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Efesios 1
Saludos de Pablo
1Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Efeso:🗨📝 2Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.🗨📝Bendiciones espirituales
3Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo,🗨📝 4según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,🗨📝 5en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,🗨📝 6para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado,🗨📝 7en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia,🗨📝 8que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia,🗨📝 9dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en si mismo,🗨📝 10de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.🗨📝 11En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,🗨📝 12a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.🗨📝 13En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa,🗨📝 14que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.🗨📝Pablo ora por sabiduría espiritual
15Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos,🗨📝 16no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones,🗨📝 17para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él,🗨📝 18alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,🗨📝 19y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza,🗨📝 20la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales,🗨📝 21sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero;🗨📝 22y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia,🗨📝 23la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Efesios 1: RV60
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Efesios 1:1
1.1 El saludo clásico de Pablo presentándose como apóstol de Jesucristo, ya que el término apóstol no solo puede ser visto como título ministerial, sino de acuerdo a su significado, “enviado”. Existían enviados de las iglesias comisionados a distintas funciones menores, de manera que aclarar que es apóstol de Jesucristo establece su autoridad de parte del Señor como ministro gobernante de la iglesia. Existen muchos apóstoles hoy día, establecidos mediante la imposición de otros ministerios y pueden ser llamados de manera válida apóstoles, pero no lo son en el mismo sentido de Pablo o los doce o aquellos que fueron llamados de Jesucristo, ya que esta definición significa que Cristo mismo, personalmente, se apareció a ellos llamándoles al ministerio (1 Cor. 9:1). El llamado al ministerio gobernante de apóstol, lo mismo que profetas, evangelistas, pastores y maestros, son por la voluntad de Dios y no de los hombres. Cualquier otro servicio que no es de gobierno eclesiástico, puede ser comisionado por la voluntad de una asamblea, pero cuando se trata de autoridad sobre la iglesia, esta sólo puede proceder de Dios. A los santos y fieles en Cristo Jesús. Esa es la posición de los cristianos delante de Dios. El apóstol habrá de tratar los primeros tres capítulos hablando de la iglesia conforme a su posición en Cristo; luego, en los siguientes capítulos cuatro, cinco y seis, se expresará de la iglesia en términos de su condición. La posición es santos y fieles; la condición es que estamos siendo santificados y perseveramos en ello. Santo significa “apartado”. Primeramente, para Dios y en segundo lugar para su servicio. La santidad debe verse mayormente como el acto de ser apartado para, antes de ser apartado de. Ver la santidad prioritariamente como apartarse del pecado suele hacer el pecado sobre manera pecaminoso; pero apartarse para Dios traerá por su vida y potencia, el ser apartados también del pecado. Fieles en Cristo Jesús; es nuestra encomienda, permanecer fieles no solo al Señor, sino en el Señor. Es decir, fieles a Dios por cuanto Cristo en nosotros nos fortalece para ello. Intentar ser fieles para Dios sin estar en Cristo es imposible. Cristo, título que traduce Mesías. Significa Ungido y se refiere a que es el Rey, el Ungido descendiente de David. Y en grado superlativo, el Rey de reyes y Señor de señores. Jesús, más propiamente sin estar mal dicho, Yeshúa. Significa Yahwéh es Salvador o en forma resumida, Salvador, pues Jesús es Yahwéh en su carácter de Salvador: Yahwéh en Salvador. La carta está dirigida a los creyentes de la ciudad de Éfeso. En un principio, las iglesias solo tenían el nombre de su localidad. Lo único que las distinguía a unas de otras era la ciudad, pueblo o región en la que se encontraban. ¿Significa esto que debemos quitar cualquier otro nombre y llamarnos únicamente así? No necesariamente, pues si lo hiciéramos, como algunos ya lo intentaron, terminaríamos discriminando a las demás congregaciones en la misma localidad. Pedirles unirse o juntarse todos en un solo lugar no es práctico en las enormes ciudades de hoy en día. Pablo tuvo un ministerio fecundo en Efeso: Su primera vista (Hch.18:18-21). Su sucesor en Efeso fue Apolos (Hch.18:24). En su segunda visita, los efesios recibieron el Espíritu Santo (Hch.19:2-6). Durante su ministerio allí, hubo muchos milagros extraordinarios (Hch.19:10-12). Contendió con los plateros (Hch.19:23-41). Más tarde se despediría definitivamente de los ancianos de la región alrededor de Éfeso y de esa ciudad, haciéndoles llamar a la ciudad vecina de Mileto en donde dio un emotivo discurso de despedida (Hch. 10:27-35). La carta a Efeso es como un discurso de un rey a su ejército en los preparativos de la batalla. La ciudad de Efeso: Una ciudad-puerto de mucha importancia. Se hacían llamar a sí mismos “la primera ciudad de Asia”. Tenían una de las 7 maravillas del mundo antiguo: “El templo de Diana”. Era una ciudad espiritista y llena de demonios (Compara Hch. 19:11-17 con Ef. 6:10-13). Con el tiempo, Timoteo, comisionado por Pablo, dirigió las 7 iglesias de Asia desde Efeso. Pablo estuvo 3 años en la ciudad (Hch. 20:31). Les enseñó bien (Ef. 1:8). Lo apreciaban (Hch. 20:36-38). Luego dejó en Efeso a Timoteo para que continuara la obra (1 Tim. 1:3). Habían entrado falsos maestros (1 Tim. 1:3-4,6; Hch. 20:29-30). Desafortunadamente, con el paso del tiempo, perdieron los efesios su primer amor y finalmente su candelero no brilló más en Efeso (Ap. 2:4-5); es decir, la congregación cristiana dejó de existir en dicha ciudad.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:2
1.2 El apóstol saluda declarando la gracia del Señor Jesucristo sobre sus destinatarios. Pero, ¿qué es la gracia? La gracia es un tema primordial en las Sagradas Escrituras. La gracia es el favor de Dios. Dicho favor parece darse en medidas diferentes, no todos vivimos lo mismo, lo cual demuestra que no todos recibimos lo mismo. Dios nos ha dado gracia a todos en forma de bendiciones generales; y a algunos de manera específica como bendiciones relativas al trato entre Dios y sus criaturas elegidas. Esto no hace injusto a Dios, puesto que, siendo el Dueño de todo, puede hacer con lo suyo lo que quiera, ¡y más, tratándose de dar! Respecto a la gracia general o universal, Dios ha sido en extremo generoso y magnánimo con todos dándoles ser y sustento de su existencia. Vayamos al principio y veámoslo: la sentencia dada a nuestros primeros padres fue un hecho, morirían por haber comido del árbol de la ciencia del bien y del mal; se cumple la ley del reino la paga del pecado es la muerte (Rom. 6:23). Millones de tumbas confirman esto; sin embargo, ni Adán ni Eva murieron inmediatamente después de pecar ni los seres humanos que hemos pisado la tierra hemos muerto en el sentido estricto y físico de la palabra en el momento mismo de pecar; de hecho, un pecador puede llegar a la ancianidad pecando incontables veces antes de ser alcanzado por la sentencia de la muerte (al menos respecto del cuerpo físico). Hay una muerte incipiente en que enfermamos, envejecemos y morimos, pero la muerte final se realiza poco a poco, por decirlo así. Todo esto nos habla de la gracia de Dios universal; el favor divino dispensado a todos, como dijera el Señor Jesucristo: vuestro Padre… hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos (Mat. 5:45). Consideremos el punto anterior un poco más, ¿cuántos bienes recibe un ser humano en toda su vida terrenal? Comencemos con la vida y sumemos todos los elementos que le preservan la misma durante sus días en este mundo, por ejemplo, el oxígeno y la capacidad de respirarlo, procesarlo y usarlo. En el mismo sermón del monte predicado por nuestro Señor, confirmó la gracia universal hablando del cuerpo, del vestido, y del alimento entre otras cosas (Mat. 6:25-28). ¿Has amado y te han amado? ¿Has reído y sentido felicidad? ¿Puedes enumerar los placeres vividos? Aunque muchos de estos gustos o favores están subordinados a la conducta, aún así buenos y malos los han probado de gracia inmerecida alguna vez. Dios es bueno y tiene favor con todos independientemente de si lo merecen o no. Esta es la gracia universal, es una gracia general que define a Dios y no a sus criaturas; depende de lo que Dios es y no de lo que sus criaturas hacen. Pero existe, además, la gracia específica de Dios. Un poco más allá de la gracia universal, encontramos la gracia específica; es el favor de Dios enfocada hacia aquellos que habrán de establecer una relación con Él. Dicha gracia incluye beneficios propios de la salvación, además de bendiciones relacionadas al enriquecimiento de la relación entre Dios y sus beneficiarios de la gracia. La primera vez que aparece en la Biblia la palabra «gracia», se encuentra en Génesis 6:8, como es sabido, la primera mención establece las bases de su interpretación bíblica: pero Noé halló gracia ante los ojos de Yahwéh. Y la última mención de la gracia en las Escrituras es la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros, amén (Ap. 22:21). De manera que en Génesis hallamos la semilla de la gracia y en Cristo su culminación. Esta es la gracia específica, ya que se refiere a aquella que tiene que ver con la relación entre Dios y sus criaturas, especialmente por medio de Cristo. A esta gracia se refería el apóstol Pablo al saludar a los efesios. La definición teológica más conocida de la gracia actualmente es “el favor inmerecido de Dios al hombre”. Sin embargo, aunque hay mucha verdad en esta declaración sobre todo respecto de la gracia universal, no es toda la verdad, sino solo una parte. Por lo mismo, permíteme poner varios fundamentos acerca de la gracia para no dar lugar a extravíos ni a malos entendidos en mis palabras, pues enfatizar el otro extremo de la verdad puede dar pie a quien, oponiéndose voluntariamente tergiverse lo dicho a continuación: Primer fundamento: la gracia de Dios sola salva al hombre respecto del pecado y su reconciliación con Dios sin las obras del hombre (Rom. 3: 24; 4: 4: Hch. 15: 10 – 11; Ef. 2: 5 – 8; 2 Tim. 1: 9. Tito. 3: 5). Segundo fundamento: la gracia de Dios no elimina la participación del hombre, por el contrario, lo lleva a participar de ella. La iniciativa siempre está en Dios y la respuesta en el hombre (Fil. 2: 13; Juan. 3: 27; 1 R. 8: 58; Rom. 9: 16). Tercer fundamento: la gracia de Dios es mucho más que la obra de salvación. Aunque para muchos sea debatible, la Biblia da testimonio de que es posible hallar gracia (Gen. 6:8); es posible rechazar la gracia (Gal. 5:4; Heb. 12:15); y es posible crecer en la gracia (alcanzarla en mayor medida Luc. 2:52). “El que busca halla” -dice la Escritura (Luc. 11: 10) no dice que Dios les dio gracia, sino que hallaron gracia. De manera que la gracia específica comienza en Dios, pero requiere del hombre una respuesta inicial a la misma para seguir fluyendo. Hay muchos ejemplos de gracia hallada de forma específica: Noé halló gracia (Gen. 6:8). Abraham halló gracia (Gen. 18:3). Moisés halló gracia (Ex. 33:12–13, 16–17). Nota en los versículos anteriormente citados, que Moisés fue conocido por Dios. Ser conocido por Dios es hallar gracia delante de Él. ¿Quién es conocido por Él en el sentido de hallar gracia de Él? Dice el Salmo 1:6 que Dios conoce la senda de los justos. ¡De los justos! La vida justa trae gracia. ¿Recuerdas a Cornelio? (Hch. 10:4). También, dice la Palabra: Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo (2 Tim. 2: 19). Por eso en Éxodo 33:13 Moisés responde a Dios “que te conozca y halle gracia en tus ojos”. Moisés halló gracia conociendo, esto es, intimando, teniendo comunión con Dios. ¿No había recién pasado cuarenta días, seguidos de otros cuarenta días más con Dios en el monte en ayuno y oración? La comunión alcanza gracia. María halló gracia (Luc. 1:30). ¿Por qué halló gracia? ¿Hubo algo que Dios buscó en ella? El ángel fue enviado a una virgen, su prometido era de la casa de David y, además, María era una mujer de fe (Luc. 1: 26 -27, 38). Quizá alguno podría citar a Pablo para negar lo anteriormente dicho, diciendo: …(pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama) (Rom. 9:11); sin embargo, tal versículo habla de la elección, una parte de la gracia que no define toda la gracia (sólo un ciego confunde la pata del elefante con todo el elefante). Más adelante tocaré el tema de la elección y del llamamiento, entonces veremos que no invalida la demás gracia divina. Recordemos que aún la gracia universal es independiente de la criatura, pero que no es toda la forma de gracia que Dios dispensa. ¿Acaso no dice la Escritura que la gracia de Dios es multiforme? (1 Pedro 4:10). La gracia es creciente: Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres (Luc. 2:52). El mejor ejemplo de la gracia es Cristo, Él es la gracia misma al ser considerado como la dádiva de Dios que no puede ser explicada con palabras (2 Cor. 9:15). Así que en Él comprendemos muy bien qué es y cómo funciona la gracia específica. Jesús crecía en gracia debido a su conducta ante Dios y los hombres, esto es, alcanzaba el favor de quienes lo conocían, dicho coloquialmente, les caía bien, por lo que estaban dispuestos a hacerle bien. Como la iglesia en sus primeros días, que, debido a su generosidad con los necesitados y su vida piadosa, tenían favor (gracia) con todo el pueblo (Hechos 2:45-47). De modo que la gracia crece cuando pasa de ser universal a específica por haber respondido favorablemente a la misma con fe, agradecimiento y obediencia. Y puede seguir creciendo a medida que crece también la intimidad entre Dios y el tal bienaventurado. Además de la gracia de Jesucristo, el apóstol incluye en su bendición la paz de Dios. La paz de Dios es el resultado de la paz con Dios. Habiendo sido justificados por medio de Jesucristo, tenemos paz para con Dios. Como resultado, experimentamos la paz de Dios; ya no somos sus enemigos, por lo que sentimos la tranquilidad del Señor en toda nuestra manera de vivir. Esa paz que sobrepasa todo entendimiento. Hay distinción de personas en la deidad: uno es el Padre y otro es el Hijo, el Señor Jesucristo. No son dos dioses, sino pluralidad de Personas en Dios.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:3
1.3 El secreto de este versículo, lo mismo que de todo el capítulo es la expresión: “en Cristo”. Todo lo tenemos en Cristo, salvación, bendición; incluso la predestinación es en Cristo. No existe absolutamente nada de parte de Dios para nosotros sin Cristo. Por eso en este capítulo la frase “en Cristo” o “en Él” se repite una y otra vez. Todo en Él. ¡Cómo no bendecir a Dio al hacernos participantes de la vida celestial! El apóstol explota en elogios al Padre Celestial por estas bendiciones. Veamos este versículo desde la perspectiva correcta: el cielo. El lugar donde vives influye en tu conducta. El ser humano transforma su ambiente, pero también es transformado por el ambiente. Por ejemplo, quienes han vivido en lugares selváticos por generaciones desarrollaron una raza de pigmeos; otros, viviendo en lugares fríos desarrollaron ojos de color claros y cabello rubio; hay quienes por la inclinación del sol y su medio ambiente son amarillos, mientras que otros son blancos. Hay altos y bajos, gordos y flacos. Existen casos hasta de acostumbrarse a la radiación nuclear como consecuencia de estar expuestos a ella por generaciones. Por supuesto que hay maravillosas personas en todos los ambientes, pero la conducta cambia según el lugar que habitas. ¿Verdad que te comportarías diferente en el cielo a como actúas en la tierra? Ahora bien, ¿sabías que puedes habitar el cielo sin importar dónde estén tus pies en esta tierra? El cielo no sólo es un lugar, sino un estado. Aprende a vivir el estado celestial por la fe en Cristo para entrar al lugar celestial. No estoy refiriéndome a “irse al cielo”, sino a la vida abundante del cielo en este tiempo y lugar, aquí y ahora. Para esto, notamos que cinco veces la carta a los Efesios registra la frase: “lugares celestiales” lo que implica su importancia. Cada una de ellas te revela algunas verdades impresionantes de la vida celestial; y cada una de ellas también, está dirigida a cristianos que viven en la carne en esta tierra. La primera de estas citas es precisamente 1:3 Bendecido en lugares celestiales en Cristo. El cielo está totalmente bendecido y no le falta nada. Allí no hay enfermos ni pobres ni acomplejados; allí no hay pecadores ni amargados; allí no hay tristeza ni llanto ni dolor. El cielo es total bendición. Experimentarlo no significa que el cuerpo no pueda sufrir dolor alguno, aunque podría ser así; sino que a pesar de eso, el alma sigue intocable. Dios bendice lo celestial, por ejemplo, al mirar al primer hombre y ver en ellos su imagen los bendijo (Gen. 1:27-28). ¿Estaban en el cielo? No, pero los bendijo. ¿Por qué los bendijo? Porque eran su imagen; es decir, Dios estaba mirando el cielo en la tierra. Debes tener fe para acceder a esta realidad celestial. Como escribió el mismo apóstol en otra carta: buscad las cosas de arriba donde está Cristo sentado (Col. 3:1-3). Nos bendijo con toda bendición espiritual; toda, no solo alguna. En Dios no estás bien solo en parte, sino completamente. Bendiciones espirituales, lo que no niega las temporales, sino que las rebasa. En los lugares celestiales en Cristo; siendo que somos uno con Cristo, habiendo recibido la Cabeza toda bendición, el Cuerpo, nosotros, recibimos igualmente dicha herencia.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:4
1.4 Escogidos en Cristo. No existe elección alguna sin Él, incluyendo predestinación o como queramos llamar a la gracia divina con la que nos tomó en cuenta para su plan eterno. Absolutamente todo lo que podemos recibir de Dios será en Cristo. Debemos dejar de tenernos a nosotros mismos como centro de la elección divina, cuando la Escritura es clara en decir que fuimos escogidos en Cristo. El centro es Él. Si estás en Él, estás en la elección y si no estás en Él, estas fuera de toda posible relación con Dios. La elección se llevó a cabo antes de la creación del mundo, no porque nosotros preexistiéramos antes de este mundo; sino porque el Padre estableció en la eternidad que toda relación con la iglesia que habría de crear, sería por medio de su Hijo. Él sí es eterno. Para nosotros sucedió el día de nuestra conversión; pero para Dios, era el plan por el cual creó todas las cosas. Este plan llamado Cristo, incluía tanto la elección, como la santificación. Que fuésemos santos implica ser apartados para Dios por medio de Cristo, es decir, que fuéramos solo de Él; de esto se deriva ser sin mancha delante. Primero limpiados y luego transformados en Él. Sin mancha también significa sin defecto, solo mediante la glorificación o ser revestidos con su gloria en la eternidad será posible esto. Para las criaturas podemos ser defectuosos, aún; pero para el Señor y en la obra de su transformación, somos sin mancha. Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb. 10:14).
— Roberto Tinoco
Efesios 1:5
1.5 Fuimos escogidos en amor (frase unida al versículo anterior); esto significa que habiendo sido amados por Dios en su conocimiento anticipado, antes de que nosotros existiéramos, Él nos amó y por ello, nos eligió. Por esto mismo nos predestinó, palabra que traduce el término griego proorízo, de pro, “antes” y jorízo, “límite, horizonte”. Poner límites, ordenar. Al respecto de la doctrina de la predestinación, hay mucho que decir. Dicha doctrina es enseñada en las Sagradas Escrituras, pero quizá es una de las más mal entendidas de todas. Tenemos principalmente dos posturas en lados opuestos de la misma: por un lado, el calvinismo, y por el otro, el arminianismo. Para el calvinismo, la predestinación es el acto absoluto y soberano de Dios de elegir para vida eterna a unos y para muerte eterna a otros. Basa su argumentación no solo en pasajes bíblicos que hablan de la elección divina, sino en la soberanía divina, por ejemplo, para quien considera que Dios es injusto al no elegir a todos para salvación responde con las palabras del apóstol Pablo: Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: ¿Por qué me has hecho así? ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? (Rom. 9:20-21). El calvinismo considera que toda la humanidad se encuentra en una completa depravación e incapacidad de responder a la gracia de Dios, a menos que Dios le conceda precisamente una gracia previa que le ayude a creer y a aceptar el regalo de la vida eterna. El libre albedrío del hombre es considerado sin posibilidad de ejercerlo, suele usarse la ilustración de un ave con ala rota, tiene la voluntad de volar, pero no la capacidad de hacerlo. El mismo Calvino llamó a su interpretación doctrinal “un horrible decreto”, pero dijo mantener la doctrina a causa de que él la veía en la Biblia. Para el arminianismo, por su parte, la humanidad es pecadora e incapaz de salvarse a sí misma, pero sí de responder a la oferta de salvación de Dios, pues de otro modo, sostiene, las invitaciones a la salvación que Dios hace a todos carecerían de sentido. Esta corriente doctrinal no cree que exista un designio de unos para salvación y otros para condenación, sino la oportunidad de Dios a todos los seres humanos. El arminianismo mira la predestinación sólo desde la perspectiva del previo conocimiento de Dios, es decir, a los que Dios sabía en su omnisciencia que habrían de recibir la salvación preparó lo necesario para que así fuese completada: porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos (Rom. 8:29). Mi postura se inclina más hacia el arminianismo, pero con alguna variante que considero puedo aportar en forma de ciertas ideas que darán luz respecto del exceso calvinista (ideas que no son nuevas, pues no solo otros las han visto, sino la Palabra de Dios la enseña). Los versículos utilizados por el calvinismo parecen decir que efectivamente Dios predestinó a unos para salvación y a otros para condenación, pero tienen un punto de vista totalmente erróneo: irónicamente exaltan la soberanía de Dios, pero interpretan la predestinación a partir del hombre; es decir, suponen que Dios elige a unos distinguiéndolos de otros, cuando la Palabra de Dios es clara en señalar que no existe elección ni predestinación alguna aparte de Jesucristo. Es ahí donde aparecen las palabras del apóstol Pablo en el primer capítulo de su carta a los Efesios: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en si mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra. En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo. En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa (Ef. 1:3-13). La constante repetición «en Él» es la clave de la predestinación y de la elección. Cristo es el elegido y el predestinado y toda la humanidad fue llamada a participar de dicha elección. La conclusión es clara: Dios ha dado los recursos necesarios para salvar a todos los hombres en Cristo, Él es la elección y la predestinación y fuera de Él no existe salvación. La humanidad entera está invitada a la vida eterna y puede entrar en la elección de Dios para ello, esto es, en Cristo. Dios no predestinó a Cristo como individuo, sino a Cristo como la Cabeza de un Hombre corporativo, todos los que sean parte de su cuerpo son participes de la elección. Es decir, ninguno es elegido de forma individual. La voluntad de Dios en su propósito eterno es elegir a Jesucristo y toda la raza humana está invitada a participar de esta elección en Él: pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia. Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida (Rom. 5:17-18). Siendo Cristo el elegido, su obra hizo posible a toda la humanidad la elección; sin embargo, no todos viven como elegidos, por ello es necesaria la predicación del evangelio, a fin de que todos los hombres sean conscientes de la elección y se conviertan a Cristo, entrando así en la vida eterna. Debemos decirles a todos que pertenecen a Jesucristo y que la voluntad de Dios es que fueron destinados para Él. Por Él, en Él, y para Él. En Mateo 25:31-46 tenemos la descripción del juicio de los gentiles; en el versículo 34 dice a los salvos: “…venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”, de lo cual podría deducirse cierta elección; pero al compararlo con la condenación de quienes se pierden, dice en el versículo 41: “…apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”. ¡No dice preparado para vosotros! Es pues la elección de la humanidad para salvación en Cristo, más si alguno no obedece al llamado de venir a Él se pierde a sí mismo. Es semejante a lo expresado por Pablo al exaltar la soberanía divina: ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra? ¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria (Rom. 9:21-23)? Nota que los vasos preparados para gloria fueron preparados por Dios, mientras que los vasos de ira preparados para destrucción fueron soportados con mucha paciencia por Dios. Quienes se pierden dan ocasión a la manifestación de atributos divinos relativos a su ira y justicia, pero no porque Dios los hizo así, sino los soportó así. Si no fuese así, ¿por qué diría la misma carta a los Romanos que los que se pierden lo hacen por menospreciar la bondad de Dios? ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios (Rom. 2:4-5). Dios preparó juicio, pero no preparó a quien se condena. Los seis versículos que tratan el tema de la predestinación en el Nuevo Testamento tienen como enfoque para qué fuimos predestinados, más que la idea de quienes fueron predestinados. Cristo fue predestinado y toda la humanidad puede participar de su elección: Dios ha determinado que “los que están en Cristo” sean “hechos conformes a la imagen de su Hijo” (Rom. 8:29-30). El primer Adán pecó y su caída trajo la condenación a toda la humanidad; asimismo, el postrer Adán, que es Cristo, tomó la condenación de toda la humanidad para salvarla toda; más no que la humanidad sea salva de forma universal en automático, sino que fue elegida para salvación si está en Cristo. Para esto, el llamado inicia en Dios, como sostienen los calvinistas; pero requiere la respuesta del hombre, como enseñan los arminianos. Todos somos elegidos en Él y fuera de Él, todos somos condenados. Difiero del arminianismo en que enseña la predestinación a partir del previo conocimiento divino de unos que serán salvos y de otros que serán condenados. En parte es verdad, pero no toda la verdad. Si bien Dios conoció de antemano, no preparó el misterio de Cristo sólo para algunos, sino para todos. En el estricto apego a la Palabra, Dios preparó a Cristo, eligió a Cristo y nosotros sólo podemos ser conocidos por Dios en Cristo. Por otro lado, o pasando a otro tema, el versículo en cuestión (1:5), establece una parte muy importante en el propósito de nuestra elección en Cristo: ser adoptados como sus hijos. La adopción en nuestra cultura occidental significa simplemente “tomar como hijo”; es decir, uno que no fue engendrado por un padre, pero que recibe la identidad, posición y beneficios como si hubiera sido engendrado por dicho padre. Pero en la cultura bíblica, la adopción es muy diferente. No sólo se trata de uno que no fue engendrado y luego fue tomado por hijo, sino de uno que, habiendo sido engendrado por un padre, luego adquiere los beneficios del padre como resultado o recompensa de haber alcanzado madurez. De modo que no se trata de llegar a ser hijo, sino a recibir los beneficios de hijo. En la cultura bíblica se distingue el hijo según su estado de madurez con tres palabras griegas principales: Teknion, hijo niño pequeño. Teknon, hijo niño. Y huios, hijo maduro. Cuando el hijo crecía y demostraba haber alcanzado madurez, se llevaba a cabo una especie de ceremonia en donde el padre presentaba al hijo ante los familiares y amigos como su huios, su hijo maduro, en quien tenía confianza y a quien delegaba su autoridad. Esta ceremonia se conocía con el nombre de huiotesía (adopción), esto es, declarar huios, hijo maduro. Por ejemplo, cuando María reprendió a Jesús después de quedarse tres días sin ellos en Jerusalén, a los doce años de edad, le llamó teknón (Luc. 2:48), un niño muchacho que aún carecía de responsabilidad; mientras que la ocasión cuando fue bautizado, el Padre celestial testificó de Jesús como huios amado en quien tenía complacencia (Luc. 3:22); estaba siendo declarado maduro y con la autoridad del Padre. Era el día de su adopción, de su huiotesía. Cuando recibimos a Cristo se nos da potestad de ser hechos hijos, somos engendrados por Dios con todo el potencial de llegar a la madurez: más a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13). Hay cinco versículos en el nuevo testamento relativos a la doctrina de la adopción; cada uno de ellos presenta principios maravillosos acerca de este tema: Romanos 8:15; 8:23; 9:4; Gálatas 4:5; Efesios 1:5. Todos estos versículos fueron escritos por el apóstol Pablo, de modo que la doctrina de la adopción es recibida de Dios y desarrollada por Pablo. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción (huiotesía), por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Rom. 8:15). Curiosamente, el siguiente versículo hace la distinción entre el hijo por crecimiento (teknón) y el hijo adoptado o reconocido maduro (huios). El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos (huios) de Dios (Rom. 8:16). Habiendo nacido de nuevo, somos hijos de Dios que estamos en crecimiento; tenemos el testimonio interior del Espíritu que grita como una nueva naturaleza que Dios es nuestro Papá. Ya somos hijos y estamos madurando hasta alcanzar nuestra herencia, como dice el versículo posterior (vr 17). Sabemos por el contexto que la adopción no ha sido concluida, por maduros que lleguemos a estar en esta vida, pues dice la Escritura enseguida de lo que leímos: Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción (huiotesía), la redención de nuestro cuerpo (Rom. 8:22-23). Es como si no solo se tratara de una madurez individual, sino también corporativa, pues la adopción final será la glorificación, cuando la nueva creación sea manifestada en gloria en la venida del Señor. Así que somos declarados hijos de Dios por haber sido engendrados de Él; pero adoptados sólo en esperanza, hasta el día de la resurrección. De momento, todo es en primicias, como el Espíritu que nos fue dado. “…que son israelitas, de los cuales son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas” (Romanos 9:4). Para Pablo, la adopción como hijos, esto es, aquellos que debían llegar a la madurez y ser reconocidos como los herederos de Dios, eran los judíos como el pueblo de Dios. Y a partir de ellos, nosotros seríamos injertados en el mismo pueblo, siendo para ello engendrados de Dios en el nuevo nacimiento. Leímos: en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos (huiotesía) suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Efesios 1:5). El propósito de este pasaje es más la presentación de la elección divina y su llamamiento en Cristo que de la adopción misma; sin embargo, notamos que, en el propósito eterno de su voluntad, sigue hablando de forma corporativa y no individual, si bien no niega en lo absoluto la realidad individual, al contrario, la aplica. Concluyo que la adopción o derecho de ser tomado como un hijo maduro se llevará a cabo hasta el día de la glorificación de nuestros cuerpos en la manifestación del Señor; y que de momento tenemos las primicias de ser hechos hijos de Dios en desarrollo, primicias que incluyen la bendición del testimonio interior del Espíritu Santo, mediante el cual declaramos a Dios nuestro Papá gozosamente. En aquel día, la herencia completa será repartida como a hijos que han alcanzado madurez. Podemos aplicar esto sólo a forma de sombra de la realidad que a medida que el hijo de Dios crece y madura, le es confiado un poco más de las primicias de su herencia, siendo fiel en lo poco le es dado más, a fin de incentivar su desarrollo.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:6
1.6 Alabanza, usándose aquí el griego épainos, elogiar hablar bien de lo que es recomendable. Podemos recomendar ampliamente llenando de elogios la gloria de la gracia de Dios. Gloria es doxa, significa “opinión”, refiriéndose a la elogiable o alabable opinión que podemos tener de la gracia de Dios. La gracia es su favor y su favor es sumamente digna de buenas palabras. ¿Has dedicado tiempo a proclamar la gracia de Dios? Debes hacerlo, pues haber sido alcanzado por la gracia de Dios es haber sido alcanzado para proclamar la gracia de Dios. La gracia de Dios nos hizo aceptables a Dios. Sin su gracia, somos enemigos de Dios e imposibilitados completamente a relacionarnos con Él. ¿Qué puedes hacer para agradar a Dios? Recibir su gracia, esto es, a Jesucristo su Hijo. Nos hizo aceptos en el Amado; somos agradables a Dios en Cristo. Sin Él es imposible agradar a Dios; en Él eres grato, agradable, amado por Dios como si se tratara de su Hijo mismo. El Amado sin duda es Cristo, de quien Dios testificó que era su Hijo Amado, en el cual tenía su complacencia (Mat. 3:17); y por el cual, nosotros hallamos la complacencia del Padre.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:7
1.7 Otros de los beneficios que tenemos en Cristo es la redención por su sangre. La redención significa el haber sido rescatados mediante el pago de un precio, en este caso, la sangre de Cristo, pues la paga del pecado es la muerte. Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 Pedro 1:18-19). Como uno de los beneficios incluidos en dicho rescate, tenemos el perdón de los pecados. Perdonados como si nunca hubiéramos pecado. Todo por las abundantes riquezas de su gracia. Nuestra salvación es magnánima, riquísima. No podemos enumerar con justicia las incontables riquezas de la gracia de Dios, habiéndonos hecho hijos y herederos de Dios juntamente con Cristo. El evangelio no es escaso.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:8
1.8 La gracia de Dios ha sido sobreabundante; no se trató de un obsequio básico ni mínimo; Dios no hizo únicamente lo necesario. Podría haberlo hecho y para nosotros estaría bien a causa de lo que somos; pero no estaría bien a causa de lo que Dios es. Él es bueno y magnánimo por lo que su gracia debía sobreabundar. Su gracia rebasó la abundancia para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia. Así es el evangelio de Jesucristo y el trato que Dios tiene con nosotros: inteligente y sabio. En su inteligencia está completamente apartado del mal y en su sabiduría resuelve bajo el temor de Dios cualquier cosa que debe resolverse, para hacer posible el bendecirnos juntamente con Cristo en los lugares celestiales. El plan de Dios es extraordinariamente inteligente y sabio. Nos ha hecho saber cuál es en la medida que podemos comprenderlo; pero es glorioso, impactante, espectacular. No hay error en lo que está realizando y todo está funcionando perfectamente. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! (Rom. 11:33). No hay excusa para la necedad ni para la falta de entendimiento. No podemos conformarnos a la falta de inteligencia ni a la escasa sabiduría; su gracia ha sido sobreabundante para con nosotros los que creemos y estamos en Cristo (mira el siguiente versículo).
— Roberto Tinoco
Efesios 1:9
1.9 Antes de todas las cosas, Dios creó un plan. A dicho plan lo llamó Cristo y ha venido realizándolo desde el principio. De hecho, para poder llevarlo a cabo, creó todas las cosas. Este plan era un misterio, un secreto hasta que Dios lo dio a conocer a la iglesia y posteriormente, por medio de la iglesia. Este misterio llamado Cristo es la voluntad de Dios, lo que Él desea y la explicación de por qué existen todas las cosas. Ahora, ¿por qué lo ha hecho conocer a la iglesia? Porque ese es su beneplácito, su deleite o gusto personal. Dios ama a la iglesia y le da a conocer sus secretos. El plan solo puede ser realizado por Dios, se lo propuso en sí mismo porque es para Él y por medio de Él. En los siguientes versículos, especialmente en el capítulo tres, el apóstol explica de qué se trata este misterio.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:10
1.10 El plan de Dios, al cual se ha referido como un misterio el apóstol Pablo, tiene una agenda cronológica que está llevándose a cabo al pie de la letra, según lo ha diseñado Dios. Tendrá un climax, un momento específico en el cual se consumará. Cuando esto suceda, todas las cosas creadas, tanto en el cielo como en la tierra quedarán bajo el gobierno de Cristo. Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos (1 Cor. 15:28).
— Roberto Tinoco
Efesios 1:11
1.11 Acerca de la predestinación, ve las notas al versículo 5 de este mismo capítulo. Sobre la herencia prometida, cuando se manifieste el Señor en su venida y seamos glorificados, recibiremos también la herencia prometida en su totalidad y no solo las primicias que podamos recibir en esta vida. Es necesaria la glorificación primero, por la limitación presente de la carne que no puede administrar aún lo eterno e imperecedero (1 Cor. 15:50). Después de que el apóstol Pablo habla acerca de la adopción como hijos y de referirse a que actualmente tenemos el Espíritu como primicias de la herencia para poder declarar que Dios es nuestro Padre, dice: Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados. Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo (Rom. 8:17-23). La herencia está condicionada, primero, a haber nacido de nuevo y estar dispuesto a vivir y morir por Cristo, se nos promete la herencia. No que tengamos que ser mártires, sino dispuestos a ser uno con Él si por vida o por muerte. Luego se liga la herencia con la glorificación, tanto que el versículo 23 declara que esperamos la adopción como la redención de nuestro cuerpo, siendo este el cumplimiento de la herencia prometida. La manifestación de los hijos de Dios específica que se trata de los hijos huios o maduros y no de los hijos teknón o en desarrollo. Actualmente somos teknón (algunos teknion) y la redención de nuestro cuerpo pondrá de manifiesto que hemos sido aprobados como maduros por nuestro Padre, por lo que nos ha considerado dignos de recibir la herencia, a saber, ser glorificados. Evento que se llevará a cabo el día de las recompensas como un acto corporativo, si bien se recompensará a cada uno conforme a sus obras. Es decir, la clase o cantidad de gloria recibida será equivalente al resultado dado con las primicias de nuestra herencia que recibimos en esta vida. La herencia no es para esta vida ni se basa en nada del tiempo presente, como dice el apóstol; sino que se refiere a la gloria venidera. Mientras tanto, toda la creación está aguardando el día de la adopción, cuando la iglesia sea considerada un hombre maduro y perfecto, la plenitud de Cristo, listo para recibir la herencia por parte del Padre. Mientras tanto, toda la creación terrena está sujeta a la limitación de la vanidad, de lo pasajero y mortal. ¿En qué consiste la herencia? Tal pregunta es demasiado amplia para ser respondida en ocas letras, pues implica lo imperecedero, la gloria y la inmortalidad. Se trata de lo celestial, por tanto, ¿cómo explicaremos lo que jamás hemos visto y que está reservado para el día de las recompensas? La Biblia habla de galardones y recompensas en muchas formas, pero tales ilustraciones son demasiado limitadas para explicar la herencia de los cielos y la tierra. No podemos medir el universo, ¿cómo mediremos el cielo de los cielos? Lo que sí podemos decir con certidumbre para nuestra confianza presente, es que haber recibido el Espíritu de adopción nos libra del espíritu de esclavitud (Rom. 8:15). El hijo de Dios, aún cuando esté en desarrollo, debe vivir como un príncipe heredero, sin temor alguno fuera de Dios.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:12
1.12 Dentro de este misterio que Dios se propuso en sí mismo, antes de la creación de todas las cosas, estableció que aquellos que pondríamos a Cristo como nuestra esperanza primordial, llegaríamos a ser también la alabanza de su gloria; es decir, el elogio de sus virtudes. Los cristianos hemos sido llamados a convertirnos en la alabanza de Dios. La creación celestial habrá de ver la gloria de Dios en nosotros; como dice el apóstol Pedro: cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles (1 Pedro 1:12). En Cristo toda una generación pudo ver la gloria de Dios y en la iglesia toda la creación debe llegar a ver la gloria de Dios. Llamado que se cumplirá cuando lleguemos a la plenitud, nota que primero recibiremos la herencia (vr. 11) y con ella, la glorificación.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:13
1.13 El proceso mediante el cual llegaremos a ser la alabanza de la gloria de Dios y recibiremos la herencia eterna; comenzó con escuchar la Palabra de Dios, específicamente, el evangelio de Jesucristo. Mensaje verdadero que nos trajo salvación. Este evangelio nos dio la oportunidad de creer en Cristo y al hacerlo, recibimos al Espíritu Santo como un sello de garantía, una especie de primicia de tesoro que asegura el cumplimiento de lo demás prometido.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:14
1.14 Las arras es la garantía o enganche inicial del contrato entre Dios y nosotros, el cual culminará cuando seamos redimidos del todo; es decir, en la glorificación de nuestros cuerpos. Dicho sello implica que, de parte de Dios no habrá falta alguna, Él cumplirá por completo lo que le corresponde. Lo que no significa que cumplirá nuestra responsabilidad, únicamente la suya. El contrato requiere el cumplimiento de ambas partes; que, para este efecto corresponde a nuestra permanencia en Cristo. Todo sello tiene una imagen y el sello del Espíritu santo también. ¿Qué fue lo que el Espíritu santo imprime o estampa en nosotros? Para comprenderlo mejor, vayamos a la misma Biblia. En el evangelio según Mateo, capítulo 22, se relata la trampa que intentaron poner contra Jesús los fariseos y los herodianos al preguntarle si era lícito dar tributo al César. El Señor Jesús les respondió que le mostrasen una moneda, luego les preguntó cuál era la imagen que veían en ella; así como la inscripción. Respondieron del César; por lo que les amonestó a darle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios; esto es, pertenecemos a la imagen que tenemos. La imagen de Dios es Cristo, de manera que el sello del Espíritu Santo en nosotros o lo que el Espíritu Santo está imprimiendo en nosotros es que Él está formando a Cristo en nosotros, la imagen de Dios para ser de Dios. La inscripción, por su parte, es la Palabra que Dios está escribiendo en nosotros al darnos una nueva mente y un nuevo corazón conforme al Nuevo Pacto (Heb. 10:16). Este proceso es una buena obra que no ha terminado, sino que será satisfecho o pleno hasta el día de Jesucristo. El Espíritu que comenzó esta buena obra, la terminará (Fil. 1:6). La redención a la que el apóstol se refiere es la glorificación final (Rom. 8:23), la culminación de esta salvación tan grande (Heb. 2:3). Cuando todo esto se cumpla, será satisfecho el deseo divino de haber hecho todas las cosas para la alabanza de su gloria (1 Cor. 15:28). Otro pensamiento que no debemos pasar por alto en este pasaje es nuestra herencia. ¿En qué consiste nuestra herencia? Pablo dijo que se trataba de ser herederos de Dios, coherederos con Cristo; es decir, que todo es vuestro (Rom. 8:17; 1 Cor. 3:22) y todo es todo.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:15
1.15 El apóstol Pablo ha escuchado dos cosas acerca de la iglesia de Éfeso: la primera es su fe en el Señor Jesús; y la segunda, su amor para con todos los santos. Dos características maravillosas que prácticamente pueden definir el cristianismo y la iglesia normal. La fe es la confianza en el Señor. La permanencia en Cristo. Y el amor no requiere mayor explicación (pues nada lo explica por completo). Parece que leemos sobre los dos principales mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo. En realidad, lo uno no existe verdaderamente sin lo otro; pues el que dice amar a Dios o serle fiel, pero no ama a su hermano, miente. Y quien pretende amar a su prójimo despreciando a Dios, ¿de qué amor habla? Lo confunde con necesidad. Además, el amor de la iglesia en Éfeso no era sólo para algunos de los creyentes, sino para con todos los santos (forma de referirse a todos los miembros de la iglesia). Todos, aun o especialmente a los difíciles de amar.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:16
1.16 Ante las características de los cristianos en Éfeso, de fe a Cristo y amor a la iglesia (vr. 15), el apóstol Pablo se siente agradecido con Dios y ora a Dios a causa de ello. ¡Claro que es motivo de dar gracias a Dios, pues no toda iglesia es tan buena como esa! Es para no cesar, sino orar constantemente; ¿cómo no acordarse a cada momento de lo maravillosa que es la iglesia? ¿Cómo no elevar acciones de gracias diariamente? ¡Dios es bueno y su iglesia es maravillosa! No todos los ministros pueden, aunque deberían, sentir semejante agradecimiento, algunos sirven quejándose y sin alegría (Heb. 13:17) debido a la mala conducta de la iglesia. Los corintios, por ejemplo, son un caso semejante. ¿Recuerdas a los hermanos de la iglesia a la que perteneces? ¿Qué es lo que recuerdas de ellos? ¿Te produce agradecimiento a Dios por sus vidas y alabanza? Y si esto es así o si esto no es así, ¿Qué puedes hacer al respecto?
— Roberto Tinoco
Efesios 1:17
1.17 Se puede pedir por la iglesia que inspira a agradecer (versículos 15 y 16). Pablo ora por la iglesia de Éfeso y su oración está dirigida al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Con esta declaración expresa que Dios se hizo carne, puesto que Jesucristo es Dios, pero el Padre es su Dios. De manera que Dios entró en carne en Jesucristo. Al decir que ora al Padre, quien es el Dios de Jesucristo, está asegurándonos tener aquello por lo que ora, puesto que ellos son fieles a Jesucristo (vr. 15). Es el Padre de gloria, no se trata de una filiación terrenal, sino de aquello que será el fin por el cual tenemos las arras de su Espíritu (vr. 14), la gloria. Es la familia celestial. El apóstol no pide para la iglesia sabiduría, sino espíritu de sabiduría. Salomón tenía sabiduría; pero Jesús tiene el Espíritu de sabiduría. Se trata de dos cosas muy diferentes. Tener sabiduría resuelve, tiene soluciones; pero tener espíritu de sabiduría es convertirse en la expresión de la sabiduría; es decir, que el Espíritu se exprese sabiamente en el vivir de la iglesia. No ora para que tengan sabiduría; sino para que sean sabiduría. Está orando para que sean vivificados por la Sabiduría. Además del espíritu de sabiduría, también ora que reciban espíritu de revelación. La sabiduría y la revelación son dos cosas diferentes. La sabiduría sabe y resuelve, pero hasta cierto punto; mientras que la revelación descubre los misterios que no podrían conocerse por ningún medio. Por ejemplo, el apóstol Pablo va a decirles palabras más adelante que a él le fue revelado el misterio de Cristo, el cual consiste en judíos y gentiles como miembros de un solo cuerpo, el Cuerpo de Cristo, Dios en carne (Ef. 3); así que está preparando el camino al orar para que reciban revelación o la capacidad sobrenatural que da el Espíritu santo para conocer misterios espirituales. ¿Cómo van a entender lo que son como iglesia en Cristo si el Espíritu no se los revela? Sabiduría y revelación en el conocimiento de Él, es decir, de Dios. Más específicamente, de Cristo. Deben conocer Quién es Cristo, es el conocimiento de la intimidad y a la vez, de la identidad, pues al comprender por revelación Quién es Cristo, sabrán también quiénes son ellos en Cristo. Una oración para que sean llevados a la intimidad, pues necesitan conocer a Cristo como el misterio de Dios. Al conocerlo, entenderán que Cristo son ellos como iglesia expresando a Dios en carne. Por eso su oración la dirigió al Dios del Señor Jesucristo.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:18
1.18 Dicha revelación expresada en el versículo anterior, es una especie de luz en el entendimiento. Conocer lo que por ningún medio natural podría ser conocido. Revelación en el conocimiento de Cristo (vr. 17) para que sepamos a qué fuimos llamados o qué es lo que habremos de experimentar en Cristo. En otras palabras, saber cuál es la esperanza a la que fuimos llamados, qué es lo que podemos esperar. Muchas cosas se hablan en la Biblia como nuestra esperanza y todas ellas las encontramos en Cristo. Esperar fuera de Él es como no tener sabiduría ni revelación. De manera que podríamos resumir nuestra esperanza como ser hallados en Cristo (Fil. 3:8-9; Juan 17:22). Acerca de las riquezas que debemos llegar a recibir, aunque primero comprender por revelación, son las riquezas de la gloria. Todo lo que comprende la glorificación, como es recibir vida eterna o la glorificación de nuestro espíritu; la santificación del alma o recibir gloria en el alma; y la glorificación del cuerpo o resurrección incorruptible, son una parte de dichas riquezas. Todavía faltan aquellas cosas que ojo no vio ni oído oyó, las cosas celestiales. Cosas que Dios nos revela por medio de su Espíritu (1 Cor. 2:9-10). Debemos orar por eso, aunque claro, primero ser fieles a Cristo y amar a los hermanos, para que podamos pedir al Padre del Señor Jesucristo que nos revele estas cosas (Ef. 1:15-18). Mientras tanto, apliquemos al vivir cotidianos estas cosas. Lo que no entendemos difícilmente lo disfrutamos. O bien, lo disfrutaremos por poco tiempo. Vamos a vivir según pensamos. Si tu entendimiento es alumbrado para saber a qué fuiste llamado, podrás saber a qué fuiste llamado a vivir, cómo vivir, a qué nivel. Los que viven mal no tienen entendimiento de quienes son ni a qué los llamaron. No solo es saber cuál es la esperanza a la que nos llamó, sino también con cuantos recursos contamos para conseguirlo. Necesitas luz en la cabeza para saber a qué te llamó y cuán rico eres para alcanzarlo. Resucitado y exaltado en Cristo. Jesucristo fue exaltado a los lugares celestiales después de su muerte y de su resurrección. ¿Puedes creer eso? Amén. Pero, ¿puedes creer que tú fuiste resucitado y sentado en los lugares celestiales con Cristo? Espero que también digas amén. ¿Por qué alguno duda de la posición celestial? Porque tiene su mirada, es decir, su mente, en las cosas terrenales: Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col. 3:1-4). ¡Llegará el precioso día cuando las dos realidades se junten y el Señor manifieste su gloria, entonces también nosotros seremos manifestados! Pero mientras tanto necesitamos vivir en esa fe para tener anticipos de esa vida. Sólo creyendo esta verdad es que puedes ser partícipe de ella y de los beneficios de las bendiciones celestiales; esto es tan cierto como el perdón de los pecados. “Por gracia sois salvos por medio de la fe”, leímos antes; ¿por qué puedes creer que tus pecados han sido perdonados, pero no que has sido total y completamente bendecido? “Nos bendijo con toda bendición”. ¡No te falta nada! Hagamos un experimento: levanten su mano todos los que creen que no van al infierno; ahora todos los que creen que van al cielo. Fue la misma mano de los que levantaron la mano la primera y la segunda vez. Ahora, levanten su mano los que creen que ya están en el cielo… ¿por qué dudaron algunos de ustedes? ¡Porque están mirando lo terrenal! Una vez más: levanten su mano los que creen que Cristo está en el cielo a la diestra del Padre; bien, ahora, levanten la mano los que creen que están en Cristo, es decir, en lugares celestiales a la diestra del Padre. ¿Lo entiendes ahora? ¡Estás comenzando a mirar por el espíritu! Tú no vives en humillación, sino en exaltación; si te encuentras en mala condición es porque no eres conciente de la realidad celestial más alta que la condición terrenal. Y dije realidad celestial y no espiritual porque algunos entienden como espiritual lo intangible, místico o relativo sólo al espíritu, más ajeno a lo físico. Si piensas que lo físico es contrario a lo espiritual, entonces tú estás severamente influenciado por la doctrina griega de los gnósticos, en lugar de la doctrina de Cristo. Lo físico también es espiritual cuando el espíritu gobierna la materia. Vuelve a leer el pasaje de este punto, ¿te das cuenta de que necesitas saber cuál es tu esperanza, cuál es tu riqueza y cuál es el poder que actúa en ti? Quien sabe lo que no tiene pierde lo que sí tiene.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:19
1.19 La sumereminente, palabra enorme. Griego juperbálo que significa “lanzar más allá” de la marca usual o del record. El poder de Dios disponible para nosotros como iglesia está más allá de cualquier cosa que consideremos, es poder más allá de esta vida; es el poder de la resurrección y de la vida eterna (vr. 20). Las palabras griegas podrían resumirse como hiper mega poder para nosotros. Todo, con una simple condición: “los que creemos”. La fe es lo que abre la llave. Así como llega un torrente enorme de agua potable a una casa en una ciudad moderna, suficiente como para inundarla en minutos, pero que es controlada por una sencilla llave que, según desee el propietario de la casa abrir, poco o mucho, así la supereminente grandeza del poder de Dios disponible para nosotros se abre y regula, poco o mucho, por medio de la fe. Según creas experimentarás. Por eso el apóstol oraba por la iglesia, a fin de que tuvieran sabiduría para usar correctamente dicho poder y revelación para tener consciencia de cuánto poder disponible hay para los creyentes. El apóstol es tan enfático que reafirma diciendo: “por la operación de la potencia de su fortaleza”, usando para operación en griego la palabra “energía” y para potencia, “dunamis”, de donde se deriva dinamita. ¡Hay energía y dinamita en tu interior! Este es el poder de su fuerza para ti. Nunca más peques contra Dios sintiendote incapaz, débil o insuficiente. Cree y vivirás.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:20
1.20 La demostración del poder disponible para la iglesia y que puede ser conocido por medio de la fe (vrs. 18-19), es la resurrección de Jesucristo, así como su exaltación. ¿Cuánto es lo que puedes? Cree que el poder que opera dentro de ti es el mismo que resucitó a Jesús y lo sentó a la diestra de Dios en los cielos. El espejo solo te muestra lo temporal; y las circunstancias únicamente te dan testimonio de las cosas de esta vida; pero tu tienes dentro de ti la vida eterna. No estás limitado por nada de este mundo y esto es tan poderoso, que ni la muerte podrá retenerte. También tú tienes vida eterna, serás glorificado y recibirás herencia celestial junto al Señor. La diestra es la derecha del Padre. Una figura antropomórfica para describir que Jesús fue exaltado recibiendo la autoridad del Padre Celestial. Acerca de la resurrección: Tan cierto como que el Verbo se hizo carne es que Cristo murió y también resucitó (1 Cor. 15:3-4). No es una suposición ni una deducción; sino la descripción de lo que sucedió. La resurrección valida todo lo demás. Si Jesús no hubiera resucitado, todo lo que dijo e hizo estaría en la escala de los grandes, pero seguiría siendo uno más. Maravilloso y seguramente a la cabeza de la lista, pero uno más entre los hombres. Sin embargo, su resurrección lo coloca en una clase aparte y por ello, la resurrección se convierte en la prueba de que el cristianismo es la verdad; es la base de nuestra propia fe, así como la certeza de nuestra resurrección: Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho (1 Cor. 15:14-20). La resurrección hace de nuestra fe algo eterno, trascendente. No es una religión terrenal ni con expectativas mortales.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:21
1.21 La exaltación de Cristo como el Hijo del Hombre (pues como Dios está encima de todo, pero se despojó de sus atributos divinos para ser cabeza de la nueva humanidad) rebasó toda la jerarquía celestial: principado, autoridad, poder, señorío y todo nombre, como resumiendo a las demás esferas de autoridad celestial. Al decir “no solo en este siglo, sino también en el venidero”, se refiere más allá de un asunto de tiempo, a un asunto de universos, por decirlo así. En otras palabras, “sobre toda la creación en todo tiempo y lugar”. Acerca de la ascención de Cristo: Habiendo sido liberado de la cárcel de la carne y de sus limitaciones; Cristo tomó su derecho legítimo a ser celestial, más no como Dios, eso ya le pertenecía; sino como Hombre por su vida impecable y su resurrección: acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos (Rom. 1:3-4). ¿Lo viste? Declarado Hijo de Dios con poder a diferencia de los mortales llamados hijos de Dios en debilidad. Acreditado por su santidad y confirmado o validado por el Espíritu Santo quien lo resucitó. El Espíritu Santo no dejaría en la muerte a quien demostró estar absoluta y completamente lleno de vida en toda su humanidad. Asimismo, no dejaría en la tierra a quien pertenece al cielo. Como Dios, el cielo le pertenece, pero como Hombre, Cristo pertenece al cielo. Jesús anunció su origen y destino hablando de su ascensión: “¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero?” (Juan 6:62). El cómo sucedió esto es mencionado en el Libro histórico del Nuevo testamento: “Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos. Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, he aquí se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales también les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:9-11). Fue visible a los discípulos y también audible, pues los ángeles les hablaron y ellos escucharon. Fue escondido por una nube a la manera de la gloria del Dios en días de Moisés. A pesar de que pertenece al cielo regresará; el Hombre traerá el cielo a la tierra. El por qué sucedió es visto en los escritos paulinos: “Por lo cual dice: subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo. Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Efesios 4:8-12). Nadie pudo ir a Dios antes de Cristo y nadie puede hacerlo tampoco después de Él. Cristo murió y descendió a las partes más bajas de la tierra para llevar a los salvos atrapados en esperanza a la Presencia de Dios (lee el ejemplo del rico y Lázaro en Luc. 16:19-31). Entonces subió a los cielos para presentar primicias de salvación al Padre, por decirlo así. Una vez que tomó su lugar a la diestra del Padre teniendo autoridad sobre todo, envió dones a la iglesia para que realice su obra como su cuerpo antes de que Él regrese. Entretanto está intercediendo permanentemente por nosotros (Heb. 7:25; Rom. 8:34); y reinando desde el cielo hasta someterlo todo para poder ofrecerlo debidamente al Padre (Heb. 1:13; Col. 3:1; 1 Cor. 15:25-28). ¡Cuán importante es la intercesión y la validación de la victoria que lleva dedicándole 2000 años a diferencia de su ministerio terrenal de sólo tres años y medio! Nota que todo es de Cristo, es Él quien está reinando y en un secreto y sutil plan concebido desde los siglos en Dios, su autoridad gobierna todas las cosas. Poco a poco el mundo se alinea con la voluntad de Dios, entonces será ofrecido por el Hijo al Padre como la suprema ofrenda y acto de amor.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:22
1.22 Lee la nota 1.21. El Padre ha sometido todas las cosas bajo el dominio de su Hijo Jesucristo, exaltándole, sobre todo, en recompensa por haberse humillado hasta lo sumo obedeciéndole. De esto mismo habla el apóstol Pablo en Filipenses 2:5-11. También puede leerse esto mismo en Hebreos 2:8. La palabra someter (griego jupotásso) significa subordinar a obediencia, hacer sumiso. Cristo es la Cabeza de la iglesia, de ahí que el apóstol oraba para que la iglesia tuviera espíritu de sabiduría y de revelación para conocer quién es Cristo y por ende, qué y quién es la iglesia, así como el papel que le toca desempeñar en el sintiempo gobernando todas las cosas para Cristo. La iglesia, a causa de su Cabeza, fue puesta por señorío de la creación. Hoy no lo vemos aún cumplido, pero llegará el día en el que la condición se transforme acorde a la posición.
— Roberto Tinoco
Efesios 1:23
1.23 ¿Qué es la iglesia? La iglesia es el Cuerpo de Cristo entre muchas otras cosas más. La iglesia es la satisfacción de Dios, por eso es la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. Para el Padre es su Hijo Corporativo, cuya Cabeza es Cristo; y también es la familia de Dios (y otras figuras más que el espacio no permite atender). Para el Espíritu, la iglesia es su Templo, su Casa; también es su Huerto y otras cosas más. Y para el Hijo, la iglesia es su Esposa; pero primero es su Cuerpo, a fin de obtener del Cuerpo a la Esposa, como la mujer fue sacada del cuerpo del primer Adán. Una de las figuras más completas y hermosas de la iglesia es la del cuerpo de Cristo. Tiene muchas aplicaciones, tanto verticales (hacia Dios) como horizontales (entre los hombres). La iglesia es el Cristo corporativo. La iglesia no es como un cuerpo, sino que es el cuerpo. La Biblia dice: “vosotros sois el cuerpo de Cristo” (1 Cor. 12:27). Esto es un gran misterio, primero, porque estamos acostumbrados a vernos independientes unos de otros a causa de que estamos separados entre nosotros por tener cada uno un distinto cuerpo de carne. ¿Cómo ser uno y el mismo cuerpo? Trata de imaginar que los átomos que componen todas las cosas están separados entre sí, con todo, forman objetos que consideramos sólidos. Incluso los átomos están separados en diversas partículas, prácticamente hay más espacio vacío que sólido en todas las cosas. ¿No puede esto ser aun más real tratándose de las cosas celestiales? Como cuerpo de Cristo, la iglesia es orgánica. No es un asunto de doctrina o dogma, sino de vida. Ante el mundo somos una organización religiosa y, de hecho, humanamente lo somos; pero en el reino espiritual somos un organismo viviente en donde sus miembros cooperan entre sí bióticamente. La vida verdadera nos impulsa en forma subjetiva desde nuestros espíritus. Como cuerpo la iglesia está organizada bioéticamente; es decir, organizada de acuerdo a la vida, estructurada como un organismo vivo. “Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros” (Rom. 12:4-5). “Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso. …para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros” (1 Cor. 12:18, 25). Podemos tenemos reglas externas y leyes que nos ayuden a regular la conducta de los hermanos como organización, pero esto es obsoleto y patético ante la necesidad de la iglesia como organismo. La iglesia está organizada detrás de la organización; es decir, funciona como un cuerpo según las funciones propias por diseño de los diversos miembros. Si colocamos por ley externa un miembro fuera de lugar, toda la iglesia se duele. Ante esto, surge la pregunta: ¿cómo sabemos que lugar ocupa cada miembro de la iglesia para que no haya desavenencia en el cuerpo? Siguiendo la sencilla regla de Dios con la cual colocó a los miembros en su lugar como el quiso: el amor. Si andas en amor, no estarás fuera de lugar. Si andas sin amor, buscarás lo propio y lastimarás el cuerpo. De manera que no podemos conducirnos ni considerar ninguna decisión aparte del cuerpo, ya que somos miembros unos de otros y todo lo que hagamos tiene repercusiones con el resto del cuerpo. Estamos unidos por la vida y separarnos nos mata a nosotros perdiendo el fluir de la vida del cuerpo, además de lastimar la iglesia. Decisiones individuales es lo mismo que amputarse. Ante esto, no es lo mismo ser un congregante que ser un miembro. Cualquiera pude decir que cree, pero no todos están involucrados y unidos a sus hermanos como miembros mutuo-dependientes entre sí. “Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? …Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros” (1 Cor. 12:14-15, 21). Como congregante y creyente el hombre busca ser algo dentro del cuerpo, le llama la atención ser mano a causa de sus obras maravillosas y festejadas u ojo por su visión. Quizá quiera ser boca para profetizar y ser preponderante o alguna otra función dentro del cuerpo; sin embargo, tal actitud es una deformidad y terminará por ser echada del cuerpo (ya sea que se vaya o le expulsen). Debes ser sólo aquello que corresponde al diseño que Dios te ha dado, los dones denuncian el propósito. El que ve debe ser ojo, pero no boca. Que comprendas el mover del Espíritu no te da derecho a proclamarlo, para eso existe otra operación. Fluye en tu diseño y no te lastimarás y lo que es más importante, tampoco lastimarás a otros. Otro exceso común de la inmadurez, es menospreciar la función de los demás. Por muy importante o, mejor dicho, necesario que sea un servidor, él mismo necesita a los demás miembros del cuerpo. Rechazar a su hermano es perder el suministro que Dios tenía para él por medio de su hermano, de nuevo, es amputación. La iglesia sufre pérdida cuando se menosprecian unos a otros. Un cuerpo puede funcionar con una sola mano, pero no será igual que si utilizara las dos. Nos necesitamos unos a otros, especialmente a los que son más diferentes a nosotros, sólo la mano puede rascar la espalda. La vida en el cuerpo de Cristo: Si bien un solo miembro no es todo el Cuerpo de Cristo, cada creyente es Cristo por ser parte de su cuerpo. Cuando Saulo de Tarso, siendo perseguidor de la iglesia, fue sorprendido por el Señor camino a Damasco, recibió de Cristo la Palabra: “¿Por qué me persigues?” Cuando Saulo preguntó: “¿Quién eres, Señor?” recibió por respuesta: “Yo soy Jesús, a quien tu persigues” (Hechos 9:3-6). En lo que Saulo perseguía a los cristianos, perseguía a Cristo. Todo daño a un creyente era un daño al Cuerpo, porque el miembro y el cuerpo son el mismo. Quien tiene la revelación del cuerpo honra a su hermano como a Cristo. Lo que haga por él será con la excelencia de hacerlo para Cristo. Toda división y conflicto pone de manifiesto la falta de revelación del cuerpo; peor aun, es contra Cristo. Como dijera Pedro a Ananías, su mentira no era a los hombres, sino a Dios. Por lo mismo, es imposible vivir exitosamente aparte del cuerpo. Cada miembro recibe el suministro de Cristo por medio de los demás miembros y sin ellos no solo no puede crecer, sino que se seca: “…sino que, siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Efesios 4:15-16). “…y no asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios” (Col. 2:19). Con la revelación del cuerpo comprendemos que la única posibilidad de estar unidos a Cristo y crecer en Él es cuando seguimos el amor uniéndonos a los hermanos. Las relaciones interpersonales con los demás miembros de la iglesia permiten recibir la vida de Cristo. Un dedo recibe la sangre bombeada por el corazón a través del cuerpo, no puede desligarse de los demás miembros e injertarse directamente al corazón. Tal cosa es un atentado al cuerpo y lo pone en riesgo. Por eso es que todo hermano que espiritualiza su relación con Dios independiente de sus hermanos termina por quedarse sin el cuerpo. Los anticuerpos por decirlo así, lo expulsan, ya no pertenece al cuerpo. Es vomitado como tibio por más espiritual que parezca. Sólo te edificas si sigues en amor. Te necesitamos y nos necesitas, todos los miembros con todo el cuerpo, ayudándose mutuamente. Esta es la edificación en amor. Cuando el cristiano comprende el misterio del Cuerpo de Cristo vive bajo la protección y también bajo la limitación del cuerpo: Como individuos somos frágiles, como cuerpo somos invencibles. El diablo puede buscar a algún miembro como un león para devorarlo, pero no tiene oportunidad contra el cuerpo. Por eso es que la Palabra le dice al cuerpo que se vista con la armadura de Dios (Efesios 6:11). “Las puertas del hades no prevalecerán contra la iglesia” (Mateo 16:18). Los miembros no pueden hacer todo lo que quieran, sino lo que sirva para edificar al cuerpo. Esta limitación produce protección y edificación del cuerpo, y, por ende, de los miembros en lo particular: “Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo” (Ef. 4:7 note que cada miembro tiene su propia medida). “Porque no nos hemos extralimitado, como si no llegásemos hasta vosotros, pues fuimos los primeros en llegar hasta vosotros con el evangelio de Cristo” (2 Cor. 10:14). Un verdadero miembro del Cuerpo de Cristo jamás sobrepasa sus límites. “Pero si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor. No hagas que por la comida tuya se pierda aquel por quien Cristo murió” (Rom. 14:15). Sólo quien tiene la revelación del Cuerpo se limita al Cuerpo. También Josué y Caleb fueron al desierto junto con el pueblo de Israel como un solo cuerpo, a pesar de que ellos sí habían creído a la promesa de Dios. No pudieron reclamar su herencia antes que los demás, debían ser uno con el cuerpo. Los que carecen de la revelación del cuerpo se extralimitan, pasan por encima de los demás diciendo: “es mi vida”. No les importa si lastiman a otro, siempre y cuando, según ellos, hagan el bien. De nuevo, no se trata del árbol del conocimiento del bien y del mal, sino de la vida del cuerpo que es Cristo. Si tienes la revelación del cuerpo tienes límites. ¿Cuáles son estos? La vida del cuerpo, no haremos nada, por pequeño que parezca, que impida el fluir de Cristo en los hermanos. Anda en amor, el cual busca primero el bien ajeno antes que el propio. La meta del Cuerpo: Fundamentalmente, la meta de la iglesia como cuerpo de Cristo es llegar a la estatura del varón perfecto: “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). A veces se piensa que dicha meta es individual, pero tal cosa es un error. Sólo entre todos los miembros podemos formar el cuerpo. Se requiere la participación múltiple para la “unidad de la fe” y más aún, para la “plenitud de Cristo”. Llegar a la estatura de la plenitud de Cristo dará por resultado algunas otras metas adicionales. Por lo pronto, guarda la unidad. No podemos hacer actividades en pro de la unidad, como produciéndola, tal cosa confiesa en sí misma que el cuerpo está dividido, lo cual no es verdad. Tampoco podemos pensar que la unidad se guarda haciendo eventos que reúnan a todos, pues si bien es cierto que debemos congregarnos, también es cierto que llega un momento en el que resulta imposible reunir a todos los cristianos de una gran ciudad. Con un millón de ciudadanos, ¿dónde los juntarás? De modo que la unidad del cuerpo de Cristo no es la unidad física, sino del espíritu en el vínculo de la paz (Ef. 4:3). Mantén la paz con todos, ama a cada cristiano que llegues a conocer, así estarás guardando la unidad del cuerpo. Si hacemos esto, el cuerpo crece, madura. Un hermano más con la vida y revelación del cuerpo. Poco a poco, Cristo llega al varón perfecto, la Cabeza es Él, el cuerpo nosotros. Revelar a Cristo: “…para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo” (Col. 2:2 literalmente dice “el misterio de Dios el Padre: Cristo”). La vida en este mundo golpea repetidas veces el alma de los seres humanos; todas estas heridas tienen que ver con malas relaciones humanas que separan a los hombres. La sanidad o consuelo que necesitamos se encuentra en la unidad cristiana como Cuerpo de Cristo (la iglesia es un vehículo de sanidad). Esto es el amor verdadero que sana al hombre. Dicha salud proporciona acceso a las riquezas de Cristo, las cuales se van obteniendo paulatinamente conforme comprendemos en qué consisten (revelación). Todas las riquezas tienen como propósito mostrarnos a Cristo, revelarnos el misterio de Dios manifestado en carne; por ello la condición de la unidad en amor para llegar a tener tal revelación. Conoces a Cristo a medida que guardas la unidad. Cuando amas a tus hermanos considerándote un solo cuerpo con ellos, comprendes más y más a Cristo como Dios en carne. Expresar a Cristo: “…y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo” (Efesios 1:22-23). Una vez que los miembros del cuerpo viven la unidad en amor considerándose un solo cuerpo, es posible la entronización de Cristo que pone todas las cosas bajo su señorío. Dicho señorío implica que la iglesia gobierne el mundo, pues todas las cosas son puestas bajo los pies de la iglesia. En otra época la iglesia gobernó el mundo desde la perspectiva de la organización religiosa, pero el plan de Dios es que gobierne respecto a la vida. En este sentido, la iglesia gobierna el mundo marcando su luz, su sal, la moral, la decencia, el orden, el amor, la paz, la comunión. La virtud del mundo depende directa o indirectamente de la influencia de la iglesia. La iglesia es la plenitud de Cristo, más no en el sentido de que sea ilimitada, sólo Dios en su deidad es infinito e ilimitado. Sino que la iglesia es la plenitud de Dios en carne, como su cuerpo (el contexto del pasaje es la iglesia como cuerpo de Cristo). La iglesia es la manifestación a la creación de Aquél que todo lo llena en todo. Todo lo que Dios decidió mostrar a sus criaturas lo está haciendo por medio de la iglesia y sin ella decidió no mostrar nada aparte. Dios es mucho más, pero ha limitado su revelación a su cuerpo. Ante esto, si un creyente no vive la unidad del cuerpo, tampoco manifiesta la vida del cuerpo, Cristo. Esa es la importancia de la revelación del cuerpo y la práctica de su unidad. Parte del propósito de ser el Cuerpo de Cristo es el de obtener la esposa del Cordero: Así como se necesitó el cuerpo de Adán terminado para obtener a Eva; así también se requiere del Cuerpo de Cristo en plenitud para obtener a la Esposa del Cordero. Sólo quien vive la realidad del Cuerpo por la unidad en amor guardando la paz con sus hermanos, podrá participar un día de ser la esposa del Cordero; ya que toda la esposa es el cuerpo, pero no todo el cuerpo es la esposa, como la mujer fue el cuerpo de Adán, pero no fue todo su cuerpo. La revelación del cuerpo tiene este importantísimo propósito: manifestar a su esposa. No puedes considerar irrelevante dividirte de tu hermano, pues semejante acto te priva eternamente de la posibilidad de intimar eternamente con Dios como su amada. ¿Te perderás la intimidad con Dios por separarte de tu hermano? Esa es la razón por la que el Señor pidió a quien estaba distanciado de su hermano que dejara su ofrenda y se reconciliara primero con él, y luego viniera a presentar su ofrenda.
— Roberto Tinoco