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Romanos 6
Cristo quebró el poder del pecado
1¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde?🗨📝 2En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?🗨📝 3¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?🗨📝 4Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.🗨📝 5Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección;🗨📝 6sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado.🗨📝 7Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado.🗨📝 8Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él;🗨📝 9sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él.🗨📝 10Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive.🗨📝 11Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.🗨📝 12No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias;🗨📝 13ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia.🗨📝 14Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.🗨📝 15¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera.🗨📝 16¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?🗨📝 17Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados;🗨📝 18y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.🗨📝 19Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia.🗨📝 20Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia.🗨📝 21¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte.🗨📝 22Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.🗨📝 23Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Romanos 6: RV60
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Romanos 6:1
6.1-2 Los últimos versículos del capítulo anterior aseveran que la gracia de Dios ha sido más abundante donde más se ha necesitado, es decir, si abunda el pecado, la gracia sobreabunda. Sin embargo, esto pudiera dar una mala idea a quien está habituado al pecado, llevándolo a procurar más de dicha conducta, con la excusa de buscar aún más gracia. Esa forma de pensar es abusar de la gracia. Por tanto, Pablo aclara que la vida cristiana es una nueva vida y la anterior vida pecaminosa ha muerto o ha sido finiquitada, así que no es posible vivir o practicar lo que ha muerto. Los muertos no pecan. No somos un viejo hombre reformado, sino una nueva creación en Cristo.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:2
6.1-2 Los últimos versículos del capítulo anterior aseveran que la gracia de Dios ha sido más abundante donde más se ha necesitado, es decir, si abunda el pecado, la gracia sobreabunda. Sin embargo, esto pudiera dar una mala idea a quien está habituado al pecado, llevándolo a procurar más de dicha conducta, con la excusa de buscar aún más gracia. Esa forma de pensar es abusar de la gracia. Por tanto, Pablo aclara que la vida cristiana es una nueva vida y la anterior vida pecaminosa ha muerto o ha sido finiquitada, así que no es posible vivir o practicar lo que ha muerto. Los muertos no pecan. No somos un viejo hombre reformado, sino una nueva creación en Cristo.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:3
6.3-4 Siguiendo el pensamiento anterior, se explica cual es la forma mediante la cual se ha puesto fin al viejo hombre y dado lugar a una nueva vida. Esta forma es representada en el bautismo en agua. No debemos ignorar que al ser bautizados no pasamos meramente por un rito externo religioso, sino por la experiencia de reconocer nuestra muerte, ser sepultado y resucitar en total identificación con Cristo. Es decir, por la fe en Cristo el bautismo nos introdujo en Él; ya no estamos en Adán y su naturaleza caída, sino en Cristo y su nueva vida. El cristianismo no consiste en mejorar nuestra vida a partir de nuestra condición o cómo estábamos al escuchar el evangelio; sino de una muerte y resurrección. La vieja vida termina y empieza la nueva. Existe una famosa novela, de la cual se han hecho varias películas, llamada “El Conde de Montecristo”. Esta es una obra literaria de género romántico que fue escrita por el francés Alexandre Dumas en 1844 (autor también de “los tres mosqueteros” y de más de 1200 obras más). En dicha novela, se relata la historia ficticia de un hombre que fue engañado por un falso amigo y mandado injustamente a una isla prisión llamada “Montecristo” para robarle el amor de su vida. Ya en la cárcel, el protagonista hace amistad con otro preso que además de enseñarle en toda clase de artes y ciencias, le da el secreto de un gran tesoro que tiene escondido. Con el tiempo el prisionero amigo muere y el protagonista se hace pasar como muerto por él metiéndose en su lugar al saco mortaja, a fin de escapar siendo arrojado al mar. De esta manera, se queda con las riquezas de su amigo muerto y emprende el viaje para recuperar a su amada ya convertido en “el conde de Montecristo”. Esta es la misma historia de nosotros los creyentes. Fuimos engañados y vendidos como esclavos; sin embargo, en nuestra miseria conocimos a “otro”, a Cristo, el Amigo fiel que se humilló a sí mismo hasta la peor de las muertes y que, con su pobreza nos enriqueció dándonos nombre de hijos y de herederos del Padre Celestial. Él nos ha dado vida y nueva identidad para recuperar a la Amada, la Iglesia. Cuando Cristo murió, también nosotros morimos con Él. Cuando Cristo fue sepultado, también nosotros descendimos con Él al Seol. Cuando Cristo resucitó, también nosotros salimos de la tumba juntamente con Él y fuimos sentados en lugares celestiales con Cristo como hijos y herederos de Dios. Esto no es algo simbólico, ni algo que pasará. Esto es un hecho consumado ciertísimamente en Cristo. En el bautismo en agua recreamos esta experiencia de muerte, sepultura y resurrección. La muerte de Cristo es histórica. Esta es la muerte de Cristo. Cristo verdaderamente murió como hombre en la cruz del Calvario. Incontables personas han dado sus vidas como testigos de esta verdad. “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3-4). La muerte de Cristo es corporativa. Esta es la muerte en Cristo. La muerte de Cristo no sólo fue su muerte, sino nuestra propia muerte también. Estamos hablando de nuestro propio funeral. Como leímos: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Rom. 6:3-4). Cuando una mujer embarazada muere, no sólo muere ella, sino el bebé que se encuentra en ella. Estamos en Cristo y toda su experiencia es nuestra experiencia. La muerte de Cristo es eficaz. Esta es la muerte con Cristo. Al morir juntamente con Cristo ciertamente no morimos para Dios; puesto que para Él todos viven. Entonces, ¿para quién morimos? La respuesta es que morimos para el sistema del mundo sin Dios (Rom. 6:8-14). Al visitar la tumba de mis padres; en realidad no tuve ningún contacto ni relación con ellos. Dice Eclesiastés 9:5-6 que “no tienen más parte en lo que se hace debajo del sol”. El bautismo en aguas, como una costumbre oriental, es bien entendida por el judaísmo, el hinduismo y el islamismo; grupos religiosos que perseguirán a un cristiano sólo hasta después de que este se bautice; entendiendo con ello que ha roto toda relación con ellos; ¡incluso algunos (hinduismo) llevan a cabo un funeral del bautizado cuando es familiar suyo, para olvidarle por haberse convertido al cristianismo! La sepultura de Cristo es histórica. Esta es la sepultura de Cristo. Jesús fue sepultado rápidamente, pues se acercaba el sábado doble, el reposo de gran solemnidad y no podían dejar el cuerpo muerto de Cristo colgado, pues esto traería maldición a la ciudad de Jerusalén (Mateo 27:57-60; Hechos 13:35-37). La sepultura de Cristo es corporativa. Esta es la sepultura en Cristo. La Biblia no sólo habla de que Cristo fue sepultado; sino de que también nosotros fuimos sepultados juntamente con Él: “Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (Col. 2:12). “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:27). Y así como el cuerpo de Cristo no conoció corrupción a pesar de muerto; así también la iglesia, el cuerpo de Cristo, no conoce corrupción, a pesar de las apariencias. Una gran Roca protege esta “tumba”. La sepultura de Cristo es eficaz. Esta es la sepultura con Cristo. La idea principal de esta sepultura es dejar el pasado en el pasado. Con justa razón dijo el ángel: “¿por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (Lucas 24:5). La resurrección de Cristo es histórica. Esta es la resurrección de Cristo. El punto cardinal de la fe cristiana es la resurrección de Cristo: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14). Por eso es que los primeros cristianos eran llamados a ser “testigos de la resurrección de Cristo” y estuvieron dispuestos a morir por dicho testimonio. Estaban plenamente convencidos de la resurrección (Lucas 24:39-46). Si Cristo no hubiera resucitado, con mostrar el cuerpo habría sido suficiente para detener el cristianismo. Lógicamente, los asustados discípulos no iban a desafiar al imperio romano. La resurrección de Cristo es corporativa. Esta es la resurrección en Cristo. Nuevamente, cuando Cristo resucitó, nosotros estábamos resucitando en Él. Ya hemos probado el poder sobrenatural de la vida. “Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (Col. 2:12). Dentro de mi cuerpo existen muchos microorganismos más. Si yo cruzo una alberca a nado, dichos microorganismos cruzarán también conmigo y saldrán del otro lado cuando yo salga del agua. Cuando Cristo cruzó la muerte, nosotros la cruzamos con Él. Eso es lo que significa el bautismo. La resurrección de Cristo es eficaz. Esta es la resurrección con Cristo. Si morimos para el mundo, ahora vivimos sólo para Dios por haber resucitado juntamente con Él. El bautismo en agua nos habla de nueva vida y de limpieza (Rom. 6:7-14). Un asesino que muere ya no es enjuiciado y tampoco puede seguir haciendo mal Lo mismo sucede con un pecador que se convierte a Cristo respecto del reino de los cielos.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:4
6.3-4 Siguiendo el pensamiento anterior, se explica cual es la forma mediante la cual se ha puesto fin al viejo hombre y dado lugar a una nueva vida. Esta forma es representada en el bautismo en agua. No debemos ignorar que al ser bautizados no pasamos meramente por un rito externo religioso, sino por la experiencia de reconocer nuestra muerte, ser sepultado y resucitar en total identificación con Cristo. Es decir, por la fe en Cristo el bautismo nos introdujo en Él; ya no estamos en Adán y su naturaleza caída, sino en Cristo y su nueva vida. El cristianismo no consiste en mejorar nuestra vida a partir de nuestra condición o cómo estábamos al escuchar el evangelio; sino de una muerte y resurrección. La vieja vida termina y empieza la nueva. Existe una famosa novela, de la cual se han hecho varias películas, llamada “El Conde de Montecristo”. Esta es una obra literaria de género romántico que fue escrita por el francés Alexandre Dumas en 1844 (autor también de “los tres mosqueteros” y de más de 1200 obras más). En dicha novela, se relata la historia ficticia de un hombre que fue engañado por un falso amigo y mandado injustamente a una isla prisión llamada “Montecristo” para robarle el amor de su vida. Ya en la cárcel, el protagonista hace amistad con otro preso que además de enseñarle en toda clase de artes y ciencias, le da el secreto de un gran tesoro que tiene escondido. Con el tiempo el prisionero amigo muere y el protagonista se hace pasar como muerto por él metiéndose en su lugar al saco mortaja, a fin de escapar siendo arrojado al mar. De esta manera, se queda con las riquezas de su amigo muerto y emprende el viaje para recuperar a su amada ya convertido en “el conde de Montecristo”. Esta es la misma historia de nosotros los creyentes. Fuimos engañados y vendidos como esclavos; sin embargo, en nuestra miseria conocimos a “otro”, a Cristo, el Amigo fiel que se humilló a sí mismo hasta la peor de las muertes y que, con su pobreza nos enriqueció dándonos nombre de hijos y de herederos del Padre Celestial. Él nos ha dado vida y nueva identidad para recuperar a la Amada, la Iglesia. Cuando Cristo murió, también nosotros morimos con Él. Cuando Cristo fue sepultado, también nosotros descendimos con Él al Seol. Cuando Cristo resucitó, también nosotros salimos de la tumba juntamente con Él y fuimos sentados en lugares celestiales con Cristo como hijos y herederos de Dios. Esto no es algo simbólico, ni algo que pasará. Esto es un hecho consumado ciertísimamente en Cristo. En el bautismo en agua recreamos esta experiencia de muerte, sepultura y resurrección. La muerte de Cristo es histórica. Esta es la muerte de Cristo. Cristo verdaderamente murió como hombre en la cruz del Calvario. Incontables personas han dado sus vidas como testigos de esta verdad. “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Cor. 15:3-4). La muerte de Cristo es corporativa. Esta es la muerte en Cristo. La muerte de Cristo no sólo fue su muerte, sino nuestra propia muerte también. Estamos hablando de nuestro propio funeral. Como leímos: “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Rom. 6:3-4). Cuando una mujer embarazada muere, no sólo muere ella, sino el bebé que se encuentra en ella. Estamos en Cristo y toda su experiencia es nuestra experiencia. La muerte de Cristo es eficaz. Esta es la muerte con Cristo. Al morir juntamente con Cristo ciertamente no morimos para Dios; puesto que para Él todos viven. Entonces, ¿para quién morimos? La respuesta es que morimos para el sistema del mundo sin Dios (Rom. 6:8-14). Al visitar la tumba de mis padres; en realidad no tuve ningún contacto ni relación con ellos. Dice Eclesiastés 9:5-6 que “no tienen más parte en lo que se hace debajo del sol”. El bautismo en aguas, como una costumbre oriental, es bien entendida por el judaísmo, el hinduismo y el islamismo; grupos religiosos que perseguirán a un cristiano sólo hasta después de que este se bautice; entendiendo con ello que ha roto toda relación con ellos; ¡incluso algunos (hinduismo) llevan a cabo un funeral del bautizado cuando es familiar suyo, para olvidarle por haberse convertido al cristianismo! La sepultura de Cristo es histórica. Esta es la sepultura de Cristo. Jesús fue sepultado rápidamente, pues se acercaba el sábado doble, el reposo de gran solemnidad y no podían dejar el cuerpo muerto de Cristo colgado, pues esto traería maldición a la ciudad de Jerusalén (Mateo 27:57-60; Hechos 13:35-37). La sepultura de Cristo es corporativa. Esta es la sepultura en Cristo. La Biblia no sólo habla de que Cristo fue sepultado; sino de que también nosotros fuimos sepultados juntamente con Él: “Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (Col. 2:12). “Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:27). Y así como el cuerpo de Cristo no conoció corrupción a pesar de muerto; así también la iglesia, el cuerpo de Cristo, no conoce corrupción, a pesar de las apariencias. Una gran Roca protege esta “tumba”. La sepultura de Cristo es eficaz. Esta es la sepultura con Cristo. La idea principal de esta sepultura es dejar el pasado en el pasado. Con justa razón dijo el ángel: “¿por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (Lucas 24:5). La resurrección de Cristo es histórica. Esta es la resurrección de Cristo. El punto cardinal de la fe cristiana es la resurrección de Cristo: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe” (1 Corintios 15:14). Por eso es que los primeros cristianos eran llamados a ser “testigos de la resurrección de Cristo” y estuvieron dispuestos a morir por dicho testimonio. Estaban plenamente convencidos de la resurrección (Lucas 24:39-46). Si Cristo no hubiera resucitado, con mostrar el cuerpo habría sido suficiente para detener el cristianismo. Lógicamente, los asustados discípulos no iban a desafiar al imperio romano. La resurrección de Cristo es corporativa. Esta es la resurrección en Cristo. Nuevamente, cuando Cristo resucitó, nosotros estábamos resucitando en Él. Ya hemos probado el poder sobrenatural de la vida. “Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos” (Col. 2:12). Dentro de mi cuerpo existen muchos microorganismos más. Si yo cruzo una alberca a nado, dichos microorganismos cruzarán también conmigo y saldrán del otro lado cuando yo salga del agua. Cuando Cristo cruzó la muerte, nosotros la cruzamos con Él. Eso es lo que significa el bautismo. La resurrección de Cristo es eficaz. Esta es la resurrección con Cristo. Si morimos para el mundo, ahora vivimos sólo para Dios por haber resucitado juntamente con Él. El bautismo en agua nos habla de nueva vida y de limpieza (Rom. 6:7-14). Un asesino que muere ya no es enjuiciado y tampoco puede seguir haciendo mal Lo mismo sucede con un pecador que se convierte a Cristo respecto del reino de los cielos.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:5
6.5-6 Ser plantados es “crecer juntamente” (griego súmfutos); esto es, unirse de tal modo a Cristo que su muerte es la nuestra y así mismo su resurrección es nuestra resurrección. Como Él llegó a vivir resucitado, así nosotros tenemos en Él una vida sobrenatural como hijos de Dios. Lo que fuimos ya murió y lo que seremos está creciendo. Lo que originaba nuestros impulsos pecaminosos fue destruido en la cruz, a fin de darnos la posibilidad de vivir libres del pecado. No se puede tentar a un muerto con éxito ya que no reaccionará al pecado; así debe verse el cristiano en Cristo, incapaz de reaccionar a la antigua manera de vivir. La planta es una con la tierra. Allí están sus raíces y su posibilidad de vida. El apóstol Pablo habla de la santificación desde una posición orgánica, no como un esfuerzo humano, sino como el resultado natural de la vida de Cristo en nosotros. Vida que santifica ahora y que glorificará después cuando llegue el día de la resurrección. Quien fuimos está muerto, crucificado con Cristo cuando Cristo fue crucificado. No debemos considerarnos pecadores sino resucitados. Nuestro yo pecador ya ha muerto; no tenemos por qué seguir siendo esclavos del pecado; nuestro viejo y malvado amo ya murió. Hay presencia del pecado en nuestra carne; pero ya no tiene poder sobre nosotros. El viejo hombre es la inclinación al pecado que hay en la humanidad. Heredado de Adán; es estar en Adán. Dios le puso una trampa al pecado y a dicha inclinación al hacerse hombre y morir. El pecado era poderoso a causa de la inclinación a pecar por parte de la carne del hombre; así que había que quitar dicha inclinación de la carne. Por esta razón es que el Verbo se hizo carne (Juan 1:14); y murió en la carne (1 Pedro 3:18); para destruir el pecado en la carne. Debes saber que la persona que fuiste la crucificaron; esa maldad está destruida. Lo que fuiste ya no eres más. Lo que heredaste de inclinación al mal fue destruido. Se que esto será una realidad del todo en el cuerpo glorificado, pero puedes identificarte con Cristo por la fe viviendo en la realidad anticipadamente.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:6
6.5-6 Ser plantados es “crecer juntamente” (griego súmfutos); esto es, unirse de tal modo a Cristo que su muerte es la nuestra y así mismo su resurrección es nuestra resurrección. Como Él llegó a vivir resucitado, así nosotros tenemos en Él una vida sobrenatural como hijos de Dios. Lo que fuimos ya murió y lo que seremos está creciendo. Lo que originaba nuestros impulsos pecaminosos fue destruido en la cruz, a fin de darnos la posibilidad de vivir libres del pecado. No se puede tentar a un muerto con éxito ya que no reaccionará al pecado; así debe verse el cristiano en Cristo, incapaz de reaccionar a la antigua manera de vivir. La planta es una con la tierra. Allí están sus raíces y su posibilidad de vida. El apóstol Pablo habla de la santificación desde una posición orgánica, no como un esfuerzo humano, sino como el resultado natural de la vida de Cristo en nosotros. Vida que santifica ahora y que glorificará después cuando llegue el día de la resurrección. Quien fuimos está muerto, crucificado con Cristo cuando Cristo fue crucificado. No debemos considerarnos pecadores sino resucitados. Nuestro yo pecador ya ha muerto; no tenemos por qué seguir siendo esclavos del pecado; nuestro viejo y malvado amo ya murió. Hay presencia del pecado en nuestra carne; pero ya no tiene poder sobre nosotros. El viejo hombre es la inclinación al pecado que hay en la humanidad. Heredado de Adán; es estar en Adán. Dios le puso una trampa al pecado y a dicha inclinación al hacerse hombre y morir. El pecado era poderoso a causa de la inclinación a pecar por parte de la carne del hombre; así que había que quitar dicha inclinación de la carne. Por esta razón es que el Verbo se hizo carne (Juan 1:14); y murió en la carne (1 Pedro 3:18); para destruir el pecado en la carne. Debes saber que la persona que fuiste la crucificaron; esa maldad está destruida. Lo que fuiste ya no eres más. Lo que heredaste de inclinación al mal fue destruido. Se que esto será una realidad del todo en el cuerpo glorificado, pero puedes identificarte con Cristo por la fe viviendo en la realidad anticipadamente.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:7
5.7-8 Todo lo que podría imputarse en culpa y sentencia a un hombre termina con su muerte. Una vez muerto es justificado del pecado. Así nosotros, éramos reos de muerte a causa de nuestros pecados, pero ya nos mataron juntamente con Cristo crucificándonos; por tanto, somos libres de toda condenación. Derivado de esto, si nos identificamos con Cristo en su muerte por medio de la fe, es lógico creer también que resucitamos con Él para nueva vida. Es tan cierto como la cruz que ya no debemos nada a Dios y tan verídico como la resurrección que podemos andar en una vida santificada.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:8
5.7-8 Todo lo que podría imputarse en culpa y sentencia a un hombre termina con su muerte. Una vez muerto es justificado del pecado. Así nosotros, éramos reos de muerte a causa de nuestros pecados, pero ya nos mataron juntamente con Cristo crucificándonos; por tanto, somos libres de toda condenación. Derivado de esto, si nos identificamos con Cristo en su muerte por medio de la fe, es lógico creer también que resucitamos con Él para nueva vida. Es tan cierto como la cruz que ya no debemos nada a Dios y tan verídico como la resurrección que podemos andar en una vida santificada.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:9
6.9-11 El Hijo de Dios se hizo Hombre y con esto, se limitó a las condiciones de Hombre sin el uso de sus vicisitudes divinas. Pero el se dio a muere por nosotros, de modo que le puso fin a dicha vida humana y sus limitaciones. Sabemos con certeza que las limitaciones de esta vida presente nada pueden contra Cristo, pues Él murió y resucitó. Ahora bien, estar en Cristo implica que las limitaciones pecaminosas de la vida presente no tienen poder sobre el cristiano, no son su señor. Si peca, de suyo lo hace, pero no por esclavitud o sin poder evitarlo. Podemos resistir el pecado y vivir para Dios si nos consideramos total y absolutamente identificados con Cristo, muertos al pecado y vivos para Dios mediante su muerte y resurrección. Si crees que su muerte de Cristo te libra de las consecuencias de tus pecados; también debes creer que es igualmente cierto que la resurrección de Cristo te da nueva vida quitando el poder que el pecado tenía sobre ti. Estás muerto al pecado y los muertos no pecan. Pero estás vivo para Dios e Cristo Jesús, de modo que Dios ve en ti a su Hijo y tu debes andar en el Hijo como tu Señor. El Hijo de Dios es tu Señor, no el pecado. Cristo no sólo murió, también resucitó. Al morir, mató y destruyó al viejo hombre; pero al resucitar, resucitó un nuevo Hombre. Dicho Hombre es inmortal, la muerte no puede hacerle nada; tampoco el pecado ni la tentación. ¡Cristo está lleno de vida! Entró a donde se hallaban reunidos sin abrir la puerta; no está limitado por la materia. Fue al tercer cielo y regresó en un instante, no está limitado por la distancia ni el tiempo. ¡Está lleno de vida y la corrupción presente no puede tocarlo! Mira la expresión «enseñorear», la muerte era un señor de todos los habitantes de la carne. Un señor inevitable, ineludible. Por más medicinas, ejercicios, cremas, y demás, todos envejeciendo, enfermando y muriendo… hasta que llegó uno que después de ser tocado por la muerte volvió a vivir! La muerte no puede ser señor de quien ya murió, no puede reclamar pecado ni carne, porque todo el pecado y la carnalidad terminó en la cruz. El nuevo Hombre es absolutamente libre. Imagina a una mujer que está subyugada por su marido. Su marido es su señor y la maltrata cruelmente. Si dicho hombre muriera, ella es libre para casarse con otro y tener una nueva vida. La muerte es un señor muerto que no tiene poder sobre la vida, Cristo es el nuevo Hombre, Él es la vida. La muerte era el rey de los muertos, pero no tiene autoridad ni poder sobre los vivos. Jesús habló del mundo sin Dios como los muertos que entierran a sus muertos. La aplicación de la obra de Cristo en nosotros es por la fe. Será cumplido del todo cuando tengamos un cuerpo glorificado, mientras tanto, podemos apropiarnos de sus beneficios al identificarnos con Él. Esto es lo que significa «consideraos» muertos al pecado. Los muertos no pecan. Una vez fui a un funeral de un hombre que había sido muy mala persona. Algunos trataban sin mucho éxito de decir cosas buenas del fallecido. Yo no dejaba de pensar que su mejor obra la había hecho al final: morirse. Pues una vez muerto no había vuelto a hacer maldad alguna. Allí estaba su cuerpo corrompiéndose tendido, podría haberlo insultado y no se habría molestado. Considérate, cree de verdad que estás muerto al pecado por cuando estás en Cristo. El apóstol Pedro enseña esto mismo diciendo: “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, 2 para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 Pedro 4:1-2). Considérate vivo para Dios. Y una vez que te consideres muerto al pecado, no te quedes allí; pues el muerto no hace mal, pero tampoco hace bien (algunos se lo creyeron en serio y no sirven en nada ni a nadie); debes además considerarte vivo para Dios en Cristo. «Yo no le hago mal a nadie» -has oído esa frase. «Voy a la iglesia, pero no quiero involucrarme». «Cada quien su vida, no me meto con nadie». Están como muertos en un permanente egoísmo. Pero el cristianismo es activo, no sólo no haces lo malo, sino que haces lo bueno. Eres servidor, y hacedor de buenas obras. ¿Acaso el segundo más grande mandamiento es no odiar al prójimo? ¿Qué no es amarlo? Y nadie puede amar sin hacer algo bueno por quien ama. Si eres cristiano, estás obligado a servir a Dios. Vives delante de Él y para su servicio. La Vida es el Rey de los vivos, Cristo es la Vida. ¿Por qué crees que le llamamos Señor? Además, no puedes considerarte muerto a los dos, o estás muerto al pecado o estás muerto para Dios. Si dejas de servir comenzarás a pecar. ¡Hasta el mundo dice que la ociosidad es madre de todos los vicios! ¡Y vaya que honran a su madre!
— Roberto Tinoco
Romanos 6:10
6.9-11 El Hijo de Dios se hizo Hombre y con esto, se limitó a las condiciones de Hombre sin el uso de sus vicisitudes divinas. Pero el se dio a muere por nosotros, de modo que le puso fin a dicha vida humana y sus limitaciones. Sabemos con certeza que las limitaciones de esta vida presente nada pueden contra Cristo, pues Él murió y resucitó. Ahora bien, estar en Cristo implica que las limitaciones pecaminosas de la vida presente no tienen poder sobre el cristiano, no son su señor. Si peca, de suyo lo hace, pero no por esclavitud o sin poder evitarlo. Podemos resistir el pecado y vivir para Dios si nos consideramos total y absolutamente identificados con Cristo, muertos al pecado y vivos para Dios mediante su muerte y resurrección. Si crees que su muerte de Cristo te libra de las consecuencias de tus pecados; también debes creer que es igualmente cierto que la resurrección de Cristo te da nueva vida quitando el poder que el pecado tenía sobre ti. Estás muerto al pecado y los muertos no pecan. Pero estás vivo para Dios e Cristo Jesús, de modo que Dios ve en ti a su Hijo y tu debes andar en el Hijo como tu Señor. El Hijo de Dios es tu Señor, no el pecado. Cristo no sólo murió, también resucitó. Al morir, mató y destruyó al viejo hombre; pero al resucitar, resucitó un nuevo Hombre. Dicho Hombre es inmortal, la muerte no puede hacerle nada; tampoco el pecado ni la tentación. ¡Cristo está lleno de vida! Entró a donde se hallaban reunidos sin abrir la puerta; no está limitado por la materia. Fue al tercer cielo y regresó en un instante, no está limitado por la distancia ni el tiempo. ¡Está lleno de vida y la corrupción presente no puede tocarlo! Mira la expresión «enseñorear», la muerte era un señor de todos los habitantes de la carne. Un señor inevitable, ineludible. Por más medicinas, ejercicios, cremas, y demás, todos envejeciendo, enfermando y muriendo… hasta que llegó uno que después de ser tocado por la muerte volvió a vivir! La muerte no puede ser señor de quien ya murió, no puede reclamar pecado ni carne, porque todo el pecado y la carnalidad terminó en la cruz. El nuevo Hombre es absolutamente libre. Imagina a una mujer que está subyugada por su marido. Su marido es su señor y la maltrata cruelmente. Si dicho hombre muriera, ella es libre para casarse con otro y tener una nueva vida. La muerte es un señor muerto que no tiene poder sobre la vida, Cristo es el nuevo Hombre, Él es la vida. La muerte era el rey de los muertos, pero no tiene autoridad ni poder sobre los vivos. Jesús habló del mundo sin Dios como los muertos que entierran a sus muertos. La aplicación de la obra de Cristo en nosotros es por la fe. Será cumplido del todo cuando tengamos un cuerpo glorificado, mientras tanto, podemos apropiarnos de sus beneficios al identificarnos con Él. Esto es lo que significa «consideraos» muertos al pecado. Los muertos no pecan. Una vez fui a un funeral de un hombre que había sido muy mala persona. Algunos trataban sin mucho éxito de decir cosas buenas del fallecido. Yo no dejaba de pensar que su mejor obra la había hecho al final: morirse. Pues una vez muerto no había vuelto a hacer maldad alguna. Allí estaba su cuerpo corrompiéndose tendido, podría haberlo insultado y no se habría molestado. Considérate, cree de verdad que estás muerto al pecado por cuando estás en Cristo. El apóstol Pedro enseña esto mismo diciendo: “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, 2 para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 Pedro 4:1-2). Considérate vivo para Dios. Y una vez que te consideres muerto al pecado, no te quedes allí; pues el muerto no hace mal, pero tampoco hace bien (algunos se lo creyeron en serio y no sirven en nada ni a nadie); debes además considerarte vivo para Dios en Cristo. «Yo no le hago mal a nadie» -has oído esa frase. «Voy a la iglesia, pero no quiero involucrarme». «Cada quien su vida, no me meto con nadie». Están como muertos en un permanente egoísmo. Pero el cristianismo es activo, no sólo no haces lo malo, sino que haces lo bueno. Eres servidor, y hacedor de buenas obras. ¿Acaso el segundo más grande mandamiento es no odiar al prójimo? ¿Qué no es amarlo? Y nadie puede amar sin hacer algo bueno por quien ama. Si eres cristiano, estás obligado a servir a Dios. Vives delante de Él y para su servicio. La Vida es el Rey de los vivos, Cristo es la Vida. ¿Por qué crees que le llamamos Señor? Además, no puedes considerarte muerto a los dos, o estás muerto al pecado o estás muerto para Dios. Si dejas de servir comenzarás a pecar. ¡Hasta el mundo dice que la ociosidad es madre de todos los vicios! ¡Y vaya que honran a su madre!
— Roberto Tinoco
Romanos 6:11
6.9-11 El Hijo de Dios se hizo Hombre y con esto, se limitó a las condiciones de Hombre sin el uso de sus vicisitudes divinas. Pero el se dio a muere por nosotros, de modo que le puso fin a dicha vida humana y sus limitaciones. Sabemos con certeza que las limitaciones de esta vida presente nada pueden contra Cristo, pues Él murió y resucitó. Ahora bien, estar en Cristo implica que las limitaciones pecaminosas de la vida presente no tienen poder sobre el cristiano, no son su señor. Si peca, de suyo lo hace, pero no por esclavitud o sin poder evitarlo. Podemos resistir el pecado y vivir para Dios si nos consideramos total y absolutamente identificados con Cristo, muertos al pecado y vivos para Dios mediante su muerte y resurrección. Si crees que su muerte de Cristo te libra de las consecuencias de tus pecados; también debes creer que es igualmente cierto que la resurrección de Cristo te da nueva vida quitando el poder que el pecado tenía sobre ti. Estás muerto al pecado y los muertos no pecan. Pero estás vivo para Dios e Cristo Jesús, de modo que Dios ve en ti a su Hijo y tu debes andar en el Hijo como tu Señor. El Hijo de Dios es tu Señor, no el pecado. Cristo no sólo murió, también resucitó. Al morir, mató y destruyó al viejo hombre; pero al resucitar, resucitó un nuevo Hombre. Dicho Hombre es inmortal, la muerte no puede hacerle nada; tampoco el pecado ni la tentación. ¡Cristo está lleno de vida! Entró a donde se hallaban reunidos sin abrir la puerta; no está limitado por la materia. Fue al tercer cielo y regresó en un instante, no está limitado por la distancia ni el tiempo. ¡Está lleno de vida y la corrupción presente no puede tocarlo! Mira la expresión «enseñorear», la muerte era un señor de todos los habitantes de la carne. Un señor inevitable, ineludible. Por más medicinas, ejercicios, cremas, y demás, todos envejeciendo, enfermando y muriendo… hasta que llegó uno que después de ser tocado por la muerte volvió a vivir! La muerte no puede ser señor de quien ya murió, no puede reclamar pecado ni carne, porque todo el pecado y la carnalidad terminó en la cruz. El nuevo Hombre es absolutamente libre. Imagina a una mujer que está subyugada por su marido. Su marido es su señor y la maltrata cruelmente. Si dicho hombre muriera, ella es libre para casarse con otro y tener una nueva vida. La muerte es un señor muerto que no tiene poder sobre la vida, Cristo es el nuevo Hombre, Él es la vida. La muerte era el rey de los muertos, pero no tiene autoridad ni poder sobre los vivos. Jesús habló del mundo sin Dios como los muertos que entierran a sus muertos. La aplicación de la obra de Cristo en nosotros es por la fe. Será cumplido del todo cuando tengamos un cuerpo glorificado, mientras tanto, podemos apropiarnos de sus beneficios al identificarnos con Él. Esto es lo que significa «consideraos» muertos al pecado. Los muertos no pecan. Una vez fui a un funeral de un hombre que había sido muy mala persona. Algunos trataban sin mucho éxito de decir cosas buenas del fallecido. Yo no dejaba de pensar que su mejor obra la había hecho al final: morirse. Pues una vez muerto no había vuelto a hacer maldad alguna. Allí estaba su cuerpo corrompiéndose tendido, podría haberlo insultado y no se habría molestado. Considérate, cree de verdad que estás muerto al pecado por cuando estás en Cristo. El apóstol Pedro enseña esto mismo diciendo: “Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, 2 para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 Pedro 4:1-2). Considérate vivo para Dios. Y una vez que te consideres muerto al pecado, no te quedes allí; pues el muerto no hace mal, pero tampoco hace bien (algunos se lo creyeron en serio y no sirven en nada ni a nadie); debes además considerarte vivo para Dios en Cristo. «Yo no le hago mal a nadie» -has oído esa frase. «Voy a la iglesia, pero no quiero involucrarme». «Cada quien su vida, no me meto con nadie». Están como muertos en un permanente egoísmo. Pero el cristianismo es activo, no sólo no haces lo malo, sino que haces lo bueno. Eres servidor, y hacedor de buenas obras. ¿Acaso el segundo más grande mandamiento es no odiar al prójimo? ¿Qué no es amarlo? Y nadie puede amar sin hacer algo bueno por quien ama. Si eres cristiano, estás obligado a servir a Dios. Vives delante de Él y para su servicio. La Vida es el Rey de los vivos, Cristo es la Vida. ¿Por qué crees que le llamamos Señor? Además, no puedes considerarte muerto a los dos, o estás muerto al pecado o estás muerto para Dios. Si dejas de servir comenzarás a pecar. ¡Hasta el mundo dice que la ociosidad es madre de todos los vicios! ¡Y vaya que honran a su madre!
— Roberto Tinoco
Romanos 6:12
6.12 Antes de estar en Cristo era imposible resistir el pecado; sin embargo, al estar en Cristo, el creyente tiene la capacidad por la nueva vida de impedir que el pecado sea su rey, ya no está obligado a obedecerle en sus inclinaciones pecaminosas, ahora es su elección el uso de su cuerpo ya sea para pecar o para servir a Dios. Bajo la ley fuimos esclavos del pecado; más bajo la gracia somos libres para dejar de pecar. Tú decides quién es tu señor, si el pecado para muerte o Cristo para vida.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:13
6.13 Los miembros del cuerpo están libres del poder del pecado, pero no de la presencia del pecado; por lo que seremos tentados todavía. Ahora en Cristo depende de nosotros administrar dichos miembros rechazando usarlos para la iniquidad, es decir, para realizar injusticias y maldades. ¿Cómo logramos esto? Siendo conscientes de que recibimos la vida de Cristo por su resurrección y somos nuevas criaturas; y usemos los miembros de nuestro cuerpo para hacer cosas jusas, buenas obras. Ocuparse del bien no da tiempo para el mal; vivir en Cristo impide vivir en la carne; y en la luz no habitan las tinieblas. Presenta tu cuerpo muerto al mal y preséntalo vivo a Dios. El resultado lógico de presentarte muerto al pecado y vivo a Dios es que usarás tu cuerpo como instrumento de justicia. ¡El cuerpo es un gran instrumento! Un gran siervo, pero un terrible señor. Dicen que «la herramienta hace al maestro» -hay mucho de cierto en esto. Hay tuercas que simplemente no podrás apretar sin la llave correcta; tornillos que no podrás colocar sin la herramienta adecuada; hay madera imposible de lijar con finura sin la herramienta adecuada. Tu cuerpo es una extraordinaria herramienta para la justicia, la cual no se llevará a cabo hasta que pongas a disposición de la justicia el mismo. He escuchado personas quejarse de la injusticia del mundo, pero ellos no son justos. He oído algunos quejarse de la injusticia de otros cuando ellos no quieren siquiera ser justos consigo mismos… ¿cómo está la herramienta de justicia que es tu cuerpo? ¿Tienes en condiciones tus miembros? En lugar de orar «Dios, haz algo», comienza a hacer algo. Dios nunca está inactivo.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:14
6.14 Recibir la vida de Cristo habiendo creído e su muerte y resurrección no sólo lo hace a Él Señor de nuestras vidas, sino que le quita el señorío al pecado. Eramos esclavos del pecado que está en nuestros miembros; no podíamos resistirlo; pero ahora, Cristo nos ha librado de su poder y podemos vivir de forma diferente, libres. Esto impide a la ley de Moisés condenarnos. El que guarda la ley es libre de la ley; mientras un hombre no quebrante la ley de tránsito, por ejemplo, puede transitar libremente en su automóvil. Esto es estar bajo la gracia: es ser libre del poder del pecado y de la sentencia de la ley.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:15
6.15-16 Tomar la gracia como ocasión de pecar es negarla completamente. La gracia no te libra sólo de las consecuencias del pecado, sino también del poder del pecado. Volver o continuar con la vieja vida habituada al pecado es regresar a la esclavitud, lo cual implica caer de la libertad de la gracia (un ejemplo similar lo vemos en Gálatas 5:4). La gracia no nos hace libres de Dios, sino de la vieja naturaleza; ¿a quién obedecerás? Puedes ser siervo del pecado o de la justicia.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:16
6.15-16 Tomar la gracia como ocasión de pecar es negarla completamente. La gracia no te libra sólo de las consecuencias del pecado, sino también del poder del pecado. Volver o continuar con la vieja vida habituada al pecado es regresar a la esclavitud, lo cual implica caer de la libertad de la gracia (un ejemplo similar lo vemos en Gálatas 5:4). La gracia no nos hace libres de Dios, sino de la vieja naturaleza; ¿a quién obedecerás? Puedes ser siervo del pecado o de la justicia.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:17
6.17 A pesar de estar esclavizados al pecado, el hombre no perdió su libre albedrío y con este, la oportunidad de obedecer el evangelio. Debemos estar agradecidos con Dios por habernos creado de esta manera y dado la oportunidad de escuchar el evangelio. Nótese que dicha virtud de elegir fue para ser libertados del pecado y no estando ya libres, como hace saber el apóstol en el siguiente versículo. Aunque éramos esclavos, pudimos obedecer a la doctrina cristiana, es decir, creer el evangelio y convertirnos. Entonces, una vez que creímos, fuimos entregados a la doctrina cristiana o comenzó la santificación mediante la Palabra de Dios.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:18
6.18 Habiendo obedecido a la fe de Cristo, fuimos libertados del pecado (lee el comentario anterior). Antes no teníamos capacidad para dejar de pecar, éramos esclavos; pero la fe en el Señor Jesús produjo en nosotros un nuevo nacimiento mediante el cual recibimos una nueva naturaleza, la naturaleza divina. El pecado sigue en nuestros miembros, pero ya no tiene el poder que antes tenía sobre nosotros. No somos sus esclavos. Somos libres para santificarnos o incluso, para pecar, será una decisión. Por lo mismo, el apóstol Pablo enfoca a los creyentes a tomar la nueva posición que tenemos, la de siervos de la justicia. Podemos vivir santificándonos.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:19
6.19 Presenta tu cuerpo para servir al bien tal como lo presentaste antes sirviendo al mal. La enseñanza es simplemente gloriosa: tan santo como mundano. Así como supiste ser pecador, así también debes ser justo. ¿Podías pasar en disipación toda la noche? Entonces podrás orar con la misma alegría toda la noche. ¿Eras de los que hacían dinero a como diera lugar para luego usarlo en maldades o absurdos? Pues ahora producirás finanzas para financiar la obra de Dios. ¿Conquistador del sexo opuesto, lascivo? Ahora fiel a tu cónyuge con igual esmero. ¿Violento? Se pacífico con la misma fuerza. ¿Mal hablado o chismoso? Predica el evangelio. ¿Vicioso? Se adicto al bien. ¿Horas de televisión? Congrégate en el templo y por las casas. ¿Hacías lo que fuera necesario por salirte con la tuya? Haz lo necesario por la justicia de Dios. Tan santo como mundano.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:20
6.20 El Señor Jesús explicó que no se puede servir a dos señores. Pablo usa el mismo concepto: o eres siervo del pecado o eres siervo de la justicia; pero no de ambos. Esclavo del uno y libre del otro. Eres cristiano o no lo eres. ¿Deseas libertad? No puedes ser libre de todo, escoge a quien servirás. No existe la absoluta libertad y tampoco la verdadera anarquía; siempre servirás a uno de los lados, luz o tinieblas. Elige bien porque serás esclavo de tu decisión y no podrás evitar las consecuencias.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:21
6.21 Debes elegir entre ser esclavo del pecado o de la justicia, como vimos en el versículo anterior; y, para ayudarte a elegir, considera los frutos de ambas partes. Esclavo del pecado con una vida vergonzosa y finalmene la muerte eterna o esclavo de la justicia con una vida honorable y recompensa en la vida eterna. ¿Acaso tienes que pensarlo más? La vida sin Cristo es sufriente, mala y condena; la vida en Cristo es buena, feliz y además de bendecida, tiene salvación eterna.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:22
6.22 Habiendo tomado la decisión de obedecer a la fe de Cristo, comienza la santificación. Poco a poco los hábitos de la carne, influenciados por el pecado en los miembros, comienzan a ser remplazados por los hábitos de la nueva vida en Cristo. Ese proceso lleva toda la vida en este mundo y se llama santificación. Los pensamientos y emociones van cambiando, lo mismo que las acciones; de manera que el creyente se transforma poco a poco en una nueva y diferente manifestación de Dios en carne, Cristo. Finalmente, el santificado participa de la eternidad con Dios. Actualmente la vida eterna está en nosotros; pero después de la santificación, nosotros estaremos en la vida eterna. Él en nosotros y nosotros en Él.
— Roberto Tinoco
Romanos 6:23
6.23 El Antiguo Testamento tiene mucha sangre. …sangre de animales inocentes y de seres humanos. Cortar el cuello a un cordero y dejarlo desangrarse lentamente hasta morir parecería un acto de barbarie. ¡Sin embargo, todo esto había sido ordenado por Dios! ¿Qué le pasa a Dios? ¡Esta es precisamente la cuestión! A Dios no le pasa nada, el problema es el hombre con su pecado, su naturaleza caída y su corazón enfermo y corrompido. Dios tuvo que revelar al hombre lo terrible que es el pecado. Para la mayoría de los cristianos de hoy "el pecado no es tan pecaminoso". "Pecar" es para muchos, sencillamente parte del ser humano y “si todos lo hacemos –dicen, no puede ser tan malo”. De alguna manera, Dios tiene que hacernos comprender la magnitud del pecado y sus consecuencias. Existe la realidad eterna que no puede ser ignorada: el pecado produce muerte. ¡El pecado es causa de que sufran los inocentes! La Biblia dice muy claramente que Jesús no murió por su propio pecado, sino por los nuestros. Con esto debería quedar claro cómo la naturaleza destructiva de nuestro pecado afecta al inocente. ¡El pecado destruye a otros! El pecado nos separa de Dios y solamente la sangre y la vida inocente puede restaurarnos a la comunión. Dios está revelando que el pecado trae consigo juicio. El pecado tiene consecuencias. El hecho de que las consecuencias en ocasiones aparentemente, no sean inmediatas, no significa que no existan. Suele ser un hecho escondido que el pecado tiene consecuencias temporales y eternas. Hay personas que hacen cosas terribles y escapan a la ley de los hombres; por esta causa, ignoran las consecuencias. El que alguno pueda mentir, hacer trampa, robar, cometer adulterio y no le cae un rayo del cielo por decirlo así, hace que piense que se ha salido con la suya. Pero nadie escapa impunemente para siempre de las consecuencias del pecado. El pecado es una deuda que debe ser pagada. Pero ¿cómo puede Dios hacer que se grabe en nuestra mente la terrible realidad del pecado? Lo hizo en el Antiguo Testamento a través del sacrificio de animales inocentes y del derramamiento de sangre inocente. Después, al quemar la carne de los animales y al sacar las cenizas fuera del campamento a un aislamiento total. Cada persona que había pecado debía traer un sacrificio al altar de Dios en el tabernáculo o en el templo. Tenía que ser del rebaño (ovejas o cabras) o de la manada (ganado, toros, novillas, etc.). Sólo se admitían animales limpios que fueran propiedad de la persona que ofrecía el sacrificio. Ahí confesaba su pecado y ponía la mano sobre la cabeza de la víctima y transfería su pecado al sacrificio inocente. Buscaba que su pecado, culpabilidad y castigo fueran transferidos al animal inocente. Luego, tenía la responsabilidad de matar a la víctima con sus propias manos y hacer que la sangre y la vida de ese sacrificio inocente se derramaran. Él sabía que la sentencia de muerte realmente estaba sobre él, pero que Dios, por su misericordia, le permitía traer un sacrificio sustituto para que muriera en su lugar. Al poner su mano sobre la cabeza del animal, la persona reconocía que el sacrificio era por ella. Estaba ofreciéndolo por sus propios pecados. Él era quien merecía la muerte porque él era quien había pecado. Estaba reconociendo que debía entregar su vida por haber quebrantado la ley. Estaba solicitando a Dios que aceptara la vida de este animal inocente en lugar de la suya. La sangre derramada en el altar le permitiría comenzar de nuevo. El pecado era perdonado a través de la sangre derramada, con lo cual se vertía también la vida. Entonces, el cuerpo de la víctima tenía que ser puesto en el altar de fuego y consumido, quedando tan sólo cenizas. Con todo esto estaba reconociendo su culpa y ofreciendo a Dios su arrepentimiento. Otra revelación es que el pecado tiene un precio. El pecador tenía que ofrecer un animal que le perteneciera. Si un hombre tenía 100 ovejas y pecaba diez veces, le quedarían 90 ovejas. Si seguía pecando, quedaría en la bancarrota. ¡El pecado resulta caro! ¡Alguien tiene que pagar! Pecar significaba sacrificar una vida inocente y ¿para qué? Me imagino que si Dios me dijera que si cometo un pecado tengo que traer a mi mascota para que muera en mi lugar, y si yo tuviera que cortarle el cuello y dejarla desangrarse hasta morir, entonces yo haría todo lo posible para no pecar. Sospecho cuánto me lamentaría de que mi necedad hubiera destruido una vida inocente. Entonces, ¡cuánto más el Padre al ver la sangre inocente de Su Hijo derramada por los pecados de la humanidad! ¿Comprendes la verdad en todo esto? El problema es que el corazón del hombre sin Dios es desesperadamente malvado, lleno de engaño y corrupción. Dios quería algo más que los sacrificios de animales, quería que el hombre reconociera la condición de su corazón. Dentro del sacrificio, algo eterno ocurría en el corazón que hacía que el pecado fuera pecaminoso y una cosa abominable. Dios quería que el hombre viera la magnitud de su pecado y que volviera su corazón hacia Dios, buscando el poder para escapar a las consecuencias del mismo. Después de la primera vez que usted tenía que matar a un cordero inocente, con sus propias manos llenas de sangre, y ver su vida escapar lentamente, usted gritaría "¡nunca más quiero hacer una cosa como ésta nuevamente"! Esa es la razón para el "holocausto" u ofrenda quemada, la sangre y la vida derramadas: mostrar la naturaleza inhumana del pecado. El mensaje que Dios nos está dando por medio de los sacrificios es que el pecado es malo, que el pecado es repulsivo y que es un crimen contra Dios, contra la sociedad y contra nosotros mismos. Mi pecado explota y daña a los seres creados por Dios. Los sacrificios de animales, las ofrendas, holocaustos, etc. fueron añadidos para que entendiéramos la gravedad del pecado; más no son parte del plan original de Dios. La voluntad de Dios no son los sacrificios, sino la obediencia. Dice el Libro: “Así ha dicho Yahwéh de los ejércitos, Dios de Israel: Añadid vuestros holocaustos sobre vuestros sacrificios, y comed la carne. Porque no hablé yo con vuestros padres, ni nada les mandé acerca de holocaustos y de víctimas el día que Los saqué de la tierra de Egipto. Mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo; y andad en todo camino que os mande, para que os vaya bien. Y no oyeron ni inclinaron su oído; antes caminaron en sus propios consejos, en la dureza de su corazón malvado, y fueron hacia atrás y no hacia adelante. Desde el día que vuestros padres salieron de la tierra de Egipto hasta hoy. Y os envié todos los profetas mis siervos, enviándolos temprano y sin cesar; pero no me oyeron ni inclinaron su oído, sino que endurecieron su cerviz, e hicieron peor que sus padres” (Jeremías 7:21-26). Y también: “Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), he aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último” (Hebreos 10:8-9). De manera que el deseo de Dios nunca incluyó los sacrificios y ofrendas, sino que la gente escuchara Su voz e hiciera su voluntad. ¡Este sigue siendo su deseo hoy en día! Hacer lo contrario es marchar hacia atrás y no hacia adelante. El verdadero sacrificio del Nuevo Pacto que es aceptable a Dios hoy en día es sencillamente: ¡hacer la voluntad de Dios! Todos estos sacrificios son tipos y figuras que se cumplen en esto. El hecho de que vivas sufriendo no significa que estés haciendo la voluntad de Dios; sino precisamente lo contrario. Vivir para Dios obedeciéndolo es tu sacrificio; esto es, remplaza una vida de sufrimiento. No por ponerte cargas y maltratarte estás agradando a Dios; sino lo contrario. Es cuando obedeces que le agradas y cumples los tipos, sombras y figuras de los sacrificios. Allí es donde te das cuenta de que la voluntad de Dios es para ti es buena, agradable y perfecta (Rom. 12:1-2) y de ninguna manera desea tu mal. Hoy podemos escoger entre las consecuencias y el precio del pecado, a saber, la ausencia de vida y de gloria (Romanos 6:23; 3:23) o hacer la voluntad de Dios que traerá su bendición. Donde hay pecado se requiere sangre; pero donde hay santidad se prevé recompensa. Quien anda conforme a la voluntad de Dios no requiere ser disciplinado en el sentido de castigo; sino que será disciplinado en el sentido de recompensa. Vive de tal manera que no haya necesidad de sangre.
— Roberto Tinoco