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Cantares 3

1Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma; Lo busqué, y no lo hallé.🗨 2Y dije: Me levantaré ahora, y rodearé por la ciudad; Por las calles y por las plazas Buscaré al que ama mi alma; Lo busqué, y no lo hallé.🗨 3Me hallaron los guardas que rondan la ciudad, Y les dije: ¿Habéis visto al que ama mi alma?🗨 4Apenas hube pasado de ellos un poco, Hallé luego al que ama mi alma; Lo así, y no lo dejé, Hasta que lo metí en casa de mi madre, Y en la cámara de la que me dio a luz.🗨 5Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, Por los corzos y por las ciervas del campo, Que no despertéis ni hagáis velar al amor, Hasta que quiera.🗨 6¿Quién es ésta que sube del desierto como columna de humo, Sahumada de mirra y de incienso Y de todo polvo aromático? 7He aquí es la litera de Salomón; Sesenta valientes la rodean, De los fuertes de Israel. 8Todos ellos tienen espadas, diestros en la guerra; Cada uno su espada sobre su muslo, Por los temores de la noche. 9El rey Salomón se hizo una carroza De madera del Líbano. 10Hizo sus columnas de plata, Su respaldo de oro, Su asiento de grana, Su interior recamado de amor Por las doncellas de Jerusalén. 11Salid, oh doncellas de Sion, y ved al rey Salomón Con la corona con que le coronó su madre en el día de su desposorio, Y el día del gozo de su corazón.

Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos

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Cantares 3:1

Comentario general

3.1 En ocasiones el Amado se esconde provocando nuestro despertar. Era de noche. La noche en el Cantar de los Cantares es sinónimo de peligro y de dificultad; por ejemplo, en 3:8 dice: “…por los temores de la noche”. La noche puede ser la enfermedad, la falta de trabajo y alimento, la tentación, la muerte de un ser querido, el cansancio, etc. La noche también puede ser causada por el pecado o por la indiferencia. El pecado trae separación. De allí que Balaam, el profeta corrupto, intentaba poner tropiezo a los hijos de Israel (Ap. 2:14; Num. 24:14; 25:1-3). “…vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír” (Isaías 59:2). La indiferencia trae separación. Bástenos de ejemplo el triste caso de Esaú que tuvo en poco la promesa de primogenitura de parte de Dios. Sin embargo, en el caso de Cantares, la separación del Amado fue producida para evitar que la sulamita se acostumbre negativamente a su Presencia. Dios suele “ausentarse” de tiempo en tiempo para provocar nuestra búsqueda; especialmente cuando vienen “las noches” de la vida. El juego de las escondidas entre el cielo y la tierra ha mantenido al hombre expectante y renovando su fe. La sulamita fue obligada a buscar más allá del lecho. En 1:3 la Amada reposa en el lecho abrazada de su Amado, pero en 3:1 está sola. El Amado la dejó porque quiere enseñarle que existe mucho más en Él que sólo descanso. En el reino de los cielos, llevar el yugo siempre viene después del descanso del alma (Mat. 11:28-29); si bien, también podemos decir que vienen juntos. La verdadera comunión con el Amado va más allá de lo que recibimos de Él. Por eso Dios amaba tanto a David, porque en cada cosa que David vivía, mas allá de pedirle al Señor o quejarse, le motivaba a adorarle.

— Roberto Tinoco

Cantares 3:2

Comentario general

3.2 La expresión: “me levantaré ahora” (vr. 2); es una decisión desde el interior, ya que la sulamita hablaba consigo misma. Es también una decisión que requiere acción: “me levantaré”. Habla de dejar el lecho, el lugar de comodidad. Los que necesitan 1:17 está bien, pero hay más en Cristo (compare sal. 23:2). Es además una decisión urgente: “me levantaré ahora”. No hay tiempo que perder. La sulamita fue obligada a buscar más allá de la ciudad: “y dije: me levantaré ahora y rodearé por la ciudad” (vr. 2). La ciudad era Jerusalén; símbolo de la iglesia, la Nueva Jerusalén. De manera que buscar al Amado rodeando la ciudad es buscar a Cristo en los asuntos de la iglesia, así como en las doctrinas y dogmas. Pero la comunión íntima con el Amado va más allá de estas cosas, por eso la sulamita concluye: “…lo busqué y no lo hallé”. La sulamita fue obligada a buscar “por las calles y por las plazas.” Las calles sirven para la comunicación de los hombres y las plazas para que éstos se reúnan. Simbolizan los programas fraternales y servicios congregacionales de los creyentes; así como los sitios de reunión. Esto es maravilloso para alimentarse y recibir de Dios por medio de otros miembros del Cuerpo de Cristo, pero no para sustituir la comunión íntima con el Amado, la cual va más allá: “…lo busqué y no lo hallé”. Más no vayamos a confundirnos, no se trata de dejar de congregarse, sino de no conformarse sólo con asistir a los servicios. En la Nueva Jerusalén hay grandes bendiciones, como, por ejemplo, los dones. Pero las manifestaciones espirituales se quedan cortas en relación a la comunión con el Amado. Rebeca nunca se hubiera conformado con los dones que el siervo de Abraham le trajo, ella necesitaba a Isaac. Recibimos agradecidos los dones del Espíritu; disfrutamos las operaciones del Padre; y reconocemos los ministerios de Cristo; pero la vida de la iglesia, aunque se edifica con esto, no se basa sino en el amor del Amado, la intimidad de la relación.

— Roberto Tinoco

Cantares 3:3

Comentario general

3.3 Por esto la sulamita tiene que ir más allá incluso de los líderes espirituales: “me hallaron los guardas que rondan la ciudad” (vr. 3). La sulamita fue hallada por los guardas de Jerusalén. Los guardas de Jerusalén representan a los líderes espirituales de la iglesia, que fueron a ella, porque esa es su responsabilidad (Heb. 13:17). La amada quiso hallar a su Amado preguntándoles a los líderes espirituales de la iglesia; sin embargo, la comunión íntima con Dios no puede ser provista por una tercera persona. La relación es personal. El sacerdocio es universal sin distingo de clero y laicado.

— Roberto Tinoco

Cantares 3:4

Comentario general

3.4 Es maravilloso: el Amado se deja hallar. La sulamita fue llevada por un proceso de búsqueda: del lecho a rodear la ciudad. Por las calles y las plazas hasta encontrar a los guardas de la ciudad; y por último, al Amado. Esto es similar al crecer del río de Dios que viese el profeta Ezequiel (Ez. 47:3-5). La intimidad con Dios debe ir en aumento. No despreciamos ninguna parte del proceso y tampoco la olvidamos o dejamos, pero continuamos creciendo, madurando y sumando (nunca restando). Pasaremos por todo lo que sea necesario, hasta que podamos experimentar el encuentro una vez más: “hallé luego al que ama mi alma”. Esta frase tiene dos interpretaciones: la primera es que Él ama mi alma. La segunda, la cual me parece la más acertada es que amo a Cristo con toda mi alma. Él es el centro de todos mis afectos. Sin embargo, también la primera interpretación tiene hermosas aplicaciones: el amor del Amado es único. Muchos no pueden amarme. Otros me aman hasta donde su humanidad les permite; pero nadie me ama como Cristo. Él ama mi alma. Unos aman mis capacidades o lo que puedo hacer por ellos. Algunos llegan a amar mis actitudes y acciones hacia ellos. Pero sólo Cristo me ama íntimamente: mi alma, lo que yo soy y cómo soy. Él demostró que ama mi alma por eso fue a la muerte y al hades para salvarla. También, es Él a quien ama mi alma. Probablemente muchas cosas deslumbren temporalmente mis pensamientos y emociones; pero es a Cristo a quien amo en verdad. La cuenta final de todos mis pensamientos es Cristo. El centro de gravedad de mis emociones es Él. Lo respiro. Lo siento. Lo sueño. Mi voluntad es su voluntad. Él es el piso de mi alma y las alas de mi espíritu. La sulamita sólo habla de amarle con su alma y nada dice de su espíritu, pero yo me he dejado llevar a causa de su amor. “Lo así…” –es el triunfo de la sulamita, su trofeo y su recompensa. La búsqueda rindió frutos. “Me hallan los que temprano me buscan” –dice el Amado (Prov. 8:17). Asirse es abrazarse fuertemente como para no volver a perderlo. Jacob expresó: “no te dejaré si no me bendices”. Yo hubiera añadido: “y ahora que me has bendecido, ¡menos te dejo! No es solo tomarlo, sino asirlo. Unos lo ven, otros lo oyen, algunos lo siguen, otros lo tocan, ¡pero el que desee la comunión íntima con Él debe asirse de Él! “Lo así y no lo dejé…” Puedo pasar por “el valle de sombra de muerte” pero no lo dejaré. O puedo reposar en “delicados pastos” de abundancia, pero tampoco lo dejaré. “Nos libre o no nos libre” –dijeron los fieles jóvenes judíos (Dn. 3:17-18). La vida cristiana no depende de lo que se recibe, sino de lo que se da. El Padre dio a su Hijo. El Hijo se dio a sí mismo. El Espíritu nos da todas las cosas. De modo que la iglesia entrega lo que tiene, lo que es y lo que pudiera llegar a ser y tener. El entendimiento de esto es la fuente de la perseverancia. La expectativa frustrada y las demandas insatisfechas son el origen del desanimo y del apartarse de la fe. “…hasta que lo metí en casa de mi madre…”. La casa de mi madre habla de lo más privado y personal. Ninguna doncella metería a su amado a casa de su mamá si no es porque ya se ha casado con Él. “La cámara de la que me dio a luz” es aún más profundo, ¿qué mujer se mete con su amado a la recámara de su mamá si no es uno con él? Una madre da a luz vida, de modo que la frase indica ser uno con el Amado en su vida, gracia y amor. Cuando a alguno se le deja entrar a la casa es señal de amistad; cuando se le deja entrar a la cocina es señal de confianza; pero cuando se le deja entrar a la recámara es por una gran unidad e identificación en amor. También, “la casa de mi madre” es una expresión que refiere a la iglesia. El apóstol Juan escribe en su segunda carta a “la señora elegida” y a “sus hijos que andan en la verdad”. Entendemos por el lenguaje y contexto que usa el apóstol que se refiere a la iglesia y a sus miembros. El idioma de Cantares hace lo mismo. Se refiere a asirse del Amado en lo privado y luego llevarlo a la congregación; esto es, beneficiar a todos los miembros de la iglesia de nuestra relación con Cristo. No se puede arder sin extender las llamas y sin que otros vean el fuego. No se trata de erguirse como una especie de iluminado que pretende que todos lo sigan; tal cosa es evidencia de no tener relación con Cristo. Meter al Amado a la recámara de la que nos dio a luz, es procurar el beneficio de la iglesia como producto del amor de Cristo. No por fuerza ni vanidosamente; sino en amor y misericordia paciente. Hemos visto que requerimos pasar por un proceso de vida: Del reposo a la búsqueda. De la búsqueda a experimentar la Jerusalén celestial (la iglesia). De las calles y plazas de la ciudad a los guardas de la misma (los líderes espirituales). Y de los guardas de la ciudad a la comunión íntima del Amado. Por último, conservar dicha comunión y llevarla al resto de la iglesia.

— Roberto Tinoco

Cantares 3:5

Comentario general

3.5 Este versículo se menciona cuatro veces en el libro porque es el centro del libro y resume el tema de Cantares: el disfrute del amor entre Cristo y la iglesia. Es el clímax de cada canto (a excepción del último). Tiene por objeto dar énfasis tanto al disfrute como al clímax de la experiencia de la amada con el Amado en cada sección. En los pasajes anteriores la sulamita tuvo que buscar al Amado incansablemente y esto después de que el Amado la había busca a ella primero. El segundo canto es una serie de búsquedas, encuentros, separaciones y reencuentros. Es apasionante. Por ello la reunión final del segundo canto marca una intensidad amorosa profunda. Ambos, Cristo y la iglesia esposa están ardiendo de amor mutuamente. EL CONJURO: “Yo os conjuro…” Veamos primero qué significa conjurar en la Biblia. Conjurar significa “juramento conjunto” (ejemplo Hechos 23:12-13). Algo así como “te obligo o nos obligamos a ser parte del mismo juramento”. Podemos ver que el mismo Señor Jesús fue conjurado en varias ocasiones. Una de ellas fue cuando el sumo sacerdote le obligó a responder en su juicio (Mat. 26:63). Otra de ellas fue aquella ocasión cuando el Señor, fue condescendiente con una legión de demonios cuando éstos lo conjuraron por Dios (Mr. 5:7-13). También el apóstol Pablo conjuró por el Señor a los tesalonicenses para que leyeran esa carta a todos los santos (1 Ts. 5:27). Sin embargo, no pensemos en el conjuro como una especie de palabras mágicas capaces de obligar aún a Dios a unirse a nuestra promesa. El conjuro por el Señor sólo tiene autoridad para aquellos que conocen al Señor (Hch. 19:13-16). Es decir, si no va acompañado del respaldo de Dios no es más que una frase. Con respecto al conjuro en el libro del Cantar de los Cantares, podemos inferir que es una orden, en este caso, de respetar el amor entre el Amado y la Iglesia; y es, a su vez, una especie de pacto de amor (¿tendrá relación con el Nuevo Pacto?). EL CONJURADOR: Existen argumentos para pensar que sea la amada quien está hablando: Ella era quien venía hablando en los versículos anteriores. En 5:8 el conjuro es, sin lugar a dudas, expresado por ella. Sucede lo mismo en 8:4. En el Cantar de los Cantares quien entabla dialogo con las hijas o doncellas de Jerusalén en varias ocasiones es la sulamita y no el Amado. En vista del disfrute y experiencia del abrazo del Señor ella ruega que no la interrumpan. Pero también existen argumentos para pensar que el Amado es quien habla: El juramento no es hecho por Dios, esto es, invocando a Dios, sino a criaturas del campo, lo que implicaría en su tiempo una blasfemia e idolatría en boca de seres humanos (Dt. 6:13; 10:2; Mat. 5:33-37), (sin embargo, veremos que los corzos y ciervas son símbolo de Cristo). La palabra hebrea usada aquí para amor es más propio interpretarla en femenino que en masculino. El Señor llama a su amada “amor deleitoso” en 7:6. ¿Quién es entonces el conjurador? No he podido definirlo, por lo que pienso que se trata de ambos. La iglesia no puede ser vista con verdad aparte de Cristo y Cristo no puede ser conocido verdaderamente sin la iglesia. Ambos conjuran intentando enamorar a todo creyente. “El Espíritu y la Esposa dicen…” menciona Apocalipsis. LAS CONJURADAS: “Oh doncellas de Jerusalén”. Conozcamos primero la identidad de dichas doncellas: En 1:3 se mencionan las doncellas como las que aman al Amado a causa de su Nombre y olor de gloria en la iglesia. En 1:5 la sulamita las llama “hijas de Jerusalén” y les amonesta a no menospreciarla por ser morena (disciplinada o quebrantada). En 2:2, nuevamente, el Amado elogia a la sulamita: “como el lirio entre los espinos, así es mi amiga entre las doncellas”. Llamándolas con esto “espinos”; lo cual es un término muy fuerte, pues en la Biblia representa lo que está bajo (o contiene) maldición. La palabra hebrea para doncella es bat. Significa “niña, muchacha”. No es exactamente igual que virgen (heb. Betulá), pero su raíz es similar. La diferencia radica en que doncellas en 1:3 es almá (hebreo), literalmente “muchacha virgen”; mientras que en 2:7 se infiere, pero no se declara. Y parece verse también que las doncellas de 1:3 aman al Señor, pero el resto de las hijas de Jerusalén no están tan enamoradas. Ahora bien, ¿por qué conjura a las doncellas? En primera instancia para que no estorben el romance de la iglesia con Cristo. En segundo lugar, e igualmente importante, para que sigan el ejemplo enamorándose de Cristo y manteniéndose vírgenes para Él (Ap. 14:4; 22:17; Zac. 8:23; Juan 1:40-49; 4:49; 1 Ts. 1:6-8). Y, en tercer lugar, para que no se entusiasmen con alguna otra persona o cosa hasta que vean aparecer su verdadero amor: Cristo. “Por los corzos y por las ciervas del campo…” Los corzos y las ciervas del campo son animales silvestres; símbolo del amor natural, sin fingimiento. Amor auténtico, no producido ni imitado: “y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (Jer. 29:13). También son una figura del amor fiel que satisface: “como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre” Pr. 5:19). Aquí ella es la cierva para el Amado, nosotros somos su campo donde Él se recrea; pero también, Cristo es ese amor que nos satisface a nosotros, tanto como nosotros somos su amor que le satisface. En el salmo 22 leemos por título: “sobre ajelet – sahar” que significa: “sobre el ciervo matutino”. Todo el salmo es mesiánico y habla de cómo el Señor es el ciervo perseguido por los cazadores a causa de su amor por nosotros. Cantares 2:9 habla de que el Amado es semejante al corzo o al cervatillo, de manera que es una prueba inequívoca del mismo significado. Esta frase es también un tipo de libertad y de lo fácil que puede perderse el momento de intimidad. Los corzos y las ciervas del campo son animales libres. El amor al Señor y del señor no debe ser reprimido ni expresado con mediocridad sin entrega. Mantengamos un romance con Cristo libre de las construcciones humanas (tradiciones, costumbres, mandamientos, etc.). Libre como cierva corriendo en el campo. El Espíritu se mueve libremente, así, no hay manera efectiva de restringir este amor (por supuesto no debemos confundir la libertad con la irresponsabilidad). El Tárgum traduce: “por el Señor de los ejércitos y por la fuerza de la tierra de Israel”, dando con esto también un significado doble: Dios y su pueblo. La septuaginta reza: “por los poderes y fuerzas del campo”, de interpretación similar. “No despertéis ni hagáis velar el amor, hasta que quiera.” Aquí encontramos una sustitución reveladora. Cámbiese amor por amada y véase la línea (recuerde que en el original hebreo el término es neutro e incluso más inclinado a femenino que a masculino): “no despertéis ni hagáis velar a la amada, hasta que quiera.” No olvides que la última experiencia de la sulamita fue asirse del Amado y meterlo a la recámara de su madre. De manera que ahora descansa en el Señor. Escribió Fray Luis de León al respecto de este pasaje: “en el espíritu mucho ofenden los que, a un alma, herida de amor de Dios y que reposa en sus brazos, la despiertan al desasosiego de esta vida, la cual se entiende en este lugar.” Por su parte, la expresión: “no despertéis ni hagáis velar” también nos habla del kairos del amor. Las experiencias con Dios tienen sus tiempos para manifestarse (Gal. 4:4; Hech. 1:7; Efesios 1:10; Heb. 9:10). Por lo tanto, el tiempo de amor no debe ser ni antes ni después. Antes de tiempo es intentar producir el amor artificialmente. Esto es lo que significa: “no despertéis.” Y después de tiempo es no responder inmediatamente. Esto es lo que significa: “ni hagáis velar.” LA VOLUNTAD DEL AMOR: “hasta que quiera.” La sulamita puede disfrutar del descanso en el amor del Señor todo el tiempo que desee y las doncellas de Jerusalén no deben entremeterse ni despertarla. Cada experiencia con Dios debe ser disfrutada y aprovechada al máximo, la religiosidad, la costumbre y las opiniones humanas no deben estorbar el romance divino. Existe otra aplicación: los hombres de Dios del pasado tuvieron que vivir esperando sin poder recibir el disfrute del amor que nosotros tenemos hoy (Mat. 13:17; Juan 8:56; Efesios 3:5-6; hebreos 11:13,39-40; 1 Pedro 1:10-12). ¿Cómo entonces habríamos de interrumpir el disfrute del Señor? A MANERA DE CONCLUSIÓN: La primera canción inició con el anhelo por los besos del Amado y terminó con la amada descansando en sus brazos y conjurando (ambos) que nadie interrumpa este disfrute. Ese fue el clímax del primer canto: estar en los brazos del Amado y pedir no ser despertada (2:4-7). El clímax del segundo canto es volver a los brazos del Amado para volver a pedir no ser despertado (3:5). ¿Hay algo mejor que esto?

— Roberto Tinoco

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