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1 Corintios 15
La resurrección de Cristo
1Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis;🗨📝 2por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.🗨📝 3Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras;🗨📝 4y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;🗨📝 5y que apareció a Cefas, y después a los doce.🗨📝 6Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen.🗨📝 7Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles;🗨📝 8y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.🗨📝 9Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios.🗨📝 10Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.🗨📝 11Porque o sea yo o sean ellos, así predicamos, y así habéis creído.🗨📝La resurrección de los muertos
12Pero si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos?🗨📝 13Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó.🗨📝 14Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.🗨📝 15Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan.🗨📝 16Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó;🗨📝 17y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.🗨📝 18Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron.🗨📝 19Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres.🗨📝 20Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.🗨📝 21Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos.🗨📝 22Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.🗨📝 23Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida.🗨📝 24Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia.🗨📝 25Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies.🗨📝 26Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte.🗨📝 27Porque todas las cosas las sujetó debajo de sus pies. Y cuando dice que todas las cosas han sido sujetadas a él, claramente se exceptúa aquel que sujetó a él todas las cosas.🗨📝 28Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos.🗨📝 29De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué, pues, se bautizan por los muertos?🗨📝 30¿Y por qué nosotros peligramos a toda hora?🗨📝 31Os aseguro, hermanos, por la gloria que de vosotros tengo en nuestro Señor Jesucristo, que cada día muero.🗨📝 32Si como hombre batallé en Efeso contra fieras, ¿qué me aprovecha? Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, porque mañana moriremos.🗨📝 33No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.🗨📝 34Velad debidamente, y no pequéis; porque algunos no conocen a Dios; para vergüenza vuestra lo digo.🗨📝El cuerpo resucitado
35Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?🗨📝 36Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes.🗨📝 37Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano;🗨📝 38pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo.🗨📝 39No toda carne es la misma carne, sino que una carne es la de los hombres, otra carne la de las bestias, otra la de los peces, y otra la de las aves.🗨📝 40Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales.🗨📝 41Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria.🗨📝 42Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción.🗨📝 43Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder.🗨📝 44Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual.🗨📝 45Así también está escrito: Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante.🗨📝 46Mas lo espiritual no es primero, sino lo animal; luego lo espiritual.🗨📝 47El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo.🗨📝 48Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales.🗨📝 49Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial.🗨📝 50Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción.🗨📝 51He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados,🗨📝 52en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados.🗨📝 53Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.🗨📝 54Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria.🗨📝 55¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?🗨📝 56ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.🗨📝 57Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.🗨📝 58Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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1 Corintios 15: RV60
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1 Corintios 15:1
15.1-2 La primera palabra de este capítulo conecta con el anterior. Es una añadidura; los corintios debían mantenerse en el evangelio que el apóstol les había predicado. El desorden corinto es una forma sutil de apartarse del evangelio; pero peor aún, algunos de ellos estaban predicando que no existía resurrección, aunque incongruentemente enseñaban que Jesús si resucitó (vr. 12). Esto es negar el evangelio y perder así sus efectos. El evangelio es predicado y también recibido para ser salvífico. Sin embargo, es necesario permanecer en el evangelio reteniendo la Palabra de Dios para conservar dicha salvación. Creer en vano implica perder lo recibido. La salvación es para el que cree, no para el que creyó; mira como las promesas de salvación están en presente continuo y no en pasado. El inicio de este capítulo permite comprender el equilibrio entre la seguridad de la salvación y su riesgo a perderla. Lo mismo que la predestinación, la doctrina de la seguridad de salvación ha sido igualmente discutida. Definir esto es de suma importancia, pues los extremos pueden llevarnos a dos clases de errores: Por un lado, si consideramos que el creyente puede perderse después de haber creído genuinamente y convertido a Jesucristo, podemos desarrollar un cristianismo temeroso e inseguro que se ocupe más en asegurarse de sí mismo que de extender el reino de Dios y su propósito. Por otro lado, si tomamos la salvación como un hecho terminado e imposible de revocar sin importar el pecado del creyente, podemos producir indiferencia a las advertencias y demandas morales que la Biblia hace a los creyentes concluyendo en libertinaje. El problema radica de divorciar las promesas divinas de la responsabilidad humana. Respecto de Dios, la salvación no se pierde; más respecto del hombre, la salvación debe guardarse. La seguridad de salvación desde el punto de vista de quienes dicen que no se pierde pone su énfasis en las promesas divinas. Para este pensamiento, la salvación es obra de Dios y el hombre nada puede aportar para la misma, por tanto, tampoco puede hacer nada para evitarla. Sostiene que Dios eligió a algunos para ser salvos y que su salvación no puede ser destruida, citan por ejemplo: Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero (1 Pedro 1:3-5). De este modo, la seguridad de salvación para el que supone no se pierde descansa sobre las promesas de Dios, de modo que hace eco de las palabras de Pablo diciendo: Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom. 8:31-39). Todo esto es cierto y maravilloso, pero este enfoque olvida o desconoce que la elección y predestinación, así como toda perseverancia, radica en Cristo. Nada nos puede separar del amor de Dios en Cristo, fuera de Él no hay nada. De parte de Dios no hay falla alguna, pues somos guardados por el poder de Dios, pero somos guardados mediante la fe (vuelve a leer 1 Pedro 1:5). La herencia es incorruptible para quien está en Cristo. Es así que podemos comprender pasajes como Juan 10:27-30 Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos. Para el que supone que la salvación no se pierde después de haber creído este es un fundamento. Repito, en lo que respecta a Dios, esto es imposible, pues en Él no hay falla. Es por ello que los verbos relativos a la salvación se dan una y otra vez en presente continuo: a quienes oyen la voz, esto es, están oyendo la voz, es imposible perderse. A quienes creen, es decir, están creyendo, es imposible perderse. A quienes están en Cristo, esto es, permanecen en Cristo, jamás se perderán. Las ovejas siguen su voz, no solo siguieron alguna vez, sino están siguiendo; por tanto, son salvas. El que cree en salvo siempre salvo, pero moderado dice que aquel que ha sido salvo nunca se apartará; pero existe otra rama del mismo pensamiento que es recalcitrante, que sostiene que aún si el creyente se aparta para practicar el pecado, solo pierde su gozo y recompensa, más no su salvación. Por demás está decir que podría elogiar un tanto el pensamiento moderado, pero aborrezco por antibíblico y por engañar a las almas exponiéndolas al fuego eterno, el pensamiento recalcitrante. Por otro lado, la seguridad de salvación desde el punto de vista de quienes si se pierde tiene como énfasis la responsabilidad humana. Para este pensamiento es posible perderse después de haber creído, si se abandona la fe; su demostración se basa principalmente en todas aquellas advertencias bíblicas relativas a la apostasía. Por ejemplo, Jesús advertía a sus discípulos sobre el peligro de ser engañados (Mat. 24:4, 11-13). Si no fuese posible esto, lógicamente no sería necesaria la advertencia. Como también escribe el apóstol Pablo en esta misma carta: Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto. Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga (1 Cor. 10:1-12). Notemos que la experiencia de Israel guarda las mismas experiencias de nuestra propia salvación, ellos como figura apuntando a Cristo, y nosotros como la realidad a partir de Cristo. Fueron salvos de Egipto cruzando el mal como nosotros rescatados del mundo y su sistema esclavizante de pecado; fueron bautizados en agua y Espíritu, por decirlo así; disfrutaron a Cristo como su pan y su agua; pero su pecado, murmuración e idolatría posterior los llevó a perecer. De parte de Dios no hubo falla alguna, simplemente no quisieron seguir en Cristo y como resultado se perdieron. Estas cosas fueron escritas para advertirnos, ¿habría necesidad de tal advertencia si fuera imposible perderse? Este pasaje es muy similar a lo dicho por el escritor a los Hebreos, quien, escribió a los nacionales judíos ante la apostasía a la que estaban siendo tentados de regresar al judaísmo y sus ritos dejando con ello a Cristo: Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado. Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio, entre tanto que se dice: si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación. ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés? ¿Y con quiénes estuvo él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? (Heb. 3:12-17). Y también: Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron (Heb. 2:1-3). Si aquellos que retrocedieron viviendo durante la era de las figuras y sombras del Antiguo Testamento fueron condenados, ¡cuánto mayor riesgo tienen quienes experimentan la realidad del Nuevo Pacto y vuelven atrás! (No olvides que se escribió a los hebreos que estaban siendo tentados a regresar al judaísmo). No siempre las promesas de Dios referentes a la salvación ponen la condición para su cumplimiento, pero bastan algunas que si lo hagan para que deba utilizarse el mismo principio en todas. Esto es, eres salvo y no te perderás, si dice la Biblia seguida de una condición. Por ejemplo: Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro (Col. 1:21-23). Semejante a lo escrito por el mismo apóstol en el pasaje que estamos analizando: Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano (1 Cor. 15:1-2). El apóstol Pedro lo dice de manera más enfática y hasta dura, dirían algunos: Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno (2 Pedro 2:20-22). Notemos que los tales ya habían escapado de las contaminaciones del mundo por haber conocido a Jesucristo como su Señor y Salvador, pero que de nuevo volvieron a involucrarse en el pecado; notemos que si conocieron el camino de la justicia, pero se volvieron atrás. ¿Resultado? Volvieron a ser de naturaleza pecaminosa como un perro o un puerco. Hebreos vuelve a advertir algo semejante: Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio (Heb. 6:4-6). Algunos tratan de interpretarlo como una imposibilidad a partir del comienzo del versículo 4, esto es, que es imposible que recaigan y se pierdan quienes experimenten estas cosas; pero no es tal la enseñanza del pasaje, primero, por el propósito del libro; y segundo, no dice que sea imposible que recaigan, sino imposible que sean salvos si recayeron (lo dicho es que la condición de recaído o practica voluntaria del pecado es perdido, pues si volviese a Cristo sería salvo). Luego, se exhorta a alcanzar las promesas de Dios mediante la fe y la paciencia perseverante: Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas (Heb. 6:11-12). Recuerda que los verbos, tanto para salvación como para condenación obedecen a la condición de un presente continuo: el que está pecando o el que está en Cristo está condenado o es salvo respectivamente. Y aún más tajante lo encontramos palabras adelante: Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios (Heb. 10:26-27). La Biblia presenta muchos ejemplos de personas que gustaron la salvación en sus beneficios y riquezas, pero que finalmente dejaron el camino de la verdad por propia decisión: Saúl fue mudado en otro hombre, pero se apartó del Señor al punto de ser endemoniado y condenado. De hecho, Dios no quiso escuchar más sus oraciones (1 Sam. 28:6). Judas, fue llamado apóstol, comisionado y enviado por Dios para sanar enfermos y hacer milagros, incluso estaba presente cuando el Señor les dio la promesa a los doce de sentarse en tronos para juzgar a Israel, pero, como dice la Escritura: “llegó a ser el traidor”, llegó, originalmente no lo era. Pedro dice que se fue “a su propio lugar”, esto es, a lo que él mismo escogió. Ananías y Safira mintieron al Espíritu Santo y fueron muertos por la palabra profética del apóstol Pedro (Hechos 5:1-11). Himeneo y Alejandro desecharon la fe y la buena conciencia por lo que naufragaron en cuanto a la fe (1 Tim. 1:19-20). Tenemos también los malos ejemplos de Himeneo y Fileto (2 Tim. 2:16-18); Demas (2 Tim. 4:10 aunque no estamos seguros de que en el caso de Demas se retirara de la fe o solo del ministerio); así como de los falsos maestros y sus seguidores (2 Pedro 2:1-2). La conclusión lógica es que no existirían advertencia de peligros inexistentes ni ejemplos de cosas que no pueden suceder; así como tampoco habría testimonios o casos de personas que les haya sucedido. En cierto modo, la salvación no se pierde, pues es un estado en Cristo, sino que es el hombre quien se pierde al apartarse de Cristo.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:2
15.1-2 La primera palabra de este capítulo conecta con el anterior. Es una añadidura; los corintios debían mantenerse en el evangelio que el apóstol les había predicado. El desorden corinto es una forma sutil de apartarse del evangelio; pero peor aún, algunos de ellos estaban predicando que no existía resurrección, aunque incongruentemente enseñaban que Jesús si resucitó (vr. 12). Esto es negar el evangelio y perder así sus efectos. El evangelio es predicado y también recibido para ser salvífico. Sin embargo, es necesario permanecer en el evangelio reteniendo la Palabra de Dios para conservar dicha salvación. Creer en vano implica perder lo recibido. La salvación es para el que cree, no para el que creyó; mira como las promesas de salvación están en presente continuo y no en pasado. El inicio de este capítulo permite comprender el equilibrio entre la seguridad de la salvación y su riesgo a perderla. Lo mismo que la predestinación, la doctrina de la seguridad de salvación ha sido igualmente discutida. Definir esto es de suma importancia, pues los extremos pueden llevarnos a dos clases de errores: Por un lado, si consideramos que el creyente puede perderse después de haber creído genuinamente y convertido a Jesucristo, podemos desarrollar un cristianismo temeroso e inseguro que se ocupe más en asegurarse de sí mismo que de extender el reino de Dios y su propósito. Por otro lado, si tomamos la salvación como un hecho terminado e imposible de revocar sin importar el pecado del creyente, podemos producir indiferencia a las advertencias y demandas morales que la Biblia hace a los creyentes concluyendo en libertinaje. El problema radica de divorciar las promesas divinas de la responsabilidad humana. Respecto de Dios, la salvación no se pierde; más respecto del hombre, la salvación debe guardarse. La seguridad de salvación desde el punto de vista de quienes dicen que no se pierde pone su énfasis en las promesas divinas. Para este pensamiento, la salvación es obra de Dios y el hombre nada puede aportar para la misma, por tanto, tampoco puede hacer nada para evitarla. Sostiene que Dios eligió a algunos para ser salvos y que su salvación no puede ser destruida, citan por ejemplo: Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero (1 Pedro 1:3-5). De este modo, la seguridad de salvación para el que supone no se pierde descansa sobre las promesas de Dios, de modo que hace eco de las palabras de Pablo diciendo: Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom. 8:31-39). Todo esto es cierto y maravilloso, pero este enfoque olvida o desconoce que la elección y predestinación, así como toda perseverancia, radica en Cristo. Nada nos puede separar del amor de Dios en Cristo, fuera de Él no hay nada. De parte de Dios no hay falla alguna, pues somos guardados por el poder de Dios, pero somos guardados mediante la fe (vuelve a leer 1 Pedro 1:5). La herencia es incorruptible para quien está en Cristo. Es así que podemos comprender pasajes como Juan 10:27-30 Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre. Yo y el Padre uno somos. Para el que supone que la salvación no se pierde después de haber creído este es un fundamento. Repito, en lo que respecta a Dios, esto es imposible, pues en Él no hay falla. Es por ello que los verbos relativos a la salvación se dan una y otra vez en presente continuo: a quienes oyen la voz, esto es, están oyendo la voz, es imposible perderse. A quienes creen, es decir, están creyendo, es imposible perderse. A quienes están en Cristo, esto es, permanecen en Cristo, jamás se perderán. Las ovejas siguen su voz, no solo siguieron alguna vez, sino están siguiendo; por tanto, son salvas. El que cree en salvo siempre salvo, pero moderado dice que aquel que ha sido salvo nunca se apartará; pero existe otra rama del mismo pensamiento que es recalcitrante, que sostiene que aún si el creyente se aparta para practicar el pecado, solo pierde su gozo y recompensa, más no su salvación. Por demás está decir que podría elogiar un tanto el pensamiento moderado, pero aborrezco por antibíblico y por engañar a las almas exponiéndolas al fuego eterno, el pensamiento recalcitrante. Por otro lado, la seguridad de salvación desde el punto de vista de quienes si se pierde tiene como énfasis la responsabilidad humana. Para este pensamiento es posible perderse después de haber creído, si se abandona la fe; su demostración se basa principalmente en todas aquellas advertencias bíblicas relativas a la apostasía. Por ejemplo, Jesús advertía a sus discípulos sobre el peligro de ser engañados (Mat. 24:4, 11-13). Si no fuese posible esto, lógicamente no sería necesaria la advertencia. Como también escribe el apóstol Pablo en esta misma carta: Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto. Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar. Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil. Ni tentemos al Señor, como también algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron por el destructor. Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga (1 Cor. 10:1-12). Notemos que la experiencia de Israel guarda las mismas experiencias de nuestra propia salvación, ellos como figura apuntando a Cristo, y nosotros como la realidad a partir de Cristo. Fueron salvos de Egipto cruzando el mal como nosotros rescatados del mundo y su sistema esclavizante de pecado; fueron bautizados en agua y Espíritu, por decirlo así; disfrutaron a Cristo como su pan y su agua; pero su pecado, murmuración e idolatría posterior los llevó a perecer. De parte de Dios no hubo falla alguna, simplemente no quisieron seguir en Cristo y como resultado se perdieron. Estas cosas fueron escritas para advertirnos, ¿habría necesidad de tal advertencia si fuera imposible perderse? Este pasaje es muy similar a lo dicho por el escritor a los Hebreos, quien, escribió a los nacionales judíos ante la apostasía a la que estaban siendo tentados de regresar al judaísmo y sus ritos dejando con ello a Cristo: Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado. Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio, entre tanto que se dice: si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación. ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés? ¿Y con quiénes estuvo él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? (Heb. 3:12-17). Y también: Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron (Heb. 2:1-3). Si aquellos que retrocedieron viviendo durante la era de las figuras y sombras del Antiguo Testamento fueron condenados, ¡cuánto mayor riesgo tienen quienes experimentan la realidad del Nuevo Pacto y vuelven atrás! (No olvides que se escribió a los hebreos que estaban siendo tentados a regresar al judaísmo). No siempre las promesas de Dios referentes a la salvación ponen la condición para su cumplimiento, pero bastan algunas que si lo hagan para que deba utilizarse el mismo principio en todas. Esto es, eres salvo y no te perderás, si dice la Biblia seguida de una condición. Por ejemplo: Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro (Col. 1:21-23). Semejante a lo escrito por el mismo apóstol en el pasaje que estamos analizando: Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano (1 Cor. 15:1-2). El apóstol Pedro lo dice de manera más enfática y hasta dura, dirían algunos: Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero. Porque mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado. Pero les ha acontecido lo del verdadero proverbio: El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada a revolcarse en el cieno (2 Pedro 2:20-22). Notemos que los tales ya habían escapado de las contaminaciones del mundo por haber conocido a Jesucristo como su Señor y Salvador, pero que de nuevo volvieron a involucrarse en el pecado; notemos que si conocieron el camino de la justicia, pero se volvieron atrás. ¿Resultado? Volvieron a ser de naturaleza pecaminosa como un perro o un puerco. Hebreos vuelve a advertir algo semejante: Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio (Heb. 6:4-6). Algunos tratan de interpretarlo como una imposibilidad a partir del comienzo del versículo 4, esto es, que es imposible que recaigan y se pierdan quienes experimenten estas cosas; pero no es tal la enseñanza del pasaje, primero, por el propósito del libro; y segundo, no dice que sea imposible que recaigan, sino imposible que sean salvos si recayeron (lo dicho es que la condición de recaído o practica voluntaria del pecado es perdido, pues si volviese a Cristo sería salvo). Luego, se exhorta a alcanzar las promesas de Dios mediante la fe y la paciencia perseverante: Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas (Heb. 6:11-12). Recuerda que los verbos, tanto para salvación como para condenación obedecen a la condición de un presente continuo: el que está pecando o el que está en Cristo está condenado o es salvo respectivamente. Y aún más tajante lo encontramos palabras adelante: Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios (Heb. 10:26-27). La Biblia presenta muchos ejemplos de personas que gustaron la salvación en sus beneficios y riquezas, pero que finalmente dejaron el camino de la verdad por propia decisión: Saúl fue mudado en otro hombre, pero se apartó del Señor al punto de ser endemoniado y condenado. De hecho, Dios no quiso escuchar más sus oraciones (1 Sam. 28:6). Judas, fue llamado apóstol, comisionado y enviado por Dios para sanar enfermos y hacer milagros, incluso estaba presente cuando el Señor les dio la promesa a los doce de sentarse en tronos para juzgar a Israel, pero, como dice la Escritura: “llegó a ser el traidor”, llegó, originalmente no lo era. Pedro dice que se fue “a su propio lugar”, esto es, a lo que él mismo escogió. Ananías y Safira mintieron al Espíritu Santo y fueron muertos por la palabra profética del apóstol Pedro (Hechos 5:1-11). Himeneo y Alejandro desecharon la fe y la buena conciencia por lo que naufragaron en cuanto a la fe (1 Tim. 1:19-20). Tenemos también los malos ejemplos de Himeneo y Fileto (2 Tim. 2:16-18); Demas (2 Tim. 4:10 aunque no estamos seguros de que en el caso de Demas se retirara de la fe o solo del ministerio); así como de los falsos maestros y sus seguidores (2 Pedro 2:1-2). La conclusión lógica es que no existirían advertencia de peligros inexistentes ni ejemplos de cosas que no pueden suceder; así como tampoco habría testimonios o casos de personas que les haya sucedido. En cierto modo, la salvación no se pierde, pues es un estado en Cristo, sino que es el hombre quien se pierde al apartarse de Cristo.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:3
15.3-4 Pablo no inventó el evangelio, lo recibió de Jesucristo. Sólo podemos compartir efectivamente lo que recibimos efectivamente. El evangelio no termina en la muerte, sino en la resurrección; no se trata únicamente de perdonar pecados, sino de hacer nuevas criaturas. Todo el evangelio es escritural, se desglosa a lo largo de toda la Biblia.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:4
15.3-4 Pablo no inventó el evangelio, lo recibió de Jesucristo. Sólo podemos compartir efectivamente lo que recibimos efectivamente. El evangelio no termina en la muerte, sino en la resurrección; no se trata únicamente de perdonar pecados, sino de hacer nuevas criaturas. Todo el evangelio es escritural, se desglosa a lo largo de toda la Biblia.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:5
15.5-7 Jesucristo confirmó su resurrección apareciéndose a muchos testigos; es poder indubitable que se manifiesta en aumento; comienza con un discípulo, Pedro y va hasta 500 al mismo tiempo. Sin embargo, no tiene intenciones de convencer a quienes se oponen, sino a quienes desean creer y hacer la voluntad de Dios, por eso es que también se apareció a Jacobo, hermano del Señor que originalmente no creía, pero deseaba justicia; y a Saulo, “un abortivo” que perseguía la iglesia creyendo que hacía la voluntad de Dios. Es interesante que la Palabra mencione que primero se apareció a Cefas, es decir, Pedro, cuando la primera persona que vio al Señor resucitado fuera María Magdalena; sin embargo, Pablo evita mencionarlo a causa de los desórdenes en Corinto por parte de las mujeres (compara 14:34-35). Jesús se apareció a los doce. Siendo que Judas ya había muerto, Matías, su sucesor también lo vio resucitado. O bien, se refiere al grupo como “los doce” como una especie de equipo. Notemos como dice la Palabra más adelante que se apareció a todos los apóstoles, este es uno de los requisitos para ser apóstol (1 Cor. 9:1). Aparecerse a más de quinientos hermanos a la vez deja en claro que no se trataba de sugestión ni habladurías. La resurrección de Cristo tuvo pruebas sin lugar a dudas (Hechos 1:3); dejó muchos testigos de ellos, de los cuales muchos todavía estaban vivos en tiempos de Pablo. Jacobo era hermano del Señor (Mat. 13:55) que no creía en Él durante su ministerio terrenal (Juan 7:5), pero creyó por causa de la resurrección y llegó a ser pastor principal de la iglesia en Jerusalén (autor de la carta llamada Santiago).
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:6
15.5-7 Jesucristo confirmó su resurrección apareciéndose a muchos testigos; es poder indubitable que se manifiesta en aumento; comienza con un discípulo, Pedro y va hasta 500 al mismo tiempo. Sin embargo, no tiene intenciones de convencer a quienes se oponen, sino a quienes desean creer y hacer la voluntad de Dios, por eso es que también se apareció a Jacobo, hermano del Señor que originalmente no creía, pero deseaba justicia; y a Saulo, “un abortivo” que perseguía la iglesia creyendo que hacía la voluntad de Dios. Es interesante que la Palabra mencione que primero se apareció a Cefas, es decir, Pedro, cuando la primera persona que vio al Señor resucitado fuera María Magdalena; sin embargo, Pablo evita mencionarlo a causa de los desórdenes en Corinto por parte de las mujeres (compara 14:34-35). Jesús se apareció a los doce. Siendo que Judas ya había muerto, Matías, su sucesor también lo vio resucitado. O bien, se refiere al grupo como “los doce” como una especie de equipo. Notemos como dice la Palabra más adelante que se apareció a todos los apóstoles, este es uno de los requisitos para ser apóstol (1 Cor. 9:1). Aparecerse a más de quinientos hermanos a la vez deja en claro que no se trataba de sugestión ni habladurías. La resurrección de Cristo tuvo pruebas sin lugar a dudas (Hechos 1:3); dejó muchos testigos de ellos, de los cuales muchos todavía estaban vivos en tiempos de Pablo. Jacobo era hermano del Señor (Mat. 13:55) que no creía en Él durante su ministerio terrenal (Juan 7:5), pero creyó por causa de la resurrección y llegó a ser pastor principal de la iglesia en Jerusalén (autor de la carta llamada Santiago).
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:7
15.5-7 Jesucristo confirmó su resurrección apareciéndose a muchos testigos; es poder indubitable que se manifiesta en aumento; comienza con un discípulo, Pedro y va hasta 500 al mismo tiempo. Sin embargo, no tiene intenciones de convencer a quienes se oponen, sino a quienes desean creer y hacer la voluntad de Dios, por eso es que también se apareció a Jacobo, hermano del Señor que originalmente no creía, pero deseaba justicia; y a Saulo, “un abortivo” que perseguía la iglesia creyendo que hacía la voluntad de Dios. Es interesante que la Palabra mencione que primero se apareció a Cefas, es decir, Pedro, cuando la primera persona que vio al Señor resucitado fuera María Magdalena; sin embargo, Pablo evita mencionarlo a causa de los desórdenes en Corinto por parte de las mujeres (compara 14:34-35). Jesús se apareció a los doce. Siendo que Judas ya había muerto, Matías, su sucesor también lo vio resucitado. O bien, se refiere al grupo como “los doce” como una especie de equipo. Notemos como dice la Palabra más adelante que se apareció a todos los apóstoles, este es uno de los requisitos para ser apóstol (1 Cor. 9:1). Aparecerse a más de quinientos hermanos a la vez deja en claro que no se trataba de sugestión ni habladurías. La resurrección de Cristo tuvo pruebas sin lugar a dudas (Hechos 1:3); dejó muchos testigos de ellos, de los cuales muchos todavía estaban vivos en tiempos de Pablo. Jacobo era hermano del Señor (Mat. 13:55) que no creía en Él durante su ministerio terrenal (Juan 7:5), pero creyó por causa de la resurrección y llegó a ser pastor principal de la iglesia en Jerusalén (autor de la carta llamada Santiago).
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:8
15.8-10 Pablo se sentía como un abortivo porque fue el último en ver al Señor resucitado; era una añadidura, un apéndice de la gracia, un hijo tirado. Se miraba a sí mismo como el más pequeño por ser el que más debía al haber sido perseguidor de la iglesia. Pero al mismo tiempo, era la mejor demostración de la gracia, ya que debiendo más se le dio mucho más; y habiendo sido inmerecedor de la mínima bendición, había sido transformado por la gracia en su mejor trabajador, incluso por encima de los doce. ¿Has considerado que si no sirves al Señor, la gracia es vana en ti? Que seas lo que eres por la gracia y no por la carne. Por la gracia de Dios soy lo que soy –extraordinaria definición personal que exalta a Dios. Puedes vestirte como gustes, no digo que sea bueno o malo esto, pero esa ropa dirá cómo te ves, más no lo que eres. Llegará la noche y para descansar te despojarás de la ropa que te prestó una apariencia temporal. Pero no eres ropa. Llegará también el día en el que a la venida del Señor serás despojado de tu cuerpo y vestido de gloria, entonces se sabrá quién has sido verdaderamente. De momento necesitas despojarte de tu actitud corporal, en tu corazón, para manifestarte tal cual eres. Eres un extra, no el protagonista de la historia. Esta es la historia de Dios. Dices: “estoy viviendo mi vida; es mi vida”, pero en realidad, si estás en Cristo, por la gracia de Dios eres lo que eres. ¡Dios te ha dado un papel en su película! Alégrate por eso. La frustración consiste en tratar de ser el protagonista en la película ajena. Tampoco eres lo que eres por lo que haces, aunque eso tiene el riesgo de formarte o deformarte; si estás en Cristo, por la gracia de Dios eres lo que eres y lo que haces es el resultado de lo que eres, no a la inversa. Te preguntan: “¿quién eres?” Y respondes ser “el ingeniero o el licenciado”, pero eso es lo que haces y no quien eres. Es ahí donde Pablo era un campeón, pues sabiendo quién era, había trabajado más que todos los demás grandes apóstoles a pesar de que trataban de clasificarlo e incluso de descalificarlo. Puedes mezclar semillas de distinta especie en una lata y posiblemente no poder luego reconocerlas; pero si las siembras, cada semilla se clasificará a sí misma. El mundo está llena de semillas mezcladas y la iglesia también; el mundo trata de clasificarnos, pero espera a ver su germinar y verás quién es cada quien. Sólo responden a su clase según Aquel que las creó. ¿Por qué pasarse la vida clasificando a las semillas? Fundamentalmente no hemos cambiado desde el día en el que nos sacaron del huerto del Edén. Hablamos por celular, pero hablamos en esencia las mismas cosas que si estuviéramos en persona dentro de una cueva. Viajamos más rápido en toda clase de cosas, pero el propósito es el mismo: viajar. Por la gracia de Dios soy lo que soy –dice el apóstol y debemos hacerle eco. No te forjes a ti mismo ni hagas tu propio destino eligiendo tu propia historia.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:9
15.8-10 Pablo se sentía como un abortivo porque fue el último en ver al Señor resucitado; era una añadidura, un apéndice de la gracia, un hijo tirado. Se miraba a sí mismo como el más pequeño por ser el que más debía al haber sido perseguidor de la iglesia. Pero al mismo tiempo, era la mejor demostración de la gracia, ya que debiendo más se le dio mucho más; y habiendo sido inmerecedor de la mínima bendición, había sido transformado por la gracia en su mejor trabajador, incluso por encima de los doce. ¿Has considerado que si no sirves al Señor, la gracia es vana en ti? Que seas lo que eres por la gracia y no por la carne. Por la gracia de Dios soy lo que soy –extraordinaria definición personal que exalta a Dios. Puedes vestirte como gustes, no digo que sea bueno o malo esto, pero esa ropa dirá cómo te ves, más no lo que eres. Llegará la noche y para descansar te despojarás de la ropa que te prestó una apariencia temporal. Pero no eres ropa. Llegará también el día en el que a la venida del Señor serás despojado de tu cuerpo y vestido de gloria, entonces se sabrá quién has sido verdaderamente. De momento necesitas despojarte de tu actitud corporal, en tu corazón, para manifestarte tal cual eres. Eres un extra, no el protagonista de la historia. Esta es la historia de Dios. Dices: “estoy viviendo mi vida; es mi vida”, pero en realidad, si estás en Cristo, por la gracia de Dios eres lo que eres. ¡Dios te ha dado un papel en su película! Alégrate por eso. La frustración consiste en tratar de ser el protagonista en la película ajena. Tampoco eres lo que eres por lo que haces, aunque eso tiene el riesgo de formarte o deformarte; si estás en Cristo, por la gracia de Dios eres lo que eres y lo que haces es el resultado de lo que eres, no a la inversa. Te preguntan: “¿quién eres?” Y respondes ser “el ingeniero o el licenciado”, pero eso es lo que haces y no quien eres. Es ahí donde Pablo era un campeón, pues sabiendo quién era, había trabajado más que todos los demás grandes apóstoles a pesar de que trataban de clasificarlo e incluso de descalificarlo. Puedes mezclar semillas de distinta especie en una lata y posiblemente no poder luego reconocerlas; pero si las siembras, cada semilla se clasificará a sí misma. El mundo está llena de semillas mezcladas y la iglesia también; el mundo trata de clasificarnos, pero espera a ver su germinar y verás quién es cada quien. Sólo responden a su clase según Aquel que las creó. ¿Por qué pasarse la vida clasificando a las semillas? Fundamentalmente no hemos cambiado desde el día en el que nos sacaron del huerto del Edén. Hablamos por celular, pero hablamos en esencia las mismas cosas que si estuviéramos en persona dentro de una cueva. Viajamos más rápido en toda clase de cosas, pero el propósito es el mismo: viajar. Por la gracia de Dios soy lo que soy –dice el apóstol y debemos hacerle eco. No te forjes a ti mismo ni hagas tu propio destino eligiendo tu propia historia.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:10
15.8-10 Pablo se sentía como un abortivo porque fue el último en ver al Señor resucitado; era una añadidura, un apéndice de la gracia, un hijo tirado. Se miraba a sí mismo como el más pequeño por ser el que más debía al haber sido perseguidor de la iglesia. Pero al mismo tiempo, era la mejor demostración de la gracia, ya que debiendo más se le dio mucho más; y habiendo sido inmerecedor de la mínima bendición, había sido transformado por la gracia en su mejor trabajador, incluso por encima de los doce. ¿Has considerado que si no sirves al Señor, la gracia es vana en ti? Que seas lo que eres por la gracia y no por la carne. Por la gracia de Dios soy lo que soy –extraordinaria definición personal que exalta a Dios. Puedes vestirte como gustes, no digo que sea bueno o malo esto, pero esa ropa dirá cómo te ves, más no lo que eres. Llegará la noche y para descansar te despojarás de la ropa que te prestó una apariencia temporal. Pero no eres ropa. Llegará también el día en el que a la venida del Señor serás despojado de tu cuerpo y vestido de gloria, entonces se sabrá quién has sido verdaderamente. De momento necesitas despojarte de tu actitud corporal, en tu corazón, para manifestarte tal cual eres. Eres un extra, no el protagonista de la historia. Esta es la historia de Dios. Dices: “estoy viviendo mi vida; es mi vida”, pero en realidad, si estás en Cristo, por la gracia de Dios eres lo que eres. ¡Dios te ha dado un papel en su película! Alégrate por eso. La frustración consiste en tratar de ser el protagonista en la película ajena. Tampoco eres lo que eres por lo que haces, aunque eso tiene el riesgo de formarte o deformarte; si estás en Cristo, por la gracia de Dios eres lo que eres y lo que haces es el resultado de lo que eres, no a la inversa. Te preguntan: “¿quién eres?” Y respondes ser “el ingeniero o el licenciado”, pero eso es lo que haces y no quien eres. Es ahí donde Pablo era un campeón, pues sabiendo quién era, había trabajado más que todos los demás grandes apóstoles a pesar de que trataban de clasificarlo e incluso de descalificarlo. Puedes mezclar semillas de distinta especie en una lata y posiblemente no poder luego reconocerlas; pero si las siembras, cada semilla se clasificará a sí misma. El mundo está llena de semillas mezcladas y la iglesia también; el mundo trata de clasificarnos, pero espera a ver su germinar y verás quién es cada quien. Sólo responden a su clase según Aquel que las creó. ¿Por qué pasarse la vida clasificando a las semillas? Fundamentalmente no hemos cambiado desde el día en el que nos sacaron del huerto del Edén. Hablamos por celular, pero hablamos en esencia las mismas cosas que si estuviéramos en persona dentro de una cueva. Viajamos más rápido en toda clase de cosas, pero el propósito es el mismo: viajar. Por la gracia de Dios soy lo que soy –dice el apóstol y debemos hacerle eco. No te forjes a ti mismo ni hagas tu propio destino eligiendo tu propia historia.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:11
15.11 La resurrección de Jesucristo ha rendido frutos por medio de muchos testigos; por lo que el apóstol Pablo no estaba celoso acerca de los predicadores como Pedro y como Apolos que habían compartido la Palabra en Corinto. Finalmente, uno de los frutos de la Palabra de Dios, eran los corintios. Todo predicador debe mirar las motivaciones detrás de su mensaje y sentirse feliz cuando la iglesia intima con Cristo por encima del reconocimiento personal.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:12
15.12-14 Los corintios tenían severos problemas, uno de ellos era negar la resurrección, lo cual implica apartarse del evangelio y perder los frutos de la fe, la gracia y el evangelio (vrs. 1-2). No serían salvos ni serían por su gracia transformados. La mejor prueba de que resucitaremos es que Jesús resucitó. Y si negamos que resucitaremos, negamos también que el Señor resucitó, esto es, la base del evangelio. La piedra angular que sostiene el cristianismo es la resurrección del Señor, sin esta fe no existe salvación alguna.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:13
15.12-14 Los corintios tenían severos problemas, uno de ellos era negar la resurrección, lo cual implica apartarse del evangelio y perder los frutos de la fe, la gracia y el evangelio (vrs. 1-2). No serían salvos ni serían por su gracia transformados. La mejor prueba de que resucitaremos es que Jesús resucitó. Y si negamos que resucitaremos, negamos también que el Señor resucitó, esto es, la base del evangelio. La piedra angular que sostiene el cristianismo es la resurrección del Señor, sin esta fe no existe salvación alguna.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:14
15.12-14 Los corintios tenían severos problemas, uno de ellos era negar la resurrección, lo cual implica apartarse del evangelio y perder los frutos de la fe, la gracia y el evangelio (vrs. 1-2). No serían salvos ni serían por su gracia transformados. La mejor prueba de que resucitaremos es que Jesús resucitó. Y si negamos que resucitaremos, negamos también que el Señor resucitó, esto es, la base del evangelio. La piedra angular que sostiene el cristianismo es la resurrección del Señor, sin esta fe no existe salvación alguna.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:15
15.15-19 Los corintios decían que no habría resurrección de muertos, esto negaba que el Señor hubiese resucitado y con ello, todo el evangelio; pero una de las pruebas de la resurrección del Señor Jesucristo eran los muchos testigos de ello, incluyendo como principales testigos a los apóstoles. Jamás podrían poner de acuerdo a tantas personas para vivir y morir por una mentira. Sería un fraude inconcebible morir por lo que sabían no era verdad después de darlo todo predicando esa verdad. Los corintios negaban el sentido común negando la resurrección, pues al decir esto ese colocaban en la posición de irredentos. Si Jesús no resucitó, entonces su muerte carece de sentido, sería la muerte de uno más y todo lo que Jesús dijo no sería verdad; por tanto, no habría perdón de pecados, siendo los creyentes el grupo más descorazonado y digno de lástima de la historia. Por demás está decir que Pablo usa la ironía para ridiculizar a los incrédulos que negaban la resurrección.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:16
15.15-19 Los corintios decían que no habría resurrección de muertos, esto negaba que el Señor hubiese resucitado y con ello, todo el evangelio; pero una de las pruebas de la resurrección del Señor Jesucristo eran los muchos testigos de ello, incluyendo como principales testigos a los apóstoles. Jamás podrían poner de acuerdo a tantas personas para vivir y morir por una mentira. Sería un fraude inconcebible morir por lo que sabían no era verdad después de darlo todo predicando esa verdad. Los corintios negaban el sentido común negando la resurrección, pues al decir esto ese colocaban en la posición de irredentos. Si Jesús no resucitó, entonces su muerte carece de sentido, sería la muerte de uno más y todo lo que Jesús dijo no sería verdad; por tanto, no habría perdón de pecados, siendo los creyentes el grupo más descorazonado y digno de lástima de la historia. Por demás está decir que Pablo usa la ironía para ridiculizar a los incrédulos que negaban la resurrección.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:17
15.15-19 Los corintios decían que no habría resurrección de muertos, esto negaba que el Señor hubiese resucitado y con ello, todo el evangelio; pero una de las pruebas de la resurrección del Señor Jesucristo eran los muchos testigos de ello, incluyendo como principales testigos a los apóstoles. Jamás podrían poner de acuerdo a tantas personas para vivir y morir por una mentira. Sería un fraude inconcebible morir por lo que sabían no era verdad después de darlo todo predicando esa verdad. Los corintios negaban el sentido común negando la resurrección, pues al decir esto ese colocaban en la posición de irredentos. Si Jesús no resucitó, entonces su muerte carece de sentido, sería la muerte de uno más y todo lo que Jesús dijo no sería verdad; por tanto, no habría perdón de pecados, siendo los creyentes el grupo más descorazonado y digno de lástima de la historia. Por demás está decir que Pablo usa la ironía para ridiculizar a los incrédulos que negaban la resurrección.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:18
15.15-19 Los corintios decían que no habría resurrección de muertos, esto negaba que el Señor hubiese resucitado y con ello, todo el evangelio; pero una de las pruebas de la resurrección del Señor Jesucristo eran los muchos testigos de ello, incluyendo como principales testigos a los apóstoles. Jamás podrían poner de acuerdo a tantas personas para vivir y morir por una mentira. Sería un fraude inconcebible morir por lo que sabían no era verdad después de darlo todo predicando esa verdad. Los corintios negaban el sentido común negando la resurrección, pues al decir esto ese colocaban en la posición de irredentos. Si Jesús no resucitó, entonces su muerte carece de sentido, sería la muerte de uno más y todo lo que Jesús dijo no sería verdad; por tanto, no habría perdón de pecados, siendo los creyentes el grupo más descorazonado y digno de lástima de la historia. Por demás está decir que Pablo usa la ironía para ridiculizar a los incrédulos que negaban la resurrección.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:19
15.15-19 Los corintios decían que no habría resurrección de muertos, esto negaba que el Señor hubiese resucitado y con ello, todo el evangelio; pero una de las pruebas de la resurrección del Señor Jesucristo eran los muchos testigos de ello, incluyendo como principales testigos a los apóstoles. Jamás podrían poner de acuerdo a tantas personas para vivir y morir por una mentira. Sería un fraude inconcebible morir por lo que sabían no era verdad después de darlo todo predicando esa verdad. Los corintios negaban el sentido común negando la resurrección, pues al decir esto ese colocaban en la posición de irredentos. Si Jesús no resucitó, entonces su muerte carece de sentido, sería la muerte de uno más y todo lo que Jesús dijo no sería verdad; por tanto, no habría perdón de pecados, siendo los creyentes el grupo más descorazonado y digno de lástima de la historia. Por demás está decir que Pablo usa la ironía para ridiculizar a los incrédulos que negaban la resurrección.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:20
15.20 La naturaleza muestra diferentes maneras de dar a luz a las diversas especies. Por ejemplo, existen vivíparos, se forman dentro de la madre y nacen formados; ovíparos, se forman y desarrollan a través de un huevo; ovovivíparos, se forman dentro de huevos, pero dentro de la madre y el cascarón se rompe antes de nacer. Son especies terrenales, y hay muchas curiosidades si examinamos cómo nacen en detalle insectos, peces, bestias, etc.; sin embargo, ninguna especie es tan interesante como la especie humana, la cual fue diseñada para tener tres nacimientos para poder alcanzar su verdadero ser. Para explicar lo anterior, veamos el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo y luego nuestra propia experiencia. Comencemos con entender la importancia de la última semana, en la cual, es precedida por la resurrección de Lázaro y terminada con la resurrección de Cristo. Como en paréntesis señalando lo principal: Cristo es las primicias, el primero de la nueva especie. Él pasó por el proceso de estos tres nacimientos. Su primer nacimiento fue como Unigénito Hijo de Dios. Conocemos este hecho como la encarnación del Hijo del Hombre. La simiente prometida de la mujer (Gn. 3:15); el Verbo fue hecho carne… el Unigénito Hijo de Dios (Juan 1:14). Fue engendrado por el Espíritu Santo en el vientre de María virgen (Mat. 1:20). Cumpliendo así lo prometido en las Escrituras, un niño nos es nacido, Hijo nos es dado (Is. 9:6). Venido el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer (Gal. 4:4). Al hacerse carne buscaba destruir la carne (Heb. 2:14). Y lo logró. Todo ese tiempo estuvo limitado a la vida humana sin los atributos divinos. Se despojó del uso de sus atributos divinos (Fil. 2:7). Así que voluntariamente no usaba su deidad, ¿recuerdas la tentación en el desierto? “Si eres el Hijo de Dios, di” (Luc. 4). Incluso no conocía la fecha de su segunda venida (Mar. 13:22). Para entender esto podemos pensar en un adulto desarrollado que tiene un accidente y pierde sus facultades cognoscitivas temporalmente; olvidando todo lo que sabía, deberá nuevamente aprenderlo todo, será largo y angustioso, terapias y esfuerzo para llegar a ser quien era. Nuestro Salvador también desaprendió despojándose de su gloria divina al hacerse Hombre. Tuvo que ser enseñado hasta a comer como un niño común. Mas un día regresó a su gloria. Como su segundo nacimiento, Jesús es llamado el Amado Hijo de Dios. Los cristianos hablamos de nacer de nuevo, y después de nacer de nuevo somos bautizados. Cristo no necesitaba esto, pues era nacido de Dios; pero aun así debía cumplir toda justicia, como dijo a Juan el Bautista (Mat. 3:15), por lo que tuvo que ser bautizado a manera de pasar por el nuevo nacimiento. Podemos ver esto simbólicamente en la manera como inicia su ministerio, haciendo vino en las bodas de Caná de Galilea al tercer día, figura de resurrección (Juan 2:1). Y terminó su ministerio terrenal resucitando al tercer día. Su bautismo era como un morir y volver a nacer, por algo los cielos se abrieron en ese momento y Dios lo declaró su Hijo, en el cual tiene complacencia. Semejante a cuando se fabrican maniquíes: se usa un modelo, una persona que reúna las características buscadas, a quien llenarán de yeso y sustancias que usarán para crear un molde, un prototipo que sirva para hacer el resto de los maniquíes. El modelo no necesita que lo unten de yeso, lo hace sólo para crear el prototipo. Así nuestro Señor, no necesitaba nacer de nuevo ni ser bautizado, pero cumplió la justicia necesaria, Él se hizo Hombre para crear el prototipo que formaría al resto de los hijos de Dios. Respecto a su tercer nacimiento, Jesús fue declarado el primogénito Hijo de Dios. Fue engendrado como el Hijo del Hombre, por lo que al morir en la cruz, su naturaleza humana de carne fue terminada. Pero el asunto no terminó allí, puesto que fue resucitado y con ello, exaltado en gloria. La resurrección fue otro nacimiento de nuestro Señor, pasó de Unigénito a Primogénito como primicias de una nueva especie: Acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos (Rom. 1:3-4). Ya era Hijo de Dios, siempre lo fue; pero ahora era declarado Hijo de Dios por la resurrección de entre los muertos, es decir, Hijo de Dios en un nuevo sentido, el Primogénito de Dios, puesto que ahora habría muchos hijos más, la iglesia. Desde que fue introducido en el mundo como Hijo fue con el propósito de hacerlo el primogénito, pero debía pasar por el proceso de la resurrección para hacer esto posible. ¡En su encarnación fue hecho como nosotros, pero en su resurrección nosotros somos hechos como Él! ¡Aleluya! Si la larva no pasa por el proceso de la metamorfosis, jamás se transformará en mariposa. Un día debe convertirse en crisálida y morir a su estado anterior para finalmente volar. Nuestro Señor fue hecho Hombre, sujeto a este mundo y sus limitaciones hasta el día que probó la muerte, pasó por la tumba y resucitó manifestando se gloria final como Primogénito Hijo de Dios. Sin este proceso jamás hubiera más hijos de Dios. La muerte no podía retenerle, fue como un parto. En hechos leemos: a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella (Hechos 2:23-24). Se usa el término griego kratéo que Lucas, el autor de Hechos y médico, usaba para describir el momento en el que una mujer ya no puede impedir el nacimiento del hijo ni retenerlo en su vientre porque ha llegado la hora del parto. La Vida no podía ser retenida por la muerte. Jesús resucitó, ¡nació el Primogénito de Dios! Esta clase de vida se parece a la historia de Jonás, quien al tercer día de estar en el vientre del pez fue vomitado en la playa; el cuerpo resucitado es intolerable al mundo, rebasa sus límites, no puede retenerlo. Jesús hizo referencia a su resurrección hablando de la historia de Jonás como señal de su resurrección, así que sin duda están ligados. También mencionó la resurrección como prueba de que era Hijo de Dios después de limpiar el templo. Le preguntaron con que autoridad hacía estas cosas, y respondió: destruir este templo y en tres días lo levantaré, pero Él hablaba del templo de su cuerpo (Juan 2:18-21). De modo que el Primogénito de la nueva especie nació, el primero de una nueva creación; como dice la Escritura: El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia (Col. 1:15, 18). La Cabeza de la nueva especie como Adán lo era de la especie humana. Compáralo a mezclar ADN de dos especies distintas, podría producirse una nueva especie. Terrenalmente, esto no sucede sin colaboración externa al ADN. Las especies no se mezclan por sí mismas, así que hay genetistas experimentando y tratando de lograrlo para hallar cura a males humanos. Dios fue mucho más allá, se hizo Hombre en Cristo trayendo el ADN del cielo a los hombres, luego lo mezclo en la muerte y produjo una especie diferente en la resurrección. Ni terrenales ni divinos, hijos de Dios esperando la glorificación. Como Primogénito, el Señor nos mostró el camino y nos lleva a Dios (más que ir a un lugar es llegar a ser una especie nueva de hijos de Dios). Respecto a los demás hijos de esta nueva especie; nuestro primer nacimiento fue el de hijos de Adán. Todos los seres humanos somos conocidos como los hijos de Adán. De allí venimos. Incluso, nacimos a su imagen, como leemos en Génesis 5:1-3, Adán fue llamado hijo de Dios creado a su imagen, pero luego sus hijos fueron considerados hijos de Adán engendrados a imagen de Adán. Desde entonces, traemos la imagen de Adán, del hombre caído expulsado del huerto. La Escritura refiere a tener la imagen del terrenal (1 Cor. 15:49). No existió otra línea de humanos, todos venimos de un origen común. Fuimos formados a partir de un solo ADN, de una sangre ha hecho Dios todo el linaje de los hombres (Hechos 17:26). Para reconocer que somos humanos no necesitamos argumentación, basta un espejo y vernos unos a otros. Luego llega nuestro segundo nacimiento: ya no como hijos de Adán, sino como hijos de Dios. Después de nuestro nacimiento como hombres, tenemos la oportunidad de escuchar el evangelio y nacer de nuevo, como expresara nuestro Señor a Nicodemo en la conversación que tuvieron de noche. Naciendo de nuevo se puede ver y entrar al reino de Dios (Juan 3:3,5). Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13). Todos los seres humanos son considerados hombres, pero al creer, reciben la Vida del cielo para ser llamados hijos de Dios. Por eso desde el principio hallamos dos líneas de hijos de Dios e hijos de los hombres. Los hombres son del mundo y se portan como tales; el problema es cuando los hijos de Dios se comportan como hijos de los hombres. El apóstol Pablo refiere a los cristianos de Corinto que debido a su mal comportamiento son carnales y andan como hombres (1 Cor. 3); inferencia a no conducirse como hijos de Dios. Enseguida tenemos el tercer nacimiento: el de hijos semejantes a Dios. Habiendo sido hechos hijos de Dios debieramos pensar que no existe privilegio más grande; sin embargo, si existe algo mayor. Esto es un misterio que será revelado posteriormente: Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es (1 Juan 3:1-2). ¡Seremos aun más que hijos de Dios! Esto sucederá hasta que el Señor Jesús se manifieste, es nuestra glorificación y a lo que podríamos llamar nuestro tercer nacimiento. La manifestación en gloria de los hijos de Dios semejantes a Dios. La mayoría de los santos serán resucitados para participar de esto, el resto que estemos vivos, seremos revestidos de gloria sin pasar por muerte. Si Jesús nació como Primogénito Hijo de Dios por el poder de la resurrección, nosotros seremos los siguientes hijos semejantes a Él en la glorificación. Así como la experiencia de Jesús, primero engendrado por el Espíritu Santo como el Hijo del Hombre y luego resucitado por Dios para ser llamado el Primogénito Hijo de Dios; así también nosotros fuimos primero engendrados por el Espíritu en el nuevo nacimiento, pero luego revestidos de la Vida de Cristo por su resurrección en nuestra glorificación; cumpliéndose así el ser así sus hermanos. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos (Rom. 8:29). Estuvimos en el vientre de nuestra madre como fetos, pero el plan no era mantenernos así. Luego nacimos como hombres, pero tampoco estaba terminado el plan. Tendremos una nueva experiencia, sea por muerte o por revestimiento de gloria, pero en la venida del Señor seremos transformados. Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos. Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos (Heb. 2:10-11). El grano de tierra que cayó en tierra, quedó solo y murió dio mucho fruto (Juan 12:24). Su muerte y resurrección trajeron mucho fruto, nosotros somos el fruto. Incluso comparó su propia experiencia de muerte y resurrección con el parto de una mujer. Su resurrección fue el parto que dio a luz la iglesia, el Nuevo Hombre: De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer cuando da a luz, tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia, por el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo. También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo (Juan 16:20-22). Compáralo con Efesios 2:15. ¡Glorioso! Llegará el día en el que pasemos de hijos de Dios a un nuevo estado y condición de gloria inimaginable de momento. Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero (1 Pedro 1:3-5). Habrás ido a lugares desconocidos que te sorprendieron, conociste nuevas comidas que te fascinaron, viste cosas que no habías imaginado que te maravillaron. Y seguimos hablando de cosas de este mundo. ¿Puedes imaginar vida en otro mundo? ¿Con otras condiciones atmosféricas, materiales, así como formas de vida? Ve más allá: jamás has estado remotamente cerca de imaginar la gloria que te espera cuando seamos glorificados en la venida del Señor. Rebasará todas las leyes de la física que hoy conoces, los colores que suponías existían, etc. ¡Semejantes a Dios!
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:21
15.21 Conforme a las leyes del reino de Dios, siendo que la muerte entró a la especie humana por su cabeza, el primero de todos, a saber, Adán; entonces era imprescindible que la resurrección o nueva vida también entrase por un Hombre, en este caso, el primero, la cabeza de una nueva creación o nueva especie. Este Hombre es Jesús.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:22
15.22 En consecuencia (mira la nota anterior), porque entró la muerte por Adán a toda la humanidad es que todos nacimos con la muerte incipiente en nuestro ser. Existiendo para morir, por no decir que medio muertos. Igualmente, pero de manera inversa, siendo que Cristo fue el primero en resucitar para no volver a morir, se constituyó por el poder de Dios en quien trajo la vida eterna a todos los que creen en Él. Depositando nuestra confianza en Jesús somos vivificados, nuestra carne morirá, pero volveremos a vivir revestidos de gloria.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:23
15.23-25 Los corintios tenían problemas pensando que la resurrección ya se había efectuado, confusión que se debía a que tanto Jesús como algunos de los santos del pasado habían resucitado (Mat. 27:52-53); por lo que el apóstol Pablo debe explicarles el orden de la resurrección, que si bien es una gloriosa promesa, no significa que se trate de un solo evento al mismo tiempo para todos. La resurrección de nuestro cuerpo es vista como una cosecha; de esta manera el escritor inspirado por el Espíritu Santo, nos remonta a la ley de la cosecha judía para comprender el orden de la resurrección de la iglesia en tres partes: primicias, cosecha y rebusca. Las primicias eran los primeros frutos, los cuales se llevaban al templo como ofrenda a Dios. Después llegaría la cosecha, refiriéndose a la parte mayor de la siega, la cual se llevaba al granero. Por ultimo, aquello que tardó en madurar no se recogía, sino que se dejaba en el campo para los huérfanos y las viudas, los extranjeros y menesterosos, los cuales podían comer libremente conforme lo que pudieran cargar sus manos. De esta manera es la resurrección de Cristo: Cristo es las primicias, junto con todos los resucitados en día que Él resucitó, así como los participantes del arrebatamiento de la iglesia (1 Cor. 15:51-53). La cosecha vendrá después de la venida del Señor al finalizar la gran tribulación y para dar comienzo al milenio (Ap. 20:4). Por último, terminando el milenio, habrá una última parte en la resurrección para aquellos que no maduraron, pero pueden ser salvos (Ap. 20:5). De esta manera Cristo reinará hasta poner a sus enemigos bajo sus pies.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:24
15.23-25 Los corintios tenían problemas pensando que la resurrección ya se había efectuado, confusión que se debía a que tanto Jesús como algunos de los santos del pasado habían resucitado (Mat. 27:52-53); por lo que el apóstol Pablo debe explicarles el orden de la resurrección, que si bien es una gloriosa promesa, no significa que se trate de un solo evento al mismo tiempo para todos. La resurrección de nuestro cuerpo es vista como una cosecha; de esta manera el escritor inspirado por el Espíritu Santo, nos remonta a la ley de la cosecha judía para comprender el orden de la resurrección de la iglesia en tres partes: primicias, cosecha y rebusca. Las primicias eran los primeros frutos, los cuales se llevaban al templo como ofrenda a Dios. Después llegaría la cosecha, refiriéndose a la parte mayor de la siega, la cual se llevaba al granero. Por ultimo, aquello que tardó en madurar no se recogía, sino que se dejaba en el campo para los huérfanos y las viudas, los extranjeros y menesterosos, los cuales podían comer libremente conforme lo que pudieran cargar sus manos. De esta manera es la resurrección de Cristo: Cristo es las primicias, junto con todos los resucitados en día que Él resucitó, así como los participantes del arrebatamiento de la iglesia (1 Cor. 15:51-53). La cosecha vendrá después de la venida del Señor al finalizar la gran tribulación y para dar comienzo al milenio (Ap. 20:4). Por último, terminando el milenio, habrá una última parte en la resurrección para aquellos que no maduraron, pero pueden ser salvos (Ap. 20:5). De esta manera Cristo reinará hasta poner a sus enemigos bajo sus pies.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:25
15.23-25 Los corintios tenían problemas pensando que la resurrección ya se había efectuado, confusión que se debía a que tanto Jesús como algunos de los santos del pasado habían resucitado (Mat. 27:52-53); por lo que el apóstol Pablo debe explicarles el orden de la resurrección, que si bien es una gloriosa promesa, no significa que se trate de un solo evento al mismo tiempo para todos. La resurrección de nuestro cuerpo es vista como una cosecha; de esta manera el escritor inspirado por el Espíritu Santo, nos remonta a la ley de la cosecha judía para comprender el orden de la resurrección de la iglesia en tres partes: primicias, cosecha y rebusca. Las primicias eran los primeros frutos, los cuales se llevaban al templo como ofrenda a Dios. Después llegaría la cosecha, refiriéndose a la parte mayor de la siega, la cual se llevaba al granero. Por ultimo, aquello que tardó en madurar no se recogía, sino que se dejaba en el campo para los huérfanos y las viudas, los extranjeros y menesterosos, los cuales podían comer libremente conforme lo que pudieran cargar sus manos. De esta manera es la resurrección de Cristo: Cristo es las primicias, junto con todos los resucitados en día que Él resucitó, así como los participantes del arrebatamiento de la iglesia (1 Cor. 15:51-53). La cosecha vendrá después de la venida del Señor al finalizar la gran tribulación y para dar comienzo al milenio (Ap. 20:4). Por último, terminando el milenio, habrá una última parte en la resurrección para aquellos que no maduraron, pero pueden ser salvos (Ap. 20:5). De esta manera Cristo reinará hasta poner a sus enemigos bajo sus pies.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:26
15.26 La vida prevalecerá. No la vida humana ni física de nuestro cuerpo mortal, sino la Vida eterna que el Hijo de Dios ha traído. La muerte desaparecerá al no poder tocar un ser más. Llegará el momento en el que no habrá más muerte. ¿Sabes lo que esto significa? No tienes de qué preocuparte, en Cristo eres intocable, inmortal, eterno. No tienes final. No te angusties por lo que dejará de ser y alégrate por lo que siempre será: tú en Cristo.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:27
15.27 Citando el Salmo 8, Pablo respalda su argumento del gobierno de Cristo sobre todo, incluyendo la muerte. Jesús recibió de Dios Padre la autoridad sobre todas las cosas (Mat. 28:18). Como Hijo de Dios ya tenía esta autoridad, pero le fue dada como Hijo del Hombre, pues en su encarnación se despojó de todo, más venció sobre todo (Fil. 2:5-11). En este orden de autoridad, solo el padre está por encima del Hijo. La resurrección nos coloca en su línea de autoridad.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:28
15.28 El plan final es que Dios Padre sea Dios de todos, esto es lo que significa todo en todos. No en una forma de panteísmo como si Dios fuese las cosas; sino como un asunto de autoridad: Dios Padre es la fuente creadora de todas las cosas y a la vez, el poder detrás de todo poder que las sustenta. Tanto el Hijo como el Espíritu Santo han sido el poder y medios a través de los cuales el Padre es el Dios de todo. La obra del Hijo es llevar todas las cosas al Padre y nosotros colaboramos en esto predicando el evangelio, aunque en su venida finalmente cumplirá esto con su poder y autoridad. La resurrección de los creyentes colaborará en esto desapareciendo por completo la muerte. Dios es Vida y si todo vive, Dios es el todo en todos.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:29
15.29 Pablo refiere a una costumbre de otros y no a una costumbre suya o de la iglesia. Con esto ironiza a los corintios como diciéndoles: “hay quienes hasta se bautizan por los muertos, tanto así creen en la resurrección; y ustedes, ¿por qué no creen?” Si otros que no son cristianos pueden creer esto, era de esperarse que los cristianos lo creyeran aun más, no el bautizarse por los muertos, pues nadie puede salvarse después de muerto por la acción de uno vivo; sino respecto al volver a vivir.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:30
15.30 Mientras los no cristianos mencionados en el versículo anterior, hacen rituales creyendo en la resurrección; los apóstoles arriesgan su vida por el mismo tema. Los primeros hacen un ritual de muerte y resurrección; pero los apóstoles tienen fe verdadera estando dispuestos a morir creyendo que resucitarán. Esto hace que su fe en resucitar sea real, pues nadie estaría dispuesto a morir por algo en lo que tiene dudas. Que tu fe te lleve a la experiencia y no se quede en los rituales.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:31
15.31-32 Como ningún otro, Pablo demostró su fe y su confianza en que habría de ser resucitado, viviendo y sirviendo dispuesto a morir por Cristo. Todos sus días eran enfrentar la muerte de una manera o de otra. Cita un ejemplo de sus luchas que seguramente les era conocido: batalló en Éfeso contra las fieras. Puede interpretarse en dos sentidos: o fue arrojado a las fieras y sobrevivió una especie de circo o se refiere a los habitantes de Éfeso que lo persiguieron como fieras o depredadores. En cualquiera de los dos casos su vida estuvo en peligro y sobrevivió de manera milagrosa, más no sin dolor y esfuerzo. El apóstol estuvo dispuesto a este riesgo por su confianza en que la muerte no es el final, sino que habremos de resucitar; si no fuese así, no arriesgaría su vida, sino se dedicaría lo mismo que el mundo, a comer y beber, es decir, a vivir la vida temporal. ¿No sería lo mismo para todos? Sin resurrección y la vida eterna, dedicarse al deleite temporal es lo que único que queda.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:32
15.31-32 Como ningún otro, Pablo demostró su fe y su confianza en que habría de ser resucitado, viviendo y sirviendo dispuesto a morir por Cristo. Todos sus días eran enfrentar la muerte de una manera o de otra. Cita un ejemplo de sus luchas que seguramente les era conocido: batalló en Éfeso contra las fieras. Puede interpretarse en dos sentidos: o fue arrojado a las fieras y sobrevivió una especie de circo o se refiere a los habitantes de Éfeso que lo persiguieron como fieras o depredadores. En cualquiera de los dos casos su vida estuvo en peligro y sobrevivió de manera milagrosa, más no sin dolor y esfuerzo. El apóstol estuvo dispuesto a este riesgo por su confianza en que la muerte no es el final, sino que habremos de resucitar; si no fuese así, no arriesgaría su vida, sino se dedicaría lo mismo que el mundo, a comer y beber, es decir, a vivir la vida temporal. ¿No sería lo mismo para todos? Sin resurrección y la vida eterna, dedicarse al deleite temporal es lo que único que queda.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:33
15.33 Los corintios tenían malas conversaciones: hablaban entre sí sobre una supuesta resurrección ya efectuada y que ellos no experimentarían; otros, hablaban de que no tenía caso volver a la vida para seguir batallando con el presente cuerpo de humillación y carne; de esta manera, perdían sus buenas costumbres de consagración y extensión del evangelio para dedicarse a las cosas temporales como el deleite de comer y beber (mira la nota siguiente).
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:34
15.34 Debido a su incredulidad respecto a la resurrección y la vida eterna, los corintios se habían sensualizado dedicándose a las cosas de este mundo. Su hablar sobre este tipo de incredulidad les produjo apartarse de las sana doctrina, es decir, de la sana conducta, las buenas costumbres cristianas. En consecuencia, pecaban como si la vida en este mundo fuera todo lo que hay; semejantes al mundo sin conciencia de consecuencias. Incluso algunos de los miembros de la iglesia eran solo nominales, no verdaderos cristianos. Los tales no conocían a Dios, no habían nacido de nuevo. Era vergonzoso que pertenecer a la iglesia de Corinto no requiriera de fe y genuina conversión.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:35
15.35-37 La creación tiene muchos ejemplos de resurrección y nueva vida, pensemos por ejemplo en una semilla. Se muere en tierra y se pudre, pero luego sale la nueva vida de una planta. Por algo las Escrituras se refieren a nuestra muerte, sepultura y resurrección como a sembrar una semilla para que salga una nueva vida. La resurrección del cuerpo es uno de los fundamentos de la doctrina de Cristo (Heb. 6:1-2); por lo que la esperanza de la iglesia se ha distinguido en su mensaje a través de las edades. Aunque seamos cristianos experimentamos la muerte incipiente en nuestro cuerpo envejeciendo con los años; pero llegará un día cuando este cuerpo corruptible se levante incorruptible lleno de vida, inmortal y eterno (1 Cor. 15:51-56). Esto sucederá en los tiempos finales. La doctrina de la resurrección es una esperanza profetizada a lo largo de las Escrituras; desde los tiempos patriarcales, ya se creía en ella (Job 19:25-26). Y en los días del reino de Israel era cantado en sus salmos (Sal. 16:9-10; 49:15). Los profetas lo anunciaron (Isaías 26:19; Dan. 12:2-3); y el mismo Señor Jesucristo, además de demostrar la resurrección, enseñó acerca de ella (Lucas 24:37-39; Juan 5:29). De hecho, no solamente enseñó acerca de la resurrección, sino que mandó a sus apóstoles a que predicaran el evangelio y resucitaran muertos en su Nombre (Mateo 10:8). Los primeros cristianos eran conocidos como testigos de la resurrección del Señor Jesús y se caracterizaban por enseñar acerca de la resurrección, no sólo del Señor, sino también de los creyentes; por ejemplo, escribió el apóstol Pablo: Quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con Él (1 Tes. 5:10). El apóstol habla de velar como permanecer vivo sin morir físicamente hasta la venida del Señor y de dormir como experimentar la muerte física del cuerpo; pero en uno y otro caso, la promesa es que volveremos a vivir con el Señor; es decir, resucitar. Surgen muchas preguntas, cuándo será esto, cómo será, qué clase de cuerpo tendremos, volveremos a vivir, etc. Es necesario un cuerpo de gloria, inmortal. La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción (1 Cor. 15:50 y dice esto exactamente antes de comenzar a hablar acerca del arrebatamiento de los santos); por lo que es necesaria la resurrección del cuerpo, esto es, que recibamos de la gloria de Dios para vivir con Él en gloria. Así como un astronauta no puede habitar el espacio exterior sin un traje espacial ni un buzo puede morar bajo el agua sin un equipamiento adecuado; así tampoco el hombre puede habitar en la espera celestial a menos que sea revestido como un ser celestial. Sin la glorificación del cuerpo no existe completa salvación, pues la muerte hubiera retenido algo, dándole así corona las tinieblas en algo, cuando todo debe ser sometido a Dios dándole gloria al Padre; leemos: Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte (1 Cor. 15:21-26). Entonces podemos declarar: Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Cor. 15:53-55). ¿Y con qué cuerpo resucitaremos? Esta es una pregunta que también los primeros cristianos se hacían. La respuesta vino a través de la carta a los Corintios: Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo” (1Cor. 15:35-38). Así como es diferente la semilla al árbol y fruto que sale de ella; así es mucho mejor el cuerpo resucitado con relación al cuerpo terrenal que tenemos actualmente. Nuestro cuerpo físico es una especie de semilla, Dios tiene reservados los elementos necesarios para producir el cuerpo de gloria después de ser vivificado por el poder de Dios. Otra metáfora que ilustra la misma verdad es la de un edifico en comparación a una tienda de campaña: Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida (2 Cor. 5:1-4). El cuerpo de carne es una simple tienda de campaña (eso es lo que significa tabernáculo) en comparación con el cuerpo de gloria que es como un edificio comparativamente hablando. La tienda es temporal, el edificio es permanente; así nuestro cuerpo de carne es para unos cuantos años, mientras que el cuerpo de gloria es para la eternidad. Ser desnudados de nuestro cuerpo de carne significa morir físicamente, Pablo dice que preferimos ser revestidos con el cuerpo de gloria; esto es, ser glorificados sin necesidad de morir. ¿Es esto posible? La Biblia enseña que sí. Cuando Jesús resucitó podía hacer lo mismo que antes de morir como comer y beber (Luc. 24:39-43), pero también podía sobrepasar las leyes naturales que hoy limitan al cuerpo de carne; por ejemplo, traspasaba material sólido e incluso podía aparecerse en otro lugar (Juan 20:19) y se trasladaba de la tierra al tercer cielo ida y vuelta en el mismo día (Juan 20:17-19), entre otras muchas cosas como no cansarse ni enfermarse, tampoco estar atado a los instintos de la carne como la sexualidad (Mateo 22:30), etc. A pesar de que podía tomar la forma humana exacta a la que tenía en carne, pues mostró las cicatrices de la crucifixión (Juan 20:20), siendo que en otra ocasión lo vieron sin reconocerlo (Luc. 24:13-31). El apóstol Juan declaró por el Espíritu: seremos semejantes a Él porque le veremos tal como Él es (1 Juan 3:2). Otro pasaje declara: Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas (Fil. 3:20-21). Ser como Él es, es mucho más que recuperar la gloria que perdió Adán, es más que regresar al inicio, es llegar a la meta. A Jesús se le llama “el segundo Adán” porque nos lleva más allá que el primero. El primer Adán era “alma viviente”, es decir, recibió el aliento de Dios para vivir (Gen. 2:7); pero Cristo, el segundo Adán, es “espíritu vivificante”, produce vida a los demás (1 Cor. 15:45). La resurrección hace del hombre un ser glorioso lleno de vida que vivifica lo que toca, no lo inanimado, sino lo que ya vive. Hoy compartimos microbios y bacterias con nuestro cuerpo de carne; pero un día compartiremos vida de gloria con el cuerpo de la resurrección. ¿Resucitaremos todos al mismo tiempo? ¿Recibiremos todos los resucitados un cuerpo exactamente igual en virtudes o algunos tendrán más habilidades que otros? Es importante saber que no todas las resurrecciones se efectuarán al mismo tiempo, existe un orden en las mismas ilustrado por medio del ciclo de la cosecha agrícola (la iglesia es como una labranza según 1 Cor. 3:9). La Palabra nos enseña: pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia (1 Cor. 15:23-24). Tres partes de ese orden: 1.- Primicias (clara referencia al orden de la cosecha). 2.- La venida. 3.- El fin. Esto corresponde con los tiempos en los que se levantaba la cosecha, a saber: 1.- Primicias, que se llevaba al templo como ofrenda a Dios (Ex. 22:29; 23:19; 34:26; Ap. 14:1-5). 2.- Cosecha, que se llevaba al granero (Ex. 23:16; Ap. 14:14-16). 3.- Rebusca, se le llamaba así a lo que no se recogía o maduraba después y que se dejaba para los huérfanos, las viudas, los pobres y los forasteros (Lev. 23:22; Dt. 24:19-21; Mateo 13:39-43). De manera que el orden de la resurrección es: 1.- Cristo y todos los que sean resucitados antes de su venida son tenidos como primicias y pasarán su eternidad en intimidad con Dios para su deleite. 2.- Todos los que resuciten en la venida de Señor (1 Tes. 4:15-17), teniendo acceso a la Presencia de Dios, pero sin morar permanentemente en Él. 3.- Por último, los que sean resucitados hasta el final de los tiempos habiendo de pasar por el juicio y con riesgo de condenación (Ap. 20:11-15). Esto corresponde a los tres lugares del tabernáculo de Moisés: atrio, donde todo el pueblo podía entrar; lugar santo, donde sólo los sacerdotes ministraban; y Lugar Santísimo, donde sólo el Sumo Sacerdote tenía acceso. Y también puede verse como la tierra nueva para los salvos a duras penas; los cielos nuevos para los salvos; y la Nueva Jerusalén para los vencedores o sobresalientes en la fe (Ap. 21:1-2). Estos tres niveles de recompensa se ven a lo largo de toda la Biblia; para ser parte de las primicias o de la mayor recompensa; es decir, para ser de los que están con Cristo son llamados y elegidos y fieles (Ap. 17:14). Muchos son llamados, pocos son escogidos; y de entre los escogidos hay que ser hallado fiel. Habiendo conocido el orden de las resurrecciones, descubrimos que el nivel más alto es una mejor resurrección, con mayor gloria y recompensa. El apóstol Pablo escribió acerca de esto a los filipenses diciendo: A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos (Fil. 3:10-11). Cuando el apóstol dice esto, no está dudando de que vaya a resucitar, en realidad está expresando su deseo de una mejor resurrección a la del resto de los creyentes. Nuestra versión al español no lo traduce tan acertadamente, pero la palabra resurrección es en este pasaje diferente al resto de las Escrituras. Normalmente se usa en la Biblia la palabra anástasis, para referirse a la resurrección; pero en este versículo, como una excepción, se escribe exanástasis. Pablo hace esto para enfatizar que no está hablando de la resurrección común, sino de una resurrección más excelente o privilegiada. Dicha mejor resurrección es la de las primicias, la de mayor recompensa que se efectuará antes de la venida del Señor, en lo que se conoce como “el arrebatamiento de la iglesia”.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:36
15.35-37 La creación tiene muchos ejemplos de resurrección y nueva vida, pensemos por ejemplo en una semilla. Se muere en tierra y se pudre, pero luego sale la nueva vida de una planta. Por algo las Escrituras se refieren a nuestra muerte, sepultura y resurrección como a sembrar una semilla para que salga una nueva vida. La resurrección del cuerpo es uno de los fundamentos de la doctrina de Cristo (Heb. 6:1-2); por lo que la esperanza de la iglesia se ha distinguido en su mensaje a través de las edades. Aunque seamos cristianos experimentamos la muerte incipiente en nuestro cuerpo envejeciendo con los años; pero llegará un día cuando este cuerpo corruptible se levante incorruptible lleno de vida, inmortal y eterno (1 Cor. 15:51-56). Esto sucederá en los tiempos finales. La doctrina de la resurrección es una esperanza profetizada a lo largo de las Escrituras; desde los tiempos patriarcales, ya se creía en ella (Job 19:25-26). Y en los días del reino de Israel era cantado en sus salmos (Sal. 16:9-10; 49:15). Los profetas lo anunciaron (Isaías 26:19; Dan. 12:2-3); y el mismo Señor Jesucristo, además de demostrar la resurrección, enseñó acerca de ella (Lucas 24:37-39; Juan 5:29). De hecho, no solamente enseñó acerca de la resurrección, sino que mandó a sus apóstoles a que predicaran el evangelio y resucitaran muertos en su Nombre (Mateo 10:8). Los primeros cristianos eran conocidos como testigos de la resurrección del Señor Jesús y se caracterizaban por enseñar acerca de la resurrección, no sólo del Señor, sino también de los creyentes; por ejemplo, escribió el apóstol Pablo: Quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con Él (1 Tes. 5:10). El apóstol habla de velar como permanecer vivo sin morir físicamente hasta la venida del Señor y de dormir como experimentar la muerte física del cuerpo; pero en uno y otro caso, la promesa es que volveremos a vivir con el Señor; es decir, resucitar. Surgen muchas preguntas, cuándo será esto, cómo será, qué clase de cuerpo tendremos, volveremos a vivir, etc. Es necesario un cuerpo de gloria, inmortal. La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción (1 Cor. 15:50 y dice esto exactamente antes de comenzar a hablar acerca del arrebatamiento de los santos); por lo que es necesaria la resurrección del cuerpo, esto es, que recibamos de la gloria de Dios para vivir con Él en gloria. Así como un astronauta no puede habitar el espacio exterior sin un traje espacial ni un buzo puede morar bajo el agua sin un equipamiento adecuado; así tampoco el hombre puede habitar en la espera celestial a menos que sea revestido como un ser celestial. Sin la glorificación del cuerpo no existe completa salvación, pues la muerte hubiera retenido algo, dándole así corona las tinieblas en algo, cuando todo debe ser sometido a Dios dándole gloria al Padre; leemos: Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte (1 Cor. 15:21-26). Entonces podemos declarar: Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Cor. 15:53-55). ¿Y con qué cuerpo resucitaremos? Esta es una pregunta que también los primeros cristianos se hacían. La respuesta vino a través de la carta a los Corintios: Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo” (1Cor. 15:35-38). Así como es diferente la semilla al árbol y fruto que sale de ella; así es mucho mejor el cuerpo resucitado con relación al cuerpo terrenal que tenemos actualmente. Nuestro cuerpo físico es una especie de semilla, Dios tiene reservados los elementos necesarios para producir el cuerpo de gloria después de ser vivificado por el poder de Dios. Otra metáfora que ilustra la misma verdad es la de un edifico en comparación a una tienda de campaña: Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida (2 Cor. 5:1-4). El cuerpo de carne es una simple tienda de campaña (eso es lo que significa tabernáculo) en comparación con el cuerpo de gloria que es como un edificio comparativamente hablando. La tienda es temporal, el edificio es permanente; así nuestro cuerpo de carne es para unos cuantos años, mientras que el cuerpo de gloria es para la eternidad. Ser desnudados de nuestro cuerpo de carne significa morir físicamente, Pablo dice que preferimos ser revestidos con el cuerpo de gloria; esto es, ser glorificados sin necesidad de morir. ¿Es esto posible? La Biblia enseña que sí. Cuando Jesús resucitó podía hacer lo mismo que antes de morir como comer y beber (Luc. 24:39-43), pero también podía sobrepasar las leyes naturales que hoy limitan al cuerpo de carne; por ejemplo, traspasaba material sólido e incluso podía aparecerse en otro lugar (Juan 20:19) y se trasladaba de la tierra al tercer cielo ida y vuelta en el mismo día (Juan 20:17-19), entre otras muchas cosas como no cansarse ni enfermarse, tampoco estar atado a los instintos de la carne como la sexualidad (Mateo 22:30), etc. A pesar de que podía tomar la forma humana exacta a la que tenía en carne, pues mostró las cicatrices de la crucifixión (Juan 20:20), siendo que en otra ocasión lo vieron sin reconocerlo (Luc. 24:13-31). El apóstol Juan declaró por el Espíritu: seremos semejantes a Él porque le veremos tal como Él es (1 Juan 3:2). Otro pasaje declara: Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas (Fil. 3:20-21). Ser como Él es, es mucho más que recuperar la gloria que perdió Adán, es más que regresar al inicio, es llegar a la meta. A Jesús se le llama “el segundo Adán” porque nos lleva más allá que el primero. El primer Adán era “alma viviente”, es decir, recibió el aliento de Dios para vivir (Gen. 2:7); pero Cristo, el segundo Adán, es “espíritu vivificante”, produce vida a los demás (1 Cor. 15:45). La resurrección hace del hombre un ser glorioso lleno de vida que vivifica lo que toca, no lo inanimado, sino lo que ya vive. Hoy compartimos microbios y bacterias con nuestro cuerpo de carne; pero un día compartiremos vida de gloria con el cuerpo de la resurrección. ¿Resucitaremos todos al mismo tiempo? ¿Recibiremos todos los resucitados un cuerpo exactamente igual en virtudes o algunos tendrán más habilidades que otros? Es importante saber que no todas las resurrecciones se efectuarán al mismo tiempo, existe un orden en las mismas ilustrado por medio del ciclo de la cosecha agrícola (la iglesia es como una labranza según 1 Cor. 3:9). La Palabra nos enseña: pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia (1 Cor. 15:23-24). Tres partes de ese orden: 1.- Primicias (clara referencia al orden de la cosecha). 2.- La venida. 3.- El fin. Esto corresponde con los tiempos en los que se levantaba la cosecha, a saber: 1.- Primicias, que se llevaba al templo como ofrenda a Dios (Ex. 22:29; 23:19; 34:26; Ap. 14:1-5). 2.- Cosecha, que se llevaba al granero (Ex. 23:16; Ap. 14:14-16). 3.- Rebusca, se le llamaba así a lo que no se recogía o maduraba después y que se dejaba para los huérfanos, las viudas, los pobres y los forasteros (Lev. 23:22; Dt. 24:19-21; Mateo 13:39-43). De manera que el orden de la resurrección es: 1.- Cristo y todos los que sean resucitados antes de su venida son tenidos como primicias y pasarán su eternidad en intimidad con Dios para su deleite. 2.- Todos los que resuciten en la venida de Señor (1 Tes. 4:15-17), teniendo acceso a la Presencia de Dios, pero sin morar permanentemente en Él. 3.- Por último, los que sean resucitados hasta el final de los tiempos habiendo de pasar por el juicio y con riesgo de condenación (Ap. 20:11-15). Esto corresponde a los tres lugares del tabernáculo de Moisés: atrio, donde todo el pueblo podía entrar; lugar santo, donde sólo los sacerdotes ministraban; y Lugar Santísimo, donde sólo el Sumo Sacerdote tenía acceso. Y también puede verse como la tierra nueva para los salvos a duras penas; los cielos nuevos para los salvos; y la Nueva Jerusalén para los vencedores o sobresalientes en la fe (Ap. 21:1-2). Estos tres niveles de recompensa se ven a lo largo de toda la Biblia; para ser parte de las primicias o de la mayor recompensa; es decir, para ser de los que están con Cristo son llamados y elegidos y fieles (Ap. 17:14). Muchos son llamados, pocos son escogidos; y de entre los escogidos hay que ser hallado fiel. Habiendo conocido el orden de las resurrecciones, descubrimos que el nivel más alto es una mejor resurrección, con mayor gloria y recompensa. El apóstol Pablo escribió acerca de esto a los filipenses diciendo: A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos (Fil. 3:10-11). Cuando el apóstol dice esto, no está dudando de que vaya a resucitar, en realidad está expresando su deseo de una mejor resurrección a la del resto de los creyentes. Nuestra versión al español no lo traduce tan acertadamente, pero la palabra resurrección es en este pasaje diferente al resto de las Escrituras. Normalmente se usa en la Biblia la palabra anástasis, para referirse a la resurrección; pero en este versículo, como una excepción, se escribe exanástasis. Pablo hace esto para enfatizar que no está hablando de la resurrección común, sino de una resurrección más excelente o privilegiada. Dicha mejor resurrección es la de las primicias, la de mayor recompensa que se efectuará antes de la venida del Señor, en lo que se conoce como “el arrebatamiento de la iglesia”.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:37
15.35-37 La creación tiene muchos ejemplos de resurrección y nueva vida, pensemos por ejemplo en una semilla. Se muere en tierra y se pudre, pero luego sale la nueva vida de una planta. Por algo las Escrituras se refieren a nuestra muerte, sepultura y resurrección como a sembrar una semilla para que salga una nueva vida. La resurrección del cuerpo es uno de los fundamentos de la doctrina de Cristo (Heb. 6:1-2); por lo que la esperanza de la iglesia se ha distinguido en su mensaje a través de las edades. Aunque seamos cristianos experimentamos la muerte incipiente en nuestro cuerpo envejeciendo con los años; pero llegará un día cuando este cuerpo corruptible se levante incorruptible lleno de vida, inmortal y eterno (1 Cor. 15:51-56). Esto sucederá en los tiempos finales. La doctrina de la resurrección es una esperanza profetizada a lo largo de las Escrituras; desde los tiempos patriarcales, ya se creía en ella (Job 19:25-26). Y en los días del reino de Israel era cantado en sus salmos (Sal. 16:9-10; 49:15). Los profetas lo anunciaron (Isaías 26:19; Dan. 12:2-3); y el mismo Señor Jesucristo, además de demostrar la resurrección, enseñó acerca de ella (Lucas 24:37-39; Juan 5:29). De hecho, no solamente enseñó acerca de la resurrección, sino que mandó a sus apóstoles a que predicaran el evangelio y resucitaran muertos en su Nombre (Mateo 10:8). Los primeros cristianos eran conocidos como testigos de la resurrección del Señor Jesús y se caracterizaban por enseñar acerca de la resurrección, no sólo del Señor, sino también de los creyentes; por ejemplo, escribió el apóstol Pablo: Quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con Él (1 Tes. 5:10). El apóstol habla de velar como permanecer vivo sin morir físicamente hasta la venida del Señor y de dormir como experimentar la muerte física del cuerpo; pero en uno y otro caso, la promesa es que volveremos a vivir con el Señor; es decir, resucitar. Surgen muchas preguntas, cuándo será esto, cómo será, qué clase de cuerpo tendremos, volveremos a vivir, etc. Es necesario un cuerpo de gloria, inmortal. La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción (1 Cor. 15:50 y dice esto exactamente antes de comenzar a hablar acerca del arrebatamiento de los santos); por lo que es necesaria la resurrección del cuerpo, esto es, que recibamos de la gloria de Dios para vivir con Él en gloria. Así como un astronauta no puede habitar el espacio exterior sin un traje espacial ni un buzo puede morar bajo el agua sin un equipamiento adecuado; así tampoco el hombre puede habitar en la espera celestial a menos que sea revestido como un ser celestial. Sin la glorificación del cuerpo no existe completa salvación, pues la muerte hubiera retenido algo, dándole así corona las tinieblas en algo, cuando todo debe ser sometido a Dios dándole gloria al Padre; leemos: Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia. Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte (1 Cor. 15:21-26). Entonces podemos declarar: Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Cor. 15:53-55). ¿Y con qué cuerpo resucitaremos? Esta es una pregunta que también los primeros cristianos se hacían. La respuesta vino a través de la carta a los Corintios: Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo” (1Cor. 15:35-38). Así como es diferente la semilla al árbol y fruto que sale de ella; así es mucho mejor el cuerpo resucitado con relación al cuerpo terrenal que tenemos actualmente. Nuestro cuerpo físico es una especie de semilla, Dios tiene reservados los elementos necesarios para producir el cuerpo de gloria después de ser vivificado por el poder de Dios. Otra metáfora que ilustra la misma verdad es la de un edifico en comparación a una tienda de campaña: Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida (2 Cor. 5:1-4). El cuerpo de carne es una simple tienda de campaña (eso es lo que significa tabernáculo) en comparación con el cuerpo de gloria que es como un edificio comparativamente hablando. La tienda es temporal, el edificio es permanente; así nuestro cuerpo de carne es para unos cuantos años, mientras que el cuerpo de gloria es para la eternidad. Ser desnudados de nuestro cuerpo de carne significa morir físicamente, Pablo dice que preferimos ser revestidos con el cuerpo de gloria; esto es, ser glorificados sin necesidad de morir. ¿Es esto posible? La Biblia enseña que sí. Cuando Jesús resucitó podía hacer lo mismo que antes de morir como comer y beber (Luc. 24:39-43), pero también podía sobrepasar las leyes naturales que hoy limitan al cuerpo de carne; por ejemplo, traspasaba material sólido e incluso podía aparecerse en otro lugar (Juan 20:19) y se trasladaba de la tierra al tercer cielo ida y vuelta en el mismo día (Juan 20:17-19), entre otras muchas cosas como no cansarse ni enfermarse, tampoco estar atado a los instintos de la carne como la sexualidad (Mateo 22:30), etc. A pesar de que podía tomar la forma humana exacta a la que tenía en carne, pues mostró las cicatrices de la crucifixión (Juan 20:20), siendo que en otra ocasión lo vieron sin reconocerlo (Luc. 24:13-31). El apóstol Juan declaró por el Espíritu: seremos semejantes a Él porque le veremos tal como Él es (1 Juan 3:2). Otro pasaje declara: Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas (Fil. 3:20-21). Ser como Él es, es mucho más que recuperar la gloria que perdió Adán, es más que regresar al inicio, es llegar a la meta. A Jesús se le llama “el segundo Adán” porque nos lleva más allá que el primero. El primer Adán era “alma viviente”, es decir, recibió el aliento de Dios para vivir (Gen. 2:7); pero Cristo, el segundo Adán, es “espíritu vivificante”, produce vida a los demás (1 Cor. 15:45). La resurrección hace del hombre un ser glorioso lleno de vida que vivifica lo que toca, no lo inanimado, sino lo que ya vive. Hoy compartimos microbios y bacterias con nuestro cuerpo de carne; pero un día compartiremos vida de gloria con el cuerpo de la resurrección. ¿Resucitaremos todos al mismo tiempo? ¿Recibiremos todos los resucitados un cuerpo exactamente igual en virtudes o algunos tendrán más habilidades que otros? Es importante saber que no todas las resurrecciones se efectuarán al mismo tiempo, existe un orden en las mismas ilustrado por medio del ciclo de la cosecha agrícola (la iglesia es como una labranza según 1 Cor. 3:9). La Palabra nos enseña: pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia (1 Cor. 15:23-24). Tres partes de ese orden: 1.- Primicias (clara referencia al orden de la cosecha). 2.- La venida. 3.- El fin. Esto corresponde con los tiempos en los que se levantaba la cosecha, a saber: 1.- Primicias, que se llevaba al templo como ofrenda a Dios (Ex. 22:29; 23:19; 34:26; Ap. 14:1-5). 2.- Cosecha, que se llevaba al granero (Ex. 23:16; Ap. 14:14-16). 3.- Rebusca, se le llamaba así a lo que no se recogía o maduraba después y que se dejaba para los huérfanos, las viudas, los pobres y los forasteros (Lev. 23:22; Dt. 24:19-21; Mateo 13:39-43). De manera que el orden de la resurrección es: 1.- Cristo y todos los que sean resucitados antes de su venida son tenidos como primicias y pasarán su eternidad en intimidad con Dios para su deleite. 2.- Todos los que resuciten en la venida de Señor (1 Tes. 4:15-17), teniendo acceso a la Presencia de Dios, pero sin morar permanentemente en Él. 3.- Por último, los que sean resucitados hasta el final de los tiempos habiendo de pasar por el juicio y con riesgo de condenación (Ap. 20:11-15). Esto corresponde a los tres lugares del tabernáculo de Moisés: atrio, donde todo el pueblo podía entrar; lugar santo, donde sólo los sacerdotes ministraban; y Lugar Santísimo, donde sólo el Sumo Sacerdote tenía acceso. Y también puede verse como la tierra nueva para los salvos a duras penas; los cielos nuevos para los salvos; y la Nueva Jerusalén para los vencedores o sobresalientes en la fe (Ap. 21:1-2). Estos tres niveles de recompensa se ven a lo largo de toda la Biblia; para ser parte de las primicias o de la mayor recompensa; es decir, para ser de los que están con Cristo son llamados y elegidos y fieles (Ap. 17:14). Muchos son llamados, pocos son escogidos; y de entre los escogidos hay que ser hallado fiel. Habiendo conocido el orden de las resurrecciones, descubrimos que el nivel más alto es una mejor resurrección, con mayor gloria y recompensa. El apóstol Pablo escribió acerca de esto a los filipenses diciendo: A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos (Fil. 3:10-11). Cuando el apóstol dice esto, no está dudando de que vaya a resucitar, en realidad está expresando su deseo de una mejor resurrección a la del resto de los creyentes. Nuestra versión al español no lo traduce tan acertadamente, pero la palabra resurrección es en este pasaje diferente al resto de las Escrituras. Normalmente se usa en la Biblia la palabra anástasis, para referirse a la resurrección; pero en este versículo, como una excepción, se escribe exanástasis. Pablo hace esto para enfatizar que no está hablando de la resurrección común, sino de una resurrección más excelente o privilegiada. Dicha mejor resurrección es la de las primicias, la de mayor recompensa que se efectuará antes de la venida del Señor, en lo que se conoce como “el arrebatamiento de la iglesia”.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:38
15.38-40 Las semillas son distintas unas de otras en virtud de su naturaleza; asimismo, la carne de hombres y animales es diferente una de otras. Independientemente de estar hechos de átomos, el arreglo de los mismos hace la diferencia. Esto lo ha creado Dios así en su sabiduría. Por ello se han mantenido las especies sin brincar de una a otra. Las razas pueden mezclarse, las especies no deben ni procurarlo. Esta misma verdad permanece en los cielos, siendo los cuerpos de las criaturas celestiales distintos de una especie a otra. Y respecto de la distinción entre los cuerpos celestiales y los cuerpos terrenales, la distancia es abismal. Los cuerpos celestiales son eternos, los terrenales son temporales. Las virtudes de unos y de otros están a años luz de distancia, por decirlo así. No que el cuerpo de carne carezca de gloria, pero en nada es comparable con el tipo de cuerpo que recibiremos en la resurrección. El misterio radica en que, cuando se siembre la semilla de nuestro cuerpo presente, habrá de surgir y dársenos un cuerpo de gloria semejante al cuerpo del Señor. Esto es maravilloso, pero hasta el momento incomprensible. ¿Cómo puede una especie terrenal volverse celestial? Solo por el poder de Dios que resucitó a Jesús.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:39
15.38-40 Las semillas son distintas unas de otras en virtud de su naturaleza; asimismo, la carne de hombres y animales es diferente una de otras. Independientemente de estar hechos de átomos, el arreglo de los mismos hace la diferencia. Esto lo ha creado Dios así en su sabiduría. Por ello se han mantenido las especies sin brincar de una a otra. Las razas pueden mezclarse, las especies no deben ni procurarlo. Esta misma verdad permanece en los cielos, siendo los cuerpos de las criaturas celestiales distintos de una especie a otra. Y respecto de la distinción entre los cuerpos celestiales y los cuerpos terrenales, la distancia es abismal. Los cuerpos celestiales son eternos, los terrenales son temporales. Las virtudes de unos y de otros están a años luz de distancia, por decirlo así. No que el cuerpo de carne carezca de gloria, pero en nada es comparable con el tipo de cuerpo que recibiremos en la resurrección. El misterio radica en que, cuando se siembre la semilla de nuestro cuerpo presente, habrá de surgir y dársenos un cuerpo de gloria semejante al cuerpo del Señor. Esto es maravilloso, pero hasta el momento incomprensible. ¿Cómo puede una especie terrenal volverse celestial? Solo por el poder de Dios que resucitó a Jesús.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:40
15.38-40 Las semillas son distintas unas de otras en virtud de su naturaleza; asimismo, la carne de hombres y animales es diferente una de otras. Independientemente de estar hechos de átomos, el arreglo de los mismos hace la diferencia. Esto lo ha creado Dios así en su sabiduría. Por ello se han mantenido las especies sin brincar de una a otra. Las razas pueden mezclarse, las especies no deben ni procurarlo. Esta misma verdad permanece en los cielos, siendo los cuerpos de las criaturas celestiales distintos de una especie a otra. Y respecto de la distinción entre los cuerpos celestiales y los cuerpos terrenales, la distancia es abismal. Los cuerpos celestiales son eternos, los terrenales son temporales. Las virtudes de unos y de otros están a años luz de distancia, por decirlo así. No que el cuerpo de carne carezca de gloria, pero en nada es comparable con el tipo de cuerpo que recibiremos en la resurrección. El misterio radica en que, cuando se siembre la semilla de nuestro cuerpo presente, habrá de surgir y dársenos un cuerpo de gloria semejante al cuerpo del Señor. Esto es maravilloso, pero hasta el momento incomprensible. ¿Cómo puede una especie terrenal volverse celestial? Solo por el poder de Dios que resucitó a Jesús.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:41
15.41 Parece que habla de astros, pero solo los utiliza como figuras de una verdad más alta. Cristo, la iglesia y los creyentes individuales, como el sueño de José, en donde vio a su padre y a su madre como el sol y la luna y a él mismo y a sus hermanos como doce estrellas (Gen. 37); tenemos también la mujer de Apocalipsis 12 con el mismo simbolismo refiriéndose al pueblo de Dios. Todos tienen distinta gloria. Jesucristo es en extremo glorioso, toda autoridad le fue dada en el cielo y en la tierra. Él es el Sol de Justicia. La iglesia en conjunto es gloriosa, alumbra de ciudad en ciudad como un candelero o como la luna, reflejando la luz del sol. Y cada creyente es visto como una estrella teniendo distinta gloria unos en comparación de otros. Y cada uno recibirá un cuerpo glorificado distinto, en congruencia con lo que haya hecho en el cuerpo de carne, sea bueno o de mala calidad.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:42
15.42-44 El proceso que nos lleva a la glorificación, en donde recibiremos cuerpos glorificados, requiere pasar por la muerte de nuestro cuerpo. Luego viene la resurrección en gloria. El cuerpo presente de carne es visto como una semilla que es sembrada al morir, es una metáfora, pues no tiene los elementos eternos en su ser. Es temporal, corruptible, débil y conforme a la naturaleza de esta vida. Actualmente nuestro cuerpo es animal, está bajo pasiones y características semejantes a los animales; por eso la confusión de algunos que suponen al hombre un animal más en la cadena alimenticia; pero nosotros no somos animales, somos espirituales en nuestro ser interior. De ahí la necesidad de que muera el cuerpo animal y recibamos un cuerpo espiritual acorde a nuestro verdadero ser. Ser espiritual no significa que sea intangible, sino superior a las leyes que rigen la materia de esta creación.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:43
15.42-44 El proceso que nos lleva a la glorificación, en donde recibiremos cuerpos glorificados, requiere pasar por la muerte de nuestro cuerpo. Luego viene la resurrección en gloria. El cuerpo presente de carne es visto como una semilla que es sembrada al morir, es una metáfora, pues no tiene los elementos eternos en su ser. Es temporal, corruptible, débil y conforme a la naturaleza de esta vida. Actualmente nuestro cuerpo es animal, está bajo pasiones y características semejantes a los animales; por eso la confusión de algunos que suponen al hombre un animal más en la cadena alimenticia; pero nosotros no somos animales, somos espirituales en nuestro ser interior. De ahí la necesidad de que muera el cuerpo animal y recibamos un cuerpo espiritual acorde a nuestro verdadero ser. Ser espiritual no significa que sea intangible, sino superior a las leyes que rigen la materia de esta creación.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:44
15.42-44 El proceso que nos lleva a la glorificación, en donde recibiremos cuerpos glorificados, requiere pasar por la muerte de nuestro cuerpo. Luego viene la resurrección en gloria. El cuerpo presente de carne es visto como una semilla que es sembrada al morir, es una metáfora, pues no tiene los elementos eternos en su ser. Es temporal, corruptible, débil y conforme a la naturaleza de esta vida. Actualmente nuestro cuerpo es animal, está bajo pasiones y características semejantes a los animales; por eso la confusión de algunos que suponen al hombre un animal más en la cadena alimenticia; pero nosotros no somos animales, somos espirituales en nuestro ser interior. De ahí la necesidad de que muera el cuerpo animal y recibamos un cuerpo espiritual acorde a nuestro verdadero ser. Ser espiritual no significa que sea intangible, sino superior a las leyes que rigen la materia de esta creación.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:45
15.45-49 Empezó como larva arrastrándose, termina como mariposa volando. Todos conocemos esta metamorfosis; la cual ilustra muy bien nuestra propia historia. Es un hecho, no comenzamos bien; es una promesa, terminaremos en gloria. Dios creó a Adán, el primer hombre; pero su plan era formar al “postrer Adán”; el hombre corporativo cuya Cabeza es Cristo y a quien tu conoces como iglesia (no pienses en la institución, piensa en la congregación). A través de dicho hombre corporativo desea gobernar los cielos y la tierra. Desde nuestra perspectiva, el primer Adán fracasó, pero desde el punto de vista del cielo, la caída era solo una parte del proceso para llegar a formar el Cuerpo de Cristo, a saber, el nuevo hombre (Efesios 4:13). La larva debía convertirse en crisálida antes de producir a la mariposa. Lo mismo pasa en tu experiencia individual, tus errores y fracasos, esas experiencias cuyo recuerdo evoca la vergüenza, eran necesarias. Resulta incomprensible, pero así es. Los días de dolor, los momentos que lloraste, las ocasiones cuando deseaste morir, todo es parte del mismo plan. ¿Te dije que es incomprensible? Cada herida y cada cicatriz tienen su propósito y razón de ser. Levanta la cabeza, no falta mucho para cuando puedas extender las alas y extenderte al vuelo de la eternidad. Solo un poco más y el glorioso ser que eres y que siempre fuiste destinado a ser, despertará y podrá manifestarse. Mientras tanto, considérate maravilloso, aunque de momento tengas que arrastrarte en la cotidianidad como un débil ser de carne. Camina como una nueva criatura, un nuevo y mejorado hombre.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:46
15.45-49 Empezó como larva arrastrándose, termina como mariposa volando. Todos conocemos esta metamorfosis; la cual ilustra muy bien nuestra propia historia. Es un hecho, no comenzamos bien; es una promesa, terminaremos en gloria. Dios creó a Adán, el primer hombre; pero su plan era formar al “postrer Adán”; el hombre corporativo cuya Cabeza es Cristo y a quien tu conoces como iglesia (no pienses en la institución, piensa en la congregación). A través de dicho hombre corporativo desea gobernar los cielos y la tierra. Desde nuestra perspectiva, el primer Adán fracasó, pero desde el punto de vista del cielo, la caída era solo una parte del proceso para llegar a formar el Cuerpo de Cristo, a saber, el nuevo hombre (Efesios 4:13). La larva debía convertirse en crisálida antes de producir a la mariposa. Lo mismo pasa en tu experiencia individual, tus errores y fracasos, esas experiencias cuyo recuerdo evoca la vergüenza, eran necesarias. Resulta incomprensible, pero así es. Los días de dolor, los momentos que lloraste, las ocasiones cuando deseaste morir, todo es parte del mismo plan. ¿Te dije que es incomprensible? Cada herida y cada cicatriz tienen su propósito y razón de ser. Levanta la cabeza, no falta mucho para cuando puedas extender las alas y extenderte al vuelo de la eternidad. Solo un poco más y el glorioso ser que eres y que siempre fuiste destinado a ser, despertará y podrá manifestarse. Mientras tanto, considérate maravilloso, aunque de momento tengas que arrastrarte en la cotidianidad como un débil ser de carne. Camina como una nueva criatura, un nuevo y mejorado hombre.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:47
15.45-49 Empezó como larva arrastrándose, termina como mariposa volando. Todos conocemos esta metamorfosis; la cual ilustra muy bien nuestra propia historia. Es un hecho, no comenzamos bien; es una promesa, terminaremos en gloria. Dios creó a Adán, el primer hombre; pero su plan era formar al “postrer Adán”; el hombre corporativo cuya Cabeza es Cristo y a quien tu conoces como iglesia (no pienses en la institución, piensa en la congregación). A través de dicho hombre corporativo desea gobernar los cielos y la tierra. Desde nuestra perspectiva, el primer Adán fracasó, pero desde el punto de vista del cielo, la caída era solo una parte del proceso para llegar a formar el Cuerpo de Cristo, a saber, el nuevo hombre (Efesios 4:13). La larva debía convertirse en crisálida antes de producir a la mariposa. Lo mismo pasa en tu experiencia individual, tus errores y fracasos, esas experiencias cuyo recuerdo evoca la vergüenza, eran necesarias. Resulta incomprensible, pero así es. Los días de dolor, los momentos que lloraste, las ocasiones cuando deseaste morir, todo es parte del mismo plan. ¿Te dije que es incomprensible? Cada herida y cada cicatriz tienen su propósito y razón de ser. Levanta la cabeza, no falta mucho para cuando puedas extender las alas y extenderte al vuelo de la eternidad. Solo un poco más y el glorioso ser que eres y que siempre fuiste destinado a ser, despertará y podrá manifestarse. Mientras tanto, considérate maravilloso, aunque de momento tengas que arrastrarte en la cotidianidad como un débil ser de carne. Camina como una nueva criatura, un nuevo y mejorado hombre.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:48
15.45-49 Empezó como larva arrastrándose, termina como mariposa volando. Todos conocemos esta metamorfosis; la cual ilustra muy bien nuestra propia historia. Es un hecho, no comenzamos bien; es una promesa, terminaremos en gloria. Dios creó a Adán, el primer hombre; pero su plan era formar al “postrer Adán”; el hombre corporativo cuya Cabeza es Cristo y a quien tu conoces como iglesia (no pienses en la institución, piensa en la congregación). A través de dicho hombre corporativo desea gobernar los cielos y la tierra. Desde nuestra perspectiva, el primer Adán fracasó, pero desde el punto de vista del cielo, la caída era solo una parte del proceso para llegar a formar el Cuerpo de Cristo, a saber, el nuevo hombre (Efesios 4:13). La larva debía convertirse en crisálida antes de producir a la mariposa. Lo mismo pasa en tu experiencia individual, tus errores y fracasos, esas experiencias cuyo recuerdo evoca la vergüenza, eran necesarias. Resulta incomprensible, pero así es. Los días de dolor, los momentos que lloraste, las ocasiones cuando deseaste morir, todo es parte del mismo plan. ¿Te dije que es incomprensible? Cada herida y cada cicatriz tienen su propósito y razón de ser. Levanta la cabeza, no falta mucho para cuando puedas extender las alas y extenderte al vuelo de la eternidad. Solo un poco más y el glorioso ser que eres y que siempre fuiste destinado a ser, despertará y podrá manifestarse. Mientras tanto, considérate maravilloso, aunque de momento tengas que arrastrarte en la cotidianidad como un débil ser de carne. Camina como una nueva criatura, un nuevo y mejorado hombre.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:49
15.45-49 Empezó como larva arrastrándose, termina como mariposa volando. Todos conocemos esta metamorfosis; la cual ilustra muy bien nuestra propia historia. Es un hecho, no comenzamos bien; es una promesa, terminaremos en gloria. Dios creó a Adán, el primer hombre; pero su plan era formar al “postrer Adán”; el hombre corporativo cuya Cabeza es Cristo y a quien tu conoces como iglesia (no pienses en la institución, piensa en la congregación). A través de dicho hombre corporativo desea gobernar los cielos y la tierra. Desde nuestra perspectiva, el primer Adán fracasó, pero desde el punto de vista del cielo, la caída era solo una parte del proceso para llegar a formar el Cuerpo de Cristo, a saber, el nuevo hombre (Efesios 4:13). La larva debía convertirse en crisálida antes de producir a la mariposa. Lo mismo pasa en tu experiencia individual, tus errores y fracasos, esas experiencias cuyo recuerdo evoca la vergüenza, eran necesarias. Resulta incomprensible, pero así es. Los días de dolor, los momentos que lloraste, las ocasiones cuando deseaste morir, todo es parte del mismo plan. ¿Te dije que es incomprensible? Cada herida y cada cicatriz tienen su propósito y razón de ser. Levanta la cabeza, no falta mucho para cuando puedas extender las alas y extenderte al vuelo de la eternidad. Solo un poco más y el glorioso ser que eres y que siempre fuiste destinado a ser, despertará y podrá manifestarse. Mientras tanto, considérate maravilloso, aunque de momento tengas que arrastrarte en la cotidianidad como un débil ser de carne. Camina como una nueva criatura, un nuevo y mejorado hombre.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:50
15.50 Nuestro presente cuerpo de carne es solo un vehículo temporal que servirá durante la vida en este mundo; pero no tiene duración más allá. Es limitado, frágil e inclinado a demasiadas necesidades y pasiones. Morirá y se corromperá hasta hacerse polvo o nada. No está hecho para la eternidad ni tiene capacidad de contener la vida eterna. Por eso debe ser cambiado por un cuerpo de gloria, eterno, inmortal. Si esto es así o por cuanto esto es así, ¿no crees que debieras dedicarte menos a la carne?
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:51
15.51 Mira la nota 15.35-37. Dios tuvo en su potestad el guardar algunos secretos, a los cuales llamó misterios y que fue revelando uno a uno por medio de los primeros apóstoles, entre ellos el más prominente, el apóstol Pablo. En este caso, Pablo va a develar el misterio del arrebatamiento de los santos, el cual incluye la transformación de aquellos creyentes que estén vivos en su cuerpo de carne, al momento de dicho arrebatamiento. Quien así lo experimente en ese día, no morirá, sino que será revestido de la gloria de Dios, de modo que será transformado en inmortal, incorruptible y glorioso. Nuestro anhelo es vivir la experiencia sin pasar por la muerte, pero esto solo será posible para quienes vivan en ese instante en el que suceda la resurrección de los muertos y que se hayan conservado dedicados al Señor.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:52
15.52 En un momento, literalmente, en un átomos –dice el texto griego. Un momento imposible de medir cronológicamente según nuestros estándares actuales, lo más cercano sería un reloj atómico. Ese es el lapso de tiempo que Dios usará para transformarte en un ser espectacular, glorioso, eterno. Los muertos dignos de ser glorificados primero, resucitarán incorruptibles; seguidos por los que estemos vivos en carne que también hallamos sido tenidos por dignos de la mayor recompensa. Es la resurrección de las primicias. La primera vez que se escuchó la trompeta podría comprenderse en el Monte Sinaí cuando la Ley fue dada (Éxodo 19:16). Por lo que podemos entender como la ultima o final trompeta, en ese mismo sentido, el arrebatamiento de los santos (1 Tes. 4:16). Ambas trompetas tienen las mismas circunstancias; la primera era figura de la final: se escucha la voz de Dios para traer el reino de Dios a la tierra. Los primeros en Sinaí habían sido redimidos de Egipto y los últimos en el arrebatamiento igualmente salvados. Incluso unos pasaron el mar y los otros el bautismo: Unos la nube y los otros el Espíritu Santo. Los primeros en Sinaí fueron consagrados por tres días y los segundos glorificados por resurrección. Y así como Dios descendió al monte; así también Dios Hijo descenderá a la tierra. Moisés subió al monte; nosotros subiremos a los cielos. En Sinaí recibió el pueblo de Israel la invitación a las bodas (que rechazó por cierto); y en el arrebatamiento la iglesia vencedora será hecha la esposa del Cordero. Dios vino a su pueblo en el Sinaí y Dios Hijo morará con nosotros por siempre por la resurrección y glorificación.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:53
15.53 Es necesario, no hay opción. Sin la glorificación del cuerpo es imposible participar de la eternidad plenamente. El cielo y la vida eterna no tienen corrupción, nada muere. Como un astronauta necesita vestirse apropiadamente para habitar el espacio, el creyente debe ser revestido de eternidad, gloria e incorrupción para habitar los cielos. Estas vestiduras son el cuerpo glorificado (notas 15.35-37).
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:54
15.54-56 Seremos transformados en seres inmortales y gloriosos. No seguiremos atados a cuerpos frágiles y limitados de carne. Cuando esto suceda, se cumplirá lo que Dios dijo en su Palabra por medio de los profetas (Isaías 25:8; Oseas 13:14): la muerte no tendrá más poder. Sorbida es la muerte, su temible poder será reducido a un sorbo; algo que hasta un niño puede hacer. Tal es el poder de la resurrección por el Espíritu Santo. Se le da personalidad a la muerte como si esta fuese un ente; pero es solo una figura de dicción. Presentándole como un escorpión cuyo aguijón destruye a cuantos pica. Dicho aguijón es el pecado; es decir, ningún pecador puede librarse de morir; pero si recibimos un cuerpo de gloria no estaremos sujetos más a la carne, por lo que jamás volveremos a pecar y por ende, jamás se nos podrá aplicar nuevamente la ley de Dios, de manera que tampoco la consecuencia de la muerte será para nosotros. ¡Libres del pecado y de la muerte a partir de la glorificación!
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:55
15.54-56 Seremos transformados en seres inmortales y gloriosos. No seguiremos atados a cuerpos frágiles y limitados de carne. Cuando esto suceda, se cumplirá lo que Dios dijo en su Palabra por medio de los profetas (Isaías 25:8; Oseas 13:14): la muerte no tendrá más poder. Sorbida es la muerte, su temible poder será reducido a un sorbo; algo que hasta un niño puede hacer. Tal es el poder de la resurrección por el Espíritu Santo. Se le da personalidad a la muerte como si esta fuese un ente; pero es solo una figura de dicción. Presentándole como un escorpión cuyo aguijón destruye a cuantos pica. Dicho aguijón es el pecado; es decir, ningún pecador puede librarse de morir; pero si recibimos un cuerpo de gloria no estaremos sujetos más a la carne, por lo que jamás volveremos a pecar y por ende, jamás se nos podrá aplicar nuevamente la ley de Dios, de manera que tampoco la consecuencia de la muerte será para nosotros. ¡Libres del pecado y de la muerte a partir de la glorificación!
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:56
15.54-56 Seremos transformados en seres inmortales y gloriosos. No seguiremos atados a cuerpos frágiles y limitados de carne. Cuando esto suceda, se cumplirá lo que Dios dijo en su Palabra por medio de los profetas (Isaías 25:8; Oseas 13:14): la muerte no tendrá más poder. Sorbida es la muerte, su temible poder será reducido a un sorbo; algo que hasta un niño puede hacer. Tal es el poder de la resurrección por el Espíritu Santo. Se le da personalidad a la muerte como si esta fuese un ente; pero es solo una figura de dicción. Presentándole como un escorpión cuyo aguijón destruye a cuantos pica. Dicho aguijón es el pecado; es decir, ningún pecador puede librarse de morir; pero si recibimos un cuerpo de gloria no estaremos sujetos más a la carne, por lo que jamás volveremos a pecar y por ende, jamás se nos podrá aplicar nuevamente la ley de Dios, de manera que tampoco la consecuencia de la muerte será para nosotros. ¡Libres del pecado y de la muerte a partir de la glorificación!
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:57
15.57 Todo lo anteriormente expuesto en el capítulo, especialmente su conclusión, es decir, vencer al pecado y a la muerte, es posible únicamente por medio de Jesús. Esto es la obra de Dios, Él nos da la victoria. Y el medio provisto por Dios para tal efecto es Jesucristo, a quien reconocemos Señor. Solo reconociéndolo nuestro Señor es que el pecado y la muerte pierden su poder sobre nosotros y así tenemos acceso a la glorificación. O le das el señorío de tu vida a Cristo Jesús o se lo estarás dando al pecado. De esto depende que recibas vida o muerte. Darle el señorío no es un credo únicamente, sino someter la vida, voluntad y decisiones a Él.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 15:58
15.58 Afectuosamente son tratados en forma fraternal con un mandamiento: crecer constantemente, mejora continua de manera firme e inamovible. Crecer en la obra del Señor siempre como un acto de voluntad. Que la iglesia prospere no es casualidad, sino la decisión consciente de mejorar infatigablemente en el trabajo realizado como iglesia. Todo bajo la firme promesa de recompensa por parte de Dios. Después de todo es su obra, Él pagará. Dicha recompensa, en el contexto del capítulo, está íntimamente relacionada con el cuerpo de gloria que habremos de recibir. Los corintios, como toda iglesia, debe crecer tanto en calidad como en cantidad. Más y mejores cristianos. Esto se consigue a partir del esfuerzo y la dedicación en realizar aquellas cosas que el Señor nos ha encomendado, como hacer discípulos. Primero reconciliándolos con Dios y segundo, afirmándolos en la fe. Lo que hagamos por el Cuerpo de Cristo será pagado en el cuerpo de gloria que habremos de tener. Más y mejor.
— Roberto Tinoco