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Hechos 3
Pedro sana a un mendigo cojo
1Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración.🗨📝 2Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo.🗨📝 3Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna.🗨📝 4Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos.🗨📝 5Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo.🗨📝 6Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.🗨📝 7Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos;🗨📝 8y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios.🗨📝 9Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios.🗨📝 10Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido.🗨📝 11Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo, atónito, concurrió a ellos al pórtico que se llama de Salomón.🗨📝Pedro predica en el templo
12Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?🗨📝 13El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad.🗨📝 14Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo, y pedisteis que se os diese un homicida,🗨📝 15y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.🗨📝 16Y por la fe en su nombre, a éste, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros.🗨📝 17Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes.🗨📝 18Pero Dios ha cumplido así lo que había antes anunciado por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer.🗨📝 19Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,🗨📝 20y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado;🗨📝 21a quien de cierto es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.🗨📝 22Porque Moisés dijo a los padres: El Señor vuestro Dios os levantará profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis en todas las cosas que os hable;🗨📝 23y toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigada del pueblo.🗨📝 24Y todos los profetas desde Samuel en adelante, cuantos han hablado, también han anunciado estos días.🗨📝 25Vosotros sois los hijos de los profetas, y del pacto que Dios hizo con nuestros padres, diciendo a Abraham: En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra.🗨📝 26A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Hechos 3: RV60
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Hechos 3:1
3.1 Hasta este momento el apóstol Pedro continuaba siendo preeminente entre los doce y por eso es mencionado primero. Sin embargo, esto no señala en lo más mínimo que Pedro fuese “un papa” en el sentido católico romano. Parece ser que Pedro y Juan mantuvieron una amistad muy estrecha, pues fueron del círculo íntimo de Jesús (Mt.17:1) y los vemos juntos después del ascenso del Señor; sin contar que fueron los dos que corrieron al sepulcro a verificar la resurrección de Cristo (Jn.20:3-9); y frecuentemente se dirigieron el uno al otro en los asuntos más trascendentes (véase Jn.13:23-25; 21:7; Jn.21:19-22); así como también son mencionados juntos posteriormente en las epístolas (ejemplo Gal.2:9). Tenemos pues, en Pedro y en Juan a dos seres muy distintos y hasta antagónicos de inicio, que fueron unidos por la fe y el amor al Maestro. Subían juntos al templo, implica que el cristianismo era hasta el momento como algo no separado del judaísmo, situación que cambió para siempre a partir de la destrucción del templo de Jerusalén. Aún era muy pronto para despejarse por completo de las prácticas judíos. La hora novena era también la hora en la que se ofrecía el incienso; no podían perderse esto aunque sólo fueron figuras de la realidad; si un día a esa misma hora un ángel se presentó ante Zacarías para anunciarle el nacimiento de Juan el Bautista (Lc.1:10-11) era probable que algo similar sucediera; repito, ante sombras y figuras siempre quedaría esta expectativa en los corazones habituados a la ley y los milagros. Por otro lado es hermoso como los siervos de Dios “suben juntos …a la hora de la oración” ¡Aleluya! …si tan sólo el ministerio se pusiese de acuerdo para orar, en verdad subiríamos espiritualmente. La hora novena era aproximadamente las tres de la tarde. Los judíos consideraban que el día empezaba a las 6 de la mañana y terminaba a las 6 de la tarde. La hora tercera correspondía a las 9 de la mañana; la sexta a las doce del día y la novena a las 3 de la tarde. Estas eran las horas dedicadas a la oración por los judíos; y vemos que al principio del cristianismo, también lo era para la iglesia. Si bien es cierto que ya no estamos bajo la ley, también es cierto que eso no escudó a los creyentes sinceros como Pedro y Juan para no reunirse con sus compatriotas a la hora de buscar a Dios nacionalmente. Si una oración convoca a buscar a Dios a través de la oración a una hora determinada, los creyentes debemos unirnos al clamor sin importarnos si los convocados saben o no orar, o si están equivocados o no, siempre y cuando se trate de orar a Dios y no de algún otro motivo de convocación. Después de todo, ¿dónde brilla más una luz sino en donde sólo hay tinieblas? …y el judaísmo con sus prácticas realmente estaba en tinieblas. No vemos pues, en Pedro y en Juan a dos ensoberbecidos por la nueva fe que no pudiesen orar con los incrédulos. La oración no puede hacer que el espíritu levante el vuelo cuando el corazón está cargado de prejuicios.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:2
3.2 El texto literalmente dice que “un varón cojo desde el vientre de la madre de él era traído”. Así es el mundo sin Cristo, como un cojo por herencia, no puede andar los caminos de Dios y requiere ser traído por otros al templo. El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente (1Cor.2:14). El mundo entero tiene esta condición, es cojo de nacimiento; es decir, está imposibilitado para seguir a Dios por haber heredado la naturaleza de Adán. Al respecto tan sólo considérese cómo es que Dios creó a Adán a su imagen y semejanza; mas después de su caída, Adán engendró un hijo ya no a la imagen de Dios, sino a la del caído Adán (compárese Gn.5:1 con 5:3). Finalmente sólo hay dos hombres: Adán y Cristo. En Adán todos somos cojos y no podemos andar con Dios; pero en Cristo somos nuevas criaturas que si pueden andar (Rom.5:15-18; 2Cor.5:17). Este hombre cojo de nacimiento era puesto “cada día a la puerta del templo que se llama “La Hermosa”. Esta puerta separaba el atrio de los gentiles del atrio de las mujeres. Así que el cojo era puesto fuera, en el atrio de los gentiles. Esto se debía a que la ley prohibía a los lisiados entrar al templo por lo que debieron quedar fuera, con los gentiles; es decir, con los no judíos. Tal es la condición del mundo, fuera del templo, fuera del pueblo de Dios aún cuando la puerta de religión que lo separa de Dios sea muy “hermosa”. “…alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef.2:12). El mundo con su religión, llámese como se llame; con su moral obras y disposición a lo más que llega a estar es “a la puerta”, pero no dentro. “Cada día es traído”, cada día un nuevo intento en forma metódica y religiosa; pero también cada día fuera. La religiosidad y las obras humanas “ni entran ni dejan entrar a los que están entrando” (Mt.23:13); “al que obra no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda” (Rom.4:4). La Puerta es “Hermosa”, no es posible quedar fuera sin cruzarla si en verdad se quiere llegar a Dios; Cristo es la Puerta (Jn.10:9) y nadie viene al Padre si no es por Él (Jn.14:6). El cojo de nacimiento era puesto a la puerta para pedir limosna; de igual manera el mundo entero se encuentra en bancarrota espiritual, tiene comezón de oír y amontona maestros conforme a sus propias concupiscencias, ha apartado de la verdad el oído y se ha vuelto a las fábulas (2Tim.4:3-4). Le es más fácil atender los horóscopos, confiar en piedras de mentirosos “poderes mágicos”, consultar las cartas como el tarot, etc. ¡está limosneando! Le atraen las algarrobas de los cerdos. Mas a los que hemos sido alcanzados por la gracia divina tenemos una gran riqueza: ¡Nuestra porción es Yahwéh! (Sal.119:57). Él levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar, para hacerlo sentar con los príncipes de su pueblo (Sal.113:7-8). ¡Si tan sólo el mundo supiera que no tiene que pedir limosna porque en la casa del Padre hay abundancia de pan! Entonces dejaría rogar a las cosas creadas para acudir directamente al Creador: Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? ¡Mi socorro viene de Yahwéh, que hizo los cielos y la tierra! (Sal.121:1-2) ¡Aleluya!
— Roberto Tinoco
Hechos 3:3
3.3 “Éste”, es decir, el hombre cojo de nacimiento; miró a Pedro y a Juan (literalmente a Pedro con Juan). Esta es la primera obligación de la iglesia: ser vistos unidos. Somos cartas abiertas leídas por todos (2Cor.3:2) y es en nuestras páginas que el mundo busca respuesta; hasta con sus críticas “ruega que le den limosna”. Es interesante que siempre que los hermanos van a pedirle a Dios suelen encontrarse a otros que les piden a ellos; por tanto, la segunda obligación de la iglesia es aprender a oír las necesidades del mundo; de otro modo, ¿de qué sirve que el mundo nos mire? Y en tercer lugar, cuando el mundo mire a la iglesia debe hallarla en el poder del Espíritu Santo.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:4
3.4 Nuevamente hallamos la unidad del ministerio; no sólo Pedro miró al paralítico, sino Pedro con Juan. La unidad de propósito es imprescindible. Notemos cómo el versículo no dice que “le dijeron”, sino “le dijo” aún cuando se trataba de dos apóstoles; pues si bien la voz la llevó Pedro, ambos miraron al unísono, es decir, aunque uno solo habló, ambos mantenían una sola visión. ¡Cómo hace falta una sola visión que gobierne el ministerio de la iglesia en vez del sinnúmero de pequeñas y mediocres “visiones” individuales. Un cuerpo tiene una sola visión, siempre y cuando esté bajo una sola cabeza. Sólo cuando el ministerio está unificado bajo una sola visión es posible que diga efectivamente: “míranos”. Y por otra parte, ¿a dónde más puede voltear sus ojos el mundo en su necesidad si no es al Cuerpo de Cristo? Pero una cosa más que llama poderosamente la atención es que los discípulos no se conformaron con ser devotos y cumplir con la oración de la hora novena, sino que se involucraron en la necesidad de este paralítico, fijaron en él sus ojos. Posiblemente no era el único paralítico y posiblemente podría pasar inadvertido a los que por allí pasaban, salvo por las súplicas de limosna; sin embargo, los corazones que buscan a Dios saben hallar a quienes requieren de su amor. Una iglesia que está demasiado ocupada en la liturgia frecuentemente al punto de no mirar la necesidad del mundo, pronto tomará parte en las filas de los que hoy le extienden la mano. Y por el contrario, una iglesia que entiende lo que es la relación vertical auténtica (hacia Dios) es seguro que practica también la relación horizontal hacia sus semejantes.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:5
3.5 El paralítico, al ver que los discípulos se detuvieron a mirarlo como quien va a hacer algo, sintió en su corazón esa pequeña pero suficiente alegría de aquel que se conforma con unas monedas para comer: “Si me miran me darán” - debió pensar. Su alma se había humillado tanto que era como el animalito doméstico que se alegra cuando el amo le trae comida. Definitivamente que Dios no creó al hombre para esto. Esta es también la actitud del mundo ante la iglesia: “le está atento, esperando recibir de ella algo”. Es normal que se espere recibir algo de quien profesa seguir a Cristo y ser su Cuerpo. El paralítico esperaba recibir limosna y Dios tenía para él a través de la iglesia unas piernas nuevas. Frecuentemente esperamos lo que no es tan importante; pero cuando nos acercamos a Dios no podemos tener expectativas pequeñas; ¡Dios da a lo grande! La esperanza no debe ser correspondiente a mi necesidad ni a mi estatura; sino a la plenitud de Dios, a su grandeza y magnanimidad. Se cuenta que un día un pordiosero rogó por limosna a Alejandro “el Grande”, a lo que el conquistador respondió con abundantes monedas de oro. Al ver esto uno de sus generales le cuestionó: “¿por qué darle monedas de oro a quien una moneda de bronce sería suficiente?” Alejandro, sin inmutarse y lleno de solemnidad respondió: “Una moneda de bronce es suficiente para un pordiosero, pero sólo abundantes monedas de oro son dignas de ser dadas por Alejandro Magno”. Así pues, limosna era suficiente para el paralítico en cuestión; pero muy poca cosa para la generosidad de nuestro Dios, el cual da ¡abundantemente y sin medida! ¡Aleluya! Dios siempre da más de lo que esperamos recibir e infinitamente más de lo que merecemos.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:6
3.6 Lo que llama la atención de este versículo a primera vista no es lo que hay, sino lo que no hay. Pedro no poseía plata ni oro. Esto significa que no se quedaba con el dinero de la iglesia. En segundo lugar, lo que llama aún más mi atención es lo que Pedro sí tenía: El poder del Espíritu Santo accesible por la fe en Jesús Cristo. Se critica al pentecostalismo por su énfasis en el poder del Espíritu, ¡pero sí es un tesoro que Dios ha dado a la iglesia! Podemos decir como el apóstol Pablo: si queremos gloriarnos, no sería insensato, porque diríamos la verdad (2Cor12:6). Y también es de resaltar que lo que Pedro sí tenía era también con corazón desprendido, “lo que tengo te doy”. La iglesia tiene que estar tan llena de disposición como de poder, ya que el poder del Espíritu, como toda gracia divina, entre más se comparte más se posee. Los dones de Dios son como el agua, son más dulces y saludables entre más se les deja fluir, pero tremendamente insalubres cuando se estancan al no compartirse. De gracia recibisteis, dad de gracia (Mt.10:8). En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda –dice el texto. Literalmente, “en el nombre de Jesús Cristo el nazareno, camina”. No puedo explicar el por qué este hombre no fue sanado por el Señor Jesús durante su ministerio terrenal, pues si era traído día a día a la entrada del templo, siendo cojo de nacimiento, es lógico pensar que oyó al Señor predicar en el templo y fue testigo de las sanidades que efectuó, de hecho, Jesús entraba por esa puerta cuando ministraba en el pórtico de Salomón como tantas veces lo hizo; de modo que ahora que el apóstol Pedro invoca el nombre del Señor, el paralítico recibe un golpe de fe. Dios reservó este encuentro para su siervo Pedro; el cual estaba actuando en el nombre de Jesús Cristo, es decir, en su autoridad y para su gloria. Por demás está decir que no había virtud sanadora en Pedro fuera del respaldo divino, sino que era Cristo mismo continuando su ministerio a través de su cuerpo. Testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad” (Hechos 2:4). Al apóstol Pedro - por inspiración del Espíritu - le debemos la acuñación del nombre del Señor como Jesús Cristo el Nazareno. Jesús (heb. Josué y Jeshúa, gr. Iesous) significa Yahwéh es salvación. Este nombre, muy común en Israel, le fue puesto por Dios mismo a través del ángel que le anunció a María su nacimiento: porque Él salvará a su pueblo de sus pecados (Mt.1:21; Lc.1:31). Mientras que Cristo (gr. mashiah o mesiha) que significa Ungido. El Cristo era el Ungido de Yahwéh por excelencia que esperaba Israel. Se ungía a los sacerdotes, profetas y reyes; pero el Cristo era el Sumo - Sacerdote, el Profeta que habría de venir y el Rey de reyes, todo esto de un orden diferente y superar a los hombres. Las multitudes que fueron testigos de los milagros que realizaba el Señor Jesús no tardaron en preguntarse: el Cristo, cuando venga, ¿hará más señales de las que éste hace? (Jn.7:31). Algunos de la multitud …decían: verdaderamente éste es el Profeta… (Jn.7:40-42). El mismo Señor dijo abiertamente a la mujer samaritana que Él es el Cristo (Jn.4:25-26). Y cuando Pedro le confesó diciendo: tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente, el Señor reconoció que esa declaración provenía de Dios por revelación (Mt.16:16-17), así que Pedro sabía muy bien de lo que hablaba al invocar el nombre de Jesús. Con respecto al término “el nazareno”, se le llamaba de esta manera para distinguirlo de las demás personas que usaban el nombre Jesús; aunque algunos lo aplicaban despectivamente por ser de Nazaret un lugar sin importancia y de Galilea. Por eso lo incluyeron en el letrero que se puso sobre su cabeza en la cruz (Jn.19:19). Sin embargo, el mismo Señor Jesús no se avergonzó nunca de ser llamado Nazareno, aplicándose el nombre Él mismo (Hch.22:8). Cuando Pedro añade el término “nazareno” al nombre de Jesús está identificando con claridad Quién es el que efectúa el milagro a fin de que el paralítico no se confunda, sino que ponga sus ojos en Jesús, el Autor y Consumador de la fe (Heb.12:2); fe, que hoy necesitaba (Hch.3:16). Distingamos también el ejercicio del don de sanidad del apóstol, ya que no lo vemos orando pidiendo a Dios que sane al paralítico, sino ordenándole a éste que camine. Esta es la “oración de autoridad” o “declaración de fe” que sólo puede ser producida por el impulso del Espíritu Santo. Pedro le dijo: levántate y anda, según la traducción Reina Valera; pero es más exacto traducir sólo camina (gr. peripateo). Aún cuando aquí se usa para la sanidad física, peripateo es un término bíblico que implica todo el conjunto de actividades en la vida individual, es decir, Pedro le ordena peripateo, porque aún cuando es Dios el que lo sana, es el hombre el que debe andar en sus caminos. Este mundo necesita también de la misma oración de autoridad. Al no poder andar en los caminos de Dios es necesario que la iglesia ejerza la autoridad del nombre que invoca para dar la gloriosa orden que sane a la humanidad. Es aquí donde encontramos una grande verdad: la iglesia tiene el nombre de Jesús la medicina que el mundo necesita. Esta medicina es poder espiritual, pues proviene del Espíritu (por el pentecostés), pero no es poder terrenal (no tengo plata ni oro), las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas (2Cor.10:4). Con todo, la confesión del Nombre es el uso de su autoridad, siempre y cuando verdaderamente se esté bajo su autoridad (señorío); es similar a la investidura que hace que un hombre de apariencia insignificante detenga a un trailer por cuanto es un agente de tránsito respaldado por el gobierno; o como un policía que ejerce la autoridad precisamente por estar respaldado por la autoridad gubernamental; o un embajador, cuya palabra en otro país es la palabra misma de toda la nación que lo respalda. En resumen, la iglesia tiene en el nombre de Jesucristo de Nazaret el poder para traer sanidad al mundo …se espera que tenga también la fe y la disposición para ejercerlo.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:7
3.7 Lucas podía haber registrado únicamente que Pedro lo tomó por la mano y lo levantó, sin embargo dice que lo tomó por la mano derecha, lo que en las Escrituras es una señal de autoridad. (Sal.110:1; Ef.1:20; Heb.1:3,13) y de porción especial según Génesis 48.14-19. Vemos por ejemplo, que cuando el apóstol Juan tuvo la visión del Hijo del Hombre en la isla de Patmos y cayó como muerto que el Señor Jesús “puso su mano derecha” sobre él para fortalecerle (Ap.1:17). Es posible que el paralítico, aunque recibiendo el toque de la fe por el nombre de Jesús, necesitase otro empujón más. El arrojo del apóstol reconocido por sus impulsivos actos de fe; de allí que Pedro levantase al azorado lisiado. Dios bendiga a los valientes Pedros que no se limitan a hablar, sino que actúan en fe. De entrada el apóstol levantó al paralítico, pero al momento no hubo más necesidad de sostenerlo, pues “las plantas de sus pies y sus tobillos se fortalecieron”. ¿Qué nos enseña esto? Que la iglesia debe hacer más pro este mundo que sólo hablar; la iglesia debe estar dispuesta a extender la mano derecha, la mano de autoridad y de porción especial que el mundo requiere y sostenerlo en fe el tiempo necesario hasta que “sus pies y tobillos” de fe, moral y conducta sean afirmados sobre la roca, el cimiento estable que es Cristo.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:8
3.8 Es posible que no sea ni ordenado ni ortodoxo lo que este hombre hizo, pero, ¿quién no lo haría? Es cierto que los saltos no salvan, pero es aún más cierto que los salvos sí saltan. ¿Cómo detener a un cojo de nacimiento en su euforia cuando es la primera vez que sabe lo que es estar de pie? ¿cómo controlar a quien ahora mira desde otra altura? ¿cómo reprimir a quien entra por primera vez en toda su vida al templo que le había sido negado por su invalidez? Así también, si los cristianos somos escandalosos, ¿cómo detener la euforia de los que por primera vez andamos en vida nueva? ¿Cómo controlar a los que ahora gozamos las alturas del Espíritu? ¿Cómo reprimir a los que hemos tenido el privilegio de entrar al fluir del Espíritu, a la Shekinah de Yahwéh? La sanidad era evidente: saltó, estuvo en pie, caminó, entró con ellos al templo y alabó a Dios. Esto es lo que debemos esperar ver como evidencia de que alguno ha alcanzado la gracia de Dios: debe ser capaz de elevarse espiritualmente. Debe estar de pie habiendo dejado de arrastrarse en el pecado; “caer y levantarse, caer y levantarse” no es estar de pie. Estar de pie es estar firme en la fe. Debe ser capaz de caminar, quien está en este camino, por torpe que sea no se extravía (Is.33:8). Debe haber entrado con los hermanos al templo, es decir, haber tomado parte en el nuevo templo, la iglesia de Cristo. Y debe ser uno que alabe a Dios tanto con sus labios como con su conducta y su ser todo. El corazón agradecido siempre alaba a diferencia del corazón endurecido que siempre se queja. Cuando alguno carece de una de estas cosas permite dudar que en verdad ha sido salvado.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:9
3.9 Si un fósforo se enciende en las tinieblas es imposible no notarlo. Cuando Dios interviene tan claramente como en este caso era lógico que todos se dieran cuenta. No dice “todos los presentes”, sino “todo el pueblo”, pues semejante pólvora encendida habría de correr por todo Jerusalén. Parecemos ver los encabezados de los diarios (si hubieran existido): “paralítico de nacimiento sanado”, “cojo salta en el templo”, “el Nazareno aún hace milagros”. ¡Qué glorioso es ver a los que otrora éramos paralizados pecadores andar y alabar a Dios! ¡Cuán gloriosa es la transformación que Dios produce en el hombre! El mundo tiene que saberlo, día a día miles se ponen de pie.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:10
3.10 ¡Maravilloso! ¡Innegable! Le reconocían, es decir, todos, que era, ¡pero que ya no es! ¡Aleluya! Sí, había sido el paralítico, el limosnero, el que causaba lástimas junto a la puerta (por cierto, ¿qué tanto trae Lucas con esa puerta que por segunda vez dice como la llamaban “La Hermosa”. Parece ser que era una bella puerta de bronce labrado, de estilo corintio, con incrustaciones de oro y plata, que según dice, era más valiosa que si hubiera sido hecha de oro puro); allí estuvo y eso era el paralítico, ¡pero ahora era libre! La puerta llamada “La Hermosa” había sido opacada por algo aún más hermoso: la misericordia divina sanando a un infeliz. Este caso fue como el sol de medio día que encandiló a todos; “se llenaron de asombro y espanto”, el nombre de Jesús es temible y su poder asombroso. El sólo nombre de Jesús es más poderoso que todo el complejo sistema religioso judío y que todo el ordenado imperio romano. La mejor de los hombres palidece ante el nombre del Señor. Esta es nuestra gloria iglesia: el Nombre de Jesucristo; por eso el mundo ya no nos asombra ni sus temores nos espantan. Lo que más anhelo de un convertido es que el mundo le reconozca que era, pero ya no es; que estaba, pero ya no está; y tenga que reconocer que efectivamente Dios ha sido el cambio en su vida.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:11
3.11 Otra característica de un verdadero convertido es que se sujeta firmemente de la iglesia. El ex paralítico “echó mano” fuertemente de Pedro y de Juan (del gr. krateo). Sabía que fue Jesús quien lo sanó, pero estaba agradecido también con el conducto que había utilizado. Siendo Dios fiel, la lealtad en una cualidad de sus hijos. “Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe” (Heb.13:7). Esta agradecida lealtad permitió que el pueblo se reuniera en pos de los discípulos, los cuales eran en ese momento la iglesia (donde estén dos o tres reunidos en mi nombre…). El hombre agradecido con Dios es leal a la iglesia y en consecuencia trae a otros con ella. Las vidas transformadas por Cristo son la propaganda más eficaz de la iglesia. En esta ocasión, el lugar de reunión fue el pórtico de Salomón. Dicho pórtico era llamado así por haber sido edificado sobre lo que quedaba del templo de Salomón. Era un paseo techado, de 30 codos de ancho con dos filas de columnas de 25 codos de alto, a lo largo del lado oriental del patio de los gentiles en el templo de Herodes (Jn.10:23; Hch.3:11; 5:12). Tiempo antes los judíos habían cuestionado al Señor Jesús en ese mismo lugar acerca de sí era o no el Cristo; a lo que el Señor había respondido: “las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí…” (Jn.10:23-25); así que la sanidad del paralítico en el nombre de Jesús era un testimonio de que Jesús es el Cristo y el nuevo “Salomón” o Rey manifestando su gloria.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:12
3.12 Como buen evangelista, Pedro vio en la concurrencia una buena oportunidad para predicar el evangelio. Esto nos muestra que la sanidad del paralítico fue para Pedro y Juan un acto de misericordia y no de propaganda, porque si hubiese sido un acto propagandístico, entonces no se hubiese sorprendido de la multitud que se juntó; mas el texto dice “viendo esto, respondió al pueblo”, como indicando que los apóstoles no se lo esperaban; y también como señalando que por causa de la gente predicaron. El término “varones israelitas” es una cortesía o muestra de respeto. Es admirable cómo el apóstol puede echarles en cara la muerte del Señor (vrs.14-15) y aún así mantenerse respetuoso y ecuánime. La predicación de la Palabra ha de ser clara y directa, pero no por ello debe ser ofensiva ni grosera. “¿Por qué os maravilláis de esto?” La fe auténtica no mira lo sobrenatural como si fuese extraordinario; en el reino de Dios lo sobrenatural es lo normal. No debemos maravillarnos como si fuese algo fuera de lo normal ante un milagro como el que fue hecho a través de los apóstoles, ¿qué tiene de extraordinario esto ante el poder y misericordia que Dios tiene? Más bien, maravillémonos de que tenemos parte de un reino tan glorioso. “…no os regocijéis de esto, de que los espíritus se os sujeten; ¡sino regocijaos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos!” (Lc.10:20). “¿O por qué ponéis los ojos en nosotros…?” Quizá con esta nueva pregunta el apóstol Pedro aclara lo que quiso decir en la anterior; es posible que pensara que aún cuando es maravilloso cuando Dios bendice a alguno como al paralítico sanado, no hay de que maravillarse en el conducto que Dios use; después de todo, maravilloso es Dios y lo que hace y no el medio que use (aunque también es grandioso ser usado por Dios). Este era el momento cumbre de Pedro y de Juan, de aquí podían saltar al pináculo de la fama, pero fueron lo suficientemente sobrios para no atribuirse mérito alguno; supieron decir que no era por su propio poder, es decir, capacidad para sanar a otros; ni por su propia “piedad”, esto es, tampoco habían hecho algo que los facultase para recibir dicho poder sanador. Hay quienes se jactan de ayunar y de orar mucho, o de su santidad y obediencia, o de su consagración y esfuerzo diciendo que por eso son instrumentos de Dios, ¡falso! “¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?” ¡Es sólo el poder y la misericordia de Dios! ¡Es sólo su gracia la que nos ha utilizado a nosotros, siervos inútiles e indignos! Así mismo, este versículo nos enseña a no poner los ojos en los hombres, aún cuando éstos fuesen Pedro y Juan (Pedro diría más adelante: “Yo mismo también soy hombre” Hch.10:26). Si Dios usa a alguno es porque Él desea hacer algo y no porque en tal persona “haya más sabiduría que en los demás vivientes” (Dn.2:30). Y si alguno es honrado por Dios de manera especial tampoco hay por qué sentir celos, “ninguno puede recibir nada a menos de que le haya sido dado del cielo” (Jn.3:26-27). Pedro y Juan eran verdaderos siervos de Dios, lo demostraron al no atribuirse gloria alguna por el milagro efectuado; “el que habla de sí mismo busca su propia gloria, pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero…” (Jn.7:18 Biblia de los Américas). A fin de cuentas, “no somos suficientes por nosotros mismos, como para pensar que algo proviene de nosotros, sino que nuestra suficiencia proviene de Dios” (2 Cor.3:5). En resumen, el testimonio de la iglesia es la gloria de Dios.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:13
3.13 En Abraham tenemos al padre de la fe; en Isaac al hijo obediente que fue ofrecido en sacrificio, y en Jacob a la transformación que efectúa el Espíritu Santo. En esta forma, el apóstol Pedro está presentando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como el gran Yo Soy, el Dios Verdadero (compare con Ex.3:14-15). La expresión: “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” presenta la naturaleza viva de Dios, ya que como expresa nuestro Señor Jesucristo a este respecto: “Yo Soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Dios no es Dios de muertos, sino de vivos” (Mt.22:32) como argumento del poder de la vida sobre la muerte, la realidad de la resurrección; denota que la vida es siempre presente y que los que son de Dios siempre viven; así que Israel era aún más condenable, pues mataron “al Autor de la vida” (vr.15), precisamente la encarnación del Dios de vida, es decir, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; el Dios Viviente (1 Jn.5:20). El Dios de nuestros padres –continúa el apóstol. Los judíos se enorgullecían de ser el pueblo de Dios; el Dios de sus padres había hecho maravillas para ellos desde la antigüedad, así que la mejor manera de impactarles era diciéndoles que era precisamente el mismo Dios quien estaba detrás de la obra del Señor Jesús. Ante esto, es seguro que nada les causaba más temor que darse cuenta que al matar a Jesús se habían opuesto directamente a su Dios. La gloria de una nación es reconocer a Dios como su Dios. El orgullo histórico de cualquier país consiste, no en sus héroes nacionales, ni en sus campañas militares, tampoco en la piedad de su pueblo, ni en la educación o progreso; el orgullo histórico de cualquier país consiste en tener al Dios de sus padres, el Verdadero Dios, como su Dios. Y así también, de manera respectiva, la ruina de un país comienza cuando Dios ya no es su Dios; entonces comienza el declive de pecado, miseria, injusticia, malos gobernantes, corrupción, violencia, y toda clase de bajezas a las que es envuelta una sociedad sin Dios, aún cuando diga profesarlo. De allí que Israel estaba a punto de desaparecer como nación; era tanto lo que habían desaprovechado, que era mucho lo que habrían de padecer. Ha glorificado a su Hijo Jesús. Los apóstoles siempre presentaban como prueba de la autenticidad mesiánica de Jesús el hecho de que Dios lo resucitó de entre los muertos. Y efectivamente, la evidencia de que todo lo que el Señor dijo sobre sí mismo era verdad es la resurrección. Habiendo el Padre levantado a su Hijo de entre los muertos glorificándole ha ratificado o dado su aprobación y testimonio de haberlo enviado Él. Sobre esta premisa descansa todo el cristianismo, si Jesús no hubiese resucitado vana sería nuestra fe, aún estaríamos en nuestros pecados y seríamos los más dignos de conmiseración (1 Cor.17-19). ¡Pero ahora, Cristo ha resucitado de los muertos! (1 Cor.15:20), así que todas las promesas y bendiciones divinas están al alcance. Acerca de la glorificación (gr. edoxasen). El término traducido glorificar, en griego doxazo, proviene primariamente de doxa (compare “doxología”, ortodoxia), que significa “una opinión, una estimación”, y de ahí el honor resultante de una buena opinión. De modo que la frase “ha glorificado a su Hijo Jesús” implica que Dios Padre dio su opinión acerca de su Hijo y ministerio, la cual fue excelente. Y la manera en que expresó su estimación fue resucitándole incorruptible; de ahí que el término “glorificación” se usa para referirse también al evento cuando Dios nos dé su aprobación resucitando a los creyentes muertos y transformando a los cuerpos de los vivos a un cuerpo “semejante a la gloria suya” (fil. 3:21). Hoy estamos en un cuerpo “corruptible, en deshonra y debilidad”, pero seremos “glorificados”; es decir, Dios transformará nuestro cuerpo para que sea incorruptible, de gloria y de poder (1 Cor.15:35-49). La glorificación es la aprobación de Dios manifestada en que el cuerpo de carne y sangre dará paso al cuerpo incorruptible especialmente creado para la inmortalidad (1 Cor.15:52-54). En Cristo, como primicias, ya sucedió. En nosotros, como cosecha, sucederá en el arrebatamiento de los santos en la venida del Señor. Con respecto a Cristo, vemos aquí también que se afirma que es Hijo de Dios, el Salvador (su Hijo, Jesús). Esto habla de su identidad (Él es Dios), y también de su misión (Él es Salvador). Sin embargo, aún cuando la traducción nuestra dice “Hijo”, el texto griego dice “Siervo” (gr. paida). Con todo, se le ha traducido Hijo, porque los antiguos usaban el término griego paida para referirse al “siervo” cuando hablaban en relación a lo social, pero “muchacho” “niño” en relación a la descendencia. Cristo Jesús es ambas cosas, Él es el Siervo de Yahwéh (Is.42:1; 50:10; 52:13), pero también es el Hijo de Dios (Pr.30:4; Mt.14:33; Mr.1:1; Jn.1:34,49; 3:18; 5:25; 11:4,27; 20:31) su “Muchacho” o “Niño” (Is.9:6). …a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad –sigue diciendo el texto. ¡Cuán terrible debió sonar esto a los oídos de los judíos presentes! Habían dado muerte al Enviado de Dios, al Mesías; y Dios mismo daba testimonio de ello resucitándole glorificado. Y dicha muerte era por demás grave, ya que el mismo procurador romano Pilato quiso soltarle, pues ni él encontró falta en Jesús (aunque también es probable que influyera en su decisión su rencor hacia los judíos, a los cuales no quería darles el gusto de matar a Jesús, inocente además). Así que los judíos eran doblemente culpables: transgresores por matar al Cristo; y además transgresores por hacerlo con mentiras. Mataron al Señor y Éste era inocente (Is.53:9; 2 Cor.5:21; Heb.4:15; 7:26; 1 P.2:22). Ellos lo entregaron: A la verdad, el Hijo del Hombre va, según está escrito de Él. Mas, ¡ay de aquel hombre por quien es entregado el Hijo del Hombre! Bueno le fuera a aquel hombre no haber nacido (Mt.26:24). Ellos lo negaron: y a cualquiera que le niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos (Mt.10:33). Y además le entregaron y negaron delante de un hombre miserable sin Dios, delante de Pilato. Negaron la Verdad delante del mentiroso. Negaron la Vida delante de uno muerto. Entregaron al Salvador a aquel que los esclavizaba. Con respecto a Pilato, su nombre era Poncio Pilato (Poncio, latín Pontius, indica que provenía de adopción; y Pilato, lat. Pilatus, “armado de pilum” jabalina. Aunque también puede derivarse del lat. Pileatus, “llevando el Pileuw”, gorro o emblema de libertad, reservado a un esclavo libertado; lo que haría de Pilato un liberto adoptado. ¡El esclavo liberado enjuiciando al Amo! Pilato fue el quinto procurador de Judea (26 d.C.) y era odiado por los judíos por sus múltiples desplantes y ofensas hacia ellos, como la vez que construyó un acueducto con el tesoro del Templo, el dinero sagrado provocando una revuelta que sometió con una matanza.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:14
3.14 Ya enardecido en el calor del momento, el apóstol Pedro enfatiza la culpa judía con el recurso de la repetición (compara el versículo anterior) y amplía el dramatismo al echarles en cara negar al Santo y al Justo pidiendo en su lugar a un homicida. Esa es la realidad del mundo sin Dios, ha preferido a Barrabás (Lc.23:16-23). El mundo elige por lo general a quien le trae muerte: el pecado; en lugar del que le trae vida: Jesucristo. Con respecto a los títulos “Santo y Justo”, hemos de ver que son eminentemente mesiánicos; así que los judíos comprendían que se les estaba acusando de matar al Mesías (Santo, Sal.16:10; 71:22; Is.10:20; 47:4; 48:17; Mr.1:24. Justo, Lv.19:36; Is.53:11; Hch.7:52; 22:14; 1 P.3:18; 1 Jn.2:1). Además, Santo y Justo es mucho más que inocente. Ser inocente implica estar limpio consciente del ataque del pecado y del mal. Ser inocente también implica no haber hecho nada indebido; pero ser Justo conlleva más que no hacer el mal, hacer el bien en congruencia a la ley divina.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:15
3.15 Esta es la paradoja final y el colmo de la ironía: matasteis al Autor de la vida; Pecaron contra el Santo; cometieron injusticia al Justo; fueron inmisericordes contra el Misericordioso; y odiaron al Amor. Matasteis al Autor de la vida. El libro de los Hechos trata de la extensión de la vida divina que se manifestó en la persona de Cristo. Él es el Autor de la vida, es decir, la vida misma y la fuente de toda vida (Jn.1:4; 11:25; 14:6; Col.3:4): porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó (1 Jn.1:2; 5:11). Ahora, por cuanto el Señor le ha resucitado de los muertos es que esta vida está extendiéndose a través de la iglesia, esto es lo que quiere decir el apóstol al afirmar: de lo cual nosotros somos testigos. La palabra griega para Autor aquí es archegos; significa primariamente “uno que acaudilla”, el que provee la primera ocasión de cualquier empresa. Habla de un príncipe o capitán a la vez que la fuente de donde procede tal cosa. Crisóstomo decía que significa que la vid que Él tenía no provenía de otro… Aquel que tiene la vida de y en sí mismo; quizá es lo que trataba de decirnos Juan cuando escribió inspirado por el Espíritu: Porque así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también dio al Hijo el tener vida en sí mismo (Jn.5:26) …así también el Hijo da vida a los que quiere (Jn.5:21). Nuevamente se da el testimonio apostólico: a Quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos. El testimonio de la resurrección del Señor Jesús era un tema fundamental en la expresión de la iglesia; esto es algo glorioso: ¡el Autor de la vida no está muerto, sino que fue resucitado! Porque vive Él puedo vivir mañana –dice un canto. Con respecto a que Dios le resucitó véase la nota alusiva en 2:24a. Y acerca de la iglesia como testigo véase las notas 1:8c sobre mártir y 2:32.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:16
3.16 El nombre de Jesús es poderoso y la llave que abre dicho poder es la fe. El Nombre denota la Persona, por lo cual, no es una palabra mágica con la que el hombre pueda lograr todas las cosas ha voluntad. El Nombre es del Señor, por lo que Él en su soberanía ha dispuesto como requisito la fe para su invocación y dicha fe sujeta a su Voluntad. De allí que todos los que traten de usar el Nombre de Jesús sin conocerle a Él, es decir, sin una fe experiencial personal, lejos de conseguir lo buscado serán avergonzados, como los siete hijos de Esceva, exorcistas ambulantes que sin conocer al Señor invocaron su Nombre contra un espíritu malo y tuvieron que huir desnudos y heridos (Hch.19:13-17). Pero aún cuando menciona la necesidad de la fe para invocar el Nombre del Señor, esto no significa fe en la fe, esto es, el milagro de sanidad no fue producido por la fe, sino por el Nombre, a saber, por el Señor. Es Dios el que hace las cosas, y las hace para beneficio de los que creen en Él. Por eso los apóstoles no se atribuyeron mérito alguno a sí mismos, y es también por eso que toda la iglesia pertenece únicamente al Señor (véase la nota 3:12). A éste, a saber, el paralítico sanado. Este hombre era conocido de todos los que regularmente asistían al templo (4:16), ya que tenía más de 40 años de edad y paralítico de nacimiento (4:22; 3:2), por lo que podemos suponer que llevaba ya muchos años día a día a la puerta “la Hermosa” en el templo. La expresión le ha confirmado su Nombre (literalmente “consolidó el Nombre de Él”) indica que en cierto modo el paralítico supo quién era Jesús, es fácil pensar que lo habría oído y quizá visto en el templo cuando lo limpió, así como cuando discutía con los principales sacerdotes; por lo que también debió haberse despertado en él cierta fe en Jesús, fe que fue confirmada con su sanidad. Y la fe que es por Él ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros (3:16c). La gramática castellana pudiera confundirnos y hacernos pensar que la fe produjo el milagro, pero no es la fe, sino el Objeto de la fe; es Dios honrando la fe. Sólo la fe que es por Él desencadena en milagros. Notemos cómo la sanidad es completa. El contexto así lo sugiere, pues le vemos en el templo saltando y alabando a Dios (vr.8); pero el énfasis en este versículo señala que este es un hecho sobresaliente. ¿Pudiera pensarse que Dios sane a alguno de su enfermedad paulatinamente o no del todo? Estamos entrando en terrenos pedregosos que sólo corresponden a la soberanía y voluntad divina.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:17
3.17 Pedro manifiesta humildad al llamar hermanos a los judíos (gr. adelphos); sin embargo, él es hijo de Dios por la fe (Jn.1:12; Rom.8:14), pero los judíos no lo eran por haber asesinado al Hijo de Dios (Jn.8:39-44). Con todo, el apóstol los llama hermanos, pues son su mismo pueblo (Rom. 9:3-8). La acusación de ignorancia en cierto modo es una disculpa, no del terrible crimen y sus subsecuente culpa, sino para una oportunidad de arrepentimiento y perdón (Nm.15:24-31); el Señor mismo dijo desde la cruz: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen lo que hacen (Lc.23:34). También el apóstol Pablo, cuando aún era el terrible Saulo de Tarso, enfrentó la misma culpa; él solía testificar: “…antes fui blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia…” (1 Tim.1:13). Tal fue la condición del pueblo de Israel ante la venida del Señor Jesucristo en su encarnación, una total ignorancia e incredulidad, aún en sus gobernantes (1Cor.2:8).
— Roberto Tinoco
Hechos 3:18
3.18 Lo que pareció iniciativa del malvado corazón israelita y de la envidia de sus líderes espirituales fue en realidad la ocasión e instrumento divino a través del cual Dios hizo su voluntad ya antes anunciada. ¡Qué terrible paradoja es que para el mayor bien hiciese falta el mayor mal! y también, ¡cuán frustrante será para el perseguidor descubrir que toda su ira y esfuerzo contribuyó a los planes del Perseguido! Todos los profetas anunciaron la muerte del Señor Jesús, lo que quiere decir que todo el Antiguo Testamento apunta al Calvario (vea la nota 2:23) (1Cor.15:3-4). El énfasis su Cristo implica que el Mesías es designado por Dios, por tanto, nadie puede nombrar a otro ni nombrarse a sí mismo como el Cristo.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:19
3.19 ¿De qué serviría la exhortación apostólica - por muy elocuente y verdadera que sea - si los oyentes no son confrontados con la conversión? El fin del mensaje no es la retórica ni la buena opinión del orador, sino el encuentro con Dios; el fin de todo discurso es este: teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre (Ecl.12:13). De modo que Pedro insta a los judíos a convertirse: arrepentíos y convertíos. El arrepentimiento es el cambio de mente (véase la nota 2:38b), en este caso, de manera de pensar respecto de Jesús; a quien rechazaron pero ahora debían aceptarlo como Mesías. La conversión implica el cambio de conducta (conversión, gr. epistrofe, “un giro en derredor”, “volverse de y volverse hacia”). En este caso, el arrepentimiento no era suficiente, sino que tenían que acompañarlo con la conversión; debían volverse de su dureza a la fe de Cristo, de su envidia a la devoción de Cristo, del judaísmo al cristianismo, de sí mismos a Dios. Sólo quien confiesa su pecado y se aparta alcanza misericordia (Pr.28:13). A fin de cuentas, la conversión demuestra el verdadero arrepentimiento. Dolerse del pecado sin cambiar de conducta es sólo remordimiento. Luego vemos el resultado del arrepentimiento y la conversión: para que sean borrados vuestros pecados. No dice que los pecados serán cubiertos, tampoco que serán perdonados; sino aún más que eso serán borrados (borrar, gr. exaleifo), no habrá más memoria de ellos. ¡Aleluya! Si pregunto a Dios: Señor, ¿ya me perdonaste aquel grave pecado que cometí cuando joven? Él responde: hijo, no se de qué pecado me hablas”. ¡Gloria a Dios! Esto es lo que todos deseamos alguna vez: volver a empezar con la cuenta a cero; y esto sólo es posible cuando arrepentidos nos convertimos a Cristo. Tal era el ruego del salmista cuando clamaba: ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones… esconde tu rostro de mis pecados y borra mis maldades (Sal.51:1,9). Esta es una obra única de Dios; en el mensaje de Pedro no hallamos ninguna confesión auricular como la del catolicismo, sino que la absolución del pecado es obra exclusiva de Dios: Yo, Yo Soy –dice Dios. El que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados. Yo deshice como una nube tus rebeliones y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí (Is.43:25; 44:22). El segundo beneficio anunciado por Pedro a sus oyentes si éstos se arrepentían y convertían es: para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio. Frase que alude al reino mesiánico (especialmente si lo vemos a la luz de los versículos 21 y 22 y si consideramos que la traducción literal de “tiempos” es “sazones o dispensaciones”, es decir, la dispensación milenial; compare con 1:7); pero que también señala el anticipo de dicho reino experimentado hoy por la fe en Jesucristo. Es un refrigerio el no sentir más la terrible carga de la culpa de los pecados, especialmente la culpa de la cruz de Cristo; es un refrigerio ser desatado del pecado del mundo; es un refrigerio el volver a estar en paz con Dios. En cierto modo, la justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo que podemos experimentar en este tiempo al venir a Cristo son una garantía y una semilla de la clase de reino mesiánico que el mundo entero experimentará para la venida del Señor; esto es, al convertirme a Cristo hubo refrigerio para mi alma; mas cuando Cristo venga y el mundo entero sea puesto bajo su gobierno; el refrigerio será mundial. Si hoy puedo ser feliz por la fe en Cristo, ¡cuánto más no lo seré con el cumplimiento de la fe con Cristo presente! Debemos entender también aquí por el Señor a Dios puesto que Él enviará a Jesucristo (comp.vr.20).
— Roberto Tinoco
Hechos 3:20
3.20 Él es Dios, el Señor. El texto no dice que sea el Padre, sino sólo Él Señor; y al no dirigirse a Jesucristo como el Hijo debemos entender que se refiere a Dios, al Dios Triuno y no meramente ni administrativamente al Padre. En el plan eterno de Dios, Él designó (literalmente: “previamente designado”) que fuese Jesús Cristo el enviado. Cristo Jesús es el apóstol, el enviado de Dios (Heb.3:1). Ahora Pedro hace referencia a la segunda venida. Tal parece que el apóstol Pedro está dando una cápsula de enormes verdades bíblicas de gran trascendencia y duración cronológica en los versículos 19, 20 y 21. Habla de conversión a Cristo (19a); de tiempo de gracia (19b), de la segunda venida (20); y del milenio (vr.21). ¡Magistral! Podemos mirar también aquí, según los versículos 19 y 20 que es necesaria la conversión de Israel para la venida del Señor. Con respecto a la venida del Señor, será literal (Hch.1:11); visible (Hch.1:11; Ap.1:7; Mt.24:30); y gloriosa (Mt.16:27; 25:31). Es la promesa del Señor (Jn.14:1-3); la esperanza cristiana (1 Ts.1:9-10; Tit.2:12-13); y la palabra final de la Biblia (Ap.22:20).
— Roberto Tinoco
Hechos 3:21
3.21 Este versículo implica el paréntesis de la gracia entre su ascensión y su retorno. Pedro lo dice brevemente pero conlleva todos los acontecimientos de la era de la iglesia durante cientos de años (quizá Pedro ignoraba esto). A quien, se refiere al Señor Jesucristo. …este mismo Jesús.,.. (Hch.1:11). Es necesario que el cielo reciba hasta… es la manifestación escrita del plan divino; significa que Dios tiene todo previsto anticipadamente (Ef.1:9-11; 3:11); y en este plan está trazado que el Señor Jesucristo permanezca en el cielo durante los tiempos de refrigerio, a saber, la dispensación de la gracia. Durante este tiempo el Señor está edificando su casa y lógicamente ningún importante y poderoso habita la casa hasta que no la termina, es en este sentido que es necesario que el Señor permanezca en el cielo, al menos por un tiempo. Los tiempos de la restauración de todas las cosas, frase rica en significado: en griego cronos apokatastásis quiere decir el cumplimiento de la reorganización (véase la nota correspondiente en Hch1:7). Cronos, denota un lapso de tiempo, define un momento de tiempo, una fecha (distíngasele de kairos, que implica las características de un periodo de tiempo en sí). Y apokatastásis, de apo, “de vuelta”, “de nuevo”; y katistemi, “poner en orden”. Cronos apokatastásis se refiere entonces a un momento específico, una fecha de cumplimiento en la cual Dios reorganizará el mundo a su estado original. Cronos apokatastásis se llevará a cabo a partir del retorno del Señor. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será liberada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora… esperando la adopción, la redención… (Rom.8:20-23). Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia (2 P.3:13). Y Jesús les dijo: de cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido os sentaréis sobre doce tronos… (Mt.19:28). Por otro lado, algunos (a quienes llamaremos universalistas) intentaron ver en la frase “de todas las cosas” la salvación de todos los hombres, ¡quisiera que esto pudiera ser así! Incluso algunos caen en el absurdo de ver la restauración del mismo satanás y sus ángeles; sin embargo esto no es así, ya que la expresión “de todas las cosas” va ligada a “que habló Dios por boca de sus santos profetas”; es decir, Dios restaurará todas las cosas que anunció que habría de restaurar. De que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo. La enseñanza de la restauración de la creación no es una doctrina nueva, no es el invento de Pedro ni una nueva revelación, sino que nació en la mente de Dios en su omnisciencia eterna y la dio a conocer anticipadamente a través del ministerio profético antiguotestamentario. Es maravilloso saber que Dios no hará nada sin antes anunciarlo a través de sus profetas (Gn.18:17). Con respecto a la expresión santos profetas (gr. agios prophetes), el oficio profético, lo que finalmente resulta en la conducta adecuada para lo que se ha sido separado (Rom.6:19,22; Is.6:1-6; 1Ts.4:3-7; 1Tim.2:1,5; Heb.12:14); en este caso, proclamar públicamente el mensaje divino. …desde tiempo antiguo, mejor traducido como “desde el siglo”.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:22
3.22-23 Esta porción nos remonta al Antiguo Testamento (Deut.18). Cuando Moisés dijo estas cosas tenía como marco la entrada próxima del pueblo de Israel a la tierra de Canaán, por lo que Moisés estaba intentando desalentar al pueblo con respecto a la idolatría. Moisés sabía que una vez que tuvieran contacto con los cananitas serían tentados a consultar a los ídolos tratando de conocer el futuro, por lo que se los prohíbe (Dt.18:9-14) y les anuncia la forma en la cual conocerán la voluntad de Dios: Dios les levantaría profeta como Moisés entre ellos (Dt.18:15-18). Moisés fue seguido por muchos profetas genuinos, pero su profecía tenía un alcance mucho mayor, ya que apuntaba a Cristo Jesús. Los judíos supieron esto a lo largo de los siglos, de allí que, al intentar saber la identidad de Juan el Bautista le preguntaron: ¿eres tú el (y no un) profeta? (Jn.1:21). Sólo el Señor Jesucristo podía ser un profeta como Moisés y aún mayor, porque de tanto mayor gloria que Moisés es estimado digno éste, cuanto tiene mayor honra que la casa el que la hizo (Heb.3:3-6). Así como Moisés dio el antiguo pacto, el Señor Jesús trajo el nuevo Pacto: la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron per medio de Jesucristo (Jn.1:17). Heb.8:6 dice que Cristo es mediador de un mejor Pacto. Todo esto significa que cuando Pedro les cita a Moisés para señalar en Cristo el cumplimiento del Profeta esperado, que toda consulta que hagan fuera de Él es idolatría aunque se trate del Antiguo Pacto; así como también, que la ley ha dado paso a un Nuevo Pacto. De allí que el versículo 23 contenga tal advertencia: toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigado del pueblo. Los judíos se habían acostumbrado a lo largo de los siglos a los profetas y en la dureza de su corazón rechazaban a quienes Dios les enviaba, por eso resistieron también al mismo Señor Jesús, el Profeta por excelencia; con la diferencia de que el rechazo de Cristo era infinitamente más grave que el rechazo de cualquier otro profeta, la pena era ser desarraigado del pueblo, es decir, quedar ajeno a los pactos y promesas de Dios y ser condenado (Ef.2:12). Los judíos rechazaron a Cristo quedándose con un pacto roto, un pacto que ya no existía, por eso dejaron de ser pueblo; y sólo podrán volver a serlo si se convierten a Cristo (Rom.11:23). Por otro lado, si comparamos las palabras de Pedro (Hch.3:23) con la referencia antiguotestamentaria (Dt.18:19) encontramos que la cláusula final es distinta. Deuteronomio dice “yo le pediré cuenta”, mientras que Hechos afirma “será desarraigado de su pueblo”. Esto se debe a que en principio Moisés se refería a Josué, como el profeta que habría de sucederle para introducir al pueblo a Canaán; pero Pedro habla de Cristo, el nuevo y verdadero Josué (en hebreo Joshua, en gr. Iesous, Jesús; que significan “Yahwéh es Salvación”), quien nos introduce en la Canaán celestial, en el reposo de Dios. Lógicamente, quien no escuchara a Josué daría cuentas a Dios, pero quien no escucha a Cristo ya ha dado cuentas a Dios, rechazándole, por lo que es desarraigado.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:23
3.22-23 Esta porción nos remonta al Antiguo Testamento (Deut.18). Cuando Moisés dijo estas cosas tenía como marco la entrada próxima del pueblo de Israel a la tierra de Canaán, por lo que Moisés estaba intentando desalentar al pueblo con respecto a la idolatría. Moisés sabía que una vez que tuvieran contacto con los cananitas serían tentados a consultar a los ídolos tratando de conocer el futuro, por lo que se los prohíbe (Dt.18:9-14) y les anuncia la forma en la cual conocerán la voluntad de Dios: Dios les levantaría profeta como Moisés entre ellos (Dt.18:15-18). Moisés fue seguido por muchos profetas genuinos, pero su profecía tenía un alcance mucho mayor, ya que apuntaba a Cristo Jesús. Los judíos supieron esto a lo largo de los siglos, de allí que, al intentar saber la identidad de Juan el Bautista le preguntaron: ¿eres tú el (y no un) profeta? (Jn.1:21). Sólo el Señor Jesucristo podía ser un profeta como Moisés y aún mayor, porque de tanto mayor gloria que Moisés es estimado digno éste, cuanto tiene mayor honra que la casa el que la hizo (Heb.3:3-6). Así como Moisés dio el antiguo pacto, el Señor Jesús trajo el nuevo Pacto: la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron per medio de Jesucristo (Jn.1:17). Heb.8:6 dice que Cristo es mediador de un mejor Pacto. Todo esto significa que cuando Pedro les cita a Moisés para señalar en Cristo el cumplimiento del Profeta esperado, que toda consulta que hagan fuera de Él es idolatría aunque se trate del Antiguo Pacto; así como también, que la ley ha dado paso a un Nuevo Pacto. De allí que el versículo 23 contenga tal advertencia: toda alma que no oiga a aquel profeta, será desarraigado del pueblo. Los judíos se habían acostumbrado a lo largo de los siglos a los profetas y en la dureza de su corazón rechazaban a quienes Dios les enviaba, por eso resistieron también al mismo Señor Jesús, el Profeta por excelencia; con la diferencia de que el rechazo de Cristo era infinitamente más grave que el rechazo de cualquier otro profeta, la pena era ser desarraigado del pueblo, es decir, quedar ajeno a los pactos y promesas de Dios y ser condenado (Ef.2:12). Los judíos rechazaron a Cristo quedándose con un pacto roto, un pacto que ya no existía, por eso dejaron de ser pueblo; y sólo podrán volver a serlo si se convierten a Cristo (Rom.11:23). Por otro lado, si comparamos las palabras de Pedro (Hch.3:23) con la referencia antiguotestamentaria (Dt.18:19) encontramos que la cláusula final es distinta. Deuteronomio dice “yo le pediré cuenta”, mientras que Hechos afirma “será desarraigado de su pueblo”. Esto se debe a que en principio Moisés se refería a Josué, como el profeta que habría de sucederle para introducir al pueblo a Canaán; pero Pedro habla de Cristo, el nuevo y verdadero Josué (en hebreo Joshua, en gr. Iesous, Jesús; que significan “Yahwéh es Salvación”), quien nos introduce en la Canaán celestial, en el reposo de Dios. Lógicamente, quien no escuchara a Josué daría cuentas a Dios, pero quien no escucha a Cristo ya ha dado cuentas a Dios, rechazándole, por lo que es desarraigado.
— Roberto Tinoco
Hechos 3:24
3.24 Para los judíos, los escritos proféticos se dividían en Moisés y los profetas; en los versículos anteriores el apóstol Pedro anuncia el cumplimiento del Pentateuco en Cristo; ahora toma la figura de Samuel, a quien los judíos consideraban el primero de la lista o periodo de los profetas para dar de lleno a todas las expectativas judías: Cristo Jesús es el cumplimiento de lo que los profetas anunciaron. Samuel fue el primer profeta en ungir a uno por rey sobre Israel, es decir, en levantar a Israel como un reino. Cristo Jesús es el Verdadero Samuel, quien establece el reino de Dios, de donde Él mismo es el Ungido Rey. Samuel significa “Dios ha oído” porque fue dado como resultado de la oración sin voz audible de su madre ante su esterilidad (1 Sm.1:10-17); mas Cristo es el enviado de Dios, por cuanto Dios oyó la callada oración de su pueblo estéril. Samuel fue dedicado a Dios todos los días de su vida y Cristo lo es aún más por la eternidad. Es también este versículo un testimonio de la unicidad del contenido, mensaje y propósito de todos los profetas, los cuales no podían hablar cosas diferentes o contrarias entre sí, puesto que uno sólo es el Espíritu que los inspiró. Esta será siempre la prueba más eficaz acerca de la veracidad de un profeta. “…estos días”, señalan el tiempo de la gracia. ¡Bendito sea Dios: “estos días” profetizados son los nuestros!
— Roberto Tinoco
Hechos 3:25
3.25 El apóstol elogia a sus oyentes a la vez que los compromete al decirles que son hijos de los profetas; por lo cual, si en verdad son hijos de los profetas y éstos hablaron de Cristo Jesús, entonces ellos deben seguir sus pisadas rindiéndose al Mesías que sus padres anunciaron. Pero más allá de esto, son hijos del Pacto que Dios hizo con sus padres, es decir, no pueden eludir el convertirse a Cristo por cuanto ese es el acuerdo que hicieron con el mismo Dios. Pacto, en hebreo es berit, significa “alianza; convenio, acuerdo; confederación”. Berit se deriva de raíz acádica que significa “encadenar, poner grillos”. En principio, la iniciativa de los pactos bíblicos es de Dios; sin embargo, demandan la fidelidad y obediencia de los hombres para recibir los beneficios de los pactos (Dt.4:6; 6:5; Ex.19:5-8; Dt.8:1), sin que esto signifique una condicionante de la gracia divina, sino sólo una respuesta a la propuesta Divina. La Biblia entera es un pacto entre Dios y el hombre, por eso se divide entre Antiguo y Nuevo Testamento, y de manera más directa, Israel está juramentado con Dios en un pacto permanente, es decir, el Antiguo Pacto les anuncia al Mesías que habría de venir, y el Nuevo Pacto continúa esta relación como el cumplimiento de las profecías: el Mesías ha venido. Siendo los judíos hijos del Pacto que Dios hizo con sus padres no pueden eludir sin castigo su conversión al Mesías acordado por dicho Pacto, están encadenados y con grillos a Cristo ya de antemano y toda desobediencia o incredulidad quebranta el Pacto con Dios y les es por afrenta. Los oyentes israelitas entendían bien que el apóstol Pedro estaba haciendo referencia a las promesas y obligaciones del Acuerdo: en tu descendencia serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste mi voz (Gn.22:18). Los hijos son los herederos: que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas (Rom.9:4).
— Roberto Tinoco
Hechos 3:26
3.26 Este es el privilegio de los hijos de los profetas, que sean ellos los primeros en tener la oportunidad de convertirse a Cristo. De ellos y a ellos vino el Mesías primeramente, aún cuando la bendición sea para todas las familias de la tierra. La expresión habiendo levantado a su Hijo debe entenderse a la luz del versículo 22 que cita: el Señor vuestro Dios os levantará profeta…; así como también, en relación al versículo 25 que dice: en tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra. De modo que se refiere a la venida y ministerio mesiánico del Señor Jesucristo en su encarnación, el evangelio completo. Su propósito: para que os bendijese; a saber, la bendición de Abraham ya citada. Y su resultado: a fin de que cada uno se convierta de su maldad; entendiéndose por esto la conversión a Cristo.
— Roberto Tinoco