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Mateo 20
Parábola de los trabajadores del viñedo
1Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña.🗨📝 2Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.🗨📝 3Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados;🗨📝 4y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron.🗨📝 5Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo.🗨📝 6Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados?🗨📝 7Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. El les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo.🗨📝 8Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros.🗨📝 9Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario.🗨📝 10Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario.🗨📝 11Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia,🗨📝 12diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día.🗨📝 13El, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario?🗨📝 14Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti.🗨📝 15¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?🗨📝 16Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.🗨📝Jesús predice otra vez su muerte
17Subiendo Jesús a Jerusalén, tomó a sus doce discípulos aparte en el camino, y les dijo:🗨📝 18He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte;🗨📝 19y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará.🗨📝Jesús enseña acerca del servicio a los demás
20Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo.🗨📝 21El le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.🗨📝 22Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le dijeron: Podemos.🗨📝 23El les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre.🗨📝 24Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos.🗨📝 25Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad.🗨📝 26Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,🗨📝 27y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo;🗨📝 28como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.🗨📝Jesús sana a dos hombres ciegos
29Al salir ellos de Jericó, le seguía una gran multitud.🗨📝 30Y dos ciegos que estaban sentados junto al camino, cuando oyeron que Jesús pasaba, clamaron, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!🗨📝 31Y la gente les reprendió para que callasen; pero ellos clamaban más, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!🗨📝 32Y deteniéndose Jesús, los llamó, y les dijo: ¿Qué queréis que os haga?🗨📝 33Ellos le dijeron: Señor, que sean abiertos nuestros ojos.🗨📝 34Entonces Jesús, compadecido, les tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista; y le siguieron.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Mateo 20: RV60
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Mateo 20:1
20.1 El mundo entero funciona mediante pago por el servicio. La recompensa es la expectativa en menor o mayor grado, de todo ser humano. Por esto mismo es que el apóstol Pedro preguntó al Señor sobre cuál sería su recompensa (19:27). Y aun cuando el Señor fue claro en la abundante recompensa que habríamos de recibir por servirle o dejar algo por Él, tanto aquí como en la eternidad, también fue claro en cómo influiría la intención del servicio prestado como factor determinante en el pago de recompensas (muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros (19:30). He allí el por qué de la parábola con la que inicia el capítulo 20. Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos (vr. 16). Veamos primero al contratista. Nuestra versión Reina-Valera traduce “padre de familia”, sin embargo, la traducción más exacta sería “administrador de una casa” o dueño de la casa. De allí que “el Contratista”, por decirlo así, no sea Dios Padre, sino su Hijo Jesucristo. Él es el Señor de la casa que dio autoridad y trabajo a sus siervos en tanto que regresa (Mar. 13:34-35). Jesucristo es el Señor de la mies que da obreros a la mies. Él es el que constituye los ministerios, sean apóstoles, profetas, evangelistas o pastores y maestros a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Ef.4:10-12). Por eso decía el apóstol Pablo: doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel al ponerme en el ministerio (1 Tim. 1:12). El mismo que redime con su sangre es quien constituye como reyes y sacerdotes (Ap. 5:9-10). Cristo Jesús. Solo así tiene sentido la forma en la que los apóstoles y pastores se presentaban en sus cartas llamándose a sí mismos siervos del Jesucristo. Fue el Señor Jesucristo quien dio a Ananías con respecto a Saulo de Tarso: instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles (Hch. 9:15). En Dios, cada divina Persona tiene funciones diferentes y son parte del ministerio del Hijo el contratar obreros para su viña. Acerca de los obreros, el Señor los contrató para su viña. Un obrero es un trabajador, esto es, se caracteriza porque trabaja. Todo aquel que ostente el título de obrero de Jesucristo debe ser conocido por trabajador. Ser obrero de Cristo es el título más digno y la profesión más grande. Pero también, ser obrero del Señor implica el compromiso más grande de todos. Somos sus trabajadores. Ningún flojo es obrero de Cristo. Él llamó a los ocupados, ya sea en la pesca lavando redes o contando impuestos, pero nunca llamó a los desocupados. Los perezosos no tienen cabida en la viña del reino de los cielos. Dios no aprueba la inactividad. Que los ministros sean los más trabajadores (aunque todo cristiano debe serlo), es la encomienda. Que no se les encuentre haraganeando. Que sean “adictos” al ministerio. De otra manera somos indignos del llamado que hemos recibido. Obreros fieles y diligentes. Recordemos la advertencia del profeta Jeremías: maldito el que haga con negligencia la obra de Yahwéh (Jer.48:10). El canto de la juez Débora sigue denunciando: ¡Maldecid a Meroz! Dijo el Ángel de Yahwéh. Maldecid severamente a sus moradores, porque no vinieron en ayuda de Yahwéh, en ayuda de Yahwéh con los valientes (Jue.5:23). Obreros de Cristo: trabajad más que cualquier otro obrero, tal y como el ejemplo de Cristo. Él dijo: Ejemplo os he dado, para que como yo he hecho vosotros también hagáis. Como el Padre me envió, así también Yo os envío a vosotros. Y sobre el área de trabajo, el texto dice que contrató obreros para su viña. Mucho se dice de la viña del Señor, pero, ¿cuál es su viña? La viña del Señor es el reino de los cielos. Recordemos que el objetivo de Mateo es presentarnos a Jesucristo como el Mesías, el Rey, es por eso que su énfasis es el reino de los cielos. Así que la viña es una figura de dicho reino. Estar dentro del reino de los cielos es laborar para el reino. No se puede estar dentro del reino de los cielos sin ser un obrero de Cristo. En el inciso anterior en enfaticé la enseñanza hacia los ministros, sin embargo, todo cristiano es obrero del reino. Quien no trabaja en la viña está arriesgando su posición de obrero y de súbdito del reino. Si no trabajamos para la edificación y crecimiento de la iglesia no somos obreros de la viña. Incluso el evangelismo y las misiones es añadir “piedras vivas” al edificio espiritual donde Dios habita, la iglesia de Cristo. Dios nos ha llamado a ser parte de su viña. Su viña es su iglesia, amémosla entrañablemente.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:2
20.2 El contrato o convenio entre el Señor de la viña y los obreros fue de un denario diario. Un pago cada día correspondiente a lo que se pagaba normalmente en ese tiempo. No se menciona si los contrató para más de un día, como provocando que se ganaran su derecho a seguir laborando. Parece relatar la costumbre de la época de contratar con urgencia y de manera temporal obreros para la cosecha antes de que las lluvias arruinen el fruto. Responder rápido al llamado es vital en la calidad del fruto del ministerio. Un denario era el pago normal de un obrero por un día de trabajo. Al aplicarse a la vida del hombre bien puede señalar el total de su vida, así lo aplicó el Señor Jesucristo al decir me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar. También, el día puede definir el tiempo de luz o la era de la iglesia. Por otro lado, la expresión y habiendo convenido con los obreros denota también que el Señor es el Dios del Pacto. Ante Él, el trato es solemne, no hay habladurías de por medio, toda palabra es seria. Dios se caracteriza por ser fiel. Él siempre cumplirá todo lo que ha dicho. No cambiará de parecer, así como tampoco podrá ser estorbado. Es inmutable, no cambia, y es Omnipotente, tiene el poder de hacer todo lo que se proponga. Todo lo que Dios haya convenido con sus siervos lo cumplirá. El escritor a los hebreos comenta que tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros. La cual tenemos como segura y firme ancla… por cuanto es imposible que Dios mienta (Heb. 6:18-19). Es un aliento a permanecer en la fe el saber que Dios no dejará de ser fiel, es un reto al corazón desanimado y una columna a quien tiene las rodillas por doblarse: retengamos firme la profesión de la esperanza, sin vacilación, porque fiel es el que lo ha prometido (Heb. 10:23). ¡No desmayes! Dios es fiel.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:3
20.3-7 El diablo, con sus tentaciones, alquila esclavos para su hacienda, a fin de que apacienten cerdos (Luc. 15:15). Dios, con su Evangelio, contrata siervos para su viña, para que la cultiven y la cuiden; es trabajo de paraíso (Matthew Henry). Está tan interesado el Señor en nuestro servicio que salió a diferentes horas a buscar obreros. Dios ha llamado a unos por la mañana, en los primeros años de su vida. A otros en su juventud; a otros en la madurez y plenitud de su vida, y a otros en su vejez. Sin embargo, el pago es el mismo, pues la recompensa es independiente del tiempo del servicio. La recompensa es de acuerdo al corazón generoso del Amo, que siempre nos da más de lo que merecemos. Cuán maravilloso es nuestro Dios, que no solo llama al pecador al perdón de sus pecados, sino que también lo llama a su servicio. Sólo Dios pone a Judas a cuidar las ofrendas y al perseguidor Saulo a edificar la iglesia. ¡Aleluya! Por otro lado, también podemos dar a esta parábola una aplicación que comprenda toda la era de la iglesia: Cristo es el dueño de la casa que sale a las seis de la mañana, la primera parte de la era de la iglesia, a llamar a sus discípulos a que entraran en el reino. Recuerda que el Señor está respondiendo la pregunta a Pedro acerca de que recibirán por haber dejado todo por el Señor. Este es precisamente el contrato, lo convenido. Luego, a la hora tercera, que es las 9 de la mañana de hoy, corresponde a la segunda parte de la era de la iglesia en la que el Señor salió a la plaza que es el mundo, a buscar a los desocupados, a los que no trabajaban en el reino. Después, a la hora sexta, esto es, al mediodía, correspondiente a la cuarta parte de la era de la iglesia, el Señor volvió a levantar siervos para su reino. Lo mismo a la hora novena, las 3 de la tarde y a la hora undécima, a las 5 de la tarde, el Señor sigue levantando obreros en la última parte del periodo de la iglesia. Él seguirá llamando cerca del fin de la era de la iglesia. Y así como los primeros creyentes no podrán reclamar mayor paga por haberles tocado tiempos difíciles de persecución, así tampoco recibirán menor paga los hermanos que hayamos servido a Dios en mejores circunstancias. Y si el que reciba menos recibirá abundante gracia y vida eterna, dones inmerecidos, ¡cuánto no será la recompensa del que más reciba! ¡Dios es magnánimo! Los desocupados. En el versículo 6 la parábola habla del Señor de la viña encontrando a unos que estaban desocupados y les preguntó: ¿por qué estáis aquí todo el día desocupados? Ellos le respondieron: Porque nadie nos ha contratado (vr.7). Lo cual nos indica que todo aquel que no está sirviendo a Dios en su reino es un desocupado, el mundo sin Dios vive como los atenienses en épocas de Pablo: sin pasar el tiempo en otra cosa que no fuese decir o escuchar la última novedad (Hch. 17:21). En especial, esta era la condición del mundo gentil, el cual “no había sido contratado” por el Señor, sólo el pueblo de Israel era siervo. Mas ahora Dios ha extendido su invitación a todo el mundo. Él llenará el banquete con todos los traídos de las plazas y calles de todo el mundo, y aún de los caminos y callejones traerá, pero llenará su casa. Alguien puede estar muy ocupado en los asuntos de este mundo, trabaja todo el día y todos los días, duerme poco y no tiene tiempo libre para nada; pero aún cuando sea muy trabajador a los ojos humanos, delante del Señor es un desocupado, pues no atiende su reino. Alguien dijo alguna vez que si atendiésemos nuestros negocios terrenales como atendemos los espirituales, tiempo ha que pediríamos limosna. Ninguno que milita se enreda en los negocios d ella vida, a fin de agradar a Aquél que lo tomó por soldado. Todo aquél que no se ocupa del reino de los cielos, esto es, de engrandecer el Nombre del Rey Jesucristo y edificar su iglesia es un despreocupado. Mas, por el contrario, todo aquel que además de ser un excelente ciudadano, trabajador y padre de familia tiene como prioridad extender el reino de los cielos, este es un hombre que verdaderamente es siervo de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:4
20.3-7 El diablo, con sus tentaciones, alquila esclavos para su hacienda, a fin de que apacienten cerdos (Luc. 15:15). Dios, con su Evangelio, contrata siervos para su viña, para que la cultiven y la cuiden; es trabajo de paraíso (Matthew Henry). Está tan interesado el Señor en nuestro servicio que salió a diferentes horas a buscar obreros. Dios ha llamado a unos por la mañana, en los primeros años de su vida. A otros en su juventud; a otros en la madurez y plenitud de su vida, y a otros en su vejez. Sin embargo, el pago es el mismo, pues la recompensa es independiente del tiempo del servicio. La recompensa es de acuerdo al corazón generoso del Amo, que siempre nos da más de lo que merecemos. Cuán maravilloso es nuestro Dios, que no solo llama al pecador al perdón de sus pecados, sino que también lo llama a su servicio. Sólo Dios pone a Judas a cuidar las ofrendas y al perseguidor Saulo a edificar la iglesia. ¡Aleluya! Por otro lado, también podemos dar a esta parábola una aplicación que comprenda toda la era de la iglesia: Cristo es el dueño de la casa que sale a las seis de la mañana, la primera parte de la era de la iglesia, a llamar a sus discípulos a que entraran en el reino. Recuerda que el Señor está respondiendo la pregunta a Pedro acerca de que recibirán por haber dejado todo por el Señor. Este es precisamente el contrato, lo convenido. Luego, a la hora tercera, que es las 9 de la mañana de hoy, corresponde a la segunda parte de la era de la iglesia en la que el Señor salió a la plaza que es el mundo, a buscar a los desocupados, a los que no trabajaban en el reino. Después, a la hora sexta, esto es, al mediodía, correspondiente a la cuarta parte de la era de la iglesia, el Señor volvió a levantar siervos para su reino. Lo mismo a la hora novena, las 3 de la tarde y a la hora undécima, a las 5 de la tarde, el Señor sigue levantando obreros en la última parte del periodo de la iglesia. Él seguirá llamando cerca del fin de la era de la iglesia. Y así como los primeros creyentes no podrán reclamar mayor paga por haberles tocado tiempos difíciles de persecución, así tampoco recibirán menor paga los hermanos que hayamos servido a Dios en mejores circunstancias. Y si el que reciba menos recibirá abundante gracia y vida eterna, dones inmerecidos, ¡cuánto no será la recompensa del que más reciba! ¡Dios es magnánimo! Los desocupados. En el versículo 6 la parábola habla del Señor de la viña encontrando a unos que estaban desocupados y les preguntó: ¿por qué estáis aquí todo el día desocupados? Ellos le respondieron: Porque nadie nos ha contratado (vr.7). Lo cual nos indica que todo aquel que no está sirviendo a Dios en su reino es un desocupado, el mundo sin Dios vive como los atenienses en épocas de Pablo: sin pasar el tiempo en otra cosa que no fuese decir o escuchar la última novedad (Hch. 17:21). En especial, esta era la condición del mundo gentil, el cual “no había sido contratado” por el Señor, sólo el pueblo de Israel era siervo. Mas ahora Dios ha extendido su invitación a todo el mundo. Él llenará el banquete con todos los traídos de las plazas y calles de todo el mundo, y aún de los caminos y callejones traerá, pero llenará su casa. Alguien puede estar muy ocupado en los asuntos de este mundo, trabaja todo el día y todos los días, duerme poco y no tiene tiempo libre para nada; pero aún cuando sea muy trabajador a los ojos humanos, delante del Señor es un desocupado, pues no atiende su reino. Alguien dijo alguna vez que si atendiésemos nuestros negocios terrenales como atendemos los espirituales, tiempo ha que pediríamos limosna. Ninguno que milita se enreda en los negocios d ella vida, a fin de agradar a Aquél que lo tomó por soldado. Todo aquél que no se ocupa del reino de los cielos, esto es, de engrandecer el Nombre del Rey Jesucristo y edificar su iglesia es un despreocupado. Mas, por el contrario, todo aquel que además de ser un excelente ciudadano, trabajador y padre de familia tiene como prioridad extender el reino de los cielos, este es un hombre que verdaderamente es siervo de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:5
20.3-7 El diablo, con sus tentaciones, alquila esclavos para su hacienda, a fin de que apacienten cerdos (Luc. 15:15). Dios, con su Evangelio, contrata siervos para su viña, para que la cultiven y la cuiden; es trabajo de paraíso (Matthew Henry). Está tan interesado el Señor en nuestro servicio que salió a diferentes horas a buscar obreros. Dios ha llamado a unos por la mañana, en los primeros años de su vida. A otros en su juventud; a otros en la madurez y plenitud de su vida, y a otros en su vejez. Sin embargo, el pago es el mismo, pues la recompensa es independiente del tiempo del servicio. La recompensa es de acuerdo al corazón generoso del Amo, que siempre nos da más de lo que merecemos. Cuán maravilloso es nuestro Dios, que no solo llama al pecador al perdón de sus pecados, sino que también lo llama a su servicio. Sólo Dios pone a Judas a cuidar las ofrendas y al perseguidor Saulo a edificar la iglesia. ¡Aleluya! Por otro lado, también podemos dar a esta parábola una aplicación que comprenda toda la era de la iglesia: Cristo es el dueño de la casa que sale a las seis de la mañana, la primera parte de la era de la iglesia, a llamar a sus discípulos a que entraran en el reino. Recuerda que el Señor está respondiendo la pregunta a Pedro acerca de que recibirán por haber dejado todo por el Señor. Este es precisamente el contrato, lo convenido. Luego, a la hora tercera, que es las 9 de la mañana de hoy, corresponde a la segunda parte de la era de la iglesia en la que el Señor salió a la plaza que es el mundo, a buscar a los desocupados, a los que no trabajaban en el reino. Después, a la hora sexta, esto es, al mediodía, correspondiente a la cuarta parte de la era de la iglesia, el Señor volvió a levantar siervos para su reino. Lo mismo a la hora novena, las 3 de la tarde y a la hora undécima, a las 5 de la tarde, el Señor sigue levantando obreros en la última parte del periodo de la iglesia. Él seguirá llamando cerca del fin de la era de la iglesia. Y así como los primeros creyentes no podrán reclamar mayor paga por haberles tocado tiempos difíciles de persecución, así tampoco recibirán menor paga los hermanos que hayamos servido a Dios en mejores circunstancias. Y si el que reciba menos recibirá abundante gracia y vida eterna, dones inmerecidos, ¡cuánto no será la recompensa del que más reciba! ¡Dios es magnánimo! Los desocupados. En el versículo 6 la parábola habla del Señor de la viña encontrando a unos que estaban desocupados y les preguntó: ¿por qué estáis aquí todo el día desocupados? Ellos le respondieron: Porque nadie nos ha contratado (vr.7). Lo cual nos indica que todo aquel que no está sirviendo a Dios en su reino es un desocupado, el mundo sin Dios vive como los atenienses en épocas de Pablo: sin pasar el tiempo en otra cosa que no fuese decir o escuchar la última novedad (Hch. 17:21). En especial, esta era la condición del mundo gentil, el cual “no había sido contratado” por el Señor, sólo el pueblo de Israel era siervo. Mas ahora Dios ha extendido su invitación a todo el mundo. Él llenará el banquete con todos los traídos de las plazas y calles de todo el mundo, y aún de los caminos y callejones traerá, pero llenará su casa. Alguien puede estar muy ocupado en los asuntos de este mundo, trabaja todo el día y todos los días, duerme poco y no tiene tiempo libre para nada; pero aún cuando sea muy trabajador a los ojos humanos, delante del Señor es un desocupado, pues no atiende su reino. Alguien dijo alguna vez que si atendiésemos nuestros negocios terrenales como atendemos los espirituales, tiempo ha que pediríamos limosna. Ninguno que milita se enreda en los negocios d ella vida, a fin de agradar a Aquél que lo tomó por soldado. Todo aquél que no se ocupa del reino de los cielos, esto es, de engrandecer el Nombre del Rey Jesucristo y edificar su iglesia es un despreocupado. Mas, por el contrario, todo aquel que además de ser un excelente ciudadano, trabajador y padre de familia tiene como prioridad extender el reino de los cielos, este es un hombre que verdaderamente es siervo de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:6
20.3-7 El diablo, con sus tentaciones, alquila esclavos para su hacienda, a fin de que apacienten cerdos (Luc. 15:15). Dios, con su Evangelio, contrata siervos para su viña, para que la cultiven y la cuiden; es trabajo de paraíso (Matthew Henry). Está tan interesado el Señor en nuestro servicio que salió a diferentes horas a buscar obreros. Dios ha llamado a unos por la mañana, en los primeros años de su vida. A otros en su juventud; a otros en la madurez y plenitud de su vida, y a otros en su vejez. Sin embargo, el pago es el mismo, pues la recompensa es independiente del tiempo del servicio. La recompensa es de acuerdo al corazón generoso del Amo, que siempre nos da más de lo que merecemos. Cuán maravilloso es nuestro Dios, que no solo llama al pecador al perdón de sus pecados, sino que también lo llama a su servicio. Sólo Dios pone a Judas a cuidar las ofrendas y al perseguidor Saulo a edificar la iglesia. ¡Aleluya! Por otro lado, también podemos dar a esta parábola una aplicación que comprenda toda la era de la iglesia: Cristo es el dueño de la casa que sale a las seis de la mañana, la primera parte de la era de la iglesia, a llamar a sus discípulos a que entraran en el reino. Recuerda que el Señor está respondiendo la pregunta a Pedro acerca de que recibirán por haber dejado todo por el Señor. Este es precisamente el contrato, lo convenido. Luego, a la hora tercera, que es las 9 de la mañana de hoy, corresponde a la segunda parte de la era de la iglesia en la que el Señor salió a la plaza que es el mundo, a buscar a los desocupados, a los que no trabajaban en el reino. Después, a la hora sexta, esto es, al mediodía, correspondiente a la cuarta parte de la era de la iglesia, el Señor volvió a levantar siervos para su reino. Lo mismo a la hora novena, las 3 de la tarde y a la hora undécima, a las 5 de la tarde, el Señor sigue levantando obreros en la última parte del periodo de la iglesia. Él seguirá llamando cerca del fin de la era de la iglesia. Y así como los primeros creyentes no podrán reclamar mayor paga por haberles tocado tiempos difíciles de persecución, así tampoco recibirán menor paga los hermanos que hayamos servido a Dios en mejores circunstancias. Y si el que reciba menos recibirá abundante gracia y vida eterna, dones inmerecidos, ¡cuánto no será la recompensa del que más reciba! ¡Dios es magnánimo! Los desocupados. En el versículo 6 la parábola habla del Señor de la viña encontrando a unos que estaban desocupados y les preguntó: ¿por qué estáis aquí todo el día desocupados? Ellos le respondieron: Porque nadie nos ha contratado (vr.7). Lo cual nos indica que todo aquel que no está sirviendo a Dios en su reino es un desocupado, el mundo sin Dios vive como los atenienses en épocas de Pablo: sin pasar el tiempo en otra cosa que no fuese decir o escuchar la última novedad (Hch. 17:21). En especial, esta era la condición del mundo gentil, el cual “no había sido contratado” por el Señor, sólo el pueblo de Israel era siervo. Mas ahora Dios ha extendido su invitación a todo el mundo. Él llenará el banquete con todos los traídos de las plazas y calles de todo el mundo, y aún de los caminos y callejones traerá, pero llenará su casa. Alguien puede estar muy ocupado en los asuntos de este mundo, trabaja todo el día y todos los días, duerme poco y no tiene tiempo libre para nada; pero aún cuando sea muy trabajador a los ojos humanos, delante del Señor es un desocupado, pues no atiende su reino. Alguien dijo alguna vez que si atendiésemos nuestros negocios terrenales como atendemos los espirituales, tiempo ha que pediríamos limosna. Ninguno que milita se enreda en los negocios d ella vida, a fin de agradar a Aquél que lo tomó por soldado. Todo aquél que no se ocupa del reino de los cielos, esto es, de engrandecer el Nombre del Rey Jesucristo y edificar su iglesia es un despreocupado. Mas, por el contrario, todo aquel que además de ser un excelente ciudadano, trabajador y padre de familia tiene como prioridad extender el reino de los cielos, este es un hombre que verdaderamente es siervo de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:7
20.3-7 El diablo, con sus tentaciones, alquila esclavos para su hacienda, a fin de que apacienten cerdos (Luc. 15:15). Dios, con su Evangelio, contrata siervos para su viña, para que la cultiven y la cuiden; es trabajo de paraíso (Matthew Henry). Está tan interesado el Señor en nuestro servicio que salió a diferentes horas a buscar obreros. Dios ha llamado a unos por la mañana, en los primeros años de su vida. A otros en su juventud; a otros en la madurez y plenitud de su vida, y a otros en su vejez. Sin embargo, el pago es el mismo, pues la recompensa es independiente del tiempo del servicio. La recompensa es de acuerdo al corazón generoso del Amo, que siempre nos da más de lo que merecemos. Cuán maravilloso es nuestro Dios, que no solo llama al pecador al perdón de sus pecados, sino que también lo llama a su servicio. Sólo Dios pone a Judas a cuidar las ofrendas y al perseguidor Saulo a edificar la iglesia. ¡Aleluya! Por otro lado, también podemos dar a esta parábola una aplicación que comprenda toda la era de la iglesia: Cristo es el dueño de la casa que sale a las seis de la mañana, la primera parte de la era de la iglesia, a llamar a sus discípulos a que entraran en el reino. Recuerda que el Señor está respondiendo la pregunta a Pedro acerca de que recibirán por haber dejado todo por el Señor. Este es precisamente el contrato, lo convenido. Luego, a la hora tercera, que es las 9 de la mañana de hoy, corresponde a la segunda parte de la era de la iglesia en la que el Señor salió a la plaza que es el mundo, a buscar a los desocupados, a los que no trabajaban en el reino. Después, a la hora sexta, esto es, al mediodía, correspondiente a la cuarta parte de la era de la iglesia, el Señor volvió a levantar siervos para su reino. Lo mismo a la hora novena, las 3 de la tarde y a la hora undécima, a las 5 de la tarde, el Señor sigue levantando obreros en la última parte del periodo de la iglesia. Él seguirá llamando cerca del fin de la era de la iglesia. Y así como los primeros creyentes no podrán reclamar mayor paga por haberles tocado tiempos difíciles de persecución, así tampoco recibirán menor paga los hermanos que hayamos servido a Dios en mejores circunstancias. Y si el que reciba menos recibirá abundante gracia y vida eterna, dones inmerecidos, ¡cuánto no será la recompensa del que más reciba! ¡Dios es magnánimo! Los desocupados. En el versículo 6 la parábola habla del Señor de la viña encontrando a unos que estaban desocupados y les preguntó: ¿por qué estáis aquí todo el día desocupados? Ellos le respondieron: Porque nadie nos ha contratado (vr.7). Lo cual nos indica que todo aquel que no está sirviendo a Dios en su reino es un desocupado, el mundo sin Dios vive como los atenienses en épocas de Pablo: sin pasar el tiempo en otra cosa que no fuese decir o escuchar la última novedad (Hch. 17:21). En especial, esta era la condición del mundo gentil, el cual “no había sido contratado” por el Señor, sólo el pueblo de Israel era siervo. Mas ahora Dios ha extendido su invitación a todo el mundo. Él llenará el banquete con todos los traídos de las plazas y calles de todo el mundo, y aún de los caminos y callejones traerá, pero llenará su casa. Alguien puede estar muy ocupado en los asuntos de este mundo, trabaja todo el día y todos los días, duerme poco y no tiene tiempo libre para nada; pero aún cuando sea muy trabajador a los ojos humanos, delante del Señor es un desocupado, pues no atiende su reino. Alguien dijo alguna vez que si atendiésemos nuestros negocios terrenales como atendemos los espirituales, tiempo ha que pediríamos limosna. Ninguno que milita se enreda en los negocios d ella vida, a fin de agradar a Aquél que lo tomó por soldado. Todo aquél que no se ocupa del reino de los cielos, esto es, de engrandecer el Nombre del Rey Jesucristo y edificar su iglesia es un despreocupado. Mas, por el contrario, todo aquel que además de ser un excelente ciudadano, trabajador y padre de familia tiene como prioridad extender el reino de los cielos, este es un hombre que verdaderamente es siervo de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:8
20.8 Existe un ajuste de cuentas cuando llegue la noche, al terminar el día o a la puesta del sol. Podemos verlo tanto individual como dispensacionalmente. De forma personal, no recibiremos la verdadera recompensa en esta vida, sino después de ella; y esto, hasta que venga el Señor, entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios (1 Cor. 4:5). Él ha dicho: he aquí vengo pronto, y mi recompensa conmigo, para pagar a cada uno según sean sus obras (Ap. 22:12). Y también, al terminar la era de los gentiles o el dominio del mundo sobre el mundo, el Señor llamará a los obreros para que recibamos la recompensa, entonces compareceremos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho por medio del cuerpo, sea bueno o de baja calidad (2 Cor. 5:10). Por otro lado, el orden de los pagos es diferente a lo que acostumbraríamos, pues comenzó a pagarles desde los postreros hasta los primeros. Empezó con los últimos. Comenzó a recompensar a los obreros que no hicieron ningún convenio con Él, sin esperar un pago específico y que simplemente entraron a trabajar a su viña confiando en la generosidad del Amo. Esto, a diferencia de los primeros obreros contratados, los cuales sí trabajaron por una paga definida; es decir, con el interés por la misma. A estos últimos se les daría aquello por lo cual trabajaron a diferencia de los primeros, que se les recompensó de acuerdo a la generosidad del Amo. ¿Comprendes? Debes servir a Dios confiando más en su generosidad que en recibir algo específico. Servirlo por amor pensando bien de Él. Nuestra esperanza es Él, más allá de su recompensa o de su castigo, según sea el caso. Sin importar en qué etapa de la iglesia entremos a servirle a su viña, la recompensa será abundante, confiemos en Él sin condiciones (Rom. 5:4-5).
— Roberto Tinoco
Mateo 20:9
20.9-12 La envidia de los jornaleros. Pensaron que recibirían más a pesar de haber trabajado esperando recibir algo específico previamente pactado. Su error consistió en no pensar generosamente del Amo, pero sí generosamente de sí mismos como de superiores a los últimos jornaleros. El vaso más usado no es necesariamente el más fino. Hicieron un convenio y trabajaron por él. Y cuando vieron la paga de sus consiervos se creyeron mejores que ellos reclamando recibir más. A diferencia de ellos, los últimos jornaleros sirvieron sin saber qué se les pagaría, solo por la confianza en el Amo. Esto les acreditó a una mayor recompensa. ¿Por qué sirves a Dios? ¿Por Él o por un pago específico? ¿Quieres tu recompensa o su recompensa? Algunos son como el hermano del pródigo que se quejó porque su padre tuvo misericordia de su hermano: he aquí tantos años que te sirvo, jamás he desobedecido tu mandamiento; y nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo que ha consumido tus bienes con prostitutas, has matado para él el ternero engordado. Se les olvida como a ese joven que son hijos de Dios y que siempre estarán con Él; así como pierden de vista que todas sus cosas son suyas (Luc. 15:29-31). ¿Por qué sentir envidia? No caigas en el error del fariseo que daba gracias a Dios porque según él no era como los demás (Luc. 18:11-12).
— Roberto Tinoco
Mateo 20:10
20.9-12 La envidia de los jornaleros. Pensaron que recibirían más a pesar de haber trabajado esperando recibir algo específico previamente pactado. Su error consistió en no pensar generosamente del Amo, pero sí generosamente de sí mismos como de superiores a los últimos jornaleros. El vaso más usado no es necesariamente el más fino. Hicieron un convenio y trabajaron por él. Y cuando vieron la paga de sus consiervos se creyeron mejores que ellos reclamando recibir más. A diferencia de ellos, los últimos jornaleros sirvieron sin saber qué se les pagaría, solo por la confianza en el Amo. Esto les acreditó a una mayor recompensa. ¿Por qué sirves a Dios? ¿Por Él o por un pago específico? ¿Quieres tu recompensa o su recompensa? Algunos son como el hermano del pródigo que se quejó porque su padre tuvo misericordia de su hermano: he aquí tantos años que te sirvo, jamás he desobedecido tu mandamiento; y nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo que ha consumido tus bienes con prostitutas, has matado para él el ternero engordado. Se les olvida como a ese joven que son hijos de Dios y que siempre estarán con Él; así como pierden de vista que todas sus cosas son suyas (Luc. 15:29-31). ¿Por qué sentir envidia? No caigas en el error del fariseo que daba gracias a Dios porque según él no era como los demás (Luc. 18:11-12).
— Roberto Tinoco
Mateo 20:11
20.9-12 La envidia de los jornaleros. Pensaron que recibirían más a pesar de haber trabajado esperando recibir algo específico previamente pactado. Su error consistió en no pensar generosamente del Amo, pero sí generosamente de sí mismos como de superiores a los últimos jornaleros. El vaso más usado no es necesariamente el más fino. Hicieron un convenio y trabajaron por él. Y cuando vieron la paga de sus consiervos se creyeron mejores que ellos reclamando recibir más. A diferencia de ellos, los últimos jornaleros sirvieron sin saber qué se les pagaría, solo por la confianza en el Amo. Esto les acreditó a una mayor recompensa. ¿Por qué sirves a Dios? ¿Por Él o por un pago específico? ¿Quieres tu recompensa o su recompensa? Algunos son como el hermano del pródigo que se quejó porque su padre tuvo misericordia de su hermano: he aquí tantos años que te sirvo, jamás he desobedecido tu mandamiento; y nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo que ha consumido tus bienes con prostitutas, has matado para él el ternero engordado. Se les olvida como a ese joven que son hijos de Dios y que siempre estarán con Él; así como pierden de vista que todas sus cosas son suyas (Luc. 15:29-31). ¿Por qué sentir envidia? No caigas en el error del fariseo que daba gracias a Dios porque según él no era como los demás (Luc. 18:11-12).
— Roberto Tinoco
Mateo 20:12
20.9-12 La envidia de los jornaleros. Pensaron que recibirían más a pesar de haber trabajado esperando recibir algo específico previamente pactado. Su error consistió en no pensar generosamente del Amo, pero sí generosamente de sí mismos como de superiores a los últimos jornaleros. El vaso más usado no es necesariamente el más fino. Hicieron un convenio y trabajaron por él. Y cuando vieron la paga de sus consiervos se creyeron mejores que ellos reclamando recibir más. A diferencia de ellos, los últimos jornaleros sirvieron sin saber qué se les pagaría, solo por la confianza en el Amo. Esto les acreditó a una mayor recompensa. ¿Por qué sirves a Dios? ¿Por Él o por un pago específico? ¿Quieres tu recompensa o su recompensa? Algunos son como el hermano del pródigo que se quejó porque su padre tuvo misericordia de su hermano: he aquí tantos años que te sirvo, jamás he desobedecido tu mandamiento; y nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo que ha consumido tus bienes con prostitutas, has matado para él el ternero engordado. Se les olvida como a ese joven que son hijos de Dios y que siempre estarán con Él; así como pierden de vista que todas sus cosas son suyas (Luc. 15:29-31). ¿Por qué sentir envidia? No caigas en el error del fariseo que daba gracias a Dios porque según él no era como los demás (Luc. 18:11-12).
— Roberto Tinoco
Mateo 20:13
20.13-16 Las recompensas son de acuerdo a la generosidad de Dios. No podemos decir que recibiremos lo que merecemos, ¡bendita gracia! Siendo la vida eterna un regalo, partamos de ahí para reconocer su generosidad. Ser salvos es muchísimo más de lo que nunca podríamos pagar. Entonces, ¿por qué algunos se quejan contra Dios como si merecieran más? No puede pasarles nada malo sin que se lo atribuyan a Dios, pero Dios ha dicho: ¿Acaso invalidarás mi juicio? ¿Me condenarás a mí para justificarte tú? (Job 40:8). Antes que nada, oh hombre, ¿quién eres tú para que contradigas a Dios? ¿Dirá el vaso formado al que lo formó: “¿Por qué me hiciste así?” (Rom.9:20). El Señor respondió a uno de los obreros inconformes (posiblemente haciendo alusión al apóstol Pedro, quien había preguntado qué recibirían): Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? La diferencia entre los jornaleros ampliamente recompensados y aquellos que recibieron lo convenido, fue precisamente eso, que los que convinieron con el Señor en algo específico, trabajaron por ese pago; mientras que los otros trabajaron por confiar en la generosidad del Amo sin esperar nada más allá de su bondad. ¿Quieres la mayor recompensa? Entonces sirve a Dios esperando en su generosidad, confiando en que es bueno y magnánimo en lugar de servirle por tener esto o aquello. El mensaje central de esta parábola no es la búsqueda de recompensas, sino el servir a Dios por amor y agradecimiento. Nuestro motor es el amor y la vida divina, no la ambición. Entonces serás primero en lugar de postrero.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:14
20.13-16 Las recompensas son de acuerdo a la generosidad de Dios. No podemos decir que recibiremos lo que merecemos, ¡bendita gracia! Siendo la vida eterna un regalo, partamos de ahí para reconocer su generosidad. Ser salvos es muchísimo más de lo que nunca podríamos pagar. Entonces, ¿por qué algunos se quejan contra Dios como si merecieran más? No puede pasarles nada malo sin que se lo atribuyan a Dios, pero Dios ha dicho: ¿Acaso invalidarás mi juicio? ¿Me condenarás a mí para justificarte tú? (Job 40:8). Antes que nada, oh hombre, ¿quién eres tú para que contradigas a Dios? ¿Dirá el vaso formado al que lo formó: “¿Por qué me hiciste así?” (Rom.9:20). El Señor respondió a uno de los obreros inconformes (posiblemente haciendo alusión al apóstol Pedro, quien había preguntado qué recibirían): Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? La diferencia entre los jornaleros ampliamente recompensados y aquellos que recibieron lo convenido, fue precisamente eso, que los que convinieron con el Señor en algo específico, trabajaron por ese pago; mientras que los otros trabajaron por confiar en la generosidad del Amo sin esperar nada más allá de su bondad. ¿Quieres la mayor recompensa? Entonces sirve a Dios esperando en su generosidad, confiando en que es bueno y magnánimo en lugar de servirle por tener esto o aquello. El mensaje central de esta parábola no es la búsqueda de recompensas, sino el servir a Dios por amor y agradecimiento. Nuestro motor es el amor y la vida divina, no la ambición. Entonces serás primero en lugar de postrero.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:15
20.13-16 Las recompensas son de acuerdo a la generosidad de Dios. No podemos decir que recibiremos lo que merecemos, ¡bendita gracia! Siendo la vida eterna un regalo, partamos de ahí para reconocer su generosidad. Ser salvos es muchísimo más de lo que nunca podríamos pagar. Entonces, ¿por qué algunos se quejan contra Dios como si merecieran más? No puede pasarles nada malo sin que se lo atribuyan a Dios, pero Dios ha dicho: ¿Acaso invalidarás mi juicio? ¿Me condenarás a mí para justificarte tú? (Job 40:8). Antes que nada, oh hombre, ¿quién eres tú para que contradigas a Dios? ¿Dirá el vaso formado al que lo formó: “¿Por qué me hiciste así?” (Rom.9:20). El Señor respondió a uno de los obreros inconformes (posiblemente haciendo alusión al apóstol Pedro, quien había preguntado qué recibirían): Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? La diferencia entre los jornaleros ampliamente recompensados y aquellos que recibieron lo convenido, fue precisamente eso, que los que convinieron con el Señor en algo específico, trabajaron por ese pago; mientras que los otros trabajaron por confiar en la generosidad del Amo sin esperar nada más allá de su bondad. ¿Quieres la mayor recompensa? Entonces sirve a Dios esperando en su generosidad, confiando en que es bueno y magnánimo en lugar de servirle por tener esto o aquello. El mensaje central de esta parábola no es la búsqueda de recompensas, sino el servir a Dios por amor y agradecimiento. Nuestro motor es el amor y la vida divina, no la ambición. Entonces serás primero en lugar de postrero.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:16
20.13-16 Las recompensas son de acuerdo a la generosidad de Dios. No podemos decir que recibiremos lo que merecemos, ¡bendita gracia! Siendo la vida eterna un regalo, partamos de ahí para reconocer su generosidad. Ser salvos es muchísimo más de lo que nunca podríamos pagar. Entonces, ¿por qué algunos se quejan contra Dios como si merecieran más? No puede pasarles nada malo sin que se lo atribuyan a Dios, pero Dios ha dicho: ¿Acaso invalidarás mi juicio? ¿Me condenarás a mí para justificarte tú? (Job 40:8). Antes que nada, oh hombre, ¿quién eres tú para que contradigas a Dios? ¿Dirá el vaso formado al que lo formó: “¿Por qué me hiciste así?” (Rom.9:20). El Señor respondió a uno de los obreros inconformes (posiblemente haciendo alusión al apóstol Pedro, quien había preguntado qué recibirían): Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? La diferencia entre los jornaleros ampliamente recompensados y aquellos que recibieron lo convenido, fue precisamente eso, que los que convinieron con el Señor en algo específico, trabajaron por ese pago; mientras que los otros trabajaron por confiar en la generosidad del Amo sin esperar nada más allá de su bondad. ¿Quieres la mayor recompensa? Entonces sirve a Dios esperando en su generosidad, confiando en que es bueno y magnánimo en lugar de servirle por tener esto o aquello. El mensaje central de esta parábola no es la búsqueda de recompensas, sino el servir a Dios por amor y agradecimiento. Nuestro motor es el amor y la vida divina, no la ambición. Entonces serás primero en lugar de postrero.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:17
20.17 En pasajes anteriores el apóstol Pedro había preguntado al Señor en relación a qué recibirían como recompensa por haberlo dejado todo y seguirle. Ante semejante interés, el Señor Jesucristo les dio la parábola de los obreros de la viña, con la que les instaba a seguirle desinteresadamente. Sin embargo, para seguirle desinteresadamente se necesita morir a uno mismo. Por ello el Señor les anuncia nuevamente su muerte y resurrección como ejemplo a seguir. Por otro lado, no puedo comprender el gigantesco imán de amor que es Jesucristo para ser capaz de que hombres ordinarios y desinteresados de los asuntos religiosos fuesen capaces de dejarlo todo para seguirle a Él, a un condenado a muerte desde antes de nacer. ¡Pero entre más lo conozco más lo amo y quiero seguirle! El Rey subía camino a Jerusalén, no iba por una corona de oro, sino por una de espinas. El único trono en el cual se sentó en la santa ciudad fue el improvisado por los soldados romanos ávidos de sangre que golpearían su cabeza con una caña escarneciéndole. ¿Qué tenía el Rey en su corazón que le hacía avanzar hacia la cruz, qué le apuraba el paso con rostro firme y decidido? ¿cómo puede alguien amar tanto? El evangelista Marcos dice que Jesús iba caminando delante de ellos (10:32-34). A diferencia de todos los condenados a muerte que por regla general son llevados a rastras, ¡el Señor iba delante!, nunca nadie ha estado tan apurado por descender al sepulcro, ¡y menos de esa forma! ¡tanto es su amor! La copa de la ira estaba por ser derramada y Jesús estaba dispuesto a beberse hasta la última gota a fin de que no fuésemos condenados, sino salvos por la fe en su nombre. Hoy preguntémonos: ¿estoy tan decidido como Cristo a vivir y morir por Dios? El Señor tomó a sus doce discípulos aparte. La noticia que estaba por darles no era cualquier cosa. Con la seriedad de un condenado a muerte se propuso explicarles que habría de morir. Puedo ver el rostro de los doce: ojos desorbitados, ceños fruncidos, a Juan se le escaparía una lágrima, a Pedro un mover brusco y negativo del rostro entre manoteos, a Judas una mueca de frustración. Les anunció en privado su muerte porque los grandes mensajes de Dios siempre son escuchados en privado, a solas con Él. La algarabía mundanal nunca ha sido buen receptáculo de la voz divina. Cuando Dios va a hablarnos, que por cierto siempre es acerca de algo muy importante, nos invita primero al retiro, a buscarle en privado, aparte, pero en el camino, nunca fuera de él. ¿He de encubrir a Abraham lo que voy a hacer? - dijo un día (Gen. 18:17). Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor. Pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todas las cosas que oí de mi Padre (Jn. 15:15) - dijo en otra ocasión. El secreto de Yahwéh es para los que le temen; a ellos hará conocer su pacto (Sal. 25:14). Así, nada hará el Señor Yahwéh sin revelar su secreto a sus siervos los profetas (Amós 3:7). Esta es la tercera vez que el Señor anunciaba su muerte a los discípulos. En las tres tenemos consonantes y diferencias. El primer anuncio fue dado inmediatamente después de que Pedro llamó al Señor el Cristo, el Hijo del Dios Viviente (Mat. 16:21-23). La segunda ocasión que les anunció su muerte fue después de su transfiguración en el monte (Mat. 17:22-23). Y por último, la tercera vez que es precisamente el texto en cuestión, anuncia su muerte después de que Pedro le pregunta acerca de las recompensas por seguirle (Mat. 10:17-19). Las tres ocasiones tienen la misma causa. Fueron anuncios de la muerte del Señor dados por Él mismo después de un momento de gloria. Antes de la honra Jesús siempre anticipó la cruz. Cada vez que Dios anuncia el mismo asunto tres veces es porque se trata de algo sumamente importante. En el caso de la crucifixión y resurrección de Cristo, es tan importante que de hecho es el fundamento mismo de toda la fe cristiana. La Biblia registra que tres veces intentaron asesinar al Maestro; tres veces les anunció en privado a los doce su muerte y resurrección. Tres tipos de hombres de Israel darían la orden de muerte: Los ancianos, los sacerdotes y los escribas. Tres los coautores de su muerte: Judas, el traidor; Caifás, el que condena; Pilato, el que ejecuta la condena. Tres, los ejecutores de su muerte: los esbirros, que lo arrastraran; los judíos, que gritaran bajo el pretorio “¡crucifícale!”; los soldados romanos, que lo clavaran en el madero. Y serían también tres, únicamente tres días para que se levantara victorioso de entre los muertos rompiendo las ataduras de la muerte. ¡Aleluya! Pueden ser tomadas las palabras que el Señor dio sobre su propia muerte como un anuncio, pero quizá debamos tratarlas más como una profecía. Como el grito de guerra de un Rey que va a la batalla, habló inspirado por el Espíritu Santo y no por el temor. El temor nunca fue incentivo para que el Señor hablara, fue el Espíritu de Dios el soplo que activaba sus cuerdas bucales. Él subía a Jerusalén para que se cumplieran todas las cosas que fueron escritas por los profetas acerca del Hijo del Hombre (Luc. 18:31). ¡Benditas profecías que traen vida eterna al que cree! Pero más allá de un anuncio o una profecía, el Rey Jesucristo hablaba de su muerte con la virtud propia de una meta. No fue un lamento ni una queja de un condenado a muerte. Tampoco fue el éxtasis fanático de un profeta. La muerte de Jesucristo fue la visión clara y decidida del mayor Hombre que ha pisado la tierra, el Hijo del Hombre. Una meta fija en su corazón desde que tuvo entendimiento. Unos anhelan poder, otros fama. Algunos tienen como meta un laurel o una corona, otros tienen como meta la paz o la felicidad. Pero Cristo ha tenido como meta los oxidados clavos de una cruz: Ahora, está turbada mi alma - dijo cuando se vislumbraba el Calvario -¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora (Jn. 12:27). El Hijo del Hombre vino… para dar su vida en rescate por muchos (Mt.20:28). Yo pongo mi vida por las ovejas –aseguró (Jn. 10:15). La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber? - dijo a Pedro cuando éste sacó la espada para defenderle en el Getsemaní. Tenía tan fija la meta de la cruz en su alma que además de referirse a ella en múltiples ocasiones, se angustiaba sobremanera hasta que ésta es llevara a cabo: De un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla! Si no hubiese sido por su determinación y entrega, nuestras almas jamás hubiesen recibido vida eterna. Si la cruz no hubiese sido el destino terrenal del Maestro, el nuestro no sería el cielo.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:18
20.18 El Señor profetizó que sería entregado a los principales sacerdotes y a los escribas; pero, ¿quién lo entregó? Puede decirse que Judas lo entregó con un beso y es verdad, él fue el traidor. Puede pensarse que la turba enviada por los sacerdotes se encargó de arrestarle y entregarle. Humanamente hablando, también esto es verdad. Sin embargo, fue Dios quien lo entregó en realidad, sin su consentimiento hubiera sido imposible. De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Jn. 3:16). Él murió voluntariamente. Y lo mismo puede decirse con respecto a los que lo condenaron a muerte. El texto dice que los principales sacerdotes y los escribas le condenarían a muerte. Es una paradoja que la “mejor” gente de la época, la más “santa”, la que se suponía más apegada a Dios fuese precisamente la que condenara a muerte al Señor. Los mismos labios que loaban salmos en el templo fueron los que gritaron: ¡crucifícale! Las mismas voces que solemnes leían la ley de Dios en las sinagogas fueron las que dictaron sentencia de muerte a Dios en carne. Las mismas manos que se elevaban en alabanza al cielo fueron las que dieron de bofetadas a Aquél que descendió del cielo. Es una paradoja que la gente más religiosa suele ser la más dura y ciega. Es precisamente su falso concepto personal de santidad la que le pierde. Creerse bueno es una terrible maldad. ¡Mas nunca se hubiese podido dictar sentencia ni condena alguna a no ser porque Dios condescendió con ellos! ¡Jamás lo hubiesen podido tocar si Él mismo no lo permitiese! Esta es una paradoja aún mayor: Los hombres pecadores que se creían santos condenaron al Santo culpándolo de pecador; y Dios que es verdaderamente Santo entregó a su Santo Hijo imputándole el pecado de aquellos que le condenaban. ¿no es esto un misterio? ¡Grande es el misterio de la piedad! (1 Tim.3:16) ¡Jesucristo es la vida! ¡La vida tocó la muerte! ¡Lo Santo tocó lo inmundo! Todo para que nosotros los que creemos gustemos la vida y no la muerte, lo santo y no lo inmundo.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:19
20.19 El Señor Jesucristo anunció tres veces su muerte, en cada anuncio revelaba algo nuevo con respecto a cómo sucedería esto. La primera vez dijo que padecería mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas. Y la segunda vez le añadió que sería entregado en manos de hombres. Pero la tercera vez le agregó algo que era muy difícil de soportar para los celosos oídos judíos de sus discípulos: ¡sería entregado a los gentiles para que le escarnecieran, le azotaran y le crucificaran! (vr.19). Seguramente los discípulos pensaron que esto ya era el colmo. No solo no venía Jesús como un Rey Militar que les libertara de los romanos y les hiciese una potencia mundial, sino que tampoco se conformaba con ser muerto por los judíos, ¡se estaba entregando a los gentiles! A aquellos que no tenían acceso a los asuntos de Dios, a los paganos. Una cosa es que el pueblo de Dios, los judíos, le llevaran a muerte y otra muy distinta que lo hiciesen los idólatras gentiles. Pero el Señor no estaba muriendo sólo por Israel, sino por todo el mundo. Su gracia es de alcance universal. No importa quién o qué seas tú, Cristo murió por tus pecados para darte vida eterna. Nuestro Rey no murió como mueren los grandes. No estuvo en cama cerrando los ojos en paz rodeado de los suyos. Él estuvo en una ignominiosa cruz, abandonado por los suyos y rodeado de criminales. Fue escarnecido, azotado y crucificado. Escarnecido (gr. empaizo) significa burlado, humillado, es esa sátira grotesca, es vejación del alma. ¿Y qué decir del azote romano? Hecho de cueros de animales en cuya punta se sujetaban trozos de filosos metales que se clavaban en la carne con el golpe y que desgarraban al retirar el látigo dejando la carne viva. Con razón el profeta Isaías dijo que su apariencia humana sería desfigurada (Is. 52:14-15). Y por último la cruz que encierra la peor de las muertes. Une todos los sufrimientos que puede soportar un hombre hasta la fina línea entre la vida y la muerte. Le hicieron caminar por las estrechas calles de Jerusalén cargando un madero en sus espaldas. Lo empujaban, lo golpeaban, lo escupían. Llegando al monte de la Calavera lo arrojaron al suelo sobre el leño que cargaba. Varias veces le cayó encima el madero por cansancio, luego Él le caería a la madera por la ira apresurada de los soldados. Quiere descansar su cabeza, pero no puede hacerlo, una corona de espinas se lo impide. Lo desnudan con violencia, las carcajadas aturden sus oídos. Se oye la temida orden: Un soldado toma su mano, pone sobre ella un clavo oxidado y mal hecho e inmisericorde golpea sobre él hundiéndolo en la carne, un golpe más y otro y otro hasta que por fin sujeta al Nazareno a la madera. Otro soldado hace lo mismo con la otra mano. Se oyen los gritos de dos ladronas que corren la misma suerte, pero el Cordero de Dios no abrió su boca, soportó con estoicismo el tormento. Pasan una ruda soga por su espalda y entre las axilas, la cuerda quema su carne lacerada; le levantan sobre otro burdo tronco hecho improvisadamente de un árbol cercano al cual sólo le quitaron a golpes las ramas, mas conserva sus salientes. Lo ponen sobre la cruz. A la mitad de la cruz el Rey tiene su trono (al menos por ahora) una pequeña clavija que le permitirá reposar el cuerpo, no lo suficiente para darle descanso, a lo más, para evitar que sus brazos se desgarren, prolongando con esto la agonía. Le doblan las rodillas y clavan sus pies. ¡La muerte del Rey fue espantosa! Si la historia allí acabara entonces seguiríamos a un fracasado. ¡Mas gracias a Dios! Así como dijo que moriría, también dijo que resucitaría. Y así como tuvo el poder para dar su vida, también tuvo el poder para volverla a tomar (Jn. 10:17-18). ¡Jesucristo resucitó! ¡Resucitó! ¡Resucitó! La condena judía es poca cosa; Pilato es un pusilánime; los soldados romanos carecen de poder; la piedra en el sepulcro es muy pequeña; ¡Cristo se levantó de los muertos! Era imposible que la muerte lo retuviera. ¡La Vida está en pie!
— Roberto Tinoco
Mateo 20:20
20.20-21 El Señor Jesucristo acababa de anunciar por tercera vez su muerte y resurrección. Sus doce discípulos supieron que la consumación de la obra de Cristo estaba a punto de llegar. Probablemente corrieron la voz entre sus conocidos y familiares, pues vemos que la madre de Jacobo y de Juan vino al Señor con una ambiciosa petición. La madre de los hijos de Zebedeo tenía fe, lo sabemos porque estaba tan convencida en el establecimiento del reino que vino ante el Señor para pedirle los mejores lugares para sus hijos. Ella comprendió por la fe quién era el Señor Jesucristo, ya que vino a Él postrándose. La palabra griega para postrarse usada aquí es proskuneo, es un término que en muchas otras porciones de la Escritura se traduce como adoración. De modo que la madre de Jacobo y de Juan vino ante Cristo y lo adoró. Pero a pesar de que esta mujer tenía fe, de que estaba convencida de la realidad del reino de los cielos, y de que adoró al Señor Jesucristo, aún así tenía propósitos egoístas en su corazón. Pidió que sus hijos estuvieran a la derecha e izquierda del Señor en el reino; es decir, que fueran los dos principales en el reino de Cristo. Es el amor materno mal encauzado. No podemos dudar que amaba a sus hijos y que quería lo mejor para ellos. El amor de los padres es grande y maravilloso; generalmente los padres estamos dispuestos a cualquier sacrificio por el bienestar de nuestros hijos; desafortunadamente, también sucede que encaucemos mal nuestro amor y en lugar de beneficiar a nuestros hijos los perjudiquemos. Esta mujer provocó que los otros diez discípulos se enojaran contra sus hijos. En ocasiones, por intentar evitar sufrimientos a los nuestros se los provocamos. La Biblia dice que el muchacho consentido avergonzará a su madre (Pr. 29:15). Debemos enseñar a nuestros hijos a amar a Dios lo mejor que podamos, pero son ellos mismos los que deben enfrentar los retos propios de su vida. Buscó su gloria en la gloria de sus hijos y en cierto modo lo consiguió, pues no se conoce su nombre, es solo “la madre de los hijos de Zebedeo”; y en esto se omite aún el nombre de sus hijos.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:21
20.20-21 El Señor Jesucristo acababa de anunciar por tercera vez su muerte y resurrección. Sus doce discípulos supieron que la consumación de la obra de Cristo estaba a punto de llegar. Probablemente corrieron la voz entre sus conocidos y familiares, pues vemos que la madre de Jacobo y de Juan vino al Señor con una ambiciosa petición. La madre de los hijos de Zebedeo tenía fe, lo sabemos porque estaba tan convencida en el establecimiento del reino que vino ante el Señor para pedirle los mejores lugares para sus hijos. Ella comprendió por la fe quién era el Señor Jesucristo, ya que vino a Él postrándose. La palabra griega para postrarse usada aquí es proskuneo, es un término que en muchas otras porciones de la Escritura se traduce como adoración. De modo que la madre de Jacobo y de Juan vino ante Cristo y lo adoró. Pero a pesar de que esta mujer tenía fe, de que estaba convencida de la realidad del reino de los cielos, y de que adoró al Señor Jesucristo, aún así tenía propósitos egoístas en su corazón. Pidió que sus hijos estuvieran a la derecha e izquierda del Señor en el reino; es decir, que fueran los dos principales en el reino de Cristo. Es el amor materno mal encauzado. No podemos dudar que amaba a sus hijos y que quería lo mejor para ellos. El amor de los padres es grande y maravilloso; generalmente los padres estamos dispuestos a cualquier sacrificio por el bienestar de nuestros hijos; desafortunadamente, también sucede que encaucemos mal nuestro amor y en lugar de beneficiar a nuestros hijos los perjudiquemos. Esta mujer provocó que los otros diez discípulos se enojaran contra sus hijos. En ocasiones, por intentar evitar sufrimientos a los nuestros se los provocamos. La Biblia dice que el muchacho consentido avergonzará a su madre (Pr. 29:15). Debemos enseñar a nuestros hijos a amar a Dios lo mejor que podamos, pero son ellos mismos los que deben enfrentar los retos propios de su vida. Buscó su gloria en la gloria de sus hijos y en cierto modo lo consiguió, pues no se conoce su nombre, es solo “la madre de los hijos de Zebedeo”; y en esto se omite aún el nombre de sus hijos.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:22
20.22-23 El Señor respondió a la protectora madre de Jacobo y de Juan que no sabía lo que estaba pidiendo. Realmente no tenía conciencia de la gravedad del asunto. ¡Como si en el reino de los cielos sirvieran las influencias terrenales o Dios vendiera su gracia! Santiago escribió: pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites (Stg. 4:3). La mayoría de las oraciones no son como el incienso aromático que sube al cielo, sino como flechas de guerra tiradas a la ventura. La condición para tal gloria es beber la copa y ser bautizados del mismo bautismo que Jesús. Quien se exalta será humillado. El vaso es de la ira de Dios que se derramaría sobre Él en el Calvario. El bautismo igualmente era la cruz. Esto significa que al buscar la gloria debemos estar dispuestos a enfrentar la cruz y aún así, continuar sirviendo a Dios. Prácticamente los colocó en los lugares de los ladrones que le acompañarían en el Calvario. Uno a la derecha y otro a la izquierda. Pidieron gloria, pero se habían comportado como ladrones pidiendo los mejores lugares. Y efectivamente, serían el primero y el último de los mártires entre los doce como una especie de paréntesis de la era de los grandes apóstoles. La puerta de la gloria tiene la forma de una cruz.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:23
20.22-23 El Señor respondió a la protectora madre de Jacobo y de Juan que no sabía lo que estaba pidiendo. Realmente no tenía conciencia de la gravedad del asunto. ¡Como si en el reino de los cielos sirvieran las influencias terrenales o Dios vendiera su gracia! Santiago escribió: pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites (Stg. 4:3). La mayoría de las oraciones no son como el incienso aromático que sube al cielo, sino como flechas de guerra tiradas a la ventura. La condición para tal gloria es beber la copa y ser bautizados del mismo bautismo que Jesús. Quien se exalta será humillado. El vaso es de la ira de Dios que se derramaría sobre Él en el Calvario. El bautismo igualmente era la cruz. Esto significa que al buscar la gloria debemos estar dispuestos a enfrentar la cruz y aún así, continuar sirviendo a Dios. Prácticamente los colocó en los lugares de los ladrones que le acompañarían en el Calvario. Uno a la derecha y otro a la izquierda. Pidieron gloria, pero se habían comportado como ladrones pidiendo los mejores lugares. Y efectivamente, serían el primero y el último de los mártires entre los doce como una especie de paréntesis de la era de los grandes apóstoles. La puerta de la gloria tiene la forma de una cruz.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:24
20.24 Tampoco los otros discípulos se encontraban en una buena actitud; se enojaron contra Jacobo y juan por su petición de preeminencia, pero se enojaron precisamente porque también ellos eran semejantes. La soberbia produce contienda (Pr. 13:10). Nada hagáis por contienda o por vanagloria, antes bien estimad humildemente a los demás como superiores a vosotros mismos (Fil.2:3).
— Roberto Tinoco
Mateo 20:25
20.25-27 El Señor Jesucristo aprovechó la oportunidad para enseñar “las políticas de ascenso” en el reino de los cielos. Primero: Es contrario al mundo, sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así. Él dijo: Mi reino no es de este mundo. Segundo: Se basa en la humildad interna que se expresa en servicio externo. Sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo. Anteriormente ya había dicho que el que se humille como un niño, ese es el más importante en el reino de los cielos (Mat. 18:4). El que se humilla será enaltecido, mas el que se enaltece será humillado. ¡Ay de nosotros si buscamos ser los primeros! ¡Ay de nosotros si nos molestamos cuando no nos tratan como a señores! ¿pero qué somos sino siervos? Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor; y a nosotros como siervos vuestros por causa de Jesús (2 Cor. 4:5).
— Roberto Tinoco
Mateo 20:26
20.25-27 El Señor Jesucristo aprovechó la oportunidad para enseñar “las políticas de ascenso” en el reino de los cielos. Primero: Es contrario al mundo, sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así. Él dijo: Mi reino no es de este mundo. Segundo: Se basa en la humildad interna que se expresa en servicio externo. Sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo. Anteriormente ya había dicho que el que se humille como un niño, ese es el más importante en el reino de los cielos (Mat. 18:4). El que se humilla será enaltecido, mas el que se enaltece será humillado. ¡Ay de nosotros si buscamos ser los primeros! ¡Ay de nosotros si nos molestamos cuando no nos tratan como a señores! ¿pero qué somos sino siervos? Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor; y a nosotros como siervos vuestros por causa de Jesús (2 Cor. 4:5).
— Roberto Tinoco
Mateo 20:27
20.25-27 El Señor Jesucristo aprovechó la oportunidad para enseñar “las políticas de ascenso” en el reino de los cielos. Primero: Es contrario al mundo, sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así. Él dijo: Mi reino no es de este mundo. Segundo: Se basa en la humildad interna que se expresa en servicio externo. Sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo. Anteriormente ya había dicho que el que se humille como un niño, ese es el más importante en el reino de los cielos (Mat. 18:4). El que se humilla será enaltecido, mas el que se enaltece será humillado. ¡Ay de nosotros si buscamos ser los primeros! ¡Ay de nosotros si nos molestamos cuando no nos tratan como a señores! ¿pero qué somos sino siervos? Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor; y a nosotros como siervos vuestros por causa de Jesús (2 Cor. 4:5).
— Roberto Tinoco
Mateo 20:28
20.28 Vivir para servir. Esa es forma de vida en el reino de los cielos. Hay un dicho que menciona esta verdad: “el que no vive para servir, no sirve para vivir”. Así es el reino de los cielos. Y el mayor ejemplo de esto es Cristo mismo. Vivir para dar y dar para servir. Nuestra vida fue salvada con el propósito de ser útil, de modo que si no sirve a su prójimo, ¿fue realmente salvada? ¿Acaso no fuimos salvos para buenas obras que Dios preparó de antemano para que andemos en ellas? (Efesios 2:10). El Señor dio su vida en rescate y nuestra vida debe ser una ampliación de la suya, vivir para rescatar. Habiendo sido rescatados ya no somos nuestros, sino de aquel que nos rescató, a fin de que sirvamos a la justicia. El servicio no es opcional. Se han escrito miles de cosas con respecto a qué vino Cristo. Se le ha puesto en la lista de los grandes; se han acumulado teorías teológicas y filosóficas sobre su venida. Para unos, fue un gran pensador y como tal nos dejó abstractas ideas y pensamientos; para otros, fue un hombre social que abogó cual socialista por los pobres; pero oigamos qué dice el mismo Señor Jesucristo acerca de sí mismo y la razón de su venida: es un hecho, Él vino. Lo que habla de su preexistencia. Es lógico que para venir, primero tuvo que existir. Este fue el misterio que los judíos no pudieron desentrañar: ¿cómo era posible que el Hijo del carpintero existiera antes de nacer? En un acalorado debate que tuviese el Señor Jesús con los judíos, el Maestro argumentó que el patriarca Abraham se gozó de ver su día, esto es, el día de Cristo. De inmediato los celosos religiosos mostraron lo obtusa de su fe: Aún no tienes cincuenta años. ¿y has visto a Abraham? Jesús entonces respondió con una de las joyas de la Escritura: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, Yo Soy (Jn. 8:56-58). ¡No solo afirmó su preexistencia, sino su misma deidad! (compara con Ex.3:14). También, cuando lo arrestaron dijo Yo Soy; y los soldados cayeron a tierra (Jn. 18:3-6; lee Juan 1:1). Finalmente el veredicto de los judíos para llevarle a la muerte fue que Jesús se hizo llamar a sí mismo Dios (lee Jn. 5:18; 10:32-33). Consideremos también su disposición. Cristo vino, Él no fue echado de los cielos ni llegó cual refugiado. Estaba determinado a ir la cruz por amor a nosotros. Lo mínimo que podemos hacer es amarle igualmente. Y respecto a la forma de su venida, vino como el Hijo del Hombre siendo Dios. Si desde el cielo hubiese descendido en su deidad. Si le hubiésemos visto en su trono rodeado de millares de ángeles; entonces la refulgencia de su gloria nos hubiese encandilado. ¡Maravíllate! El Hijo de Dios, el Eterno, el Dios Omnipotente; quien ha habitado con el Padre en uno solo desde siempre, ¡vino como el Hijo del Hombre! Semejante a nosotros. Y siendo Hombre, mantuvo su relación con el Padre enseñándonos a relacionarnos también nosotros con Él. El Hijo de Dios se hizo Hijo del Hombre, para que los hijos de los hombres fuésemos hechos hijos de Dios. El mundo se admiró de que el hombre pisara la luna, exhiben las huellas de los astronautas en esa roca por todo el mundo, dicen: “¡cuánta grandeza un hombre en la luna!” Esto es poca cosa. ¡Dios ha estado en la tierra! Eso sí es maravilloso. Dios fue manifestado en carne, ¡grande es el misterio del amor! (1 Tim. 3:16). Dios vistió túnica, se puso sandalias y salió a empolvarse los pies. Dios nació en un pesebre y usó pañales. Dios fue protegido de sus enemigos por un carpintero que gustaba de soñar. Dios trabajó con sus manos la madera. ¡Este es el gran misterio de su amor! Todo para darnos vida eterna. Vino como Hombre, pues ningún otro estaba dispuesto ni capacitado para redimir a la humanidad. El postrer Adán que vino a rescatar lo que perdió el primer Adán y convertirse así en la Cabeza de la nueva creación. Él vino a servir. Se esperaría que el Hijo de Dios fuese tratado con esplendidez y honores; ¿acaso no son tratados así los hijos de los grandes? Pero el Señor jamás se impuso. Lo primero que olió al nacer no fue el aroma de un palacio, sino el estiércol en el establo. El primero que lo atendió no fue el médico de la familia, ni siquiera una partera vecina, fueron las manos toscas de un judío trabajador y las torpes manos de una adolescente. Pero después de todo el mundo no sería ni suave ni delicado con Él. La realidad es que Cristo no vino a ser servido. Nació sin servicio y murió sirviendo. Teniendo el poder de hacerse servir a su sola voz por millones de ángeles, por la humanidad entera y aún por la naturaleza, eligió voluntariamente ser un servidor. El Amo sirviendo. Aquel a quien rinden pleitesía millones de seres celestiales se ciñó la toalla para lavar los sucios y malolientes pies de un grupo de desarrapados pescadores, gente sencilla. Si hubiera venido a que le sirviéramos, ¿qué hubiéramos podido hacer por Él? Una bola de miserables atendiendo al Rey inmortal. ¿Qué podemos ofrecerle a Aquel que todo lo posee? Sencillamente nos era imposible servirle, al menos como Él lo merece. Por eso vino a servir. Muchos han servido a la humanidad; pero solo Cristo vino a dar un servicio verdaderamente indispensable: Vino a servir, a ministrar vida a la humanidad. ¡Vida eterna! Nos mejoró nuestra precaria forma de vida, nos ha dado vida; y vida en abundancia! (Jn. 10:10). Vino a dar su Vida, así, con mayúscula. Los militares y estadistas han dado la vida de otros. Los filósofos y pensadores han dado su tiempo. Los genios han dado sus ideas. Los virtuosos han dado su talento. Los ricos generosos han dado su dinero. ¡Pero sólo Cristo ha dado verdaderamente su Vida! Y es que si algún otro hombre diera su vida, ¿qué ganaríamos con ello? Hay una larga lista de mártires ¿y para qué? Se trata de vidas manchadas por el pecado, almas necesitadas de salvación, monedas falsificadas, plomo enmohecido que no puede cambiarse por oro. Sólo la vida de Cristo es digna de haberse dado, vida limpia, pura, sin pecado, vida santa y dedicada, el sello mismo de la consagración, el pago exacto de la justicia divina, la única vida apta par ser dada al Padre. La única sangre que debió ser derramada, precisamente e irónicamente también, por ser la única sangre que no debía ser derramada (1 P. 1:18-19). La paga del pecado es la muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom.6:23). Vino para dar su vida en rescate; de manera que necesitábamos ser rescatados. Si el Hijo del Hombre dio su vida en rescate por la humanidad, entonces es que dicho rescate era requerido. Rescate en griego bíblico lutron, significa “desatar”. No es el rescate de algún secuestrado, sino la liberación de un esclavo. No es el pago por una víctima, sino la fianza por un criminal. Tal es la condición de la humanidad sin Cristo, con la espada de Damocles sobre su cabeza; con la pena de muerte firmada y a punto de ser leída, con el infierno esperando; con las llamas por destino; con la separación eterna de Dios dando tan solo a un paso. Necesitábamos un rescate, y este rescate ya fue dado. Cristo Jesús murió para que todo aquel que en Él crea no se pierda más tenga la vida eterna. Él pagó por nuestros pecados en la cruz. ¿Y a quién pagó el rescate? No fue a satanás, el diablo es un ladrón y un miserable condenado. Tampoco le pagó el hombre. Todos a una nos hicimos inútiles, no hay justo ni aún uno por cuanto todos pecados estamos destituidos de la gloria de Dios. El hombre es un ser en bancarrota, está vendido al pecado. El rescate ha sido pagado por nosotros, no a nosotros. Tampoco el rescate fue pagado a los ángeles, ellos son sólo enviados para servicio de los herederos de la salvación. Y menos aún el rescate se dio a la muerte, ya que la muerte es en sí el castigo. No se paga a la cárcel sino a Aquel que encierra en la cárcel. Cristo pagó rescate por cada uno de nosotros al Padre Celestial. La santidad de Dios requería de justicia ante nuestros pecados. Cristo fue entregado (a muerte) por causa de nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación (Rom.4:25). Al que no conoció pecado, por nosotros Dios le hizo pecado, para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios en Él (2 Cor. 5:21). Y respecto a lo que se logró con el rescate: dio su vida por muchos. Cristo no fue el promotor de un partido, ni el defensor de una clase social, tampoco abogó por algunos. Él es la propiciación por nuestros pecados, y no solamente por los nuestros, sino también por las de todo el mundo (1 Jn. 2:2). Por ti y por mí.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:29
20.29-30 Dos hombres literalmente en tinieblas, como todo el mundo en sentido figurado. Lucas y Marcos hablan sólo de un ciego, Marcos dice que se llamaba Bartimeo; pero Mateo menciona a dos ciegos. Para algunos son dos milagros diferentes; pero en realidad se trata de un acontecimiento que debe integrarse con los distintos puntos de vista de una misma verdad, los cuales en conjunto forman el cuadro completo. Marcos se enfoca en Bartimeo porque es posible, bastante posible, que este hombre viviera en la misma ciudad que el evangelista Marcos. Mateo por su parte, puede hablar de dos ciegos porque él sí fue un testigo ocular, a diferencia de Marcos y Lucas. Hoy podríamos cambiarle el nombre de Bartimeo por el nuestro. Marcos y Mateo dicen que el milagro fue “al salir de Jericó”. Lucas dice que fue a la entrada de Jericó. Esto se debe a que el caso tuvo lugar entre la antigua Jericó y la nueva Jericó que Herodes el Grande había edificado. Lucas escribió a los gentiles griegos, así que centró su atención en la Jericó Herodiana, mientras que Mateo centró su atención en la Jericó judía porque escribe el evangelio para los judíos. Este es el último milagro hecho por el Señor a los hombres antes de su entrada a Jerusalén antes de su crucifixión; ¿cómo fue capaz de detenerse en su misión para atender a dos ciegos pordioseros? ¡Cuánto amor! Los dos hombres en cuestión, estaban ciegos y por tanto, dada las condiciones de la época, eran inútiles. Cuando se vive en tinieblas no se puede vivir con propósito. Estaban perdidos, junto al camino, pero no dentro del camino. Oyeron que Jesús pasaba por ahí y en su oír les nació la fe. La fe viene por el oír; de manera que clamaron haciendo lo único que podían hacer: pedir misericordia. No perdieron la oportunidad cuando ésta se les presentó; como tu tampoco debes perder la oportunidad que se te presenta hoy. Manifestaron su fe en el Mesías llamándole Hijo de David, un reconocimiento mesiánico. En esta ocasión y por tratarse de ellos, el Señor no prohibió que le llamaran así; la cruz estaba cerca (compara 9:28-31). Clamaron no teniendo nada por ofrecer y sí todo por recibir. Misericordia para ellos como necesitamos misericordia para nosotros. Con perseverancia, como debemos perseverar también nosotros.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:30
20.29-30 Dos hombres literalmente en tinieblas, como todo el mundo en sentido figurado. Lucas y Marcos hablan sólo de un ciego, Marcos dice que se llamaba Bartimeo; pero Mateo menciona a dos ciegos. Para algunos son dos milagros diferentes; pero en realidad se trata de un acontecimiento que debe integrarse con los distintos puntos de vista de una misma verdad, los cuales en conjunto forman el cuadro completo. Marcos se enfoca en Bartimeo porque es posible, bastante posible, que este hombre viviera en la misma ciudad que el evangelista Marcos. Mateo por su parte, puede hablar de dos ciegos porque él sí fue un testigo ocular, a diferencia de Marcos y Lucas. Hoy podríamos cambiarle el nombre de Bartimeo por el nuestro. Marcos y Mateo dicen que el milagro fue “al salir de Jericó”. Lucas dice que fue a la entrada de Jericó. Esto se debe a que el caso tuvo lugar entre la antigua Jericó y la nueva Jericó que Herodes el Grande había edificado. Lucas escribió a los gentiles griegos, así que centró su atención en la Jericó Herodiana, mientras que Mateo centró su atención en la Jericó judía porque escribe el evangelio para los judíos. Este es el último milagro hecho por el Señor a los hombres antes de su entrada a Jerusalén antes de su crucifixión; ¿cómo fue capaz de detenerse en su misión para atender a dos ciegos pordioseros? ¡Cuánto amor! Los dos hombres en cuestión, estaban ciegos y por tanto, dada las condiciones de la época, eran inútiles. Cuando se vive en tinieblas no se puede vivir con propósito. Estaban perdidos, junto al camino, pero no dentro del camino. Oyeron que Jesús pasaba por ahí y en su oír les nació la fe. La fe viene por el oír; de manera que clamaron haciendo lo único que podían hacer: pedir misericordia. No perdieron la oportunidad cuando ésta se les presentó; como tu tampoco debes perder la oportunidad que se te presenta hoy. Manifestaron su fe en el Mesías llamándole Hijo de David, un reconocimiento mesiánico. En esta ocasión y por tratarse de ellos, el Señor no prohibió que le llamaran así; la cruz estaba cerca (compara 9:28-31). Clamaron no teniendo nada por ofrecer y sí todo por recibir. Misericordia para ellos como necesitamos misericordia para nosotros. Con perseverancia, como debemos perseverar también nosotros.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:31
20.31 La gente los reprendía. Los que parecen ver suelen ser los más ciegos; o, dicho de otro modo, las tinieblas del alma son más oscuras que la ceguera de los ojos. El término traducido como reprender significa “poner valor”. Los tuvieron en poco sin considerar que el Señor los valuó en todo por amor. Intentaron callarlos. Los gritos del necesitado no son agradables delante de los hombres; pero son imposibles de ignorar por los oídos del Salvador. Pero ellos clamaban más. Se conoce la verdadera necesidad, lo mismo que la auténtica fe, cuando el que clama no puede ser desanimado. ¿Te has cansado de clamar? Repetían su ruego: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros! ¿Qué importa la gente? ¿Qué importa la vergüenza? ¿Qué importa llamar la atención? Jesús es el Mesías y lo necesito.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:32
20.32 Mira la respuesta del Señor. Se detuvo. Dos ciegos detuvieron al Todopoderoso. El universo no puede detenerlo, pero tu clamor sí. Entonces los llamó como también está llamándote a ti. Y les habló, acción por demás emocionante, pues seguro que nadie se detenía a charlar con dos ciegos indigentes. ¿Qué queréis que os haga? –dijo el Salvador. Parece extraño que pregunte esto a dos ciegos, pero el propósito es abrirles la puerta del reino de par en par mucho más allá de un milagro. Igualmente te abre a ti.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:33
20.33 No pidieron dinero aunque eran pordioseros. La petición no es de acuerdo al que pide, sino al que puede dar. Y tratándose del Rey de reyes hay que pedir en grande. No pidieron respeto siendo tenidos en poco por la multitud. Quien necesita a Cristo no está interesado en quedar bien con los demás. Pidieron ver, pues su visión estaba cerrada. Sin esta bendición no disfrutarían ninguna otra; sin la visión de Dios nada más importa. Necesitaban ver y lo primero que vieron fue a Jesús. Así nosotros, necesitamos ver a Jesús.
— Roberto Tinoco
Mateo 20:34
20.34 Jesús se compadeció. Tuvo amor en acción para tocarlos en la fuente mima de su mal. Dios no esconde nuestro problema, Él lo enfrenta y lo quita. ¡Ah! ¡Cómo necesitamos su toque para ver! Que nos de la vista enseguida; que al instante recibamos su gracia. Que por su toque tengamos lo que no podemos alcanzar por nosotros mismos. Que recibamos lo que venimos a buscar: ver a Jesús. Mas allá de lo que queremos, lo que en realidad necesitamos. Entonces le seguiremos. Todo el que le sigue es porque le ve. Verle y no seguirle sería la peor condenación y seguirle sin verle por la fe es falsedad o dicho de otro modo, no es seguirle en verdad. Seguirle por gratitud. ¿Cómo no seguir al que les había dado todo? ¿Cómo no seguir a quien los sacó de mendigar junto al camino? Ahora le seguían en el camino. Y se trataba del camino a la cruz. Le siguieron porque no tenían a nadie más, pues nadie más pudo ayudarles. ¿A quién iremos? Nadie tiene esta clase de compasión. Sólo Cristo es el salvador que nos restaura camino a la cruz. ¿Cómo regresar a Jericó? ¿a qué regresaban a Jericó? ¿Cómo regresarse al mundo, a qué? ¡No hay nada bueno atrás! ¿Estarían estos hombres entre los 500 de la resurrección o entre los 120 del pentecostés? Supongo que sí, pues de otro modo la ingratitud sería indecible. Recibieron la vista para ver al Señor resucitado. ¿Estás tú entre los creyentes, entre la iglesia, habiendo recibido del Señor misericordia o te regresaste ingratamente al mundo?
— Roberto Tinoco