre el universo. ¡Es un alivio saber que Cristo tiene el control! Para Él no existen los accidentes, nunca está desprevenido. Tampoco conoce la impotencia ni ha sido rebasado por circunstancia alguna. Recuérdalo en tu siguiente crisis: Cristo tiene el control (Col. 1:16-17). Al mismo tiempo que reprendió la tempestad, Jesús estaba reprendiendo al maligno. El texto griego del versículo 26 bien puede traducirse: “Amenazó a los vientos y al mar.” Esto es, a las fuerzas que estaban detrás de la tormenta. El enemigo no era el mar, sino los demonios. El ataque no venía del viento, sino de espíritus malignos. Frecuentemente (aclarando que no siempre), está el mal detrás de los problemas. Mira el caso de Job, tanto su enfermedad, como la pérdida de sus bienes y la muerte de sus hijos fueron producto de intrigas demoníacas. Sin embargo, si Jesús está en la barca de la vida, se levantará y reprenderá el mal, siempre y cuando Jesús esté y hallamos clamado a Él. Su voz sigue firme: Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia. Lee Isaías 54:17 La conclusión es sencilla: Los hombres se maravillaron, luego glorificaron y alabaron. ¿Qué hombre es este…? Dios se glorificó al manifestar la autoridad del reino. ¡Recuerda todo esto en tu próxima tormenta!
— Roberto Tinoco
Mateo 8:24
8.23-27 En este episodio Jesús calmó dos tempestades: Sojuzgó a la tormenta de la naturaleza, al viento y al mar; y también calmó una tempestad aun más agitada, la que se estaba efectuando en el corazón de los discípulos. Tormenta que aunque no era visible, era más preocupante. La Biblia dice que el Señor entró en la barca (vr.23). Posiblemente a causa de tanta gente que lo seguía, Él nunca fue propenso a las masas; Cristo va a los muchos, pero sólo recibe a quien se acerca personalmente a Él. Además necesitaba descansar, ¡oh milagro de la encarnación, Dios buscando descanso! En esta acción, encontramos al Maestro en su humanidad, Cristo es verdaderamente Hombre y el Hombre más verdadero. Se requiere verle humano para recibirle divino; se necesitaba amar al Jesús Hombre para ser amado por el Jesús divino; así como necesitó hacerse Hijo del Hombre para que fuésemos hechos hijos de Dios. No se puede separar al Carpintero del Cristo ni se debe separar al Nazareno del Celestial. Jesús subió a una barca pues se cansó en su ardua labor ministerial y en su cansancio encontramos descanso los que creemos en Él. (Juan 1:14; 1 Tim. 3:16; 1 Juan 1:1-2). También leemos que los discípulos lo siguieron, es una referencia a los doce. La multitud se quedó en ese lado del mar. Sólo los verdaderos discípulos están decididos a seguir a Cristo por tierra o por mar. Es el verdadero discípulo quien sigue al Maestro sin importarle las circunstancias o las luchas que pueda enfrentar; como vimos en versículos anteriores, pocos son capaces de pagar el precio del reino. Por su parte, la tormenta era real; especialmente en la agitada región de Galilea. El mar (lago) de Galilea se extiende aproximadamente 21 kms. a lo largo y 11 kms. a lo ancho; se encuentra a 208 metros bajo el nivel del mar; y tiene una profundidad de 48 metros en su parte más honda. Debido a estas características geográficas goza de un estupendo clima; sin embargo, está rodeado de valles y de barrancas, lo que provoca que, al soplar el viento, se comprima y se precipite repentinamente a gran velocidad causando tormentas con olas de hasta 7 metros de altura (es a esto a lo que se refiere Mateo al decir que las olas “cubrían la barca”). Se desató una tormenta tan fuerte que espantó a experimentados pescadores que conocían diestramente el lugar (y precisamente porque eran marinos sabían que no se trataba de una tormenta común). Del mismo modo, la vida del hombre, ya sea personal, familiar, laboral o de cualquier índole, puede parecer hermosa, tranquila y en paz; sin embargo, las circunstancias propias de la vida terrenal pueden amenazarle con hundirse en los problemas tan repentinamente como una tormenta en el mar de Galilea. Y así como la tormenta era real en el mar de Galilea, también era real en el ámbito espiritual. La barca se dirigía a Gadara, la región de los demonios. La tormenta era producto del maligno que intentaba detenerlos. En forma alegórica podemos decir que el mar representa a las multitudes (Is. 57:20; 17:12-13; Ap. 13:1; 17:1,15); y que los vientos representan a los espíritus caídos, servidores de Satanás (Ef. 2:2; 6:12; Job 1:19). El mundo trata de detener el avance del reino y el maligno lo intentó aun más; pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Rom. 8:37; Dt. 28:7). ¡El pábilo que humea no se apagará; la roca que sostiene a la iglesia no se quebrará ni se moverá; las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia; caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará; mayor es el que está en nosotros que el que está en le mundo! La tormenta también se vuelve real en la vida diaria. La tempestad en el mar que enfrentaron los discípulos bien puede representar los problemas que enfrentamos todos los seres humanos en nuestra vida cotidiana. No podemos caer en un estado de negación afirmando no tener problemas, aparte de ilusos, seríamos necios. La tormenta es real en la vida cotidiana y no desaparecerá solo porque la ignoremos. Jesús lo afirmó: En el mundo tendréis aflicción (Juan 16:33). El justo Lot lo dijo por experiencia: El hombre nacido de mujer, corto de días y hastiado de sin sabores (Job 14:1). Y el predicador en su vejez exclamó acerca de la vida humana en esta tierra: Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos molestias; aún de noche su corazón no reposa (Ecl. 2:23). Dios no promete una vida sin problemas, lo que Dios ofrece es una vida de paz aun en los problemas. Él no quita la montaña, sino que brinda alas para pasar al otro lado. Lee Habacuc 3:17-19. Incluso la tormenta puede ser real aun estando el Señor Jesús presente. Jesús estaba en la barca. La tempestad no sobrecogió a los discípulos estando solos (al menos en esta ocasión). Jesús estaba allí. Muchas personas creen que por ser creyentes no habrá problemas en su vida, la realidad es que aunque sean cristianos (y a veces precisamente por serlo) enfrentarán adversidades, el viento golpeará sus rostros y el mar amenazará con anegarles. Cuando esto suceda habrá que recordar que aunque sean muchas las aflicciones del justo, de todas ellas le librará Yahwéh (Sal.34:19). Debemos aprender que la ausencia de problemas no es parámetro que indique comunión con Dios; así como tampoco la presencia de aflicciones indican enemistad con Dios. Dicho de otro modo: si hay tempestad no significa que Jesús no esté; y si no hay tempestad no significa que Jesús sí esté. Por otro lado, los discípulos debieron confiar, si la barca se hundía, Jesús se hundiría con ella, por lo tanto, ¡esto no pasaría jamás! Porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3). (Sal. 91:1-4). Surge la pregunta: ¿es que acaso se necesitan las tormentas en la vida? Y sí, la respuesta es afirmativa. La tormenta fue necesaria en esa ocasión a causa de la fe de sus discípulos. Las Sagradas Escrituras enseñan que debemos tener por sumo gozo cuando nos encontremos en pruebas, porque la prueba de la fe produce paciencia (Stg. 1:2-3); esta es la razón por la que era necesaria una tormenta, el desarrollo de la fe para los discípulos. Necesitaban ser probados para que ejercitaran su fe y necesitaban ejercitar su fe para dar fruto de paciencia (entre otras cosas). Es similar a la ocasión en la que Dios pidió su amado hijo a Abraham (Gen. 22). Dios no necesitaba saber cuánto le amaba Abraham, ni cuanta fe tenía; tampoco se complace Dios en hacer sufrir a sus hijos; mucho menos era diversión divina. La razón por la que le pide al hijo es para que Abraham ejercite su fe y la desarrolle, así como su amor a Dios. La tormenta es necesaria para producir hombres de fe, tanto como el ejercicio es indispensable para el crecimiento corporal sano. Sin gravedad nuestros huesos se disolverían en una masa flácida; sin tormentas espirituales no existen hombres espirituales. Después del huracán el árbol habrá de echar su raíces más profundo y más extenso en la tierra; lo mismo que el creyente, después de la prueba será más fuerte y fiel. 1 Pedro 1:6-7. Además, la tormenta era necesaria para alentar a los discípulos. Jesús les llamó “hombres de poca fe”, no les dijo hombres sin fe. Es verdad que a causa del temor no confiaron en el Señor, pero al menos creyeron lo suficiente como para despertar al Maestro y rogarle que les ayudase. ¡Cuánta benevolencia divina! No se requiere de mucha fe para “despertar” a Jesús. Basta clamar y Él responderá. Por lo visto su disposición a ayudarnos es mucho mayor que nuestros ruegos. Si acudieron a Él obligados por el temor, si su fe de tan pequeña rayaba en lo insignificante; si la desesperanza ganó terreno en sus corazones; aún así, seguirá oyéndose el eco divino en toda tormenta que la vida presente: ¿Por qué teméis…? Aún no ha sido echado fuera ningún hombre que viene a Él (Juan 6:37). La tormenta también fue necesaria a causa de la gloria de Dios. El negro sigue resaltando el blanco. El estruendo sigue resaltando el silencio. La maldad sigue resaltando la bondad. Y el dolor sigue resaltando su misericordia. La tormenta en el mar de Galilea fue necesaria para producir conocimiento y confianza en la autoridad del Rey Jesús. Es similar al motivo de las plagas en Egipto en tiempo de Moisés. Dios se había propuesto rescatar a los israelitas, podía hacerlo sin más ni más, ¡es Todopoderoso! Sin embargo, utilizó diez plagas para tal efecto, y lo hizo así para que tanto Israel, como Egipto y todos los pueblos (hasta los cananitas en la tierra prometida) supieran de su poder y de su Nombre (Rom. 9:17). La tormenta es necesaria para que sepamos Quién es y Cómo es Dios. El propósito es que puedan exclamar maravillados: ¿Qué hombre es éste…? (Lee Isaías 45:2-3). Con todo, puedes tener paz en la tormenta. Mira bien: Jesús dormía (vr. 24). Es extraño pensar en el Señor dormido en tales circunstancias, seguramente ha de ser difícil dormir en una barca golpeada por las olas, con agua cayendo en la cara, con el cuerpo empapado, escuchando truenos, el rugir del viento y el crujir de la barca; aun así, Jesús estaba dormido. Se necesita estar sumamente cansado para poder conciliar el sueño en tales circunstancias. El Maestro estaba muy fatigado, había tenido un arduo día de trabajo. El Señor trabajó en su ministerio a un ritmo que nadie lo ha igualado, todo el día predicaba, enseñaba, sanaba enfermos, echaba fuera demonios, confrontaba a los hipócritas y por la noche frecuentemente oraba; ¡Estaba agotado! Nuevamente vemos su humanidad y su afinidad con nosotros. Nuevamente lo sentimos tan cerca que podemos palparlo. Pero también dormía por la confianza en el Padre. La tormenta no lo asusta, el agua no lo intimida, el viento no puede rugirle a Él. Jesús sabe que el Padre Celestial tiene su vida en sus manos. El Señor conoce que su fin no será morir ahogado en el mar de Galilea, sabe que más allá le espera una cruz en el Calvario, por tanto, puede dormir tranquilo, Dios tiene el control, nada saldrá de sus planes, su soberanía es un nido cómodo para depositar la vida (Salmo 3:5-6; 23:4; 46:2 y 7). ¡El Padre tiene su mano en tu mano, su corazón en tu corazón y su Espíritu en tu espíritu! Ante el clamor de los discípulos, lo que no pudo lograr la tormenta, Jesús despertó. ¿No te encanta esta frase? A mí sí. No lo despertó el salpicar de las olas ni el agua sobre el rostro, no lo despertó el violento mover de la barca; tampoco lo despertó su obligación de Mesías, de estar cual imponente líder al frente de las maniobras navales; ¡no! ¡nada de esto lo despertó! ¿sabes qué fue? ¡lo despertó el ruego de doce discípulos asustados! Dios, en su Trono de gloria, será movido más fácilmente (por no decir inmediatamente) por un puñado de necesidades que por billones de ángeles. El universo seguirá su marcha y Él despertará expectante, pero si un ser humano tiene el corazón roto, Él despertará al instante. Tal debe ser nuestra confianza al acercarnos a Él. Jeremías 33:3; Dt. 4:7; Salmo 145:18; Isaías 65:24. Enseguida, Jesús se levantó. Cuando se levanta la tempestad se levanta Jesús. Parece un padre saliendo en defensa de sus hijos. ¡No toquéis la niña de mis ojos! –parece decir. ¡El que a vosotros aborrece a mí me aborrece! –dijo a los suyos. Dios se levanta por sus hijos. Confiemos. Dios es gran aliado en la batalla, vengador enérgico en la ofensa, escudo ante el ataque, fuerza en la debilidad, y el guerrero invencible que va delante de nosotros. Jesús se levantó. Tiemble la tierra, retrocedan los demonios, huya la tempestad y arrodillémonos sus discípulos. Nunca dudes. Podría ser que la tormenta de problemas amenace con hundir la barca de tu vida, el temor aqueja y la fe parece esconderse, en ese preciso momento recuerda que Jesús jamás dormirá a tu clamor. En el momento más crítico y necesario Él despertará. Se cuenta que en uno de los aeroplanos que estaban bombardeando territorio alemán durante la Segunda Guerra Mundial, iba “como simple observador” un capellán del ejército. Zumbaban en torno los aviones enemigos y los proyectiles antiaéreos. El bombardeo era intenso y el combate tan fuerte que difícilmente se garantizaba la vida humana de los participantes. Deseoso de infundir calma al personal del citado aparato, el capellán tomó el teléfono interior y dijo con voz serena: -Todo va bien, amigos míos, no tengan miedo. Dios está con nosotros. Inmediatamente el artillero que iba en la cola del aeroplano, replicó: -Estará con ustedes los del frente, lo que es aquí no está. Segundo después, una bomba atravesó el fondo de la torre de cola y salió por la cúpula sin estallar. Hubo un momento de asombro y luego el artillero de cola agregó apresuradamente: -retiro mis palabras, Dios acaba de entrar. Jesús se levantó durante la tormenta en el mar de Galilea, es un hecho, un hecho repetido a lo largo de los siglos; Jesús sigue levantándose en el momento más necesario, y no hay ninguno que pueda decir con verdad, que Jesús no respondió a su clamor. Salmo 105:15; Zac. 2:8. Jesús también reprendió. Se levantó cual poderoso gigante y reprendió. Primeramente reprendió a sus discípulos (vr. 26) por temer. El temor es cualquier forma de ansiedad, producida principalmente por algún infortunio o la amenaza del mismo (ya sea real o imaginario). El temor destruye la confianza y hace dudar de que Dios sea capaz o no quiera ayudar en el tiempo de la dificultad. Satanás desea discípulos atemorizados, pero no está en los planes de Dios tener hijos cobardes. La expresión: ¿por qué teméis?, de Jesús es el secreto. Recuerden las promesas que les he dado. Si buscan primeramente el reino de Dios y su justicia no temerán. Si recuerdan la naturaleza de Dios, su amor, no temerán, pues en el amor no hay temor, porque el perfecto amor echa fuera el temor; además el temor conlleva castigo (1 Juan 4:18). Los discípulos temían, pero supieron hacer lo necesario para vencer al temor, echaron toda su ansiedad sobre Él, sabedores de que Él tiene cuidado de nosotros (1 P. 5:7). Cuando el temor te asalte, busca a Dios, Él oirá, y te librará de todos tus temores (Sal. 34:4). ¿Temor? Recuerda las promesas de Dios (Juan 14:27; Isaías 41:10; Salmo 23:4; 27:1; 46:1-2; 2 Timoteo 1:7. No tengas miedo, ¿por qué habrías de depositar tu fe en el mal? En segundo lugar Jesús reprendió la poca fe de sus discípulos (vr. 26). Qué interesante. Cuando trajeron ante Él a la mujer adúltera, Jesús no la reprendió. Tampoco lo hizo ante el publicano Zaqueo. ¡Pero Jesús reprende a los escasos de fe! Nuevamente se nos enseña que la base de la justificación no es la supuesta bondad, sino la fe. No es el menos pecador o el “más bueno” quien es justificado, sino el que tiene fe. Los discípulos tenían muchas cosas a su favor, por ejemplo, habían dejado familia y oficio por seguirle, mas si carecen de fe, lejos de contarles a su favor sus méritos, son agregados a su deuda, pues su cercanía al Maestro les demandaba fe. (Rom.4:4). Jesús no reprenderá al pecador que busca su perdón, ni al caído en la batalla. El Señor reprenderá a la higuera estéril, a los hipócritas religiosos que conocen la ley, a los demonios, a las tormentas y también reprenderá a los escasos de fe. Si alguien poseyera todas las virtudes, menos la fe, esa sola falta es suficiente para condenarle (Juan 1:18). Por otro lado, si alguien carece de toda virtud, pero posee fe en Cristo, tendrá lo suficiente para ser justificado. ¡Al que cree todo le es posible! (Mr. 9:23). El pecador será perdonado por la fe, el enfermo será sanado por la fe, el necesitado será ayudado por la fe. ¡Mejor hubiera sido a los discípulos no conocer nada acerca del mar y de la navegación pero teniendo fe; que estar seguros de sí mismos, pero inseguros para con Dios! En tercer lugar, Jesús reprendió a la tempestad. Mira la autoridad del Rey sobre el universo. ¡Es un alivio saber que Cristo tiene el control! Para Él no existen los accidentes, nunca está desprevenido. Tampoco conoce la impotencia ni ha sido rebasado por circunstancia alguna. Recuérdalo en tu siguiente crisis: Cristo tiene el control (Col. 1:16-17). Al mismo tiempo que reprendió la tempestad, Jesús estaba reprendiendo al maligno. El texto griego del versículo 26 bien puede traducirse: “Amenazó a los vientos y al mar.” Esto es, a las fuerzas que estaban detrás de la tormenta. El enemigo no era el mar, sino los demonios. El ataque no venía del viento, sino de espíritus malignos. Frecuentemente (aclarando que no siempre), está el mal detrás de los problemas. Mira el caso de Job, tanto su enfermedad, como la pérdida de sus bienes y la muerte de sus hijos fueron producto de intrigas demoníacas. Sin embargo, si Jesús está en la barca de la vida, se levantará y reprenderá el mal, siempre y cuando Jesús esté y hallamos clamado a Él. Su voz sigue firme: Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia. Lee Isaías 54:17 La conclusión es sencilla: Los hombres se maravillaron, luego glorificaron y alabaron. ¿Qué hombre es este…? Dios se glorificó al manifestar la autoridad del reino. ¡Recuerda todo esto en tu próxima tormenta!
— Roberto Tinoco
Mateo 8:25
8.23-27 En este episodio Jesús calmó dos tempestades: Sojuzgó a la tormenta de la naturaleza, al viento y al mar; y también calmó una tempestad aun más agitada, la que se estaba efectuando en el corazón de los discípulos. Tormenta que aunque no era visible, era más preocupante. La Biblia dice que el Señor entró en la barca (vr.23). Posiblemente a causa de tanta gente que lo seguía, Él nunca fue propenso a las masas; Cristo va a los muchos, pero sólo recibe a quien se acerca personalmente a Él. Además necesitaba descansar, ¡oh milagro de la encarnación, Dios buscando descanso! En esta acción, encontramos al Maestro en su humanidad, Cristo es verdaderamente Hombre y el Hombre más verdadero. Se requiere verle humano para recibirle divino; se necesitaba amar al Jesús Hombre para ser amado por el Jesús divino; así como necesitó hacerse Hijo del Hombre para que fuésemos hechos hijos de Dios. No se puede separar al Carpintero del Cristo ni se debe separar al Nazareno del Celestial. Jesús subió a una barca pues se cansó en su ardua labor ministerial y en su cansancio encontramos descanso los que creemos en Él. (Juan 1:14; 1 Tim. 3:16; 1 Juan 1:1-2). También leemos que los discípulos lo siguieron, es una referencia a los doce. La multitud se quedó en ese lado del mar. Sólo los verdaderos discípulos están decididos a seguir a Cristo por tierra o por mar. Es el verdadero discípulo quien sigue al Maestro sin importarle las circunstancias o las luchas que pueda enfrentar; como vimos en versículos anteriores, pocos son capaces de pagar el precio del reino. Por su parte, la tormenta era real; especialmente en la agitada región de Galilea. El mar (lago) de Galilea se extiende aproximadamente 21 kms. a lo largo y 11 kms. a lo ancho; se encuentra a 208 metros bajo el nivel del mar; y tiene una profundidad de 48 metros en su parte más honda. Debido a estas características geográficas goza de un estupendo clima; sin embargo, está rodeado de valles y de barrancas, lo que provoca que, al soplar el viento, se comprima y se precipite repentinamente a gran velocidad causando tormentas con olas de hasta 7 metros de altura (es a esto a lo que se refiere Mateo al decir que las olas “cubrían la barca”). Se desató una tormenta tan fuerte que espantó a experimentados pescadores que conocían diestramente el lugar (y precisamente porque eran marinos sabían que no se trataba de una tormenta común). Del mismo modo, la vida del hombre, ya sea personal, familiar, laboral o de cualquier índole, puede parecer hermosa, tranquila y en paz; sin embargo, las circunstancias propias de la vida terrenal pueden amenazarle con hundirse en los problemas tan repentinamente como una tormenta en el mar de Galilea. Y así como la tormenta era real en el mar de Galilea, también era real en el ámbito espiritual. La barca se dirigía a Gadara, la región de los demonios. La tormenta era producto del maligno que intentaba detenerlos. En forma alegórica podemos decir que el mar representa a las multitudes (Is. 57:20; 17:12-13; Ap. 13:1; 17:1,15); y que los vientos representan a los espíritus caídos, servidores de Satanás (Ef. 2:2; 6:12; Job 1:19). El mundo trata de detener el avance del reino y el maligno lo intentó aun más; pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Rom. 8:37; Dt. 28:7). ¡El pábilo que humea no se apagará; la roca que sostiene a la iglesia no se quebrará ni se moverá; las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia; caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará; mayor es el que está en nosotros que el que está en le mundo! La tormenta también se vuelve real en la vida diaria. La tempestad en el mar que enfrentaron los discípulos bien puede representar los problemas que enfrentamos todos los seres humanos en nuestra vida cotidiana. No podemos caer en un estado de negación afirmando no tener problemas, aparte de ilusos, seríamos necios. La tormenta es real en la vida cotidiana y no desaparecerá solo porque la ignoremos. Jesús lo afirmó: En el mundo tendréis aflicción (Juan 16:33). El justo Lot lo dijo por experiencia: El hombre nacido de mujer, corto de días y hastiado de sin sabores (Job 14:1). Y el predicador en su vejez exclamó acerca de la vida humana en esta tierra: Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos molestias; aún de noche su corazón no reposa (Ecl. 2:23). Dios no promete una vida sin problemas, lo que Dios ofrece es una vida de paz aun en los problemas. Él no quita la montaña, sino que brinda alas para pasar al otro lado. Lee Habacuc 3:17-19. Incluso la tormenta puede ser real aun estando el Señor Jesús presente. Jesús estaba en la barca. La tempestad no sobrecogió a los discípulos estando solos (al menos en esta ocasión). Jesús estaba allí. Muchas personas creen que por ser creyentes no habrá problemas en su vida, la realidad es que aunque sean cristianos (y a veces precisamente por serlo) enfrentarán adversidades, el viento golpeará sus rostros y el mar amenazará con anegarles. Cuando esto suceda habrá que recordar que aunque sean muchas las aflicciones del justo, de todas ellas le librará Yahwéh (Sal.34:19). Debemos aprender que la ausencia de problemas no es parámetro que indique comunión con Dios; así como tampoco la presencia de aflicciones indican enemistad con Dios. Dicho de otro modo: si hay tempestad no significa que Jesús no esté; y si no hay tempestad no significa que Jesús sí esté. Por otro lado, los discípulos debieron confiar, si la barca se hundía, Jesús se hundiría con ella, por lo tanto, ¡esto no pasaría jamás! Porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3). (Sal. 91:1-4). Surge la pregunta: ¿es que acaso se necesitan las tormentas en la vida? Y sí, la respuesta es afirmativa. La tormenta fue necesaria en esa ocasión a causa de la fe de sus discípulos. Las Sagradas Escrituras enseñan que debemos tener por sumo gozo cuando nos encontremos en pruebas, porque la prueba de la fe produce paciencia (Stg. 1:2-3); esta es la razón por la que era necesaria una tormenta, el desarrollo de la fe para los discípulos. Necesitaban ser probados para que ejercitaran su fe y necesitaban ejercitar su fe para dar fruto de paciencia (entre otras cosas). Es similar a la ocasión en la que Dios pidió su amado hijo a Abraham (Gen. 22). Dios no necesitaba saber cuánto le amaba Abraham, ni cuanta fe tenía; tampoco se complace Dios en hacer sufrir a sus hijos; mucho menos era diversión divina. La razón por la que le pide al hijo es para que Abraham ejercite su fe y la desarrolle, así como su amor a Dios. La tormenta es necesaria para producir hombres de fe, tanto como el ejercicio es indispensable para el crecimiento corporal sano. Sin gravedad nuestros huesos se disolverían en una masa flácida; sin tormentas espirituales no existen hombres espirituales. Después del huracán el árbol habrá de echar su raíces más profundo y más extenso en la tierra; lo mismo que el creyente, después de la prueba será más fuerte y fiel. 1 Pedro 1:6-7. Además, la tormenta era necesaria para alentar a los discípulos. Jesús les llamó “hombres de poca fe”, no les dijo hombres sin fe. Es verdad que a causa del temor no confiaron en el Señor, pero al menos creyeron lo suficiente como para despertar al Maestro y rogarle que les ayudase. ¡Cuánta benevolencia divina! No se requiere de mucha fe para “despertar” a Jesús. Basta clamar y Él responderá. Por lo visto su disposición a ayudarnos es mucho mayor que nuestros ruegos. Si acudieron a Él obligados por el temor, si su fe de tan pequeña rayaba en lo insignificante; si la desesperanza ganó terreno en sus corazones; aún así, seguirá oyéndose el eco divino en toda tormenta que la vida presente: ¿Por qué teméis…? Aún no ha sido echado fuera ningún hombre que viene a Él (Juan 6:37). La tormenta también fue necesaria a causa de la gloria de Dios. El negro sigue resaltando el blanco. El estruendo sigue resaltando el silencio. La maldad sigue resaltando la bondad. Y el dolor sigue resaltando su misericordia. La tormenta en el mar de Galilea fue necesaria para producir conocimiento y confianza en la autoridad del Rey Jesús. Es similar al motivo de las plagas en Egipto en tiempo de Moisés. Dios se había propuesto rescatar a los israelitas, podía hacerlo sin más ni más, ¡es Todopoderoso! Sin embargo, utilizó diez plagas para tal efecto, y lo hizo así para que tanto Israel, como Egipto y todos los pueblos (hasta los cananitas en la tierra prometida) supieran de su poder y de su Nombre (Rom. 9:17). La tormenta es necesaria para que sepamos Quién es y Cómo es Dios. El propósito es que puedan exclamar maravillados: ¿Qué hombre es éste…? (Lee Isaías 45:2-3). Con todo, puedes tener paz en la tormenta. Mira bien: Jesús dormía (vr. 24). Es extraño pensar en el Señor dormido en tales circunstancias, seguramente ha de ser difícil dormir en una barca golpeada por las olas, con agua cayendo en la cara, con el cuerpo empapado, escuchando truenos, el rugir del viento y el crujir de la barca; aun así, Jesús estaba dormido. Se necesita estar sumamente cansado para poder conciliar el sueño en tales circunstancias. El Maestro estaba muy fatigado, había tenido un arduo día de trabajo. El Señor trabajó en su ministerio a un ritmo que nadie lo ha igualado, todo el día predicaba, enseñaba, sanaba enfermos, echaba fuera demonios, confrontaba a los hipócritas y por la noche frecuentemente oraba; ¡Estaba agotado! Nuevamente vemos su humanidad y su afinidad con nosotros. Nuevamente lo sentimos tan cerca que podemos palparlo. Pero también dormía por la confianza en el Padre. La tormenta no lo asusta, el agua no lo intimida, el viento no puede rugirle a Él. Jesús sabe que el Padre Celestial tiene su vida en sus manos. El Señor conoce que su fin no será morir ahogado en el mar de Galilea, sabe que más allá le espera una cruz en el Calvario, por tanto, puede dormir tranquilo, Dios tiene el control, nada saldrá de sus planes, su soberanía es un nido cómodo para depositar la vida (Salmo 3:5-6; 23:4; 46:2 y 7). ¡El Padre tiene su mano en tu mano, su corazón en tu corazón y su Espíritu en tu espíritu! Ante el clamor de los discípulos, lo que no pudo lograr la tormenta, Jesús despertó. ¿No te encanta esta frase? A mí sí. No lo despertó el salpicar de las olas ni el agua sobre el rostro, no lo despertó el violento mover de la barca; tampoco lo despertó su obligación de Mesías, de estar cual imponente líder al frente de las maniobras navales; ¡no! ¡nada de esto lo despertó! ¿sabes qué fue? ¡lo despertó el ruego de doce discípulos asustados! Dios, en su Trono de gloria, será movido más fácilmente (por no decir inmediatamente) por un puñado de necesidades que por billones de ángeles. El universo seguirá su marcha y Él despertará expectante, pero si un ser humano tiene el corazón roto, Él despertará al instante. Tal debe ser nuestra confianza al acercarnos a Él. Jeremías 33:3; Dt. 4:7; Salmo 145:18; Isaías 65:24. Enseguida, Jesús se levantó. Cuando se levanta la tempestad se levanta Jesús. Parece un padre saliendo en defensa de sus hijos. ¡No toquéis la niña de mis ojos! –parece decir. ¡El que a vosotros aborrece a mí me aborrece! –dijo a los suyos. Dios se levanta por sus hijos. Confiemos. Dios es gran aliado en la batalla, vengador enérgico en la ofensa, escudo ante el ataque, fuerza en la debilidad, y el guerrero invencible que va delante de nosotros. Jesús se levantó. Tiemble la tierra, retrocedan los demonios, huya la tempestad y arrodillémonos sus discípulos. Nunca dudes. Podría ser que la tormenta de problemas amenace con hundir la barca de tu vida, el temor aqueja y la fe parece esconderse, en ese preciso momento recuerda que Jesús jamás dormirá a tu clamor. En el momento más crítico y necesario Él despertará. Se cuenta que en uno de los aeroplanos que estaban bombardeando territorio alemán durante la Segunda Guerra Mundial, iba “como simple observador” un capellán del ejército. Zumbaban en torno los aviones enemigos y los proyectiles antiaéreos. El bombardeo era intenso y el combate tan fuerte que difícilmente se garantizaba la vida humana de los participantes. Deseoso de infundir calma al personal del citado aparato, el capellán tomó el teléfono interior y dijo con voz serena: -Todo va bien, amigos míos, no tengan miedo. Dios está con nosotros. Inmediatamente el artillero que iba en la cola del aeroplano, replicó: -Estará con ustedes los del frente, lo que es aquí no está. Segundo después, una bomba atravesó el fondo de la torre de cola y salió por la cúpula sin estallar. Hubo un momento de asombro y luego el artillero de cola agregó apresuradamente: -retiro mis palabras, Dios acaba de entrar. Jesús se levantó durante la tormenta en el mar de Galilea, es un hecho, un hecho repetido a lo largo de los siglos; Jesús sigue levantándose en el momento más necesario, y no hay ninguno que pueda decir con verdad, que Jesús no respondió a su clamor. Salmo 105:15; Zac. 2:8. Jesús también reprendió. Se levantó cual poderoso gigante y reprendió. Primeramente reprendió a sus discípulos (vr. 26) por temer. El temor es cualquier forma de ansiedad, producida principalmente por algún infortunio o la amenaza del mismo (ya sea real o imaginario). El temor destruye la confianza y hace dudar de que Dios sea capaz o no quiera ayudar en el tiempo de la dificultad. Satanás desea discípulos atemorizados, pero no está en los planes de Dios tener hijos cobardes. La expresión: ¿por qué teméis?, de Jesús es el secreto. Recuerden las promesas que les he dado. Si buscan primeramente el reino de Dios y su justicia no temerán. Si recuerdan la naturaleza de Dios, su amor, no temerán, pues en el amor no hay temor, porque el perfecto amor echa fuera el temor; además el temor conlleva castigo (1 Juan 4:18). Los discípulos temían, pero supieron hacer lo necesario para vencer al temor, echaron toda su ansiedad sobre Él, sabedores de que Él tiene cuidado de nosotros (1 P. 5:7). Cuando el temor te asalte, busca a Dios, Él oirá, y te librará de todos tus temores (Sal. 34:4). ¿Temor? Recuerda las promesas de Dios (Juan 14:27; Isaías 41:10; Salmo 23:4; 27:1; 46:1-2; 2 Timoteo 1:7. No tengas miedo, ¿por qué habrías de depositar tu fe en el mal? En segundo lugar Jesús reprendió la poca fe de sus discípulos (vr. 26). Qué interesante. Cuando trajeron ante Él a la mujer adúltera, Jesús no la reprendió. Tampoco lo hizo ante el publicano Zaqueo. ¡Pero Jesús reprende a los escasos de fe! Nuevamente se nos enseña que la base de la justificación no es la supuesta bondad, sino la fe. No es el menos pecador o el “más bueno” quien es justificado, sino el que tiene fe. Los discípulos tenían muchas cosas a su favor, por ejemplo, habían dejado familia y oficio por seguirle, mas si carecen de fe, lejos de contarles a su favor sus méritos, son agregados a su deuda, pues su cercanía al Maestro les demandaba fe. (Rom.4:4). Jesús no reprenderá al pecador que busca su perdón, ni al caído en la batalla. El Señor reprenderá a la higuera estéril, a los hipócritas religiosos que conocen la ley, a los demonios, a las tormentas y también reprenderá a los escasos de fe. Si alguien poseyera todas las virtudes, menos la fe, esa sola falta es suficiente para condenarle (Juan 1:18). Por otro lado, si alguien carece de toda virtud, pero posee fe en Cristo, tendrá lo suficiente para ser justificado. ¡Al que cree todo le es posible! (Mr. 9:23). El pecador será perdonado por la fe, el enfermo será sanado por la fe, el necesitado será ayudado por la fe. ¡Mejor hubiera sido a los discípulos no conocer nada acerca del mar y de la navegación pero teniendo fe; que estar seguros de sí mismos, pero inseguros para con Dios! En tercer lugar, Jesús reprendió a la tempestad. Mira la autoridad del Rey sobre el universo. ¡Es un alivio saber que Cristo tiene el control! Para Él no existen los accidentes, nunca está desprevenido. Tampoco conoce la impotencia ni ha sido rebasado por circunstancia alguna. Recuérdalo en tu siguiente crisis: Cristo tiene el control (Col. 1:16-17). Al mismo tiempo que reprendió la tempestad, Jesús estaba reprendiendo al maligno. El texto griego del versículo 26 bien puede traducirse: “Amenazó a los vientos y al mar.” Esto es, a las fuerzas que estaban detrás de la tormenta. El enemigo no era el mar, sino los demonios. El ataque no venía del viento, sino de espíritus malignos. Frecuentemente (aclarando que no siempre), está el mal detrás de los problemas. Mira el caso de Job, tanto su enfermedad, como la pérdida de sus bienes y la muerte de sus hijos fueron producto de intrigas demoníacas. Sin embargo, si Jesús está en la barca de la vida, se levantará y reprenderá el mal, siempre y cuando Jesús esté y hallamos clamado a Él. Su voz sigue firme: Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia. Lee Isaías 54:17 La conclusión es sencilla: Los hombres se maravillaron, luego glorificaron y alabaron. ¿Qué hombre es este…? Dios se glorificó al manifestar la autoridad del reino. ¡Recuerda todo esto en tu próxima tormenta!
— Roberto Tinoco
Mateo 8:26
8.23-27 En este episodio Jesús calmó dos tempestades: Sojuzgó a la tormenta de la naturaleza, al viento y al mar; y también calmó una tempestad aun más agitada, la que se estaba efectuando en el corazón de los discípulos. Tormenta que aunque no era visible, era más preocupante. La Biblia dice que el Señor entró en la barca (vr.23). Posiblemente a causa de tanta gente que lo seguía, Él nunca fue propenso a las masas; Cristo va a los muchos, pero sólo recibe a quien se acerca personalmente a Él. Además necesitaba descansar, ¡oh milagro de la encarnación, Dios buscando descanso! En esta acción, encontramos al Maestro en su humanidad, Cristo es verdaderamente Hombre y el Hombre más verdadero. Se requiere verle humano para recibirle divino; se necesitaba amar al Jesús Hombre para ser amado por el Jesús divino; así como necesitó hacerse Hijo del Hombre para que fuésemos hechos hijos de Dios. No se puede separar al Carpintero del Cristo ni se debe separar al Nazareno del Celestial. Jesús subió a una barca pues se cansó en su ardua labor ministerial y en su cansancio encontramos descanso los que creemos en Él. (Juan 1:14; 1 Tim. 3:16; 1 Juan 1:1-2). También leemos que los discípulos lo siguieron, es una referencia a los doce. La multitud se quedó en ese lado del mar. Sólo los verdaderos discípulos están decididos a seguir a Cristo por tierra o por mar. Es el verdadero discípulo quien sigue al Maestro sin importarle las circunstancias o las luchas que pueda enfrentar; como vimos en versículos anteriores, pocos son capaces de pagar el precio del reino. Por su parte, la tormenta era real; especialmente en la agitada región de Galilea. El mar (lago) de Galilea se extiende aproximadamente 21 kms. a lo largo y 11 kms. a lo ancho; se encuentra a 208 metros bajo el nivel del mar; y tiene una profundidad de 48 metros en su parte más honda. Debido a estas características geográficas goza de un estupendo clima; sin embargo, está rodeado de valles y de barrancas, lo que provoca que, al soplar el viento, se comprima y se precipite repentinamente a gran velocidad causando tormentas con olas de hasta 7 metros de altura (es a esto a lo que se refiere Mateo al decir que las olas “cubrían la barca”). Se desató una tormenta tan fuerte que espantó a experimentados pescadores que conocían diestramente el lugar (y precisamente porque eran marinos sabían que no se trataba de una tormenta común). Del mismo modo, la vida del hombre, ya sea personal, familiar, laboral o de cualquier índole, puede parecer hermosa, tranquila y en paz; sin embargo, las circunstancias propias de la vida terrenal pueden amenazarle con hundirse en los problemas tan repentinamente como una tormenta en el mar de Galilea. Y así como la tormenta era real en el mar de Galilea, también era real en el ámbito espiritual. La barca se dirigía a Gadara, la región de los demonios. La tormenta era producto del maligno que intentaba detenerlos. En forma alegórica podemos decir que el mar representa a las multitudes (Is. 57:20; 17:12-13; Ap. 13:1; 17:1,15); y que los vientos representan a los espíritus caídos, servidores de Satanás (Ef. 2:2; 6:12; Job 1:19). El mundo trata de detener el avance del reino y el maligno lo intentó aun más; pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Rom. 8:37; Dt. 28:7). ¡El pábilo que humea no se apagará; la roca que sostiene a la iglesia no se quebrará ni se moverá; las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia; caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará; mayor es el que está en nosotros que el que está en le mundo! La tormenta también se vuelve real en la vida diaria. La tempestad en el mar que enfrentaron los discípulos bien puede representar los problemas que enfrentamos todos los seres humanos en nuestra vida cotidiana. No podemos caer en un estado de negación afirmando no tener problemas, aparte de ilusos, seríamos necios. La tormenta es real en la vida cotidiana y no desaparecerá solo porque la ignoremos. Jesús lo afirmó: En el mundo tendréis aflicción (Juan 16:33). El justo Lot lo dijo por experiencia: El hombre nacido de mujer, corto de días y hastiado de sin sabores (Job 14:1). Y el predicador en su vejez exclamó acerca de la vida humana en esta tierra: Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos molestias; aún de noche su corazón no reposa (Ecl. 2:23). Dios no promete una vida sin problemas, lo que Dios ofrece es una vida de paz aun en los problemas. Él no quita la montaña, sino que brinda alas para pasar al otro lado. Lee Habacuc 3:17-19. Incluso la tormenta puede ser real aun estando el Señor Jesús presente. Jesús estaba en la barca. La tempestad no sobrecogió a los discípulos estando solos (al menos en esta ocasión). Jesús estaba allí. Muchas personas creen que por ser creyentes no habrá problemas en su vida, la realidad es que aunque sean cristianos (y a veces precisamente por serlo) enfrentarán adversidades, el viento golpeará sus rostros y el mar amenazará con anegarles. Cuando esto suceda habrá que recordar que aunque sean muchas las aflicciones del justo, de todas ellas le librará Yahwéh (Sal.34:19). Debemos aprender que la ausencia de problemas no es parámetro que indique comunión con Dios; así como tampoco la presencia de aflicciones indican enemistad con Dios. Dicho de otro modo: si hay tempestad no significa que Jesús no esté; y si no hay tempestad no significa que Jesús sí esté. Por otro lado, los discípulos debieron confiar, si la barca se hundía, Jesús se hundiría con ella, por lo tanto, ¡esto no pasaría jamás! Porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3). (Sal. 91:1-4). Surge la pregunta: ¿es que acaso se necesitan las tormentas en la vida? Y sí, la respuesta es afirmativa. La tormenta fue necesaria en esa ocasión a causa de la fe de sus discípulos. Las Sagradas Escrituras enseñan que debemos tener por sumo gozo cuando nos encontremos en pruebas, porque la prueba de la fe produce paciencia (Stg. 1:2-3); esta es la razón por la que era necesaria una tormenta, el desarrollo de la fe para los discípulos. Necesitaban ser probados para que ejercitaran su fe y necesitaban ejercitar su fe para dar fruto de paciencia (entre otras cosas). Es similar a la ocasión en la que Dios pidió su amado hijo a Abraham (Gen. 22). Dios no necesitaba saber cuánto le amaba Abraham, ni cuanta fe tenía; tampoco se complace Dios en hacer sufrir a sus hijos; mucho menos era diversión divina. La razón por la que le pide al hijo es para que Abraham ejercite su fe y la desarrolle, así como su amor a Dios. La tormenta es necesaria para producir hombres de fe, tanto como el ejercicio es indispensable para el crecimiento corporal sano. Sin gravedad nuestros huesos se disolverían en una masa flácida; sin tormentas espirituales no existen hombres espirituales. Después del huracán el árbol habrá de echar su raíces más profundo y más extenso en la tierra; lo mismo que el creyente, después de la prueba será más fuerte y fiel. 1 Pedro 1:6-7. Además, la tormenta era necesaria para alentar a los discípulos. Jesús les llamó “hombres de poca fe”, no les dijo hombres sin fe. Es verdad que a causa del temor no confiaron en el Señor, pero al menos creyeron lo suficiente como para despertar al Maestro y rogarle que les ayudase. ¡Cuánta benevolencia divina! No se requiere de mucha fe para “despertar” a Jesús. Basta clamar y Él responderá. Por lo visto su disposición a ayudarnos es mucho mayor que nuestros ruegos. Si acudieron a Él obligados por el temor, si su fe de tan pequeña rayaba en lo insignificante; si la desesperanza ganó terreno en sus corazones; aún así, seguirá oyéndose el eco divino en toda tormenta que la vida presente: ¿Por qué teméis…? Aún no ha sido echado fuera ningún hombre que viene a Él (Juan 6:37). La tormenta también fue necesaria a causa de la gloria de Dios. El negro sigue resaltando el blanco. El estruendo sigue resaltando el silencio. La maldad sigue resaltando la bondad. Y el dolor sigue resaltando su misericordia. La tormenta en el mar de Galilea fue necesaria para producir conocimiento y confianza en la autoridad del Rey Jesús. Es similar al motivo de las plagas en Egipto en tiempo de Moisés. Dios se había propuesto rescatar a los israelitas, podía hacerlo sin más ni más, ¡es Todopoderoso! Sin embargo, utilizó diez plagas para tal efecto, y lo hizo así para que tanto Israel, como Egipto y todos los pueblos (hasta los cananitas en la tierra prometida) supieran de su poder y de su Nombre (Rom. 9:17). La tormenta es necesaria para que sepamos Quién es y Cómo es Dios. El propósito es que puedan exclamar maravillados: ¿Qué hombre es éste…? (Lee Isaías 45:2-3). Con todo, puedes tener paz en la tormenta. Mira bien: Jesús dormía (vr. 24). Es extraño pensar en el Señor dormido en tales circunstancias, seguramente ha de ser difícil dormir en una barca golpeada por las olas, con agua cayendo en la cara, con el cuerpo empapado, escuchando truenos, el rugir del viento y el crujir de la barca; aun así, Jesús estaba dormido. Se necesita estar sumamente cansado para poder conciliar el sueño en tales circunstancias. El Maestro estaba muy fatigado, había tenido un arduo día de trabajo. El Señor trabajó en su ministerio a un ritmo que nadie lo ha igualado, todo el día predicaba, enseñaba, sanaba enfermos, echaba fuera demonios, confrontaba a los hipócritas y por la noche frecuentemente oraba; ¡Estaba agotado! Nuevamente vemos su humanidad y su afinidad con nosotros. Nuevamente lo sentimos tan cerca que podemos palparlo. Pero también dormía por la confianza en el Padre. La tormenta no lo asusta, el agua no lo intimida, el viento no puede rugirle a Él. Jesús sabe que el Padre Celestial tiene su vida en sus manos. El Señor conoce que su fin no será morir ahogado en el mar de Galilea, sabe que más allá le espera una cruz en el Calvario, por tanto, puede dormir tranquilo, Dios tiene el control, nada saldrá de sus planes, su soberanía es un nido cómodo para depositar la vida (Salmo 3:5-6; 23:4; 46:2 y 7). ¡El Padre tiene su mano en tu mano, su corazón en tu corazón y su Espíritu en tu espíritu! Ante el clamor de los discípulos, lo que no pudo lograr la tormenta, Jesús despertó. ¿No te encanta esta frase? A mí sí. No lo despertó el salpicar de las olas ni el agua sobre el rostro, no lo despertó el violento mover de la barca; tampoco lo despertó su obligación de Mesías, de estar cual imponente líder al frente de las maniobras navales; ¡no! ¡nada de esto lo despertó! ¿sabes qué fue? ¡lo despertó el ruego de doce discípulos asustados! Dios, en su Trono de gloria, será movido más fácilmente (por no decir inmediatamente) por un puñado de necesidades que por billones de ángeles. El universo seguirá su marcha y Él despertará expectante, pero si un ser humano tiene el corazón roto, Él despertará al instante. Tal debe ser nuestra confianza al acercarnos a Él. Jeremías 33:3; Dt. 4:7; Salmo 145:18; Isaías 65:24. Enseguida, Jesús se levantó. Cuando se levanta la tempestad se levanta Jesús. Parece un padre saliendo en defensa de sus hijos. ¡No toquéis la niña de mis ojos! –parece decir. ¡El que a vosotros aborrece a mí me aborrece! –dijo a los suyos. Dios se levanta por sus hijos. Confiemos. Dios es gran aliado en la batalla, vengador enérgico en la ofensa, escudo ante el ataque, fuerza en la debilidad, y el guerrero invencible que va delante de nosotros. Jesús se levantó. Tiemble la tierra, retrocedan los demonios, huya la tempestad y arrodillémonos sus discípulos. Nunca dudes. Podría ser que la tormenta de problemas amenace con hundir la barca de tu vida, el temor aqueja y la fe parece esconderse, en ese preciso momento recuerda que Jesús jamás dormirá a tu clamor. En el momento más crítico y necesario Él despertará. Se cuenta que en uno de los aeroplanos que estaban bombardeando territorio alemán durante la Segunda Guerra Mundial, iba “como simple observador” un capellán del ejército. Zumbaban en torno los aviones enemigos y los proyectiles antiaéreos. El bombardeo era intenso y el combate tan fuerte que difícilmente se garantizaba la vida humana de los participantes. Deseoso de infundir calma al personal del citado aparato, el capellán tomó el teléfono interior y dijo con voz serena: -Todo va bien, amigos míos, no tengan miedo. Dios está con nosotros. Inmediatamente el artillero que iba en la cola del aeroplano, replicó: -Estará con ustedes los del frente, lo que es aquí no está. Segundo después, una bomba atravesó el fondo de la torre de cola y salió por la cúpula sin estallar. Hubo un momento de asombro y luego el artillero de cola agregó apresuradamente: -retiro mis palabras, Dios acaba de entrar. Jesús se levantó durante la tormenta en el mar de Galilea, es un hecho, un hecho repetido a lo largo de los siglos; Jesús sigue levantándose en el momento más necesario, y no hay ninguno que pueda decir con verdad, que Jesús no respondió a su clamor. Salmo 105:15; Zac. 2:8. Jesús también reprendió. Se levantó cual poderoso gigante y reprendió. Primeramente reprendió a sus discípulos (vr. 26) por temer. El temor es cualquier forma de ansiedad, producida principalmente por algún infortunio o la amenaza del mismo (ya sea real o imaginario). El temor destruye la confianza y hace dudar de que Dios sea capaz o no quiera ayudar en el tiempo de la dificultad. Satanás desea discípulos atemorizados, pero no está en los planes de Dios tener hijos cobardes. La expresión: ¿por qué teméis?, de Jesús es el secreto. Recuerden las promesas que les he dado. Si buscan primeramente el reino de Dios y su justicia no temerán. Si recuerdan la naturaleza de Dios, su amor, no temerán, pues en el amor no hay temor, porque el perfecto amor echa fuera el temor; además el temor conlleva castigo (1 Juan 4:18). Los discípulos temían, pero supieron hacer lo necesario para vencer al temor, echaron toda su ansiedad sobre Él, sabedores de que Él tiene cuidado de nosotros (1 P. 5:7). Cuando el temor te asalte, busca a Dios, Él oirá, y te librará de todos tus temores (Sal. 34:4). ¿Temor? Recuerda las promesas de Dios (Juan 14:27; Isaías 41:10; Salmo 23:4; 27:1; 46:1-2; 2 Timoteo 1:7. No tengas miedo, ¿por qué habrías de depositar tu fe en el mal? En segundo lugar Jesús reprendió la poca fe de sus discípulos (vr. 26). Qué interesante. Cuando trajeron ante Él a la mujer adúltera, Jesús no la reprendió. Tampoco lo hizo ante el publicano Zaqueo. ¡Pero Jesús reprende a los escasos de fe! Nuevamente se nos enseña que la base de la justificación no es la supuesta bondad, sino la fe. No es el menos pecador o el “más bueno” quien es justificado, sino el que tiene fe. Los discípulos tenían muchas cosas a su favor, por ejemplo, habían dejado familia y oficio por seguirle, mas si carecen de fe, lejos de contarles a su favor sus méritos, son agregados a su deuda, pues su cercanía al Maestro les demandaba fe. (Rom.4:4). Jesús no reprenderá al pecador que busca su perdón, ni al caído en la batalla. El Señor reprenderá a la higuera estéril, a los hipócritas religiosos que conocen la ley, a los demonios, a las tormentas y también reprenderá a los escasos de fe. Si alguien poseyera todas las virtudes, menos la fe, esa sola falta es suficiente para condenarle (Juan 1:18). Por otro lado, si alguien carece de toda virtud, pero posee fe en Cristo, tendrá lo suficiente para ser justificado. ¡Al que cree todo le es posible! (Mr. 9:23). El pecador será perdonado por la fe, el enfermo será sanado por la fe, el necesitado será ayudado por la fe. ¡Mejor hubiera sido a los discípulos no conocer nada acerca del mar y de la navegación pero teniendo fe; que estar seguros de sí mismos, pero inseguros para con Dios! En tercer lugar, Jesús reprendió a la tempestad. Mira la autoridad del Rey sobre el universo. ¡Es un alivio saber que Cristo tiene el control! Para Él no existen los accidentes, nunca está desprevenido. Tampoco conoce la impotencia ni ha sido rebasado por circunstancia alguna. Recuérdalo en tu siguiente crisis: Cristo tiene el control (Col. 1:16-17). Al mismo tiempo que reprendió la tempestad, Jesús estaba reprendiendo al maligno. El texto griego del versículo 26 bien puede traducirse: “Amenazó a los vientos y al mar.” Esto es, a las fuerzas que estaban detrás de la tormenta. El enemigo no era el mar, sino los demonios. El ataque no venía del viento, sino de espíritus malignos. Frecuentemente (aclarando que no siempre), está el mal detrás de los problemas. Mira el caso de Job, tanto su enfermedad, como la pérdida de sus bienes y la muerte de sus hijos fueron producto de intrigas demoníacas. Sin embargo, si Jesús está en la barca de la vida, se levantará y reprenderá el mal, siempre y cuando Jesús esté y hallamos clamado a Él. Su voz sigue firme: Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia. Lee Isaías 54:17 La conclusión es sencilla: Los hombres se maravillaron, luego glorificaron y alabaron. ¿Qué hombre es este…? Dios se glorificó al manifestar la autoridad del reino. ¡Recuerda todo esto en tu próxima tormenta!
— Roberto Tinoco
Mateo 8:27
8.23-27 En este episodio Jesús calmó dos tempestades: Sojuzgó a la tormenta de la naturaleza, al viento y al mar; y también calmó una tempestad aun más agitada, la que se estaba efectuando en el corazón de los discípulos. Tormenta que aunque no era visible, era más preocupante. La Biblia dice que el Señor entró en la barca (vr.23). Posiblemente a causa de tanta gente que lo seguía, Él nunca fue propenso a las masas; Cristo va a los muchos, pero sólo recibe a quien se acerca personalmente a Él. Además necesitaba descansar, ¡oh milagro de la encarnación, Dios buscando descanso! En esta acción, encontramos al Maestro en su humanidad, Cristo es verdaderamente Hombre y el Hombre más verdadero. Se requiere verle humano para recibirle divino; se necesitaba amar al Jesús Hombre para ser amado por el Jesús divino; así como necesitó hacerse Hijo del Hombre para que fuésemos hechos hijos de Dios. No se puede separar al Carpintero del Cristo ni se debe separar al Nazareno del Celestial. Jesús subió a una barca pues se cansó en su ardua labor ministerial y en su cansancio encontramos descanso los que creemos en Él. (Juan 1:14; 1 Tim. 3:16; 1 Juan 1:1-2). También leemos que los discípulos lo siguieron, es una referencia a los doce. La multitud se quedó en ese lado del mar. Sólo los verdaderos discípulos están decididos a seguir a Cristo por tierra o por mar. Es el verdadero discípulo quien sigue al Maestro sin importarle las circunstancias o las luchas que pueda enfrentar; como vimos en versículos anteriores, pocos son capaces de pagar el precio del reino. Por su parte, la tormenta era real; especialmente en la agitada región de Galilea. El mar (lago) de Galilea se extiende aproximadamente 21 kms. a lo largo y 11 kms. a lo ancho; se encuentra a 208 metros bajo el nivel del mar; y tiene una profundidad de 48 metros en su parte más honda. Debido a estas características geográficas goza de un estupendo clima; sin embargo, está rodeado de valles y de barrancas, lo que provoca que, al soplar el viento, se comprima y se precipite repentinamente a gran velocidad causando tormentas con olas de hasta 7 metros de altura (es a esto a lo que se refiere Mateo al decir que las olas “cubrían la barca”). Se desató una tormenta tan fuerte que espantó a experimentados pescadores que conocían diestramente el lugar (y precisamente porque eran marinos sabían que no se trataba de una tormenta común). Del mismo modo, la vida del hombre, ya sea personal, familiar, laboral o de cualquier índole, puede parecer hermosa, tranquila y en paz; sin embargo, las circunstancias propias de la vida terrenal pueden amenazarle con hundirse en los problemas tan repentinamente como una tormenta en el mar de Galilea. Y así como la tormenta era real en el mar de Galilea, también era real en el ámbito espiritual. La barca se dirigía a Gadara, la región de los demonios. La tormenta era producto del maligno que intentaba detenerlos. En forma alegórica podemos decir que el mar representa a las multitudes (Is. 57:20; 17:12-13; Ap. 13:1; 17:1,15); y que los vientos representan a los espíritus caídos, servidores de Satanás (Ef. 2:2; 6:12; Job 1:19). El mundo trata de detener el avance del reino y el maligno lo intentó aun más; pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó (Rom. 8:37; Dt. 28:7). ¡El pábilo que humea no se apagará; la roca que sostiene a la iglesia no se quebrará ni se moverá; las puertas del infierno no prevalecerán contra la iglesia; caerán a tu lado mil y diez mil a tu diestra, mas a ti no llegará; mayor es el que está en nosotros que el que está en le mundo! La tormenta también se vuelve real en la vida diaria. La tempestad en el mar que enfrentaron los discípulos bien puede representar los problemas que enfrentamos todos los seres humanos en nuestra vida cotidiana. No podemos caer en un estado de negación afirmando no tener problemas, aparte de ilusos, seríamos necios. La tormenta es real en la vida cotidiana y no desaparecerá solo porque la ignoremos. Jesús lo afirmó: En el mundo tendréis aflicción (Juan 16:33). El justo Lot lo dijo por experiencia: El hombre nacido de mujer, corto de días y hastiado de sin sabores (Job 14:1). Y el predicador en su vejez exclamó acerca de la vida humana en esta tierra: Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos molestias; aún de noche su corazón no reposa (Ecl. 2:23). Dios no promete una vida sin problemas, lo que Dios ofrece es una vida de paz aun en los problemas. Él no quita la montaña, sino que brinda alas para pasar al otro lado. Lee Habacuc 3:17-19. Incluso la tormenta puede ser real aun estando el Señor Jesús presente. Jesús estaba en la barca. La tempestad no sobrecogió a los discípulos estando solos (al menos en esta ocasión). Jesús estaba allí. Muchas personas creen que por ser creyentes no habrá problemas en su vida, la realidad es que aunque sean cristianos (y a veces precisamente por serlo) enfrentarán adversidades, el viento golpeará sus rostros y el mar amenazará con anegarles. Cuando esto suceda habrá que recordar que aunque sean muchas las aflicciones del justo, de todas ellas le librará Yahwéh (Sal.34:19). Debemos aprender que la ausencia de problemas no es parámetro que indique comunión con Dios; así como tampoco la presencia de aflicciones indican enemistad con Dios. Dicho de otro modo: si hay tempestad no significa que Jesús no esté; y si no hay tempestad no significa que Jesús sí esté. Por otro lado, los discípulos debieron confiar, si la barca se hundía, Jesús se hundiría con ella, por lo tanto, ¡esto no pasaría jamás! Porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3). (Sal. 91:1-4). Surge la pregunta: ¿es que acaso se necesitan las tormentas en la vida? Y sí, la respuesta es afirmativa. La tormenta fue necesaria en esa ocasión a causa de la fe de sus discípulos. Las Sagradas Escrituras enseñan que debemos tener por sumo gozo cuando nos encontremos en pruebas, porque la prueba de la fe produce paciencia (Stg. 1:2-3); esta es la razón por la que era necesaria una tormenta, el desarrollo de la fe para los discípulos. Necesitaban ser probados para que ejercitaran su fe y necesitaban ejercitar su fe para dar fruto de paciencia (entre otras cosas). Es similar a la ocasión en la que Dios pidió su amado hijo a Abraham (Gen. 22). Dios no necesitaba saber cuánto le amaba Abraham, ni cuanta fe tenía; tampoco se complace Dios en hacer sufrir a sus hijos; mucho menos era diversión divina. La razón por la que le pide al hijo es para que Abraham ejercite su fe y la desarrolle, así como su amor a Dios. La tormenta es necesaria para producir hombres de fe, tanto como el ejercicio es indispensable para el crecimiento corporal sano. Sin gravedad nuestros huesos se disolverían en una masa flácida; sin tormentas espirituales no existen hombres espirituales. Después del huracán el árbol habrá de echar su raíces más profundo y más extenso en la tierra; lo mismo que el creyente, después de la prueba será más fuerte y fiel. 1 Pedro 1:6-7. Además, la tormenta era necesaria para alentar a los discípulos. Jesús les llamó “hombres de poca fe”, no les dijo hombres sin fe. Es verdad que a causa del temor no confiaron en el Señor, pero al menos creyeron lo suficiente como para despertar al Maestro y rogarle que les ayudase. ¡Cuánta benevolencia divina! No se requiere de mucha fe para “despertar” a Jesús. Basta clamar y Él responderá. Por lo visto su disposición a ayudarnos es mucho mayor que nuestros ruegos. Si acudieron a Él obligados por el temor, si su fe de tan pequeña rayaba en lo insignificante; si la desesperanza ganó terreno en sus corazones; aún así, seguirá oyéndose el eco divino en toda tormenta que la vida presente: ¿Por qué teméis…? Aún no ha sido echado fuera ningún hombre que viene a Él (Juan 6:37). La tormenta también fue necesaria a causa de la gloria de Dios. El negro sigue resaltando el blanco. El estruendo sigue resaltando el silencio. La maldad sigue resaltando la bondad. Y el dolor sigue resaltando su misericordia. La tormenta en el mar de Galilea fue necesaria para producir conocimiento y confianza en la autoridad del Rey Jesús. Es similar al motivo de las plagas en Egipto en tiempo de Moisés. Dios se había propuesto rescatar a los israelitas, podía hacerlo sin más ni más, ¡es Todopoderoso! Sin embargo, utilizó diez plagas para tal efecto, y lo hizo así para que tanto Israel, como Egipto y todos los pueblos (hasta los cananitas en la tierra prometida) supieran de su poder y de su Nombre (Rom. 9:17). La tormenta es necesaria para que sepamos Quién es y Cómo es Dios. El propósito es que puedan exclamar maravillados: ¿Qué hombre es éste…? (Lee Isaías 45:2-3). Con todo, puedes tener paz en la tormenta. Mira bien: Jesús dormía (vr. 24). Es extraño pensar en el Señor dormido en tales circunstancias, seguramente ha de ser difícil dormir en una barca golpeada por las olas, con agua cayendo en la cara, con el cuerpo empapado, escuchando truenos, el rugir del viento y el crujir de la barca; aun así, Jesús estaba dormido. Se necesita estar sumamente cansado para poder conciliar el sueño en tales circunstancias. El Maestro estaba muy fatigado, había tenido un arduo día de trabajo. El Señor trabajó en su ministerio a un ritmo que nadie lo ha igualado, todo el día predicaba, enseñaba, sanaba enfermos, echaba fuera demonios, confrontaba a los hipócritas y por la noche frecuentemente oraba; ¡Estaba agotado! Nuevamente vemos su humanidad y su afinidad con nosotros. Nuevamente lo sentimos tan cerca que podemos palparlo. Pero también dormía por la confianza en el Padre. La tormenta no lo asusta, el agua no lo intimida, el viento no puede rugirle a Él. Jesús sabe que el Padre Celestial tiene su vida en sus manos. El Señor conoce que su fin no será morir ahogado en el mar de Galilea, sabe que más allá le espera una cruz en el Calvario, por tanto, puede dormir tranquilo, Dios tiene el control, nada saldrá de sus planes, su soberanía es un nido cómodo para depositar la vida (Salmo 3:5-6; 23:4; 46:2 y 7). ¡El Padre tiene su mano en tu mano, su corazón en tu corazón y su Espíritu en tu espíritu! Ante el clamor de los discípulos, lo que no pudo lograr la tormenta, Jesús despertó. ¿No te encanta esta frase? A mí sí. No lo despertó el salpicar de las olas ni el agua sobre el rostro, no lo despertó el violento mover de la barca; tampoco lo despertó su obligación de Mesías, de estar cual imponente líder al frente de las maniobras navales; ¡no! ¡nada de esto lo despertó! ¿sabes qué fue? ¡lo despertó el ruego de doce discípulos asustados! Dios, en su Trono de gloria, será movido más fácilmente (por no decir inmediatamente) por un puñado de necesidades que por billones de ángeles. El universo seguirá su marcha y Él despertará expectante, pero si un ser humano tiene el corazón roto, Él despertará al instante. Tal debe ser nuestra confianza al acercarnos a Él. Jeremías 33:3; Dt. 4:7; Salmo 145:18; Isaías 65:24. Enseguida, Jesús se levantó. Cuando se levanta la tempestad se levanta Jesús. Parece un padre saliendo en defensa de sus hijos. ¡No toquéis la niña de mis ojos! –parece decir. ¡El que a vosotros aborrece a mí me aborrece! –dijo a los suyos. Dios se levanta por sus hijos. Confiemos. Dios es gran aliado en la batalla, vengador enérgico en la ofensa, escudo ante el ataque, fuerza en la debilidad, y el guerrero invencible que va delante de nosotros. Jesús se levantó. Tiemble la tierra, retrocedan los demonios, huya la tempestad y arrodillémonos sus discípulos. Nunca dudes. Podría ser que la tormenta de problemas amenace con hundir la barca de tu vida, el temor aqueja y la fe parece esconderse, en ese preciso momento recuerda que Jesús jamás dormirá a tu clamor. En el momento más crítico y necesario Él despertará. Se cuenta que en uno de los aeroplanos que estaban bombardeando territorio alemán durante la Segunda Guerra Mundial, iba “como simple observador” un capellán del ejército. Zumbaban en torno los aviones enemigos y los proyectiles antiaéreos. El bombardeo era intenso y el combate tan fuerte que difícilmente se garantizaba la vida humana de los participantes. Deseoso de infundir calma al personal del citado aparato, el capellán tomó el teléfono interior y dijo con voz serena: -Todo va bien, amigos míos, no tengan miedo. Dios está con nosotros. Inmediatamente el artillero que iba en la cola del aeroplano, replicó: -Estará con ustedes los del frente, lo que es aquí no está. Segundo después, una bomba atravesó el fondo de la torre de cola y salió por la cúpula sin estallar. Hubo un momento de asombro y luego el artillero de cola agregó apresuradamente: -retiro mis palabras, Dios acaba de entrar. Jesús se levantó durante la tormenta en el mar de Galilea, es un hecho, un hecho repetido a lo largo de los siglos; Jesús sigue levantándose en el momento más necesario, y no hay ninguno que pueda decir con verdad, que Jesús no respondió a su clamor. Salmo 105:15; Zac. 2:8. Jesús también reprendió. Se levantó cual poderoso gigante y reprendió. Primeramente reprendió a sus discípulos (vr. 26) por temer. El temor es cualquier forma de ansiedad, producida principalmente por algún infortunio o la amenaza del mismo (ya sea real o imaginario). El temor destruye la confianza y hace dudar de que Dios sea capaz o no quiera ayudar en el tiempo de la dificultad. Satanás desea discípulos atemorizados, pero no está en los planes de Dios tener hijos cobardes. La expresión: ¿por qué teméis?, de Jesús es el secreto. Recuerden las promesas que les he dado. Si buscan primeramente el reino de Dios y su justicia no temerán. Si recuerdan la naturaleza de Dios, su amor, no temerán, pues en el amor no hay temor, porque el perfecto amor echa fuera el temor; además el temor conlleva castigo (1 Juan 4:18). Los discípulos temían, pero supieron hacer lo necesario para vencer al temor, echaron toda su ansiedad sobre Él, sabedores de que Él tiene cuidado de nosotros (1 P. 5:7). Cuando el temor te asalte, busca a Dios, Él oirá, y te librará de todos tus temores (Sal. 34:4). ¿Temor? Recuerda las promesas de Dios (Juan 14:27; Isaías 41:10; Salmo 23:4; 27:1; 46:1-2; 2 Timoteo 1:7. No tengas miedo, ¿por qué habrías de depositar tu fe en el mal? En segundo lugar Jesús reprendió la poca fe de sus discípulos (vr. 26). Qué interesante. Cuando trajeron ante Él a la mujer adúltera, Jesús no la reprendió. Tampoco lo hizo ante el publicano Zaqueo. ¡Pero Jesús reprende a los escasos de fe! Nuevamente se nos enseña que la base de la justificación no es la supuesta bondad, sino la fe. No es el menos pecador o el “más bueno” quien es justificado, sino el que tiene fe. Los discípulos tenían muchas cosas a su favor, por ejemplo, habían dejado familia y oficio por seguirle, mas si carecen de fe, lejos de contarles a su favor sus méritos, son agregados a su deuda, pues su cercanía al Maestro les demandaba fe. (Rom.4:4). Jesús no reprenderá al pecador que busca su perdón, ni al caído en la batalla. El Señor reprenderá a la higuera estéril, a los hipócritas religiosos que conocen la ley, a los demonios, a las tormentas y también reprenderá a los escasos de fe. Si alguien poseyera todas las virtudes, menos la fe, esa sola falta es suficiente para condenarle (Juan 1:18). Por otro lado, si alguien carece de toda virtud, pero posee fe en Cristo, tendrá lo suficiente para ser justificado. ¡Al que cree todo le es posible! (Mr. 9:23). El pecador será perdonado por la fe, el enfermo será sanado por la fe, el necesitado será ayudado por la fe. ¡Mejor hubiera sido a los discípulos no conocer nada acerca del mar y de la navegación pero teniendo fe; que estar seguros de sí mismos, pero inseguros para con Dios! En tercer lugar, Jesús reprendió a la tempestad. Mira la autoridad del Rey sobre el universo. ¡Es un alivio saber que Cristo tiene el control! Para Él no existen los accidentes, nunca está desprevenido. Tampoco conoce la impotencia ni ha sido rebasado por circunstancia alguna. Recuérdalo en tu siguiente crisis: Cristo tiene el control (Col. 1:16-17). Al mismo tiempo que reprendió la tempestad, Jesús estaba reprendiendo al maligno. El texto griego del versículo 26 bien puede traducirse: “Amenazó a los vientos y al mar.” Esto es, a las fuerzas que estaban detrás de la tormenta. El enemigo no era el mar, sino los demonios. El ataque no venía del viento, sino de espíritus malignos. Frecuentemente (aclarando que no siempre), está el mal detrás de los problemas. Mira el caso de Job, tanto su enfermedad, como la pérdida de sus bienes y la muerte de sus hijos fueron producto de intrigas demoníacas. Sin embargo, si Jesús está en la barca de la vida, se levantará y reprenderá el mal, siempre y cuando Jesús esté y hallamos clamado a Él. Su voz sigue firme: Las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia. Lee Isaías 54:17 La conclusión es sencilla: Los hombres se maravillaron, luego glorificaron y alabaron. ¿Qué hombre es este…? Dios se glorificó al manifestar la autoridad del reino. ¡Recuerda todo esto en tu próxima tormenta!
— Roberto Tinoco
Mateo 8:28
8.28-32 El Señor Jesucristo venía de vencer la tempestad en el mar de Galilea, los demonios no pudieron impedir su llegada a la región de Gadara. Nada lo detendrá, especialmente tratándose de salvar a dos infelices gadarenos poseídos de demonios. Si nada lo detuvo entonces, podemos estar confiados de que nada lo detendrá ahora para socorrernos. Jesús y sus discípulos habían partido de Capernaum, la orilla opuesta (entre 12 y 15 kms); ahora estaban en las afueras de la villa de Gerasa (Khersa), en territorio gadareno, una zona gentil en la orilla de este mar de Galilea. El término “gadarenos” presenta variantes en diferentes copias griegas, como “gergeseos” y “gerasenos”. En realidad son los mismos, solo que “gadarenos” es un gentilismo para definir a los habitantes de Gadara. Los gergeseos eran los descendientes de Cam. Cam era hijo de Noé, el cual fue maldecido por su padre a causa de un grave problema de inmoralidad y deshonor (Gen. 9:22-25), por tanto, dicha maldición pasó a sus descendientes. Con el tiempo Gadara se convirtió en morada de demonios; sus habitantes eran desechados y malditos según la ley judía. En esto hay enseñanza: Mientras que la opinión pública y la ley los repudiaban, Cristo los amaba. Para todos eran desechados y malditos excepto para Cristo. La última palabra no es del diablo, ni del mundo y tampoco la iglesia, siempre hay esperanza en Cristo (lee Lam. 3:21-25, 28-32). Acerca de la posesión demoniaca, en países de primer mundo y aquellos en desarrollo no se común hallar casos de posesión y por lo mismo, tampoco es aceptada fácilmente como un hecho real; incluso se le confunde con enfermedades mentales. De manera que tratándose de esclavitud, tanto física como mental o espiritual, la mejor arma de las tinieblas es la ignorancia. Con todo, la posesión demoniaca es real, la experiencia lo ha demostrado en el correr de los siglos; pero, sin ahondar en este punto, es real porque la Biblia lo afirma. Los demonios son espíritus sin cuerpo que entran en el hombre (Luc. 8:2; Mat. 9:32; 12:22; Mar. 9:17-18). Hay más de un motivo por el cual los demonios se apoderan de cuerpos físicos. El principal de ellos es el reclamo de adoración, de obediencia y de culto (Lev. 17:7; Dt. 32:16-17; 2 Cr. 11:15; 1 Cor. 10:20-21; Ap. 9:20; Sal. 106:37-38). La segunda razón es que al apoderarse de un cuerpo descansan: El Señor Jesús habló acerca de que el espíritu inmundo anda (fuera del cuerpo humano) buscando reposo, esto es un cuerpo físico, sea humano o de animal (Mat. 12:43-45, Mar. 5:12). La tercera razón por la que los demonios se apoderan de un cuerpo humano es destruir la obra de Dios, están intentando levantar un reino contra el reino de Dios (Mat. 12:26). Y por último, al posesionarse del hombre tratan de imitar a Dios, quien habita en el creyente. Dice al respecto Myer Pearlman: “Seguramente que la posesión demoniaca es una farsa demoniaca de esa experiencia muy sublime, la habitación del Espíritu Santo en el hombre. Nótense algunos paralelos: (1) La posesión demoniaca significa la introducción de una nueva personalidad en el ser de la víctima, haciéndolo hasta cierto punto nueva criatura. Nótese de qué manera el endemoniado gadareno (Mat. 8:29) actuó y habló como persona controlada por otra personalidad. El que es controlado o gobernado por Dios tiene una personalidad divina que mora en él (Juan 14:23). (2) Exclamaciones inspiradas del demonio constituyen una farsa satánica de las expresiones inspiradas del Espíritu Santo. (3) Se ha observado que cuando una persona se ha rendido conscientemente a un poder demoniaco, con frecuencia recibe un don tal como poder demoniaco, de médium y otros. Al respecto, el doctor Nevius dice: “A estas alturas, la persona dominada por el demonio ha desarrollado capacidades para ser usada, y está dispuesta a ser usada. Es el esclavo voluntario, preparado y acostumbrado al demonio.” ¡Imitación satánica de los dones del Espíritu Santo! (4) Los endemoniados manifiestan con frecuencia una fuerza extraordinaria, sobrehumana: se trata de una imitación satánica del poder del Espíritu Santo. Sin embargo, sea cual sea la causa, parece ser que en todos los casos en hombre o mujer en cuestión se involucró en actividades ocultistas. Los “síntomas” de la posesión demoniaca son muy variados: Pueden ser similares a las enfermedades, como la mudez (Mat. 9.33), la ceguera (Mat. 12:22), enfermedades relacionadas al sistema mental y nervioso, acompañados de terrible violencia y fuerza sobrenatural (Mar. 5:4-5), similar a la epilepsia (Mar. 9:17-18), intentos de suicidio (Mar. 9:22), locura, como vivir en sepulcros y desdeñar el uso de ropa (Luc. 8:27-29), etc. Con esto no queremos decir que toda enfermedad sea producida por demonios, sino que en ocasiones, el endemoniado presenta síntomas similares a enfermedades conocidas. Un error, producto de la ignorancia y de la falta de discernimiento espiritual es reprender toda enfermedad como si se tratase de seres espirituales. Ahora bien, la Biblia presenta actitudes y conductas humanas que sirven para predisponer la posesión demoniaca. Por ejemplo, cuando “la casa está desocupada y vacía” (Mat. 12:44-45), esto es, cuando el hombre vive sin Dios y ajeno a la vida del Espíritu Santo. Su contraparte es, que teniendo al Espíritu de Dios morando en el interior es imposible la posesión demoniaca. Jesús puede atar y echar fuera a satanás, pero ni satanás ni todos sus demonios juntos pueden hacer lo mismo con el Espíritu Santo (Mat. 12:29; Luc. 11:21. Así como tampoco es posible que habiten juntos Dios y los demonios (2 Cor. 6:15). Otra causa de la posesión demoniaca es la temeridad, vivir “en la cuerda floja” participando de ocultismo, de juegos satánicos, acudiendo a médiums, chamanes y hechiceros, participando o asistiendo con quienes practican la magia y la adivinación, desde la adivinación con cartas y tarot hasta la brujería, en sus formas simples como la magia “blanca” y en sus formas cínicas como la religión satánica. Todos estos están en riesgo de ser poseídos. La forma más común actualmente de posesión demoniaca es la posesión deliberada, esto es, quienes participando como médiums “prestan” o ceden sus cuerpos a los demonios para manifestar supuestos poderes psíquicos. Claro está que casi todos ellos creen que son espíritus de muertos familiares o amigos de quienes los consultan, lo cual es un engaño (1 Cor. 10:20; 1 Cor. 12:1-3). Sea cual sea la causa de la posesión, la liberación es la misma y es solo una: Únicamente Cristo puede liberar verdaderamente (Juan 8:36). La liberación es conocida como exorcismo. Y es efectuada por solo aquellos que conocen personalmente a Dios, dicho de otro modo, por aquellos en los cuales Dios habita (Hechos 19:13-16). El exorcismo se realiza en el Nombre y con la autoridad de Jesús (Hechos 16:18). Estos dos hombres se encontraban en el peor de los infortunios, desde el punto de vista judío eran triplemente inmundos: Eran inmundos por ser gentiles. Para el judío, el gentil era sinónimo de ignorante espiritual (Mat. 6:7) y de pecador (Gal. 2:14; 1 Ts. 4:5). Con frecuencia el pueblo judío despreció al gentil y en sus cátedras lo condenaba. Además, los dos hombres de la historia eran inmundos por vivir en los sepulcros; la ley mosaica establecía que el contacto con un muerto, hombre o animal, así como con todo aquello que tuviese relación con el muerto (como los sepulcros) contaminaba (Lev. 11). Y por último, eran inmundos por la mayor desgracia de todas, por estar poseídos de demonios. ¿Habrá algo más miserable que carecer de voluntad propia? Tal era la condición de estos dos infelices. Uno de los bienes más preciados del ser humano es la libertad, cuando ésta se pierde, con ello se es arrebatada toda dicha; estos hombres eran esclavos y esclavos no de la justicia, ni siquiera de algún mal dueño terrenal, ¡eran esclavos de demonios! ¡esclavos de las criaturas más crueles, malas y despiadadas sobre la faz de la tierra! El esclavo de otro hombre puede esconderse en su interior ante el maltrato, pero, ¿cómo escapar de una esclavitud interna? Similar es el esclavo del pecado, todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado (Juan 8:34); y las Sagradas Escrituras dicen que el que practica el pecado es del diablo (1 Juan 3:8), de modo que nadie que esto haga debe jactarse de una mejor condición espiritual que los dos infelices gadarenos. Estos hombres vivían en los sepulcros. Como si fuera poco su mal, su depresión y malestar era aumentado día a día con el panorama desolador del cementerio. Estaban muertos espiritualmente y todo lo que su cuerpo tenía en derredor era muerte, ¡cuánta melancolía y locura experimentarían! Todo el que venera la muerte, carece de verdadera vida. Así es la vida sin Dios, un panorama desolador, muerte por todos lados. Internamente un corazón sin vida; externamente, familias destrozadas, vidas arruinadas, conflictos familiares, laborales y fraternales …muerte incipiente. Y así como los sepulcros pueden estar decorados, pintados y con flores, pero siguen conteniendo muerte y putrefacción; así también están las vidas de aquellos que carecen de una verdadera relación con Dios, algunos aparentan hogares estables, personalidad exitosa y una vida tranquila; sin embargo, basta destapar la lápida de la consciencia y de la razón para encontrar la muerte del pecado y el enajenamiento del espíritu. La inscripción en la tumba no cambia con la cultura ni con la superación personal, sigue diciendo: La paga del pecado es muerte (Rom.6:23). Dice el texto bíblico que los endemoniados gadarenos eran feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquél camino (vr.28). El diablo vino para matar, hurtar y destruir (Juan 10:10). Una vez que se apodera del hombre, ya sea poseyéndolo o influenciándolo, lo utiliza para dañar a los demás. Todo aquél que ha sido inyectado por el veneno de la serpiente actúa con maldad, vive para sí aunque dañe (o para dañar) a sus semejantes. ¡Qué fácil es encontrar personas que causen temor al prójimo! El resultado de una vida dirigida por el maligno es el desprecio final de los demás; ¡cuán solos estarían estos personajes! La gente no se atrevía, unos por temor, otros por desprecio, a pasar aquél camino. Parafraseando: El camino del temor y de la maldad acarrea desprecio y lleva a la soledad. No obstante el repudio general por donde nadie se atrevía siquiera a pasar, Jesús atravesó un mar para ir al encuentro de dos endemoniados feroces en un lugar de muerte …tal es su amor. Ante la llegada del Señor Jesús, los demonios tuvieron que manifestarse. El evangelio según Mateo no revela la identidad de estos demonios, sin embargo, los evangelistas Marcos y Lucas mencionan en sus respectivos escritos que el pronombre con el que respondieron a Jesús fue “legión”, porque somos muchos… - dijeron (Mar. 5:9, Luc. 8.30). Una legión, según el lenguaje de la época, era compuesta originalmente por tres mil soldados, de modo que el término usado por los demonios para describirse “legión” implica una enorme cantidad de los mismos. ¡Cuán grande sería el sufrimiento que padecían! Cuando el Señor Jesús llegó, los demonios trataron de resistirle. Se dirigieron al Maestro con un clamor: “¿Qué tienes con nosotros Jesús…?” (vr.29). Se comportaban de acuerdo a la época, primero tomaron la figura de una legión romana para referirse a sí mismos como una multitud; ahora usan un hebraísmo: Literalmente, “¿qué a nosotros y a ti? En esto denotan astucia, así como se percibe que estudian al hombre y su cultura antes de destruirlo. Además, es una manera de referirse a su tiempo, esto es, al tiempo en el que estaban sucediendo las cosas, época que querían hacerle ver al Señor era “antes de tiempo”. Además, estaban tratando de resistir al Rey Jesús, diciendo: “no tenemos nada que ver contigo”. Este es el grito del cobarde que rehúye la lucha, sabedores de la Persona que tenían frente a sí. Decían que el Señor no tenía nada que ver con ellos, primeramente, por tratarse de dos gentiles poseídos; por tanto, según el razonamiento demoniaco, si Jesús vino a los judíos, ¿por qué quiere echarlos fuera? La respuesta es la definición que el Señor dio acerca de su misión: el ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia (Juan 10:10). En segundo lugar, decían que Cristo nada tenía que ver con ellos por tratarse de demonios. Es verdad, ¡estos seres caídos nada tienen que ver con Cristo respecto a una relación! Pero, mientras que ellos nada tienen que ver con el Señor, Él sigue siendo el Señor de toda criatura. Y lo que es sublime para nosotros, la humanidad toda, caída y lastimera, pecadora y miserable, ¡tenemos todo que ver con Él! ¡Bendita gracia, Jesús es el Salvador del mundo! Este intento de resistencia, nos enseña también que nadie puede resistir al Hijo de Dios. Serán poderosos para poseer al hombre sin Dios, pero no tienen poder para delimitar el área de trabajo del Rey. El Rey Jesucristo cruzó el mar de Galilea y fue hasta ellos; en esto, sí tienen que ver con Él; es el Señor y el Juez. Se atrevieron a tocar a dos hombres, ahora están en líos con el Creador. Es imposible para cualquier criatura intentar vivir excluyendo a Dios; no se puede ignorar su Presencia, menos su juicio. O se le acepta o se le rechaza, pero es imposible ser indiferente. Algunos tratan de decirle: ¿qué tienes con nosotros? Otros procuran no pensar en Dios, pero la realidad es ineludible, habremos de dar cuenta. ¡Nadie escapa a su domino en toda la creación! (Heb. 9:27). Además del Nombre de Jesús, los demonios se refirieron a Él como Hijo de Dios (vr.29). Hay dos motivos para ello, el primero es verdadero, el segundo es oculto. El primer motivo es el reconocimiento de la identidad de Jesús. Los demonios saben ante Quién se encuentran. Santiago dice que “creen y tiemblan” (Stg. 2:19). Son conscientes de la Deidad de Jesús, quizá más que muchos cristianos; pero más que un conocimiento intelectual, se requiere vida espiritual. Matthew Henry dice que “los demonios hablaron como un santo… pero no es el conocimiento, sino el amor, lo que distingue a los santos de los demonios.” El motivo oculto por el cual citaban una verdad, esto es, que Jesús es Hijo de Dios, es el tentarle en su ministerio. Frecuentemente, el Señor reprendió a los demonios y les impedía que hablasen acerca de Él (Mar. 1:5; Luc. 4:34-35). El evangelista Marcos dice que “les reprendía para que no le diesen a conocer” (Mar. 3:11-12). La intención de los demonios era un ministerio mesiánico populista, ofreciéndole fama y gloria buscaban se apartase del Espíritu Divino que lo sustentaba. Sabían que Jesús andaba “haciendo el bien sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.” (Hch.10:38). Esto confundiría a todos haciéndoles creer que eran de los mismos, por decirlo así. Finalmente, los demonios reconocieron su derrota: “¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (vr.29) -fue el clamor imprecatorio de los demonios. Son conscientes de su condenación y por se conscientes son más condenables. Saben del “fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41); y por lo visto, saben también cuándo será esto, pues conocen “el tiempo” (Ap. 20:10; Jud. 6). ¡Qué necios han de ser y cuán envanecidos han de estar para perseverar en la maldad a pesar de conocer su destino de condenación eterna! Si ellos son capaces de insistir en el mal a pesar del fuego final, ¿no te parece que con mucho mayor ahínco nosotros, la iglesia, debemos perseverar en hacer el bien y la voluntad de Dios conociendo un destino de gloria y vida eterna? También, podemos observar cómo es que el hecho de que el Rey les impidiera seguir dañando a esos hombres les significaba un tormento; en contraposición, el cristiano verdadero es aquel que sufre el tormento cuando se le impide hacer el bien. Los demonios rogaron, increíblemente, rogaron. Los demonios rogaron, suplicaron, se humillaron. ¡Nada escapa al poder de Cristo! ¡Nadie elude la autoridad del Rey! ¡Jesús es Señor de todo lo creado! Los demonios no están de acuerdo, el diablo se opone, los incrédulos se resisten, pero tanto unos como los otros habrán de inclinarse ante el Nombre de Jesús. El “Permítenos” de los demonios habla de la autoridad del Rey Jesús. El “Permítenos ir” dice, que Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). El “permítenos ir” afirma que todas las cosas han sido puestas bajo los pies de Cristo (1 Cor. 15:27). ¡Alégrate iglesia! ¡Cuánta seguridad hay en nuestro Rey! (Fil. 2:10-11; Mat. 28:18; Ap. 5:13-14). Y en este mismo inciso, que trata de la autoridad del Rey, observamos que los demonios le piden permiso a Jesús (vrs. 31-32). Por más que blasfemen, terminan suplicando oportunidad. Es similar al caso de Job, ya que el Señor les impide hacer daño a las personas, piden permiso para dañar a sus bienes (Job 1:9-12). Y Dios lo permite, misterio de su soberanía. William Barclay enfatiza el mensaje dirigido a los recién liberados gadarenos: “¡Fijaos! Fijaos en esos cerdos: Se han hundido en el fondo del lago, y se han llevado vuestros demonios para siempre.” Mira la sencilla respuesta de Jesús, es una orden: Id. (vr.32). Con esa misma facilidad Dios liberta al oprimido hoy, sana al enfermo y salva al perdido. Con esa misma facilidad también está para ayudarle hoy. La respuesta será inmediata, así como inmediata fue la precipitación de los cerdos en el mar. En ello vemos gran disposición de los demonios para hacer el mal, pero también encontramos mayor disposición de Dios para hacer el bien. Los cerdos se precipitaron en el mar, lo que muestra que el propósito de la posesión demoniaca es la destrucción, lo mismo que el pecado (su paga es muerte). Sin embargo, sólo los cerdos se precipitan en el mar, y no los hijos de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:29
8.28-32 El Señor Jesucristo venía de vencer la tempestad en el mar de Galilea, los demonios no pudieron impedir su llegada a la región de Gadara. Nada lo detendrá, especialmente tratándose de salvar a dos infelices gadarenos poseídos de demonios. Si nada lo detuvo entonces, podemos estar confiados de que nada lo detendrá ahora para socorrernos. Jesús y sus discípulos habían partido de Capernaum, la orilla opuesta (entre 12 y 15 kms); ahora estaban en las afueras de la villa de Gerasa (Khersa), en territorio gadareno, una zona gentil en la orilla de este mar de Galilea. El término “gadarenos” presenta variantes en diferentes copias griegas, como “gergeseos” y “gerasenos”. En realidad son los mismos, solo que “gadarenos” es un gentilismo para definir a los habitantes de Gadara. Los gergeseos eran los descendientes de Cam. Cam era hijo de Noé, el cual fue maldecido por su padre a causa de un grave problema de inmoralidad y deshonor (Gen. 9:22-25), por tanto, dicha maldición pasó a sus descendientes. Con el tiempo Gadara se convirtió en morada de demonios; sus habitantes eran desechados y malditos según la ley judía. En esto hay enseñanza: Mientras que la opinión pública y la ley los repudiaban, Cristo los amaba. Para todos eran desechados y malditos excepto para Cristo. La última palabra no es del diablo, ni del mundo y tampoco la iglesia, siempre hay esperanza en Cristo (lee Lam. 3:21-25, 28-32). Acerca de la posesión demoniaca, en países de primer mundo y aquellos en desarrollo no se común hallar casos de posesión y por lo mismo, tampoco es aceptada fácilmente como un hecho real; incluso se le confunde con enfermedades mentales. De manera que tratándose de esclavitud, tanto física como mental o espiritual, la mejor arma de las tinieblas es la ignorancia. Con todo, la posesión demoniaca es real, la experiencia lo ha demostrado en el correr de los siglos; pero, sin ahondar en este punto, es real porque la Biblia lo afirma. Los demonios son espíritus sin cuerpo que entran en el hombre (Luc. 8:2; Mat. 9:32; 12:22; Mar. 9:17-18). Hay más de un motivo por el cual los demonios se apoderan de cuerpos físicos. El principal de ellos es el reclamo de adoración, de obediencia y de culto (Lev. 17:7; Dt. 32:16-17; 2 Cr. 11:15; 1 Cor. 10:20-21; Ap. 9:20; Sal. 106:37-38). La segunda razón es que al apoderarse de un cuerpo descansan: El Señor Jesús habló acerca de que el espíritu inmundo anda (fuera del cuerpo humano) buscando reposo, esto es un cuerpo físico, sea humano o de animal (Mat. 12:43-45, Mar. 5:12). La tercera razón por la que los demonios se apoderan de un cuerpo humano es destruir la obra de Dios, están intentando levantar un reino contra el reino de Dios (Mat. 12:26). Y por último, al posesionarse del hombre tratan de imitar a Dios, quien habita en el creyente. Dice al respecto Myer Pearlman: “Seguramente que la posesión demoniaca es una farsa demoniaca de esa experiencia muy sublime, la habitación del Espíritu Santo en el hombre. Nótense algunos paralelos: (1) La posesión demoniaca significa la introducción de una nueva personalidad en el ser de la víctima, haciéndolo hasta cierto punto nueva criatura. Nótese de qué manera el endemoniado gadareno (Mat. 8:29) actuó y habló como persona controlada por otra personalidad. El que es controlado o gobernado por Dios tiene una personalidad divina que mora en él (Juan 14:23). (2) Exclamaciones inspiradas del demonio constituyen una farsa satánica de las expresiones inspiradas del Espíritu Santo. (3) Se ha observado que cuando una persona se ha rendido conscientemente a un poder demoniaco, con frecuencia recibe un don tal como poder demoniaco, de médium y otros. Al respecto, el doctor Nevius dice: “A estas alturas, la persona dominada por el demonio ha desarrollado capacidades para ser usada, y está dispuesta a ser usada. Es el esclavo voluntario, preparado y acostumbrado al demonio.” ¡Imitación satánica de los dones del Espíritu Santo! (4) Los endemoniados manifiestan con frecuencia una fuerza extraordinaria, sobrehumana: se trata de una imitación satánica del poder del Espíritu Santo. Sin embargo, sea cual sea la causa, parece ser que en todos los casos en hombre o mujer en cuestión se involucró en actividades ocultistas. Los “síntomas” de la posesión demoniaca son muy variados: Pueden ser similares a las enfermedades, como la mudez (Mat. 9.33), la ceguera (Mat. 12:22), enfermedades relacionadas al sistema mental y nervioso, acompañados de terrible violencia y fuerza sobrenatural (Mar. 5:4-5), similar a la epilepsia (Mar. 9:17-18), intentos de suicidio (Mar. 9:22), locura, como vivir en sepulcros y desdeñar el uso de ropa (Luc. 8:27-29), etc. Con esto no queremos decir que toda enfermedad sea producida por demonios, sino que en ocasiones, el endemoniado presenta síntomas similares a enfermedades conocidas. Un error, producto de la ignorancia y de la falta de discernimiento espiritual es reprender toda enfermedad como si se tratase de seres espirituales. Ahora bien, la Biblia presenta actitudes y conductas humanas que sirven para predisponer la posesión demoniaca. Por ejemplo, cuando “la casa está desocupada y vacía” (Mat. 12:44-45), esto es, cuando el hombre vive sin Dios y ajeno a la vida del Espíritu Santo. Su contraparte es, que teniendo al Espíritu de Dios morando en el interior es imposible la posesión demoniaca. Jesús puede atar y echar fuera a satanás, pero ni satanás ni todos sus demonios juntos pueden hacer lo mismo con el Espíritu Santo (Mat. 12:29; Luc. 11:21. Así como tampoco es posible que habiten juntos Dios y los demonios (2 Cor. 6:15). Otra causa de la posesión demoniaca es la temeridad, vivir “en la cuerda floja” participando de ocultismo, de juegos satánicos, acudiendo a médiums, chamanes y hechiceros, participando o asistiendo con quienes practican la magia y la adivinación, desde la adivinación con cartas y tarot hasta la brujería, en sus formas simples como la magia “blanca” y en sus formas cínicas como la religión satánica. Todos estos están en riesgo de ser poseídos. La forma más común actualmente de posesión demoniaca es la posesión deliberada, esto es, quienes participando como médiums “prestan” o ceden sus cuerpos a los demonios para manifestar supuestos poderes psíquicos. Claro está que casi todos ellos creen que son espíritus de muertos familiares o amigos de quienes los consultan, lo cual es un engaño (1 Cor. 10:20; 1 Cor. 12:1-3). Sea cual sea la causa de la posesión, la liberación es la misma y es solo una: Únicamente Cristo puede liberar verdaderamente (Juan 8:36). La liberación es conocida como exorcismo. Y es efectuada por solo aquellos que conocen personalmente a Dios, dicho de otro modo, por aquellos en los cuales Dios habita (Hechos 19:13-16). El exorcismo se realiza en el Nombre y con la autoridad de Jesús (Hechos 16:18). Estos dos hombres se encontraban en el peor de los infortunios, desde el punto de vista judío eran triplemente inmundos: Eran inmundos por ser gentiles. Para el judío, el gentil era sinónimo de ignorante espiritual (Mat. 6:7) y de pecador (Gal. 2:14; 1 Ts. 4:5). Con frecuencia el pueblo judío despreció al gentil y en sus cátedras lo condenaba. Además, los dos hombres de la historia eran inmundos por vivir en los sepulcros; la ley mosaica establecía que el contacto con un muerto, hombre o animal, así como con todo aquello que tuviese relación con el muerto (como los sepulcros) contaminaba (Lev. 11). Y por último, eran inmundos por la mayor desgracia de todas, por estar poseídos de demonios. ¿Habrá algo más miserable que carecer de voluntad propia? Tal era la condición de estos dos infelices. Uno de los bienes más preciados del ser humano es la libertad, cuando ésta se pierde, con ello se es arrebatada toda dicha; estos hombres eran esclavos y esclavos no de la justicia, ni siquiera de algún mal dueño terrenal, ¡eran esclavos de demonios! ¡esclavos de las criaturas más crueles, malas y despiadadas sobre la faz de la tierra! El esclavo de otro hombre puede esconderse en su interior ante el maltrato, pero, ¿cómo escapar de una esclavitud interna? Similar es el esclavo del pecado, todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado (Juan 8:34); y las Sagradas Escrituras dicen que el que practica el pecado es del diablo (1 Juan 3:8), de modo que nadie que esto haga debe jactarse de una mejor condición espiritual que los dos infelices gadarenos. Estos hombres vivían en los sepulcros. Como si fuera poco su mal, su depresión y malestar era aumentado día a día con el panorama desolador del cementerio. Estaban muertos espiritualmente y todo lo que su cuerpo tenía en derredor era muerte, ¡cuánta melancolía y locura experimentarían! Todo el que venera la muerte, carece de verdadera vida. Así es la vida sin Dios, un panorama desolador, muerte por todos lados. Internamente un corazón sin vida; externamente, familias destrozadas, vidas arruinadas, conflictos familiares, laborales y fraternales …muerte incipiente. Y así como los sepulcros pueden estar decorados, pintados y con flores, pero siguen conteniendo muerte y putrefacción; así también están las vidas de aquellos que carecen de una verdadera relación con Dios, algunos aparentan hogares estables, personalidad exitosa y una vida tranquila; sin embargo, basta destapar la lápida de la consciencia y de la razón para encontrar la muerte del pecado y el enajenamiento del espíritu. La inscripción en la tumba no cambia con la cultura ni con la superación personal, sigue diciendo: La paga del pecado es muerte (Rom.6:23). Dice el texto bíblico que los endemoniados gadarenos eran feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquél camino (vr.28). El diablo vino para matar, hurtar y destruir (Juan 10:10). Una vez que se apodera del hombre, ya sea poseyéndolo o influenciándolo, lo utiliza para dañar a los demás. Todo aquél que ha sido inyectado por el veneno de la serpiente actúa con maldad, vive para sí aunque dañe (o para dañar) a sus semejantes. ¡Qué fácil es encontrar personas que causen temor al prójimo! El resultado de una vida dirigida por el maligno es el desprecio final de los demás; ¡cuán solos estarían estos personajes! La gente no se atrevía, unos por temor, otros por desprecio, a pasar aquél camino. Parafraseando: El camino del temor y de la maldad acarrea desprecio y lleva a la soledad. No obstante el repudio general por donde nadie se atrevía siquiera a pasar, Jesús atravesó un mar para ir al encuentro de dos endemoniados feroces en un lugar de muerte …tal es su amor. Ante la llegada del Señor Jesús, los demonios tuvieron que manifestarse. El evangelio según Mateo no revela la identidad de estos demonios, sin embargo, los evangelistas Marcos y Lucas mencionan en sus respectivos escritos que el pronombre con el que respondieron a Jesús fue “legión”, porque somos muchos… - dijeron (Mar. 5:9, Luc. 8.30). Una legión, según el lenguaje de la época, era compuesta originalmente por tres mil soldados, de modo que el término usado por los demonios para describirse “legión” implica una enorme cantidad de los mismos. ¡Cuán grande sería el sufrimiento que padecían! Cuando el Señor Jesús llegó, los demonios trataron de resistirle. Se dirigieron al Maestro con un clamor: “¿Qué tienes con nosotros Jesús…?” (vr.29). Se comportaban de acuerdo a la época, primero tomaron la figura de una legión romana para referirse a sí mismos como una multitud; ahora usan un hebraísmo: Literalmente, “¿qué a nosotros y a ti? En esto denotan astucia, así como se percibe que estudian al hombre y su cultura antes de destruirlo. Además, es una manera de referirse a su tiempo, esto es, al tiempo en el que estaban sucediendo las cosas, época que querían hacerle ver al Señor era “antes de tiempo”. Además, estaban tratando de resistir al Rey Jesús, diciendo: “no tenemos nada que ver contigo”. Este es el grito del cobarde que rehúye la lucha, sabedores de la Persona que tenían frente a sí. Decían que el Señor no tenía nada que ver con ellos, primeramente, por tratarse de dos gentiles poseídos; por tanto, según el razonamiento demoniaco, si Jesús vino a los judíos, ¿por qué quiere echarlos fuera? La respuesta es la definición que el Señor dio acerca de su misión: el ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia (Juan 10:10). En segundo lugar, decían que Cristo nada tenía que ver con ellos por tratarse de demonios. Es verdad, ¡estos seres caídos nada tienen que ver con Cristo respecto a una relación! Pero, mientras que ellos nada tienen que ver con el Señor, Él sigue siendo el Señor de toda criatura. Y lo que es sublime para nosotros, la humanidad toda, caída y lastimera, pecadora y miserable, ¡tenemos todo que ver con Él! ¡Bendita gracia, Jesús es el Salvador del mundo! Este intento de resistencia, nos enseña también que nadie puede resistir al Hijo de Dios. Serán poderosos para poseer al hombre sin Dios, pero no tienen poder para delimitar el área de trabajo del Rey. El Rey Jesucristo cruzó el mar de Galilea y fue hasta ellos; en esto, sí tienen que ver con Él; es el Señor y el Juez. Se atrevieron a tocar a dos hombres, ahora están en líos con el Creador. Es imposible para cualquier criatura intentar vivir excluyendo a Dios; no se puede ignorar su Presencia, menos su juicio. O se le acepta o se le rechaza, pero es imposible ser indiferente. Algunos tratan de decirle: ¿qué tienes con nosotros? Otros procuran no pensar en Dios, pero la realidad es ineludible, habremos de dar cuenta. ¡Nadie escapa a su domino en toda la creación! (Heb. 9:27). Además del Nombre de Jesús, los demonios se refirieron a Él como Hijo de Dios (vr.29). Hay dos motivos para ello, el primero es verdadero, el segundo es oculto. El primer motivo es el reconocimiento de la identidad de Jesús. Los demonios saben ante Quién se encuentran. Santiago dice que “creen y tiemblan” (Stg. 2:19). Son conscientes de la Deidad de Jesús, quizá más que muchos cristianos; pero más que un conocimiento intelectual, se requiere vida espiritual. Matthew Henry dice que “los demonios hablaron como un santo… pero no es el conocimiento, sino el amor, lo que distingue a los santos de los demonios.” El motivo oculto por el cual citaban una verdad, esto es, que Jesús es Hijo de Dios, es el tentarle en su ministerio. Frecuentemente, el Señor reprendió a los demonios y les impedía que hablasen acerca de Él (Mar. 1:5; Luc. 4:34-35). El evangelista Marcos dice que “les reprendía para que no le diesen a conocer” (Mar. 3:11-12). La intención de los demonios era un ministerio mesiánico populista, ofreciéndole fama y gloria buscaban se apartase del Espíritu Divino que lo sustentaba. Sabían que Jesús andaba “haciendo el bien sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.” (Hch.10:38). Esto confundiría a todos haciéndoles creer que eran de los mismos, por decirlo así. Finalmente, los demonios reconocieron su derrota: “¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (vr.29) -fue el clamor imprecatorio de los demonios. Son conscientes de su condenación y por se conscientes son más condenables. Saben del “fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41); y por lo visto, saben también cuándo será esto, pues conocen “el tiempo” (Ap. 20:10; Jud. 6). ¡Qué necios han de ser y cuán envanecidos han de estar para perseverar en la maldad a pesar de conocer su destino de condenación eterna! Si ellos son capaces de insistir en el mal a pesar del fuego final, ¿no te parece que con mucho mayor ahínco nosotros, la iglesia, debemos perseverar en hacer el bien y la voluntad de Dios conociendo un destino de gloria y vida eterna? También, podemos observar cómo es que el hecho de que el Rey les impidiera seguir dañando a esos hombres les significaba un tormento; en contraposición, el cristiano verdadero es aquel que sufre el tormento cuando se le impide hacer el bien. Los demonios rogaron, increíblemente, rogaron. Los demonios rogaron, suplicaron, se humillaron. ¡Nada escapa al poder de Cristo! ¡Nadie elude la autoridad del Rey! ¡Jesús es Señor de todo lo creado! Los demonios no están de acuerdo, el diablo se opone, los incrédulos se resisten, pero tanto unos como los otros habrán de inclinarse ante el Nombre de Jesús. El “Permítenos” de los demonios habla de la autoridad del Rey Jesús. El “Permítenos ir” dice, que Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). El “permítenos ir” afirma que todas las cosas han sido puestas bajo los pies de Cristo (1 Cor. 15:27). ¡Alégrate iglesia! ¡Cuánta seguridad hay en nuestro Rey! (Fil. 2:10-11; Mat. 28:18; Ap. 5:13-14). Y en este mismo inciso, que trata de la autoridad del Rey, observamos que los demonios le piden permiso a Jesús (vrs. 31-32). Por más que blasfemen, terminan suplicando oportunidad. Es similar al caso de Job, ya que el Señor les impide hacer daño a las personas, piden permiso para dañar a sus bienes (Job 1:9-12). Y Dios lo permite, misterio de su soberanía. William Barclay enfatiza el mensaje dirigido a los recién liberados gadarenos: “¡Fijaos! Fijaos en esos cerdos: Se han hundido en el fondo del lago, y se han llevado vuestros demonios para siempre.” Mira la sencilla respuesta de Jesús, es una orden: Id. (vr.32). Con esa misma facilidad Dios liberta al oprimido hoy, sana al enfermo y salva al perdido. Con esa misma facilidad también está para ayudarle hoy. La respuesta será inmediata, así como inmediata fue la precipitación de los cerdos en el mar. En ello vemos gran disposición de los demonios para hacer el mal, pero también encontramos mayor disposición de Dios para hacer el bien. Los cerdos se precipitaron en el mar, lo que muestra que el propósito de la posesión demoniaca es la destrucción, lo mismo que el pecado (su paga es muerte). Sin embargo, sólo los cerdos se precipitan en el mar, y no los hijos de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:30
8.28-32 El Señor Jesucristo venía de vencer la tempestad en el mar de Galilea, los demonios no pudieron impedir su llegada a la región de Gadara. Nada lo detendrá, especialmente tratándose de salvar a dos infelices gadarenos poseídos de demonios. Si nada lo detuvo entonces, podemos estar confiados de que nada lo detendrá ahora para socorrernos. Jesús y sus discípulos habían partido de Capernaum, la orilla opuesta (entre 12 y 15 kms); ahora estaban en las afueras de la villa de Gerasa (Khersa), en territorio gadareno, una zona gentil en la orilla de este mar de Galilea. El término “gadarenos” presenta variantes en diferentes copias griegas, como “gergeseos” y “gerasenos”. En realidad son los mismos, solo que “gadarenos” es un gentilismo para definir a los habitantes de Gadara. Los gergeseos eran los descendientes de Cam. Cam era hijo de Noé, el cual fue maldecido por su padre a causa de un grave problema de inmoralidad y deshonor (Gen. 9:22-25), por tanto, dicha maldición pasó a sus descendientes. Con el tiempo Gadara se convirtió en morada de demonios; sus habitantes eran desechados y malditos según la ley judía. En esto hay enseñanza: Mientras que la opinión pública y la ley los repudiaban, Cristo los amaba. Para todos eran desechados y malditos excepto para Cristo. La última palabra no es del diablo, ni del mundo y tampoco la iglesia, siempre hay esperanza en Cristo (lee Lam. 3:21-25, 28-32). Acerca de la posesión demoniaca, en países de primer mundo y aquellos en desarrollo no se común hallar casos de posesión y por lo mismo, tampoco es aceptada fácilmente como un hecho real; incluso se le confunde con enfermedades mentales. De manera que tratándose de esclavitud, tanto física como mental o espiritual, la mejor arma de las tinieblas es la ignorancia. Con todo, la posesión demoniaca es real, la experiencia lo ha demostrado en el correr de los siglos; pero, sin ahondar en este punto, es real porque la Biblia lo afirma. Los demonios son espíritus sin cuerpo que entran en el hombre (Luc. 8:2; Mat. 9:32; 12:22; Mar. 9:17-18). Hay más de un motivo por el cual los demonios se apoderan de cuerpos físicos. El principal de ellos es el reclamo de adoración, de obediencia y de culto (Lev. 17:7; Dt. 32:16-17; 2 Cr. 11:15; 1 Cor. 10:20-21; Ap. 9:20; Sal. 106:37-38). La segunda razón es que al apoderarse de un cuerpo descansan: El Señor Jesús habló acerca de que el espíritu inmundo anda (fuera del cuerpo humano) buscando reposo, esto es un cuerpo físico, sea humano o de animal (Mat. 12:43-45, Mar. 5:12). La tercera razón por la que los demonios se apoderan de un cuerpo humano es destruir la obra de Dios, están intentando levantar un reino contra el reino de Dios (Mat. 12:26). Y por último, al posesionarse del hombre tratan de imitar a Dios, quien habita en el creyente. Dice al respecto Myer Pearlman: “Seguramente que la posesión demoniaca es una farsa demoniaca de esa experiencia muy sublime, la habitación del Espíritu Santo en el hombre. Nótense algunos paralelos: (1) La posesión demoniaca significa la introducción de una nueva personalidad en el ser de la víctima, haciéndolo hasta cierto punto nueva criatura. Nótese de qué manera el endemoniado gadareno (Mat. 8:29) actuó y habló como persona controlada por otra personalidad. El que es controlado o gobernado por Dios tiene una personalidad divina que mora en él (Juan 14:23). (2) Exclamaciones inspiradas del demonio constituyen una farsa satánica de las expresiones inspiradas del Espíritu Santo. (3) Se ha observado que cuando una persona se ha rendido conscientemente a un poder demoniaco, con frecuencia recibe un don tal como poder demoniaco, de médium y otros. Al respecto, el doctor Nevius dice: “A estas alturas, la persona dominada por el demonio ha desarrollado capacidades para ser usada, y está dispuesta a ser usada. Es el esclavo voluntario, preparado y acostumbrado al demonio.” ¡Imitación satánica de los dones del Espíritu Santo! (4) Los endemoniados manifiestan con frecuencia una fuerza extraordinaria, sobrehumana: se trata de una imitación satánica del poder del Espíritu Santo. Sin embargo, sea cual sea la causa, parece ser que en todos los casos en hombre o mujer en cuestión se involucró en actividades ocultistas. Los “síntomas” de la posesión demoniaca son muy variados: Pueden ser similares a las enfermedades, como la mudez (Mat. 9.33), la ceguera (Mat. 12:22), enfermedades relacionadas al sistema mental y nervioso, acompañados de terrible violencia y fuerza sobrenatural (Mar. 5:4-5), similar a la epilepsia (Mar. 9:17-18), intentos de suicidio (Mar. 9:22), locura, como vivir en sepulcros y desdeñar el uso de ropa (Luc. 8:27-29), etc. Con esto no queremos decir que toda enfermedad sea producida por demonios, sino que en ocasiones, el endemoniado presenta síntomas similares a enfermedades conocidas. Un error, producto de la ignorancia y de la falta de discernimiento espiritual es reprender toda enfermedad como si se tratase de seres espirituales. Ahora bien, la Biblia presenta actitudes y conductas humanas que sirven para predisponer la posesión demoniaca. Por ejemplo, cuando “la casa está desocupada y vacía” (Mat. 12:44-45), esto es, cuando el hombre vive sin Dios y ajeno a la vida del Espíritu Santo. Su contraparte es, que teniendo al Espíritu de Dios morando en el interior es imposible la posesión demoniaca. Jesús puede atar y echar fuera a satanás, pero ni satanás ni todos sus demonios juntos pueden hacer lo mismo con el Espíritu Santo (Mat. 12:29; Luc. 11:21. Así como tampoco es posible que habiten juntos Dios y los demonios (2 Cor. 6:15). Otra causa de la posesión demoniaca es la temeridad, vivir “en la cuerda floja” participando de ocultismo, de juegos satánicos, acudiendo a médiums, chamanes y hechiceros, participando o asistiendo con quienes practican la magia y la adivinación, desde la adivinación con cartas y tarot hasta la brujería, en sus formas simples como la magia “blanca” y en sus formas cínicas como la religión satánica. Todos estos están en riesgo de ser poseídos. La forma más común actualmente de posesión demoniaca es la posesión deliberada, esto es, quienes participando como médiums “prestan” o ceden sus cuerpos a los demonios para manifestar supuestos poderes psíquicos. Claro está que casi todos ellos creen que son espíritus de muertos familiares o amigos de quienes los consultan, lo cual es un engaño (1 Cor. 10:20; 1 Cor. 12:1-3). Sea cual sea la causa de la posesión, la liberación es la misma y es solo una: Únicamente Cristo puede liberar verdaderamente (Juan 8:36). La liberación es conocida como exorcismo. Y es efectuada por solo aquellos que conocen personalmente a Dios, dicho de otro modo, por aquellos en los cuales Dios habita (Hechos 19:13-16). El exorcismo se realiza en el Nombre y con la autoridad de Jesús (Hechos 16:18). Estos dos hombres se encontraban en el peor de los infortunios, desde el punto de vista judío eran triplemente inmundos: Eran inmundos por ser gentiles. Para el judío, el gentil era sinónimo de ignorante espiritual (Mat. 6:7) y de pecador (Gal. 2:14; 1 Ts. 4:5). Con frecuencia el pueblo judío despreció al gentil y en sus cátedras lo condenaba. Además, los dos hombres de la historia eran inmundos por vivir en los sepulcros; la ley mosaica establecía que el contacto con un muerto, hombre o animal, así como con todo aquello que tuviese relación con el muerto (como los sepulcros) contaminaba (Lev. 11). Y por último, eran inmundos por la mayor desgracia de todas, por estar poseídos de demonios. ¿Habrá algo más miserable que carecer de voluntad propia? Tal era la condición de estos dos infelices. Uno de los bienes más preciados del ser humano es la libertad, cuando ésta se pierde, con ello se es arrebatada toda dicha; estos hombres eran esclavos y esclavos no de la justicia, ni siquiera de algún mal dueño terrenal, ¡eran esclavos de demonios! ¡esclavos de las criaturas más crueles, malas y despiadadas sobre la faz de la tierra! El esclavo de otro hombre puede esconderse en su interior ante el maltrato, pero, ¿cómo escapar de una esclavitud interna? Similar es el esclavo del pecado, todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado (Juan 8:34); y las Sagradas Escrituras dicen que el que practica el pecado es del diablo (1 Juan 3:8), de modo que nadie que esto haga debe jactarse de una mejor condición espiritual que los dos infelices gadarenos. Estos hombres vivían en los sepulcros. Como si fuera poco su mal, su depresión y malestar era aumentado día a día con el panorama desolador del cementerio. Estaban muertos espiritualmente y todo lo que su cuerpo tenía en derredor era muerte, ¡cuánta melancolía y locura experimentarían! Todo el que venera la muerte, carece de verdadera vida. Así es la vida sin Dios, un panorama desolador, muerte por todos lados. Internamente un corazón sin vida; externamente, familias destrozadas, vidas arruinadas, conflictos familiares, laborales y fraternales …muerte incipiente. Y así como los sepulcros pueden estar decorados, pintados y con flores, pero siguen conteniendo muerte y putrefacción; así también están las vidas de aquellos que carecen de una verdadera relación con Dios, algunos aparentan hogares estables, personalidad exitosa y una vida tranquila; sin embargo, basta destapar la lápida de la consciencia y de la razón para encontrar la muerte del pecado y el enajenamiento del espíritu. La inscripción en la tumba no cambia con la cultura ni con la superación personal, sigue diciendo: La paga del pecado es muerte (Rom.6:23). Dice el texto bíblico que los endemoniados gadarenos eran feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquél camino (vr.28). El diablo vino para matar, hurtar y destruir (Juan 10:10). Una vez que se apodera del hombre, ya sea poseyéndolo o influenciándolo, lo utiliza para dañar a los demás. Todo aquél que ha sido inyectado por el veneno de la serpiente actúa con maldad, vive para sí aunque dañe (o para dañar) a sus semejantes. ¡Qué fácil es encontrar personas que causen temor al prójimo! El resultado de una vida dirigida por el maligno es el desprecio final de los demás; ¡cuán solos estarían estos personajes! La gente no se atrevía, unos por temor, otros por desprecio, a pasar aquél camino. Parafraseando: El camino del temor y de la maldad acarrea desprecio y lleva a la soledad. No obstante el repudio general por donde nadie se atrevía siquiera a pasar, Jesús atravesó un mar para ir al encuentro de dos endemoniados feroces en un lugar de muerte …tal es su amor. Ante la llegada del Señor Jesús, los demonios tuvieron que manifestarse. El evangelio según Mateo no revela la identidad de estos demonios, sin embargo, los evangelistas Marcos y Lucas mencionan en sus respectivos escritos que el pronombre con el que respondieron a Jesús fue “legión”, porque somos muchos… - dijeron (Mar. 5:9, Luc. 8.30). Una legión, según el lenguaje de la época, era compuesta originalmente por tres mil soldados, de modo que el término usado por los demonios para describirse “legión” implica una enorme cantidad de los mismos. ¡Cuán grande sería el sufrimiento que padecían! Cuando el Señor Jesús llegó, los demonios trataron de resistirle. Se dirigieron al Maestro con un clamor: “¿Qué tienes con nosotros Jesús…?” (vr.29). Se comportaban de acuerdo a la época, primero tomaron la figura de una legión romana para referirse a sí mismos como una multitud; ahora usan un hebraísmo: Literalmente, “¿qué a nosotros y a ti? En esto denotan astucia, así como se percibe que estudian al hombre y su cultura antes de destruirlo. Además, es una manera de referirse a su tiempo, esto es, al tiempo en el que estaban sucediendo las cosas, época que querían hacerle ver al Señor era “antes de tiempo”. Además, estaban tratando de resistir al Rey Jesús, diciendo: “no tenemos nada que ver contigo”. Este es el grito del cobarde que rehúye la lucha, sabedores de la Persona que tenían frente a sí. Decían que el Señor no tenía nada que ver con ellos, primeramente, por tratarse de dos gentiles poseídos; por tanto, según el razonamiento demoniaco, si Jesús vino a los judíos, ¿por qué quiere echarlos fuera? La respuesta es la definición que el Señor dio acerca de su misión: el ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia (Juan 10:10). En segundo lugar, decían que Cristo nada tenía que ver con ellos por tratarse de demonios. Es verdad, ¡estos seres caídos nada tienen que ver con Cristo respecto a una relación! Pero, mientras que ellos nada tienen que ver con el Señor, Él sigue siendo el Señor de toda criatura. Y lo que es sublime para nosotros, la humanidad toda, caída y lastimera, pecadora y miserable, ¡tenemos todo que ver con Él! ¡Bendita gracia, Jesús es el Salvador del mundo! Este intento de resistencia, nos enseña también que nadie puede resistir al Hijo de Dios. Serán poderosos para poseer al hombre sin Dios, pero no tienen poder para delimitar el área de trabajo del Rey. El Rey Jesucristo cruzó el mar de Galilea y fue hasta ellos; en esto, sí tienen que ver con Él; es el Señor y el Juez. Se atrevieron a tocar a dos hombres, ahora están en líos con el Creador. Es imposible para cualquier criatura intentar vivir excluyendo a Dios; no se puede ignorar su Presencia, menos su juicio. O se le acepta o se le rechaza, pero es imposible ser indiferente. Algunos tratan de decirle: ¿qué tienes con nosotros? Otros procuran no pensar en Dios, pero la realidad es ineludible, habremos de dar cuenta. ¡Nadie escapa a su domino en toda la creación! (Heb. 9:27). Además del Nombre de Jesús, los demonios se refirieron a Él como Hijo de Dios (vr.29). Hay dos motivos para ello, el primero es verdadero, el segundo es oculto. El primer motivo es el reconocimiento de la identidad de Jesús. Los demonios saben ante Quién se encuentran. Santiago dice que “creen y tiemblan” (Stg. 2:19). Son conscientes de la Deidad de Jesús, quizá más que muchos cristianos; pero más que un conocimiento intelectual, se requiere vida espiritual. Matthew Henry dice que “los demonios hablaron como un santo… pero no es el conocimiento, sino el amor, lo que distingue a los santos de los demonios.” El motivo oculto por el cual citaban una verdad, esto es, que Jesús es Hijo de Dios, es el tentarle en su ministerio. Frecuentemente, el Señor reprendió a los demonios y les impedía que hablasen acerca de Él (Mar. 1:5; Luc. 4:34-35). El evangelista Marcos dice que “les reprendía para que no le diesen a conocer” (Mar. 3:11-12). La intención de los demonios era un ministerio mesiánico populista, ofreciéndole fama y gloria buscaban se apartase del Espíritu Divino que lo sustentaba. Sabían que Jesús andaba “haciendo el bien sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.” (Hch.10:38). Esto confundiría a todos haciéndoles creer que eran de los mismos, por decirlo así. Finalmente, los demonios reconocieron su derrota: “¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (vr.29) -fue el clamor imprecatorio de los demonios. Son conscientes de su condenación y por se conscientes son más condenables. Saben del “fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41); y por lo visto, saben también cuándo será esto, pues conocen “el tiempo” (Ap. 20:10; Jud. 6). ¡Qué necios han de ser y cuán envanecidos han de estar para perseverar en la maldad a pesar de conocer su destino de condenación eterna! Si ellos son capaces de insistir en el mal a pesar del fuego final, ¿no te parece que con mucho mayor ahínco nosotros, la iglesia, debemos perseverar en hacer el bien y la voluntad de Dios conociendo un destino de gloria y vida eterna? También, podemos observar cómo es que el hecho de que el Rey les impidiera seguir dañando a esos hombres les significaba un tormento; en contraposición, el cristiano verdadero es aquel que sufre el tormento cuando se le impide hacer el bien. Los demonios rogaron, increíblemente, rogaron. Los demonios rogaron, suplicaron, se humillaron. ¡Nada escapa al poder de Cristo! ¡Nadie elude la autoridad del Rey! ¡Jesús es Señor de todo lo creado! Los demonios no están de acuerdo, el diablo se opone, los incrédulos se resisten, pero tanto unos como los otros habrán de inclinarse ante el Nombre de Jesús. El “Permítenos” de los demonios habla de la autoridad del Rey Jesús. El “Permítenos ir” dice, que Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). El “permítenos ir” afirma que todas las cosas han sido puestas bajo los pies de Cristo (1 Cor. 15:27). ¡Alégrate iglesia! ¡Cuánta seguridad hay en nuestro Rey! (Fil. 2:10-11; Mat. 28:18; Ap. 5:13-14). Y en este mismo inciso, que trata de la autoridad del Rey, observamos que los demonios le piden permiso a Jesús (vrs. 31-32). Por más que blasfemen, terminan suplicando oportunidad. Es similar al caso de Job, ya que el Señor les impide hacer daño a las personas, piden permiso para dañar a sus bienes (Job 1:9-12). Y Dios lo permite, misterio de su soberanía. William Barclay enfatiza el mensaje dirigido a los recién liberados gadarenos: “¡Fijaos! Fijaos en esos cerdos: Se han hundido en el fondo del lago, y se han llevado vuestros demonios para siempre.” Mira la sencilla respuesta de Jesús, es una orden: Id. (vr.32). Con esa misma facilidad Dios liberta al oprimido hoy, sana al enfermo y salva al perdido. Con esa misma facilidad también está para ayudarle hoy. La respuesta será inmediata, así como inmediata fue la precipitación de los cerdos en el mar. En ello vemos gran disposición de los demonios para hacer el mal, pero también encontramos mayor disposición de Dios para hacer el bien. Los cerdos se precipitaron en el mar, lo que muestra que el propósito de la posesión demoniaca es la destrucción, lo mismo que el pecado (su paga es muerte). Sin embargo, sólo los cerdos se precipitan en el mar, y no los hijos de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:31
8.28-32 El Señor Jesucristo venía de vencer la tempestad en el mar de Galilea, los demonios no pudieron impedir su llegada a la región de Gadara. Nada lo detendrá, especialmente tratándose de salvar a dos infelices gadarenos poseídos de demonios. Si nada lo detuvo entonces, podemos estar confiados de que nada lo detendrá ahora para socorrernos. Jesús y sus discípulos habían partido de Capernaum, la orilla opuesta (entre 12 y 15 kms); ahora estaban en las afueras de la villa de Gerasa (Khersa), en territorio gadareno, una zona gentil en la orilla de este mar de Galilea. El término “gadarenos” presenta variantes en diferentes copias griegas, como “gergeseos” y “gerasenos”. En realidad son los mismos, solo que “gadarenos” es un gentilismo para definir a los habitantes de Gadara. Los gergeseos eran los descendientes de Cam. Cam era hijo de Noé, el cual fue maldecido por su padre a causa de un grave problema de inmoralidad y deshonor (Gen. 9:22-25), por tanto, dicha maldición pasó a sus descendientes. Con el tiempo Gadara se convirtió en morada de demonios; sus habitantes eran desechados y malditos según la ley judía. En esto hay enseñanza: Mientras que la opinión pública y la ley los repudiaban, Cristo los amaba. Para todos eran desechados y malditos excepto para Cristo. La última palabra no es del diablo, ni del mundo y tampoco la iglesia, siempre hay esperanza en Cristo (lee Lam. 3:21-25, 28-32). Acerca de la posesión demoniaca, en países de primer mundo y aquellos en desarrollo no se común hallar casos de posesión y por lo mismo, tampoco es aceptada fácilmente como un hecho real; incluso se le confunde con enfermedades mentales. De manera que tratándose de esclavitud, tanto física como mental o espiritual, la mejor arma de las tinieblas es la ignorancia. Con todo, la posesión demoniaca es real, la experiencia lo ha demostrado en el correr de los siglos; pero, sin ahondar en este punto, es real porque la Biblia lo afirma. Los demonios son espíritus sin cuerpo que entran en el hombre (Luc. 8:2; Mat. 9:32; 12:22; Mar. 9:17-18). Hay más de un motivo por el cual los demonios se apoderan de cuerpos físicos. El principal de ellos es el reclamo de adoración, de obediencia y de culto (Lev. 17:7; Dt. 32:16-17; 2 Cr. 11:15; 1 Cor. 10:20-21; Ap. 9:20; Sal. 106:37-38). La segunda razón es que al apoderarse de un cuerpo descansan: El Señor Jesús habló acerca de que el espíritu inmundo anda (fuera del cuerpo humano) buscando reposo, esto es un cuerpo físico, sea humano o de animal (Mat. 12:43-45, Mar. 5:12). La tercera razón por la que los demonios se apoderan de un cuerpo humano es destruir la obra de Dios, están intentando levantar un reino contra el reino de Dios (Mat. 12:26). Y por último, al posesionarse del hombre tratan de imitar a Dios, quien habita en el creyente. Dice al respecto Myer Pearlman: “Seguramente que la posesión demoniaca es una farsa demoniaca de esa experiencia muy sublime, la habitación del Espíritu Santo en el hombre. Nótense algunos paralelos: (1) La posesión demoniaca significa la introducción de una nueva personalidad en el ser de la víctima, haciéndolo hasta cierto punto nueva criatura. Nótese de qué manera el endemoniado gadareno (Mat. 8:29) actuó y habló como persona controlada por otra personalidad. El que es controlado o gobernado por Dios tiene una personalidad divina que mora en él (Juan 14:23). (2) Exclamaciones inspiradas del demonio constituyen una farsa satánica de las expresiones inspiradas del Espíritu Santo. (3) Se ha observado que cuando una persona se ha rendido conscientemente a un poder demoniaco, con frecuencia recibe un don tal como poder demoniaco, de médium y otros. Al respecto, el doctor Nevius dice: “A estas alturas, la persona dominada por el demonio ha desarrollado capacidades para ser usada, y está dispuesta a ser usada. Es el esclavo voluntario, preparado y acostumbrado al demonio.” ¡Imitación satánica de los dones del Espíritu Santo! (4) Los endemoniados manifiestan con frecuencia una fuerza extraordinaria, sobrehumana: se trata de una imitación satánica del poder del Espíritu Santo. Sin embargo, sea cual sea la causa, parece ser que en todos los casos en hombre o mujer en cuestión se involucró en actividades ocultistas. Los “síntomas” de la posesión demoniaca son muy variados: Pueden ser similares a las enfermedades, como la mudez (Mat. 9.33), la ceguera (Mat. 12:22), enfermedades relacionadas al sistema mental y nervioso, acompañados de terrible violencia y fuerza sobrenatural (Mar. 5:4-5), similar a la epilepsia (Mar. 9:17-18), intentos de suicidio (Mar. 9:22), locura, como vivir en sepulcros y desdeñar el uso de ropa (Luc. 8:27-29), etc. Con esto no queremos decir que toda enfermedad sea producida por demonios, sino que en ocasiones, el endemoniado presenta síntomas similares a enfermedades conocidas. Un error, producto de la ignorancia y de la falta de discernimiento espiritual es reprender toda enfermedad como si se tratase de seres espirituales. Ahora bien, la Biblia presenta actitudes y conductas humanas que sirven para predisponer la posesión demoniaca. Por ejemplo, cuando “la casa está desocupada y vacía” (Mat. 12:44-45), esto es, cuando el hombre vive sin Dios y ajeno a la vida del Espíritu Santo. Su contraparte es, que teniendo al Espíritu de Dios morando en el interior es imposible la posesión demoniaca. Jesús puede atar y echar fuera a satanás, pero ni satanás ni todos sus demonios juntos pueden hacer lo mismo con el Espíritu Santo (Mat. 12:29; Luc. 11:21. Así como tampoco es posible que habiten juntos Dios y los demonios (2 Cor. 6:15). Otra causa de la posesión demoniaca es la temeridad, vivir “en la cuerda floja” participando de ocultismo, de juegos satánicos, acudiendo a médiums, chamanes y hechiceros, participando o asistiendo con quienes practican la magia y la adivinación, desde la adivinación con cartas y tarot hasta la brujería, en sus formas simples como la magia “blanca” y en sus formas cínicas como la religión satánica. Todos estos están en riesgo de ser poseídos. La forma más común actualmente de posesión demoniaca es la posesión deliberada, esto es, quienes participando como médiums “prestan” o ceden sus cuerpos a los demonios para manifestar supuestos poderes psíquicos. Claro está que casi todos ellos creen que son espíritus de muertos familiares o amigos de quienes los consultan, lo cual es un engaño (1 Cor. 10:20; 1 Cor. 12:1-3). Sea cual sea la causa de la posesión, la liberación es la misma y es solo una: Únicamente Cristo puede liberar verdaderamente (Juan 8:36). La liberación es conocida como exorcismo. Y es efectuada por solo aquellos que conocen personalmente a Dios, dicho de otro modo, por aquellos en los cuales Dios habita (Hechos 19:13-16). El exorcismo se realiza en el Nombre y con la autoridad de Jesús (Hechos 16:18). Estos dos hombres se encontraban en el peor de los infortunios, desde el punto de vista judío eran triplemente inmundos: Eran inmundos por ser gentiles. Para el judío, el gentil era sinónimo de ignorante espiritual (Mat. 6:7) y de pecador (Gal. 2:14; 1 Ts. 4:5). Con frecuencia el pueblo judío despreció al gentil y en sus cátedras lo condenaba. Además, los dos hombres de la historia eran inmundos por vivir en los sepulcros; la ley mosaica establecía que el contacto con un muerto, hombre o animal, así como con todo aquello que tuviese relación con el muerto (como los sepulcros) contaminaba (Lev. 11). Y por último, eran inmundos por la mayor desgracia de todas, por estar poseídos de demonios. ¿Habrá algo más miserable que carecer de voluntad propia? Tal era la condición de estos dos infelices. Uno de los bienes más preciados del ser humano es la libertad, cuando ésta se pierde, con ello se es arrebatada toda dicha; estos hombres eran esclavos y esclavos no de la justicia, ni siquiera de algún mal dueño terrenal, ¡eran esclavos de demonios! ¡esclavos de las criaturas más crueles, malas y despiadadas sobre la faz de la tierra! El esclavo de otro hombre puede esconderse en su interior ante el maltrato, pero, ¿cómo escapar de una esclavitud interna? Similar es el esclavo del pecado, todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado (Juan 8:34); y las Sagradas Escrituras dicen que el que practica el pecado es del diablo (1 Juan 3:8), de modo que nadie que esto haga debe jactarse de una mejor condición espiritual que los dos infelices gadarenos. Estos hombres vivían en los sepulcros. Como si fuera poco su mal, su depresión y malestar era aumentado día a día con el panorama desolador del cementerio. Estaban muertos espiritualmente y todo lo que su cuerpo tenía en derredor era muerte, ¡cuánta melancolía y locura experimentarían! Todo el que venera la muerte, carece de verdadera vida. Así es la vida sin Dios, un panorama desolador, muerte por todos lados. Internamente un corazón sin vida; externamente, familias destrozadas, vidas arruinadas, conflictos familiares, laborales y fraternales …muerte incipiente. Y así como los sepulcros pueden estar decorados, pintados y con flores, pero siguen conteniendo muerte y putrefacción; así también están las vidas de aquellos que carecen de una verdadera relación con Dios, algunos aparentan hogares estables, personalidad exitosa y una vida tranquila; sin embargo, basta destapar la lápida de la consciencia y de la razón para encontrar la muerte del pecado y el enajenamiento del espíritu. La inscripción en la tumba no cambia con la cultura ni con la superación personal, sigue diciendo: La paga del pecado es muerte (Rom.6:23). Dice el texto bíblico que los endemoniados gadarenos eran feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquél camino (vr.28). El diablo vino para matar, hurtar y destruir (Juan 10:10). Una vez que se apodera del hombre, ya sea poseyéndolo o influenciándolo, lo utiliza para dañar a los demás. Todo aquél que ha sido inyectado por el veneno de la serpiente actúa con maldad, vive para sí aunque dañe (o para dañar) a sus semejantes. ¡Qué fácil es encontrar personas que causen temor al prójimo! El resultado de una vida dirigida por el maligno es el desprecio final de los demás; ¡cuán solos estarían estos personajes! La gente no se atrevía, unos por temor, otros por desprecio, a pasar aquél camino. Parafraseando: El camino del temor y de la maldad acarrea desprecio y lleva a la soledad. No obstante el repudio general por donde nadie se atrevía siquiera a pasar, Jesús atravesó un mar para ir al encuentro de dos endemoniados feroces en un lugar de muerte …tal es su amor. Ante la llegada del Señor Jesús, los demonios tuvieron que manifestarse. El evangelio según Mateo no revela la identidad de estos demonios, sin embargo, los evangelistas Marcos y Lucas mencionan en sus respectivos escritos que el pronombre con el que respondieron a Jesús fue “legión”, porque somos muchos… - dijeron (Mar. 5:9, Luc. 8.30). Una legión, según el lenguaje de la época, era compuesta originalmente por tres mil soldados, de modo que el término usado por los demonios para describirse “legión” implica una enorme cantidad de los mismos. ¡Cuán grande sería el sufrimiento que padecían! Cuando el Señor Jesús llegó, los demonios trataron de resistirle. Se dirigieron al Maestro con un clamor: “¿Qué tienes con nosotros Jesús…?” (vr.29). Se comportaban de acuerdo a la época, primero tomaron la figura de una legión romana para referirse a sí mismos como una multitud; ahora usan un hebraísmo: Literalmente, “¿qué a nosotros y a ti? En esto denotan astucia, así como se percibe que estudian al hombre y su cultura antes de destruirlo. Además, es una manera de referirse a su tiempo, esto es, al tiempo en el que estaban sucediendo las cosas, época que querían hacerle ver al Señor era “antes de tiempo”. Además, estaban tratando de resistir al Rey Jesús, diciendo: “no tenemos nada que ver contigo”. Este es el grito del cobarde que rehúye la lucha, sabedores de la Persona que tenían frente a sí. Decían que el Señor no tenía nada que ver con ellos, primeramente, por tratarse de dos gentiles poseídos; por tanto, según el razonamiento demoniaco, si Jesús vino a los judíos, ¿por qué quiere echarlos fuera? La respuesta es la definición que el Señor dio acerca de su misión: el ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia (Juan 10:10). En segundo lugar, decían que Cristo nada tenía que ver con ellos por tratarse de demonios. Es verdad, ¡estos seres caídos nada tienen que ver con Cristo respecto a una relación! Pero, mientras que ellos nada tienen que ver con el Señor, Él sigue siendo el Señor de toda criatura. Y lo que es sublime para nosotros, la humanidad toda, caída y lastimera, pecadora y miserable, ¡tenemos todo que ver con Él! ¡Bendita gracia, Jesús es el Salvador del mundo! Este intento de resistencia, nos enseña también que nadie puede resistir al Hijo de Dios. Serán poderosos para poseer al hombre sin Dios, pero no tienen poder para delimitar el área de trabajo del Rey. El Rey Jesucristo cruzó el mar de Galilea y fue hasta ellos; en esto, sí tienen que ver con Él; es el Señor y el Juez. Se atrevieron a tocar a dos hombres, ahora están en líos con el Creador. Es imposible para cualquier criatura intentar vivir excluyendo a Dios; no se puede ignorar su Presencia, menos su juicio. O se le acepta o se le rechaza, pero es imposible ser indiferente. Algunos tratan de decirle: ¿qué tienes con nosotros? Otros procuran no pensar en Dios, pero la realidad es ineludible, habremos de dar cuenta. ¡Nadie escapa a su domino en toda la creación! (Heb. 9:27). Además del Nombre de Jesús, los demonios se refirieron a Él como Hijo de Dios (vr.29). Hay dos motivos para ello, el primero es verdadero, el segundo es oculto. El primer motivo es el reconocimiento de la identidad de Jesús. Los demonios saben ante Quién se encuentran. Santiago dice que “creen y tiemblan” (Stg. 2:19). Son conscientes de la Deidad de Jesús, quizá más que muchos cristianos; pero más que un conocimiento intelectual, se requiere vida espiritual. Matthew Henry dice que “los demonios hablaron como un santo… pero no es el conocimiento, sino el amor, lo que distingue a los santos de los demonios.” El motivo oculto por el cual citaban una verdad, esto es, que Jesús es Hijo de Dios, es el tentarle en su ministerio. Frecuentemente, el Señor reprendió a los demonios y les impedía que hablasen acerca de Él (Mar. 1:5; Luc. 4:34-35). El evangelista Marcos dice que “les reprendía para que no le diesen a conocer” (Mar. 3:11-12). La intención de los demonios era un ministerio mesiánico populista, ofreciéndole fama y gloria buscaban se apartase del Espíritu Divino que lo sustentaba. Sabían que Jesús andaba “haciendo el bien sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.” (Hch.10:38). Esto confundiría a todos haciéndoles creer que eran de los mismos, por decirlo así. Finalmente, los demonios reconocieron su derrota: “¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (vr.29) -fue el clamor imprecatorio de los demonios. Son conscientes de su condenación y por se conscientes son más condenables. Saben del “fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41); y por lo visto, saben también cuándo será esto, pues conocen “el tiempo” (Ap. 20:10; Jud. 6). ¡Qué necios han de ser y cuán envanecidos han de estar para perseverar en la maldad a pesar de conocer su destino de condenación eterna! Si ellos son capaces de insistir en el mal a pesar del fuego final, ¿no te parece que con mucho mayor ahínco nosotros, la iglesia, debemos perseverar en hacer el bien y la voluntad de Dios conociendo un destino de gloria y vida eterna? También, podemos observar cómo es que el hecho de que el Rey les impidiera seguir dañando a esos hombres les significaba un tormento; en contraposición, el cristiano verdadero es aquel que sufre el tormento cuando se le impide hacer el bien. Los demonios rogaron, increíblemente, rogaron. Los demonios rogaron, suplicaron, se humillaron. ¡Nada escapa al poder de Cristo! ¡Nadie elude la autoridad del Rey! ¡Jesús es Señor de todo lo creado! Los demonios no están de acuerdo, el diablo se opone, los incrédulos se resisten, pero tanto unos como los otros habrán de inclinarse ante el Nombre de Jesús. El “Permítenos” de los demonios habla de la autoridad del Rey Jesús. El “Permítenos ir” dice, que Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). El “permítenos ir” afirma que todas las cosas han sido puestas bajo los pies de Cristo (1 Cor. 15:27). ¡Alégrate iglesia! ¡Cuánta seguridad hay en nuestro Rey! (Fil. 2:10-11; Mat. 28:18; Ap. 5:13-14). Y en este mismo inciso, que trata de la autoridad del Rey, observamos que los demonios le piden permiso a Jesús (vrs. 31-32). Por más que blasfemen, terminan suplicando oportunidad. Es similar al caso de Job, ya que el Señor les impide hacer daño a las personas, piden permiso para dañar a sus bienes (Job 1:9-12). Y Dios lo permite, misterio de su soberanía. William Barclay enfatiza el mensaje dirigido a los recién liberados gadarenos: “¡Fijaos! Fijaos en esos cerdos: Se han hundido en el fondo del lago, y se han llevado vuestros demonios para siempre.” Mira la sencilla respuesta de Jesús, es una orden: Id. (vr.32). Con esa misma facilidad Dios liberta al oprimido hoy, sana al enfermo y salva al perdido. Con esa misma facilidad también está para ayudarle hoy. La respuesta será inmediata, así como inmediata fue la precipitación de los cerdos en el mar. En ello vemos gran disposición de los demonios para hacer el mal, pero también encontramos mayor disposición de Dios para hacer el bien. Los cerdos se precipitaron en el mar, lo que muestra que el propósito de la posesión demoniaca es la destrucción, lo mismo que el pecado (su paga es muerte). Sin embargo, sólo los cerdos se precipitan en el mar, y no los hijos de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:32
8.28-32 El Señor Jesucristo venía de vencer la tempestad en el mar de Galilea, los demonios no pudieron impedir su llegada a la región de Gadara. Nada lo detendrá, especialmente tratándose de salvar a dos infelices gadarenos poseídos de demonios. Si nada lo detuvo entonces, podemos estar confiados de que nada lo detendrá ahora para socorrernos. Jesús y sus discípulos habían partido de Capernaum, la orilla opuesta (entre 12 y 15 kms); ahora estaban en las afueras de la villa de Gerasa (Khersa), en territorio gadareno, una zona gentil en la orilla de este mar de Galilea. El término “gadarenos” presenta variantes en diferentes copias griegas, como “gergeseos” y “gerasenos”. En realidad son los mismos, solo que “gadarenos” es un gentilismo para definir a los habitantes de Gadara. Los gergeseos eran los descendientes de Cam. Cam era hijo de Noé, el cual fue maldecido por su padre a causa de un grave problema de inmoralidad y deshonor (Gen. 9:22-25), por tanto, dicha maldición pasó a sus descendientes. Con el tiempo Gadara se convirtió en morada de demonios; sus habitantes eran desechados y malditos según la ley judía. En esto hay enseñanza: Mientras que la opinión pública y la ley los repudiaban, Cristo los amaba. Para todos eran desechados y malditos excepto para Cristo. La última palabra no es del diablo, ni del mundo y tampoco la iglesia, siempre hay esperanza en Cristo (lee Lam. 3:21-25, 28-32). Acerca de la posesión demoniaca, en países de primer mundo y aquellos en desarrollo no se común hallar casos de posesión y por lo mismo, tampoco es aceptada fácilmente como un hecho real; incluso se le confunde con enfermedades mentales. De manera que tratándose de esclavitud, tanto física como mental o espiritual, la mejor arma de las tinieblas es la ignorancia. Con todo, la posesión demoniaca es real, la experiencia lo ha demostrado en el correr de los siglos; pero, sin ahondar en este punto, es real porque la Biblia lo afirma. Los demonios son espíritus sin cuerpo que entran en el hombre (Luc. 8:2; Mat. 9:32; 12:22; Mar. 9:17-18). Hay más de un motivo por el cual los demonios se apoderan de cuerpos físicos. El principal de ellos es el reclamo de adoración, de obediencia y de culto (Lev. 17:7; Dt. 32:16-17; 2 Cr. 11:15; 1 Cor. 10:20-21; Ap. 9:20; Sal. 106:37-38). La segunda razón es que al apoderarse de un cuerpo descansan: El Señor Jesús habló acerca de que el espíritu inmundo anda (fuera del cuerpo humano) buscando reposo, esto es un cuerpo físico, sea humano o de animal (Mat. 12:43-45, Mar. 5:12). La tercera razón por la que los demonios se apoderan de un cuerpo humano es destruir la obra de Dios, están intentando levantar un reino contra el reino de Dios (Mat. 12:26). Y por último, al posesionarse del hombre tratan de imitar a Dios, quien habita en el creyente. Dice al respecto Myer Pearlman: “Seguramente que la posesión demoniaca es una farsa demoniaca de esa experiencia muy sublime, la habitación del Espíritu Santo en el hombre. Nótense algunos paralelos: (1) La posesión demoniaca significa la introducción de una nueva personalidad en el ser de la víctima, haciéndolo hasta cierto punto nueva criatura. Nótese de qué manera el endemoniado gadareno (Mat. 8:29) actuó y habló como persona controlada por otra personalidad. El que es controlado o gobernado por Dios tiene una personalidad divina que mora en él (Juan 14:23). (2) Exclamaciones inspiradas del demonio constituyen una farsa satánica de las expresiones inspiradas del Espíritu Santo. (3) Se ha observado que cuando una persona se ha rendido conscientemente a un poder demoniaco, con frecuencia recibe un don tal como poder demoniaco, de médium y otros. Al respecto, el doctor Nevius dice: “A estas alturas, la persona dominada por el demonio ha desarrollado capacidades para ser usada, y está dispuesta a ser usada. Es el esclavo voluntario, preparado y acostumbrado al demonio.” ¡Imitación satánica de los dones del Espíritu Santo! (4) Los endemoniados manifiestan con frecuencia una fuerza extraordinaria, sobrehumana: se trata de una imitación satánica del poder del Espíritu Santo. Sin embargo, sea cual sea la causa, parece ser que en todos los casos en hombre o mujer en cuestión se involucró en actividades ocultistas. Los “síntomas” de la posesión demoniaca son muy variados: Pueden ser similares a las enfermedades, como la mudez (Mat. 9.33), la ceguera (Mat. 12:22), enfermedades relacionadas al sistema mental y nervioso, acompañados de terrible violencia y fuerza sobrenatural (Mar. 5:4-5), similar a la epilepsia (Mar. 9:17-18), intentos de suicidio (Mar. 9:22), locura, como vivir en sepulcros y desdeñar el uso de ropa (Luc. 8:27-29), etc. Con esto no queremos decir que toda enfermedad sea producida por demonios, sino que en ocasiones, el endemoniado presenta síntomas similares a enfermedades conocidas. Un error, producto de la ignorancia y de la falta de discernimiento espiritual es reprender toda enfermedad como si se tratase de seres espirituales. Ahora bien, la Biblia presenta actitudes y conductas humanas que sirven para predisponer la posesión demoniaca. Por ejemplo, cuando “la casa está desocupada y vacía” (Mat. 12:44-45), esto es, cuando el hombre vive sin Dios y ajeno a la vida del Espíritu Santo. Su contraparte es, que teniendo al Espíritu de Dios morando en el interior es imposible la posesión demoniaca. Jesús puede atar y echar fuera a satanás, pero ni satanás ni todos sus demonios juntos pueden hacer lo mismo con el Espíritu Santo (Mat. 12:29; Luc. 11:21. Así como tampoco es posible que habiten juntos Dios y los demonios (2 Cor. 6:15). Otra causa de la posesión demoniaca es la temeridad, vivir “en la cuerda floja” participando de ocultismo, de juegos satánicos, acudiendo a médiums, chamanes y hechiceros, participando o asistiendo con quienes practican la magia y la adivinación, desde la adivinación con cartas y tarot hasta la brujería, en sus formas simples como la magia “blanca” y en sus formas cínicas como la religión satánica. Todos estos están en riesgo de ser poseídos. La forma más común actualmente de posesión demoniaca es la posesión deliberada, esto es, quienes participando como médiums “prestan” o ceden sus cuerpos a los demonios para manifestar supuestos poderes psíquicos. Claro está que casi todos ellos creen que son espíritus de muertos familiares o amigos de quienes los consultan, lo cual es un engaño (1 Cor. 10:20; 1 Cor. 12:1-3). Sea cual sea la causa de la posesión, la liberación es la misma y es solo una: Únicamente Cristo puede liberar verdaderamente (Juan 8:36). La liberación es conocida como exorcismo. Y es efectuada por solo aquellos que conocen personalmente a Dios, dicho de otro modo, por aquellos en los cuales Dios habita (Hechos 19:13-16). El exorcismo se realiza en el Nombre y con la autoridad de Jesús (Hechos 16:18). Estos dos hombres se encontraban en el peor de los infortunios, desde el punto de vista judío eran triplemente inmundos: Eran inmundos por ser gentiles. Para el judío, el gentil era sinónimo de ignorante espiritual (Mat. 6:7) y de pecador (Gal. 2:14; 1 Ts. 4:5). Con frecuencia el pueblo judío despreció al gentil y en sus cátedras lo condenaba. Además, los dos hombres de la historia eran inmundos por vivir en los sepulcros; la ley mosaica establecía que el contacto con un muerto, hombre o animal, así como con todo aquello que tuviese relación con el muerto (como los sepulcros) contaminaba (Lev. 11). Y por último, eran inmundos por la mayor desgracia de todas, por estar poseídos de demonios. ¿Habrá algo más miserable que carecer de voluntad propia? Tal era la condición de estos dos infelices. Uno de los bienes más preciados del ser humano es la libertad, cuando ésta se pierde, con ello se es arrebatada toda dicha; estos hombres eran esclavos y esclavos no de la justicia, ni siquiera de algún mal dueño terrenal, ¡eran esclavos de demonios! ¡esclavos de las criaturas más crueles, malas y despiadadas sobre la faz de la tierra! El esclavo de otro hombre puede esconderse en su interior ante el maltrato, pero, ¿cómo escapar de una esclavitud interna? Similar es el esclavo del pecado, todo aquel que practica el pecado, esclavo es del pecado (Juan 8:34); y las Sagradas Escrituras dicen que el que practica el pecado es del diablo (1 Juan 3:8), de modo que nadie que esto haga debe jactarse de una mejor condición espiritual que los dos infelices gadarenos. Estos hombres vivían en los sepulcros. Como si fuera poco su mal, su depresión y malestar era aumentado día a día con el panorama desolador del cementerio. Estaban muertos espiritualmente y todo lo que su cuerpo tenía en derredor era muerte, ¡cuánta melancolía y locura experimentarían! Todo el que venera la muerte, carece de verdadera vida. Así es la vida sin Dios, un panorama desolador, muerte por todos lados. Internamente un corazón sin vida; externamente, familias destrozadas, vidas arruinadas, conflictos familiares, laborales y fraternales …muerte incipiente. Y así como los sepulcros pueden estar decorados, pintados y con flores, pero siguen conteniendo muerte y putrefacción; así también están las vidas de aquellos que carecen de una verdadera relación con Dios, algunos aparentan hogares estables, personalidad exitosa y una vida tranquila; sin embargo, basta destapar la lápida de la consciencia y de la razón para encontrar la muerte del pecado y el enajenamiento del espíritu. La inscripción en la tumba no cambia con la cultura ni con la superación personal, sigue diciendo: La paga del pecado es muerte (Rom.6:23). Dice el texto bíblico que los endemoniados gadarenos eran feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquél camino (vr.28). El diablo vino para matar, hurtar y destruir (Juan 10:10). Una vez que se apodera del hombre, ya sea poseyéndolo o influenciándolo, lo utiliza para dañar a los demás. Todo aquél que ha sido inyectado por el veneno de la serpiente actúa con maldad, vive para sí aunque dañe (o para dañar) a sus semejantes. ¡Qué fácil es encontrar personas que causen temor al prójimo! El resultado de una vida dirigida por el maligno es el desprecio final de los demás; ¡cuán solos estarían estos personajes! La gente no se atrevía, unos por temor, otros por desprecio, a pasar aquél camino. Parafraseando: El camino del temor y de la maldad acarrea desprecio y lleva a la soledad. No obstante el repudio general por donde nadie se atrevía siquiera a pasar, Jesús atravesó un mar para ir al encuentro de dos endemoniados feroces en un lugar de muerte …tal es su amor. Ante la llegada del Señor Jesús, los demonios tuvieron que manifestarse. El evangelio según Mateo no revela la identidad de estos demonios, sin embargo, los evangelistas Marcos y Lucas mencionan en sus respectivos escritos que el pronombre con el que respondieron a Jesús fue “legión”, porque somos muchos… - dijeron (Mar. 5:9, Luc. 8.30). Una legión, según el lenguaje de la época, era compuesta originalmente por tres mil soldados, de modo que el término usado por los demonios para describirse “legión” implica una enorme cantidad de los mismos. ¡Cuán grande sería el sufrimiento que padecían! Cuando el Señor Jesús llegó, los demonios trataron de resistirle. Se dirigieron al Maestro con un clamor: “¿Qué tienes con nosotros Jesús…?” (vr.29). Se comportaban de acuerdo a la época, primero tomaron la figura de una legión romana para referirse a sí mismos como una multitud; ahora usan un hebraísmo: Literalmente, “¿qué a nosotros y a ti? En esto denotan astucia, así como se percibe que estudian al hombre y su cultura antes de destruirlo. Además, es una manera de referirse a su tiempo, esto es, al tiempo en el que estaban sucediendo las cosas, época que querían hacerle ver al Señor era “antes de tiempo”. Además, estaban tratando de resistir al Rey Jesús, diciendo: “no tenemos nada que ver contigo”. Este es el grito del cobarde que rehúye la lucha, sabedores de la Persona que tenían frente a sí. Decían que el Señor no tenía nada que ver con ellos, primeramente, por tratarse de dos gentiles poseídos; por tanto, según el razonamiento demoniaco, si Jesús vino a los judíos, ¿por qué quiere echarlos fuera? La respuesta es la definición que el Señor dio acerca de su misión: el ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; Yo he venido para que tengan vida y para que la tengan en abundancia (Juan 10:10). En segundo lugar, decían que Cristo nada tenía que ver con ellos por tratarse de demonios. Es verdad, ¡estos seres caídos nada tienen que ver con Cristo respecto a una relación! Pero, mientras que ellos nada tienen que ver con el Señor, Él sigue siendo el Señor de toda criatura. Y lo que es sublime para nosotros, la humanidad toda, caída y lastimera, pecadora y miserable, ¡tenemos todo que ver con Él! ¡Bendita gracia, Jesús es el Salvador del mundo! Este intento de resistencia, nos enseña también que nadie puede resistir al Hijo de Dios. Serán poderosos para poseer al hombre sin Dios, pero no tienen poder para delimitar el área de trabajo del Rey. El Rey Jesucristo cruzó el mar de Galilea y fue hasta ellos; en esto, sí tienen que ver con Él; es el Señor y el Juez. Se atrevieron a tocar a dos hombres, ahora están en líos con el Creador. Es imposible para cualquier criatura intentar vivir excluyendo a Dios; no se puede ignorar su Presencia, menos su juicio. O se le acepta o se le rechaza, pero es imposible ser indiferente. Algunos tratan de decirle: ¿qué tienes con nosotros? Otros procuran no pensar en Dios, pero la realidad es ineludible, habremos de dar cuenta. ¡Nadie escapa a su domino en toda la creación! (Heb. 9:27). Además del Nombre de Jesús, los demonios se refirieron a Él como Hijo de Dios (vr.29). Hay dos motivos para ello, el primero es verdadero, el segundo es oculto. El primer motivo es el reconocimiento de la identidad de Jesús. Los demonios saben ante Quién se encuentran. Santiago dice que “creen y tiemblan” (Stg. 2:19). Son conscientes de la Deidad de Jesús, quizá más que muchos cristianos; pero más que un conocimiento intelectual, se requiere vida espiritual. Matthew Henry dice que “los demonios hablaron como un santo… pero no es el conocimiento, sino el amor, lo que distingue a los santos de los demonios.” El motivo oculto por el cual citaban una verdad, esto es, que Jesús es Hijo de Dios, es el tentarle en su ministerio. Frecuentemente, el Señor reprendió a los demonios y les impedía que hablasen acerca de Él (Mar. 1:5; Luc. 4:34-35). El evangelista Marcos dice que “les reprendía para que no le diesen a conocer” (Mar. 3:11-12). La intención de los demonios era un ministerio mesiánico populista, ofreciéndole fama y gloria buscaban se apartase del Espíritu Divino que lo sustentaba. Sabían que Jesús andaba “haciendo el bien sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él.” (Hch.10:38). Esto confundiría a todos haciéndoles creer que eran de los mismos, por decirlo así. Finalmente, los demonios reconocieron su derrota: “¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (vr.29) -fue el clamor imprecatorio de los demonios. Son conscientes de su condenación y por se conscientes son más condenables. Saben del “fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mat. 25:41); y por lo visto, saben también cuándo será esto, pues conocen “el tiempo” (Ap. 20:10; Jud. 6). ¡Qué necios han de ser y cuán envanecidos han de estar para perseverar en la maldad a pesar de conocer su destino de condenación eterna! Si ellos son capaces de insistir en el mal a pesar del fuego final, ¿no te parece que con mucho mayor ahínco nosotros, la iglesia, debemos perseverar en hacer el bien y la voluntad de Dios conociendo un destino de gloria y vida eterna? También, podemos observar cómo es que el hecho de que el Rey les impidiera seguir dañando a esos hombres les significaba un tormento; en contraposición, el cristiano verdadero es aquel que sufre el tormento cuando se le impide hacer el bien. Los demonios rogaron, increíblemente, rogaron. Los demonios rogaron, suplicaron, se humillaron. ¡Nada escapa al poder de Cristo! ¡Nadie elude la autoridad del Rey! ¡Jesús es Señor de todo lo creado! Los demonios no están de acuerdo, el diablo se opone, los incrédulos se resisten, pero tanto unos como los otros habrán de inclinarse ante el Nombre de Jesús. El “Permítenos” de los demonios habla de la autoridad del Rey Jesús. El “Permítenos ir” dice, que Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4). El “permítenos ir” afirma que todas las cosas han sido puestas bajo los pies de Cristo (1 Cor. 15:27). ¡Alégrate iglesia! ¡Cuánta seguridad hay en nuestro Rey! (Fil. 2:10-11; Mat. 28:18; Ap. 5:13-14). Y en este mismo inciso, que trata de la autoridad del Rey, observamos que los demonios le piden permiso a Jesús (vrs. 31-32). Por más que blasfemen, terminan suplicando oportunidad. Es similar al caso de Job, ya que el Señor les impide hacer daño a las personas, piden permiso para dañar a sus bienes (Job 1:9-12). Y Dios lo permite, misterio de su soberanía. William Barclay enfatiza el mensaje dirigido a los recién liberados gadarenos: “¡Fijaos! Fijaos en esos cerdos: Se han hundido en el fondo del lago, y se han llevado vuestros demonios para siempre.” Mira la sencilla respuesta de Jesús, es una orden: Id. (vr.32). Con esa misma facilidad Dios liberta al oprimido hoy, sana al enfermo y salva al perdido. Con esa misma facilidad también está para ayudarle hoy. La respuesta será inmediata, así como inmediata fue la precipitación de los cerdos en el mar. En ello vemos gran disposición de los demonios para hacer el mal, pero también encontramos mayor disposición de Dios para hacer el bien. Los cerdos se precipitaron en el mar, lo que muestra que el propósito de la posesión demoniaca es la destrucción, lo mismo que el pecado (su paga es muerte). Sin embargo, sólo los cerdos se precipitan en el mar, y no los hijos de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 8:33
8.33-34 ¿No te parecen trágicas estas palabras? Primeramente, el texto dice que los que apacentaban los cerdos, al ver que se habían despeñado en el mar huyeron. Huyeron en lugar de glorificar a Dios por la visible manifestación del reino de los cielos Son similares al pueblo hebreo a la orilla del monte, llenos de temor por la Presencia de Dios, en lugar de adoración. No que el temor a Dios sea malo, al contrario, es el principio de la sabiduría; pero cuando el temor es irreverente o teme a Dios porque le quitará lo ilegítimo, se aleja en lugar de sujetarse a Él. Reacciona de manera contradictoria. Estos “guarda cerdos” fueron a la ciudad y “contaron todas las cosas”. No fue un buen testimonio el que presentaron. Paréceme oírles entre ademanes agitados y respiración jadeante, contando sobre el profeta poderoso que los perjudicó, “¡por su culpa perdimos el hato entero de cerdos!” ¡Vaya testimonio! A ellos podemos agradecer que la ciudad entera saliera al encuentro de Jesús para expulsarle de sus contornos. ¡Cuánto daño hace un mal testimonio! Pr. 18:21; Stg. 3:5-6. En contraste, mira el bien del buen uso de los labios en Isaías 50:4; Pr. 10:11; 25:11. Por otro lado, tenemos también la actitud del pueblo gadareno. Salieron al encuentro de Jesús, más no para amarlo ni seguirlo. Los prejuiciados por el mal testimonio de otros, el chisme y la murmuración, investigan a Jesús y a todo lo que se le relaciona para expulsarle de su vida. Necios deshonestos que buscan argumentos para negar la fe. Están los que jamás se interesaron en las cosas de Dios, mas cuando alguno de los suyos (amigo o pariente) se convierte a Cristo se inflaman de celo por sus creencias, religión o ideas, y se preparan para expulsar a Jesús. Esta gente “le rogó que se fuera de sus contornos.” Le rogaron, sí, pero para no verle más. Su fe era: “Jesús no nos conviene, perjudica nuestros negocios” ¡Qué actual es esta fe y qué popular también! Es el corazón duro que dice: “Aquí mando yo”. Es el endurecido egoísta que no permite a Jesús tomar todo el control, el que conserva áreas de su vida en donde no permite la “intromisión” de más Señor que él mismo. Es el que maneja sus negocios excluyendo el consejo divino, porque cree que así tendrá más ganancias (con injusticia). A este pueblo “ama cerdos” no le importaban los dos gadarenos poseídos, no les dolía verlos en el sepulcro, preferían su desnudez y tormento antes de lastimar su economía, como aquella mujer que decía sobre su hijo recién convertido: “Lo prefiero muerto antes que verlo entre los aleluyas.” Tampoco les importaba su propia salvación, ¡expulsaron al Salvador del mundo de sus vidas! No les importó Jesucristo, no vieron su Señorío, no reconocieron su Realeza, fueron inferiores a los demonios, ¡al menos ellos reconocían su deidad llamándole Hijo de Dios! Lo que no lograron los demonios en el mar de Galilea, lo consiguieron los moradores de Gadara. Rechazaron al Rey Jesucristo (Jer. 6:16). Los cerdos son un símbolo de los intereses del mundo. Eran considerados por la ley mosaica como animales inmundos. Representa al mundo con su maldad y pecado. Los gadarenos veían en ellos el medio para “ganarse el pan”, eran su estabilidad financiera y comodidades. ¿Y esto qué tiene de malo? No todos los trabajos son honorables ni dados por Dios, cuando el medio para “ganarse la vida” lleva a perderla, esto es, cuando el trabajo, los bienes y las comodidades interfieren con la relación con Cristo, deben ser puestos a un lado (Mat. 16:26; 5:29; Luc. 12:20; Job 27:8). Además, como animales inmundos, los cerdos son un símbolo de la inmundicia del pecado; de la cual, el creyente debe apartarse como de lepra y contaminación. Hay gente que ama tanto sus pecados que le es imposible seguir a Cristo. Moody dijo que el pecado aparta de la Biblia (en este caso se aplica a Dios) y que la Biblia aparta del pecado. Ninguno que no desee ser limpiado lo será; la sangre de Jesús no se usará en el contumaz y rebelde amante del pecado, solamente “el que confiesa su pecado y se aparta alcanza misericordia” (Pr. 28.13; Ez. 18:28; 2 Cor. 6:17; 1 Juan 2:15).
— Roberto Tinoco
Mateo 8:34
8.33-34 ¿No te parecen trágicas estas palabras? Primeramente, el texto dice que los que apacentaban los cerdos, al ver que se habían despeñado en el mar huyeron. Huyeron en lugar de glorificar a Dios por la visible manifestación del reino de los cielos Son similares al pueblo hebreo a la orilla del monte, llenos de temor por la Presencia de Dios, en lugar de adoración. No que el temor a Dios sea malo, al contrario, es el principio de la sabiduría; pero cuando el temor es irreverente o teme a Dios porque le quitará lo ilegítimo, se aleja en lugar de sujetarse a Él. Reacciona de manera contradictoria. Estos “guarda cerdos” fueron a la ciudad y “contaron todas las cosas”. No fue un buen testimonio el que presentaron. Paréceme oírles entre ademanes agitados y respiración jadeante, contando sobre el profeta poderoso que los perjudicó, “¡por su culpa perdimos el hato entero de cerdos!” ¡Vaya testimonio! A ellos podemos agradecer que la ciudad entera saliera al encuentro de Jesús para expulsarle de sus contornos. ¡Cuánto daño hace un mal testimonio! Pr. 18:21; Stg. 3:5-6. En contraste, mira el bien del buen uso de los labios en Isaías 50:4; Pr. 10:11; 25:11. Por otro lado, tenemos también la actitud del pueblo gadareno. Salieron al encuentro de Jesús, más no para amarlo ni seguirlo. Los prejuiciados por el mal testimonio de otros, el chisme y la murmuración, investigan a Jesús y a todo lo que se le relaciona para expulsarle de su vida. Necios deshonestos que buscan argumentos para negar la fe. Están los que jamás se interesaron en las cosas de Dios, mas cuando alguno de los suyos (amigo o pariente) se convierte a Cristo se inflaman de celo por sus creencias, religión o ideas, y se preparan para expulsar a Jesús. Esta gente “le rogó que se fuera de sus contornos.” Le rogaron, sí, pero para no verle más. Su fe era: “Jesús no nos conviene, perjudica nuestros negocios” ¡Qué actual es esta fe y qué popular también! Es el corazón duro que dice: “Aquí mando yo”. Es el endurecido egoísta que no permite a Jesús tomar todo el control, el que conserva áreas de su vida en donde no permite la “intromisión” de más Señor que él mismo. Es el que maneja sus negocios excluyendo el consejo divino, porque cree que así tendrá más ganancias (con injusticia). A este pueblo “ama cerdos” no le importaban los dos gadarenos poseídos, no les dolía verlos en el sepulcro, preferían su desnudez y tormento antes de lastimar su economía, como aquella mujer que decía sobre su hijo recién convertido: “Lo prefiero muerto antes que verlo entre los aleluyas.” Tampoco les importaba su propia salvación, ¡expulsaron al Salvador del mundo de sus vidas! No les importó Jesucristo, no vieron su Señorío, no reconocieron su Realeza, fueron inferiores a los demonios, ¡al menos ellos reconocían su deidad llamándole Hijo de Dios! Lo que no lograron los demonios en el mar de Galilea, lo consiguieron los moradores de Gadara. Rechazaron al Rey Jesucristo (Jer. 6:16). Los cerdos son un símbolo de los intereses del mundo. Eran considerados por la ley mosaica como animales inmundos. Representa al mundo con su maldad y pecado. Los gadarenos veían en ellos el medio para “ganarse el pan”, eran su estabilidad financiera y comodidades. ¿Y esto qué tiene de malo? No todos los trabajos son honorables ni dados por Dios, cuando el medio para “ganarse la vida” lleva a perderla, esto es, cuando el trabajo, los bienes y las comodidades interfieren con la relación con Cristo, deben ser puestos a un lado (Mat. 16:26; 5:29; Luc. 12:20; Job 27:8). Además, como animales inmundos, los cerdos son un símbolo de la inmundicia del pecado; de la cual, el creyente debe apartarse como de lepra y contaminación. Hay gente que ama tanto sus pecados que le es imposible seguir a Cristo. Moody dijo que el pecado aparta de la Biblia (en este caso se aplica a Dios) y que la Biblia aparta del pecado. Ninguno que no desee ser limpiado lo será; la sangre de Jesús no se usará en el contumaz y rebelde amante del pecado, solamente “el que confiesa su pecado y se aparta alcanza misericordia” (Pr. 28.13; Ez. 18:28; 2 Cor. 6:17; 1 Juan 2:15).
— Roberto Tinoco