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Mateo 26

Conspiración para matar a Jesús

1Cuando hubo acabado Jesús todas estas palabras, dijo a sus discípulos:🗨 2Sabéis que dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado.🗨 3Entonces los principales sacerdotes, los escribas, y los ancianos del pueblo se reunieron en el patio del sumo sacerdote llamado Caifás,🗨 4y tuvieron consejo para prender con engaño a Jesús, y matarle.🗨 5Pero decían: No durante la fiesta, para que no se haga alboroto en el pueblo.🗨

Jesús es ungido en Betania

6Y estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso,🗨 7vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado a la mesa.🗨 8Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio?🗨 9Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres.🗨 10Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra.🗨 11Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis.🗨 12Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura.🗨 13De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella.🗨

Judas acuerda traicionar a Jesús

14Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes,🗨 15y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata.🗨 16Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle.🗨

La última cena

17El primer día de la fiesta de los panes sin levadura, vinieron los discípulos a Jesús, diciéndole: ¿Dónde quieres que preparemos para que comas la pascua?🗨 18Y él dijo: Id a la ciudad a cierto hombre, y decidle: El Maestro dice: Mi tiempo está cerca; en tu casa celebraré la pascua con mis discípulos.🗨 19Y los discípulos hicieron como Jesús les mandó, y prepararon la pascua.🗨 20Cuando llegó la noche, se sentó a la mesa con los doce.🗨 21Y mientras comían, dijo: De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar.🗨 22Y entristecidos en gran manera, comenzó cada uno de ellos a decirle: ¿Soy yo, Señor?🗨 23Entonces él respondiendo, dijo: El que mete la mano conmigo en el plato, ése me va a entregar.🗨 24A la verdad el Hijo del Hombre va, según está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido.🗨 25Entonces respondiendo Judas, el que le entregaba, dijo: ¿Soy yo, Maestro? Le dijo: Tú lo has dicho.🗨 26Y mientras comían, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo.🗨 27Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos;🗨 28porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados.🗨 29Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.🗨 30Y cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos.🗨

Jesús predice la negación de Pedro

31Entonces Jesús les dijo: Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño serán dispersadas.🗨 32Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea.🗨 33Respondiendo Pedro, le dijo: Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré.🗨 34Jesús le dijo: De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces.🗨 35Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo.🗨

Jesús ora en Getsemaní

36Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro.🗨 37Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera.🗨 38Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.🗨 39Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.🗨 40Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora?🗨 41Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.🗨 42Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad.🗨 43Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño.🗨 44Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras.🗨 45Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores.🗨 46Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.🗨

Traicionan y arrestan a Jesús

47Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo.🗨 48Y el que le entregaba les había dado señal, diciendo: Al que yo besare, ése es; prendedle.🗨 49Y en seguida se acercó a Jesús y dijo: ¡Salve, Maestro! Y le besó.🗨 50Y Jesús le dijo: Amigo, ¿a qué vienes? Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron.🗨 51Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja.🗨 52Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.🗨 53¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?🗨 54¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?🗨 55En aquella hora dijo Jesús a la gente: ¿Como contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo, y no me prendisteis.🗨 56Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.🗨

Jesús ante el Concilio

57Los que prendieron a Jesús le llevaron al sumo sacerdote Caifás, adonde estaban reunidos los escribas y los ancianos.🗨 58Mas Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los alguaciles, para ver el fin.🗨 59Y los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte,🗨 60y no lo hallaron, aunque muchos testigos falsos se presentaban. Pero al fin vinieron dos testigos falsos,🗨 61que dijeron: Este dijo: Puedo derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo.🗨 62Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti?🗨 63Mas Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios.🗨 64Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.🗨 65Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia.🗨 66¿Qué os parece? Y respondiendo ellos, dijeron: ¡Es reo de muerte!🗨 67Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban,🗨 68diciendo: Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó.🗨

Pedro niega a Jesús

69Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se le acercó una criada, diciendo: Tú también estabas con Jesús el galileo.🗨 70Mas él negó delante de todos, diciendo: No sé lo que dices.🗨 71Saliendo él a la puerta, le vio otra, y dijo a los que estaban allí: También éste estaba con Jesús el nazareno.🗨 72Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre.🗨 73Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre.🗨 74Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre. Y en seguida cantó el gallo.🗨 75Entonces Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho: Antes que cante el gallo, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente.🗨

Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos

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Mateo 26: RV60

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Mateo 26:1

Comentario general

26.1 Los capítulos 26 y 27 de Mateo preparan para llevar el evangelio al clímax; son la penúltima parte del evangelio. La división de Mateo podemos verla así: 1.- La ascendencia, el nacimiento y la infancia del Rey (caps. 1-2). 2.- La proclamación del Reino (caps. 3-7). 3.- La manifestación del Reino (caps. 8-12). 4.- La vida en el Reino (caps. 13-24). 5.- La conquista del Reino (caps. 26-27). 6.- La victoria del Reino (cap. 28). En los primeros 46 versículos del capítulo 26 hallamos la preparación antes del final: Jesús prepara a sus discípulos. Los enemigos preparan el asesinato del Señor. María prepara al Señor para su partida. Judas prepara su traición. Los discípulos preparan la pascua. El Señor prepara su Cena conmemorativa. El Señor se prepara espiritualmente. ¡Qué importante es la muerte del Señor! ¿Estamos preparados para esta Pascua? Pero en todo esto, el Señor tenía el control de las circunstancias. Algunos piensan que el Maestro fue llevado a la muerte y que Él no pudo escapar de las situaciones que le llevaron a esta culminación; nada más lejos de la verdad. Al leer con atención los evangelios podemos percibir que el Señor Jesús siempre tuvo el control, muchas veces intentaron matarlo y no pudieron echarle mano; el Señor fue llevando las cosas y las personas de tal modo, que aún el mismo diablo fue un vaso (de deshonra) para la consumación del plan divino. No fue sino hasta después de que Él Señor “acabó sus palabras” que se dispuso a ser La Pascua. Había llegado a la parte final de su ministerio terrenal. ¡Qué maravilloso es saber que el Señor tiene el control! A veces pareciera que el mal triunfa; los malos prosperan; las desgracias abundan; la incertidumbre reina; la maldad crece. Pero en medio de todo esto hemos de percibir que ninguna criatura tiene el control ni la casualidad; es Dios quien gobierna. Parece escucharse el eco de la oración del humillado Nabucodonosor: bendije al Altísimo…cuyo dominio es sempiterno; y su reino por todas las edades. Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿qué haces?” (Dn. 4:34-35).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:2

Comentario general

26.2 El Rey conocía la fecha exacta de su muerte. Estaban a dos días de comenzar la semana pascual (Juan 12:1). A causa de las limitaciones de su carne al haberse despojado de sus atributos divinos, el Señor Jesucristo no conocía el día de su regreso; sin embargo, sabía exactamente cuando y cómo moriría. Esta es la voluntad de Dios, que en el tiempo presente seamos conscientes de nuestra humillación, pero no de nuestra exaltación. Todos buscamos días gloriosos y no hay nada de malo en ello, pero el principio de la cruz muestra que primero es la humillación y después la glorificación. La vida terrenal de nuestro Señor nunca fue gobernada por la exaltación; Él no actuó jamás en busca de su gloria, sino de la gloria del Padre. Desechó la fama, menospreció el poder, fue indiferente a los bienes materiales, jamás buscó su satisfacción; una sola visión gobernó su vida: la cruz del calvario. No significa que nosotros debamos vivir pobres y enfermos hasta la muerte; pues Cristo se hizo pobre para enriquecernos y llevó nuestras enfermedades para sanarnos (2 Cor. 8:9; Isaías 53:4-5); pero sí que no omitamos la entrega y la obediencia en pro de la comodidad. Es necesario que yo mengüe para que el crezca –fue la mayor grandeza del Bautista; ya no viva yo, mas Cristo viva en mí –la normalidad del apóstol Pablo. Llevar su muerte para manifestar su vida es la actitud normal d los creyentes: Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida d Jesús se manifieste en nuestra carne mortal (2 Cor. 4:11). El Señor Jesucristo sabía muy bien que el camino a la gloria tiene que cruzar la puerta de la cruz. Le fue difícil, pero no la rehuyó. Estamos en un tiempo de comodidad, la idea generalizada es conseguir todas las cosas en el menor esfuerzo posible; tenemos hornos de microondas, teléfonos celulares, comida prefabricada; controles remotos, internet, los trabajos mejor remunerados en el menos tiempo posible son más solicitados. La cultura de la cruz no encaja con nuestra modernidad. Pero la realidad de Dios es que no hay gloria sin la cruz. Antes del amanecer de la gloriosa resurrección se necesita que el Hijo del Hombre sea entregado para ser crucificado. El que quiere seguir al Maestro ha de negarse primero a sí mismo; quien quiera guardar su vida, la perderá. El reino de los cielos se compone de crucificados, a diferencia del reino de las tinieblas en donde es virtud la auto promoción. El que se humilla será exaltado (Luc. 14:11), es la promesa divina; pero el que se exalta será humillado, es la advertencia solemne. No existe otra forma, no hay otra copa para beber y esta copa no puede rehusarse (Mat. 26:39,42,44).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:3

Comentario general

26.3-5 Se calcula que habría cerca de tres millones de personas en Jerusalén y alrededores para la celebración de la Pascua. Fiel figura de la atracción de Cristo. No cabe duda de que la muerte del Cordero es el motivo de convocación más fuerte y poderoso que ha existido de todos los tiempos. Si el Hijo del Hombre fuere levantado a todos atraerá a sí mismo (Juan 3:14; 12:32). …mirad: el mundo se va tras Él (Juan 12:19). Se reunieron contra Jesús los religiosos. Al referirse Mateo a los principales sacerdotes está haciendo alusión a que se hallaban presentes representantes de todas las clases sacerdotales, recordando que estaban divididos en 24 turnos. Aquí se hallaba lo mejor de la religión de la época, la estirpe de las ceremonias, lo más noble de las costumbres y lo más muerto de los hombres; porque la religión es muerte, pero tan bien disfrazada que oculta su pestilente perjuicio. La paradoja de la cruz es que “las mejores personas de su época” fueron quienes mataron al Señor, severa advertencia a quienes tenemos religión y nos calificamos de buenas personas. Se reunieron contra Jesús los sabios y poseedores del conocimiento. Estaban también los escribas, la crema y nata de la teología, la esencia misma del conocimiento, los sabios eruditos, los esgrimistas de la Palabra; y los asesinos de las multitudes; porque nada ha producido más cadáveres que el conocimiento sin Dios, la letra mata, mas el Espíritu vivifica (2 Cor. 3:6). Estos expertos y doctos, con sus encumbrados títulos y sus infatuados discursos han provocado un desfile de muertes incontables en el cementerio de este mundo. He visto más fácil de convertirse a Cristo al sencillo ignorante que al que se considera sabio. Se reunieron contra Jesús las autoridades. No podían faltar los ancianos del pueblo; los importantes del momento, los grandes de entre los hombres, los poderosos gobernantes. Estos siempre tienen asiento de honor en las grandes convocaciones y su nombre reservado en los banquetes de honor. ¿Cómo se perderían la oportunidad?, eran los jueces del pueblo, los que se sientan a la puerta de la ciudad y dictan sentencia a sus hermanos; son los intocables de la sociedad y los envidiados de los miserables. Su dedo índice siempre está extendido, sus ojos siempre encolerizados y su corazón siempre cerrado; es difícil resistir la tentación de enseñorease de los demás. De estos tres tipos de personas está lleno el mundo: De los sacerdotes, los escribas y los ancianos. Y desafortunadamente, es también de esto de lo que están llenas algunas iglesias: de religión, de conocimiento y de juicio. Los tres siempre conspiran contra la vida de Jesús a fin de destruirle, ya no en el Rabí Carpintero, sino en los creyentes. Pero estas tres infames clases de homicidas, apéndices de Judas y de Barrabás son temerosos, jamás levantarán la mano ni abrirán la boca si esto alborota al pueblo. Odian la vida divina, pero no tanto como aman los honores de la multitud. Expertos de la diplomacia, nunca contaminarán a la gente que pueda adularlos. Proclamadores de la democracia, la exaltarán para su beneficio, porque la democracia en el reino de los cielos es el avispero de todos que ensordece la voz de la voluntad divina. En esto vemos también al enceguecido pueblo, esas lastimeras multitudes que por un trozo de esperanza lo mismo gritaron ¡hosanna! que ¡crucifícale! No se les puede culpar porque no saben lo que hacen, aunque tampoco se les puede justificar, pues verdaderamente ignoran lo que están haciendo. Se reunieron en el patio del sumo sacerdote Caifás. ¿En dónde más habrían de juntarse los homicidas, sino en casa de un sumo sacerdote que había sido puesto por Herodes y no por Dios? No por nada su nombre (Caifás) significa depresión; al menos durante ese día el atavío de Caifás olió a la sangre que la envidia, la soberbia y la vanagloria planeaban derramar. La casa de los sacerdotes suele ser también el nido de las víboras, y más cuando estos son sumos entre los sacerdotes. ¡Cuán diferente la casa de Simón el leproso en donde el Señor descansó! (vrs. 6-7). Tuvieron consejo para matar a Jesús. La capacidad religiosa de los sacerdotes podía justificar cualquier acto haciéndolo pasar por bueno; el conocimiento de los escribas tenía los elementos doctrinales que se requerían para condenar a Jesús; los ancianos del pueblo poseían la astucia y mente organizada suficientes para preparar el plan. Estos insectos eran buenos para tejer telarañas: tuvieron consejo para prender con engaño a Jesús y matarle. No tomaron consejo para ver si Jesús era o no de Dios; los pensamientos preconcebidos suelen ser crueles cerraduras que impiden el paso de la fe. No tomaron consejo para ver de que manera podían ser bendición a este nuevo “hereje”; el corazón enaltecido nunca busca la restauración de nadie, la ley la aplica sólo para muerte. No tomaron consejo para ver que clase de bienes hacía Jesús al pueblo; al religioso sólo le interesa que el pueblo siga su religión, sin importar que vaya directo al infierno; al erudito sólo le interesa un público que lo escuche. Ni siquiera tomaron consejo para ver que harían con Jesús, estaban decididos a matarle sin antes conocerle. Y tu, ¿qué harás con Jesús? Tampoco tomaron consejo para prenderle por alguna maldad que Jesús cometiera, los “justos y santos” prenderían con engaños al Santo de los santos. Algunas personas rechazan a Cristo sin antes preguntarse por qué lo rechazan. Y tú, ¿te lo has preguntado? El propósito de la reunión era matar a Jesús. El apóstol Pedro habría días después, de echarles en cara que mataran al Autor de la vida (Hch. 3:15). Si alguno mata a su enemigo, puede ser defensa propia. Si alguno mata a su amigo es homicidio y traición. Si alguno mata a su hermano es homicidio antinatural. Pero si alguno mata a su Creador es homicidio incalificable, El agravante de levantar la mano contra Dios, aun cuando éste parezca un joven carpintero es imposible de medir. El rechazo de la Vida eterna. Algunos toman consejo dentro de sí mismos para matar todo vestigio de Dios en su corazón, sin antes tomarse la molestia de conocerle. Pero lo misterioso de esto, es que Dios tenga los hilos de la historia en su poder. ¡Paradoja de amor y de la gracia, que para el mayor bien hiciera falta el peor de los males!

— Roberto Tinoco

Mateo 26:4

Comentario general

26.3-5 Se calcula que habría cerca de tres millones de personas en Jerusalén y alrededores para la celebración de la Pascua. Fiel figura de la atracción de Cristo. No cabe duda de que la muerte del Cordero es el motivo de convocación más fuerte y poderoso que ha existido de todos los tiempos. Si el Hijo del Hombre fuere levantado a todos atraerá a sí mismo (Juan 3:14; 12:32). …mirad: el mundo se va tras Él (Juan 12:19). Se reunieron contra Jesús los religiosos. Al referirse Mateo a los principales sacerdotes está haciendo alusión a que se hallaban presentes representantes de todas las clases sacerdotales, recordando que estaban divididos en 24 turnos. Aquí se hallaba lo mejor de la religión de la época, la estirpe de las ceremonias, lo más noble de las costumbres y lo más muerto de los hombres; porque la religión es muerte, pero tan bien disfrazada que oculta su pestilente perjuicio. La paradoja de la cruz es que “las mejores personas de su época” fueron quienes mataron al Señor, severa advertencia a quienes tenemos religión y nos calificamos de buenas personas. Se reunieron contra Jesús los sabios y poseedores del conocimiento. Estaban también los escribas, la crema y nata de la teología, la esencia misma del conocimiento, los sabios eruditos, los esgrimistas de la Palabra; y los asesinos de las multitudes; porque nada ha producido más cadáveres que el conocimiento sin Dios, la letra mata, mas el Espíritu vivifica (2 Cor. 3:6). Estos expertos y doctos, con sus encumbrados títulos y sus infatuados discursos han provocado un desfile de muertes incontables en el cementerio de este mundo. He visto más fácil de convertirse a Cristo al sencillo ignorante que al que se considera sabio. Se reunieron contra Jesús las autoridades. No podían faltar los ancianos del pueblo; los importantes del momento, los grandes de entre los hombres, los poderosos gobernantes. Estos siempre tienen asiento de honor en las grandes convocaciones y su nombre reservado en los banquetes de honor. ¿Cómo se perderían la oportunidad?, eran los jueces del pueblo, los que se sientan a la puerta de la ciudad y dictan sentencia a sus hermanos; son los intocables de la sociedad y los envidiados de los miserables. Su dedo índice siempre está extendido, sus ojos siempre encolerizados y su corazón siempre cerrado; es difícil resistir la tentación de enseñorease de los demás. De estos tres tipos de personas está lleno el mundo: De los sacerdotes, los escribas y los ancianos. Y desafortunadamente, es también de esto de lo que están llenas algunas iglesias: de religión, de conocimiento y de juicio. Los tres siempre conspiran contra la vida de Jesús a fin de destruirle, ya no en el Rabí Carpintero, sino en los creyentes. Pero estas tres infames clases de homicidas, apéndices de Judas y de Barrabás son temerosos, jamás levantarán la mano ni abrirán la boca si esto alborota al pueblo. Odian la vida divina, pero no tanto como aman los honores de la multitud. Expertos de la diplomacia, nunca contaminarán a la gente que pueda adularlos. Proclamadores de la democracia, la exaltarán para su beneficio, porque la democracia en el reino de los cielos es el avispero de todos que ensordece la voz de la voluntad divina. En esto vemos también al enceguecido pueblo, esas lastimeras multitudes que por un trozo de esperanza lo mismo gritaron ¡hosanna! que ¡crucifícale! No se les puede culpar porque no saben lo que hacen, aunque tampoco se les puede justificar, pues verdaderamente ignoran lo que están haciendo. Se reunieron en el patio del sumo sacerdote Caifás. ¿En dónde más habrían de juntarse los homicidas, sino en casa de un sumo sacerdote que había sido puesto por Herodes y no por Dios? No por nada su nombre (Caifás) significa depresión; al menos durante ese día el atavío de Caifás olió a la sangre que la envidia, la soberbia y la vanagloria planeaban derramar. La casa de los sacerdotes suele ser también el nido de las víboras, y más cuando estos son sumos entre los sacerdotes. ¡Cuán diferente la casa de Simón el leproso en donde el Señor descansó! (vrs. 6-7). Tuvieron consejo para matar a Jesús. La capacidad religiosa de los sacerdotes podía justificar cualquier acto haciéndolo pasar por bueno; el conocimiento de los escribas tenía los elementos doctrinales que se requerían para condenar a Jesús; los ancianos del pueblo poseían la astucia y mente organizada suficientes para preparar el plan. Estos insectos eran buenos para tejer telarañas: tuvieron consejo para prender con engaño a Jesús y matarle. No tomaron consejo para ver si Jesús era o no de Dios; los pensamientos preconcebidos suelen ser crueles cerraduras que impiden el paso de la fe. No tomaron consejo para ver de que manera podían ser bendición a este nuevo “hereje”; el corazón enaltecido nunca busca la restauración de nadie, la ley la aplica sólo para muerte. No tomaron consejo para ver que clase de bienes hacía Jesús al pueblo; al religioso sólo le interesa que el pueblo siga su religión, sin importar que vaya directo al infierno; al erudito sólo le interesa un público que lo escuche. Ni siquiera tomaron consejo para ver que harían con Jesús, estaban decididos a matarle sin antes conocerle. Y tu, ¿qué harás con Jesús? Tampoco tomaron consejo para prenderle por alguna maldad que Jesús cometiera, los “justos y santos” prenderían con engaños al Santo de los santos. Algunas personas rechazan a Cristo sin antes preguntarse por qué lo rechazan. Y tú, ¿te lo has preguntado? El propósito de la reunión era matar a Jesús. El apóstol Pedro habría días después, de echarles en cara que mataran al Autor de la vida (Hch. 3:15). Si alguno mata a su enemigo, puede ser defensa propia. Si alguno mata a su amigo es homicidio y traición. Si alguno mata a su hermano es homicidio antinatural. Pero si alguno mata a su Creador es homicidio incalificable, El agravante de levantar la mano contra Dios, aun cuando éste parezca un joven carpintero es imposible de medir. El rechazo de la Vida eterna. Algunos toman consejo dentro de sí mismos para matar todo vestigio de Dios en su corazón, sin antes tomarse la molestia de conocerle. Pero lo misterioso de esto, es que Dios tenga los hilos de la historia en su poder. ¡Paradoja de amor y de la gracia, que para el mayor bien hiciera falta el peor de los males!

— Roberto Tinoco

Mateo 26:5

Comentario general

26.3-5 Se calcula que habría cerca de tres millones de personas en Jerusalén y alrededores para la celebración de la Pascua. Fiel figura de la atracción de Cristo. No cabe duda de que la muerte del Cordero es el motivo de convocación más fuerte y poderoso que ha existido de todos los tiempos. Si el Hijo del Hombre fuere levantado a todos atraerá a sí mismo (Juan 3:14; 12:32). …mirad: el mundo se va tras Él (Juan 12:19). Se reunieron contra Jesús los religiosos. Al referirse Mateo a los principales sacerdotes está haciendo alusión a que se hallaban presentes representantes de todas las clases sacerdotales, recordando que estaban divididos en 24 turnos. Aquí se hallaba lo mejor de la religión de la época, la estirpe de las ceremonias, lo más noble de las costumbres y lo más muerto de los hombres; porque la religión es muerte, pero tan bien disfrazada que oculta su pestilente perjuicio. La paradoja de la cruz es que “las mejores personas de su época” fueron quienes mataron al Señor, severa advertencia a quienes tenemos religión y nos calificamos de buenas personas. Se reunieron contra Jesús los sabios y poseedores del conocimiento. Estaban también los escribas, la crema y nata de la teología, la esencia misma del conocimiento, los sabios eruditos, los esgrimistas de la Palabra; y los asesinos de las multitudes; porque nada ha producido más cadáveres que el conocimiento sin Dios, la letra mata, mas el Espíritu vivifica (2 Cor. 3:6). Estos expertos y doctos, con sus encumbrados títulos y sus infatuados discursos han provocado un desfile de muertes incontables en el cementerio de este mundo. He visto más fácil de convertirse a Cristo al sencillo ignorante que al que se considera sabio. Se reunieron contra Jesús las autoridades. No podían faltar los ancianos del pueblo; los importantes del momento, los grandes de entre los hombres, los poderosos gobernantes. Estos siempre tienen asiento de honor en las grandes convocaciones y su nombre reservado en los banquetes de honor. ¿Cómo se perderían la oportunidad?, eran los jueces del pueblo, los que se sientan a la puerta de la ciudad y dictan sentencia a sus hermanos; son los intocables de la sociedad y los envidiados de los miserables. Su dedo índice siempre está extendido, sus ojos siempre encolerizados y su corazón siempre cerrado; es difícil resistir la tentación de enseñorease de los demás. De estos tres tipos de personas está lleno el mundo: De los sacerdotes, los escribas y los ancianos. Y desafortunadamente, es también de esto de lo que están llenas algunas iglesias: de religión, de conocimiento y de juicio. Los tres siempre conspiran contra la vida de Jesús a fin de destruirle, ya no en el Rabí Carpintero, sino en los creyentes. Pero estas tres infames clases de homicidas, apéndices de Judas y de Barrabás son temerosos, jamás levantarán la mano ni abrirán la boca si esto alborota al pueblo. Odian la vida divina, pero no tanto como aman los honores de la multitud. Expertos de la diplomacia, nunca contaminarán a la gente que pueda adularlos. Proclamadores de la democracia, la exaltarán para su beneficio, porque la democracia en el reino de los cielos es el avispero de todos que ensordece la voz de la voluntad divina. En esto vemos también al enceguecido pueblo, esas lastimeras multitudes que por un trozo de esperanza lo mismo gritaron ¡hosanna! que ¡crucifícale! No se les puede culpar porque no saben lo que hacen, aunque tampoco se les puede justificar, pues verdaderamente ignoran lo que están haciendo. Se reunieron en el patio del sumo sacerdote Caifás. ¿En dónde más habrían de juntarse los homicidas, sino en casa de un sumo sacerdote que había sido puesto por Herodes y no por Dios? No por nada su nombre (Caifás) significa depresión; al menos durante ese día el atavío de Caifás olió a la sangre que la envidia, la soberbia y la vanagloria planeaban derramar. La casa de los sacerdotes suele ser también el nido de las víboras, y más cuando estos son sumos entre los sacerdotes. ¡Cuán diferente la casa de Simón el leproso en donde el Señor descansó! (vrs. 6-7). Tuvieron consejo para matar a Jesús. La capacidad religiosa de los sacerdotes podía justificar cualquier acto haciéndolo pasar por bueno; el conocimiento de los escribas tenía los elementos doctrinales que se requerían para condenar a Jesús; los ancianos del pueblo poseían la astucia y mente organizada suficientes para preparar el plan. Estos insectos eran buenos para tejer telarañas: tuvieron consejo para prender con engaño a Jesús y matarle. No tomaron consejo para ver si Jesús era o no de Dios; los pensamientos preconcebidos suelen ser crueles cerraduras que impiden el paso de la fe. No tomaron consejo para ver de que manera podían ser bendición a este nuevo “hereje”; el corazón enaltecido nunca busca la restauración de nadie, la ley la aplica sólo para muerte. No tomaron consejo para ver que clase de bienes hacía Jesús al pueblo; al religioso sólo le interesa que el pueblo siga su religión, sin importar que vaya directo al infierno; al erudito sólo le interesa un público que lo escuche. Ni siquiera tomaron consejo para ver que harían con Jesús, estaban decididos a matarle sin antes conocerle. Y tu, ¿qué harás con Jesús? Tampoco tomaron consejo para prenderle por alguna maldad que Jesús cometiera, los “justos y santos” prenderían con engaños al Santo de los santos. Algunas personas rechazan a Cristo sin antes preguntarse por qué lo rechazan. Y tú, ¿te lo has preguntado? El propósito de la reunión era matar a Jesús. El apóstol Pedro habría días después, de echarles en cara que mataran al Autor de la vida (Hch. 3:15). Si alguno mata a su enemigo, puede ser defensa propia. Si alguno mata a su amigo es homicidio y traición. Si alguno mata a su hermano es homicidio antinatural. Pero si alguno mata a su Creador es homicidio incalificable, El agravante de levantar la mano contra Dios, aun cuando éste parezca un joven carpintero es imposible de medir. El rechazo de la Vida eterna. Algunos toman consejo dentro de sí mismos para matar todo vestigio de Dios en su corazón, sin antes tomarse la molestia de conocerle. Pero lo misterioso de esto, es que Dios tenga los hilos de la historia en su poder. ¡Paradoja de amor y de la gracia, que para el mayor bien hiciera falta el peor de los males!

— Roberto Tinoco

Mateo 26:6

Comentario general

26.6 A pesar de que el evangelista Mateo ubica este evento después de la intriga de los sacerdotes mencionada en los versículos 1 al 5; en realidad sucede antes, como bien lo relata el evangelista Juan, sucedió seis días antes de la Pascua (Juan 12:1). La razón por la cual Mateo invierte estos eventos se debe a explicar el porqué de la traición de Judas comprendida en los versículos 14 al 16. Después de su entrada triunfal en Jerusalén y de la purificación del templo con su respectiva condena de las autoridades religiosas judías, el Señor no se quedaba en Jerusalén, sino que salía diariamente al anochecer a la aldea cercana llamada Betania, a 3 kilómetros de Jerusalén. Betania significa “casa de higos” y es esto precisamente lo que estaba sucediendo: habiendo dejado el Señor a su higuera Israel por estéril se dirigió a la “casa de higos”, un pueblo que no era pueblo. En esa aldea fue invitado a quedarse por un tal Simón el leproso (que no debe confundirse con el relato de Lucas 7:36-50); es muy probable que este Simón haya sido sanado por el Señor y de allí su invitación en gratitud. El evangelista Mateo sigue llamando “el leproso” a Simón, pues Dios ha olvidado nuestros pecados, pero a nosotros no nos conviene olvidarnos de dónde fuimos rescatados.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:7

Comentario general

26.7 Una mujer de la cual Mateo esconde su identidad, pero Juan nos dice que era María, la hermana de Marta y de Lázaro que también vivían en Betania (Juan 12:3). María se destacó siempre en lo evangelios por su amor y devoción a Jesús. Esta vez vino con un vaso de alabastro de perfume de gran precio y lo derramó sobre la cabeza de Jesús, mientras Él estaba sentado, más exactamente, recostado, a la mesa. Era una costumbre oriental derramar aceite sobre la cabeza de un huésped, especialmente si se consideraba a dicho huésped como distinguido. Pero María no unge la cabeza del Señor Jesús por hospitalidad, ya que no era su casa, sino por amor. María tomó lo más precioso que tenía; a las mujeres judías les atraía especialmente el uso de aceites y perfumes; comúnmente cargaban como un collar sobre su cuello un frasquito de alabastro con aceite perfumado. Según nos relatan Marcos (14:5) y Juan (12:5), el perfume que María tenía era tan costoso como 300 denarios. Un denario era el salario diario de un obrero, así que 300 denarios eran el salario de casi un año. Cuando el Señor Jesús alimentó a la multitud de 5000 hombres sin contar ni las mujeres ni los niños, Felipe dijo que no bastaran 200 denarios para tal acción, lo que significa que el perfume de María era suficientemente caro para alimentar a miles de personas. ¡Ella dio todo lo que tenía! ¡El amor no se limita! ¿Y qué fue lo que hizo María? Ella no comenzó a vaciar gota a gota el perfume, ni lo tomaba con los dedos, sino que lo vació todo sobre la cabeza del Señor, es más, ¡rompió el vaso de alabastro! ¡ni siquiera eso conservó! Tal es el amor. Si alguno ama al Señor Jesús se da a Él por completo, rompe su vaso de alabastro, quebranta su alma y da su contenido por completo a Él. Si alguno ama al Señor Jesús no guarda nada para sí; jamás calcula cuánto le da. A la hora de diezmar por poner un ejemplo, no es escrupuloso en no ir a pasarse de la medida exacta. El amor quiebra las reglas dando más de lo que se requiere. Tal es la fe de María, sobresaliente como su amor por Jesús. A estas alturas el Señor Jesucristo ya había anunciado su muerte en varias ocasiones y pareciera que nadie le había entendido, pues todos permanecían algo indiferentes ante un suceso tan importante; todos, menos María, quien amaba tanto al Señor como para poner especial atención a cada una de sus palabras. Si entre los hombres Pedro se destacó en su devoción al Maestro, entre las mujeres la destacada fue María la hermana de Lázaro y de Marta. Según el Antiguo Testamento los profetas eran los encargados de ungir a otros, ya sea para que fuesen reyes, sacerdotes o profetas. Pero en este caso hallamos a una mujer: a María de Betania. Ella tuvo un privilegio que ni Juan el Bautista pudo tener. María ungió al Señor Jesucristo para su sepultura. Juan anunció al Cordero, pero fue María quien lo presentó ungiéndolo. Y lo ungió no para ser rey ni sacerdote ni profeta, pues fue el Padre mismo quien ungió al Señor Jesús como Rey de reyes; como el Sumo Sacerdote según el orden externo de Melquisedec; y como el Profeta por excelencia que anunció Moisés que habría de venir. Esto dice Hebreos 1:9 por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo. Y en este caso, no fue ungido con aceite hecho por hombres, sino con el Espíritu de YHWH el Señor: El Espíritu de Yahwéh el Señor está sobre mí, porque me ungió Yahwéh; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel (Is. 61:1). Con todo, María de Betania tuvo el privilegio de ungir para la sepultura al Rey, al Sumo Sacerdote y al profeta, al Señor Jesucristo; por cuanto pudo ver por la fe lo que los demás no distinguían: que el Rey esta vez no daba animales para el sacrificio, sino que Él se daba a sí mismo; que el Sumo Sacerdote no entraría esta vez al Lugar Santísimo con sangre ajena de cordero sino con su propia sangre; y no al tabernáculo hecho por hombres, sino que Él mismo era el holocausto, el agua y el fuego. María no ungió a Jesús por hospitalidad, ¡no! ¡María ungió al Señor Jesús a fin de prepararlo para la sepultura. Esa es una de las muestras más grandes de fe de todos los tiempos. Es similar al patriarca Abraham atando a su hijo Isaac para ofrecerlo a Dios con la esperanza de verlo resucitado (Heb. 11:17-19). La fe más grande no es la que sana los enfermos ni mueve los montes; la fe más grande es la que puede ver el plan de Dios y participar de él a pesar de las nubes en el horizonte.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:8

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26.8 El escándalo de la unción. Mucho se dice del porque los discípulos se indignan ante lo que María de Betania hizo: Que no era bien visto que una mujer ungiera a un hombre; es razonable. Que Judas sintiera arder la codicia en su interior ante la “ganancia” que se le estaba yendo; es cierto. Que mil cosas más, es probable. Pero para mí que los discípulos sintieran celos de esa mujer que se les adelantó en fe y en amor ¿y no nos pasa igual a todos hoy cuando vemos que una mujer u otro hermano se nos adelanta en virtud? Debido a eso los discípulos trataron de encubrir sus celos de varias formas. Veamos: Los discípulos se enojaron porque otra persona ofrecía a Dios todo lo que tenía. Los celos producen ira, como Caín que mató a su hermano Abel; así hermanos contra hermanos por cuanto estos últimos sobresalen en piedad o en resultados. Pongámoslo de esta manera: si tu enemigo, no tu hermano, se diera al Señor de todo su corazón, ¿te enojarías por ello? ¿No debieras más bien gozarte? Pues, ¡cuánto más si no se trata de un enemigo! ¡Gózate si tu hermano se entrega de todo su corazón al Señor! ¡Gózate si lo ves progresar en el camino de la fe! ¡Gózate por Cristo! No sea que el Señor nos diga como a Pedro cuando éste tuvo celos de Juan: ¿que a ti de él? ¡sígueme tu! (Juan 21:20-22). En segundo lugar, lo consideraron un desperdicio. ¡Llamaron desperdicio la ofrenda de Cristo! Hay quienes piensan que ofrendar es un desperdicio y como su dios es limosnero le dan lo que les sobra; y cuando ven a alguno que es generoso lo critican como despilfarrador, fanático o murmuran de él como de uno que da dinero sin ser verdadero. Nada de lo que se da para Dios o para su obra puede ser considerado un desperdicio; por el contrario, María de Betania estaba haciendo la inversión más redituable de la historia; no porque recibiera cien vasos de alabastro más (que bien podría recibirlos); sino porque Dios no es ladrón de nadie ni se queda con favores de nadie, pues siempre da mucho más de lo que recibe para que sea Él y no nosotros, la fuente de la bondad y de la generosidad. Si quieres invertir bien lo que el Señor te ha dado, entonces inviértelo en la obra del Señor.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:9

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26.9 Mira la nota anterior. Los discípulos también consideraron la ofrenda de María una oportunidad para ellos. Cuando Juan relata este mismo episodio añade que fue Judas el de la idea de darlo a los pobres, pero dijo esto, no porque cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella (Juan 12:4-6). Judas, el tesorero de los doce vio la oportunidad de hacer dinero, una oportunidad que se le iba y esto le indignó, por ello incitó a sus condiscípulos. La fe en malos corazones es una oportunidad para hacer dinero, ilegítima, pero una oportunidad. Dicen en el mundo que si un hombre le roba al rico es ladrón ¡pero que si le roba al pobre, entonces no tiene nombre! ¡Pues qué diremos cuando se le roba al mismo Dios! Porque el dinero o los bienes ofrendados no son del hombre, sino de Dios y aquél que los toma ilícitamente roba a Dios. ¡Roba a Aquel que le sustenta la vida! No existe calificativo para esto. ¿Robará el hombre a Dios? pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Yahwéh de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde (Mal. 3:8-10).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:10

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26.10 ¿Cuáles son las obras de Dios? Frecuentemente se piensa que las obras de beneficencia; sin embargo la obra de Dios va más allá de la beneficencia. Hacer el bien al prójimo es la obra de los hombres y todo ser humano debe hacer esto por cuanto su prójimo también es creación de Dios. Esto es misericordia que debe ser aplicada tanto por el que cree como por el que no cree simplemente por la mutua sobrevivencia. Pero esto solo en casos excepcionales es la obra de Dios; es decir, aunque debe hacerse, no es el propósito ni el más alto deseo de Dios. Entiéndase bien, no estoy en contra de hacer misericordia, esto debe hacerse; pero esto es poco para lo que Dios desea. Hacer el bien al prójimo es como un niño aprende a pararse, esto es bueno y debe seguirlo haciendo; pero fue hecho para mucho más que estar de pie. Un día los judíos le preguntaron al Señor Jesucristo: “¿qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?” ¿Y qué crees que respondió el Señor? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios: que creáis en el que Él ha enviado (Juan 6:28-29). Las obras de Dios es la fe de Cristo. El Señor dijo a sus discípulos que María de Betania había hecho con Él una buena obra por cuanto ella había creído en el Señor Jesucristo como el Cordero de Dios que moriría por todos, por lo que lo ungió para su sepultura. Esto significa que hacer obras de Dios o buenas obras en su mas alto propósito es entender cuál es el plan de Dios y participar de Él. Entender cómo y qué está haciendo es esta época o dispensación y tomar parte activa como un colaborador de Dios para el desarrollo de su plan y el establecimiento de su reino. En este momento lo que Dios está haciendo es edificar su iglesia. Si participamos en la edificación del Cuerpo de Cristo, entonces haremos las obras de Dios.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:11

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26.11 Dios desea que demos prioridad a su plan por encima de los nuestros. La obra del hombre es ayudar al hombre, obra buena, loable y que todos debemos realizar; pero la obra de Dios es edificarse una casa: la iglesia; y tener una esposa: la iglesia; así como perfeccionar al nuevo Hombre: la iglesia. La obra de Dios tiene preeminencia, prioridad. Debemos tener albergues, orfanatos, hospitales, escuelas y demás obras de misericordia, pero si la fuerza de la iglesia se va sólo sin el crecimiento de la iglesia espiritual y numéricamente, entonces no estamos haciendo del todo la voluntad del Señor. Su obra es la edificación de la iglesia para presentársela a sí mismo, de esto trata no sólo el Nuevo Testamento, sino la Biblia entera, el sueño de Dios es su amada iglesia; y es tiempo de que nuestra prioridad sea ser el sueño de Dios. No dejes de hacer el bien a todos, especialmente a los hermanos, pero que esto no tenga por costo el dejar de hacer la obra de Dios.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:12

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26.12 María estaba plenamente enfocada en la voluntad de Dios para su vida; la cual consistía en la voluntad de Dios para su época: la muerte del Cordero de Dios. Esto fue posible porque estuvo atenta a los mensajes del Señor cada vez que lo tuvo en su casa en Betania. ¿Acaso no escogió la mejor parte postrada a sus pies? Otros pueden argüir buenas obras como la misericordia a los pobres y demás; pero solo María estaba bien enfocada en el deseo divino. No te envuelvas en lo que el mundo necesita, atiéndelo; pero tu prioridad es saber lo que Dios desea. Esto se consigue mediante la vida secreta en Él a través de contemplarle en las Escrituras, la oración y la adoración. La mejor parte nunca será quitada, Dios cumplió esto a María (Luc. 10:42). El Cuerpo de Cristo fue ungido para dar buenas nuevas y hacer milagros al inicio del ministerio; pero también con aceite para ser crucificado al final del ministerio. Necesitamos como iglesia, su Cuerpo, el ser ungidos tanto para servir como para morir. Es fácil escoger la unción para recibir poder; pero no es fácil aceptar la unción para recibir muerte. Sin embargo, ambas unciones son necesarias. La primera viene por el Espíritu Santo directamente; mientras que la segunda es recibida a través de los demás creyentes y quizá por ello nos resistimos. No deseamos morir y no aceptamos que los demás nos hagan morir; pero es necesario. En lugar de pelear y resistirnos, debemos morirnos. Solo los doblemente ungidos pueden hacer ambas cosas. Con la primera unción hacemos maravillas en este mundo, pero con la segunda consolidamos eternamente las obras de Dios. Tienes que estar preparado para este mundo como para el cementerio.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:13

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26.13 María de Betania siempre sacaba recompensa de Jesús (compara Luc. 10:42 con Mat. 26:13). Su prioridad por Cristo le hacía acreedora del galardón de Cristo. Toda la Biblia habla de personajes. Unos desaparecen tal y como aparecieron; pero otros dejan su marca indeleble en la historia sagrada. La razón por la que unos desaparecen, mientas otros continúan, se debe a que aquellos que son puestos de lado se dedican a muchas cosas buenas pero no a la obra que Dios estaba llevando a cabo en ese momento; mientras que los que permanecen son aquellos que descubrieron cuál era el deseo de Dios y lo llevaron a cabo. Voy a dar dos ejemplos: el primero es David y el segundo es el mismo Señor Jesús. En el caso de David, mucho se ha dicho con respecto a él y el por qué era “conforme al corazón de Dios”, se le ha llegado casi a idolatrar; pero la verdad es que David era conforme al corazón de Dios porque él entendía lo que el corazón de Dios deseaba. No que tuviera el corazón como el corazón de Dios, sino que era un hombre que correspondía a lo que el corazón de Dios deseaba de un hombre, es decir, hacía todo lo que Dios quería. Fue David el que dijo que habría de hacerle una casa a Dios, tal y como Dios deseaba desde el Génesis en el Edén y como vemos que llegará a tener en el Apocalipsis con la Nueva Jerusalén. Debido a esto David permaneció para siempre. No fue por matar al gigante ni por ninguna otra cosa; sino por desear hacer lo que Dios deseaba tener: una casa. Fue precisamente por esto que Dios le dijo ¿tú me has de edificar casa en que yo more? ¡yo te edificaré casa a ti! de tu descendencia vendrá el Mesías (2 Sam. 7:1-16). Así también, el Señor Jesús vino a este mundo para hacer las obras del Padre (Juan 10:25,38); es decir, Él vino para edificar la iglesia: ¿acaso no dijo: edificaré mi iglesia? ¡La casa de Dios! Abraham vivió en tiendas porque esperaba la ciudad de Dios (Heb. 11:9-10). Jacob llamó Bet-el (casa de Dios) al lugar donde soñó la escalera al cielo (Gen. 28:10-22), tenía el sueño de Dios. Moisés edificó el tabernáculo (Ex. 25-40). David deseó hacerle casa a Dios. Y lo mismo podríamos decir de todos los que permanecieron en la Biblia estables para siempre, como Abel, Set, Enoc, Noé, etc. etc., hasta llegar a Pablo con la revelación del plan eterno de Dios que es la iglesia en sus epístolas y Juan con la revelación de la Nueva Jerusalén que es la iglesia en el Apocalipsis. Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad (Heb. 11:13-16). La promesa que Dios le da a María de Betania, por cuanto ella pudo mirar por la fe la cruz de Cristo como el plan de Dios en el momento y lo ungió para la sepultura, es la recompensa o testimonio de que ella permanecerá para siempre. De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella. En el Nuevo Testamento descubrimos cuál es el plan de Dios; si tomamos parte en él permaneceremos para siempre.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:14

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26.14-16 Dios gobierna los cielos y la tierra y nadie puede impedir que haga su voluntad. Él usa a todos, aún al mismo diablo, ya sea como vaso de honra o como vaso de deshonra. En sus manos y dependiendo de nuestra actitud, seremos por ejemplo o por proverbio. Esto no justifica a Judas, por el contrario, lo condena. Se ha acusado a Judas de ser un farsante que nunca se convirtió verdaderamente al Señor. Pero el Espíritu Santo nos dice que era uno de los doce. El estuvo con Jesús más de tres años años. Tan cerca físicamente, pero llegó a estar tan lejos en su corazón. En Hechos 1:16-17 se dice de él que “era contado con nosotros”, lo que habla de salvación; y, “tenía parte en este ministerio” lo que habla de oficio y privilegio. Fue escogido como el tesorero de los doce, pero lejos de estar agradecido, llegó a ser ladrón. Recibió autoridad de parte de Jesús para predicar el reino de los cielos, sanar enfermos, limpiar leprosos, echar fuera demonios, etc. Tuvo parte en el ministerio de Dios. Era apóstol. También el recibió la promesa de parte del Señor Jesús de que en la regeneración se sentaría sobre un trono para juzgar a una de las tribus de Israel (Mat. 19:28). Fue llamado el hijo de perdición porque finalmente se perdió, pero esto jamás indica que él no hubiera sido alguna vez parte de los doce. El nombre Judas es un derivado de Judá que significa “alabanza”. A pesar de ser un nombre común no es casualidad, sino una señal, para entender el corazón de aquel a quien el Señor llamó diablo (aunque también a Pedro llamó Satanás alguna vez, con la diferencia de que Pedro aprendía y se corregía). En Génesis 37:24-28 encontramos a otro Judá, el patriarca, otro que fue parte también de doce, de los doce hijos de Jacob que llegarían a ser las doce tribus de Israel. Este otro Judá también vendió a un hijo del hombre, a su hermano José, que como Jesús, nació para ser más grande que el resto de sus hermanos y a quien fundamentalmente se inclinarían cuando se sentaba en su trono como el más grande de Egipto al lado de faraón; así como Jesús se sentó a la diestra del Padre y todos los enemigos han de postrarse ante Él. Judá vendió a José para que éste llegara a ser esclavo por 20 piezas de plata. Judas vendió a Jesús como esclavo por precio de esclavo: 30 piezas de plata. El tipo o símbolo se cumple cuando los madianitas vendieron a José a Potifar. Oficial de faraón, como esclavo, ahora si debió ser vendido por 30 piezas de plata. Judá vendió a José y lo hizo pasar por muerto ante su padre Jacob. Judas vendió a Jesús para ser ofrecido a muerte al Padre Celestial. Judá vio la oportunidad de ganar dinero al vender a aquel que de todos modos trataban de matar (lee Gen. 37:26-27). Judas vio la oportunidad de sacar dinero cuando Jesús anunció su muerte en casa de Simón el leproso cuando María de Betania lo ungió. Por todo esto el capítulo 38 del Génesis nos dice que Judá se apartó en aquel tiempo de sus hermanos; así como Judas se apartó finalmente de los doce para su propia perdición. Era llamado el Iscariote, que significa “de Queriot”, era el único de los doce que no era de Galilea. La ciudad de Queriot era la principal ciudad de los moabitas. El profeta Jeremías anunció juicio contra Moab diciendo: sobre Queriot…cortado es el poder de Moab, y su brazo quebrantado, la razón es, por haber tomado a Israel por motivo de escarnio, como si lo tomaran entre ladrones, igual que fue tomado el Señor Jesús después de la traición de Judas, con escarnio como un ladrón fue arrestado con palos y antorchas en la noche y crucificado entre dos ladrones. Sigue diciéndole Jeremías a Queriot: por cuanto de él hablaste, tú te has burlado. Judas era como un moabita que vendía y escarnecía a Israel, en este caso a Jesús, el primogénito de Dios; de allí que le fuera por burla y afrenta a él mismo. Desafortunadamente hay moabitas que se meten a la iglesia para escarnecerla, hablar contra ella murmurando contra sus hermanos como si quisiera destruirla. Jeremías dice del carácter de Queriot, que bien prefigura el de Judas: es muy soberbio, arrogante, orgulloso, altivo y altanero de corazón (Jer. 48:24-29). Los moabitas descienden de la unión incestuosa de Lot con su hija mayor (Gen. 19:37). Así también Judas, que aunque de sangre era judío, de corazón llegó a ser una mezcla entre la fe y el mundo. Toda componenda es ante Dios como antinatural. También hoy tenemos entre los doce hombres de Queriot. Judíos de nombre, pero de corazón moabita. Cristianos se hacen llamar, y en parte lo son; pero no han olvidado sus raíces del mundo. Así como los moabitas fueron una espina en el costado de Israel; fue también Judas una espina en el costado de Jesús; y así también son espina en el costado de la iglesia los cristianos de doble vida. Respecto a la acción del traidor; fue a los principales sacerdotes, no a cualquier sacerdote, sino a los principales de entre ellos. Judas se sentía demasiado importante, y por lo que iba a hacer, también lo suficientemente relevante para codearse entre los grandes. Estamos en la época de los artistas y de los “gigantes varones de renombre”. Los hijos de Dios han visto nuevamente hermosa a la hija de los hombres (Gen. 6). Judas hizo una pésima venta: por treinta piezas de plata. Según la ley de Moisés en tiempo de Moisés, si un buey acorneare a un esclavo o a una esclava, su dueño debía pagar como remuneración por la pérdida 30 siclos de plata (Ex. 21:32). Judas podía ser muy codicioso, pero ha sido el peor comerciante de la historia: ¡vendió al Rey de reyes por el precio de un esclavo! Pero, ¿no hay también hoy quienes ven a Cristo como un esclavo a su servicio y no como el Señor y Rey de sus vidas? También el profeta Zacarías pudo ver anticipadamente esta compra - venta: Y les dije: si os parece bien, dadme mi salario; y si no dejadlo. Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata. Y me dijo Yahwéh: Échalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado! Y tomé las treinta piezas de plata y las eché en la casa de Yahwéh al tesoro (Zac. 11:12-13). Su salario fueron 30 piezas de plata, algo así como 120 denarios o doce sueldos diarios de jornalero. También allí el Señor ve con ironía el precio que dieron por Él: ¡“hermoso” precio con que me han apreciado!” Y también allí las treinta monedas son echadas en la casa del Señor, como cuando Judas las arrojó arrepentido. En seguida de esto, Zacarías dice que quebró su segundo cayado (tenía dos: a uno llamó Gracia y a el otro ataduras. Zac. 11:7), el que se llamaba ataduras para romper la hermandad entre Judá e Israel y entonces las ovejas fueron entregadas a falsos pastores (Zac. 11:14-17). También, en la pésima venta de Judas, fue rota la hermandad entre Judas y el pueblo de Dios; así como Jesús llevando nuestro pecado fue separado de Dios; además de que, con la muerte del Pastor las ovejas fueron dispersadas y dadas a malos pastores. De modo que no es insignificante cuando ponemos precio a nuestra entrega a Cristo, pues al hacer esto rompemos el pacto hecho con el Pastor, produciendo que las ovejas sean por rapiña. Dicen en el mundo que todo hombre tiene su precio, conviene que tengamos temor y nos preguntemos: ¿mi fe y amor por Cristo tiene precio? ¿Pudiera ser comprado? ¿Hay algo que me hiciera traicionarlo? Judas buscaba una maligna oportunidad para entregar al Maestro (vr. 16). Es el corazón semejante a quienes se hallan entre los creyentes buscando oportunidades para sacar provecho personal sin intención del reino de Dios. Son los vendedores de cielo sacando provecho del ministerio; mercaderes llamados ministros mientras besan a sus hermanos. ¿Cuáles fueron las razones del traidor? Principalmente la codicia, pero no la codicia mezquina del dinero, sino del poder. Respecto del dinero, después de que el Señor confirma su muerte en casa de Simón el leproso, María de Betania, hermana de Marta y de Lázaro ungieron a Jesús con perfume para su sepultura; fue allí cuando Judas se molestó porque no se vendió el perfume en 300 denarios de los cuales como tesorero de los doce podía haber sustraído, pensó: “si de todas maneras va a parecer que muere (pues pensaba que realmente no lo haría, ya que se sorprendió al ver que era verdad) entonces voy a sacar algún provecho económico de esto”; así que fue con los principales sacerdotes para aprovechar la oportunidad de sacar alguna ganancia. Si no pudo tomar dinero del perfume de María, si lo haría de la muerte del Señor. Es una ironía que el apóstol Judas pudiera mirar lo que el Señor se disponía a hacer y no entender la trascendencia del acto por estar pensando en el dinero. Raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe y fueron traspasados de muchos dolores (1 Ts. 6:10). Pero especialmente, la codicia de Judas fue por el poder, esa era su mayor ambición. Tenía la esperanza de sentarse en uno de los doce tronos prometidos por el Señor, quizá el de la tribu de Judá, como los reyes. Pero como el hijo pródigo no podía esperar a recibir la herencia, así que intentó apresurar las cosas entregando a Jesús por si quizá así Él fuera obligado a manifestarse como Mesías en su reino, trayendo en consecuencia lógica que sus apóstoles reinaran con Él. Este acto de imbecilidad apuró a los judíos que odiaban al Señor y que habían planeado matarlo después de la fiesta (26:4-5), aunque estuvo perfectamente sincronizado con lo que Dios había planeado que su Hijo muriese por el pecado del mundo como el Cordero de Dios durante la Pascua. Cuando Dios se propone algo, hasta el diablo contribuye (sin quererlo) a que se lleve a cabo. ¡Cuan grande es el Señor! Judas lo tuvo todo, fue un apóstol comisionado y respaldado por el poder de Dios. Desafortunadamente los bienes de este mundo fueron suficientes para satisfacer su codicia; no así los creyentes sinceros y consagrados para quien el mundo entero no basta para desviar sus ojos del Rey Jesucristo. Judas es un proverbio y una advertencia para cada creyente.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:15

Comentario general

26.14-16 Dios gobierna los cielos y la tierra y nadie puede impedir que haga su voluntad. Él usa a todos, aún al mismo diablo, ya sea como vaso de honra o como vaso de deshonra. En sus manos y dependiendo de nuestra actitud, seremos por ejemplo o por proverbio. Esto no justifica a Judas, por el contrario, lo condena. Se ha acusado a Judas de ser un farsante que nunca se convirtió verdaderamente al Señor. Pero el Espíritu Santo nos dice que era uno de los doce. El estuvo con Jesús más de tres años años. Tan cerca físicamente, pero llegó a estar tan lejos en su corazón. En Hechos 1:16-17 se dice de él que “era contado con nosotros”, lo que habla de salvación; y, “tenía parte en este ministerio” lo que habla de oficio y privilegio. Fue escogido como el tesorero de los doce, pero lejos de estar agradecido, llegó a ser ladrón. Recibió autoridad de parte de Jesús para predicar el reino de los cielos, sanar enfermos, limpiar leprosos, echar fuera demonios, etc. Tuvo parte en el ministerio de Dios. Era apóstol. También el recibió la promesa de parte del Señor Jesús de que en la regeneración se sentaría sobre un trono para juzgar a una de las tribus de Israel (Mat. 19:28). Fue llamado el hijo de perdición porque finalmente se perdió, pero esto jamás indica que él no hubiera sido alguna vez parte de los doce. El nombre Judas es un derivado de Judá que significa “alabanza”. A pesar de ser un nombre común no es casualidad, sino una señal, para entender el corazón de aquel a quien el Señor llamó diablo (aunque también a Pedro llamó Satanás alguna vez, con la diferencia de que Pedro aprendía y se corregía). En Génesis 37:24-28 encontramos a otro Judá, el patriarca, otro que fue parte también de doce, de los doce hijos de Jacob que llegarían a ser las doce tribus de Israel. Este otro Judá también vendió a un hijo del hombre, a su hermano José, que como Jesús, nació para ser más grande que el resto de sus hermanos y a quien fundamentalmente se inclinarían cuando se sentaba en su trono como el más grande de Egipto al lado de faraón; así como Jesús se sentó a la diestra del Padre y todos los enemigos han de postrarse ante Él. Judá vendió a José para que éste llegara a ser esclavo por 20 piezas de plata. Judas vendió a Jesús como esclavo por precio de esclavo: 30 piezas de plata. El tipo o símbolo se cumple cuando los madianitas vendieron a José a Potifar. Oficial de faraón, como esclavo, ahora si debió ser vendido por 30 piezas de plata. Judá vendió a José y lo hizo pasar por muerto ante su padre Jacob. Judas vendió a Jesús para ser ofrecido a muerte al Padre Celestial. Judá vio la oportunidad de ganar dinero al vender a aquel que de todos modos trataban de matar (lee Gen. 37:26-27). Judas vio la oportunidad de sacar dinero cuando Jesús anunció su muerte en casa de Simón el leproso cuando María de Betania lo ungió. Por todo esto el capítulo 38 del Génesis nos dice que Judá se apartó en aquel tiempo de sus hermanos; así como Judas se apartó finalmente de los doce para su propia perdición. Era llamado el Iscariote, que significa “de Queriot”, era el único de los doce que no era de Galilea. La ciudad de Queriot era la principal ciudad de los moabitas. El profeta Jeremías anunció juicio contra Moab diciendo: sobre Queriot…cortado es el poder de Moab, y su brazo quebrantado, la razón es, por haber tomado a Israel por motivo de escarnio, como si lo tomaran entre ladrones, igual que fue tomado el Señor Jesús después de la traición de Judas, con escarnio como un ladrón fue arrestado con palos y antorchas en la noche y crucificado entre dos ladrones. Sigue diciéndole Jeremías a Queriot: por cuanto de él hablaste, tú te has burlado. Judas era como un moabita que vendía y escarnecía a Israel, en este caso a Jesús, el primogénito de Dios; de allí que le fuera por burla y afrenta a él mismo. Desafortunadamente hay moabitas que se meten a la iglesia para escarnecerla, hablar contra ella murmurando contra sus hermanos como si quisiera destruirla. Jeremías dice del carácter de Queriot, que bien prefigura el de Judas: es muy soberbio, arrogante, orgulloso, altivo y altanero de corazón (Jer. 48:24-29). Los moabitas descienden de la unión incestuosa de Lot con su hija mayor (Gen. 19:37). Así también Judas, que aunque de sangre era judío, de corazón llegó a ser una mezcla entre la fe y el mundo. Toda componenda es ante Dios como antinatural. También hoy tenemos entre los doce hombres de Queriot. Judíos de nombre, pero de corazón moabita. Cristianos se hacen llamar, y en parte lo son; pero no han olvidado sus raíces del mundo. Así como los moabitas fueron una espina en el costado de Israel; fue también Judas una espina en el costado de Jesús; y así también son espina en el costado de la iglesia los cristianos de doble vida. Respecto a la acción del traidor; fue a los principales sacerdotes, no a cualquier sacerdote, sino a los principales de entre ellos. Judas se sentía demasiado importante, y por lo que iba a hacer, también lo suficientemente relevante para codearse entre los grandes. Estamos en la época de los artistas y de los “gigantes varones de renombre”. Los hijos de Dios han visto nuevamente hermosa a la hija de los hombres (Gen. 6). Judas hizo una pésima venta: por treinta piezas de plata. Según la ley de Moisés en tiempo de Moisés, si un buey acorneare a un esclavo o a una esclava, su dueño debía pagar como remuneración por la pérdida 30 siclos de plata (Ex. 21:32). Judas podía ser muy codicioso, pero ha sido el peor comerciante de la historia: ¡vendió al Rey de reyes por el precio de un esclavo! Pero, ¿no hay también hoy quienes ven a Cristo como un esclavo a su servicio y no como el Señor y Rey de sus vidas? También el profeta Zacarías pudo ver anticipadamente esta compra - venta: Y les dije: si os parece bien, dadme mi salario; y si no dejadlo. Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata. Y me dijo Yahwéh: Échalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado! Y tomé las treinta piezas de plata y las eché en la casa de Yahwéh al tesoro (Zac. 11:12-13). Su salario fueron 30 piezas de plata, algo así como 120 denarios o doce sueldos diarios de jornalero. También allí el Señor ve con ironía el precio que dieron por Él: ¡“hermoso” precio con que me han apreciado!” Y también allí las treinta monedas son echadas en la casa del Señor, como cuando Judas las arrojó arrepentido. En seguida de esto, Zacarías dice que quebró su segundo cayado (tenía dos: a uno llamó Gracia y a el otro ataduras. Zac. 11:7), el que se llamaba ataduras para romper la hermandad entre Judá e Israel y entonces las ovejas fueron entregadas a falsos pastores (Zac. 11:14-17). También, en la pésima venta de Judas, fue rota la hermandad entre Judas y el pueblo de Dios; así como Jesús llevando nuestro pecado fue separado de Dios; además de que, con la muerte del Pastor las ovejas fueron dispersadas y dadas a malos pastores. De modo que no es insignificante cuando ponemos precio a nuestra entrega a Cristo, pues al hacer esto rompemos el pacto hecho con el Pastor, produciendo que las ovejas sean por rapiña. Dicen en el mundo que todo hombre tiene su precio, conviene que tengamos temor y nos preguntemos: ¿mi fe y amor por Cristo tiene precio? ¿Pudiera ser comprado? ¿Hay algo que me hiciera traicionarlo? Judas buscaba una maligna oportunidad para entregar al Maestro (vr. 16). Es el corazón semejante a quienes se hallan entre los creyentes buscando oportunidades para sacar provecho personal sin intención del reino de Dios. Son los vendedores de cielo sacando provecho del ministerio; mercaderes llamados ministros mientras besan a sus hermanos. ¿Cuáles fueron las razones del traidor? Principalmente la codicia, pero no la codicia mezquina del dinero, sino del poder. Respecto del dinero, después de que el Señor confirma su muerte en casa de Simón el leproso, María de Betania, hermana de Marta y de Lázaro ungieron a Jesús con perfume para su sepultura; fue allí cuando Judas se molestó porque no se vendió el perfume en 300 denarios de los cuales como tesorero de los doce podía haber sustraído, pensó: “si de todas maneras va a parecer que muere (pues pensaba que realmente no lo haría, ya que se sorprendió al ver que era verdad) entonces voy a sacar algún provecho económico de esto”; así que fue con los principales sacerdotes para aprovechar la oportunidad de sacar alguna ganancia. Si no pudo tomar dinero del perfume de María, si lo haría de la muerte del Señor. Es una ironía que el apóstol Judas pudiera mirar lo que el Señor se disponía a hacer y no entender la trascendencia del acto por estar pensando en el dinero. Raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe y fueron traspasados de muchos dolores (1 Ts. 6:10). Pero especialmente, la codicia de Judas fue por el poder, esa era su mayor ambición. Tenía la esperanza de sentarse en uno de los doce tronos prometidos por el Señor, quizá el de la tribu de Judá, como los reyes. Pero como el hijo pródigo no podía esperar a recibir la herencia, así que intentó apresurar las cosas entregando a Jesús por si quizá así Él fuera obligado a manifestarse como Mesías en su reino, trayendo en consecuencia lógica que sus apóstoles reinaran con Él. Este acto de imbecilidad apuró a los judíos que odiaban al Señor y que habían planeado matarlo después de la fiesta (26:4-5), aunque estuvo perfectamente sincronizado con lo que Dios había planeado que su Hijo muriese por el pecado del mundo como el Cordero de Dios durante la Pascua. Cuando Dios se propone algo, hasta el diablo contribuye (sin quererlo) a que se lleve a cabo. ¡Cuan grande es el Señor! Judas lo tuvo todo, fue un apóstol comisionado y respaldado por el poder de Dios. Desafortunadamente los bienes de este mundo fueron suficientes para satisfacer su codicia; no así los creyentes sinceros y consagrados para quien el mundo entero no basta para desviar sus ojos del Rey Jesucristo. Judas es un proverbio y una advertencia para cada creyente.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:16

Comentario general

26.14-16 Dios gobierna los cielos y la tierra y nadie puede impedir que haga su voluntad. Él usa a todos, aún al mismo diablo, ya sea como vaso de honra o como vaso de deshonra. En sus manos y dependiendo de nuestra actitud, seremos por ejemplo o por proverbio. Esto no justifica a Judas, por el contrario, lo condena. Se ha acusado a Judas de ser un farsante que nunca se convirtió verdaderamente al Señor. Pero el Espíritu Santo nos dice que era uno de los doce. El estuvo con Jesús más de tres años años. Tan cerca físicamente, pero llegó a estar tan lejos en su corazón. En Hechos 1:16-17 se dice de él que “era contado con nosotros”, lo que habla de salvación; y, “tenía parte en este ministerio” lo que habla de oficio y privilegio. Fue escogido como el tesorero de los doce, pero lejos de estar agradecido, llegó a ser ladrón. Recibió autoridad de parte de Jesús para predicar el reino de los cielos, sanar enfermos, limpiar leprosos, echar fuera demonios, etc. Tuvo parte en el ministerio de Dios. Era apóstol. También el recibió la promesa de parte del Señor Jesús de que en la regeneración se sentaría sobre un trono para juzgar a una de las tribus de Israel (Mat. 19:28). Fue llamado el hijo de perdición porque finalmente se perdió, pero esto jamás indica que él no hubiera sido alguna vez parte de los doce. El nombre Judas es un derivado de Judá que significa “alabanza”. A pesar de ser un nombre común no es casualidad, sino una señal, para entender el corazón de aquel a quien el Señor llamó diablo (aunque también a Pedro llamó Satanás alguna vez, con la diferencia de que Pedro aprendía y se corregía). En Génesis 37:24-28 encontramos a otro Judá, el patriarca, otro que fue parte también de doce, de los doce hijos de Jacob que llegarían a ser las doce tribus de Israel. Este otro Judá también vendió a un hijo del hombre, a su hermano José, que como Jesús, nació para ser más grande que el resto de sus hermanos y a quien fundamentalmente se inclinarían cuando se sentaba en su trono como el más grande de Egipto al lado de faraón; así como Jesús se sentó a la diestra del Padre y todos los enemigos han de postrarse ante Él. Judá vendió a José para que éste llegara a ser esclavo por 20 piezas de plata. Judas vendió a Jesús como esclavo por precio de esclavo: 30 piezas de plata. El tipo o símbolo se cumple cuando los madianitas vendieron a José a Potifar. Oficial de faraón, como esclavo, ahora si debió ser vendido por 30 piezas de plata. Judá vendió a José y lo hizo pasar por muerto ante su padre Jacob. Judas vendió a Jesús para ser ofrecido a muerte al Padre Celestial. Judá vio la oportunidad de ganar dinero al vender a aquel que de todos modos trataban de matar (lee Gen. 37:26-27). Judas vio la oportunidad de sacar dinero cuando Jesús anunció su muerte en casa de Simón el leproso cuando María de Betania lo ungió. Por todo esto el capítulo 38 del Génesis nos dice que Judá se apartó en aquel tiempo de sus hermanos; así como Judas se apartó finalmente de los doce para su propia perdición. Era llamado el Iscariote, que significa “de Queriot”, era el único de los doce que no era de Galilea. La ciudad de Queriot era la principal ciudad de los moabitas. El profeta Jeremías anunció juicio contra Moab diciendo: sobre Queriot…cortado es el poder de Moab, y su brazo quebrantado, la razón es, por haber tomado a Israel por motivo de escarnio, como si lo tomaran entre ladrones, igual que fue tomado el Señor Jesús después de la traición de Judas, con escarnio como un ladrón fue arrestado con palos y antorchas en la noche y crucificado entre dos ladrones. Sigue diciéndole Jeremías a Queriot: por cuanto de él hablaste, tú te has burlado. Judas era como un moabita que vendía y escarnecía a Israel, en este caso a Jesús, el primogénito de Dios; de allí que le fuera por burla y afrenta a él mismo. Desafortunadamente hay moabitas que se meten a la iglesia para escarnecerla, hablar contra ella murmurando contra sus hermanos como si quisiera destruirla. Jeremías dice del carácter de Queriot, que bien prefigura el de Judas: es muy soberbio, arrogante, orgulloso, altivo y altanero de corazón (Jer. 48:24-29). Los moabitas descienden de la unión incestuosa de Lot con su hija mayor (Gen. 19:37). Así también Judas, que aunque de sangre era judío, de corazón llegó a ser una mezcla entre la fe y el mundo. Toda componenda es ante Dios como antinatural. También hoy tenemos entre los doce hombres de Queriot. Judíos de nombre, pero de corazón moabita. Cristianos se hacen llamar, y en parte lo son; pero no han olvidado sus raíces del mundo. Así como los moabitas fueron una espina en el costado de Israel; fue también Judas una espina en el costado de Jesús; y así también son espina en el costado de la iglesia los cristianos de doble vida. Respecto a la acción del traidor; fue a los principales sacerdotes, no a cualquier sacerdote, sino a los principales de entre ellos. Judas se sentía demasiado importante, y por lo que iba a hacer, también lo suficientemente relevante para codearse entre los grandes. Estamos en la época de los artistas y de los “gigantes varones de renombre”. Los hijos de Dios han visto nuevamente hermosa a la hija de los hombres (Gen. 6). Judas hizo una pésima venta: por treinta piezas de plata. Según la ley de Moisés en tiempo de Moisés, si un buey acorneare a un esclavo o a una esclava, su dueño debía pagar como remuneración por la pérdida 30 siclos de plata (Ex. 21:32). Judas podía ser muy codicioso, pero ha sido el peor comerciante de la historia: ¡vendió al Rey de reyes por el precio de un esclavo! Pero, ¿no hay también hoy quienes ven a Cristo como un esclavo a su servicio y no como el Señor y Rey de sus vidas? También el profeta Zacarías pudo ver anticipadamente esta compra - venta: Y les dije: si os parece bien, dadme mi salario; y si no dejadlo. Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata. Y me dijo Yahwéh: Échalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado! Y tomé las treinta piezas de plata y las eché en la casa de Yahwéh al tesoro (Zac. 11:12-13). Su salario fueron 30 piezas de plata, algo así como 120 denarios o doce sueldos diarios de jornalero. También allí el Señor ve con ironía el precio que dieron por Él: ¡“hermoso” precio con que me han apreciado!” Y también allí las treinta monedas son echadas en la casa del Señor, como cuando Judas las arrojó arrepentido. En seguida de esto, Zacarías dice que quebró su segundo cayado (tenía dos: a uno llamó Gracia y a el otro ataduras. Zac. 11:7), el que se llamaba ataduras para romper la hermandad entre Judá e Israel y entonces las ovejas fueron entregadas a falsos pastores (Zac. 11:14-17). También, en la pésima venta de Judas, fue rota la hermandad entre Judas y el pueblo de Dios; así como Jesús llevando nuestro pecado fue separado de Dios; además de que, con la muerte del Pastor las ovejas fueron dispersadas y dadas a malos pastores. De modo que no es insignificante cuando ponemos precio a nuestra entrega a Cristo, pues al hacer esto rompemos el pacto hecho con el Pastor, produciendo que las ovejas sean por rapiña. Dicen en el mundo que todo hombre tiene su precio, conviene que tengamos temor y nos preguntemos: ¿mi fe y amor por Cristo tiene precio? ¿Pudiera ser comprado? ¿Hay algo que me hiciera traicionarlo? Judas buscaba una maligna oportunidad para entregar al Maestro (vr. 16). Es el corazón semejante a quienes se hallan entre los creyentes buscando oportunidades para sacar provecho personal sin intención del reino de Dios. Son los vendedores de cielo sacando provecho del ministerio; mercaderes llamados ministros mientras besan a sus hermanos. ¿Cuáles fueron las razones del traidor? Principalmente la codicia, pero no la codicia mezquina del dinero, sino del poder. Respecto del dinero, después de que el Señor confirma su muerte en casa de Simón el leproso, María de Betania, hermana de Marta y de Lázaro ungieron a Jesús con perfume para su sepultura; fue allí cuando Judas se molestó porque no se vendió el perfume en 300 denarios de los cuales como tesorero de los doce podía haber sustraído, pensó: “si de todas maneras va a parecer que muere (pues pensaba que realmente no lo haría, ya que se sorprendió al ver que era verdad) entonces voy a sacar algún provecho económico de esto”; así que fue con los principales sacerdotes para aprovechar la oportunidad de sacar alguna ganancia. Si no pudo tomar dinero del perfume de María, si lo haría de la muerte del Señor. Es una ironía que el apóstol Judas pudiera mirar lo que el Señor se disponía a hacer y no entender la trascendencia del acto por estar pensando en el dinero. Raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe y fueron traspasados de muchos dolores (1 Ts. 6:10). Pero especialmente, la codicia de Judas fue por el poder, esa era su mayor ambición. Tenía la esperanza de sentarse en uno de los doce tronos prometidos por el Señor, quizá el de la tribu de Judá, como los reyes. Pero como el hijo pródigo no podía esperar a recibir la herencia, así que intentó apresurar las cosas entregando a Jesús por si quizá así Él fuera obligado a manifestarse como Mesías en su reino, trayendo en consecuencia lógica que sus apóstoles reinaran con Él. Este acto de imbecilidad apuró a los judíos que odiaban al Señor y que habían planeado matarlo después de la fiesta (26:4-5), aunque estuvo perfectamente sincronizado con lo que Dios había planeado que su Hijo muriese por el pecado del mundo como el Cordero de Dios durante la Pascua. Cuando Dios se propone algo, hasta el diablo contribuye (sin quererlo) a que se lleve a cabo. ¡Cuan grande es el Señor! Judas lo tuvo todo, fue un apóstol comisionado y respaldado por el poder de Dios. Desafortunadamente los bienes de este mundo fueron suficientes para satisfacer su codicia; no así los creyentes sinceros y consagrados para quien el mundo entero no basta para desviar sus ojos del Rey Jesucristo. Judas es un proverbio y una advertencia para cada creyente.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:17

Comentario general

26.17 Tradicionalmente se ha supuesto que este día era jueves; sin embargo, es un error. El día correspondiente fue miércoles. Es el primer día de fiesta, Jerusalén casi huele a Cordero asado y hierbas; las calles están más transitadas de lo normal; todos los niños han sido echados a la calle a fin de que sus madres puedan preparar la cena pascual. Se respira un aire de fiesta que no es roto ni por la tensión de los preparativos. Cientos de miles de peregrinos que han acudido a la ciudad tres veces santa deambulan por las calles sin saludarse, el avispero de miles de sandalias dan contra las piedras apresuradas por llevar las especies, los elementos y la presencia. De las casas se levantan hileras de humo, mujeres virtuosas preparan pan; rabinos barbados recitando oraciones; y apenas un grupo de doce se acerca al Maestro para preguntarle en dónde desea el Señor cenar la pascua. Tenemos que acercarnos un poco a esos doce esperanzados seguidores del Maestro y mirarles por encima del hombro para tener una pequeña noción de lo que sucedió ese día en la casa donde entrara un cargador de cántaros. ¿Qué es la Pascua? Es un día de fiesta por cuanto conmemora el acontecimiento más grande de carácter nacional y espiritual para Israel. Es el recuerdo festivo de cuando un ex príncipe de Egipto y pastor de ovejas ajenas, un viejo de ochenta años convenció a más de dos millones de esclavos que Dios se le apareció en un arbusto en el desierto para comisionarle a guiarles hacia una tierra donde fluye leche y miel; pero aun más notable que esto, obligó a base de 10 plagas como azotes al imperio de la época a soltarles, siendo la última de éstas la muerte de todos los primogénitos en tierra de Egipto, tanto de hombres como de animales. Precio justo el que los egipcios pagaron por arrojar a los varones recién nacidos de Israel al río Nilo; no hubo hogar egipcio que no se enlutase por un muerto. La pascua es el recuerdo de cuando el Ángel de YHWH salió a media noche en medio de la soberbia del imperio haciendo morir a los primogénitos (Ex. 11:4-7), a todos menos a aquellos que se habían escondido detrás de las puertas manchadas con sangre de cordero. No respetó las casas artesonadas ni el palacio de Faraón; tampoco detuvo la espada en casa de gente de buena reputación; más “pasó por alto” (heb. Pesaj, Pascua) aquellos hogares en donde previamente habían sacrificado un cordero y en obediencia puesto su sangre derramada en el dintel de las casas en las que comieron (Ex. 12:7). Eso es Pascua (heb. Pesaj): “pasar por alto”. Dios no pasa por alto a los ricos, a los poderosos, ni a los sabios e inteligentes, ni a los buenos y caritativos, tampoco a los malos y pecadores, ni a los pobres e indigentes. Dios sólo pasa por alto para no dar muerte los hogares en donde la sangre de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, es aplicado por la fe. Las tradiciones judías dicen que fue en el mismo día en el que habría de instituirse la Pascua que, después del sacrificio cayó sobre Abraham “el temor de una gran oscuridad” (Gen. 15) cuando Dios le reveló el futuro de su raza, los 400 años de esclavitud en Egipto. Es precisamente después del sacrificio del Señor Jesucristo que somos conscientes de la clase de esclavitud que tenemos sin Él. También, dicen los judíos, que fue ese mismo día cuando Abraham agasajó a sus angelicales huéspedes que acompañan al mismo Dios para avisarle la destrucción de Sodoma. Es precisamente en el sacrificio de Cristo que comprendemos que la paga del pecado es muerte y que este mundo sin Dios perecerá en fuego. Dicen además los judíos que fue también ese día cuando Lot escapó de la destrucción de Sodoma. Nosotros los creyentes afirmamos que fue ese día en el Calvario cuando Jesús derramó su sangre que nosotros escapamos del mundo y de la condenación del infierno. En ese día en otro año, según las tradiciones de Israel, cayeron los muros de Jericó ante el sonar de las trompetas y la algarabía de cansados marchantes. Fue ese día, en el monde de la calavera, entre cansados profesantes que siguieran al que habría de ser crucificado que cayeron las murallas del pecado y las fortalezas del diablo fueron abatidas ante el grito de: “¡consumado es!” Cuentan los judíos que un día de pascua apareció la mano de Dios escribiendo en la pared del palacio babilónico contra el rey Beltsasar: “Mene, mene, tekel, uparsin” (pesado, pesado, falto y dividido). ¡Pesado haz sido en balanza y haz hallado falto! Ese día fue muerto ese rey y su reino dividido entre los medos y los persas. Así mismo fue en ese día cuando Cristo murió que rompió el reino de las tinieblas, liberó a los cautivos y entregó los despojos a la iglesia como botín de guerra. Fue en ese día que el velo del templo, aquel que Dios nunca amó por separarle de sus hijos, fue roto por en medio, de arriba a abajo y el camino fue abierto al Reino y Presencia de Dios. Allí tomamos el Reino. Afirman los judíos que en un día de Pascua ayunaron la reina Ester, su tío Mardoqueo y el pueblo judío para rogar la intervención divina y del rey Asuero ante el complot del maligno Amán que buscaba destruirles; siendo precisamente ese día ahorcado Amán en aquella misma alta horca que preparase en su casa para Mardoqueo. Esto fue aún más real en Cristo, pues cuando expiró en el madero Exhibió públicamente a las potestades y principados, quitando el acta de decretos que había en nuestra contra y, por medio de la muerte, destruir al que tenía el imperio de la muerte, el diablo. Es también una tradición en Israel, que en el festejo de Pascua, después de beber la tercera copa, llamada la de bendición, el más anciano y piadoso del hogar abra la puerta para “dar entrada al profeta Elías” por su ese día llegara como precursor del Mesías. Y pensar que en ese día, mientras algunos abrían la puerta de su casa buscando a Elías, el mismo Mesías pendía de una ignominiosa cruz en el Calvario. Ahora es necesario abrir la puerta, pero no de una casa de ladrillo, sino del corazón; y no para que entre algún mensajero como Elías, sino el mismo Rey Jesucristo como Señor y Salvador. Estas son algunas de las razones por las que el Señor deseaba comer la pascua con sus discípulos. ¡Deseaba su última cena! Pero no tanto por causa de la muerte, sino por las bendiciones que traería cumpliendo los tipos, sombras y figuras que los profetas habían hablado acerca de Él. La Pascua es un ritual judío. Se utilizaban siete ingredientes principales que habían de poner encima de tres grandes tortas de pan sin leudar en un orden ceremonial especifico. Los principales ingredientes de la cena consistían en la entrega del bocado mojado en el plato, el partimiento del pan, la acción de gracias, el reparto de la copa y el himno final. Hoy, en la Pascua cristiana, la Cena del Señor, los principales incidentes es el partimiento del pan, la repartición de las copas, la acción de gracias y la fe genuina en Cristo. Los comensales, reclinados (ya que no existían mesas como las actuales, sino que se recostaban sobre su lado derecho, mientras se acercaban los alimentos con la mano izquierda), decían argumentando el por qué ya no comían la Pascua de pie como la primera vez en Egipto: “…reclinados como los hombres libres, en memoria de su libertad… por cuanto son los esclavos los que comen de pie”. ¡Cuánto más nosotros los cristianos tenemos razón de exclamar: somos libres: No de un imperio terrenal, sino del pecado y de las tinieblas eternas! Gamaliel, aquel famoso rabino que fuese maestro de Saulo de Tarso y a quien apodaron “Rabban (nuestro maestro); la hermosura de la ley”, decía que debían explicarse por lo menos 3 cosas antes de celebrar la Pascua: Una, el Cordero de la Pascua, significa que Dios pasó por alto (pascua-pesaj) el lugar rociado con sangre en las casas de nuestros padres en Egipto. Dos, el pan sin levadura, significa que nuestros padres fueron liberados de Egipto con apresuramiento (no hubo tiempo de leudar la masa). Y tres, las hierbas amargas, significan que los egipcios amargaron las vidas de nuestros padres en Egipto. Así también, los creyentes sabemos que Cristo es el Cordero Pascual mediante el cual somos librados del juicio divino: ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. Que ahora somos pan sin levadura, es decir, libres del pecado y un sólo cuerpo en Cristo. Y que no olvidamos de dónde hemos sido rescatados, de la manera vana de vivir, no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la sangre de Jesucristo, como de un Cordero sin mancha y sin contaminación! ¡Aleluya! Los judíos tenían por costumbre ordenar que no se comiese nada durante el día para que al llegar la tarde y se celebrase la Pascua todos fueran anhelantes a la cena a fin de que no quedara nada. ¡Cuánto más los creyentes, que no comemos un cordero, sino al Cordero debemos venir anhelantes a disfrutarle por la fe! Luego, los judíos acostumbraban orar dando gracias a Dios por la Cena de Pascua. El principal de los presentes tomaba una copa en la mano y decía: “Demos gracias a Dios, ¡somos escogidos de entre los hombres, exaltados de entre los pueblos y santificados por la misma Palabra de Dios!” ¡Cada día en Cristo es un día de gozo solemne! ¡Un día para estar alegres! Somos libres y herederos de Dios. Bendito sea Dios que nos ha preservado con vida y sustento y traído a este tiempo. Debemos recordar que los judíos tenían 4 copas; cada una contenía ¼ de hin de vino mezclado con agua tibia (un hin = 6.2 litros). Después de la primera copa lavaban sus manos, allí fue donde el Señor lavó, no solo las manos, sino los pies de sus discípulos; y en la 3ª copa instituyó la cena. Esto simboliza ser lavado por la vida divina. Después, entre la 1ª y 2ª copa se explicaba el significado de la Pascua y se comía el Cordero. Es en este momento que uno de los hijos, el más joven, debía preguntar sobre el significado de la Pascua. ¡Ah! ¡qué hermoso es explicarle la verdad a los hijos! Cuenta a tus hijos cuando estén alrededor de la mesa quién eres y lo que Dios hizo por ti; cuenta a tus hijos la gloriosa historia de Cristo, quien te rescató de la esclavitud del pecado; cuenta a tus hijos el más grande mensaje: Cristo murió por nosotros y nos ha hecho hijos de Dios. El rabino Gamaliel decía: “de generación en generación cada uno debe considerarse a sí mismo como si el mismo hubiera salido de Egipto”. ¿Y no es verdad que fuimos sacados por medio de la sangre de Cristo del Egipto de miseria, de esclavitud, de pecado y de dolor? ¿No es verdad que el Faraón de este mundo nos oprimía? Mas Dios nos abrió, no el mar, sino el cuerpo de su Hijo, para llegar no a una tierra material, sino al cielo, su presencia espiritual. Después de esto se ponían platos nuevos y se cantaban los salmos 113 y 114 Ejemplo: ¡Alabad, siervos de YHWH! ¡Alabad el nombre de YHWH! ¡Sea el nombre de Yahwéh bendito desde ahora y para siempre…! Él levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar, para hacerlos sentar con los príncipes, con los príncipes de su pueblo…!” (vrs. 1-2,7-8). Cuando salió Israel de Egipto, la casa de Jacob del pueblo extranjero, Judá vino a ser su santuario, e Israel su señorío. El mar o vio y huyó; El Jordán se volvió atrás. Los montes saltaron como carneros, los collados como corderitos. ¿Qué tuviste, oh mar, que huiste? ¡Y tu, oh Jordán, que te volviste atrás? Oh montes, ¡porqué saltasteis como carneros, y vosotros, collados, como corderitos? A la presencia de Yahwéh tiembla la tierra. A la presencia del Dios de Jacob, El cual cambió la peña en estanque de aguas, y en fuente de aguas la roca (Sal. 114). Se bebía la segunda copa y enseguida se partía el pan. ¡Te imaginas que debió haber sido para el Señor Jesús partir el pan! Luego, se daba este pan a los presentes en trozos con hierbas amargas. Aquí fue, al comer las hierbas amargas, que el Señor se conturbó en espíritu; no por recordar la salida de Egipto, sino por cuanto uno de los suyos, a quien siempre llamaría amigo, lo habría de traicionar. Su corazón parecía no soportar, así que, inflamado de dolor anunció a sus discípulos que uno de ellos lo traicionaría. Mientras Pedro hacía señas a Juan para que le preguntara quién sería, me imagino a Judas apretando las 30 monedas que los sacerdotes le dieran por la venta del Maestro. El Señor tomó un trozo de pan, lo mojó en la salsa charoseth y lo dio a Judas. La costumbre era dar este trozo al más amado entre los presentes, Jesús le estaba diciendo a Judas: “a pesar de todo te amo”. ¡Bendita gracia! A pesar de tantas rebeldías, a pesar de tantos pecados, a pesar de que este mal siervo robaba de la bolsa, pues era el tesorero; a pesar de que este ingrato comió panes y peces que el Maestro multiplicase; a pesar de que le hubiesen escogido entre miles y él, lleno de soberbia maquinaba traicionarle; a pesar de haberse puesto de acuerdo con los sacerdotes tan sólo unos días antes respecto de cuánto costaba la cabeza de Jesús. ¡A pesar de todo el Maestro lo amaba! Más Judas no quiso su amor, así que cerrando su corazón al Señor lo abrió a satanás: rápidamente se levantó, como ofendido, y salió de la reunión. Había marcado su rumbo como cada hombres está marcando el suyo. Acto seguido, se bebía la 3ª copa; aquí fue donde el Señor instituyó su Cena, la que celebramos en memoria de Él. Judas ya no estaba presente. Había escogido la traición, el dinero y la maldad, no era digno de participar de la Cena del Señor, por cuanto el cuerpo y la sangre de Cristo son alimento para la iglesia solamente. Luego se cantaba la segunda parte del Hallel, que consiste en los salmos 115, 116, 117 y 118. Fue aquí que el Maestro instituyó su Cena diciendo: haced esto en memoria de mí. Esto es muy interesante; ¿nunca te has preguntado: por qué eligió el Señor una cena para que se le recordase? He aquí algunas razones: El Señor eligió una Cena porque al hombre le gusta comer; así que es un recuerdo placentero para que nadie tenga tristeza en su presencia. ¡Allí hay plenitud de gozo! La idea es que el hombre disfrute a Cristo. Es un recuerdo que nutre. Así como el cuerpo físico requiere ser alimentado con el pan material; así también el alma hambrienta es satisfecha con el alimento espiritual del Señor. El Señor eligió una Cena porque el hombre necesita comer con frecuencia; así que es un recuerdo necesario. Sin el alimento material el cuerpo se muere; pues aún más real es que sin alimento espiritual (sin Cristo) el hombre muere espiritualmente. No sólo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. Es un recuerdo frecuente. Comemos por lo menos tres veces al día. El ser humano está atado a su necesidad y no puede evitar comer con frecuencia, el hambre no puede ignorarse. Así también, el alma necesita a Cristo; esta es una necesidad que no puede ignorarse, nada puede sustituirle, nada puede satisfacerle, ha de comer a Cristo para ser saciado. Es un recuerdo permanente. A base de repeticiones para que no se olvide; así también la celebración se fija en el corazón el recuerdo y disfrute glorioso de Cristo. El Señor eligió una Cena porque esa es precisamente el la cultura oriental la comida fraternal. Para los judíos, la cena era la principal comida del día; en la mañana comían algo ligero, al medio día igualmente …pero al atardecer podían comer ampliamente, extendiéndose entre pláticas de amigos sin ninguna prisa por terminar, ya que habían terminado la faena del día; así que el Señor Jesús eligió la cena en recuerdo de la amistad que une a su iglesia. Es el recuerdo de familia. La cena era la comida que reunía a toda la familia en pos de los alimentos; como diciéndonos el Señor que es importante reunirnos es pos de Él para disfrutarle como lo que somos: la familia de Dios bajo el regazo del Padre. Es un recuerdo de amor. La cena era la comida en la que se podía invitar a los seres queridos a compartir los alimentos como una manera íntima de mostrar afecto. Por eso el Señor instituye su Cena, para mostrarnos íntimamente su amor a la vez que todos los creyentes participantes nos expresamos unos a otros el amor de Dios en unidad y fraternidad. Volviendo al texto que nos ocupa, leemos que los discípulos dijeron al Señor Jesús: ¿Dónde quieres que preparemos para que comas la Pascua? (vr. 17). Así que el asunto no es lo que yo pienso que le agradaría ni que puedo ofrecerle según mi parecer, sino qué es lo que en verdad desea el Maestro. Él ya ha escogido al hombre, al tiempo y al lugar para la celebración de la pascua.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:18

Comentario general

26.18 Un hombre escogido. El escritor bíblico refiere a un hombre en particular, algo así como “ir a fulano de tal”. Podría el Señor haberse puesto de acuerdo con anticipación con dicho hombre usando como clave la expresión “mi tiempo está cerca”; aunque en su fama y autoridad no lo necesitaba. Bastaba un “sígueme” y los hombres dejaban todo por Él. Cuando el Señor visitó Sodoma y Gomorra también “Fue a la ciudad ha cierto hombre”; y cuando visitó Israel también “buscó un hombre que hiciere vallado y que se pusiere en la brecha y no lo halló”; también, lloró sobre Jerusalén diciendo: “no conociste el día de tu visitación”. Hoy está visitando tu ciudad buscándote. En un tiempo escogido: mi tiempo está cerca. Dios no hace nada improvisado, su agenda y calendario está planeada rigurosamente y se lleva a cabo con exactitud. Tan importante como el día de su nacimiento, el Señor sabía su hora de morir. Las circunstancias no lo llevaron a la cruz, Él movió las piezas de este mundo como quien juega al ajedrez. Definió el quién, el cómo y el dónde habría de morir. El universo entero, aún los adversarios, ejecutaron la sinfonía que el Maestro dirigió. Y si Dios ha sido tan exacto y cuidadoso, ¿cómo no vamos a confiarnos a Él? Si alguno desea creer que el capricho de la casualidad, allá él, pero yo prefiero confiarme a la omnisciencia y todo poder del Rey y Señor Jesucristo. Ahora ha llegado tu tiempo y es hora de rendirte a Él. Un lugar escogido: en tu casa celebraré la Pascua con mis discípulos. Jesús nunca fue tímido; el rostro pusilánime y afeminado con el que los pintores y artistas trataron de representarlo en la historia no tiene relación alguna con el decidido carpintero de Nazaret que ordenaba como Rey, porque es Rey. Hoy vuelve a decir el Señor que desea celebrar la Pascua en tu casa. Es necesario que tu y tu familia disfruten a Cristo en el hogar. Aquel ciudadano de Jerusalén supo oír y obedecer la orden del Señor Jesús, ¿qué le responderás tú? ¿Estás dispuesto a abrirle las puertas de tu casa y comer al Cordero de Pascua, al único que quita el pecado del mundo; o prefieres la banalidad de una vida sin Dios? “En tu casa celebraré la Pascua” –dice el Señor. Y si estás dispuesto a abrirle tu hogar a Cristo, recuerda que hacerlo significa que lo harás también a sus discípulos (vuelve a leer el versículo completo). La iglesia lo acompaña. Quien ame a Dios, ame también a su hermano. Quién le abre a Él también le abre a los creyentes. Quien tiene en verdad comunión con Cristo la tiene también con su iglesia. Quien sinceramente tiene abierto su hogar para el Señor, lo tiene también para sus discípulos, tanto para el fiel Pedro y el incrédulo Tomás como para el infiel Judas. El Señor jamás entrará en una casa en la que sus discípulos tengan que quedarse fuera.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:19

Comentario general

26.19-20 Este es el secreto de la Presencia de Jesús: hacer todo lo que Él manda. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos (Juan 14:15). Si alguno me ama, mi Palabra guardará. Y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él (Juan 14:23). Obediencia. Es discípulo aquel que sigue al Maestro. Y sólo es siervo aquel que hace lo que su Señor le ordena. Y sólo es hijo aquel que vive como su Padre. La estirpe y genética de los hijos del Rey les hace andar como el Rey. Y también, sólo aquel que hace lo que el Señor Jesús manda puede esperar que, cuando llegue la noche, cuando vengan a su vida la oscuridad de problemas y dificultades, venga también el Señor a sentarse con él a la mesa. El versículo dice: cuando llegó la noche, se sentó a la mesa con los doce. Así, cuando vengan las circunstancias difíciles y parezca que las tinieblas envuelven el hogar, el Maestro será más presente que nunca, su comunión será más íntima que en cualquier otro momento, Él estará sentado a la mesa contigo. El Señor se sentó a la mesa con sus dice. Con aquellos que están bajo su gobierno (el doce es símbolo de su reino). La intimidad del Maestro es con los suyos. El Señor Jesús fue seguido por multitudes, de entre ellos escogió a 120 vente, luego a setenta para predicar el evangelio; pero redujo el número aún más escogiendo a doce para que estuviera con Él –dice la Biblia. Muchos siguen a Cristo, hay un número menos de servidores; pero son unos cuantos quienes gozan de su comunión íntima por cuanto son unos cuantos son sus discípulos. Un discípulo es uno que vive con su Maestro para aprender a ser como Él. Este círculo es privilegiado. De hecho, el Señor escogió a tres de entre los doce para una comunión aún más íntima (Pedro, Jacobo y Juan). Dime: ¿a qué círculo perteneces?¿Multitud o íntimo? ¿Setenta, doce? ¿Tres? ¿O quizá serás uno con Cristo?

— Roberto Tinoco

Mateo 26:20

Comentario general

26.19-20 Este es el secreto de la Presencia de Jesús: hacer todo lo que Él manda. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos (Juan 14:15). Si alguno me ama, mi Palabra guardará. Y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él (Juan 14:23). Obediencia. Es discípulo aquel que sigue al Maestro. Y sólo es siervo aquel que hace lo que su Señor le ordena. Y sólo es hijo aquel que vive como su Padre. La estirpe y genética de los hijos del Rey les hace andar como el Rey. Y también, sólo aquel que hace lo que el Señor Jesús manda puede esperar que, cuando llegue la noche, cuando vengan a su vida la oscuridad de problemas y dificultades, venga también el Señor a sentarse con él a la mesa. El versículo dice: cuando llegó la noche, se sentó a la mesa con los doce. Así, cuando vengan las circunstancias difíciles y parezca que las tinieblas envuelven el hogar, el Maestro será más presente que nunca, su comunión será más íntima que en cualquier otro momento, Él estará sentado a la mesa contigo. El Señor se sentó a la mesa con sus dice. Con aquellos que están bajo su gobierno (el doce es símbolo de su reino). La intimidad del Maestro es con los suyos. El Señor Jesús fue seguido por multitudes, de entre ellos escogió a 120 vente, luego a setenta para predicar el evangelio; pero redujo el número aún más escogiendo a doce para que estuviera con Él –dice la Biblia. Muchos siguen a Cristo, hay un número menos de servidores; pero son unos cuantos quienes gozan de su comunión íntima por cuanto son unos cuantos son sus discípulos. Un discípulo es uno que vive con su Maestro para aprender a ser como Él. Este círculo es privilegiado. De hecho, el Señor escogió a tres de entre los doce para una comunión aún más íntima (Pedro, Jacobo y Juan). Dime: ¿a qué círculo perteneces?¿Multitud o íntimo? ¿Setenta, doce? ¿Tres? ¿O quizá serás uno con Cristo?

— Roberto Tinoco

Mateo 26:21

Comentario general

26.21 Hay algunos que teniendo el privilegio de pertenecer al círculo íntimo de Jesús llegan a deslizarse al punto de preferir retirarse. Tal es el caso de Judas. Fue mientras tenían comunión y disfrutaban de bromas, risas y anécdotas interesantes que fue más notorio para el sensible corazón de Jesús que el corazón de Judas ya no estaba con Él. ¿Le faltaría brillo a los ojos de Judas? Su sonrisa era demasiado dura para ser genuina, ya le costaba trabajo mirar a la cara al Maestro; debió haber estado mirando a sus condiscípulos pensando: “si supieras lo que he hecho”. ¿Te has sentido así? Quizá alguna vez has mirado a los hermanos en el gozo de un servicio cristiano al tiempo que te sientes tan alejado de ellos, tan ausente, tan vacío. ¿Será que tu alma está insatisfecha por traicionar de algún modo al Maestro?

— Roberto Tinoco

Mateo 26:22

Comentario general

26.22 Es tan clara la denuncia de la conciencia que todos se sienten culpables. Es tan grande la debilidad humana que cualquiera se siente con riesgo de caer. Pero también, es tanto el amor de los discípulos que prontamente tratan de ponerse a cuentas con el Señor; todos, menos el culpable. ¿No debiéramos cada uno ser capaces de reconocer: ¿Soy yo, Señor? ¿Y quién no ha sido alguna vez traidor? ¿Quién no ha tomado en poco alguna vez el servirle? ¿Quién no ha pecado alguna vez a escondidas del Maestro? ¿Quién no ha negociado metafóricamente alguna vez con los sacerdotes sobre el precio de la traición? ¿Quién no ha cambiado al menos una vez el disfrute de Cristo por el disfrute del placer? ¿Soy yo, Maestro? Tengo que decirlo: ¡Sí, soy yo Maestro! Que podamos confesarlo con la tristeza de los once, porque no hay arrepentimiento sin tristeza verdadera.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:23

Comentario general

26.23 Jesús está citando un salmo: aun mi amigo intimo, en quien yo confiaba y quien comía mi pan, ha levantado contra mi su calcañar (Sal. 41:9). ¡Le llama amigo al traidor…amigo íntimo! Judas fue objeto de la confianza del Señor Jesús, su amigo íntimo a quien abrazó muchas veces y con quien compartió gloriosos momentos. Comieron juntos tantas veces, y más que juntos, ¡comieron del mismo plato! ¡Oh! que tierno es el Señor: Aunque Judas le traiciona; el Señor jamás traicionó a Judas. Aun en el huerto habrá de llamarle amigo a la luz de las antorchas y el blandir de los palos. He allí la prueba de lealtad del Amigo. Una cosa es que fuese amigo de Abraham, ¡pero de Judas!

— Roberto Tinoco

Mateo 26:24

Comentario general

26.24 Para el desempeño normal de una casa se requieren vasos, utensilios. No todos los vasos son de honra, algunos son de deshonra (2 Tim. 2:20). Dios planeó la edificación de su casa, y para que el Fundamento que es Cristo, fuese establecido, era necesario que muriese y resucitase. Igualmente, para que esto fuese posible era necesario un vaso de deshonra, es decir, un mal hombre que se prestase a ser traidor. No movido por Dios, sino impulsado por su propia codicia y conocido por Dios. Cierto día un hombre vino a mi oficina y molesto me dijo: “Yo ya no quiero servir más a Dios, Él me ha tratado mal, estoy cansado… me voy al mundo y no le serviré más”. Le respondí: “Usted no puede dejar de servir a Dios, pues Él es Dios y usa todo lo que Él ha hecho, y lo seguirá usando a usted quiera o no quiera; sea como ejemplo o como proverbio; sea como vaso de honra o como vaso de deshonra, pero Él seguirá haciendo su voluntad con usted”. El hombre lo meditó y pidió perdón al Señor. ¡Hay de los vasos de deshonra! La Biblia dice que es necesario que vengan los tropiezos, más hay de aquel hombre por quien vienen (Mat. 18:7). Dios hará de todas formas lo que se propuso, según está escrito de Él; mas ay de aquellos miserables que creyendo oponernos o independizarnos de Él sirvamos como instrumento de iniquidad, sin saber que a pesar de nuestra rebeldía el cumple su propósito en mí (Sal. 138:8).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:25

Comentario general

26.25 ¿Para que preguntar lo que ya sabía? ¿Intentaba comprobar si su plan funcionaría; es decir, si sabiendo Jesús lo dejaría seguir adelante como tomando parte en la emancipación de Israel? Considero irrelevante preguntarle a Dios si soy yo, cuando sé que soy culpable. Lo que necesitamos no es tanto “encontrarnos a nosotros mismos”, sino encontrarlo a Él: “¿Eres tú, Maestro?”. A fin de cuentas, por nuestras palabras seremos juzgados o justificados (Mat. 12:37). A eso se refirió el Señor al decirle a Judas: tu lo has dicho. Un discípulo es uno que conoce a su Maestro y en Él se conoce a sí mismo; por ello, sus palabras nunca serán para excusarse, sino para entregarse.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:26

Comentario general

26.26-28 Dicho día fue el 14 del mes de Nisán, según el calendario hebreo, el cual correspondió al día jueves. Cumpliéndose así los tres días que el Señor habría de pasar en la tumba hasta su resurrección en domingo (Mat. 16:21; 17:23; 20:19; 9:31; Mar.10:34; Luc.9:22; 13:32; 18:33; 24:7; Hch.10:40; 1 Cor. 15:4). La confusión de algunos ha sido que la Biblia dice que el Señor fue quitado apresuradamente de la cruz por acercarse el día de reposo, veamos: entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí (Juan 19:31). Nos habla de un día de reposo muy solemne; esta era la manera de llamarle a un “doble sábado”; es decir, cuando el día de la Pascua (14 de Nisán) caía en viernes, por estar unido al sábado, era “un gran sábado” o doble día de reposo. Esto confirma que el Señor fue crucificado y murió el día jueves, sepultado antes del gran sábado (el viernes que se celebraba la Pascua unido al sábado como días de reposo) y resucitó el domingo, el primer día de la semana (Mar. 16:9), estando así tres días muerto. Así pues, el día correspondiente al texto que hoy nos ocupa (Mat. 26:26-30) fue el miércoles. Ese día, el Señor Jesucristo celebró anticipadamente la Pascua con sus discípulos a fin de llegar a ser el Cordero de Dios, instituyendo en la Pascua su cena conocida como “La Cena del Señor”; pero más importante aún que la cena es saber que lo que el Señor instituía ese día era el Nuevo Pacto, dando por viejo y consumado el Antiguo. Y es sobre esto que debemos centrar nuestra atención en estos versículos. Según la iglesia católica romana en liturgia de su misa, cuando el sacerdote repite estas palabras de Jesús el pan (la oblea) y el vino se transforman literal y substancialmente en el cuerpo y la sangre de Jesús. Por eso es que los católico - romanos se postran ante lo que ellos llaman “la eucaristía” y se persignan cuando pasan frente a un templo católico (pensando que Cristo está allí físicamente en el pan y el vino); y es también por eso que no puede caer ni una migaja al suelo; si aun un poco de vino cayese, el sacerdote postrado ha de lamer el vino del piso. El Concilio Vaticano II instituyó: No debería caber duda en la mente de nadie “que todos los fieles deberían mostrar a este santísimo sacramento la adoración que es debida al verdadero Dios, como siempre ha sido la costumbre de la Iglesia Católica. Ni de ninguna manera deben adorarlo menos porque haya sido instituido por Cristo para comerlo” - Concilio Vaticano II. Las iglesias de los vecindarios promueven la adoración de la Eucaristía mediante fiestas anuales que incluyen la Exposición del Sagrado Sacramento. La costumbre típica es que una hostia grande, una oblea de pan consagrada, se coloca en un receptáculo de vidrio, luego se lo engasta en el centro de un vaso de oro ornamentado llamado ostensorio que se asemeja a un resplandor de sol, que se coloca sobre un altar para que los fieles lo adoren. En los países predominantemente católicos un sacerdote puede también llevar el ostensorio por las calles en procesión solemne. La iglesia católica también promueve la adoración de la Eucaristía mediante órdenes especiales de hombres y mujeres dedicados a la continua adoración del pan y el vino consagrados. Estas incluyen las monjas de la Perpetua Adoración del Bendito Sacramento, las Hermanas Adorantes de la Preciosa Sangre, y la Congregación del Sagrado Sacramento -de “el Evangelio según Roma”. Sin embargo, estas teorías tienen grandes deficiencias. La primera de ellas es que el pan y el vino no muestran cambio alguno, saben a pan y vino, huelen a pan y vino y tomado en exceso también embriagan como el vino. Sus sustancia examinada en laboratorio siguen siendo pan y vino. Para un católico - romano esto es “el misterio de la eucaristía”; pero para un cristiano es anti bíblico. Dios no va en contra del sentido común. Cuando el Señor transformó el agua en vino en Caná, realmente sabía a vino, de hecho, al mejor vino. No tomaron agua diciendo: ¡ah! ¡que delicioso vino! Finjamos que es y sabe a vino porque el Señor lo transformó. ¡No! ¡era verdadero vino! El absurdo de la transubstanciación tiene su base en ideas de Aristóteles y no en la Palabra de Dios. La Biblia prohíbe comer o beber sangre (Lev. 17:10-14). Si el Señor les hubiere dado sangre a beber en la última cena les habría dado algo inmundo. Pedro no hubiera podido decir después: porque ninguna cosa inmunda he comido jamás (Hch.10:14); ni los cristianos de Jerusalén hubieran podido instituir en el 1er. concilio que los creyentes deben abstenerse de sangre (Hch. 15:29). Por otro lado, debemos notar que después de que el Señor instituyó la cena volvió a llamar a la copa de vino el fruto de la vid (28-29), dejando claro así que no era sangre. Y cuando dijo “esto es mi cuerpo” (vr. 26), ningún discípulo pensó que el pan era literalmente el cuerpo de Jesús. ¡Él estaba presente en su cuerpo de carne frente a ellos! Según las Sagradas Escrituras el cuerpo físico del Señor nunca está en dos lugares a la vez. Estaba limitado a su carne espacio tiempo en su encarnación. Él es omnipresente espiritualmente, pero corporalmente está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas (Heb. 1:3). Era común que Jesús hablara con metáforas, como lo hace en estos versículos (26-28). Él llamó a los discípulos luz y sal del mundo y de la tierra, lo que no significa que cambiaran de sustancia. Llamó a los fariseos sepulcros blanqueados, y ellos jamás fueron literalmente transformados en tumbas. Así como dijo “esto es mi cuerpo”; también dijo: “Yo Soy el pan de vida” (Juan 6:48) (en griego es el mismo verbo “es” y “soy” conjugado). También dijo: “Yo Soy la luz del mundo” (Juan 8:12) y “Yo Soy la puerta” (Juan 10:9); ¿acaso se volvió luz o se transubstanció en puerta? ¡No! El también dijo: “Yo Soy el buen Pastor” (Juan 10:11); “Yo Soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25); “Yo Soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6); “Yo Soy la vida verdadera” (Juan 15:1). ¡Eran metáforas! El no se transformó en un camino físico ni en una vid; sino que estaba enseñando un mensaje espiritual a través de símbolos; tal y como las palabras que expresó en la última cena. Ni siquiera se refirió al vino como su sangre, sino a la copa (1 Cor. 11:25). Estaba hablando en sentido figurado; de hecho lo aclaró diciendo: estas cosas os he hablado en alegorías; la hora viene cuando ya no os hablaré por alegorías, sino claramente os anunciaré acerca del Padre (Juan 16:25). Los elementos de la cena eran símbolos para recordar y nunca para adorar, el Señor nunca dijo que adoraran al pan y al vino como hacen los católico-romanos; sino haced esto en memoria de mí. El símbolo es claro, incluso dice la Palabra que al participar los creyentes de este recuerdo somos todos un cuerpo (1 Cor. 10:17), ¿acaso nos transubstanciamos físicamente en un cuerpo? ¡No! Sino que metafóricamente estamos unidos por la fe en Cristo. El Señor Jesucristo enseñó que Dios es Espíritu; y que es necesario adorarle en espíritu (Juan 4:24), si el pan y el vino fueron transfigurados literalmente en las substancias de carne y sangre, es decir, si literalmente son Cristo Jesús y por ende, adorado como de hecho lo hacen los católico-romanos, entonces quebrantaría Dios su Palabra al enseñar a adorarle con una representación física y no en espíritu. Dios ordenó no hacerle ninguna representación física (Ex. 20). Por otro lado, ¿no dice la Palabra que celebrar la Cena del Señor estamos en su memoria anunciando así su muerte hasta que él venga? (1 Cor. 11:26); ¿pues que no está allí ya presente corporalmente en el pan y el vino? Entonces, ¿porqué dice la Palabra “hasta que él venga”? Sencillo: ¡porque es una metáfora! El pan y el vino conmemoran y anuncian la muerte del Señor, pero el cuerpo de carne del Señor está en los cielos y un día regresará. Quizá algún católico-romano cite Juan 6:54 para tratar de explicar lo que ellos llaman el misterio de la Eucaristía, basta compararlo con su contexto para saber de que estaba hablando el Señor. Compara 6:54 con Juan 6:40 y encontrarás que en el primer pasaje usa comer y beber, pero exactamente en los mismos lugares en 6:40 dice creer. Jamás los primeros padres de la iglesia creyeron en la transustanciación. Jamás un sacerdote podrá crear a su Creador. La cena del Señor, como símbolo y recuerdo del Nuevo Pacto nos habla de cosas gloriosas. Primero, de la encarnación del Hijo de Dios: mi cuerpo. No apareció como un ángel. No tomó un cuerpo superior al humano. ¡Tomó cuerpo como un hombre! En semejanza de carne de pecado (Rom. 8:3); Dios fue manifestado en carne (1 Tim. 3:16). Segundo, no le fue impuesto, Él mismo lo tomó. No fue la lucha de un desesperado; nadie lo obligó. Se anonadó a sí mismo tomando forma de siervo (Fil. 2:7). Y si Dios se hizo voluntariamente Hombre, y si como Hombre ante la gloria fue primero a la cruz; ¿por qué es que tu y yo siendo hombres nos portamos como dioses? ¿Por qué buscamos la gloria cuando necesitamos la cruz? Tercero, la Cena del Señor nos habla de dedicación, pues Jesús dio gracias por el pan y el vino. ¿Gracias por ser crucificado? ¿Gracias por morir en el lugar de la humanidad? Esto nos enseña a dar gracias en todo porque esta es la voluntad de Dios agradable y perfecta (1 Ts. 5:18). ¡En todo! Aun en la peor circunstancia; tal y como Job dijera: ¿recibiremos de Dios el bien y el mal no lo recibiremos? (Job 2:10). Es necesario dar gracias por las aflicciones, porque éstas nos purifica, nos perfeccionan y nos edifican. Es una bendición dar gracias por las aflicciones porque todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios. Cuarto, la cena del Señor nos habla de sufrimiento: lo partió. No lo pidió a Judas que lo partiera, pues los malos no pudieron con Él (ejemplo: los soldados en el arresto del Getsemaní). No le pidió a Pedro que lo partiera, pues tampoco fueron los creyentes, ni aun los ángeles quienes lo mataron. ¡Cristo se dio a si mismo!: nadie me quita mi vida, sino que yo mismo la pongo; tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar (Juan 10:18). Así espera Dios de nosotros: Que nadie os obligue a darle nuestra vida, ni el pastor ni los hermanos, ni la iglesia, ni el testimonio al mundo, ni la familia. Que nada nos obligue a darle nuestra vida, ni las circunstancias, ni las bendiciones ni los problemas. Sino que voluntariamente de amor le entreguemos nuestra vida al Rey. La Cena del Señor nos habla de salvación: cuerpo partido y sangre derramada por nosotros (vrs. 26, 28; 1 Cor. 11:24-25). La muerte del Señor no fue un accidente, sino una sustitución (Is. 53:5). No fue producto de las circunstancias, sino del amor. Tomó nuestro lugar; Pilato lo dijo claramente sin comprender la profundidad de sus palabras: he aquí el Hombre. La humanidad entera estaba en Él. La cena del Señor es una invitación: tomad, comed…bebed de ella todos (vrs. 26-27). No se estableció para tener un ritual religioso, sino una experiencia real de comunión con Cristo. Debemos celebrarlo en su memoria, pero no existe el recuerdo sin la experiencia. Esta salvación es aplicada a todo aquel que cree en el reconociéndolo su Señor. Debemos considerar también el Nuevo pacto en relación con los demás. Cuando el Señor Jesucristo instituyó su Cena dijo entre otras cosas: esto es mi sangre del Nuevo Pacto; lógicamente al hablar del Nuevo Pacto estaba dando por viejo y obsoleto el Pacto anterior. Como dice Hebreos 8:13 al decir Nuevo Pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece está próximo a desaparecer. Así que el Rey Jesucristo estaba estableciendo un Nuevo Pacto por cuanto el Pacto anterior era ineficaz. Sin embargo, en las Sagradas Escrituras no solo se mencionan dos Pactos, a través de los siglos, desde Adán, Dios hizo pactos con la humanidad. Todo en Dios es verdad, mas por causa del hombre hubo necesidad de hacer pactos con él a fin de comprometerlo con su Creador que a la vez que se le daba esperanza. Veamos algunos de los Pactos que Dios hizo con el hombre y la necesidad de un mejor Pacto: Dios hizo Pacto con Adán comprometiéndose a bendecirle eternamente si el hombre obedecía en poblar la tierra, dominar la creación y administrarla en beneficio propio mas según Dios; así como abstenerse de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Desafortunadamente el hombre desobedeció y fue condenado a morir habiendo sido expulsado del Edén. Dios hizo Pacto con Noé dándole al hombre una nueva oportunidad de gobernar el mundo para Dios, confirmándole el domino humano sobre la tierra y asegurándole con el sello de su misericordia (el arco iris) que no habrá otro diluvio. Mas el hombre falló al hacerse idólatra. Dios hizo Pacto con Abraham prometiéndole bendecirle y engrandecerle, así como también darle simiente que sería bendición a todas las familias de la tierra. La condición era vivir por fe. Tanto sus descendientes naturales (Israel) como sus descendientes espirituales (la iglesia) debían permanecer en Dios. En cierto modo, la descendencia natural falló al no confiar en Dios. Dios hizo Pacto con Moisés dándole a Israel la ley en el Monte Sinaí, comprometiéndose el pueblo a guardarla. Por un lado estaban los mandamientos para conocer la voluntad de Dios; por otro las ordenanzas para la vida religiosa; además de los juicios para la vida social. Desafortunadamente Israel no obedeció la ley, por lo que ésta vino a ser “ministerio de condenación” al hombre llevándole así como un pecador condenado a Cristo el Salvador. Este es el Pacto que las Sagradas Escrituras llaman el Antiguo Pacto. Por todo ello Dios proveyó un Nuevo y Mejor Pacto. Mejor que el Pacto con Adán, puesto que en Adán todos morimos (1 Cor. 15:22); es decir, a causa de su pecado todos sus descendientes hemos nacido en la posición de condenados, a saber, caídos, pecadores y fuera del Edén. ¡Más en Cristo tenemos vida eterna! Adán perdió todo al venderse al pecado, pero Cristo recuperó todo al pagar con su sangre por el pecado de todos. Él es la Simiente prometida a Eva que aplastó la cabeza de la serpiente y recuperó la creación (Gen. 3:15). Compara con Apocalipsis 5; dice la Palabra: para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo (1 Juan 3:8). Es mejor que el Pacto con Abraham, porque a la vez que lo cumple proporciona lo que el mismo Abraham no alcanzó. Abraham murió sin recibir la herencia prometida (Heb. 11:13). Mas la sangre de Cristo es la muerte del Testador que garantiza que recibamos la herencia eterna y celestial, así como todas las bendiciones de Abraham (Heb. 9:15-16). Pero sobre todo, es mejor que el Pacto con Moisés, el llamado Antiguo Pacto, porque nadie pudo cumplir la ley haciendo así que todos fuesen puestos bajo condenación. Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas. Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: el justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero) (Gal. 3:10-13). Sin embargo, a pesar de que la ley dice que todos somos pecadores y estamos condenados; la sangre de Jesucristo, la sangre del Nuevo Pacto nos libra de todo pecado. ¡Y además nos perfecciona! Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez y para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb. 10:11-14). El hecho de que Dios ha establecido pactos con el hombre deja en claro su deseo de tener comunión con nosotros. Dios no establece pactos para obligar al hombre, si se tratase de obligarnos a actuar de cierta forma Dios tiene todo el poder y la autoridad para hacerlo, pero así no es el corazón de Dios. ¡Él es amor y desea comunión con nosotros! Con todo, ha sido necesario un desarrollo progresivo en esta relación Dios-hombre; no por causa de Dios, sino por causa de nosotros. De allí que Dios nos ha ido llevando de la mano a través de diferentes Pactos a fin de darnos seguridad, conocimiento de Él y desarrollar nuestra fe y confianza en Él. Todos los Pactos pueden resumirse en dos: el Antiguo y en el Nuevo Pacto, de allí que la Biblia se divida en el Antiguo y Nuevo Testamento comprendiendo el Antiguo Testamento todo lo relacionado al Antiguo Pacto como sombra del Nuevo Testamento; a la vez que el Nuevo Testamento contiene lo relativo al Nuevo Pacto. Ahora bien, con relación al Antiguo Pacto era defectuoso, pues dice la Palabra que si aquel primer Pacto hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo (Heb. 8:7). Esto no significa que fuese malo, al contrario, fue bueno, la ley es santa y espiritual, la ley es buena (Rom. 7:12-14; 1 Tim. 1:8); su defecto radicaba en la debilidad humana, era débil por la carne (Rom. 8:3) ya que ningún hombre pudo obedecer todas sus leyes, y que quien transgreda en un punto se hace culpable de todos (Santiago 2:10). De ésta manera, al ser el hombre incapaz de guardar la ley del Antiguo Pacto (Rom. 7:14,18), quebrantaba dicho Pacto y se condenaba a sí mismo (Rom. 3:23). Por ejemplo, en Éxodo 15:26 dice: si oyeres atentamente la voz de YHWH tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque Yo Soy YHWH tu Sanador. ¿Quién puede oír, hacer y guardar todos los mandamientos sin quebrantar jamás uno solo de ellos? ¿Cómo tener entonces la bendición del Salvador? Ese es el defecto del Antiguo Pacto. El hombre es pecador, no puede cumplir la ley del monte Sinaí, él requiere la misericordia del monte Calvario. El Antiguo Pacto requería una ley externa escrita en piedras; prohibiciones; así como de un lugar físico al que venía para adorar (el templo). En otras palabras, el hombre dependía de cosas externas a su corazón por lo que, si alguna de estas circunstancias no le era propicio, se incapacitaba en su relación con Dios. Por ejemplo, si vivía lejos del templo, dejaba de ser un adorador para convertirse en uno que añoraba ir al templo, como David cuando escribe: me dicen todos los días: ¿dónde está tu Dios? Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí; de cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios…¿porqué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle (Sal. 42:3-5). Por todas estas cosas y algunas otras más que el espacio no nos permite mencionar, Dios ha quitado el Antiguo Pacto para darnos un nuevo y mejor Pacto, como dice Hebreos 8:13 al decir: Nuevo Pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer. Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios (Heb. 7:18-19). La institución del Nuevo Pacto nos habla de sangre. Desde el principio, cuando Dios vistió con pieles a los caídos Adán y Eva, hasta el final de la Biblia, la sangre del sacrificio constituye el testimonio permanente de la gracia y justicia de Dios. Sin sangre no hay remisión de pecados (Lev. 17:11; Heb. 9:22). Porque el testamento (o Pacto) con la muerte se confirma pues no es válido entre tanto que es testador vive. De donde ni aún el primer Pacto fue instituido sin sangre. Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del Pacto que Dios os ha mandado (Heb. 9:17-20). Es por esto que el Señor Jesucristo, después de anunciar las palabras del reino de los cielos durante su ministerio, celebró la Cena instituyendo así el Nuevo Pacto: y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del Nuevo Pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mat. 26:27-28). Así dejó en claro el propósito de la sangre que iba a derramar en la cruz. Más, a diferencia de la sangre derramada en el Primer Pacto que por cuanto no podía quitar los pecados, sino solo cubrirlos (Heb. 10:4) y que requería de sacrificios una y otra vez, millones de animales sacrificados ríos de sangre, como dice la Palabra de Dios: ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados… - tenemos ahora el Nuevo Pacto - Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un sólo sacrificio por los pecados… porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb. 10:11-14). ¡Aleluya! De allí que el “sacrificio de la misa” que ofrecen los católico-romanos sea tan absurdo, pues intentan, como lo dicen, sacrificar diariamente a Cristo, millones de veces en todo el mundo repitiendo un sacrificio que no requiere de ser repetido. El Antiguo Pacto, por cuanto se basaba en cosas terrenales como animales y el templo si se requería de repeticiones, pero el Nuevo Pacto es espiritual y basado en cosas espirituales, ¡no requiere repetición! Porque no entró Cristo en el santuario (templo) hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el Sumo Sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado… fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan (Heb. 9:24-28). La institución del Nuevo Pacto nos habla de carne. Cuando el Señor Jesucristo tomó el pan, y lo bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: tomad, comed, esto es mi cuerpo (Mat. 26:26); estaba haciendo referencia al quebrantamiento y muerte de su cuerpo de carne ofrecida en los animales en el Antiguo Pacto. Por ejemplo, fue necesario que se sacrificaran corderos y su carne comida por los israelitas para la pascua, es decir, para poder ser liberados de la esclavitud egipcia. Si no hubiesen celebrado la pascua comiendo a los corderos ofrecidos no hubieran sido liberados. Ellos tuvieron que comer de pie, vestidos para salir inmediatamente de viaje rumbo a la libertad y a la tierra que fluye leche y miel (Ex. 12). Así también Cristo, al instituir el Nuevo Pacto en su Cena habló de su carne, puesto que Él es, como dijo el Bautista: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Y habló de su carne porque la única manera que tiene el hombre de escapar de la esclavitud de la mundanalidad, de pecado y de la muerte es a través del cuerpo de carne de Cristo que fue crucificado. Es decir, sólo a través de la identificación por la fe con esa carne es que podemos vencer el pecado y ser liberados del poder de la carne. Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre (naturaleza pecaminosa) fue crucificada juntamente con Cristo, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado… así…vosotros consideraos muertos al pecado… (Rom. 6:6-11). Esa es una de las razones de que la carne de Cristo fuera quebrantada, librarnos de nuestra carnalidad. Pero además, la carne de Cristo, con su quebrantamiento nos trajo enormes bendiciones; por ejemplo, basta leer Isaías 53 para saber que a través de su muerte llevó Él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores (vr.4); nos libró de nuestros pecados y el castigo de nuestra paz fue sobre Él (vr.5); trajo justificación a quien cree en Él (vr.11) y herencia a los santificados (vr.12). ¡Gracias Señor Jesús por no negar tu carne en la cruz! Obviamente, al hablar de los beneficios del Nuevo Pacto tenemos que resumirlos y enfocarlos a los más sobresalientes, ya que los beneficios del Nuevo Pacto son muchísimos y no tenemos ni el tiempo ni el espacio suficiente para tan titánica labor; así que nos enfocaremos a los principal. Para esto nos facilita analizar Hebreos 8:10-12 es estos versículos leemos por lo menos los tres aspectos más representativos de los beneficios del Nuevo Pacto. Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mi por pueblo; y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades (Heb. 8:10-12). Los tres aspectos son, según el orden de nuestra experiencia cristiana: primero, perdón (vr.12). Segundo, conocimiento espiritual (vr.11). Y tercero, vida interna capaz de guardar pacto con Dios (vr.10). El Nuevo Pacto trae perdón (Heb. 8:12). El Señor Jesucristo dijo: esta es la sangre del Nuevo Pacto que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mat. 26:28). Y según Dios lo había anunciado anticipadamente por boca de profetas como Jeremías (Jer. 31:31-34): porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades (Heb. 8:12). Seré propicio (gr. jileos), significa misericordioso, compasivo. Dios promete en el Nuevo Pacto ser misericordioso ante nuestras injusticias y también, no acordarse de nuestros pecados. Es decir, cuando se trata de bendecirnos está puesto y dispuesto a actuar, pero cuando se trata de condenarnos no hará nada. Ese es el Nuevo Pacto en Cristo Jesús. Dios ha arrojado al fondo del mar nuestros pecados para no volverse a acordar de ellos y a puesto un letrero que dice: “se prohíbe pescar”. ¡Perdonado! Dilo: ¡Soy perdonado! ¡Gracias Señor Jesús! Se cuanta de los misioneros moravos que al no hallar la palabra perdón en el dialecto de los esquimales tuvieron que acuñar una: Issumagijoujungneinermik, significa: “no - poder - pensar - más - acerca - de - ello”. No hay más culpa que perseguir, ni para con Dios ni para con uno mismo. Una vez limpio no hay más conciencia de pecado (Heb. 10:2). Esto está formado con la sangre de Jesucristo así que es más seguro que el más firme de los montes. El Nuevo Pacto trae conocimiento espiritual: Y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el menor de ellos (Heb. 8:11). Esto no significa que no hagan falta maestros o que ya no existan líderes; sino que, tratándose del conocimiento interior del Señor nadie puede enseñarnos este conocimiento. En el Antiguo Pacto nadie llegaba a conocer verdaderamente al Señor, puesto que sólo se aprendía a cerca de Él. A diferencia de esto, en el Nuevo Pacto, más allá de lo que otros nos enseñen a cerca del Señor, la experiencia de conocerle es real y personal. Literalmente Él habita espiritualmente en nuestro espíritu. De allí que diga la Palabra: Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados (Rom. 8:14-17). Es un conocimiento experiencial: Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él (1 Juan 2:27). El Nuevo Pacto trae la vida de Dios a nosotros: Por lo cual este es el Pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos (Heb. 8:10). En el Antiguo Pacto no entendían verdaderamente qué era lo que Dios deseaba, pues sólo memorizaban leyes escritas en piedra y en libros. Pero la intención de Dios les era velada. Esto es claramente presentado en el velo de Moisés: Y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido. Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor (2 Cor. 3:13-18). Todo hombre sin Cristo está en esta condición. Puede ser un sabio en lo que respecta a los asuntos terrenales y una persona muy inteligente en cuestiones humanas, pro mientras no se convierta a Cristo será un perfecto ignorante e incapaz de entender las cosas espirituales, por muy letrado que sea: Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Cor. 2:16). Se requiere para entender las cosas de Dios de recibir por la fe nuevos pensamientos, los pensamientos de Dios a partir de los cuales construye un nuevo entendimiento. Leemos también en Hebreos 8:10 que el Señor, como parte del Nuevo Pacto, escribiría sus leyes en nuestro corazón. El problema del Antiguo Pacto era que el hombre no tenía, como tampoco hoy tiene, la capacidad para obedecer las leyes externas que Dios le diera en las tablas de piedra. Es por esto que el beneficio del Nuevo Pacto nos trae a Dios mismo a vivir dentro de nosotros, haciendo Él en nosotros lo que para nosotros era imposible, como es guardar su ley: Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén (Heb. 13:20-21). El Nuevo Pacto es nuevas intenciones y nuevo poder par vivir de acuerdo a la voluntad de Dios todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios (1 Juan 3:9). Es como en una operación de corazón en donde el paciente no se resiste. Por último, dice en Hebreos 8:10c que otro de los beneficios del Nuevo Pacto en la sangre del Señor es que Dios viene a ser nuestro Dios y nosotros somos hechos su pueblo. Esto significa una nueva identidad. Antes no éramos de Él, mas en Cristo somos de Él. ¡Esto es maravilloso! El simple hecho de un cambio de identidad proporciona al hombre una nueva dignidad; de estar muertos en nuestros pecados a estar sentados en lugares celestiales con Cristo (Ef. 2:5-7). En esta nueva identidad de hijos de Dios el “pedir” se transforma en el “tomar”. Somos el Mefiboset de la humanidad; cojos, maltrechos y abandonados pero ahora sentados a la mesa del Rey con la dignidad de hijo y de príncipe. La invitación del Nuevo Pacto: bebed de ella todos (vr. 27). En el Antiguo Pacto no todos los hombres tenían acceso a las cosas de Dios; sólo un pueblo de entre todos los pueblos de la tierra fue escogido para servirle: Israel. Y de entre este pueblo sólo una de sus doce tribus tenía oportunidad de participar de las cosas de Dios: la tribu de Leví. Y de entre estos sólo algunos eran sacerdotes y sólo uno de ellos entraba al Lugar Santísimo donde Dios se manifestaba, ¡y esto una sola vez al año! ¡Que limitado era el Pacto Antiguo! A diferencia de éste, el Nuevo Pacto es inclusivo: bebed de ella (la copa) todos. ¡Todos! No importa que tan bueno crees ser, necesitas la sangre de Jesucristo. Es irrelevante que tan malo seas; igualmente necesitas la sangre de Jesucristo. Seas un genio o un ignorante, un pobre o un rico, famoso o desconocido, nada personal importa, salvo que en el asiento de la gracia de Dios hay un lugar reservado para cada uno de nosotros. Su inclusiva invitación no deja a nadie fuera. Dice el Señor: el que a mí viene, yo no le hecho fuera (Juan 6:37). Su mano toca al leproso intocable. Su voz consuela a la viuda inconsolable. Su amor alcanza al pecador imperdonable. El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de vida gratuitamente (Ap. 22:17). La mayoría de las invitaciones tienen algún interés. La gente invierte en un desayuno para conseguir una venta o apoyo de algún tipo. Hay lugares tan elegantes que nunca pisaríamos de no ser por este tipo de invitaciones interesadas que suelen hacer los que buscan sacar algún provecho. Pero Dios no es así, Él no recibe nada con invitarnos, salvo el compartir su amor. Su invitación es generosa: “bebed de ella todos”. Desea que todos participemos de su comunión y de su Pacto a través de la fe en la sangre de Jesucristo. Pero así como la invitación de Dios a participar del Nuevo Pacto es una invitación inclusiva; también podemos decir que es exclusiva: bebed de ella todos. Sólo hay una copa de la cual beber. Debemos entender bien esto. Están a la mesa el Maestro y sus once discípulos para instituir la Santa Cena, símbolo del Nuevo Pacto. Ya celebraron la Pascua y el traidor ha salido. Hay pan para todos, lo mismo que otros alimentos; una gran jarra de barro contiene abundante vino. El Maestro toma una copa de enorme tamaño, suficiente para depositar en ella por lo menos litro y medio. La llena. Acto seguido dice “bebed de ella todos”; es decir, de la misma copa. No se servirían cada uno en una copa individual, sino que tomarían de una sola copa todos. Esto es así porque existe un solo medio de salvación suficiente para todo el que crea. Sólo una sangre ha tenido, y tiene, la virtud de limpiar todos los pecados: la sangre de Jesucristo. Acudir a otros intercesores; hacer “mandas” y votos buscando salvarse; intentar salvarse con buenas obras; todo esto y cualquier otra cosa que se intente no son sino otras copas imposibilitadas para dar vida eterna. De la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio; así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que lo esperan (Heb. 9:27-28). La sangre de Jesús es la única copa disponible para ser salvos. Es indispensable e insustituible. Beber de ella es creer que Jesús murió en mi lugar para pagar por todos mis pecados. Pero así como nos habla de que al haber una sola copa para todos hay un solo remedio para nuestros pecados; así también nos habla de que al beber de ella todos somos hechos un solo cuerpo. Esto es aún más claro en el pan que es partido como símbolo del cuerpo de carne de Cristo que fue partido por nosotros: siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan (1 Cor. 10:17). Así que al participar por la fe todos de una misma sangre, la sangre de Jesucristo, somos unidos en uno; así como en un cuerpo de carne fluye una sola sangre; así también en la iglesia es una la sangre que vivifica: la sangre de Jesucristo, la copa del Nuevo Pacto. Y también, del mismo modo que un cuerpo de carne muere si pierde su sangre; así también la iglesia carecería de vida si no tuviera la sangre de Jesucristo. Esto cumple el tipo antiguo-testamentario: la vida en la sangre está (Lev. 17:11). La invitación que el Señor nos hace a participar del Nuevo Pacto no solamente es inclusiva a la vez que exclusiva, sino también aplicable: “bebed de ella todos”. De nada nos sirve conocer todo lo relativo al Nuevo Pacto si éste no es aplicado a nosotros. Así como no sirve de nada saber que existe un antídoto para la mordedura de la serpiente si éste no es aplicado cuando se ha sido mordido por este reptil; así también, no solo debemos saber acerca de Cristo, sino probar a Cristo para que su bendita sangre nos libre de la mordedura de la serpiente antigua, satanás. Respondió Jesús y le dijo: cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna (Juan 4:13-14). ¡Si alguno tiene sed, venga a mi y beba! (Juan 7:37). Al que tenga sed, Yo le daré gratuitamente de la fuente de agua de vida (Ap. 21:6).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:27

Comentario general

26.26-28 Dicho día fue el 14 del mes de Nisán, según el calendario hebreo, el cual correspondió al día jueves. Cumpliéndose así los tres días que el Señor habría de pasar en la tumba hasta su resurrección en domingo (Mat. 16:21; 17:23; 20:19; 9:31; Mar.10:34; Luc.9:22; 13:32; 18:33; 24:7; Hch.10:40; 1 Cor. 15:4). La confusión de algunos ha sido que la Biblia dice que el Señor fue quitado apresuradamente de la cruz por acercarse el día de reposo, veamos: entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí (Juan 19:31). Nos habla de un día de reposo muy solemne; esta era la manera de llamarle a un “doble sábado”; es decir, cuando el día de la Pascua (14 de Nisán) caía en viernes, por estar unido al sábado, era “un gran sábado” o doble día de reposo. Esto confirma que el Señor fue crucificado y murió el día jueves, sepultado antes del gran sábado (el viernes que se celebraba la Pascua unido al sábado como días de reposo) y resucitó el domingo, el primer día de la semana (Mar. 16:9), estando así tres días muerto. Así pues, el día correspondiente al texto que hoy nos ocupa (Mat. 26:26-30) fue el miércoles. Ese día, el Señor Jesucristo celebró anticipadamente la Pascua con sus discípulos a fin de llegar a ser el Cordero de Dios, instituyendo en la Pascua su cena conocida como “La Cena del Señor”; pero más importante aún que la cena es saber que lo que el Señor instituía ese día era el Nuevo Pacto, dando por viejo y consumado el Antiguo. Y es sobre esto que debemos centrar nuestra atención en estos versículos. Según la iglesia católica romana en liturgia de su misa, cuando el sacerdote repite estas palabras de Jesús el pan (la oblea) y el vino se transforman literal y substancialmente en el cuerpo y la sangre de Jesús. Por eso es que los católico - romanos se postran ante lo que ellos llaman “la eucaristía” y se persignan cuando pasan frente a un templo católico (pensando que Cristo está allí físicamente en el pan y el vino); y es también por eso que no puede caer ni una migaja al suelo; si aun un poco de vino cayese, el sacerdote postrado ha de lamer el vino del piso. El Concilio Vaticano II instituyó: No debería caber duda en la mente de nadie “que todos los fieles deberían mostrar a este santísimo sacramento la adoración que es debida al verdadero Dios, como siempre ha sido la costumbre de la Iglesia Católica. Ni de ninguna manera deben adorarlo menos porque haya sido instituido por Cristo para comerlo” - Concilio Vaticano II. Las iglesias de los vecindarios promueven la adoración de la Eucaristía mediante fiestas anuales que incluyen la Exposición del Sagrado Sacramento. La costumbre típica es que una hostia grande, una oblea de pan consagrada, se coloca en un receptáculo de vidrio, luego se lo engasta en el centro de un vaso de oro ornamentado llamado ostensorio que se asemeja a un resplandor de sol, que se coloca sobre un altar para que los fieles lo adoren. En los países predominantemente católicos un sacerdote puede también llevar el ostensorio por las calles en procesión solemne. La iglesia católica también promueve la adoración de la Eucaristía mediante órdenes especiales de hombres y mujeres dedicados a la continua adoración del pan y el vino consagrados. Estas incluyen las monjas de la Perpetua Adoración del Bendito Sacramento, las Hermanas Adorantes de la Preciosa Sangre, y la Congregación del Sagrado Sacramento -de “el Evangelio según Roma”. Sin embargo, estas teorías tienen grandes deficiencias. La primera de ellas es que el pan y el vino no muestran cambio alguno, saben a pan y vino, huelen a pan y vino y tomado en exceso también embriagan como el vino. Sus sustancia examinada en laboratorio siguen siendo pan y vino. Para un católico - romano esto es “el misterio de la eucaristía”; pero para un cristiano es anti bíblico. Dios no va en contra del sentido común. Cuando el Señor transformó el agua en vino en Caná, realmente sabía a vino, de hecho, al mejor vino. No tomaron agua diciendo: ¡ah! ¡que delicioso vino! Finjamos que es y sabe a vino porque el Señor lo transformó. ¡No! ¡era verdadero vino! El absurdo de la transubstanciación tiene su base en ideas de Aristóteles y no en la Palabra de Dios. La Biblia prohíbe comer o beber sangre (Lev. 17:10-14). Si el Señor les hubiere dado sangre a beber en la última cena les habría dado algo inmundo. Pedro no hubiera podido decir después: porque ninguna cosa inmunda he comido jamás (Hch.10:14); ni los cristianos de Jerusalén hubieran podido instituir en el 1er. concilio que los creyentes deben abstenerse de sangre (Hch. 15:29). Por otro lado, debemos notar que después de que el Señor instituyó la cena volvió a llamar a la copa de vino el fruto de la vid (28-29), dejando claro así que no era sangre. Y cuando dijo “esto es mi cuerpo” (vr. 26), ningún discípulo pensó que el pan era literalmente el cuerpo de Jesús. ¡Él estaba presente en su cuerpo de carne frente a ellos! Según las Sagradas Escrituras el cuerpo físico del Señor nunca está en dos lugares a la vez. Estaba limitado a su carne espacio tiempo en su encarnación. Él es omnipresente espiritualmente, pero corporalmente está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas (Heb. 1:3). Era común que Jesús hablara con metáforas, como lo hace en estos versículos (26-28). Él llamó a los discípulos luz y sal del mundo y de la tierra, lo que no significa que cambiaran de sustancia. Llamó a los fariseos sepulcros blanqueados, y ellos jamás fueron literalmente transformados en tumbas. Así como dijo “esto es mi cuerpo”; también dijo: “Yo Soy el pan de vida” (Juan 6:48) (en griego es el mismo verbo “es” y “soy” conjugado). También dijo: “Yo Soy la luz del mundo” (Juan 8:12) y “Yo Soy la puerta” (Juan 10:9); ¿acaso se volvió luz o se transubstanció en puerta? ¡No! El también dijo: “Yo Soy el buen Pastor” (Juan 10:11); “Yo Soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25); “Yo Soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6); “Yo Soy la vida verdadera” (Juan 15:1). ¡Eran metáforas! El no se transformó en un camino físico ni en una vid; sino que estaba enseñando un mensaje espiritual a través de símbolos; tal y como las palabras que expresó en la última cena. Ni siquiera se refirió al vino como su sangre, sino a la copa (1 Cor. 11:25). Estaba hablando en sentido figurado; de hecho lo aclaró diciendo: estas cosas os he hablado en alegorías; la hora viene cuando ya no os hablaré por alegorías, sino claramente os anunciaré acerca del Padre (Juan 16:25). Los elementos de la cena eran símbolos para recordar y nunca para adorar, el Señor nunca dijo que adoraran al pan y al vino como hacen los católico-romanos; sino haced esto en memoria de mí. El símbolo es claro, incluso dice la Palabra que al participar los creyentes de este recuerdo somos todos un cuerpo (1 Cor. 10:17), ¿acaso nos transubstanciamos físicamente en un cuerpo? ¡No! Sino que metafóricamente estamos unidos por la fe en Cristo. El Señor Jesucristo enseñó que Dios es Espíritu; y que es necesario adorarle en espíritu (Juan 4:24), si el pan y el vino fueron transfigurados literalmente en las substancias de carne y sangre, es decir, si literalmente son Cristo Jesús y por ende, adorado como de hecho lo hacen los católico-romanos, entonces quebrantaría Dios su Palabra al enseñar a adorarle con una representación física y no en espíritu. Dios ordenó no hacerle ninguna representación física (Ex. 20). Por otro lado, ¿no dice la Palabra que celebrar la Cena del Señor estamos en su memoria anunciando así su muerte hasta que él venga? (1 Cor. 11:26); ¿pues que no está allí ya presente corporalmente en el pan y el vino? Entonces, ¿porqué dice la Palabra “hasta que él venga”? Sencillo: ¡porque es una metáfora! El pan y el vino conmemoran y anuncian la muerte del Señor, pero el cuerpo de carne del Señor está en los cielos y un día regresará. Quizá algún católico-romano cite Juan 6:54 para tratar de explicar lo que ellos llaman el misterio de la Eucaristía, basta compararlo con su contexto para saber de que estaba hablando el Señor. Compara 6:54 con Juan 6:40 y encontrarás que en el primer pasaje usa comer y beber, pero exactamente en los mismos lugares en 6:40 dice creer. Jamás los primeros padres de la iglesia creyeron en la transustanciación. Jamás un sacerdote podrá crear a su Creador. La cena del Señor, como símbolo y recuerdo del Nuevo Pacto nos habla de cosas gloriosas. Primero, de la encarnación del Hijo de Dios: mi cuerpo. No apareció como un ángel. No tomó un cuerpo superior al humano. ¡Tomó cuerpo como un hombre! En semejanza de carne de pecado (Rom. 8:3); Dios fue manifestado en carne (1 Tim. 3:16). Segundo, no le fue impuesto, Él mismo lo tomó. No fue la lucha de un desesperado; nadie lo obligó. Se anonadó a sí mismo tomando forma de siervo (Fil. 2:7). Y si Dios se hizo voluntariamente Hombre, y si como Hombre ante la gloria fue primero a la cruz; ¿por qué es que tu y yo siendo hombres nos portamos como dioses? ¿Por qué buscamos la gloria cuando necesitamos la cruz? Tercero, la Cena del Señor nos habla de dedicación, pues Jesús dio gracias por el pan y el vino. ¿Gracias por ser crucificado? ¿Gracias por morir en el lugar de la humanidad? Esto nos enseña a dar gracias en todo porque esta es la voluntad de Dios agradable y perfecta (1 Ts. 5:18). ¡En todo! Aun en la peor circunstancia; tal y como Job dijera: ¿recibiremos de Dios el bien y el mal no lo recibiremos? (Job 2:10). Es necesario dar gracias por las aflicciones, porque éstas nos purifica, nos perfeccionan y nos edifican. Es una bendición dar gracias por las aflicciones porque todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios. Cuarto, la cena del Señor nos habla de sufrimiento: lo partió. No lo pidió a Judas que lo partiera, pues los malos no pudieron con Él (ejemplo: los soldados en el arresto del Getsemaní). No le pidió a Pedro que lo partiera, pues tampoco fueron los creyentes, ni aun los ángeles quienes lo mataron. ¡Cristo se dio a si mismo!: nadie me quita mi vida, sino que yo mismo la pongo; tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar (Juan 10:18). Así espera Dios de nosotros: Que nadie os obligue a darle nuestra vida, ni el pastor ni los hermanos, ni la iglesia, ni el testimonio al mundo, ni la familia. Que nada nos obligue a darle nuestra vida, ni las circunstancias, ni las bendiciones ni los problemas. Sino que voluntariamente de amor le entreguemos nuestra vida al Rey. La Cena del Señor nos habla de salvación: cuerpo partido y sangre derramada por nosotros (vrs. 26, 28; 1 Cor. 11:24-25). La muerte del Señor no fue un accidente, sino una sustitución (Is. 53:5). No fue producto de las circunstancias, sino del amor. Tomó nuestro lugar; Pilato lo dijo claramente sin comprender la profundidad de sus palabras: he aquí el Hombre. La humanidad entera estaba en Él. La cena del Señor es una invitación: tomad, comed…bebed de ella todos (vrs. 26-27). No se estableció para tener un ritual religioso, sino una experiencia real de comunión con Cristo. Debemos celebrarlo en su memoria, pero no existe el recuerdo sin la experiencia. Esta salvación es aplicada a todo aquel que cree en el reconociéndolo su Señor. Debemos considerar también el Nuevo pacto en relación con los demás. Cuando el Señor Jesucristo instituyó su Cena dijo entre otras cosas: esto es mi sangre del Nuevo Pacto; lógicamente al hablar del Nuevo Pacto estaba dando por viejo y obsoleto el Pacto anterior. Como dice Hebreos 8:13 al decir Nuevo Pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece está próximo a desaparecer. Así que el Rey Jesucristo estaba estableciendo un Nuevo Pacto por cuanto el Pacto anterior era ineficaz. Sin embargo, en las Sagradas Escrituras no solo se mencionan dos Pactos, a través de los siglos, desde Adán, Dios hizo pactos con la humanidad. Todo en Dios es verdad, mas por causa del hombre hubo necesidad de hacer pactos con él a fin de comprometerlo con su Creador que a la vez que se le daba esperanza. Veamos algunos de los Pactos que Dios hizo con el hombre y la necesidad de un mejor Pacto: Dios hizo Pacto con Adán comprometiéndose a bendecirle eternamente si el hombre obedecía en poblar la tierra, dominar la creación y administrarla en beneficio propio mas según Dios; así como abstenerse de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Desafortunadamente el hombre desobedeció y fue condenado a morir habiendo sido expulsado del Edén. Dios hizo Pacto con Noé dándole al hombre una nueva oportunidad de gobernar el mundo para Dios, confirmándole el domino humano sobre la tierra y asegurándole con el sello de su misericordia (el arco iris) que no habrá otro diluvio. Mas el hombre falló al hacerse idólatra. Dios hizo Pacto con Abraham prometiéndole bendecirle y engrandecerle, así como también darle simiente que sería bendición a todas las familias de la tierra. La condición era vivir por fe. Tanto sus descendientes naturales (Israel) como sus descendientes espirituales (la iglesia) debían permanecer en Dios. En cierto modo, la descendencia natural falló al no confiar en Dios. Dios hizo Pacto con Moisés dándole a Israel la ley en el Monte Sinaí, comprometiéndose el pueblo a guardarla. Por un lado estaban los mandamientos para conocer la voluntad de Dios; por otro las ordenanzas para la vida religiosa; además de los juicios para la vida social. Desafortunadamente Israel no obedeció la ley, por lo que ésta vino a ser “ministerio de condenación” al hombre llevándole así como un pecador condenado a Cristo el Salvador. Este es el Pacto que las Sagradas Escrituras llaman el Antiguo Pacto. Por todo ello Dios proveyó un Nuevo y Mejor Pacto. Mejor que el Pacto con Adán, puesto que en Adán todos morimos (1 Cor. 15:22); es decir, a causa de su pecado todos sus descendientes hemos nacido en la posición de condenados, a saber, caídos, pecadores y fuera del Edén. ¡Más en Cristo tenemos vida eterna! Adán perdió todo al venderse al pecado, pero Cristo recuperó todo al pagar con su sangre por el pecado de todos. Él es la Simiente prometida a Eva que aplastó la cabeza de la serpiente y recuperó la creación (Gen. 3:15). Compara con Apocalipsis 5; dice la Palabra: para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo (1 Juan 3:8). Es mejor que el Pacto con Abraham, porque a la vez que lo cumple proporciona lo que el mismo Abraham no alcanzó. Abraham murió sin recibir la herencia prometida (Heb. 11:13). Mas la sangre de Cristo es la muerte del Testador que garantiza que recibamos la herencia eterna y celestial, así como todas las bendiciones de Abraham (Heb. 9:15-16). Pero sobre todo, es mejor que el Pacto con Moisés, el llamado Antiguo Pacto, porque nadie pudo cumplir la ley haciendo así que todos fuesen puestos bajo condenación. Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas. Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: el justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero) (Gal. 3:10-13). Sin embargo, a pesar de que la ley dice que todos somos pecadores y estamos condenados; la sangre de Jesucristo, la sangre del Nuevo Pacto nos libra de todo pecado. ¡Y además nos perfecciona! Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez y para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb. 10:11-14). El hecho de que Dios ha establecido pactos con el hombre deja en claro su deseo de tener comunión con nosotros. Dios no establece pactos para obligar al hombre, si se tratase de obligarnos a actuar de cierta forma Dios tiene todo el poder y la autoridad para hacerlo, pero así no es el corazón de Dios. ¡Él es amor y desea comunión con nosotros! Con todo, ha sido necesario un desarrollo progresivo en esta relación Dios-hombre; no por causa de Dios, sino por causa de nosotros. De allí que Dios nos ha ido llevando de la mano a través de diferentes Pactos a fin de darnos seguridad, conocimiento de Él y desarrollar nuestra fe y confianza en Él. Todos los Pactos pueden resumirse en dos: el Antiguo y en el Nuevo Pacto, de allí que la Biblia se divida en el Antiguo y Nuevo Testamento comprendiendo el Antiguo Testamento todo lo relacionado al Antiguo Pacto como sombra del Nuevo Testamento; a la vez que el Nuevo Testamento contiene lo relativo al Nuevo Pacto. Ahora bien, con relación al Antiguo Pacto era defectuoso, pues dice la Palabra que si aquel primer Pacto hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo (Heb. 8:7). Esto no significa que fuese malo, al contrario, fue bueno, la ley es santa y espiritual, la ley es buena (Rom. 7:12-14; 1 Tim. 1:8); su defecto radicaba en la debilidad humana, era débil por la carne (Rom. 8:3) ya que ningún hombre pudo obedecer todas sus leyes, y que quien transgreda en un punto se hace culpable de todos (Santiago 2:10). De ésta manera, al ser el hombre incapaz de guardar la ley del Antiguo Pacto (Rom. 7:14,18), quebrantaba dicho Pacto y se condenaba a sí mismo (Rom. 3:23). Por ejemplo, en Éxodo 15:26 dice: si oyeres atentamente la voz de YHWH tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque Yo Soy YHWH tu Sanador. ¿Quién puede oír, hacer y guardar todos los mandamientos sin quebrantar jamás uno solo de ellos? ¿Cómo tener entonces la bendición del Salvador? Ese es el defecto del Antiguo Pacto. El hombre es pecador, no puede cumplir la ley del monte Sinaí, él requiere la misericordia del monte Calvario. El Antiguo Pacto requería una ley externa escrita en piedras; prohibiciones; así como de un lugar físico al que venía para adorar (el templo). En otras palabras, el hombre dependía de cosas externas a su corazón por lo que, si alguna de estas circunstancias no le era propicio, se incapacitaba en su relación con Dios. Por ejemplo, si vivía lejos del templo, dejaba de ser un adorador para convertirse en uno que añoraba ir al templo, como David cuando escribe: me dicen todos los días: ¿dónde está tu Dios? Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí; de cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios…¿porqué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle (Sal. 42:3-5). Por todas estas cosas y algunas otras más que el espacio no nos permite mencionar, Dios ha quitado el Antiguo Pacto para darnos un nuevo y mejor Pacto, como dice Hebreos 8:13 al decir: Nuevo Pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer. Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios (Heb. 7:18-19). La institución del Nuevo Pacto nos habla de sangre. Desde el principio, cuando Dios vistió con pieles a los caídos Adán y Eva, hasta el final de la Biblia, la sangre del sacrificio constituye el testimonio permanente de la gracia y justicia de Dios. Sin sangre no hay remisión de pecados (Lev. 17:11; Heb. 9:22). Porque el testamento (o Pacto) con la muerte se confirma pues no es válido entre tanto que es testador vive. De donde ni aún el primer Pacto fue instituido sin sangre. Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del Pacto que Dios os ha mandado (Heb. 9:17-20). Es por esto que el Señor Jesucristo, después de anunciar las palabras del reino de los cielos durante su ministerio, celebró la Cena instituyendo así el Nuevo Pacto: y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del Nuevo Pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mat. 26:27-28). Así dejó en claro el propósito de la sangre que iba a derramar en la cruz. Más, a diferencia de la sangre derramada en el Primer Pacto que por cuanto no podía quitar los pecados, sino solo cubrirlos (Heb. 10:4) y que requería de sacrificios una y otra vez, millones de animales sacrificados ríos de sangre, como dice la Palabra de Dios: ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados… - tenemos ahora el Nuevo Pacto - Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un sólo sacrificio por los pecados… porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb. 10:11-14). ¡Aleluya! De allí que el “sacrificio de la misa” que ofrecen los católico-romanos sea tan absurdo, pues intentan, como lo dicen, sacrificar diariamente a Cristo, millones de veces en todo el mundo repitiendo un sacrificio que no requiere de ser repetido. El Antiguo Pacto, por cuanto se basaba en cosas terrenales como animales y el templo si se requería de repeticiones, pero el Nuevo Pacto es espiritual y basado en cosas espirituales, ¡no requiere repetición! Porque no entró Cristo en el santuario (templo) hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el Sumo Sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado… fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan (Heb. 9:24-28). La institución del Nuevo Pacto nos habla de carne. Cuando el Señor Jesucristo tomó el pan, y lo bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: tomad, comed, esto es mi cuerpo (Mat. 26:26); estaba haciendo referencia al quebrantamiento y muerte de su cuerpo de carne ofrecida en los animales en el Antiguo Pacto. Por ejemplo, fue necesario que se sacrificaran corderos y su carne comida por los israelitas para la pascua, es decir, para poder ser liberados de la esclavitud egipcia. Si no hubiesen celebrado la pascua comiendo a los corderos ofrecidos no hubieran sido liberados. Ellos tuvieron que comer de pie, vestidos para salir inmediatamente de viaje rumbo a la libertad y a la tierra que fluye leche y miel (Ex. 12). Así también Cristo, al instituir el Nuevo Pacto en su Cena habló de su carne, puesto que Él es, como dijo el Bautista: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Y habló de su carne porque la única manera que tiene el hombre de escapar de la esclavitud de la mundanalidad, de pecado y de la muerte es a través del cuerpo de carne de Cristo que fue crucificado. Es decir, sólo a través de la identificación por la fe con esa carne es que podemos vencer el pecado y ser liberados del poder de la carne. Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre (naturaleza pecaminosa) fue crucificada juntamente con Cristo, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado… así…vosotros consideraos muertos al pecado… (Rom. 6:6-11). Esa es una de las razones de que la carne de Cristo fuera quebrantada, librarnos de nuestra carnalidad. Pero además, la carne de Cristo, con su quebrantamiento nos trajo enormes bendiciones; por ejemplo, basta leer Isaías 53 para saber que a través de su muerte llevó Él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores (vr.4); nos libró de nuestros pecados y el castigo de nuestra paz fue sobre Él (vr.5); trajo justificación a quien cree en Él (vr.11) y herencia a los santificados (vr.12). ¡Gracias Señor Jesús por no negar tu carne en la cruz! Obviamente, al hablar de los beneficios del Nuevo Pacto tenemos que resumirlos y enfocarlos a los más sobresalientes, ya que los beneficios del Nuevo Pacto son muchísimos y no tenemos ni el tiempo ni el espacio suficiente para tan titánica labor; así que nos enfocaremos a los principal. Para esto nos facilita analizar Hebreos 8:10-12 es estos versículos leemos por lo menos los tres aspectos más representativos de los beneficios del Nuevo Pacto. Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mi por pueblo; y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades (Heb. 8:10-12). Los tres aspectos son, según el orden de nuestra experiencia cristiana: primero, perdón (vr.12). Segundo, conocimiento espiritual (vr.11). Y tercero, vida interna capaz de guardar pacto con Dios (vr.10). El Nuevo Pacto trae perdón (Heb. 8:12). El Señor Jesucristo dijo: esta es la sangre del Nuevo Pacto que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mat. 26:28). Y según Dios lo había anunciado anticipadamente por boca de profetas como Jeremías (Jer. 31:31-34): porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades (Heb. 8:12). Seré propicio (gr. jileos), significa misericordioso, compasivo. Dios promete en el Nuevo Pacto ser misericordioso ante nuestras injusticias y también, no acordarse de nuestros pecados. Es decir, cuando se trata de bendecirnos está puesto y dispuesto a actuar, pero cuando se trata de condenarnos no hará nada. Ese es el Nuevo Pacto en Cristo Jesús. Dios ha arrojado al fondo del mar nuestros pecados para no volverse a acordar de ellos y a puesto un letrero que dice: “se prohíbe pescar”. ¡Perdonado! Dilo: ¡Soy perdonado! ¡Gracias Señor Jesús! Se cuanta de los misioneros moravos que al no hallar la palabra perdón en el dialecto de los esquimales tuvieron que acuñar una: Issumagijoujungneinermik, significa: “no - poder - pensar - más - acerca - de - ello”. No hay más culpa que perseguir, ni para con Dios ni para con uno mismo. Una vez limpio no hay más conciencia de pecado (Heb. 10:2). Esto está formado con la sangre de Jesucristo así que es más seguro que el más firme de los montes. El Nuevo Pacto trae conocimiento espiritual: Y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el menor de ellos (Heb. 8:11). Esto no significa que no hagan falta maestros o que ya no existan líderes; sino que, tratándose del conocimiento interior del Señor nadie puede enseñarnos este conocimiento. En el Antiguo Pacto nadie llegaba a conocer verdaderamente al Señor, puesto que sólo se aprendía a cerca de Él. A diferencia de esto, en el Nuevo Pacto, más allá de lo que otros nos enseñen a cerca del Señor, la experiencia de conocerle es real y personal. Literalmente Él habita espiritualmente en nuestro espíritu. De allí que diga la Palabra: Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados (Rom. 8:14-17). Es un conocimiento experiencial: Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él (1 Juan 2:27). El Nuevo Pacto trae la vida de Dios a nosotros: Por lo cual este es el Pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos (Heb. 8:10). En el Antiguo Pacto no entendían verdaderamente qué era lo que Dios deseaba, pues sólo memorizaban leyes escritas en piedra y en libros. Pero la intención de Dios les era velada. Esto es claramente presentado en el velo de Moisés: Y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido. Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor (2 Cor. 3:13-18). Todo hombre sin Cristo está en esta condición. Puede ser un sabio en lo que respecta a los asuntos terrenales y una persona muy inteligente en cuestiones humanas, pro mientras no se convierta a Cristo será un perfecto ignorante e incapaz de entender las cosas espirituales, por muy letrado que sea: Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Cor. 2:16). Se requiere para entender las cosas de Dios de recibir por la fe nuevos pensamientos, los pensamientos de Dios a partir de los cuales construye un nuevo entendimiento. Leemos también en Hebreos 8:10 que el Señor, como parte del Nuevo Pacto, escribiría sus leyes en nuestro corazón. El problema del Antiguo Pacto era que el hombre no tenía, como tampoco hoy tiene, la capacidad para obedecer las leyes externas que Dios le diera en las tablas de piedra. Es por esto que el beneficio del Nuevo Pacto nos trae a Dios mismo a vivir dentro de nosotros, haciendo Él en nosotros lo que para nosotros era imposible, como es guardar su ley: Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén (Heb. 13:20-21). El Nuevo Pacto es nuevas intenciones y nuevo poder par vivir de acuerdo a la voluntad de Dios todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios (1 Juan 3:9). Es como en una operación de corazón en donde el paciente no se resiste. Por último, dice en Hebreos 8:10c que otro de los beneficios del Nuevo Pacto en la sangre del Señor es que Dios viene a ser nuestro Dios y nosotros somos hechos su pueblo. Esto significa una nueva identidad. Antes no éramos de Él, mas en Cristo somos de Él. ¡Esto es maravilloso! El simple hecho de un cambio de identidad proporciona al hombre una nueva dignidad; de estar muertos en nuestros pecados a estar sentados en lugares celestiales con Cristo (Ef. 2:5-7). En esta nueva identidad de hijos de Dios el “pedir” se transforma en el “tomar”. Somos el Mefiboset de la humanidad; cojos, maltrechos y abandonados pero ahora sentados a la mesa del Rey con la dignidad de hijo y de príncipe. La invitación del Nuevo Pacto: bebed de ella todos (vr. 27). En el Antiguo Pacto no todos los hombres tenían acceso a las cosas de Dios; sólo un pueblo de entre todos los pueblos de la tierra fue escogido para servirle: Israel. Y de entre este pueblo sólo una de sus doce tribus tenía oportunidad de participar de las cosas de Dios: la tribu de Leví. Y de entre estos sólo algunos eran sacerdotes y sólo uno de ellos entraba al Lugar Santísimo donde Dios se manifestaba, ¡y esto una sola vez al año! ¡Que limitado era el Pacto Antiguo! A diferencia de éste, el Nuevo Pacto es inclusivo: bebed de ella (la copa) todos. ¡Todos! No importa que tan bueno crees ser, necesitas la sangre de Jesucristo. Es irrelevante que tan malo seas; igualmente necesitas la sangre de Jesucristo. Seas un genio o un ignorante, un pobre o un rico, famoso o desconocido, nada personal importa, salvo que en el asiento de la gracia de Dios hay un lugar reservado para cada uno de nosotros. Su inclusiva invitación no deja a nadie fuera. Dice el Señor: el que a mí viene, yo no le hecho fuera (Juan 6:37). Su mano toca al leproso intocable. Su voz consuela a la viuda inconsolable. Su amor alcanza al pecador imperdonable. El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de vida gratuitamente (Ap. 22:17). La mayoría de las invitaciones tienen algún interés. La gente invierte en un desayuno para conseguir una venta o apoyo de algún tipo. Hay lugares tan elegantes que nunca pisaríamos de no ser por este tipo de invitaciones interesadas que suelen hacer los que buscan sacar algún provecho. Pero Dios no es así, Él no recibe nada con invitarnos, salvo el compartir su amor. Su invitación es generosa: “bebed de ella todos”. Desea que todos participemos de su comunión y de su Pacto a través de la fe en la sangre de Jesucristo. Pero así como la invitación de Dios a participar del Nuevo Pacto es una invitación inclusiva; también podemos decir que es exclusiva: bebed de ella todos. Sólo hay una copa de la cual beber. Debemos entender bien esto. Están a la mesa el Maestro y sus once discípulos para instituir la Santa Cena, símbolo del Nuevo Pacto. Ya celebraron la Pascua y el traidor ha salido. Hay pan para todos, lo mismo que otros alimentos; una gran jarra de barro contiene abundante vino. El Maestro toma una copa de enorme tamaño, suficiente para depositar en ella por lo menos litro y medio. La llena. Acto seguido dice “bebed de ella todos”; es decir, de la misma copa. No se servirían cada uno en una copa individual, sino que tomarían de una sola copa todos. Esto es así porque existe un solo medio de salvación suficiente para todo el que crea. Sólo una sangre ha tenido, y tiene, la virtud de limpiar todos los pecados: la sangre de Jesucristo. Acudir a otros intercesores; hacer “mandas” y votos buscando salvarse; intentar salvarse con buenas obras; todo esto y cualquier otra cosa que se intente no son sino otras copas imposibilitadas para dar vida eterna. De la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio; así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que lo esperan (Heb. 9:27-28). La sangre de Jesús es la única copa disponible para ser salvos. Es indispensable e insustituible. Beber de ella es creer que Jesús murió en mi lugar para pagar por todos mis pecados. Pero así como nos habla de que al haber una sola copa para todos hay un solo remedio para nuestros pecados; así también nos habla de que al beber de ella todos somos hechos un solo cuerpo. Esto es aún más claro en el pan que es partido como símbolo del cuerpo de carne de Cristo que fue partido por nosotros: siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan (1 Cor. 10:17). Así que al participar por la fe todos de una misma sangre, la sangre de Jesucristo, somos unidos en uno; así como en un cuerpo de carne fluye una sola sangre; así también en la iglesia es una la sangre que vivifica: la sangre de Jesucristo, la copa del Nuevo Pacto. Y también, del mismo modo que un cuerpo de carne muere si pierde su sangre; así también la iglesia carecería de vida si no tuviera la sangre de Jesucristo. Esto cumple el tipo antiguo-testamentario: la vida en la sangre está (Lev. 17:11). La invitación que el Señor nos hace a participar del Nuevo Pacto no solamente es inclusiva a la vez que exclusiva, sino también aplicable: “bebed de ella todos”. De nada nos sirve conocer todo lo relativo al Nuevo Pacto si éste no es aplicado a nosotros. Así como no sirve de nada saber que existe un antídoto para la mordedura de la serpiente si éste no es aplicado cuando se ha sido mordido por este reptil; así también, no solo debemos saber acerca de Cristo, sino probar a Cristo para que su bendita sangre nos libre de la mordedura de la serpiente antigua, satanás. Respondió Jesús y le dijo: cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna (Juan 4:13-14). ¡Si alguno tiene sed, venga a mi y beba! (Juan 7:37). Al que tenga sed, Yo le daré gratuitamente de la fuente de agua de vida (Ap. 21:6).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:28

Comentario general

26.26-28 Dicho día fue el 14 del mes de Nisán, según el calendario hebreo, el cual correspondió al día jueves. Cumpliéndose así los tres días que el Señor habría de pasar en la tumba hasta su resurrección en domingo (Mat. 16:21; 17:23; 20:19; 9:31; Mar.10:34; Luc.9:22; 13:32; 18:33; 24:7; Hch.10:40; 1 Cor. 15:4). La confusión de algunos ha sido que la Biblia dice que el Señor fue quitado apresuradamente de la cruz por acercarse el día de reposo, veamos: entonces los judíos, por cuanto era la preparación de la pascua a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas, y fuesen quitados de allí (Juan 19:31). Nos habla de un día de reposo muy solemne; esta era la manera de llamarle a un “doble sábado”; es decir, cuando el día de la Pascua (14 de Nisán) caía en viernes, por estar unido al sábado, era “un gran sábado” o doble día de reposo. Esto confirma que el Señor fue crucificado y murió el día jueves, sepultado antes del gran sábado (el viernes que se celebraba la Pascua unido al sábado como días de reposo) y resucitó el domingo, el primer día de la semana (Mar. 16:9), estando así tres días muerto. Así pues, el día correspondiente al texto que hoy nos ocupa (Mat. 26:26-30) fue el miércoles. Ese día, el Señor Jesucristo celebró anticipadamente la Pascua con sus discípulos a fin de llegar a ser el Cordero de Dios, instituyendo en la Pascua su cena conocida como “La Cena del Señor”; pero más importante aún que la cena es saber que lo que el Señor instituía ese día era el Nuevo Pacto, dando por viejo y consumado el Antiguo. Y es sobre esto que debemos centrar nuestra atención en estos versículos. Según la iglesia católica romana en liturgia de su misa, cuando el sacerdote repite estas palabras de Jesús el pan (la oblea) y el vino se transforman literal y substancialmente en el cuerpo y la sangre de Jesús. Por eso es que los católico - romanos se postran ante lo que ellos llaman “la eucaristía” y se persignan cuando pasan frente a un templo católico (pensando que Cristo está allí físicamente en el pan y el vino); y es también por eso que no puede caer ni una migaja al suelo; si aun un poco de vino cayese, el sacerdote postrado ha de lamer el vino del piso. El Concilio Vaticano II instituyó: No debería caber duda en la mente de nadie “que todos los fieles deberían mostrar a este santísimo sacramento la adoración que es debida al verdadero Dios, como siempre ha sido la costumbre de la Iglesia Católica. Ni de ninguna manera deben adorarlo menos porque haya sido instituido por Cristo para comerlo” - Concilio Vaticano II. Las iglesias de los vecindarios promueven la adoración de la Eucaristía mediante fiestas anuales que incluyen la Exposición del Sagrado Sacramento. La costumbre típica es que una hostia grande, una oblea de pan consagrada, se coloca en un receptáculo de vidrio, luego se lo engasta en el centro de un vaso de oro ornamentado llamado ostensorio que se asemeja a un resplandor de sol, que se coloca sobre un altar para que los fieles lo adoren. En los países predominantemente católicos un sacerdote puede también llevar el ostensorio por las calles en procesión solemne. La iglesia católica también promueve la adoración de la Eucaristía mediante órdenes especiales de hombres y mujeres dedicados a la continua adoración del pan y el vino consagrados. Estas incluyen las monjas de la Perpetua Adoración del Bendito Sacramento, las Hermanas Adorantes de la Preciosa Sangre, y la Congregación del Sagrado Sacramento -de “el Evangelio según Roma”. Sin embargo, estas teorías tienen grandes deficiencias. La primera de ellas es que el pan y el vino no muestran cambio alguno, saben a pan y vino, huelen a pan y vino y tomado en exceso también embriagan como el vino. Sus sustancia examinada en laboratorio siguen siendo pan y vino. Para un católico - romano esto es “el misterio de la eucaristía”; pero para un cristiano es anti bíblico. Dios no va en contra del sentido común. Cuando el Señor transformó el agua en vino en Caná, realmente sabía a vino, de hecho, al mejor vino. No tomaron agua diciendo: ¡ah! ¡que delicioso vino! Finjamos que es y sabe a vino porque el Señor lo transformó. ¡No! ¡era verdadero vino! El absurdo de la transubstanciación tiene su base en ideas de Aristóteles y no en la Palabra de Dios. La Biblia prohíbe comer o beber sangre (Lev. 17:10-14). Si el Señor les hubiere dado sangre a beber en la última cena les habría dado algo inmundo. Pedro no hubiera podido decir después: porque ninguna cosa inmunda he comido jamás (Hch.10:14); ni los cristianos de Jerusalén hubieran podido instituir en el 1er. concilio que los creyentes deben abstenerse de sangre (Hch. 15:29). Por otro lado, debemos notar que después de que el Señor instituyó la cena volvió a llamar a la copa de vino el fruto de la vid (28-29), dejando claro así que no era sangre. Y cuando dijo “esto es mi cuerpo” (vr. 26), ningún discípulo pensó que el pan era literalmente el cuerpo de Jesús. ¡Él estaba presente en su cuerpo de carne frente a ellos! Según las Sagradas Escrituras el cuerpo físico del Señor nunca está en dos lugares a la vez. Estaba limitado a su carne espacio tiempo en su encarnación. Él es omnipresente espiritualmente, pero corporalmente está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas (Heb. 1:3). Era común que Jesús hablara con metáforas, como lo hace en estos versículos (26-28). Él llamó a los discípulos luz y sal del mundo y de la tierra, lo que no significa que cambiaran de sustancia. Llamó a los fariseos sepulcros blanqueados, y ellos jamás fueron literalmente transformados en tumbas. Así como dijo “esto es mi cuerpo”; también dijo: “Yo Soy el pan de vida” (Juan 6:48) (en griego es el mismo verbo “es” y “soy” conjugado). También dijo: “Yo Soy la luz del mundo” (Juan 8:12) y “Yo Soy la puerta” (Juan 10:9); ¿acaso se volvió luz o se transubstanció en puerta? ¡No! El también dijo: “Yo Soy el buen Pastor” (Juan 10:11); “Yo Soy la resurrección y la vida” (Juan 11:25); “Yo Soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6); “Yo Soy la vida verdadera” (Juan 15:1). ¡Eran metáforas! El no se transformó en un camino físico ni en una vid; sino que estaba enseñando un mensaje espiritual a través de símbolos; tal y como las palabras que expresó en la última cena. Ni siquiera se refirió al vino como su sangre, sino a la copa (1 Cor. 11:25). Estaba hablando en sentido figurado; de hecho lo aclaró diciendo: estas cosas os he hablado en alegorías; la hora viene cuando ya no os hablaré por alegorías, sino claramente os anunciaré acerca del Padre (Juan 16:25). Los elementos de la cena eran símbolos para recordar y nunca para adorar, el Señor nunca dijo que adoraran al pan y al vino como hacen los católico-romanos; sino haced esto en memoria de mí. El símbolo es claro, incluso dice la Palabra que al participar los creyentes de este recuerdo somos todos un cuerpo (1 Cor. 10:17), ¿acaso nos transubstanciamos físicamente en un cuerpo? ¡No! Sino que metafóricamente estamos unidos por la fe en Cristo. El Señor Jesucristo enseñó que Dios es Espíritu; y que es necesario adorarle en espíritu (Juan 4:24), si el pan y el vino fueron transfigurados literalmente en las substancias de carne y sangre, es decir, si literalmente son Cristo Jesús y por ende, adorado como de hecho lo hacen los católico-romanos, entonces quebrantaría Dios su Palabra al enseñar a adorarle con una representación física y no en espíritu. Dios ordenó no hacerle ninguna representación física (Ex. 20). Por otro lado, ¿no dice la Palabra que celebrar la Cena del Señor estamos en su memoria anunciando así su muerte hasta que él venga? (1 Cor. 11:26); ¿pues que no está allí ya presente corporalmente en el pan y el vino? Entonces, ¿porqué dice la Palabra “hasta que él venga”? Sencillo: ¡porque es una metáfora! El pan y el vino conmemoran y anuncian la muerte del Señor, pero el cuerpo de carne del Señor está en los cielos y un día regresará. Quizá algún católico-romano cite Juan 6:54 para tratar de explicar lo que ellos llaman el misterio de la Eucaristía, basta compararlo con su contexto para saber de que estaba hablando el Señor. Compara 6:54 con Juan 6:40 y encontrarás que en el primer pasaje usa comer y beber, pero exactamente en los mismos lugares en 6:40 dice creer. Jamás los primeros padres de la iglesia creyeron en la transustanciación. Jamás un sacerdote podrá crear a su Creador. La cena del Señor, como símbolo y recuerdo del Nuevo Pacto nos habla de cosas gloriosas. Primero, de la encarnación del Hijo de Dios: mi cuerpo. No apareció como un ángel. No tomó un cuerpo superior al humano. ¡Tomó cuerpo como un hombre! En semejanza de carne de pecado (Rom. 8:3); Dios fue manifestado en carne (1 Tim. 3:16). Segundo, no le fue impuesto, Él mismo lo tomó. No fue la lucha de un desesperado; nadie lo obligó. Se anonadó a sí mismo tomando forma de siervo (Fil. 2:7). Y si Dios se hizo voluntariamente Hombre, y si como Hombre ante la gloria fue primero a la cruz; ¿por qué es que tu y yo siendo hombres nos portamos como dioses? ¿Por qué buscamos la gloria cuando necesitamos la cruz? Tercero, la Cena del Señor nos habla de dedicación, pues Jesús dio gracias por el pan y el vino. ¿Gracias por ser crucificado? ¿Gracias por morir en el lugar de la humanidad? Esto nos enseña a dar gracias en todo porque esta es la voluntad de Dios agradable y perfecta (1 Ts. 5:18). ¡En todo! Aun en la peor circunstancia; tal y como Job dijera: ¿recibiremos de Dios el bien y el mal no lo recibiremos? (Job 2:10). Es necesario dar gracias por las aflicciones, porque éstas nos purifica, nos perfeccionan y nos edifican. Es una bendición dar gracias por las aflicciones porque todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios. Cuarto, la cena del Señor nos habla de sufrimiento: lo partió. No lo pidió a Judas que lo partiera, pues los malos no pudieron con Él (ejemplo: los soldados en el arresto del Getsemaní). No le pidió a Pedro que lo partiera, pues tampoco fueron los creyentes, ni aun los ángeles quienes lo mataron. ¡Cristo se dio a si mismo!: nadie me quita mi vida, sino que yo mismo la pongo; tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar (Juan 10:18). Así espera Dios de nosotros: Que nadie os obligue a darle nuestra vida, ni el pastor ni los hermanos, ni la iglesia, ni el testimonio al mundo, ni la familia. Que nada nos obligue a darle nuestra vida, ni las circunstancias, ni las bendiciones ni los problemas. Sino que voluntariamente de amor le entreguemos nuestra vida al Rey. La Cena del Señor nos habla de salvación: cuerpo partido y sangre derramada por nosotros (vrs. 26, 28; 1 Cor. 11:24-25). La muerte del Señor no fue un accidente, sino una sustitución (Is. 53:5). No fue producto de las circunstancias, sino del amor. Tomó nuestro lugar; Pilato lo dijo claramente sin comprender la profundidad de sus palabras: he aquí el Hombre. La humanidad entera estaba en Él. La cena del Señor es una invitación: tomad, comed…bebed de ella todos (vrs. 26-27). No se estableció para tener un ritual religioso, sino una experiencia real de comunión con Cristo. Debemos celebrarlo en su memoria, pero no existe el recuerdo sin la experiencia. Esta salvación es aplicada a todo aquel que cree en el reconociéndolo su Señor. Debemos considerar también el Nuevo pacto en relación con los demás. Cuando el Señor Jesucristo instituyó su Cena dijo entre otras cosas: esto es mi sangre del Nuevo Pacto; lógicamente al hablar del Nuevo Pacto estaba dando por viejo y obsoleto el Pacto anterior. Como dice Hebreos 8:13 al decir Nuevo Pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece está próximo a desaparecer. Así que el Rey Jesucristo estaba estableciendo un Nuevo Pacto por cuanto el Pacto anterior era ineficaz. Sin embargo, en las Sagradas Escrituras no solo se mencionan dos Pactos, a través de los siglos, desde Adán, Dios hizo pactos con la humanidad. Todo en Dios es verdad, mas por causa del hombre hubo necesidad de hacer pactos con él a fin de comprometerlo con su Creador que a la vez que se le daba esperanza. Veamos algunos de los Pactos que Dios hizo con el hombre y la necesidad de un mejor Pacto: Dios hizo Pacto con Adán comprometiéndose a bendecirle eternamente si el hombre obedecía en poblar la tierra, dominar la creación y administrarla en beneficio propio mas según Dios; así como abstenerse de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal. Desafortunadamente el hombre desobedeció y fue condenado a morir habiendo sido expulsado del Edén. Dios hizo Pacto con Noé dándole al hombre una nueva oportunidad de gobernar el mundo para Dios, confirmándole el domino humano sobre la tierra y asegurándole con el sello de su misericordia (el arco iris) que no habrá otro diluvio. Mas el hombre falló al hacerse idólatra. Dios hizo Pacto con Abraham prometiéndole bendecirle y engrandecerle, así como también darle simiente que sería bendición a todas las familias de la tierra. La condición era vivir por fe. Tanto sus descendientes naturales (Israel) como sus descendientes espirituales (la iglesia) debían permanecer en Dios. En cierto modo, la descendencia natural falló al no confiar en Dios. Dios hizo Pacto con Moisés dándole a Israel la ley en el Monte Sinaí, comprometiéndose el pueblo a guardarla. Por un lado estaban los mandamientos para conocer la voluntad de Dios; por otro las ordenanzas para la vida religiosa; además de los juicios para la vida social. Desafortunadamente Israel no obedeció la ley, por lo que ésta vino a ser “ministerio de condenación” al hombre llevándole así como un pecador condenado a Cristo el Salvador. Este es el Pacto que las Sagradas Escrituras llaman el Antiguo Pacto. Por todo ello Dios proveyó un Nuevo y Mejor Pacto. Mejor que el Pacto con Adán, puesto que en Adán todos morimos (1 Cor. 15:22); es decir, a causa de su pecado todos sus descendientes hemos nacido en la posición de condenados, a saber, caídos, pecadores y fuera del Edén. ¡Más en Cristo tenemos vida eterna! Adán perdió todo al venderse al pecado, pero Cristo recuperó todo al pagar con su sangre por el pecado de todos. Él es la Simiente prometida a Eva que aplastó la cabeza de la serpiente y recuperó la creación (Gen. 3:15). Compara con Apocalipsis 5; dice la Palabra: para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo (1 Juan 3:8). Es mejor que el Pacto con Abraham, porque a la vez que lo cumple proporciona lo que el mismo Abraham no alcanzó. Abraham murió sin recibir la herencia prometida (Heb. 11:13). Mas la sangre de Cristo es la muerte del Testador que garantiza que recibamos la herencia eterna y celestial, así como todas las bendiciones de Abraham (Heb. 9:15-16). Pero sobre todo, es mejor que el Pacto con Moisés, el llamado Antiguo Pacto, porque nadie pudo cumplir la ley haciendo así que todos fuesen puestos bajo condenación. Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas. Y que por la ley ninguno se justifica para con Dios, es evidente, porque: el justo por la fe vivirá; y la ley no es de fe, sino que dice: El que hiciere estas cosas vivirá por ellas. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero) (Gal. 3:10-13). Sin embargo, a pesar de que la ley dice que todos somos pecadores y estamos condenados; la sangre de Jesucristo, la sangre del Nuevo Pacto nos libra de todo pecado. ¡Y además nos perfecciona! Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez y para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies; porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb. 10:11-14). El hecho de que Dios ha establecido pactos con el hombre deja en claro su deseo de tener comunión con nosotros. Dios no establece pactos para obligar al hombre, si se tratase de obligarnos a actuar de cierta forma Dios tiene todo el poder y la autoridad para hacerlo, pero así no es el corazón de Dios. ¡Él es amor y desea comunión con nosotros! Con todo, ha sido necesario un desarrollo progresivo en esta relación Dios-hombre; no por causa de Dios, sino por causa de nosotros. De allí que Dios nos ha ido llevando de la mano a través de diferentes Pactos a fin de darnos seguridad, conocimiento de Él y desarrollar nuestra fe y confianza en Él. Todos los Pactos pueden resumirse en dos: el Antiguo y en el Nuevo Pacto, de allí que la Biblia se divida en el Antiguo y Nuevo Testamento comprendiendo el Antiguo Testamento todo lo relacionado al Antiguo Pacto como sombra del Nuevo Testamento; a la vez que el Nuevo Testamento contiene lo relativo al Nuevo Pacto. Ahora bien, con relación al Antiguo Pacto era defectuoso, pues dice la Palabra que si aquel primer Pacto hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo (Heb. 8:7). Esto no significa que fuese malo, al contrario, fue bueno, la ley es santa y espiritual, la ley es buena (Rom. 7:12-14; 1 Tim. 1:8); su defecto radicaba en la debilidad humana, era débil por la carne (Rom. 8:3) ya que ningún hombre pudo obedecer todas sus leyes, y que quien transgreda en un punto se hace culpable de todos (Santiago 2:10). De ésta manera, al ser el hombre incapaz de guardar la ley del Antiguo Pacto (Rom. 7:14,18), quebrantaba dicho Pacto y se condenaba a sí mismo (Rom. 3:23). Por ejemplo, en Éxodo 15:26 dice: si oyeres atentamente la voz de YHWH tu Dios, e hicieres lo recto delante de sus ojos, y dieres oído a sus mandamientos, y guardares todos sus estatutos, ninguna enfermedad de las que envié a los egipcios te enviaré a ti; porque Yo Soy YHWH tu Sanador. ¿Quién puede oír, hacer y guardar todos los mandamientos sin quebrantar jamás uno solo de ellos? ¿Cómo tener entonces la bendición del Salvador? Ese es el defecto del Antiguo Pacto. El hombre es pecador, no puede cumplir la ley del monte Sinaí, él requiere la misericordia del monte Calvario. El Antiguo Pacto requería una ley externa escrita en piedras; prohibiciones; así como de un lugar físico al que venía para adorar (el templo). En otras palabras, el hombre dependía de cosas externas a su corazón por lo que, si alguna de estas circunstancias no le era propicio, se incapacitaba en su relación con Dios. Por ejemplo, si vivía lejos del templo, dejaba de ser un adorador para convertirse en uno que añoraba ir al templo, como David cuando escribe: me dicen todos los días: ¿dónde está tu Dios? Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí; de cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios…¿porqué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle (Sal. 42:3-5). Por todas estas cosas y algunas otras más que el espacio no nos permite mencionar, Dios ha quitado el Antiguo Pacto para darnos un nuevo y mejor Pacto, como dice Hebreos 8:13 al decir: Nuevo Pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer. Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios (Heb. 7:18-19). La institución del Nuevo Pacto nos habla de sangre. Desde el principio, cuando Dios vistió con pieles a los caídos Adán y Eva, hasta el final de la Biblia, la sangre del sacrificio constituye el testimonio permanente de la gracia y justicia de Dios. Sin sangre no hay remisión de pecados (Lev. 17:11; Heb. 9:22). Porque el testamento (o Pacto) con la muerte se confirma pues no es válido entre tanto que es testador vive. De donde ni aún el primer Pacto fue instituido sin sangre. Porque habiendo anunciado Moisés todos los mandamientos de la ley a todo el pueblo, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos, con agua, lana escarlata e hisopo, y roció el mismo libro y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del Pacto que Dios os ha mandado (Heb. 9:17-20). Es por esto que el Señor Jesucristo, después de anunciar las palabras del reino de los cielos durante su ministerio, celebró la Cena instituyendo así el Nuevo Pacto: y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del Nuevo Pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mat. 26:27-28). Así dejó en claro el propósito de la sangre que iba a derramar en la cruz. Más, a diferencia de la sangre derramada en el Primer Pacto que por cuanto no podía quitar los pecados, sino solo cubrirlos (Heb. 10:4) y que requería de sacrificios una y otra vez, millones de animales sacrificados ríos de sangre, como dice la Palabra de Dios: ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados… - tenemos ahora el Nuevo Pacto - Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un sólo sacrificio por los pecados… porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados (Heb. 10:11-14). ¡Aleluya! De allí que el “sacrificio de la misa” que ofrecen los católico-romanos sea tan absurdo, pues intentan, como lo dicen, sacrificar diariamente a Cristo, millones de veces en todo el mundo repitiendo un sacrificio que no requiere de ser repetido. El Antiguo Pacto, por cuanto se basaba en cosas terrenales como animales y el templo si se requería de repeticiones, pero el Nuevo Pacto es espiritual y basado en cosas espirituales, ¡no requiere repetición! Porque no entró Cristo en el santuario (templo) hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el Sumo Sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado… fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan (Heb. 9:24-28). La institución del Nuevo Pacto nos habla de carne. Cuando el Señor Jesucristo tomó el pan, y lo bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: tomad, comed, esto es mi cuerpo (Mat. 26:26); estaba haciendo referencia al quebrantamiento y muerte de su cuerpo de carne ofrecida en los animales en el Antiguo Pacto. Por ejemplo, fue necesario que se sacrificaran corderos y su carne comida por los israelitas para la pascua, es decir, para poder ser liberados de la esclavitud egipcia. Si no hubiesen celebrado la pascua comiendo a los corderos ofrecidos no hubieran sido liberados. Ellos tuvieron que comer de pie, vestidos para salir inmediatamente de viaje rumbo a la libertad y a la tierra que fluye leche y miel (Ex. 12). Así también Cristo, al instituir el Nuevo Pacto en su Cena habló de su carne, puesto que Él es, como dijo el Bautista: el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Y habló de su carne porque la única manera que tiene el hombre de escapar de la esclavitud de la mundanalidad, de pecado y de la muerte es a través del cuerpo de carne de Cristo que fue crucificado. Es decir, sólo a través de la identificación por la fe con esa carne es que podemos vencer el pecado y ser liberados del poder de la carne. Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre (naturaleza pecaminosa) fue crucificada juntamente con Cristo, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado… así…vosotros consideraos muertos al pecado… (Rom. 6:6-11). Esa es una de las razones de que la carne de Cristo fuera quebrantada, librarnos de nuestra carnalidad. Pero además, la carne de Cristo, con su quebrantamiento nos trajo enormes bendiciones; por ejemplo, basta leer Isaías 53 para saber que a través de su muerte llevó Él nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores (vr.4); nos libró de nuestros pecados y el castigo de nuestra paz fue sobre Él (vr.5); trajo justificación a quien cree en Él (vr.11) y herencia a los santificados (vr.12). ¡Gracias Señor Jesús por no negar tu carne en la cruz! Obviamente, al hablar de los beneficios del Nuevo Pacto tenemos que resumirlos y enfocarlos a los más sobresalientes, ya que los beneficios del Nuevo Pacto son muchísimos y no tenemos ni el tiempo ni el espacio suficiente para tan titánica labor; así que nos enfocaremos a los principal. Para esto nos facilita analizar Hebreos 8:10-12 es estos versículos leemos por lo menos los tres aspectos más representativos de los beneficios del Nuevo Pacto. Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mi por pueblo; y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades (Heb. 8:10-12). Los tres aspectos son, según el orden de nuestra experiencia cristiana: primero, perdón (vr.12). Segundo, conocimiento espiritual (vr.11). Y tercero, vida interna capaz de guardar pacto con Dios (vr.10). El Nuevo Pacto trae perdón (Heb. 8:12). El Señor Jesucristo dijo: esta es la sangre del Nuevo Pacto que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mat. 26:28). Y según Dios lo había anunciado anticipadamente por boca de profetas como Jeremías (Jer. 31:31-34): porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades (Heb. 8:12). Seré propicio (gr. jileos), significa misericordioso, compasivo. Dios promete en el Nuevo Pacto ser misericordioso ante nuestras injusticias y también, no acordarse de nuestros pecados. Es decir, cuando se trata de bendecirnos está puesto y dispuesto a actuar, pero cuando se trata de condenarnos no hará nada. Ese es el Nuevo Pacto en Cristo Jesús. Dios ha arrojado al fondo del mar nuestros pecados para no volverse a acordar de ellos y a puesto un letrero que dice: “se prohíbe pescar”. ¡Perdonado! Dilo: ¡Soy perdonado! ¡Gracias Señor Jesús! Se cuanta de los misioneros moravos que al no hallar la palabra perdón en el dialecto de los esquimales tuvieron que acuñar una: Issumagijoujungneinermik, significa: “no - poder - pensar - más - acerca - de - ello”. No hay más culpa que perseguir, ni para con Dios ni para con uno mismo. Una vez limpio no hay más conciencia de pecado (Heb. 10:2). Esto está formado con la sangre de Jesucristo así que es más seguro que el más firme de los montes. El Nuevo Pacto trae conocimiento espiritual: Y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el menor de ellos (Heb. 8:11). Esto no significa que no hagan falta maestros o que ya no existan líderes; sino que, tratándose del conocimiento interior del Señor nadie puede enseñarnos este conocimiento. En el Antiguo Pacto nadie llegaba a conocer verdaderamente al Señor, puesto que sólo se aprendía a cerca de Él. A diferencia de esto, en el Nuevo Pacto, más allá de lo que otros nos enseñen a cerca del Señor, la experiencia de conocerle es real y personal. Literalmente Él habita espiritualmente en nuestro espíritu. De allí que diga la Palabra: Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados (Rom. 8:14-17). Es un conocimiento experiencial: Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él (1 Juan 2:27). El Nuevo Pacto trae la vida de Dios a nosotros: Por lo cual este es el Pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos (Heb. 8:10). En el Antiguo Pacto no entendían verdaderamente qué era lo que Dios deseaba, pues sólo memorizaban leyes escritas en piedra y en libros. Pero la intención de Dios les era velada. Esto es claramente presentado en el velo de Moisés: Y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido. Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor (2 Cor. 3:13-18). Todo hombre sin Cristo está en esta condición. Puede ser un sabio en lo que respecta a los asuntos terrenales y una persona muy inteligente en cuestiones humanas, pro mientras no se convierta a Cristo será un perfecto ignorante e incapaz de entender las cosas espirituales, por muy letrado que sea: Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Cor. 2:16). Se requiere para entender las cosas de Dios de recibir por la fe nuevos pensamientos, los pensamientos de Dios a partir de los cuales construye un nuevo entendimiento. Leemos también en Hebreos 8:10 que el Señor, como parte del Nuevo Pacto, escribiría sus leyes en nuestro corazón. El problema del Antiguo Pacto era que el hombre no tenía, como tampoco hoy tiene, la capacidad para obedecer las leyes externas que Dios le diera en las tablas de piedra. Es por esto que el beneficio del Nuevo Pacto nos trae a Dios mismo a vivir dentro de nosotros, haciendo Él en nosotros lo que para nosotros era imposible, como es guardar su ley: Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén (Heb. 13:20-21). El Nuevo Pacto es nuevas intenciones y nuevo poder par vivir de acuerdo a la voluntad de Dios todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios (1 Juan 3:9). Es como en una operación de corazón en donde el paciente no se resiste. Por último, dice en Hebreos 8:10c que otro de los beneficios del Nuevo Pacto en la sangre del Señor es que Dios viene a ser nuestro Dios y nosotros somos hechos su pueblo. Esto significa una nueva identidad. Antes no éramos de Él, mas en Cristo somos de Él. ¡Esto es maravilloso! El simple hecho de un cambio de identidad proporciona al hombre una nueva dignidad; de estar muertos en nuestros pecados a estar sentados en lugares celestiales con Cristo (Ef. 2:5-7). En esta nueva identidad de hijos de Dios el “pedir” se transforma en el “tomar”. Somos el Mefiboset de la humanidad; cojos, maltrechos y abandonados pero ahora sentados a la mesa del Rey con la dignidad de hijo y de príncipe. La invitación del Nuevo Pacto: bebed de ella todos (vr. 27). En el Antiguo Pacto no todos los hombres tenían acceso a las cosas de Dios; sólo un pueblo de entre todos los pueblos de la tierra fue escogido para servirle: Israel. Y de entre este pueblo sólo una de sus doce tribus tenía oportunidad de participar de las cosas de Dios: la tribu de Leví. Y de entre estos sólo algunos eran sacerdotes y sólo uno de ellos entraba al Lugar Santísimo donde Dios se manifestaba, ¡y esto una sola vez al año! ¡Que limitado era el Pacto Antiguo! A diferencia de éste, el Nuevo Pacto es inclusivo: bebed de ella (la copa) todos. ¡Todos! No importa que tan bueno crees ser, necesitas la sangre de Jesucristo. Es irrelevante que tan malo seas; igualmente necesitas la sangre de Jesucristo. Seas un genio o un ignorante, un pobre o un rico, famoso o desconocido, nada personal importa, salvo que en el asiento de la gracia de Dios hay un lugar reservado para cada uno de nosotros. Su inclusiva invitación no deja a nadie fuera. Dice el Señor: el que a mí viene, yo no le hecho fuera (Juan 6:37). Su mano toca al leproso intocable. Su voz consuela a la viuda inconsolable. Su amor alcanza al pecador imperdonable. El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de vida gratuitamente (Ap. 22:17). La mayoría de las invitaciones tienen algún interés. La gente invierte en un desayuno para conseguir una venta o apoyo de algún tipo. Hay lugares tan elegantes que nunca pisaríamos de no ser por este tipo de invitaciones interesadas que suelen hacer los que buscan sacar algún provecho. Pero Dios no es así, Él no recibe nada con invitarnos, salvo el compartir su amor. Su invitación es generosa: “bebed de ella todos”. Desea que todos participemos de su comunión y de su Pacto a través de la fe en la sangre de Jesucristo. Pero así como la invitación de Dios a participar del Nuevo Pacto es una invitación inclusiva; también podemos decir que es exclusiva: bebed de ella todos. Sólo hay una copa de la cual beber. Debemos entender bien esto. Están a la mesa el Maestro y sus once discípulos para instituir la Santa Cena, símbolo del Nuevo Pacto. Ya celebraron la Pascua y el traidor ha salido. Hay pan para todos, lo mismo que otros alimentos; una gran jarra de barro contiene abundante vino. El Maestro toma una copa de enorme tamaño, suficiente para depositar en ella por lo menos litro y medio. La llena. Acto seguido dice “bebed de ella todos”; es decir, de la misma copa. No se servirían cada uno en una copa individual, sino que tomarían de una sola copa todos. Esto es así porque existe un solo medio de salvación suficiente para todo el que crea. Sólo una sangre ha tenido, y tiene, la virtud de limpiar todos los pecados: la sangre de Jesucristo. Acudir a otros intercesores; hacer “mandas” y votos buscando salvarse; intentar salvarse con buenas obras; todo esto y cualquier otra cosa que se intente no son sino otras copas imposibilitadas para dar vida eterna. De la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio; así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que lo esperan (Heb. 9:27-28). La sangre de Jesús es la única copa disponible para ser salvos. Es indispensable e insustituible. Beber de ella es creer que Jesús murió en mi lugar para pagar por todos mis pecados. Pero así como nos habla de que al haber una sola copa para todos hay un solo remedio para nuestros pecados; así también nos habla de que al beber de ella todos somos hechos un solo cuerpo. Esto es aún más claro en el pan que es partido como símbolo del cuerpo de carne de Cristo que fue partido por nosotros: siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan (1 Cor. 10:17). Así que al participar por la fe todos de una misma sangre, la sangre de Jesucristo, somos unidos en uno; así como en un cuerpo de carne fluye una sola sangre; así también en la iglesia es una la sangre que vivifica: la sangre de Jesucristo, la copa del Nuevo Pacto. Y también, del mismo modo que un cuerpo de carne muere si pierde su sangre; así también la iglesia carecería de vida si no tuviera la sangre de Jesucristo. Esto cumple el tipo antiguo-testamentario: la vida en la sangre está (Lev. 17:11). La invitación que el Señor nos hace a participar del Nuevo Pacto no solamente es inclusiva a la vez que exclusiva, sino también aplicable: “bebed de ella todos”. De nada nos sirve conocer todo lo relativo al Nuevo Pacto si éste no es aplicado a nosotros. Así como no sirve de nada saber que existe un antídoto para la mordedura de la serpiente si éste no es aplicado cuando se ha sido mordido por este reptil; así también, no solo debemos saber acerca de Cristo, sino probar a Cristo para que su bendita sangre nos libre de la mordedura de la serpiente antigua, satanás. Respondió Jesús y le dijo: cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna (Juan 4:13-14). ¡Si alguno tiene sed, venga a mi y beba! (Juan 7:37). Al que tenga sed, Yo le daré gratuitamente de la fuente de agua de vida (Ap. 21:6).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:29

Comentario general

26.29 La consumación del Nuevo pacto. Primero, en la tierra, pues el Señor no bebería más el fruto de la vid en esta vida. ¡Todo está consumado! El cielo ha sido abierto de par en par; el Trono de misericordia es accesible; la herencia puede cobrarse; el Señor consumó la obra. El Pacto ha sido confirmado. Y segundo, el Nuevo pacto ha de ser consumado en el cielo, ya que el Señor prometió que volvería a beber el fruto de la vida con sus discípulos en el reino del Padre. El mismo que descendió a los infiernos ha traspasado los cielos; la mesa está servida en espera de los hijos. Los asientos cual tronos han sido reservados según los nombres escritos en el libro de la vida. La copa de bendición está al tope. De un momento a otro se abrirán las puertas y los hijos de Dios como niños que juegan y ríen entraremos con cuerpos glorificados a ocupar nuestro lugar a la mesa del Rey. El Señor levantará la copa, nosotros el alma. Él bendecirá, nosotros gritaremos de júbilo. Él beberá, nosotros junto a Él entre llantos de alegría. ¡Aleluya! (Sal. 4:7; 104:15; Cantares 5:1; Is. 53:11; Sof. 3:17; Zac. 9:1; Luc. 15:5-6; Juan 15:11; 16:22; 17:13; Ap. 5:8-10).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:30

Comentario general

26.30 El himno final. En aquella maravillosa noche de Pascua que salieron al monte de los Olivos, entonaron el himno tradicional de la ocasión: los salmos 115, 116, 117 y 118. Ejemplos: ¿Por qué han de decir las gentes: ¿Dónde está ahora su Dios? (115:2). Me rodearon ligaduras de muerte, Me encontraron las angustias del Seol; angustia y dolor había yo hallado. Entonces invoqué el nombre de Yahwéh, diciendo: Oh Yahwéh, libra ahora mi alma (116:3-4). Estimada es a los ojos de Yahwéh, la muerte de sus santos (116:15). Alabad a Yahwéh, naciones todas; pueblos todos, alabadle. Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia, y la fidelidad de Yahwéh es para siempre. Aleluya (117:1-2). La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo. De parte de Yahwéh es esto y es cosa maravillosa a nuestros ojos. Este es el día que hizo Yahwéh; nos gozaremos y alegraremos en Él (118:22-24). Yahwéh es Dios, y nos ha dado luz; atad víctimas con cuerdas a los cuernos del altar (118:27). El monte del olivar es el símbolo bíblico de la prensa de Dios en donde nuestro Señor fue oprimido para producir el aceite que unge sanidad. Llegará el día en el que el himno será nuestro y en su Honor sin más prensa que el recuerdo de una cruz. Entonces entonaremos: Pero nosotros bendeciremos a JAH Desde ahora y para siempre. Aleluya (Sal. 115:18) Alabad a Yahwéh naciones todas; pueblos todos, alabadle. Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia, y la fidelidad de Yahwéh es para siempre. Aleluya (Sal. 117:1-2). Alabad a Yahwéh porque Él es bueno; Porque para siempre es su misericordia (Sal. 118:1).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:31

Comentario general

26.31 En este versículo encontramos el tropiezo de las ovejas a causa de la herida del Pastor. Aunque la apariencia fuerte, los súbditos del reino somos débiles ovejas que necesitamos al Pastor. Entonces Jesús les dijo –comienza el versículo. Y ese “entonces” lo une al versículo anterior, el cual habla de que cantaran el himno (el Hillel). Enseguida salieron al monte de los olivos; es decir, después de que cantaron acerca de la muerte del Señor como el día de alegrarse de que hizo el Señor, les comunicó que serían dispersados por escandalizarse de Él. Así que el Señor recordó la profecía de Zacarías 13:7 levántate , oh espada, contra el Pastor, contra el hombre compañero mío, dice Yahwéh de los Ejércitos . Hiere al Pastor, y serán dispersadas las ovejas, y haré volver mi mano contra los pequeñitos. Debió ser un impacto al corazón del Señor: ¡sus discípulos, sus ovejas, sus pequeñitos! La palabra escandalizaréis proviene del griego skandalízo. Término que define la varita que detiene una trampa para atrapar animalitos. Es esa varita que tirábamos con una cuerda cuando niños para atrapar pájaros, ¿recuerdas como al hacer caer esta vara caía una caja sobre el animal? Cuando alguno se escandaliza de otro en su caída, cae en una trampa que ata su alma afectando su fe. Halló tropiezo por escandalizarse y lo mismo sucede a todos los que tropiezan. Los discípulos se escandalizaron y tropezaron no comprendiendo de momento la cruz. ¡Cuán fácilmente la oveja pierde el rumbo sin el Pastor! ¿Y cómo no iban a escandalizarse, a tropezar y a huir despavoridos? ¡Perdían al Maestro! ¡Oh! ¡si nos quitaran a Cristo lo perderíamos todo! Imagínate por un momento lo que sería la vida sin Jesucristo.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:32

Comentario general

26.32 Es cierto, la muerte fue real. La cruenta cruz existió y la tumba verdaderamente fue ocupada por el frío cuerpo sin vida de Jesús. Y también es cierto, ¡que horrible sería el futuro sin Cristo! ¡Pero resucitó! ¡Aleluya! Que nunca se nos olvide que la historia tiene como final la Victoria del Señor. Jamás perdamos de vista que al término del horizonte se visualiza el trono. El Señor da la última palabra: el golpe final del último asalto; al final de la contienda Él es quien está de pie con las manos levantadas. Cuando el polvo se disipe y el ruido de los metales se calme, sólo su espada tendrá sangre y sólo Él tomará el botín para repartirlo entre los hijos de Dios. Por eso estamos tan seguros de ir al cielo, Cristo nos abrió el camino y lo pavimentó con oro. Por eso no tememos a la muerte, le han cortado sus ganas, su poder ha sido minado y nos han dado las llaves de su cárcel. ¡Cristo resucitó! El Pastor va delante: iré delante de vosotros. Los pastores orientales de ovejas no guían a sus animalitos como los pastores occidentales. Nosotros arriamos y empujamos a las ovejas; mientras que los orientales van delante de ellas. El mismo Señor Jesús dijo: y cuando el Pastor ha sacado fuera las ovejas, va delante de ellas (Juan 10:4). El Señor resucitó para ir delante de nosotros a la Presencia de Dios. Él es las primicias de la cosecha; de modo que el camino actual no es incierto ni tenemos por qué temer. Porque no saldréis apresurados ni iréis huyendo; porque Jehová irá delante de vosotros, y os congregará (será vuestra retaguardia también) el Dios de Israel (Is. 52:12). Nuestro General no se ha quedado en el cuartel, Él pasó por entre el ejército enemigo abriéndonos el camino. Estamos seguros de ir al cielo porque el Pastor nos espera del otro lado. A veces puedes sentirte como que has perdido el rumbo, como desorientado. No te preocupes. Como la Sulamita: hazme saber, oh tú a quien ama mi alma, dónde apacientas, dónde harás recostar el rebaño al mediodía; para que yo no ande errante tras los rebaños de tus compañeros (Cantares 1:7). El consejo del Pastor a la sulamita, lo mismo que a nosotros es: si no lo sabes, ¡oh la más hermosa de las mujeres!, sigue las huellas del rebaño, y apacienta tus cabritas junto a las cabañas de los pastores (Cant. 1:8). ¡Ven a la iglesia, al rebaño del Pastor! No te preocupes más; ven y acompáñanos que vamos siguiendo a Cristo rumbo al cielo. El Pastor va delante. El Pastor restaura: iré delante de vosotros a Galilea –dice el pasaje. Él no prometió ir delante de otros discípulos nuevos, sino de los mismos que habrían de negarle. El Pastor sabe como restaurar a las ovejas que han caído, a las torpes y a las extraviadas. Pedro y los demás lo negarían, incluso habrían de maldecir; sin embargo el Señor Jesús como buen Pastor no busca otras ovejas; como reconoce su rebaño el pastor el día que está en medio de sus ovejas esparcidas, así reconoceré mis ovejas, y las libraré de todos los lugares en que fueran esparcidas el día del nublado y de la oscuridad y Yo las sacaré de los pueblos, y las juntaré de las tierras, y las meteré en su tierra, y las apacentaré en los montes de Israel (Ez. 34:12-13). Esto dijo de los judíos pero también de todo aquel que lo tiene a Él como Pastor. El Señor no quiere usar a otro como te usa a ti; Él quiere usarte a ti. El Señor pudiera sentar a otro a su mesa en el lugar que tu has dejado vacío; pero Él te lo ha reservado a ti. El Señor tiene tantas ovejas que puedes llegar a creer que no eres importante en su rebaño; pero Él te conoce y te llama por tu nombre (Juan 10:3). Sabía que sus discípulos tropezarían y les anticipó su restauración. Él conoce muy bien y ama aún mejor.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:33

Comentario general

26.33 Es un error suponer que nos conocemos mejor de lo que Dios nos conoce, Pedro tenía esta falta y se creía mejor que los demás. La autoconfianza es un escalón muy alto y un piso muy resbaloso. Es fácil tropezar cuando no se toman precauciones de posible caída. La autoconfianza es un cinturón rasgado y una cuerda quemada; no sostiene.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:34

Comentario general

26.34 Antes que se cumpliera la tercera vigilia de la noche el apóstol habrá de negar al Maestro. Así le pasó a la iglesia, negó a su Señor antes de acabar la noche de vigilia para el regreso del Señor. Sin embargo, así como Pedro lloró amargamente arrepentido, la historia demuestra un retorno poderoso buscando al Señor a partir de la Reforma. Somos débiles ovejas que se amedrentan con facilidad en la noche; por esto Dios nos ha dado su Espíritu Santo, a fin de estar velando con sobriedad. Ahora el canto del gallo no nos incomoda, si bien despierta nuestra conciencia, también nos anuncia la proximidad del día.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:35

Comentario general

26.35 Los doce y su reacción el día de la crucifixión son una solemne advertencia. El que crea estar firme, mire que no caiga (1 Cor. 10:12). Es fácil sentirse invencible en Presencia del Señor y disfrutando su gloria; pero también experimentamos momentos de incertidumbre en los cuales nuestra fe es probada. Por ello, lejos de la presunción de invencibles, conviene reconocer la posibilidad de la falla y prepararse para ello. Todos hablan de prepararse para el éxito, pero también es necesario prepararse para el fracaso. De hecho, uno enseña tanto como el otro. Algunos han perdido la cabeza en el éxito, pero podemos hallarla en el fracaso. Preparémonos para lo peor y esperemos lo mejor. Bienaventurado el hombre que siempre teme, pero el que endurece su corazón caerá en el mal (Pr. 28:14). Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor (Fil. 2:12). Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación (1 P. 1:17).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:36

Comentario general

26.36-38 El Señor se dirigió al monte de los olivos, llamado Getsemaní. Al mismo monte al que tantas veces había ido refugiándose del bullicio de la populosa ciudad de Jerusalén. El lugar donde podía estar a solas con sus discípulos y hablar entre sí los secretos propios de los amigos. Esta vez el monte luce diferente. Su apariencia es la misma, su olor, sus veredas y sus grandes árboles de olivo con sus retorcidos y anchos troncos son iguales; pero el ambiente es diferente. El Maestro viene serio, es raro no verlo reír. Ni aún Pedro se atreve a preguntarle la razón. Han llegado al Getsemaní, al lugar donde será prensada su alma a fin de extraerle todo el aceite de la vida. El huerto de Getsemaní es un pequeño bosque ubicado al pie del monte de los olivos, frente a Jerusalén y al este del torrente del Cedrón. Una antigua tradición dice que este huerto pertenecía a María, la madre de Juan Marcos, pero no hay evidencia de esto. Todavía hoy podemos ver los grandes olivos enseñoreándose en el huerto bien enraizados al monte y también, por la fe, podemos ver la agonía del Maestro en sus raíces terrenales como el Hijo del Hombre. Getsemaní significa “prensa de aceite” emulando el oficio de los hacedores de aceite a base de prensar olivas y extraerles su jugo. Getsemaní es símbolo de la agonía de Jesús, donde fue oprimido y su unción vertida. Si a Josué y a Zorobabel se les llamó los dos olivos por estar llenos del Espíritu Santo, ¡cuánto más el Señor Jesucristo lleno de Gracia, de verdad y del Espíritu Santo! Fue allí en ese huerto que vació su alma en agonía. Fue allí en Getsemaní que tomó el saco de pecados de la humanidad. Fue allí en Getsemaní que fue oprimido al máximo. Se que soy libre de toda opresión porque allí mi Señor fue oprimido en todo por mí. El Huerto de Getsemaní recuerda a otro huerto. El huerto llamado Edén, en donde el primer Adán luchó contra satanás y pereció. Solo que ahora el Segundo Adán salió triunfante. En el primer huerto el primer Adán estuvo solo; en el segundo huerto, el postrer Adán también fue abandonado. En el primer huerto la serpiente ofreció una “vida fácil” al primer adán. En el segundo huerto el dragón ofreció librarse de una cruz al segundo Adán. El primer huerto termina con una espada encendida en la oscuridad del pecado; mientras el segundo huerto con antorchas encendidas en la oscuridad de la noche y de la traición. El primer huerto fue la victoria del adversario; y el segundo huerto su muerte y destitución. Cuando Dios bajó la primera vez al huerto buscó a un hombre caído, al cual arrojó de su Presencia. Mas ahora, Dios bajó por segunda vez al huerto, al huerto del olivar y de la aflicción; no para expulsar al hombre, sino para tomar su lugar. En Getsemaní, el caído es el Hijo del Hombre: cayó sobre su rostro agonizante para levantar el rostro restaurado y digno de los que crean el Él. El Hijo del Hombre fue prensado entre otras cosas por la soledad. La opresión que habría de experimentar el Hijo del Hombre era tan grande y tan profunda que llama a sus íntimos a acompañarle. Deja ocho discípulos a la entrada del huerto y se lleva a tres más, los mejores amigos que tenía, a Pedro, Jacobo y Juan, a internarse en Getsemaní. El discípulo que le falta está contando monedas. ¿Quién no se ha sentido tan oprimido y solo que no haya necesitado amigos? Pedro acababa de prometerle fidelidad hasta la muerte. Jacobo y Juan dijeron lo mismo. El Hijo del Hombre necesitó amigos, aunque se tratara del impulsivo Pedro y de los hijos del trueno. Estaba triste, muy triste. Si alguien entiende y consuela a la viuda y al huérfano es Él. Si alguien puede comprender y ayudar al divorciado o a la mujer abandonada es ÉL. Si alguien esta dispuesto acompañar al anciano que ha sido recluido por los suyos en el asilo es Él. Jesús probó la más profunda soledad, para dar la más íntima compañía. Un día extendió tanto sus invitantes brazos que lo pusieron en una cruz y para asegurarnos que no cambiaría jamás de opinión acerca de recibirnos los sujetó con clavos en esa posición.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:37

Comentario general

26.36-38 El Señor se dirigió al monte de los olivos, llamado Getsemaní. Al mismo monte al que tantas veces había ido refugiándose del bullicio de la populosa ciudad de Jerusalén. El lugar donde podía estar a solas con sus discípulos y hablar entre sí los secretos propios de los amigos. Esta vez el monte luce diferente. Su apariencia es la misma, su olor, sus veredas y sus grandes árboles de olivo con sus retorcidos y anchos troncos son iguales; pero el ambiente es diferente. El Maestro viene serio, es raro no verlo reír. Ni aún Pedro se atreve a preguntarle la razón. Han llegado al Getsemaní, al lugar donde será prensada su alma a fin de extraerle todo el aceite de la vida. El huerto de Getsemaní es un pequeño bosque ubicado al pie del monte de los olivos, frente a Jerusalén y al este del torrente del Cedrón. Una antigua tradición dice que este huerto pertenecía a María, la madre de Juan Marcos, pero no hay evidencia de esto. Todavía hoy podemos ver los grandes olivos enseñoreándose en el huerto bien enraizados al monte y también, por la fe, podemos ver la agonía del Maestro en sus raíces terrenales como el Hijo del Hombre. Getsemaní significa “prensa de aceite” emulando el oficio de los hacedores de aceite a base de prensar olivas y extraerles su jugo. Getsemaní es símbolo de la agonía de Jesús, donde fue oprimido y su unción vertida. Si a Josué y a Zorobabel se les llamó los dos olivos por estar llenos del Espíritu Santo, ¡cuánto más el Señor Jesucristo lleno de Gracia, de verdad y del Espíritu Santo! Fue allí en ese huerto que vació su alma en agonía. Fue allí en Getsemaní que tomó el saco de pecados de la humanidad. Fue allí en Getsemaní que fue oprimido al máximo. Se que soy libre de toda opresión porque allí mi Señor fue oprimido en todo por mí. El Huerto de Getsemaní recuerda a otro huerto. El huerto llamado Edén, en donde el primer Adán luchó contra satanás y pereció. Solo que ahora el Segundo Adán salió triunfante. En el primer huerto el primer Adán estuvo solo; en el segundo huerto, el postrer Adán también fue abandonado. En el primer huerto la serpiente ofreció una “vida fácil” al primer adán. En el segundo huerto el dragón ofreció librarse de una cruz al segundo Adán. El primer huerto termina con una espada encendida en la oscuridad del pecado; mientras el segundo huerto con antorchas encendidas en la oscuridad de la noche y de la traición. El primer huerto fue la victoria del adversario; y el segundo huerto su muerte y destitución. Cuando Dios bajó la primera vez al huerto buscó a un hombre caído, al cual arrojó de su Presencia. Mas ahora, Dios bajó por segunda vez al huerto, al huerto del olivar y de la aflicción; no para expulsar al hombre, sino para tomar su lugar. En Getsemaní, el caído es el Hijo del Hombre: cayó sobre su rostro agonizante para levantar el rostro restaurado y digno de los que crean el Él. El Hijo del Hombre fue prensado entre otras cosas por la soledad. La opresión que habría de experimentar el Hijo del Hombre era tan grande y tan profunda que llama a sus íntimos a acompañarle. Deja ocho discípulos a la entrada del huerto y se lleva a tres más, los mejores amigos que tenía, a Pedro, Jacobo y Juan, a internarse en Getsemaní. El discípulo que le falta está contando monedas. ¿Quién no se ha sentido tan oprimido y solo que no haya necesitado amigos? Pedro acababa de prometerle fidelidad hasta la muerte. Jacobo y Juan dijeron lo mismo. El Hijo del Hombre necesitó amigos, aunque se tratara del impulsivo Pedro y de los hijos del trueno. Estaba triste, muy triste. Si alguien entiende y consuela a la viuda y al huérfano es Él. Si alguien puede comprender y ayudar al divorciado o a la mujer abandonada es ÉL. Si alguien esta dispuesto acompañar al anciano que ha sido recluido por los suyos en el asilo es Él. Jesús probó la más profunda soledad, para dar la más íntima compañía. Un día extendió tanto sus invitantes brazos que lo pusieron en una cruz y para asegurarnos que no cambiaría jamás de opinión acerca de recibirnos los sujetó con clavos en esa posición.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:38

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26.36-38 El Señor se dirigió al monte de los olivos, llamado Getsemaní. Al mismo monte al que tantas veces había ido refugiándose del bullicio de la populosa ciudad de Jerusalén. El lugar donde podía estar a solas con sus discípulos y hablar entre sí los secretos propios de los amigos. Esta vez el monte luce diferente. Su apariencia es la misma, su olor, sus veredas y sus grandes árboles de olivo con sus retorcidos y anchos troncos son iguales; pero el ambiente es diferente. El Maestro viene serio, es raro no verlo reír. Ni aún Pedro se atreve a preguntarle la razón. Han llegado al Getsemaní, al lugar donde será prensada su alma a fin de extraerle todo el aceite de la vida. El huerto de Getsemaní es un pequeño bosque ubicado al pie del monte de los olivos, frente a Jerusalén y al este del torrente del Cedrón. Una antigua tradición dice que este huerto pertenecía a María, la madre de Juan Marcos, pero no hay evidencia de esto. Todavía hoy podemos ver los grandes olivos enseñoreándose en el huerto bien enraizados al monte y también, por la fe, podemos ver la agonía del Maestro en sus raíces terrenales como el Hijo del Hombre. Getsemaní significa “prensa de aceite” emulando el oficio de los hacedores de aceite a base de prensar olivas y extraerles su jugo. Getsemaní es símbolo de la agonía de Jesús, donde fue oprimido y su unción vertida. Si a Josué y a Zorobabel se les llamó los dos olivos por estar llenos del Espíritu Santo, ¡cuánto más el Señor Jesucristo lleno de Gracia, de verdad y del Espíritu Santo! Fue allí en ese huerto que vació su alma en agonía. Fue allí en Getsemaní que tomó el saco de pecados de la humanidad. Fue allí en Getsemaní que fue oprimido al máximo. Se que soy libre de toda opresión porque allí mi Señor fue oprimido en todo por mí. El Huerto de Getsemaní recuerda a otro huerto. El huerto llamado Edén, en donde el primer Adán luchó contra satanás y pereció. Solo que ahora el Segundo Adán salió triunfante. En el primer huerto el primer Adán estuvo solo; en el segundo huerto, el postrer Adán también fue abandonado. En el primer huerto la serpiente ofreció una “vida fácil” al primer adán. En el segundo huerto el dragón ofreció librarse de una cruz al segundo Adán. El primer huerto termina con una espada encendida en la oscuridad del pecado; mientras el segundo huerto con antorchas encendidas en la oscuridad de la noche y de la traición. El primer huerto fue la victoria del adversario; y el segundo huerto su muerte y destitución. Cuando Dios bajó la primera vez al huerto buscó a un hombre caído, al cual arrojó de su Presencia. Mas ahora, Dios bajó por segunda vez al huerto, al huerto del olivar y de la aflicción; no para expulsar al hombre, sino para tomar su lugar. En Getsemaní, el caído es el Hijo del Hombre: cayó sobre su rostro agonizante para levantar el rostro restaurado y digno de los que crean el Él. El Hijo del Hombre fue prensado entre otras cosas por la soledad. La opresión que habría de experimentar el Hijo del Hombre era tan grande y tan profunda que llama a sus íntimos a acompañarle. Deja ocho discípulos a la entrada del huerto y se lleva a tres más, los mejores amigos que tenía, a Pedro, Jacobo y Juan, a internarse en Getsemaní. El discípulo que le falta está contando monedas. ¿Quién no se ha sentido tan oprimido y solo que no haya necesitado amigos? Pedro acababa de prometerle fidelidad hasta la muerte. Jacobo y Juan dijeron lo mismo. El Hijo del Hombre necesitó amigos, aunque se tratara del impulsivo Pedro y de los hijos del trueno. Estaba triste, muy triste. Si alguien entiende y consuela a la viuda y al huérfano es Él. Si alguien puede comprender y ayudar al divorciado o a la mujer abandonada es ÉL. Si alguien esta dispuesto acompañar al anciano que ha sido recluido por los suyos en el asilo es Él. Jesús probó la más profunda soledad, para dar la más íntima compañía. Un día extendió tanto sus invitantes brazos que lo pusieron en una cruz y para asegurarnos que no cambiaría jamás de opinión acerca de recibirnos los sujetó con clavos en esa posición.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:39

Comentario general

26.39 No pudiendo más cayó sobre su rostro en oración al Padre. Lo mejor que podemos hacer cuando estamos en problemas es esconder nuestro rostro en los pies del Padre orando. Le decía: “Padre mío!”; en la necesidad, lo mismo que en la intimidad ya no es “Padre nuestro”, sino; “Padre mío”. Es hermoso pertenecer a la congregación de los hijos de Dios, pero en la adversidad necesito a mi Padre Celestial. Es la identificación de la comunión. Es el ruego del niño que tira de la falda de la mamá. Es el niño que aprendiendo a caminar apura sus pasitos rumbo a papá para no caerse. Es Jesús, el Hijo de Dios como el Hijo del Hombre totalmente en su debilidad humana y dependencia absoluta de Dios. Le rogaba: “si es posible, pase de mí esta copa”. Como la víctima de un terremoto que desde abajo de los escombros donde se encuentra oprimido vislumbra la luz. Como el enfermo agonizante pone su esperanza en un nuevo medicamento recién descubierto. Aquí vemos al Hijo del Hombre en su sobriedad. El nunca fue un suicida ni un fanático que quisiera morir, ¡amaba la vida! Disfrutó ser un humano que andaba entre nosotros. Los que lo difamaban dijeron que era un comilón y bebedor. Nunca fue mundano pero sí uno que sabe vivir y disfrutar cada detalle de esta vida. Hay quienes prefieren la muerte a los sufrimientos de esta vida. Sólo su temor al infierno los ha librado del suicidio. Hay quienes anhelan la venida del Señor, no por verle y estar con Él, sino como un escape de este mundo. Pero allí en Getsemaní, encontramos una perla escondida en la humanidad de Jesús: esta vida vale la pena y debe disfrutarse. Acerca de la copa, ¿cuál era esa copa que el Señor insistentemente (aunque con sumisión) se negaba a tomar? En la Biblia la copa es un símbolo de porción. Por ejemplo, cuando dice “la copa de salvación” se refiere al recibimiento de la salvación. En el caso del Señor, la copa a la que se refería podemos entenderla por el contexto; apenas unos instantes antes había hablado de su sangre como la copa del Nuevo Pacto (26:27-28); también, cuando Pedro en su arrebato de valor intentó defenderle cortando la oreja de Malco el Señor le reprendió diciendo: la copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber? De modo que la copa a la que se refería en el Getsemaní era su propia muerte para consolidar el pacto. Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente (Heb. 5:7). No era una muerte común. No era simplemente morir, sino la forma de dicha muerte y en esto vayamos más allá de la cruz. Beber la copa era recibir toda la porción de la ira de Dios que toda la humanidad de todos los tiempos habría de acumular: Porque así me dijo Jehová Dios de Israel: Toma de mi mano la copa del vino de este furor, y da a beber de él a todas las naciones a las cuales yo te envío. (Jer.25:15,28). Porque el cáliz está en la mano de Yahwéh, y el vino está fermentado, lleno de mistura; y él derrama del mismo; hasta el fondo lo apurarán, y lo beberán todos los impíos de la tierra (Sal. 75:8). ¡La copa era hacerse enemigo de Dios! ¿Puedes acaso pedirle al Señor algo peor que esto? ¡La copa era hacerse maldición, es decir, ser maldito por Dios! (Gal. 3:13); ¿puedes acaso ponerle mayor carga a un mortal que esta? Nadie ha padecido jamás tanto como el Señor Jesús. Ahora bien, ¿crees tú que tu sufrimiento puede entonces escapar a su compasión y ayuda?

— Roberto Tinoco

Mateo 26:40

Comentario general

26.40 Jesús fue prensado por la incomprensión. Había dado el privilegio a tres de sus íntimos a que lo acompañaran. Que tremenda desilusión debió haber sido hallarlos durmiendo: “- Pedro: ¿no prometiste morir por mí? ¡ni siquiera eres capaz de estar una hora despierto! ¿cómo enfrentarías el sueño de la muerte?” –reprochó. Parece extraño verle reprochando, pero es tanta la incomprensión que está recibiendo. ¡3 años de amistad y lo abandonaron en el momento en el que más los necesitaba! Es la historia acumulada de todos los desilusionados, los abandonados, los no ascendidos, los reprobados, los que no recibieron el regalo o fueron puestos de lado, los que no fueron tomados en cuenta. Desde aquel niño que recibe una pelota barata en Navidad en vez de la bicicleta que esperaba, hasta el anciano que confiaba al morir rodeado de nietos en abundancia material y ahora se encuentra sólo en una banca de un pobre asilo sin más propiedad que la avena del desayuno. Desilusión. La vida en este mundo a sido para muchos una larga pila de desilusiones. Por esto Jesús pasó por eso. Para sentir lo mismo que los hombres a fin de que sepamos con certeza que Él jamás nos desilusionará. Pase lo que pase, jamás fallará. Si papá no cumplía su promesa de llevarte a ese partido de futbol cuando niño; el Padre celestial si cumplirá el llevarte al cielo a su presencia. Si el jefe en la oficina no cumplió su promesa de ascenso; el jefe del universo si cumplirá en recompensarle toda buena obra, así se trate de un vaso de agua. Si el esposo no cumplió sus votos matrimoniales; el Rey Jesucristo, el esposo de la iglesia si cumplirá su Pacto de Gracia eterna. Sabe en carne propia lo que es la desilusión y no está dispuesto a hacernos pasar por ella en su relación con nosotros.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:41

Comentario general

26.41 El aceite del Rey surgido de la prensa del Getsemaní fue una unción de amor. Quería compañía y les reprochó su indiferencia, pero la razón detrás de sus palabras no era Él, sino ellos: velad y orad para que no entréis en tentación –les había dicho. ¡A punto de experimentar la peor de las muertes y está preocupado por sus discípulos! La prensa estaba destilando amor. No quiere que los palos y las antorchas los tomen desapercibidos, recién despertados. No quiere que por no estar descuidados el temor se apodere de ellos y los haga huir, como de hecho ocurrió. El Señor sabe que el apercibido huye del peligro. La oración es el recurso de los tentados. Una hora de oración hubiera librado a Pedro de un llanto amargo posterior. Jesús miró a los discípulos como centinelas dormidos, la fortaleza del reino estaba desprotegida. ¡Cuántas caídas se hubieran evitado si los centinelas guardasen la ciudad! ¡Cuántos dolores se habrían omitido si los siervos estuviésemos despiertos espiritualmente y en pie de guerra a través de la oración! Pero aunque el Señor amonesta a sus cansados discípulos; y aunque ellos no presentan ninguna excusa, el Rey amoroso les excusa: el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil. Como diciéndoles: “se que desean servirme, pero que difícil hacerlo”. Dios se acuerda de que somos polvo; el Señor recuerda el material del que estamos hechos; jamás usa las vasijas de barro como si fuesen de acero. Dios es consiente y misericordioso ante todas las veces que le fallaste, aún y cuando prometiste no hacerlo. Si nuestra conciencia nos reprende, mayor que nuestra conciencia es Dios y el sabe todas las cosas (1 Juan 3:20).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:42

Comentario general

26.42 Oró una vez (vr. 39), dos veces (vr. 42) y aun tres veces (vr. 44). En la primera ocasión pidió no beber la copa si es que esto era posible. En la segunda vez oró sometiéndose: si tengo que beber, hágase tu voluntad. Lo mismo que en la tercera vez. Vemos la misericordia en la oración, pero carente de toda necedad. El Señor Jesús, lejos de aferrarse a su petición, fue amoldándose a la voluntad del Padre. La oración no es para cambiar a Dios, sino para cambiarnos a nosotros. La oración no es para conseguir lo que deseamos, sino para que Dios haga lo que Él desea. La comunión con Dios se basa en dos columnas: La primera es la perseverancia, la segunda es la obediencia.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:43

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26.43-44 La segunda vez que halló a sus discípulos dormidos no los despertó ni les reprochó nada, pues consideró su cansancio. Como la madre que mira enternecida a su pequeño hijo dormido junto a su cena y que tomándolo con delicadeza lo lleva a su cama. Es verdad que los discípulos le fallaron, pero son sus pequeños. De momento, el Maestro se quedó solo, sin el consuelo de los suyos. Estaba aislado, lo cual lo ponía en una situación de mayor opresión, ya que vino sobre Él el pecado de todos los seres humanos de todos los tiempos, junto con sus enfermedades y maldiciones. Sin embargo, el evangelista Lucas registra que un ángel del cielo apareció para fortalecerle (Luc. 22:43). Cuando la tierra te falla, el cielo te sustenta. Más, ¿por qué vino un ángel a fortalecerle? Porque el Salvador no se detuvo a quejarse por la falta de sus discípulos ni se amargó en la carga propias de su oficio redentor, sino que perseveró en oración. Siguió clamando, insistió. Dejó a los suyos descansar y procuró la ayuda del Padre. Entonces fue escuchado a causa de su temor reverente.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:44

Comentario general

26.43-44 La segunda vez que halló a sus discípulos dormidos no los despertó ni les reprochó nada, pues consideró su cansancio. Como la madre que mira enternecida a su pequeño hijo dormido junto a su cena y que tomándolo con delicadeza lo lleva a su cama. Es verdad que los discípulos le fallaron, pero son sus pequeños. De momento, el Maestro se quedó solo, sin el consuelo de los suyos. Estaba aislado, lo cual lo ponía en una situación de mayor opresión, ya que vino sobre Él el pecado de todos los seres humanos de todos los tiempos, junto con sus enfermedades y maldiciones. Sin embargo, el evangelista Lucas registra que un ángel del cielo apareció para fortalecerle (Luc. 22:43). Cuando la tierra te falla, el cielo te sustenta. Más, ¿por qué vino un ángel a fortalecerle? Porque el Salvador no se detuvo a quejarse por la falta de sus discípulos ni se amargó en la carga propias de su oficio redentor, sino que perseveró en oración. Siguió clamando, insistió. Dejó a los suyos descansar y procuró la ayuda del Padre. Entonces fue escuchado a causa de su temor reverente.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:45

Comentario general

26.45-46 El aceite de la obediencia. Habiendo triunfado en la prensa de la agonía, el Hijo del Hombre enfrenta con dignidad y entereza lo que Dios le ha mandado. Este debe ser el resultado de toda oración: Una resolución valiente a obedecer. Sabemos quiénes oran en que obedecen al Dios que oran y sabemos quiénes obedecerán en que primero oran. Producirán aceite del Espíritu de Vida aquellos que no se rehúsan a la prensa de la agonía.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:46

Comentario general

26.45-46 El aceite de la obediencia. Habiendo triunfado en la prensa de la agonía, el Hijo del Hombre enfrenta con dignidad y entereza lo que Dios le ha mandado. Este debe ser el resultado de toda oración: Una resolución valiente a obedecer. Sabemos quiénes oran en que obedecen al Dios que oran y sabemos quiénes obedecerán en que primero oran. Producirán aceite del Espíritu de Vida aquellos que no se rehúsan a la prensa de la agonía.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:47

Comentario general

26.47 Cuando atendimos las razones por las que Judas vende al Maestro tuvimos que reconocer el tremendo misterio de sus motivaciones. El corazón de Judas tenía un velo que sólo la omnisciencia del Señor pudo atravesar. Así de complicado es el ser humano. Hay una lista inmensa de Judas: Traidores a su cónyuge, traidores a sus hijos, traidores a sus padres, traidores a la iglesia de Dios, traidores a sus amigos, traidores a su trabajo, traidores a sus valores, pero lo que es aún más estremecedor, todavía surgen algunos que venden a su Dios. Mientras el traidor del Rey se codeaba entre los grandes de Jerusalén implementando un ejército de improvisados, el Maestro gemía en la agonía de Getsemaní. Ahora vemos que no hubo reposo entre la agonía y el arresto: mientras todavía hablaba, vino Judas (vr. 47). El Señor sólo tuvo reposo cuando terminó la creación, desde entonces ha estado muy ocupado en la preparación de su iglesia. En este versículo tenemos que atender otro poco del traidor. La fama que judas obtuvo es una ironía de su perfidia. Después de todo consiguió la grandeza que anhelaba, aunque esta no sea en uno de los doce tronos de Israel, sino dando nombre a los traidores. Ante esta perspectiva es mejor el anonimato de la santidad que la fama de la maldad. El nombre Judas es un derivado de Judá que significa “alabanza”. ¡Cuán triste es que el hombre escogido para ser alabanza fuese exactamente lo contrario, deshonra! El nombre de Judas era común entre los así llamados judíos. Tiene el nombre de su patria y nos recuerda a otro Judá que vendió a su hermano José o a los judíos que rechazaron al Mesías en su venida. Judas era uno de los doce; con esto el evangelista Mateo enfatiza su traición, pero también indica su posición y privilegio. Esta vez Judas no viene solo. Hacía poco había regresado un poco más pesado que como se fue, con el peso de treinta monedas más y otro tanto del endurecimiento de su corazón. Ahora regresaba acompañado de una multitud. No de personas que hubiese ganado para el reino, tampoco de necesitados que buscaran ayuda de Jesús; venía con “mucha gente con espadas y palos”. Esbirros pagados buscadores e sangre. Turba de inconstantes que apalean lo que no entienden, más preocupados en acallar su conciencia con el golpe de la espada terrena que con la Palabra de Dios, la espada del Espíritu. Algunos se acercan a Dios “con espadas y palos”; es común al hombre caído venir ante la Presencia de Dios con quejas y reproches. Después de todo, son tantos los fracasos y los golpes recibidos que es más fácil agredir que confiar. Por otro lado, es extraño mirar cuánto puede ser el temor de los hombres. Mucha gente armada para prender a un carpintero y doce aldeanos. El hombre es el experto del temor. Al nacer llora de temor. En la infancia teme a la oscuridad, imagina monstruos en la noche. De adulto teme a la escasez, a la soledad, a la enfermedad y a la muerte. Teme perder el empleo y por ello soporta su insatisfacción. Teme la soledad y por ellos soporta un matrimonio de permanentes peleas. Teme a la enfermedad y por ello toma tantas medicinas y precauciones. Teme el rechazo y hace dieta o condesciende con los demás. Teme al salto de la muerte y se rehúsa confiarse a los brazos amorosos del Padre que quieren someterle del otro lado del “más allá”. Tuvieron que ir de noche, para no encontrarse con los ojos del Maestro. Tuvieron que ir muchos para hacer lo que hubiera sido imposible si iban solos. En la turba es más fácil envalentonarse escondiendo el temor. Tuvieron que ir armados, aunque de improvisadas dagas y palos. De algún modo cuando la mano humana aprieta un arma se siente más confiada. Todo esto nos muestra que la gran necesidad del asesino es librarse del temor. Una iglesia conflictiva; una esposa que pelea; un hijo rebelde. Todos están temerosos; por eso Dios nos ha dado tanto amor; Él sabe que en el amor no hay temor porque el amor echa fuera el temor (1 Jn. 4:18). Él sabe que la mejilla golpeada suaviza los músculos del golpeador. Él sabe que una turba temerosa “no sabe lo que hace”. Por otro lado, me llama la atención que toda esa gente venía “de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo”. Las masas actúan en respuesta a unos pocos encumbrados. Me parece ver a estos hipócritas religiosos caminando de aquí para allá en una oscura sinagoga transpirando odio, envidia y maldad. La obtusa mente de algunos líderes religiosos ha lanzado a la guerra y a la muerte a millones. La soberbia, el odio, la envidia y la codicia de algunos líderes religiosos lanza a la contienda a sus fieles. Los hacen pelear por doctrinas; los hacen discutir por terrenos; los hacen tomar la espada del sectarismo y transforman las bocas que antes fuesen amables en palos de amargura y de condena. ¡cuántas llamadas iglesias no son sino turbas armadas de espadas y palos! Detrás de ellos están los modernos sacerdotes y ancianos del pueblo.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:48

Comentario general

26.48 Judas entregó al Señor. Esto es muy extraño; ¿por qué necesitaban que alguno le entregase? Se dice que desconocían el lugar exacto en donde el Señor pasaba la noche y que no podían equivocarse para que Éste no tuviese oportunidad de escapar. Este argumento suena lógico pero no me convence. ¿Acaso sería difícil seguir en la oscuridad a un Galileo y sus discípulos? Necesitaban que alguno le entregase porque no es fácil tomar la iniciativa de la infamia. La verdad es que hay muchos que nunca participan de la maldad no por santidad, sino porque no tienen quien actúe como punta de lanza. Esto hace posible el oficio de traidor. El hombre busca compartir la culpa: otros son “mas malos que él”. El hombre busca esconder sus motivos: “todos lo hacen”. El hombre busca auto justificarse: “yo no sabía, sólo los seguí”. La realidad es que cada uno dará a Dios cuenta de sí mismo. En el día del juicio final no podremos escondernos en las culpas de la esposa, ni en las malas influencias de los amigos, ni en los malos ejemplos de los hermanos. Cada uno será juzgado conforme a sus obras. El texto nos dice que Judas les había dado una señal para identificar a Jesús. Esto también me parece extraño. ¿Por qué necesitaban una señal? Los que venían a prenderle eran en su mayoría soldados y personas del templo; ¿qué no le habían visto en repetidas ocasiones, como cuándo limpió el templo? En ese momento Jesús era el personaje más conocido en Jerusalén. Todos lo vieron entrar sobre un pollino como Rey; entonces, ¿por qué necesitaban una contraseña de identificación? La razón la encontramos en el conocido adagio popular: ¿quién le pone el cascabel al gato? La humanidad necesita de líderes; de gente que tome la iniciativa; de alguno que se atreva. Ya el Señor Jesucristo los había visto “como ovejas que no tienen pastor”; y ahora, aunque por breves momentos le tocó el turno a un traidor. Judas es el líder, por fin siente que va a la cabeza, aunque sea de una turba de mercenarios. Por otro lado, el mundo siempre necesita de alguno que le muestre Quién es Jesús. Se supone que todos debiéramos conocerlo, pero el pecado es un terrible velo que ciega los ojos. Si Judas tuvo el valor y la desvergüenza de señalarlo para entregarlo, ¡cuánto más nosotros debemos tener el valor de señalarlo para salvación de los que aun no creen! Si Judas se atrevió en la noche a servir de guía de muchos encolerizados, ¡cuánto más nosotros debemos atrevernos en la oscuridad de esta época a servir de guía a muchos para llevarlos al único que puede perdonarles! Si Judas pudo besar a Jesús para su propia condena, ¡cuánto más nosotros podemos adorarle para nuestra salvación! Si Judas no se avergonzó de besar, ¿por qué habremos de avergonzarnos en levantar las manos, o en cantar e incluso de danzar para Él? Judas dijo: “al que yo besare ése es, prendedle”. Si él lo hizo para su mal, hagámoslo nosotros para nuestro bien. Digamos a todos: “al que yo besare, Ése es, ¡préndete de Él!” Besa a Jesús por la fe en tal forma con tu vivir que todos puedan verlo claramente y asirse de Él como la sulamita: hallé luego al que ama mi alma, lo así y no lo dejé (Cantares 3:4). ¡Aleluya!

— Roberto Tinoco

Mateo 26:49

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26.49 En el texto griego se usa el término katafílesen para referirse a “le besó”. La traducción literal es que le besó efusivamente. Por ejemplo, el versículo 48 dice: “al que yo bese”, usando la palabra griega filéso para besar; mientras que en el versículo 49 usa katafílesen, el prefijo kata intensifica el verbo, es decir, Judas besó repetidamente y en forma aparatosa al Señor. El traidor no llegó diciendo: “¡ese es!”, mientras lo apuntaba con el dedo; sino que llegó saludando con mucho afecto, como quien no tiene nada que ver; como si por casualidad llegara al mismo tiempo que la multitud. Diciéndole ¡salve!, que en griego es un saludo derivado de jaíro, que significa ¡gózate!, o mejor, “sigue gozándote”. De modo que era como decirle: ¡gózate en salud! También le llamó con el título de Rabí, que significa “Maestro”. ¡Cuánta hipocresía! Quien parece amar mucho podría aborrecer mucho. Judas jugó el partido de su vida en dos equipos distintos. Intentó mantener un pie en el reino de Dios y el otro en el reino de satanás. Se esmeró en mostrarle a Cristo que lo amaba pero mantuvo su intriga. Hoy existen Judas que mantienen bancos reservados en los templos. Durante el servicio alaban efusivamente, lloran y prometen amar; se esfuerzan en mostrar su entrega al Señor, pero saben que una vez acabada la liturgia habrán de volver a su rutinaria vida de pecado. ¡Siquiera Judas cobró en efectivo! ¡Hipócrita: la mejor alabanza es el corazón quebrantado y arrepentido!

— Roberto Tinoco

Mateo 26:50

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26.50 El Señor le llamó amigo, a pesar de venir a entregarle. De hecho, parece ser una frase irónica: “¿Amigo?” ¿a qué vienes?” La claridad del Maestro nunca estuvo separada de su afecto. Podía confrontar amorosamente con verdad. Luego le pregunta como apurándole en su misión: “a lo que vienes”. Dios busca la definición, no le agrada la voluntad bipolar; o frío o caliente, pero no tibio. Judas vio como su plan de entronizarse provocando al Rey a manifestarse se desvanecía delante de él: entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron. Esperaba que Jesús mostrara su poder, pero se dejó arrestar; Judas no esperaba esto. Su mundo se desmoronó dándole nombre a los traidores y convirtiéndose en el epitome del fracaso. Nadie estuvo tan cerca y terminó tan lejos.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:51

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26.51 Es oscuro, los rostros de todos tienen una apariencia tenebrosa a la luz de las antorchas. Los discípulos se restriegan los ojos con las manos tratando de recuperarse del sueño a fin de comprender que está sucediendo. Judas besa efusivamente a Jesús varias veces y entonces, al momento, varios hombres toman de los brazos al Maestro, están listos para atarle. ¡Qué pueden hacer los discípulos? Pedro, impulsivo como era, echa mano a una de las dos espadas que poseían y lanza un tajo contra el soldado más próximo; quien gracias a sus reflejos sólo pierde una oreja…bueno, al menos temporalmente. Ni Mateo, ni Marcos ni Lucas dicen que era Pedro, Juan lo delata en su evangelio; ya sea porque los demás evangelistas no quisieran incriminar a Pedro, mientras que Juan no le compromete por escribir después de que Pedro a muerto; o bien es que Juan portaba la otra espada. El caso es que Pedro actuó tal como la mayoría de nosotros lo hace diariamente. Ante el peligro y la adversidad echamos mano de nuestras capacidades como por instinto. Nos resulta difícil confiar que en las peores circunstancias Dios sigue teniendo el control y procuramos intervenir para “ayudarle”. Vemos la inutilidad de la carne y la suficiencia divina. No podemos hacer lo que Dios no nos ha pedido, primeramente a causa de nuestra limitación; en segundo lugar, a causa de la Soberanía del Señor. También es posible que Pedro tuviera la intención de mutilar al soldado por cuanto es sacerdote del templo de Jerusalén y dicha mutilación lo incapacitaba para continuar su servicio. Con esto debía retirarse del arresto y de toda obra relativa al templo y al sacerdocio. Aunque es difícil imaginar semejante calma en Pedro.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:52

Comentario general

26.52 La espada de Pedro representa su capacidad de actuar en sí mismo aparte de Dios. Si él no hubiese tenido una, la cabeza de Malco habría mantenido su simetría. Todos tenemos alguna “espada” de la cual echar mano en los momentos difíciles. El rico tiene su cuenta bancaria. El pobre su orgullo. El deportista tiene su destreza. El músico su talento. La modelo su físico. El ama de casa su cocina. El joven su juventud. El viejo su experiencia. ¡Hasta el bebé tiene su llanto. Somos expertos en llevar siempre con nosotros un bastón de autoconfianza en el cual recargarnos cuando las cosas se ponen mal; una espada para obligar al mundo a ser a nuestro modo. Desafortunadamente esta “espada” estorba en el reino de los cielos. Así como Pedro estaba estorbando al reino de los cielos con su intención; así también nosotros estorbamos los propósitos divinos cada vez que intervenimos sin ser llamados. Un jugador de más en el campo descalifica al equipo entero. Y no nos confundamos, Pedro fue bien intencionado y amaba al Señor Jesús. Haría lo que fuera por Él. También nosotros le amamos, pero a veces estropeamos el desarrollo de la iglesia con nuestras buenas intenciones. Corregimos al hermano cuando requiere un abrazo. Criticamos al hijo de la hermana y a su madre llenos de celo religioso porque es inquieto. Sugerimos al pastor lo que consideramos un mejor plan de trabajo para la iglesia. Hacemos esto y aquello, siempre con el deseo de ayudar, alguien debería recordarnos el adagio: “mucho ayuda el que no estorba”. Mira el tropiezo de Moisés como ejemplo: Hechos 7:22-28. El Señor Jesús reconvino a Pedro indicándole el lugar de la espada: vuelve tu espada a su lugar; es decir, la espada tiene su lugar. No se trata de inutilizar las capacidades natas que tenemos, dichas cualidades son dones que Dios nos ha dado (Rom. 12:6-8). La espada en mano de David tenía su lugar, pero en mano de Pedro y en el momento del arresto en el Getsemaní era un verdadero problema. La espada es nuestra carne, esa naturaleza humana llena de defectos y alguna que otra virtud que tanto impiden el establecimiento del reino. Y el lugar de esta carne es la sujeción al Espíritu Santo, a fin de que, subordinados a Él, no andemos cortando orejas. El apóstol Pablo escribió a los auto confiados corintios: Pues aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Cor. 10:35). La versión Dios Habla Hoy rinde: es cierto que somos humanos, pero no luchamos como los hombres de este mundo. La reciprocidad de la espada: Otra razón más para no dejarnos llevar por la pasión del momento intentando resolverlo todo por nosotros mismos (ignorando a Dios), es la advertencia que el Señor hiciera a su impulsivo discípulo: porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. Cada vez que actuamos independientes de Dios no metemos en problemas. ¿Recuerdas al astuto Jacob como obtuvo la primogenitura con engaños? ¡Más tarde lo tocó vérselas con su suegro Labán, un engañador peor que él mismo! Al ladrón Judas lo robaron con la oferta de las 30 monedas. Incluso a Saulo que apedreó a Esteban lo apedrearon en Listra ya siendo el apóstol Pablo. No me extrañaría que al insurrecto satanás se le independizaran de cuando en cuando sus demonios. Cada vez que actuamos por nuestra cuenta estorbamos el avance del reino de los cielos y a la vez, sembramos el mover carnal de algún otro en nuestra cuenta. Y no es que estemos bajo la ley del “ojo por ojo”; pero si bajo la ley de “la siembra y la cosecha”. Actuar por nuestra cuenta sin Dios es como intentar correr delante del tren…mi amigo: o nos subimos en la gracia o somos arrollados por ella.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:53

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26.53 La suficiencia del hijo: ¿Acaso piensas que no puedo…? - dijo Jesús. Conviene recordar esta frase cada vez que nos lanzamos sin conocer la voluntad de Dios. Cuando miro algo que a mi juicio yo lo haría mejor, pero que no he sido llamado a hacerlo, e intervengo, ¿no estaré desconfiando del Señor? ¿Acaso habrá soltado los hilos? Las ínfulas de profeta condenatorio son frecuentemente el maquillaje que esconde la soberbia e incredulidad de un corazón que no confía que Cristo es quien edifica su iglesia. Cristo Jesús desea actuar a través nuestro; pero Él sigue siendo el Capitán del equipo y cambia los jugadores como Él quiere, mete a la cancha a quien Él desea y sienta en la banca a quien Él quiere. Que no se nos olvide: Jesús es Todopoderoso (Mat. 28:18). No necesita nuestra ayuda. Es más, en los días de su carne, Él mismo Jesús, siendo el Hijo de Dios, no actuó independiente del Padre Celestial, Él dijo: las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, Él hace las obras (Juan 14:10). Nunca anduvo sacando espadas sin que el Padre lo moviese para ello. Entonces, ¿por qué nos dejamos llevar por la emoción del momento? ¿Por qué intentar hacer la obra de Dios sin el impulso del Espíritu de Dios? Mira cómo es que aún en el arresto no habla de su propio poder, sino de su dependencia del Padre: ¿acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre? ¡Aleluya! ¿Crees que los ángeles hubiesen acudido si Cristo se los ordenaba directamente? ¡Claro que sí! ¡Él es Dios! Pero prefirió someterse al Padre. ¡Cuánto más nosotros debemos hacerlo si no tenemos poder prácticamente sobre ninguna criatura celestial! Conviene de paso aclarar que todos aquellos que invocan ángeles están en rebeldía contra Dios, puesto que ni aun Jesucristo como Hijo del Hombre lo hizo. El primer personaje que se puso a invocar ángeles en la historia sagrada fue Lucifer, lo hizo cuando se rebeló contra Dios. Invocar a las criaturas en vez de al Creador es idolatría. No dejen que los condenen esos que se hacen pasar por muy humildes y que dan culto a los ángeles, que pretenden tener visiones y que se hinchan de orgullo a causa de sus pensamientos humanos (Col. 2:18 versión Dios Habla Hoy). La suficiencia del Padre: Jesús confiaba en el Padre. Todo lo que hizo lo hizo plenamente convencido de que el Padre Celestial tiene el control. Fue capaz de ir a la muerte con esa confianza. Esa es la confianza: soltarse al vacío plenamente seguro de que Sus Brazos me sostendrán. Ante una turba de pésimos soldados improvisados Jesús podía dejarse amonestar sabiendo que a una oración suya al Padre Todo suficiente le daría más de doce legiones de ángeles (una legión correspondía a 6000 soldados, 12 a 72,000 ; ¡más de 72,000 ángeles, no hombres!). Y aún así se podía dejar arrestar sin meter las manos. Eso mi amigo es confianza y quien no tiene esta confianza necesita sacar la espada. Que ironía: Sólo quien está plenamente convencido de que Dios es Soberano y Todo suficiente es capaz de perderlo todo. Quien se aferra a lo que tiene, mejor dicho, a lo que cree tener, no tiene idea quien es el Verdadero Dueño de todo. ¿Recuerdas cuando Eliseo oró por su criado para que Dios le abriera los ojos? Abrió los ojos el criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo (2 R. 6:17). Peleamos porque no confiamos. Tratamos de resolverlo por nosotros mismos porque desconocemos Quien es Dios. ¡El monte está lleno de ángeles! Nuestro Dios es Suficiente, no hay de que preocuparse. Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar (Sal.46:1-2). Con esta confianza es posible hasta dejarse matar.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:54

Comentario general

26.54 Dios sabe lo que hace, podemos confiar en Él hasta la muerte. Dios no está improvisando. Nada lo toma desprevenido. Dios, más allá de ser la respuesta es la causa. Que maravilloso es saber que Él lo planificó todo anticipadamente: ¿No has oído decir que desde tiempos antiguos Yo lo hice, que desde los días de la antigüedad lo tengo todo ideado? Y ahora lo he hecho venir (Is. 37:26). Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado (Ef.1:4-6). Cuando comprendemos esto dejamos de preocuparnos y pasamos a ocuparnos de lo que Dios manda. Esa enfermedad, ese accidente, esa crisis, esa muerte, todo está previsto. Me siento muy bien sabiendo que Papá está a cargo. ¡Cuán bueno es saber que el Arquitecto del Universo no está tomado la siesta! Sin embargo, saber que Dios tiene el control, ¿es acaso que ya todo está dicho? ¿Significa que soy una pieza más de su ajedrez? ¿Será que me engañaron haciéndome creer que estoy tomando parte en el juego cuando soy sólo la pelota? El que Dios tenga el control significa que todo está previsto, pero no que todo esté definido. Significa que Dios ya ha previsto que decisiones voy a tomar, Él las vio anticipadamente y tomó las medidas necesarias para ello. Sabía cuál ficha pondría en el dominó y preparó con tiempo su jugada. El apóstol Pablo expresó así: a los que antes conoció, también los predestinó (Rom. 8:29); es decir, como tiene desde la eternidad el conocimiento perfecto preparó todo lo necesario. Sabía que llovería, así que se llevó el paraguas. No hizo al hombre pecar, pero por cuanto sabía que éste pecaría le preparó un Salvador. Elegidos conforme al previo conocimiento de Dios Padre - dice Pedro (1 P. 1:2). ¡Que tranquilidad! Tengo paz al pensar que mi Papá tiene la tina con agua caliente lista sabiendo que meteré los pies en el charco hasta las rodillas. Dios no juega a los dados. Jesús podría ir a la muerte sin defenderse porque sabía perfectamente que no es asunto de suerte ni del desarrollo casual de las circunstancias. El reino de los cielos tiene rumbo. El Señor Jesús no murió para ver que pasaría luego, sino que por el gozo puesto delante de Él, sufrió la cruz menospreciando el oprobio (Heb.12:2).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:55

Comentario general

26.55 ¿Quién tiene el control? Al mirar la aparente prosperidad de los malignos algunos se confunden pensando que el mal triunfa. Es un error, Dios está en control, aunque no siempre esté en el aparador; tiene los hilos del mundo aunque no siempre está visible en el escenario. A pesar de tanto humanismo y exaltación del yo, el hombre está lleno de temor. Fueron de noche, en aquella hora. Para no ser reconocidos y para poder ocultarse entre los demás; así como en las sombras de la noche. Tratando de sorprender como temiendo que alguien pudiera intervenir para ayudarle. Pero estaban confundidos, pues fueron preparados como si arrestaran a un ladrón. En las tinieblas del pecado no se reconoce al Señor Jesús (2 Cor. 4:4-6). Quien anda en tinieblas tropieza (3 Juan 2:11) y ve a Jesús como un entrometido que viene a robarle su vida y su libertad. Será que el que vive en tinieblas vive en el temor de perder lo que tiene. Trataron al Señor como ladrón en una noche, llegará el día en el que el Señor regrese inesperadamente “como un ladrón en la noche” (1 Ts. 5:4). Fueron muy armados: …habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cuando el hombre está confundido se acerca a Dios armado de argumentos, excusas y acusaciones. Armado con afanes, quejas y reproches. Armado de ambiciones egoístas y malas intenciones trata de “prender” al Señor; busca usarle para su provecho. La religión tampoco tiene el control, pues Jesús se sentaba cada día en el templo entre los religiosos enseñando y jamás se atrevieron a echarle mano. Se puede estar asistiendo al templo correcto en donde está el Dios verdadero y aún así no nacer de nuevo. La asistencia no es garantía de santidad. Pero también la no asistencia sí es garantía de oscuridad. Recibieron diariamente la enseñanza de Jesús: cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo. Se puede estar oyendo la enseñanza correcta del Maestro correcto y no cambiar, incluso directa y constantemente de Jesús y aún así no aprender. La actitud correcta del corazón es imprescindible. Nunca pudieron tocarlo: cada día me sentaba con vosotros…y no me prendisteis. Llenos de odio, pero vacíos de valor. Sin el permiso de Dios el hombre no puede ni rebelarse.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:56

Comentario general

26.56 Dios tiene el control y se hace según su voluntad: mas todo esto sucede –dijo. Es su plan y tiene el poder para llevarlo acabo. Lo está desarrollando y no puede ser detenido. Y esta voluntad –dicho sea de paso. La dejó escrita en las Escrituras, la Biblia. No estamos a la deriva ni a tientas en la oscuridad; tenemos el mapa y la luz de la Palabra de Dios. Cuando sientas temor o incertidumbre mira el final del libro: ¡nuestro Dios vence y sus hijos junto con Él! No estamos desamparados, existe un testamento (Heb. 9:15-16). ¡Ya podemos cobrar la herencia eterna! Anunció su voluntad anticipadamente: “las Escrituras de los profetas.” El Arquitecto enseñó los planos a los edificadores. El General enseñó la estrategia a sus soldados. Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones (2 P. 1:19). Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron. A causa de su temor. A causa de sus tinieblas. A causa de su confusión. A causa de su auto-confianza religiosa. A causa del desconocimiento de las Escrituras. Por eso, para vivir confiados, regresemos al Libro: La Biblia.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:57

Comentario general

26.57-58 Después de la media noche, cerca de las tres de la mañana del jueves los que prendieron a Jesús le llevaron al sumo sacerdote Caifás. Según el evangelio de Juan, ya había sido enjuiciado primero ante Anás, el sumo sacerdote auténtico y el cual había sido depuesto por los romanos para poner en su lugar a su yerno Caifás. El Señor Jesús estuvo entre dos piedras, tanto Pedro como Caifás (compara Cefas) significan piedra. Allí estaba el grano de trigo listo para ser molido por ambas piedras. Pedro, que debía ser la piedra de edificación de la casa de Dios, que es la iglesia; había huido, y está a punto de negarle. Caifás, que debió haber sido la piedra de la ley está por quebrantarla. Esa es la condición del ser humano, que debiendo de ser piedras vivas de la casa de Dios corremos el riesgo de convertirnos en arena del mundo. Sin embargo, esa es la gracia de Dios también que llame piedra a quien habrá de huir. Él conoce el secreto de tomar el polvo de la tierra para hacer piedras vivas para su casa. Y en este proceso es menester que Jesús, el grano de trigo sea molido entre las piedras de Pedro y de Caifás; de la gracia y de la ley; de los creyentes medrosos y de los legalistas injustos; de los que traicionan y de los que engañan. Pero una vez concluido el proceso, la casa de Dios tendrá suficientes piedras para ser edificada, comenzando con Cristo, la Roca-Fundamento y en seguida de hijos de Dios renovados como Pedro. La diferencia entre las dos piedras por las cuales una es aceptada y otra es rechazada es la actitud del corazón. Pedro es la piedra que llora amargamente; Caifás es la piedra que se endurece en su soberbia. Conviene preguntarnos ¿de qué clase de tierra estamos hechos, si de Cefas o si de Caifás? Por lo pronto, hemos de ver un juicio falso, en donde Caifás resulta piedra de muerte; y un discípulo fallido, en donde Pedro viene a ser piedra de escándalo; pero también, hemos de ver a Jesús, la Roca-Fundamento inconmovible sobre la cual es fundada la iglesia. La reunión de escribas y ancianos se denominaba Sanedrín y se componía de 23 sacerdotes, 23 escribas, 23 ancianos y en este único caso en particular, 2 presidentes o sumo sacerdotes. Normalmente debían ser 70 en memoria a los 70 ancianos que Moisés nombrara jueves en el desierto; pero en el juicio de Jesús fueron 71 por hacer dos sumo sacerdotes. Desde allí vemos ya la ilegalidad del juicio. Parece que no se hubieran ido desde hace tres días cuando se reunieron para planear el arresto de Jesús. Hay que admirarles su tenacidad: fueron capaces de venir a casa de Caifás apenas pasada la media noche.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:58

Comentario general

26.57-58 Después de la media noche, cerca de las tres de la mañana del jueves los que prendieron a Jesús le llevaron al sumo sacerdote Caifás. Según el evangelio de Juan, ya había sido enjuiciado primero ante Anás, el sumo sacerdote auténtico y el cual había sido depuesto por los romanos para poner en su lugar a su yerno Caifás. El Señor Jesús estuvo entre dos piedras, tanto Pedro como Caifás (compara Cefas) significan piedra. Allí estaba el grano de trigo listo para ser molido por ambas piedras. Pedro, que debía ser la piedra de edificación de la casa de Dios, que es la iglesia; había huido, y está a punto de negarle. Caifás, que debió haber sido la piedra de la ley está por quebrantarla. Esa es la condición del ser humano, que debiendo de ser piedras vivas de la casa de Dios corremos el riesgo de convertirnos en arena del mundo. Sin embargo, esa es la gracia de Dios también que llame piedra a quien habrá de huir. Él conoce el secreto de tomar el polvo de la tierra para hacer piedras vivas para su casa. Y en este proceso es menester que Jesús, el grano de trigo sea molido entre las piedras de Pedro y de Caifás; de la gracia y de la ley; de los creyentes medrosos y de los legalistas injustos; de los que traicionan y de los que engañan. Pero una vez concluido el proceso, la casa de Dios tendrá suficientes piedras para ser edificada, comenzando con Cristo, la Roca-Fundamento y en seguida de hijos de Dios renovados como Pedro. La diferencia entre las dos piedras por las cuales una es aceptada y otra es rechazada es la actitud del corazón. Pedro es la piedra que llora amargamente; Caifás es la piedra que se endurece en su soberbia. Conviene preguntarnos ¿de qué clase de tierra estamos hechos, si de Cefas o si de Caifás? Por lo pronto, hemos de ver un juicio falso, en donde Caifás resulta piedra de muerte; y un discípulo fallido, en donde Pedro viene a ser piedra de escándalo; pero también, hemos de ver a Jesús, la Roca-Fundamento inconmovible sobre la cual es fundada la iglesia. La reunión de escribas y ancianos se denominaba Sanedrín y se componía de 23 sacerdotes, 23 escribas, 23 ancianos y en este único caso en particular, 2 presidentes o sumo sacerdotes. Normalmente debían ser 70 en memoria a los 70 ancianos que Moisés nombrara jueves en el desierto; pero en el juicio de Jesús fueron 71 por hacer dos sumo sacerdotes. Desde allí vemos ya la ilegalidad del juicio. Parece que no se hubieran ido desde hace tres días cuando se reunieron para planear el arresto de Jesús. Hay que admirarles su tenacidad: fueron capaces de venir a casa de Caifás apenas pasada la media noche.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:59

Comentario general

26.59 Ellos ya tienen sentencia: culpable. Sólo les falta encontrar de qué era culpable. Esa es la predisposición del malicioso. Es terrible el juicio anticipado y el rechazo sin oportunidad de defensa. El número del sanedrín sigue aumentando, más nombres se añaden a la lista, el tuyo y el mío es puesto allí cada vez que juzgamos injustamente al hermano con sentencia anticipada y sin defensa. ¡Y a veces sin la presencia del hermano! Pablo decía: ¿quién eres tú, que juzgas al criado ajeno? Para su propio Señor está en que, no cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme (Rom. 14:4). Y Jacobo (Santiago) dice: hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a la ley; pero si tu juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. Uno sólo es el dador de la ley, que puede salvar y perdonar; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro? (Stg. 4:11-12). ¿Quienes somos nosotros para decir, quién está bien y quién está mal? ¿Quiénes somos nosotros para designar a unos espirituales y a otros carnales, a unos justos y a otros pecadores? Debido al desarrollo de los eventos, vemos que el sanedrín se reunió de noche para juzgar a Jesús. Al efectuar este juicio de noche quebrantaron sus propias leyes, ya que tenían muy claro que estaba prohibido sesionar de noche para juzgar a alguno. Así también, estaba prohibido dar sentencia de muerte y ejecutar dicha sentencia el mismo día. Esto, junto con muchas otras faltas invalidaban el juicio convirtiendo el asunto en una cacería y en un homicidio. Mas Pedro le seguía de lejos. Simón había sido llamado Cefas (en arameo) y Pedro (en griego), con esto se le había encomendado como el propósito de su vida el ser una piedra para edificar el templo de Dios, a saber, la iglesia. Sin embargo, debido a su temor que lo hacía protegerse a sí mismo Pedro seguía de lejos a Jesús. Cuando es mayor el temor a padecer que el temor a Dios estamos siguiendo de lejos a Jesús. Somos cristianos, sí, pero fallidos. Cuando todo lo que hacemos es protegernos, cuidar no ir a perder la comodidad, la salud o la prosperidad, estar a la defensiva, en resumen: cuando somos el centro de nuestra vida, entonces, somos discípulos que siguen de lejos a Jesús. Por su parte, el discípulo que lo sigue de cerca es genuino. Le importa más su Señor que su seguridad. No tiene que ocuparse en cuidar su testimonio porque está ocupado en cuidar las cosas del Señor. Esto es negar el yo y el morir del alma. Esto es perder el alma, la vida propia y el yo por causa del Señor. Seguir de cerca a Jesús es vivir para Él sin temor a lo que el hombre pueda hacer al respecto. Los seguidores de lejos sin darse cuenta terminan en el patio del enemigo. Pedro no seguía a los judíos, sino a Cristo, pero por cuanto lo seguía de lejos finalmente fue a parar entre aquellos que lo aborrecían. Cuántos sin saberlo se encuentran en el patio del enemigo. El Señor dijo: el que conmigo no recoge desparrama. Así pues, quien no se compromete íntimamente con el Señor para seguirlo de cerca estorba y toma parte con el montón de inicuos. En el pasado, el pueblo entraba hasta el atrio del tabernáculo y del templo de Jerusalén. Los sacerdotes entraban hasta el Lugar Santísimo en donde se manifestaba la Shekina, la llama azul de la Presencia de Dios y donde Dios hablaba. Hoy tenemos el camino abierto al Lugar Santísimo para todos los creyentes, ¿por qué seguir de lejos a Jesús y quedarse en el patio cuando podemos ir hasta el Lugar Santísimo? ¿Por qué conformarnos con un poco de Dios? Seamos cuál Moisés, quien no se conformó con la zarza ardiente ni con las plagas de Egipto, a quien no le fue suficiente el abrir el mar rojo ni el recibir la ley de Dios en el monte, Moisés rogó a Dios: “quiero verte”. En cierto modo Felipe tenía razón: muéstranos al Padre nada puede satisfacernos, sólo Dios. Dios respondió a Moisés que ningún hombre puede verlo y vivir. ¡Pues déjanos verte aunque nos mates, que mejor en morir habiéndote visto que vivir sin verte jamás! Además, eso es lo que necesitamos: verle a Él para que muera toda carnalidad en nosotros. ¿Y qué es lo que leemos? Mas Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los alguaciles, para ver el fin (vr.58). Tal es el seguidor de lejos, aquel que no se decide a comprometerse de veras con Cristo; es uno que poco a poco termina sentándose con los malignos. Deslizarse de la fe lleva a sentarse “en silla de escarnecedores” (Sal. 1). La falta de compromiso destruye los ideales, arrebata la moral, termina con la voluntad de seguir, acaba con lo que un día fue el anhelo de seguir a Cristo. Nota como Pedro se sentó con los alguaciles para ver el fin. Quienes siguen de lejos a Jesús terminan sentándose con los malignos para contemplar como finaliza su fe. Por eso dice la Palabra: busca el escarnecedor la sabiduría y no la halla; más al hombre entendido la sabiduría le es fácil (Pr.14:6).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:60

Comentario general

26.59-60 Debemos distinguir entre falsos testimonios y testigos falsos. El falso testimonio, que por cierto no hallaron los miembros del Concilio, se refiere a alegatos que no corresponden a la verdad, mientras que falsos testigos son aquellos que aún y cuando pudieran hablar verdad no estuvieron presentes en aquello que testifican. Ya que el Sanedrín tenía el juicio arreglado para condenar a Jesús, buscan quien pudiera hablar mentiras en contra de Él; pero no lo hallaron. No pudieron hacer coincidir el falso testimonio de por lo menos dos personas; así que presentaron testigos falsos; a saber, personas que aún y cuando no estuvieran presentes y no fueran testigos oculares hablaran en contra de Jesús. Como aquellos que hunden a su hermano diciendo: “yo dije la verdad”. Pero que aunque dice la verdad es un falso testigo por su maldad. De hecho, prácticamente todos los hombres caemos en esta categoría, pues frecuentemente no estamos presentes cuando alguno peca; y si estuvimos presentes, ¿por qué no le detuvimos? Y si no le detuvimos, ¿por qué testificamos contra él? Además, ¿quién puede mirar y conocer el interior de su hermano para saber con certeza el por qué de su caída? Y si no podemos ver esto, ¿cómo podemos testificar contra él? Que nadie diga que “el espiritual juzga todas las cosas”, pues la Palabra dice “las cosas” es decir, las circunstancias y no las personas.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:61

Comentario general

26.61 Los falsos testigos dijeron una verdad distorsionada: Jesús no había dicho poder derribar el templo de Dios y en tres días reedificarlo, sino que si ellos lo derribaran, Él lo levantaría en tres días. No entendieron que Jesús se refería a su propio cuerpo que moriría mas el mismo lo resucitaría al tercer día. Cuando hablamos lo que no entendemos caemos en la categoría de falsos testigos. Cefas fue la piedra que huyó; Caifás la piedra que acusó. Ni uno ni otro entendió a Jesús. La falta de entendimiento les imposibilitó en ese momento a ellos de tomar parte en la edificación de la casa de Dios; si bien nada puede impedir que ésta sea edificada como nada que pudo impedir que el Señor Jesús resucitara. ¡Que peligroso es hablar contra los hermanos! Pudiéramos simplemente estar hablando de lo que no entendemos y en esto ser hallados falsos testigos e imposibilitarnos de tomar parte en la edificación de la iglesia, que es el Templo de Dios.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:62

Comentario general

26.62-63 Había mucho que el Señor hubiese podido decir; por ejemplo, aclararles que Él no dijo literalmente que podría destruir el templo y edificarlo de nuevo en tres día; sino que si ellos destruían el templo de su cuerpo, Él lo levantaría de nuevo en tres días resucitándolo. Pudo haber dicho tantas cosas. Su Palabra es poderosa, es como martillo que quebranta la piedra. Más de una vez escapó a las asechanzas con una frase; sin embargo, prefirió callar a fin de que se pudiese efectuar su muerte y con ella nuestra salvación. Isaías profetizó 700 años antes de Cristo: angustiado Él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca (Is. 53:7). Y el apóstol Pedro aplica este episodio al creyente al decir que Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; …quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente (1 P. 2:21-23). ¡Qué diferente reaccionamos a las ofensas! La Escritura dice que con su silencio nos dejó ejemplo. La Palabra griega para ejemplo es hupogrammos, de hupo, “debajo”, y grapho, “escribir”. La palabra se refería a redactar cartas, a copiar los escritos de un maestro poniéndolos debajo del que se estaba haciendo. En aquel tiempo era copiar pero hoy significaría calcar. Hacer una copia fiel calcada de Jesús. ¡Aleluya! Es poner la vida de Jesús como inspiración de la nuestra para trazar sus pisadas con nuestra vida. Y con respecto a sus pisadas, vemos que no respondió a las injurias y amenazas, pero esto no significa que no hiciera nada, sino que la Palabra dice que encomendaba la causa al que juzga justamente; es decir, la única manera para callar ante la injusticia de los hombres es hablar ante la justicia de Dios. Como alguien dijo: “sólo quien puede estar de rodillas ante Dios podrá estar de pie ante los hombres”. De esta manera vemos que el que no puede sujetar su lengua ante el ataque de los hombres es porque tampoco él mismo está sujeto a la voluntad Divina. Ante el silencio de Jesús, el sumo sacerdote le dijo: te conjuro por el Dios viviente , que nos digas si eres el Cristo, el Hijo de Dios (vr.63). Llevado por la desesperación y el odio, el sumo sacerdote Caifás usó el Nombre de Dios en vano, pues conjuró para condenar a Jesús con sus propias palabras. En estos tiempos algunas personas siguen las pisadas de Caifás al invocar por testigo a Dios en aquellas conversaciones en las que buscan ganar un pleito. Incluso es común en el mundo el término: “te juro por Dios”, blasfemando así contra Él. Uno de los diez mandamientos dice: No tomarás en Nombre de Yahwéh tu Dios en vano; porque no dará Yahwéh por inocente al que tomare su Nombre en vano. Por otro lado, Caifás conjuraba sin saber que tenía frente a él precisamente al Dios Viviente. El apóstol Juan escribió décadas después a cerca de Jesucristo: Este es el Verdadero Dios y la Vida eterna. El Señor Jesucristo no fue iluminado, Él es la Luz. Tampoco fue un avivador, Él es la Vida Eterna. Jesucristo no fue un sabio, Él es la Sabiduría Divina. Caifás sabía que si Jesús aceptaba ser el Hijo de Dios entonces se igualaba a Dios. Un hijo es como su padre y trae la genética del padre; la autoridad de su padre; y los bienes de su padre. Así también el Señor Jesús, al reconocerse el Hijo de Dios afirmaba tener la Vida y esencia del Padre Celestial, su “genética” divina; su autoridad y sus bienes. La pregunta no era si Jesús era un hijo de Dios, en el sentido de los creyentes; sino de que si Él era el Hijo de Dios. Esto también era difícil de aceptar para el pensamiento monoteísta judío: Dios es Uno, pero a la vez existe diversidad de personas en Él. Él es Elohim. Por todo esto es por lo que Caifás no se conforma con preguntarle a Jesús si Él es el Cristo, sino que también lo añade “el Hijo de Dios”. ¿De dónde sacó esta pregunta? ¿Dirían otros que Jesús es el Hijo de Dios y Caifás lo escuchó? ¿O quizás el mismo Caifás dudaba sobre el asunto? Es más, ¿Y si le inspiró el Espíritu Santo a hablar así por ser sumo sacerdote?

— Roberto Tinoco

Mateo 26:63

Comentario general

26.62-63 Había mucho que el Señor hubiese podido decir; por ejemplo, aclararles que Él no dijo literalmente que podría destruir el templo y edificarlo de nuevo en tres día; sino que si ellos destruían el templo de su cuerpo, Él lo levantaría de nuevo en tres días resucitándolo. Pudo haber dicho tantas cosas. Su Palabra es poderosa, es como martillo que quebranta la piedra. Más de una vez escapó a las asechanzas con una frase; sin embargo, prefirió callar a fin de que se pudiese efectuar su muerte y con ella nuestra salvación. Isaías profetizó 700 años antes de Cristo: angustiado Él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca (Is. 53:7). Y el apóstol Pedro aplica este episodio al creyente al decir que Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; …quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente (1 P. 2:21-23). ¡Qué diferente reaccionamos a las ofensas! La Escritura dice que con su silencio nos dejó ejemplo. La Palabra griega para ejemplo es hupogrammos, de hupo, “debajo”, y grapho, “escribir”. La palabra se refería a redactar cartas, a copiar los escritos de un maestro poniéndolos debajo del que se estaba haciendo. En aquel tiempo era copiar pero hoy significaría calcar. Hacer una copia fiel calcada de Jesús. ¡Aleluya! Es poner la vida de Jesús como inspiración de la nuestra para trazar sus pisadas con nuestra vida. Y con respecto a sus pisadas, vemos que no respondió a las injurias y amenazas, pero esto no significa que no hiciera nada, sino que la Palabra dice que encomendaba la causa al que juzga justamente; es decir, la única manera para callar ante la injusticia de los hombres es hablar ante la justicia de Dios. Como alguien dijo: “sólo quien puede estar de rodillas ante Dios podrá estar de pie ante los hombres”. De esta manera vemos que el que no puede sujetar su lengua ante el ataque de los hombres es porque tampoco él mismo está sujeto a la voluntad Divina. Ante el silencio de Jesús, el sumo sacerdote le dijo: te conjuro por el Dios viviente , que nos digas si eres el Cristo, el Hijo de Dios (vr.63). Llevado por la desesperación y el odio, el sumo sacerdote Caifás usó el Nombre de Dios en vano, pues conjuró para condenar a Jesús con sus propias palabras. En estos tiempos algunas personas siguen las pisadas de Caifás al invocar por testigo a Dios en aquellas conversaciones en las que buscan ganar un pleito. Incluso es común en el mundo el término: “te juro por Dios”, blasfemando así contra Él. Uno de los diez mandamientos dice: No tomarás en Nombre de Yahwéh tu Dios en vano; porque no dará Yahwéh por inocente al que tomare su Nombre en vano. Por otro lado, Caifás conjuraba sin saber que tenía frente a él precisamente al Dios Viviente. El apóstol Juan escribió décadas después a cerca de Jesucristo: Este es el Verdadero Dios y la Vida eterna. El Señor Jesucristo no fue iluminado, Él es la Luz. Tampoco fue un avivador, Él es la Vida Eterna. Jesucristo no fue un sabio, Él es la Sabiduría Divina. Caifás sabía que si Jesús aceptaba ser el Hijo de Dios entonces se igualaba a Dios. Un hijo es como su padre y trae la genética del padre; la autoridad de su padre; y los bienes de su padre. Así también el Señor Jesús, al reconocerse el Hijo de Dios afirmaba tener la Vida y esencia del Padre Celestial, su “genética” divina; su autoridad y sus bienes. La pregunta no era si Jesús era un hijo de Dios, en el sentido de los creyentes; sino de que si Él era el Hijo de Dios. Esto también era difícil de aceptar para el pensamiento monoteísta judío: Dios es Uno, pero a la vez existe diversidad de personas en Él. Él es Elohim. Por todo esto es por lo que Caifás no se conforma con preguntarle a Jesús si Él es el Cristo, sino que también lo añade “el Hijo de Dios”. ¿De dónde sacó esta pregunta? ¿Dirían otros que Jesús es el Hijo de Dios y Caifás lo escuchó? ¿O quizás el mismo Caifás dudaba sobre el asunto? Es más, ¿Y si le inspiró el Espíritu Santo a hablar así por ser sumo sacerdote?

— Roberto Tinoco

Mateo 26:64

Comentario general

26.64 Como Hombre, Jesús demostró lo que es ser un verdadero Hombre. El Señor Jesús no calló ante el juramento, ya que si callaba o tomaba el Nombre de Dios en vano o estaría negando ser el Cristo y el Hijo de Dios. Sin embargo, aún y cuando fue conjurado como Dios respondió como Hombre: “desde ahora veréis al Hijo del Hombre”. Esto es muy similar a cuando el diablo le tentó en el desierto: “si eres el Hijo de Dios, di…”; también en aquella ocasión respondió como Hombre sujetándose y dependiendo en todo al Padre. Entendamos esto, el enemigo buscó hasta el último momento que el Señor se independizara del Padre y que hiciera las cosas por su propio poder como Hijo de Dios y no como el Hijo del Hombre. Si Jesús hacía esto no pecaría, pero dejaría de actuar en absoluta dependencia a Dios, es decir, dejaría de ser el representante y cabeza de la humanidad; conforme a la ley de Dios, no tendríamos al Pariente cercano que la ley de Dios exigía como el único que podía redimir al pariente esclavo. ¡No tendríamos redención! Pero Bendito sea Dios que Jesús siempre vivió como el Hijo del Hombre sin hacer uso de su Deidad (se despojó a sí mismo); por eso le respondió a Caifás: “tu lo has dicho”, para que ni siquiera fuera su propia boca la que afirmara que Él es el Hijo de Dios. ¡Bendito sea el Nombre del Señor! - Y si Él que es Dios vivió sujeto al Padre, ¡cuánto más nosotros, simples hombres, debemos vivir en la misma dependencia! Acto seguido, el Señor Jesús añadió que como Él es el Hijo del Hombre llegaría el día en el que cambiaría papeles con Caifás, Jesús será el Juez y Caifás el acusado que compadezca ante Él: además os digo, que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo. Todo esto es como el Hijo del Hombre y no como el Hijo de Dios, aunque es ambos. A esto se debe que las referencias bíblicas, especialmente en el libro de Daniel (7:13-14) en el Apocalipsis (14:14) se le ve venir a juzgar al mundo y levantar a su pueblo como el Hijo del Hombre. Como el Hijo de Dios es Dios y puede hacer lo que quiera; pero como el Hijo del Hombre cumple la ley para redimirnos, tomar el reino, el juicio y la herencia celestial. De esta manera Dios es declarado Justo y no arbitrario, pues venció como Hombre. Vemos también que en el cielo sigue siendo el Hijo del Hombre y en su venida vendrá también como el Hijo del Hombre. Así como no dejó de ser Dios cuando se encarnó, sino que sólo se despojó de suficiencia divina; así también en su exaltación no deja de ser Hombre para volver a ser Dios, sino que sólo se despoja de las limitaciones humanas. De allí que nosotros debamos también ser capaces de humillarnos en la humillación y no ensoberbecernos en la exaltación. Vemos también que es como Hombre que es sentado a la diestra del poder de Dios; que conforme al lenguaje bíblico significa recibir la autoridad de parte de Dios. Su victoria es nuestra garantía. Si Él se hubiese sentado en el trono por ser Dios, ¿que de sorprendente sería? ¿No es lo normal? Pero si Él es sentado en el trono por cuanto venció como Hombre, entonces también nosotros, los que estamos en Cristo nos sentaremos allí. Por eso el Señor Jesucristo prometió desde los cielos: al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como Yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono (Ap. 3:21). La única condición es vencer como hombre, así como Él venció como Hombre; esto es, vivir en dependencia al Padre Celestial en toda circunstancia.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:65

Comentario general

26.65 El veredicto fue una sentencia injusta. El sumo sacerdote entendió muy bien las implicaciones de las palabras de Jesús, por eso rasgó sus vestiduras. Rasgar las vestiduras era (y es) la costumbre judía característica del duelo y del dolor. Cada vez que la desgracia asomaba a la vida de un judío, éste rasgaba sus vestiduras y lloraba a gritos. Sin embargo, en el caso de Caifás era una farsa. No había dolor, sino ira. Y vemos esta farsa en que habiendo en aquella época una regla rabínica que mandaba que, para comprobar la blasfemia, había que ponerse en pie y rasgarse las ropas, tantas como se estuviesen usando, aunque fuesen diez, y no coserlas nunca más; pero el término que Mateo usa se refiere a la ropa exterior, de modo que Caifás solamente actuó simulando el dolor de escuchar una supuesta blasfemia. No hacían falta testigos, su boca le “acusaba”. Así también el hombre será juzgado ante Dios por sus palabras sin necesidad de testigos.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:66

Comentario general

26.66 La sentencia. ¿Que os parece? Y respondiendo ellos dijeron: ¡es reo de muerte! ¡Cobarde Caifás que no pudo pronunciar él mismo la sentencia! Según la ley de Moisés, la blasfemia se condenaba con la muerte (Luc. 24:16); y la audiencia tribunal sedienta de sangre es lo que pide. Es aquí donde Cristo Jesús es hecho pecado por nosotros: al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él (2 Cor. 5:21). Esta es también una evidencia de la Deidad de Cristo Jesús: Él murió acusándole de decirse ser Dios. Según el apóstol Juan, literalmente dijeron: “nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios” (Juan 19:7). Ya antes habían intentado matarle por lo mismo, porque decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios (Juan 5:18). ¡Es reo de muerte! - dijeron. Es allí donde toma nuestro lugar. La humanidad entera es reo de muerte. La paga del pecado es muerte (Rom. 6:23). Es más, no tenemos absolutamente nada que ver con Dios y lo relativo a Él, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios (Rom.3:23). No hay nada de gloria de Dios en nosotros, somos muerte y condenación; por esto nadie puede salvarse si no es a través de Jesucristo, de Aquél que tomó nuestro lugar en la cruz. De este modo, al creer en Él, que Él tomó nuestro lugar en la muerte, nosotros tomamos su lugar en la vida eterna. Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados (Rom. 3:24-25).

— Roberto Tinoco

Mateo 26:67

Comentario general

26.67-68 El escarnio fue terrible. “Le escupieron el rostro”, acto del mayor desprecio; como quien no quiere contaminarse la mano. ¡Miserables! La saliva es desecho del cuerpo, ¡como fuimos capaces de arrojarla sobre su Divino Rostro! ¡Sobre el Santo de Israel! “Le dieron de puñetazos”; la ira venció la santurronería. Cerramos el puño y lo atacamos. Erguidos como hombres, pero crueles como bestias. Si es indigno y reprobable que un hijo levante su mano contra su padre, ¿cuánto más es que el polvo levante el puño contra su Creador! “Otros le abofeteaban”; aquellos que alcanzaban su rostro… su hermoso rostro fue amoratado. El hermoso rostro que Moisés anhelaba mirar, el hermoso rostro que anhelamos mirar. ¡Un día lo verán nuevamente revestido de sol y de ira y gritarán: “escondednos del rostro de aquel que está sentado en el trono y del Cordero, porque su ira ha llegado”. ¿Quien lo dijera que se pudiera hablar de la ira del Cordero? ¿No es el cordero un animal manso? ¡Es la ira del amor rechazado y despreciado! ¡Es la ira de la gracia pisoteada! ¡Es la ira de la paciencia contenida! Es cierto, un día jugaron con él como con un ciego: “profetízanos Cristo, quien es el que te golpeó”. ¡Responde oh pecador: he sido yo! Es más cierto aún que un día no podremos volver a taparle los ojos…sus ojos como llama de fuego. ¡Señor, ¿hasta donde llegaste por mi?! ¿Podré acaso llegar a lo mismo por ti?

— Roberto Tinoco

Mateo 26:68

Comentario general

26.67-68 El escarnio fue terrible. “Le escupieron el rostro”, acto del mayor desprecio; como quien no quiere contaminarse la mano. ¡Miserables! La saliva es desecho del cuerpo, ¡como fuimos capaces de arrojarla sobre su Divino Rostro! ¡Sobre el Santo de Israel! “Le dieron de puñetazos”; la ira venció la santurronería. Cerramos el puño y lo atacamos. Erguidos como hombres, pero crueles como bestias. Si es indigno y reprobable que un hijo levante su mano contra su padre, ¿cuánto más es que el polvo levante el puño contra su Creador! “Otros le abofeteaban”; aquellos que alcanzaban su rostro… su hermoso rostro fue amoratado. El hermoso rostro que Moisés anhelaba mirar, el hermoso rostro que anhelamos mirar. ¡Un día lo verán nuevamente revestido de sol y de ira y gritarán: “escondednos del rostro de aquel que está sentado en el trono y del Cordero, porque su ira ha llegado”. ¿Quien lo dijera que se pudiera hablar de la ira del Cordero? ¿No es el cordero un animal manso? ¡Es la ira del amor rechazado y despreciado! ¡Es la ira de la gracia pisoteada! ¡Es la ira de la paciencia contenida! Es cierto, un día jugaron con él como con un ciego: “profetízanos Cristo, quien es el que te golpeó”. ¡Responde oh pecador: he sido yo! Es más cierto aún que un día no podremos volver a taparle los ojos…sus ojos como llama de fuego. ¡Señor, ¿hasta donde llegaste por mi?! ¿Podré acaso llegar a lo mismo por ti?

— Roberto Tinoco

Mateo 26:69

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26.69 A la luz de la fogata. Cuando la luz es enfocada con la precisión de un láser tiene el poder y la virtud de pulir aun los diamantes. Eso es lo que Dios hace con las vidas sin forma que Él mira cual diamantes. Les dirige su luz primero para exponerles su condición y luego para pulirles como piedras preciosas. Eso fue lo que hizo con tantos que conoció por los caminos de Judea y Galilea: expuso a Nicodemo su verdadera e inservible condición. Le era necesario nacer de nuevo; expuso a la Samaritana su corazón vacío de amor y la llenó; expuso al joven rico su verdadero señor, el dinero; y eso fue también lo que hizo con el auto confiado Pedro, con aquel que prometiera morir por Él antes que negarle: le hizo ver que era una piedra aún deforme, mas no para ridiculizarlo, sino para pulirlo y transformarlo. El deseo del Padre Celestial jamás ha sido exhibir a sus hijos ante los demás, pero si exhibirlos ante sí mismos. También tú y yo necesitamos ir al patio del sumo sacerdote y sentarnos a la luz de las fogatas con Pedro, te aseguro que tiene luz suficiente para mostrarnos quienes somos en nosotros mismos… semejante revelación debe hacernos llorar. Llorar es el proceso y resultado normal de una piedra pulida por Dios. Pedro estaba sentado fuera en el patio; ahí no hay mucha luz. Es probable que Pedro pensara que el lugar no era tan comprometedor. Es fácil confundirse entre la muchedumbre Cualquiera puede esconder el rostro cuando sólo alumbra una fogata. ¿Quién puede culparlo fuera de Dios? ¿Acaso alguno de nosotros reservaría un lugar dentro de la casa de Caifás para estar presente en el juicio? ¿No somos, después de todo, buscadores de seguridad? Jesús es para muchos un seguro de gastos médicos que se busca en la enfermedad. Para otros Jesús es un seguro contra incendios, lo único que les importa es escapar del infierno. Y para algunos Jesús no es mas que un seguro contra accidentes, una puerta de emergencia. Tienen su Biblia con un vidrio que dice: “rómpase en caso de emergencia”. Su oración es como un teléfono rojo que sólo suena en casos de desastre nacional. Pero el deseo divino es que no estemos sentados fuera, en el frío del patio y la penumbra de una fogata. Papá desea que estemos dentro, acurrucados en su regazo frente a la chimenea de su gloria. Puede parecer menos comprometedor estar afuera, en parte lo es, pues afuera los hombres dejan de comprometerse con Dios como sus hijos; pero te aseguro con todo mi corazón que el único lugar verdaderamente confiable para escondernos es en Dios mismo. La luz de una criada: Pedro estaba sentado fuera en el patio; y se le acercó una criada. Así hace Dios las cosas. Cuando nos muestra quienes somos en realidad lo hace de tal manera que no cabe ninguna duda. El instigador de Pedro no fue un príncipe ni un sacerdote, vaya, ¡ni siquiera un fariseo! ¡Fue una criada! Normalmente las herramientas con las que el Carpintero y Alfarero Divino moldea sus piedras son simples y sencillas. Quisiéramos que un ángel nos hablara; que se nos abriera el cielo y viéramos a Jesús; cuando menos que tuviéramos un sueño como el de Jacob o el de José; pero no, Dios usa lo más simple: una palabra, un canto, un niño, una criada. ¡Como le gusta a Dios ponerse detrás de lo más humilde! Por eso batallamos tanto para verle y escucharle. Siempre andamos viendo las estrellas y buscando los sonidos de trompeta. Elías era igual, ante el poderoso viento que rompía los montes y quebraba las peñas gritaba: ¡Jehová, Jehová! Pero el Señor no estaba allí. Ante el terremoto gritaba: ¡Yahwéh, Yahwéh! Pero Yahwéh no estaba tampoco en el terremoto. Ante el fuego gritaba: ¡ Yahwéh, Yahwéh! Pero el Señor tampoco estaba en el fuego. ¿Y en dónde estaba el Señor? ¡En el silbo apacible y delicado! (1 Reyes 19:11-12). Muchos hombres ha cambiado Dios con instrumentos sencillos y delicados. Un niño que invita a su papá a la iglesia. Una comida de vecinos que dan gracias en el jardín. Un folleto sucio tirado en la banqueta. Una criada que confronta a un discípulo en el patio de Caifás. Se le acercó una criada, diciendo: tu también estabas con Jesús el galileo -¡Zas! Un mazazo duro y seco sobre la conciencia del rudo pescador. Cuando Pedro apenas se ha acomodado en el improvisado asiento de piedras apiladas y empieza a calentar las manos en la hoguera que tiene ante sí viene a él el primer corte de piedra. Esa es la historia de todos los creyentes, jamás nos deja el Espíritu Santo amoldarnos al pecado. Cuando apenas empezamos a complacernos con el mal nos recuerda: “¡hey! Tu no perteneces aquí; tu eres parte del reino de la luz no de las tinieblas”. A eso se refería Juan cuando escribió que los hijos de Dios no podemos pecar (1 Juan 3:9). Por otro lado, notemos también el dolo de la acusación: ¡tu también estabas con Jesús el galileo! El término es despreciativo, pero también vendrá a ser un cerco que aprieta más y más. La primera acusación es con un título muy general: “Jesús el galileo”. La segunda acusación es más específica, pues identifica al Señor como Jesús de Nazaret. Y la tercera acusación es todavía más personal al tratar la manera de hablar de Pedro similar a la de Jesús. Todo esto nos enseña que satanás está empecinado en hacer caer al creyente, os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero no debemos olvidar que ese miserable acusador no es sino la espátula con la que el Alfarero Divino moldea sus vasijas y pule sus piedras.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:70

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26.70 La primera negación. La voz de la criada tomó desprevenido a Pedro; el zarandeo del diablo fue por demás directo. El sencillo pescador no estaba preparado para responder. Todos voltearon a mirarlo con esos ojos judíos característicamente inquisidores. Fue un momento demasiado rápido como para pensar en una respuesta. Y allí, ante el asombro de los mismos ángeles y el beneplácito del diablo, Pedro negó al Señor. Como un anzuelo encajado en el pez sólo habría que jalar la cuerda para traerlo a su ruina. La mayoría de las negaciones al Mesías han sido similares, tomando desprevenidas a las ovejas; como no queriendo pecar. Una neblina en la mente y ya está; no reconoció ser cristiano en su trabajo o escuela. Un pequeño dormitar de los ojos y escondió la Biblia o negó siquiera ir a la iglesia. Un balbuceo de palabras incoherentes y punto, ante el cuestionamiento del mundo prefirió hacerse el desconocido. El hombre por lo general es una oveja, quien, a la muerte del pastor huye despavorida. Es más fácil ser de las masas; perderse en las multitudes parece más seguro. Poca gente puede estar sola por las noches. ¡Y tú crees que Dios no sabe esto? Jesús lo sabía y no se escandalizó, por el contrario, le dio esperanza: he orado para que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos (Luc. 22:32). Por eso se que ha fin de cuentas me mantendré en fidelidad: Porque el Señor Jesús intercede por mí. ¡Y por qué intercede? Parece ser que a pesar de lo que soy, sigue teniendo confianza en mí.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:71

Comentario general

26.71-72 Sabiéndose descubierto en el patio, Pedro huye fuera pensando que si se aleja de las fogatas podrá esconderse y pasar desapercibido en las tinieblas de la noche. A mayor luz, mayor compromiso. Esa ha sido la luz de emergencia de muchos. En cuando sienten presión escapan como jabones en la regadera. Son los eternos espectadores que se conforman con asistir a los servicios, pero jamás se comprometen realmente. Si el asunto se pone demasiado personal: “vámonos a otro lado”. La Palabra de Dios dice que todo aquel que hace lo malo aborrece a la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios (Juan 3:20-21). Basta ya de huir; hay que comprometerse con Dios. ¿Y qué es el compromiso? Permíteme ilustrarlo: ¿has escuchado el ejemplo del cerdo y la gallina? Cuentan que la gallina invitó al cerdo a desayunar huevos con jamón, a lo que el cerdo contestó: -“no puedo ir, porque tu participas, pero yo me comprometo”. Comprometerse con Dios es darnos a Él, así como él se dio a nosotros. No es darle algo, sino darnos a nosotros mismos. La penumbra de otra criada: Saliendo él a la puerta, le vio otra, y le dijo a los que estaban allí: también éste estaba con Jesús el nazareno. Por lo visto Pedro tenía problemas con las criadas. Cuando cree que nadie lo mira, cuando piensa que se ha podido esconder, ¡zas! Otro golpe verbal a través de otra criada. Me fascina como es Dios. Cuando el hombre trata de esconderse para pecar, le tiene a algún otro para que le exhiba. Y repito: no es que Dios quiera avergonzar a sus hijos, al contrario, si alguien nos honra es Él. Pero Dios se ha empeñado en perfeccionar las piedras de su edificio y tiene cinceles, espátulas y lijas listas para pulirlas. A Dios no le importa tanto nuestra reputación como nuestra transformación. David conocía esto, después de ser exhibido por su pecado con Betsabé aprendió la lección, y años después escribiría aquel que no pudo esconderse de Dios: examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno (Sal. 139:23-24). La segunda negación: no conozco al Hombre. ¿Te imaginas a Pedro diciendo: “te juro por Dios que no conozco a Dios”? Aquí ya no cabe la excusa de la primera negación. Ya no estaba tan desprevenido. Pedro estaba completamente acobardado. La piedra se había pulverizado. No solo negaba a su Maestro, sino al mismo Dios, pues decía jurando: “no conozco al hombre”. Sabía que el Señor estaba siendo acusado de blasfemia llamándose el Hijo de Dios y Pedro intentaba que no le fueran a relacionar a el con la Deidad del Señor en lo más mínimo. ¿Dónde quedó el Pedro que declaró: tu eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente? También hoy existen Pedros que niegan al Señor, no porque no hablen de Él; hablan mucho; sino porque para no meterse en problemas con otras personas evitan hablar de Jesús como Dios. Pero vayamos a la Palabra: Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Juan 5:4-5). Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque este es el testimonio con que Dios ha testificado acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios (1 Juan 5:9-13). ¡Nuestro testimonio, como el de Dios, es que Jesús es el Hijo de Dios! Ese es el verdadero testimonio que debemos de cuidar y no el de como quedamos ante los demás o lo que piensa de nosotros.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:72

Comentario general

26.71-72 Sabiéndose descubierto en el patio, Pedro huye fuera pensando que si se aleja de las fogatas podrá esconderse y pasar desapercibido en las tinieblas de la noche. A mayor luz, mayor compromiso. Esa ha sido la luz de emergencia de muchos. En cuando sienten presión escapan como jabones en la regadera. Son los eternos espectadores que se conforman con asistir a los servicios, pero jamás se comprometen realmente. Si el asunto se pone demasiado personal: “vámonos a otro lado”. La Palabra de Dios dice que todo aquel que hace lo malo aborrece a la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios (Juan 3:20-21). Basta ya de huir; hay que comprometerse con Dios. ¿Y qué es el compromiso? Permíteme ilustrarlo: ¿has escuchado el ejemplo del cerdo y la gallina? Cuentan que la gallina invitó al cerdo a desayunar huevos con jamón, a lo que el cerdo contestó: -“no puedo ir, porque tu participas, pero yo me comprometo”. Comprometerse con Dios es darnos a Él, así como él se dio a nosotros. No es darle algo, sino darnos a nosotros mismos. La penumbra de otra criada: Saliendo él a la puerta, le vio otra, y le dijo a los que estaban allí: también éste estaba con Jesús el nazareno. Por lo visto Pedro tenía problemas con las criadas. Cuando cree que nadie lo mira, cuando piensa que se ha podido esconder, ¡zas! Otro golpe verbal a través de otra criada. Me fascina como es Dios. Cuando el hombre trata de esconderse para pecar, le tiene a algún otro para que le exhiba. Y repito: no es que Dios quiera avergonzar a sus hijos, al contrario, si alguien nos honra es Él. Pero Dios se ha empeñado en perfeccionar las piedras de su edificio y tiene cinceles, espátulas y lijas listas para pulirlas. A Dios no le importa tanto nuestra reputación como nuestra transformación. David conocía esto, después de ser exhibido por su pecado con Betsabé aprendió la lección, y años después escribiría aquel que no pudo esconderse de Dios: examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno (Sal. 139:23-24). La segunda negación: no conozco al Hombre. ¿Te imaginas a Pedro diciendo: “te juro por Dios que no conozco a Dios”? Aquí ya no cabe la excusa de la primera negación. Ya no estaba tan desprevenido. Pedro estaba completamente acobardado. La piedra se había pulverizado. No solo negaba a su Maestro, sino al mismo Dios, pues decía jurando: “no conozco al hombre”. Sabía que el Señor estaba siendo acusado de blasfemia llamándose el Hijo de Dios y Pedro intentaba que no le fueran a relacionar a el con la Deidad del Señor en lo más mínimo. ¿Dónde quedó el Pedro que declaró: tu eres el Cristo, el Hijo del Dios Viviente? También hoy existen Pedros que niegan al Señor, no porque no hablen de Él; hablan mucho; sino porque para no meterse en problemas con otras personas evitan hablar de Jesús como Dios. Pero vayamos a la Palabra: Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? (1 Juan 5:4-5). Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque este es el testimonio con que Dios ha testificado acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios (1 Juan 5:9-13). ¡Nuestro testimonio, como el de Dios, es que Jesús es el Hijo de Dios! Ese es el verdadero testimonio que debemos de cuidar y no el de como quedamos ante los demás o lo que piensa de nosotros.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:73

Comentario general

26.73 ¡Ah! Pero que persistencia. El mundo estaba obstinado en delatar a Pedro; el diablo en hacerlo y caer; pero Dios en transformarlo. El discípulo favorito no podía escapar…y tu tampoco puedes hacerlo. El único lugar seguro es en Dios. Y el único camino para estar en su gloria es ser hechos a la imagen de su Hijo. Pablo decía a los Efesios: porque somos hechura suya (Ef.2:10); y la palabra griega que usó para hechura es poíema (compare con poema y poesía), ¡somos el poema de Dios! Su obra de arte y te aseguro que Él la perfeccionará. La forma de hablar de Pedro le delataba. Tanto Jesús como Pedro tenían acento norteño, eran galileos, por lo que la gente de Jerusalén fácilmente los reconocían. Por ejemplo, para decir hombre en arameo (ya que Pedro se refirió así de Jesús), Pedro debió haber dicho ith en lugar de ish. Pero en el área espiritual, Pedro había escuchado tanto a Jesús embelesándose con su mensaje que hablaba como Él; además de que era uno de los repetidores; es decir, ante una gran multitud, se colocaban personas a cierta distancia para repetir el mensaje del predicador, imitando su forma de hablar y su énfasis. Pedro imitó tanto la predicación de Jesús que terminó hablando en forma semejante. El cristianismo debe notarse; si pasamos tiempo con Jesús, será evidente. No solo demos testimonio de Dios; sino seamos el testimonio de Dios.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:74

Comentario general

26.74 Olvidando los días con el Maestro, sacó su experiencia marinera y volvió a proferir palabras como lo hiciese antes de conocer a Jesús. Podríamos condenarle, pero antes de hacerlo, considera si te has reído de las bromas inmorales o de tus labios salieron insultos y maldiciones; quizá chisme, mentira y crítica. Estás hecho del mismo barro que Pedro. El apóstol negó al Maestro, pero también a sí mismo. Enseguida cantó el gallo. Un animal que simboliza realeza y dignidad. El caído escuchó la canción del honor para despertar de su locura. Tanta es la ternura de Dios que no le despertó con el rebuznar de un asno.

— Roberto Tinoco

Mateo 26:75

Comentario general

26.75 Pedro cayó, como muchos o como todos. Hay tres cosas en la porción bíblica que nos muestran el cómo ser restaurados: una, el canto del gallo reconociéndose pecador. Dos, la mirada de Jesús (Lucas menciona eso) que le decían: “¿también tú?”, pero además: “sigo confiando en ti”. Y tres, llorando amargamente lavando su alma. El cambio comienza en el llanto. Las lágrimas remojan la piedra y facilitan el trabajo del Alfarero Divino.

— Roberto Tinoco

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