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Efesios 2
Vida nueva con Cristo
1Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados,🗨📝 2en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia,🗨📝 3entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.🗨📝 4Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó,🗨📝 5aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos),🗨📝 6y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús,🗨📝 7para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.🗨📝 8Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;🗨📝 9no por obras, para que nadie se gloríe.🗨📝 10Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.🗨📝Unidad y paz por medio de Cristo
11Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne.🗨📝 12En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.🗨📝 13Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.🗨📝 14Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación,🗨📝 15aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz,🗨📝 16y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.🗨📝 17Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca;🗨📝 18porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.🗨📝Un templo para el Señor
19Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios,🗨📝 20edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo,🗨📝 21en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor;🗨📝 22en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Efesios 2: RV60
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Efesios 2:1
2.1 La expresión: “y Él os dio vida” se infiere por el contexto posterior, pero no aparece en los manuscritos del idioma griego. De lo que trata este versículo es de nuestra condición antes de que la gracia de Dios nos alcanzara en Cristo dándonos vida. Estábamos muertos, no que mereciéramos la muerte por nuestros delitos y pecados; sino que estábamos muertos; así que en nosotros sólo había delitos y pecados. No éramos pecadores porque pecábamos; sino que pecábamos porque éramos pecadores. Delitos traduce paráptoma, significa transgresiones voluntarias. Y pecados traduce hamartía, cuya raíz significa errar el blanco. Hacíamos el mal tanto consciente como inconscientemente.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:2
2.2 La conducta pecaminosa del hombre, antes de aplicar en Él la gracia de Dios en Cristo; es decir, antes de vivificarlo, era una conducta propia de la muerte, actividades muertas respecto al reino de Dios. Cosas propias de delitos y pecados (nota 2.1). Esto no era excepcional en algunos seres humanos, sino la condición de todos, un asunto de nacimiento general, todos. En conformidad con la condición del mundo, el aión o edad de la humanidad sin Cristo (traducido “corriente”). Esta condición de la humanidad fue el resultado de la caída de Adán ante la tentación de la serpiente, el diablo. Por dicha caída, los descendientes de Adán, antes de la redención en Cristo, estábamos sujetos al príncipe de la potestad del aire; es decir, a Satanás. Su espíritu o influencia aun opera en todos los que no han nacido de nuevo mediante la fe en Cristo Jesús, por lo que son tenidos, los tales, como hijos de desobediencia. No es posible llamarles hijos de Dios porque aun no han aceptado a Jesús como Señor y Salvador; es decir, no han nacido de nuevo. Siguen en Adán o en la caída de Adán y necesitan estar en Cristo, conforme a la nueva creación.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:3
2.3 Entre los cuales; es decir, entre los hijos de desobediencia, pues también nosotros sin Cristo éramos hijos de desobediencia. Dice “vivimos”, más propiamente, estuvimos, permanecimos. En otro tiempo, cuando aun no teníamos la fe de Cristo. Hay dos tiempos del hombre respecto de la eternidad: antes y después de Cristo; muerte o vida eterna. En la condición de muerte, el ser humano, incluyéndonos antes de estar en Cristo, es una condición de carne, propiamente, de esclavitud a los deseos de la inclinación a pecar que tiene la carne desde la caída en Adán. Sin Cristo, el ser humano es un esclavo de la carne: Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden (Rom. 8:7). La carne es referencia al pecado que mora en la carne, la inclinación al mal de la que tanto habla el apóstol Pablo en su carta a los Romanos, capítulo 7. Se mencionan los deseos y la voluntad de la carne; son dos cosas diferentes, relacionadas, pero distintas. Los deseos son sus apetitos (gr. Epitsumía), su codicia de distintas cosas prohibidas. La voluntad de la carne se refiere a la determinación, el pecado a diferencia de los pecados (deseos). El pecado es la intención, la inclinación; y los pecados, aquellas cosas que se desean o codician. El hombre enfrenta ambas cosas: tiene los pecados o deseos pecaminosos porque tiene el pecado, la naturaleza de maldad. Los pensamientos de una persona sin Cristo están afectados e influenciados de tal modo por la carne, que ni siquiera puede comprender las cosas que son del Espíritu, le son locura (1 Cor. 2:14); de manera que si no es cristiana, anda en sus pensamientos, así parezcan buenos, pero no en obediencia a Cristo. La naturaleza de la persona que no es cristiana es la de “hijo de ira”. No se refiere a que se mantiene airado; sino a que se dirige hacia la ira de Dios o la condenación (Rom. 9:22). Indefectiblemente debe convertirse a Cristo para dejar de ser hijo de ira y ser considerado hijo de Dios. “Lo mismo que los demás”; no hay diferencia, nada distingue al cristiano del mundo que no sea la gracia de Dios (Rom. 3:9; 22-23; 1 Cor. 4:7).
— Roberto Tinoco
Efesios 2:4
2.4 El contraste entre la condición humana y la compasión divina es impresionante; como lo finito y lo infinito. Tan pobre y baja la miseria humana como rica y alta la misericordia divina. Nos amó no por nuestra condición humana; sino por su calidad divina. No porque éramos pecadores; sino porque Él es bueno. ¿Cómo habría de permitir, siendo cómo es, que siguiéramos siendo como éramos? Y más, habiéndonos creado originalmente a su imagen y semejanza; ¿habría de permitir la degradación de aquello que lo representa? En esto aplica: por amor de su Nombre.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:5
2.5 De lo general, el escritor pasa a lo específico; de la humanidad a los que han nacido de nuevo. La experiencia salvífica de los cristianos es una acción de vivificarlo; es pasar de muerte a vida. Estábamos muertos; no solo extraviados; no solo equivocados; muertos. Un muerto carece de posibilidad alguna, esa era nuestra condición. La salvación plena es vivificar al hombre. Primero su espíritu naciendo de nuevo; luego vida en su alma santificándola; y, por último, vida en su cuerpo glorificándolo. Sólo entonces el último enemigo que es la muerte, será vencido. El acto de vivificarnos se aplica de forma práctica para el hombre en la experiencia de creer en Jesucristo como Señor y Salvador; pero ante Dios, dicha salvación fue realizada por Cristo cuando Él murió y resucitó por nosotros. Por eso el versículo dice que nos dio vida juntamente con Cristo. Su muerte le puso fin a nuestra condenación; pero su resurrección nos dio vida eterna. Todo esto es un acto de gracia (gr. haris), un regalo de Dios por amor y sin méritos humanos; como dice el mismo apóstol en otra parte: “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Tito 3:5).
— Roberto Tinoco
Efesios 2:6
2.6 Lee la nota anterior. La experiencia de Cristo es nuestra experiencia, lo que Él sufrió en la cruz, incluyendo la muerte, lo sufrimos con Él. Estábamos por la fe en Él. Su resurrección es nuestra resurrección y su ascensión es nuestra ascensión. Hoy tenemos la posición por ser uno con Cristo y en su debido momento, también tendremos la condición juntamente con Él en lugares celestiales. No debemos considerarnos más en la posición terrenal ni en la condición caída; la identificación con Cristo es la fe que profesamos. Existen lugares celestiales y lugares terrenales. Identificarse con Jesús mediante la fe, implica vivir acorde a las reglas de la vida celestial por encima de la vida terrenal. La vida terrenal está llena de limitación, de pecado y de muerte; mientras que la vida celestial es libre, santa y eterna. Decir sentado en lugares celestiales es una figura de estar descansando; esto no significa inactividad, sino confianza. El ser humano moderno vive la vida terrenal cansado. Los negocios más florecientes son los que se relacionan con la salud. Cada vez se inventan más cosas para hacer descansar al hombre; pero, ¿está allí su descanso? Otros hablan de morir diciendo: “descanse en paz”; sin embargo, si no aprendió a descansar en ochenta años, ¿descansará en la eternidad? El hombre no necesita inactividad, sino paz. El reposo es satisfacción, cuando Dios terminó la creación descansó. No que dejara de laborar, sino que estaba satisfecho. Por eso el Señor Jesucristo habló de que los cansados y trabajados hallan reposo en Él llevando su yugo (Mat. 11:28-30). ¿Vives en lugares celestiales o terrenales?
— Roberto Tinoco
Efesios 2:7
2.7 El propósito de nuestra exaltación en Cristo es que, llegado el día en el que nuestra condición sea acorde con nuestra posición celestial, mostremos las abundantes riquezas de la gracia de Dios. ¿Cuáles son dichas riquezas? Son, primeramente, los atributos divinos relacionados con su gracia, como el amor, la misericordia, la bondad, la compasión, y demás atributos que nos dieron salvación. Mostrarlos en lugares celestiales reivindica el honor divino que fue puesto en duda con la rebelión de Satanás. Habiendo sido Dios difamado, mostrar su naturaleza bondadosa calla toda acusación y muestra la verdad divina. La iglesia somos la vindicación del honor divino; ocasión que nos permitió el disfrute de su amor. ¡Bendito sea Dios por su bondad para con nosotros! Los siglos venideros son el tiempo a partir del milenio en adelante y hasta que no haya más tiempo.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:8
2.8 La conclusión de lo anteriormente expuesto es, que somos salvos como un regalo de Dios. “Por gracia sois salvos”, griego jaris, favor sin mérito alguno de nuestra parte. La salvación no es una recompensa ni un pago; sino un acto jurídico por medio del cual somos declarados justos, acto efectuado por Dios por misericordia, no merecido, obsequiado (Rom. 3:24). No es gratis, pues Cristo murió por ello; pero todo costo es absorbido por Dios sin que podamos añadir algo al respecto. La única condición que se exige para recibir salvación es la fe (Mar. 16:6); la plena confianza en Cristo Jesús y su obra redentora. Requisito indispensable, creer, confiar. Sin fe es imposible agradar a Dios (Heb. 11:6; Juan 3:14-18). “Esto no de vosotros”; intentar pagar la salvación provoca el efecto contrario, mayor condenación (Rom. 4:4-8); y esto es así, porque la confianza es depositada en uno mismo, en lugar de Cristo Jesús; en otras palabras, es una acción de incredulidad y arrogancia (como si nuestras acciones tuvieran el mismo valor que la cruz de Cristo). “Pues es don de Dios”. La salvación es el amoroso regalo de Dios al hombre. Sólo necesitas decir: “sí, acepto al Señor Jesús”.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:9
2.9 Lee el versículo anterior y la nota repectiva. La salvación eterna no puede ser alcanzada por obras que realicemos; obras, que de todos modos debemos hacer, pues Dios las preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (2:10). Nadie podrá gloriarse de ser su propio salvador ni de haber ganado para sí la vida eterna (Tito 3:3-5; 1 Cor. 1:29-31); ¿cómo podría ganar la vida eterna quien no puede siquiera retener la vida temporal? ¿Quién no produce vida terrenal tendrá la capacidad de producir vida celestial? El cielo no tendrá orgullosos presumiendo haberse salvado a sí mismos. De hecho, es una ofensa a Dios suponer que no se le necesita ni a su Hijo y su sangre derramada, para obtener la vida eterna; el Padre entregó a su Hijo por ti, como único medio de salvación, ¿y despreciarás su sacrificio considerando que tu puedes salvarte a ti mismo? ¿Pasará Dios esto por alto? (Rom. 3:27-28; 11:6).
— Roberto Tinoco
Efesios 2:10
2.10 Eres la criatura que Dios ha hecho en Cristo; eres un nuevo ser. Hay una guerra mayor a todas las guerras juntas que han existido, incluyendo las guerras mundiales; es la lucha por “encontrarse a sí mismo”; la pelea diaria de todo ser humano por llegar a la consciencia del verdadero yo. Y no me refiero al alter ego, sino al yo interior. El mundo sin Dios es un mundo perdido que vaga en tinieblas; sin embargo, Dios no lo mira repulsivamente, sino como a un hijo pródigo que está fuera de sí al estar fuera de casa de Papá. ¿Y qué es volver a casa, sino volver a la consciencia de haber salido de Dios y de tener por destino volver a Él? Dios es luz y en su luz llegamos a ver las cosas como realmente son; incluyéndonos a nosotros. Si podemos ver, podemos andar; y si podemos andar, el propósito de Dios al crearnos se cumplirá. Imagina por un momento que estás en una ceremonia de premiación, miles de personas se reunieron allí para homenajear a una de ellas. Todos están allí, amigos y familiares, aún desconocidos de rostros amigables; es elegante y los medios de comunicación se amontonan expectantes tratando de captar la noticia. Imagina que el ambiente se llena de una preciosa y excelente música producida por una flamante orquesta y de pronto, entre bombo y platillo, se escucha tu nombre por el presentador. ¡Eres tu quien debe pasar al frente! No cabes en ti de gozo; caminas por la alfombra roja mientras recibes incontables palmadas en la espalda y miles te vitorean entre risas y aplausos. Y allí, a tus conservados cien años de edad, frente a todo el mundo, debes dar unas palabras de agradecimiento. Estás precedido por una vida maravillosa y luciendo tan brillante que por instantes parece que la glorificación ha comenzado en ti… Vuelve tu mente aquí y ahora, a este lugar; permíteme preguntarte: si sigues pensando que eres quién crees ser y que sólo puedes hacer lo que haces, ¿crees que llegarás a estar donde imaginaste? Quién dice Dios que eres y qué dice Dios que puedes hacer, es el mensaje de este versículo. “Somos”. No soy lo que dijeron que era y tampoco soy lo que fui; yo soy lo que Dios dice que soy. Es el despertar de la conciencia por encima de las voces de este mundo; es escuchar la dulce música interior a pesar del escándalo ensordecedor de la vida moderna. Otros se achicaron ante las comparaciones, 10 espías se sintieron langostas ante los gigantes, ellos mismos se compararon así; por su parte, siglos después, un muchachito llamado David no se dejó comparar con el gigante Goliat. Compárame con quien quieras, pero yo me parezco a Jesús. La imagen que tengas de ti mismo afectará tu destino; serás lo que creas ser, ya sea que se trate de la opinión del mundo y del diablo, o la opinión de tu Creador y Padre. Por mi parte, yo vivo ante un público de uno: Dios. “Hechura”. No soy un accidente ni el producto de una mala experiencia; tampoco estoy mal hecho; soy la creación personal del Inventor del arte y de la ciencia: “Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Salmo 139:13-16). Alaba a Dios por la persona que tú eres (vr. 14). Eres formidable y maravilloso, ¡maravíllate contigo mismo! (vr. 14). ¿Sabe tu alma lo formidable que eres? (vr. 14). Estás en la historia, apareces en el Libro desde antes de que fueras formado (vr. 16). Nada de lo que Dios escribió faltará de cumplirse, no te preocupes (vr. 16). “Hechura suya”, habla de pertenencia. No me formaron mis padres ni los maestros de escuela; tampoco soy el producto de amistades o demás conocidos; ni aún a las circunstancias llamaré creador; todos ellos fueron instrumentos de Dios, cincel y buril que Él, cual magistral alfarero, utilizó para formarme; por tanto, no pertenezco a unos ni a otros, sino a Dios. Y si pertenezco a Dios y no a los instrumentos que Él utilizó en mi formación, ¿por qué habría de vivir para los medios en lugar de vivir para el Creador? “Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra. Servid a Yahwéh con alegría; venid ante su presencia con regocijo. Reconoced que Yahwéh es Dios; El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado” (Sal. 100:1-3). “En Cristo Jesús” -es tanto la fuente usada para nuestra hechura o creación. Cristo es el centro del universo. “El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten” (Col. 1:15-17). Dios todo lo hace a través de Cristo, hizo el universo por medio del Verbo hablado; e hizo también una nueva creación por medio del Verbo encarnado. Nosotros somos parte de esa nueva creación. Dios habló y todo llegó a ser; y nuevamente Dios habla a tu vida y así llegarás a ser en Cristo conforme a la nueva creación. Esta es la importancia de la Palabra de Dios. “Para buenas obras”. Sin Cristo fui totalmente malo y absolutamente inclinado al mal; pero en Cristo soy bueno y puedo hacer el bien. ¿Quién te dijo que no puedes? Si le preguntamos a los niños en el kínder cuántos de ellos son artistas, todos levantarán la mano, a sus ojos todos ellos pueden cantar, bailar, pintar, etc.; pero si hacemos el mismo cuestionamiento a adultos mayores de 40 años, muy pocos levantarán la mano. ¿Qué sucedió entre los 5 y los 40 años? ¿Quién te convenció de que no podías? La mayoría de las personas son una enorme colección de “no puedos”. “Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo” (1 Cor. 15:10). Si no te dedicaras a satisfacer todas las razones de por qué no puedes hacer tal cosa, ¡ya la habrías hecho! “Las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”. Destino. El favor de Dios me está esperando. No tengo que inventar ni improvisar nada; mi Padre Todopoderoso y omnisciente tiene todo previsto para mí desde antes de crearme. Dios no falla ni puede ser burlado, Él es triunfador en todo lo que hace y yo fui hecho por Él, así que fui hecho para ser un éxito. Dios no ha terminado, por lo que nuestra imaginación tampoco debe hacerlo: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Flp. 1:6).
— Roberto Tinoco
Efesios 2:11
2.11 Los cristianos efesios, lo mismo que todos aquellos que no somos israelitas según la sangre o genética humana, eramos llamados incircunsión, los gentiles; es decir, no pertenecíamos al Pacto de Dios, estábamos fuera de relación con Él. Recordemos también, que el Pacto con Dios según la carne, desde el tiempo de Abraham y para todos los descendientes sanguíneos de Isaac, hijo de Abraham, tenía como sello la circunsición, el corte del prepucio en la carne. Esta segregación era según la carne y tenía como propósito únicamente el guardar la Simiente prometida; pero una vez que la Simiente llegó al mundo y se manifestó, esto es, Cristo Jesús, la circuncisión de la carne no fue necesaria más, en cuanto a requisito para entrar en Pacto con Dios. Llegó un Nuevo Pacto, del espíritu y no de la carne. Ahora nuestra circuncisión es espiritual, de corazón, cortando la carnalidad y viviendo para Dios en Cristo Jesús como su pueblo, su Israel espiritual: “Pues no es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no viene de los hombres, sino de Dios” (Rom. 2:28-29).
— Roberto Tinoco
Efesios 2:12
2.12 En el tiempo descrito en el versículo anterior; es decir, antes de la venida de Cristo al mundo y más específicamente, a nosotros. Sin Cristo, ¿existe algo más vacío? ¿Más desesperanzador? “Alejados de la ciudadanía de Israel”, sin acceso a todos los derechos existentes por la ley de Dios para su pueblo; derechos tanto civiles como religiosos. Israel vivía de forma distinta al mundo entero, porque Dios lo tenía como su especial tesoro y le regresó muchos de los derechos que el primer hombre perdió con su caída; derechos a los cuales no teníamos acceso alguno los gentiles; fuera, completamente fuera de la relación con Dios, sin ser su pueblo y por ende, sin sus promesas: ajenos a los pactos de la promesa. No solamente ajenos a Dios; sino alejados de Dios y lo que es peor, enemigos de Dios (Col. 1:21). Si la Palabra de Dios, sin los Pactos de Dios; sin las promesas de Dios; sin el tabernáculo, el sacerdocio, la ley y demás bendiciones propias de la relación con Dios en ese tiempo (Rom. 9:4). ¡Sin Dios! Todas sus promesas eran para su pueblo, pero no para nosotros. Sin esperanza. Y así se encuentra actualmente todo aquel que no está en Cristo por medio de la fe en Él.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:13
2.13 Todo lo negativo del versículo anterior es terminado en este versículo; todo lo ajeno es hecho propio y lo alejado, cercano, en Cristo Jesús. Los derechos a los cuales no podíamos acceder así como la ciudadanía que tampoco podíamos tener, son ahora nuestros en Cristo. Si Jesús es tu Señor y Salvador, eres considerado parte del Israel de Dios (Gal. 6:16), eres su pueblo. Estás en pacto con Dios y sus promesas están disponibles para ti. Cabe señalar que estás en un mejor Pacto, el Nuevo, no de la letra, sino del Espíritu y basado sobre mejores promesas (Heb. 8:6). La sangre de Cristo hace la diferencia entre quién eras y quién eres; dónde estabas y dónde estás; así como de dónde vienes y a dónde vas. Valora la sangre de Cristo, tienes vida eterna y tienes a Dios contigo. Si aun no estás experimentando la vida y beneficios de este Nuevo Pacto, es momento de creer firmemente en el hecho de la sangre.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:14
2:14 Cristo reconcilia a judíos y gentiles terminando la separación que había entre ambos; ahora, sin distingo, judíos y gentiles somos miembros del mismo cuerpo (Gal. 3:28; 1 Cor. 12:13). Dicho cuerpo es la iglesia, sin hacer diferencia racial, todos los que estamos en Cristo somos el pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo y el Israel espiritual. La pared intermedia de separación era el Antiguo Pacto, que incluía como sello del Pacto la circuncisión. Un sello realizado en la carne, pero que no es necesario en Cristo. En Cristo no hay separación racial.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:15
2.15 Judíos y gentiles tenían enemistades entre sí. Enemistades que crecían debido a los mandamientos ritualistas de la ley (como la circunsición), dado a los judíos, pero que hacía ver mal a ambos. A los judíos por tener los rituales y no guardar los mandamientos morales; y a los gentiles por ni siquiera ser considerados dignos de recibir la ley de Dios. Esta aversión religiosa creció con los siglos; pero Cristo le puso fin, permitiéndonos estar en paz (todo racismo es anticristiano). ¿Cómo realizó esto? Siendo que la carne separaba a ambos pueblos, tanto racial como religiosamente (circuncisión), Jesús llevó en su carne durante su muerte en la cruz las culpas de ambos. De este modo terminó con la separación, permitiendo la existencia de un solo pueblo de Dios. A dicho pueblo, el Señor le llama su Cuerpo, es un nuevo Hombre, cuya cabeza es Cristo. Mandamientos expresados en ordenanzas; es decir, rituales y ceremonias. Se trataba de símbolos, cosas cuyo cumplimiento en Cristo le spuso fin. Nosotros no necesitamos dichas ordenanzas, pues no vivimos en símbolos, sombras ni figuras; sino en Cristo, la realidad. La circuncisión tipificaba quitar la carne de pecado que separó al hombre de Dios (carnalidad, pecaminosidad); pero venido Cristo cumplió el símbolo muriendo en carne para destruir el poder de la carne y acabar de una vez con dicha separación. Los cristianos solemos hablar del viejo y del nuevo hombre de forma personal diciendo: “mi viejo hombre” o “mi nuevo hombre”; pero este versículo nos mustra que se trata de un Hombre corporativo, la humanidad sin Cristo y la iglesia en Cristo. Podemos aplicarlo de forma personal despojándonos del viejo hombre y vistiéndonos del nuevo, pero esto sólo es identificarnos con uno o con el otro, en Cristo o sin Cristo; con su vida o sin ella.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:16
2.16 Dios se peleó con Dios para que el hombre se reconciliara con el hombre. La muerte de Cristo en nuestro lugar, no solo reconcilió al hombre con Dios, sino al hombre con el hombre. En Cristo no hay distinción racial ni religiosa; en Cristo somos un pueblo y su Cuerpo. La cruz es la muerte de la enemistad. El Nuevo cuerpo al que Pablo se refiere en estas palabras es la iglesia, el nuevo Hombre. Ahora estamos interrelacionados dependiendo unos de otros y todos de Cristo.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:17
2.17 El evangelio es tanto para los judíos como para los gentiles. Los primeros estaban cerca y los segundos, lejos; pero ninguno estaba dentro del reino de los cielos verdaderamente. Todos necesitamos nacer de nuevo. Jesús vino a anunciar las buenas noticias de salvación a todos (a judíos directamente en carne y a gentiles en su Cuerpo que es la iglesia); lo cual nos reconcilia con Dios y entre nosotros, a judíos y a gentiles entre sí. Paz con Dios y paz de Dios.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:18
2.18 Judíos y gentiles podemos ir a Dios Padre por medio de Jesucristo y únicamente por medio de Jesucristo. Las tres Personas de la deidad están involucradas aquí: el Padre es la meta, vamos a Él por medio del Hijo; y hacemos esto siendo un solo Cuerpo por el Espíritu Santo que nos fue dado a judíos y a gentiles juntos como iglesia.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:19
2.19 Tratemos aquí la paternidad de Dios y a nosotros como su familia. Existe un gran honor en ser hijo de algún personaje importante en este mundo, ¡cuánto más si se trata del Padre Celestial! La paternidad de Dios es declarada ya en el Antiguo testamento (Is. 63:16; 64:18); y luego es revelada de forma más específica por Jesucristo (Mat. 6:9). Ahora somos hijos de Dios, pero esto no es como la adopción estilo occidental de nuestro tiempo, en realidad, fuimos engendrados por Dios: Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios (Juan 1:12-13). Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios (Juan 3:3, 5). Somos nacidos de Dios por medio de su Palabra: El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas (Stg. 1:18). Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos (1 Pedro 1:3). Y precisamente por haber nacido de Dios es que tenemos su simiente, su naturaleza: Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios (1 Juan 3:9) …siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). Después de engendrarnos, el Padre nos adopta como hijos, esto era una celebración cuando el hijo llegaba a la mayoría de edad, en la cual, se le otorgaban los poderes del padre, como en el caso de Jesús, que, a los treinta años de edad, el Padre lo llamó su Hijo amado dándole las facultades de representarle en los negocios de su reino. En nosotros, como hijos de Dios, nos da potestad de ser hechos, es decir, de llegar a ser adoptados si alcanzamos madurez para representar al Padre. Desafortunadamente, la madurez ha llegado a ser una palabra que se rumora y que significa menos de lo que es debido a la falta de una definición estándar. Por esta razón, muchos juzgan la madurez por el número de años que una persona ha estado en la iglesia. Un anciano, es alguien quien ha estado alrededor por algún tiempo. Por esta razón, aparentemente no se insta sobre la “madurez”, porque se piensa que esto sucede automáticamente en cuanto uno toma asiento en la iglesia. Para los romanos, griegos y judíos “la adopción” proporcionaba un fuerte mensaje. La Biblia usa el concepto de “adopción” para hablar acerca de la madurez y su ubicación en el plan del Padre. ¿Qué es la “adopción” y “hacerse hijo” y todo esto en cualquiera de sus formas? ¿Qué quiso decir el apóstol Pablo, cuando escribió en Rom. 8:15? Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido (tiempo presente) el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡ABBA PADRE! (Rom. 8:15) …y no solo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando (tiempo futuro) la adopción, la redención de nuestro cuerpo (esto es un cumplimiento futuro en la resurrección) (Rom. 8:23). En amor habiéndonos predestinado (ya sea pasado, presente o futuro) para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad (Ef. 1:5). En occidente del siglo XXI no se entiende la adopción bíblica. ¿Tuvo Pablo una revelación de algo que no sabemos nada o muy poco en estos días? La gente que ha nacido en el Oriente no tiene problemas con estas cosas que han confundido extensamente a nuestra sociedad Occidental, debido a que Ellos entienden las metáforas y el lenguaje. Es por eso que en nuestra cultura no hemos conocido las tradiciones y costumbres de los griegos, los romanos y judíos con lo que hemos malinterpretado las poderosas verdades expresadas, en una palabra. “ADOPCIÓN”. La traducción de la palabra “adopción” es de la palabra griega “huiothesia”, que significa ubicarse como “hijo”. Esto no se refiere a un huérfano quien esta sin familia. Tampoco se refiere a un adulto que quisiera poder ser adoptado como un niño. Debido a nuestro concepto occidental de adopción, esto puede ser una pobre interpretación de una palabra para traducir esta idea. El verdadero significado se ha perdido. Puede haber sido mejor traducir el significado de quien “ha aplicado como hijo”. La palabra huiothesia es aplicada a aquellos hombres jóvenes quienes han alcanzado la edad adulta. Sería algo similar al término moderno de “Bar-mitzvah” lo cual significa literalmente “el hijo de la ley”. Pero esto toma lugar cuando el niño con cerca de 12 o 13 años de edad, y no se refiere a lo mismo de lo que estamos hablando aquí. Porque el niño a esa edad no esta entrenado ni listo para aceptar la responsabilidad de la edad adulta. En Heb. 5:13 esta registrado el problema que ha plagado a la iglesia desde el principio. Esta referencia es la eterna niñez del creyente. Los bebes siempre se quedan como bebes por muchos años después de que ellos han nacido nuevamente. Después de algún tiempo ellos ya deben haber alcanzado la edad adulta y se supone que tienen tareas de madurez. En Heb. 5:12 esta idea manifiesta que a esta edad ya deben ser maestros, y no tienen necesidad de que se les enseñe los principios elementales del oráculo de Dios, y no necesiten leche en lugar de alimento sólido (Ver. 13). Quien participa solamente de la leche no esta acostumbrado a las palabras de rectitud porque todavía es un bebé (14). Pero el alimento sólido es para el maduro quien debido a la práctica tiene sus sentidos entrenados para discernir el bien y el mal. Viene entonces el crecimiento, la madurez, para llegar a ser ubicado como hijo. Cuando un hombre joven crece a una edad madura, donde con su cultura ha demostrado la habilidad para conducirse con responsabilidad, llega el día cuando su padre, en una ceremonia publica, “lo ubica como un hijo o lo recibe como un hijo entrenado y maduro”. Los vecinos, amigos y ancianos del lugar son invitados para confirmar este evento como uno de gran importancia en la vida de este hombre joven. Cada cosa cambia para el después de la ceremonia de adopción. El joven siempre había sido un descendiente natural de su padre desde el día en que fue concebido por la madre, pero hasta la edad completa o la estatura completa, es el tiempo en que el padre o su tutor juzgan que el ya esta listo y la madurez de este hombre joven lo ubica como a un hijo. En nuestra cultura cuando un bebé nace, el padre camina en la enfermería y orgullosamente dice “este es mi hijo”. Esto hace que el concepto de adopción sea tan confuso para nosotros. Hay tres palabras que se utilizan en la Biblia para hijo en griego. Hay un problema de entendimiento de lenguaje. En español tenemos solamente una palabra para hijo. En el griego hay tres palabras usadas principalmente (así como otras). 1 Teknion que se refiere a un hijo recién nacido (bebé). 2 Teknon que se refiere a un hijo quien está madurando, pero aun no esta listo para la responsabilidad. En inglés a este lo llamaríamos como un niño o muchacho. 3 Huios se refiere a un hijo crecido quien esta listo para aceptar responsabilidades. Este es el contexto que estamos usando en esta palabra, como de uno quien ya ha pasado a través de la ceremonia de “adopción” y puede actuar en el nombre del padre. Así podríamos resumir el concepto de crecimiento espiritual de esta forma: El primero –teknion- significa un infante o un niño pequeño. El segundo –teknon- significa un niño adolescente. El tercero –huios- significa como un hijo crecido (uno al que nos estamos refiriendo como un hijo por adopción). En los tiempos de la Biblia un bebé no se llamaría hijo maduro (huios). El termino hijo (huios) usualmente es usado después de la adopción. Esta es la forma que estaremos usando para este término. Pablo se refiere a este principio cuando escribe a los Gálatas: Pero también digo: entretanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; sino que esta bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre (Gal. 4:1-2). Dicho tiempo es el día en el que este niño es adoptado por su padre. Pablo esta diciendo que el niño natural es ciertamente un heredero del padre, pero él esta siendo entrenado por los tutores o guardianes o administradores hasta que el niño alcance cierta madurez. Durante este tiempo, aun cuando el niño es un heredero de todas las propiedades del padre el permanece en funciones de un nivel de siervo esclavo. El no tiene autoridad y en este tiempo esta bajo la autoridad de sus maestros y parte de su entrenamiento es aprender, ser disciplinado y ser obediente a sus tutores y a Dios. Este ejemplo natural puede ser usado para revelar una verdad espiritual podríamos hacer aplicaciones muy poderosas a la vida cristiana que explicará muchas cosas desconcertantes concernientes a los derechos del creyente. En varios lugares las Escrituras revelan el problema con los que se quedan siempre como bebés o como la niñez del creyente. Somos nacidos en una vida cristiana como un bebé, pero se espera y se requiere que crezcamos en todas las cosas. Ciertamente no todos los que son nacidos o quienes han recibido el nuevo nacimiento son hijos maduros de Dios. Sin embargo, es la esperanza y la expectativa que cada uno crezca hasta la edad adulta. Hablemos ahora del derecho para llegar a ser un hijo maduro. La justificación es apenas el principio de nuestra gran salvación. Pero como muchos han recibido a Jesús, la Palabra de Dios, Dios les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios (teknon Juan 1:12). La palabra derecho es una palabra importante en este verso (Jn. 1:12). Lo que pudiera ser traducido como autoridad (gr. Exousia). Esta es una palabra de privilegio, derecho o permiso. Cuando el semáforo cambia a verde tu tienes la exousia (derecho, autoridad, permiso o privilegio) para seguir adelante. Si a tu automóvil se le termina el combustible y se detiene por ese instante, tu no tienes la fuerza para seguir adelante aun cuando tienes la autoridad, derecho o permiso. Así, cuando recibimos a Cristo, nos ha sido dado el derecho, permiso o autoridad de llegar a ser hijos de Dios. Sin embargo, esto no es automático y depende de que maduremos para ubicarnos en la responsabilidad que va con la edad adulta. Este es un gran problema dentro de la iglesia debido a que muchos no ven la ventaja de madurar, encontrar su lugar y asumir las responsabilidades a su llamado. Los hebreos cristianos de los días de Pablo fueron exhortados por no llegar a ser a lo que ellos tenían derecho de llegar a ser (Heb. 5:12). Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuales son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. (13) Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño (Heb. 5:12-13). Similarmente, los hijos de Israel tuvieron la autoridad (derecho, permiso, privilegio) para entrar a Canaán y poseer la tierra de la promesa, pero ellos sucumbieron en el desierto por su incredulidad. La incredulidad y la desobediencia los mató. Ellos tuvieron la autoridad y el derecho de aquellos (quienes por la fe y la paciencia heredaron la promesa, Heb. 6:12). Sin embargo, no llegaron a ser la autoridad o los herederos que pudieron haber sido. Lo mismo pudiera ser dicho para los cristianos de Corinto a quienes Pablo les dijo que eran niños: De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aun no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aun sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? (1 Cor. 3:1-3). Esta es una fuerte reprensión, especialmente cuando nos damos cuenta que la iglesia de Corinto tuvo todos los dones del Espíritu (1Cor. 1:7) y muchas otras cualidades recomendables; pero ellos no llegaron a ser lo que tenían derecho de llegar a ser. No llegaron a ser cristianos maduros preparados para las responsabilidades de hijos. Las tres etapas del crecimiento cristiano: mencioné las tres palabras griegas usadas para denotar el crecimiento de un recién nacido hacia un hijo. La primera es “teknion” significando un infante o un niño pequeño. La segunda es “teknon”, significando un niño adolescente. La tercera es “huios” significando a un hijo (uno ubicado como un hijo por adopción, a quien se le dan o reconocen los derechos del padre). El Apóstol Juan confirma este concepto cuando el dice: Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados han sido perdonados por su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre. Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno (1 Juan 2:12-14). Las tres etapas de crecimiento están implicadas aquí: niños, jóvenes y padres. Vemos estas tres etapas de crecimiento hermosamente ilustradas en la vida de Jesús: El primer vislumbre que nos da la Biblia de Cristo es como un niño recién nacido o pequeño en el pesebre (Luc. 2:7). Se dice poco de Jesús en su infancia hasta los años de su adolescencia, cuando como un niño de 12 años es visto en el templo sentado en medio de los maestros escuchándolos y haciéndoles preguntas (Luc. 2:46). En esta edad de 12 años el no requería tomar las responsabilidades de ministro, aunque quería, debido a que el era un niño que estaba siendo entrenado y preparado. De nuevo el periodo llamado los años del silencio pasaron, y tenemos pocos registros de la vida de Jesús, hasta que, a la edad de los 30 años (Luc. 3:23 la mayoría de edad en Israel) se dio a conocer en el río Jordán para ser bautizado por Juan. Desde luego no podemos decir que Jesús fue “adoptado por Dios” porque nos ofendería a la mayoría, debido a la forma en que interpretamos el significado de adopción. Sin embargo, si decimos que Dios determinó a Jesús como su hijo en el río Jordán puede no ofendernos. De hecho, Dios introdujo a Jesús como su hijo cuando los cielos fueron abiertos. Inmediatamente después descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma de una paloma. Enseguida se escuchó una voz del cielo: este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia (Mateo 3:17; Marcos 1:1; Lucas 3:22). Así fue Él ubicado como un hijo (huios) y ya estaba listo para aceptar la responsabilidad de Mesías, Salvador y Ministro del evangelio del reino (Lucas 17:5). Mientras El estaba hablando contempló una nube brillante que los oculto a ellos; y oyeron una voz desde la nube diciendo este es mi hijo amado en quien tengo complacencia, a Él oíd. El Padre presenta a Jesús a sus discípulos como su “Hijo Amado”. El ya había presentado a Jesús con otros en el Jordán, pero los discípulos no estuvieron ahí. Ahora el Padre adiciona “escúchenlo a Él”. La implicación es: “desde ahora Él hablara por mí”. Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre sus hombros; y se llamara su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz (Is. 9:6). El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no vera la vida, sino que la ira de Dios está sobre él (Juan 3:35). El Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que El hace; y mayores obras que estas le mostrará, de manera que vosotros os maravilléis. Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida. Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo para que todos honren al hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió. De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en si mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre (Juan 5:20). Los eventos que trascurrieron después de la adopción de Jesús son una revelación maravillosa de lo que hemos sido predestinados para llegar a ser. El crecimiento y desarrollo de Jesús fue el modelo para nuestro propio proceso de madurez y lo ultimo para llegar a ser y hijos adoptados. Esto es lo que significa habiéndonos predestinado como hijos para ser adoptados (Ef. 1:5). Ahora, conviene que tratemos el importante tema de la iglesia como la familia de Dios. Leímos: Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios (Ef. 2:19). Primeramente, una familia tiene miembros. Una familia sin nacimientos envejece y muere. Es triste, sola e incompleta. Este es nuestro llamado evangelístico. Y no importan las diferencias entre los hermanos, siguen siendo parte d ela misma familia. Hay diferencias en carácter, en madurez e incluso en intereses de los más diversos; pero permanecen en la familia teniendo también similitudes, primero genéticas habiendo nacido de Dios. Tenemos la vida Divina y la sangre de Jesucristo. Somos similares además en educación, ya que estamos siendo formados a la imagen de su Hijo. En dicha convivencia como hermanos, pues quien acepta a Dios por Padre, debe aceptar también a sus hijos como hermanos, debemos aprender a estar unidos. No dejando de congregarnos (Heb. 10:25). Una familia se protege, no actúa como Caín, quien preguntó después de matar a su hermano si él era su guarda (Gen. 4:9). Recuerda a María cuidando a Moisés. Hio posible la liberación de Israel. Aún Rubén defendió a José. Una familia provee sustento, alimenta a sus hermanos con la Palabra de Dios; además de cualquier otra necesidad que esté en nuestras manos sustentar. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe (Gal. 6:10). En esta clase de vida comunitaria, sin transformarnos en una comuna, es que tenemos la verdadera libertad. Sólo en casa uno es verdaderamente libre. Así en la iglesia, si se protege entre sí tiene entonces la libertad de ser genuino con sus hermanos, porque sabe que no se escandalizarán de él. No juzguéis para que no seáis juzgados (Mt. 7:1-5). Una familia forma; primero, porque se aman. A pesar de sus diferencias, lo normal en una familia es que aún pasando los años se frecuenten porque se aman. El amor les dio autoestima, confianza. El amor les dio aceptación, integración. Cuando los hermanos se aman están a gusto, los nuevos crecen sanamente sabiéndose aceptados. El que ama a su hermano, permanece en la luz, y en él no hay tropiezo (1 Juan 2:10). En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios (1 Juan 3:10). Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte (1 Juan 3:14). Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano (1 Juan 4:20). Una familia tiene disciplina. Cuando una familia tuvo reglas con obligaciones y privilegios, los niños crecen, se desarrollan y llegan a ser personas responsables y útiles a la sociedad; la iglesia es semejante. Cuando una iglesia se dispone a disciplinarse y acatar las normas y responsabilidades bíblicas, sin legalismo, entonces sus miembros se desarrollan y llegan a ser una gran bendición. Considera dos ejemplos, el uno negativo y el otro positivo. Coré es el ejemplo negativo, quería seguir sólo a Dios, según él, y terminó trayendo muerte sobre sí y sobre quienes le siguieron en su rebelión. En el ejemplo positivo tenemos a Gedeón, quien enseñó a Israel un grito de batalla: Por la espada de Yahwéh y de Gedeón –ejemplo de cómo el pueblo de Dios fue fiel a un líder humano además de ser fieles al Señor. Junto con lo anterior, la familia también tiene diversión. La iglesia es santa, pero no aburrida; solemne, pero no amarga. Incluso el Señor Jesús fue acusado por sus opositores a causa de su carácter alegre como comelón y bebedor (difamaban, pero estaban impresionados por su felicidad). Entonces nuestra boca se llenará de risa, y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: grandes cosas ha hecho Yahwéh con éstos (Sal. 126:2). Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros (Heb. 1:9). Servid a Yahwéh con alegría; venid ante su presencia con regocijo (Sal. 100:2). Santidad alegre. ¡Somos la familia de Dios, tenemos un Padre y muchos hermanos maravillosos!
— Roberto Tinoco
Efesios 2:20
2.20 La iglesia tiene autoridades, de las cuales hablará el apóstol Pablo en esta misma carta más adelante (Ef. 4:11). Dichas autoridades son conocidas como ministerios y son los encargados de la edificación de la iglesia desde sus fundamentos. El versículo que aquí nos ocupa pone de manifiesto quiénes son los encargados de comenzar la iglesia en cada ciudad o zona en donde sea levantada una congregación cristiana. Ellos son los apóstoles y profetas. Si bien los evangelistas atraen a la gente a la conversión con la predicación del evangelio, incluso con señales y milagros, los que comienzan la obra de forma oficial son los apóstoles y profetas. Tu puedes ver esto en el Libro de los Hechos, cuando el evangelista Felipe va a Samaria y gana muchas almas para el Señor, además de que realiza milagros, pero los apóstoles enviaron allá a Pedro y a Juan para iniciar la obra formalmente (Hechos 8). El fundamento es Cristo predicado y enseñado en el evangelio (1 Corintios 3:11) como la Piedra principal o la Piedra a partir de la cual se desarrollan las líneas de las paredes y puntos de la construcción; así como la base inicial sobre la cual se ponen a las demás piedras vivas (creyentes). Se requiere sabiduría para edificar iglesias fuertes, Pablo se refirió a sí mismo como perito arquitecto (1 Cor. 3:10); un experto constructor. Por esto es que una iglesia en particular, no debe ser fundada por cualquiera que lo desee, sino por uno que sabe lo que hace. Debe ser especialmente dotado con la revelación de Dios para una enseñanza sistemática y con propósito definido de edificación. Todos debemos predicar el evangelio, pero no todos fuimos llamados a fundar iglesias.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:21
2.21 Una vez puesto el fundamento por apóstoles y profetas, como escribe Pablo en el versículo anterior, la iglesia debe edificarse como piedras vivas sobre la Roca fundamento que es Cristo. Cada alma ganada es una piedra más que debe ser pulida mediante el discipulado de la Palabra de Dios; y así, alma tras alma, se va haciendo crecer la iglesia como la Casa de Dios, el Templo del Espíritu Santo. Ese es el anhelo del Espíritu: la Casa o Templo de Dios, la iglesia construida de incontables creyentes. Un hermano es una piedra únicamente; pero entre todos, somos su templo. Nos unimos para satisfacer los deseos del Espíritu.
— Roberto Tinoco
Efesios 2:22
2.22 Después de explicar el apóstol el propósito de la existencia de la iglesia, es decir, que es el Templo o Casa del Espíritu Santo (versículos 20-21), lo aplica directamente a los hermanos en Éfeso declarando que son la morada de Dios en el espíritu. Cada congregación es un templo del Señor y debemos conservar el perfeccionamiento, así como el crecimiento de la iglesia mediante nuevos creyentes y su respectivo discipulado. Somos el Templo del Espíritu, una Casa orgánica, la habitación viva que se une e interactúa con el Señor espiritualmente.
— Roberto Tinoco