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Mateo 22
Parábola de la gran fiesta
1Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas, diciendo:🗨📝 2El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta de bodas a su hijo;🗨📝 3y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas; mas éstos no quisieron venir.🗨📝 4Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto; venid a las bodas.🗨📝 5Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y otro a sus negocios;🗨📝 6y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron.🗨📝 7Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos, destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad.🗨📝 8Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos.🗨📝 9Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas a cuantos halléis.🗨📝 10Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron llenas de convidados.🗨📝 11Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda.🗨📝 12Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció.🗨📝 13Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.🗨📝 14Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.🗨📝Los impuestos para el César
15Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo sorprenderle en alguna palabra.🗨📝 16Y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres.🗨📝 17Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a César, o no?🗨📝 18Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas?🗨📝 19Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un denario.🗨📝 20Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción?🗨📝 21Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios.🗨📝 22Oyendo esto, se maravillaron, y dejándole, se fueron.🗨📝Discusión acerca de la resurrección
23Aquel día vinieron a él los saduceos, que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron,🗨📝 24diciendo: Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriere sin hijos, su hermano se casará con su mujer, y levantará descendencia a su hermano.🗨📝 25Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se casó, y murió; y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su hermano.🗨📝 26De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta el séptimo.🗨📝 27Y después de todos murió también la mujer.🗨📝 28En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será ella mujer, ya que todos la tuvieron?🗨📝 29Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios.🗨📝 30Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo.🗨📝 31Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo:🗨📝 32Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.🗨📝 33Oyendo esto la gente, se admiraba de su doctrina.🗨📝El mandamiento más importante
34Entonces los fariseos, oyendo que había hecho callar a los saduceos, se juntaron a una.🗨📝 35Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo:🗨📝 36Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?🗨📝 37Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.🗨📝 38Este es el primero y grande mandamiento.🗨📝 39Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.🗨📝 40De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.🗨📝¿De quién es hijo el Mesías?
41Y estando juntos los fariseos, Jesús les preguntó,🗨📝 42diciendo: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: De David.🗨📝 43El les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo:🗨📝 44Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?🗨📝 45Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?🗨📝 46Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde aquel día preguntarle más.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Mateo 22: RV60
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Mateo 22:1
22.1-2 Esta porción es la continuación del capítulo 21 que trata del rechazo judío y sus consecuencias. En la parábola anterior sobre los inquilinos malvados vimos cómo los judíos, que estaban dentro del reino de Dios como el pueblo escogido, rechazaron al Señor, por lo que el reino de Dios les fue quitado y dado a la iglesia sin distingo racial. Ahora, en la parábola de la fiesta de bodas (1-14) vemos que el pueblo del reino, la iglesia, tiene la gran responsabilidad de vivir de acuerdo a su llamado. El Rey es Dios Padre; el Hijo es Jesucristo; las bodas simbolizan el reino de los cielos; los primeros convidados son los judíos; los siervos que invitaban a las bodas son los que han anunciado a Cristo y su reino, antes y después de Él; los segundos invitados son los gentiles y el que no estaba vestido de boda simboliza a aquellos que, entrando al reino no vivió de acuerdo a su llamado. Esta parábola comprende toda la dispensación de la gracia, la era de la iglesia. Sabemos que simboliza al reino de los cielos porque el versículo 2 lo dice. La fiesta de bodas es un honor del Hijo, no de los hombres. El Rey no hizo el banquete para los convidados, sino para que los convidados vinieran a honrar al Hijo. Así, el reino de los cielos no fue hecho por causa de los hombres, sino para que todos demos honra al Hijo de Dios. Juan en el evangelio dice que el principio de “señales” que Jesús hizo, el prototipo de lo que haría después, fue en las bodas de Caná de Galilea. Comenzó en una boda porque terminaría en otra.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:2
22.1-2 Esta porción es la continuación del capítulo 21 que trata del rechazo judío y sus consecuencias. En la parábola anterior sobre los inquilinos malvados vimos cómo los judíos, que estaban dentro del reino de Dios como el pueblo escogido, rechazaron al Señor, por lo que el reino de Dios les fue quitado y dado a la iglesia sin distingo racial. Ahora, en la parábola de la fiesta de bodas (1-14) vemos que el pueblo del reino, la iglesia, tiene la gran responsabilidad de vivir de acuerdo a su llamado. El Rey es Dios Padre; el Hijo es Jesucristo; las bodas simbolizan el reino de los cielos; los primeros convidados son los judíos; los siervos que invitaban a las bodas son los que han anunciado a Cristo y su reino, antes y después de Él; los segundos invitados son los gentiles y el que no estaba vestido de boda simboliza a aquellos que, entrando al reino no vivió de acuerdo a su llamado. Esta parábola comprende toda la dispensación de la gracia, la era de la iglesia. Sabemos que simboliza al reino de los cielos porque el versículo 2 lo dice. La fiesta de bodas es un honor del Hijo, no de los hombres. El Rey no hizo el banquete para los convidados, sino para que los convidados vinieran a honrar al Hijo. Así, el reino de los cielos no fue hecho por causa de los hombres, sino para que todos demos honra al Hijo de Dios. Juan en el evangelio dice que el principio de “señales” que Jesús hizo, el prototipo de lo que haría después, fue en las bodas de Caná de Galilea. Comenzó en una boda porque terminaría en otra.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:3
22.3-4 Todo estaba dispuesto para honrar al Hijo. Comida, toros y animales engordados, una figura del sacrificio del Señor. Dios ha provisto todo para ser cristiano, si alguno carece de alimento ¡sólo pídalo!, en la casa del Padre hay abundancia de Pan, del Pan Vivo que descendió del cielo, Cristo Jesús. Existen creyentes con vidas derrotistas, yo no creo en ese tipo de fe; Dios ha provisto todo para que seamos más que vencedores. ¡El cristianismo es una fiesta! ¿Cansado? Hay reposo en el diván del Rey. La palabra para convidados se traduce mejor como “reclinados” (comían recostados al lado de una mesa de unos cuantos centímetros). ¿En problemas? Hay refugio y seguridad en el Palacio del Rey. Bajo la sombra de sus alas estamos seguros; no tenemos mal alguno. ¿Vacío? Hay mesa servida en la Casa del Rey. A su lado hay completa satisfacción. ¿Soledad? Hay compañía en la familia del Rey, con su Hijo y la familia de Dios. Respecto al llamado, hubo un primer llamado dirigido al Israel según la carne a través de sus siervos los profetas. Pero el pueblo de Israel rechazó a Cristo: no quisieron venir. Por lo que hubo un segundo llamado a su pueblo. Dios insistió en su invitación. ¡Cuánta paciencia! ¡Cuánto amor!. Insiste hablándoles del disfrute del reino, pero tampoco así quisieron.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:4
22.3-4 Todo estaba dispuesto para honrar al Hijo. Comida, toros y animales engordados, una figura del sacrificio del Señor. Dios ha provisto todo para ser cristiano, si alguno carece de alimento ¡sólo pídalo!, en la casa del Padre hay abundancia de Pan, del Pan Vivo que descendió del cielo, Cristo Jesús. Existen creyentes con vidas derrotistas, yo no creo en ese tipo de fe; Dios ha provisto todo para que seamos más que vencedores. ¡El cristianismo es una fiesta! ¿Cansado? Hay reposo en el diván del Rey. La palabra para convidados se traduce mejor como “reclinados” (comían recostados al lado de una mesa de unos cuantos centímetros). ¿En problemas? Hay refugio y seguridad en el Palacio del Rey. Bajo la sombra de sus alas estamos seguros; no tenemos mal alguno. ¿Vacío? Hay mesa servida en la Casa del Rey. A su lado hay completa satisfacción. ¿Soledad? Hay compañía en la familia del Rey, con su Hijo y la familia de Dios. Respecto al llamado, hubo un primer llamado dirigido al Israel según la carne a través de sus siervos los profetas. Pero el pueblo de Israel rechazó a Cristo: no quisieron venir. Por lo que hubo un segundo llamado a su pueblo. Dios insistió en su invitación. ¡Cuánta paciencia! ¡Cuánto amor!. Insiste hablándoles del disfrute del reino, pero tampoco así quisieron.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:5
22.5 La invitación del Rey fue rechazada por indiferencia. Los primeros no quisieron ir, no por malas obras, placeres o pecados, sino por su labranza y sus negocios. Israel estaba muy ocupado en sí mismo. Por cosas buenas se perdieron lo más excelente. Hay quienes no tienen tiempo para Dios por su decente vida; otros, como los yernos de Lot, piensan que se trata de una broma (Gen. 19:14). Heb. 2:3; Mat. 13:22; Mat.24:38-39.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:6
22.6 Otros rechazaron la invitación del Rey por maldad, en abierta oposición. Israel no quiso. Su sangre sea sobre nosotros y sobre nuestros hijos –dijeron. Hay quienes se creen “más justos” porque según ellos “no son hipócritas”, sino que abiertamente se niegan.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:7
22.7 El Rey se enojó ante el desprecio de Israel negándose a honrar a su hijo. Ira de verdad, ira de Dios; no para los que le aman, sino para los que le rechazan. Es un insulto derramar la sangre de su Hijo para darles vida y que prefieran ser los derramadores de dicha sangre que salvados por ella (Juan 3:36; Rom. 1:18; Col. 3:5-6). La consecuencia fue la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. en manos del general Tito, hijo del emperador Vespasiano. Un hecho semejante al evento de la destrucción de Jerusalén en manos de Babilonia siglos antes. El mundo entero es instrumento de Dios. Él es Soberano.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:8
22.8-10 Israel desaprovechó su oportunidad como la expresión del reino de Dios entre las naciones; por lo que el Padre pidió trajesen otros invitados a la fiesta de honra a su Hijo. Como leemos: Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles (Hechos 13:46). El llamado de Dios de que fue objeto cada israelita, como todo ser humano, no implica su salvación, pues esta depende de su actitud hacia dicho llamado. Si alguno se pierde es a causa de su propia decisión y nunca del deseo de Dios: (Ez. 18:23; 2 P.3:9). Llamad a cuantos halléis –Dios envió a sus siervos hasta el fin de los caminos (lit.). El evangelio debe ser predicado hasta lo último de la tierra. Las buenas nuevas a los gentiles (Mar. 16:15). Una invitación universal, a todos…juntamente buenos y malos. El que quiera, venga y tome del agua de la vida gratuitamente (Ap.22:17). Isaías 55:1-3, 6-7. En la iglesia hay de todo, buenos y malos, mas esto erais algunos, pero ya habéis sido limpiados (1 Cor. 6:11). Las bodas fueron llenas de convidados –como también leemos en otra porción de la Biblia: de toda tribu, pueblo, lengua y nación.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:9
22.8-10 Israel desaprovechó su oportunidad como la expresión del reino de Dios entre las naciones; por lo que el Padre pidió trajesen otros invitados a la fiesta de honra a su Hijo. Como leemos: Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles (Hechos 13:46). El llamado de Dios de que fue objeto cada israelita, como todo ser humano, no implica su salvación, pues esta depende de su actitud hacia dicho llamado. Si alguno se pierde es a causa de su propia decisión y nunca del deseo de Dios: (Ez. 18:23; 2 P.3:9). Llamad a cuantos halléis –Dios envió a sus siervos hasta el fin de los caminos (lit.). El evangelio debe ser predicado hasta lo último de la tierra. Las buenas nuevas a los gentiles (Mar. 16:15). Una invitación universal, a todos…juntamente buenos y malos. El que quiera, venga y tome del agua de la vida gratuitamente (Ap.22:17). Isaías 55:1-3, 6-7. En la iglesia hay de todo, buenos y malos, mas esto erais algunos, pero ya habéis sido limpiados (1 Cor. 6:11). Las bodas fueron llenas de convidados –como también leemos en otra porción de la Biblia: de toda tribu, pueblo, lengua y nación.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:10
22.8-10 Israel desaprovechó su oportunidad como la expresión del reino de Dios entre las naciones; por lo que el Padre pidió trajesen otros invitados a la fiesta de honra a su Hijo. Como leemos: Entonces Pablo y Bernabé, hablando con denuedo, dijeron: A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero la palabra de Dios; mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles (Hechos 13:46). El llamado de Dios de que fue objeto cada israelita, como todo ser humano, no implica su salvación, pues esta depende de su actitud hacia dicho llamado. Si alguno se pierde es a causa de su propia decisión y nunca del deseo de Dios: (Ez. 18:23; 2 P.3:9). Llamad a cuantos halléis –Dios envió a sus siervos hasta el fin de los caminos (lit.). El evangelio debe ser predicado hasta lo último de la tierra. Las buenas nuevas a los gentiles (Mar. 16:15). Una invitación universal, a todos…juntamente buenos y malos. El que quiera, venga y tome del agua de la vida gratuitamente (Ap.22:17). Isaías 55:1-3, 6-7. En la iglesia hay de todo, buenos y malos, mas esto erais algunos, pero ya habéis sido limpiados (1 Cor. 6:11). Las bodas fueron llenas de convidados –como también leemos en otra porción de la Biblia: de toda tribu, pueblo, lengua y nación.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:11
22.11-12 Aunque la invitación sea abierta, la inspección es cerrada. Entró el Rey –leemos. Pues no se trata de aceptar la invitación de los hombres, que en sí también depara cierto decoro y honor; sino la invitación del mismo Creador de todas las cosas, la Autoridad sobre toda autoridad; ¡cuánto mayor honor demanda esto! Ser parte de la iglesia no implica dejar toda preocupación de responsabilidad; por el contrario, si la Ley de Moisés era estricta, la gracia de Cristo lo es mucho más. El Rey entra a ver a los convidados, sus ojos escudriñan los corazones. Y allí encontró a uno que no estaba vestido de boda. Era costumbre que el que invitaba proveyera de los vestidos necesarios a los invitados; pero este hombre no traía dichas ropas. Lo cual solo podía implicar que no había entrado legítimamente, más que un invitado, parecía un ladrón. Algunos suponen tener mejores ropas o ideas que el Rey. Dios ha dado al hombre vestiduras de justicia por la fe en Cristo, vestiduras de lino fino limpio y resplandeciente (Ap.19:7-9); pero si alguno quiere justificarse a sí mismo será echado en las tinieblas de afuera. Reconozcámoslo: necesitamos sus vestiduras. ¡Vístete de Cristo, no de ti mismo! De lo contrario solo queda reprensión y juicio. Le llamó amigo. Dios es bueno y tierno; pero también es justo y santo. ¿Cómo entraste aquí sin estar vestido de boda? ¿cómo te colaste entre la iglesia? Nadie te notó, pero Yo sí - dice el Señor - Sé que no vives como cristiano aunque lo aparentas. Mas él enmudeció. Probablemente estuvo pavoneándose entre los invitados, alardeando de ser el único que vestía diferente pero delante del rey se quedó sin palabras, había sido encontrado culpable. Algunos, ante los hombres se jactan de ser creyentes, pero delante del Señor saben que son farsantes.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:12
22.11-12 Aunque la invitación sea abierta, la inspección es cerrada. Entró el Rey –leemos. Pues no se trata de aceptar la invitación de los hombres, que en sí también depara cierto decoro y honor; sino la invitación del mismo Creador de todas las cosas, la Autoridad sobre toda autoridad; ¡cuánto mayor honor demanda esto! Ser parte de la iglesia no implica dejar toda preocupación de responsabilidad; por el contrario, si la Ley de Moisés era estricta, la gracia de Cristo lo es mucho más. El Rey entra a ver a los convidados, sus ojos escudriñan los corazones. Y allí encontró a uno que no estaba vestido de boda. Era costumbre que el que invitaba proveyera de los vestidos necesarios a los invitados; pero este hombre no traía dichas ropas. Lo cual solo podía implicar que no había entrado legítimamente, más que un invitado, parecía un ladrón. Algunos suponen tener mejores ropas o ideas que el Rey. Dios ha dado al hombre vestiduras de justicia por la fe en Cristo, vestiduras de lino fino limpio y resplandeciente (Ap.19:7-9); pero si alguno quiere justificarse a sí mismo será echado en las tinieblas de afuera. Reconozcámoslo: necesitamos sus vestiduras. ¡Vístete de Cristo, no de ti mismo! De lo contrario solo queda reprensión y juicio. Le llamó amigo. Dios es bueno y tierno; pero también es justo y santo. ¿Cómo entraste aquí sin estar vestido de boda? ¿cómo te colaste entre la iglesia? Nadie te notó, pero Yo sí - dice el Señor - Sé que no vives como cristiano aunque lo aparentas. Mas él enmudeció. Probablemente estuvo pavoneándose entre los invitados, alardeando de ser el único que vestía diferente pero delante del rey se quedó sin palabras, había sido encontrado culpable. Algunos, ante los hombres se jactan de ser creyentes, pero delante del Señor saben que son farsantes.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:13
22.13 Sentencia y castigo. Atado, esposado como criminal. Porque eso es el que rechaza ser rescatado de su pecado por la sangre de Jesucristo. Atado de los pies, sin poder andar en el reino de los cielos. Atado de las manos, sin poder servir en el reino de los cielos. Expulsado. Quien rechaza a Cristo (la vestidura de Dios), no puede estar en la Presencia del Rey. Rechazar la luz deja en las tinieblas. Quien vive sin alumbrar es como un foco inservible que es tirado a la basura. En donde solo hay lloro y crujir de dientes.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:14
22.14 Las últimas palabras de la parábola son una especie de moraleja. Los llamados se refiere al pueblo de Israel que siendo llamado no quiso acudir. No habla de predestinación; sino de que muy pocos judíos de la generación de Jesús creyeron a Cristo. Los escogidos son los pocos que sí atendieron el llamado del reino de los cielos de entre el pueblo escogido, Israel. ¿Estás tú vestido de bodas? ¿Es tu fe por Cristo genuina?
— Roberto Tinoco
Mateo 22:15
22.15 A causa de las parábolas que el Señor Jesús dirigió a los judíos en las que les dio a entender que habían sido expulsados del reino de Dios por su incredulidad, los fariseos tuvieron una junta para decidir cómo deshacerse de Jesús. En lugar de arrepentirse y dolerse por su mal se dedicaron a planear el mal. Tanto peor es el pecado cuando se planea. Cuando el hombre no se arrepiente se endurece. Se propusieron cazarle en alguna palabra. Hay quienes oyen la Palabra para criticarla.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:16
22.16-22 Los fariseos eran los “santos” del momento, los radicales, su nombre y su presencia irradiaba un aura, por decirlo así, de respeto y santidad, religiosa por supuesto, más que santidad real. Por su parte, los herodianos eran todo lo contrario. Representaban a los políticos, los encargados de cuidar los intereses de Herodes y por ende, de Roma. Eran una mezcla extraña: religiosos y políticos. Los religiosos traían la carnada, mientras que los políticos la cadena esperando el error. Y al estilo del más puro hipócrita, si cabe el término, comenzaron los fariseos con la lisonja. En el mundo de los hombres la adulación llega a donde la espada suele rebotar. Maestro –si de verdad lo consideraban así, por qué buscaban contradecir sus enseñanzas. Sabemos que eres amante de la verdad –entonces por qué cazaban el error o la supuesta mentira. Y que enseñas con verdad el camino de Dios –¡y lo decían ellos que venían a engañarlo! En otras palabras, “tendrás que darnos un consejo espiritual”. Suponían que esto implicaba hablar mal de Roma y sus impuestos, pues no mucho tiempo antes había entrado en Jerusalén entre los vítores de Rey o Mesías de Israel. Y que no te cuidas de nadie –para bajar sus defensas como si ellos fueran confiables. Porque no miras la apariencia de los hombres –intentando que hablara temerariamente a fin de tener de que acusarle. Entonces soltaron la tentación: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Es sutil y astuta. Diabólica. Si Jesús respondía que sí, la multitud lo rechazaría como a un traidor negando su carácter mesiánico. Si Jesús respondía que no, los herodianos estaban listos para echarle guante. Pero la respuesta fue más contundente e imparable que las cataratas del Niágara. Primero una sacudida de conciencia definiéndoles: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Luego, se desligó sabiamente de unos y de otros: Mostradme la moneda del tributo. Nota que el Señor no sacó una moneda ni se la pidió a alguno de sus discípulos, por ejemplo Judas, el tesorero. Con esto se mantuvo al margen, a la vez que los obligó a tomar partido y ser ellos puestos en entredicho. Acto seguido, les cuestionó: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: De César. Respondiendo Jesús, les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. ¡Impresionante! Las monedas, lo mismo que las personas, pertenecen a quien se parecen. Ellos tenían la imagen del César, entonces eran del César. Por eso el propósito de Dios es formarnos a la imagen de su Hijo (Rom. 8:29); en medida que su imagen e inscripción es formada en nosotros, queda demostrado que somos de Él. Y tú, ¿qué imagen tienes? ¿A quién te pareces? Así como las monedas terminan en el tesoro de aquel que las acuñó, así también las almas terminan en el tesoro de aquel a cuya imagen fueron formadas durante su vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:17
22.16-22 Los fariseos eran los “santos” del momento, los radicales, su nombre y su presencia irradiaba un aura, por decirlo así, de respeto y santidad, religiosa por supuesto, más que santidad real. Por su parte, los herodianos eran todo lo contrario. Representaban a los políticos, los encargados de cuidar los intereses de Herodes y por ende, de Roma. Eran una mezcla extraña: religiosos y políticos. Los religiosos traían la carnada, mientras que los políticos la cadena esperando el error. Y al estilo del más puro hipócrita, si cabe el término, comenzaron los fariseos con la lisonja. En el mundo de los hombres la adulación llega a donde la espada suele rebotar. Maestro –si de verdad lo consideraban así, por qué buscaban contradecir sus enseñanzas. Sabemos que eres amante de la verdad –entonces por qué cazaban el error o la supuesta mentira. Y que enseñas con verdad el camino de Dios –¡y lo decían ellos que venían a engañarlo! En otras palabras, “tendrás que darnos un consejo espiritual”. Suponían que esto implicaba hablar mal de Roma y sus impuestos, pues no mucho tiempo antes había entrado en Jerusalén entre los vítores de Rey o Mesías de Israel. Y que no te cuidas de nadie –para bajar sus defensas como si ellos fueran confiables. Porque no miras la apariencia de los hombres –intentando que hablara temerariamente a fin de tener de que acusarle. Entonces soltaron la tentación: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Es sutil y astuta. Diabólica. Si Jesús respondía que sí, la multitud lo rechazaría como a un traidor negando su carácter mesiánico. Si Jesús respondía que no, los herodianos estaban listos para echarle guante. Pero la respuesta fue más contundente e imparable que las cataratas del Niágara. Primero una sacudida de conciencia definiéndoles: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Luego, se desligó sabiamente de unos y de otros: Mostradme la moneda del tributo. Nota que el Señor no sacó una moneda ni se la pidió a alguno de sus discípulos, por ejemplo Judas, el tesorero. Con esto se mantuvo al margen, a la vez que los obligó a tomar partido y ser ellos puestos en entredicho. Acto seguido, les cuestionó: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: De César. Respondiendo Jesús, les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. ¡Impresionante! Las monedas, lo mismo que las personas, pertenecen a quien se parecen. Ellos tenían la imagen del César, entonces eran del César. Por eso el propósito de Dios es formarnos a la imagen de su Hijo (Rom. 8:29); en medida que su imagen e inscripción es formada en nosotros, queda demostrado que somos de Él. Y tú, ¿qué imagen tienes? ¿A quién te pareces? Así como las monedas terminan en el tesoro de aquel que las acuñó, así también las almas terminan en el tesoro de aquel a cuya imagen fueron formadas durante su vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:18
22.16-22 Los fariseos eran los “santos” del momento, los radicales, su nombre y su presencia irradiaba un aura, por decirlo así, de respeto y santidad, religiosa por supuesto, más que santidad real. Por su parte, los herodianos eran todo lo contrario. Representaban a los políticos, los encargados de cuidar los intereses de Herodes y por ende, de Roma. Eran una mezcla extraña: religiosos y políticos. Los religiosos traían la carnada, mientras que los políticos la cadena esperando el error. Y al estilo del más puro hipócrita, si cabe el término, comenzaron los fariseos con la lisonja. En el mundo de los hombres la adulación llega a donde la espada suele rebotar. Maestro –si de verdad lo consideraban así, por qué buscaban contradecir sus enseñanzas. Sabemos que eres amante de la verdad –entonces por qué cazaban el error o la supuesta mentira. Y que enseñas con verdad el camino de Dios –¡y lo decían ellos que venían a engañarlo! En otras palabras, “tendrás que darnos un consejo espiritual”. Suponían que esto implicaba hablar mal de Roma y sus impuestos, pues no mucho tiempo antes había entrado en Jerusalén entre los vítores de Rey o Mesías de Israel. Y que no te cuidas de nadie –para bajar sus defensas como si ellos fueran confiables. Porque no miras la apariencia de los hombres –intentando que hablara temerariamente a fin de tener de que acusarle. Entonces soltaron la tentación: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Es sutil y astuta. Diabólica. Si Jesús respondía que sí, la multitud lo rechazaría como a un traidor negando su carácter mesiánico. Si Jesús respondía que no, los herodianos estaban listos para echarle guante. Pero la respuesta fue más contundente e imparable que las cataratas del Niágara. Primero una sacudida de conciencia definiéndoles: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Luego, se desligó sabiamente de unos y de otros: Mostradme la moneda del tributo. Nota que el Señor no sacó una moneda ni se la pidió a alguno de sus discípulos, por ejemplo Judas, el tesorero. Con esto se mantuvo al margen, a la vez que los obligó a tomar partido y ser ellos puestos en entredicho. Acto seguido, les cuestionó: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: De César. Respondiendo Jesús, les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. ¡Impresionante! Las monedas, lo mismo que las personas, pertenecen a quien se parecen. Ellos tenían la imagen del César, entonces eran del César. Por eso el propósito de Dios es formarnos a la imagen de su Hijo (Rom. 8:29); en medida que su imagen e inscripción es formada en nosotros, queda demostrado que somos de Él. Y tú, ¿qué imagen tienes? ¿A quién te pareces? Así como las monedas terminan en el tesoro de aquel que las acuñó, así también las almas terminan en el tesoro de aquel a cuya imagen fueron formadas durante su vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:19
22.16-22 Los fariseos eran los “santos” del momento, los radicales, su nombre y su presencia irradiaba un aura, por decirlo así, de respeto y santidad, religiosa por supuesto, más que santidad real. Por su parte, los herodianos eran todo lo contrario. Representaban a los políticos, los encargados de cuidar los intereses de Herodes y por ende, de Roma. Eran una mezcla extraña: religiosos y políticos. Los religiosos traían la carnada, mientras que los políticos la cadena esperando el error. Y al estilo del más puro hipócrita, si cabe el término, comenzaron los fariseos con la lisonja. En el mundo de los hombres la adulación llega a donde la espada suele rebotar. Maestro –si de verdad lo consideraban así, por qué buscaban contradecir sus enseñanzas. Sabemos que eres amante de la verdad –entonces por qué cazaban el error o la supuesta mentira. Y que enseñas con verdad el camino de Dios –¡y lo decían ellos que venían a engañarlo! En otras palabras, “tendrás que darnos un consejo espiritual”. Suponían que esto implicaba hablar mal de Roma y sus impuestos, pues no mucho tiempo antes había entrado en Jerusalén entre los vítores de Rey o Mesías de Israel. Y que no te cuidas de nadie –para bajar sus defensas como si ellos fueran confiables. Porque no miras la apariencia de los hombres –intentando que hablara temerariamente a fin de tener de que acusarle. Entonces soltaron la tentación: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Es sutil y astuta. Diabólica. Si Jesús respondía que sí, la multitud lo rechazaría como a un traidor negando su carácter mesiánico. Si Jesús respondía que no, los herodianos estaban listos para echarle guante. Pero la respuesta fue más contundente e imparable que las cataratas del Niágara. Primero una sacudida de conciencia definiéndoles: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Luego, se desligó sabiamente de unos y de otros: Mostradme la moneda del tributo. Nota que el Señor no sacó una moneda ni se la pidió a alguno de sus discípulos, por ejemplo Judas, el tesorero. Con esto se mantuvo al margen, a la vez que los obligó a tomar partido y ser ellos puestos en entredicho. Acto seguido, les cuestionó: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: De César. Respondiendo Jesús, les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. ¡Impresionante! Las monedas, lo mismo que las personas, pertenecen a quien se parecen. Ellos tenían la imagen del César, entonces eran del César. Por eso el propósito de Dios es formarnos a la imagen de su Hijo (Rom. 8:29); en medida que su imagen e inscripción es formada en nosotros, queda demostrado que somos de Él. Y tú, ¿qué imagen tienes? ¿A quién te pareces? Así como las monedas terminan en el tesoro de aquel que las acuñó, así también las almas terminan en el tesoro de aquel a cuya imagen fueron formadas durante su vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:20
22.16-22 Los fariseos eran los “santos” del momento, los radicales, su nombre y su presencia irradiaba un aura, por decirlo así, de respeto y santidad, religiosa por supuesto, más que santidad real. Por su parte, los herodianos eran todo lo contrario. Representaban a los políticos, los encargados de cuidar los intereses de Herodes y por ende, de Roma. Eran una mezcla extraña: religiosos y políticos. Los religiosos traían la carnada, mientras que los políticos la cadena esperando el error. Y al estilo del más puro hipócrita, si cabe el término, comenzaron los fariseos con la lisonja. En el mundo de los hombres la adulación llega a donde la espada suele rebotar. Maestro –si de verdad lo consideraban así, por qué buscaban contradecir sus enseñanzas. Sabemos que eres amante de la verdad –entonces por qué cazaban el error o la supuesta mentira. Y que enseñas con verdad el camino de Dios –¡y lo decían ellos que venían a engañarlo! En otras palabras, “tendrás que darnos un consejo espiritual”. Suponían que esto implicaba hablar mal de Roma y sus impuestos, pues no mucho tiempo antes había entrado en Jerusalén entre los vítores de Rey o Mesías de Israel. Y que no te cuidas de nadie –para bajar sus defensas como si ellos fueran confiables. Porque no miras la apariencia de los hombres –intentando que hablara temerariamente a fin de tener de que acusarle. Entonces soltaron la tentación: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Es sutil y astuta. Diabólica. Si Jesús respondía que sí, la multitud lo rechazaría como a un traidor negando su carácter mesiánico. Si Jesús respondía que no, los herodianos estaban listos para echarle guante. Pero la respuesta fue más contundente e imparable que las cataratas del Niágara. Primero una sacudida de conciencia definiéndoles: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Luego, se desligó sabiamente de unos y de otros: Mostradme la moneda del tributo. Nota que el Señor no sacó una moneda ni se la pidió a alguno de sus discípulos, por ejemplo Judas, el tesorero. Con esto se mantuvo al margen, a la vez que los obligó a tomar partido y ser ellos puestos en entredicho. Acto seguido, les cuestionó: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: De César. Respondiendo Jesús, les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. ¡Impresionante! Las monedas, lo mismo que las personas, pertenecen a quien se parecen. Ellos tenían la imagen del César, entonces eran del César. Por eso el propósito de Dios es formarnos a la imagen de su Hijo (Rom. 8:29); en medida que su imagen e inscripción es formada en nosotros, queda demostrado que somos de Él. Y tú, ¿qué imagen tienes? ¿A quién te pareces? Así como las monedas terminan en el tesoro de aquel que las acuñó, así también las almas terminan en el tesoro de aquel a cuya imagen fueron formadas durante su vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:21
22.16-22 Los fariseos eran los “santos” del momento, los radicales, su nombre y su presencia irradiaba un aura, por decirlo así, de respeto y santidad, religiosa por supuesto, más que santidad real. Por su parte, los herodianos eran todo lo contrario. Representaban a los políticos, los encargados de cuidar los intereses de Herodes y por ende, de Roma. Eran una mezcla extraña: religiosos y políticos. Los religiosos traían la carnada, mientras que los políticos la cadena esperando el error. Y al estilo del más puro hipócrita, si cabe el término, comenzaron los fariseos con la lisonja. En el mundo de los hombres la adulación llega a donde la espada suele rebotar. Maestro –si de verdad lo consideraban así, por qué buscaban contradecir sus enseñanzas. Sabemos que eres amante de la verdad –entonces por qué cazaban el error o la supuesta mentira. Y que enseñas con verdad el camino de Dios –¡y lo decían ellos que venían a engañarlo! En otras palabras, “tendrás que darnos un consejo espiritual”. Suponían que esto implicaba hablar mal de Roma y sus impuestos, pues no mucho tiempo antes había entrado en Jerusalén entre los vítores de Rey o Mesías de Israel. Y que no te cuidas de nadie –para bajar sus defensas como si ellos fueran confiables. Porque no miras la apariencia de los hombres –intentando que hablara temerariamente a fin de tener de que acusarle. Entonces soltaron la tentación: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Es sutil y astuta. Diabólica. Si Jesús respondía que sí, la multitud lo rechazaría como a un traidor negando su carácter mesiánico. Si Jesús respondía que no, los herodianos estaban listos para echarle guante. Pero la respuesta fue más contundente e imparable que las cataratas del Niágara. Primero una sacudida de conciencia definiéndoles: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Luego, se desligó sabiamente de unos y de otros: Mostradme la moneda del tributo. Nota que el Señor no sacó una moneda ni se la pidió a alguno de sus discípulos, por ejemplo Judas, el tesorero. Con esto se mantuvo al margen, a la vez que los obligó a tomar partido y ser ellos puestos en entredicho. Acto seguido, les cuestionó: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: De César. Respondiendo Jesús, les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. ¡Impresionante! Las monedas, lo mismo que las personas, pertenecen a quien se parecen. Ellos tenían la imagen del César, entonces eran del César. Por eso el propósito de Dios es formarnos a la imagen de su Hijo (Rom. 8:29); en medida que su imagen e inscripción es formada en nosotros, queda demostrado que somos de Él. Y tú, ¿qué imagen tienes? ¿A quién te pareces? Así como las monedas terminan en el tesoro de aquel que las acuñó, así también las almas terminan en el tesoro de aquel a cuya imagen fueron formadas durante su vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:22
22.16-22 Los fariseos eran los “santos” del momento, los radicales, su nombre y su presencia irradiaba un aura, por decirlo así, de respeto y santidad, religiosa por supuesto, más que santidad real. Por su parte, los herodianos eran todo lo contrario. Representaban a los políticos, los encargados de cuidar los intereses de Herodes y por ende, de Roma. Eran una mezcla extraña: religiosos y políticos. Los religiosos traían la carnada, mientras que los políticos la cadena esperando el error. Y al estilo del más puro hipócrita, si cabe el término, comenzaron los fariseos con la lisonja. En el mundo de los hombres la adulación llega a donde la espada suele rebotar. Maestro –si de verdad lo consideraban así, por qué buscaban contradecir sus enseñanzas. Sabemos que eres amante de la verdad –entonces por qué cazaban el error o la supuesta mentira. Y que enseñas con verdad el camino de Dios –¡y lo decían ellos que venían a engañarlo! En otras palabras, “tendrás que darnos un consejo espiritual”. Suponían que esto implicaba hablar mal de Roma y sus impuestos, pues no mucho tiempo antes había entrado en Jerusalén entre los vítores de Rey o Mesías de Israel. Y que no te cuidas de nadie –para bajar sus defensas como si ellos fueran confiables. Porque no miras la apariencia de los hombres –intentando que hablara temerariamente a fin de tener de que acusarle. Entonces soltaron la tentación: ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Es sutil y astuta. Diabólica. Si Jesús respondía que sí, la multitud lo rechazaría como a un traidor negando su carácter mesiánico. Si Jesús respondía que no, los herodianos estaban listos para echarle guante. Pero la respuesta fue más contundente e imparable que las cataratas del Niágara. Primero una sacudida de conciencia definiéndoles: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Luego, se desligó sabiamente de unos y de otros: Mostradme la moneda del tributo. Nota que el Señor no sacó una moneda ni se la pidió a alguno de sus discípulos, por ejemplo Judas, el tesorero. Con esto se mantuvo al margen, a la vez que los obligó a tomar partido y ser ellos puestos en entredicho. Acto seguido, les cuestionó: ¿De quién es esta imagen y la inscripción? Ellos le dijeron: De César. Respondiendo Jesús, les dijo: Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. ¡Impresionante! Las monedas, lo mismo que las personas, pertenecen a quien se parecen. Ellos tenían la imagen del César, entonces eran del César. Por eso el propósito de Dios es formarnos a la imagen de su Hijo (Rom. 8:29); en medida que su imagen e inscripción es formada en nosotros, queda demostrado que somos de Él. Y tú, ¿qué imagen tienes? ¿A quién te pareces? Así como las monedas terminan en el tesoro de aquel que las acuñó, así también las almas terminan en el tesoro de aquel a cuya imagen fueron formadas durante su vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:23
22.23-28 Conforme a las costumbres y leyes judías, el Cordero a ofrecerse en la Pascua debía ser primero examinado al menos por cuatro días para comprobar que fuese sin defecto. El Señor Jesucristo estaba cumpliendo esta ley, desde que entró en Jerusalén estaba siendo examinado por los judíos: Primero por los sacerdotes y ancianos cuando lo cuestionaron acerca de la autoridad con la que Jesús hacía todas sus cosas (21:23-27); luego por los fariseos y herodianos cuando lo tentaron en relación al dar o no tributo al César (22:15-22). El caso que aquí nos ocupa es el examen que le hacen los saduceos (22:23-33); después habrán de examinarle los escribas (22:34-40); más tarde el Sumo Sacerdote y el sanedrín (26:57-68); y por último, hasta los gentiles lo examinaron (Pilato y Herodes). El resultado final fue: “no halló pecado en este hombre”; el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo fue sin defecto. La secta de los saduceos aparece formalmente poco antes del año 200 a. C. Se componía de los ricos, los aristócratas, los influyentes, los sacerdotes. Su nombre deriva de Sadoc, el sumo sacerdote del tiempo de David (2 Sam. 8:17). Cada sumo sacerdote era saduceo. Los saduceos controlaban todas las actividades del Templo. Eran los intelectuales de la época. Respecto a su teología, los saduceos solo aceptaban inspirado por Dios al Pentateuco (la Torá, primeros cinco libros de la Biblia). Negaban todo lo sobrenatural, no creían en la resurrección (vr. 23); ni en ángeles ni espíritus (Hechos 23:8). Eran, de entre los religiosos, los escépticos. A pesar de ser los sacerdotes, afirmaban que al morir se acababa todo, no había alma ni conciencia después de la muerte. Sobre su absurdo argumento negando la resurrección, mencionaron la Ley del Levirato (significa “hermano del marido”). La ley de Moisés establecía que la viuda del hermano muerto sin hijos tenía que ser tomada como esposa por el hermano sobreviviente. El primogénito de esta nueva unión debía heredar los bienes y el nombre del fallecido (Dt. 25:5-6). Con esto se buscaba impedir la extinción de la familia en el pueblo de Israel; así como su herencia. El problema de los saduceos era que pensaban en la vida eterna en conceptos terrenales. Como si se tratara simplemente de extender esta vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:24
22.23-28 Conforme a las costumbres y leyes judías, el Cordero a ofrecerse en la Pascua debía ser primero examinado al menos por cuatro días para comprobar que fuese sin defecto. El Señor Jesucristo estaba cumpliendo esta ley, desde que entró en Jerusalén estaba siendo examinado por los judíos: Primero por los sacerdotes y ancianos cuando lo cuestionaron acerca de la autoridad con la que Jesús hacía todas sus cosas (21:23-27); luego por los fariseos y herodianos cuando lo tentaron en relación al dar o no tributo al César (22:15-22). El caso que aquí nos ocupa es el examen que le hacen los saduceos (22:23-33); después habrán de examinarle los escribas (22:34-40); más tarde el Sumo Sacerdote y el sanedrín (26:57-68); y por último, hasta los gentiles lo examinaron (Pilato y Herodes). El resultado final fue: “no halló pecado en este hombre”; el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo fue sin defecto. La secta de los saduceos aparece formalmente poco antes del año 200 a. C. Se componía de los ricos, los aristócratas, los influyentes, los sacerdotes. Su nombre deriva de Sadoc, el sumo sacerdote del tiempo de David (2 Sam. 8:17). Cada sumo sacerdote era saduceo. Los saduceos controlaban todas las actividades del Templo. Eran los intelectuales de la época. Respecto a su teología, los saduceos solo aceptaban inspirado por Dios al Pentateuco (la Torá, primeros cinco libros de la Biblia). Negaban todo lo sobrenatural, no creían en la resurrección (vr. 23); ni en ángeles ni espíritus (Hechos 23:8). Eran, de entre los religiosos, los escépticos. A pesar de ser los sacerdotes, afirmaban que al morir se acababa todo, no había alma ni conciencia después de la muerte. Sobre su absurdo argumento negando la resurrección, mencionaron la Ley del Levirato (significa “hermano del marido”). La ley de Moisés establecía que la viuda del hermano muerto sin hijos tenía que ser tomada como esposa por el hermano sobreviviente. El primogénito de esta nueva unión debía heredar los bienes y el nombre del fallecido (Dt. 25:5-6). Con esto se buscaba impedir la extinción de la familia en el pueblo de Israel; así como su herencia. El problema de los saduceos era que pensaban en la vida eterna en conceptos terrenales. Como si se tratara simplemente de extender esta vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:25
22.23-28 Conforme a las costumbres y leyes judías, el Cordero a ofrecerse en la Pascua debía ser primero examinado al menos por cuatro días para comprobar que fuese sin defecto. El Señor Jesucristo estaba cumpliendo esta ley, desde que entró en Jerusalén estaba siendo examinado por los judíos: Primero por los sacerdotes y ancianos cuando lo cuestionaron acerca de la autoridad con la que Jesús hacía todas sus cosas (21:23-27); luego por los fariseos y herodianos cuando lo tentaron en relación al dar o no tributo al César (22:15-22). El caso que aquí nos ocupa es el examen que le hacen los saduceos (22:23-33); después habrán de examinarle los escribas (22:34-40); más tarde el Sumo Sacerdote y el sanedrín (26:57-68); y por último, hasta los gentiles lo examinaron (Pilato y Herodes). El resultado final fue: “no halló pecado en este hombre”; el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo fue sin defecto. La secta de los saduceos aparece formalmente poco antes del año 200 a. C. Se componía de los ricos, los aristócratas, los influyentes, los sacerdotes. Su nombre deriva de Sadoc, el sumo sacerdote del tiempo de David (2 Sam. 8:17). Cada sumo sacerdote era saduceo. Los saduceos controlaban todas las actividades del Templo. Eran los intelectuales de la época. Respecto a su teología, los saduceos solo aceptaban inspirado por Dios al Pentateuco (la Torá, primeros cinco libros de la Biblia). Negaban todo lo sobrenatural, no creían en la resurrección (vr. 23); ni en ángeles ni espíritus (Hechos 23:8). Eran, de entre los religiosos, los escépticos. A pesar de ser los sacerdotes, afirmaban que al morir se acababa todo, no había alma ni conciencia después de la muerte. Sobre su absurdo argumento negando la resurrección, mencionaron la Ley del Levirato (significa “hermano del marido”). La ley de Moisés establecía que la viuda del hermano muerto sin hijos tenía que ser tomada como esposa por el hermano sobreviviente. El primogénito de esta nueva unión debía heredar los bienes y el nombre del fallecido (Dt. 25:5-6). Con esto se buscaba impedir la extinción de la familia en el pueblo de Israel; así como su herencia. El problema de los saduceos era que pensaban en la vida eterna en conceptos terrenales. Como si se tratara simplemente de extender esta vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:26
22.23-28 Conforme a las costumbres y leyes judías, el Cordero a ofrecerse en la Pascua debía ser primero examinado al menos por cuatro días para comprobar que fuese sin defecto. El Señor Jesucristo estaba cumpliendo esta ley, desde que entró en Jerusalén estaba siendo examinado por los judíos: Primero por los sacerdotes y ancianos cuando lo cuestionaron acerca de la autoridad con la que Jesús hacía todas sus cosas (21:23-27); luego por los fariseos y herodianos cuando lo tentaron en relación al dar o no tributo al César (22:15-22). El caso que aquí nos ocupa es el examen que le hacen los saduceos (22:23-33); después habrán de examinarle los escribas (22:34-40); más tarde el Sumo Sacerdote y el sanedrín (26:57-68); y por último, hasta los gentiles lo examinaron (Pilato y Herodes). El resultado final fue: “no halló pecado en este hombre”; el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo fue sin defecto. La secta de los saduceos aparece formalmente poco antes del año 200 a. C. Se componía de los ricos, los aristócratas, los influyentes, los sacerdotes. Su nombre deriva de Sadoc, el sumo sacerdote del tiempo de David (2 Sam. 8:17). Cada sumo sacerdote era saduceo. Los saduceos controlaban todas las actividades del Templo. Eran los intelectuales de la época. Respecto a su teología, los saduceos solo aceptaban inspirado por Dios al Pentateuco (la Torá, primeros cinco libros de la Biblia). Negaban todo lo sobrenatural, no creían en la resurrección (vr. 23); ni en ángeles ni espíritus (Hechos 23:8). Eran, de entre los religiosos, los escépticos. A pesar de ser los sacerdotes, afirmaban que al morir se acababa todo, no había alma ni conciencia después de la muerte. Sobre su absurdo argumento negando la resurrección, mencionaron la Ley del Levirato (significa “hermano del marido”). La ley de Moisés establecía que la viuda del hermano muerto sin hijos tenía que ser tomada como esposa por el hermano sobreviviente. El primogénito de esta nueva unión debía heredar los bienes y el nombre del fallecido (Dt. 25:5-6). Con esto se buscaba impedir la extinción de la familia en el pueblo de Israel; así como su herencia. El problema de los saduceos era que pensaban en la vida eterna en conceptos terrenales. Como si se tratara simplemente de extender esta vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:27
22.23-28 Conforme a las costumbres y leyes judías, el Cordero a ofrecerse en la Pascua debía ser primero examinado al menos por cuatro días para comprobar que fuese sin defecto. El Señor Jesucristo estaba cumpliendo esta ley, desde que entró en Jerusalén estaba siendo examinado por los judíos: Primero por los sacerdotes y ancianos cuando lo cuestionaron acerca de la autoridad con la que Jesús hacía todas sus cosas (21:23-27); luego por los fariseos y herodianos cuando lo tentaron en relación al dar o no tributo al César (22:15-22). El caso que aquí nos ocupa es el examen que le hacen los saduceos (22:23-33); después habrán de examinarle los escribas (22:34-40); más tarde el Sumo Sacerdote y el sanedrín (26:57-68); y por último, hasta los gentiles lo examinaron (Pilato y Herodes). El resultado final fue: “no halló pecado en este hombre”; el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo fue sin defecto. La secta de los saduceos aparece formalmente poco antes del año 200 a. C. Se componía de los ricos, los aristócratas, los influyentes, los sacerdotes. Su nombre deriva de Sadoc, el sumo sacerdote del tiempo de David (2 Sam. 8:17). Cada sumo sacerdote era saduceo. Los saduceos controlaban todas las actividades del Templo. Eran los intelectuales de la época. Respecto a su teología, los saduceos solo aceptaban inspirado por Dios al Pentateuco (la Torá, primeros cinco libros de la Biblia). Negaban todo lo sobrenatural, no creían en la resurrección (vr. 23); ni en ángeles ni espíritus (Hechos 23:8). Eran, de entre los religiosos, los escépticos. A pesar de ser los sacerdotes, afirmaban que al morir se acababa todo, no había alma ni conciencia después de la muerte. Sobre su absurdo argumento negando la resurrección, mencionaron la Ley del Levirato (significa “hermano del marido”). La ley de Moisés establecía que la viuda del hermano muerto sin hijos tenía que ser tomada como esposa por el hermano sobreviviente. El primogénito de esta nueva unión debía heredar los bienes y el nombre del fallecido (Dt. 25:5-6). Con esto se buscaba impedir la extinción de la familia en el pueblo de Israel; así como su herencia. El problema de los saduceos era que pensaban en la vida eterna en conceptos terrenales. Como si se tratara simplemente de extender esta vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:28
22.23-28 Conforme a las costumbres y leyes judías, el Cordero a ofrecerse en la Pascua debía ser primero examinado al menos por cuatro días para comprobar que fuese sin defecto. El Señor Jesucristo estaba cumpliendo esta ley, desde que entró en Jerusalén estaba siendo examinado por los judíos: Primero por los sacerdotes y ancianos cuando lo cuestionaron acerca de la autoridad con la que Jesús hacía todas sus cosas (21:23-27); luego por los fariseos y herodianos cuando lo tentaron en relación al dar o no tributo al César (22:15-22). El caso que aquí nos ocupa es el examen que le hacen los saduceos (22:23-33); después habrán de examinarle los escribas (22:34-40); más tarde el Sumo Sacerdote y el sanedrín (26:57-68); y por último, hasta los gentiles lo examinaron (Pilato y Herodes). El resultado final fue: “no halló pecado en este hombre”; el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo fue sin defecto. La secta de los saduceos aparece formalmente poco antes del año 200 a. C. Se componía de los ricos, los aristócratas, los influyentes, los sacerdotes. Su nombre deriva de Sadoc, el sumo sacerdote del tiempo de David (2 Sam. 8:17). Cada sumo sacerdote era saduceo. Los saduceos controlaban todas las actividades del Templo. Eran los intelectuales de la época. Respecto a su teología, los saduceos solo aceptaban inspirado por Dios al Pentateuco (la Torá, primeros cinco libros de la Biblia). Negaban todo lo sobrenatural, no creían en la resurrección (vr. 23); ni en ángeles ni espíritus (Hechos 23:8). Eran, de entre los religiosos, los escépticos. A pesar de ser los sacerdotes, afirmaban que al morir se acababa todo, no había alma ni conciencia después de la muerte. Sobre su absurdo argumento negando la resurrección, mencionaron la Ley del Levirato (significa “hermano del marido”). La ley de Moisés establecía que la viuda del hermano muerto sin hijos tenía que ser tomada como esposa por el hermano sobreviviente. El primogénito de esta nueva unión debía heredar los bienes y el nombre del fallecido (Dt. 25:5-6). Con esto se buscaba impedir la extinción de la familia en el pueblo de Israel; así como su herencia. El problema de los saduceos era que pensaban en la vida eterna en conceptos terrenales. Como si se tratara simplemente de extender esta vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:29
22.29 Dicho error de los saduceos, como todos los errores doctrinales de todos los tiempos, es por desconocimiento de la Biblia; así como del poder de Dios. Entre los saduceos estaba el sumo sacerdote, ¡y no conocían las Escrituras! Se supone que la aprendían de memoria; pero una cosa es memorizar la letra y otra muy diferente es entender el mensaje de Dios en su Palabra. Lo cual sucede a causa de la actitud e incredulidad. Ellos eran, a su juicio, sabios y preparados; pero Dios revela su Palabra a los “niños” y no a los que se creen “sabios y entendidos”. Al principio del Libro de Apocalipsis indica que la revelación de Dios es para sus siervos (gr. doulos, esclavos); sólo con esa actitud recibimos el entendimiento de las Escrituras. Algunos conocen las Escrituras, pero desconocen el poder de Dios siendo incrédulos a que Dios lo hace todo posible, por ejemplo, un cuerpo glorificado totalmente libre de las condiciones terrenales. Otros creen en lo sobrenatural, pero desconocen la revelación de las Escrituras; los tales se llenan de toda imaginación y locuras. Los primeros se vuelven fríos y racionalistas, sin vida espiritual; los segundos se transforman en místicos sin vida práctica. Los saduceos eran la mezcla de lo peor de ambas cosas, desconocían las Escrituras y el poder de Dios. Sin revelación y sin fe.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:30
22.30 Cuando Mateo habla de los saduceos señala “que dicen que no hay resurrección”, haciendo claro con esto que tanto Mateo como la iglesia sí creían en la resurrección. De hecho, Jesús lo afirma categóricamente (Juan 5:28-29). El mismo Señor dijo: Yo Soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá frente a la tumba de Lázaro (Juan 11:25). La resurrección es una doctrina básica de la iglesia desde el principio (1 Cor. 15:51-54; 1 Cor. 15:16-20; 1 Ts. 4:14-17; Dn. 12:2). El apóstol Pablo dijo en su defensa ante Félix: tengo esperanza en Dios… de que ha de haber resurrección de los muertos, así de justos como de injustos (Hch. 24:15). Mucho se habla de que si resucitaremos con el mismo cuerpo o con otro, de que si tendremos o no la misma apariencia, la Biblia dice que será diferente (1 Cor.15:35-37). Este cuerpo corruptible actual sólo es una semilla muy diferente e inferior al cuerpo de gloria que recibiremos. Nuestro cuerpo actual está diseñado para las condiciones terrenales; pero el cuerpo de la resurrección será apto para la eternidad. Al no tener corrupción, el cuerpo glorificado estará libre de las limitaciones de la caída y sus secuelas. ¡Inmortal, incorruptible! Ya no envejece ni enferma, sino que los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre (Mat. 13:43; Dan. 12:3). No tiene debilidad, dolor ni muerte (Ap. 21:4). Semejante cuerpo es necesario para la era por venir puesto que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción… porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción (1 Cor. 15:50,53; Juan 3:3,5). La incorruptibilidad es la esperanza que tiene toda la creación de ser libre de una vez por todas de la maldición del pecado, porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios… gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo (Rom. 8:21-23). Esto también es parte de nuestra herencia celestial (1 Pedro 1:4). Es un cuerpo glorioso. Resucitará en gloria –dice la Palabra. Será semejante al cuerpo resucitado del Señor, Dios transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas (Fil. 3:21; 3:10; 2 Cor. 13:4; 1 Cor. 6:14). Una gloria inimaginable (Rom. 8:17-19). Es espiritual. El hecho de que será un cuerpo espiritual no significa que sea intangible o inmaterial, sino que sobrepasa los límites conocidos hasta ahora por nosotros, adaptado a la vida espiritual, eterna y por venir (como la mencionada en Ap. 21 y 22). Como el cuerpo del Señor después de su resurrección, el cual atravesaba la materia de nuestro mundo (Jn. 20:19); tenía la capacidad de desaparecer (Luc. 24:31); o de aparecer con el cuerpo anterior, puesto que tenía carne y huesos (Luc. 24:39); podía comer (Luc. 24:41-43), sin que eso signifique que la alimentación sea una necesidad posterior a la muerte (1 Cor. 6:13), sino que esto hizo para demostrar la autenticidad de su resurrección corporal. Tiene dominio sobre la naturaleza (Juan 21:6-11). Es una nueva creación, ya no es terrena, no desciende de Adán ni es alma viviente, sino que desciende de Cristo y es espíritu vivificante (1 Cor. 15:45-49). Con respecto a la respuesta del Señor, claramente indica que después de resucitar el orden de vida que hoy conocemos de matrimonio y reproducción no existirá más. En la resurrección no existe sexo; seremos como los ángeles, no ángeles, sino como los ángeles, los cuales no se reproducen ni engendran. Ellos fueron creados a una sola vez por la Palabra de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:31
22.31-32 Las palabras del Señor demuestran que el alma está viva y consciente después de la muerte física. En Lucas 20:38 dice para Dios todos viven, tiempo presente. La gente se confunde con la palabra “dormir” para señalar la muerte; pero, cuando duermes, ¿qué es lo que duerme, tu alma o tu cuerpo? ¿No duerme acaso solo tu cuerpo, mientras tu alma sueña? Entonces el alma está consciente soñando en su mente. La Biblia enseña que el alma está consciente después de la muerte física. Por ejemplo: Juan dice en Apocalipsis 6:9-10 que vio las almas de los que habían sido asesinados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Él, y dice que clamaban a gran voz y que Dios hablaba con ellos. Menciona también a otra multitud de almas de muertos en Ap. 7:1-17 que están delante del Trono de Dios y de la Presencia del Cordero. Están en constante actividad, alabando a Dios con palmas en las manos, sirviéndole. Si no fuese real la consciente felicidad después de la muerte, ¿por qué el apóstol Pablo dice que desea partir (morir) y estar con Cristo lo cual es muchísimo mejor que vivir en este mundo (Fil. 1:21-23); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo y presentes al Señor (2 Cor. 5:8). ¿Y qué decir de las palabras del Señor sobre el rico y Lázaro? (Luc. 16:23) ¿Acaso enseñaría algo no verdadero si todo en Él es verdad y jamás fue hallado engaño en su boca? Jesús prometió al ladrón arrepentido que fue crucificado junto a él que ese mismo día estaría con él en el paraíso (Luc. 23:43). Claro está que jamás le prometería tal cosa si el alma estaría dormida hasta la resurrección, al contrario, le alienta con la esperanza de que ese mismo día estaría con Él en el paraíso, esto es, en un estado de bendición intermedio entre la muerte y la resurrección. Nosotros confiamos en que al morir estaremos con el Señor en bendición (Fil. 1:23; Juan 17:24; Ap. 7:14-17). Es cierto que el cuerpo se transforma en polvo, pero el espíritu vuelve a Dios (Ecl. 12:7), y así esperar la consumación de las cosas; esta es la vida a la que él os ha llamado, no un sueño, ¡sino vida en abundancia! os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están en los cielos, a Dios el juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador de un nuevo pacto (Heb. 12:22-24; Juan 14:1-6; Juan 10:10).
— Roberto Tinoco
Mateo 22:32
22.31-32 Las palabras del Señor demuestran que el alma está viva y consciente después de la muerte física. En Lucas 20:38 dice para Dios todos viven, tiempo presente. La gente se confunde con la palabra “dormir” para señalar la muerte; pero, cuando duermes, ¿qué es lo que duerme, tu alma o tu cuerpo? ¿No duerme acaso solo tu cuerpo, mientras tu alma sueña? Entonces el alma está consciente soñando en su mente. La Biblia enseña que el alma está consciente después de la muerte física. Por ejemplo: Juan dice en Apocalipsis 6:9-10 que vio las almas de los que habían sido asesinados a causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Él, y dice que clamaban a gran voz y que Dios hablaba con ellos. Menciona también a otra multitud de almas de muertos en Ap. 7:1-17 que están delante del Trono de Dios y de la Presencia del Cordero. Están en constante actividad, alabando a Dios con palmas en las manos, sirviéndole. Si no fuese real la consciente felicidad después de la muerte, ¿por qué el apóstol Pablo dice que desea partir (morir) y estar con Cristo lo cual es muchísimo mejor que vivir en este mundo (Fil. 1:21-23); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo y presentes al Señor (2 Cor. 5:8). ¿Y qué decir de las palabras del Señor sobre el rico y Lázaro? (Luc. 16:23) ¿Acaso enseñaría algo no verdadero si todo en Él es verdad y jamás fue hallado engaño en su boca? Jesús prometió al ladrón arrepentido que fue crucificado junto a él que ese mismo día estaría con él en el paraíso (Luc. 23:43). Claro está que jamás le prometería tal cosa si el alma estaría dormida hasta la resurrección, al contrario, le alienta con la esperanza de que ese mismo día estaría con Él en el paraíso, esto es, en un estado de bendición intermedio entre la muerte y la resurrección. Nosotros confiamos en que al morir estaremos con el Señor en bendición (Fil. 1:23; Juan 17:24; Ap. 7:14-17). Es cierto que el cuerpo se transforma en polvo, pero el espíritu vuelve a Dios (Ecl. 12:7), y así esperar la consumación de las cosas; esta es la vida a la que él os ha llamado, no un sueño, ¡sino vida en abundancia! os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están en los cielos, a Dios el juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador de un nuevo pacto (Heb. 12:22-24; Juan 14:1-6; Juan 10:10).
— Roberto Tinoco
Mateo 22:33
22.33 Más allá de razonar la doctrina cristiana cuestionándola, debemos recibir su bendición admirándonos de las palabras de Jesús. Asimismo, poner nuestra fe en Él confiando que recibiremos un cuerpo glorificado en la venida del Señor (Hechos 24:15-16).
— Roberto Tinoco
Mateo 22:34
22.34 La biblia es una historia de amor, la historia del amor de Dios. Tenemos la interrogante presentada al Señor Jesucristo en relación a cuál es el más grande mandamiento. Esto nos muestra que aún no hemos comprendido a Dios. El asunto no es cuál es nuestra obligación, Dios no desea obligarnos, sino que lo amemos. Al ver los fariseos que Jesús hizo callar a los saduceos en un tema que llevaban décadas discutiendo, debieron sentir una gran alegría, mezclada con la ira de no hallar aun nada contra Él. La palabra griega usada aquí para callar es phimoo, significa “amordazar”. La mordaza se usa contra los perros para impedir que muerdan; metafóricamente así es todo aquel que habla contra Cristo, como un animal irracional al cual debe cerrársele su hocico por peligroso - perdóneseme el término, pero ese es el concepto de la palabra. Con todo, no debemos alegrarnos cuando nuestro enemigo tenga problemas. Una de las razones por las que Dios destruyó a Edom fue el alegrarse de la caída de Judá (Abdías 1:12, 15; lee Mat. 5:44-45). Los saduceos negaban la resurrección, los fariseos la afirmaban, esto hacía que ambos grupos estuvieran siempre en conflicto. Cuando el Señor hizo callar a los saduceos dando argumentos irrefutables acerca de la resurrección, los fariseos se alegraron de tener la razón (semejante a las facciones que tenemos entre los creyentes que nos dividen por distintas doctrinas, algo lamentable). El versículo 34 dice que debido a esto “se juntaron a una”, en una sola mente y propósito. No se unieron a causa del amor a Cristo, sino a causa de que hizo callar a los saduceos con relación a la doctrina de la resurrección. Que no nos suceda igual. No sea motivo de unión religiosa ni denominacional el pleito de doctrinas. La Biblia dice: recibid al débil en la de, pero no para contender sobre opiniones (Rom.14:1). El origen de las divisiones de la iglesia es el énfasis y pleito doctrinal. Porque uno enfatiza una doctrina y otro la organización, hay divisiones. Y uno se llama de un modo y otro de otro por énfasis doctrinales o hasta históricas. Porque uno pelea contra las prácticas de otro y el otro se defiende se hacen llamar unos de un modo y otros de otro modo, el resultado es división. No nos unimos como iglesia de Cristo en uno a causa de las doctrinas, sino a causa del Señor. Nos unimos no por creer lo mismo, sino por tener al mismo Señor. La oración del Señor fue que fuésemos uno, pero uno en Él (Juan 17:21).
— Roberto Tinoco
Mateo 22:35
22.35 Vinieron a probar al Señor Jesús y el vocero de la prueba era uno de ellos. Ser uno de la otra denominación cristiana no es el problema, no ser uno con Cristo es el problema. Era un intérprete de la ley, un escriba, un experto de las leyes judías y de las Escrituras. La gente más calificada suele ser la más conflictiva (aunque no siempre es así). La sencillez y la humildad evitan las discordias. Considerar a los demás como superiores a uno mismo evita los conflictos. Delante del Señor no hay expertos en la Palabra; en todo caso, somos expertos en el pecado, ¡pero Dios es experto en la misericordia! La razón de la prueba fue tentarle. El verbo usado para “tentarle” es el griego es peirazón. No se refiere específicamente a tentación en el modo negativo moral, sino a “poner a prueba” en el sentido positivo, como comprobando si realmente estaba preparado. Lo vemos más claro en el texto paralelo de Marcos en donde el escriba le dijo al Señor: Bien, Maestro, has dicho la verdad; y vino a preguntarle, dice Marcos, porque Jesús había respondido bien a los saduceos (Mar. 12:28-33). De modo que el intérprete de la ley vino a Jesús no para tenderle una trampa, sino para conocer su opinión acerca de los mandamientos de la Ley de Moisés. Esto es confirmado también por Marcos en donde vemos que el Señor le dijo al escriba: No estás lejos del reino de Dios (Mar. 12:34). No tiene nada de malo preguntar al Señor acerca de lo que no entendemos, ¿quién, sino Él, puede enseñarnos? Por eso el Señor Jesús no reprendió al escriba, sino le enseñó la Palabra. Seamos honestos ante el Señor, ¡cuánto lo necesitamos!
— Roberto Tinoco
Mateo 22:36
22.36 El contenido de la prueba: ¿Cuál es el gran mandamiento en la ley? La pregunta va encaminada a la clasificación de los mandamientos, cuáles eran más importantes que otros. Los escribas dividían los mandamientos en negativos y afirmativos, y los comparaban con los miembros del cuerpo (248) y los días del año (365), totalizando 613 como las letras del Decálogo. Ahora querían saber cuál de todos ellos era el más importante. Este era un asunto muy discutido entre los fariseos. El fariseo, el religioso, el legalista piensa de manera negativa. Su pensamiento es en base a prohibiciones, no hagas, no digas, no gustes, no toques. Pero el énfasis de Dios no es acerca de lo que no podemos hacer, sino acerca de lo que sí debemos hacer. La vida cristiana no es un asunto de obligación, ni de leyes ni de prohibiciones, la vida cristiana es el amor. San Agustín escribió: “ama y haz lo que quieras”.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:37
22.37-38 Un camino de amor. La cruz de Cristo es amor y no mero dolor. La primera tabla habla acerca de amar a Dios; la segunda, sobre amar al prójimo. Eso es la cruz, un madero vertical, el amor a Dios; y un madero horizontal, el amor al prójimo. La cruz es un deleite, no un sufrimiento. La primera tabla habla acerca de amar a Dios; la segunda, sobre amar al prójimo. Eso es la cruz, un madero vertical, el amor a Dios; y un madero horizontal, el amor al prójimo. La cruz es un deleite, no un sufrimiento. La primera tabla de la Ley tenía cuatro mandamientos: 3+1 Dios y el hombre. La segunda tabla tenía seis mandamientos: número de hombre; relaciones humanas. El Señor citó Deuteronomio 6:5 y Levítico 19:18. Amarás. La Biblia usa varias palabras griegas para definir los distintos tipos de amor: Phileo - Es el amor filial, de amigos y de familiares. Eros - Es el amor de pareja, el amor erótico. Agapao - Es el amor incondicional por el sólo acto de voluntad. Esta última es la palabra usada por el Señor en esta frase. Agape es la benevolencia a toda prueba. El amor que nunca busca nada fuera del más elevado bien para la persona amada. No necesita ser motivado por la química, ni la afinidad, ni la emoción. Siempre busca el bien de la otra persona sin importar lo que ésta haga. Es el amor que se da y se sacrifica conscientemente. No es una emoción pasajera, sino el propósito consciente de la voluntad de hacer el bien. Amarás a Dios, sin importar qué te da o en qué te favorece; amarás a Dios, sin importar que las circunstancias sean o no propicias. Amarás a Dios, sin importar la inspiración del sentir o no sentir, no es una emoción, sino un acto de la voluntad. Es un amor de pertinencia: Amarás al Señor tu Dios. Lo amo porque es mi Dios; por lo que me comportaré según Él quiera, ¡es mi Dios! ¡es mi Señor! Este amor debe ser: Con todo el corazón, la fuente de los sentimientos y la voluntad. Con toda el alma, la fuente de la vida. Con toda la mente, la fuente de los pensamientos. Así se ama a Dios: voluntariamente, sintiendo, con emoción hacia Él, sujetando todo otro sentimiento; con la vida misma dedicada a Él; pensando en Él y sujetando todo pensamiento a Él. Hay quienes dicen amar a Dios estando llenos de malos pensamientos y de sentimientos de ira, enojo rencor, envidia, ¡mentira! ¡eso no es amar a Dios! Hay quienes dicen amar a Dios y dedican su vida a todo menos a servirle; demasiado ocupados en sus metas personales no les importa la voluntad de Dios ¡mentira! ¡eso no es amar a Dios! Amar a Dios es darse a Él. Este es el primero y grande mandamiento. No existe nada más importante que amar a Dios. Ni la familia, ni la iglesia, ni los amigos, ni el trabajo, ¡nada! Si todo lo perdemos, ¡que no perdamos su amor! Es el primero y grande mandamiento.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:38
22.37-38 Un camino de amor. La cruz de Cristo es amor y no mero dolor. La primera tabla habla acerca de amar a Dios; la segunda, sobre amar al prójimo. Eso es la cruz, un madero vertical, el amor a Dios; y un madero horizontal, el amor al prójimo. La cruz es un deleite, no un sufrimiento. La primera tabla habla acerca de amar a Dios; la segunda, sobre amar al prójimo. Eso es la cruz, un madero vertical, el amor a Dios; y un madero horizontal, el amor al prójimo. La cruz es un deleite, no un sufrimiento. La primera tabla de la Ley tenía cuatro mandamientos: 3+1 Dios y el hombre. La segunda tabla tenía seis mandamientos: número de hombre; relaciones humanas. El Señor citó Deuteronomio 6:5 y Levítico 19:18. Amarás. La Biblia usa varias palabras griegas para definir los distintos tipos de amor: Phileo - Es el amor filial, de amigos y de familiares. Eros - Es el amor de pareja, el amor erótico. Agapao - Es el amor incondicional por el sólo acto de voluntad. Esta última es la palabra usada por el Señor en esta frase. Agape es la benevolencia a toda prueba. El amor que nunca busca nada fuera del más elevado bien para la persona amada. No necesita ser motivado por la química, ni la afinidad, ni la emoción. Siempre busca el bien de la otra persona sin importar lo que ésta haga. Es el amor que se da y se sacrifica conscientemente. No es una emoción pasajera, sino el propósito consciente de la voluntad de hacer el bien. Amarás a Dios, sin importar qué te da o en qué te favorece; amarás a Dios, sin importar que las circunstancias sean o no propicias. Amarás a Dios, sin importar la inspiración del sentir o no sentir, no es una emoción, sino un acto de la voluntad. Es un amor de pertinencia: Amarás al Señor tu Dios. Lo amo porque es mi Dios; por lo que me comportaré según Él quiera, ¡es mi Dios! ¡es mi Señor! Este amor debe ser: Con todo el corazón, la fuente de los sentimientos y la voluntad. Con toda el alma, la fuente de la vida. Con toda la mente, la fuente de los pensamientos. Así se ama a Dios: voluntariamente, sintiendo, con emoción hacia Él, sujetando todo otro sentimiento; con la vida misma dedicada a Él; pensando en Él y sujetando todo pensamiento a Él. Hay quienes dicen amar a Dios estando llenos de malos pensamientos y de sentimientos de ira, enojo rencor, envidia, ¡mentira! ¡eso no es amar a Dios! Hay quienes dicen amar a Dios y dedican su vida a todo menos a servirle; demasiado ocupados en sus metas personales no les importa la voluntad de Dios ¡mentira! ¡eso no es amar a Dios! Amar a Dios es darse a Él. Este es el primero y grande mandamiento. No existe nada más importante que amar a Dios. Ni la familia, ni la iglesia, ni los amigos, ni el trabajo, ¡nada! Si todo lo perdemos, ¡que no perdamos su amor! Es el primero y grande mandamiento.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:39
22.39 Da por sentado que nos amamos a nosotros mismos, por lo que no tiene sentido el enfoque psicológico de “tienes que amarte a ti para poder amar a otro”. ¡Claro que te amas! Hasta el suicida lo hace pensando en sí mismo (si pensara en el verdadero bien ajeno no lo haría). Se quita la vida ya sea para que otro sufra a manera de venganza o para ya no sufrir por amor a sí mismo. Mira todo lo que haces por ti: te consientes, alimentas, cubres, proteges, te das lo que deseas y piensas en ti todo el tiempo. Te compras cosas, y sueles perdonarte tus faltas minimizándolas. ¿podrías hacer lo mismo por tu prójimo? Todo el bien que puedas a todos los que puedas, todo el tiempo que puedas. Del amor a Dios se desprende el amor al prójimo, por eso es semejante. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (1 Juan 4:20) (1 Juan 3:16-18). Todo el tiempo y en toda circunstancia procuramos sólo nuestro bien. Así debemos amar a los demás, procurando su bien en todo tiempo y en toda circunstancia. Si se lo merecen, amémoslos. Y si no se lo merecen, entonces amémoslos más, pues necesitan más amor (aunque esto implique ser duro en ocasiones: fieles son las heridas del que ama Pr.27:6).
— Roberto Tinoco
Mateo 22:40
22.40 Toda la Biblia trata del amor, amor a Dios y amor al prójimo. Y también, toda la fe cristiana se trata de lo mismo. Cuando la fe no lleva al amor es una fe equivocada y cuando el ritual carece de amor es costumbre o fanatismo. La falta de amor niega más a Cristo que la incredulidad. La fe en la Palabra te lleva a conocer a Dios y el amor a vivirlo.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:41
22.41-42 Después de que el Señor Jesús entró en Jerusalén fue examinado por los principales sacerdotes, los religiosos, los políticos, etc., en cumplimiento a la Palabra de Dios de que el Cordero de la Pascua tenía que ser examinado por 4 días y hallado sin defecto antes de ser ofrecido a Dios en sacrificio. Los fariseos lo cuestionaron en relación a la religión judía, ellos son los representantes de los religiosos de todos los tiempos. Los herodianos lo cuestionaron en relación al dar tributo o no al César, esto es, en asuntos políticos. Ellos son los representantes de todos los hombres con intereses políticos. Los saduceos que eran los ricos modernistas que no creían en la resurrección lo cuestionaron acerca de doctrinas. Ellos son los representantes de los que diciéndose creyentes tienen una vida mundana e incrédula de las cosas espirituales, los escépticos e incluso los ateos. El escriba, el experto en la ley que vino al Señor para cuestionarle acerca del más grande mandamiento representa tanto a los religiosos sinceros como a los legalistas de todos los tiempos que están más preocupados por los mandamientos y leyes, las normas y sistemas, los nombres y las denominaciones, que por la comunión con Cristo. El creyente tiene que avanzar y superar la religiosidad, los intereses políticos y mundanos y las formas legalistas de hacer las cosas para pasar a la comunión con Cristo. Esto sólo es posible (superar lo anteriormente dicho) si en lugar de preguntar de religión, de política, de sistemas, de nombres, de modernismos mundanos y de legalismos nos preguntamos, o mejor dicho, en el Espíritu nos preguntamos: ¿qué pensáis del Cristo? ¡Esa es la pregunta crucial de la vida! No me digas que piensas de otra cosa, dime qué piensas de Cristo. No me hables de religiones ni de dogmas, ni de leyes, dime qué piensas de Cristo. El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; pero Israel no conoce; mi pueblo no entiende (Isaías 1:3). No se trata tanto de conocer acerca de, sino de conocer a. Así dijo Yahwéh: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiese de alabar: en entenderme y conocerme, que Yo Soy Yahwéh (Jer. 9:23-24). ¿Qué pensáis del Cristo? Es decir, de Él, de la Persona Cristo? ¿Qué pensáis de Cristo? Y también, ¿qué pensáis del Cuerpo de Cristo? La segunda pregunta: ¿de quién es Hijo? La respuesta era muy obvia para los fariseos. Era de dominio público y enseñanza generalizada entre los judíos que el Mesías era descendiente de David. El Antiguo Testamento está lleno de referencias del Cristo como el Hijo de David. Cuando entró a Jerusalén todos gritaron: ¡Hosanna al Hijo de David! Pero la pregunta del Señor Jesús va encaminada no a mostrar la humanidad, sino la divinidad de Cristo. ¿De quién es hijo el Cristo, de los hombres o de Dios? Es fundamental que respondamos. Si nuestro concepto es terrenal, entonces somos terrenales. Lo que es nacido de la carne, carne es. Los hijos de Dios no somos engendrados de carne ni de sangre ni de voluntad de varón, sino de Dios. Dios habló en el pasado a Israel por medio del profeta Oseas diciéndose: no tendré misericordia de sus hijos, porque son hijos de prostitución (Os. 2:4). No todos los que parecen cristianos lo son pues fueron engendrados por los hombres. Para nacer de Dios necesitamos conocer al Señor Jesús como el Hijo de Dios. El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios (1 Juan 4:15). Y la revelación de Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios Viviente no lo da carne ni sangre, sino el Padre Celestial (Mat. 16:17). ¡Clamemos al Padre para que sea Él quien despierte nuestro espíritu!
— Roberto Tinoco
Mateo 22:42
22.41-42 Después de que el Señor Jesús entró en Jerusalén fue examinado por los principales sacerdotes, los religiosos, los políticos, etc., en cumplimiento a la Palabra de Dios de que el Cordero de la Pascua tenía que ser examinado por 4 días y hallado sin defecto antes de ser ofrecido a Dios en sacrificio. Los fariseos lo cuestionaron en relación a la religión judía, ellos son los representantes de los religiosos de todos los tiempos. Los herodianos lo cuestionaron en relación al dar tributo o no al César, esto es, en asuntos políticos. Ellos son los representantes de todos los hombres con intereses políticos. Los saduceos que eran los ricos modernistas que no creían en la resurrección lo cuestionaron acerca de doctrinas. Ellos son los representantes de los que diciéndose creyentes tienen una vida mundana e incrédula de las cosas espirituales, los escépticos e incluso los ateos. El escriba, el experto en la ley que vino al Señor para cuestionarle acerca del más grande mandamiento representa tanto a los religiosos sinceros como a los legalistas de todos los tiempos que están más preocupados por los mandamientos y leyes, las normas y sistemas, los nombres y las denominaciones, que por la comunión con Cristo. El creyente tiene que avanzar y superar la religiosidad, los intereses políticos y mundanos y las formas legalistas de hacer las cosas para pasar a la comunión con Cristo. Esto sólo es posible (superar lo anteriormente dicho) si en lugar de preguntar de religión, de política, de sistemas, de nombres, de modernismos mundanos y de legalismos nos preguntamos, o mejor dicho, en el Espíritu nos preguntamos: ¿qué pensáis del Cristo? ¡Esa es la pregunta crucial de la vida! No me digas que piensas de otra cosa, dime qué piensas de Cristo. No me hables de religiones ni de dogmas, ni de leyes, dime qué piensas de Cristo. El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; pero Israel no conoce; mi pueblo no entiende (Isaías 1:3). No se trata tanto de conocer acerca de, sino de conocer a. Así dijo Yahwéh: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiese de alabar: en entenderme y conocerme, que Yo Soy Yahwéh (Jer. 9:23-24). ¿Qué pensáis del Cristo? Es decir, de Él, de la Persona Cristo? ¿Qué pensáis de Cristo? Y también, ¿qué pensáis del Cuerpo de Cristo? La segunda pregunta: ¿de quién es Hijo? La respuesta era muy obvia para los fariseos. Era de dominio público y enseñanza generalizada entre los judíos que el Mesías era descendiente de David. El Antiguo Testamento está lleno de referencias del Cristo como el Hijo de David. Cuando entró a Jerusalén todos gritaron: ¡Hosanna al Hijo de David! Pero la pregunta del Señor Jesús va encaminada no a mostrar la humanidad, sino la divinidad de Cristo. ¿De quién es hijo el Cristo, de los hombres o de Dios? Es fundamental que respondamos. Si nuestro concepto es terrenal, entonces somos terrenales. Lo que es nacido de la carne, carne es. Los hijos de Dios no somos engendrados de carne ni de sangre ni de voluntad de varón, sino de Dios. Dios habló en el pasado a Israel por medio del profeta Oseas diciéndose: no tendré misericordia de sus hijos, porque son hijos de prostitución (Os. 2:4). No todos los que parecen cristianos lo son pues fueron engendrados por los hombres. Para nacer de Dios necesitamos conocer al Señor Jesús como el Hijo de Dios. El que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios (1 Juan 4:15). Y la revelación de Jesús como el Cristo, el Hijo del Dios Viviente no lo da carne ni sangre, sino el Padre Celestial (Mat. 16:17). ¡Clamemos al Padre para que sea Él quien despierte nuestro espíritu!
— Roberto Tinoco
Mateo 22:43
22.43-44 La tercera pregunta: ¿pues cómo David en el Espíritu le llama Señor..? David llamó a Cristo Señor, pero lo hizo en el Espíritu. Como vimos en la nota anterior. Sólo Dios se revela a sí mismo. Necesitamos al Espíritu Santo para llamar Señor al Cristo. Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo (1 Cor. 12:3). No puede el hombre recibir nada si no le fuere dado del cielo (Jn.3:27). Jesús citó un texto que resultaba un misterio para los judíos: Yahwéh dijo a Adonai –glorioso. Dijo el Señor a mi Señor, Yahwéh hablándole a Adonai (hebreo). La Trinidad actuando en la perfecta coordinación de su administración. Los fariseos preocupándose por las religiones, los herodianos discutiendo intereses políticos, los saduceos cuestionando doctrinas, los escribas enfatizando los mandamientos, ¡y Yahwéh hablando y exaltando a Adonai! El punto es ver Quién es Cristo: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es Hijo? Cristo Jesús es Adonai Soberano, el Señor. Él fue exaltado: siéntate a mi derecha. En el reino de Dios: hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Es necesario que Él reine hasta que ponga a todos tus enemigos debajo de sus pies (1 Cor. 15:25; Hch. 2:34-35; Sal. 110:1). Jesús se ha sentado a la diestra del Padre porque ha terminado su obra (el acto de sentarse Heb. 1:13; 10:12-3) y a su derecha porque es el Hijo de Dios (Heb. 1:13) lo que es prueba de su Deidad (Hch. 1:8).
— Roberto Tinoco
Mateo 22:44
22.43-44 La tercera pregunta: ¿pues cómo David en el Espíritu le llama Señor..? David llamó a Cristo Señor, pero lo hizo en el Espíritu. Como vimos en la nota anterior. Sólo Dios se revela a sí mismo. Necesitamos al Espíritu Santo para llamar Señor al Cristo. Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo (1 Cor. 12:3). No puede el hombre recibir nada si no le fuere dado del cielo (Jn.3:27). Jesús citó un texto que resultaba un misterio para los judíos: Yahwéh dijo a Adonai –glorioso. Dijo el Señor a mi Señor, Yahwéh hablándole a Adonai (hebreo). La Trinidad actuando en la perfecta coordinación de su administración. Los fariseos preocupándose por las religiones, los herodianos discutiendo intereses políticos, los saduceos cuestionando doctrinas, los escribas enfatizando los mandamientos, ¡y Yahwéh hablando y exaltando a Adonai! El punto es ver Quién es Cristo: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es Hijo? Cristo Jesús es Adonai Soberano, el Señor. Él fue exaltado: siéntate a mi derecha. En el reino de Dios: hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Es necesario que Él reine hasta que ponga a todos tus enemigos debajo de sus pies (1 Cor. 15:25; Hch. 2:34-35; Sal. 110:1). Jesús se ha sentado a la diestra del Padre porque ha terminado su obra (el acto de sentarse Heb. 1:13; 10:12-3) y a su derecha porque es el Hijo de Dios (Heb. 1:13) lo que es prueba de su Deidad (Hch. 1:8).
— Roberto Tinoco
Mateo 22:45
22.45 la cuarta pregunta: pues si David le llama Adonai, ¿cómo es su Hijo? Jesús es el Hijo de David en su humanidad. Jesucristo es hombre completo, no es mitad hombre y mitad Dios, sino completo hombre y completo Dios (Mat. 1:13; 1 Tim. 2:5; Is. 9:6). Cuando alguno busca textos contra la deidad del Señor frecuentemente comete el error de citar los que están relacionados a su encarnación. Ante eso, nosotros decimos: ¡Amén, Jesús es Hombre! Esto no niega su Deidad, sino confirma su humanidad; de lo cual también hay muchos versículos. Jesús es el Hijo de Dios en su Divinidad. La Biblia habla claramente de la deidad del Señor Jesús (Rom. 9:5; Juan 1:1, 1 Tim. 3:16; 1 Juan 5:20). Cuando alguno busca textos contra la humanidad del Señor Jesús frecuentemente comete el error de citar los que están relacionados a su Deidad. Esto no niega su humanidad, sino confirma su Divinidad. Jesucristo llegó a ser el Hijo de David en su encarnación, pero Jesucristo ha sido y será eternamente el Hijo de Dios desde antes de la creación (Heb. 1:8). Lee Isaías 9:6, en su encarnación Jesús es nacido como niño; pero en su identidad de Hijo de Dios nos es dado, lo que significa que ya era el Hijo antes de ser encarnado.
— Roberto Tinoco
Mateo 22:46
22.46 Los fariseos fueron confundidos, lo mismo que todos los que intentaron ponerle a prueba. Cuando la religión, la política, la doctrina, o la ley son confrontados con la pregunta: ¿qué pensáis del Cristo?, esto es, con Cristo mismo, quedamos confundidos. Nuestra esperanza de gloria es Cristo. Él es el todo y en todos.
— Roberto Tinoco