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Mateo 23
Jesús critica a los líderes religiosos
1Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo:🗨📝 2En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos.🗨📝 3Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.🗨📝 4Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.🗨📝 5Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres. Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos;🗨📝 6y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras sillas en las sinagogas,🗨📝 7y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí.🗨📝 8Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos.🗨📝 9Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos.🗨📝 10Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo.🗨📝 11El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo.🗨📝 12Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.🗨📝 13Mas ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando.🗨📝 14¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas oraciones; por esto recibiréis mayor condenación.🗨📝 15¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.🗨📝 16¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor.🗨📝 17¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica al oro?🗨📝 18También decís: Si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor.🗨📝 19¡Necios y ciegos! porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el altar que santifica la ofrenda?🗨📝 20Pues el que jura por el altar, jura por él, y por todo lo que está sobre él;🗨📝 21y el que jura por el templo, jura por él, y por el que lo habita;🗨📝 22y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios, y por aquel que está sentado en él.🗨📝 23¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.🗨📝 24¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el camello!🗨📝 25¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia.🗨📝 26¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio.🗨📝 27¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.🗨📝 28Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.🗨📝 29¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos,🗨📝 30y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los profetas.🗨📝 31Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas.🗨📝 32¡Vosotros también llenad la medida de vuestros padres!🗨📝 33¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?🗨📝 34Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad;🗨📝 35para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar.🗨📝 36De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación.🗨📝Lamento de Jesús por Jerusalén
37¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!🗨📝 38He aquí vuestra casa os es dejada desierta.🗨📝 39Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Mateo 23: RV60
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Mateo 23:1
23.1 Aquí comienza el último discurso registrado de Jesús en el evangelio y su contenido ayuda a comprender que la religiosidad no es otra cosa que un alma pequeña cargando un gran cadáver. Dicho mensaje se divide principalmente en tres partes: La acusación (vrs.1-12). Los 7 ayes (vrs.13-34). El castigo (vrs.35-39). En este discurso el Señor Jesús pasa a la ofensiva desenmascarando a los escribas y fariseos como falsos líderes espirituales más preocupados en verse santos que de ser santos. Este capítulo es una seria advertencia en contra de todos aquellos que hemos sido llamados a guiar espiritualmente a otros; pero aunque trata de escribas y fariseos, no está dirigido a los escribas y fariseos. El versículo primero nos dice que el Señor Jesús habló a la gente y a sus discípulos, en otras palabras, fue un discurso sobre los religiosos judíos, pero no un debate con ellos. Un mensaje general dirigido a la gente y por lo mismo, debemos atenderlo todos. Es también un mensaje particular, pues también es dirigido a los discípulos. Todo aquel que quiera seguir al Señor debe poner aún más atención a esta palabra.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:2
23.2 Los escribas y fariseos se habían sentado, esto es, se habían apoderado de la enseñanza relativa a la ley de Moisés. La cátedra (gr. de kata, alcajo, y hedra, asiento) de Moisés es la enseñanza del Pentateuco, que son los cinco primeros libros de la Biblia y que se atribuyen a Moisés. Este término surge a partir de la plataforma de madera que los judíos hicieron a Esdras para que desde allí enseñase la ley al pueblo que regresó del exilio (Neh. 8:4-8). Con el pasar del tiempo, los escribas y fariseos se atribuyeron el título de maestros de la ley. Según ellos, no había más gente autorizada para ejercer dicho oficio, al menos, no a su altura. Por lo visto el ser humano no cambia, en todos los siglos seguimos con los mismos problemas. Vemos levantarse supuestos líderes espirituales por doquier atribuyéndose a sí mismos la exclusiva de la verdad divina; y si no tenemos cuidado nosotros podemos cometer el mismo error. Pero Dios desea hablar a través del Cuerpo y no de “iluminados” individuales.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:3
23.3 El Señor Jesús no rechaza en principio la enseñanza de los escribas y fariseos, sino su incongruencia: porque dicen y no hacen. El oficio de enseñar la palabra no era el problema, Jacobo dijo que Moisés tenía en cada ciudad quien le predicase en las sinagogas (Hch. 15:21). El problema era que aquellos que enseñaban la ley no la cumplían, ¡y aún así juzgaban a los demás! Las plantas más secas suelen ser las más espinosas. Es por cierto condenable que aquel que enseña la verdad viva en la mentira. Dijo Matthew Henry: “a veces, predican tan admirablemente, que da pena que salgan del púlpito, pero viven tan mal, que da pena que entren en él; son como campanas que llaman a todos al culto, pero ellos se quedan fuera”. Ya el Señor Jesús había advertido que el falso profeta es conocido por sus frutos (Mat. 16:16,20); puede darse el caso que su enseñanza sea acertada, pero si no practica lo que enseña no debe ser tenido por maestro. El carácter del reino de los cielos es vivir y no solo hablar. No importa quién sea, si no vive la Palabra es indigno de predicarla: Dios dice al impío: ¿por qué tienes tú que recitar mis leyes y mencionar mi pacto con tu boca? Tú detestas la instrucción y echas a tus espaldas mis palabras. Si ves a un ladrón, te complaces de él y tu parte está con los adúlteros. Con maldad da rienda suelta a tu boca, y tu lengua de engaño. Tomas asiento y hablan contra tu hermano (Sal. 50:16-20).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:4
23.4 Una característica del religioso estilo fariseo es el de imponer sobre los demás la carga de mandamientos, leyes, preceptos y costumbres. Por eso se ha llegado al colmo de decir que el cristianismo es muy difícil de llevar. ¿Has escuchado a un líder espiritual predicando que es muy difícil ser cristiano? Este tipo de religión no es otra cosa que el aparentar ser muy santo porque se es muy exigente, pero si escudriñas la vida de aquel predicador verás que no corresponde con todas las demandas que hace. Ni con un dedo quieren mover las cargas. El Señor Jesús dijo: mi yugo es fácil y ligera mi carga (Mat. 11:30). ¡El reino de Dios es una bendición! ¡justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo! (Rom. 14:17). En el primer concilio de la iglesia (Hch. 15:10,28) se discutió precisamente el no imponer cargas en los cristianos gentiles. ¡Algunos necesitan un concilio semejante hoy día! La palabra griega usada para cargas aquí es Phortia; en Gal. 6:5 se usa la misma palabra para indicar que cada uno debe llevar su propia carga. Si alguien quiere ese tipo de religión, cárguese a sí mismo, pero no cargue a otros. También en Gal. 6 pero en el versículo 2 se habla de cargas, pero allí se usa otra palabra diferente, por cuanto se refiere a llevar los unos las cargas de los otros. Imponer a otros una religión o carga es estar fuera de la gracia en su práctica.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:5
23.5 Las filacterias eran porciones de la ley que se ataban cuatro tiras de cuero en pequeñas cajitas en la frente y en el brazo izquierdo, tomando literalmente las palabras de Dios a Moisés en Ex. 13:9,16; Dt. 6:4-9. Los flecos del manto eran bordes al final de la ropa rematadas con un color azul para que les recordaran los mandamientos (Num. 15:37-40). El mismo Señor Jesús usaba estos flecos (Mat. 9:20; 14:36). El problema con los fariseos es que exageraban todo esto para aparentar ser más santos. Necesitamos de Dios para no caer en la religión de la apariencia. Requerimos de arrepentimiento, ¿hacemos lo que hacemos por el Señor o por ser vistos por los demás?
— Roberto Tinoco
Mateo 23:6
23.6-7 Y aman –el corazón del religioso está con la vanagloria y no con el Señor. Los primeros asientos en las cenas; los lugares más próximos al anfitrión, los puestos de honor. Como los que gustan de títulos y reconocimientos. Se molestan si no se les presenta con honores. Olvidaron quiénes son deseando las primeras sillas en las sinagogas. Los asientos más próximos a los rollos de las Escrituras y los más confortables (“primorosos” es la palabra literal). Es el deseo de ser el principal, el que manda. Y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. Este tipo de hipócritas aman los reconocimientos, las adulaciones, los títulos y consideran fuera de orden que no se les trate como principales. Se abrazan unos a otros felicitándose de su grandeza.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:7
23.6-7 Y aman –el corazón del religioso está con la vanagloria y no con el Señor. Los primeros asientos en las cenas; los lugares más próximos al anfitrión, los puestos de honor. Como los que gustan de títulos y reconocimientos. Se molestan si no se les presenta con honores. Olvidaron quiénes son deseando las primeras sillas en las sinagogas. Los asientos más próximos a los rollos de las Escrituras y los más confortables (“primorosos” es la palabra literal). Es el deseo de ser el principal, el que manda. Y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: Rabí, Rabí. Este tipo de hipócritas aman los reconocimientos, las adulaciones, los títulos y consideran fuera de orden que no se les trate como principales. Se abrazan unos a otros felicitándose de su grandeza.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:8
23.8 La palabra Rabí viene del hebreo rab, que significa “grande”. Traducido a nuestra cultura es “no quieran que los llamen reverendo o excelentísimo o doctor o arzobispo”. Porque uno es vuestro Maestro, el Cristo. Uno es vuestro “didáskalus”, en última instancia, sólo Cristo es el Maestro, el que dirige al hombre en la Palabra, Él y solo Él es el Experto en las Escrituras. El es tanto el Logos como el Expositor del Logos. Mira la nota 23.10.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:9
23.9 No se refiere a no llamar padre a quien nos engendró biológicamente y tampoco niega la posibilidad de padres espirituales, pues más tarde vemos en las cartas del Nuevo Testamento a los apóstoles y pastores como padres en las congregaciones; sino al hecho de no reclamar ser la fuente de la vida espiritual de nadie. ¿Quién habría de nacer de nuevo sin la obra de Dios? Somos hijos de Dios y aunque respetamos la paternidad espiritual, no la confundimos con servilismo espiritual o anulación de la conciencia e individualidad. Son las sectas las que acaban con el individuo y su conciencia llevándolo a obediencia fanática.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:10
23.10 La palabra usada para maestros no es la misma que en el versículo 8 (compara Rabí y didáskalos con kathegetes). Kathegetes se refiere a ser el dirigente guía. No se niega la existencia de otros maestros, pues de hecho es uno de los principales ministerios de la iglesia; sino que dicha persona se transforme en un señor de la iglesia. No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor; y nosotros como siervos vuestros por causa de Jesús (1 Cor. 4:5).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:11
23.11-12 Se espera, por tanto, que todos los creyentes tengamos un corazón de servidores (gr. diakonos, sirvientes). El que quiera ser el mayor, sea el sirviente de los demás. Si no podemos lavar los pies a los hermanos, no somos grandes. Entre más grande es el globo, más aire tiene. Entre más hinchado el corazón, más pequeño es el hombre. Sin embargo, no se trata de andar con la cabeza gacha buscando los servicios más humildes, pues también detrás de esto se puede esconder el orgullo; sino de que la verdadera grandeza radica en la utilidad. El más grande es el que más sirve, el que proporciona mayores beneficios a los demás. Podríamos comparar un médico con un albañil, en donde el médico resulta más grande por la importancia de sus servicio. La recompensa y el trato de Dios finalmente será proporcional al corazón y a la actitud: Si me enaltezco, seré humillado. Si me humillo, seré enaltecido. Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mat. 5:3). Antes del quebrantamiento es la soberbia y antes de la caída, la altivez de espíritu (Pr. 16:18). Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (Stg. 4:6).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:12
23.11-12 Se espera, por tanto, que todos los creyentes tengamos un corazón de servidores (gr. diakonos, sirvientes). El que quiera ser el mayor, sea el sirviente de los demás. Si no podemos lavar los pies a los hermanos, no somos grandes. Entre más grande es el globo, más aire tiene. Entre más hinchado el corazón, más pequeño es el hombre. Sin embargo, no se trata de andar con la cabeza gacha buscando los servicios más humildes, pues también detrás de esto se puede esconder el orgullo; sino de que la verdadera grandeza radica en la utilidad. El más grande es el que más sirve, el que proporciona mayores beneficios a los demás. Podríamos comparar un médico con un albañil, en donde el médico resulta más grande por la importancia de sus servicio. La recompensa y el trato de Dios finalmente será proporcional al corazón y a la actitud: Si me enaltezco, seré humillado. Si me humillo, seré enaltecido. Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mat. 5:3). Antes del quebrantamiento es la soberbia y antes de la caída, la altivez de espíritu (Pr. 16:18). Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (Stg. 4:6).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:13
23.13 Esta es la segunda parte del gran último discurso del Señor Jesucristo entretanto estuvo en carne y antes de la cruz. En el mismo, el Señor Jesucristo desenmascara la vida religiosa de los escritos y fariseos con siete ayes. Mensaje que se divide en 3 partes: La acusación (versículos 1-12). Los siete ayes (versículos 13-34). Y el castigo (35-39). En la acusación, vimos que la vida religiosa no es otra cosa que un alma pequeña cargando un gran cadáver. En la segunda parte, el Señor trata acerca de que la hija de la religiosidad es el dolor y la amargura. En el primer ay tenemos estorbos junto a la puerta. Cristo expresa el dolor que harán de experimentar los escribas y fariseos. Pero también expresa su propio dolor por ellos. Dios no quiere la muerte del impío. Su amoroso corazón está quebrantado. Los escribas como los “maestros de la ley” y los fariseos como los “exponentes de la santidad”, son los representantes de lo mejor de la religión de su tiempo. ¡Hipócritas! gr. hypokrites, significa “uno que contesta”; llegó a significar “actor”, luego “farsante”. Los escribas y fariseos estaban representando un papel, el papel de la piedad. Pero era un papel, más preocupados en verse santos que en serlo. Como actores caracterizaban santos con sus grandes flecos y filacterias. Como actores hablaban cual santos con su terminología correcta, pronunciando alabanzas fervorosas que sus corazones no sentían. Hablando como ruiseñores, pero viviendo como buitres. Se comportaban exteriormente santos pero por dentro estaban llenos de toda clase de malos pensamientos y sentimientos. ¡La religión ha dado estupendos actores! ¡dad “el oscar” a los líderes espirituales del catolicismo, en su grande parte homosexuales! Dad “el oscar” al papa cuando besa el suelo y vende a las naciones. Una grave acusación: Porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres, pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están entrando. La obra del Señor Jesús fue el acercarnos el reino de los cielos. Los escribas y fariseos poseían “la llave del conocimiento”, conocían las Escrituras y podían haber ayudado a la gente a creer en Cristo para entrar al reino, pero empecinados en ganar, esto es, en imponer sus puntos de vista y mantener orgullosamente su status de “poseedores de la verdad”, atacaban a Cristo. No conformes con ello, también le difamaban ante los demás para que no lo siguieran. Ni entraban ellos al reino ni dejaban entrar a quienes les escuchaban. Como los que no asisten a la iglesia y además tratan de impedir la asistencia de otros. ¡Ay del pastor inútil que abandona el rebaño - dijo Zacarías - la espada hiera su brazo y su ojo derecho. Séquese del todo su brazo, y oscurézcase por completo su ojo derecho; esto es, pierda su autoridad para servir a Dios con verdadera vida (séquese su brazo) y pierda la visión dada por la autoridad divina (oscurézcase su ojo derecho).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:14
23.14 El segundo ay habla de apacentarse a sí mismos. Eran tiempos difíciles, una mujer viuda solía ser desamparada. El mundo era de los hombres no habiendo muchas oportunidades para las mujeres. Los escribas y fariseos aprovechaban esta necesidad de las viudas para ofrecerse como administradores, no con el ánimo de ayudar, sino de despojar. Un tiempo similar fue aquel del oscurantismo, cuando los sacerdotes aprovechaban el dar “los santos óleos” a los moribundos y los convencían de dejar sus bienes a la iglesia con la promesa de bendiciones en el cielo, dejando así a millones en la miseria a lo largo de más de diez siglos. Esta maldad es aprovecharse de la fe para enriquecerse (Ez. 34:2-4). Y como pretexto hacéis largas oraciones –de todos los métodos para robar éste es el más ingenioso. Los escribas y fariseos aparentaban ganarse el dinero de los demás haciendo oraciones por ellos. Y eran largas oraciones; aproximadamente de tres horas y algunas veces ¡tres veces al día! El problema no son las oraciones largas, el mismo Señor oraba a veces toda la noche; sino el propósito de las mismas. Oraban por pretexto y no por devoción; buscando dinero y no comunión. Como vendedores de indulgencias de la edad media o predicadores de televisión ofreciendo oraciones por ofrendas. Una terrible sentencia: Por esto recibiréis mayor condenación. Algunos dicen que “pecado es pecado”, que todos los pecados son iguales; sin embargo, no todos los pecados son de igual condenación, pues así como hay grados de recompensa, también los hay de castigo. A cada uno se le dará conforme a sus obras. Esto no significa que la hipocresía sea el pecado más condenado. Significa que si ya eran condenados por no creer en Cristo, a causa de su hipocresía recibirían mayor condenación. El apóstol Pablo dijo: Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme (2 P. 2:3).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:15
23.15 El tercer ay trata de misioneros del mal. Mira su arduo trabajo: Porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito. Esforzados trabajadores y pésimos amantes. Tal es el reproche del Hijo del Hombre a la iglesia de Efeso (Ap. 2:1-7): arduo trabajo y paciencia pero su amor enfriado. Habían perdido su amor por Cristo aunque seguían trabajando. Su mala intención: Y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno y que vosotros. Intentaban por todos los medios que otros siguieran sus doctrinas, pero los transformaban en amargos, personas dadas a juzgar y condenar a los demás. Endurecidos que son más difíciles de salvar. Un prosélito es un convertido a una religión, pero un salvo es uno en quien Cristo vive. Algunos ganan personas para envenenarlas contra otros y no para enseñarla a amar a Dios y al prójimo. Los fariseos no llevaban las personas a Dios, sino al fariseísmo. Así también, tengamos cuidado de no estar trayendo a la gente a nuestra fe, pero no a la fe de Cristo.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:16
23.16-22 Guías ciegos –la peor desgracia de un guía es perder la visión. Y la peor desgracia de un hombre perdido es ser seguidor de un ciego. Ambos caerán al hoyo es el destino ineludible. Un guía ciego es uno que no distingue la voluntad de Dios. Un guía ciego es uno que no ve el camino que la iglesia debe andar. Un guía ciego es uno que, hallando sus propios pasos, los sigue en círculos demandando que otros vengan tras ellos. La codicia es miope. Los fariseos habían llegado a refinar tanto el pecado que lo hacían parecer bueno. Eran maestros para escapar de los compromisos. Decían: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor… si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. Este tipo de enseñanza tenía como propósito hacer que la gente trajera más ofrendas y cumpliera con todos sus diezmos. Ofrendas y diezmos que deben darse; pero no bajo la presión de la codicia de un líder que se queda con ellos. Los escribas y fariseos habían llegado a amar más a los bienes que al Padre de toda buena dádiva. Era como si les dijesen al pueblo: “pueden romper todos sus juramentos y no hay consecuencias, pero todo juramento que involucre dinero para el templo no debe romperse, salvo terribles consecuencias”. Semejante a citar con mayor vehemencia Malaquías 3:10-11 acerca de “malditos sois con maldición” por no traer los diezmos que Juan 3:16 “de tal manera amó Dios al mundo…” Era necesaria la rectificación de un oculista. El Señor Jesucristo muestra lo absurdo del razonamiento fariseo al decirles: ¡Insensatos y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica el oro? ¡Necios y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, la ofrenda , o el altar que santifica la ofrenda? La mayordomía debe ser enseñada y predicada, sin embargo, cuando nuestro énfasis es el dinero caemos en el error de los fariseos. Ellos pensaban ser guías y sabios, pero el Señor Jesús dice que eran insensatos, necios y ciegos. Si nuestro énfasis es el predicar a Cristo, la gente se entregará a Él de todo corazón, incluyendo con esto sus ofrendas y diezmos. Sin embargo, si nuestro corazón está lleno de codicia nuestro énfasis será el dinero y la prosperidad material. Hombres de palabra. Jurar involucra a Dios. Las palabras habladas involucran la gloria y el honor de Dios, por lo que estaban obligados a cumplir con la palabra dicha. De allí que el Señor prohibió toda clase de juramentos (Mat. 5:33-77). ¡Cuánto más si se trataba de la palabra hablada acerca de cosas sagradas! (altar, templo, cielo, trono de Dios y Dios mismo).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:17
23.16-22 Guías ciegos –la peor desgracia de un guía es perder la visión. Y la peor desgracia de un hombre perdido es ser seguidor de un ciego. Ambos caerán al hoyo es el destino ineludible. Un guía ciego es uno que no distingue la voluntad de Dios. Un guía ciego es uno que no ve el camino que la iglesia debe andar. Un guía ciego es uno que, hallando sus propios pasos, los sigue en círculos demandando que otros vengan tras ellos. La codicia es miope. Los fariseos habían llegado a refinar tanto el pecado que lo hacían parecer bueno. Eran maestros para escapar de los compromisos. Decían: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor… si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. Este tipo de enseñanza tenía como propósito hacer que la gente trajera más ofrendas y cumpliera con todos sus diezmos. Ofrendas y diezmos que deben darse; pero no bajo la presión de la codicia de un líder que se queda con ellos. Los escribas y fariseos habían llegado a amar más a los bienes que al Padre de toda buena dádiva. Era como si les dijesen al pueblo: “pueden romper todos sus juramentos y no hay consecuencias, pero todo juramento que involucre dinero para el templo no debe romperse, salvo terribles consecuencias”. Semejante a citar con mayor vehemencia Malaquías 3:10-11 acerca de “malditos sois con maldición” por no traer los diezmos que Juan 3:16 “de tal manera amó Dios al mundo…” Era necesaria la rectificación de un oculista. El Señor Jesucristo muestra lo absurdo del razonamiento fariseo al decirles: ¡Insensatos y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica el oro? ¡Necios y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, la ofrenda , o el altar que santifica la ofrenda? La mayordomía debe ser enseñada y predicada, sin embargo, cuando nuestro énfasis es el dinero caemos en el error de los fariseos. Ellos pensaban ser guías y sabios, pero el Señor Jesús dice que eran insensatos, necios y ciegos. Si nuestro énfasis es el predicar a Cristo, la gente se entregará a Él de todo corazón, incluyendo con esto sus ofrendas y diezmos. Sin embargo, si nuestro corazón está lleno de codicia nuestro énfasis será el dinero y la prosperidad material. Hombres de palabra. Jurar involucra a Dios. Las palabras habladas involucran la gloria y el honor de Dios, por lo que estaban obligados a cumplir con la palabra dicha. De allí que el Señor prohibió toda clase de juramentos (Mat. 5:33-77). ¡Cuánto más si se trataba de la palabra hablada acerca de cosas sagradas! (altar, templo, cielo, trono de Dios y Dios mismo).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:18
23.16-22 Guías ciegos –la peor desgracia de un guía es perder la visión. Y la peor desgracia de un hombre perdido es ser seguidor de un ciego. Ambos caerán al hoyo es el destino ineludible. Un guía ciego es uno que no distingue la voluntad de Dios. Un guía ciego es uno que no ve el camino que la iglesia debe andar. Un guía ciego es uno que, hallando sus propios pasos, los sigue en círculos demandando que otros vengan tras ellos. La codicia es miope. Los fariseos habían llegado a refinar tanto el pecado que lo hacían parecer bueno. Eran maestros para escapar de los compromisos. Decían: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor… si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. Este tipo de enseñanza tenía como propósito hacer que la gente trajera más ofrendas y cumpliera con todos sus diezmos. Ofrendas y diezmos que deben darse; pero no bajo la presión de la codicia de un líder que se queda con ellos. Los escribas y fariseos habían llegado a amar más a los bienes que al Padre de toda buena dádiva. Era como si les dijesen al pueblo: “pueden romper todos sus juramentos y no hay consecuencias, pero todo juramento que involucre dinero para el templo no debe romperse, salvo terribles consecuencias”. Semejante a citar con mayor vehemencia Malaquías 3:10-11 acerca de “malditos sois con maldición” por no traer los diezmos que Juan 3:16 “de tal manera amó Dios al mundo…” Era necesaria la rectificación de un oculista. El Señor Jesucristo muestra lo absurdo del razonamiento fariseo al decirles: ¡Insensatos y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica el oro? ¡Necios y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, la ofrenda , o el altar que santifica la ofrenda? La mayordomía debe ser enseñada y predicada, sin embargo, cuando nuestro énfasis es el dinero caemos en el error de los fariseos. Ellos pensaban ser guías y sabios, pero el Señor Jesús dice que eran insensatos, necios y ciegos. Si nuestro énfasis es el predicar a Cristo, la gente se entregará a Él de todo corazón, incluyendo con esto sus ofrendas y diezmos. Sin embargo, si nuestro corazón está lleno de codicia nuestro énfasis será el dinero y la prosperidad material. Hombres de palabra. Jurar involucra a Dios. Las palabras habladas involucran la gloria y el honor de Dios, por lo que estaban obligados a cumplir con la palabra dicha. De allí que el Señor prohibió toda clase de juramentos (Mat. 5:33-77). ¡Cuánto más si se trataba de la palabra hablada acerca de cosas sagradas! (altar, templo, cielo, trono de Dios y Dios mismo).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:19
23.16-22 Guías ciegos –la peor desgracia de un guía es perder la visión. Y la peor desgracia de un hombre perdido es ser seguidor de un ciego. Ambos caerán al hoyo es el destino ineludible. Un guía ciego es uno que no distingue la voluntad de Dios. Un guía ciego es uno que no ve el camino que la iglesia debe andar. Un guía ciego es uno que, hallando sus propios pasos, los sigue en círculos demandando que otros vengan tras ellos. La codicia es miope. Los fariseos habían llegado a refinar tanto el pecado que lo hacían parecer bueno. Eran maestros para escapar de los compromisos. Decían: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor… si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. Este tipo de enseñanza tenía como propósito hacer que la gente trajera más ofrendas y cumpliera con todos sus diezmos. Ofrendas y diezmos que deben darse; pero no bajo la presión de la codicia de un líder que se queda con ellos. Los escribas y fariseos habían llegado a amar más a los bienes que al Padre de toda buena dádiva. Era como si les dijesen al pueblo: “pueden romper todos sus juramentos y no hay consecuencias, pero todo juramento que involucre dinero para el templo no debe romperse, salvo terribles consecuencias”. Semejante a citar con mayor vehemencia Malaquías 3:10-11 acerca de “malditos sois con maldición” por no traer los diezmos que Juan 3:16 “de tal manera amó Dios al mundo…” Era necesaria la rectificación de un oculista. El Señor Jesucristo muestra lo absurdo del razonamiento fariseo al decirles: ¡Insensatos y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica el oro? ¡Necios y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, la ofrenda , o el altar que santifica la ofrenda? La mayordomía debe ser enseñada y predicada, sin embargo, cuando nuestro énfasis es el dinero caemos en el error de los fariseos. Ellos pensaban ser guías y sabios, pero el Señor Jesús dice que eran insensatos, necios y ciegos. Si nuestro énfasis es el predicar a Cristo, la gente se entregará a Él de todo corazón, incluyendo con esto sus ofrendas y diezmos. Sin embargo, si nuestro corazón está lleno de codicia nuestro énfasis será el dinero y la prosperidad material. Hombres de palabra. Jurar involucra a Dios. Las palabras habladas involucran la gloria y el honor de Dios, por lo que estaban obligados a cumplir con la palabra dicha. De allí que el Señor prohibió toda clase de juramentos (Mat. 5:33-77). ¡Cuánto más si se trataba de la palabra hablada acerca de cosas sagradas! (altar, templo, cielo, trono de Dios y Dios mismo).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:20
23.16-22 Guías ciegos –la peor desgracia de un guía es perder la visión. Y la peor desgracia de un hombre perdido es ser seguidor de un ciego. Ambos caerán al hoyo es el destino ineludible. Un guía ciego es uno que no distingue la voluntad de Dios. Un guía ciego es uno que no ve el camino que la iglesia debe andar. Un guía ciego es uno que, hallando sus propios pasos, los sigue en círculos demandando que otros vengan tras ellos. La codicia es miope. Los fariseos habían llegado a refinar tanto el pecado que lo hacían parecer bueno. Eran maestros para escapar de los compromisos. Decían: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor… si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. Este tipo de enseñanza tenía como propósito hacer que la gente trajera más ofrendas y cumpliera con todos sus diezmos. Ofrendas y diezmos que deben darse; pero no bajo la presión de la codicia de un líder que se queda con ellos. Los escribas y fariseos habían llegado a amar más a los bienes que al Padre de toda buena dádiva. Era como si les dijesen al pueblo: “pueden romper todos sus juramentos y no hay consecuencias, pero todo juramento que involucre dinero para el templo no debe romperse, salvo terribles consecuencias”. Semejante a citar con mayor vehemencia Malaquías 3:10-11 acerca de “malditos sois con maldición” por no traer los diezmos que Juan 3:16 “de tal manera amó Dios al mundo…” Era necesaria la rectificación de un oculista. El Señor Jesucristo muestra lo absurdo del razonamiento fariseo al decirles: ¡Insensatos y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica el oro? ¡Necios y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, la ofrenda , o el altar que santifica la ofrenda? La mayordomía debe ser enseñada y predicada, sin embargo, cuando nuestro énfasis es el dinero caemos en el error de los fariseos. Ellos pensaban ser guías y sabios, pero el Señor Jesús dice que eran insensatos, necios y ciegos. Si nuestro énfasis es el predicar a Cristo, la gente se entregará a Él de todo corazón, incluyendo con esto sus ofrendas y diezmos. Sin embargo, si nuestro corazón está lleno de codicia nuestro énfasis será el dinero y la prosperidad material. Hombres de palabra. Jurar involucra a Dios. Las palabras habladas involucran la gloria y el honor de Dios, por lo que estaban obligados a cumplir con la palabra dicha. De allí que el Señor prohibió toda clase de juramentos (Mat. 5:33-77). ¡Cuánto más si se trataba de la palabra hablada acerca de cosas sagradas! (altar, templo, cielo, trono de Dios y Dios mismo).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:21
23.16-22 Guías ciegos –la peor desgracia de un guía es perder la visión. Y la peor desgracia de un hombre perdido es ser seguidor de un ciego. Ambos caerán al hoyo es el destino ineludible. Un guía ciego es uno que no distingue la voluntad de Dios. Un guía ciego es uno que no ve el camino que la iglesia debe andar. Un guía ciego es uno que, hallando sus propios pasos, los sigue en círculos demandando que otros vengan tras ellos. La codicia es miope. Los fariseos habían llegado a refinar tanto el pecado que lo hacían parecer bueno. Eran maestros para escapar de los compromisos. Decían: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor… si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. Este tipo de enseñanza tenía como propósito hacer que la gente trajera más ofrendas y cumpliera con todos sus diezmos. Ofrendas y diezmos que deben darse; pero no bajo la presión de la codicia de un líder que se queda con ellos. Los escribas y fariseos habían llegado a amar más a los bienes que al Padre de toda buena dádiva. Era como si les dijesen al pueblo: “pueden romper todos sus juramentos y no hay consecuencias, pero todo juramento que involucre dinero para el templo no debe romperse, salvo terribles consecuencias”. Semejante a citar con mayor vehemencia Malaquías 3:10-11 acerca de “malditos sois con maldición” por no traer los diezmos que Juan 3:16 “de tal manera amó Dios al mundo…” Era necesaria la rectificación de un oculista. El Señor Jesucristo muestra lo absurdo del razonamiento fariseo al decirles: ¡Insensatos y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica el oro? ¡Necios y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, la ofrenda , o el altar que santifica la ofrenda? La mayordomía debe ser enseñada y predicada, sin embargo, cuando nuestro énfasis es el dinero caemos en el error de los fariseos. Ellos pensaban ser guías y sabios, pero el Señor Jesús dice que eran insensatos, necios y ciegos. Si nuestro énfasis es el predicar a Cristo, la gente se entregará a Él de todo corazón, incluyendo con esto sus ofrendas y diezmos. Sin embargo, si nuestro corazón está lleno de codicia nuestro énfasis será el dinero y la prosperidad material. Hombres de palabra. Jurar involucra a Dios. Las palabras habladas involucran la gloria y el honor de Dios, por lo que estaban obligados a cumplir con la palabra dicha. De allí que el Señor prohibió toda clase de juramentos (Mat. 5:33-77). ¡Cuánto más si se trataba de la palabra hablada acerca de cosas sagradas! (altar, templo, cielo, trono de Dios y Dios mismo).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:22
23.16-22 Guías ciegos –la peor desgracia de un guía es perder la visión. Y la peor desgracia de un hombre perdido es ser seguidor de un ciego. Ambos caerán al hoyo es el destino ineludible. Un guía ciego es uno que no distingue la voluntad de Dios. Un guía ciego es uno que no ve el camino que la iglesia debe andar. Un guía ciego es uno que, hallando sus propios pasos, los sigue en círculos demandando que otros vengan tras ellos. La codicia es miope. Los fariseos habían llegado a refinar tanto el pecado que lo hacían parecer bueno. Eran maestros para escapar de los compromisos. Decían: Si alguno jura por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del templo, es deudor… si alguno jura por el altar, no es nada; pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es deudor. Este tipo de enseñanza tenía como propósito hacer que la gente trajera más ofrendas y cumpliera con todos sus diezmos. Ofrendas y diezmos que deben darse; pero no bajo la presión de la codicia de un líder que se queda con ellos. Los escribas y fariseos habían llegado a amar más a los bienes que al Padre de toda buena dádiva. Era como si les dijesen al pueblo: “pueden romper todos sus juramentos y no hay consecuencias, pero todo juramento que involucre dinero para el templo no debe romperse, salvo terribles consecuencias”. Semejante a citar con mayor vehemencia Malaquías 3:10-11 acerca de “malditos sois con maldición” por no traer los diezmos que Juan 3:16 “de tal manera amó Dios al mundo…” Era necesaria la rectificación de un oculista. El Señor Jesucristo muestra lo absurdo del razonamiento fariseo al decirles: ¡Insensatos y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, el oro, o el templo que santifica el oro? ¡Necios y ciegos! Porque ¿cuál es mayor, la ofrenda , o el altar que santifica la ofrenda? La mayordomía debe ser enseñada y predicada, sin embargo, cuando nuestro énfasis es el dinero caemos en el error de los fariseos. Ellos pensaban ser guías y sabios, pero el Señor Jesús dice que eran insensatos, necios y ciegos. Si nuestro énfasis es el predicar a Cristo, la gente se entregará a Él de todo corazón, incluyendo con esto sus ofrendas y diezmos. Sin embargo, si nuestro corazón está lleno de codicia nuestro énfasis será el dinero y la prosperidad material. Hombres de palabra. Jurar involucra a Dios. Las palabras habladas involucran la gloria y el honor de Dios, por lo que estaban obligados a cumplir con la palabra dicha. De allí que el Señor prohibió toda clase de juramentos (Mat. 5:33-77). ¡Cuánto más si se trataba de la palabra hablada acerca de cosas sagradas! (altar, templo, cielo, trono de Dios y Dios mismo).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:23
23.23-24 Escrupulosamente Religiosos: Porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino. Los escribas y fariseos eran la gente más apegada a su religión que podía haber. Escrupulosos en el cumplimiento de todos los mandamientos del judaísmo, al punto de diezmar pequeñas hierbas y especias. Dios pidió el diezmo, entre otras cosas, de todo producto de la tierra, y ellos eran capaces de contar hasta las semillas más pequeñas una de cada diez. Estaban orgullosos de ser así, Jesús habló de aquel fariseo que orando en el templo le decía a Dios con jactancia: “doy diezmos de todo lo que gano”. Este tipo de exactitud religiosa generalmente hace de un corazón soberbio. Quien ama no mide lo que da y siempre sobrepasa lo que se le demanda, la misericordia triunfa sobre el juicio (lee Jer.22:15-16). Desbalance religioso: Y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. El problema de los escribas y fariseos no era el que fueran escrupulosos en el diezmar, sino en sustituir la justicia, la misericordia y la fe con sus dádivas. Sustituían la justicia al sentirse justos diezmando, creyendo que por ser “justos” con Dios, podían ser injustos con los hombres, sin saber que un corazón así (autosuficiente) nunca es justificado. Sustituían la misericordia con el diezmar al hacer lo pedido, pero no lo sentido. Era un asunto externo de la ley, pero no interno del corazón. No diezmaban por amor a Dios y a su obra, ¡menos aún amarían al prójimo! Sustituían la fe con ofrendar al creerse en comunión con Dios por sus obras y no por la fe en Él; pero sin fe es imposible agradar a Dios. Intentar agradar a Dios a través de las obras, sin la fe, es una abominación, es dar el cascarón habiendo quitado su contenido. El reino de los cielos consiste en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, no excluye las obras, pues una fe sin obras es muerta, pero nunca antepone lo externo a lo interno como sucedía con los fariseos; en su caso, quedaban fuera del reino de Dios. Así es en toda religión de mandamientos sin vida, automáticamente se excluye del reino de Dios (lee Miqueas 6:8). Para hacer más entendible su punto, el Señor Jesús usó una gráfica ilustración que puede ser considerada como una broma irónica; seguramente que hubo carcajadas entre la gente y los discípulos, así como quijadas adustas entre los escribas y fariseos: ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello! Entre los animales inmundos de acuerdo a la ley, el mosquito era el más pequeño y el camello el más grande. El mosquito representa la acción de la escrupulosidad religiosa por cumplir hasta el más pequeño detalle (diezmáis la menta, el eneldo y el comino); mientras que el camello representa hacer a un lado la vida interna del creyente (la justicia, la misericordia y la fe), es decir, lo más grande o importante. Cuidaban lo externo por el que dirá de la gente, pero no tenían interés en ser limpios de corazón para Dios. Debe haber balance religioso: Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. El Señor Jesús no enseña a desentenderse de los mandamientos. Así como el rencoroso no puede justificarse para matar diciendo: “de todos modos tengo rencor internamente”; así tampoco la justicia, la misericordia y la fe sustituyen las ordenanzas. No se trata de “dejar de”, sino de “añadirle a”. El que transgrede en un punto se hace culpable de toda la ley. Vemos entonces, que una vida balanceada de fe es aquella que obedece lo prescrito, especialmente aquello que tiene que ver con el interior. El Señor Jesús no desplazó el diezmo, “es necesario” - dijo. Pero no para sustituir la justicia, sino para que la obra de Dios tenga recursos suficientes. (“sin dejar de hacer aquello”). El apóstol Pablo enseñó que todos debían ofrecer recursos materiales según el Señor les hubiese prosperado (1 Cor. 16:2) y que los que son instruidos en la palabra hacer partícipes de toda cosa buena a quienes les instruyen (Gal. 6:6). En otras palabras, dejar de diezmar no balancea la vida espiritual, al contrario, dejar de diezmar hace al hombre aún peor que los escribas y fariseos, pues al menos ellos cumplían con estas pequeñas cosas (lee Mat. 5:19-20). La vida cristiana balanceada es aquella que cumple con las cosas repetidas como el diezmo y las ceremonias, pero que también (y de manera más especial), es justo con los hombres, tiene compasión de los necesitados y es fiel a Dios en su fe. El diezmo es bíblico y actual; la justicia, la misericordia y la fe es vida imperecedera (Gal. 5:22-23).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:24
23.23-24 Escrupulosamente Religiosos: Porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino. Los escribas y fariseos eran la gente más apegada a su religión que podía haber. Escrupulosos en el cumplimiento de todos los mandamientos del judaísmo, al punto de diezmar pequeñas hierbas y especias. Dios pidió el diezmo, entre otras cosas, de todo producto de la tierra, y ellos eran capaces de contar hasta las semillas más pequeñas una de cada diez. Estaban orgullosos de ser así, Jesús habló de aquel fariseo que orando en el templo le decía a Dios con jactancia: “doy diezmos de todo lo que gano”. Este tipo de exactitud religiosa generalmente hace de un corazón soberbio. Quien ama no mide lo que da y siempre sobrepasa lo que se le demanda, la misericordia triunfa sobre el juicio (lee Jer.22:15-16). Desbalance religioso: Y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. El problema de los escribas y fariseos no era el que fueran escrupulosos en el diezmar, sino en sustituir la justicia, la misericordia y la fe con sus dádivas. Sustituían la justicia al sentirse justos diezmando, creyendo que por ser “justos” con Dios, podían ser injustos con los hombres, sin saber que un corazón así (autosuficiente) nunca es justificado. Sustituían la misericordia con el diezmar al hacer lo pedido, pero no lo sentido. Era un asunto externo de la ley, pero no interno del corazón. No diezmaban por amor a Dios y a su obra, ¡menos aún amarían al prójimo! Sustituían la fe con ofrendar al creerse en comunión con Dios por sus obras y no por la fe en Él; pero sin fe es imposible agradar a Dios. Intentar agradar a Dios a través de las obras, sin la fe, es una abominación, es dar el cascarón habiendo quitado su contenido. El reino de los cielos consiste en justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, no excluye las obras, pues una fe sin obras es muerta, pero nunca antepone lo externo a lo interno como sucedía con los fariseos; en su caso, quedaban fuera del reino de Dios. Así es en toda religión de mandamientos sin vida, automáticamente se excluye del reino de Dios (lee Miqueas 6:8). Para hacer más entendible su punto, el Señor Jesús usó una gráfica ilustración que puede ser considerada como una broma irónica; seguramente que hubo carcajadas entre la gente y los discípulos, así como quijadas adustas entre los escribas y fariseos: ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello! Entre los animales inmundos de acuerdo a la ley, el mosquito era el más pequeño y el camello el más grande. El mosquito representa la acción de la escrupulosidad religiosa por cumplir hasta el más pequeño detalle (diezmáis la menta, el eneldo y el comino); mientras que el camello representa hacer a un lado la vida interna del creyente (la justicia, la misericordia y la fe), es decir, lo más grande o importante. Cuidaban lo externo por el que dirá de la gente, pero no tenían interés en ser limpios de corazón para Dios. Debe haber balance religioso: Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello. El Señor Jesús no enseña a desentenderse de los mandamientos. Así como el rencoroso no puede justificarse para matar diciendo: “de todos modos tengo rencor internamente”; así tampoco la justicia, la misericordia y la fe sustituyen las ordenanzas. No se trata de “dejar de”, sino de “añadirle a”. El que transgrede en un punto se hace culpable de toda la ley. Vemos entonces, que una vida balanceada de fe es aquella que obedece lo prescrito, especialmente aquello que tiene que ver con el interior. El Señor Jesús no desplazó el diezmo, “es necesario” - dijo. Pero no para sustituir la justicia, sino para que la obra de Dios tenga recursos suficientes. (“sin dejar de hacer aquello”). El apóstol Pablo enseñó que todos debían ofrecer recursos materiales según el Señor les hubiese prosperado (1 Cor. 16:2) y que los que son instruidos en la palabra hacer partícipes de toda cosa buena a quienes les instruyen (Gal. 6:6). En otras palabras, dejar de diezmar no balancea la vida espiritual, al contrario, dejar de diezmar hace al hombre aún peor que los escribas y fariseos, pues al menos ellos cumplían con estas pequeñas cosas (lee Mat. 5:19-20). La vida cristiana balanceada es aquella que cumple con las cosas repetidas como el diezmo y las ceremonias, pero que también (y de manera más especial), es justo con los hombres, tiene compasión de los necesitados y es fiel a Dios en su fe. El diezmo es bíblico y actual; la justicia, la misericordia y la fe es vida imperecedera (Gal. 5:22-23).
— Roberto Tinoco
Mateo 23:25
23.25-28 El sexto ay es ocasionado por vidas aparentes: Porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. Duras palabras ocasionadas por una dura condición. También, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos muertos y de toda inmundicia. En la primera reprimenda vemos una falsa limpieza y en la segunda una falsa apariencia. La primera habla del cómo y la segunda del por qué. Los escribas y fariseos como todo religioso de todos los tiempos, estaban más preocupados por “el qué dirán” que por “el qué soy”. Limpiar lo de fuera, sin limpiar lo de dentro es el enfatizar cómo se viste un santo, cómo habla, cómo camina y como se ve, olvidando que estas cosas no dependen del mal gusto ni de la cultura, sino del corazón; esto es, primero debe ser cambiado su corazón para que pueda cambiar en congruencia su exterior. ¿De qué sirve una moda eclesiástica si se viste un maniquí sin vida? Hombres que cargan Biblia y gritan a sus hijos o desprecian a su esposa. Mujeres de faldas largas y corazones amargos, lo mismo dicen amén que chismes. Jóvenes que tocan alabanzas llenos de fornicación en su interior. No tiene sentido parecerse a Cristo si se está lleno de Satanás. Si las manos son alzadas en alabanza, pero el corazón está hundido en envidia, no se ha hecho realmente culto a Dios. Si existe rencor al prójimo no se tiene amor a Dios. No hay humillación ante Dios cuando se tiene soberbia ante el hermano. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad (vr. 28). ¡Señor: ten misericordia de nosotros, pues queremos ser tu casa, no tu cementerio! Busquemos una verdadera limpieza: ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. Limpiar el interior del hombre, su esencia espiritual y moral, trae como resultado su limpieza externa de obras y apariencia. Un asunto de orden y prioridad: primero. Un velo no hace a una mujer sujeta, por mencionar un ejemplo; es el Espíritu Santo el que transforma las vidas y lo hace de adentro hacia afuera. Es la vida divina injertada en el hombre por la fe. La verdadera limpieza es conversión: Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahwéh, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Is. 55:7). Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? (Ez. 18:31). Tanto el vaso como el plato son recipientes para alimentos; con esta figura el Señor Jesús está indicando que la vida de los creyentes tiene como propósito el alimentar al mundo con el pan y el agua de vida que es Cristo; sin embargo, Dios deposita su gloria únicamente en vasijas limpias, así que si alguno quiere ser un instrumento agradable a Dios debe limpiarse primero internamente y luego externamente. Ser y parecer cristiano.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:26
23.25-28 El sexto ay es ocasionado por vidas aparentes: Porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. Duras palabras ocasionadas por una dura condición. También, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos muertos y de toda inmundicia. En la primera reprimenda vemos una falsa limpieza y en la segunda una falsa apariencia. La primera habla del cómo y la segunda del por qué. Los escribas y fariseos como todo religioso de todos los tiempos, estaban más preocupados por “el qué dirán” que por “el qué soy”. Limpiar lo de fuera, sin limpiar lo de dentro es el enfatizar cómo se viste un santo, cómo habla, cómo camina y como se ve, olvidando que estas cosas no dependen del mal gusto ni de la cultura, sino del corazón; esto es, primero debe ser cambiado su corazón para que pueda cambiar en congruencia su exterior. ¿De qué sirve una moda eclesiástica si se viste un maniquí sin vida? Hombres que cargan Biblia y gritan a sus hijos o desprecian a su esposa. Mujeres de faldas largas y corazones amargos, lo mismo dicen amén que chismes. Jóvenes que tocan alabanzas llenos de fornicación en su interior. No tiene sentido parecerse a Cristo si se está lleno de Satanás. Si las manos son alzadas en alabanza, pero el corazón está hundido en envidia, no se ha hecho realmente culto a Dios. Si existe rencor al prójimo no se tiene amor a Dios. No hay humillación ante Dios cuando se tiene soberbia ante el hermano. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad (vr. 28). ¡Señor: ten misericordia de nosotros, pues queremos ser tu casa, no tu cementerio! Busquemos una verdadera limpieza: ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. Limpiar el interior del hombre, su esencia espiritual y moral, trae como resultado su limpieza externa de obras y apariencia. Un asunto de orden y prioridad: primero. Un velo no hace a una mujer sujeta, por mencionar un ejemplo; es el Espíritu Santo el que transforma las vidas y lo hace de adentro hacia afuera. Es la vida divina injertada en el hombre por la fe. La verdadera limpieza es conversión: Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahwéh, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Is. 55:7). Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? (Ez. 18:31). Tanto el vaso como el plato son recipientes para alimentos; con esta figura el Señor Jesús está indicando que la vida de los creyentes tiene como propósito el alimentar al mundo con el pan y el agua de vida que es Cristo; sin embargo, Dios deposita su gloria únicamente en vasijas limpias, así que si alguno quiere ser un instrumento agradable a Dios debe limpiarse primero internamente y luego externamente. Ser y parecer cristiano.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:27
23.25-28 El sexto ay es ocasionado por vidas aparentes: Porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. Duras palabras ocasionadas por una dura condición. También, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos muertos y de toda inmundicia. En la primera reprimenda vemos una falsa limpieza y en la segunda una falsa apariencia. La primera habla del cómo y la segunda del por qué. Los escribas y fariseos como todo religioso de todos los tiempos, estaban más preocupados por “el qué dirán” que por “el qué soy”. Limpiar lo de fuera, sin limpiar lo de dentro es el enfatizar cómo se viste un santo, cómo habla, cómo camina y como se ve, olvidando que estas cosas no dependen del mal gusto ni de la cultura, sino del corazón; esto es, primero debe ser cambiado su corazón para que pueda cambiar en congruencia su exterior. ¿De qué sirve una moda eclesiástica si se viste un maniquí sin vida? Hombres que cargan Biblia y gritan a sus hijos o desprecian a su esposa. Mujeres de faldas largas y corazones amargos, lo mismo dicen amén que chismes. Jóvenes que tocan alabanzas llenos de fornicación en su interior. No tiene sentido parecerse a Cristo si se está lleno de Satanás. Si las manos son alzadas en alabanza, pero el corazón está hundido en envidia, no se ha hecho realmente culto a Dios. Si existe rencor al prójimo no se tiene amor a Dios. No hay humillación ante Dios cuando se tiene soberbia ante el hermano. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad (vr. 28). ¡Señor: ten misericordia de nosotros, pues queremos ser tu casa, no tu cementerio! Busquemos una verdadera limpieza: ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. Limpiar el interior del hombre, su esencia espiritual y moral, trae como resultado su limpieza externa de obras y apariencia. Un asunto de orden y prioridad: primero. Un velo no hace a una mujer sujeta, por mencionar un ejemplo; es el Espíritu Santo el que transforma las vidas y lo hace de adentro hacia afuera. Es la vida divina injertada en el hombre por la fe. La verdadera limpieza es conversión: Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahwéh, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Is. 55:7). Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? (Ez. 18:31). Tanto el vaso como el plato son recipientes para alimentos; con esta figura el Señor Jesús está indicando que la vida de los creyentes tiene como propósito el alimentar al mundo con el pan y el agua de vida que es Cristo; sin embargo, Dios deposita su gloria únicamente en vasijas limpias, así que si alguno quiere ser un instrumento agradable a Dios debe limpiarse primero internamente y luego externamente. Ser y parecer cristiano.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:28
23.25-28 El sexto ay es ocasionado por vidas aparentes: Porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. Duras palabras ocasionadas por una dura condición. También, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos muertos y de toda inmundicia. En la primera reprimenda vemos una falsa limpieza y en la segunda una falsa apariencia. La primera habla del cómo y la segunda del por qué. Los escribas y fariseos como todo religioso de todos los tiempos, estaban más preocupados por “el qué dirán” que por “el qué soy”. Limpiar lo de fuera, sin limpiar lo de dentro es el enfatizar cómo se viste un santo, cómo habla, cómo camina y como se ve, olvidando que estas cosas no dependen del mal gusto ni de la cultura, sino del corazón; esto es, primero debe ser cambiado su corazón para que pueda cambiar en congruencia su exterior. ¿De qué sirve una moda eclesiástica si se viste un maniquí sin vida? Hombres que cargan Biblia y gritan a sus hijos o desprecian a su esposa. Mujeres de faldas largas y corazones amargos, lo mismo dicen amén que chismes. Jóvenes que tocan alabanzas llenos de fornicación en su interior. No tiene sentido parecerse a Cristo si se está lleno de Satanás. Si las manos son alzadas en alabanza, pero el corazón está hundido en envidia, no se ha hecho realmente culto a Dios. Si existe rencor al prójimo no se tiene amor a Dios. No hay humillación ante Dios cuando se tiene soberbia ante el hermano. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad (vr. 28). ¡Señor: ten misericordia de nosotros, pues queremos ser tu casa, no tu cementerio! Busquemos una verdadera limpieza: ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. Limpiar el interior del hombre, su esencia espiritual y moral, trae como resultado su limpieza externa de obras y apariencia. Un asunto de orden y prioridad: primero. Un velo no hace a una mujer sujeta, por mencionar un ejemplo; es el Espíritu Santo el que transforma las vidas y lo hace de adentro hacia afuera. Es la vida divina injertada en el hombre por la fe. La verdadera limpieza es conversión: Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Yahwéh, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Is. 55:7). Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? (Ez. 18:31). Tanto el vaso como el plato son recipientes para alimentos; con esta figura el Señor Jesús está indicando que la vida de los creyentes tiene como propósito el alimentar al mundo con el pan y el agua de vida que es Cristo; sin embargo, Dios deposita su gloria únicamente en vasijas limpias, así que si alguno quiere ser un instrumento agradable a Dios debe limpiarse primero internamente y luego externamente. Ser y parecer cristiano.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:29
23.29-36 El séptimo ay se ocasionado por la gota que derramó el vaso; esto es, una presunción mentirosa por parte de los religiosos judíos. Los escribas y fariseos adornaban los sepulcros de los mártires como para hacer ver que eran diferentes a sus homicidas; es más, decían que ellos no hubieran hecho lo mismo. Algo muy común de todo ser humano: suponemos ser mejores que nuestros antecesores y a nuestros ojos nos ubicamos del lado de los buenos de la historia. Esta porción escritural muestra que el hombre no cambia con las generaciones, sino por la obra de Cristo. El versículo 32 debemos verlo como una orden. El Señor reta a concluir las obras de sus padres al llevarle a la cruz. La crucifixión del Señor habría de ser “la gota que derramó el vaso” de las rebeliones de Israel; sería el llenar la medida que les traería el juicio de Dios: la destrucción de la ciudad y la dispersión de la nación. Todo esto sucedería en su generación (vr. 36). Significa además, que todos los homicidios desde Abel hasta Zacarías (el primero y el último mártir mencionados en la estructura de las Escrituras que utilizaban), serían juzgados o demandados a esa generación, esto es, en la cruz de Cristo. Con esto, todos los judíos que llevaban a cabo la crucifixión eran hechos culpables de todos esos pecados. Si la sangre del Señor se derramó por los pecados de todo el mundo y si los judíos echaron la culpa de esa sangre sobre ellos y sobre sus hijos, entonces aquella generación se hizo culpable del pecado de todos los tiempos, ¿cómo escapar de la condenación del infierno? Esto es lo más grave (vr. 33). Su culpa no era cualquier cosa, eran culpables de asesinar a los siervos de Dios, con lo que atentaban contra el mismo Dios; y para colmo: ¡llevaron al Hijo de Dios a muerte!
— Roberto Tinoco
Mateo 23:30
23.29-36 El séptimo ay se ocasionado por la gota que derramó el vaso; esto es, una presunción mentirosa por parte de los religiosos judíos. Los escribas y fariseos adornaban los sepulcros de los mártires como para hacer ver que eran diferentes a sus homicidas; es más, decían que ellos no hubieran hecho lo mismo. Algo muy común de todo ser humano: suponemos ser mejores que nuestros antecesores y a nuestros ojos nos ubicamos del lado de los buenos de la historia. Esta porción escritural muestra que el hombre no cambia con las generaciones, sino por la obra de Cristo. El versículo 32 debemos verlo como una orden. El Señor reta a concluir las obras de sus padres al llevarle a la cruz. La crucifixión del Señor habría de ser “la gota que derramó el vaso” de las rebeliones de Israel; sería el llenar la medida que les traería el juicio de Dios: la destrucción de la ciudad y la dispersión de la nación. Todo esto sucedería en su generación (vr. 36). Significa además, que todos los homicidios desde Abel hasta Zacarías (el primero y el último mártir mencionados en la estructura de las Escrituras que utilizaban), serían juzgados o demandados a esa generación, esto es, en la cruz de Cristo. Con esto, todos los judíos que llevaban a cabo la crucifixión eran hechos culpables de todos esos pecados. Si la sangre del Señor se derramó por los pecados de todo el mundo y si los judíos echaron la culpa de esa sangre sobre ellos y sobre sus hijos, entonces aquella generación se hizo culpable del pecado de todos los tiempos, ¿cómo escapar de la condenación del infierno? Esto es lo más grave (vr. 33). Su culpa no era cualquier cosa, eran culpables de asesinar a los siervos de Dios, con lo que atentaban contra el mismo Dios; y para colmo: ¡llevaron al Hijo de Dios a muerte!
— Roberto Tinoco
Mateo 23:31
23.29-36 El séptimo ay se ocasionado por la gota que derramó el vaso; esto es, una presunción mentirosa por parte de los religiosos judíos. Los escribas y fariseos adornaban los sepulcros de los mártires como para hacer ver que eran diferentes a sus homicidas; es más, decían que ellos no hubieran hecho lo mismo. Algo muy común de todo ser humano: suponemos ser mejores que nuestros antecesores y a nuestros ojos nos ubicamos del lado de los buenos de la historia. Esta porción escritural muestra que el hombre no cambia con las generaciones, sino por la obra de Cristo. El versículo 32 debemos verlo como una orden. El Señor reta a concluir las obras de sus padres al llevarle a la cruz. La crucifixión del Señor habría de ser “la gota que derramó el vaso” de las rebeliones de Israel; sería el llenar la medida que les traería el juicio de Dios: la destrucción de la ciudad y la dispersión de la nación. Todo esto sucedería en su generación (vr. 36). Significa además, que todos los homicidios desde Abel hasta Zacarías (el primero y el último mártir mencionados en la estructura de las Escrituras que utilizaban), serían juzgados o demandados a esa generación, esto es, en la cruz de Cristo. Con esto, todos los judíos que llevaban a cabo la crucifixión eran hechos culpables de todos esos pecados. Si la sangre del Señor se derramó por los pecados de todo el mundo y si los judíos echaron la culpa de esa sangre sobre ellos y sobre sus hijos, entonces aquella generación se hizo culpable del pecado de todos los tiempos, ¿cómo escapar de la condenación del infierno? Esto es lo más grave (vr. 33). Su culpa no era cualquier cosa, eran culpables de asesinar a los siervos de Dios, con lo que atentaban contra el mismo Dios; y para colmo: ¡llevaron al Hijo de Dios a muerte!
— Roberto Tinoco
Mateo 23:32
23.29-36 El séptimo ay se ocasionado por la gota que derramó el vaso; esto es, una presunción mentirosa por parte de los religiosos judíos. Los escribas y fariseos adornaban los sepulcros de los mártires como para hacer ver que eran diferentes a sus homicidas; es más, decían que ellos no hubieran hecho lo mismo. Algo muy común de todo ser humano: suponemos ser mejores que nuestros antecesores y a nuestros ojos nos ubicamos del lado de los buenos de la historia. Esta porción escritural muestra que el hombre no cambia con las generaciones, sino por la obra de Cristo. El versículo 32 debemos verlo como una orden. El Señor reta a concluir las obras de sus padres al llevarle a la cruz. La crucifixión del Señor habría de ser “la gota que derramó el vaso” de las rebeliones de Israel; sería el llenar la medida que les traería el juicio de Dios: la destrucción de la ciudad y la dispersión de la nación. Todo esto sucedería en su generación (vr. 36). Significa además, que todos los homicidios desde Abel hasta Zacarías (el primero y el último mártir mencionados en la estructura de las Escrituras que utilizaban), serían juzgados o demandados a esa generación, esto es, en la cruz de Cristo. Con esto, todos los judíos que llevaban a cabo la crucifixión eran hechos culpables de todos esos pecados. Si la sangre del Señor se derramó por los pecados de todo el mundo y si los judíos echaron la culpa de esa sangre sobre ellos y sobre sus hijos, entonces aquella generación se hizo culpable del pecado de todos los tiempos, ¿cómo escapar de la condenación del infierno? Esto es lo más grave (vr. 33). Su culpa no era cualquier cosa, eran culpables de asesinar a los siervos de Dios, con lo que atentaban contra el mismo Dios; y para colmo: ¡llevaron al Hijo de Dios a muerte!
— Roberto Tinoco
Mateo 23:33
23.29-36 El séptimo ay se ocasionado por la gota que derramó el vaso; esto es, una presunción mentirosa por parte de los religiosos judíos. Los escribas y fariseos adornaban los sepulcros de los mártires como para hacer ver que eran diferentes a sus homicidas; es más, decían que ellos no hubieran hecho lo mismo. Algo muy común de todo ser humano: suponemos ser mejores que nuestros antecesores y a nuestros ojos nos ubicamos del lado de los buenos de la historia. Esta porción escritural muestra que el hombre no cambia con las generaciones, sino por la obra de Cristo. El versículo 32 debemos verlo como una orden. El Señor reta a concluir las obras de sus padres al llevarle a la cruz. La crucifixión del Señor habría de ser “la gota que derramó el vaso” de las rebeliones de Israel; sería el llenar la medida que les traería el juicio de Dios: la destrucción de la ciudad y la dispersión de la nación. Todo esto sucedería en su generación (vr. 36). Significa además, que todos los homicidios desde Abel hasta Zacarías (el primero y el último mártir mencionados en la estructura de las Escrituras que utilizaban), serían juzgados o demandados a esa generación, esto es, en la cruz de Cristo. Con esto, todos los judíos que llevaban a cabo la crucifixión eran hechos culpables de todos esos pecados. Si la sangre del Señor se derramó por los pecados de todo el mundo y si los judíos echaron la culpa de esa sangre sobre ellos y sobre sus hijos, entonces aquella generación se hizo culpable del pecado de todos los tiempos, ¿cómo escapar de la condenación del infierno? Esto es lo más grave (vr. 33). Su culpa no era cualquier cosa, eran culpables de asesinar a los siervos de Dios, con lo que atentaban contra el mismo Dios; y para colmo: ¡llevaron al Hijo de Dios a muerte!
— Roberto Tinoco
Mateo 23:34
23.29-36 El séptimo ay se ocasionado por la gota que derramó el vaso; esto es, una presunción mentirosa por parte de los religiosos judíos. Los escribas y fariseos adornaban los sepulcros de los mártires como para hacer ver que eran diferentes a sus homicidas; es más, decían que ellos no hubieran hecho lo mismo. Algo muy común de todo ser humano: suponemos ser mejores que nuestros antecesores y a nuestros ojos nos ubicamos del lado de los buenos de la historia. Esta porción escritural muestra que el hombre no cambia con las generaciones, sino por la obra de Cristo. El versículo 32 debemos verlo como una orden. El Señor reta a concluir las obras de sus padres al llevarle a la cruz. La crucifixión del Señor habría de ser “la gota que derramó el vaso” de las rebeliones de Israel; sería el llenar la medida que les traería el juicio de Dios: la destrucción de la ciudad y la dispersión de la nación. Todo esto sucedería en su generación (vr. 36). Significa además, que todos los homicidios desde Abel hasta Zacarías (el primero y el último mártir mencionados en la estructura de las Escrituras que utilizaban), serían juzgados o demandados a esa generación, esto es, en la cruz de Cristo. Con esto, todos los judíos que llevaban a cabo la crucifixión eran hechos culpables de todos esos pecados. Si la sangre del Señor se derramó por los pecados de todo el mundo y si los judíos echaron la culpa de esa sangre sobre ellos y sobre sus hijos, entonces aquella generación se hizo culpable del pecado de todos los tiempos, ¿cómo escapar de la condenación del infierno? Esto es lo más grave (vr. 33). Su culpa no era cualquier cosa, eran culpables de asesinar a los siervos de Dios, con lo que atentaban contra el mismo Dios; y para colmo: ¡llevaron al Hijo de Dios a muerte!
— Roberto Tinoco
Mateo 23:35
23.29-36 El séptimo ay se ocasionado por la gota que derramó el vaso; esto es, una presunción mentirosa por parte de los religiosos judíos. Los escribas y fariseos adornaban los sepulcros de los mártires como para hacer ver que eran diferentes a sus homicidas; es más, decían que ellos no hubieran hecho lo mismo. Algo muy común de todo ser humano: suponemos ser mejores que nuestros antecesores y a nuestros ojos nos ubicamos del lado de los buenos de la historia. Esta porción escritural muestra que el hombre no cambia con las generaciones, sino por la obra de Cristo. El versículo 32 debemos verlo como una orden. El Señor reta a concluir las obras de sus padres al llevarle a la cruz. La crucifixión del Señor habría de ser “la gota que derramó el vaso” de las rebeliones de Israel; sería el llenar la medida que les traería el juicio de Dios: la destrucción de la ciudad y la dispersión de la nación. Todo esto sucedería en su generación (vr. 36). Significa además, que todos los homicidios desde Abel hasta Zacarías (el primero y el último mártir mencionados en la estructura de las Escrituras que utilizaban), serían juzgados o demandados a esa generación, esto es, en la cruz de Cristo. Con esto, todos los judíos que llevaban a cabo la crucifixión eran hechos culpables de todos esos pecados. Si la sangre del Señor se derramó por los pecados de todo el mundo y si los judíos echaron la culpa de esa sangre sobre ellos y sobre sus hijos, entonces aquella generación se hizo culpable del pecado de todos los tiempos, ¿cómo escapar de la condenación del infierno? Esto es lo más grave (vr. 33). Su culpa no era cualquier cosa, eran culpables de asesinar a los siervos de Dios, con lo que atentaban contra el mismo Dios; y para colmo: ¡llevaron al Hijo de Dios a muerte!
— Roberto Tinoco
Mateo 23:36
23.29-36 El séptimo ay se ocasionado por la gota que derramó el vaso; esto es, una presunción mentirosa por parte de los religiosos judíos. Los escribas y fariseos adornaban los sepulcros de los mártires como para hacer ver que eran diferentes a sus homicidas; es más, decían que ellos no hubieran hecho lo mismo. Algo muy común de todo ser humano: suponemos ser mejores que nuestros antecesores y a nuestros ojos nos ubicamos del lado de los buenos de la historia. Esta porción escritural muestra que el hombre no cambia con las generaciones, sino por la obra de Cristo. El versículo 32 debemos verlo como una orden. El Señor reta a concluir las obras de sus padres al llevarle a la cruz. La crucifixión del Señor habría de ser “la gota que derramó el vaso” de las rebeliones de Israel; sería el llenar la medida que les traería el juicio de Dios: la destrucción de la ciudad y la dispersión de la nación. Todo esto sucedería en su generación (vr. 36). Significa además, que todos los homicidios desde Abel hasta Zacarías (el primero y el último mártir mencionados en la estructura de las Escrituras que utilizaban), serían juzgados o demandados a esa generación, esto es, en la cruz de Cristo. Con esto, todos los judíos que llevaban a cabo la crucifixión eran hechos culpables de todos esos pecados. Si la sangre del Señor se derramó por los pecados de todo el mundo y si los judíos echaron la culpa de esa sangre sobre ellos y sobre sus hijos, entonces aquella generación se hizo culpable del pecado de todos los tiempos, ¿cómo escapar de la condenación del infierno? Esto es lo más grave (vr. 33). Su culpa no era cualquier cosa, eran culpables de asesinar a los siervos de Dios, con lo que atentaban contra el mismo Dios; y para colmo: ¡llevaron al Hijo de Dios a muerte!
— Roberto Tinoco
Mateo 23:37
23.37-39 El lamento y las lágrimas de Jesús son lo más triste de la historia humana. Nada se le compara. La dureza del pueblo de Dios del momento rompió el corazón del Salvador provocándole el llanto. Dicha dureza ocasionó que rechazaran al Rey. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! El espíritu rebelde muerte la mano que le da de comer. El corazón duro, al no poder cerrar sus oídos para no oír a Dios, cierra la boca de sus proclamadores persiguiéndolos. Y en medio de esta triste nota, hallamos más intenso el amor divino: ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina debajo de sus alas, y no quisiste! ¡Cuántas veces Dios habló a su pueblo! muchas veces y de muchas maneras (Heb. 1:1). Fue como la gallina juntando sus polluelos. Fue como el esposo engañado rogando a la infiel mujer que regresara. Fue como el padre amoroso en espera del pródigo. Fue como el pastor amante buscando su oveja perdida por las montañas. Fue como la mujer que barrió toda su casa buscando su moneda perdida. Fue como aquel hombre que vendió todos sus bienes para comprar una perla de gran precio. ¡Fue el Dios eterno cambiando su trono de gloria por la cruz de la ignominia por amor a nosotros! ¡Y su pueblo no quiso! ¡necio que es el hombre! ¡Cuántas veces has escuchado el evangelio! ¡Cuántas veces ha tenido contacto con el mensaje de Cristo! ¡Cuántas invitaciones a la iglesia! ¡Cuántos folletos recibidos! ¡Cuántos anuncios ignorados! ¡Cuántas veces has resistido al Espíritu Santo! ¡Y no has querido! Espero sinceramente que no sea tu caso. Finalmente la casa es dejada desierta. Durante siglos el pueblo de Israel fue la casa de Dios, simbolizado esto por el templo de Jerusalén. Fueron el único pueblo de toda la tierra en donde Dios habitaba (andaré en medio de ellos y ellos serán mi pueblo y Yo seré su Dios). A partir de su rechazo a Cristo, Dios los abandonaría. Nunca habían estado tan solos y desamparados como ahora. El templo de Jerusalén ya no es llamada por Cristo como “mi casa”, como cuando entró en Jerusalén; ahora que estaba por salir de Jerusalén la llamaba “vuestra casa”. Esto significaba que Israel no sería más el pueblo de Dios, sino el pueblo de ellos. A partir de aquí Dios habitaría otra casa, la iglesia. Ahora la iglesia es el templo del Dios Viviente y el pueblo escogido por Él: ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? (1 Cor. 3:16). Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1 P. 2:5). Pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza (Heb. 3:6). Dice el versículo 39: porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor. Dios no volverá a tener trato con Israel como su pueblo hasta que regrese en su segunda venida; y entonces lo hará incluyéndolo en su iglesia, no aparte de ella.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:38
23.37-39 El lamento y las lágrimas de Jesús son lo más triste de la historia humana. Nada se le compara. La dureza del pueblo de Dios del momento rompió el corazón del Salvador provocándole el llanto. Dicha dureza ocasionó que rechazaran al Rey. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! El espíritu rebelde muerte la mano que le da de comer. El corazón duro, al no poder cerrar sus oídos para no oír a Dios, cierra la boca de sus proclamadores persiguiéndolos. Y en medio de esta triste nota, hallamos más intenso el amor divino: ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina debajo de sus alas, y no quisiste! ¡Cuántas veces Dios habló a su pueblo! muchas veces y de muchas maneras (Heb. 1:1). Fue como la gallina juntando sus polluelos. Fue como el esposo engañado rogando a la infiel mujer que regresara. Fue como el padre amoroso en espera del pródigo. Fue como el pastor amante buscando su oveja perdida por las montañas. Fue como la mujer que barrió toda su casa buscando su moneda perdida. Fue como aquel hombre que vendió todos sus bienes para comprar una perla de gran precio. ¡Fue el Dios eterno cambiando su trono de gloria por la cruz de la ignominia por amor a nosotros! ¡Y su pueblo no quiso! ¡necio que es el hombre! ¡Cuántas veces has escuchado el evangelio! ¡Cuántas veces ha tenido contacto con el mensaje de Cristo! ¡Cuántas invitaciones a la iglesia! ¡Cuántos folletos recibidos! ¡Cuántos anuncios ignorados! ¡Cuántas veces has resistido al Espíritu Santo! ¡Y no has querido! Espero sinceramente que no sea tu caso. Finalmente la casa es dejada desierta. Durante siglos el pueblo de Israel fue la casa de Dios, simbolizado esto por el templo de Jerusalén. Fueron el único pueblo de toda la tierra en donde Dios habitaba (andaré en medio de ellos y ellos serán mi pueblo y Yo seré su Dios). A partir de su rechazo a Cristo, Dios los abandonaría. Nunca habían estado tan solos y desamparados como ahora. El templo de Jerusalén ya no es llamada por Cristo como “mi casa”, como cuando entró en Jerusalén; ahora que estaba por salir de Jerusalén la llamaba “vuestra casa”. Esto significaba que Israel no sería más el pueblo de Dios, sino el pueblo de ellos. A partir de aquí Dios habitaría otra casa, la iglesia. Ahora la iglesia es el templo del Dios Viviente y el pueblo escogido por Él: ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? (1 Cor. 3:16). Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1 P. 2:5). Pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza (Heb. 3:6). Dice el versículo 39: porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor. Dios no volverá a tener trato con Israel como su pueblo hasta que regrese en su segunda venida; y entonces lo hará incluyéndolo en su iglesia, no aparte de ella.
— Roberto Tinoco
Mateo 23:39
23.37-39 El lamento y las lágrimas de Jesús son lo más triste de la historia humana. Nada se le compara. La dureza del pueblo de Dios del momento rompió el corazón del Salvador provocándole el llanto. Dicha dureza ocasionó que rechazaran al Rey. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! El espíritu rebelde muerte la mano que le da de comer. El corazón duro, al no poder cerrar sus oídos para no oír a Dios, cierra la boca de sus proclamadores persiguiéndolos. Y en medio de esta triste nota, hallamos más intenso el amor divino: ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina debajo de sus alas, y no quisiste! ¡Cuántas veces Dios habló a su pueblo! muchas veces y de muchas maneras (Heb. 1:1). Fue como la gallina juntando sus polluelos. Fue como el esposo engañado rogando a la infiel mujer que regresara. Fue como el padre amoroso en espera del pródigo. Fue como el pastor amante buscando su oveja perdida por las montañas. Fue como la mujer que barrió toda su casa buscando su moneda perdida. Fue como aquel hombre que vendió todos sus bienes para comprar una perla de gran precio. ¡Fue el Dios eterno cambiando su trono de gloria por la cruz de la ignominia por amor a nosotros! ¡Y su pueblo no quiso! ¡necio que es el hombre! ¡Cuántas veces has escuchado el evangelio! ¡Cuántas veces ha tenido contacto con el mensaje de Cristo! ¡Cuántas invitaciones a la iglesia! ¡Cuántos folletos recibidos! ¡Cuántos anuncios ignorados! ¡Cuántas veces has resistido al Espíritu Santo! ¡Y no has querido! Espero sinceramente que no sea tu caso. Finalmente la casa es dejada desierta. Durante siglos el pueblo de Israel fue la casa de Dios, simbolizado esto por el templo de Jerusalén. Fueron el único pueblo de toda la tierra en donde Dios habitaba (andaré en medio de ellos y ellos serán mi pueblo y Yo seré su Dios). A partir de su rechazo a Cristo, Dios los abandonaría. Nunca habían estado tan solos y desamparados como ahora. El templo de Jerusalén ya no es llamada por Cristo como “mi casa”, como cuando entró en Jerusalén; ahora que estaba por salir de Jerusalén la llamaba “vuestra casa”. Esto significaba que Israel no sería más el pueblo de Dios, sino el pueblo de ellos. A partir de aquí Dios habitaría otra casa, la iglesia. Ahora la iglesia es el templo del Dios Viviente y el pueblo escogido por Él: ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? (1 Cor. 3:16). Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo (1 P. 2:5). Pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza (Heb. 3:6). Dice el versículo 39: porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor. Dios no volverá a tener trato con Israel como su pueblo hasta que regrese en su segunda venida; y entonces lo hará incluyéndolo en su iglesia, no aparte de ella.
— Roberto Tinoco