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Cantares 2
Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Cantares 2: RV60
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Cantares 2:1
2.1 La iglesia, simbolizada en la sulamita, ha ido creciendo en su apreciación de sí misma. En el primer capítulo se veía negra y menospreciable a sus propios ojos, pero después de los elogios del Amado se sabe hermosa como una flor. Sin embargo, aún se siente una flor común, corriente e insignificante. Esto es lo que confiesa, pero nuevamente Cristo la exalta con elogios y halagos edificándole en su identidad espiritual (escondida en Cristo) conforme a la apreciación de Él. “Yo soy la rosa de Sarón…” Frecuentemente se ha pensado que esta frase se refiere a Cristo. Incluso hombres eminentes de la iglesia así lo han interpretado. Sin embargo, difiero de dicha interpretación. Mi opinión, como también la de muchos otros, es que la rosa de Sarón es la iglesia. Y se refiere a ella, por cuanto está respondiéndole al Amado. Él la ha elogiado y ella le responde diciéndole que Él y no ella, es hermoso, ella dice de sí misma ser una flor común (ve secuencia 1:15-2:1). Si no fuese la iglesia no tendría sentido la aclaración y elogio que hace el Amado en el siguiente versículo, como diciendo: “sí, eres un lirio, pero como un lirio entre los espinos, distinguida y especial.” Tenemos luego el “yo soy” de la iglesia. La esposa se llama del Nombre del Esposo. En el Cantar de los Cantares aparece la expresión “yo soy” cinco veces contando esta y todas ellas es la amada quien está hablando (vea 2:1, 16; 6:3; 7:10; 8:10). Un serio problema de la iglesia de nuestro tiempo es su falta de identidad. Ha absorbido la opinión del mundo, por lo que se ha desvanecido su verdadera identificación con respecto de Cristo. Necesita la obra del Espíritu para recuperar su “yo soy” en el Señor. Mire a que me refiero: el Espíritu Santo convence al mundo de pecado, entre otras cosas (Juan 16:8). Desafortunadamente es tan mala la opinión que los creyentes tienen de sí mismos desconociendo su identidad en Cristo, que creen que está es la obra del Espíritu en ellos. ¡Pero no es a la iglesia a la que el Espíritu Santo convence de pecado, sino al mundo! Y el siguiente versículo dice: “por cuanto no creen en mí” (Juan 16:9). Mientras que, a la iglesia, por causa de su necesidad, el Espíritu le da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios (Rom. 8:16). Cuando le hablamos de Cristo a un no creyente éste suele excusarse diciendo que “no es tan malo como otros”, necesita que el Espíritu santo lo convenza de su pecado; mientras que el creyente sigue llamándose a sí mismo pecador, a pesar de haber sido santificado por el Señor, dando como resultado que viva como pecador y necesite la obra del Espíritu que le convenza de su santidad y hermosura en Cristo. Esto es lo que el Amado está haciendo en los versículos referidos de Cantares, convenciendo a la Amada de su hermosura. La iglesia tiene necesidad de confesar su identidad en Cristo. Podemos pensar que esto no es importante, sin embargo, dicha confesión es por demás significativa. No es un asunto de ego. No confundamos la autoestima fundada en la fe con el amor propio, producto del ego. El creyente no necesita que se le amoneste a amarse a sí mismo, Cristo da esto por sentado al decirnos que amemos a los demás como nos amamos a nosotros mismos (Luc. 10:27). A diferencia de esto, la autoestima fundada en la fe es la justa estimación o medida que Cristo nos atribuye. Nadie debe tener más alto concepto de sí mismo que el que debe de tener, sino pensar con cordura según la fe (concepto) que Dios le dio (Rom. 12:3), lo que implica que tampoco será una apreciación o valor inferior, pues todo lo podemos en Cristo, que nos fortalece. Él actúa poderosamente en nosotros. Esto es importante porque la conducta del hombre es proporcional a lo que él cree ser. La sulamita dice ser una rosa. En hebreo habasselet, palabra que sólo aparece aquí y en Isaías 35:1 símbolo de resurrección, restauración y avivamiento: “se alegrarán el desierto y la soledad: el yermo se gozará y florecerá como la rosa. Florecerá profusamente, y también se alegrará y cantará con júbilo; la gloria del Líbano le será dada, la hermosura del Carmelo y de Sarón.” Habasselet sería mejor traducido como “narciso” o “rosasea”. En la Biblia, la flor es considerada como bella, pero frágil y pasajera (Sal. 103:15-16; Isaías 40:6; Nahum 1:4). Nota que, en los versículos anteriores, la casa de Dios, la iglesia gloriosa corporativa como habitación de Dios es de cedro y de ciprés, pero tiene lecho de flores; es decir, está compuesta por creyentes individuales que tienen vida de resurrección e intimidad con Dios. La confesión de la sulamita es que ella es una pequeña parte, una flor del lecho del Señor donde Él se alimenta y reposa. Sin embargo, dice ser “la rosa de Sarón. Sarón era una tierra fértil, simboliza abundancia y majestad (vuelve a leer Isaías 35:1-2 curiosamente, en éstos versículos que son los únicos donde aparece habasselet, “rosasea”, aparece junto a la gloria de Sarón). Sarón, junto al Líbano y el Carmelo eran considerados los sitios más hermosos de Israel. Sarón era conocida por su abundancia de flores. Así que la confesión de los creyentes que componen la iglesia novia es que son parte de la casa de Dios, pero sólo una parte pequeña entre muchas otras, una flor común y no muy importante entre las muchas flores hermosas de Sarón, la tierra abundante. Se sabe en resurrección, pero se estima entre muchos mejores. Más nadie confunda esto con modestia y humildad, es más bien producto de la inseguridad. “…y el lirio de los valles…” El lirio en Las Escrituras es un ejemplo de belleza. Decoraba los capiteles de las columnas del templo (1 R. 7:19). Dios no solo desea una casa terminada y firme, sino también hermosa. Una combinación que podríamos llamar “la hermosura de la estabilidad”. Es también la hermosura de la limpieza, recordemos que también el borde de la fuente del templo era como lirio (1 R. 7:26). Jesús dijo que Salomón, con toda su gloria, nunca se vistió como un lirio (Mateo 6:28); así que el lirio es también un símbolo de gloria, y mas específicamente, del vestido de gloria. Los creyentes que componen la iglesia novia confiesan ser un lirio, saben que están vestidos de gloria, sin embargo, se sienten “un lirio de los valles”. Los valles son los lugares bajos, en contraste con los montes y las montañas. Nota cómo Dios solía manifestarse en los montes y montañas y no en los valles. Nuevamente expresa inferioridad.
— Roberto Tinoco
Cantares 2:2
2.2 Tal y como en el capítulo uno el Amado expresó que la sulamita era “la más hermosa entre las mujeres” y no negra y menospreciable como ella se sentía y expresaba ser; así también en el capítulo dos lleva a la iglesia a crecer a base de halagos que también la apreciación y visión de sí misma y con ello, su identidad: “efectivamente, eres un lirio, una flor de mi lecho y la decoración de mi casa, pero no un lirio de los valles, sino “como el lirio entre los espinos.” Cristo está perfeccionando a su iglesia a través de su Palabra (Efesios 5:25-27). La iglesia novia es única, es el lirio y no un lirio. La iglesia novia es distinguida, es el lirio entre los espinos, resalta por su belleza y suprema naturaleza. Los espinos son símbolo de la maldición que la creación recibió a causa de la caída del primer Adán (Gen. 3:18). La iglesia novia es una flor, pero no una flor común y corriente del valle lleno de muchas otras flores, sino la flor única de Dios en medio de la maldición de la tierra. La luz del mundo, la sal de la tierra. La iglesia es la bendición entre la maldición. Es lo único vivo entre la muerte. La iglesia novia es el luminar entre las tinieblas (Fil. 2:15-16). La iglesia novia es vencedora, tiene vida de resurrección (lirio) en medio de la maldición y de la muerte (espinos). Dios conoce las dificultades que enfrentan los creyentes, aún las caídas de algunos, sin embargo, Él considera a su iglesia hermosa y llena de vida abriéndose paso entre la oposición. Incontenible, inapagable, inmortal. “…así es mi amiga entre las doncellas…” La iglesia esposa es la amiga de Cristo (ver notas 1:15). La mejor figura de esto es Juan el Bautista, quien se consideró a sí mismo como un gozoso amigo del Esposo (Juan 3:29). Las doncellas se refieren a todos aquellos que no conocen al Amado (por lo que no debe confundírseles con las hijas de Jerusalén). Dichas doncellas son los espinos; son personas sin bendición. La sulamita, a saber, la iglesia novia, es maravillosamente superior a los ojos del Amado. Bendita gracia.
— Roberto Tinoco
Cantares 2:3
2.3 ¿Qué podemos decir de nuestra relación con Cristo? ¿Cómo describiríamos dicha relación? ¿La llamaremos religión? ¿Ha sido ley? ¿Es sólo dar o es sólo recibir? Escuchemos lo que la iglesia novia puede decir al respecto. El Amado es incomparable: Incomparable en su fruto. Considera los resultados de su relación con Cristo. ¿Ha sido bendecido? ¿Le ha hecho feliz? ¿Tiene usted paz? Compare todo lo obtenido en Cristo con la esterilidad que se experimenta fuera de Él. ¿Te espanta sólo pensarlo? ¿Te recorre un escalofrío por el cuerpo al imaginarte sin Cristo? Entonces entiendes lo que estoy hablando. Cristo es incomparable. Incomparable en su naturaleza. La naturaleza del manzano es superior a la de los árboles silvestres. La rica sabia de Cristo hace de esta relación una vida muy superior a cualquier otra. Él es Dios, Él es la Vida. Incomparable en su carácter. Considera su amabilidad y paciencia. ¡Cuánta generosidad y solicitud! ¡Supremo amor y humildad! ¿Quién nos ha tratado como Él? La sulamita considera muy superior al Amado que a los jóvenes. El Amado es Rey, Sabio y Generoso; mientras que los jóvenes son inmaduros y por tanto egoístas; a eso se refiera la novia al decir: “…así es mi Amado entre los jóvenes”. Incomparable en su altura. El manzano referido es un término genérico que describe una categoría de árboles superiores (y no solo un manzano tradicional). Este árbol es más alto y de mejor apariencia que los árboles silvestres. Él es Dios Altísimo. “El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos” (Juan 3:31). Esto me recuerda un comentario que diese Samuel Vila sobre estos versículos. En este momento no tengo su libro a la mano, por lo que sólo transmitiré de memoria la idea general: si en este momento entraran grandes hombres de la historia a este lugar, lo más probable es que les preguntaríamos acerca de sus experiencias y conocimientos, pero si fuese Cristo quien entrase corporalmente, entonces caeríamos al suelo postrados ante Él. Él es inmensamente superior. Incomparable en su presentación. Sería toda una sorpresa encontrar un manzano entre los árboles silvestres. Así es un hallazgo que el Amado siendo santo, suela andar entre pecadores. Incomparable ante la comparación. Los jóvenes son para la sulamita como las cosas deseables para los cristianos. Sin embargo, pierden su atractivo ante el Amado. “…bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar.” Bajo la sombra del Deseado. ¿Puede haber un mejor lugar? El Deseado es Cristo. Es hermoso describirlo así porque Él es deseable. La incansable búsqueda de la humanidad por ser feliz es una demostración de que todos lo desean, aunque no todos saben que lo desean a Él y se confunden intentando satisfacerse con otras cosas. Cabe señalar que Jesús, en los días de su carne, no tenía secuela alguna de la caída por cuanto no nació de hombre, aunque sí de mujer para ser Hombre. Era hermoso y perfecto, el más hermoso de los hijos de los hombres (Salmo 45:2-4). El postrer Adán, nacido de Dios y no de hombres caídos. Sin defecto, extraordinariamente perfecto. Su oído era absoluto, su vista 20/20 y su cerebro genial en todas las genialidades. No por nada las mujeres lo seguían de pueblo en pueblo y hasta los enemigos se extasiaban escuchándolo. Únicamente lo vieron sin hermosura y como raíz de tierra seca cuando llevó nuestros pecados en la cruz. La sombra del Deseado es estar bajo su Presencia. Ponerse bajo su sombra es ponerse bajo su autoridad y protección. Es la Esposa bajo el Marido en sujeción. “Ten misericordia de mí, oh Dios, ten misericordia de mí; porque en ti ha confiado mi alma, y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos” (Sal. 57:1). “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente” (Sal. 91:1). “Guárdame como a la niña de tus ojos; escóndeme bajo la sombra de tus alas” (Salmo 17:8). “¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas” (Salmo 36:7). Muchos están viviendo “bajo la calabacera de Jonás”, bajo autoridades inciertas y protecciones frágiles y temporales. Otros están “bajo la sombra de Egipto” (Is. 30:2-3). Bajo protectores traicioneros, interesados en sacar provecho y de ánimo cambiante. Más nosotros estamos bajo la sombra del Deseado. No meramente junto a la sombra, sino “bajo” Su sombra. Sometidos a Él, sin rebelión ni independencia (Jueces 9:15). Sin mayor interés que su amor. Tenemos únicamente dos opciones: o estamos bajo la sombra de su amor o bajo la disciplina de su sol. Recuerda que la sulamita era morena “porque el sol la miró”. Había aprendido la lección. ¿Y cuál es nuestra actitud ante su sombra? ¡Nos refugiaremos en ella sólo por interés? El versículo dice: “…me senté…” Es la actitud de la humildad y del amor. La amada descansa en el amor del Amado. Aunque esto no quita que bajo su sombra tengamos protección y descanso (Sal. 63:7; 90:1; 121:5; Isaías 4:6; 25:4; 32:2). Bajo su sombra hay crecimiento ministerial (Isaías 49:2). Bajo su sombra hay revelación (Mat. 17:5). Bajo su sombra hay vida (Luc. 1:35). Bajo su sombra hay poder para salvación (Hch. 5:15). Miremos también Su fruto: “…y su fruto fue dulce a mi paladar…” Nos habla de conocerle por intimar con Él. Es el fruto del árbol de la vida (Ap. 22:2). Es la alegoría del beso (ve notas Cant. 1:2; 5:16; Sal. 45:2).
— Roberto Tinoco
Cantares 2:4
2.4 “Me llevó…” –dice la iglesia. No fui ni llegué por casualidad. Tampoco me llevaron otros. Fue el Amado Cristo quien me llevó. ¿Y cómo fue que le llevó? ¿Acaso le raptó? ¡No! Sino con amor: “con cuerdas humanas los atraje (encarnación), con vínculos de amor (la cruz)” (Os. 11:4). Eliezer, el siervo de Abraham convenció a Rebeca de ir con él para casarse con Isaac por medio de regalos (Génesis 24). Los dones, promesas y gracias del Espíritu presentes nos enamoran para llevarnos a las bodas del Cordero. ¿Y por qué nos lleva el Señor? Porque nos ama y anhela. Somos su pasión, Él desea nuestro bien, por eso quiere llevarnos “a la casa del banquete.” “…a la casa del banquete…” Puede referirse a “la casa del vino”. En su Presencia hay plenitud de gozo, delicias a su diestra para siempre (Sal. 16:11). En las bodas de Jesús no falta vino, Él transforma la vida en gozo, el agua en vino. (Ve además las notas 1:4). La casa del banquete es también una referencia a la abundancia de la casa del Padre que el pródigo tanto anhelaba. Dios es generoso y bendice en abundancia (Job 1.10). La iglesia es la Casa del Banquete, el lugar del deleite y de la satisfacción: “Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas, para ver tu poder y tu gloria, así como te he mirado en el santuario. Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán. Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos. Como de meollo y de grosura será saciada mi alma, y con labios de júbilo te alabará mi boca” (Sal. 63:1-5). Por eso Cristo es conocido por insistir invitando a su amada a cenar con Él en la casa del banquete: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Ap. 3:20). “…Y su bandera sobre mí fue amor…” (2:4b). La bandera en la Biblia tiene muchos significados. Algunos de ellos son, por ejemplo, la bandera como señal de identidad (cada tribu en Israel tenía su propia bandera Num. 1:52; 2:2). La bandera servía para señalar dirección en la guerra (Jer. 4:6; 51:12). Para dar anuncios (Jer. 50:2). Era señal de salvación y de victoria (Sal. 20:5). Y también, señal de seguridad (Is. 11:10; Sal. 60.4). Entre otras cosas. En este caso, la sulamita da testimonio de que la bandera del Amado sobre ella fue amor. Primero, su bandera está dirigida hacia mí. Habla de que se siente conquistada por el Amado. Testifica ser de su posesión, autoridad y destino. Y segundo, el significado de la bandera de Cristo sobre ella no fue solo de identidad ni de dirección o de guerra, sino de amor. Esto significa que el lema de Cristo, sus intenciones y propósito con la iglesia son de amarle. ¡Oh! ¡Cuánto contraste con las banderas del mundo! La bandera de Cristo no es para señalar límites territoriales, conquista de propiedades, guerra, paz (blanca) o emergencias (cruz roja); pues, aunque implica todo esto, el estímulo que lo mueve es el amor. Sólo la bandera de Cristo es amor. Está decidido a amar a la iglesia; esa es su determinación y ese también nuestro privilegio. Por tanto, toda nuestra relación con Él debe estar fundamentada en el amor (lee Romanos 8:28-39).
— Roberto Tinoco
Cantares 2:5
2.5 Existe una enorme diferencia entre tener la gracia y tener la Presencia de Dios. La gracia es el favor inmerecido de Dios al hombre. No hay que hacer nada ni ser nada para recibir la gracia de Dios. El Señor, en su bondad, dispensa su gracia a quien Él quiere; sin embargo, su Presencia manifiesta está condicionada a aquellos hambrientos de Dios que, inconformes de amor, van más allá de su favor. En la historia humana han existido muchos hombres que contaron con la gracia de Dios, pero perdieron su Presencia. El primer hombre es un ejemplo de esto. Adán tenía ambas cosas, la gracia y la Presencia, en el huerto del Edén. Sin embargo, a causa del pecado perdió la Presencia, si bien siguió recibiendo la gracia, pues antes de ser expulsado del huerto donde estaba la Presencia, fue vestido con pieles, siendo redimido por la gracia. Caín es otro ejemplo. No muchos pueden contar que han entablado un dialogo con Dios tan preciso como el que tuvo Caín antes de matar a su hermano Abel. Esto es gracia (Gen 4). Más con todo y eso, asesinó a su hermano y fue expulsado por Dios, castigado a ser errante en la tierra. Esto es perder la Presencia. Lot era sobrino de Abraham y mientras estuvo a su sombra fue bendecido abundantemente por Dios. A pesar de tanta gracia cambió su residencia a Sodoma. Aún así la gracia lo siguió hasta allá, pues ángeles lo obligaron a salir de la ciudad antes de destruirla. Más Dios se quedó con Abraham y no fue por Lot. Su Presencia no estuvo en Sodoma (Gen 18-19). Esaú, hermano de Jacob, cambió la Presencia por la gracia en un plato de lentejas. Tenía más hambre de lo temporal que de lo eterno. El pueblo de Israel recibió abundante gracia divina. Miraron el poder de Dios en las plagas y fueron cubiertos con la sangre cuando el ángel de Dios mató a los primogénitos en Egipto. También experimentaron el cruce del mar y la gracia fue paredes de agua a uno y a otro lado, mientras pasaban en seco. Disfrutaron a Dios en el maná y en el agua de la Peña sin condición alguna. Y no podemos olvidar que ante el monte Sinaí escucharon por gracia la voz de Dios. Más, por increíble que parezca, decidieron desechar la Presencia de Dios a causa del temor, dijeron a Moisés que no querían que Dios les hablara para no morir, que era suficiente con que Dios le hablara a Moisés y él les transmitiera lo que Dios había dicho. Desecharon la Presencia, si bien siguieron recibiendo la gracia en el maná, en el agua, en la protección de la nube y la columna, en las vestiduras y en el calzado que no se envejeció por cuarenta años. Hubo tiempo un tiempo en el que Dios mudó su tienda fuera del campamento y, a excepción de Moisés, nadie gozó la Presencia de Dios. Sansón vivió bajo la gracia a ser investido del poder del Espíritu una y otra vez a pesar de su constante inmoralidad. Un día, creyendo que sin importar sus actos Dios no se apartaría de Él, perdió la Presencia en los brazos de Dalila, lo mismo que el cabello, los ojos y la dignidad. No perdió la Presencia por perder el cabello, sino perdió el cabello y la fuerza, por perder la Presencia. Con todo, la gracia divina le concedió vengarse de sus enemigos. Saúl fue hecho rey por la gracia, más jamás hizo traer el arca de la Presencia a Jerusalén. Finalmente fue desechado cuando él desechó al Verbo, la Palabra de Dios. Judas fue instrumento de la gracia para sanar enfermos, echar fuera demonios y predicar las buenas nuevas de salvación; más llegó a ser el traidor al rechazar la Presencia de Cristo por treinta monedas. El traidor prefiere los regalos de la gracia antes que el compromiso de la Presencia. Martha era amiga de Jesús y contaba con su gracia y con su Presencia visitándola en su propia casa. Sin embargo, solía afanarse tanto por agradar que dejaba de disfrutar la Presencia. ¡Qué diferente actitud la de su hermana María, a quien constantemente vemos a los pies de Jesús en la Escritura! ¡Cuán diferentes ejemplos de aquellos que, inconformes de la gracia fueron tras la Presencia! ¿Qué decir de Enoc, quien, caminando con Dios, fue mudado corporalmente a la Presencia? ¿Y qué decir de Abraham, quién halló gracia a los ojos de Dios para ser visitado, supo ser anfitrión para retener la Presencia de Dios? ¡Qué se vayan los ángeles, pero que Dios se quede! ¿Acaso omitiremos a uno de los mejores ejemplos de esto? ¿Cómo no hablar de Moisés, quien prefería quedarse a vivir (y morir) en el desierto donde Dios estaba, antes que ir a la tierra prometida guiado por un ángel, pero sin la compañía de Dios? ¿Quién pudiera no ser inspirado a buscar la Presencia de Dios más allá de los favores de su gracia al contemplar a David llorando al Señor para que no quitara de él su Espíritu? Su interés no era ser perdonado o continuar como rey, su verdadero anhelo era no perder a Dios, si bien su favor seguía con David. El camino del reino está lleno de hambrientos de Dios, son demasiado para contarlos todos. Eran como Pablo, quien quería morir para estar con Cristo, lo cual testificaba, es muchísimo mejor. ¿Y por qué dar toda esta introducción? Porque en el Cantar de los Cantares hemos llegado al punto en que la sulamita, símbolo de la iglesia, está enferma de amor. Apasionada por la Presencia y no solo por la gracia. Es Rebeca (la iglesia) al encuentro de Isaac (Cristo), al no conformarse con las joyas obsequiadas (gracia) por Eliezer (el Espíritu Santo), el siervo de Abraham, padre de Isaac (el Padre) (Génesis 24). “…porque estoy enferma de amor…” Una mejor traducción sería: “estoy desfalleciendo de amor”. Wachman Nee lo llamó: “exhausta de felicidad”. Se refiere a caer como muertos o debilitarse ante el amor de su Presencia. Como la vez que Moody fue bautizado con el Espíritu Santo y exclamó: “detén tu mano o me muero de gozo”. En el versículo cuatro la sulamita testifica de su experiencia de amor con el Amado: “me llevó a la casa del banquete, y su bandera sobre mí fue amor” (ver notas). Ahora, en el versículo cinco ella está desfalleciendo a causa de la nostalgia por la Presencia del señor. Quien ha llegado a saborear el amor de Cristo se prenda de Él. El amor de Cristo es una “bendita enfermedad” incurable y gozosa. En las Sagradas Escrituras hay ejemplos de esta clase de amor, limitados y algunos en sentido negativo, pero que pueden ilustrarnos el sentir de la iglesia apasionada (lea 2 Sam. 13:1-2; Sal. 4:7; 42:1-2; 63:1-8; Isaías 26:8-9; Lucas 24:32; Filipenses 1:23). ¿Estás desesperado de amor por Cristo? ¿Sientes desfallecer? ¿Cuánto anhelas a Cristo? ¿Qué estarías dispuesto a hacer por experimentar permanentemente su Presencia? ¿Orar sin cesar, ayunar, clamar, santificarte…? En este versículo el lenguaje está en plural, de manera que la sulamita está dirigiéndose a las hijas de Jerusalén (compare versículos 6-7) y no al Amado. Es una añoranza. Pienso que el mejor testimonio que la iglesia puede hablar es aquel que nace de la añoranza del amor de Cristo. Cuando la iglesia está apasionada y ha experimentado el disfrute del Señor, lo comparte con tal convicción que otros son atraídos a Cristo. “Sustentadme con pasas…” Ante el desfallecimiento causado por la nostalgia del amor por la Presencia del Amado, la iglesia novia necesita ser sustentada para no claudicar. Es difícil no desanimarse cuando se vive buscando la Presencia del Señor apasionadamente sin recibir ningún incentivo para continuar. Por eso, en la dieta de la iglesia no deben faltar las pasas. Las pasas son el fruto procesado de la vid. La vid es Cristo (Juan 15:1). Él dijo: “el que a mí viene nunca tendrá hambre y en que en mí cree no tendrá sed jamás” (Juan 6:35). El Cristo procesado es nuestro alimento, sustento, deleite y satisfacción. Él pasó por la muerte y la resurrección para llegar a ser nuestro Pan de Vida por el Espíritu, tal y como el grano de trigo es molido, amasado y cocido para llegar a ser pan. Podemos continuar apasionados por la Presencia de Dios a causa de la rica provisión diaria de Cristo. Sin Él desfalleceríamos. “…confortadme con manzanas…” En la dieta de la iglesia tampoco pueden faltar las manzanas. Las manzanas son el fruto del manzano. En el versículo tres vimos que el Manzano es Cristo. La expresión “confortadme con manzanas” es similar a la de “sustentadme con pasas”. Ambas tratan acerca de Cristo como nuestro alimento. Una para ser preservado y otra para ser consolado. En Cristo tenemos aliento y preservación. Su amor nos alimenta y satisface (Ef. 3:19) entre tanto que llega el día de reunirnos finalmente con Él (eso es confortad). Él es el Verbo de Dios, la Palabra Viva, nuestro Pan (Juan 6:32-35; Prov. 25:11 “manzana de oro es la Palabra”). Cristo es el Árbol de la Vida. Comiendo de Él somos sustentados por la Vida, preservados en la Vida y consolados por la Vida: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios” (Ap.2:7). “En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones” (Ap. 22:2).
— Roberto Tinoco
Cantares 2:6
2.6 La frase es más una petición que una declaración y alude al abrazo del Señor. En primera instancia se refiere a la relación sexual entre Salomón y la sulamita (compara Pr. 5:20). Pero también, es figura del amor espiritual expresado entre Cristo y la iglesia esposa. Amor expresado principalmente a través de la adoración: “Porque tu marido es tu Hacedor; Yahwéh de los ejércitos es su nombre; y tu Redentor, el Santo de Israel; Dios de toda la tierra será llamado. Porque como a mujer abandonada y triste de espíritu te llamó Yahwéh, y como a la esposa de la juventud que es repudiada, dijo el Dios tuyo. Por un breve momento te abandoné, pero te recogeré con grandes misericordias. Con un poco de ira escondí mi rostro de ti por un momento; pero con misericordia eterna tendré compasión de ti, dijo Yahwéh tu Redentor. Porque esto me será como en los días de Noé, cuando juré que nunca más las aguas de Noé pasarían sobre la tierra; así he jurado que no me enojaré contra ti, ni te reñiré. Porque los montes se moverán, y los collados temblarán, pero no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz se quebrantará, dijo Yahwéh, el que tiene misericordia de ti” (Isaías 54:5-10). “Nunca más te llamarán Desamparada, ni tu tierra se dirá más Desolada; sino que serás llamada Hefzi-bá, y tu tierra, Beula; porque el amor de Yahwéh estará en ti, y tu tierra será desposada. Pues como el joven se desposa con la virgen, se desposarán contigo tus hijos; y como el gozo del esposo con la esposa, así se gozará contigo el Dios tuyo” (Isaías 62:4-5). “Yahwéh está en medio de ti, poderoso, él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos” (Sof. 3:17). Literalmente “suspirará como un enamorado y danzará alegremente en círculos sobre ti cantando.” “…Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia” (Efes. 5:25-29). De frente al Amado y en sus brazos, cara a cara con su aliento y en su intimidad. En posesión del Amado, allí estamos seguros. Dijo James Smith: “aquella que tiene un lugar tan cálido en el corazón de su amor no dejará de tener un puesto seguro en las manos de su poder… debajo están los brazos eternos. Él no se fatiga. El amado del Señor morará en seguridad por medio de Él (Dt. 33:12). Nadie puede arrebatar a sus amados de Su mano (Jn. 10:28-30).” “…Su izquierda esté debajo de mi cabeza…” El brazo y la mano izquierda son símbolos bíblicos de amor (cerca del corazón), provisión, perdón y misericordia (Lev. 14:15-16,26-27; Juec. 3:21; 7:20; Pr. 3:16; Ecl. 10:2; Ez. 4:4; 39:3; Mateo 6:3). “Su izquierda esté bajo mi cabeza” habla de descansar en Él sometiendo y confiando nuestros pensamientos y voluntad a Él. La mano izquierda debajo de la cabeza levanta el rostro para ver al Amado cara a cara. Su amor anula nuestra indignidad y nos lleva a mirarle. Tal es el abrazo del Señor. “…y su derecha me abrace…” El brazo y la mano derecha son símbolos bíblicos de autoridad, poder, verdad, honor y privilegio (Gen. 48:13-14; Pr. 3:16; Ecl. 10:2; Mat. 6:3; Jueces 7:20; Job 40:14; Sal. 16:8; 18:35; 45:4,9; 63:8; 73:23; 109:31; 110:5; 121:5; Isaías 41:13; 62:8; Lam. 2:3; Mat. 25:33-34; 27:9; Gal. 2:9; Ap. 1:16-17; 5:1; 10:5; 13:16). “Su derecha me abrace” habla de la cobertura de su poder cuando estamos bajo la autoridad de su amor. En su abrazo estamos seguros. Notemos que el versículo hace alusión a ambas manos, lo cual expresa una relación equilibrada: “no se aparten de ti la misericordia (izq.) y la verdad (der.); átalas a tu cuello (bajo la cabeza). Escríbelas en las tablas de tu corazón (el abrazo de amor), y hallarás gracia y buena voluntad ante los ojos de Dios y de los hombres” (Pr. 3:3-4).
— Roberto Tinoco
Cantares 2:7
2.7 Este versículo se menciona cuatro veces en el libro porque es el centro del libro y resume el tema de Cantares: el disfrute del amor entre Cristo y la iglesia. Es el clímax de cada canto (a excepción del último). Tiene por objeto dar énfasis tanto al disfrute como al clímax de la experiencia de la amada con el Amado en cada sección. En los pasajes anteriores la sulamita llegó a la parte más alta, hasta ese momento, de su experiencia con el Amado al acompañarle a la casa del banquete o del vino y disfrutar dicha relación hasta sentirse desfallecer y necesitar pasas y manzanas (el fruto de Cristo). Enferma de amor anhelaba continuar en los brazos del Amado, por eso, en el versículo que aquí nos atañe (7) se escucha el conjuro para ordenar que dejen a la iglesia esposa seguir disfrutando a Cristo en dicha intimidad. EL CONJURO: “Yo os conjuro…” Conjurar en la Biblia significa “juramento conjunto” (ejemplo Hechos 23:12-13). Algo así como “te obligo o nos obligamos a ser parte del mismo juramento”. Podemos ver que el mismo Señor Jesús fue conjurado en varias ocasiones. Una de ellas fue cuando el sumo sacerdote le obligó a responder en su juicio (Mat. 26:63). Otra de ellas fue aquella ocasión cuando el Señor, fue condescendiente con una legión de demonios cuando éstos lo conjuraron por Dios (Mr. 5:7-13). También el apóstol Pablo conjuró por el Señor a los tesalonicenses para que leyeran esa carta a todos los santos (1 Ts. 5:27). Sin embargo, no pensemos en el conjuro como una especie de palabras mágicas capaces de obligar aún a Dios a unirse a nuestra promesa. El conjuro por el Señor sólo tiene autoridad para aquellos que conocen al Señor (Hch. 19:13-16). Es decir, si no va acompañado del respaldo de Dios no es más que una frase. Con respecto al conjuro en el libro del Cantar de los Cantares, podemos inferir que es una orden, en este caso, de respetar el amor entre el Amado y la Iglesia; y es, a su vez, una especie de pacto de amor (¿tendrá relación con el Nuevo Pacto?). EL CONJURADOR: Existen argumentos para pensar que sea la amada quien está hablando. Ella era quien venía hablando en los versículos anteriores y la que continúa en los posteriores. Sucede lo mismo en 8:4. En 5:8 el conjuro es, sin lugar a dudas, expresado por ella. En el Cantar de los Cantares quien entabla dialogo con las hijas o doncellas de Jerusalén en varias ocasiones es la sulamita y no el Amado. En vista del disfrute y experiencia del abrazo del Señor ella ruega que no la interrumpan. Pero también, existen argumentos para pensar que el Amado es quien habla: El juramento no es hecho por Dios, esto es, invocando a Dios, sino a criaturas del campo, lo que implicaría en su tiempo una blasfemia e idolatría en boca de seres humanos (Dt. 6:13; 10:2; Mat. 5:33-37; sin embargo, veremos que los corzos y ciervas son símbolo de Cristo). La palabra hebrea usada aquí para amor, es más propio interpretarla en femenino que en masculino. El Señor llama a su amada “amor deleitoso” en 7:6. ¿Quién es entonces el conjurador? No he podido definirlo, por lo que pienso que se trata de ambos. La iglesia no puede ser vista con verdad aparte de Cristo y Cristo no puede ser conocido verdaderamente sin la iglesia. Ambos conjuran intentando enamorar a todo creyente. “El Espíritu y la Esposa dicen…” menciona Apocalipsis. LAS CONJURADAS: “Oh doncellas de Jerusalén”. Conozcamos primero la identidad de dichas doncellas. En 1:3 se mencionan las doncellas como las que aman al Amado a causa de su Nombre y olor de gloria en la iglesia. En 1:5 la sulamita las llama “hijas de Jerusalén” y les amonesta a no menospreciarla por ser morena (disciplinada o quebrantada). En 2:2, nuevamente, el Amado elogia a la sulamita: “como el lirio entre los espinos, así es mi amiga entre las doncellas”. Llamándolas con esto “espinos”; lo cual es un término muy fuerte, pues en la Biblia representa lo que está bajo (o contiene) maldición. La palabra hebrea para doncella es bat. Significa “niña, muchacha”. No es exactamente igual que virgen (heb. Betulá), pero su raíz es similar. La diferencia radica en que doncellas en 1:3 es almá (hebreo), literalmente “muchacha virgen”; mientras que en 2:7 se infiere, pero no se declara. Y parece verse también que las doncellas de 1:3 aman al Señor, pero el resto de las hijas de Jerusalén no están tan enamoradas. Ahora bien, ¿por qué conjura a las doncellas? En primera instancia para que no estorben el romance de la iglesia con Cristo. En segundo lugar, e igualmente importante, para que sigan el ejemplo enamorándose de Cristo y manteniéndose virgen para Él (Ap. 14:4; 22:17; Zac. 8:23; Juan 1:40-49; 4:49; 1 Ts. 1:6-8). Y, en tercer lugar, para que no se entusiasmen con alguna otra persona o cosa hasta que vean aparecer su verdadero amor: Cristo. “Por los corzos y por las ciervas del campo…” Los corzos y las ciervas del campo son animales silvestres; símbolo del amor natural, sin fingimiento. Amor auténtico, no producido ni imitado: “y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:13). También son una figura del amor fiel que satisface: “como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre” Pr. 5:19). Aquí ella es la cierva para el Amado, nosotros somos su campo donde Él se recrea; pero también, Cristo es ese amor que nos satisface a nosotros, tanto como nosotros somos su amor que le satisface. En el salmo 22 leemos por título: “sobre ajelet – sahar” que significa: “sobre el ciervo matutino”. Todo el salmo es mesiánico y habla de cómo el Señor es el ciervo perseguido por los cazadores a causa de su amor por nosotros. Cantares 2:9 habla de que el Amado es semejante al corzo o al cervatillo, de manera que es una prueba inequívoca del mismo significado. Esta frase es también un tipo de libertad y de lo fácil que puede perderse el momento de intimidad. Los corzos y las ciervas del campo son animales libres. El amor al Señor y del señor no debe ser reprimido ni expresado con mediocridad sin entrega. Mantengamos un romance con Cristo libre de las construcciones humanas (tradiciones, costumbres, mandamientos, etc.). Libre como cierva corriendo en el campo. El Espíritu se mueve libremente, así, no hay manera efectiva de restringir este amor (por supuesto no debemos confundir la libertad con la irresponsabilidad). El Tárgum traduce: “por el Señor de los ejércitos y por la fuerza de la tierra de Israel”, dando con esto también un significado doble: Dios y su pueblo. La septuaginta reza: “por los poderes y fuerzas del campo”, de interpretación similar. EL CARÁCTER DEL AMOR Y LA PROLONGACIÓN DE SU DISFRUTE: “no despertéis ni hagáis velar el amor, hasta que quiera.” Aquí encontramos una sustitución reveladora. Cámbiese amor por amada y véase la línea (recuerda que en el original hebreo el término es neutro e incluso más inclinado a femenino que a masculino): “no despertéis ni hagáis velar a la amada, hasta que quiera.” La última experiencia de la sulamita fue entrar con su Amado a la casa del vino y disfrutar de su amor en sus brazos (versículos 4-6). De manera que ahora descansa en el Señor. Escribió Fray Luis de León al respecto de este pasaje: “en el espíritu mucho ofenden los que, a un alma, herida de amor de Dios y que reposa en sus brazos, la despiertan al desasosiego de esta vida, la cual se entiende en este lugar.” Por su parte, la expresión: “no despertéis ni hagáis velar” también nos habla del kairos del amor. Las experiencias con Dios tienen sus tiempos para manifestarse (Gal. 4:4; Hech. 1:7; Efesios 1:10; Heb. 9:10). Por tanto, el tiempo de amor no debe ser ni antes ni después. Antes de tiempo es intentar producir el amor artificialmente. Esto es lo que significa: “no despertéis.” Y después de tiempo es no responder inmediatamente. Esto es lo que significa: “ni hagáis velar.” LA VOLUNTAD DEL AMOR: “hasta que quiera.” La sulamita puede disfrutar del descanso en el amor del Señor todo el tiempo que desee y las doncellas de Jerusalén no deben entremeterse ni despertarla. Cada experiencia con Dios debe ser disfrutada y aprovechada al máximo, la religiosidad, la costumbre y las opiniones humanas no deben estorbar el romance divino. Existe otra aplicación: los hombres de Dios del pasado tuvieron que vivir esperando sin poder recibir el disfrute del amor que nosotros tenemos hoy (Mat. 13:17; Juan 8:56; Efesios 3:5-6; hebreos 11:13,39-40; 1 Pedro 1:10-12). ¿Cómo entonces nosotros interrumpiríamos el disfrute del Señor? La primera canción inició con el anhelo por los besos del Amado y terminó con la amada descansando en sus brazos y conjurando (ambos) que nadie interrumpa este disfrute. Así también nosotros, comenzamos anhelando tener relación con Cristo, Él nos conquistó y vivimos descansando en su amor. Es el primer canto, la experiencia todavía no es muy espiritual, sino emocional; sin embargo, es experiencia con Cristo, la cual irá creciendo conforme se desarrolla el libro.
— Roberto Tinoco
Cantares 2:8
2.8 Imaginar A Dios cantando sobrepasa mis sentidos y me embarga de tremendas emociones de gozo y fascinación. A partir del Cantar de los Cantares no puedo pensar más en Dios como un Ser solemne sentado en un trono recibiendo en silencio la pleitesía y adoración de los ángeles. Ahora veo a Dios jubiloso y danzando con su amada, la iglesia. Creó al cielo para ser su trono y a la tierra para que fuera su estrado, pero es en su iglesia donde encuentra deleite y reposo. Dios prefiere habitar en su iglesia: “Yahwéh dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo? Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Yahwéh; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Isaías 66:1-2). Él es el Dios enamorado que aún y cuando posea todas las cosas y sustente permanentemente el universo, gusta de correr a su habitación a descansar en los brazos de su amada iglesia. En el primer canto vimos el enamoramiento y la atracción. Conocimos nuestra identidad a partir de conocerle a Él. Experimentamos el amor y aprendimos a amar una vez que fuimos amados. En este segundo canto veremos la constante y mutua búsqueda entre el Amado y la sulamita, Cristo y la iglesia. Es la historia romántica de los siglos. Anhelos, búsquedas y reencuentros. Es la pasión que hizo descender el cielo a la tierra provocando que también la tierra suba al cielo. Tumbaremos montes. Removeremos paredes. Cantaremos como palomas. Defenderemos ardientemente el amor de Cristo y lo buscaremos hasta encontrarlo como nadie jamás lo ha hecho. Nunca lo soltaremos. Todo lo que sea necesario con tal de unirnos a Cristo. De esto trata la segunda canción del cántico de bodas. Antes de empezar, recordemos el bosquejo general del libro del Cantar de los Cantares. Salomón escribió 1005 canciones (1 Reyes 4:32). ¿No te parece extraño tal número? ¿Por qué no se mencionan sólo mil canciones como un número de aproximación e hipérbole tan usado en la cultura bíblica judía? Es muy posible que la referencia a esas cinco canciones después de mil se refiera a los cinco cantos que componen el Cantar de los Cantares. ¿Cómo sabemos que Cantares de compone de cinco cantos? Porque cada uno de ellos termina con un conjuro, a excepción del último que no lo requiere por ser el final del libro. Primera canción: el enamoramiento mutuo (1:1-2:7). Segunda canción: la mutua búsqueda del amor (2:8-3:5) Correspondiente a este tomo. Tercera canción: el Amado corteja a la amada (3:6-5:8). Cuarta canción: la comunión de los amantes (5:9-8:4). Quinta canción: el clímax del amor (8:5-8:14). La cuarta canción es la más larga por ser precisamente el centro de la comunión. “¡La voz de mi Amado! (2:8). “Mis ovejas oyen mi voz y me siguen”, dijo el Buen Pastor (Juan 10). La esposa reconoce la voz de su Esposo precisamente porque es su Amado. Los oídos de su corazón han sido modulados por Él en la intimidad. Cuando hay amor no existe voz más hermosa que la de la persona amada, sin importar el timbre o la afinación de la misma. ¡Cuánto más la voz de Cristo! Puede ser un silbo apacible y delicado. Puede ser truenos sobre el monte. Puede ser como estruendo de muchas aguas. El que inventó la música, ¿cómo hablará? Sin embargo, Su voz es dulce y musical sólo para quienes le aman. Israel no pudo soportar oír al Señor en el monte, mientras que Juan pudo decir que era “una voz del cielo como estruendo de muchas aguas y como la voz de un gran trueno. Y la voz que escuché era como de arpistas cuando tocaban sus arpas”; “…su voz como trompeta… caí como muerto a sus pies”. Tenemos además lo que dice la voz del Señor. Muchos tienen bonita voz, pero no saben que decir, son como una trompeta en manos de un niño. Más Cristo, ¡que hermoso habla y qué maravilloso lo que habla! En los días de su carne amigos y enemigos dijeron: “Nadie ha hablado como este hombre.” “Habla como quien tiene autoridad.” “¿A quién iremos? Tu tienes palabras de vida eterna.” “Mirad: el mundo se va tras Él.” El que inventó el amor, ¿cómo enamorará? Con frecuencia las palabras de los hombres son vanas y no tienen más fuerza que el aliento exhalado; a lo más, producimos paz o guerra, amor u odio, vida o muerte. Pero sólo es una respuesta de lo que ya existe en el corazón. Más cuando Cristo habla las cosas son diferentes. Mencionemos por lo menos tres manifestaciones de su voz: En la creación; “dijo Dios: sea y fue”. En las Escrituras; la Biblia es la Palabra de Dios. En la encarnación; Jesús es el Verbo, la Palabra encarnada. Con razón decían los necesitados: “sólo di la Palabra”. Su voz es suficiente. Su Palabra crea: “todas las cosas por Él fueron hechas.” Cuando habla trae sanidad: “di la Palabra y mi siervo sanará.” Cuando habla hay vida: “las palabras que Yo os hablo son Espíritu y son vida.” Habló y enmudeció al viento y al mar. Habló y muertos y paralíticos se levantaron. Habló y los abatidos fueron consolados con esperanza. Cuando Jesús habla… “calle delante de Él toda la tierra.” Un día los muertos oirán su voz y se levantarán incorruptibles, semejantes a Él, gloriosos. ¡Tal es la voz de mi Amado! EL AMADO VINIENDO: “He aquí Él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados. Mi Amado es semejante al corzo, o al cervatillo” (2:8b-9a). HE AQUÍ ÉL VIENE. Es una realidad: viene. Es un hecho: está viniendo. Es un deseo: Él es quien viene. No es una utopía ni un cuento de hadas. En verdad Cristo está saliendo al encuentro de su iglesia. Tampoco es la espera fallida de una tragedia teatral griega. El Amado ya está en camino. Y maravillosamente nuestra esperanza es mucho más que el cielo y las coronas celestes. Nuestro anhelo es Cristo. Nuestra herencia y porción es Él. No nos ha enviado una misiva de ángeles, Él es quien viene personalmente. Si el cielo mismo no tuviera su Persona, en infierno se convertiría. ¿Me pregunto cuán terrible debió haber sido el cielo mientras el Hijo de Dios estuvo en la tierra? ¡Con cuánto anhelo lo esperaba el Padre! ¡Con cuánta urgencia lo ascendió el Espíritu! Si oímos su voz es que ya está cerca. En la parábola de las diez vírgenes primero se escuchó el rumor del Esposo que venía antes de que llegara. CÓMO VIENE: “saltando sobre los montes, brincando sobre los collados.” Rápido, pero sin prisa. “Aún un poquito y el que ha de venir vendrá”. Es paciente para con nosotros… Nada puede detenerlo. Su amor es imparable. Ni las alturas: “saltando sobre los montes.” Ni los descensos: “brincando sobre los collados.” Los montes son los lugares altos. El poder, la fuerza y la autoridad. El éxito, la fama y los momentos que los hombres catalogan buenos. Hay quienes se olvidan de amar cuando obtienen estas cosas; más no así el Amado de la iglesia. Dios se manifestó frecuentemente en montes, pero nunca quiso que el hombre se quedara en ellos. Ni en el Sinaí con la ley escrita; ni en el monte de la transfiguración con las enramadas. Al Amado le gusta el lecho y el campo de flores con su pueblo. Los collados son los lugares bajos. Los descensos emocionales y espirituales. Los malos momentos. Hay quienes no pueden amar cuando viene la escasez, la enfermedad o la “mala racha”. El mundo dice que cuando el hambre entra por la perta, el amor escapa por la ventana. Posiblemente a los hombres comunes les pase esto, pero no hemos aprendido así de Cristo. Dios nos amó en el pesebre. Dios nos amó en el Getsemaní. Dios nos amó en el Calvario. Pablo escribió: “se vivir en la abundancia y se vivir en la escasez”. Esa es la vida que responde al amor de Dios; eso es saltar los montes y brincar los collados.
— Roberto Tinoco
Cantares 2:9
2.9 El corzo es símbolo de gracia Y Jesús es lleno de gracia y de verdad. Un cervatillo es ágil, ligero, alegre y lleno de vida. Cristo es la vida que se nos manifestó. Su vida y la frescura de su gracia brincarán cualquier obstáculo y sortearán todo abismo para llegar a su Amada. Sin embargo, la mejor interpretación es dada por el hermano Nee cuando dice: “el único pasaje donde el Señor es asociado con un cervatillo es el epígrafe del salmo 22, donde aparece “el cervatillo del alba” o “el cervatillo de la mañana”. Todos los eruditos bíblicos concuerdan en que ésta es la mañana del primer día de la semana cuando Cristo resucitó. El alba es el comienzo del día, mientras que la resurrección es el comienzo de un día nuevo. Es el punto de partida de la vida espiritual…” De manera que el Amado viene hacia la iglesia en el poder de la resurrección. El ha brincado toda clase de muerte para amarnos. La delicia de su amor es mucho más que el amor romántico. Su amor es sobrenatural y ha superado toda clase de pruebas. ¿Podemos acaso negarnos a Él? NUESTRA PARED: “Helo aquí, está tras nuestra pared”. El Amado saltó los montes, brincó los collados y vino a nosotros lleno de gracia en el poder de la resurrección; sin embargo, no tumbará ni escalará nuestra pared. Aún y cuando la creación entera no pueda impedirle amarnos, nuestra indiferencia si le detendrá de unirse a nosotros. Para la satisfacción del amor se necesitan dos amantes. Las paredes son iguales en que cumplen la misma función: separar. Pero tienen diferentes tapices. Hay paredes de religiosidad, de egoísmo, de orgullo, de pecado, de incredulidad, etc., etc. Con todo, el Amado no se detiene a analizar qué clase de pared le impide el encuentro con su Amada. A Él no le importa la pared. Él busca a la iglesia. Notemos cómo la sulamita dice “nuestra pared”. Increíblemente no dice “mi”, sino “nuestra pared”. No es muy consciente de la gravedad de su situación y de lo que le separa del Amado. Esto muestra por lo menos dos verdades: La primera de ellas es que se trata de la casa de ambos. ¿Será posible que lo que Dios ha hecho para bendecir al hombre y habitar con él se transforme en un obstáculo para la comunión? Recordemos a Adán escondiéndose de Dios entre los árboles del huerto. Cuando Dios creó los árboles dijo que eran buenos; ahora Adán usaba las cosas buenas para esconderse. Hay quienes han sustituido la relación con Dios con su ministerio, la familia o con las buenas obras, e incluso con la iglesia. La segunda es que las paredes de una casa se levantan para proteger y encerrar o delimitar; de manera que una actitud posesiva y religiosa con respecto al mover del Espíritu divide a los amantes. Intentar monopolizar el amor y Espíritu de Dios es una terrible pared. “Mirando por las ventanas, atisbando por las celosías”. Ante nuestra pared, el Amado encuentra ventanas y celosías. Tal es su amor. En ocasiones nuestras paredes nos hacen sentirle distante, pero el Amado no se ha ido; a lo más está detrás de la pared. Está tras de la pared, pero mira por las ventanas y celosías. Busca al menos posar sus ojos en su amada. Él siempre encontrará ventanas de relación para asomarse. Hubo un tiempo cuando parecía que no había manera en la que Dios pudiera reunirnos con Él, nuestra pared fue dura en extremo; pero tres clavos y una corona de espinas fueron suficientes para traspasarla ¡Aleluya! Su amor no ha cambiado. Si siendo enemigos Cristo murió por nosotros, ¡cuánto más ahora nos mostrará su amor! Por muy difícil que parezca la circunstancia y por lóbregos que sean los problemas, siempre habrá alguna ventanita por donde entre la Luz. Las ventanas y celosías nos muestran el gran deseo del Señor de entrar a la comunión con nosotros. También nos enseñan acerca de la provisión de la gracia de Dios para mantener un vínculo de amor con nosotros. Quisiera ser capaz de imaginarme cómo nos mira el Amado a través de las ventanas y de las celosías. No me lo imagino con una mirada que ruega; tampoco pienso en sus ojos airados; y para nada creo que sean indiferentes. Me parece ver sus ojos ardiendo en la pasión del amor y suaves con la ternura del Cordero. Son los ojos del amante perfecto. No hay lascivia ni posesión egoísta; pero si tienen deseo, placer y complacencia. Es fácil complacer a quien mira de esa forma.
— Roberto Tinoco
Cantares 2:10
2.10 “Mi Amado habló”. No gritó y tampoco guardó silencio. Su amor le impidió callar, pero el completo dominio de sus emociones evitó asustarnos gritando. Si le hemos escuchado es porque quiso hablarnos; pero más aún, es porque desea que nos reunamos con Él. ¿Quién llamaría para luego huir o desaparecer? Esto lo hacen los chiquillos que juegan bromas por teléfono, pero no los amantes. Nos ha hablado, pero necesitamos verlo. ¿Qué amante se conforma sólo con llamadas telefónicas? Yo no me conformaría con recibir todas sus bendiciones y que me fuesen quitados todos los males eternamente pero que nunca pudiera verle. ¡No! ¡Me niego a conformarme! Yo lo quiero a Él. Gustoso cambiaría sus regalos y protecciones por su Persona. LO QUE EL AMADO DIJO: “…y me dijo: Levántate, oh amiga mía, hermosa mía…” La creación es testimonio permanente de su voz. El Amado habló. Sin embargo, esta vez no habló para que las cosas llegaran a ser; esta vez habló para que nuestro amor llegara a ser. La nueva creación es mucho mejor que la anterior. No reprendió enojado. No le llamó enemiga. No le echó en cara su indiferencia ni su pared. ¡La llamó “mía” y la elogió! Le insta a levantarse. La posición de la iglesia es de pie. Fuimos diseñados para los cielos. Nuestro lugar está en las alturas. Arrastrarnos no es nuestro destino. Maravillosamente une las palabras “levántate” con “amiga mía”. No se puede vivir erguido sino con la amistad de Cristo. El Amado llama a la iglesia “amiga mía” ya que la relación de dichos creyentes ya no es la de siervos, sino la de amigos. Ahora cuentan con los secretos de su Señor. Enseguida la define: “hermosa mía”. Tal es la iglesia, hermosa y de Cristo. Doblemente suya. Doblemente embellecida con la hermosura del Señor. He escuchado toda clase de opiniones acerca de la iglesia y he visto como muchos se refieren al trigo como a cizaña, y al trigo cual levadura. No entienden el misterio de reino de los cielos. Sin embargo, Cristo, con ojos claros y perfectos sabe mirar la verdadera identidad de la iglesia novia: “hermosa mía”. Quiera Dios ayudarnos a no confundir la condición con la posición de la iglesia. El Amado llama a la iglesia “hermosa” porque también puede llamarla “mía”. Todo aquello que se entrega a Él es embellecido por Él. No hay hermosura aparte del Señor. Toda gracia nace en Él y es para Él. Asimismo, es imposible darse genuinamente a Cristo y continuar ennegrecido por el mal. EL LLAMADO: “…y ven”. Finalmente, lo que es de Cristo ha de ir a Cristo. Fuimos hechos para reunirnos con Dios. El propósito eterno de nuestra existencia es amarle en eterna reunión. “Ven” es el resumen de la gracia y la definición del corazón de Dios. “Ven” es el cúmulo de promesas y la puerta de las bendiciones celestes. “Ven” es la invitación del Trono y la firma de todo pacto divino. “Ven” es la primera palabra del Cordero y la última de su Esposa (Ap. 22:20). “Ven” es una orden no un ruego. Es la oportunidad no una opción.
— Roberto Tinoco
Cantares 2:11
2.11 “Porque” –dice el Amado. ¿Acaso se necesita una explicación de su llamado? ¡Cuánta ternura y consideración tiene para con nosotros! Su llamado tiene una base en el pasado, en el presente y en el futuro. Veamos: Un llamado basado en el pasado: “ha pasado el invierno, se ha mudado, la lluvia se fue”. El invierno es símbolo de muerte y de frialdad espiritual. Ha quedado atrás el tiempo en el que no experimentábamos su amor. La historia de los sufrimientos, los pesares del mundo y la infertilidad son sólo eso, historia. El invierno no solo ha pasado, sino que se ha mudado. Ha cambiado su lugar de residencia y no tiene nada más que ver con nosotros. La lluvia también se ha ido. No es la lluvia de primavera ni la lluvia tardía que madura los frutos. El pasaje se refiere a la lluvia de invierno. La lluvia que deja una capa de hielo después de caer. Son las experiencias que intentan arrebatar la pasión y enfriar la fe. Si bien no lo logran, son tiempos difíciles para el alma. Hasta esto fue usado para que diéramos fruto.
— Roberto Tinoco
Cantares 2:12
2.12 Las flores son símbolo de resurrección. Todo estuvo como muerto en el invierno, pero luego surgen de nuevo las flores en la primavera. Representan la vida que sobrevive a la muerte, la vida de resurrección. La vida imparable y sobrenatural. Ha llegado el tiempo en el que las flores se muestran en la tierra; cada vez son levantados más creyentes vencedores llenos de luz y de vida. La iglesia se está ataviando de gloria. Como nunca en la historia están surgiendo personas dotadas de unción, de amor y de pasión por Cristo. Es verdad, son tiempos peligrosos donde proliferan los falsos profetas, pero también la línea de separación se está volviendo más firme y los santos genuinos están manifestándose. No puedo detenerme a mirar los espinos, quiero ser una de esas flores vigorosas que adornan el reino de Dios en la tierra. La canción representa el gozo y la alabanza. “El tiempo de la canción ha venido” significa que ya no es tiempo de llorar ni de quejarse. Las críticas deben acabarse. La conmiseración debe ser cosa del pasado. El pueblo sacado de Egipto fue quejumbroso mientras estuvo en el desierto; pero debe transformarse en un ejército al entrar a la tierra de herencia. Si el Amado invita a su novia a venir, no lo hace para que venga llorando, sino cantando. Ninguno ha de presentarse delante de Él con un espíritu triste. En su Presencia hay plenitud de gozo, delicias a su diestra para siempre. Los redimidos tenemos un cántico nuevo. Por su parte, “la voz de la tórtola” habla del mover del Espíritu. Ya se oye la voz del Espíritu Santo en sueños, visiones y profecías; y también en maravillosas palabras reveladas de las Escrituras. El Espíritu santo está hablando. Quien tiene oídos para oír le oye. Ahora, ¿dónde está hablando? El versículo dice: “en nuestro país se ha oído”. Anhelo la voz del Espíritu en cada país del mundo; sin embargo, me parece que la interpretación más correcta es con relación al reino de Dios. Somos ciudadanos celestiales. Pertenecemos a Sion. El Amado dice: “en nuestro país”; es decir, en nuestro reino, el reino de los cielos (esparcido en todo lugar). La voz del Espíritu se está escuchando en todo el mundo, pero siempre a través de su reino. Si queremos oírlo tenemos que conducirnos dentro del reino; es decir, conforme a sus reglas (descritas en Mateo 5-7).
— Roberto Tinoco
Cantares 2:13
2.13 La higuera es el único árbol (aparte del árbol de la vida y del de la ciencia del bien y del mal) que se menciona por nombre en el Edén (Gen. 3:7). Es en las Escrituras un símbolo de abundancia, bendición y paz del pueblo de Dios, lo mismo que la vid. Esto es especialmente cierto toda vez que la higuera y la vid se mencionan juntas en el mismo versículo (léase: Dt. 8:8; 1 R. 4:25; 2 R. 18:31; Joel 2:22; Miq. 4:4; Hab. 3:17; Hageo 2:19; Zac. 3:10). Tanto la higuera como la vid son el pueblo de Dios en su naturaleza productiva. Israel fue la higuera que recibió maldición por su esterilidad (Mat. 21:19). Más Cantares habla de la higuera dando frutos y las vides en cierne olor; es símbolo del pueblo de Dios fecundo y productivo con olor de vida. La iglesia perfeccionada. El Amado llama a la sulamita en tiempo de frutos. “Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven”. Ya lo habíamos explicado con anterioridad. Bástenos añadir que la vida se atare a sí misma. Cristo se da en halagos a su iglesia. No son sólo palabras; es profecía creativa. Lo que sale de la boca del Novio habrán luego de mirar sus ojos. Él Está ataviando y perfeccionando a su iglesia-esposa con su Palabra (Efesios 5:25-27).
— Roberto Tinoco
Cantares 2:14
2.14 Quien no ha jugado a las escondidas cuando niño. Ese juego que parece universal y que tiene como único fin el encontrarse unos a otros. El gozo está en el encuentro, no en la búsqueda. En Cantares el Amado y la sulamita se buscan mutuamente una y otra vez. Ella estaba detrás de la pared cuando el Señor vino a visitarla. Él se asomó por las ventanas procurando verla e invitándole a abrirle. En el versículo que aquí nos atañe le habla amorosamente pidiéndole nuevamente que se asome para ver su rostro y escuchar su voz. Todo estudiante bíblico sabe que el Espíritu Santo es simbolizado en las Escrituras por la paloma. Esa fue la forma con la que descendió sobre Jesús en mateo 3:16. También, la paloma es una figura retórica que describe el carácter cristiano conforme al fruto del Espíritu: “sed pues, …sencillos como palomas” (Mateo 10:16). Es la iglesia conforme la vida del Espíritu. El Amado llama paloma a la iglesia. Ve en ella la naturaleza y el carácter del Espíritu santo. Dios nos ha hecho copartícipes de la naturaleza divina (2 P. 1:4). Una traducción más exacta del salmo 68:13 dice: “aunque os recostabais entre los rediles, las alas de la paloma se cubrieron de plata, y sus plumas con la amarillez del oro”. Tenemos que aprender a amar a la iglesia para mirarla como el Esposo la mira. Que lleguemos a expresar: “¿Quiénes son éstos que vuelan como nubes, y como palomas a sus ventanas?” (Isa. 60:8). El Amado reconoce como suya a la iglesia que ve como paloma. La pertenencia produce fidelidad y sacrificio; estamos dispuestos a morir por lo que consideramos propio. Podemos leer en el periódico la noticia de un niño que murió y decimos: “lástima”. Pero si ese niño es hijo propio entonces habrá gran llanto y dolor. Si aprendemos a mirar a la iglesia por la fe con los atributos del Espíritu, entonces también la llamaremos “mía” y estaremos dispuestos a todo por ella. Cristo la llamó “mi iglesia” (Mateo 16:18), por lo que también se entregó por ella (Efes. 5:25). LA HABITACIÓN DE LA PALOMA: “…que estás en los agujeros de la peña”. Está hablando en tiempo presente. Es el estado de la iglesia en ese momento, la condición actual. La peña es Cristo: “…será aquel varón como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa” (Isa. 32:2) (lea sal. 18:2; 62:2,7; Dt. 32:31; 1 P. 2:4-6; Isa. 28:16; Dn. 2:34-35; Zac. 3:9; Mt. 21:42; Hch. 4:11; 1 Cor. 10:4). Los agujeros de la Peña son las heridas de Cristo. Sus manos horadadas. “He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida; delante de mí están siempre tus muros” (Isa. 49:16). Moisés se escondió en la hendidura de la Peña para ver la gloria de Dios (Ex. 33:22). Nosotros nos escondemos en las heridas de Cristo con el mismo fin: ver su gloria y disfrutar todo su bien delante de nosotros. Tal es la protección de la iglesia: “…fuerte es su habitación y pone en la Peña su nido” (Núm. 24:21). “Ella habita y mora en la peña, en la cumbre del peñasco y de la roca” (Job 39:28). “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca” (Mat. 7:24-25). “…en lo escondido de escarpados parajes…” Hemos visto que somos la especie más segura del universo. Cristo es nuestra Roca. Sin embargo, la iglesia paloma suele vivir escondiéndose; en Cristo, sí, pero escondiéndose. Cuando el profeta Jeremías amonestaba al pueblo por su rebelión y les anunciaba el inminente juicio que venía sobre ellos de destrucción, les decía: “Abandonad las ciudades y habitad en peñascos, oh moradores de Moab, y sed como la paloma que hace nido en la boca de la caverna” (Jer. 48:28). Este es un mensaje de huida similar a las palabras de Ezequiel: “Y los que escapen de ellos huirán y estarán sobre los montes como palomas de los valles, gimiendo todos, cada uno por su iniquidad” (Eze. 7:16). También, quien vive escondiéndose manifiesta su culpabilidad. Con frecuencia el habitar acuartelado produce soberbia a quien se negó a arrepentirse. Como dijera el profeta Abdías: “La soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que moras en las hendiduras de las peñas, en tu altísima morada; que dices en tu corazón: ¿Quién me derribará a tierra?” (Abdías 1:3). De manera que, aunque es maravilloso haber venido a Cristo como a un refugio, no es normal continuar como prófugos permanentemente. No me malentiendas, Cristo será siempre nuestro refugio y siempre podemos escapar hacia Él; pero no debe ser esta la única razón para que permanezcamos en Él. Debemos avanzar hacia el romance divino. ¿Qué quiero decir con romance divino? Hablo de crecer en intimidad y de subir en altura espiritual. Los escarpados parajes son las alturas de las montañas. Tales lugares son hermosos, pero difíciles de alcanzar para el hombre natural. Son los lugares de ascenso espiritual. Es entrar al secreto de Yahwéh. Las alturas del Espíritu. “¿Quiénes son éstos que vuelan como nubes, y como palomas a sus ventanas?” (Isa. 60:8). Subiendo en intimidad no se requiere ni siquiera buscar protección. Nuestras batallas son sus batallas. Una vez leí la historia de un aviador quien, en pleno vuelo, escuchó un ruido en la parte posterior de su avioneta. Volteo y descubrió a una rata royendo unos cables. El piloto supo que la situación era seria. Dichos cables eran cruciales y si se dañaban se estrellaría. Asimismo, no podía soltar los controles y perseguir al animal. En principio, porque no lo atraparía de esa forma; y, en segundo lugar, porque carecía de piloto automático. De manera que si actuaba se precipitaría y si no se movía tendría el mismo resultado. ¿Qué hacer? El hombre, conocedor de la naturaleza de tales animales, comenzó a ascender más y más, hasta que la rata cayó muerta no pudiendo soportar la presión de la altura que un humano todavía resiste. Así también sucede con la vida espiritual. En lugar de perseguir los pecados o de esconderse de las adversidades, hay que subir de nivel espiritual creciendo en comunión con Dios. Esto es suficiente para destruir todas las ratas que amenacen nuestra vida. Existe una diferencia entre los agujeros de la peña y lo escondido de escarpados parajes. Los agujeros de la peña simbolizan la sangre de Cristo; mientras que lo escondido de los escarpados parajes representan las alturas del Espíritu. No se puede avanzar al segundo sin el primero; pero tampoco es la voluntad de Dios experimentar lo primero sin avanzar a lo segundo. Requerimos entrar en Cristo y subir en el Espíritu. No se puede subir sin entrar y no se debe entrar sin luego subir. El Señor no ordena a la sulamita que deje la Peña y tampoco que quite su nido de escarpados parajes; al contrario, el anhelo del Señor es que entre aún más en Cristo y ascienda más en el Espíritu. Pero el asunto es que el Amado no solo desea que nos escondamos en Él, sino que además lo disfrutemos. No venimos a Él sólo por protección, sino por la pasión del amor. No solo por los beneficios de la Peña, sino por la Peña. Que subamos en el Espíritu para encontrarnos con Él y habitar en Él y no solo para que el mundo no nos alcance. LA APARIENCIA DE LA PALOMA: Miremos el anhelo del Amado. Él dice: “muéstrame tu rostro”. Busca el rostro de su Amada debido a esa costumbre humana de esconderse o fingir, aún delante de Dios. Adán y Eva se escondieron tras los árboles (Gen. 3:8). Moisés tuvo miedo de mirar a Dios (Ex. 3:6). Dios desea que su iglesia se muestre ante Él. El Señor ama lo genuino. El Amado no se conforma con fotografías, ni recuerdos, ni descripciones de terceros. Él anhela el rostro de su Amada. Nos quiere cara a cara. Sin vergüenza alguna. Cuando el hombre se siente indigno oculta el rostro (Esdras 9:5-6). Pero Él nos quiere ver más y más cerca cada vez. Cara a cara. Anhela nuestra voz: “hazme oír tu voz”. Esto tiene dos sentidos. El primero de ellos es que disfruta nuestra voz. Y el segundo, es que nos reta a que le provoquemos a escucharnos. Es un juego de amor. Una manera de enseñarnos a no hablar con ligereza ni indolencia, sino con pasión y entendimiento. A hablar de tal manera que el cielo enmudezca y los divinos oídos se inclinen hacia nosotros. Conozcamos la voz de la paloma. “Dulce es la voz tuya”. Dulce a la voz del Amado. Alguien dijo que la adoración no es lo que sale de nuestras bocas, sino lo que entra a Sus oídos. Es un misterio: a Dios le gusta nuestra voz. Especialmente cuando se trata de la voz de la iglesia, es decir, corporativa. La voz de la iglesia es dulce porque alaba al Novio. Recuerda que los versículos anteriores la sulamita elogio a su Amado (versículos 8-9). ¿Qué es lo que hablamos? ¿Cuál es la motivación de nuestras palabras? ¿Cómo es nuestra voz? ¿A quién la dirigimos? ¿Qué hablamos del Señor y qué le hablamos a Él? Miremos el aspecto de la paloma: “…hermoso tu aspecto”. Eso es lo que somos. Primero nos pidió que le mostráramos el rostro. Él sabe que, mirándolo a Él, como Moisés, brillaremos con su gloria (Ex. 34:33-35). viéndolo somos transformados en Él (2 Cor. 3:18). Todo aquello que puede ver a Dios se imanta con su hermosura. Quien le muestra su rostro a Dios y le dirige a Él su voz, tendrá una dulce voz y un hermoso aspecto eterno.
— Roberto Tinoco
Cantares 2:15
2.15 Este es un mensaje para aquellos cuyas vidas, en las cuestiones escandalosas, ya fueron santificadas, pero que aún deben ser perfeccionadas en “las pequeñas cosas”. Pequeñas cosas que con frecuencia ni siquiera son relativas al pecado moral. Las zorras, en su significado literal y contextual son animalitos que destruían la propiedad del Amado y de la sulamita haciendo madrigueras en su viña. Del mismo modo, pero en su significado escritural, las zorras hacían un terrible daño. La palabra hebrea usada para zorras es shual, literalmente se traduce: “cosas que hacen huecos para madrigueras.” Shual viene de shóal, que significa “perforar, hacer un hueco.” De manera que las zorras son hacedores de huecos, hoyos. Un hueco es un vacío producido después de haber sacado el contenido (incluyendo las raíces de toda planta). En lo espiritual, son los deseos, anhelos indebidos, codicias, tentaciones o circunstancias que provocan falsas necesidades a partir de arrancar las raíces de la fe y el contenido de vida interior. La quiebra de un negocio en donde se puso excesiva expectativa; una boda no consumada; viudez; afrentas; etc. Son esta clase de pequeñas cosas que le producen vacíos al corazón. En ese hueco puede anidarse o hacer su madriguera el mal y de esta manera destruir los frutos del reino, la viña en cierne (recuerde el versículo 13). Dios ha puesto eternidad en el corazón del hombre, anhelos infinitos que sólo Dios puede llenar. Por ello, cuando el corazón se obstina por cualquier otra cosa, ese algo, es vanidad (Ecl. 3:11). EL PELIGRO DE PEQUEÑOS HACEDORES DE VACÍOS: Un creyente no se aparta de la fe de la noche a la mañana de la fe, sino que primero hubo un pequeño vacío en su corazón; un hueco no satisfecho tal como rencor, envidia, codicia, amargura, celos, pecados ocultos, un pensamiento, una frustración, un sentimiento… y fue complaciente con ese vacío. Hay muchas clases de zorras, he aquí algunas: LA ZORRA DEL MENOSPRECIO. La Biblia cuenta la historia de Nehemías. Un copero transformado en gobernador y reconstructor de Jerusalén. El trabajo de Nehemías no fue nada fácil. Tuvo enemigos. Uno de estos, llamado Tobías amonita amenazó a Nehemías y al resto de los judíos burlándose de la edificación de los muros de la ciudad y teniéndola en poco: “…lo que ellos edifican del muro de piedra, si subiere una zorra lo derribará” -les decía (Neh. 4:3). El menosprecio y la intimidación son una zorra que intenta producir vacío de valor al creyente. Notemos cómo el adversario dirige su atención primero a los muros de la ciudad. Si logra minar las defensas tomará por asalto la ciudad. Muchos creyentes pierden su vida espiritual por escuchar el menosprecio de sus opositores. La estrategia de esta clase de zorras es menospreciar a las “piedras vivas” y su unidad entre sí para que no puedan permanecer como un muro en derredor de la iglesia. El menosprecio, la crítica y la burla de la edificación de Dios es una zorra enviada a derribar muros. Produce falta de fe, vergüenza y temor. LA ZORRA DE LA INDULGENCIA: El pueblo de Israel fue indulgente consigo mismo permitiendo pecados que consideraban pequeños o no muy graves. Esto trajo finalmente asolamiento a Sion, el reino: “cayó la corona de nuestra cabeza; ¡Ay ahora de nosotros! Porque pecamos. Por eso fue entristecido nuestro corazón, por eso se entenebrecieron nuestros ojos, por el monte de Sion que está asolado; zorras andan por él” (Lam. 5:16-18). Sion es símbolo del pueblo de Dios como su reino. El pecado abre la puerta a las zorras que traen asolamiento. Permitirse “pequeños” pecados retrasa la edificación del reino y puede detenerla totalmente en la vida del creyente. Una sola célula de cáncer es suficiente para crecer, multiplicarse y matar a un hombre. LA ZORRA DEL ERROR: Las expectativas formadas a partir de falsas enseñanzas también producen vacíos en el corazón de los creyentes: “Como zorras en los desiertos fueron tus profetas, oh Israel. No habéis subido a las brechas, ni habéis edificado un muro alrededor de la casa de Israel, para que resista firme en la batalla en el día de Yahwéh” (Ez. 13:4-5). Los mensajes homocéntricos diseñados a complacer los gustos de los hombres. Mensajes de vanidades que alientan las ambiciones carnales. Las doctrinas dedicadas a hacer sentir bien a los creyentes y darles una falsa seguridad. Toda esta clase de palabrería suele ser como paredes de cartón que terminan cayendo, trayendo la ruina a quienes en ellas confiaron. Continúa diciéndole profeta Ezequiel: “Sí, por cuanto engañaron a mi pueblo, diciendo: Paz, no habiendo paz; y uno edificaba la pared, y he aquí que los otros la recubrían con lodo suelto, di a los recubridores con lodo suelto, que caerá; vendrá lluvia torrencial, y enviaré piedras de granizo que la hagan caer, y viento tempestuoso la romperá” (versículos 10-11). LA ZORRA DEL EMOCIONALISMO VACÍO: Cuando el hombre intenta comprometerse basado sólo en la emoción del momento, emocionado por un mensaje, pero sin haberlo entendido en realidad; suele quedar con un gran vacío ante la frustración de cómo pudo haber llegado a servir al Señor, sin conseguirlo. Miremos un ejemplo: “Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré adondequiera que vayas. Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Luc. 9:57-58). Esto es mucho más que considerar el costo del discipulado. Es fidelidad y compromiso con entendimiento. Jesús agregó: “ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (vr. 62). Es maravilloso apasionarse, pero entendiendo el costo. Es bueno emocionarse, pero además del corazón, con el entendimiento. El corazón debe arder, pero la mente mantenerse fría. Las zorras tienen guaridas. No se puede seguir al Señor manteniendo deseos o anhelos ocultos. Aquel hombre quería seguir a Jesús como un discípulo, pero albergaba expectativas de conveniencia y beneficio personal. LA ZORRA DE LA INTIMIDACIÓN: Una de las estrategias más comunes del enemigo es atemorizar al creyente para intimidarle y así impedir el fluir de los dones: “…llegaron unos fariseos diciéndole: “sal y vete de aquí, porque Herodes te quiere matar. Y les dijo: Id, y decid a aquella zorra: he aquí, hecho fuera demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día termino mi obra” (Luc. 13:31-32). Dichos fariseos intentaron intimidar al Señor a fin de detener su obra. La intimidación tiene como propósito impedir el uso de los dones y el ministerio (2 Tim. 1:6-7). Pero Jesús entendió la intención de esta clase de zorras, así que se libró de ellas enfrentándolas. Las zorras de la intimidación se ahuyentan con la confrontación. Cuando di mi primera predicación, un hombre experimentado en el oficio me dijo: “joven, dedícate a otra cosa. Predicar no es lo tuyo”. Yo estaba destrozado. Después de eso, cada vez que tenía que predicar y él estaba presente, olvidaba todo el mensaje, la unción no fluía y era un manojo de nervios. Orar no me libró de esto. Tuve que sobreponerme y enfrentarlo para ser libre. EL REINO A DEFENDER: “Cazadnos las zorras …que echan a perder las viñas; porque nuestras viñas están en cierne.” Las viñas primero dan fruto y luego florecen. De manera que las viñas en cierne simbolizan la vida cristiana fructífera y en resurrección. El Señor nos ha puesto para que llevemos fruto y nuestro fruto permanezca (Jn. 15). Sin embargo, las pequeñas zorras, los hacedores de vacíos, roban las raíces y comen el fruto del creyente. De allí viene la orden del Amado: “cazadnos las zorras”. La orden no es preventiva solamente, sino ofensiva. Implica que de hecho existen zorras entre los creyentes, pequeñas cosas que producen vacíos. La orden se dirige a alguien más aparte del Amado y la sulamita: “cazadnos”. Está dirigida a los creyentes individuales que estés dispuestos a ser vencedores a favor de la iglesia novia. En el libro de los Jueces tenemos un ejemplo, el ejemplo de Sansón como cazador: “Y fue Sansón y cazó trescientas zorras, y tomó teas, y juntó cola con cola, y puso una tea entre cada dos colas. Después, encendiendo las teas, soltó las zorras en los sembrados de los filisteos, y quemó las mieses amontonadas y en pie, viñas y olivares” (Jueces 15:4-5). El secreto para deshacerse de las pequeñas zorras es, además de cazarlas (enfrentarlas), poner fuego entre ellas. El amor y la pasión de una fe encendida por Cristo llenan todo vacío. En un día puede quemarse lo que el enemigo ha venido sembrando por años. Gedeón es otro ejemplo similar: “Y repartiendo los trescientos hombres en tres escuadrones, dio a todos ellos trompetas en sus manos, y cántaros vacíos con teas ardiendo dentro de los cántaros” (Jueces 7:16). Aquí vemos nuevamente ponérsele fuego “a trescientas zorras”. Los cántaros son los creyentes, recuerde que somos vasijas de barro. Hay que llenar los cántaros vacíos con teas ardiendo. La pasión racional por Cristo es suficiente para satisfacer todo vacío. El principio funciona exactamente igual a la inversa: si produces un vacío, entonces apagarás el fuego. Esa es la obra de las zorras pequeñas. Concluiré alertando acerca del peligro de las pequeñas cosas: “Un poco de levadura leuda toda la masa” (1 Cor. 5:6). “Una mosca muerta hace heder el fino perfume del perfumista” (Ecl. 10:1). “Un poco de necedad destruye la sabiduría y la honra” (Ecl. 10:1). “Cuán grande bosque enciende un pequeño fuego” (Stg. 3:5). Me parece que fue Samuel Robin quien dijo: “por un clavo se perdió una herradura. Por una herradura se perdió un caballo. Por un caballo se perdió un mensaje. Por un mensaje se perdió una batalla. Por una batalla se perdió una guerra. Y por una guerra se perdió una nación. Todo por un clavo.”
— Roberto Tinoco
Cantares 2:16
2.16-17 Cristo nos amó a nosotros primero, después nosotros comenzamos a amarle a Él en respuesta a su amor. Esa es la premisa del apóstol Juan en su primera carta. A medida que conocemos al Señor nuestro amor por Él va creciendo. Por ejemplo, primero fue nuestro Salvador, después nuestro Amado Salvador y por último el Amado para quien vivimos. Como escribiese Teresa de Ávila: “Esta divina prisión del amor en que yo vivo, ha hecho a Dios mi cautivo, y libre mi corazón. Y causa en mí tal pasión ver a Dios mi prisionero que muero porque no muero.” EL AMOR INMADURO ENFOCADO EN UNO MISMO: “Mi Amado es mío” –dice la sulamita. Se oye maravilloso, pero aún es un amor inmaduro por cuanto está centrado en ella y no en su Amado. Es el creyente cuya hambre de Dios llega sólo hasta buscar satisfacerse en Él: “Dios, quiero más de ti.” A diferencia del amor maduro que dice: “Dios, te doy todo de mí.” Esta fue mi propia experiencia. Cierta vez que estaba orando, le dije a Dios lleno de emoción: “Señor, dame más de ti.” E hice esto una y otra vez, entre gritos y lágrimas; hasta que de pronto Dios me habló diciendo: “No, dame tu más de ti. Yo me he dado por completo en la cruz.” Comprendí que me llamaba a crecer en su amor. Todo trata acerca de Él y no de nosotros. Por eso es que cada vez que Dios habla se menciona a sí mismo primero. Él dice: “Yo y tu”. RESPONDE AL AMOR: “Yo soy suya” –continúa diciendo la amada. ¿Cómo negarnos a su amor siendo tanto, de tantas maneras y de tanto tiempo? El apóstol Pablo escribió: “porque el amor de Cristo nos impulsa, considerando esto: que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron. Y Él murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Cor. 5:14-15). Y Juan, el discípulo amado declaró: “…en esto consiste el amor: no en que nosotros hallamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en expiación por nuestros pecados. Nosotros amamos, porque Él nos amó primero” (1 Juan 4:10,19). Lo normal del amor es amar. Y lo normal de ser amado es volverse amor. La respuesta de la iglesia al amor de Cristo es lo más natural, aún cuando se trate de un amor sobrenatural. La sulamita dice: “soy suya.” Cuán cierto es esto. La conquista del amor de Cristo ha rendido frutos. Como escribiera James Smith: “suya, por gracia y elección. Suya, por fe y entrega propia. Suya, hasta que despunte el día (huyan las sombras). Y suya, hasta que Él vuelva.” EL AMOR INMADURO SE MANTIENE POR LO QUE RECIBE: “Él apacienta entre lirios”. La sulamita sigue al Amado y lo ama porque da pastos. Las multitudes seguían a Cristo porque les daba de comer. La gran mayoría de creyentes, si no es que su totalidad, nos convertimos a Cristo por la conveniencia de seguir al Buen Pastor que da su vida por sus ovejas. Esto no es malo, al contrario, es maravilloso. Pero tampoco es todo. Los lirios son símbolo bíblico de la belleza de la estabilidad. El templo de Salomón tenía decorados los capitales con lirios (1 R. 7:19). También, los lirios son símbolo bíblico de la hermosura de la limpieza. Nuevamente vemos que, en el templo de Salomón, los lirios decoraban el borde de la fuente (1 R. 7:26). Y, por último, son también un símbolo de la belleza de la gloria; Jesús dijo: “ni aún Salomón, con toda su gloria, se vistió como un lirio” (Mat. 6:28). La sulamita, cual iglesia, ama al Amado porque la sostiene, la ha limpiado y le proporciona gloria. Amar a Cristo por estas razones es maravilloso, pero aún no es el amor maduro. El anhelo de la amada es seguir entre los lirios. Se corre el peligro de amar la protección, la limpieza y la gloria, por encima del Santo, Todopoderoso y Glorioso Dios. En 1 Juan 2:12-13 leemos acerca de las tres edades de la madurez cristiana: “Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre”. Los niños espirituales han experimentado sólo el perdón de sus pecados y el conocer a Dios de una manera básica. Esto es bueno, pero no todo lo que Dios desea para sus hijos. La sulamita es una niña en cuanto a la madurez de su amor. Ella no debe permanecer allí, sino crecer en el conocimiento del Amado.
— Roberto Tinoco
Cantares 2:17
2.16-17 Cristo nos amó a nosotros primero, después nosotros comenzamos a amarle a Él en respuesta a su amor. Esa es la premisa del apóstol Juan en su primera carta. A medida que conocemos al Señor nuestro amor por Él va creciendo. Por ejemplo, primero fue nuestro Salvador, después nuestro Amado Salvador y por último el Amado para quien vivimos. Como escribiese Teresa de Ávila: “Esta divina prisión del amor en que yo vivo, ha hecho a Dios mi cautivo, y libre mi corazón. Y causa en mí tal pasión ver a Dios mi prisionero que muero porque no muero.” EL AMOR INMADURO ENFOCADO EN UNO MISMO: “Mi Amado es mío” –dice la sulamita. Se oye maravilloso, pero aún es un amor inmaduro por cuanto está centrado en ella y no en su Amado. Es el creyente cuya hambre de Dios llega sólo hasta buscar satisfacerse en Él: “Dios, quiero más de ti.” A diferencia del amor maduro que dice: “Dios, te doy todo de mí.” Esta fue mi propia experiencia. Cierta vez que estaba orando, le dije a Dios lleno de emoción: “Señor, dame más de ti.” E hice esto una y otra vez, entre gritos y lágrimas; hasta que de pronto Dios me habló diciendo: “No, dame tu más de ti. Yo me he dado por completo en la cruz.” Comprendí que me llamaba a crecer en su amor. Todo trata acerca de Él y no de nosotros. Por eso es que cada vez que Dios habla se menciona a sí mismo primero. Él dice: “Yo y tu”. RESPONDE AL AMOR: “Yo soy suya” –continúa diciendo la amada. ¿Cómo negarnos a su amor siendo tanto, de tantas maneras y de tanto tiempo? El apóstol Pablo escribió: “porque el amor de Cristo nos impulsa, considerando esto: que uno murió por todos; por consiguiente, todos murieron. Y Él murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Cor. 5:14-15). Y Juan, el discípulo amado declaró: “…en esto consiste el amor: no en que nosotros hallamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo en expiación por nuestros pecados. Nosotros amamos, porque Él nos amó primero” (1 Juan 4:10,19). Lo normal del amor es amar. Y lo normal de ser amado es volverse amor. La respuesta de la iglesia al amor de Cristo es lo más natural, aún cuando se trate de un amor sobrenatural. La sulamita dice: “soy suya.” Cuán cierto es esto. La conquista del amor de Cristo ha rendido frutos. Como escribiera James Smith: “suya, por gracia y elección. Suya, por fe y entrega propia. Suya, hasta que despunte el día (huyan las sombras). Y suya, hasta que Él vuelva.” EL AMOR INMADURO SE MANTIENE POR LO QUE RECIBE: “Él apacienta entre lirios”. La sulamita sigue al Amado y lo ama porque da pastos. Las multitudes seguían a Cristo porque les daba de comer. La gran mayoría de creyentes, si no es que su totalidad, nos convertimos a Cristo por la conveniencia de seguir al Buen Pastor que da su vida por sus ovejas. Esto no es malo, al contrario, es maravilloso. Pero tampoco es todo. Los lirios son símbolo bíblico de la belleza de la estabilidad. El templo de Salomón tenía decorados los capitales con lirios (1 R. 7:19). También, los lirios son símbolo bíblico de la hermosura de la limpieza. Nuevamente vemos que, en el templo de Salomón, los lirios decoraban el borde de la fuente (1 R. 7:26). Y, por último, son también un símbolo de la belleza de la gloria; Jesús dijo: “ni aún Salomón, con toda su gloria, se vistió como un lirio” (Mat. 6:28). La sulamita, cual iglesia, ama al Amado porque la sostiene, la ha limpiado y le proporciona gloria. Amar a Cristo por estas razones es maravilloso, pero aún no es el amor maduro. El anhelo de la amada es seguir entre los lirios. Se corre el peligro de amar la protección, la limpieza y la gloria, por encima del Santo, Todopoderoso y Glorioso Dios. En 1 Juan 2:12-13 leemos acerca de las tres edades de la madurez cristiana: “Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre”. Los niños espirituales han experimentado sólo el perdón de sus pecados y el conocer a Dios de una manera básica. Esto es bueno, pero no todo lo que Dios desea para sus hijos. La sulamita es una niña en cuanto a la madurez de su amor. Ella no debe permanecer allí, sino crecer en el conocimiento del Amado.
— Roberto Tinoco