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Mateo 27
Judas se ahorca
1Venida la mañana, todos los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo entraron en consejo contra Jesús, para entregarle a muerte.🗨📝 2Y le llevaron atado, y le entregaron a Poncio Pilato, el gobernador.🗨📝 3Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos,🗨📝 4diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú!🗨📝 5Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó.🗨📝 6Los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre.🗨📝 7Y después de consultar, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros.🗨📝 8Por lo cual aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de sangre.🗨📝 9Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel;🗨📝 10y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor.🗨📝Juicio de Jesús ante Pilato
11Jesús, pues, estaba en pie delante del gobernador; y éste le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y Jesús le dijo: Tú lo dices.🗨📝 12Y siendo acusado por los principales sacerdotes y por los ancianos, nada respondió.🗨📝 13Pilato entonces le dijo: ¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?🗨📝 14Pero Jesús no le respondió ni una palabra; de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho.🗨📝 15Ahora bien, en el día de la fiesta acostumbraba el gobernador soltar al pueblo un preso, el que quisiesen.🗨📝 16Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás.🗨📝 17Reunidos, pues, ellos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo?🗨📝 18Porque sabía que por envidia le habían entregado.🗨📝 19Y estando él sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: No tengas nada que ver con ese justo; porque hoy he padecido mucho en sueños por causa de él.🗨📝 20Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto.🗨📝 21Y respondiendo el gobernador, les dijo: ¿A cuál de los dos queréis que os suelte? Y ellos dijeron: A Barrabás.🗨📝 22Pilato les dijo: ¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo? Todos le dijeron: ¡Sea crucificado!🗨📝 23Y el gobernador les dijo: Pues ¿qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más, diciendo: ¡Sea crucificado!🗨📝 24Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.🗨📝 25Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.🗨📝 26Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado.🗨📝Los soldados se burlan de Jesús
27Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio, y reunieron alrededor de él a toda la compañía;🗨📝 28y desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata,🗨📝 29y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos!🗨📝 30Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza.🗨📝 31Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle.🗨📝La crucifixión
32Cuando salían, hallaron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón; a éste obligaron a que llevase la cruz.🗨📝 33Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa: Lugar de la Calavera,🗨📝 34le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero después de haberlo probado, no quiso beberlo.🗨📝 35Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.🗨📝 36Y sentados le guardaban allí.🗨📝 37Y pusieron sobre su cabeza su causa escrita: ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS.🗨📝 38Entonces crucificaron con él a dos ladrones, uno a la derecha, y otro a la izquierda.🗨📝 39Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza,🗨📝 40y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz.🗨📝 41De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían:🗨📝 42A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él.🗨📝 43Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios.🗨📝 44Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él.🗨📝Muerte de Jesús
45Y desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.🗨📝 46Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: \i Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?🗨📝 47Algunos de los que estaban allí decían, al oírlo: A Elías llama éste.🗨📝 48Y al instante, corriendo uno de ellos, tomó una esponja, y la empapó de vinagre, y poniéndola en una caña, le dio a beber.🗨📝 49Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle.🗨📝 50Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu.🗨📝 51Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron;🗨📝 52y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;🗨📝 53y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.🗨📝 54El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios.🗨📝 55Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole,🗨📝 56entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.🗨📝Entierro de Jesús
57Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús.🗨📝 58Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo.🗨📝 59Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia,🗨📝 60y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.🗨📝 61Y estaban allí María Magdalena, y la otra María, sentadas delante del sepulcro.🗨📝La guardia en la tumba
62Al día siguiente, que es después de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato,🗨📝 63diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré.🗨📝 64Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero.🗨📝 65Y Pilato les dijo: Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis.🗨📝 66Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Mateo 27: RV60
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Mateo 27:1
27.1 Una piedra en el zapato; ¿quién no ha tenido alguna en algún momento? Para los fanáticos religiosos judíos Jesús era una piedra en el zapato que había que quitar de en medio a como diera lugar y más cuando llenos de celos veían a esta Piedra crecer y transformarse en Roca que amenazaba con aplastarles; si bien al momento ya les importunaba delatando su hipocresía, sus engaños, su codicia y avaricia. Tiempo ha que su medio de enriquecimiento era el tiempo y sus rituales, amenazaban grandes sumas de dinero. Tiempo ha que se “pavoneaban” en su vanagloria sintiéndose los santos de Israel llenos de soberbia. Tiempo ha que se aprovechaban la fe para encumbrarse pisoteando a la gente sencilla, humilde y crédula que les seguía. Jesús amenazaba todo esto. Sus palabras ponían en evidencia la falsedad de los propósitos de los líderes religiosos judíos. Su mensaje condenaba la codicia con la que se enriquecían aprovechando toda clase de suertes y de ventas en el templo. Su Presencia ridiculizaba el orgullo de esos inflados religiosos. Jesús amenazaba todo esto. Estamos llegando al clímax del evangelio. El Rey es entregado ante la autoridad mundana por sus mismos compatriotas. Unos y otros han de tomar su decisión. Es imposible permanecer neutro ante la historia del Nazareno, cada uno de nosotros ha de tomar también su decisión: o nos deshacemos de la piedra en el zapato ignorando o aplicando a otros el mensaje de la cruz; o nos rendimos a la autoridad del Rey Jesucristo, el Señor que fue capaz de someterse a los caprichos de nuestros torcidos juicios. Ya los judíos habían quebrantado sus propias leyes al enjuiciar a Jesús de noche; para este punto están haciendo el esfuerzo por darle al juicio apariencia de legalidad; sin embargo, una vez más han de quebrantar la ley; ya que el derecho hebreo exigía que para la pena de muerte se requería de por lo menos dos juicios con un intervalo de un día entre ellos, amén de que no se efectuaran de noche. Así pues, el Sanedrín estaba confirmado más su necedad que la sentencia contra Jesús. Los principales sacerdotes y ancianos entraron en consejo; no es difícil imaginar a Nicodemo intentando tímidamente hacerles entrar en razón; como tampoco es difícil imaginar a los encolerizados religiosos gritando al mismo tiempo ante la primera objeción a la pena de muerte. No pudieron esperar al siguiente día, el odio no es paciente. No pudieron poner horas de por medio, la envidia no tiene reloj. No pudieron dormir; ¿quién puede dormir cuando hay homicidio en su corazón? ¿Quién puede dormir cuando tiene ante sí la tan anhelada oportunidad de destruir a sus enemigos? La segunda condena de la muerte de Jesús fue tan falsa como la primera. Confirmaron su infamia y su bajeza. El consejo contra Jesús era en sí un consejo que ya tenía la decisión tomada. ¿Qué estaban haciendo los miembros del sanedrín y demás líderes? Ellos no estaban decidiendo si matar o no a Jesús, eso ya estaba decidido. Ellos estaban buscando la manera en la que presentarían a Jesús ante las autoridades romanas y conseguir de ellas pena de muerte para el acusado. No podemos olvidar que el pueblo de Israel, al estar bajo el domino de Roma no tenía autoridad para decretar pena de muerte; ésta era una atribución exclusiva del representante romano en la provincia. Pero no podían llegar ante dicha autoridad y decir que acusaban a un carpintero de blasfemia; Pilato se reiría en su cara. Jamás confesarían sus verdaderos motivos de codicia y de envidia…no sea que acabaran ellos en la cruz. ¿Qué podían argüir para hacer pasar a Jesús por digno de muerte? Tenía que ser algo que precisamente atentara contra la autoridad que podía decretar la muerte: “¡digámosle que se ha autoproclamado rey u que prohíbe dar tributos al César! Acusémoslo de rebelde y sedicioso”. Que ironía, el único Hombre que realmente respetó las leyes y se sujetó a las autoridades era acusado de insubordinado. Esto puede pasarle a cualquier creyente. El apóstol Pablo diría años después: el que quiera vivir piadosamente en Cristo Jesús, sufrirá persecución (2 Tim. 3:12). Y Pedro diría: si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto no os amedrentéis por temor a ellos, ni os contristéis (1 P. 3:14). El mismo Señor Jesús prometió: si eso hicieron con el palo verde, ¿qué no harán con el seco? (Luc. 23:31).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:2
27.2 Yo no se que clase de cuerdas hallan utilizado los judíos para atar a Jesús; no se que tan fuerte serían o si existía alguna cuerda especial para este tipo de usos. De lo que si estoy plenamente convencido es de que esas cuerdas no fueron las que sujetaron al Señor. Basta recordar cuando Sansón fue atado con cuerdas nuevas por tres mil hombres de Judá (con el permiso de Sansón); en esa ocasión el Espíritu de Yahwéh vino sobre Sansón y las cuerdas se volvieron como lino quemado en sus manos (Juec.15:14). De modo que si las cuerdas eran como lino quemado en las manos del siervo de Dios, ¡eran aún menos en las manos del mismo Dios! Así que definitivamente no fueron cuerdas que los judíos usaran las que detuvieron a Jesús, sino su inconmensurable amor. Como un padre que juega con sus hijos limita su fuerza para que ellos puedan “dominarlo” por cuanto les ama. Dios hizo lo mismo, el Todopoderoso se limitó a si mismo dejándose a merced de sus criaturas para que le dominasen por cuanto por amor decidió morir por nosotros: mas Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Rom.5:8). Pero también, podemos decir que Jesús fue atado no solo por amor a nosotros, sino también por obediencia al Padre. Si el Hijo de Dios hubiera decidido no ir a la cruz en nada pecaba contra Dios. Él se entregó voluntariamente. Al decir al Padre: no se haga como yo quiero, sino como tú estaba atándose en obediencia a Dios. Por eso dice el apóstol Pablo que el sentir de Jesús fue el humillarse a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Fil. 2:5-8). Esto es lo mismo que Dios desea de nosotros. ¿Crees que Dios tiene el poder de obligarnos a obedecerle? Sí. Él es poderoso para atarnos y forzarnos a hacer su voluntad; sin embargo, desea que voluntariamente nos atemos como prisioneros a muerte por Él, simple y sencillamente porque le amamos y deseamos obedecerle. Algo así como la ley del esclavo que no deseaba ser liberado: Y si el siervo dijere: yo amo a mi señor, a mi mujer y a mis hijos, no saldré libre; entonces su amo lo llevará ante los jueces, y le hará estar junto a la puerta o al poste; y su amo le horadará la oreja con lesna, y será su siervo para siempre (Ex. 21:5-6). El Señor Jesucristo se dejó horadar no la oreja, sino las manos y los pies; nosotros debemos horadar el corazón con el Espíritu Santo. Digámosle: “¡Señor, yo no deseo ser libre de ti! ¡Yo deseo ser tu esclavo para siempre porque te amo!” 27.2 Poncio Pilato, llamado así como derivado de Pileatus, que significa liberto, porque el pileo era el gorro de los esclavos libertados. ¡Esto es sorprendente! El Señor sobre todos se hizo siervo y fue entregado atado, prisionero de muerte a un hombre que anteriormente había sido esclavo y ahora era gobernador. Tal es el evangelio. Cuando recibimos al Señor en su muerte, entregado como Siervo es cuando nosotros, los esclavos del pecado somos declarados libres. ¡Aleluya! Pilato somos tú y yo que creemos y que hemos sido liberados de la condenación eterna por cuanto el Señor escogió dejarse atar y condenar por nosotros en la cruz; dándonos así la promesa de reinar con Él. Poncio Pilato fue procurador en el año 26 d.C. en nombre de Tiberio César. Rápidamente se ganó el odio de los judíos, incluso del mismo imperio romano pues fue desterrado por Calígula a las Galias en el año 36, en donde se suicidó. Poncio Pilato fue un hombre que después de liberado fue educado con las ideas de Roma y de Grecia, un pusilánime caprichoso, soberbio y egoísta que en dos ocasiones intentó imponer imágenes del emperador a los judíos, resistiéndose estos a semejante idolatría; y tomando Pilato en otra ocasión el dinero del templo para hacer un acueducto quebrantando así las leyes religiosas judías. Tal es Pilato y tales somos en ocasiones los hombres. Libertos, caprichosos y soberbios que menospreciamos al pueblo de Dios, su templo y su adoración comportándonos como gobernantes. Tales también algunos que profesando creer en Cristo y haber sido liberados por Él introducen imágenes e idolatría a sus liturgias. Lo mismo cantan a Jesús como si fueran verdaderos cristianos que adoran a las criaturas como los paganos. No puede quedar otro destino que el destierro del reino.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:3
27.3 Los versículos 3 al 10 pueden parecer que hacen referencia al libro del profeta Jeremías acerca de las treinta piezas de plata; sin embargo, la referencia es a Zacarías (11:12-13). Esto parece un error de Mateo, lo que pondría en aprietos la inspiración Divina de su evangelio. Sin embargo, basta con saber que la Biblia hebrea se dividía en la ley, los profetas y los Salmos; de modo que frecuentemente los escritores bíblicos citan a Moisés para referirse a todo el Pentateuco (aunque el final de Deuteronomio no es escrito por él), y que el mismo Señor Jesús dice “los Salmos” (Luc. 24:44) para referirse a los escritos de Salomón; así también, la sección de los profetas en algunas ocasiones comenzaba con Jeremías, por lo que citar al primero incluía a toda la sección de los profetas. Un pasaje del Talmud, el Baba bathra 14b apoya este orden de Jeremías primero, aún y cuando usualmente se designaba a Isaías primero. Pero la razón más importante por la cual Mateo cita a Jeremías para referirse a Zacarías es por la señal que el Espíritu Santo nos está dando en esta porción bíblica. El Espíritu Santo amalgamó las palabras de Zacarías con un evento en la vida de Jeremías: el campo del alfarero (Jer. 18:19); de esta manera nos indica que el pasaje en cuestión trata acerca de vasijas que no pueden ser reparadas. Tanto Judas como los sacerdotes son vasijas que deben ser quebradas por estar endurecidas (Jer. 19:11), a diferencia de versículos anteriores en donde vimos a Pedro siendo moldeado en las manos del Alfarero Divino (Mat. 26:69-75; Jer. 18:1-6). De allí vemos el porque se compra con el dinero profetizado por Zacarías el campo del alfarero relatado por Jeremías: La transformación de los creyentes y la destrucción de las vasijas inservibles costó precio de sangre, la sangre de Jesús. Mientras unos son moldeados en las manos del Alfarero Divino, otros son estrellados contra la Roca. Sobre éstos últimos hemos de ver a Judas y a los sacerdotes. Judas se había creído el hombre más inteligente de este mundo. Escuchó al Maestro hablar de ir a Jerusalén y ser muerto por los sacerdotes y líderes de Israel, pero tantas veces había hablado de la muerte que supuso se trataba de otra alegoría mas. Fue entonces cuando vio lo que él pensó que era su gran oportunidad, después de todo si el Maestro les prometió sentarlos en tronos sobre Israel estaba en “su derecho” de aprovechar la confrontación de Jesús con los judíos. Judas jamás planeó la muerte de Jesús, sino sacar algunas monedas adicionales ante lo que Jesús anunció que haría. Su golpe era maestro: engañaría a los sacerdotes sacándoles dinero al entregarles a uno que se entregaba a sí mismo y cuando el Señor Jesús los aplastara sería sentado sobre uno de los doce tronos de Israel. ¡El negocio era redondo! Pero las cosas se salieron de control, el Maestro no solo se dejó arrastrar, sino que estaba dispuesto a morir: Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas... Es común que el hombre trate de pasarse de listo con Dios. Planea su vida y luego busca que Dios respalde sus planes. A veces pensamos que somos el centro del compás y que todo gira en nuestro derredor. Somos tan necios que llegamos a creer que Dios es otra pieza más de nuestro ajedrez. No se en que momento fuimos engañados para pensar que el evangelio es sólo para nuestro beneficio; es más, hasta planeamos lo que debiera ser un culto a Dios según nuestras comodidades. Pero el evangelio es el plan mediante el cual Dios cumplirá sus deseos; por lo que aun los servicios religiosos, lo mismo que nuestra vida debemos diseñarlos para Dios. Judas intentó deshacer el trato. Fue movido por el arrepentimiento; mas no estaba arrepentido de su pecado, sino de su plan. Arrepentimiento en griego es metaneo; significa “cambiar de mente”; sin embargo, el término usado en este versículo es metamelomai, que traduce el lamentarse por una mala decisión, más que el dolerse por el mal. Judas lamentó las consecuencias de su traición como el ejecutivo que pierde sus bienes en la bolsa de valores, pero no en relación a Cristo. Algunos se duelen de estar enfermos de sida, pero no de la inmoralidad por la que se contagiaron; otros se duelen de su soledad, pro no de la dureza del corazón que los llevó al divorcio; otros se duelen de la pobreza, pero no de la avaricia que los llevó a ella. El hombre teme a la vara, pero no entiende la disciplina; se queja de las consecuencias, pero no cambia de actitud. El preso repudia su cárcel, pero no su crimen. Por todo esto es indispensable el convertirnos a Cristo, sólo Él cambia la mente y el corazón del hombre. El asunto no es como librarnos del castigo; el cristianismo no es un seguro contra incendio que libre del infierno; sino amar al Señor y en ello, que nos cambie la mente y el corazón hacia su voluntad. Barro en Sus manos dispuestos para ser moldeados a su imagen.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:4
27.4 Vemos a Judas intentando deshacer el mal negocio diciéndole a los sacerdotes y a los ancianos: “yo he pecado entregando sangre inocente”. Judas estaba diciendo: “me equivoqué, ¿podríamos deshacer todo?” Judas estaba diciendo: “no es bueno el arreglo que hicimos” y usaba el argumento de que “Jesús no se merece que lo maten” para no perder el trono que Éste le prometiera. Así también sucede cuando se destroza al hermano criticándolo para luego decir: “pero es muy buen hombre, Dios está en él”. ¡Y si Dios está en él, entonces ¿por qué lanzarle dardos? Judas es el prototipo del hipócrita que elogia para conseguir algo; es la máxima de aquellos que refinan la mezquina ambición maquillándola con piedades; es el que asiste a la iglesia si ésta le beneficia; es el que abraza a su mujer siempre y cuando condescienda sexualmente; es el que extiende la mano al amigo sólo cuando esto le signifique alguna ganancia; es el que da limosna para cuidar su prestigio. Es el que cuando todo esto ya no le acarree ningún beneficio, entonces no duda en cambiar de obras, de amigos, de iglesia y hasta de Dios. Se supone que el sacerdote es aquel que media con liturgias religiosas entre Dios y el hombre, al menos así era en el Antiguo Pacto. Es por eso que Judas los buscó a ellos rogándoles y reconociéndose pecador. ¿pero que hicieron ellos? Mas ellos dijeron: ¿qué nos importa a nosotros? ¡Fueron indiferentes! Tenían ante sí a un traidor, a un mercenario que vendió a su Maestro. Y eso fue precisamente lo único que vieron. Cuán terrible es que los líderes espirituales sean indiferentes ante la caída de las ovejas. Dios está llamando a sus pastores a no permanecer indiferentes y menos jueces de los hermanos caídos. Todo ejército recoge a sus heridos. ¡Iglesia: Judas te ruega compasión! Iglesia: no mires la culpa, mira la restauración.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:5
27.5 Por todas las razones anteriormente expuestas hallamos en Judas al símbolo de los suicidios. Cuán irónico es Judas, quien tuvo su corazón lleno de ambiciones materiales, pero una vez que pierde a Cristo, el dinero pierde también su valor. Sin Cristo nada tiene sentido. El empresario que quiebra y se suicida, en realidad no se suicidó por perder su dinero, sino por no tener a Cristo. La esposa que se suicida porque su esposo la abandonó, en realidad no se suicida por perder a su esposo, sino por no tener a Cristo. Incluso el religioso que se suicida, no lo hacer peor perder su fe, sino por perder a Cristo. Fuera de Cristo, todo pierde su razón de ser. Sin Cristo, la iglesia es sólo religión; sin Cristo, la familia no es un hogar; sin Cristo el trabajo son afanes; sin Cristo los amigos aburren; sin Cristo hasta la cama es incomoda. El drogadicto no se droga por las cadenas del diablo, sino por la falta de Cristo. El borracho no se embriaga por alcohólico, sino por la falta de Cristo. El asesino no mata por iracundo, sino por la falta de Cristo. Y es que todo es vano sin Cristo. Habiendo Judas perdido a Cristo, su vida carece de sentido. Él cree que se suicida porque el plan le falló, pero lo que no sabe es que busca la muerte porque en su corazón ya no habita Aquel que es la vida. Veía en Jesús a un inocente, pero le faltaba verlo como su Vida.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:6
27.6 Si los sacerdotes renuncian a su oficio es justo darles su liquidación. Recibieron su plata y con ella la culpa y la sangre del homicidio. ¿Qué otra cosa puede esperar el que renuncia a su oficio sacerdotal, sino el precio de sangre? ¡Lo irónico es que se les hacía inmundo recibir el dinero, pero no el matar a Cristo! Por ello el Señor les había dicho: ¡Guías, ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello! (Mt.23:24). Cuidado cuando lo mismo que censuras es lo que deseas. Además, los sacerdotes conocían las Escrituras y sabían que las treinta monedas serían arrojadas al tesoro del templo (Zac: 11:12-13).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:7
27.7 Lo único que alcanza con el precio de la traición es un terreno en el cementerio. Judas le dio la espalda al Maestro y perdió su alma. Los sacerdotes le dieron la espalda al sacerdocio y perdieron su oportunidad. La traición trae muerte. Traicionar a la esposa pierde el hogar; traicionar al amigo, pierde la amistad; traicionar a la iglesia, pierde la comunión; traicionar al socio, pierde el negocio; y traicionar a Dios, pierde el alma. Para extranjeros (ajenos y excluidos del pueblo).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:8
27.8 Cuando Mateo dice “hasta el día de hoy”, significa que habían pasado algunos años para cuando escribió su evangelio. Dicen por allí: “haz fama y échate a dormir.” Una vez manchado con sangre, siempre olerá a sangre. El hombre no sabe olvidar el pecado ajeno, pero si el propio. Esta es la consecuencia de la traición: caminar el resto de la vida con la mancha de sangre, tal y como Caín llevó la sangre de Abel por el resto de su vida (Gen. 4:10-15).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:9
27.9-10 Lo que fue para el hombre un cementerio de extranjeros y un campo de sangre es para el Señor un terreno propicio para trabajar: El campo del Alfarero. Dios puede transformar en su taller la vida destrozada; pero también, cuán grave es la traición al Cuerpo de Cristo, que hace de la iglesia, la cual es el Campo del Alfarero, en un cementerio. Una división de la iglesia que parece fundar otra es en realidad un cementerio.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:10
27.9-10 Lo que fue para el hombre un cementerio de extranjeros y un campo de sangre es para el Señor un terreno propicio para trabajar: El campo del Alfarero. Dios puede transformar en su taller la vida destrozada; pero también, cuán grave es la traición al Cuerpo de Cristo, que hace de la iglesia, la cual es el Campo del Alfarero, en un cementerio. Una división de la iglesia que parece fundar otra es en realidad un cementerio.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:11
27.11-14 ¿Por qué será que no podemos callarnos? Ante los planes, los contamos. Ante el triunfo, presumimos. Ante la derrota, escudamos. Ante la crítica, respondemos. Ante el elogio, asentimos. Ante la acusación, defendemos. No importa la circunstancia, hablamos, hablamos y hablamos. Tenemos un incontrolable deseo por quedar bien ante los demás. Es ahí donde brilla el Maestro, no solo en las palabras, sino también en el silencio. Jesús hizo grandes obras que maravillaron a las multitudes; sin embargo, una de sus más grandes obras fue la de guardar silencio cuando fue acusado ante Pilato. Mateo dice que esto maravilló al gobernador ¿Qué fue lo que los judíos dijeron de Jesús y que no quiso responder? ¿Qué fue lo que Pilato escuchó que fue apagado por el dignísimo silencio del Maestro? El evangelista Lucas nos dice que las acusaciones tenían un carácter triple (Luc. 23:2): Que pervertía la nación; que prohibía dar tributo a César; y que Jesús se autodenominaba rey. Los judíos prepararon estas acusaciones políticas a sabiendas de que mentían porque Pilato no hubiera hecho caso a una acusación religiosa de blasfemia, la cual tampoco era cierta (Mat. 27:1). Sobre estas acusaciones, decían que pervertía a la nación con sus palabras porque interpretó la ley de modo diferente…y más estricto: mas yo os digo. Puso la regla más alta. Habló de perdón, de mansedumbre, de servir, de amar a los enemigos, de no juzgar, de hacer el bien por encima de leyes como guardar el sábado; de descaso; de recompensas celestiales; de darlo todo por nada; de santidad interna, de humildad; de matrimonios sanos y permanentes; de dar el mayor fruto posible en la vida; desenmascaró a los hipócritas; etc., etc. ¡claro que le daba otro rumbo a la nación! Y no sólo cambió el rumbo de Israel, sino de toda la humanidad. Ni todos los estadistas, políticos, militares, pensadores, filósofos, eruditos, científicos, reyes, gobernantes, literatos, poetas, pintores, artistas, genios, músicos, profesionistas, conquistadores, señores y siervos, libres y esclavos, ricos y pobres, etc., etc., ni todos juntos, apilando todas sus obras y convirtiéndolas en una sola y magna obra podrían compararse siquiera con la vida de Jesús ni tener la trascendencia que tuvieron tan solo los tres y medio años de su ministerio en la historia de la humanidad. Las palabras de Jesús pusieron un nuevo rumbo: el cielo. Enamoró a sus seguidores (Pedro: ¿a quién iremos…?). Extasió a sus oyentes (María a sus pies). Maravilló a sus enemigos: “nadie ha hablado como este hombre” (dijeron los alguaciles). La adúltera encontró perdón. El moribundo, esperanza. El leproso, limpieza. El ciego, nuevos ojos. Hizo danzar al cojo y cantar al mudo. El matrimonio en problemas encuentra unidad en Jesús. El padre angustiado por su enfermo hijo atormentado obtuvo un precioso hijo sano. El endemoniado gadareno después de estar con Jesús pudo regresar a casa vestido por fuera y hermoseado por dentro. Si cambiar el rumbo de las personas es pervertir la nación, entonces Jesús ha sido el más grande “pervertidor” de naciones. No hay individuo, ni familia, ni nación que siga igual después de toparse con Jesús. Tuvo que guardar silencio, ya que si hubiera pronunciado palabra ante Pilato hubiera cambiado el rumbo de las cosas. ¿Cómo podía ser de otro modo si a su palabra fueron hechos los cielos y la tierra? Con todo, las palabras de Jesús son polémicas; después de oírle o le amamos o le odiamos, pero no podemos seguir igual. Un hombre con mensaje siempre será polémico. Quienes hablan sin contenido no producen nada, son fácilmente olvidados, pero no Jesús. Él siempre habla con propósito; cada frase, cada verbo, cada silencio, todo en Él es elocuente. Después de oírle nada puede seguir igual. Si no quieres cambios, si deseas seguir la vida tal y como estás, ¡por favor, no lo escuches más! De otro modo, cuando menos pienses, serás atrapado por Él. Probablemente acusaron a Jesús de pervertir la nación no solo por sus polémicas palabras, sino por su controversiales acciones. Los judíos tenían su nación en su supuesto orden. Cada cosa sucedía y estaba de acuerdo a sus planes. El limosnero mendigaba en el lugar en donde debía estar. Los leprosos permanecían fuera de la ciudad. Los insurrectos celotes se movían a escondidas. Los pecadores… bueno, ellos eran parte de la orquesta; de cuando en cuando colgaban a uno y apedreaban a otro. Y los religiosos seguían llenándose los bolsillos con dinero. Todo estaba como a ellos les gustaba, hasta que vino Jesús a “echar todo a perder”. ¡Vaya que las acciones de Jesús “pervertían” la nación! Aún y cuando la ley lo prohibía, dio una nueva esperanza a los necesitados. Comía en casa de los de mala reputación, abrazaba a los pecadores, se le escuchó reír en casa de los despreciados cobradores de impuestos. Permitió que las mujeres enfermas de flujo y las prostitutas le tocaran. Condenó a los hipócritas que comerciaban con la fe; ¡hasta anunció que el templo y el pacto mosaico desaparecerían! ¡Jesús era todo un escándalo! ¡Claro que cambió el rumbo de la nación! ¡Que alguien lo detenga! –gritaban los judíos. Si a ti te gusta la mediocridad o te conformas con una vida a medias, entonces no invites a Jesús a ella. Él no vive en vidas mediocres, en cuanto llega transforma las cosas a lo grande. Te hará reír y gozar; te hará danzar de alegría; te hará derramar lágrimas de agradecimiento y levantar eufórico las manos en adoración. No respetará como llevas tu hogar, se extenderá a tu mujer y la hará de nuevo; se apoderará de tus hijos y los hará increíbles; se enseñoreará de tus bienes y los usará a su antojo y te aseguro que un día darás un paso hacia atrás y contemplarás el cambio diciendo: “como han cambiado las cosas dese que llegó Jesús…la vida es mucho mejor!”. Frecuentemente se acusó a Jesús de decirse ser el Rey de los judíos, el Cristo. Pero lo sorprendente es que ¡todos lo decían menos Él! Sus seguidores lo llamaban el Cristo, el Hijo del Dios Viviente. Sus amigos lo reconocían Señor y Rey de Israel. Sus enemigos le preguntaban todo el tiempo desesperados: “¡dinos de una vez si tu eres el Cristo!” Todos lo decían, menos Él. Por mas que buscaban la cruz, todos le ofrecían el trono, ¡hasta el diablo le ofreció los reinos del mundo! Se apartó de la fama, y nadie ha sido ni será tan famoso como Él. Se apartó del poder, y nadie se le compara: Él es el Todopoderoso. La única corona que aceptó fue la de espinas. El único cetro que recibió fue la vara con la que le golpearon los soldados. El único manto real que usó fue el de la burla de Herodes. Y el único trono en que se sentó antes de su muerte fue el del escarnio en el patio de Pilatos. Pero aun y cuando nunca andaba diciendo y demostrado ser el Rey, Jesús ha sido siempre y será su majestad, Rey de reyes y Señor de señores. La respuesta del Señor Jesús, ante todas las implicaciones fue: “tu lo dices”. Como quien acepta. Que si eres esto o aquello, esta bien, lo soy y no deseo defenderme. Todo el evangelio de Mateo fue escrito para mostrarnos que Jesús es el Cristo, el Rey de Israel. Él nunca se esforzó en decirlo, por lo cual Dios lo honró. Esto nos enseña a bajar la guardia, a no defendernos a nosotros mismos, sino como dice el apóstol Pedro: Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados (1 P. 2:21-24).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:12
27.11-14 ¿Por qué será que no podemos callarnos? Ante los planes, los contamos. Ante el triunfo, presumimos. Ante la derrota, escudamos. Ante la crítica, respondemos. Ante el elogio, asentimos. Ante la acusación, defendemos. No importa la circunstancia, hablamos, hablamos y hablamos. Tenemos un incontrolable deseo por quedar bien ante los demás. Es ahí donde brilla el Maestro, no solo en las palabras, sino también en el silencio. Jesús hizo grandes obras que maravillaron a las multitudes; sin embargo, una de sus más grandes obras fue la de guardar silencio cuando fue acusado ante Pilato. Mateo dice que esto maravilló al gobernador ¿Qué fue lo que los judíos dijeron de Jesús y que no quiso responder? ¿Qué fue lo que Pilato escuchó que fue apagado por el dignísimo silencio del Maestro? El evangelista Lucas nos dice que las acusaciones tenían un carácter triple (Luc. 23:2): Que pervertía la nación; que prohibía dar tributo a César; y que Jesús se autodenominaba rey. Los judíos prepararon estas acusaciones políticas a sabiendas de que mentían porque Pilato no hubiera hecho caso a una acusación religiosa de blasfemia, la cual tampoco era cierta (Mat. 27:1). Sobre estas acusaciones, decían que pervertía a la nación con sus palabras porque interpretó la ley de modo diferente…y más estricto: mas yo os digo. Puso la regla más alta. Habló de perdón, de mansedumbre, de servir, de amar a los enemigos, de no juzgar, de hacer el bien por encima de leyes como guardar el sábado; de descaso; de recompensas celestiales; de darlo todo por nada; de santidad interna, de humildad; de matrimonios sanos y permanentes; de dar el mayor fruto posible en la vida; desenmascaró a los hipócritas; etc., etc. ¡claro que le daba otro rumbo a la nación! Y no sólo cambió el rumbo de Israel, sino de toda la humanidad. Ni todos los estadistas, políticos, militares, pensadores, filósofos, eruditos, científicos, reyes, gobernantes, literatos, poetas, pintores, artistas, genios, músicos, profesionistas, conquistadores, señores y siervos, libres y esclavos, ricos y pobres, etc., etc., ni todos juntos, apilando todas sus obras y convirtiéndolas en una sola y magna obra podrían compararse siquiera con la vida de Jesús ni tener la trascendencia que tuvieron tan solo los tres y medio años de su ministerio en la historia de la humanidad. Las palabras de Jesús pusieron un nuevo rumbo: el cielo. Enamoró a sus seguidores (Pedro: ¿a quién iremos…?). Extasió a sus oyentes (María a sus pies). Maravilló a sus enemigos: “nadie ha hablado como este hombre” (dijeron los alguaciles). La adúltera encontró perdón. El moribundo, esperanza. El leproso, limpieza. El ciego, nuevos ojos. Hizo danzar al cojo y cantar al mudo. El matrimonio en problemas encuentra unidad en Jesús. El padre angustiado por su enfermo hijo atormentado obtuvo un precioso hijo sano. El endemoniado gadareno después de estar con Jesús pudo regresar a casa vestido por fuera y hermoseado por dentro. Si cambiar el rumbo de las personas es pervertir la nación, entonces Jesús ha sido el más grande “pervertidor” de naciones. No hay individuo, ni familia, ni nación que siga igual después de toparse con Jesús. Tuvo que guardar silencio, ya que si hubiera pronunciado palabra ante Pilato hubiera cambiado el rumbo de las cosas. ¿Cómo podía ser de otro modo si a su palabra fueron hechos los cielos y la tierra? Con todo, las palabras de Jesús son polémicas; después de oírle o le amamos o le odiamos, pero no podemos seguir igual. Un hombre con mensaje siempre será polémico. Quienes hablan sin contenido no producen nada, son fácilmente olvidados, pero no Jesús. Él siempre habla con propósito; cada frase, cada verbo, cada silencio, todo en Él es elocuente. Después de oírle nada puede seguir igual. Si no quieres cambios, si deseas seguir la vida tal y como estás, ¡por favor, no lo escuches más! De otro modo, cuando menos pienses, serás atrapado por Él. Probablemente acusaron a Jesús de pervertir la nación no solo por sus polémicas palabras, sino por su controversiales acciones. Los judíos tenían su nación en su supuesto orden. Cada cosa sucedía y estaba de acuerdo a sus planes. El limosnero mendigaba en el lugar en donde debía estar. Los leprosos permanecían fuera de la ciudad. Los insurrectos celotes se movían a escondidas. Los pecadores… bueno, ellos eran parte de la orquesta; de cuando en cuando colgaban a uno y apedreaban a otro. Y los religiosos seguían llenándose los bolsillos con dinero. Todo estaba como a ellos les gustaba, hasta que vino Jesús a “echar todo a perder”. ¡Vaya que las acciones de Jesús “pervertían” la nación! Aún y cuando la ley lo prohibía, dio una nueva esperanza a los necesitados. Comía en casa de los de mala reputación, abrazaba a los pecadores, se le escuchó reír en casa de los despreciados cobradores de impuestos. Permitió que las mujeres enfermas de flujo y las prostitutas le tocaran. Condenó a los hipócritas que comerciaban con la fe; ¡hasta anunció que el templo y el pacto mosaico desaparecerían! ¡Jesús era todo un escándalo! ¡Claro que cambió el rumbo de la nación! ¡Que alguien lo detenga! –gritaban los judíos. Si a ti te gusta la mediocridad o te conformas con una vida a medias, entonces no invites a Jesús a ella. Él no vive en vidas mediocres, en cuanto llega transforma las cosas a lo grande. Te hará reír y gozar; te hará danzar de alegría; te hará derramar lágrimas de agradecimiento y levantar eufórico las manos en adoración. No respetará como llevas tu hogar, se extenderá a tu mujer y la hará de nuevo; se apoderará de tus hijos y los hará increíbles; se enseñoreará de tus bienes y los usará a su antojo y te aseguro que un día darás un paso hacia atrás y contemplarás el cambio diciendo: “como han cambiado las cosas dese que llegó Jesús…la vida es mucho mejor!”. Frecuentemente se acusó a Jesús de decirse ser el Rey de los judíos, el Cristo. Pero lo sorprendente es que ¡todos lo decían menos Él! Sus seguidores lo llamaban el Cristo, el Hijo del Dios Viviente. Sus amigos lo reconocían Señor y Rey de Israel. Sus enemigos le preguntaban todo el tiempo desesperados: “¡dinos de una vez si tu eres el Cristo!” Todos lo decían, menos Él. Por mas que buscaban la cruz, todos le ofrecían el trono, ¡hasta el diablo le ofreció los reinos del mundo! Se apartó de la fama, y nadie ha sido ni será tan famoso como Él. Se apartó del poder, y nadie se le compara: Él es el Todopoderoso. La única corona que aceptó fue la de espinas. El único cetro que recibió fue la vara con la que le golpearon los soldados. El único manto real que usó fue el de la burla de Herodes. Y el único trono en que se sentó antes de su muerte fue el del escarnio en el patio de Pilatos. Pero aun y cuando nunca andaba diciendo y demostrado ser el Rey, Jesús ha sido siempre y será su majestad, Rey de reyes y Señor de señores. La respuesta del Señor Jesús, ante todas las implicaciones fue: “tu lo dices”. Como quien acepta. Que si eres esto o aquello, esta bien, lo soy y no deseo defenderme. Todo el evangelio de Mateo fue escrito para mostrarnos que Jesús es el Cristo, el Rey de Israel. Él nunca se esforzó en decirlo, por lo cual Dios lo honró. Esto nos enseña a bajar la guardia, a no defendernos a nosotros mismos, sino como dice el apóstol Pedro: Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados (1 P. 2:21-24).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:13
27.11-14 ¿Por qué será que no podemos callarnos? Ante los planes, los contamos. Ante el triunfo, presumimos. Ante la derrota, escudamos. Ante la crítica, respondemos. Ante el elogio, asentimos. Ante la acusación, defendemos. No importa la circunstancia, hablamos, hablamos y hablamos. Tenemos un incontrolable deseo por quedar bien ante los demás. Es ahí donde brilla el Maestro, no solo en las palabras, sino también en el silencio. Jesús hizo grandes obras que maravillaron a las multitudes; sin embargo, una de sus más grandes obras fue la de guardar silencio cuando fue acusado ante Pilato. Mateo dice que esto maravilló al gobernador ¿Qué fue lo que los judíos dijeron de Jesús y que no quiso responder? ¿Qué fue lo que Pilato escuchó que fue apagado por el dignísimo silencio del Maestro? El evangelista Lucas nos dice que las acusaciones tenían un carácter triple (Luc. 23:2): Que pervertía la nación; que prohibía dar tributo a César; y que Jesús se autodenominaba rey. Los judíos prepararon estas acusaciones políticas a sabiendas de que mentían porque Pilato no hubiera hecho caso a una acusación religiosa de blasfemia, la cual tampoco era cierta (Mat. 27:1). Sobre estas acusaciones, decían que pervertía a la nación con sus palabras porque interpretó la ley de modo diferente…y más estricto: mas yo os digo. Puso la regla más alta. Habló de perdón, de mansedumbre, de servir, de amar a los enemigos, de no juzgar, de hacer el bien por encima de leyes como guardar el sábado; de descaso; de recompensas celestiales; de darlo todo por nada; de santidad interna, de humildad; de matrimonios sanos y permanentes; de dar el mayor fruto posible en la vida; desenmascaró a los hipócritas; etc., etc. ¡claro que le daba otro rumbo a la nación! Y no sólo cambió el rumbo de Israel, sino de toda la humanidad. Ni todos los estadistas, políticos, militares, pensadores, filósofos, eruditos, científicos, reyes, gobernantes, literatos, poetas, pintores, artistas, genios, músicos, profesionistas, conquistadores, señores y siervos, libres y esclavos, ricos y pobres, etc., etc., ni todos juntos, apilando todas sus obras y convirtiéndolas en una sola y magna obra podrían compararse siquiera con la vida de Jesús ni tener la trascendencia que tuvieron tan solo los tres y medio años de su ministerio en la historia de la humanidad. Las palabras de Jesús pusieron un nuevo rumbo: el cielo. Enamoró a sus seguidores (Pedro: ¿a quién iremos…?). Extasió a sus oyentes (María a sus pies). Maravilló a sus enemigos: “nadie ha hablado como este hombre” (dijeron los alguaciles). La adúltera encontró perdón. El moribundo, esperanza. El leproso, limpieza. El ciego, nuevos ojos. Hizo danzar al cojo y cantar al mudo. El matrimonio en problemas encuentra unidad en Jesús. El padre angustiado por su enfermo hijo atormentado obtuvo un precioso hijo sano. El endemoniado gadareno después de estar con Jesús pudo regresar a casa vestido por fuera y hermoseado por dentro. Si cambiar el rumbo de las personas es pervertir la nación, entonces Jesús ha sido el más grande “pervertidor” de naciones. No hay individuo, ni familia, ni nación que siga igual después de toparse con Jesús. Tuvo que guardar silencio, ya que si hubiera pronunciado palabra ante Pilato hubiera cambiado el rumbo de las cosas. ¿Cómo podía ser de otro modo si a su palabra fueron hechos los cielos y la tierra? Con todo, las palabras de Jesús son polémicas; después de oírle o le amamos o le odiamos, pero no podemos seguir igual. Un hombre con mensaje siempre será polémico. Quienes hablan sin contenido no producen nada, son fácilmente olvidados, pero no Jesús. Él siempre habla con propósito; cada frase, cada verbo, cada silencio, todo en Él es elocuente. Después de oírle nada puede seguir igual. Si no quieres cambios, si deseas seguir la vida tal y como estás, ¡por favor, no lo escuches más! De otro modo, cuando menos pienses, serás atrapado por Él. Probablemente acusaron a Jesús de pervertir la nación no solo por sus polémicas palabras, sino por su controversiales acciones. Los judíos tenían su nación en su supuesto orden. Cada cosa sucedía y estaba de acuerdo a sus planes. El limosnero mendigaba en el lugar en donde debía estar. Los leprosos permanecían fuera de la ciudad. Los insurrectos celotes se movían a escondidas. Los pecadores… bueno, ellos eran parte de la orquesta; de cuando en cuando colgaban a uno y apedreaban a otro. Y los religiosos seguían llenándose los bolsillos con dinero. Todo estaba como a ellos les gustaba, hasta que vino Jesús a “echar todo a perder”. ¡Vaya que las acciones de Jesús “pervertían” la nación! Aún y cuando la ley lo prohibía, dio una nueva esperanza a los necesitados. Comía en casa de los de mala reputación, abrazaba a los pecadores, se le escuchó reír en casa de los despreciados cobradores de impuestos. Permitió que las mujeres enfermas de flujo y las prostitutas le tocaran. Condenó a los hipócritas que comerciaban con la fe; ¡hasta anunció que el templo y el pacto mosaico desaparecerían! ¡Jesús era todo un escándalo! ¡Claro que cambió el rumbo de la nación! ¡Que alguien lo detenga! –gritaban los judíos. Si a ti te gusta la mediocridad o te conformas con una vida a medias, entonces no invites a Jesús a ella. Él no vive en vidas mediocres, en cuanto llega transforma las cosas a lo grande. Te hará reír y gozar; te hará danzar de alegría; te hará derramar lágrimas de agradecimiento y levantar eufórico las manos en adoración. No respetará como llevas tu hogar, se extenderá a tu mujer y la hará de nuevo; se apoderará de tus hijos y los hará increíbles; se enseñoreará de tus bienes y los usará a su antojo y te aseguro que un día darás un paso hacia atrás y contemplarás el cambio diciendo: “como han cambiado las cosas dese que llegó Jesús…la vida es mucho mejor!”. Frecuentemente se acusó a Jesús de decirse ser el Rey de los judíos, el Cristo. Pero lo sorprendente es que ¡todos lo decían menos Él! Sus seguidores lo llamaban el Cristo, el Hijo del Dios Viviente. Sus amigos lo reconocían Señor y Rey de Israel. Sus enemigos le preguntaban todo el tiempo desesperados: “¡dinos de una vez si tu eres el Cristo!” Todos lo decían, menos Él. Por mas que buscaban la cruz, todos le ofrecían el trono, ¡hasta el diablo le ofreció los reinos del mundo! Se apartó de la fama, y nadie ha sido ni será tan famoso como Él. Se apartó del poder, y nadie se le compara: Él es el Todopoderoso. La única corona que aceptó fue la de espinas. El único cetro que recibió fue la vara con la que le golpearon los soldados. El único manto real que usó fue el de la burla de Herodes. Y el único trono en que se sentó antes de su muerte fue el del escarnio en el patio de Pilatos. Pero aun y cuando nunca andaba diciendo y demostrado ser el Rey, Jesús ha sido siempre y será su majestad, Rey de reyes y Señor de señores. La respuesta del Señor Jesús, ante todas las implicaciones fue: “tu lo dices”. Como quien acepta. Que si eres esto o aquello, esta bien, lo soy y no deseo defenderme. Todo el evangelio de Mateo fue escrito para mostrarnos que Jesús es el Cristo, el Rey de Israel. Él nunca se esforzó en decirlo, por lo cual Dios lo honró. Esto nos enseña a bajar la guardia, a no defendernos a nosotros mismos, sino como dice el apóstol Pedro: Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados (1 P. 2:21-24).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:14
27.11-14 ¿Por qué será que no podemos callarnos? Ante los planes, los contamos. Ante el triunfo, presumimos. Ante la derrota, escudamos. Ante la crítica, respondemos. Ante el elogio, asentimos. Ante la acusación, defendemos. No importa la circunstancia, hablamos, hablamos y hablamos. Tenemos un incontrolable deseo por quedar bien ante los demás. Es ahí donde brilla el Maestro, no solo en las palabras, sino también en el silencio. Jesús hizo grandes obras que maravillaron a las multitudes; sin embargo, una de sus más grandes obras fue la de guardar silencio cuando fue acusado ante Pilato. Mateo dice que esto maravilló al gobernador ¿Qué fue lo que los judíos dijeron de Jesús y que no quiso responder? ¿Qué fue lo que Pilato escuchó que fue apagado por el dignísimo silencio del Maestro? El evangelista Lucas nos dice que las acusaciones tenían un carácter triple (Luc. 23:2): Que pervertía la nación; que prohibía dar tributo a César; y que Jesús se autodenominaba rey. Los judíos prepararon estas acusaciones políticas a sabiendas de que mentían porque Pilato no hubiera hecho caso a una acusación religiosa de blasfemia, la cual tampoco era cierta (Mat. 27:1). Sobre estas acusaciones, decían que pervertía a la nación con sus palabras porque interpretó la ley de modo diferente…y más estricto: mas yo os digo. Puso la regla más alta. Habló de perdón, de mansedumbre, de servir, de amar a los enemigos, de no juzgar, de hacer el bien por encima de leyes como guardar el sábado; de descaso; de recompensas celestiales; de darlo todo por nada; de santidad interna, de humildad; de matrimonios sanos y permanentes; de dar el mayor fruto posible en la vida; desenmascaró a los hipócritas; etc., etc. ¡claro que le daba otro rumbo a la nación! Y no sólo cambió el rumbo de Israel, sino de toda la humanidad. Ni todos los estadistas, políticos, militares, pensadores, filósofos, eruditos, científicos, reyes, gobernantes, literatos, poetas, pintores, artistas, genios, músicos, profesionistas, conquistadores, señores y siervos, libres y esclavos, ricos y pobres, etc., etc., ni todos juntos, apilando todas sus obras y convirtiéndolas en una sola y magna obra podrían compararse siquiera con la vida de Jesús ni tener la trascendencia que tuvieron tan solo los tres y medio años de su ministerio en la historia de la humanidad. Las palabras de Jesús pusieron un nuevo rumbo: el cielo. Enamoró a sus seguidores (Pedro: ¿a quién iremos…?). Extasió a sus oyentes (María a sus pies). Maravilló a sus enemigos: “nadie ha hablado como este hombre” (dijeron los alguaciles). La adúltera encontró perdón. El moribundo, esperanza. El leproso, limpieza. El ciego, nuevos ojos. Hizo danzar al cojo y cantar al mudo. El matrimonio en problemas encuentra unidad en Jesús. El padre angustiado por su enfermo hijo atormentado obtuvo un precioso hijo sano. El endemoniado gadareno después de estar con Jesús pudo regresar a casa vestido por fuera y hermoseado por dentro. Si cambiar el rumbo de las personas es pervertir la nación, entonces Jesús ha sido el más grande “pervertidor” de naciones. No hay individuo, ni familia, ni nación que siga igual después de toparse con Jesús. Tuvo que guardar silencio, ya que si hubiera pronunciado palabra ante Pilato hubiera cambiado el rumbo de las cosas. ¿Cómo podía ser de otro modo si a su palabra fueron hechos los cielos y la tierra? Con todo, las palabras de Jesús son polémicas; después de oírle o le amamos o le odiamos, pero no podemos seguir igual. Un hombre con mensaje siempre será polémico. Quienes hablan sin contenido no producen nada, son fácilmente olvidados, pero no Jesús. Él siempre habla con propósito; cada frase, cada verbo, cada silencio, todo en Él es elocuente. Después de oírle nada puede seguir igual. Si no quieres cambios, si deseas seguir la vida tal y como estás, ¡por favor, no lo escuches más! De otro modo, cuando menos pienses, serás atrapado por Él. Probablemente acusaron a Jesús de pervertir la nación no solo por sus polémicas palabras, sino por su controversiales acciones. Los judíos tenían su nación en su supuesto orden. Cada cosa sucedía y estaba de acuerdo a sus planes. El limosnero mendigaba en el lugar en donde debía estar. Los leprosos permanecían fuera de la ciudad. Los insurrectos celotes se movían a escondidas. Los pecadores… bueno, ellos eran parte de la orquesta; de cuando en cuando colgaban a uno y apedreaban a otro. Y los religiosos seguían llenándose los bolsillos con dinero. Todo estaba como a ellos les gustaba, hasta que vino Jesús a “echar todo a perder”. ¡Vaya que las acciones de Jesús “pervertían” la nación! Aún y cuando la ley lo prohibía, dio una nueva esperanza a los necesitados. Comía en casa de los de mala reputación, abrazaba a los pecadores, se le escuchó reír en casa de los despreciados cobradores de impuestos. Permitió que las mujeres enfermas de flujo y las prostitutas le tocaran. Condenó a los hipócritas que comerciaban con la fe; ¡hasta anunció que el templo y el pacto mosaico desaparecerían! ¡Jesús era todo un escándalo! ¡Claro que cambió el rumbo de la nación! ¡Que alguien lo detenga! –gritaban los judíos. Si a ti te gusta la mediocridad o te conformas con una vida a medias, entonces no invites a Jesús a ella. Él no vive en vidas mediocres, en cuanto llega transforma las cosas a lo grande. Te hará reír y gozar; te hará danzar de alegría; te hará derramar lágrimas de agradecimiento y levantar eufórico las manos en adoración. No respetará como llevas tu hogar, se extenderá a tu mujer y la hará de nuevo; se apoderará de tus hijos y los hará increíbles; se enseñoreará de tus bienes y los usará a su antojo y te aseguro que un día darás un paso hacia atrás y contemplarás el cambio diciendo: “como han cambiado las cosas dese que llegó Jesús…la vida es mucho mejor!”. Frecuentemente se acusó a Jesús de decirse ser el Rey de los judíos, el Cristo. Pero lo sorprendente es que ¡todos lo decían menos Él! Sus seguidores lo llamaban el Cristo, el Hijo del Dios Viviente. Sus amigos lo reconocían Señor y Rey de Israel. Sus enemigos le preguntaban todo el tiempo desesperados: “¡dinos de una vez si tu eres el Cristo!” Todos lo decían, menos Él. Por mas que buscaban la cruz, todos le ofrecían el trono, ¡hasta el diablo le ofreció los reinos del mundo! Se apartó de la fama, y nadie ha sido ni será tan famoso como Él. Se apartó del poder, y nadie se le compara: Él es el Todopoderoso. La única corona que aceptó fue la de espinas. El único cetro que recibió fue la vara con la que le golpearon los soldados. El único manto real que usó fue el de la burla de Herodes. Y el único trono en que se sentó antes de su muerte fue el del escarnio en el patio de Pilatos. Pero aun y cuando nunca andaba diciendo y demostrado ser el Rey, Jesús ha sido siempre y será su majestad, Rey de reyes y Señor de señores. La respuesta del Señor Jesús, ante todas las implicaciones fue: “tu lo dices”. Como quien acepta. Que si eres esto o aquello, esta bien, lo soy y no deseo defenderme. Todo el evangelio de Mateo fue escrito para mostrarnos que Jesús es el Cristo, el Rey de Israel. Él nunca se esforzó en decirlo, por lo cual Dios lo honró. Esto nos enseña a bajar la guardia, a no defendernos a nosotros mismos, sino como dice el apóstol Pedro: Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados (1 P. 2:21-24).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:15
27.15 ¿A quién queréis que os suelte? La vida tiene un sinnúmero de matices. A través de los años expresamos toda clase de sentimientos y frecuentemente muchos de ellos no tienen nobleza. Somos capaces de algunas obras heroicas, pero también de los peores horrores. El mismo hombre cristiano, de buen testimonio, es a veces también un monstruo de maldad. Dos naturalezas diametralmente opuestas se disputan constantemente el terreno de nuestro corazón. Pero no me confundas, no me refiero a personas sin Dios, sino a los creyentes sinceros; personas como el apóstol Pablo que escribió: yo se que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo…. ¡miserable de mi! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? (Rom. 7:18, 24). Todos estamos en el patio del pretorio, afuera de la suntuosa residencia oficial de Pilato con sentimientos encontrados escuchando la propuesta del gobernador: “¿a quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo?” Todos luchamos internamente: ¿que clase de vida deseamos que nos gobierne: la de Barrabás o la de Cristo? Siendo la fiesta, la de la Pascua; era lógico pensar en la liberación, ya que la pascua conmemora la liberación de Egipto, el Éxodo. El único problema es que tal liberación está sujeta a la voluntad, ellos escogían a quien dejar libre. ¿Y no es igual con nosotros los creyentes? ¿Acaso no depende de nuestra decisión cuál naturaleza se enseñoreará de nosotros, si el pecado o la justicia? Pilato presentó a Barrabás como una opción para liberar a Jesús y así contrariar a los judíos. Y les presentó a Barrabás por cuanto éste estaba acusado de sedición, a saber, de revolucionario. Entendamos esto: Los judíos acusaban a Jesús de revelarse contra Roma al hacerse Rey y, según decían, prohibir dar tributo al César; pero sólo había hecho bienes; mientras que Barrabás era un asesino revolucionario probado, un terrorista político que sin duda había hecho todo aquello de lo que acusaban a Jesús y más (Luc. 23:19); era un ladrón (Juan 18:40). Al darles a escoger entre Barrabás o Jesús, Pilato expuso los motivos envidiosos de los judíos, pues si en verdad estuviesen entregando a Jesús por soliviantar al pueblo contra Roma, Barrabás era mucho más culpable y peligroso en esto. Barrabás era un Zelote, un hombre capaz de usar la violencia para combatir a los romanos; un hombre que usaría cualquier medio para conseguir sus propósitos. Jesús, por otro lado, es el Hombre dispuesto a morir antes que a matar. Así que aquí está la disyuntiva: ¿Queréis a Barrabás o a Jesús? Hoy tenemos que responder. O escogemos el camino a Barrabás para lograr lo que deseamos o la voluntad de Dios siguiendo el camino de Jesús.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:16
27.16-18 ¿Queréis al hombre del mundo? Barrabás, Bar-Abbás significa “hijo del padre”. Padre era el título asignado a los rabinos más respetados. Lo que nos presenta a un Barrabás estilo héroe nacional. Parece ser que Barrabás era hijo de algún rabino importante, lo que haría de Barrabás un miembro de una antigua familia distinguida, un hombre educado y de altos ideales políticos que lo desviaron hacia una carrera política criminal y revolucionaria buscando la liberación de Israel del yugo romano. Un nacionalista radical. Por otro lado, tenemos a Jesús, el verdadero Hijo del Padre Celestial, miembro de la familia de Dios, la más distinguida y eterna aunque nacido en una familia sencilla judía. El Hombre que descendió del cielo para librarnos del yugo del pecado. ¿A quién queréis que os suelte? ¿A quién eliges para que viva en ti: al hombre del mundo Barrabás o al Hombre del cielo, Jesús? Si en el momento de la dificultad eliges hacer las cosas a tu modo, estás eligiendo a Barrabás. Si en el momento de la ofensa eliges la represalia, estás escogiendo a Barrabás. Si el conocimiento del mundo te atrae más que el conocimiento de Dios, estás eligiendo a Barrabás. ¿Queréis a la naturaleza carnal? Como ya hemos visto, Barrabás ilustra al hombre terrenal. Pablo dice: los que son de la carne piensan en las cosas de la carne…el ocuparse de la carne es muerte…y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (Rom. 8:5-6, 8). ¿Es esta la vida que deseamos? ¿De que serviría darle rienda suelta a los apetitos de la carne y quedarse sin Dios? Esta no es la voluntad de Dios para sus hijos, como dice la Escritura: mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él (Rom. 8:9). ¿Queréis al Salvador? A Pilato no le interesaba librar a Jesús, simplemente no quería darle gusto a los judíos, así que parecía ponerse del lado de Él por cuanto no quería estar del lado de los judíos. Hay algunos como Pilato; a la cual no le interesa Jesús, simplemente están de su lado porque no quieren estar del otro lado; es decir, eligen a Jesús solamente para librarse del infierno o para resolver algún problema o recibir algún favor, pero Cristo no les interesa en lo más mínimo. Volviendo a Barrabás; existen antiguas traducciones de la Biblia como la siríaca y la armenia en donde llaman a Barrabás con el nombre de “Jesús Barrabás”. Hombres como Orígenes y Jerónimo asintieron en esto. Antes de espantarnos consideremos que el nombre de “Jesús” (heb. Josué) era extremadamente común en Israel precisamente porque significa “Salvador” y el pueblo judío miraba en todos los recién nacidos varones a un posible Mesías. De allí que Pilato los distinguiera diciendo de Jesús: “llamado el Cristo” como para que no se le confundiera con Jesús Barrabás. De modo que tenemos aquí a dos salvadores. Uno falso (Barrabás) y otro genuino (Jesús). Barrabás era el salvador político; el que promete una vida mejor por medio de la fuerza; el que busca ayudar a unos pisoteando a otros; un “Robin Hood”; un iluso humanista que cree poseer en sí mismo el poder de cambiar el mundo. El hombre del aquí y del ahora. Este “salvador” no ofrece verdadera esperanza, ya que no puede esperar a mañana y por tanto, tampoco tiene futuro. Por otro lado, está el Verdadero Salvador, Cristo Jesús: Él que promete una vida mejor por medio del amor; el que efectivamente ayuda a todos gratuitamente y sin menoscabo de nadie; el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, el Cordero de Dios que garantiza vida al darse a muerte por nosotros; Él, que teniendo todo el poder sobre el universo lo cambió por una cruz y recibir todas las cosas: el Hombre del mañana y de la esperanza. Y por cuanto puede salvarme hay confianza en el mañana, es el Único que tiene futuro. ¿Cuál Salvador eliges? Barrabás, aunque también lleva el nombre de salvador es un homicida y un ladrón. Él mismo no pudo librarse de la prisión romana; es el estereotipo de satanás, el ladrón que vino a matar, hurtar y destruir. Pero Jesús es verdaderamente el Salvador; quien da vida eterna a los que creen en Él probando esto al morir y resucitar por nosotros. Es El único que se ha librado de la prisión de la muerte. Quien vino para dar vida y vida en abundancia. ¿Queréis al Cristo? El crimen de Barrabás tiene algo de romántico a los ojos del pueblo judío; Mateo dice que era “un preso famoso” (vr. 16). Lucas dice que “había sido echado en la cárcel por sedición y por homicidio” (Luc. 23:19); de tal modo que Barrabás era el revolucionario capaz de matar y de morir por su pueblo. A lo largo de la historia siempre han existido héroes nacionalistas que ofrecen reinos terrenales a precio de conflictos. Barrabás fue uno de ellos. En el otro lado opuesto tenemos a Jesús que ofrece un reino espiritual y celestial a cambio del corazón. Ambos demandan fe y sacrificios. Ambos lo piden todo. Ambos lo ofrecen todo. Pero sólo Jesucristo puede cumplirlo. Sólo existe un Cristo, Jesús. Sólo Uno es el Rey, Jesucristo. Él sabe que Barrabás no puede cumplir lo que promete, sus esfuerzos no consiguieron más que un calabozo; tal es el hombre que se afana por un reino terrenal, termina aprisionado en su insatisfacción, pecado y condenación. Sólo Jesús es el Cristo, el Ungido de Dios, quien puede ofrecer y dar un reino eterno e incorruptible. Barrabás ofrece unos cuantos años de egoístas pasiones al precio de rencores y amarguras; Jesucristo ofrece la vida eterna en amor, gozo y paz, sólo por la fe, pues el alto costo ya lo pagó Él. ¿Queréis a la naturaleza espiritual? Habiendo contemplado ambas naturalezas, ¿cuál escoges? ¿La naturaleza carnal o la espiritual? Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque su vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Rom. 8:12-13). Tenemos que reconocerlo, por la naturaleza humana somos más parecidos a Barrabás que a Jesús; pero también tenemos que creerlo: Jesús murió en el lugar de Barrabás. Juan dice que Barrabás era ladrón (Jn. 18:40) y Jesús fue crucificado en medio de dos ladrones, posiblemente los cómplices de Barrabás con los que él iba a ser crucificado. Esto significa que el Señor tomó el lugar nuestro y crucificó nuestra carne, sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom. 6:6,11). ¡Gracias a Cristo, pues por Él puedo vivir conforme a su naturaleza espiritual y no a la mía terrenal! Mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios (Rom. 8:13-14). Pilato conocía los malos motivos de los judíos: la envidia. Pero también él tenía motivos ocultos por los que finalmente suelta a Barrabás y no a Jesús. Consideremos nuestro corazón, a quién elegimos y por qué.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:17
27.16-18 ¿Queréis al hombre del mundo? Barrabás, Bar-Abbás significa “hijo del padre”. Padre era el título asignado a los rabinos más respetados. Lo que nos presenta a un Barrabás estilo héroe nacional. Parece ser que Barrabás era hijo de algún rabino importante, lo que haría de Barrabás un miembro de una antigua familia distinguida, un hombre educado y de altos ideales políticos que lo desviaron hacia una carrera política criminal y revolucionaria buscando la liberación de Israel del yugo romano. Un nacionalista radical. Por otro lado, tenemos a Jesús, el verdadero Hijo del Padre Celestial, miembro de la familia de Dios, la más distinguida y eterna aunque nacido en una familia sencilla judía. El Hombre que descendió del cielo para librarnos del yugo del pecado. ¿A quién queréis que os suelte? ¿A quién eliges para que viva en ti: al hombre del mundo Barrabás o al Hombre del cielo, Jesús? Si en el momento de la dificultad eliges hacer las cosas a tu modo, estás eligiendo a Barrabás. Si en el momento de la ofensa eliges la represalia, estás escogiendo a Barrabás. Si el conocimiento del mundo te atrae más que el conocimiento de Dios, estás eligiendo a Barrabás. ¿Queréis a la naturaleza carnal? Como ya hemos visto, Barrabás ilustra al hombre terrenal. Pablo dice: los que son de la carne piensan en las cosas de la carne…el ocuparse de la carne es muerte…y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (Rom. 8:5-6, 8). ¿Es esta la vida que deseamos? ¿De que serviría darle rienda suelta a los apetitos de la carne y quedarse sin Dios? Esta no es la voluntad de Dios para sus hijos, como dice la Escritura: mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él (Rom. 8:9). ¿Queréis al Salvador? A Pilato no le interesaba librar a Jesús, simplemente no quería darle gusto a los judíos, así que parecía ponerse del lado de Él por cuanto no quería estar del lado de los judíos. Hay algunos como Pilato; a la cual no le interesa Jesús, simplemente están de su lado porque no quieren estar del otro lado; es decir, eligen a Jesús solamente para librarse del infierno o para resolver algún problema o recibir algún favor, pero Cristo no les interesa en lo más mínimo. Volviendo a Barrabás; existen antiguas traducciones de la Biblia como la siríaca y la armenia en donde llaman a Barrabás con el nombre de “Jesús Barrabás”. Hombres como Orígenes y Jerónimo asintieron en esto. Antes de espantarnos consideremos que el nombre de “Jesús” (heb. Josué) era extremadamente común en Israel precisamente porque significa “Salvador” y el pueblo judío miraba en todos los recién nacidos varones a un posible Mesías. De allí que Pilato los distinguiera diciendo de Jesús: “llamado el Cristo” como para que no se le confundiera con Jesús Barrabás. De modo que tenemos aquí a dos salvadores. Uno falso (Barrabás) y otro genuino (Jesús). Barrabás era el salvador político; el que promete una vida mejor por medio de la fuerza; el que busca ayudar a unos pisoteando a otros; un “Robin Hood”; un iluso humanista que cree poseer en sí mismo el poder de cambiar el mundo. El hombre del aquí y del ahora. Este “salvador” no ofrece verdadera esperanza, ya que no puede esperar a mañana y por tanto, tampoco tiene futuro. Por otro lado, está el Verdadero Salvador, Cristo Jesús: Él que promete una vida mejor por medio del amor; el que efectivamente ayuda a todos gratuitamente y sin menoscabo de nadie; el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, el Cordero de Dios que garantiza vida al darse a muerte por nosotros; Él, que teniendo todo el poder sobre el universo lo cambió por una cruz y recibir todas las cosas: el Hombre del mañana y de la esperanza. Y por cuanto puede salvarme hay confianza en el mañana, es el Único que tiene futuro. ¿Cuál Salvador eliges? Barrabás, aunque también lleva el nombre de salvador es un homicida y un ladrón. Él mismo no pudo librarse de la prisión romana; es el estereotipo de satanás, el ladrón que vino a matar, hurtar y destruir. Pero Jesús es verdaderamente el Salvador; quien da vida eterna a los que creen en Él probando esto al morir y resucitar por nosotros. Es El único que se ha librado de la prisión de la muerte. Quien vino para dar vida y vida en abundancia. ¿Queréis al Cristo? El crimen de Barrabás tiene algo de romántico a los ojos del pueblo judío; Mateo dice que era “un preso famoso” (vr. 16). Lucas dice que “había sido echado en la cárcel por sedición y por homicidio” (Luc. 23:19); de tal modo que Barrabás era el revolucionario capaz de matar y de morir por su pueblo. A lo largo de la historia siempre han existido héroes nacionalistas que ofrecen reinos terrenales a precio de conflictos. Barrabás fue uno de ellos. En el otro lado opuesto tenemos a Jesús que ofrece un reino espiritual y celestial a cambio del corazón. Ambos demandan fe y sacrificios. Ambos lo piden todo. Ambos lo ofrecen todo. Pero sólo Jesucristo puede cumplirlo. Sólo existe un Cristo, Jesús. Sólo Uno es el Rey, Jesucristo. Él sabe que Barrabás no puede cumplir lo que promete, sus esfuerzos no consiguieron más que un calabozo; tal es el hombre que se afana por un reino terrenal, termina aprisionado en su insatisfacción, pecado y condenación. Sólo Jesús es el Cristo, el Ungido de Dios, quien puede ofrecer y dar un reino eterno e incorruptible. Barrabás ofrece unos cuantos años de egoístas pasiones al precio de rencores y amarguras; Jesucristo ofrece la vida eterna en amor, gozo y paz, sólo por la fe, pues el alto costo ya lo pagó Él. ¿Queréis a la naturaleza espiritual? Habiendo contemplado ambas naturalezas, ¿cuál escoges? ¿La naturaleza carnal o la espiritual? Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque su vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Rom. 8:12-13). Tenemos que reconocerlo, por la naturaleza humana somos más parecidos a Barrabás que a Jesús; pero también tenemos que creerlo: Jesús murió en el lugar de Barrabás. Juan dice que Barrabás era ladrón (Jn. 18:40) y Jesús fue crucificado en medio de dos ladrones, posiblemente los cómplices de Barrabás con los que él iba a ser crucificado. Esto significa que el Señor tomó el lugar nuestro y crucificó nuestra carne, sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom. 6:6,11). ¡Gracias a Cristo, pues por Él puedo vivir conforme a su naturaleza espiritual y no a la mía terrenal! Mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios (Rom. 8:13-14). Pilato conocía los malos motivos de los judíos: la envidia. Pero también él tenía motivos ocultos por los que finalmente suelta a Barrabás y no a Jesús. Consideremos nuestro corazón, a quién elegimos y por qué.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:18
27.16-18 ¿Queréis al hombre del mundo? Barrabás, Bar-Abbás significa “hijo del padre”. Padre era el título asignado a los rabinos más respetados. Lo que nos presenta a un Barrabás estilo héroe nacional. Parece ser que Barrabás era hijo de algún rabino importante, lo que haría de Barrabás un miembro de una antigua familia distinguida, un hombre educado y de altos ideales políticos que lo desviaron hacia una carrera política criminal y revolucionaria buscando la liberación de Israel del yugo romano. Un nacionalista radical. Por otro lado, tenemos a Jesús, el verdadero Hijo del Padre Celestial, miembro de la familia de Dios, la más distinguida y eterna aunque nacido en una familia sencilla judía. El Hombre que descendió del cielo para librarnos del yugo del pecado. ¿A quién queréis que os suelte? ¿A quién eliges para que viva en ti: al hombre del mundo Barrabás o al Hombre del cielo, Jesús? Si en el momento de la dificultad eliges hacer las cosas a tu modo, estás eligiendo a Barrabás. Si en el momento de la ofensa eliges la represalia, estás escogiendo a Barrabás. Si el conocimiento del mundo te atrae más que el conocimiento de Dios, estás eligiendo a Barrabás. ¿Queréis a la naturaleza carnal? Como ya hemos visto, Barrabás ilustra al hombre terrenal. Pablo dice: los que son de la carne piensan en las cosas de la carne…el ocuparse de la carne es muerte…y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (Rom. 8:5-6, 8). ¿Es esta la vida que deseamos? ¿De que serviría darle rienda suelta a los apetitos de la carne y quedarse sin Dios? Esta no es la voluntad de Dios para sus hijos, como dice la Escritura: mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él (Rom. 8:9). ¿Queréis al Salvador? A Pilato no le interesaba librar a Jesús, simplemente no quería darle gusto a los judíos, así que parecía ponerse del lado de Él por cuanto no quería estar del lado de los judíos. Hay algunos como Pilato; a la cual no le interesa Jesús, simplemente están de su lado porque no quieren estar del otro lado; es decir, eligen a Jesús solamente para librarse del infierno o para resolver algún problema o recibir algún favor, pero Cristo no les interesa en lo más mínimo. Volviendo a Barrabás; existen antiguas traducciones de la Biblia como la siríaca y la armenia en donde llaman a Barrabás con el nombre de “Jesús Barrabás”. Hombres como Orígenes y Jerónimo asintieron en esto. Antes de espantarnos consideremos que el nombre de “Jesús” (heb. Josué) era extremadamente común en Israel precisamente porque significa “Salvador” y el pueblo judío miraba en todos los recién nacidos varones a un posible Mesías. De allí que Pilato los distinguiera diciendo de Jesús: “llamado el Cristo” como para que no se le confundiera con Jesús Barrabás. De modo que tenemos aquí a dos salvadores. Uno falso (Barrabás) y otro genuino (Jesús). Barrabás era el salvador político; el que promete una vida mejor por medio de la fuerza; el que busca ayudar a unos pisoteando a otros; un “Robin Hood”; un iluso humanista que cree poseer en sí mismo el poder de cambiar el mundo. El hombre del aquí y del ahora. Este “salvador” no ofrece verdadera esperanza, ya que no puede esperar a mañana y por tanto, tampoco tiene futuro. Por otro lado, está el Verdadero Salvador, Cristo Jesús: Él que promete una vida mejor por medio del amor; el que efectivamente ayuda a todos gratuitamente y sin menoscabo de nadie; el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, el Cordero de Dios que garantiza vida al darse a muerte por nosotros; Él, que teniendo todo el poder sobre el universo lo cambió por una cruz y recibir todas las cosas: el Hombre del mañana y de la esperanza. Y por cuanto puede salvarme hay confianza en el mañana, es el Único que tiene futuro. ¿Cuál Salvador eliges? Barrabás, aunque también lleva el nombre de salvador es un homicida y un ladrón. Él mismo no pudo librarse de la prisión romana; es el estereotipo de satanás, el ladrón que vino a matar, hurtar y destruir. Pero Jesús es verdaderamente el Salvador; quien da vida eterna a los que creen en Él probando esto al morir y resucitar por nosotros. Es El único que se ha librado de la prisión de la muerte. Quien vino para dar vida y vida en abundancia. ¿Queréis al Cristo? El crimen de Barrabás tiene algo de romántico a los ojos del pueblo judío; Mateo dice que era “un preso famoso” (vr. 16). Lucas dice que “había sido echado en la cárcel por sedición y por homicidio” (Luc. 23:19); de tal modo que Barrabás era el revolucionario capaz de matar y de morir por su pueblo. A lo largo de la historia siempre han existido héroes nacionalistas que ofrecen reinos terrenales a precio de conflictos. Barrabás fue uno de ellos. En el otro lado opuesto tenemos a Jesús que ofrece un reino espiritual y celestial a cambio del corazón. Ambos demandan fe y sacrificios. Ambos lo piden todo. Ambos lo ofrecen todo. Pero sólo Jesucristo puede cumplirlo. Sólo existe un Cristo, Jesús. Sólo Uno es el Rey, Jesucristo. Él sabe que Barrabás no puede cumplir lo que promete, sus esfuerzos no consiguieron más que un calabozo; tal es el hombre que se afana por un reino terrenal, termina aprisionado en su insatisfacción, pecado y condenación. Sólo Jesús es el Cristo, el Ungido de Dios, quien puede ofrecer y dar un reino eterno e incorruptible. Barrabás ofrece unos cuantos años de egoístas pasiones al precio de rencores y amarguras; Jesucristo ofrece la vida eterna en amor, gozo y paz, sólo por la fe, pues el alto costo ya lo pagó Él. ¿Queréis a la naturaleza espiritual? Habiendo contemplado ambas naturalezas, ¿cuál escoges? ¿La naturaleza carnal o la espiritual? Así que, hermanos, deudores somos, no a la carne, para que vivamos conforme a la carne; porque su vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Rom. 8:12-13). Tenemos que reconocerlo, por la naturaleza humana somos más parecidos a Barrabás que a Jesús; pero también tenemos que creerlo: Jesús murió en el lugar de Barrabás. Juan dice que Barrabás era ladrón (Jn. 18:40) y Jesús fue crucificado en medio de dos ladrones, posiblemente los cómplices de Barrabás con los que él iba a ser crucificado. Esto significa que el Señor tomó el lugar nuestro y crucificó nuestra carne, sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom. 6:6,11). ¡Gracias a Cristo, pues por Él puedo vivir conforme a su naturaleza espiritual y no a la mía terrenal! Mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios (Rom. 8:13-14). Pilato conocía los malos motivos de los judíos: la envidia. Pero también él tenía motivos ocultos por los que finalmente suelta a Barrabás y no a Jesús. Consideremos nuestro corazón, a quién elegimos y por qué.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:19
27.19-22 Los sacerdotes, escribas y demás mercaderes odiaban a Jesús y deseaban su muerte porque atentaba contra sus intereses y sus ganancias en nombre de la fe. El Maestro había condenado el abuso de los potentados sobre los pobres; así como el abuso de los rituales sin cambio de corazón. Se opuso al poder por el poder y al abuso de autoridad. Su ministerio amenazaba el fin el templo, de la academia y del banco. Respecto a la religión, Anás, suegro de Caifás interroga a Jesús. Pide que renuncie a sus discípulos, pero Jesús no traiciona, jamás negará a los suyos (incluyéndote). Anás le exige cuenta de su doctrina, pero el Maestro no se rebaja a responderle: “lo he dicho abiertamente”. El sumo sacerdote lo abofetea, pero el Maestro sigue manso. Entonces interviene Caifás con su máxima: vosotros no sabéis nada; ni consideráis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca (Juan 11:49-50). Y así como el doble e ilegítimo sumo sacerdocio, el Sanedrín acomodá la ley a la maldad enjuiciándolo de noche, presentando testigos falsos y autorizando el asesinato de inmediato. Cuando llevaron a Jesús ante Pilato, no entraron al pretorio para no contaminarse en una casa donde hay levadura y poder comer la pascua. ¡creían que la sangre del inocente no mancha, pero la levadura sí! Respecto a la política, los judíos odiaban a Pilato, a Tiberio y a Roma y ¡ahora dicen ser fieles súbditos del imperio con tal de matar a Jesús! Dijeron: “no tenemos más rey que el César”. Poncio Pilato, un liberto que desdeñó al Rey de reyes: ¡he aquí vuestro rey! –se burló. “¡Es lo que se merecen!” –quiso decir. Y aunque procuró librarle, no lo hizo por aprecio ni por fe, sino por desprecio a los judíos. No hizo caso a su esposa, Claudia Prócula –ella era la rica, la importante mujer de ascendencia que lo había llevado a su puesto político importante. Junto con la mujer cananea es posible que fuese la primer gentil pagana en creer. Sin saberlo, Pilato dio una extraordinaria confesión sobre Jesús: “he aquí el hombre”. He aquí la humanidad traicionada, engañada, asesinada, empobrecida, maldita. He aquí eres tu - he aquí yo. ¡Ah Pilato! Un hombre común que dijo que tenia poder sobre Dios. Se lavó las manos creyéndose inocente de entregar a muerte a Jesús. Pero es culpable, el agua no limpia la sangre! Por salvarse él de ser acusado como traidor al César, condena al que podía salvarle. Terminó sus días, desterrado y suicidándose. Herodes por su parte le tenía miedo a Jesús (creía que era la reencarnación de Juan el Bautista a quien el había decapitado). En el pasado parece haberle amenazado de muerte: “vete de aquí porque Herodes te quiere matar”. A lo que Jesús respondió: “Id y decid a esa zorra, sigo predicando, hoy, mañana y pasado…” Intentó presionar al Señor por un milagro; pero no era digno del mismo, así que Jesús no le respondió. En consecuencia, como callando su propia conciencia, Herodes lo mandó escarnecer poniéndole un manto y llamándolo rey. ¡Si hubiese sabido a Quien tenía ante sí! La actitud de la clase baja de Israel no fue muy diferente de la clase alta. Gritaron “¡crucifícale!” Los comerciantes de animales, cambistas de monedas, alquiladores de bestias, mozos de caravanas, dueños de posadas, doctos de la ley, mercaderes de pascua, taberneros, servidores del templo, gentuza vendida a los sacerdotes. Todos ellos, Pilato preguntó: “¿Qué haré, pues, de Jesús llamado el Cristo?” Y pidieron su muerte, no se contentaron con menos que la cruz. Prefieren a Barrabás, el asesino en lugar del que da vida, el zelote en lugar del libertador, el insurrecto en lugar de Rey manso, el que busca un reino terrenal en lugar del reino celestial. El ejército hizo lo suyo. Torturar a Jesús es un juego para ellos sin saber que de Él pende el universo. ¡Den con fuerza que la sangre también es por ustedes! Coronan al Rey horrorizando ángeles. Un soldado le pone la capa, otro le forma una corona de espinas, alguien más la caña en su mano. Le abofetean, escupen, golpean la corona clavándola más. …un día verán al Rey y será muy diferente! Los discípulos le abandonaron. Judas lo entregó por treinta monedas, el precio a pagar si un buey matase a un esclavo. La venta más vil de la historia y la oferta más ridícula. Pedro lo negó tres veces; ¡llora Pedro por todos los que huyeron y por todos los que habrán de negarle! Marcos escapó desnudo. Juan, por ser descendiente de ricos y conocido del sumo sacerdote, usó de influencias para seguir a Jesús. De los demás solo sabemos que huyeron. ¿Qué actitud tomó Jesús ante todos ellos? A los religiosos: “Si os digo quien sois, no me creeréis”. A los doctores de la ley: “os digo que deben nacer de nuevo”. A los poderosos: “No tendrías autoridad, si no te fuese dada de arriba”. Al pueblo: : “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. A los discípulos amó hasta el fin y los comisionó como apóstoles.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:20
27.19-22 Los sacerdotes, escribas y demás mercaderes odiaban a Jesús y deseaban su muerte porque atentaba contra sus intereses y sus ganancias en nombre de la fe. El Maestro había condenado el abuso de los potentados sobre los pobres; así como el abuso de los rituales sin cambio de corazón. Se opuso al poder por el poder y al abuso de autoridad. Su ministerio amenazaba el fin el templo, de la academia y del banco. Respecto a la religión, Anás, suegro de Caifás interroga a Jesús. Pide que renuncie a sus discípulos, pero Jesús no traiciona, jamás negará a los suyos (incluyéndote). Anás le exige cuenta de su doctrina, pero el Maestro no se rebaja a responderle: “lo he dicho abiertamente”. El sumo sacerdote lo abofetea, pero el Maestro sigue manso. Entonces interviene Caifás con su máxima: vosotros no sabéis nada; ni consideráis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca (Juan 11:49-50). Y así como el doble e ilegítimo sumo sacerdocio, el Sanedrín acomodá la ley a la maldad enjuiciándolo de noche, presentando testigos falsos y autorizando el asesinato de inmediato. Cuando llevaron a Jesús ante Pilato, no entraron al pretorio para no contaminarse en una casa donde hay levadura y poder comer la pascua. ¡creían que la sangre del inocente no mancha, pero la levadura sí! Respecto a la política, los judíos odiaban a Pilato, a Tiberio y a Roma y ¡ahora dicen ser fieles súbditos del imperio con tal de matar a Jesús! Dijeron: “no tenemos más rey que el César”. Poncio Pilato, un liberto que desdeñó al Rey de reyes: ¡he aquí vuestro rey! –se burló. “¡Es lo que se merecen!” –quiso decir. Y aunque procuró librarle, no lo hizo por aprecio ni por fe, sino por desprecio a los judíos. No hizo caso a su esposa, Claudia Prócula –ella era la rica, la importante mujer de ascendencia que lo había llevado a su puesto político importante. Junto con la mujer cananea es posible que fuese la primer gentil pagana en creer. Sin saberlo, Pilato dio una extraordinaria confesión sobre Jesús: “he aquí el hombre”. He aquí la humanidad traicionada, engañada, asesinada, empobrecida, maldita. He aquí eres tu - he aquí yo. ¡Ah Pilato! Un hombre común que dijo que tenia poder sobre Dios. Se lavó las manos creyéndose inocente de entregar a muerte a Jesús. Pero es culpable, el agua no limpia la sangre! Por salvarse él de ser acusado como traidor al César, condena al que podía salvarle. Terminó sus días, desterrado y suicidándose. Herodes por su parte le tenía miedo a Jesús (creía que era la reencarnación de Juan el Bautista a quien el había decapitado). En el pasado parece haberle amenazado de muerte: “vete de aquí porque Herodes te quiere matar”. A lo que Jesús respondió: “Id y decid a esa zorra, sigo predicando, hoy, mañana y pasado…” Intentó presionar al Señor por un milagro; pero no era digno del mismo, así que Jesús no le respondió. En consecuencia, como callando su propia conciencia, Herodes lo mandó escarnecer poniéndole un manto y llamándolo rey. ¡Si hubiese sabido a Quien tenía ante sí! La actitud de la clase baja de Israel no fue muy diferente de la clase alta. Gritaron “¡crucifícale!” Los comerciantes de animales, cambistas de monedas, alquiladores de bestias, mozos de caravanas, dueños de posadas, doctos de la ley, mercaderes de pascua, taberneros, servidores del templo, gentuza vendida a los sacerdotes. Todos ellos, Pilato preguntó: “¿Qué haré, pues, de Jesús llamado el Cristo?” Y pidieron su muerte, no se contentaron con menos que la cruz. Prefieren a Barrabás, el asesino en lugar del que da vida, el zelote en lugar del libertador, el insurrecto en lugar de Rey manso, el que busca un reino terrenal en lugar del reino celestial. El ejército hizo lo suyo. Torturar a Jesús es un juego para ellos sin saber que de Él pende el universo. ¡Den con fuerza que la sangre también es por ustedes! Coronan al Rey horrorizando ángeles. Un soldado le pone la capa, otro le forma una corona de espinas, alguien más la caña en su mano. Le abofetean, escupen, golpean la corona clavándola más. …un día verán al Rey y será muy diferente! Los discípulos le abandonaron. Judas lo entregó por treinta monedas, el precio a pagar si un buey matase a un esclavo. La venta más vil de la historia y la oferta más ridícula. Pedro lo negó tres veces; ¡llora Pedro por todos los que huyeron y por todos los que habrán de negarle! Marcos escapó desnudo. Juan, por ser descendiente de ricos y conocido del sumo sacerdote, usó de influencias para seguir a Jesús. De los demás solo sabemos que huyeron. ¿Qué actitud tomó Jesús ante todos ellos? A los religiosos: “Si os digo quien sois, no me creeréis”. A los doctores de la ley: “os digo que deben nacer de nuevo”. A los poderosos: “No tendrías autoridad, si no te fuese dada de arriba”. Al pueblo: : “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. A los discípulos amó hasta el fin y los comisionó como apóstoles.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:21
27.19-22 Los sacerdotes, escribas y demás mercaderes odiaban a Jesús y deseaban su muerte porque atentaba contra sus intereses y sus ganancias en nombre de la fe. El Maestro había condenado el abuso de los potentados sobre los pobres; así como el abuso de los rituales sin cambio de corazón. Se opuso al poder por el poder y al abuso de autoridad. Su ministerio amenazaba el fin el templo, de la academia y del banco. Respecto a la religión, Anás, suegro de Caifás interroga a Jesús. Pide que renuncie a sus discípulos, pero Jesús no traiciona, jamás negará a los suyos (incluyéndote). Anás le exige cuenta de su doctrina, pero el Maestro no se rebaja a responderle: “lo he dicho abiertamente”. El sumo sacerdote lo abofetea, pero el Maestro sigue manso. Entonces interviene Caifás con su máxima: vosotros no sabéis nada; ni consideráis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca (Juan 11:49-50). Y así como el doble e ilegítimo sumo sacerdocio, el Sanedrín acomodá la ley a la maldad enjuiciándolo de noche, presentando testigos falsos y autorizando el asesinato de inmediato. Cuando llevaron a Jesús ante Pilato, no entraron al pretorio para no contaminarse en una casa donde hay levadura y poder comer la pascua. ¡creían que la sangre del inocente no mancha, pero la levadura sí! Respecto a la política, los judíos odiaban a Pilato, a Tiberio y a Roma y ¡ahora dicen ser fieles súbditos del imperio con tal de matar a Jesús! Dijeron: “no tenemos más rey que el César”. Poncio Pilato, un liberto que desdeñó al Rey de reyes: ¡he aquí vuestro rey! –se burló. “¡Es lo que se merecen!” –quiso decir. Y aunque procuró librarle, no lo hizo por aprecio ni por fe, sino por desprecio a los judíos. No hizo caso a su esposa, Claudia Prócula –ella era la rica, la importante mujer de ascendencia que lo había llevado a su puesto político importante. Junto con la mujer cananea es posible que fuese la primer gentil pagana en creer. Sin saberlo, Pilato dio una extraordinaria confesión sobre Jesús: “he aquí el hombre”. He aquí la humanidad traicionada, engañada, asesinada, empobrecida, maldita. He aquí eres tu - he aquí yo. ¡Ah Pilato! Un hombre común que dijo que tenia poder sobre Dios. Se lavó las manos creyéndose inocente de entregar a muerte a Jesús. Pero es culpable, el agua no limpia la sangre! Por salvarse él de ser acusado como traidor al César, condena al que podía salvarle. Terminó sus días, desterrado y suicidándose. Herodes por su parte le tenía miedo a Jesús (creía que era la reencarnación de Juan el Bautista a quien el había decapitado). En el pasado parece haberle amenazado de muerte: “vete de aquí porque Herodes te quiere matar”. A lo que Jesús respondió: “Id y decid a esa zorra, sigo predicando, hoy, mañana y pasado…” Intentó presionar al Señor por un milagro; pero no era digno del mismo, así que Jesús no le respondió. En consecuencia, como callando su propia conciencia, Herodes lo mandó escarnecer poniéndole un manto y llamándolo rey. ¡Si hubiese sabido a Quien tenía ante sí! La actitud de la clase baja de Israel no fue muy diferente de la clase alta. Gritaron “¡crucifícale!” Los comerciantes de animales, cambistas de monedas, alquiladores de bestias, mozos de caravanas, dueños de posadas, doctos de la ley, mercaderes de pascua, taberneros, servidores del templo, gentuza vendida a los sacerdotes. Todos ellos, Pilato preguntó: “¿Qué haré, pues, de Jesús llamado el Cristo?” Y pidieron su muerte, no se contentaron con menos que la cruz. Prefieren a Barrabás, el asesino en lugar del que da vida, el zelote en lugar del libertador, el insurrecto en lugar de Rey manso, el que busca un reino terrenal en lugar del reino celestial. El ejército hizo lo suyo. Torturar a Jesús es un juego para ellos sin saber que de Él pende el universo. ¡Den con fuerza que la sangre también es por ustedes! Coronan al Rey horrorizando ángeles. Un soldado le pone la capa, otro le forma una corona de espinas, alguien más la caña en su mano. Le abofetean, escupen, golpean la corona clavándola más. …un día verán al Rey y será muy diferente! Los discípulos le abandonaron. Judas lo entregó por treinta monedas, el precio a pagar si un buey matase a un esclavo. La venta más vil de la historia y la oferta más ridícula. Pedro lo negó tres veces; ¡llora Pedro por todos los que huyeron y por todos los que habrán de negarle! Marcos escapó desnudo. Juan, por ser descendiente de ricos y conocido del sumo sacerdote, usó de influencias para seguir a Jesús. De los demás solo sabemos que huyeron. ¿Qué actitud tomó Jesús ante todos ellos? A los religiosos: “Si os digo quien sois, no me creeréis”. A los doctores de la ley: “os digo que deben nacer de nuevo”. A los poderosos: “No tendrías autoridad, si no te fuese dada de arriba”. Al pueblo: : “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. A los discípulos amó hasta el fin y los comisionó como apóstoles.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:22
27.19-22 Los sacerdotes, escribas y demás mercaderes odiaban a Jesús y deseaban su muerte porque atentaba contra sus intereses y sus ganancias en nombre de la fe. El Maestro había condenado el abuso de los potentados sobre los pobres; así como el abuso de los rituales sin cambio de corazón. Se opuso al poder por el poder y al abuso de autoridad. Su ministerio amenazaba el fin el templo, de la academia y del banco. Respecto a la religión, Anás, suegro de Caifás interroga a Jesús. Pide que renuncie a sus discípulos, pero Jesús no traiciona, jamás negará a los suyos (incluyéndote). Anás le exige cuenta de su doctrina, pero el Maestro no se rebaja a responderle: “lo he dicho abiertamente”. El sumo sacerdote lo abofetea, pero el Maestro sigue manso. Entonces interviene Caifás con su máxima: vosotros no sabéis nada; ni consideráis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo y no que toda la nación perezca (Juan 11:49-50). Y así como el doble e ilegítimo sumo sacerdocio, el Sanedrín acomodá la ley a la maldad enjuiciándolo de noche, presentando testigos falsos y autorizando el asesinato de inmediato. Cuando llevaron a Jesús ante Pilato, no entraron al pretorio para no contaminarse en una casa donde hay levadura y poder comer la pascua. ¡creían que la sangre del inocente no mancha, pero la levadura sí! Respecto a la política, los judíos odiaban a Pilato, a Tiberio y a Roma y ¡ahora dicen ser fieles súbditos del imperio con tal de matar a Jesús! Dijeron: “no tenemos más rey que el César”. Poncio Pilato, un liberto que desdeñó al Rey de reyes: ¡he aquí vuestro rey! –se burló. “¡Es lo que se merecen!” –quiso decir. Y aunque procuró librarle, no lo hizo por aprecio ni por fe, sino por desprecio a los judíos. No hizo caso a su esposa, Claudia Prócula –ella era la rica, la importante mujer de ascendencia que lo había llevado a su puesto político importante. Junto con la mujer cananea es posible que fuese la primer gentil pagana en creer. Sin saberlo, Pilato dio una extraordinaria confesión sobre Jesús: “he aquí el hombre”. He aquí la humanidad traicionada, engañada, asesinada, empobrecida, maldita. He aquí eres tu - he aquí yo. ¡Ah Pilato! Un hombre común que dijo que tenia poder sobre Dios. Se lavó las manos creyéndose inocente de entregar a muerte a Jesús. Pero es culpable, el agua no limpia la sangre! Por salvarse él de ser acusado como traidor al César, condena al que podía salvarle. Terminó sus días, desterrado y suicidándose. Herodes por su parte le tenía miedo a Jesús (creía que era la reencarnación de Juan el Bautista a quien el había decapitado). En el pasado parece haberle amenazado de muerte: “vete de aquí porque Herodes te quiere matar”. A lo que Jesús respondió: “Id y decid a esa zorra, sigo predicando, hoy, mañana y pasado…” Intentó presionar al Señor por un milagro; pero no era digno del mismo, así que Jesús no le respondió. En consecuencia, como callando su propia conciencia, Herodes lo mandó escarnecer poniéndole un manto y llamándolo rey. ¡Si hubiese sabido a Quien tenía ante sí! La actitud de la clase baja de Israel no fue muy diferente de la clase alta. Gritaron “¡crucifícale!” Los comerciantes de animales, cambistas de monedas, alquiladores de bestias, mozos de caravanas, dueños de posadas, doctos de la ley, mercaderes de pascua, taberneros, servidores del templo, gentuza vendida a los sacerdotes. Todos ellos, Pilato preguntó: “¿Qué haré, pues, de Jesús llamado el Cristo?” Y pidieron su muerte, no se contentaron con menos que la cruz. Prefieren a Barrabás, el asesino en lugar del que da vida, el zelote en lugar del libertador, el insurrecto en lugar de Rey manso, el que busca un reino terrenal en lugar del reino celestial. El ejército hizo lo suyo. Torturar a Jesús es un juego para ellos sin saber que de Él pende el universo. ¡Den con fuerza que la sangre también es por ustedes! Coronan al Rey horrorizando ángeles. Un soldado le pone la capa, otro le forma una corona de espinas, alguien más la caña en su mano. Le abofetean, escupen, golpean la corona clavándola más. …un día verán al Rey y será muy diferente! Los discípulos le abandonaron. Judas lo entregó por treinta monedas, el precio a pagar si un buey matase a un esclavo. La venta más vil de la historia y la oferta más ridícula. Pedro lo negó tres veces; ¡llora Pedro por todos los que huyeron y por todos los que habrán de negarle! Marcos escapó desnudo. Juan, por ser descendiente de ricos y conocido del sumo sacerdote, usó de influencias para seguir a Jesús. De los demás solo sabemos que huyeron. ¿Qué actitud tomó Jesús ante todos ellos? A los religiosos: “Si os digo quien sois, no me creeréis”. A los doctores de la ley: “os digo que deben nacer de nuevo”. A los poderosos: “No tendrías autoridad, si no te fuese dada de arriba”. Al pueblo: : “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. A los discípulos amó hasta el fin y los comisionó como apóstoles.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:23
27.23-26 La tendencia del modernismo es evitar la responsabilidad. El hombre trata de trabajar lo menos posible y ganar lo más posible. El “arte” de la irresponsabilidad se ha vuelto tan refinado que en pro de la libertad se permite el pecado y cada quien tiene el supuesto “derecho” de hacer cuanto le plazca. Taparse los ojos o lavarse las manos ante la desvergüenza del prójimo se ha vuelto una virtud. El pecado es llamado error y a Dios se le trata de ver como un desesperado constructor de puentes y caminos sin fin para que el hombre llegue a Él. Todo este trajinar mundano no presenta otra cosa sino la inútil lucha de las multitudes por evitar la responsabilidad con el Creador. El budismo dice: “no desees y no sufras”. El confucionismo promete “no hagas mal y no lo recibirás”. El islamismo asegura: “obedece y no te irá mal”. Pero el peor demonio de todos se presenta hoy con cara de humanismo psicológico prometiendo que el pecado y su castigo es un intento, que puede uno simplemente dar vuelta a la página y seguir adelante. ¡Falso! Dios ha puesto un mensajero en el espíritu del hombre llamado conciencia; cuya labor es recordar a cada quien acerca de su obligada responsabilidad con el Creador. Los suicidas, las entregas voluntarias en las cárceles, la depresión y la insatisfacción son testigos elocuentes de la eficacia de la conciencia. El impío huye sin que nadie lo persiga. Es ridículo el intento de Pilato y del pueblo judío por evitar la responsabilidad de la sangre de Jesús. Es imposible ser imparcial ante la cruz de Cristo; ignorar el asunto es en sí mismo ya una decisión; es dar un paso al lado de los que escupieron el Divino Rostro y empujaron los crueles clavos. Vemos lo que Jesús no hizo; lo que Pilato si hizo y lo que el pueblo judío también hizo. La pregunta es: ¿qué es lo que tú harás ante la sangre de Jesús? Lo que Jesús no hizo: el juez no halló pecado el Jesús; y el Gobernador explicaba no haber hallado ningún mal en Él y preguntaba qué mal había hecho, pero ellos seguían pidiendo que fuese crucificado. “Qué mal ha hecho?” Fue la pregunta de Pilato y con ella intentaba encontrar la salida de emergencia ante el inminente incendio que se le venía encima con las intrigas judías. Solamente Cristo Jesús ha tenido la osadía de “abrirse de capa” y dejarse examinar por el hombre cuando dijo: “ ¿Quién de vosotros me inculpa de pecado?” (Juan 8:46). Y ni los enemigos pudieron hallar algo malo en Él. Si Pilato hubiera hallado algún mal en Jesús no habría dudado en dar la pena de muerte. Pilato era un hombre experimentado, hasta antes de Jesús había tenido un relativo éxito para conocer a los hombres y enjuiciarlos; pero ese día lo vemos confundido y temeroso, su astucia no fue suficiente, simplemente no halló nada malo en Jesús. Los acusadores tampoco encontraron mal en Jesús. No dieron ninguna razón, se limitaron a gritar enajenados: “¡Sea crucificado!” La expresión “gritaban aún más” (23) significa que sus gritos eran más fuertes que los de Pilato. Si hubiesen tenido algo contra Él (y tuvieron tres años para encontrarlo), ese era el momento de mostrarlo. ¡Ni el diablo acusador pudo sugerirles algo! Fue tentado en todo, pero sin pecado. Esto fue el maravilloso y perfecto cumplimiento de la ley de Dios. Algunos siglos antes, Dios había encargado a Moisés y al pueblo de Israel que el Cordero a sacrificarse en la Pascua, esto es, para que Dios pasara por alto las casas de aquellos que untaron la sangre de dicho cordero en sus dientes o habiendo mortandad en ellas durante el Éxodo de Egipto, debía ser un cordero sin defecto (Ex.12:5-13). ¡Así fue con el Señor Jesús! Él murió durante la Pascua, de hecho murió el mismo día en que se ofrecía el cordero pascual y a la misma hora; se le examinó detalladamente y aún el sumo sacerdote fue testigo de que Jesús era sin defecto, tan sin defecto que le llamó blasfemia, pues suponía una blasfemia su similitud con Dios Padre. ¡Bendito sea el nombre del Señor! Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a si mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? (Heb.9:13-14). Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir (como lo fue Israel de Egipto y de Faraón durante la primera Pascua), la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles como oro y plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 P. 2:18-19). ¡La santidad de Jesús garantiza su eficacia salvadora! Todo esto nos muestra Jesucristo efectivamente es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ahora veamos lo que Pilato sí hizo: Temeroso de alguna revuelta que manchara su gubernatura en Israel ante el imperio romano, buscó escaparse de la responsabilidad al efectuar astutamente una de las leyes de Israel. En Dt. 21:1-9 hallamos que si fuere hallado alguien muerto…y no se supiere quien lo mató…todos los ancianos (gobernantes como Pilato) de la ciudad más cercana al lugar donde fue hallado el muerto lavaron sus manos sobre una becerra ofrecida en sacrificio, al tiempo que debían protestar: “nuestras manos no han derramando esta sangre, ni nuestros ojos lo han visto. Perdona a tu pueblo Israel, al cual redimiste, oh Yahwéh; y no culpes de sangre inocente a tu pueblo Israel”. Dios afirma que con esto la sangre inocente les sería perdonada. También vemos a David decir en uno de sus salmos: lavaré en inocencia mis manos (Sal. 26:6; 73:13). Eso fue precisamente lo que Pilato intentó hacer. Desafortunadamente para él, algunas cosas le fallaron: primero, Jesús no fue hallado muerto, sino que Pilato decretaría la pena de muerte, así que no podía hacerse el inocente eludiendo la responsabilidad al dar la sentencia sobre el Justo. Segundo, intentó lavarse con agua y no con la sangre de una becerra ofrecida en sacrificio, y “sin sangre no hay remisión de pecado” (Heb.9:22). Tercero, no podía protestar como la ley lo exigía diciendo: “nuestros ojos no lo han visto” porque el era testigo y parte de la injusticia que se estaba cometiendo. Cuarto, tampoco podía protestar “perdona a tu pueblo Israel, al cual redimiste” porque él era gentil y no judío, y por tanto, jamás fue redimido, al saber, de Egipto. Por todo esto, el lavado de manos de Pilato no fue sino una simulación. ¡Llora Pilato: el agua jamás borrará la sangre de Jesucristo de tus manos! Uno no puede “lavarse las manos” en relación a la sangre de Jesús, no puede uno decir que nada tiene que ver; es imposible evitar esta responsabilidad. Cristo Jesús murió por todos nosotros, no podemos eludir el compromiso, como dice la Escritura: porque el amor de Cristo nos constriñe (significa: nos aprieta, sostiene), pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2 Cor. 5:14-15). Pilato soltó a Barrabás. Su decisión fue la de condescender con el pueblo y soltarles al asesino. Pilato no quería hacer esto, pero no supo imponerse ante la multitud judía. Tal es el caso de algunos que prefieren la vida del ladrón y homicida (satanás) por temor a la presión de la gente, antes que la vida de Cristo Jesús en ellos; pero como cita el antiguo himno cristiano que Pablo recuerda a Timoteo: si somos muertos con Él, también viviremos con Él; si sufrimos, también reinaremos con Él; (pero) si le negáremos, Él también nos negará (2Tim. 2:11-12). Pilato mandó azotar a Jesús y le entregó a muerte. La flagelación era un recurso romano sumamente cruel y el acto legal preliminar a cada ejecución; solamente las mujeres, los senadores y los soldados romanos eran librados de este tormento (salvo en casos de deserción). El látigo usado era corto (llamado flagelo, de donde viene flagelación), tenía varias correas de diferentes longitudes y en las cuales se hallaban trozos de metal y fragmentos de afilados huesos. A veces se utilizaban también bastones. La flagelación consistía en desnudar al sentenciado a atarle las manos a la parte más alta del poste, le azotaban el torso, las regiones glúteas y las piernas entre dos soldados (lictores). Los trozos de hueso y de metal del látigo se encajaban en la carne haciendo perder una gran cantidad de sangre y produciendo un inmenso dolor que frecuentemente desmayaba a la víctima. La pérdida de sangre era tal que podía matar al individuo con un choque circulatorio. Muchos murieron durante los azotes. Nuestro Señor Jesucristo fue azotado inmisericorde en el pretorio de Pilato; la Biblia registra que su escarnecimiento fue “particularmente severo”. Además de los azotes y las burlas pusieron una corona de espinas sobre su cabeza, seguramente produjo más sangrado y graves daños, pues le golpeaban con una caña sobre ella para incrustarla aún más; le escupieron el rostro y le arrancaron la barba a tirones. Y para colmo, pusieron sobre su llagada espalda el madero transversal llamado el patíbulo que no era sino un trozo de árbol sin pulir de entre 35 y 60 kilos. Su apariencia humana fue desfigurada (Is. 52:14). Era “la hora delas tinieblas”. Pilato no puede evadir su responsabilidad ante Dios; el es el hombre que entregó a Dios; la criatura que levantó la mano contra su Creador. Tú y yo también daremos cuenta. Respecto a lo que hizo el pueblo, primeramente, se adjudicó respuesta. Después de que Pilato se lavó las manos e increpó a los judíos diciéndoles: “allá vosotros”; éstos cometieron el grave error de responderle (vr.25). Aun si hubieran guardado silencio no hubieran podido evitar su responsabilidad, puesto que como dice el proverbio popular: “el que calla otorga”; o como el mismo Señor había dicho: “el que no es conmigo, contra mi es y el que conmigo no recoge, desparrama”. El versículo 25 dice que todo el pueblo respondió, es obvio que no estaba presente todo el pueblo, pero con esto el Espíritu Santo nos señala que la responsabilidad es de todos y por tanto individualmente ineludible. Su respuesta fue: su sangre sea sobre nosotros. Los judíos tenían la mala costumbre de poner de por medio sus vidas y familias en sus promesas. En esa ocasión tuvieron el destino de echarse encima la sangre de Jesucristo. Si se hubieran atribuido la sangre de algún hombre criminal hubieran sido tenidos por implacables. Si se hubieran atribuido la sangre de algún hombre inocente cualquiera serían culpables de injusticia y homicidio de un hombre. ¡Pero se atribuyeron la sangre del Hijo del Hombre! Es decir, la sangre que fue derramada por todos, luego los pecados de todos cayeron sobre esa generación como el Señor Jesucristo lo anunció: para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación (Mt.23:35-36). ¡Culpables de todos los pecados de todos los tiempos! Ahora entendemos el porqué unos cuantos años después los romanos destruyeron Jerusalén en una de la matanzas de judíos más espantosas que han existido (por Tito en el 70 d.C.). No podemos ser indiferentes al derramamiento de la sangre del Salvador; porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del Pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de Gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, Yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo! (Heb.10:26-31). No tomemos en poco lo inapreciable: La sangre de Jesús. Los judíos no solo se adjudicaron la maldición sobre su generación, sino sobre sus descendientes también: “su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos (vr.25). Cada cultura que se ha cerrado a Cristo ha padecido terriblemente.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:24
27.23-26 La tendencia del modernismo es evitar la responsabilidad. El hombre trata de trabajar lo menos posible y ganar lo más posible. El “arte” de la irresponsabilidad se ha vuelto tan refinado que en pro de la libertad se permite el pecado y cada quien tiene el supuesto “derecho” de hacer cuanto le plazca. Taparse los ojos o lavarse las manos ante la desvergüenza del prójimo se ha vuelto una virtud. El pecado es llamado error y a Dios se le trata de ver como un desesperado constructor de puentes y caminos sin fin para que el hombre llegue a Él. Todo este trajinar mundano no presenta otra cosa sino la inútil lucha de las multitudes por evitar la responsabilidad con el Creador. El budismo dice: “no desees y no sufras”. El confucionismo promete “no hagas mal y no lo recibirás”. El islamismo asegura: “obedece y no te irá mal”. Pero el peor demonio de todos se presenta hoy con cara de humanismo psicológico prometiendo que el pecado y su castigo es un intento, que puede uno simplemente dar vuelta a la página y seguir adelante. ¡Falso! Dios ha puesto un mensajero en el espíritu del hombre llamado conciencia; cuya labor es recordar a cada quien acerca de su obligada responsabilidad con el Creador. Los suicidas, las entregas voluntarias en las cárceles, la depresión y la insatisfacción son testigos elocuentes de la eficacia de la conciencia. El impío huye sin que nadie lo persiga. Es ridículo el intento de Pilato y del pueblo judío por evitar la responsabilidad de la sangre de Jesús. Es imposible ser imparcial ante la cruz de Cristo; ignorar el asunto es en sí mismo ya una decisión; es dar un paso al lado de los que escupieron el Divino Rostro y empujaron los crueles clavos. Vemos lo que Jesús no hizo; lo que Pilato si hizo y lo que el pueblo judío también hizo. La pregunta es: ¿qué es lo que tú harás ante la sangre de Jesús? Lo que Jesús no hizo: el juez no halló pecado el Jesús; y el Gobernador explicaba no haber hallado ningún mal en Él y preguntaba qué mal había hecho, pero ellos seguían pidiendo que fuese crucificado. “Qué mal ha hecho?” Fue la pregunta de Pilato y con ella intentaba encontrar la salida de emergencia ante el inminente incendio que se le venía encima con las intrigas judías. Solamente Cristo Jesús ha tenido la osadía de “abrirse de capa” y dejarse examinar por el hombre cuando dijo: “ ¿Quién de vosotros me inculpa de pecado?” (Juan 8:46). Y ni los enemigos pudieron hallar algo malo en Él. Si Pilato hubiera hallado algún mal en Jesús no habría dudado en dar la pena de muerte. Pilato era un hombre experimentado, hasta antes de Jesús había tenido un relativo éxito para conocer a los hombres y enjuiciarlos; pero ese día lo vemos confundido y temeroso, su astucia no fue suficiente, simplemente no halló nada malo en Jesús. Los acusadores tampoco encontraron mal en Jesús. No dieron ninguna razón, se limitaron a gritar enajenados: “¡Sea crucificado!” La expresión “gritaban aún más” (23) significa que sus gritos eran más fuertes que los de Pilato. Si hubiesen tenido algo contra Él (y tuvieron tres años para encontrarlo), ese era el momento de mostrarlo. ¡Ni el diablo acusador pudo sugerirles algo! Fue tentado en todo, pero sin pecado. Esto fue el maravilloso y perfecto cumplimiento de la ley de Dios. Algunos siglos antes, Dios había encargado a Moisés y al pueblo de Israel que el Cordero a sacrificarse en la Pascua, esto es, para que Dios pasara por alto las casas de aquellos que untaron la sangre de dicho cordero en sus dientes o habiendo mortandad en ellas durante el Éxodo de Egipto, debía ser un cordero sin defecto (Ex.12:5-13). ¡Así fue con el Señor Jesús! Él murió durante la Pascua, de hecho murió el mismo día en que se ofrecía el cordero pascual y a la misma hora; se le examinó detalladamente y aún el sumo sacerdote fue testigo de que Jesús era sin defecto, tan sin defecto que le llamó blasfemia, pues suponía una blasfemia su similitud con Dios Padre. ¡Bendito sea el nombre del Señor! Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a si mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? (Heb.9:13-14). Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir (como lo fue Israel de Egipto y de Faraón durante la primera Pascua), la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles como oro y plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 P. 2:18-19). ¡La santidad de Jesús garantiza su eficacia salvadora! Todo esto nos muestra Jesucristo efectivamente es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ahora veamos lo que Pilato sí hizo: Temeroso de alguna revuelta que manchara su gubernatura en Israel ante el imperio romano, buscó escaparse de la responsabilidad al efectuar astutamente una de las leyes de Israel. En Dt. 21:1-9 hallamos que si fuere hallado alguien muerto…y no se supiere quien lo mató…todos los ancianos (gobernantes como Pilato) de la ciudad más cercana al lugar donde fue hallado el muerto lavaron sus manos sobre una becerra ofrecida en sacrificio, al tiempo que debían protestar: “nuestras manos no han derramando esta sangre, ni nuestros ojos lo han visto. Perdona a tu pueblo Israel, al cual redimiste, oh Yahwéh; y no culpes de sangre inocente a tu pueblo Israel”. Dios afirma que con esto la sangre inocente les sería perdonada. También vemos a David decir en uno de sus salmos: lavaré en inocencia mis manos (Sal. 26:6; 73:13). Eso fue precisamente lo que Pilato intentó hacer. Desafortunadamente para él, algunas cosas le fallaron: primero, Jesús no fue hallado muerto, sino que Pilato decretaría la pena de muerte, así que no podía hacerse el inocente eludiendo la responsabilidad al dar la sentencia sobre el Justo. Segundo, intentó lavarse con agua y no con la sangre de una becerra ofrecida en sacrificio, y “sin sangre no hay remisión de pecado” (Heb.9:22). Tercero, no podía protestar como la ley lo exigía diciendo: “nuestros ojos no lo han visto” porque el era testigo y parte de la injusticia que se estaba cometiendo. Cuarto, tampoco podía protestar “perdona a tu pueblo Israel, al cual redimiste” porque él era gentil y no judío, y por tanto, jamás fue redimido, al saber, de Egipto. Por todo esto, el lavado de manos de Pilato no fue sino una simulación. ¡Llora Pilato: el agua jamás borrará la sangre de Jesucristo de tus manos! Uno no puede “lavarse las manos” en relación a la sangre de Jesús, no puede uno decir que nada tiene que ver; es imposible evitar esta responsabilidad. Cristo Jesús murió por todos nosotros, no podemos eludir el compromiso, como dice la Escritura: porque el amor de Cristo nos constriñe (significa: nos aprieta, sostiene), pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2 Cor. 5:14-15). Pilato soltó a Barrabás. Su decisión fue la de condescender con el pueblo y soltarles al asesino. Pilato no quería hacer esto, pero no supo imponerse ante la multitud judía. Tal es el caso de algunos que prefieren la vida del ladrón y homicida (satanás) por temor a la presión de la gente, antes que la vida de Cristo Jesús en ellos; pero como cita el antiguo himno cristiano que Pablo recuerda a Timoteo: si somos muertos con Él, también viviremos con Él; si sufrimos, también reinaremos con Él; (pero) si le negáremos, Él también nos negará (2Tim. 2:11-12). Pilato mandó azotar a Jesús y le entregó a muerte. La flagelación era un recurso romano sumamente cruel y el acto legal preliminar a cada ejecución; solamente las mujeres, los senadores y los soldados romanos eran librados de este tormento (salvo en casos de deserción). El látigo usado era corto (llamado flagelo, de donde viene flagelación), tenía varias correas de diferentes longitudes y en las cuales se hallaban trozos de metal y fragmentos de afilados huesos. A veces se utilizaban también bastones. La flagelación consistía en desnudar al sentenciado a atarle las manos a la parte más alta del poste, le azotaban el torso, las regiones glúteas y las piernas entre dos soldados (lictores). Los trozos de hueso y de metal del látigo se encajaban en la carne haciendo perder una gran cantidad de sangre y produciendo un inmenso dolor que frecuentemente desmayaba a la víctima. La pérdida de sangre era tal que podía matar al individuo con un choque circulatorio. Muchos murieron durante los azotes. Nuestro Señor Jesucristo fue azotado inmisericorde en el pretorio de Pilato; la Biblia registra que su escarnecimiento fue “particularmente severo”. Además de los azotes y las burlas pusieron una corona de espinas sobre su cabeza, seguramente produjo más sangrado y graves daños, pues le golpeaban con una caña sobre ella para incrustarla aún más; le escupieron el rostro y le arrancaron la barba a tirones. Y para colmo, pusieron sobre su llagada espalda el madero transversal llamado el patíbulo que no era sino un trozo de árbol sin pulir de entre 35 y 60 kilos. Su apariencia humana fue desfigurada (Is. 52:14). Era “la hora delas tinieblas”. Pilato no puede evadir su responsabilidad ante Dios; el es el hombre que entregó a Dios; la criatura que levantó la mano contra su Creador. Tú y yo también daremos cuenta. Respecto a lo que hizo el pueblo, primeramente, se adjudicó respuesta. Después de que Pilato se lavó las manos e increpó a los judíos diciéndoles: “allá vosotros”; éstos cometieron el grave error de responderle (vr.25). Aun si hubieran guardado silencio no hubieran podido evitar su responsabilidad, puesto que como dice el proverbio popular: “el que calla otorga”; o como el mismo Señor había dicho: “el que no es conmigo, contra mi es y el que conmigo no recoge, desparrama”. El versículo 25 dice que todo el pueblo respondió, es obvio que no estaba presente todo el pueblo, pero con esto el Espíritu Santo nos señala que la responsabilidad es de todos y por tanto individualmente ineludible. Su respuesta fue: su sangre sea sobre nosotros. Los judíos tenían la mala costumbre de poner de por medio sus vidas y familias en sus promesas. En esa ocasión tuvieron el destino de echarse encima la sangre de Jesucristo. Si se hubieran atribuido la sangre de algún hombre criminal hubieran sido tenidos por implacables. Si se hubieran atribuido la sangre de algún hombre inocente cualquiera serían culpables de injusticia y homicidio de un hombre. ¡Pero se atribuyeron la sangre del Hijo del Hombre! Es decir, la sangre que fue derramada por todos, luego los pecados de todos cayeron sobre esa generación como el Señor Jesucristo lo anunció: para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación (Mt.23:35-36). ¡Culpables de todos los pecados de todos los tiempos! Ahora entendemos el porqué unos cuantos años después los romanos destruyeron Jerusalén en una de la matanzas de judíos más espantosas que han existido (por Tito en el 70 d.C.). No podemos ser indiferentes al derramamiento de la sangre del Salvador; porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del Pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de Gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, Yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo! (Heb.10:26-31). No tomemos en poco lo inapreciable: La sangre de Jesús. Los judíos no solo se adjudicaron la maldición sobre su generación, sino sobre sus descendientes también: “su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos (vr.25). Cada cultura que se ha cerrado a Cristo ha padecido terriblemente.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:25
27.23-26 La tendencia del modernismo es evitar la responsabilidad. El hombre trata de trabajar lo menos posible y ganar lo más posible. El “arte” de la irresponsabilidad se ha vuelto tan refinado que en pro de la libertad se permite el pecado y cada quien tiene el supuesto “derecho” de hacer cuanto le plazca. Taparse los ojos o lavarse las manos ante la desvergüenza del prójimo se ha vuelto una virtud. El pecado es llamado error y a Dios se le trata de ver como un desesperado constructor de puentes y caminos sin fin para que el hombre llegue a Él. Todo este trajinar mundano no presenta otra cosa sino la inútil lucha de las multitudes por evitar la responsabilidad con el Creador. El budismo dice: “no desees y no sufras”. El confucionismo promete “no hagas mal y no lo recibirás”. El islamismo asegura: “obedece y no te irá mal”. Pero el peor demonio de todos se presenta hoy con cara de humanismo psicológico prometiendo que el pecado y su castigo es un intento, que puede uno simplemente dar vuelta a la página y seguir adelante. ¡Falso! Dios ha puesto un mensajero en el espíritu del hombre llamado conciencia; cuya labor es recordar a cada quien acerca de su obligada responsabilidad con el Creador. Los suicidas, las entregas voluntarias en las cárceles, la depresión y la insatisfacción son testigos elocuentes de la eficacia de la conciencia. El impío huye sin que nadie lo persiga. Es ridículo el intento de Pilato y del pueblo judío por evitar la responsabilidad de la sangre de Jesús. Es imposible ser imparcial ante la cruz de Cristo; ignorar el asunto es en sí mismo ya una decisión; es dar un paso al lado de los que escupieron el Divino Rostro y empujaron los crueles clavos. Vemos lo que Jesús no hizo; lo que Pilato si hizo y lo que el pueblo judío también hizo. La pregunta es: ¿qué es lo que tú harás ante la sangre de Jesús? Lo que Jesús no hizo: el juez no halló pecado el Jesús; y el Gobernador explicaba no haber hallado ningún mal en Él y preguntaba qué mal había hecho, pero ellos seguían pidiendo que fuese crucificado. “Qué mal ha hecho?” Fue la pregunta de Pilato y con ella intentaba encontrar la salida de emergencia ante el inminente incendio que se le venía encima con las intrigas judías. Solamente Cristo Jesús ha tenido la osadía de “abrirse de capa” y dejarse examinar por el hombre cuando dijo: “ ¿Quién de vosotros me inculpa de pecado?” (Juan 8:46). Y ni los enemigos pudieron hallar algo malo en Él. Si Pilato hubiera hallado algún mal en Jesús no habría dudado en dar la pena de muerte. Pilato era un hombre experimentado, hasta antes de Jesús había tenido un relativo éxito para conocer a los hombres y enjuiciarlos; pero ese día lo vemos confundido y temeroso, su astucia no fue suficiente, simplemente no halló nada malo en Jesús. Los acusadores tampoco encontraron mal en Jesús. No dieron ninguna razón, se limitaron a gritar enajenados: “¡Sea crucificado!” La expresión “gritaban aún más” (23) significa que sus gritos eran más fuertes que los de Pilato. Si hubiesen tenido algo contra Él (y tuvieron tres años para encontrarlo), ese era el momento de mostrarlo. ¡Ni el diablo acusador pudo sugerirles algo! Fue tentado en todo, pero sin pecado. Esto fue el maravilloso y perfecto cumplimiento de la ley de Dios. Algunos siglos antes, Dios había encargado a Moisés y al pueblo de Israel que el Cordero a sacrificarse en la Pascua, esto es, para que Dios pasara por alto las casas de aquellos que untaron la sangre de dicho cordero en sus dientes o habiendo mortandad en ellas durante el Éxodo de Egipto, debía ser un cordero sin defecto (Ex.12:5-13). ¡Así fue con el Señor Jesús! Él murió durante la Pascua, de hecho murió el mismo día en que se ofrecía el cordero pascual y a la misma hora; se le examinó detalladamente y aún el sumo sacerdote fue testigo de que Jesús era sin defecto, tan sin defecto que le llamó blasfemia, pues suponía una blasfemia su similitud con Dios Padre. ¡Bendito sea el nombre del Señor! Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a si mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? (Heb.9:13-14). Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir (como lo fue Israel de Egipto y de Faraón durante la primera Pascua), la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles como oro y plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 P. 2:18-19). ¡La santidad de Jesús garantiza su eficacia salvadora! Todo esto nos muestra Jesucristo efectivamente es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ahora veamos lo que Pilato sí hizo: Temeroso de alguna revuelta que manchara su gubernatura en Israel ante el imperio romano, buscó escaparse de la responsabilidad al efectuar astutamente una de las leyes de Israel. En Dt. 21:1-9 hallamos que si fuere hallado alguien muerto…y no se supiere quien lo mató…todos los ancianos (gobernantes como Pilato) de la ciudad más cercana al lugar donde fue hallado el muerto lavaron sus manos sobre una becerra ofrecida en sacrificio, al tiempo que debían protestar: “nuestras manos no han derramando esta sangre, ni nuestros ojos lo han visto. Perdona a tu pueblo Israel, al cual redimiste, oh Yahwéh; y no culpes de sangre inocente a tu pueblo Israel”. Dios afirma que con esto la sangre inocente les sería perdonada. También vemos a David decir en uno de sus salmos: lavaré en inocencia mis manos (Sal. 26:6; 73:13). Eso fue precisamente lo que Pilato intentó hacer. Desafortunadamente para él, algunas cosas le fallaron: primero, Jesús no fue hallado muerto, sino que Pilato decretaría la pena de muerte, así que no podía hacerse el inocente eludiendo la responsabilidad al dar la sentencia sobre el Justo. Segundo, intentó lavarse con agua y no con la sangre de una becerra ofrecida en sacrificio, y “sin sangre no hay remisión de pecado” (Heb.9:22). Tercero, no podía protestar como la ley lo exigía diciendo: “nuestros ojos no lo han visto” porque el era testigo y parte de la injusticia que se estaba cometiendo. Cuarto, tampoco podía protestar “perdona a tu pueblo Israel, al cual redimiste” porque él era gentil y no judío, y por tanto, jamás fue redimido, al saber, de Egipto. Por todo esto, el lavado de manos de Pilato no fue sino una simulación. ¡Llora Pilato: el agua jamás borrará la sangre de Jesucristo de tus manos! Uno no puede “lavarse las manos” en relación a la sangre de Jesús, no puede uno decir que nada tiene que ver; es imposible evitar esta responsabilidad. Cristo Jesús murió por todos nosotros, no podemos eludir el compromiso, como dice la Escritura: porque el amor de Cristo nos constriñe (significa: nos aprieta, sostiene), pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2 Cor. 5:14-15). Pilato soltó a Barrabás. Su decisión fue la de condescender con el pueblo y soltarles al asesino. Pilato no quería hacer esto, pero no supo imponerse ante la multitud judía. Tal es el caso de algunos que prefieren la vida del ladrón y homicida (satanás) por temor a la presión de la gente, antes que la vida de Cristo Jesús en ellos; pero como cita el antiguo himno cristiano que Pablo recuerda a Timoteo: si somos muertos con Él, también viviremos con Él; si sufrimos, también reinaremos con Él; (pero) si le negáremos, Él también nos negará (2Tim. 2:11-12). Pilato mandó azotar a Jesús y le entregó a muerte. La flagelación era un recurso romano sumamente cruel y el acto legal preliminar a cada ejecución; solamente las mujeres, los senadores y los soldados romanos eran librados de este tormento (salvo en casos de deserción). El látigo usado era corto (llamado flagelo, de donde viene flagelación), tenía varias correas de diferentes longitudes y en las cuales se hallaban trozos de metal y fragmentos de afilados huesos. A veces se utilizaban también bastones. La flagelación consistía en desnudar al sentenciado a atarle las manos a la parte más alta del poste, le azotaban el torso, las regiones glúteas y las piernas entre dos soldados (lictores). Los trozos de hueso y de metal del látigo se encajaban en la carne haciendo perder una gran cantidad de sangre y produciendo un inmenso dolor que frecuentemente desmayaba a la víctima. La pérdida de sangre era tal que podía matar al individuo con un choque circulatorio. Muchos murieron durante los azotes. Nuestro Señor Jesucristo fue azotado inmisericorde en el pretorio de Pilato; la Biblia registra que su escarnecimiento fue “particularmente severo”. Además de los azotes y las burlas pusieron una corona de espinas sobre su cabeza, seguramente produjo más sangrado y graves daños, pues le golpeaban con una caña sobre ella para incrustarla aún más; le escupieron el rostro y le arrancaron la barba a tirones. Y para colmo, pusieron sobre su llagada espalda el madero transversal llamado el patíbulo que no era sino un trozo de árbol sin pulir de entre 35 y 60 kilos. Su apariencia humana fue desfigurada (Is. 52:14). Era “la hora delas tinieblas”. Pilato no puede evadir su responsabilidad ante Dios; el es el hombre que entregó a Dios; la criatura que levantó la mano contra su Creador. Tú y yo también daremos cuenta. Respecto a lo que hizo el pueblo, primeramente, se adjudicó respuesta. Después de que Pilato se lavó las manos e increpó a los judíos diciéndoles: “allá vosotros”; éstos cometieron el grave error de responderle (vr.25). Aun si hubieran guardado silencio no hubieran podido evitar su responsabilidad, puesto que como dice el proverbio popular: “el que calla otorga”; o como el mismo Señor había dicho: “el que no es conmigo, contra mi es y el que conmigo no recoge, desparrama”. El versículo 25 dice que todo el pueblo respondió, es obvio que no estaba presente todo el pueblo, pero con esto el Espíritu Santo nos señala que la responsabilidad es de todos y por tanto individualmente ineludible. Su respuesta fue: su sangre sea sobre nosotros. Los judíos tenían la mala costumbre de poner de por medio sus vidas y familias en sus promesas. En esa ocasión tuvieron el destino de echarse encima la sangre de Jesucristo. Si se hubieran atribuido la sangre de algún hombre criminal hubieran sido tenidos por implacables. Si se hubieran atribuido la sangre de algún hombre inocente cualquiera serían culpables de injusticia y homicidio de un hombre. ¡Pero se atribuyeron la sangre del Hijo del Hombre! Es decir, la sangre que fue derramada por todos, luego los pecados de todos cayeron sobre esa generación como el Señor Jesucristo lo anunció: para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación (Mt.23:35-36). ¡Culpables de todos los pecados de todos los tiempos! Ahora entendemos el porqué unos cuantos años después los romanos destruyeron Jerusalén en una de la matanzas de judíos más espantosas que han existido (por Tito en el 70 d.C.). No podemos ser indiferentes al derramamiento de la sangre del Salvador; porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del Pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de Gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, Yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo! (Heb.10:26-31). No tomemos en poco lo inapreciable: La sangre de Jesús. Los judíos no solo se adjudicaron la maldición sobre su generación, sino sobre sus descendientes también: “su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos (vr.25). Cada cultura que se ha cerrado a Cristo ha padecido terriblemente.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:26
27.23-26 La tendencia del modernismo es evitar la responsabilidad. El hombre trata de trabajar lo menos posible y ganar lo más posible. El “arte” de la irresponsabilidad se ha vuelto tan refinado que en pro de la libertad se permite el pecado y cada quien tiene el supuesto “derecho” de hacer cuanto le plazca. Taparse los ojos o lavarse las manos ante la desvergüenza del prójimo se ha vuelto una virtud. El pecado es llamado error y a Dios se le trata de ver como un desesperado constructor de puentes y caminos sin fin para que el hombre llegue a Él. Todo este trajinar mundano no presenta otra cosa sino la inútil lucha de las multitudes por evitar la responsabilidad con el Creador. El budismo dice: “no desees y no sufras”. El confucionismo promete “no hagas mal y no lo recibirás”. El islamismo asegura: “obedece y no te irá mal”. Pero el peor demonio de todos se presenta hoy con cara de humanismo psicológico prometiendo que el pecado y su castigo es un intento, que puede uno simplemente dar vuelta a la página y seguir adelante. ¡Falso! Dios ha puesto un mensajero en el espíritu del hombre llamado conciencia; cuya labor es recordar a cada quien acerca de su obligada responsabilidad con el Creador. Los suicidas, las entregas voluntarias en las cárceles, la depresión y la insatisfacción son testigos elocuentes de la eficacia de la conciencia. El impío huye sin que nadie lo persiga. Es ridículo el intento de Pilato y del pueblo judío por evitar la responsabilidad de la sangre de Jesús. Es imposible ser imparcial ante la cruz de Cristo; ignorar el asunto es en sí mismo ya una decisión; es dar un paso al lado de los que escupieron el Divino Rostro y empujaron los crueles clavos. Vemos lo que Jesús no hizo; lo que Pilato si hizo y lo que el pueblo judío también hizo. La pregunta es: ¿qué es lo que tú harás ante la sangre de Jesús? Lo que Jesús no hizo: el juez no halló pecado el Jesús; y el Gobernador explicaba no haber hallado ningún mal en Él y preguntaba qué mal había hecho, pero ellos seguían pidiendo que fuese crucificado. “Qué mal ha hecho?” Fue la pregunta de Pilato y con ella intentaba encontrar la salida de emergencia ante el inminente incendio que se le venía encima con las intrigas judías. Solamente Cristo Jesús ha tenido la osadía de “abrirse de capa” y dejarse examinar por el hombre cuando dijo: “ ¿Quién de vosotros me inculpa de pecado?” (Juan 8:46). Y ni los enemigos pudieron hallar algo malo en Él. Si Pilato hubiera hallado algún mal en Jesús no habría dudado en dar la pena de muerte. Pilato era un hombre experimentado, hasta antes de Jesús había tenido un relativo éxito para conocer a los hombres y enjuiciarlos; pero ese día lo vemos confundido y temeroso, su astucia no fue suficiente, simplemente no halló nada malo en Jesús. Los acusadores tampoco encontraron mal en Jesús. No dieron ninguna razón, se limitaron a gritar enajenados: “¡Sea crucificado!” La expresión “gritaban aún más” (23) significa que sus gritos eran más fuertes que los de Pilato. Si hubiesen tenido algo contra Él (y tuvieron tres años para encontrarlo), ese era el momento de mostrarlo. ¡Ni el diablo acusador pudo sugerirles algo! Fue tentado en todo, pero sin pecado. Esto fue el maravilloso y perfecto cumplimiento de la ley de Dios. Algunos siglos antes, Dios había encargado a Moisés y al pueblo de Israel que el Cordero a sacrificarse en la Pascua, esto es, para que Dios pasara por alto las casas de aquellos que untaron la sangre de dicho cordero en sus dientes o habiendo mortandad en ellas durante el Éxodo de Egipto, debía ser un cordero sin defecto (Ex.12:5-13). ¡Así fue con el Señor Jesús! Él murió durante la Pascua, de hecho murió el mismo día en que se ofrecía el cordero pascual y a la misma hora; se le examinó detalladamente y aún el sumo sacerdote fue testigo de que Jesús era sin defecto, tan sin defecto que le llamó blasfemia, pues suponía una blasfemia su similitud con Dios Padre. ¡Bendito sea el nombre del Señor! Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a si mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo? (Heb.9:13-14). Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir (como lo fue Israel de Egipto y de Faraón durante la primera Pascua), la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles como oro y plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación (1 P. 2:18-19). ¡La santidad de Jesús garantiza su eficacia salvadora! Todo esto nos muestra Jesucristo efectivamente es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Ahora veamos lo que Pilato sí hizo: Temeroso de alguna revuelta que manchara su gubernatura en Israel ante el imperio romano, buscó escaparse de la responsabilidad al efectuar astutamente una de las leyes de Israel. En Dt. 21:1-9 hallamos que si fuere hallado alguien muerto…y no se supiere quien lo mató…todos los ancianos (gobernantes como Pilato) de la ciudad más cercana al lugar donde fue hallado el muerto lavaron sus manos sobre una becerra ofrecida en sacrificio, al tiempo que debían protestar: “nuestras manos no han derramando esta sangre, ni nuestros ojos lo han visto. Perdona a tu pueblo Israel, al cual redimiste, oh Yahwéh; y no culpes de sangre inocente a tu pueblo Israel”. Dios afirma que con esto la sangre inocente les sería perdonada. También vemos a David decir en uno de sus salmos: lavaré en inocencia mis manos (Sal. 26:6; 73:13). Eso fue precisamente lo que Pilato intentó hacer. Desafortunadamente para él, algunas cosas le fallaron: primero, Jesús no fue hallado muerto, sino que Pilato decretaría la pena de muerte, así que no podía hacerse el inocente eludiendo la responsabilidad al dar la sentencia sobre el Justo. Segundo, intentó lavarse con agua y no con la sangre de una becerra ofrecida en sacrificio, y “sin sangre no hay remisión de pecado” (Heb.9:22). Tercero, no podía protestar como la ley lo exigía diciendo: “nuestros ojos no lo han visto” porque el era testigo y parte de la injusticia que se estaba cometiendo. Cuarto, tampoco podía protestar “perdona a tu pueblo Israel, al cual redimiste” porque él era gentil y no judío, y por tanto, jamás fue redimido, al saber, de Egipto. Por todo esto, el lavado de manos de Pilato no fue sino una simulación. ¡Llora Pilato: el agua jamás borrará la sangre de Jesucristo de tus manos! Uno no puede “lavarse las manos” en relación a la sangre de Jesús, no puede uno decir que nada tiene que ver; es imposible evitar esta responsabilidad. Cristo Jesús murió por todos nosotros, no podemos eludir el compromiso, como dice la Escritura: porque el amor de Cristo nos constriñe (significa: nos aprieta, sostiene), pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2 Cor. 5:14-15). Pilato soltó a Barrabás. Su decisión fue la de condescender con el pueblo y soltarles al asesino. Pilato no quería hacer esto, pero no supo imponerse ante la multitud judía. Tal es el caso de algunos que prefieren la vida del ladrón y homicida (satanás) por temor a la presión de la gente, antes que la vida de Cristo Jesús en ellos; pero como cita el antiguo himno cristiano que Pablo recuerda a Timoteo: si somos muertos con Él, también viviremos con Él; si sufrimos, también reinaremos con Él; (pero) si le negáremos, Él también nos negará (2Tim. 2:11-12). Pilato mandó azotar a Jesús y le entregó a muerte. La flagelación era un recurso romano sumamente cruel y el acto legal preliminar a cada ejecución; solamente las mujeres, los senadores y los soldados romanos eran librados de este tormento (salvo en casos de deserción). El látigo usado era corto (llamado flagelo, de donde viene flagelación), tenía varias correas de diferentes longitudes y en las cuales se hallaban trozos de metal y fragmentos de afilados huesos. A veces se utilizaban también bastones. La flagelación consistía en desnudar al sentenciado a atarle las manos a la parte más alta del poste, le azotaban el torso, las regiones glúteas y las piernas entre dos soldados (lictores). Los trozos de hueso y de metal del látigo se encajaban en la carne haciendo perder una gran cantidad de sangre y produciendo un inmenso dolor que frecuentemente desmayaba a la víctima. La pérdida de sangre era tal que podía matar al individuo con un choque circulatorio. Muchos murieron durante los azotes. Nuestro Señor Jesucristo fue azotado inmisericorde en el pretorio de Pilato; la Biblia registra que su escarnecimiento fue “particularmente severo”. Además de los azotes y las burlas pusieron una corona de espinas sobre su cabeza, seguramente produjo más sangrado y graves daños, pues le golpeaban con una caña sobre ella para incrustarla aún más; le escupieron el rostro y le arrancaron la barba a tirones. Y para colmo, pusieron sobre su llagada espalda el madero transversal llamado el patíbulo que no era sino un trozo de árbol sin pulir de entre 35 y 60 kilos. Su apariencia humana fue desfigurada (Is. 52:14). Era “la hora delas tinieblas”. Pilato no puede evadir su responsabilidad ante Dios; el es el hombre que entregó a Dios; la criatura que levantó la mano contra su Creador. Tú y yo también daremos cuenta. Respecto a lo que hizo el pueblo, primeramente, se adjudicó respuesta. Después de que Pilato se lavó las manos e increpó a los judíos diciéndoles: “allá vosotros”; éstos cometieron el grave error de responderle (vr.25). Aun si hubieran guardado silencio no hubieran podido evitar su responsabilidad, puesto que como dice el proverbio popular: “el que calla otorga”; o como el mismo Señor había dicho: “el que no es conmigo, contra mi es y el que conmigo no recoge, desparrama”. El versículo 25 dice que todo el pueblo respondió, es obvio que no estaba presente todo el pueblo, pero con esto el Espíritu Santo nos señala que la responsabilidad es de todos y por tanto individualmente ineludible. Su respuesta fue: su sangre sea sobre nosotros. Los judíos tenían la mala costumbre de poner de por medio sus vidas y familias en sus promesas. En esa ocasión tuvieron el destino de echarse encima la sangre de Jesucristo. Si se hubieran atribuido la sangre de algún hombre criminal hubieran sido tenidos por implacables. Si se hubieran atribuido la sangre de algún hombre inocente cualquiera serían culpables de injusticia y homicidio de un hombre. ¡Pero se atribuyeron la sangre del Hijo del Hombre! Es decir, la sangre que fue derramada por todos, luego los pecados de todos cayeron sobre esa generación como el Señor Jesucristo lo anunció: para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien matasteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación (Mt.23:35-36). ¡Culpables de todos los pecados de todos los tiempos! Ahora entendemos el porqué unos cuantos años después los romanos destruyeron Jerusalén en una de la matanzas de judíos más espantosas que han existido (por Tito en el 70 d.C.). No podemos ser indiferentes al derramamiento de la sangre del Salvador; porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del Pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de Gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, Yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo! (Heb.10:26-31). No tomemos en poco lo inapreciable: La sangre de Jesús. Los judíos no solo se adjudicaron la maldición sobre su generación, sino sobre sus descendientes también: “su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos (vr.25). Cada cultura que se ha cerrado a Cristo ha padecido terriblemente.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:27
27.27-28 Existen preciosos cuentos en donde el pequeño es hecho grande, el pobre rico y el débil poderoso. Algunos ejemplos son la cenicienta, pulgarcito, y los clásicos cuentos de hadas en donde el o la humilde es levantado a la más alta posición de honor. A todos les gustan las fábulas en donde el poderoso es hecho rey y los sapos príncipes. Pero la historia del evangelio, la más gloriosa y genuina de las historias, aquella que no fue creada por la imaginación del hombre, sino por el amor y la sabiduría de Dios, nos presenta una trama opuesta a los cuentos mencionados. En la historia del evangelio el Rey es hecho siervo; el Santo es enlodado de pecado; y el Bueno es hecho odio y maldad. Esta historia es indiscutiblemente diferente e incomparable. Esta es la historia de Jesús… tan especial que cambia las vidas de los que la creen. Muchos cuentos terminan con moralejas, pero el evangelio por ser real y no un cuento lo hace con Vida y Gloria eternas. En los versículos que nos atañen vemos con espanto cómo los soldados se burlaron del Rey Jesucristo. Ponemos nuestra mano en la boca; contenemos el aliento; dejamos escapar las lágrimas; pero al final gritamos jubilosos y emocionados alabanzas a su Majestad, al Rey Jesucristo, el Señor que recibió la burla por amor y nuestro castigo por compasión. La Biblia presenta que los soldados de Pilato llevaron a Jesús dentro del pretorio, lo introdujeron a aquel patio de la casa del gobernador que supuestamente estaba destinada a proteger al inocente y ejercer la justicia. Fue allí donde se llevó a cabo la más grande injusticia de la historia. En ese lugar se encontraba toda la compañía, a saber, la cohorte romana que se componía de 600 hombres. El 6 es el número del hombre, así que el 600 es la intensificación del mismo, la representación de toda la humanidad. Los cuales se reunieron “alrededor de Él”, pues Jesús es el centro de todas las cosas. Luego, la Escritura nos presenta que el Señor fue desnudado, aquí lo vemos ya llevando nuestros pecados, pues la Biblia dice claramente que a consecuencia de la caída de Adán y Eva fue que “conocieron que estaban desnudos”, es decir, el pecado trajo la maldición d ella vergüenza (Gen. 3:7). Adán y Eva necesitan cubrirse, por lo que improvisaron ridículos delantales de higuera que no pudieron cubrirles de las consecuencias de la caída. Luego vemos a Dios en su gracia vistiéndoles de pieles (Gen. 3:21) dando principio así al sacrificio de animales inocentes para cubrir las faltas de los hombres. Tal y como aquellos animales fueron muertos y despojados de sus pieles para cubrir a Adán y a Eva, así también Jesús fue desnudado y muerto para que no tengamos que escondernos de Dios desnudos en nuestro pecado. Teniendo este principio, el manto ha sido a lo largo de la Biblia el símbolo de la cobertura divina; por ejemplo: cuando David cortó las borlas del mantito de Saúl le quitó así la autoridad del reino al despojarle de la cobertura divina tipificada en la dignidad del manto (1 Sam. 24). O la vez que Jonatán dio a David su manto y sus armas como un claro indicio de que se estaba despojando de su derecho al trono de Israel (pues era el príncipe) y lo pasaba a David (pues era el elegido) (1Sm.18). De esta manera vemos que así como Saúl fue despojado de su manto real a causa de su pecado; así también Jesús fue despojado de su manto y nobleza Real por causa de llevar sobre sí nuestros pecados. Y así como Jonatán entregó a David el trono de Israel al darle su manto, así también nosotros recibimos un trono en el reino de los cielos por cuanto el Rey Jesucristo no lo ha dado al ser desnudado en nuestro lugar. En resumen, Jesucristo fue desnudado para que yo pueda recibir el manto de su justicia y de su reino. Fue el manto de la burla, ya que dice la Escritura que después de desnudar al Hijo del Hombre, “le echaron encima un manto de escarlata” (vr.28). Este manto debió ser de uno de los soldados; una triste pantomima del manto de los reyes; una sátira de la verdad. Varios pensamientos sacuden aquí nuestras emociones. El primero de ellos es que los soldados tuvieron ante sí al Rey de reyes, pero sólo pudieron ver a un galileo despreciado y sencillo; de modo que teniéndolo en poco y considerado objeto de burla sus pretensiones de Rey lo escarnecieron con terrible saña. ¿Y no es acaso esta la condición del hombre: que teniendo frente a sí la verdad del evangelio se burla y se mofa del Rey? ¿Y no es acaso esta mofa tan cruel como la primera? Yo no puedo sentir lástima por el Nazareno en su padecimiento, al verlo callado miro su grandeza y dignidad real; pero si siento lástima por aquellos soldados, lo mismo que por todos aquellos que burlándose del Señor han perdido al Único que podía salvarles de una eterna condenación de fuego, ¡por ellos si siento lástima! El segundo pensamiento que se me viene a la mente acerca del manto de la burla es el de considerar que si Jesús estaba llevando nuestros pecados, entonces es comprensible el trato que recibió. Consideremos esto: ¿Qué tan despreciable no será el pecado que despierta la más cruel de las burlas? El pecado es abominable, debe cubrirse como un manto, su sola presencia incita al vómito. El pecado es repudiable; siendo en ese momento Jesús la personificación del pecado mismo recibió escupitajos, bofetadas y repetidos golpes de caña. Tal es el trato que el pecado merece todo el descargo del odio. La creación caída y cansada del yugo del pecado levantó por una vez su venganza contra el tirano, por eso la burla fue tan cruel, porque ya no se trataba del Hijo de Dios, aunque era Él, sino del Hijo del Hombre cargando sobre sí todo el pecado. Un tercer pensamiento sobre el asunto es: Los soldados echaron sobre Jesús un manto de escarlata del uniforme de algún soldado; esto fue una burla, pero sin saberlo estaban diciéndole al pecado: “tú no eres rey, no gobernarás más sobre nosotros”. Durante milenios el pecado se enseñoreó del hombre y jamás pudimos oponernos, hasta que llegó el día en el que Jesús tomó el pecado y lo encerró en su casa de barro para que pudiéramos quebrantarlo. A partir de entonces “el pecado no se enseñoreará más de nosotros”, ¡fue clavado y muerto en la cruz! fue crucificado juntamente con Cristo, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado (Rom.6:6). ¡Aleluya! El manto de Rey. Es en ese momento de burla (que cronológicamente correspondió a antes del lavado de manos de Pilato), cuanto llevaba sobre sí la clámide bermeja del legionario como manto de rey, la corona de espinas como diadema real y la caña cual cetro que el procurador romano Pilato entra en escena y entendiendo el sarcasmo de su soldadela toma al Nazareno para presentarle de nuevo ante el pueblo judío al tiempo que increpa: ¡he aquí el Hombre! ( Juan 19:5), ¡he aquí vuestro Rey! (Juan 19:14); y en esto decía sin quererlo con gran verdad: allí en Jesús se hallaba el hombre, aquel que habiendo sido hecho con la dignidad de la imagen de Dios; Único en toda la creación; el Príncipe; el Rey puesto para enseñorearse de la tierra; lo vemos golpeado, humillado y burlado. ¡He allí la humanidad toda que nació para reinar y está maltrecha! ¡Mira cuánto daño le ha causado su caída! ¡Llora por los males recibidos! ¡Gime por las heridas, por el dolor, por la enfermedad, por el odio, por el hambre, por la amargura, y por todo aquello que nos ha acompañado desde que Adán gastó el fruto que no debía! ¡Mira en la terraza embaldosada de Pilato a donde llegaran nuestros intentos! ¡He aquí el hombre! ¡He aquí vuestro rey! ¡He aquí lo único que hemos conseguido: ¡hundirnos en dolor y entronizarnos en burla! Para esto vino el Hijo del Hombre, para despertarnos de nuestra locura y presentarnos la realidad. Para exhibir ante nuestros ojos nuestra verdadera condición: creyéndonos reyes estamos cubiertos de sangre y vergüenza. ¡Duro precio el que tuvo que pagar! Pero en esto, Jesús destruyó a ese viejo hombre maltrecho y burlado, tomando nuestro caído lugar nos reconstituye al original. Haciéndose el Hijo del Hombre nos retorna a hijos de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:28
27.27-28 Existen preciosos cuentos en donde el pequeño es hecho grande, el pobre rico y el débil poderoso. Algunos ejemplos son la cenicienta, pulgarcito, y los clásicos cuentos de hadas en donde el o la humilde es levantado a la más alta posición de honor. A todos les gustan las fábulas en donde el poderoso es hecho rey y los sapos príncipes. Pero la historia del evangelio, la más gloriosa y genuina de las historias, aquella que no fue creada por la imaginación del hombre, sino por el amor y la sabiduría de Dios, nos presenta una trama opuesta a los cuentos mencionados. En la historia del evangelio el Rey es hecho siervo; el Santo es enlodado de pecado; y el Bueno es hecho odio y maldad. Esta historia es indiscutiblemente diferente e incomparable. Esta es la historia de Jesús… tan especial que cambia las vidas de los que la creen. Muchos cuentos terminan con moralejas, pero el evangelio por ser real y no un cuento lo hace con Vida y Gloria eternas. En los versículos que nos atañen vemos con espanto cómo los soldados se burlaron del Rey Jesucristo. Ponemos nuestra mano en la boca; contenemos el aliento; dejamos escapar las lágrimas; pero al final gritamos jubilosos y emocionados alabanzas a su Majestad, al Rey Jesucristo, el Señor que recibió la burla por amor y nuestro castigo por compasión. La Biblia presenta que los soldados de Pilato llevaron a Jesús dentro del pretorio, lo introdujeron a aquel patio de la casa del gobernador que supuestamente estaba destinada a proteger al inocente y ejercer la justicia. Fue allí donde se llevó a cabo la más grande injusticia de la historia. En ese lugar se encontraba toda la compañía, a saber, la cohorte romana que se componía de 600 hombres. El 6 es el número del hombre, así que el 600 es la intensificación del mismo, la representación de toda la humanidad. Los cuales se reunieron “alrededor de Él”, pues Jesús es el centro de todas las cosas. Luego, la Escritura nos presenta que el Señor fue desnudado, aquí lo vemos ya llevando nuestros pecados, pues la Biblia dice claramente que a consecuencia de la caída de Adán y Eva fue que “conocieron que estaban desnudos”, es decir, el pecado trajo la maldición d ella vergüenza (Gen. 3:7). Adán y Eva necesitan cubrirse, por lo que improvisaron ridículos delantales de higuera que no pudieron cubrirles de las consecuencias de la caída. Luego vemos a Dios en su gracia vistiéndoles de pieles (Gen. 3:21) dando principio así al sacrificio de animales inocentes para cubrir las faltas de los hombres. Tal y como aquellos animales fueron muertos y despojados de sus pieles para cubrir a Adán y a Eva, así también Jesús fue desnudado y muerto para que no tengamos que escondernos de Dios desnudos en nuestro pecado. Teniendo este principio, el manto ha sido a lo largo de la Biblia el símbolo de la cobertura divina; por ejemplo: cuando David cortó las borlas del mantito de Saúl le quitó así la autoridad del reino al despojarle de la cobertura divina tipificada en la dignidad del manto (1 Sam. 24). O la vez que Jonatán dio a David su manto y sus armas como un claro indicio de que se estaba despojando de su derecho al trono de Israel (pues era el príncipe) y lo pasaba a David (pues era el elegido) (1Sm.18). De esta manera vemos que así como Saúl fue despojado de su manto real a causa de su pecado; así también Jesús fue despojado de su manto y nobleza Real por causa de llevar sobre sí nuestros pecados. Y así como Jonatán entregó a David el trono de Israel al darle su manto, así también nosotros recibimos un trono en el reino de los cielos por cuanto el Rey Jesucristo no lo ha dado al ser desnudado en nuestro lugar. En resumen, Jesucristo fue desnudado para que yo pueda recibir el manto de su justicia y de su reino. Fue el manto de la burla, ya que dice la Escritura que después de desnudar al Hijo del Hombre, “le echaron encima un manto de escarlata” (vr.28). Este manto debió ser de uno de los soldados; una triste pantomima del manto de los reyes; una sátira de la verdad. Varios pensamientos sacuden aquí nuestras emociones. El primero de ellos es que los soldados tuvieron ante sí al Rey de reyes, pero sólo pudieron ver a un galileo despreciado y sencillo; de modo que teniéndolo en poco y considerado objeto de burla sus pretensiones de Rey lo escarnecieron con terrible saña. ¿Y no es acaso esta la condición del hombre: que teniendo frente a sí la verdad del evangelio se burla y se mofa del Rey? ¿Y no es acaso esta mofa tan cruel como la primera? Yo no puedo sentir lástima por el Nazareno en su padecimiento, al verlo callado miro su grandeza y dignidad real; pero si siento lástima por aquellos soldados, lo mismo que por todos aquellos que burlándose del Señor han perdido al Único que podía salvarles de una eterna condenación de fuego, ¡por ellos si siento lástima! El segundo pensamiento que se me viene a la mente acerca del manto de la burla es el de considerar que si Jesús estaba llevando nuestros pecados, entonces es comprensible el trato que recibió. Consideremos esto: ¿Qué tan despreciable no será el pecado que despierta la más cruel de las burlas? El pecado es abominable, debe cubrirse como un manto, su sola presencia incita al vómito. El pecado es repudiable; siendo en ese momento Jesús la personificación del pecado mismo recibió escupitajos, bofetadas y repetidos golpes de caña. Tal es el trato que el pecado merece todo el descargo del odio. La creación caída y cansada del yugo del pecado levantó por una vez su venganza contra el tirano, por eso la burla fue tan cruel, porque ya no se trataba del Hijo de Dios, aunque era Él, sino del Hijo del Hombre cargando sobre sí todo el pecado. Un tercer pensamiento sobre el asunto es: Los soldados echaron sobre Jesús un manto de escarlata del uniforme de algún soldado; esto fue una burla, pero sin saberlo estaban diciéndole al pecado: “tú no eres rey, no gobernarás más sobre nosotros”. Durante milenios el pecado se enseñoreó del hombre y jamás pudimos oponernos, hasta que llegó el día en el que Jesús tomó el pecado y lo encerró en su casa de barro para que pudiéramos quebrantarlo. A partir de entonces “el pecado no se enseñoreará más de nosotros”, ¡fue clavado y muerto en la cruz! fue crucificado juntamente con Cristo, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado (Rom.6:6). ¡Aleluya! El manto de Rey. Es en ese momento de burla (que cronológicamente correspondió a antes del lavado de manos de Pilato), cuanto llevaba sobre sí la clámide bermeja del legionario como manto de rey, la corona de espinas como diadema real y la caña cual cetro que el procurador romano Pilato entra en escena y entendiendo el sarcasmo de su soldadela toma al Nazareno para presentarle de nuevo ante el pueblo judío al tiempo que increpa: ¡he aquí el Hombre! ( Juan 19:5), ¡he aquí vuestro Rey! (Juan 19:14); y en esto decía sin quererlo con gran verdad: allí en Jesús se hallaba el hombre, aquel que habiendo sido hecho con la dignidad de la imagen de Dios; Único en toda la creación; el Príncipe; el Rey puesto para enseñorearse de la tierra; lo vemos golpeado, humillado y burlado. ¡He allí la humanidad toda que nació para reinar y está maltrecha! ¡Mira cuánto daño le ha causado su caída! ¡Llora por los males recibidos! ¡Gime por las heridas, por el dolor, por la enfermedad, por el odio, por el hambre, por la amargura, y por todo aquello que nos ha acompañado desde que Adán gastó el fruto que no debía! ¡Mira en la terraza embaldosada de Pilato a donde llegaran nuestros intentos! ¡He aquí el hombre! ¡He aquí vuestro rey! ¡He aquí lo único que hemos conseguido: ¡hundirnos en dolor y entronizarnos en burla! Para esto vino el Hijo del Hombre, para despertarnos de nuestra locura y presentarnos la realidad. Para exhibir ante nuestros ojos nuestra verdadera condición: creyéndonos reyes estamos cubiertos de sangre y vergüenza. ¡Duro precio el que tuvo que pagar! Pero en esto, Jesús destruyó a ese viejo hombre maltrecho y burlado, tomando nuestro caído lugar nos reconstituye al original. Haciéndose el Hijo del Hombre nos retorna a hijos de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:29
27.29-30 Dos palabras griegas se utilizan en el Nuevo Testamento para definir las coronas. La primera de ellas es diadeima (diadema), que se refiere a la corona de los reyes. La segunda es stephanos, la corona de los vencedores como el laurel de las olimpiadas. El término usado para corona en el versículo que nos atañe es stephanos, la corona de recompensa. Esto es muy significativo, pues Jesús no recibió su corona de Rey mientras estaba en los días de su carne, sino la adusta corona de la retribución del pecado. Lo cual nos lleva al segundo inciso: los espinos en la Escritura. La corona de retribución que Jesús recibiera estaba hecho de espinas, por cuanto la maldición pronunciada en el huerto del Edén cayó sobre él. Recordemos, con la caída de adán recibió el castigo de que la tierra produciría espinas y cardos (Gen. 3:18); ahora esa maldición estaba sobre Jesús para liberarnos a nosotros de tal maldición. Las espinas estaban en una tierra sin culpa, encajadas en el cuerpo de barro del Señor haciendo inclementemente barbotear su sangre. Aquella maldición edénica: maldita será la tierra por tu causa (Gen. 3:17) estaba ahora sobre Jesús. Tomando nuestras maldiciones recuperó las bendiciones para nosotros; tomando nuestros males nos devolvió bienes; tomando nuestra muerte nos devolvió la vida eterna. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: maldito todo el que es colgado en un madero (Gal. 3:13). El versículo dice que dicha corona fue tejida; pareceme ver las manos toscas del soldado haciendo crujir las espinas dándoles forma circular. Tomó una vara espinosa y luego otra y otra y otra, hasta tener trenzadas todas como un capacete. Ese hombre tejió aquella corona de espinas, quizá con la sonrisa propia de un demente, pero, ¿no tejimos también la humanidad entera esa corona? Cada hombre que ha pisado esta tierra ha colaborado, un pecado, una espina; otro pecado, otra espina; y así, a punta de repetición tenemos la más inmensa corona de retribución del mal. Nuestras rebeliones la tejieron, nuestras insensateces la armaron, nuestras maldades le dieron forma. Todo estaba listo, pero no hubo cabeza que quisiera usarla hasta el día en el cumplimiento del tiempo en el que el Hijo del Hombre dispuso la suya para satisfacer toda ley. Esperó hasta la última espina, hasta el colmo del pecado para tomarlo todo y destruirlo todo. Aquel que a principio de semana entró como Rey recibía ahora su corona de espinas; tipificando al hombre que en el principio entró al mundo como rey y se hizo merecedor de la maldición divina. Lo vemos ahora coronado en el pretorio, su corona es de espinas. Es por eso que al final de la historia, ya en el Apocalipsis, cuando nos sean dadas las coronas de gloria y no ignominia, las stephanos recompensa, que todos los redimidos al unísono, sin pensarlo llenos de gratitud, lanzaremos nuestras coronas a los pies del Señor (Ap. 4:10). Ninguno querremos entonces retener el premio, nadie se asirá de la corona, ¡El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza! (Ap. 5:12). ¡Aleluya! Es por eso que lo vemos también en el Apocalipsis venir vestido de una ropa teñida en sangre, con el nombre de Rey de reyes y Señor de señores y con muchas diademas sobre su cabeza (Ap. 19:12-16). ¡El Vencedor! El cetro que usaban los reyes en tiempos bíblicos tuvo su origen en la vara pastoral con la que protegían a las ovejas de las fieras. En hebreo en chebet que frecuentemente se traduce en la Biblia como “vara”. Mas a causa del pecado y para desterrar al pecado Dios permitió que fuesen las fieras las que dieran con el cetro al pastor de las ovejas. Ya el profeta Ezequiel lo había anunciado: ¿hemos de alegrarnos? Al cetro de mi Hijo ha despreciado como a un palo cualquiera (Ez. 21:10). Los reyes usaban el cetro en la mano derecha como símbolo de autoridad, es por eso que vemos a los soldados poner burlonamente una caña como cruel sustituto de cetro en la mano derecha del Señor. Por un lado tipifica que nosotros, la humanidad toda, perdimos la autoridad de gobernar el mundo a causa del pecado; pero por otro lado, también nos habla de que el Señor Jesucristo recuperó con su muerte dicha autoridad Universal y todos aquellos que reconozcan que Jesús es el Señor reinarán con Él. Un cetro de caña en las Sagradas Escrituras tipifica la autoridad frágil; por ejemplo, cuando el pueblo judío se alió con Egipto al tener la invasión de Asiria, Dios le denunció: he aquí que confías en esta báculo de caña frágil (Is. 36:6); o también, para señalar el ministerio tierno y restaurador de Jesús dijeron que no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humea (Is. 42:3; Mat. 12:20); también, cuando el Señor habló de la fortaleza y grandeza de Juan el Bautista dijo que el no era una caña sacudida por el viento (Luc. 7:24). Así que un cetro de caña tipifica la autoridad frágil. Esto vuelve a darnos los mismos dos pensamientos: a causa del pecado la autoridad del hombre se hizo frágil, su cetro de caña, por lo que podía quitársele y darle con él. Golpeaban la cabeza de Jesús como símbolo de que el hombre, la cabeza y autoridad de este mundo había perdido el señorío. Pero también señala como recuperó Cristo Jesús la autoridad que nosotros perdimos: con su humillación. Pues después de ésta escuchamos la voz de trueno del Padre anunciando: mas del Hijo dice: tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino. Has amado la justicia y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios… (Heb. 1:8-9). ¡Soldados: se equivocan, la autoridad del Señor Jesús jamás ha sido frágil! Aun en su debilidad era inmensamente fuerte. Cualquiera que piense que el Señor Jesús no está haciendo su voluntad ha de tener su cabeza dentro de un balde. ¡Hasta en su muerte hizo su voluntad: poner su vida en rescate de muchos! ¡Salve, Rey de los judíos! –gritaban burlonamente los soldados. La pantomima de unos payasos. La envalentonada de los cobardes. Pero es también la figura de la exaltación del Señor, ya que como producto de su humillación (y no su Deidad, pues como Dios no lo requiere), Jesucristo fue exaltado hasta lo sumo: Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Fil. 2:5-11). Aún sus enemigos habrán de hincarse ante Jesús y confesarle Señor par la gloria del Padre. Allí estarán los judíos; Pilato no podrá faltar; tampoco los soldados; incluso los demonios y el mismo satanás tendrá que hincarse y declarar Señor de todo a Jesucristo. Hazlo tú en este día.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:30
27.29-30 Dos palabras griegas se utilizan en el Nuevo Testamento para definir las coronas. La primera de ellas es diadeima (diadema), que se refiere a la corona de los reyes. La segunda es stephanos, la corona de los vencedores como el laurel de las olimpiadas. El término usado para corona en el versículo que nos atañe es stephanos, la corona de recompensa. Esto es muy significativo, pues Jesús no recibió su corona de Rey mientras estaba en los días de su carne, sino la adusta corona de la retribución del pecado. Lo cual nos lleva al segundo inciso: los espinos en la Escritura. La corona de retribución que Jesús recibiera estaba hecho de espinas, por cuanto la maldición pronunciada en el huerto del Edén cayó sobre él. Recordemos, con la caída de adán recibió el castigo de que la tierra produciría espinas y cardos (Gen. 3:18); ahora esa maldición estaba sobre Jesús para liberarnos a nosotros de tal maldición. Las espinas estaban en una tierra sin culpa, encajadas en el cuerpo de barro del Señor haciendo inclementemente barbotear su sangre. Aquella maldición edénica: maldita será la tierra por tu causa (Gen. 3:17) estaba ahora sobre Jesús. Tomando nuestras maldiciones recuperó las bendiciones para nosotros; tomando nuestros males nos devolvió bienes; tomando nuestra muerte nos devolvió la vida eterna. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: maldito todo el que es colgado en un madero (Gal. 3:13). El versículo dice que dicha corona fue tejida; pareceme ver las manos toscas del soldado haciendo crujir las espinas dándoles forma circular. Tomó una vara espinosa y luego otra y otra y otra, hasta tener trenzadas todas como un capacete. Ese hombre tejió aquella corona de espinas, quizá con la sonrisa propia de un demente, pero, ¿no tejimos también la humanidad entera esa corona? Cada hombre que ha pisado esta tierra ha colaborado, un pecado, una espina; otro pecado, otra espina; y así, a punta de repetición tenemos la más inmensa corona de retribución del mal. Nuestras rebeliones la tejieron, nuestras insensateces la armaron, nuestras maldades le dieron forma. Todo estaba listo, pero no hubo cabeza que quisiera usarla hasta el día en el cumplimiento del tiempo en el que el Hijo del Hombre dispuso la suya para satisfacer toda ley. Esperó hasta la última espina, hasta el colmo del pecado para tomarlo todo y destruirlo todo. Aquel que a principio de semana entró como Rey recibía ahora su corona de espinas; tipificando al hombre que en el principio entró al mundo como rey y se hizo merecedor de la maldición divina. Lo vemos ahora coronado en el pretorio, su corona es de espinas. Es por eso que al final de la historia, ya en el Apocalipsis, cuando nos sean dadas las coronas de gloria y no ignominia, las stephanos recompensa, que todos los redimidos al unísono, sin pensarlo llenos de gratitud, lanzaremos nuestras coronas a los pies del Señor (Ap. 4:10). Ninguno querremos entonces retener el premio, nadie se asirá de la corona, ¡El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza! (Ap. 5:12). ¡Aleluya! Es por eso que lo vemos también en el Apocalipsis venir vestido de una ropa teñida en sangre, con el nombre de Rey de reyes y Señor de señores y con muchas diademas sobre su cabeza (Ap. 19:12-16). ¡El Vencedor! El cetro que usaban los reyes en tiempos bíblicos tuvo su origen en la vara pastoral con la que protegían a las ovejas de las fieras. En hebreo en chebet que frecuentemente se traduce en la Biblia como “vara”. Mas a causa del pecado y para desterrar al pecado Dios permitió que fuesen las fieras las que dieran con el cetro al pastor de las ovejas. Ya el profeta Ezequiel lo había anunciado: ¿hemos de alegrarnos? Al cetro de mi Hijo ha despreciado como a un palo cualquiera (Ez. 21:10). Los reyes usaban el cetro en la mano derecha como símbolo de autoridad, es por eso que vemos a los soldados poner burlonamente una caña como cruel sustituto de cetro en la mano derecha del Señor. Por un lado tipifica que nosotros, la humanidad toda, perdimos la autoridad de gobernar el mundo a causa del pecado; pero por otro lado, también nos habla de que el Señor Jesucristo recuperó con su muerte dicha autoridad Universal y todos aquellos que reconozcan que Jesús es el Señor reinarán con Él. Un cetro de caña en las Sagradas Escrituras tipifica la autoridad frágil; por ejemplo, cuando el pueblo judío se alió con Egipto al tener la invasión de Asiria, Dios le denunció: he aquí que confías en esta báculo de caña frágil (Is. 36:6); o también, para señalar el ministerio tierno y restaurador de Jesús dijeron que no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humea (Is. 42:3; Mat. 12:20); también, cuando el Señor habló de la fortaleza y grandeza de Juan el Bautista dijo que el no era una caña sacudida por el viento (Luc. 7:24). Así que un cetro de caña tipifica la autoridad frágil. Esto vuelve a darnos los mismos dos pensamientos: a causa del pecado la autoridad del hombre se hizo frágil, su cetro de caña, por lo que podía quitársele y darle con él. Golpeaban la cabeza de Jesús como símbolo de que el hombre, la cabeza y autoridad de este mundo había perdido el señorío. Pero también señala como recuperó Cristo Jesús la autoridad que nosotros perdimos: con su humillación. Pues después de ésta escuchamos la voz de trueno del Padre anunciando: mas del Hijo dice: tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino. Has amado la justicia y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios… (Heb. 1:8-9). ¡Soldados: se equivocan, la autoridad del Señor Jesús jamás ha sido frágil! Aun en su debilidad era inmensamente fuerte. Cualquiera que piense que el Señor Jesús no está haciendo su voluntad ha de tener su cabeza dentro de un balde. ¡Hasta en su muerte hizo su voluntad: poner su vida en rescate de muchos! ¡Salve, Rey de los judíos! –gritaban burlonamente los soldados. La pantomima de unos payasos. La envalentonada de los cobardes. Pero es también la figura de la exaltación del Señor, ya que como producto de su humillación (y no su Deidad, pues como Dios no lo requiere), Jesucristo fue exaltado hasta lo sumo: Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre (Fil. 2:5-11). Aún sus enemigos habrán de hincarse ante Jesús y confesarle Señor par la gloria del Padre. Allí estarán los judíos; Pilato no podrá faltar; tampoco los soldados; incluso los demonios y el mismo satanás tendrá que hincarse y declarar Señor de todo a Jesucristo. Hazlo tú en este día.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:31
27.31 Se despojó del manto de Rey; fue vestido de siervo, lo escarnecieron y lo llevaron para crucificarle. ¡Ni siquiera tuvo el descanso de los diez días legales entre la sentencia, los azotes y la crucifixión! Como Adán desnudado de su gloria en su pecado, la humanidad representada en Jesús es despojada para ser llevada a muerte. Como Adán vestido de pieles de animales animalizado en su pecado, así la humanidad representada en Jesús fue vestida de carne para morir. ¡Mas bendito sea Dios: la historia no termina ahí!
— Roberto Tinoco
Mateo 27:32
27.32 En aquel tiempo existía la costumbre de que el condenado a muerte por crucifixión cargara su propia cruz. En realidad, no llevaba toda la cruz, sino solo el travesaño horizontal conocido como patíbulo (el madero vertical era llamado estípite). Hubiera sido imposible llevar toda la cruz ya que ésta pesaría más de 130 kilos, pero el patíbulo pesaba entre 34 y 57 kilogramos. Este madero se ponía sobre la espalda del condenado y se sujetaba amarrándolo a sus brazos. Luego caminaba entre soldados que abrían paso. Al frente de ellos un soldado llevaba en alto un título que habría de clavarse en la cruz llamado sigmum; en el cual, se leía el nombre de condenado y la causa criminal de su condena. El sigmum se ponía después en la cabecera de la cruz. La Palabra nos presenta a Jesús tan cansado y lastimado que no pudo llevar la cruz. Estaba debilitado por seis juicios diferentes, una noche sin dormir, la falta de alimento, pero especialmente por el terrible escarnio de los azotes romanos. Para este momento se hallaba ya tan golpeado que había sido desfigurado. Estaba sangrante como para morir, por lo que los soldados prolongan el suplicio buscando uno que lleve la cruz en el lugar de Jesús, ¡no sea que se muera en el camino y se libre de la cruz! Esto fue crueldad refinada, pero no presenta un hermoso mensaje: Llevando la cruz del Rey. Primero, Jesús no fue crucificado dentro de Jerusalén, sino en las afueras. El hecho de que Jesús saliera de la ciudad cargando su cruz nos presenta el cumplimiento tipológico del los sacrificios antiguo testamentarios. Según la Ley de Moisés, en el día de Expiación, los cuerpos de aquellos animales que se ofrecían por el pecado debían ser quemados fuera del campamento de Israel al tiempo que su sangre era llevada al Lugar Santísimo (Lev. 16:14,27). Así Jesús murió fuera de Jerusalén al tiempo que su sangre era recibida en los cielos por el Padre, el verdadero Lugar Santísimo. Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta (Heb. 13:12). Recordemos que se trata de un sacrificio de expiación, es decir, por el pecado. Tanto los corderos como el Señor Jesús llevaron los pecados de los hombres, unos simbólicamente y el Señor literalmente. Así que para poder santificar al pueblo había que tomar sus pecados y salir con ellos encima para destruirlos fuera de la puerta, librando así al hombre de sus culpas. Jesús llevó en sus espaldas la cruz como dichos pecados y salió de Jerusalén para librarnos de ellos. ¡Todos aquellos que estamos en la Nueva Jerusalén somos libres de nuestros pecados! Pero la enseñanza va aún más allá. Los corderos eran llevados ya muertos para ser quemados fuera del campamento de Israel simbolizando la destrucción total del pecado; tal y como el Señor salió como ya muerto, es decir, terriblemente flagelado y cargando su cruz, símbolo de su muerte. Jesús puede considerarse muerto al campamento de Israel por cuanto sale para ser crucificado así como los animales expiatorios salían muertos de dicho campamento. Esto simboliza salir del mundo; es considerarse muerto al mundo y su pecado por cuanto estamos en Cristo, en Aquel que salió como muerto del mundo por su cruz. Un verdadero cristiano no participa de los deleites mundanos porque “lo prohíba su religión”, sino por cuanto está muerto al mundo y un muerto ha dejado de participar de la vida de este mundo. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él? Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom. 6:2,6-7,11). Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mi; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal. 2:20). Pero los que son de Cristo, han crucificado la carne con sus pasiones y deseos (Gal. 5:24). Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mi, y yo al mundo (Gal. 6:14). Es además interesante notar que el Señor Jesús salió de Jerusalén por cuanto los religiosos judíos lo condenaron a muerte; de esta manera estaba siendo declarado muerto para la religión de ellos, a saber, el judaísmo. En esto representa la liberación del creyente de toda clase de religiosidad. Los hombres defienden sus religiones, si alguien tenía una religión fundada en Dios de la cual jactarse eran precisamente los judíos; sin embargo, la muerte del Señor declaró nula toda religión. A esto se refería el apóstol Pablo cuando exhorta a los gálatas a no dejarse arrastrar por la religiosidad cuando les dice: oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? (Gal.3:1). Y si la religión judía fue declarada nula, ¡cuánto más cualquier otra religión! (Col. 2:14-17). Defendemos costumbres, hábitos, liturgias, vestimentas y cuanta cosa que tenemos por costumbre, es nuestra religión; tal y como Pedro se oponía a comer de los “animales inmundos diciendo que jamás los había comido (religión y costumbre) (Hch. 10:14); pero todo esto fue anulado por Cristo cuando salió de Jerusalén para morir en la cruz. Con esto no estoy diciendo que todo se permite, sino que la vida cristiana es eso precisamente, vida y no prohibiciones a diestra y siniestra. Llevar la cruz habla de trabajar, Simón venía del campo. En Lucas 23:26 dice que Simón el Cireneo venía del campo. Él tenía sus ocupaciones, no era un ocioso, sino un hombre de campo trabajador; lo cual nos muestra que no fue a una que estaba sentado allí por donde pasó Jesús al que le pusieron la cruz encima; sino que la comisión vino precisamente a uno que estaba ocupado. Dios no contaba a los ociosos. Si alguno fue flojo para el diablo y flojo para el mundo, ¿por qué habría de ser trabajador para el Señor? El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos (Stg. 1:8). Y por otro lado, también nos enseña que existe un campo mejor que el campo terrenal para servir al Señor. La única carga que vale la pena llevar en este mundo es la cruz de Cristo, ¡es una carga gloriosa! un yugo fácil y una carga ligera (Mat. 11:29-30). Posiblemente Simón había dejado su campo en tierra ajena para venir a celebrar la fiesta de la Pascua, recordemos que era de Cirene en el norte de África. Si esto es así, debió de haber gastado mucho en su viaje a Jerusalén, ¡y apenas llegando se encuentra con que tiene que cargar la cruz de un condenado a muerte! Tal era nuestra condición y es la condición de todo hombre, sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. ¡Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios! (Ef. 2:12-13,19). Éramos Simón que venimos del mundo como extranjeros y tuvimos que invertirlo todo para venir a cargar la cruz de Cristo. Simón creyó que iba a cumplir con su religión, lo mismo que nosotros; se encontró con el Verdadero Dios al tomar la cruz, como nosotros. Llevar la cruz del Señor, es decir, declararse muerto al mundo y al pecado es un privilegio que cuesta todo. Simón tenía familia. Según el evangelio de Marcos, Simón de Cirene era padre de Alejandro y de Rufo (Mar. 15:21). Si Marcos menciona esto mucho tiempo después esto significa que tanto Alejandro como Rufo eran cristianos reconocidos en la iglesia, de allí la referencia. También Pablo habla de un Rufo creyente años después en Roma (Rom. 16:13). Esto nos sugiere varios pensamientos: El primero es que Simón tuvo que haber dejado su familia para llevar la cruz de Cristo; como el mismo Señor nos dijo: el que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla la vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará (Mat. 10:37-39). No aliento la irresponsabilidad, Dios nos ha mandado honrar a nuestros padres (Ef. 6:1-3) además de que es un privilegio hacerlo; así como proveer todo lo necesario para la familia (1 Tim. 5:8); pero en las prioridades de la vida cristiana Dios es primero que todo y amarlo a Él por sobre todas las cosas es el primer y más grande mandamiento (Mat. 22:37-38). Otro pensamiento es que cuando Simón llevó la cruz de Cristo fue alcanzado también por su mensaje pues hallamos a sus hijos años después como notables cristianos entre los creyentes lo que nos enseña que siempre que un hombre toma la cruz de Cristo, es decir, se crucifica con Él por la fe, se considera muerto a todo lo demás a fin de vivir para Dios, entonces trae enormes bendiciones a su familia. El mensaje más elocuente que podemos darle a nuestros hijos es el de vivir crucificados para el mundo y para el pecado. Llevar la cruz es una obligación ineludible. Simón de Cirene no pudo escoger entre llevar o no la cruz de Cristo; puesto que los romanos conquistaron a los judíos, estos últimos eran siervos de los primeros, por lo que la ley romana obligaba a los judíos a obedecer sus órdenes. Cualquier ciudadano romano podía exigirle a cualquier judío a llevar su carga hasta por una milla (Jesús dijo “ve con él, dos” Mat. 5:41). De modo que algún experimentado soldado que vio que Jesús no podía más con la carga y tropezaba y corría riesgo de morir antes debió de tocar con la parte plana de su espada o de su lanza en el hombro a Simón para indicarle que él tomara la cruz; ante lo cual, Simón no podía negarse, era una obligación ineludible. Si se negaba era reo de muerte. Lo mismo sucede al resto de los mortales. Dios manda en todo lugar a todo hombre que se arrepienta (Hch. 17:30). No podemos rechazar el llevar la cruz de Cristo; quien se opone recibe la condenación eterna. El que no cree ya ha sido condenado por cuanto no creyó en el Nombre del Unigénito Hijo de Dios (Juan 3:18). Morir al mundo y al pecado no es una opción, sino una obligación. Tampoco es posible remplazar esa cruz, ¡se imagina lo que hubiera pasado si Simón le dice al soldado: “no, ese madero está muy grande, mejor me llevo esto otro palo más pequeño”! ¡Lo mataba de inmediato! Entonces, ¿cómo es que algunos rodean la cruz de Cristo rehusándose a morir a si mismos y anteponiendo sus intereses personales a los del Señor? La negación del yo, del mundo y del pecado no solo es ineludible, sino también irremplazable. Pero cabe decir, que es una obligación privilegiada. Lo más probable es que Simón iniciara llevando la cruz de Cristo de mala gana, pero estoy seguro que terminó amando esa cruz. Su más grande humillación fue también su más grande gloria. Debió ser algo muy vergonzoso cargar la cruz entre las ofensas, escupitajos y burlas de la gente, ¿quién iba a saber más adelante que él no era un reo de muerte? Sin embargo, ese momento en que fue visto en debilidad le significó su más grande fortaleza. El apóstol Pablo hablaba de gloriarse precisamente en sus debilidades, porque es allí precisamente donde reposa más el poder de Cristo (2 Cor.12:9). Donde digo: no puedo, mi Padre Celestial dice: Yo si puedo hijo. La gloria inicia en la cruz: Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a Éste crucificado (1 Cor. 2:2). Por último, hemos de ver que el privilegio maravilloso de llevar la cruz de Cristo no fue exclusivo de Simón de Cirene, sino que el Señor nos invita a todos: el que quiera venir en por de mí, niéguese a si mismo, tome su cruz y sígame (Luc. 9:23). “El que quiera”, una invitación para todos. “Venir en por de mí”, el único Destino que vale absolutamente todo. “Niéguese a sí mismo”, la única forma de vida que Dios acepta. “Tome su cruz”, el único medio (Cristo) que Dios ha provisto. “Y sígame”, la única obra que todos debemos realizar.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:33
27.33 Todo gira en torno a la cruz del Calvario. Allí está el centro del mundo; todas las cosas guardan su equilibrio en esa cruz; es el parte aguas de la historia, el inicio de los tiempos y el destino de los hombres. Símbolo del peor odio y de las más aberrantes maldades de que es capaz el hombre a la vez que habla elocuentemente del mejor y más grande de los amores y de lo que es capaz Dios por nosotros. Unos lo aman, otros lo odian, pero es imposible permanecer indiferente. Hemos llegado al punto del por qué el Rey tomó forma de siervo. Hemos llegado a la meta del Redentor. Estamos ante la más grande de las conquistas. Tenemos que tomar aire y contemplar con mezcla de horror y de extasío al más excelente de los hombres en la excelencia de su obra… ¡con razón te aman! –dijeron las mujeres de Jerusalén a la Sulamita. Es muy significativo que los cuatro evangelistas (Mateo, Marcos, Lucas y Juan) mencionen el nombre del lugar de la crucifixión; incluso Juan lo hace en dos idiomas, este énfasis resalta su importancia y nos invita a investigar el por qué de tanta atención. El monte en sí tiene la forma de un cráneo humano. Actualmente existe una iglesia llamada “del Santo Sepulcro” en cierto lugar de Jerusalén al que tradicionalmente se le atribuye la misma ubicación, tanto de la crucifixión, como de la tumba de Jesús, sin embargo, esto es un error ya que el verdadero sitio, llamado “el Calvario Garden” por el arqueólogo que lo confirmó en 1885 (aunque ya descubierta en 1849) se encuentra fuera del muro del norte de la ciudad cerca de la puerta de Damasco y en realidad posee la forma de un cráneo humano gigantesco. Además, el lugar tradicional está fundado sobre un terrible mal, como es el hecho de que la emperatriz Elena, madre de Constantino fue quien construyó allí la “Iglesia del Santo Sepulcro” en el año 335 d.C. atribuyéndoselo supuestamente al sitio de la crucifixión y de la sepultura cuando en realidad sólo estaba reedificando el antiguo templo dedicado a Venus que allí se encontraba. Es decir, Constantino destruyó el templo de Venus y su madre edificó allí el “del santo sepulcro”. ¡Vaya fraude de que son objeto los turistas que van a “tierra santa”! El hecho de que se mencione el lugar de la crucifixión tanto en hebreo (originalmente del arameo Gólgota) como en griego (kraníon, compárese cráneo) (sin contar nuestra traducción latina “calvario” a partir del latín calvarium), nos da como resultado el glorioso mensaje de que el Señor Jesucristo no solo murió por los judíos, sino por todo del mundo, tanto judíos como gentiles. ¡Aleluya! Porque Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas para crear en si mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz. (Heb. 2:14-15). ¡Bendito sea el Nombre del Señor para siempre! Por cuanto Cristo murió y resucitó no tenemos porque temer más a la muerte, como dijo aquel loable Santo: “¿muerte? ¡este es el día de mi coronación!” El Lugar del Calvario se hallaba en las afueras de Jerusalén, el evangelista Juan nos dice que estaba cerca de un huerto (Juan 19:41-42), podríamos ubicarlo en un lugar por donde transitaba la gente para entrar a Jerusalén entre Jaffa y Damasco; no que nos da otra enseñanza: Un huerto es un lugar de siembra y de vida. El Señor Jesús habló anteriormente de la necesidad de morir para producir vida: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto (Juan 12:24). Él fue el grano de trigo sembrado en el huerto del Calvario que sigue produciendo vida a todo aquel que cree y que finalmente levantará la cosecha más grande de todos los tiempos: la iglesia del Señor. Y también, al estar este sitio en un lugar público y visible entre Jaffa y Damasco (ya que los romanos acostumbraban crucificar a los criminales en sitios en donde todos pudieran verlos como advertencia), nos enseña que el mensaje de la cruz de Cristo debe ser conocido por todos. No aconteció en oculto para que sólo unos pocos se enteraran, sino a la vista de todos para dar oportunidad de arrepentimiento y salvación a todos. Él es la Luz Verdadera que alumbra a todo hombre y que vino a todo el mundo (Juan 1:9; 3:16). Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron (2 Cor. 5:14). Palabra fiel y digna de ser recibida por todos que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero (1 Tim. 1:15).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:34
27.34 En aquellos tiempos existían mujeres piadosas entre cuyas obras de misericordia estaba el proveer de una bebida con propiedades analgésicas a fin de disminuir al menos un poco los sufrimientos de la crucifixión. La crucifixión era un tormento atroz e indescriptible. Pensar en clavos de hierro de aproximadamente 15 centímetros de largo y 2 de ancho sean enterrados a través de las muñecas en secos y repetidos golpes de marro es un dolor que no podemos imaginar. …en esas mismas manos que sanaron leprosos y acariciaron niños. ¡Y que decir de sus preciosos pies que recorrieron Judea haciendo el bien! Simplemente hablamos de dolores insoportables. Por eso les daban una bebida adormecedora y los soldados lo permitían pensando que así prolongarían su muerte. ¡Y todavía hay quienes no asisten a una reunión a adorarle porque según ellos “hace frío o aire” o traen algún otro pretexto! O bien, hay quienes opinan que con asistir una vez por semana se ha cumplido, ¡blasfemia! No se trata de cumplir, sino de servir con todo el corazón todos los días de nuestra vida a Aquel que no escatimó ningún sufrimiento ni sacrificio por nosotros. Unos se avergüenzan, el Maestro no se avergonzó de pender desnudo de una cruz. Otros creen que ser cristiano significa acercarse a Dios para recibir sus beneficios; pero en realidad se trata de una compra: El nos compró. Por lo visto la bebida analgésica que el Señor rechazó se está tomando por aquellos que dicen seguirle pero buscan sólo comodidad y no sufrir por nada, incapaces de esfuerzo o dolor alguno por el Señor. Una bebida probada. Según el evangelista Marcos (15:23) la bebida contenía también mirra; y según algunos comentaristas históricos también tenía incienso; estos son elementos que contenían las ofrendas sacerdotales, pero el vinagre y la hiel simbolizan la corrupción (Pr. 10:26) y la amargura (Hch. 8:23). ¡Dios no acepta ofrendas de aquellos cuyas vidas están corrompidas y cuyo corazón tiene amargura! El sacrificio de los impíos es abominación a Yahwéh; mas la oración de los rectos es su gozo (Pr. 15:8). Dios reclama alabanza y muchos la ofrecen, pero no todos satisfacen a Dios; dijo el Señor es el Salmo 69:21 me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre. Y si Dios mismo elige lo que le agrada, lo que es bueno de lo que no lo es; entonces también nosotros debemos aprender a distinguir lo bueno de lo malo. El Señor probó la bebida en su sed y la rechazó, distinguió lo que era, percibió el sabor amargo de la hiel y del vinagre. En ocasiones los creyentes carecemos de esta virtud al no distinguir el vino de la hiel, llamando “a lo malo bueno y a lo bueno malo” (Jer. 24:3); tomando las cosas del mundo para darles una barnizada de cristiandad y presentarlas a Dios, pero lo que es nacido de la carne, carne es (Juan 3:6). Una bebida rechazada. La obligación de Jesús (si cabe el término), en su carácter de Redentor y de Hijo del Hombre era el de morir por nosotros; esa era la copa del Padre que debía beber. Es probable que algún otro hubiera omitido alguno de los sufrimientos de la cruz, pero no el Señor Jesús. Él tomó toda la copa del Padre hasta su última gota, por eso es que rechazó la bebida adormecedora que le ofrecían Jesús es el varón de dolores y experimentados quebrantos (Is. 53:3) y se opuso a que sus sentidos perdieran algo siquiera de sensibilidad. Quiso voluntariamente padecer a plena conciencia todos los sufrimientos de la crucifixión en obediencia al Padre. !Eso es obediencia hasta lo último!
— Roberto Tinoco
Mateo 27:35
27.35 Tenemos lo que Jesús ganó para nosotros en su cruz: Él fue levantado para que todos aquellos que fuimos atraídos a Él no descendamos jamás. El tipo de la serpiente en el desierto que nos habla de ser librados del veneno de la serpiente antigua (Juan 3:14-15). El imán de la cruz es efectivo: si fuere levantado de la tierra a todos atraeré a mi mismo (Juan 12:31); es decir, la cruz nos ganó para Él. Tenemos también lo que perdimos en la cruz: Cristo tomó en la cruz la maldición que había contra nosotros. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: maldito todo el que es colgado en un madero) (Gal. 3:13). ¡No hay más maldición para los que estamos en Cristo! ¡Ninguna condenación hay! (Rom. 5:1). Tercero, lo que recuperó por nosotros en la cruz y que nosotros habíamos perdido: todo lo que Adán perdió. La vida eterna (Rom. 5:14-15). La incorrupción eterna (1 Cor. 15:22). Toda la creación terrenal (Rom. 8:20-23). Cuarto, lo que perdió Jesús por nosotros: Las ropas, figura de nuestra nuestra justificación ante Dios y abundancia. Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a nosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos (2 Cor. 8:9). “Se hizo pobre”, gr. ptechevo. Significa ser destituido, pobre como un pordiosero, reducido a extrema pobreza, una situación en la que uno carece totalmente de los bienes de este mundo. En contraste con ploutésete que significa hacerse inmensamente rico, poseyendo todo. Repartieron los vestidos de Jesús entre los soldados participantes echando suertes sobre ellos. Hubo cinco prendas para cuatro soldados. Las prendas eran las sandalias, el turbante, la faja o cinto, la ropa interior y el manto exterior (xiton). Siendo 4 los soldados representaban así a toda la humanidad (compare 4 ángulos de la tierra); y siendo cinco las prendas del Señor viene a significar la gracia de Dios (ya que el 5 es símbolo bíblico de la gracia). Lo que nos habla de la gracia de Dios al enriquecer a toda la humanidad con su destitución de bienes. Bendecidos con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo Jesús (Ef. 1:3). Por otro lado, al considerar el porqué echan suertes sobre las prendas del Señor tenemos que las cuatro de ellas (sandalias, turbante, cinto y ropa interior) tenían un valor similar, así que sobre ellas no debieran tener ningún problema para repartirlos; sin embargo, la túnica era más costosa, así que debió ser sobre ella que echaron suertes (Juan 19:23-24) cumpliendo así el Salmo 22:18. La túnica aquí referida es el xitón o manto exterior con el que los judíos se cubrían y que en el caso del Señor, “estaba cosida por entero de arriba a abajo” (literal). El manto o túnica aquí referida representa la justicia Divina y la cobertura de Dios. En cuanto a la justicia del Señor Jesucristo es “de una sola pieza sin costura”; su justicia jamás tuvo que ser remendada, no es como nuestra justicia toda sucia y rota, el profeta Isaías dice que “nuestras justicias con como trapo de inmundicia”. ¡Jesús no, Él es integro! Y al ser también su túnica la cobertura de Dios tenemos que observar que hubo necesidad de repartirla jugando suertes. La Biblia dice que Yahwéh sustenta la suerte (Sal. 16:5): la suerte se echa en el regazo; mas de Yahwéh es la decisión de ella (Pr. 16:33). De modo que aún y cuando fueran los soldados quienes jugaron suertes, fue Dios quien decidió a quien habría de tocarle la túnica. Es Dios quien cubre al hombre con la justicia de Cristo. En la crucifixión del Señor hallamos nuestra vestidura de justicia; al creer y ser bautizados en Él somos revestidos de Él (Gal.3:27) por lo que tratándose de los que creímos en Cristo, Dios no nos mira a nosotros, sino que mira a Cristo en nosotros. Recordemos que el manto era de una sola pieza, así ve Dios la vida de los que estamos en Cristo: ¡íntegros! (no ha visto iniquidad en Jacob ni perversión en Israel Num. 23:21). Y siendo que dicho manto era cosido “de arriba a abajo” hallamos que tal justificación no es obra nuestra, sino de Dios. No se trata de proponernos ser santos, sino de que Dios nos ha santificado. En el Antiguo Testamento se echaban suertes sobre los dos machos cabríos que se ofrecían en expiación, uno para Yahwéh y el otro para Azazel (Num. 16:8) también, la tierra de Canaán fue repartida a Israel por suertes (Num. 26:55; Jos. 13:6;14:2); se echaron suertes para encontrar al culpable de cuando Jonatán rompió el voto de su padre (1 Sam. 14:41-42); también hubo suertes para las ofrendas de los sacerdotes en tiempo de Nehemías (Neh. 10:34); incluso los judíos usaban las suertes para resolver disputas: la suerte pone fin a los pleitos, y decide entre los poderosos (Pr. 18:18); el turno de Zacarías padre de Juan el Bautista para ofrecer incienso siendo sacerdote fue por suertes (Luc. 1:8-9). ¡Hasta los apóstoles eligieron al sucesor de Judas por suertes! (Hch. 1:15-26). Sin embargo, después del descenso del Espíritu Santo no se vuelve a mencionar en la Biblia el echar suertes, por cuanto ahora en el Espíritu de Dios quien nos guía a toda verdad y a toda justicia (Juan 16:13), la promesa del Señor fue que cuando Él viniera, Él nos iba a guiar, por lo que hoy es pecado de incredulidad el echar suertes, ya no tenemos que andar echando piedras y trozos de madera para conocer la voluntad de Dios como hicieron los judíos antes de la venida del Espíritu Santo.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:36
27.36 Después de crucificar al Señor, los soldados se sentaron a resguardar a los crucificados; así acostumbraban hacer para evitar que alguno los liberara; lo cual nos enseña algunas cosas: Primero, los soldados se sentaron en el calvario. Lo que enseña a todo soldado de Jesucristo que su único descanso se encuentra en la cruz de Cristo. Cuando ya no puede más, hay que llevar la carga al Calvario donde el Señor Jesús llevó todas nuestras cargas y dolores. El Señor es nuestra Roca firme en la que podemos descansar. David cantó cuando Dios lo libró de mano de todos sus enemigos y de mano de Saúl: Yahwéh es mi Roca, mi Fortaleza y mi Libertador, Dios es mi peña, en Él me refugiaré. Él es mi escudo, el poder de mi Liberación, mi Baluarte, mi Refugio y mi Salvador! (2 Sam. 22:1-3). Segundo, los soldados se sentaron allí para guardar a Jesús. ¡Si tan solo hubiesen sabido que era el Señor Jesús quien los guardaba a ellos de la condenación eterna muriendo en la cruz! Tercero, ¡no había necesidad de que los soldados hicieran guardia al Señor. No fueron los soldados romanos quienes lo mantuvieron en la cruz; tampoco fueron los envidiosos judíos; ¡ni siquiera los clavos lo mantenían en la cruz! ¡Fue su amor por nosotros y la obediencia al Padre lo que lo mantuvo crucificado! Ni lo obligaron, ni forzaron, ni lo invitaron; el Señor murió ni como mártir, ni como engañado, ni como enajenado. Él murió por amor para salvarnos. Nunca se ha hecho un trabajo más innecesario que el que hicieron los soldados guardando a Jesús, pues Él se mantuvo a sí mismo hasta la muerte en la cruz. Cuarto, tampoco hubieran podido guardar los soldados a Jesús verdaderamente; pues si Él hubiese querido soltarse no hubieran podido impedirlo. ¡Él es Dios! En el pasado, más de una vez intentaron matarle y no pudieron echar mano de Él. En Jesús tenemos el caso como cuando un padre de familia juega con sus hijos pequeños y se deja vencer por ellos porque los ama; el Señor se dejó matar por amor a quienes habríamos de ser adoptados hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:37
27.37 Los romanos acostumbraban poner sobre la cruz (cuando tenía la forma de una t, llamada cruz immissa, donde el madero vertical sobresalía del horizontal a manera de cabecera), un título con la causa por la cual se crucificaba al criminal. Esto nos muestra que la cruz usada con Jesús fue la cruz immissa (T) a diferencia de la cruz decussata (en forma de “X”) y de la cruz commissa, que era como una “T” mayúscula sin cabecera del madero vertical. Siendo que Mateo nos está presentando al Señor Jesús en su carácter de Rey (Mesías, Cristo) se limita a escribir la parte del Sigmun que exalta al Señor en su realeza: ESTE ES JESÚS, REY DE LOS JUDÍOS. Pilato y los soldados no fueron conscientes del gran acierto al declarar a Jesús Rey y poner este título a la cabecera de la cruz; pero la gran verdad hasta hoy es que todo aquel que está crucificado, es decir, que ha muerto a sí mismo, tiene por cabeza a Jesús en su dignidad de Rey. Los crucificados llamamos a Jesús Rey y Señor: ¡Aleluya! El apóstol Juan dice que el título real del Señor puesto en la cruz fue escrito en tres idiomas (Juan 19:20-22); en hebreo, por los judíos; en latín por los romanos; y en griego por los griegos. De manera que el Señor Jesús es Rey sobre la religión representada en los judíos; Rey sobre el poder y el gobierno representados por los romanos ; y Rey sobre la cultura y el conocimiento representados por los griegos. ESTE ES…EL REY, con lo que enfáticamente decretaba que Él reina y a Él debemos todos someternos, ESTE ES EL REY y no tenemos más Amo. ESTE ES….DE LOS JUDÍOS, con lo que también anunciaba cuál es su procedencia y cuál es su pueblo; ya que los judíos pidieron su muerte, entonces habría de tener a otros como sus adoradores (judío: “el que alaba”); a saber, la iglesia. Es decir, somos su pueblo, sus judíos, si lo reconocemos nuestro Salvador y Rey, y a que Él es el Jesús (Salvador), el Rey de los judíos.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:38
27.38-39 El Evangelio de Jesucristo es un mensaje ampliamente predicado; sin embargo, a pesar de ser expuestos a la cruz de Cristo, hay muchos que además de no convertirse al Señor, hacen escarnio de la fe. Tenemos en los pasajes hoy leídos a tres clases de personas que se pierden aún frente a la cruz del Señor: Los indiferentes, aquellos que están demasiado ocupados como para interesarse en Cristo. Los religiosos, aquellos que se creen demasiado buenos como para necesitar un Salvador. Y los pecadores, aquellos que se sienten demasiado malos como para tener la esperanza del Rey. Estos tres grupos de personas insultan al Señor con su rechazo en su momento de mayor debilidad: la crucifixión. De allí que un día tengan que condenarse ante la mayor exaltación del Señor: su trono. Ya que si es cruel burlarse de alguno, lo es más burlarse en su caída; ya que si es castigable no ayudar a quien lo necesita, lo es más insultar a quien la vida ofrece. Veamos el insulto de los indiferentes. Pasaban sin detenerse. Jesús crucificado en un lugar público, un camino transitado, fiel figura de que el mensaje de la cruz debe ser conocido por todos; pero que no a todos importa. Los que pasaban sin detenerse podían estar ocupados en sus propios asuntos como para considerar una crucifixión importante, ¡y cuál crucifixión por cierto! Son los que desaíran el mensaje de la cruz a causa de sus asuntos familiares, el trabajo, los estudios, las diversiones, los amigos, etc. Son los que pasan, aquellos que se dirigen a otra parte, pero no a Cristo. Metas personales que interfieren con los propósitos de Dios; pasos que separan del Señor; grandes esfuerzos dedicados a cosas que se consideran más importantes. Grave error. Son los que injurian sin conocer a Cristo ni a su fe; quizá por la influencia de lo que escucharon, pero sin meditar en las palabras y obras del Señor Jesús. Injurian ignorando las promesas de Cristo, movidos por cuidar las apariencias, como si aquellos de quienes se cuidan pudieran decir algo a su favor el día del juicio. A todos estos, el Señor perdonó desde la cruz pidiendo al Padre que no les tomara en cuenta lo que hacían por no saber precisamente lo que hacían. El texto dice que había quienes meneaban la cabeza, como desaprobando al Señor. Racionalistas que reprueban sin probarlo; necios que opinan sin conocerlo. Santurrones que descalifican al Único calificado. El Salmo 22:7-8 nos dice que al tiempo que meneaban la cabeza, decían: se encomendó a Yahwéh; líbrele Él; sálvele, puesto que en Él se complacía”. En esto acusaron a Jesús de una falsa esperanza y también, acusaron a Dios de traicionar a quienes en Él confían.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:39
27.38-39 El Evangelio de Jesucristo es un mensaje ampliamente predicado; sin embargo, a pesar de ser expuestos a la cruz de Cristo, hay muchos que además de no convertirse al Señor, hacen escarnio de la fe. Tenemos en los pasajes hoy leídos a tres clases de personas que se pierden aún frente a la cruz del Señor: Los indiferentes, aquellos que están demasiado ocupados como para interesarse en Cristo. Los religiosos, aquellos que se creen demasiado buenos como para necesitar un Salvador. Y los pecadores, aquellos que se sienten demasiado malos como para tener la esperanza del Rey. Estos tres grupos de personas insultan al Señor con su rechazo en su momento de mayor debilidad: la crucifixión. De allí que un día tengan que condenarse ante la mayor exaltación del Señor: su trono. Ya que si es cruel burlarse de alguno, lo es más burlarse en su caída; ya que si es castigable no ayudar a quien lo necesita, lo es más insultar a quien la vida ofrece. Veamos el insulto de los indiferentes. Pasaban sin detenerse. Jesús crucificado en un lugar público, un camino transitado, fiel figura de que el mensaje de la cruz debe ser conocido por todos; pero que no a todos importa. Los que pasaban sin detenerse podían estar ocupados en sus propios asuntos como para considerar una crucifixión importante, ¡y cuál crucifixión por cierto! Son los que desaíran el mensaje de la cruz a causa de sus asuntos familiares, el trabajo, los estudios, las diversiones, los amigos, etc. Son los que pasan, aquellos que se dirigen a otra parte, pero no a Cristo. Metas personales que interfieren con los propósitos de Dios; pasos que separan del Señor; grandes esfuerzos dedicados a cosas que se consideran más importantes. Grave error. Son los que injurian sin conocer a Cristo ni a su fe; quizá por la influencia de lo que escucharon, pero sin meditar en las palabras y obras del Señor Jesús. Injurian ignorando las promesas de Cristo, movidos por cuidar las apariencias, como si aquellos de quienes se cuidan pudieran decir algo a su favor el día del juicio. A todos estos, el Señor perdonó desde la cruz pidiendo al Padre que no les tomara en cuenta lo que hacían por no saber precisamente lo que hacían. El texto dice que había quienes meneaban la cabeza, como desaprobando al Señor. Racionalistas que reprueban sin probarlo; necios que opinan sin conocerlo. Santurrones que descalifican al Único calificado. El Salmo 22:7-8 nos dice que al tiempo que meneaban la cabeza, decían: se encomendó a Yahwéh; líbrele Él; sálvele, puesto que en Él se complacía”. En esto acusaron a Jesús de una falsa esperanza y también, acusaron a Dios de traicionar a quienes en Él confían.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:40
27.40 No parecen las palabras de los hombres, sino de la serpiente. Tentándole en su poder: tu que derribas el templo y en tres días lo reedificas. Pero dudando de que podía hacerlo y retándolo a complacerlos, como si Dios atendiese la maldad de su egoísta oración. Explicando lo que no entendían, como si el racionalismo y la mofa pudieran sustituir la sabiduría. Tentándole en sus propósitos: sálvate a ti mismo. Como intentando que cambiara sus propósitos ponían en tela de juicio, su juicio, su poder de derribar y edificar. Tentándole en su identidad: si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. La tentación era, con ironía: “Tu no te mereces esto, ¡eres Hijo del Rey, así que debes vivir como Hijo del Rey!” (compara con la tentación en el desierto).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:41
27.41 ¡Qué clasificación de personajes! Estaban los principales sacerdotes, pero a pesar de ser la casta sacerdotal, eran los escépticos. Estaban allí los escribas, los doctos de las Escrituras que no pudieron ver al Mesías en ellas. También los fariseos, tenidos como los más “santos”, aunque solo en apariencia. Y los ancianos, la clase gobernante, que supuestamente por su experiencia sabían lo que allí acontecía, pero no lo sabían. ¿Qué estaban haciendo todos estos ahí? ¿Qué no debían estar ofreciendo el Cordero pascual en el Templo? Era el momento exacto en el que se ofrecía el cordero de Pascua. Éstos, sin saberlo, estaban ofreciendo al Cordero de Dios. Pero, ¡ah! ¡Cuántos se ocupan de pelear por su fe en lugar de vivirla!
— Roberto Tinoco
Mateo 27:42
27.42 Los personajes descritos en el versículo anterior dieron al clavo en su deducción (a la vez que erraron): a otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. Precisamente, de eso se trata ser el Salvador. Los judíos lo buscaban el poder temporal, perdiendo de vista el amor sacrificial que practicaron en rituales por mil quinientos años. Y por su deducción es que se atrevieron a hacer una pésima petición: si es el Rey de Israel, descienden ahora de la cruz, y creceremos en Él. Hombres poniéndole condiciones a su Creador o peor, condenados condicionando a su Salvador. ¡No te atrevas a poner señales, pruebas ni condiciones! Según 1 Corintios 14:22 las señales son para los incrédulos. Estaban equivocados, fue precisamente porque no aceptó descender de la cruz que creemos en Él.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:43
27.43 Los incrédulos dicen locuras, pero los incrédulos religiosos hablan blasfemias. Contra Dios por su fidelidad: confió en Dios; líbrele ahora. Blasfemia contra Dios dudando de su amor: líbrele ahora si le quiere. Blasfemia contra la identidad de Dios: porque ha dicho: soy Hijo de Dios. ¡Qué locura! Reconocer a Jesús como el Hijo de Dios es importante porque permite ser hecho su expresión y su Casa (1 Juan 4:15); trae victoria sobre el mundo (1 Juan 5:5); por tanto, recibe el testimonio de Dios (1 Juan 5:9-10). De esto depende la vida eterna (1 Juan 5:12-13).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:44
27.44 Dos ladrones fueron crucificados con el Señor, posiblemente eran los cómplices de Barrabás. Ellos fueron crucificados por causa de sus propios delitos (literalmente eran “salteadores”). Así nos hallamos todos, crucificados con Cristo a causa de nuestros pecados. Sin embargo, a pesar de estar en el tormento de la crucifixión, injuriaban al Señor; esto nos sugiere varios pensamientos: Uno, aún cuando el hombre esté bajo condenación a causa de sus pecados mantiene la soberbia de su corazón: El pecado ciega de tal manera que no impide darse cuenta de que practicarlo merece la muerte, sino que a pesar de saberlo se desea seguirlo practicando (Rom. 1:32). Dos, el sufrimiento personal no salva al hombre puesto que en la cruz los ladrones seguían siendo pecadores. El sufrimiento personal no expía de pecados, no sirve un purgatorio, sólo la muerte de Cristo Jesús. Incluso no fueron los sufrimientos de Cristo, sino su muerte lo que nos justificó (Is. 53:10,12). Tres, el hombre sin Dios cree e intenta mitigar sus dolores haciendo escarnio de los sufrimientos de los justos (Sal. 35:15). También los hay quienes intentan limpiarse a si mismos ensuciando a otros. La norma de la santidad no es el compararnos con otro que consideremos más pecador; sino Cristo (1 Juan 2:3-6; 3:16). Un ladrón estaba a la derecha y el otro a la izquierda (vr. 38), teniendo al señor al centro. Fue contado con los trasgresores (Is. 53:5), nuestra sustitución (2 Cor. 5:21; 1 Pedro 2:24). Le fue quitado el poder al ladrón que vino a matar y destruir (Heb. 2:14). Nuestro camino debe ser en Cristo, sin apartarnos ni a derecha ni a izquierda. Aunque tres fueron los crucificados, sólo la muerte de Cristo nos salva. Ninguna otra muerte puede dar vida eterna, ni siquiera la mía por mi (1 Tim. 2:5; Hechos 4:12).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:45
27.45-46 ¿Te has sentido alguna vez como sin esperanza, es decir, verdaderamente sin ninguna cosa de que aferrarte? ¿Has experimentado la burla de tus enemigos, la traición de los amigos; y lo que es peor, el abandono por parte de tus amados? Permíteme preguntarte una vez más: ¿has perdido todo, absolutamente todo, hasta lo último; incluyéndote a ti mismo, como muriendo sin remedio? Esa fue precisamente la experiencia del Rey Jesucristo, pero mucho más intensificada. Su ejemplo y su vida nos infundirán aliento necesario para vencer cuando parece que irremediablemente ya se ha perdido todo. Miremos el significado de las seis horas. Según el evangelista Marcos, el Señor fue crucificado a la hora tercera (Mar. 15:25); la cual corresponde con las nueve de la mañana. Al compaginarlo con Mateo vemos que el Señor muere alrededor de la hora novena; es decir, a las tres de la tarde. De modo que el Señor Jesús estuvo seis horas en la cruz. Un tiempo sumamente breve para un crucificado, ya que algunos llegaban a durar hasta días para morir. El que Jesús durara sólo seis horas en al cruz no es producto de la casualidad ni de la debilidad, sino del plan maestro del Salvador. Él puso su vida ( Juan 10:15) y planeó muy bien por qué, cómo y cuando darla. La Palabra de Dios dice que el número seis es número de hombre (Ap. 13:17-18). De hecho, el hombre fue creado el sexto día y se le designaron seis días para que hiciera su trabajo humano. Todo el tiempo del hombre está marcado por el seis: 12 horas para el día (dos veces seis) y doce horas para la noche (dos veces seis); sus horas se miden en sesenta minutos (seis por diez) y sus minutos en sesenta segundos (seis por diez). En la Biblia hay seis palabras empleadas para el hombre: A.T.= ad-dahm (el hombre como ser humano; lat.hono); ish (el hombre como fuerte y vigoroso); enosh (el hombre débil y mortal); gehver (el hombre valeroso); en el N.T.= anthropos (equivalente a Adam); y aner (equivalente a Ish). Así que el que Jesús durase seis horas en la cruz del calvario - ni una más, ni una menos - indica que era el hombre, la humanidad toda quien estaba muriendo allí. Así como Adán representaba a toda la humanidad al “llevarla en sus lomos”, y al pecar, por ende toda la humanidad cayó bajo la potestad de la muerte; así también Cristo, el segundo Adán tomó el pecado y murió en la cruz para que todos los que “estamos por la fe en sus lomos” seamos librados del juicio divino de la muerte. Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia (Rom. 5:12,17). Veamos ahora el significado de la hora tercera. En tiempos de Jesús había al menos dos rituales que todo judío que se preciaba de ser piadoso debía practicar diariamente: El shema, que consistía en citar Dt. 6:4-9; 11:13-21, Num. 15:37-41 en actitud de oración; el cual debía ser recitado a la salida y a la puesta del sol; el otro ritual era el shemoneh ‘esreh, que consistía en dieciocho oraciones fijas (o eulogias) que se citaban en orden a la “horas de oración”; es decir, a las horas tercera, sexta y novena; ¡a las mismas horas sobresalientes en la muerte de Jesús! (3ª = 9 de la mañana; 6ª = 12 del día; y 9ª = 3 de la tarde). A las 9 de la mañana que los judíos se postraron para iniciar su shemoneh ‘esreh, el Señor fue crucificado. A las 12 del día que nuevamente los judíos volvían a orar para concluir el shemoneh ‘esreh, el Señor murió en la cruz. Y si analizamos con detalle las oraciones que repetían a cada hora veríamos cuan precioso fue el Señor en cumplir todo símbolo. Por ejemplo, a las 9 de la mañana todo Jerusalén desde el Templo estaba orando: “Bendito sea el Señor nuestro Dios y el Dios de nuestros padres; el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; el Dios grande, poderoso y terrible; el Dios Altísimo que muestra misericordia y bondad, que crea todas las cosas, que recuerda las promesas en gracia a los padres, y trae un Salvador a los hijos de los hijos, por causa de su propio Nombre, en amor. ¡Oh Rey, Ayudador, Salvador y Escudo! Bendito eres Tú, oh Yahwéh, el Escudo de Abraham”. ¡Nada tan apropiado y eso que se trataba solo de la oración a la hora tercera! Veamos ahora el significado de la hora sexta, desde la cual hubo tinieblas hasta la hora novena. A esa precisa hora (sexta), a las 12 del día, fue cuando los judíos se postraron en todo Jerusalén según la costumbre y recitaron sus oraciones acostumbradas (las centrales de las 18 eulogias) que podían llegar a ser tan largas que el Señor mismo las condenó como “prolongadas oraciones” (Mar. 12:40); y “vanas repeticiones” (Mat. 6:7). Fue la hora de tinieblas y de confusión. Fue la hora sexta, la hora de los hombres; y la hora en que el juicio Divino era derramado sobre los hombres en la persona de Jesucristo (las tinieblas hablan de juicio y confusión). Respecto al significado de las tres horas de tinieblas. Son símbolo de nuestra la ira de Dios sobre nosotros, son muerte (recuerda que Jesús estuvo muerto 3 días y 3 noches); además, testifican de nuestra completa ruina, así como del completo juicio de Dios hacia la misma. Era “la hora de las tinieblas” y todo el juicio de Dios estaba contra ellas. Acerca del significado de la hora novena, la hora en la que Jesús murió, las tres de la tarde. ¡Cuán maravilloso es el plan de Dios! El Señor murió a la hora precisa en que los judíos sacrificaban el Cordero de la Pascua; ¡Él es nuestro Cordero Pascual! El apóstol Pablo dice: nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros (1 Cor. 5:7). No fue que Jesús no soportara más y se muriera a esa hora, sino que, conforme a su voluntad, Él entregó su vida; había dicho: nadie me quita mi vida, tengo el poder para ponerla y para volverla a tomar (Juan 10:18). Si así lo hubiese dispuesto, no habría podido morir. Mientras en Jerusalén se estaban matando los corderos, al mismo tiempo, Jesús entregó su espíritu (vr.50). ¡Voluntariamente! Esa ha sido la primer Pascua en la que Dios ya no ha recibido los animales ofrecidos, puesto que estaba recibiendo el cumplimiento de todos los sacrificios: la muerte de su Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. De esta manera, la hora novena nos habla de finalización del juicio: por ejemplo la gematría de “Dan”, que significa juez, es 54 (9x6 = juicio del hombre). Así como también lo es del término “mi ira” (gr. te orge mou; Heb. 3:11) = 999; y del “Amén” = 99. 27 veces ha sido asediada Jerusalén por juicio de Dios, es decir, 3x9 (Dios juzgando). 9 palabras se utilizan en la Biblia para derecho o juicio de la vaiz dike. El noveno sitio sobre Jerusalén fue uno de los llevados a cabo por Nabucodonosor, cuando éste se llevó todos los utensilios y cosas preciosas del templo (2 Cr. 36:10). Y en la siguiente ocasión, cuando Nabucodonosor destruyó por completo el templo y la ciudad fue el año noveno y en el noveno día (2 R. 25). Conviene añadir aquí que muchos años después en otro de los sitios contra Jerusalén, cuando los romanos la destruyeron, hicieron común el brindis “Hierosolyma Est Perdita”, “Jerusalén está perdida o destruida”; a los que los huéspedes respondían: ¡Hurra! De allí viene el grito: “¡Hip, Hip, Hurra!” En el que Hip es una degeneración de Hep, la abreviatura de “Hierosolyma Est Perdita”. Terrible. Siendo pues el número 9 el número del juicio; y siendo que el Señor murió precisamente a la hora novena, que, como ya dijimos, corresponde a la hora en la que se sacrificaba el cordero pascual; entonces todo esto nos enseña que en Cristo se llevó la consumación de los juicios Divinos; es por eso que quien está en Cristo es libre de toda condenación (ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús Rom. 8:1). Él es nuestra Pascua, al estar cubiertos con su sangre el ángel de juicio está obligado a “pasarnos por alto” (pesach, Pascua). ¡Aleluya! El Señor Jesús murió a la hora novena para que usted y yo si creemos en Él seamos libres de todo juicio; porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts. 5:9). En resumen tenemos que el Señor fue crucificado a la hora tercera (nueve de la mañana nuestras) como símbolo de la intervención de Dios para nuestra salvación; luego a partir de la hora sexta hubo tinieblas; simbolizando así que la humanidad estaba siendo juzgada en el Hijo del Hombre, después, las tinieblas se prolongaron por tres horas, dando como resultado que nuestra condición de ruina y de muerte era totalmente destruidas. Y por último, el Señor murió a la hora novena; cumpliendo de esta manera el tipo antiguotestamentario de la pascua; siendo Él enjuiciado completamente con todo el juicio de Dios para la absolución total de los que creemos en Él. ¡Él es nuestro “holocausto de la mañana y de la tarde” por el cual, somos consagrados a Dios! Recuerda que Israel ofrecía por la ley el holocausto continuo diariamente por la mañana y por la tarde (heb. Olah, “hacer ascender”) en donde se quemaba completamente a la víctima. Pues Cristo, a pesar de haber sido ofrecido una sola vez, fue ofrecido a la 9 de la mañana, muriendo a las 3 de la tarde, convirtiéndose así en nuestro continuo sacrificio por el que podemos acercarnos a Dios. ¡En Él fueron consumidas totalmente todas nuestras iniquidades por el fuego del juicio de Dios! ¡Aleluya! ¡Somos olor grato a Dios permanentemente por Jesucristo! Por otro lado, notemos que el Señor Jesús tuvo su último juicio a las 6 de la mañana, crucificado a las 9; hubo tinieblas desde las 12 del día; y murió a las 3 de la tarde; es decir, cada tres horas hubo alguna manifestación de la justicia de Dios en Cristo. Cuatro veces tres, o lo que es lo mismo: Dios efectuando la redención de la creación terrenal (simbolizada en el 4). Además, no podemos olvidar que fue también a la hora novena (3 de la tarde) que conforme a su costumbre los judíos se postraron para orar (era la hora de la oración según Hch.3:1), en todo Jerusalén recitaron al tiempo que el Señor moría: “Tú eres Santo y tu Nombre es Santo… otorga paz sobre tu pueblo… Bendito eres Tú, oh Yahwéh, que bendices a tu pueblo Israel con paz.” Por otro lado, el texto dice que “Jesús clamó a gran voz”. Si hubiese sido el clamor de algún otro lo entenderíamos. Si clamara un leproso entenderíamos el por qué de su clamor a gran voz. A gran dolor, gran clamor. Si clamara un ciego, como lo hiciera Bartimeo, entenderíamos el porque de su desesperación. ¡Pero fue Jesús quien clamó! El “varón de dolores y experimentados en quebranto”. Aquel que parecía capaz de soportarlo todo (y que de hecho lo soportó). Fue el clamor a gran voz del Hijo del Hombre. Jesús encerró en su voz la angustia de todos los tiempos. Desde que Adán se escondió en el huerto, hasta el último pecador del milenio, todos estamos allí. Es el clamor del desahuciado; es el clamor del enemistado con Dios. Todo el dolor, toda a frustración, todas las quejas y los reclamos, toda la impotencia, toda la angustia, toda la amargura, toda la injusticia y toda la soledad de todos los tiempos, de toda la raza humana estuvo contenida en el gran clamor de Jesús. Ya no tengo porque sufrir mi dolor; no acepto la frustración; renuncio a mis quejas y reclamos; jamás volveré a sentirme fracasado e impotente; no tengo porque cargar con la angustia, la amargura; ni porque vivir en injusticia; la soledad no tiene nada que ver conmigo. ¡Mi Señor ya llevó todo esto! La realidad es inobjetable: Jesús llevó mis dolores en su cuerpo sobre el madero. No tengo porque volver a llevarlos. El hecho es consumado. El pago está dado. La deuda y fianza han sido saldadas. Adán puede salir de su escondite. Caín puede regresar a casa. Jacob no tiene que usurpar más. El pródigo tiene vestido, anillo y sandalias nuevas con el Padre. Y tú y yo no tenemos razón para volver a sentirnos solos ni dolidos. Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia. Es interesante notar que la Biblia registra que Jesús clamó en arameo y no, en otra lengua. La Biblia podía registrarlo diferente. Es más, Jesús pudo haber clamado en griego o en latín o en cualquier otro idioma. Incluso pudo haber clamado en lengua angélica. Pero Él clamó en arameo; en su lengua natal. En el idioma que tuvo que aprender como hombre; en el lenguaje que balbuceó con voz infantil cuando bebé. Jesús se fue a sus orígenes como ser humano; y no solo porque nos representaría a todos, raza de Adán; sino también porque en la mayor de las angustias y soledades se muestra el hombre tan básico como un bebé. Las máscaras se caen, las poses se olvidan y brota lo genuino. ¿Ha visto como el ser humano, en angustia, peligro o soledad extremas adopta su posición fetal? En sentido figurado fue esa la posición del alma de Jesús. Su desamparo fue absoluto para que nuestra cobertura fuera absoluta. ¿Y que fue lo que hizo el Maestro en su aflicción? ¿Acaso era el clamor irracional de un desesperado? Por supuesto que no. ¿Fue entonces el reclamo de un turbado dolor? Tampoco fue así. ¿Quizá sacó traumas y complejos escondidos? ¡No! Cuando el Señor clamó a gran voz: “Elí, Elí, ¿lama sabactani?” estaba citando el salmo 22:1 ¡Sublime ejemplo de dominio propio! Durante toda la crucifixión la exactitud de las profecías se hizo manifiesta y Jesús lo notó. En su corazón repasaba cada cita bíblica. Oírlo repetir la Biblia en su mayor aflicción nos enseña cómo encarar las dificultades: citando las Escrituras. El Señor afrontó todo en su vida, especialmente los peores momentos (como cuando fue tentado en el desierto) con versículos bíblicos en sus labios y en su corazón. ¡Hasta para dolerse usaba la Palabra de Dios. He allí también la necesidad de dominar tal espada. Veamos la razón del clamor: es necesario que entendamos la situación del Hijo de Dios. Su pueblo lo entregó a muerte; sus discípulos lo abandonaron, Judas lo traicionó y Pedro lo negó. El pueblo en su mayoría estaba demasiado ocupado con los preparativos de la Pascua; Nicodemo fue tibio y silenciado en el Sanedrín. Todos lo desampararon; aún los pocos que estuvieron a los pies de la cruz no hacían otra cosa que llorar desconsolados, demasiado sumidos en su dolor como para consolar al Crucificado. El que todos lo desampararan hasta cierto punto podía sufrirse, ¡pero también el Padre Celestial lo desamparó! Dejó solo a su Hijo Eterno, ¡oh! misterio de la gracia: el Indivisible dividido. Basta esta roca de revelación para hacer polvo de una vez por todas las doctrinas unitarias que niegan la pluralidad de Personas en la Deidad. Dios es Triuno. Y acerca del desamparo del Hijo de Dios debemos notar además el significado exacto del expresivo verbo griego que es usado en la Escritura: egkatellipes. Significa literalmente “desamparaste”; en adristo, indicando así que la acción ya se efectuó. Jesús no estaba siendo desamparado por el Padre, sino que ya había sido desamparado por Él. El término egkatellipes se compone de tres partes: “dento”; Katá; “abajo”; y élipes, “dejaste”. Lo que nos habla de un abandono total, absoluto; abandonado completamente: “dejado dentro y abajo”. Como arrojado al abismo. Expresa gráficamente lo que Jesús quiso decir: “estoy sufriendo la peor de las muertes, no la de la crucifixión; tampoco la de la ingratitud y traición de los hombres, sino la muerte espiritual”. Esto es algo que pocos han notado. Jesús experimentó la segunda muerte. La condenación; el ser separado de Dios en su muerte. La muerte física es cuando el espíritu es separado del cuerpo y la muerte espiritual es cuando el espíritu es separado de Dios. El Señor Jesús, el Hijo del Hombre sufrió ambas muertes. También Él descendió al abismo, solo que Él no pudo ser retenido por la muerte, ¡Aleluya! ¿Y porqué tocó Jesús los infiernos? ¡Para que todo aquel que crea en Él no sea tocado por ellos! Estoy seguro de que no soy condenado porque mi Señor estuvo allí por mí. Su muerte no será en vano. Estoy seguro de mi unión con Dios porque mi Señor soportó ya la separación que yo merecía. ¡Nada nos separará del amor de Dios! Es también notable que la Palabra de Dios especifica claramente que el Padre desamparó al Hijo. Sabemos que la causa fue que el Señor Jesús estaba llevando sobre sí nuestros pecados, es decir, fue como si fuésemos nosotros y no Él quienes estuvimos en la cruz. Pero lo que quiero resaltar es que aun cuando el Padre desamparó al Hijo en la cruz (por cuanto esto era necesario para que se efectuase la salvación) aún así, el Hijo siguió llamando al Padre “Elí, Elí”; esto es, “Dios mío, Dios mío”. Siguió nombrándole Dios y llamándole mío a pesar del abandono. Esta es la máxima expresión de amor y fidelidad a Dios: que recibiendo de Él sólo la condenación, aún así le reconozca Dios íntimamente. ¡Cuán diferente a quienes dejan la fe a la primera contrariedad! Jesús siguió llamando al Padre “Dios mío” aún estando en la cruz siendo inocente; entonces, ¿de dónde sale nuestra soberbia para apartarnos de Dios por el motivo que sea? Tal y como el Padre no libró al Hijo de morir en la cruz y aún así el Hijo continuó fiel; tal es lo que Dios espera de nosotros y lo que nosotros debemos ser fieles a Él a pesar incluso de la muerte. Como dijeron Ananías, Misael y Azarías en el libro de Daniel: nos libre o no nos libre no serviremos a otro dios fuera de nuestro Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:46
27.45-46 ¿Te has sentido alguna vez como sin esperanza, es decir, verdaderamente sin ninguna cosa de que aferrarte? ¿Has experimentado la burla de tus enemigos, la traición de los amigos; y lo que es peor, el abandono por parte de tus amados? Permíteme preguntarte una vez más: ¿has perdido todo, absolutamente todo, hasta lo último; incluyéndote a ti mismo, como muriendo sin remedio? Esa fue precisamente la experiencia del Rey Jesucristo, pero mucho más intensificada. Su ejemplo y su vida nos infundirán aliento necesario para vencer cuando parece que irremediablemente ya se ha perdido todo. Miremos el significado de las seis horas. Según el evangelista Marcos, el Señor fue crucificado a la hora tercera (Mar. 15:25); la cual corresponde con las nueve de la mañana. Al compaginarlo con Mateo vemos que el Señor muere alrededor de la hora novena; es decir, a las tres de la tarde. De modo que el Señor Jesús estuvo seis horas en la cruz. Un tiempo sumamente breve para un crucificado, ya que algunos llegaban a durar hasta días para morir. El que Jesús durara sólo seis horas en al cruz no es producto de la casualidad ni de la debilidad, sino del plan maestro del Salvador. Él puso su vida ( Juan 10:15) y planeó muy bien por qué, cómo y cuando darla. La Palabra de Dios dice que el número seis es número de hombre (Ap. 13:17-18). De hecho, el hombre fue creado el sexto día y se le designaron seis días para que hiciera su trabajo humano. Todo el tiempo del hombre está marcado por el seis: 12 horas para el día (dos veces seis) y doce horas para la noche (dos veces seis); sus horas se miden en sesenta minutos (seis por diez) y sus minutos en sesenta segundos (seis por diez). En la Biblia hay seis palabras empleadas para el hombre: A.T.= ad-dahm (el hombre como ser humano; lat.hono); ish (el hombre como fuerte y vigoroso); enosh (el hombre débil y mortal); gehver (el hombre valeroso); en el N.T.= anthropos (equivalente a Adam); y aner (equivalente a Ish). Así que el que Jesús durase seis horas en la cruz del calvario - ni una más, ni una menos - indica que era el hombre, la humanidad toda quien estaba muriendo allí. Así como Adán representaba a toda la humanidad al “llevarla en sus lomos”, y al pecar, por ende toda la humanidad cayó bajo la potestad de la muerte; así también Cristo, el segundo Adán tomó el pecado y murió en la cruz para que todos los que “estamos por la fe en sus lomos” seamos librados del juicio divino de la muerte. Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia (Rom. 5:12,17). Veamos ahora el significado de la hora tercera. En tiempos de Jesús había al menos dos rituales que todo judío que se preciaba de ser piadoso debía practicar diariamente: El shema, que consistía en citar Dt. 6:4-9; 11:13-21, Num. 15:37-41 en actitud de oración; el cual debía ser recitado a la salida y a la puesta del sol; el otro ritual era el shemoneh ‘esreh, que consistía en dieciocho oraciones fijas (o eulogias) que se citaban en orden a la “horas de oración”; es decir, a las horas tercera, sexta y novena; ¡a las mismas horas sobresalientes en la muerte de Jesús! (3ª = 9 de la mañana; 6ª = 12 del día; y 9ª = 3 de la tarde). A las 9 de la mañana que los judíos se postraron para iniciar su shemoneh ‘esreh, el Señor fue crucificado. A las 12 del día que nuevamente los judíos volvían a orar para concluir el shemoneh ‘esreh, el Señor murió en la cruz. Y si analizamos con detalle las oraciones que repetían a cada hora veríamos cuan precioso fue el Señor en cumplir todo símbolo. Por ejemplo, a las 9 de la mañana todo Jerusalén desde el Templo estaba orando: “Bendito sea el Señor nuestro Dios y el Dios de nuestros padres; el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob; el Dios grande, poderoso y terrible; el Dios Altísimo que muestra misericordia y bondad, que crea todas las cosas, que recuerda las promesas en gracia a los padres, y trae un Salvador a los hijos de los hijos, por causa de su propio Nombre, en amor. ¡Oh Rey, Ayudador, Salvador y Escudo! Bendito eres Tú, oh Yahwéh, el Escudo de Abraham”. ¡Nada tan apropiado y eso que se trataba solo de la oración a la hora tercera! Veamos ahora el significado de la hora sexta, desde la cual hubo tinieblas hasta la hora novena. A esa precisa hora (sexta), a las 12 del día, fue cuando los judíos se postraron en todo Jerusalén según la costumbre y recitaron sus oraciones acostumbradas (las centrales de las 18 eulogias) que podían llegar a ser tan largas que el Señor mismo las condenó como “prolongadas oraciones” (Mar. 12:40); y “vanas repeticiones” (Mat. 6:7). Fue la hora de tinieblas y de confusión. Fue la hora sexta, la hora de los hombres; y la hora en que el juicio Divino era derramado sobre los hombres en la persona de Jesucristo (las tinieblas hablan de juicio y confusión). Respecto al significado de las tres horas de tinieblas. Son símbolo de nuestra la ira de Dios sobre nosotros, son muerte (recuerda que Jesús estuvo muerto 3 días y 3 noches); además, testifican de nuestra completa ruina, así como del completo juicio de Dios hacia la misma. Era “la hora de las tinieblas” y todo el juicio de Dios estaba contra ellas. Acerca del significado de la hora novena, la hora en la que Jesús murió, las tres de la tarde. ¡Cuán maravilloso es el plan de Dios! El Señor murió a la hora precisa en que los judíos sacrificaban el Cordero de la Pascua; ¡Él es nuestro Cordero Pascual! El apóstol Pablo dice: nuestra Pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros (1 Cor. 5:7). No fue que Jesús no soportara más y se muriera a esa hora, sino que, conforme a su voluntad, Él entregó su vida; había dicho: nadie me quita mi vida, tengo el poder para ponerla y para volverla a tomar (Juan 10:18). Si así lo hubiese dispuesto, no habría podido morir. Mientras en Jerusalén se estaban matando los corderos, al mismo tiempo, Jesús entregó su espíritu (vr.50). ¡Voluntariamente! Esa ha sido la primer Pascua en la que Dios ya no ha recibido los animales ofrecidos, puesto que estaba recibiendo el cumplimiento de todos los sacrificios: la muerte de su Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. De esta manera, la hora novena nos habla de finalización del juicio: por ejemplo la gematría de “Dan”, que significa juez, es 54 (9x6 = juicio del hombre). Así como también lo es del término “mi ira” (gr. te orge mou; Heb. 3:11) = 999; y del “Amén” = 99. 27 veces ha sido asediada Jerusalén por juicio de Dios, es decir, 3x9 (Dios juzgando). 9 palabras se utilizan en la Biblia para derecho o juicio de la vaiz dike. El noveno sitio sobre Jerusalén fue uno de los llevados a cabo por Nabucodonosor, cuando éste se llevó todos los utensilios y cosas preciosas del templo (2 Cr. 36:10). Y en la siguiente ocasión, cuando Nabucodonosor destruyó por completo el templo y la ciudad fue el año noveno y en el noveno día (2 R. 25). Conviene añadir aquí que muchos años después en otro de los sitios contra Jerusalén, cuando los romanos la destruyeron, hicieron común el brindis “Hierosolyma Est Perdita”, “Jerusalén está perdida o destruida”; a los que los huéspedes respondían: ¡Hurra! De allí viene el grito: “¡Hip, Hip, Hurra!” En el que Hip es una degeneración de Hep, la abreviatura de “Hierosolyma Est Perdita”. Terrible. Siendo pues el número 9 el número del juicio; y siendo que el Señor murió precisamente a la hora novena, que, como ya dijimos, corresponde a la hora en la que se sacrificaba el cordero pascual; entonces todo esto nos enseña que en Cristo se llevó la consumación de los juicios Divinos; es por eso que quien está en Cristo es libre de toda condenación (ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús Rom. 8:1). Él es nuestra Pascua, al estar cubiertos con su sangre el ángel de juicio está obligado a “pasarnos por alto” (pesach, Pascua). ¡Aleluya! El Señor Jesús murió a la hora novena para que usted y yo si creemos en Él seamos libres de todo juicio; porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo (1 Ts. 5:9). En resumen tenemos que el Señor fue crucificado a la hora tercera (nueve de la mañana nuestras) como símbolo de la intervención de Dios para nuestra salvación; luego a partir de la hora sexta hubo tinieblas; simbolizando así que la humanidad estaba siendo juzgada en el Hijo del Hombre, después, las tinieblas se prolongaron por tres horas, dando como resultado que nuestra condición de ruina y de muerte era totalmente destruidas. Y por último, el Señor murió a la hora novena; cumpliendo de esta manera el tipo antiguotestamentario de la pascua; siendo Él enjuiciado completamente con todo el juicio de Dios para la absolución total de los que creemos en Él. ¡Él es nuestro “holocausto de la mañana y de la tarde” por el cual, somos consagrados a Dios! Recuerda que Israel ofrecía por la ley el holocausto continuo diariamente por la mañana y por la tarde (heb. Olah, “hacer ascender”) en donde se quemaba completamente a la víctima. Pues Cristo, a pesar de haber sido ofrecido una sola vez, fue ofrecido a la 9 de la mañana, muriendo a las 3 de la tarde, convirtiéndose así en nuestro continuo sacrificio por el que podemos acercarnos a Dios. ¡En Él fueron consumidas totalmente todas nuestras iniquidades por el fuego del juicio de Dios! ¡Aleluya! ¡Somos olor grato a Dios permanentemente por Jesucristo! Por otro lado, notemos que el Señor Jesús tuvo su último juicio a las 6 de la mañana, crucificado a las 9; hubo tinieblas desde las 12 del día; y murió a las 3 de la tarde; es decir, cada tres horas hubo alguna manifestación de la justicia de Dios en Cristo. Cuatro veces tres, o lo que es lo mismo: Dios efectuando la redención de la creación terrenal (simbolizada en el 4). Además, no podemos olvidar que fue también a la hora novena (3 de la tarde) que conforme a su costumbre los judíos se postraron para orar (era la hora de la oración según Hch.3:1), en todo Jerusalén recitaron al tiempo que el Señor moría: “Tú eres Santo y tu Nombre es Santo… otorga paz sobre tu pueblo… Bendito eres Tú, oh Yahwéh, que bendices a tu pueblo Israel con paz.” Por otro lado, el texto dice que “Jesús clamó a gran voz”. Si hubiese sido el clamor de algún otro lo entenderíamos. Si clamara un leproso entenderíamos el por qué de su clamor a gran voz. A gran dolor, gran clamor. Si clamara un ciego, como lo hiciera Bartimeo, entenderíamos el porque de su desesperación. ¡Pero fue Jesús quien clamó! El “varón de dolores y experimentados en quebranto”. Aquel que parecía capaz de soportarlo todo (y que de hecho lo soportó). Fue el clamor a gran voz del Hijo del Hombre. Jesús encerró en su voz la angustia de todos los tiempos. Desde que Adán se escondió en el huerto, hasta el último pecador del milenio, todos estamos allí. Es el clamor del desahuciado; es el clamor del enemistado con Dios. Todo el dolor, toda a frustración, todas las quejas y los reclamos, toda la impotencia, toda la angustia, toda la amargura, toda la injusticia y toda la soledad de todos los tiempos, de toda la raza humana estuvo contenida en el gran clamor de Jesús. Ya no tengo porque sufrir mi dolor; no acepto la frustración; renuncio a mis quejas y reclamos; jamás volveré a sentirme fracasado e impotente; no tengo porque cargar con la angustia, la amargura; ni porque vivir en injusticia; la soledad no tiene nada que ver conmigo. ¡Mi Señor ya llevó todo esto! La realidad es inobjetable: Jesús llevó mis dolores en su cuerpo sobre el madero. No tengo porque volver a llevarlos. El hecho es consumado. El pago está dado. La deuda y fianza han sido saldadas. Adán puede salir de su escondite. Caín puede regresar a casa. Jacob no tiene que usurpar más. El pródigo tiene vestido, anillo y sandalias nuevas con el Padre. Y tú y yo no tenemos razón para volver a sentirnos solos ni dolidos. Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia. Es interesante notar que la Biblia registra que Jesús clamó en arameo y no, en otra lengua. La Biblia podía registrarlo diferente. Es más, Jesús pudo haber clamado en griego o en latín o en cualquier otro idioma. Incluso pudo haber clamado en lengua angélica. Pero Él clamó en arameo; en su lengua natal. En el idioma que tuvo que aprender como hombre; en el lenguaje que balbuceó con voz infantil cuando bebé. Jesús se fue a sus orígenes como ser humano; y no solo porque nos representaría a todos, raza de Adán; sino también porque en la mayor de las angustias y soledades se muestra el hombre tan básico como un bebé. Las máscaras se caen, las poses se olvidan y brota lo genuino. ¿Ha visto como el ser humano, en angustia, peligro o soledad extremas adopta su posición fetal? En sentido figurado fue esa la posición del alma de Jesús. Su desamparo fue absoluto para que nuestra cobertura fuera absoluta. ¿Y que fue lo que hizo el Maestro en su aflicción? ¿Acaso era el clamor irracional de un desesperado? Por supuesto que no. ¿Fue entonces el reclamo de un turbado dolor? Tampoco fue así. ¿Quizá sacó traumas y complejos escondidos? ¡No! Cuando el Señor clamó a gran voz: “Elí, Elí, ¿lama sabactani?” estaba citando el salmo 22:1 ¡Sublime ejemplo de dominio propio! Durante toda la crucifixión la exactitud de las profecías se hizo manifiesta y Jesús lo notó. En su corazón repasaba cada cita bíblica. Oírlo repetir la Biblia en su mayor aflicción nos enseña cómo encarar las dificultades: citando las Escrituras. El Señor afrontó todo en su vida, especialmente los peores momentos (como cuando fue tentado en el desierto) con versículos bíblicos en sus labios y en su corazón. ¡Hasta para dolerse usaba la Palabra de Dios. He allí también la necesidad de dominar tal espada. Veamos la razón del clamor: es necesario que entendamos la situación del Hijo de Dios. Su pueblo lo entregó a muerte; sus discípulos lo abandonaron, Judas lo traicionó y Pedro lo negó. El pueblo en su mayoría estaba demasiado ocupado con los preparativos de la Pascua; Nicodemo fue tibio y silenciado en el Sanedrín. Todos lo desampararon; aún los pocos que estuvieron a los pies de la cruz no hacían otra cosa que llorar desconsolados, demasiado sumidos en su dolor como para consolar al Crucificado. El que todos lo desampararan hasta cierto punto podía sufrirse, ¡pero también el Padre Celestial lo desamparó! Dejó solo a su Hijo Eterno, ¡oh! misterio de la gracia: el Indivisible dividido. Basta esta roca de revelación para hacer polvo de una vez por todas las doctrinas unitarias que niegan la pluralidad de Personas en la Deidad. Dios es Triuno. Y acerca del desamparo del Hijo de Dios debemos notar además el significado exacto del expresivo verbo griego que es usado en la Escritura: egkatellipes. Significa literalmente “desamparaste”; en adristo, indicando así que la acción ya se efectuó. Jesús no estaba siendo desamparado por el Padre, sino que ya había sido desamparado por Él. El término egkatellipes se compone de tres partes: “dento”; Katá; “abajo”; y élipes, “dejaste”. Lo que nos habla de un abandono total, absoluto; abandonado completamente: “dejado dentro y abajo”. Como arrojado al abismo. Expresa gráficamente lo que Jesús quiso decir: “estoy sufriendo la peor de las muertes, no la de la crucifixión; tampoco la de la ingratitud y traición de los hombres, sino la muerte espiritual”. Esto es algo que pocos han notado. Jesús experimentó la segunda muerte. La condenación; el ser separado de Dios en su muerte. La muerte física es cuando el espíritu es separado del cuerpo y la muerte espiritual es cuando el espíritu es separado de Dios. El Señor Jesús, el Hijo del Hombre sufrió ambas muertes. También Él descendió al abismo, solo que Él no pudo ser retenido por la muerte, ¡Aleluya! ¿Y porqué tocó Jesús los infiernos? ¡Para que todo aquel que crea en Él no sea tocado por ellos! Estoy seguro de que no soy condenado porque mi Señor estuvo allí por mí. Su muerte no será en vano. Estoy seguro de mi unión con Dios porque mi Señor soportó ya la separación que yo merecía. ¡Nada nos separará del amor de Dios! Es también notable que la Palabra de Dios especifica claramente que el Padre desamparó al Hijo. Sabemos que la causa fue que el Señor Jesús estaba llevando sobre sí nuestros pecados, es decir, fue como si fuésemos nosotros y no Él quienes estuvimos en la cruz. Pero lo que quiero resaltar es que aun cuando el Padre desamparó al Hijo en la cruz (por cuanto esto era necesario para que se efectuase la salvación) aún así, el Hijo siguió llamando al Padre “Elí, Elí”; esto es, “Dios mío, Dios mío”. Siguió nombrándole Dios y llamándole mío a pesar del abandono. Esta es la máxima expresión de amor y fidelidad a Dios: que recibiendo de Él sólo la condenación, aún así le reconozca Dios íntimamente. ¡Cuán diferente a quienes dejan la fe a la primera contrariedad! Jesús siguió llamando al Padre “Dios mío” aún estando en la cruz siendo inocente; entonces, ¿de dónde sale nuestra soberbia para apartarnos de Dios por el motivo que sea? Tal y como el Padre no libró al Hijo de morir en la cruz y aún así el Hijo continuó fiel; tal es lo que Dios espera de nosotros y lo que nosotros debemos ser fieles a Él a pesar incluso de la muerte. Como dijeron Ananías, Misael y Azarías en el libro de Daniel: nos libre o no nos libre no serviremos a otro dios fuera de nuestro Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:47
27.47 Los judíos tenían la idea de que el profeta Elías se manifestaría poderosamente para preparar el camino del Mesías en el sentido militar o del poder terrenal. Nunca entendieron que Elías fue Juan el Bautista; como tampoco entendieron el carácter pacífico del reino en su primera manifestación. ¡Qué terrible es aferrarse a las tradiciones religiosas a pesar de que el mover de Dios sea diferente! ¡Cuando se trata de buscar a Dios hay que hacerlo como un crucificado! Un crucificado no tiene tiempo ni ganas de polemizar. Un crucificado clama con todo su corazón y con todo su ser. Un crucificado involucra inconscientemente la comunión del espíritu, la intensidad del alma y hasta la desfachatez del cuerpo. Una sola es la teología de un crucificado: “¡Dios mío, te necesito!”
— Roberto Tinoco
Mateo 27:48
27.48 La oración dependiente de Jesús en la confusión que produjo provocó un acto de misericordia de “uno de ellos”. Un acto de misericordia de uno de los enemigos. Es posible que haya tratado de apaciguar el dolor del Maestro como quien no soporta oírlo sufrir más (recuerda que la bebida de vinagre tenía efectos analgésicos). No permanezcamos indiferentes al Crucificado. El Maestro tiene sed de hombres y mujeres fieles. El Maestro tiene sed de personas comprometidas. Y esta vez no está dispuesto a apaciguar su sed y su dolor con vinagre, como tampoco entonces estuvo dispuesto a recibirlo.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:49
27.49 La oración dependiente de Jesús provocó no solo confusión y un acto de misericordia (vr. 48), sino también un acto de crueldad: Pero los otros decían: Deja, veamos si viene Elías a librarle. Lamentable que los críticos se encuentren hasta en el pie de la cruz; triste que los incrédulos estén tan atentos con burla y morbo ante los asuntos espirituales. Quien desea ofenderse tanto como burlarse, puede ofenderse y burlarse hasta de su Salvador.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:50
27.50 La expresión “mas Jesús” nos indica que el Señor tenía un plan y siguió con él sin dejarse llevar por las circunstancias. No lo detuvo la burla de los que pasaban injuriándole (34). No se dejó llevar por el arrebato del momento ante los cuestionamientos burlescos de los principales sacerdotes, escribas, fariseos y ancianos (vrs. 41-43). Tampoco respondió a la desesperada injuria de los ladrones crucificados (vr. 44). El Señor Jesucristo tuvo el control de sí mismo en medio de los sufrimientos de la cruz. Tanta burla y tanto dolor daban razones sobradas para que Jesús dejase escapar alguna maldición. ¡Ni siquiera el abandono del Padre lo hizo perder el control de sí mismo! El apóstol Pedro dice: Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente (1 P. 2:21-23). ¡No existe excusa alguna para perderse a sí mismo! Ni la actitud de los demás, ni las circunstancias, por muy terribles que sean, justifican al hombre para que se salga de la voluntad de Dios. Cuando el apóstol Pedro señala que el Señor nos dejó ejemplo usa un término griego para ejemplo (hupogrammos) que significa “copiar los escritos” de un maestro (de hupo, “debajo; y grapho, “escribir”). Así como el discípulo ponía debajo de un pergamino los escritos de su maestro para copiarlos, así el creyente debe poner, especialmente en medio de la prueba, el ejemplo del Señor para resistir con mansedumbre y entereza. Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar (Heb. 12:3). Cuando seas difamado considera a Cristo. Cuando seas traicionado por los que amas considera a Cristo. Cuando parezca que aún Dios te ha dejado, considera a Cristo para mantenerte en la fe y voluntad del Señor. El verdadero carácter fuerte es el que no pierde el control. Los débiles no pueden controlarse. Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad (Pr. 16:32). La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa (Pr. 19:11). Mira la pasión de Jesús: habiendo otra vez clamado a gran voz. A pesar de la cruz, seguía lleno de vida, pues tenía potencia en su voz. Jesús fue apasionado, podía haber dicho sus últimas palabras en voz baja, ya que levantar la voz significaba un doloroso esfuerzo debido a la posición de la cruz; pero Él deseaba que todos lo oyeran: los hermanos, los ángeles, los demonios y aún el mismo Dios. Según el evangelista Juan exclamó: ¡Consumado es! (Juan 19:30 griego tetélestai). Todo concluido, el pecado, la pobreza, la injusticia, el dolor, la enfermedad, la esclavitud, la muerte, la condenación. Los ángeles pueden ver el bien de Dios y su misericordia; consumado es. Los demonios saben que no tienen más futuro, ¡basta de su engaño! ¡Basta de tinieblas! Hasta la justicia divina puede escucharlo: consumado es, el pago efectuado, la sustitución, justificación, el perdón, la condena satisfecha, el sacrificio ofrecido, el olor grato a Dios! Jesús es el vencedor, clamó ¡Tetélestai!, el grito que daban los triunfadores en las batallas, y los deportistas en las competencias; así como los constructores ante el trabajo terminado. ¡Consumado es! Jesús clamó a gran voz y entregó el Espíritu. No le quitaron la vida, Él la entregó. No podía morir, era inocente; tenía que darse, pues nadie podía matarlo sin su permiso. Recuerda que no nació de José, sino de Dios, era el postrer Adán. Cuando entregó su Espíritu se sorprendieron de que muriera tan pronto (Mar. 15:44). Jesús decidió cómo y cuándo morir (compara Eclesiastés 8:8). Y si entregó el Espíritu, ¿a quién lo entregó? A Dios (Eclesiastés 12:7). ¡A Dios!, a quien acababa de decir que lo abandonó. ¡Eso es confianza a toda prueba! Nosotros no podemos elegir cuándo morir, pero sí para quién morir. Vive de tal modo que valga la pena ofrecerle tu vida a Dios. Tetélestai.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:51
27.51 Nuestro texto dice: Y he aquí el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, sin embargo, en el texto griego no dice “se rasgó”, sino literalmente “fue rasgado”; y de “arriba a abajo” dejando en claro quien lo hizo. Fue Dios en la Persona de Jesucristo. Es la obra del cielo como un don para la tierra. Si hubiera sido obra humana o de criatura alguna hubiera sido rasgado de abajo hacia arriba. El término griego para “rasgado” es squizo de donde también proviene “esquizofrenia”, que significa “personalidad dividida”. La voluntad que prohibía, ahora era la voluntad que permitía, una locura dejar entrar pecadores como justos al cielo. Dicho velo era todo entretejido con casi 15 centímetros de espesor, 18 metros de largo y 9 metros de ancho. Se ha dicho que ni aún dos bueyes tirando de cada lado hubieran podido rasgarlo. Este velo se encontraba entre el Lugar Santo y el Lugar Santísimo del Santuario (mejor traducido que templo). Ya en sí la palabra “velo” nos da la razón de su uso: “ocultar, velar, esconder”. El velo tenía como propósito que ningún mortal pudiera siquiera mirar dentro del Lugar Santísimo en donde estaba el Arca de la Presencia de Dios entre los Querubines y en donde Dios se manifestaba (la shekina). De modo que el velo servía para imposibilitar al hombre de entrar y de ver la gloria de Dios, tal y como el velo con el que Moisés cubrió su rostro para cubrir la gloria de Dios que resplandecía en él después de estar con Dios en el monte. La única persona que podía entrar a través del velo al Lugar Santísimo (y eso una sola vez al año) era el Sumo Sacerdote; el cual no entraba sin sangre con gran ceremonia y purificación a través de ritos y envuelto en una nube de incienso como escondiéndose más. De allí que a morir el Señor Jesucristo en la cruz sea roto el velo indicándonos que todo el sistema de sacrificios levíticos y el sacerdocio canónico quedaba abolido, siendo sustituidos por la realidad de la obra de Cristo (de la cual eran sombras y figuras). Así que el velo es primeramente dicho sistema de sacrificios y ceremonias sacerdotales que hacían al hombre incapaz de entrar a la Presencia de Dios. Dice Hebreos 6:19-20; 7:12,17-19 La cual tenemos como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho sumo sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec; porque cambiado el sacerdocio, necesario es que haya también cambio de ley, pues se da testimonio de Él: Tú eres sacerdote para siempre, Según el orden de Melquisedec. Queda, pues, abrogado el mandamiento anterior a causa de su debilidad e ineficacia (pues nada perfeccionó la ley), y de la introducción de una mejor esperanza, por la cual nos acercamos a Dios. Mira también Hebreos 9:2-3,7-8,11-14. ¡Cuán necio es el hombre actualmente cuando intenta agradar a Dios por medio de legalismos y prohibiciones! ¡Todos los creyentes somos sacerdotes de un nuevo orden! (1 P. 2:4). Por otro lado, al ser abrogado el sistema sacerdotal antiguo por ser quitada la ley ceremonial es quitada así también o derribada la pared intermedia de separación haciendo de judíos y gentiles un solo pueblo sin distingos raciales (Ef. 2:14-18). Cristo, al morir tomó en sus manos la ley y la clavó en la cruz (Col.2:14). Moisés trajo la ley cuando descendió del monte Sinaí, pero Cristo quitó la ley cuando ascendió al monte Calvario. También, el velo roto en el santuario es símbolo del cuerpo de carne de Jesús. Dice Romanos 8:3 Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne. Esto significa que siendo que era imposible para el ser humano acercarse a Dios a causa de nuestro carne, es decir, de nuestro condición caída, pecaminosa e inclinada por naturaleza al mal (Dios es Santo), Dios envió a su Hijo para que tomase dicha carne al hacerse “en semejanza de carne al pecado” a fin de destruir, rasgar y quitar el velo de la carne. Miremos bien, nuestra carne es como un velo que nos impide el acceso y la participación de Dios, por eso dice Romanos 3:23 por cuanto todos pecaron están destituidos de la gloria de Dios; esto es, no solo del cielo, sino de participar de Dios. ¿Recuerdas el glorioso evento bíblico de la transfiguración? Dicho suceso nos muestra que el cuerpo de carne de Jesús ocultaba la gloria de Dios en Él (en Él habita corporalmente la Plenitud de la Deidad Col.2:9). Él era el Tabernáculo de Dios (Jn. 1:14) y su carne era el velo que impedía a los hombres ver a Dios, para ellos sólo era un carpintero de Galilea. De la misma forma, nuestra carne - en el sentido no del cuerpo físico, sino más aún, de la naturaleza caída - es un velo que impide el acceso a la gloria de Dios, la manifestación de su reino. Ahora pues, repito, en Rom. 8:3 dice que Cristo tomó esta carne, se revistió de ella, ¿para qué? Hebreos 10:19-22 nos da la respuesta: Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. ¡Para romper el velo de carne! ¡Para participar de Dios en íntima y libre comunión! Dios aborrecía ese velo y lo rompió. Por eso es que David era tan amado por Dios , porque el tabernáculo que levantó para el Señor no tenía velo y todos podían ver y adorar la gloria de Dios. Además, la rotura del velo señala la libertad que todo el que está en Cristo tiene que entrar a la Presencia de Dios. Leamos nuevamente Heb.10:19-20: Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne. Entendamos esto. A causa de la caída del primer Adán, el hombre representativo de toda creación por ser el primero todos fuimos privados de disfrutar del árbol de la vida, es decir, no podemos disfrutar de Dios, pues Su justicia (simbolizada en los querubines y la espada encendida Gen. 3:22-29) no permite nuestra injusticia. Es por eso que el sumo sacerdote ofrecía sangre en el propiciatorio del Arca en medio de los querubines en el Lugar Santísimo, como símbolo del glorioso día en el que la muerte de Cristo, el segundo Adán, diera plena satisfacción a la justicia Divina justificándonos. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro (Heb. 4:16). ¡Disfruta al Señor! ¡Él es el Árbol de la Vida! Recuerda que “el velo fue rasgado en dos”; es decir, totalmente. ¡Gloriosa y firme esperanza! (Heb.6:18-20). En otro orden de ideas, surge la pregunta: ¿quién estuvo presente y vio cuando el velo del Santuario fue roto por la invisible mano del Señor? Esto es maravilloso: ¡allí estaban los sacerdotes, incluyendo al sumo-sacerdote, ofreciendo los sacrificios de Pascua!, ¿te imaginas la cara que pondrían cuando llenos de espanto contemplaron como el preciado y solemne velo o cortina era rasgada? ¡Cuánto temor debieron haber sentido! Fue un golpe fortísimo del dedo de Dios al sistema legalista. Junto con el velo rasgado, también la tierra tembló. No solo fue abierto el camino a Dios, sino también los cimientos de la tierra fueron conmovidos. Hay muchos pasajes bíblicos que muestran ideas similares: Miqueas 1:4 Debajo e Él se derretirán las montañas como la cera delante del fuego. Nahum 1:5 Las montañas se estremecen delante de Él… ante su Presencia queda desolada la tierra. Habacuc 3:10 Te vieron las montañas y temblaron. Habacuc 3:13 Saliste para liberar a tu pueblo, para salvar a tu ungido. Destrozaste el techo de la casa del impío, desnudaste el cimiento hasta la roca. Pero es en Hebreos 12:25-27 en donde tenemos más clara la razón del temblor de tierra producido por la muerte de Jesús: Mirad que no desechéis al que habla. Porque si ni escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos. La vos del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido, diciendo: Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo. Y esta frase: Aún una vez indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles. ¡Es la anticipación de la remoción de todas las cosas corruptibles! Esto es, por cuanto Jesús murió siendo el Hijo del Hombre, toda la vieja creación (ya que la regencia del mundo fue originalmente dada al hombre) un día será removida, la cruz garantiza; la restauración de todas las cosas se efectuará. La cruz ya removió los cimientos del mundo por lo que la redención de la creación terrenal ciertamente se efectuará (Rom. 8:19-23). Junto con el temblor de tierra, las rocas fueron abiertas (vr. 51) . Para las culturas antiguas, el término roca señala lo estable, inconmovible, lo fuerte y lo grande. Por eso en el Oriente Medio algunos pueblos llamaban a sus dioses “roca”; debido a lo cual también, los israelitas “comparaban” a esos vanos dioses (aunque no existe comparación) con el Dios Verdadero diciendo: la roca de ellos no es como nuestra Roca (Dt. 32:4,15,18,30-31,37); indicando así que sólo Dios es confiable y seguro para los que creen en Él. Así pues, cuando los habitantes del Medio Oriente querían expresar que algo tenía seguridad, es decir, un buen fundamento, lo llamaban roca (por ejemplo, las fortalezas se edificaban sobre alturas de rocas; por eso David canta: Yahwéh es mi Roca y mi fortaleza (2 Sam. 22:2). También, el Señor Jesucristo habló sobre la importancia de construir la casa, ya sea iglesia, vida o familia, sobre la roca que es Él mismo (Mat. 7:24-25) aludiendo a las costumbres de construir sobre rocas. De modo que cuando muere el Señor Jesucristo la Escritura dice: Más Jesús… entregó el Espíritu…y las rocas se partieron… (vrs. 50-51) porque toda confianza humana ajena a Dios fue quebrantada. ¡Todas las rocas de este mundo ajenas al Señor fueron partidas con la muerte de Cristo! Sólo Cristo es la Piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable (Is. 28:16). La Biblia dice enfáticamente que Cristo es la verdadera Roca (1 Cor. 10:4; Dt. 32:4); y cuando esta Roca fue herida todas las demás supuestas rocas fueron quebrantadas, partidas. Es muy probable que Mateo se esté refiriendo a las rocas que cubrían los sepulcros, pues dice: y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de los santos que habían dormido se levantaron (vrs. 51-52). No porque las rocas impidieran a los resucitados salir, sino porque así el Señor nos hace ver que todo lo que ha aprisionado al hombre en una condición de muerte ha sido quitado con la muerte de Cristo. Jesús murió, la depresión es quitada. Jesús murió, la amargura es removida. Jesús murió, el rencor es arrancado. Jesús murió, el dolor se desvanece. Jesús murió, la enfermedad deja de ser. Jesús murió, el estrés no es carga. Jesús murió y con ello, la muerte ha sido vencida pues no pudo retener al Hijo del Hombre. Todo esto es hecho posible por la fe; todas las rocas de la muerte son partidas para quienes así lo creen en Cristo. Porque así como Dios le dio aguas a Israel cuando Moisés hirió la peña, así Dios sacia toda necesidad a quienes depositan su confianza en Cristo, la Roca herida en el Calvario. Y así como Moisés se escondió en la hendidura de la roca de Horeb para contemplar la gloria de Dios, así también disfruta la gloria de Dios aquel que confía en Cristo, pues se está escondiendo de toda condenación en las hendiduras del Crucificado. ¡Oh! ¡cómo es que aún hay gente que se resiste a la cruz de Cristo! Su corazón es más duro que las rocas que tapaban los sepulcros, pues aquellas se partieron con la muerte del Señor, pero estos corazones se resisten indiferentes y soberbios ante el anuncio del Evangelio; ¿Es que no os dais cuenta de que haciendo esto permaneceréis muertos eternamente?
— Roberto Tinoco
Mateo 27:52
27.52-53 Los sepulcros son el testimonio de la muerte, que aunque mudo es elocuente para expresar su poder. Todos los seres humanos aparte del Señor Jesús entramos en la categoría de mortales. Los sepulcros han visto más lágrimas que cualquier otra cosa. Allí se siente la impotencia ante la fragilidad de los hombres. Allí se han rendido los fuertes y destruido las esperanzas. Los sepulcros son lóbrega burla del imperio de la muerte, en donde han sido aprisionados los seres que una vez tuvieron la semejanza de Dios. Por todo esto no podían quedar incólumes; era imprescindible que fuesen abiertos por alguien superior, infinitamente superior a la muerte: Cristo Jesús, el Hijo del Hombre y la Vida misma de Dios. Jesús fue un bocado demasiado grande para la muerte, tragarlo fue su asfixia. …destruyó por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo (Heb. 2:14). Así que los sepulcros abiertos son un testimonio aún más elocuente que expresan el poder de la vida de Cristo. En Él somos inmortales y eternos. Quizá la muerte pudiera tocarnos, pero nunca retenernos. Su prisión tiene rejas rotas; su cántaro esta agujereado; sus cadenas han perdido eslabones; sus amarras están quemadas; a su celda se le ha caído una pared. ¡Los sepulcros fueron abiertos! Esto es lo que explica por qué los creyentes están gozosos y en paz en su lecho de muerte. Sabiendo esto, nunca más volveré a llorar en un sepulcro, la esperanza de la resurrección me hará sonreír viendo por la fe en Cristo que los sepulcros están abiertos. Esto fue lo que intentaron decir nuestros antepasados creyentes al llamar “cementerio” o “campo santo” al lugar de los sepulcros; para ellos fue un campo en donde sembraban los cuerpos de los santos como semillas de la resurrección. Muchos santos resucitaron. Muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; es decir, ante Dios la muerte de los creyentes es como el dormir y no la destrucción. No hay de qué preocuparse, Jesús podía decirle a los padres de la niña fallecida que sólo dormía (Luc. 8:52). Segundo, son los cuerpos los que duermen y no las almas; aún en esta vida nuestra alma está consciente mientras nuestro cuerpo está dormido (todos soñamos por las noches). Tercero, la muerte de Cristo trae vida “a los santos”, es decir, a los que depositan su confianza en Cristo; Él dijo: Yo Soy la Resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá (Juan 11:25). No existe ningún otro modo. Por otro lado, debemos notar que aún y cuando el texto bíblico dice de corrido que con la muerte de Cristo los cuerpos de los santos muertos se levantaran, también aclara un orden de la resurrección; pues no resucitarán exactamente cuando Cristo murió, sino después de la resurrección del Señor (vr. 53). Según Hechos 26:23 Cristo es el primero de la resurrección de los muertos; y en 1 Corintios 15:20 Cristo es primicias de los que durmieron; ahora bien, Jesús no resucitó solo, sino primero. Y no resucitó solo porque según la ley de Dios, las primicias de la cosecha que se ofrecían a Dios no era una sola espiga, sino una gavilla de espigas (Lev. 23:10-11). No tenemos modo de saber cuáles santos fueron tenidos por dignos de resucitar con Cristo, pero ¡cuán glorioso fue su privilegio al presentarse juntos al tercer cielo! También podríamos hablar aquí de la ascensión secreta del Señor cuando llevó a estos santos al Padre como las primicias eran llevadas al Lugar Santísimo. Esto sucedió el día de resurrección, pues el Señor dijo a María Magdalena que no lo tocara, pues aun iba al Padre, pero que regresaría a sus discípulos a donde los citó para esa misma tarde. Allí es donde llevó cautiva la cautividad (Ef. 4). Algunos debaten si estos santos volvieron a morir o no; esto no tiene discusión, ellos no volvieron a morir, puesto que se trata de la victoria sobre la muerte ya que está basada en la resurrección de Cristo. El versículo 53 es evidencia de la resurrección. Específicamente la expresión “aparecieron a muchos” es la evidencia de la resurrección. “Aparecieron” (gr. enephaníszensan) es el vocablo que los griegos usaban para referirse al hecho de “comparecer ante un tribunal” ; es decir, los santos resucitados aparecieron a muchos como quien se presenta por testigo: “mírenme: Jesús resucita a los muertos!” ¿Pudiera esto hacernos suponer que se trató de santos que se presentaron vivos ante amigos y familiares; esto es, creyentes que murieron muy cerca a la muerte del Señor? Ahora bien, en lo que respecta a la santa ciudad es una alusión primero a la Jerusalén terrenal, pero tipológicamente señala a la Jerusalén celestial.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:53
27.52-53 Los sepulcros son el testimonio de la muerte, que aunque mudo es elocuente para expresar su poder. Todos los seres humanos aparte del Señor Jesús entramos en la categoría de mortales. Los sepulcros han visto más lágrimas que cualquier otra cosa. Allí se siente la impotencia ante la fragilidad de los hombres. Allí se han rendido los fuertes y destruido las esperanzas. Los sepulcros son lóbrega burla del imperio de la muerte, en donde han sido aprisionados los seres que una vez tuvieron la semejanza de Dios. Por todo esto no podían quedar incólumes; era imprescindible que fuesen abiertos por alguien superior, infinitamente superior a la muerte: Cristo Jesús, el Hijo del Hombre y la Vida misma de Dios. Jesús fue un bocado demasiado grande para la muerte, tragarlo fue su asfixia. …destruyó por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo (Heb. 2:14). Así que los sepulcros abiertos son un testimonio aún más elocuente que expresan el poder de la vida de Cristo. En Él somos inmortales y eternos. Quizá la muerte pudiera tocarnos, pero nunca retenernos. Su prisión tiene rejas rotas; su cántaro esta agujereado; sus cadenas han perdido eslabones; sus amarras están quemadas; a su celda se le ha caído una pared. ¡Los sepulcros fueron abiertos! Esto es lo que explica por qué los creyentes están gozosos y en paz en su lecho de muerte. Sabiendo esto, nunca más volveré a llorar en un sepulcro, la esperanza de la resurrección me hará sonreír viendo por la fe en Cristo que los sepulcros están abiertos. Esto fue lo que intentaron decir nuestros antepasados creyentes al llamar “cementerio” o “campo santo” al lugar de los sepulcros; para ellos fue un campo en donde sembraban los cuerpos de los santos como semillas de la resurrección. Muchos santos resucitaron. Muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; es decir, ante Dios la muerte de los creyentes es como el dormir y no la destrucción. No hay de qué preocuparse, Jesús podía decirle a los padres de la niña fallecida que sólo dormía (Luc. 8:52). Segundo, son los cuerpos los que duermen y no las almas; aún en esta vida nuestra alma está consciente mientras nuestro cuerpo está dormido (todos soñamos por las noches). Tercero, la muerte de Cristo trae vida “a los santos”, es decir, a los que depositan su confianza en Cristo; Él dijo: Yo Soy la Resurrección y la Vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá (Juan 11:25). No existe ningún otro modo. Por otro lado, debemos notar que aún y cuando el texto bíblico dice de corrido que con la muerte de Cristo los cuerpos de los santos muertos se levantaran, también aclara un orden de la resurrección; pues no resucitarán exactamente cuando Cristo murió, sino después de la resurrección del Señor (vr. 53). Según Hechos 26:23 Cristo es el primero de la resurrección de los muertos; y en 1 Corintios 15:20 Cristo es primicias de los que durmieron; ahora bien, Jesús no resucitó solo, sino primero. Y no resucitó solo porque según la ley de Dios, las primicias de la cosecha que se ofrecían a Dios no era una sola espiga, sino una gavilla de espigas (Lev. 23:10-11). No tenemos modo de saber cuáles santos fueron tenidos por dignos de resucitar con Cristo, pero ¡cuán glorioso fue su privilegio al presentarse juntos al tercer cielo! También podríamos hablar aquí de la ascensión secreta del Señor cuando llevó a estos santos al Padre como las primicias eran llevadas al Lugar Santísimo. Esto sucedió el día de resurrección, pues el Señor dijo a María Magdalena que no lo tocara, pues aun iba al Padre, pero que regresaría a sus discípulos a donde los citó para esa misma tarde. Allí es donde llevó cautiva la cautividad (Ef. 4). Algunos debaten si estos santos volvieron a morir o no; esto no tiene discusión, ellos no volvieron a morir, puesto que se trata de la victoria sobre la muerte ya que está basada en la resurrección de Cristo. El versículo 53 es evidencia de la resurrección. Específicamente la expresión “aparecieron a muchos” es la evidencia de la resurrección. “Aparecieron” (gr. enephaníszensan) es el vocablo que los griegos usaban para referirse al hecho de “comparecer ante un tribunal” ; es decir, los santos resucitados aparecieron a muchos como quien se presenta por testigo: “mírenme: Jesús resucita a los muertos!” ¿Pudiera esto hacernos suponer que se trató de santos que se presentaron vivos ante amigos y familiares; esto es, creyentes que murieron muy cerca a la muerte del Señor? Ahora bien, en lo que respecta a la santa ciudad es una alusión primero a la Jerusalén terrenal, pero tipológicamente señala a la Jerusalén celestial.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:54
27.54 Un centurión estaba cargo de unos ochenta soldados romanos, salvo la primera cohorte. Se mencionan frecuentemente en el Nuevo Testamento y siempre hablando bien de ellos. “Los que estaban con él” se refiere a los soldados encargados de la ejecución, subordinados al centurión. La muerte de Jesús fue impresionante y muy diferente del resto de los seres humanos. Otros han producido tristeza y lamento con su muerte…sólo Cristo gozo. Otros han producido incertidumbre y desolación con su muerte…sólo Cristo fe. Otros han producido filas de personas y recuerdos con su muerte… sólo Cristo millones de seguidores en torno a su cruz (nadie se reúne en torno al objeto de muerte de alguno). Otros han producido suicidios con su muerte… sólo Cristo vida eterna. El temor de los soldados: Era fundado: “visto el terremoto y las cosas que habían sido hechas”. Era grande: “temieron en gran manera”. Era común: “el centurión y los que estaban con él” (junto con las mujeres). Hubo muchos que dudaron que era el Hijo de Dios cuando hizo milagros, pero nadie puede dudar que lo sea cuando lo mira crucificado. La confesión de los soldados: Confesaron por temor. ¿Te imaginas cómo se sentían después de escarnecerlo? Confesaron convencidos: “verdaderamente”; después de lo que vieron. ¿Quién puede dudarlo después de ver lo que hace? Confesaron que era Hijo de Dios. Literalmente “Dios Hijo era éste”. Ellos hablaron en pasado, pero sigue siendo eternamente el Hijo de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:55
27.55 Muchas mujeres, no pocas. Frecuentemente hay más mujeres que hombres en las iglesias, así como en los asuntos religiosos. Los evangelios no registran mujeres que se opusieran a Jesús; a de ser porque la mujer es un tipo o símbolo de la iglesia. Estaban allí, pero mirando de lejos; ¡cuán terrible es estar con la iglesia, pero mirando de lejos! Ellas podían creer que tenían razones para estar mirando de lejos…excusas comunes. Pero cuando menos estaban allí, a diferencia de los discípulos. Dichas mujeres lo siguieron desde Galilea a través de cientos de kilómetros. Por encima de los inconvenientes del camino y sus peligros. A pesar de ser mujeres con los compromisos e impedimentos que especialmente en esa época tenían. Con riesgos de enfermedad, hambre, necesidades; y sobre todo, a pesar de los hijos. Lo siguieron sirviéndole. Muchos dicen seguir, pero no servir. ¿Cómo le servían? Lucas 8:2 especifica que “le servían con sus bienes”. Es más fácil servir con palabras (todos queremos predicar y enseñar). O servir con tiempo, acompañando, incluso dirigiendo; ¿pero dando bienes? Eso es dar el corazón. Mas allá del diezmo y ofrenda compromiso con la visión de Dios. Gracias a todos los que detrás de todo, sin ser conocidos respaldan la obra con sus bienes.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:56
27.56 María Magdalena, de Magdala, en la costa sudoeste del Mar de Galilea. Una mujer que fue librada de siete demonios (Mar. 16:9; Luc. 8:2). Agradecida lo siguió y apoyó con sus bienes (habiendo recibido lo espiritual puede dar lo material). Habiendo recibido la libertad decide esclavizarse a Cristo. Habiendo recobrado la vida la dedica a Cristo. Siguió al cadáver de Jesús a la tumba (Mat. 27:61) y fue la primera en saber de su resurrección y verle (Mat. 28:1-8) cuando fue a ungirlo con especias a la tumba. Estaba también ahí María, la madre de Jacobo y de José. Algunos dicen que se refiere a la mujer de Cleofas (Juan 19:25). Otros dicen que se refiere a la misma María, madre de Jesús ya que dos de los hermanos de Jesús se llamaban precisamente Jacobo y José (Mat. 13:55). Si se trata de la madre de Jesús, la espada estaba traspasando su corazón. ¡Cuántas veces trató de impedir este momento para su hijo! También Salomé, madre de Juan y Jacobo; hermana de María, la madre de Jesús. La que pidió un trono para cada hijo a derecha e izquierda de Jesús en el reino (Mat. 20:20-21). Una mujer rica y con influencia; ¿qué habría ahora en su corazón? ¿Cuál sería su expectativa para sus hijos? No se sintió defraudada, pues volvió al sepulcro y vio a Jesús resucitado después.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:57
27.57 Mucho se ha dicho con respecto a la sepultura del cuerpo de Jesús; así que conviene hacer un enfoque diferente. He de tomar el cuerpo de Cristo como símbolo de la iglesia, la cual es su cuerpo (Ef. 1:23). Ahora bien, este cuerpo estuvo sin vida por lo que nos habla de la parte carnal de la iglesia, aquella que no refleja la vida de Cristo, aún y cuando sea su iglesia (ejemplo: los corintos). Este cuerpo fue atendido, por lo que también la parte carnal de la iglesia, el cuerpo de Cristo, debe de ser atendida. El asunto aquí es, ¿quién atiende al cuerpo de Cristo en su carnalidad? Para atender el Cuerpo de Cristo en momentos de muerte, se requiere prontitud. Era tarde, el preámbulo del anochecer, casi las seis de la tarde; así que había que darse prisa, pues la ley prohibía dejar el cuerpo de un muerto por sentencia hasta el día siguiente (Dt. 22:23). Y esto era aún más cierto si al día siguiente era día de reposo, ¡y ahora era doble sábado por causa de la Pascua! (viernes y sábado). Antes de que llegue la noche y no haya forma de atender la parte carnal del Cuerpo de Cristo hay que actuar. Antes del reposo eterno para no contaminar la tierra que Dios nos ha heredado. ¡Démonos prisa en atender al débil, al carnal y al pecador que también son parte de la iglesia! Se requiere un hermano rico como José de Arimatea. Ningún discípulo de los doce y ninguna de las mujeres por ser de Galilea tenían un sepulcro en Jerusalén; y posiblemente reunir el dinero para comprar uno en corto tiempo les hubiera sido imposible. Se necesitaba un hombre rico. En este caso, José era ese hombre. Dios no desprecia a los ricos; es Él quien los enriquece y es también Él quien los usa según hace falta. No existe nada mejor en que utilizar la riqueza que en la obra de Dios, especialmente tratándose del Cuerpo de Cristo. José era de Arimatea, que significa “ciudad de los judíos”. Cuando el cuerpo de Cristo, la iglesia, se encuentra en condición de muerte; es decir, carnal; requiere de muchas atenciones para vivificarle, atenciones que necesitan recursos económicos y talentos. Allí es donde Dios desea usar a modernos José de Arimatea, hombres abundados económicamente que sean de la “ciudad de los judíos”, a saber, creyentes y alabadores y genuinos, cristianos de la ciudad de Dios que estén dispuestos a invertir sus riquezas en el avivamiento de la iglesia. ¿Qué sabes tú, hombre rico, si para eso has sido enriquecido y tienes influencia? Pero debe ser un discípulo. Muchos estaban presentes, pero muy pocos se interesaban en el cuerpo muerto de Jesús. Los soldados y los judíos no estaban interesados y los creyentes estaban demasiado atemorizados para atreverse a actuar. Fue aquí donde José de Arimatea manifestó su entrega. Él era un discípulo y un discípulo de Cristo es aquel que actúa cuando otros se detienen a llorar o a criticar la condición del cuerpo de Cristo. Ante la condición de muerte de algunos creyentes (la carnalidad) se hace imperativo que aquel que es discípulo actúe a favor del cuerpo de Cristo. Sólo puede actuar aquel que es discípulo; es decir, aquel que sabe Quien es su Maestro y a Quien está siguiendo.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:58
27.58 Se necesitan amigos valientes para atender el Cuerpo de Cristo, la iglesia en sus peores momentos. José era un discípulo que se había opuesto a la muerte de Jesús ante el sanedrín (Luc. 23:50-51) y aunque se le critica porque fue discípulo “en secreto por miedo a los judíos” (Juan 19:38), tenemos que reconocer que sacó el coraje necesario para ir ante el gobernador y pedir el cuerpo de Jesús. Se necesitó valor para ir a pedirlo; él no era familiar, así que tendría mucho que explicar y mucho que arriesgar. Pero José era un verdadero amigo. Es precisamente cuando la iglesia se encuentra en la condición de muerte cuando más valor requieren los amigos genuinos que han estado en el anonimato. Fue allí cuando la iglesia se había corrompido que se hicieron necesarios hombres como Lutero y los reformistas; amigos auténticos del Señor capaces de arriesgarlo todo para impartirle vida al cuerpo de Cristo. Porque aquél que critica al cuerpo de Cristo ciertamente no es amigo. Y aquél que sólo llora por su condición ciertamente no es lo suficientemente amigo para arriesgar algo por el cuerpo de Cristo. No hay mayor amor que aquel que da su vida por sus amigos (Juan 15:13). José de Arimatea fue amigo de Jesús. Un amigo que no se detuvo a llorar cuando el Maestro murió, Sino que fue a Pilato, el Gobernador y pidió el cuerpo muerto de Jesús. Y lo hizo con tal amor y decisión que no se nos dice otra cosa sino que Pilato se lo concedió. Así también se necesitan amigos que oren al Gobernador del Universo, al Padre Celestial a favor de los creyentes carnales. Amigos que no rechacen a los débiles, sino que los vean como lo que son, el Cuerpo de Cristo. Amigos que reclamen a Dios el que se haga realidad la posición del Cuerpo de Cristo (en lugares celestiales) por encima de su condición terrenal. Amigos que pidan a favor de un cuerpo muerto para que reciban al Cuerpo de Cristo resucitado, una iglesia gloriosa. Se requieren amigos que reciban el Cuerpo de Cristo. De nada hubiera servido que José pidiera el Cuerpo de Cristo si Pilato no se lo da. Se requiere que sea dado el Cuerpo de Cristo; es decir, que a causa del clamor de los creyentes que aman al Señor y son amigos de su Cuerpo, la iglesia, Dios mande darles el Cuerpo. Voy a decirlo de otro modo, el valle de huesos secos que contempló Ezequiel no hubiera vivido si Ezequiel no profetiza vida a ellos; así también, la iglesia es vivificada cuando tiene creyentes que le profetizan vida, no muerte. Sólo Pilato podía mandar que se le entregase el cuerpo de Cristo a José de Arimatea, como también únicamente Dios puede mandar que sea dado el Cuerpo de Cristo, es decir, que sea vivificada la iglesia; pero es necesario que haya un José de Arimatea que reclame la posición de vida de la iglesia para que la reciba. José significa “añadir” y tales hombres se necesitan, amigos del Cuerpo de Cristo que le añadan vida al reclamar bendición para la iglesia de Dios.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:59
27.59 José personalmente bajó al Cuerpo de Cristo de la cruz a pesar de que él era un hombre rico y de prestigio, esto es, de “ensuciarse” con su sangre (bendita “suciedad”); y a pesar de que la ley lo declaraba inmundo por tocar el cuerpo de un muerto. José era amigo de Jesús y por tanto amaba su cuerpo más allá de su propia seguridad personal. Cuando la iglesia atraviesa etapas de carnalidad hacen falta estos amigos de Jesús que amen a la iglesia por ser el Cuerpo de Cristo y no les importa hacer “el trabajo sucio”. Amigos que abracen al Cuerpo de Cristo aunque se manchen con sus heridas. Amigos que no les importe ser criticados como inmundos por juntarse con creyentes carnales con tal de restaurarlos. Amigos que tomen con amor el Cuerpo de Cristo sin importar cual sea su condición. La Biblia nos dice que “tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia”. ¡Qué maravilloso! José cubrió la desnudez, así como sus heridas. Este es un edificador de la iglesia. Este es verdadero amigo. Uno que en lugar de escandalizarse o murmurar por las faltas de los hermanos miembros del Cuerpo de Cristo prefiere cubrirles de su desnudez de vergüenza o de pecado. Un amigo que toma sábanas limpias, la justicia de Cristo con santo amor para cubrir a sus hermanos. ¿No fue precisamente la falta de esto el pecado de Cam, hijo de Noé? ¿No fue precisamente su descendencia maldita a causa de no cubrir la desnudez de su padre? ¡Ah! ¡cuántos han traído maldición a su casa por descubrir la desnudez de sus hermanos! ¡Pero cuántos otros han recibido bendición al cubrir las faltas de sus hermanos! Aquí vemos quien si ama y quien no, La Escritura señala que el amor cubre todas las faltas (Pr. 10:12). La medida de la sábana es la medida con que será cubierto.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:60
27.60 Según las costumbres y leyes judías nadie más podría usar el sepulcro después. Era su sepulcro pero lo cedió al Cuerpo de Cristo. Era un sepulcro muy costoso, pues “fue labrado en la roca”, pero ante José su valor era inferior al valor del Cuerpo de Cristo e incluso al de su propia vida y familia. Cuando la iglesia atraviesa temporadas de muerte necesita de fieles que cedan sus prioridades y valores. ¿Cuánto vale para ti el Cuerpo de Cristo, la iglesia a la que asistes? ¿Te cambias de iglesia con facilidad o cedes tus intereses a ella? Hace cerca de dos mil años se necesitó un sepulcro nuevo para el cuerpo de Cristo. Sólo así se hacía evidente su muerte y así era más impactante su resurrección; pues podían asegurarse los adversarios de que estaba muerto y podían también asegurar - como lo hicieron - su tumba. Del mismo modo, se necesitan sepulcros nuevos en los cuales se depositen los miembros muertos del Cuerpo de Cristo, es decir, lugares de amor en los cuales pueda gastarse su avivamiento y resurrección. ¡No deseches el Cuerpo de Cristo! No deseches al hermano, no lo dejes sin sepulcro, esto es, sin cobertura; pues entonces los animales carroñeros harán presa de él. Dale descanso en un sepulcro nuevo, ¡que importa si murió como maldito! No digas: “se lo merece”. ¡Protégelo para que sea reavivado! José puso el Cuerpo en su sepulcro nuevo, que había labrado en peña. No había manera en que algo o alguien pudiera entrar. El lugar era duro y seguro, era una roca, una peña. Esta es la única manera de proteger a los creyentes que aunque carnales o en condición de muerte, son miembros del Cuerpo de Cristo: seguros en la peña. Tú y yo no podemos proteger a los hermanos débiles, salvo escondiéndolos en la hendidura de la peña; desde allí como Moisés podemos mirar la gloria de Dios. No serán programas ni campañas, no serán la simpatía y la camaradería humanas; sino el llevarles en amor a la hendidura de la Peña, a Cristo Jesús, en Quien su cuerpo es vivificado. Se requieren sepulcros, pero que estén en la peña que es Cristo. También se requieren piedras vivas. Dice el versículo que después de que José depositó el cuerpo de Jesús en el sepulcro hizo hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro. Proteger el cuerpo de Cristo, la iglesia, requiere de piedras que la protejan. La Biblia dice que los creyentes somos “piedras vivas” (1 P. 2:5). Sin embargo, dichas piedras requieren de ciertas características para proteger al cuerpo de Cristo, la iglesia: Primero, deben estar unidas, pues el texto dice que José hizo “hacer rodar”; es decir, hicieron falta muchas personas para hacer rodar la gran piedra que taparía el sepulcro. Proteger al Cuerpo de Cristo no es trabajo de uno, sino de muchos. Se requiere que los miembros “se ayuden mutuamente” (Heb. 13:16). Segundo, deben ser piedras capaces de rodar; es decir, que hayan sido pulidas a base de martillo, creyentes de corazón quebrantado que no se resistan al mover de Dios. Tercero, deben ser “grandes piedras”, para que resistan las inclemencias del tiempo y de ladrones. Creyentes suficientemente sólidos, íntegros y comprometidos como para resistir las críticas y los ataques de aquellos que se gozan con las caídas de otros. Cuarto, deben ser piedras que se pongan en la hendidura, a la entrada del sepulcro. Creyentes que se pongan en la brecha por el Cuerpo de Cristo. Piedras vivas que “den la cara” por sus hermanos, escogiendo antes ser raídas del libro de la vida como Moisés, antes que permitir el exterminio de los miembros del Cuerpo que han pecado (Ex. 32:32); o como el apóstol Pablo que prefería ser separado de Cristo si eso trajese la salvación de sus hermanos y familiares según la carne (Rom. 9:3).
— Roberto Tinoco
Mateo 27:61
27.61 Se requieren fieles. Estas piadosas mujeres siguieron al Señor Jesús desde Galilea y cuando todos huyeron permanecieron fieles. Es más, el vr. 60 dice que José de Arimatea se fue después de sepultar el Cuerpo de Cristo, pero el 61 nos dice que estas mujeres permanecieron allí. El amor permanece a pesar de la muerte y del Seol: Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre tu brazo; porque fuerte es como la muerte el amor; duros como el Seol los celos; sus brasas, brasas de fuego, fuerte llama. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo ahogarán los ríos. Si diese el hombre todos los bienes de su casa por este amor, de cierto lo menospreciarían (Cant. 8:6-7). Hacen falta creyentes que amen de tal modo al Cuerpo de Cristo, la iglesia, que aún y cuando la vean muerta puedan sentarse “delante del sepulcro” con la esperanza viva de que resucitará en un glorioso avivamiento mientras otros egoístas, ingratos y faltos de amor se vayan desilusionados.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:62
27.62 Estamos llegando a la cúspide y clímax del evangelio. Jesús fue crucificado y sepultado y al día siguiente, que es después de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y fariseos ante Pilato. Ese día no es el séptimo día, como tradicionalmente se enseña, sino el sexto, el viernes. Veamos bien: El evangelista Mateo, que escribe a los judíos, no usa la palabra hebrea correspondiente a “día de reposo” por cuanto se trataba al reposo correspondiente a la pascua y no al séptimo día. Es por esto que el apóstol Juan dice que Jesús fue crucificado el día de la preparación de la pascua y que el siguiente día era el día de reposo de la gran solemnidad (Juan 19:14,31); es decir, no un sábado común, sino un sábado doble; el cual correspondía a aquellas ocasiones en las cuales la Pascua caía el viernes; y como la ley exigía que se reposara en él, entonces se convertía en un doble sábado o de gran solemnidad al estar dos días de reposo consecutivos juntos. Por tanto, Jesús murió y fue sepultado el jueves; los judíos y romanos aseguraron la tumba en viernes pascual o de reposo y la resurrección se llevó a cabo el domingo, el primer día de la semana, como acertadamente señala Marcos 16:9 Jesús resucitó al inicio del primer día de la semana. Cumpliendo así la profecía de resucitar al tercer día, después de tres días y tres noches (Mat. 12:40). Al haberse reunido los principales sacerdotes y fariseos con Pilato en ese día de reposo pascual sabiendo que era de gran solemnidad, pone de manifiesto que estaban tan preocupados por deshacerse completamente de Jesús que tratarían a toda costa de evitar cualquier posible comentario de que Él resucitó; incluso estaban dispuestos a quebrantar sus leyes más sagradas - como de hecho lo hicieron - al no guardar el día de reposo pascual. ¡Cuán terrible es que se anteponga la religiosidad a la honestidad! ¡Cuán patético es mantener la religión que se tiene aún por encima de la verdad! La religión trató de impedir la resurrección. Los religiosos se reunieron. Esto es muy interesante, ya que la mayoría de los sacerdotes eran saduceos (incluyendo al Sumo Sacerdote), los cuales mantenían adversidad con los fariseos; y ambos grupos a su vez, eran enemigos de Pilato, quien por cierto los aborrecía. Sin embargo, unos y otros pudieron reunirse apresuradamente ¡preocupados por un muerto! ¡Aleluya! ¡Aún muerto, mi Señor hizo temblar al mundo! Los impíos pueden unirse cuando tienen un maligno objetivo común así como los animales carroñeros pueden saciar su hambre en pos de un cadáver. Por demás está decir que si los malignos se alían para el mal, ¡cuánto más los justos deben hacerlo para el bien! Si los enemigos de Cristo olvidan sus diferencias para atentar contra su obra, ¡cuánto más los siervos de Cristo debemos olvidar nuestras diferencias para extender su obra! Si los adversarios del Señor se ponen de acuerdo para impedir el avance de la iglesia, ¡cuánto más la iglesia ha de ponerse de acuerdo para avanzar!
— Roberto Tinoco
Mateo 27:63
27.63 Llamaron señor a Pilato y a Jesús engañador. Este error de juicio por sí solo es condenable. Engañador en griego es plános, que significa “vagabundo”; es como si dijeran de Jesús que fue “un viajero sin rumbo que sedujo a otros a seguirle”. Pero a pesar de que llamaban engañador a Jesús, su conciencia no les permitía olvidar sus palabras: “nos acordamos”. Y estoy seguro de que también la resurrección de Lázaro por parte de Jesús no los dejaba en paz. Nadie ha hablado como Él, es inolvidable.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:64
27.64 Estaban muy preocupados en que nadie fuera a creer que Jesús resucitó; y con esto, reconocían la importancia de la resurrección del Rey Jesucristo. La resurrección es la piedra angular de la fe. El apóstol Pablo escribió a los Corintios: Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación; vana también es vuestra fe. Y aún, somos hallados falsos testigos de Dios… y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe es inútil; todavía estáis en vuestros pecados. En tal caso, también los que han dormido en Cristo han perecido. ¡Si sólo en esta vida hemos tenido esperanza en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres! (1Cor. 15:14-19). La resurrección confirma que todo lo que Jesús hizo, dijo y prometió es verdad. La resurrección de Cristo es la garantía de que aquellos que creemos en Él también resucitaremos: Yo Soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá (Juan 11:25); Porque Yo vivo, vosotros también viviréis (Jn.14:19); puesto que Él fue entregado por nuestros transgresiones y resucitado para nuestra justificación (Rom.4:25). Por eso sabemos que El resucitó al Señor Jesús a nosotros también nos resucitará con Jesús (2 Cor. 4:14). ¡Es nuestra esperanza gloriosa! Nuestra confianza es en Dios que resucita a los muertos (2Cor.1:9); porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron con Él (1 Ts. 4:14). Los judíos religiosos de aquel tiempo sospechaban todo esto y por eso trataron de impedir la resurrección del Señor; aunque más que creer en la resurrección del Señor tenían el temor de que sus discípulos fuesen a robar el cuerpo de Jesús y luego ir a decir que resucitó; de hecho, esa fue la mentira que usaron para intentar negar la resurrección (Mat. 28:12-15). La religiosidad siempre compite celosamente. El religioso no puede sufrir el éxito de quienes para él son competencia. El celo ministerial, la envidia eclesial, la crítica de otros movimientos, es esperar que los demás tropiecen…todo esto son síntomas de un corazón en problemas. ¿No debían más bien los judíos estar expectantes para ver si resucitaba o no? Después de todo, eso los sacaría de dudas acerca de si era o no el Mesías. Sin embargo, los religiosos no buscan la verdad, sino mantener sus tradiciones, leyes y costumbres a costa incluso de la verdad. Los principales sacerdotes y ancianos dijeron que la resurrección de Cristo era un segundo engaño, literal, peor que el primero. El primer “engaño”, según ellos, fue la enseñanza del Señor Jesús por la cual Él fue condenado a muerte: que Él es el Hijo, como efectivamente lo es. Ellos temían “al segundo engaño”, es decir, a que testificaran que resucitó, pues entonces confirma lo primero que anunció: que Jesús efectivamente es Quien dijo ser, el Hijo de Dios. Es por esto que creer en la resurrección de Cristo es de tal importancia que es imprescindible para ser salvos (Rom.10:9-10). Quien reconoce la Deidad de Cristo como el Hijo de Dios es porque lo sabe resucitado.
— Roberto Tinoco
Mateo 27:65
27.65 Pilato no mandó, en realidad, cedió. Así es la política…de hecho, todos tenemos algo de políticos, porque cedemos a la presión de la gente y damos gran importancia “al que dirán”. A Pilato le dijeron “manda” (vr. 64), pero eran ellos quienes lo que estaban mandando. Cuando cedemos movidos por apariencia o presión de la opinión ajena, actuamos de igual manera. Recuerda que Jesús siempre hizo la voluntad de Dios y aún así lo difamaron; de modo que jamás daremos gusto al mundo. No hemos sido llamados a darle gusto al mundo, sino a Dios. Pilato les proporcionó una guardia. El hecho de que lo hiciera muestra que tampoco él creía que Jesús resucitaría. Cada cosa que hacemos pone de manifiesto que es lo que creemos. Por ejemplo, el que cree en el juicio de Dios vive el temor de Dios; mientras que el que no cree vive pecando. Es como aquellas personas que jamás procuran la conversión de nadie, puesto que en el fondo de su corazón piensan que finalmente Dios “se hará de la vista gorda” y no les condenará. Todo incrédulo pone una guardia; todo incrédulo esgrime argumentos para justificar su incredulidad. El defenderse de un muerto es darle vida. El Cuerpo de Jesús estaba muerto, pero aún así lo atacaban. Cada vez que ponemos una guardia para protegernos, ya sea con el ataque, el chisme, la defensa, etc., ponemos de manifiesto que la muerte está en nosotros y le damos existencia al mal. Pilato los instó a hacer lo mejor que pudieran: “id, aseguradlo como sabéis”. Ese ha sido siempre el consejo del hombre hacia los hombres: “aseguradlo como sabéis”; es decir, “ustedes tienen la capacidad, hagan lo mejor que puedan”. El humanismo pregona que el hombre puede lograr cualquier cosa que se proponga; sin embargo, dicha utopía está muy lejos de la verdad. Los médicos enferman; los abogados van a la cárcel; y aún los poderosos del mundo son asesinados; ¿dónde está su supuesta capacidad? Pilato y los judíos pensaron asegurar un sepulcro con todo el imperio romano apoyándoles en contra de un puñado de medrosos discípulos. Pero lo que no sabían, era que aun y cuando fueran más poderosos que los discípulos no era contra ellos la batalla, sino contra el Cristo de gloria que habría de levantarse de los muertos. ¡Contra Él es imposible poner seguros!
— Roberto Tinoco
Mateo 27:66
27.66 También el poder militar intentó impedir la resurrección asegurando el sepulcro. Hubiera sido más fácil que esa guardia romana detuviera con sus manos las cataratas del Niágara. Con todo, Dios permitió a los judíos y a los romanos asegurar lo mejor que podían el sepulcro por cuanto esto constituye una prueba irrefutable de la resurrección del Señor. Dios transforma en alabanzas aún las obras de los malignos. Sellaron la tumba. Era costumbre que se pusiese el sello de Roma sobre brea o arcilla en la unión de la piedra y el sepulcro para impedir que fuese abierto; ya que quitar la piedra implicaba romper el sello romano y por ende afrentar a todo el imperio. Pero Dios no se amedrentaba por el sello de Roma, para Él es nada. El Espíritu Santo rompió el sello de Roma para poner un mejor sello a su obra: la resurrección de Jesucristo; detrás de la cual existe un reino mejor que el romano, el reino de los cielos. Por otro lado esto nos da otra enseñanza: todos aquellos que creemos en Cristo hemos recibido el sello de Dios, el Espíritu Santo, basados en la resurrección del Señor; y cualquiera que atente contra un creyente está afrentando todo el reino de los cielos y al Rey de Gloria que nos selló con su Espíritu. Somos piedras selladas; no piedras de un sepulcro, sino piedras vivas por la resurrección de Jesucristo. La guardia, en gr. Kaustodian (compara custodia). Lo más probable es que se tratase de 60 soldados que vigilasen por turnos la tumba del cuerpo de Jesús (6x10, la plenitud del hombre, es decir, de su fuerza o capacidad). Muchos para detener a los discípulos; pero muy pocos para tan grande tarea.
— Roberto Tinoco