Antiguo Testamento
Nuevo Testamento
Tamaño de letra
Fondo de lectura
1 Corintios 4
La relación de Pablo con los corintios
1Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.🗨📝 2Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel.🗨📝 3Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo.🗨📝 4Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor.🗨📝 5Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.🗨📝 6Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros.🗨📝 7Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?🗨📝 8Ya estáis saciados, ya estáis ricos, sin nosotros reináis. ¡Y ojalá reinaseis, para que nosotros reinásemos también juntamente con vosotros!🗨📝 9Porque según pienso, Dios nos ha exhibido a nosotros los apóstoles como postreros, como a sentenciados a muerte; pues hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres.🗨📝 10Nosotros somos insensatos por amor de Cristo, mas vosotros prudentes en Cristo; nosotros débiles, mas vosotros fuertes; vosotros honorables, mas nosotros despreciados.🗨📝 11Hasta esta hora padecemos hambre, tenemos sed, estamos desnudos, somos abofeteados, y no tenemos morada fija.🗨📝 12Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos.🗨📝 13Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos.🗨📝 14No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados.🗨📝 15Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio.🗨📝 16Por tanto, os ruego que me imitéis.🗨📝 17Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias.🗨📝 18Mas algunos están envanecidos, como si yo nunca hubiese de ir a vosotros.🗨📝 19Pero iré pronto a vosotros, si el Señor quiere, y conoceré, no las palabras, sino el poder de los que andan envanecidos.🗨📝 20Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.🗨📝 21¿Qué queréis? ¿Iré a vosotros con vara, o con amor y espíritu de mansedumbre?🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
Actualmente seleccionado
1 Corintios 4: RV60
Elige un fondo
Compartir versículo
Comparar versiones
Cargando...
1 Corintios 4:1
4.1-2 Una nueva administración. Se le llama nueva administración cuando un negocio o empresa cambia de directivos y en ocasiones de dueños. Los cristianos tenemos una nueva administración de vida: Dios. Jesús usó en varias ocasiones parábolas acerca de administradores para ilustrar la vida cristiana. Hizo esto porque eso somos; ¿qué es la condenación sino defraudar la administración? Tanto la Biblia como la vida en este mundo, trata mucho de administración. La diferencia entre éxito y fracaso no es falta de talento, sino de administración apropiada. Por ejemplo, tenemos la administración del tiempo. La vida consiste en tiempo, en lo que usas tu tiempo, usas tu vida. Perder el tiempo es perder la vida. Cuidado con los pasatiempos. Decir que está matando el tiempo es lo mismo que decir suicidándose. Eclesiastés dice que todo tiene su tiempo y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora (Ecl. 3:1). Esto significa tanto que hay tiempo para todo, como que hay un tiempo y sólo ese tiempo para cada cosa. Un buen administrador distingue ambas cosas, sabe que puede tener una vida completa llena de todos los matices y a la vez, estar atento para el momento justo de cada cosa. Con frecuencia los problemas pasan por hacer algo fuera de tiempo. Procurar bienes sin trabajo puede llevar al robo y relaciones íntimas antes de casarse es fornicación. Pero en el tiempo justo lo primero puede ser herencia y lo segundo disfrute conyugal. Eclesiastés 3:11 dice que Dios todo lo creó hermoso en su tiempo, por lo que todo suele volverse feo fuera de tiempo. Como administradores del tiempo, requerimos tener conciencia de para quién administramos el tiempo. No se trata de nosotros, pues ni siquiera podemos retener nuestro aliento. Se trata de Dios, es su vida y su aliento, por lo que debemos administrar el tiempo con una conciencia de administrarlo para Dios. Por ejemplo, Jesús, apenas a sus doce años de edad ya tenía dicha conciencia: En los negocios de mi Padre me es necesario estar (Luc. 2:49). Humanamente hablando debía vivir para sus padres, para su preparación, escuela, crecimiento, etc., pero ya era consciente de que estaba viviendo para los negocios del Padre. Era un administrador desde pequeño. ¿Comprendes tu responsabilidad? Si un administrador administra el negocio para sí mismo y no para el dueño que lo contrató, aunque el negocio florezca, es un ladrón. Y si un hombre administra su vida con aparente éxito para sí mismo, ¿no se dirá en el día de dar cuentas que es un ladrón? Otro ejemplo, la administración del dinero. El dinero es resultado de hacer las cosas bien. Es difícil mantenerse pobre con una vida excelente. Evidentemente esa excelencia incluye el trabajo y la productividad. Algunos suponen que la riqueza viene del ahorro, pero el ahorro es para proteger y no para enriquecer (aunque ahorres por completo 40 años de salario mínimo sin gastar en nada más aseguras tu futuro). La riqueza se produce a partir de servir a los demás. Si creas bienes o servicios, incluyendo empleos, entre más beneficio produzcas a los demás, más rico serás. Así que no busques dinero, sino producir beneficios. Sin embargo, la administración del dinero no es por el dinero mismo, sino por causa del Señor. Debes usar tu dinero bajo un presupuesto conforme a los principios del reino de Dios (no existe administración eficaz sin presupuesto). Es sencillo, si el diezmo no es primero, Dios no es primero. Esto pertenece al Nuevo Pacto y no al antiguo (Gen. 14:18-20). Igualmente la familia y lo relacionado a esta vida. Si alguno no provee para los suyos, mayormente para los de su casa, es peor que un incrédulo y ha negado la fe (1 Tes. 5:8). ¿Y qué decir de las buenas obras? Exactamente lo mismo. Buenas obras para con todos, pero mayormente con los de la familia de la fe. Incluyendo ofrendas, misiones, ayuda social. El mandamiento a los ricos es que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos (1 Tim. 6:18). Esto funciona también para la herencia y para el futuro. Que tu techo sea el piso de tus hijos. La casa y las riquezas son herencia de los padres y de Yahwéh la mujer prudente (Pr. 19:14) y el bueno herencia a los hijos de sus hijos (Pr. 13:22). Si esto no se consigue no se administró con justicia. Piensa en fondo de retiro, seguros de vida y gastos médicos. Incluye diversión, gustos, vacaciones. Tu Padre es bueno. Mira el génesis, mientras todo estuvo desordenado, no había bendición ni vida. Si realmente deseas su bendición, ordena tus asuntos. Dios es el gran Administrador y así funciona su creación. No temas al dinero o se convertirá en tu dios. La avaricia es idolatría (Col. 3:5). Si no puedes realizar tu visión porque el dinero te lo impide, entonces el dinero es tu dios (no podéis servir a Dios y a las riquezas Luc. 16:13). Tu administración debe considerar también tus talentos. Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios (1 Pedro 4:10). No te dieron el don para que te sirvas de él, sino para que sirvas con él. Al administrar tus dones estás administrando la gracia de Dios. La gracia tiene muchas formas, de modo que el bien funcione poniendo los dones de unos al servicio de otros y viceversa. Este es el principio del cuerpo. Esconder tus dones roba a los demás y defrauda a Dios; ¿de qué sirve un foco fundido? ¿Para qué conservar el teléfono celular que ni siquiera prende? ¿Cuál es el objetivo de un hombre que no sirve a su prójimo? Vuelve a pensarlo: Se le llama nueva administración cuando un negocio o empresa cambia de directivos y en ocasiones de dueños. Los cristianos tenemos una nueva administración: Dios.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:2
4.1-2 Una nueva administración. Se le llama nueva administración cuando un negocio o empresa cambia de directivos y en ocasiones de dueños. Los cristianos tenemos una nueva administración de vida: Dios. Jesús usó en varias ocasiones parábolas acerca de administradores para ilustrar la vida cristiana. Hizo esto porque eso somos; ¿qué es la condenación sino defraudar la administración? Tanto la Biblia como la vida en este mundo, trata mucho de administración. La diferencia entre éxito y fracaso no es falta de talento, sino de administración apropiada. Por ejemplo, tenemos la administración del tiempo. La vida consiste en tiempo, en lo que usas tu tiempo, usas tu vida. Perder el tiempo es perder la vida. Cuidado con los pasatiempos. Decir que está matando el tiempo es lo mismo que decir suicidándose. Eclesiastés dice que todo tiene su tiempo y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora (Ecl. 3:1). Esto significa tanto que hay tiempo para todo, como que hay un tiempo y sólo ese tiempo para cada cosa. Un buen administrador distingue ambas cosas, sabe que puede tener una vida completa llena de todos los matices y a la vez, estar atento para el momento justo de cada cosa. Con frecuencia los problemas pasan por hacer algo fuera de tiempo. Procurar bienes sin trabajo puede llevar al robo y relaciones íntimas antes de casarse es fornicación. Pero en el tiempo justo lo primero puede ser herencia y lo segundo disfrute conyugal. Eclesiastés 3:11 dice que Dios todo lo creó hermoso en su tiempo, por lo que todo suele volverse feo fuera de tiempo. Como administradores del tiempo, requerimos tener conciencia de para quién administramos el tiempo. No se trata de nosotros, pues ni siquiera podemos retener nuestro aliento. Se trata de Dios, es su vida y su aliento, por lo que debemos administrar el tiempo con una conciencia de administrarlo para Dios. Por ejemplo, Jesús, apenas a sus doce años de edad ya tenía dicha conciencia: En los negocios de mi Padre me es necesario estar (Luc. 2:49). Humanamente hablando debía vivir para sus padres, para su preparación, escuela, crecimiento, etc., pero ya era consciente de que estaba viviendo para los negocios del Padre. Era un administrador desde pequeño. ¿Comprendes tu responsabilidad? Si un administrador administra el negocio para sí mismo y no para el dueño que lo contrató, aunque el negocio florezca, es un ladrón. Y si un hombre administra su vida con aparente éxito para sí mismo, ¿no se dirá en el día de dar cuentas que es un ladrón? Otro ejemplo, la administración del dinero. El dinero es resultado de hacer las cosas bien. Es difícil mantenerse pobre con una vida excelente. Evidentemente esa excelencia incluye el trabajo y la productividad. Algunos suponen que la riqueza viene del ahorro, pero el ahorro es para proteger y no para enriquecer (aunque ahorres por completo 40 años de salario mínimo sin gastar en nada más aseguras tu futuro). La riqueza se produce a partir de servir a los demás. Si creas bienes o servicios, incluyendo empleos, entre más beneficio produzcas a los demás, más rico serás. Así que no busques dinero, sino producir beneficios. Sin embargo, la administración del dinero no es por el dinero mismo, sino por causa del Señor. Debes usar tu dinero bajo un presupuesto conforme a los principios del reino de Dios (no existe administración eficaz sin presupuesto). Es sencillo, si el diezmo no es primero, Dios no es primero. Esto pertenece al Nuevo Pacto y no al antiguo (Gen. 14:18-20). Igualmente la familia y lo relacionado a esta vida. Si alguno no provee para los suyos, mayormente para los de su casa, es peor que un incrédulo y ha negado la fe (1 Tes. 5:8). ¿Y qué decir de las buenas obras? Exactamente lo mismo. Buenas obras para con todos, pero mayormente con los de la familia de la fe. Incluyendo ofrendas, misiones, ayuda social. El mandamiento a los ricos es que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos (1 Tim. 6:18). Esto funciona también para la herencia y para el futuro. Que tu techo sea el piso de tus hijos. La casa y las riquezas son herencia de los padres y de Yahwéh la mujer prudente (Pr. 19:14) y el bueno herencia a los hijos de sus hijos (Pr. 13:22). Si esto no se consigue no se administró con justicia. Piensa en fondo de retiro, seguros de vida y gastos médicos. Incluye diversión, gustos, vacaciones. Tu Padre es bueno. Mira el génesis, mientras todo estuvo desordenado, no había bendición ni vida. Si realmente deseas su bendición, ordena tus asuntos. Dios es el gran Administrador y así funciona su creación. No temas al dinero o se convertirá en tu dios. La avaricia es idolatría (Col. 3:5). Si no puedes realizar tu visión porque el dinero te lo impide, entonces el dinero es tu dios (no podéis servir a Dios y a las riquezas Luc. 16:13). Tu administración debe considerar también tus talentos. Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios (1 Pedro 4:10). No te dieron el don para que te sirvas de él, sino para que sirvas con él. Al administrar tus dones estás administrando la gracia de Dios. La gracia tiene muchas formas, de modo que el bien funcione poniendo los dones de unos al servicio de otros y viceversa. Este es el principio del cuerpo. Esconder tus dones roba a los demás y defrauda a Dios; ¿de qué sirve un foco fundido? ¿Para qué conservar el teléfono celular que ni siquiera prende? ¿Cuál es el objetivo de un hombre que no sirve a su prójimo? Vuelve a pensarlo: Se le llama nueva administración cuando un negocio o empresa cambia de directivos y en ocasiones de dueños. Los cristianos tenemos una nueva administración: Dios.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:3
4.3 Quien vive para Dios es libre de los hombres; no importa si los hombres lo juzgan y tampoco lo que puedan hacerle, es imparable e intocable. Podrían sentenciarle y aun matar su cuerpo, pero su ser interior permanece intacto. Los corintios juzgaban y algunos descalificaban a Pablo, pero el apóstol tenía dicho juicio en nada. Él no vivía por ellos y su servicio tampoco estaba supeditado a su aprobación. Ni siquiera él se juzgaba a sí mismo en el sentido que había decidido vivir sin culpas, haciendo la voluntad de Dios y entregado a su voluntad. Esto es ser verdaderamente libre.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:4
4.4 Junto con el versículo anterior, el apóstol Pablo era libre de la opinión de los demás y aun de culparse a sí mismo. Y dicha libertad no se debía a que carecía de culpas por mantener limpia su conciencia, aunque aclara que sí la mantenía limpia, sino por vivir para el Señor y no para los hombres ni para si mismo. No era justificado por ser justo, sino que era justo porque Dios lo había justificado. Había hecho de Dios su único Juez, de manera que nada ni nadie tenía peso sobre él ni sus decisiones, así como tampoco sus obras. No le debía a nadie. Si los corintios lo desaprobaban en sus luchas divisorias por escoger este u otro líder, nada cambiaba las cosas, el apóstol no estaba en campaña ni era ministro por aclamación popular, se debía a Cristo, era libre.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:5
4.5 Los corintios habían enlistado los méritos de sus principales, unos calificaban a Pablo superior y otros inferior a Apolos, también pasaba lo mismo con Pedro, a quien llamaban Cefas. Por lo que el apóstol les hace ver su error amonestándoles a no juzgar antes de tiempo, es decir, a que el juicio en el cual Dios recompensará o castigará aun no ha llegado. Cuando venga el Señor, Él traerá su galardón con Él; pero los corintios, ¿quiénes eran para levantarse en jueces de sus ministros? Les advierte que en su venida, el Señor aclarará lo oculto de las tinieblas, es decir, del mal que estaban haciendo. No había luz en contender y dividirse; también, les añade en su advertencia que el Señor en su venida pondrá de manifiesto o hará evidente que todo esto que hacían tenía malas intenciones. Luchas de poder que nada tenían que ver con el reino de Dios y la edificación de la iglesia. En ese día, lo que ellos juzgaban y descalificaban recibirá su alabanza de parte de Dios. Los hombres se denigran unos a otros, especialmente a sus autoridades, sin ver que a su tiempo el Señor elogiará lo que ellos tuvieron en poco.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:6
4.6 La amonestación de Pablo pudiera ser interpretada por alguno como justificarse ante las críticas de los corintios, de manera que el apóstol tiene que aclarar que ha hecho esto por amor a ellos o procurando su bien, siendo Pablo y Apolos un caso necesario a tratar para exhibirles en su error sectario, a fin de corregirlos. El problema corintio, como el de todos los creyentes cuando pelean y se dividen, es que dejaron de prestar atención a la Biblia y comenzaron a tomar desiciones fuera de las Escrituras. Pensar más de lo que está escrito provoca que unos se sientan superiores a otros o bien, que alguno exalte a un ministro a costa de otro. Debemos honrar, pero no denigrar. Humillar a una persona jamás sirve para levantar a otra.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:7
4.7 El orgullo divide a la iglesia. Los distintos grupos en Corinto que decían preferir a este u a otro líder, sea Pablo, Apolos o Cefas, en realidad estaban basados en el orgullo de algunos que se sentían superiores y que se habían atribuido el derecho de decidir quién era y quién no era su Pastor. Así que el sabio apóstol Pablo pone el dedo en la llaga al desnudarlos en su arrogancia: ¿quién te distingue?, como preguntando quién los hizo señores de la iglesia. ¿Qué tienes que no hayas recibido?, provocándolos a reconocer que no eran fuente de nada, sino receptores del ministerio de otros. Se jactaban como si algo hubieran producido por sí mismos, cuando en realidad, eran cristianos y lo que sabían, así como lo que vivían de la verdad se los habían dado los mismos ministros que ellos se atrevían a juzgar.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:8
4.8 Las palabras del apóstol en este versículo son sarcásticas. Tienen el propósito de ubicar a los sectarios de corinto en su error y desnudarlos en su orgullo (mira la nota anterior). Eran tan arrogantes que se veían a sí mismos como si se hubiese manifestado del todo el reino de Dios y Cristo hubiese regresado; es decir, se sentían completamente satisfechos, como ricos y reyes en uso de su autoridad y su abundancia. No estaban pasando malos tiempos e interpretaban esto como evidencia de ser grandes. Pensaban ser un éxito sin necesidad de sus pastores, por lo que se creían en el derecho de juzgarlos. Pablo explota en su sarcasmo diciéndoles que le gustaría que en verdad ya estuviesen reinando, pues esto significaría que ellos también, sus ministros, estarían reinando, ya que el Rey habría regresado a este mundo.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:9
4.9 Muy lejos de estar reinando, como les expresa Pablo a los arrogantes corintios en el versículo anterior, los ministros que usaban de bandera para dividirse, estaban sufriendo persecución. No eran reyes ni principales, sino sentenciados a muertes, los últimos en el escalafón de la sociedad. Eran los mártires de la fe, usados en los espectáculos públicos del mundo, lo que podría ser una referencia al circo romano; y también, el asombro de los ángeles y de los hombres, esto es, de los que debiendo vivir como hijos de Dios, se conducían como simples mortales.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:10
4.10 De nueva cuenta el apóstol Pablo arremete contra los corintios en sarcasmo (mira las notas anteriores). No es que deprecie a los ministros ante la iglesia corintia, por el contrario, los abofetea con guante blanco de manera burlesca: “somos insensatos, débiles y despreciados mientras ustedes son prudentes, fuertes y honorables”. Ellos se jactaban orgullosamente de su grandeza presumiendo reinar, así que el apóstol usa su martirio y el de los otros siervos de Dios, para echarles en cara su mala actitud. Es como si les dijera: “nosotros sufrimos todo por Cristo, mientras ustedes disfrutan todo con el mundo. ¿Y se atreven a juzgarnos?”.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:11
4.11-14 Estas palabras podrían darnos la idea de que el apóstol se victimiza, pero no es así. Por el contrario, está mostrando el error de los corintios de enorgullecerse de su abundancia y de la ligereza con la que descalificaban a los ministerios que les habían fundado y sustentado. Se jactaban de vivir como reyes (mira los versículos anteriores) y a la vez, discutían ser de un grupo o de otro, si de Pablo, de Apolos o de Cefas. Incluso otros más rebeldes decían ser de nadie argumentando ser de Cristo. Mientras tanto los apóstoles estaban pasando tiempos de persecución terribles con toda clase de penurias. Era una vergüenza que teniendo padres espirituales se dedicaran a contiendas y pecados, mientras sus padres sufrían por Cristo. El sufrimiento apostólico era una vergüenza para los jactanciosos corintios, y aunque Pablo dice que no les escribe esto para avergonzarlos, sí debían sentir vergüenza y reaccionar como hijos espirituales. En lugar de pelearse entre sí debían sustentar los ministerios que les habían llevado la Palabra. En lugar de gloriarse de su abundancia debían proteger y compartir dicha abundancia con el ministerio. La prueba de su error es que estaban dejando sufrir con desinterés a los mismos que usaban como bandera de sus divisiones. El ministerio en el primer siglo fue extremadamente sufrido, pero no debe tomarse como ejemplo para sufrir, sino como ejemplo para disponerse a servir a Cristo a pesar de todo. Y leyendo la amonestación de Pablo debemos evitar en la medida de lo posible la disparidad de un ministerio que sufre, mientras los miembros de la iglesia gozan de abundancia y comodidades.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:12
4.11-14 Estas palabras podrían darnos la idea de que el apóstol se victimiza, pero no es así. Por el contrario, está mostrando el error de los corintios de enorgullecerse de su abundancia y de la ligereza con la que descalificaban a los ministerios que les habían fundado y sustentado. Se jactaban de vivir como reyes (mira los versículos anteriores) y a la vez, discutían ser de un grupo o de otro, si de Pablo, de Apolos o de Cefas. Incluso otros más rebeldes decían ser de nadie argumentando ser de Cristo. Mientras tanto los apóstoles estaban pasando tiempos de persecución terribles con toda clase de penurias. Era una vergüenza que teniendo padres espirituales se dedicaran a contiendas y pecados, mientras sus padres sufrían por Cristo. El sufrimiento apostólico era una vergüenza para los jactanciosos corintios, y aunque Pablo dice que no les escribe esto para avergonzarlos, sí debían sentir vergüenza y reaccionar como hijos espirituales. En lugar de pelearse entre sí debían sustentar los ministerios que les habían llevado la Palabra. En lugar de gloriarse de su abundancia debían proteger y compartir dicha abundancia con el ministerio. La prueba de su error es que estaban dejando sufrir con desinterés a los mismos que usaban como bandera de sus divisiones. El ministerio en el primer siglo fue extremadamente sufrido, pero no debe tomarse como ejemplo para sufrir, sino como ejemplo para disponerse a servir a Cristo a pesar de todo. Y leyendo la amonestación de Pablo debemos evitar en la medida de lo posible la disparidad de un ministerio que sufre, mientras los miembros de la iglesia gozan de abundancia y comodidades.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:13
4.11-14 Estas palabras podrían darnos la idea de que el apóstol se victimiza, pero no es así. Por el contrario, está mostrando el error de los corintios de enorgullecerse de su abundancia y de la ligereza con la que descalificaban a los ministerios que les habían fundado y sustentado. Se jactaban de vivir como reyes (mira los versículos anteriores) y a la vez, discutían ser de un grupo o de otro, si de Pablo, de Apolos o de Cefas. Incluso otros más rebeldes decían ser de nadie argumentando ser de Cristo. Mientras tanto los apóstoles estaban pasando tiempos de persecución terribles con toda clase de penurias. Era una vergüenza que teniendo padres espirituales se dedicaran a contiendas y pecados, mientras sus padres sufrían por Cristo. El sufrimiento apostólico era una vergüenza para los jactanciosos corintios, y aunque Pablo dice que no les escribe esto para avergonzarlos, sí debían sentir vergüenza y reaccionar como hijos espirituales. En lugar de pelearse entre sí debían sustentar los ministerios que les habían llevado la Palabra. En lugar de gloriarse de su abundancia debían proteger y compartir dicha abundancia con el ministerio. La prueba de su error es que estaban dejando sufrir con desinterés a los mismos que usaban como bandera de sus divisiones. El ministerio en el primer siglo fue extremadamente sufrido, pero no debe tomarse como ejemplo para sufrir, sino como ejemplo para disponerse a servir a Cristo a pesar de todo. Y leyendo la amonestación de Pablo debemos evitar en la medida de lo posible la disparidad de un ministerio que sufre, mientras los miembros de la iglesia gozan de abundancia y comodidades.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:14
4.11-14 Estas palabras podrían darnos la idea de que el apóstol se victimiza, pero no es así. Por el contrario, está mostrando el error de los corintios de enorgullecerse de su abundancia y de la ligereza con la que descalificaban a los ministerios que les habían fundado y sustentado. Se jactaban de vivir como reyes (mira los versículos anteriores) y a la vez, discutían ser de un grupo o de otro, si de Pablo, de Apolos o de Cefas. Incluso otros más rebeldes decían ser de nadie argumentando ser de Cristo. Mientras tanto los apóstoles estaban pasando tiempos de persecución terribles con toda clase de penurias. Era una vergüenza que teniendo padres espirituales se dedicaran a contiendas y pecados, mientras sus padres sufrían por Cristo. El sufrimiento apostólico era una vergüenza para los jactanciosos corintios, y aunque Pablo dice que no les escribe esto para avergonzarlos, sí debían sentir vergüenza y reaccionar como hijos espirituales. En lugar de pelearse entre sí debían sustentar los ministerios que les habían llevado la Palabra. En lugar de gloriarse de su abundancia debían proteger y compartir dicha abundancia con el ministerio. La prueba de su error es que estaban dejando sufrir con desinterés a los mismos que usaban como bandera de sus divisiones. El ministerio en el primer siglo fue extremadamente sufrido, pero no debe tomarse como ejemplo para sufrir, sino como ejemplo para disponerse a servir a Cristo a pesar de todo. Y leyendo la amonestación de Pablo debemos evitar en la medida de lo posible la disparidad de un ministerio que sufre, mientras los miembros de la iglesia gozan de abundancia y comodidades.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:15
4.15-17 Padre en la fe. Dios estableció algunos principios de vida para todas las criaturas. Uno de esos principios indica que nada vive creciendo indefinidamente; se empieza a partir de una célula que va multiplicándose hasta llegar a ser un organismo complejo, luego crece hasta su etapa adulta y por último se multiplica en otro organismo similar o del mismo género. Si observamos detenidamente veremos que dicho ser no crece para siempre, sino que crece para multiplicarse. El crecimiento no es multiplicación, sólo maduración. Es de esta forma que el propósito de un árbol no es producir frutos ni semillas, sino otros árboles. Un ser humano no crece indefinidamente, sino que llegado a la madurez debe reproducirse en otros seres humanos. Del mismo modo, los creyentes no existimos para crecer, sino para multiplicarnos. La iglesia misma como una congregación local debe tener como propósito la fundación de otras iglesias y no meramente crecimiento interno. La máxima de la vida ha sido desde el principio multiplicarse según su especie (Gen. 1:11-12, 21, 24, 25-28). El apóstol Pablo escribe a los corintios una carta de reprensión como un padre a sus hijos. Falsos maestros difamaban a Pablo intentando que los Corintios desconocieran su autoridad apostólica; ante lo cual, les amonesta como su verdadero padre espiritual ante la cantidad de niñeras espirituales sin derecho (considera el contexto: vers. 14-21). La Biblia nos habla principalmente de tres edades espirituales de los creyentes: hijitos, jóvenes y padres (1 Juan 2:12-14). Los niñitos han conocido al Padre, recibido perdón de los pecados y nacido de nuevo. Los jóvenes en la fe son fuertes, vencen al maligno y han retenido la Palabra de Dios. Los padres espirituales se caracterizan por conocer al que es desde el principio; es decir, se han hecho uno con Dios en su paternidad, son fecundos y engendran hijos para Dios en Cristo. Dios es Padre, de Él toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra; ¡qué maravilloso don le ha dado al hombre al hacerlo capaz de engendrar vida! Podemos decir que somos maduros espiritualmente, pero si no tenemos hijos espirituales, mentimos. Dar fruto es el propósito de la elección divina: No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé (Juan 15:6). Si bien el fruto implica también lo interno como el fruto del Espíritu; sin embargo, haremos bien en enfocarnos mas en el fruto de almas. Notemos que Jesús define el propósito de nuestro llamado como una necesidad de ser fructíferos y padres que aseguran la permanencia de los hijos. Se engendran hijos por medio de la Palabra de Dios: El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas (Stg. 1:18). …siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). …yo os engendré por medio del evangelio (1 Cor. 4:15). Según la vida natural, el padre es aquel que sembró la semilla (esperma); así también, el padre espiritual es aquel que sembró la Palabra de Dios en otros. No es invitarles a la iglesia, aunque debemos invitarles; no es repartir folletos, aunque debemos repartirlos; no es hablar acerca de asuntos religiosos, aunque debamos hacerlo; es predicar el evangelio de Jesucristo. Producir hijos es un trabajo difícil: Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros (Gal. 4:19). El acto de engendrar es placentero, aún la vida natural lo enseña; pero formar hijos requiere de esfuerzo y puede ser doloroso. Dar a luz es muy doloroso, tanto en lo natural como en lo espiritual y educar hijos es un trabajo fatigoso (como las noches en vela cuidando un bebé), pero tiene sus recompensas. En este sentido dice la Escritura: “los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; más volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” (Sal. 126:5-6). Ser un padre espiritual es para personas maduras y entendidas del propósito de su vida cristiana. La vida tiene una ley: lo que no se reproduce, muere y desaparece. Por esa razón se celebra tanto el nacimiento de un panda o de un tigre; debido a que están en peligro de extinción (aunque en su caso no lo es por causa de no reproducirse, sino por ser cazados más de lo que pueden reproducirse. Será por eso que en tiempos de persecución es cuando más predica y crece la iglesia). Solo hay dos opciones: dar fruto o ser cortado: Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto (Juan 15:2). Notemos que incluso la limpieza tiene como propósito el ser más fructífero. Dios no te limpia para que seas más hermoso ni porque Él estornude ante lo sucio, sino porque facilita y activa el desarrollo de la vida. Si tú no das fruto estás inutilizando la tierra, es decir, ocupando el espacio de otro que si desea producir fruto. Una iglesia con miembros infructíferos se consume fácilmente porque usan los recursos y energía que tiene. Por eso es que un agricultor quita las ramas infructuosas, para que no roben la fuerza de las productivas: Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? Él entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después (Luc. 13:7-9). El tiempo de prueba es más pequeño que el tiempo de oportunidad, pero conforme duramos sin dar fruto, el tiempo de gracia va reduciéndose. Tu familia, tu negocio, tu vida espiritual, debe ser productiva, si no, reduce su tiempo de vida. Podemos ser muy apegados a la religión y no dar fruto. Cuando Juan el Bautista vio que los fariseos y los saduceos venían a su bautismo les dijo: ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles y todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. En el contexto les dijo que no debían decir que eran hijos de Abraham y que debían tener frutos dignos de arrepentimiento (Mat. 3:7-10). El asunto es que no tenían una vida productiva conforme a Dios, sino de malos frutos. No solo se trata de dar fruto, sino buenos frutos conforme a Dios. Ellos eran muy religiosos, pero infructuosos. Otro ejemplo: Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera (Mat. 21:19). Normalmente, una higuera frondosa en hojas es frondosa en fruto; pero la higuera en cuestión era sólo apariencia que no satisfizo al Señor. Un religioso tiene apariencia fructífera, pero, ¿ha ganado almas para el Señor? Finalmente Jesús dijo a los judíos religiosos: Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él (Mat. 21:43). Dijo esto después de la parábola de los labradores malvados que le negaron el fruto de su viña. El Señor obtendrá su cosecha, pero no todo árbol ni todo labrador mantendrán su lugar. Por otro lado, hay diferencia entre padres y ayos o cuidadores. Es padre quien ha engendrado al menos un hijo. Algunos intentan ser padres de los hijos ajenos, pero eso no es ser padre, sino ayo. En lo natural, la adopción es maravillosa, así como el atender a otros niños; pero en lo espiritual no debemos esconder nuestra infertilidad llamándonos padres, cuando sólo somos ayos. Es bueno ser un cuidador, pero eso no sustituye la paternidad. Todos debemos ser cuidadores de los pequeños, pero también debemos ser padres espirituales. Miremos la diferencia. Un ayo es un cuidador que no tiene los mismos genes que los pequeños que cuida. No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados. Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio. Por tanto, os ruego que me imitéis. Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias (1 Cor. 4:14-17). Se aprende del cuidador, pero se imita al padre. Los hijos son como los padres, Timoteo era un fiel hijo de Pablo. Los ayos nada más influyen; pero el ayo lleva una carga ajena. Moisés se quejó ante Dios: ¿Concebí yo a todo este pueblo? ¿Lo engendré yo, para que me digas: Llévalo en tu seno, como lleva la que cría al que mama, a la tierra de la cual juraste a sus padres? (Núm. 11:12). En cierto modo, Moisés tenía razón, él no engendró a Israel, era un cuidador, pero no el padre y si es difícil para un padre criar hijos, ¡cuánto más lo será para los ayos! Un ayo alimenta niños ajenos. Los padres ponen la semilla, los cuidadores le proveen alimento, y Dios da el crecimiento. Yo planté, Apolos regó, pero el crecimiento lo ha dado Dios (1 Cor. 3:6). Un ayo limita a los pequeños para protegerlos. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe (Gal. 3:24). Por su parte, los padres son amantes y tiernos: Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos. … así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros (1 Tes. 2:7-8, 11). Un padre espiritual es considerado. Jacob habló de andar al paso de los niños (Gen. 33:13-14); y proveedor: He aquí, por tercera vez estoy preparado para ir a vosotros; y no os seré gravoso, porque no busco lo vuestro, sino a vosotros, pues no deben atesorar los hijos para los padres, sino los padres para los hijos (2 Cor. 12:14). Y protector: te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis prisiones, el cual en otro tiempo te fue inútil, pero ahora a ti y a mí nos es útil, el cual vuelvo a enviarte; tú, pues, recíbele como a mí mismo. Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta. Yo Pablo lo escribo de mi mano, yo lo pagaré; por no decirte que aun tú mismo te me debes también (Fil. 1:10-12, 18-19). Ante todo esto, cada creyente debe procurar ser fértil padre espiritual; ¿cómo se logra esto? Primero, recuperando el placer de engendrar. Como en lo natural, el deseo sexual en el hombre generalmente es muy fuerte, se debe a que es él quien engendra la vida. La mujer, por su parte, tiene igual deseo mientras no ha tenido hijos, luego una considerable disminución en su deseo después de tenerlos debido a que ella es quien concibe. Ilustran a Dios y la iglesia. El Padre anhela hijos y la iglesia debe estar dispuesta a concebirlos. ¿Comprendes? Debemos recuperar voluntariamente el gozo de la paternidad espiritual: No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad (3 Juan 1:4). No existe un gozo mayor. Incluso el cielo celebra más el arrepentimiento de un pecador que la resurrección de un muerto. Los hijos espirituales son gloria de sus padres: mucho se alegrará el padre del justo y el que engendra sabio se gozará con él (Pr. 23:24). La ausencia de alegría suele ser ocasionada por la ausencia de paternidad. Los sabios engendran sabios como los manzanos producen manzanas. La clase de hijos espirituales suelen testificar qué clase de persona somos. La infertilidad espiritual, cuando debiera haber madurez, suele implicar alguna especie de cautividad. Cuando Yahwéh hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Yahwéh con éstos. Grandes cosas ha hecho Yahwéh con nosotros; estaremos alegres. Haz volver nuestra cautividad, oh Yahwéh, como los arroyos del Neguev. Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas (Sal. 126). Los cautivos pierden sus sueños y su alegría. Los cautivos no pueden alabar. Los cautivos no trasmiten gloria a los demás. En Isaías 8:18 dice yo y los hijos que Dios me dio somos por señales y presagios en Israel departe de Dios. Sólo libertados de la cautividad el creyente vuelve a ser un sembrador. Ligado a lo anterior, enfocar los hijos a Dios permite continuar siendo fértil. Fue después de que Abraham ofreciera a Isaac que Dios le prometió más hijos: y dijo: Por mí mismo he jurado, dice Yahwéh, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos (Gen. 22:16-17). Abraham le dio un hijo a Dios, a pesar del esfuerzo que esto implicaba; entonces Dios le concedió bendición y multiplicación. Entre más personas llevas a Cristo, mayor será tu facilidad de engendrar. Tener hijos espirituales es como aprender otros idiomas; entre más hablas la Palabra, más fácilmente fluye. Si nunca empiezas porque es difícil empezar, jamás desatarás tu poder. Fue cuando Ana prometió darle un hijo a Dios que Dios le dio más hijos a ella: ella con amargura de alma oró a Yahwéh, y lloró abundantemente. E hizo voto, diciendo: Yahwéh de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Yahwéh todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza. …Y visitó Yahwéh a Ana, y ella concibió, y dio a luz tres hijos y dos hijas. Y el joven Samuel crecía delante de Yahwéh (1 Sam. 1:10-11; 2:21). La falta de hijos espirituales debe parecerle al creyente como una dolorosa afrenta que le produzca lágrimas. Ana oró y lloró abundantemente, pero luego tuvo relaciones con su marido. La iglesia debe orar y dolerse cuando no tenga hijos, pero luego requiere salir y actuar en consecuencia para conseguirlos. Una vez que le dedicamos un hijo a Dios, Él nos visitará permitiéndonos producir muchos más. La Palabra dice que Dios visitó a Ana y ella tuvo cinco hijos; no dice que la visitara cinco veces y ella tuviera un hijo; sino que menciona sólo una vez que la visitó y ella tuvo tres hijos y dos hijas. Una sola visitación de Dios requiere la iglesia para ser inmensamente fecunda. Se piensa que es Dios quien da los hijos, y eso es verdad, pero no es toda la verdad, pues también nosotros le damos hijos a Dios: ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud (Mal. 2:15). Dios creó la unidad para producir la paternidad. Sin unidad no hay fecundidad. Jesús dijo: que sean uno, para que el mundo crea (Juan 17:21). Dios aborrece la división y la deslealtad porque le roba hijos. La falta de fruto es una evidencia de deslealtad. Predica la palabra y luego cuida a tus hijos espirituales. Los malos padres no están al cuidado de sus hijos, son crueles como el avestruz que abandona sus huevos en el desierto sin importarle quien pueda pisotearlos: Aun los chacales dan la teta, y amamantan a sus cachorros; la hija de mi pueblo es cruel como los avestruces en el desierto. La lengua del niño de pecho se pegó a su paladar por la sed; los pequeñuelos pidieron pan, y no hubo quien se lo repartiese (Lam. 4:3-4). ¿Diste tú hermosas alas al pavo real, o alas y plumas al avestruz? El cual desampara en la tierra sus huevos, y sobre el polvo los calienta, Y olvida que el pie los puede pisar, y que puede quebrarlos la bestia del campo. Se endurece para con sus hijos, como si no fuesen suyos, no temiendo que su trabajo haya sido en vano (Lam. 4:3-4; Job 39:13-16). Predicar la Palabra y luego olvidar a quienes les predicamos es tan irresponsable como la fornicación y como el abandonar los hijos. No debemos anunciar el evangelio sólo por el placer de hacerlo, sino que debemos anunciar placenteramente el evangelio con motivo de darle hijos a Dios y del amor a las almas. Es muy cruel dedicarse a alimentarse espiritualmente sabiendo que dimos a luz hijos que no están comiendo. ¿Y por qué no comen? ¡Porque aún son pequeños y no saben alimentarse solos! Notemos que los chacales alimentan a sus crías. Aún los impíos discipulan a su gente en las cosas del mundo. Quien tiene pan debe repartirle al pequeño que no lo tiene. Consideremos también que aunque una persona haya recibido la Palabra no está terminada la obra. Nunca es más frágil un hombre que cuando acaba de nacer; por eso dice la Palabra que los huevos pueden ser pisados por el pie o quebrados por las fieras. Jesús dijo que después de que se siembra la Palabra, viene el enemigo a sembrar cizaña y que después de que el sembrador salió a sembrar, las aves del cielo intentan robar la semilla. Recupera el amor por Cristo demostrándolo en el amor por las almas: Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas (Juan 21:15-17). ¿Cuál era la prueba de que Simón amaba más a Jesús que el resto de los discípulos? Precisamente el cuidado que mostrara por los demás corderos al apacentarlos, es decir, al darles pastos. Gozarse con la Palabra y luego esconderla de los demás es exactamente lo opuesto de amar a Jesús. La palabra dice que es el que quiera hacerse grande debe ser el servidor (Mateo 26:20). La grandeza está en la utilidad. Es grande ante Cristo quien es más útil a los propósitos de su reino. Por ejemplo, la samaritana preguntó a Jesús ¿eres tu mayor que nuestro padre Jacob que nos dio este pozo? (Juan 4:12). Y Jesús le respondió que Él daba agua que producía una fuente de vida eterna a quien la bebiera (Juan 4:13-14). Jacob era grande porque sirvió a los propósitos del reino satisfaciendo la sed de sus hijos; y Jesús es mucho más grande porque da a los suyos satisfacción eterna. Así, los creyentes son grandes en medida que sirven a los demás, especialmente dando satisfacción a la sed de sus hijos espirituales. En este sentido, una evidencia de estar viviendo a Cristo es ser fructífero: Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer (Juan 15:5). Sabemos que el árbol es sano y la sabia fluye en su interior porque tiene buenos y abundantes frutos. Permanecer en un dogma de fe y en una religión no se confirma con frutos, sino con disciplinas, pero permanecer en la vida es estar continuamente produciendo vida. Debemos permanecer en Cristo, eso es una cosa. Es no salirnos de Él. Pero también necesitamos que Él permanezca en nosotros, eso es otra cosa. Saúl trataba de permanecer en el reino, pero el reino ya no estaba en él. Esto era evidente por la clase de frutos que Saúl tenía: no cuidaba ovejas, sino que trataba de matar a David y perdonaba a los enemigos de Dios. No solo no le producía hijos a Dios, sino que trataba de matarlos, ¿no mató a los sacerdotes del Señor? Glorifica al Padre dándole hijos y así serás tenido por verdadero discípulo del Señor Jesucristo (Juan 15:8). En conclusión: la infertilidad espiritual es una enfermedad del alma que requiere sanidad. En lo natural se tienen hijos por el amor y disfrute de una pareja; en lo espiritual, se es fértil como resultado de la pasión por Cristo y por las almas.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:16
4.15-17 Padre en la fe. Dios estableció algunos principios de vida para todas las criaturas. Uno de esos principios indica que nada vive creciendo indefinidamente; se empieza a partir de una célula que va multiplicándose hasta llegar a ser un organismo complejo, luego crece hasta su etapa adulta y por último se multiplica en otro organismo similar o del mismo género. Si observamos detenidamente veremos que dicho ser no crece para siempre, sino que crece para multiplicarse. El crecimiento no es multiplicación, sólo maduración. Es de esta forma que el propósito de un árbol no es producir frutos ni semillas, sino otros árboles. Un ser humano no crece indefinidamente, sino que llegado a la madurez debe reproducirse en otros seres humanos. Del mismo modo, los creyentes no existimos para crecer, sino para multiplicarnos. La iglesia misma como una congregación local debe tener como propósito la fundación de otras iglesias y no meramente crecimiento interno. La máxima de la vida ha sido desde el principio multiplicarse según su especie (Gen. 1:11-12, 21, 24, 25-28). El apóstol Pablo escribe a los corintios una carta de reprensión como un padre a sus hijos. Falsos maestros difamaban a Pablo intentando que los Corintios desconocieran su autoridad apostólica; ante lo cual, les amonesta como su verdadero padre espiritual ante la cantidad de niñeras espirituales sin derecho (considera el contexto: vers. 14-21). La Biblia nos habla principalmente de tres edades espirituales de los creyentes: hijitos, jóvenes y padres (1 Juan 2:12-14). Los niñitos han conocido al Padre, recibido perdón de los pecados y nacido de nuevo. Los jóvenes en la fe son fuertes, vencen al maligno y han retenido la Palabra de Dios. Los padres espirituales se caracterizan por conocer al que es desde el principio; es decir, se han hecho uno con Dios en su paternidad, son fecundos y engendran hijos para Dios en Cristo. Dios es Padre, de Él toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra; ¡qué maravilloso don le ha dado al hombre al hacerlo capaz de engendrar vida! Podemos decir que somos maduros espiritualmente, pero si no tenemos hijos espirituales, mentimos. Dar fruto es el propósito de la elección divina: No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé (Juan 15:6). Si bien el fruto implica también lo interno como el fruto del Espíritu; sin embargo, haremos bien en enfocarnos mas en el fruto de almas. Notemos que Jesús define el propósito de nuestro llamado como una necesidad de ser fructíferos y padres que aseguran la permanencia de los hijos. Se engendran hijos por medio de la Palabra de Dios: El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas (Stg. 1:18). …siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). …yo os engendré por medio del evangelio (1 Cor. 4:15). Según la vida natural, el padre es aquel que sembró la semilla (esperma); así también, el padre espiritual es aquel que sembró la Palabra de Dios en otros. No es invitarles a la iglesia, aunque debemos invitarles; no es repartir folletos, aunque debemos repartirlos; no es hablar acerca de asuntos religiosos, aunque debamos hacerlo; es predicar el evangelio de Jesucristo. Producir hijos es un trabajo difícil: Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros (Gal. 4:19). El acto de engendrar es placentero, aún la vida natural lo enseña; pero formar hijos requiere de esfuerzo y puede ser doloroso. Dar a luz es muy doloroso, tanto en lo natural como en lo espiritual y educar hijos es un trabajo fatigoso (como las noches en vela cuidando un bebé), pero tiene sus recompensas. En este sentido dice la Escritura: “los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; más volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” (Sal. 126:5-6). Ser un padre espiritual es para personas maduras y entendidas del propósito de su vida cristiana. La vida tiene una ley: lo que no se reproduce, muere y desaparece. Por esa razón se celebra tanto el nacimiento de un panda o de un tigre; debido a que están en peligro de extinción (aunque en su caso no lo es por causa de no reproducirse, sino por ser cazados más de lo que pueden reproducirse. Será por eso que en tiempos de persecución es cuando más predica y crece la iglesia). Solo hay dos opciones: dar fruto o ser cortado: Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto (Juan 15:2). Notemos que incluso la limpieza tiene como propósito el ser más fructífero. Dios no te limpia para que seas más hermoso ni porque Él estornude ante lo sucio, sino porque facilita y activa el desarrollo de la vida. Si tú no das fruto estás inutilizando la tierra, es decir, ocupando el espacio de otro que si desea producir fruto. Una iglesia con miembros infructíferos se consume fácilmente porque usan los recursos y energía que tiene. Por eso es que un agricultor quita las ramas infructuosas, para que no roben la fuerza de las productivas: Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? Él entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después (Luc. 13:7-9). El tiempo de prueba es más pequeño que el tiempo de oportunidad, pero conforme duramos sin dar fruto, el tiempo de gracia va reduciéndose. Tu familia, tu negocio, tu vida espiritual, debe ser productiva, si no, reduce su tiempo de vida. Podemos ser muy apegados a la religión y no dar fruto. Cuando Juan el Bautista vio que los fariseos y los saduceos venían a su bautismo les dijo: ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles y todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. En el contexto les dijo que no debían decir que eran hijos de Abraham y que debían tener frutos dignos de arrepentimiento (Mat. 3:7-10). El asunto es que no tenían una vida productiva conforme a Dios, sino de malos frutos. No solo se trata de dar fruto, sino buenos frutos conforme a Dios. Ellos eran muy religiosos, pero infructuosos. Otro ejemplo: Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera (Mat. 21:19). Normalmente, una higuera frondosa en hojas es frondosa en fruto; pero la higuera en cuestión era sólo apariencia que no satisfizo al Señor. Un religioso tiene apariencia fructífera, pero, ¿ha ganado almas para el Señor? Finalmente Jesús dijo a los judíos religiosos: Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él (Mat. 21:43). Dijo esto después de la parábola de los labradores malvados que le negaron el fruto de su viña. El Señor obtendrá su cosecha, pero no todo árbol ni todo labrador mantendrán su lugar. Por otro lado, hay diferencia entre padres y ayos o cuidadores. Es padre quien ha engendrado al menos un hijo. Algunos intentan ser padres de los hijos ajenos, pero eso no es ser padre, sino ayo. En lo natural, la adopción es maravillosa, así como el atender a otros niños; pero en lo espiritual no debemos esconder nuestra infertilidad llamándonos padres, cuando sólo somos ayos. Es bueno ser un cuidador, pero eso no sustituye la paternidad. Todos debemos ser cuidadores de los pequeños, pero también debemos ser padres espirituales. Miremos la diferencia. Un ayo es un cuidador que no tiene los mismos genes que los pequeños que cuida. No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados. Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio. Por tanto, os ruego que me imitéis. Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias (1 Cor. 4:14-17). Se aprende del cuidador, pero se imita al padre. Los hijos son como los padres, Timoteo era un fiel hijo de Pablo. Los ayos nada más influyen; pero el ayo lleva una carga ajena. Moisés se quejó ante Dios: ¿Concebí yo a todo este pueblo? ¿Lo engendré yo, para que me digas: Llévalo en tu seno, como lleva la que cría al que mama, a la tierra de la cual juraste a sus padres? (Núm. 11:12). En cierto modo, Moisés tenía razón, él no engendró a Israel, era un cuidador, pero no el padre y si es difícil para un padre criar hijos, ¡cuánto más lo será para los ayos! Un ayo alimenta niños ajenos. Los padres ponen la semilla, los cuidadores le proveen alimento, y Dios da el crecimiento. Yo planté, Apolos regó, pero el crecimiento lo ha dado Dios (1 Cor. 3:6). Un ayo limita a los pequeños para protegerlos. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe (Gal. 3:24). Por su parte, los padres son amantes y tiernos: Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos. … así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros (1 Tes. 2:7-8, 11). Un padre espiritual es considerado. Jacob habló de andar al paso de los niños (Gen. 33:13-14); y proveedor: He aquí, por tercera vez estoy preparado para ir a vosotros; y no os seré gravoso, porque no busco lo vuestro, sino a vosotros, pues no deben atesorar los hijos para los padres, sino los padres para los hijos (2 Cor. 12:14). Y protector: te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis prisiones, el cual en otro tiempo te fue inútil, pero ahora a ti y a mí nos es útil, el cual vuelvo a enviarte; tú, pues, recíbele como a mí mismo. Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta. Yo Pablo lo escribo de mi mano, yo lo pagaré; por no decirte que aun tú mismo te me debes también (Fil. 1:10-12, 18-19). Ante todo esto, cada creyente debe procurar ser fértil padre espiritual; ¿cómo se logra esto? Primero, recuperando el placer de engendrar. Como en lo natural, el deseo sexual en el hombre generalmente es muy fuerte, se debe a que es él quien engendra la vida. La mujer, por su parte, tiene igual deseo mientras no ha tenido hijos, luego una considerable disminución en su deseo después de tenerlos debido a que ella es quien concibe. Ilustran a Dios y la iglesia. El Padre anhela hijos y la iglesia debe estar dispuesta a concebirlos. ¿Comprendes? Debemos recuperar voluntariamente el gozo de la paternidad espiritual: No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad (3 Juan 1:4). No existe un gozo mayor. Incluso el cielo celebra más el arrepentimiento de un pecador que la resurrección de un muerto. Los hijos espirituales son gloria de sus padres: mucho se alegrará el padre del justo y el que engendra sabio se gozará con él (Pr. 23:24). La ausencia de alegría suele ser ocasionada por la ausencia de paternidad. Los sabios engendran sabios como los manzanos producen manzanas. La clase de hijos espirituales suelen testificar qué clase de persona somos. La infertilidad espiritual, cuando debiera haber madurez, suele implicar alguna especie de cautividad. Cuando Yahwéh hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Yahwéh con éstos. Grandes cosas ha hecho Yahwéh con nosotros; estaremos alegres. Haz volver nuestra cautividad, oh Yahwéh, como los arroyos del Neguev. Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas (Sal. 126). Los cautivos pierden sus sueños y su alegría. Los cautivos no pueden alabar. Los cautivos no trasmiten gloria a los demás. En Isaías 8:18 dice yo y los hijos que Dios me dio somos por señales y presagios en Israel departe de Dios. Sólo libertados de la cautividad el creyente vuelve a ser un sembrador. Ligado a lo anterior, enfocar los hijos a Dios permite continuar siendo fértil. Fue después de que Abraham ofreciera a Isaac que Dios le prometió más hijos: y dijo: Por mí mismo he jurado, dice Yahwéh, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos (Gen. 22:16-17). Abraham le dio un hijo a Dios, a pesar del esfuerzo que esto implicaba; entonces Dios le concedió bendición y multiplicación. Entre más personas llevas a Cristo, mayor será tu facilidad de engendrar. Tener hijos espirituales es como aprender otros idiomas; entre más hablas la Palabra, más fácilmente fluye. Si nunca empiezas porque es difícil empezar, jamás desatarás tu poder. Fue cuando Ana prometió darle un hijo a Dios que Dios le dio más hijos a ella: ella con amargura de alma oró a Yahwéh, y lloró abundantemente. E hizo voto, diciendo: Yahwéh de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Yahwéh todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza. …Y visitó Yahwéh a Ana, y ella concibió, y dio a luz tres hijos y dos hijas. Y el joven Samuel crecía delante de Yahwéh (1 Sam. 1:10-11; 2:21). La falta de hijos espirituales debe parecerle al creyente como una dolorosa afrenta que le produzca lágrimas. Ana oró y lloró abundantemente, pero luego tuvo relaciones con su marido. La iglesia debe orar y dolerse cuando no tenga hijos, pero luego requiere salir y actuar en consecuencia para conseguirlos. Una vez que le dedicamos un hijo a Dios, Él nos visitará permitiéndonos producir muchos más. La Palabra dice que Dios visitó a Ana y ella tuvo cinco hijos; no dice que la visitara cinco veces y ella tuviera un hijo; sino que menciona sólo una vez que la visitó y ella tuvo tres hijos y dos hijas. Una sola visitación de Dios requiere la iglesia para ser inmensamente fecunda. Se piensa que es Dios quien da los hijos, y eso es verdad, pero no es toda la verdad, pues también nosotros le damos hijos a Dios: ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud (Mal. 2:15). Dios creó la unidad para producir la paternidad. Sin unidad no hay fecundidad. Jesús dijo: que sean uno, para que el mundo crea (Juan 17:21). Dios aborrece la división y la deslealtad porque le roba hijos. La falta de fruto es una evidencia de deslealtad. Predica la palabra y luego cuida a tus hijos espirituales. Los malos padres no están al cuidado de sus hijos, son crueles como el avestruz que abandona sus huevos en el desierto sin importarle quien pueda pisotearlos: Aun los chacales dan la teta, y amamantan a sus cachorros; la hija de mi pueblo es cruel como los avestruces en el desierto. La lengua del niño de pecho se pegó a su paladar por la sed; los pequeñuelos pidieron pan, y no hubo quien se lo repartiese (Lam. 4:3-4). ¿Diste tú hermosas alas al pavo real, o alas y plumas al avestruz? El cual desampara en la tierra sus huevos, y sobre el polvo los calienta, Y olvida que el pie los puede pisar, y que puede quebrarlos la bestia del campo. Se endurece para con sus hijos, como si no fuesen suyos, no temiendo que su trabajo haya sido en vano (Lam. 4:3-4; Job 39:13-16). Predicar la Palabra y luego olvidar a quienes les predicamos es tan irresponsable como la fornicación y como el abandonar los hijos. No debemos anunciar el evangelio sólo por el placer de hacerlo, sino que debemos anunciar placenteramente el evangelio con motivo de darle hijos a Dios y del amor a las almas. Es muy cruel dedicarse a alimentarse espiritualmente sabiendo que dimos a luz hijos que no están comiendo. ¿Y por qué no comen? ¡Porque aún son pequeños y no saben alimentarse solos! Notemos que los chacales alimentan a sus crías. Aún los impíos discipulan a su gente en las cosas del mundo. Quien tiene pan debe repartirle al pequeño que no lo tiene. Consideremos también que aunque una persona haya recibido la Palabra no está terminada la obra. Nunca es más frágil un hombre que cuando acaba de nacer; por eso dice la Palabra que los huevos pueden ser pisados por el pie o quebrados por las fieras. Jesús dijo que después de que se siembra la Palabra, viene el enemigo a sembrar cizaña y que después de que el sembrador salió a sembrar, las aves del cielo intentan robar la semilla. Recupera el amor por Cristo demostrándolo en el amor por las almas: Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas (Juan 21:15-17). ¿Cuál era la prueba de que Simón amaba más a Jesús que el resto de los discípulos? Precisamente el cuidado que mostrara por los demás corderos al apacentarlos, es decir, al darles pastos. Gozarse con la Palabra y luego esconderla de los demás es exactamente lo opuesto de amar a Jesús. La palabra dice que es el que quiera hacerse grande debe ser el servidor (Mateo 26:20). La grandeza está en la utilidad. Es grande ante Cristo quien es más útil a los propósitos de su reino. Por ejemplo, la samaritana preguntó a Jesús ¿eres tu mayor que nuestro padre Jacob que nos dio este pozo? (Juan 4:12). Y Jesús le respondió que Él daba agua que producía una fuente de vida eterna a quien la bebiera (Juan 4:13-14). Jacob era grande porque sirvió a los propósitos del reino satisfaciendo la sed de sus hijos; y Jesús es mucho más grande porque da a los suyos satisfacción eterna. Así, los creyentes son grandes en medida que sirven a los demás, especialmente dando satisfacción a la sed de sus hijos espirituales. En este sentido, una evidencia de estar viviendo a Cristo es ser fructífero: Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer (Juan 15:5). Sabemos que el árbol es sano y la sabia fluye en su interior porque tiene buenos y abundantes frutos. Permanecer en un dogma de fe y en una religión no se confirma con frutos, sino con disciplinas, pero permanecer en la vida es estar continuamente produciendo vida. Debemos permanecer en Cristo, eso es una cosa. Es no salirnos de Él. Pero también necesitamos que Él permanezca en nosotros, eso es otra cosa. Saúl trataba de permanecer en el reino, pero el reino ya no estaba en él. Esto era evidente por la clase de frutos que Saúl tenía: no cuidaba ovejas, sino que trataba de matar a David y perdonaba a los enemigos de Dios. No solo no le producía hijos a Dios, sino que trataba de matarlos, ¿no mató a los sacerdotes del Señor? Glorifica al Padre dándole hijos y así serás tenido por verdadero discípulo del Señor Jesucristo (Juan 15:8). En conclusión: la infertilidad espiritual es una enfermedad del alma que requiere sanidad. En lo natural se tienen hijos por el amor y disfrute de una pareja; en lo espiritual, se es fértil como resultado de la pasión por Cristo y por las almas.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:17
4.15-17 Padre en la fe. Dios estableció algunos principios de vida para todas las criaturas. Uno de esos principios indica que nada vive creciendo indefinidamente; se empieza a partir de una célula que va multiplicándose hasta llegar a ser un organismo complejo, luego crece hasta su etapa adulta y por último se multiplica en otro organismo similar o del mismo género. Si observamos detenidamente veremos que dicho ser no crece para siempre, sino que crece para multiplicarse. El crecimiento no es multiplicación, sólo maduración. Es de esta forma que el propósito de un árbol no es producir frutos ni semillas, sino otros árboles. Un ser humano no crece indefinidamente, sino que llegado a la madurez debe reproducirse en otros seres humanos. Del mismo modo, los creyentes no existimos para crecer, sino para multiplicarnos. La iglesia misma como una congregación local debe tener como propósito la fundación de otras iglesias y no meramente crecimiento interno. La máxima de la vida ha sido desde el principio multiplicarse según su especie (Gen. 1:11-12, 21, 24, 25-28). El apóstol Pablo escribe a los corintios una carta de reprensión como un padre a sus hijos. Falsos maestros difamaban a Pablo intentando que los Corintios desconocieran su autoridad apostólica; ante lo cual, les amonesta como su verdadero padre espiritual ante la cantidad de niñeras espirituales sin derecho (considera el contexto: vers. 14-21). La Biblia nos habla principalmente de tres edades espirituales de los creyentes: hijitos, jóvenes y padres (1 Juan 2:12-14). Los niñitos han conocido al Padre, recibido perdón de los pecados y nacido de nuevo. Los jóvenes en la fe son fuertes, vencen al maligno y han retenido la Palabra de Dios. Los padres espirituales se caracterizan por conocer al que es desde el principio; es decir, se han hecho uno con Dios en su paternidad, son fecundos y engendran hijos para Dios en Cristo. Dios es Padre, de Él toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra; ¡qué maravilloso don le ha dado al hombre al hacerlo capaz de engendrar vida! Podemos decir que somos maduros espiritualmente, pero si no tenemos hijos espirituales, mentimos. Dar fruto es el propósito de la elección divina: No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca; para que todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, él os lo dé (Juan 15:6). Si bien el fruto implica también lo interno como el fruto del Espíritu; sin embargo, haremos bien en enfocarnos mas en el fruto de almas. Notemos que Jesús define el propósito de nuestro llamado como una necesidad de ser fructíferos y padres que aseguran la permanencia de los hijos. Se engendran hijos por medio de la Palabra de Dios: El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas (Stg. 1:18). …siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). …yo os engendré por medio del evangelio (1 Cor. 4:15). Según la vida natural, el padre es aquel que sembró la semilla (esperma); así también, el padre espiritual es aquel que sembró la Palabra de Dios en otros. No es invitarles a la iglesia, aunque debemos invitarles; no es repartir folletos, aunque debemos repartirlos; no es hablar acerca de asuntos religiosos, aunque debamos hacerlo; es predicar el evangelio de Jesucristo. Producir hijos es un trabajo difícil: Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros (Gal. 4:19). El acto de engendrar es placentero, aún la vida natural lo enseña; pero formar hijos requiere de esfuerzo y puede ser doloroso. Dar a luz es muy doloroso, tanto en lo natural como en lo espiritual y educar hijos es un trabajo fatigoso (como las noches en vela cuidando un bebé), pero tiene sus recompensas. En este sentido dice la Escritura: “los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; más volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas” (Sal. 126:5-6). Ser un padre espiritual es para personas maduras y entendidas del propósito de su vida cristiana. La vida tiene una ley: lo que no se reproduce, muere y desaparece. Por esa razón se celebra tanto el nacimiento de un panda o de un tigre; debido a que están en peligro de extinción (aunque en su caso no lo es por causa de no reproducirse, sino por ser cazados más de lo que pueden reproducirse. Será por eso que en tiempos de persecución es cuando más predica y crece la iglesia). Solo hay dos opciones: dar fruto o ser cortado: Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto (Juan 15:2). Notemos que incluso la limpieza tiene como propósito el ser más fructífero. Dios no te limpia para que seas más hermoso ni porque Él estornude ante lo sucio, sino porque facilita y activa el desarrollo de la vida. Si tú no das fruto estás inutilizando la tierra, es decir, ocupando el espacio de otro que si desea producir fruto. Una iglesia con miembros infructíferos se consume fácilmente porque usan los recursos y energía que tiene. Por eso es que un agricultor quita las ramas infructuosas, para que no roben la fuerza de las productivas: Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? Él entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después (Luc. 13:7-9). El tiempo de prueba es más pequeño que el tiempo de oportunidad, pero conforme duramos sin dar fruto, el tiempo de gracia va reduciéndose. Tu familia, tu negocio, tu vida espiritual, debe ser productiva, si no, reduce su tiempo de vida. Podemos ser muy apegados a la religión y no dar fruto. Cuando Juan el Bautista vio que los fariseos y los saduceos venían a su bautismo les dijo: ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles y todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego. En el contexto les dijo que no debían decir que eran hijos de Abraham y que debían tener frutos dignos de arrepentimiento (Mat. 3:7-10). El asunto es que no tenían una vida productiva conforme a Dios, sino de malos frutos. No solo se trata de dar fruto, sino buenos frutos conforme a Dios. Ellos eran muy religiosos, pero infructuosos. Otro ejemplo: Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera (Mat. 21:19). Normalmente, una higuera frondosa en hojas es frondosa en fruto; pero la higuera en cuestión era sólo apariencia que no satisfizo al Señor. Un religioso tiene apariencia fructífera, pero, ¿ha ganado almas para el Señor? Finalmente Jesús dijo a los judíos religiosos: Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él (Mat. 21:43). Dijo esto después de la parábola de los labradores malvados que le negaron el fruto de su viña. El Señor obtendrá su cosecha, pero no todo árbol ni todo labrador mantendrán su lugar. Por otro lado, hay diferencia entre padres y ayos o cuidadores. Es padre quien ha engendrado al menos un hijo. Algunos intentan ser padres de los hijos ajenos, pero eso no es ser padre, sino ayo. En lo natural, la adopción es maravillosa, así como el atender a otros niños; pero en lo espiritual no debemos esconder nuestra infertilidad llamándonos padres, cuando sólo somos ayos. Es bueno ser un cuidador, pero eso no sustituye la paternidad. Todos debemos ser cuidadores de los pequeños, pero también debemos ser padres espirituales. Miremos la diferencia. Un ayo es un cuidador que no tiene los mismos genes que los pequeños que cuida. No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados. Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio. Por tanto, os ruego que me imitéis. Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cual os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias (1 Cor. 4:14-17). Se aprende del cuidador, pero se imita al padre. Los hijos son como los padres, Timoteo era un fiel hijo de Pablo. Los ayos nada más influyen; pero el ayo lleva una carga ajena. Moisés se quejó ante Dios: ¿Concebí yo a todo este pueblo? ¿Lo engendré yo, para que me digas: Llévalo en tu seno, como lleva la que cría al que mama, a la tierra de la cual juraste a sus padres? (Núm. 11:12). En cierto modo, Moisés tenía razón, él no engendró a Israel, era un cuidador, pero no el padre y si es difícil para un padre criar hijos, ¡cuánto más lo será para los ayos! Un ayo alimenta niños ajenos. Los padres ponen la semilla, los cuidadores le proveen alimento, y Dios da el crecimiento. Yo planté, Apolos regó, pero el crecimiento lo ha dado Dios (1 Cor. 3:6). Un ayo limita a los pequeños para protegerlos. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe (Gal. 3:24). Por su parte, los padres son amantes y tiernos: Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos. … así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros (1 Tes. 2:7-8, 11). Un padre espiritual es considerado. Jacob habló de andar al paso de los niños (Gen. 33:13-14); y proveedor: He aquí, por tercera vez estoy preparado para ir a vosotros; y no os seré gravoso, porque no busco lo vuestro, sino a vosotros, pues no deben atesorar los hijos para los padres, sino los padres para los hijos (2 Cor. 12:14). Y protector: te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis prisiones, el cual en otro tiempo te fue inútil, pero ahora a ti y a mí nos es útil, el cual vuelvo a enviarte; tú, pues, recíbele como a mí mismo. Y si en algo te dañó, o te debe, ponlo a mi cuenta. Yo Pablo lo escribo de mi mano, yo lo pagaré; por no decirte que aun tú mismo te me debes también (Fil. 1:10-12, 18-19). Ante todo esto, cada creyente debe procurar ser fértil padre espiritual; ¿cómo se logra esto? Primero, recuperando el placer de engendrar. Como en lo natural, el deseo sexual en el hombre generalmente es muy fuerte, se debe a que es él quien engendra la vida. La mujer, por su parte, tiene igual deseo mientras no ha tenido hijos, luego una considerable disminución en su deseo después de tenerlos debido a que ella es quien concibe. Ilustran a Dios y la iglesia. El Padre anhela hijos y la iglesia debe estar dispuesta a concebirlos. ¿Comprendes? Debemos recuperar voluntariamente el gozo de la paternidad espiritual: No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad (3 Juan 1:4). No existe un gozo mayor. Incluso el cielo celebra más el arrepentimiento de un pecador que la resurrección de un muerto. Los hijos espirituales son gloria de sus padres: mucho se alegrará el padre del justo y el que engendra sabio se gozará con él (Pr. 23:24). La ausencia de alegría suele ser ocasionada por la ausencia de paternidad. Los sabios engendran sabios como los manzanos producen manzanas. La clase de hijos espirituales suelen testificar qué clase de persona somos. La infertilidad espiritual, cuando debiera haber madurez, suele implicar alguna especie de cautividad. Cuando Yahwéh hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Yahwéh con éstos. Grandes cosas ha hecho Yahwéh con nosotros; estaremos alegres. Haz volver nuestra cautividad, oh Yahwéh, como los arroyos del Neguev. Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas (Sal. 126). Los cautivos pierden sus sueños y su alegría. Los cautivos no pueden alabar. Los cautivos no trasmiten gloria a los demás. En Isaías 8:18 dice yo y los hijos que Dios me dio somos por señales y presagios en Israel departe de Dios. Sólo libertados de la cautividad el creyente vuelve a ser un sembrador. Ligado a lo anterior, enfocar los hijos a Dios permite continuar siendo fértil. Fue después de que Abraham ofreciera a Isaac que Dios le prometió más hijos: y dijo: Por mí mismo he jurado, dice Yahwéh, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos (Gen. 22:16-17). Abraham le dio un hijo a Dios, a pesar del esfuerzo que esto implicaba; entonces Dios le concedió bendición y multiplicación. Entre más personas llevas a Cristo, mayor será tu facilidad de engendrar. Tener hijos espirituales es como aprender otros idiomas; entre más hablas la Palabra, más fácilmente fluye. Si nunca empiezas porque es difícil empezar, jamás desatarás tu poder. Fue cuando Ana prometió darle un hijo a Dios que Dios le dio más hijos a ella: ella con amargura de alma oró a Yahwéh, y lloró abundantemente. E hizo voto, diciendo: Yahwéh de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Yahwéh todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza. …Y visitó Yahwéh a Ana, y ella concibió, y dio a luz tres hijos y dos hijas. Y el joven Samuel crecía delante de Yahwéh (1 Sam. 1:10-11; 2:21). La falta de hijos espirituales debe parecerle al creyente como una dolorosa afrenta que le produzca lágrimas. Ana oró y lloró abundantemente, pero luego tuvo relaciones con su marido. La iglesia debe orar y dolerse cuando no tenga hijos, pero luego requiere salir y actuar en consecuencia para conseguirlos. Una vez que le dedicamos un hijo a Dios, Él nos visitará permitiéndonos producir muchos más. La Palabra dice que Dios visitó a Ana y ella tuvo cinco hijos; no dice que la visitara cinco veces y ella tuviera un hijo; sino que menciona sólo una vez que la visitó y ella tuvo tres hijos y dos hijas. Una sola visitación de Dios requiere la iglesia para ser inmensamente fecunda. Se piensa que es Dios quien da los hijos, y eso es verdad, pero no es toda la verdad, pues también nosotros le damos hijos a Dios: ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud (Mal. 2:15). Dios creó la unidad para producir la paternidad. Sin unidad no hay fecundidad. Jesús dijo: que sean uno, para que el mundo crea (Juan 17:21). Dios aborrece la división y la deslealtad porque le roba hijos. La falta de fruto es una evidencia de deslealtad. Predica la palabra y luego cuida a tus hijos espirituales. Los malos padres no están al cuidado de sus hijos, son crueles como el avestruz que abandona sus huevos en el desierto sin importarle quien pueda pisotearlos: Aun los chacales dan la teta, y amamantan a sus cachorros; la hija de mi pueblo es cruel como los avestruces en el desierto. La lengua del niño de pecho se pegó a su paladar por la sed; los pequeñuelos pidieron pan, y no hubo quien se lo repartiese (Lam. 4:3-4). ¿Diste tú hermosas alas al pavo real, o alas y plumas al avestruz? El cual desampara en la tierra sus huevos, y sobre el polvo los calienta, Y olvida que el pie los puede pisar, y que puede quebrarlos la bestia del campo. Se endurece para con sus hijos, como si no fuesen suyos, no temiendo que su trabajo haya sido en vano (Lam. 4:3-4; Job 39:13-16). Predicar la Palabra y luego olvidar a quienes les predicamos es tan irresponsable como la fornicación y como el abandonar los hijos. No debemos anunciar el evangelio sólo por el placer de hacerlo, sino que debemos anunciar placenteramente el evangelio con motivo de darle hijos a Dios y del amor a las almas. Es muy cruel dedicarse a alimentarse espiritualmente sabiendo que dimos a luz hijos que no están comiendo. ¿Y por qué no comen? ¡Porque aún son pequeños y no saben alimentarse solos! Notemos que los chacales alimentan a sus crías. Aún los impíos discipulan a su gente en las cosas del mundo. Quien tiene pan debe repartirle al pequeño que no lo tiene. Consideremos también que aunque una persona haya recibido la Palabra no está terminada la obra. Nunca es más frágil un hombre que cuando acaba de nacer; por eso dice la Palabra que los huevos pueden ser pisados por el pie o quebrados por las fieras. Jesús dijo que después de que se siembra la Palabra, viene el enemigo a sembrar cizaña y que después de que el sembrador salió a sembrar, las aves del cielo intentan robar la semilla. Recupera el amor por Cristo demostrándolo en el amor por las almas: Cuando hubieron comido, Jesús dijo a Simón Pedro: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos? Le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. El le dijo: Apacienta mis corderos. Volvió a decirle la segunda vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro le respondió: Sí, Señor; tú sabes que te amo. Le dijo: Pastorea mis ovejas. Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas (Juan 21:15-17). ¿Cuál era la prueba de que Simón amaba más a Jesús que el resto de los discípulos? Precisamente el cuidado que mostrara por los demás corderos al apacentarlos, es decir, al darles pastos. Gozarse con la Palabra y luego esconderla de los demás es exactamente lo opuesto de amar a Jesús. La palabra dice que es el que quiera hacerse grande debe ser el servidor (Mateo 26:20). La grandeza está en la utilidad. Es grande ante Cristo quien es más útil a los propósitos de su reino. Por ejemplo, la samaritana preguntó a Jesús ¿eres tu mayor que nuestro padre Jacob que nos dio este pozo? (Juan 4:12). Y Jesús le respondió que Él daba agua que producía una fuente de vida eterna a quien la bebiera (Juan 4:13-14). Jacob era grande porque sirvió a los propósitos del reino satisfaciendo la sed de sus hijos; y Jesús es mucho más grande porque da a los suyos satisfacción eterna. Así, los creyentes son grandes en medida que sirven a los demás, especialmente dando satisfacción a la sed de sus hijos espirituales. En este sentido, una evidencia de estar viviendo a Cristo es ser fructífero: Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer (Juan 15:5). Sabemos que el árbol es sano y la sabia fluye en su interior porque tiene buenos y abundantes frutos. Permanecer en un dogma de fe y en una religión no se confirma con frutos, sino con disciplinas, pero permanecer en la vida es estar continuamente produciendo vida. Debemos permanecer en Cristo, eso es una cosa. Es no salirnos de Él. Pero también necesitamos que Él permanezca en nosotros, eso es otra cosa. Saúl trataba de permanecer en el reino, pero el reino ya no estaba en él. Esto era evidente por la clase de frutos que Saúl tenía: no cuidaba ovejas, sino que trataba de matar a David y perdonaba a los enemigos de Dios. No solo no le producía hijos a Dios, sino que trataba de matarlos, ¿no mató a los sacerdotes del Señor? Glorifica al Padre dándole hijos y así serás tenido por verdadero discípulo del Señor Jesucristo (Juan 15:8). En conclusión: la infertilidad espiritual es una enfermedad del alma que requiere sanidad. En lo natural se tienen hijos por el amor y disfrute de una pareja; en lo espiritual, se es fértil como resultado de la pasión por Cristo y por las almas.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:18
4.18 Envanecidos, de una palabra griega que significa inflar, hacer crecer de aire. Algunos de los corintios estaban envanecidos, inflados de orgullo, de nada, sin sustancia. Pensaban que el apóstol y autoridad principal de la iglesia no regresaría y por ende, no los limitaría; así que se habían entronizado de la iglesia causando contiendas y divisiones, sintiéndose ser alguien y ejerciendo una autoridad que no tenían. Como hijos malcriados en ausencia de su padre.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:19
4.19-20 El apóstol Pablo les advierte de su próxima visita y no sería agradable para quienes andaban envanecidos (mira el versículo anterior). Los tales ostentaban una autoridad que no les había sido dada, por lo que Pablo los confrontará, no según argumentos, pues todos pueden hablar, sino según el poder de Dios. Esto es muy alto, los envanecidos podían ser juzgados, el Libro de los Hechos presenta casos de quienes incluso murieron ante el poder de los apóstoles (Hechos 5). Las palabras pueden ser fabricadas por los hombres, pero el poder genuino de Dios no. Nada de discursos ni pretensiones, Pablo va a ponerlos en entredicho con el poder de Dios. Este es el verdadero reino de Dios: el poder de Dios manifestado, en este caso, por la autoridad apostólica. Tremendo estándar establece el apóstol: el reino de Dios es poder de Dios y quien se diga ministro o autoridad en el mismo, ha de manifestar dicho poder y no solo hablar por hablar.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:20
4.19-20 El apóstol Pablo les advierte de su próxima visita y no sería agradable para quienes andaban envanecidos (mira el versículo anterior). Los tales ostentaban una autoridad que no les había sido dada, por lo que Pablo los confrontará, no según argumentos, pues todos pueden hablar, sino según el poder de Dios. Esto es muy alto, los envanecidos podían ser juzgados, el Libro de los Hechos presenta casos de quienes incluso murieron ante el poder de los apóstoles (Hechos 5). Las palabras pueden ser fabricadas por los hombres, pero el poder genuino de Dios no. Nada de discursos ni pretensiones, Pablo va a ponerlos en entredicho con el poder de Dios. Este es el verdadero reino de Dios: el poder de Dios manifestado, en este caso, por la autoridad apostólica. Tremendo estándar establece el apóstol: el reino de Dios es poder de Dios y quien se diga ministro o autoridad en el mismo, ha de manifestar dicho poder y no solo hablar por hablar.
— Roberto Tinoco
1 Corintios 4:21
4.21 Pablo, como autoridad apostólica de los corintios, después de amonestarles severamente en los versículos anteriores advirtiéndoles que les visitará con manifestaciones de poder, lo que implica podría traer juicio sobre los envanecidos, les da una oportunidad. Como padre espiritual no desea su mal, sino su bien; por ello les invita al arrepentimiento. Si cambian de actitud antes de su visita irá a ellos con amor y espíritu de mansedumbre siendo paciente y tierno; pero si perseveran en su orgullo, llegará a ellos con juicio, con ley, esto es lo que significa la vara, castigo. Les pregunta porque de ellos dependerá lo que reciban. Se hallaban ante la recompensa de la honra o ante el castigo y consecuencias de la deshonra.
— Roberto Tinoco