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Mateo 5
El Sermón del monte
1Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.🗨📝 2Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:🗨📝Las bienaventuranzas
3Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.🗨📝 4Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.🗨📝 5Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.🗨📝 6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.🗨📝 7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.🗨📝 8Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.🗨📝 9Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.🗨📝 10Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.🗨📝 11Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.🗨📝 12Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.🗨📝Enseñanza acerca de la sal y de la luz
13Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.🗨📝 14Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.🗨📝 15Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.🗨📝 16Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que están los cielos.🗨📝Enseñanza acerca de la ley
17No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.🗨📝 18Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido.🗨📝 19De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos.🗨📝 20Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.🗨📝Enseñanza acerca del enojo
21Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio.🗨📝 22Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego.🗨📝 23Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,🗨📝 24deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.🗨📝 25Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel.🗨📝 26De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.🗨📝Enseñanza acerca del adulterio
27Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio.🗨📝 28Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.🗨📝 29Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.🗨📝 30Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.🗨📝Enseñanza acerca del divorcio
31También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio.🗨📝 32Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.🗨📝Enseñanza acerca de los juramentos
33Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos.🗨📝 34Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios;🗨📝 35ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.🗨📝 36Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello.🗨📝 37Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.🗨📝Enseñanza acerca de la venganza
38Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente.🗨📝 39Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra;🗨📝 40y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa;🗨📝 41y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, vecon él dos.🗨📝 42Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.🗨📝Enseñanza acerca de amar a los enemigos
43Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.🗨📝 44Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;🗨📝 45para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.🗨📝 46Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?🗨📝 47Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?🗨📝 48Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.🗨📝Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos
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Mateo 5: RV60
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Mateo 5:1
5.1 Este capítulo trata acerca de la Constitución del reino de los cielos. A pesar de que la multitud tuvo oportunidad de oír el sermón del monte (como fue llamado originalmente por Agustín), en realidad, no estaba dirigido a todos los judíos, sino a los discípulos. El reino de los cielos es para los creyentes del Nuevo Testamento más que para los judíos del Antiguo Testamento, porque es el reino de la gracia y no de la Ley. El pasaje habla de discípulos, sin embargo, Mateo menciona su elección hasta después. Debemos recordar que Mateo no presenta el evangelio en orden cronológico, sino temático. No está interesado en el orden de los eventos en cuanto al tiempo sino en el orden de los eventos en cuanto a la presentación del reino. El evangelio de Lucas, que si está diseñado cronológicamente, menciona el discurso después de a elección de los 12 (Luc. 6:13-23). Por tanto, el sermón se dirigió principalmente a los 12, aunque un grupo mayor de discípulos llamados “los setenta” (Luc. 10:1) junto con gran parte de la multitud oyeron. La luz jamás se esconde. Debido a lo anterior, podemos decir que el mensaje no está dirigido al judío, en el sentido nacional, ni a la dispensación de la Ley, sino al cristiano en la dispensación de la gracia. El sermón del Monte es la Constitución divina para el gobierno justo en este mundo y donde quiera que alguien viva moral y espiritualmente de acuerdo a estos principios, allí está el reino de los cielos. ¿Cómo saberse parte del reino de Dios? La respuesta será: Si nuestra vida concuerda con las bienaventuranzas. Jesús subió al monte y desde allí legisló el reino de los cielos. Parece ser que dicho monte se encontraba en las afueras de Capernaum, ya que cuando descendió de él entró en dicha ciudad (Mat. 8.1,5). Cuando Dios entregó a Moisés la primera Ley lo hizo también en un monte, lo cual nos enseña que el hombre debe legislar su vida, gobierno y sociedad de acuerdo a “leyes de lo alto”, al cielo y no a la tierra. El hombre será bendecido, feliz o bienaventurado en tanto se apegue a lo que Dios le enseñe; es Dios quien sabe cómo gobernar todos los asuntos humanos. El hombre, a causa de su caída, es imperfecto moralmente para definir el rumbo y la conducta de sí mismo y de sus semejantes. Por mucho que nos esforcemos, sólo Dios es y seguirá siendo el único Justo y Santo, el único capaz de legislar y gobernar. Él es el Señor, mientras que todos nosotros somos hermanos (Mat. 23:8). Cuando Moisés recibió la primera Ley, el Decálogo, bajó al pueblo en el desierto, un lugar de sequedad y muerte donde encontró una nación corrompida e idólatra (Ex. 32). Cuando Jesús descendió del Monte donde legisló el reino de los cielos entró en Capernaum, que como ya vimos, significa “ciudad de consuelo”. Todo esto nos enseña que mientras que la primera ley fue para muerte por cuanto condenaba al pueblo con su insistente “no harás”; la nueva Ley, la espiritual dada por Jesús fue para vida y consuelo con su repetitiva bendición: “bienaventurados los…” Por la maldad de Israel, Moisés fue movido a quebrar la primera Ley, y fue posible quebrarla porque era externa, esculpida en piedra, una Ley de obras. Jesús, por su parte, trajo la admiración y la vida de la gente con la nueva Ley, porque es una ley interna, del corazón, donde basta la intención para el pecado o para la salvación; no puede ser rota por cuanto es espiritual. Y sentándose –sigue diciendo la Escritura. Jesús utilizó la postura normalmente usada por los rabinos judíos cuando estos impartían alguna enseñanza de carácter oficial. Que Jesús así lo hiciera, resalta la importancia y el carácter de las leyes que está por dictar, una forma de expresar que lo que está por decir es medular en el reino de los cielos.
— Roberto Tinoco
Mateo 5:2
5.2 Una expresión usada por los judíos para resaltar el mensaje presentado, una forma de dar énfasis a lo que a continuación habrá de decirse. La misma frase se usó para resaltar el evangelio de Jesús que Felipe presentó al eunuco (Hch. 8:35); así como cuando Pedro predicó a Cornelio y a su casa para subrayar la importancia de la entrada de los gentiles al reino de Dios (Hch. 10:35); de modo, que cuando Mateo usa la expresión “abriendo su boca” está intentando, a través de un hebraísmo, de una costumbre de entonces, exaltar el mensaje que Jesús está por presentar; está diciendo: “Pongan mucha atención, puesto que lo que estoy por relatarles, respecto de las enseñanzas de Jesús, es sumamente importante.”
— Roberto Tinoco
Mateo 5:3
5.3 Bienaventurados en griego es makarios, pero debemos notar que Jesús no habló en griego; aunque se halla escrito su enseñanza en ese idioma; Jesús enseñó en arameo, que era el idioma usado por los judíos en esa época. Los judíos usaban la expresión “¡qué feliz es..!”; el reconocido comentarista Barclay hace notar que la misma frase se usa en el salmo primero: “¡qué feliz el hombre que no ha andado acompañado ni ha obedecido el consejo de los malvados!”. Esto nos indica que los mensajes de Jesús debieron estar llenos de vida: “¡qué felices los pobres en espíritu…!” Por eso la Escritura dice que las palabras que Jesús habló son espíritu y son vida, porque lo que dice es bendición al hombre, más allá de enseñar, está bendiciendo. Bienaventurado es una condición interna del hombre, no externa; es consecuencia de la vida espiritual no de la algarabía emocional. Makarios proviene de la raíz etimológica Mak, que indica algo grande, durable, permanente. Se trata de un adjetivo que denota felicidad, alegría, regocijo y satisfacción. Todo esto se alcanza solamente a través de Jesucristo al experimentar la gracia de la salvación. La bienaventuranza de la gracia del reino de Dios es permanente, no depende de circunstancias externas, la mala fortuna no la opacará, ni la adversidad la hará menguar; las bienaventuranzas del reino son como su Rey, ¡eternas! Y nada las destruye porque no dependen de nada fuera de Jesucristo. Bienaventurados, buenaventura, suena como un futuro con suerte, pero no trata para nada con la casualidad; por el contrario, es más la cosecha de ser quien eres realmente. Se usó la palabra “bienaventuranza” en nuestra traducción, la versión de la Biblia de la Biblia más popular en español, pero ya no tiene el mismo significado que entonces. Así que haremos bien en utilizar un término más apegado a nuestra época: “felices”, como de hecho contienen otras traducciones más recientes. El hecho es que Jesús nos da “el makro” de la felicidad (de allí makario, ver notas 5.1-2) por decirlo así. Big, a lo grande, macro, magno, enormemente feliz. Capaz de sonreír aun en un funeral y de mantener la paz en la tormenta. Más que contentos por estado de ánimo, felices. Mira la Biblia y lee las palabras del Señor, ¡vaya que los mensajes de Jesús están llenos de entusiasmo! ¿Y qué significa la primera bienaventuranza? Eres muy feliz cuando tu riqueza es Dios. ¿Podrías decir junto conmigo: soy feliz cuando no puedo perder nada? Te puede parecer sencillo, pero confesar te ayudará enormemente a hacer realidad la felicidad en tu vida; es la manera en la que se activa tu interior. Jesús nunca estuvo a favor de la pobreza en cuanto a la ausencia de bienes terrenales. Lo has visto en las películas clásicas usando sandalias y se usa esto como argumento en contra de las cosas de este mundo; pero ese era el calzado usado entonces. El “cristo” harapiento y de ideas comunistas no es bíblico. Recuerda que la Biblia es su Biblia, Él la inspiró; y la misma está llena de consejos y promesas de prosperidad; de hecho, siempre que se habla de las consecuencias del pecado se incluye la pobreza material. Dios no está en contra de los ricos, sino de los orgullosos, tengan éstos un palacio o carezcan de todo bien. Tampoco está en contra de los pobres; por el contrario, odia la pobreza como un mal contra la humanidad, y por eso ayudó a los pobres durante todo su ministerio; además de ordenar a la iglesia a no olvidarse jamás de ayudarles. Y aunque la historia eclesiástica tuvo sus malos tiempos en los que pareció olvidar estos principios básicos de fe y caridad, sigue siendo un fundamento de la fe cristiana. El evangelio mismo son las buenas noticias de cómo llegar a fin de mes, si me permites la expresión, entre muchas otras cosas. Entonces, ¿de qué habla? ¿a qué se refiere la bienaventuranza de los pobres en espíritu? Trata acerca de lo que tienes o mejor dicho, de lo que no tienes en tu interior: riquezas. Independientemente de si posees o no riquezas materiales, abundancia o escasez, dinero o deudas, tu corazón debe estar desprovisto tanto de codicia como de avaricia (la diferencia entre ambas es que la codicia intenta ardientemente tener y la avaricia se preocupa en retener). ¿Cómo vas a ser feliz cuando estás preocupado todo el día por lo que puedes perder? Conocí a un hombre que pasaba los días mirando por la ventana cuidando el auto que había comprado. Sólo quien no tiene nada que perder (en el corazón, recuerda, en el corazón), podrá estar contento. Después de todo, ¿qué tienes que sea de verdad tuyo? Si lo fuera, no podrías perderlo. ¡Ni tu aliento puedes conservar sin la gracia de Dios! Te lo digo claro: todo es de Dios. ¿Por qué sufres por lo que no te pertenece? Esa rara debilidad humana de sufrir por todo, muy propia de la naturaleza caída. Te explico. En una negociación, no gana más quien tenga el mejor artículo o servicio, tampoco el vendedor más capaz necesariamente, sino quien tenga menos miedo a perder algo. Si tienes más necesidad que tu interlocutor de concretar el negocio estás en desventaja. Así es la vida, sólo son felices los que no tienen nada que perder. ¡Felices quienes no tienen posesiones en el corazón, pues las posesiones no los tienen a ellos tampoco! Eres feliz cuando tu riqueza es Dios. Las palabras de Jesús no tienen nada que ver con el hambre del cuerpo ni con la indigencia. La felicidad prometida no está en la escasez, de lo cual te puede dar cuenta cualquiera que la ha padecido. Ser pobre en espíritu nada tiene que ver con bolsas vacías. No es mendigar ni ser necesitado. Todo lo contrario, es la ambición de lo verdadero, de lo eterno por encima de lo temporal. ¿No es esto un gran alivio? La felicidad es otra clase de necesidad, la absoluta necesidad que requiere la absoluta satisfacción. Un pobre en espíritu no quiere algo, sino todo, y sólo Dios es todo. ¡Felices quienes pueden estar satisfechos con Dios! Sólo serás verdaderamente feliz cuando tu riqueza sea Dios. Cuando Dios es todo lo que tienes sabes que Dios es todo lo que necesitas. ¿Alguna vez haz apilado cartas construyendo una torre? Ese juego que consiste en recargar cartas unas con otras para ver hasta donde puedes subir. Entre más alto llegas más preocupado estás de que se caiga. Es un juego sin consecuencias, pero semejante a la vida: cuando tu corazón está en las riquezas de este mundo, entre más y más posees, más preocupaciones tienes; y por lo mismo, menos paz y felicidad. Pero a Dios no lo posees, Él es tu Dueño. Eres feliz cuando tu riqueza es eterna, el reino de los cielos. El niño llora por la paleta que cayó al piso y el adulto porque no puede pagar la letra del automóvil, salvo los años, no son muy diferentes entre sí; es más, ambos son el mismo en diferente época de su vida. El hecho es que es más fácil ser infeliz cuando puedes perder lo que te hace feliz. Aunque parezca obvio, si nuestra felicidad depende de lo que podemos perder, andaremos en un vaivén de emociones, feliz, infeliz, feliz, infeliz. La rueda de la fortuna emocional. Y es que la vida en este mundo ocasionalmente te da a manos llenas para quitártelo en otro momento (contrario por completo a la generosidad divina). Por ello, la felicidad temporal es una vida bipolar. La promesa para quien está en su interior totalmente despojado de las cosas temporales, teniendo por su tesoro a Dios, es que recibirá el reino de Dios. Te dan el cielo cuando no te es suficiente la tierra, como Abraham que habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa, porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo Arquitecto y Constructor es Dios (Heb. 11:9-10). Para todos, Abraham era un príncipe riquísimo; hasta las naciones le temían. Pero Abraham se veía a sí mismo como un ciudadano del cielo y nadie podía despojarle de esta riqueza. Era pobre de espíritu, pues no vivía para sí ni para el mundo, sino para Dios. Esta clase de bienaventuranza es un seguro contra los corazones codiciosos, cosa nada extraña para los seres envueltos en carne. Eres feliz cuando eres por encima de tienes. Seguramente habrás escuchado el dicho: “cuanto tienes cuanto vales”. Esto es la ley de algunos, su vara de medir. Otros, un poco más perdidos en los quehaceres cotidianos, al preguntarles quienes son te responderán a qué se dedican; como hormigas ocupadas una siguiendo a la otra. Es común perderse entre ambos grupos y pasar la vida sin detenerse a considerar el por qué parece siempre faltar algo más. El secreto de la felicidad es el bien ser por encima del bienestar y aun por encima del bien hacer. En teoría todos sabemos un poco de esto, quizá más por instinto; pero conviene recordarlo de tanto en tanto, ya que somos buenos para olvidar la esencia de las cosas. Lo que tengas en este mundo puede cambiar de un día para otro. Seguramente has escuchado la noticia de ricos de este mundo suicidándose por una baja en la bolsa de valores? En realidad si tenían los valores muy bajos. También lo que haces puede cambiar rápidamente. ¿Has cambiado de trabajo o de ocupación? ¿Cuántas veces? La empresa que parecía estable, no lo era tanto; y ahí vas otra vez con tu cajita de pertenencias personales. No se puede ser feliz si la razón de tu felicidad es inestable. Finalmente sólo lo que eres, lo que realmente eres detrás del velo de carne, es lo que permanecerá. Como hijo y heredero de Dios, entre otras bendiciones de tu nueva identidad, lo que eres se mantendrá por siempre. Allí tienes una base de felicidad: tú. Tú en Cristo, la mejor versión posible de ti. A eso se refería el Maestro cuando dejaba asombrados a los oyentes con los mensaje más espectaculares escuchados jamás: ¿qué recompensa dará el hombre por su alma? Tu mayor bien y tu más grande riqueza ha estado contigo desde el día de tu concepción. Lo que eres es lo que vale. Si quieres ser rico, crece en lo que eres, como persona, aumenta las cualidades de tu alma. Después de todo, vivirás contigo eternamente. Seguramente has conocido a alguna persona con riquezas materiales que al enfermar está dispuesto a dar todos sus bienes por la recuperación de la salud. Es una ironía que tiró la vida por adquirir cosas de este mundo y luego da los bienes tratando de retener la vida (si supiera cuál es la verdadera Vida). Lo mismo sucede con el que padece la terrible experiencia de ser secuestrado, está dispuesto a pagar lo que sea por su rescate. Solo hasta entonces reconoce que lo que es, vale más que lo que tiene. Deberíamos llamarle caja fuerte al corazón, allí está el tesoro. Por algo dice el Señor que sobre toda cosa guardada, debemos guardar el corazón (Pr. 4:23); así como nos invita a darle el corazón, la fuente de nuestra voluntad (Pr. 23:26). Feliz por dentro, blindado por fuera. Como los buenos productos, el hombre es mejor por dentro que por fuera. Su espíritu posee virtudes dignas de un tesoro, aun cuando está envuelto en un papel tan poco digno como la carne. Así que las cualidades de las que el Maestro está hablando en los secretos para ser feliz, son las cualidades del espíritu, del interior y no del exterior. En última instancia, no somos lo que vemos en el espejo. ¿Comprendes esto? Lo que ves se encuentra en constante cambio, en poco más de un mes tienes todas tus células nuevas; mientras que lo que eres espiritualmente permanecerá para siempre. Tu estás dentro, no te confundas con el estuche. Si estás feliz por dentro, estarás blindado por fuera. El exterior no afectará tu interior. Probablemente no podrás evitar un ojo morado, pero si tienes la posibilidad de impedir que el golpe lastime tu alma. Lo que pasa dentro tuyo es tu privilegio y tu responsabilidad. Esta facultad te fue dada del cielo. Jesús lo supo y así lo enseñó. Sabía que tenía que irse, tres años de ministerio son muy pocos cuando se trata de dejar bases eternas. Por tanto, enfatizó lo principal. Sabía que la mejor manera de protegernos no fue dejándonos miles de legiones de ángeles (que a veces quisiera), sino las bienaventuranzas; es decir, el secreto de la felicidad: vivir desde el interior. Jesús era enfático en limpiar primero lo de dentro del vaso y entonces lo de fuera sería limpio, tan enfático que se molestaba mucho con los fariseos y su enfoque religioso en la apariencia. También, Jesús enseñó constantemente que es del corazón humano, de dentro del hombre, la fuente de sus intenciones, de donde procede lo que puede contaminar al hombre. Tanto el secreto de la felicidad como la cárcel del alma se encuentra en tu interior, y tu decides por cual vivirás. Por otro lado, si estás amargado por dentro, nada externo te llenará; siempre parece insuficiente. Podrás satisfacer anhelos y deseos temporalmente, pero nunca definitivamente. ¿Conoces a algún quejumbroso o dado a la crítica? ¿Sabes de alguien que se preocupa con facilidad o que suele deprimirse? El que está insatisfecho por dentro, nunca estará satisfecho por fuera. Dios puso eternidad en el corazón humano y nada temporal puede satisfacerlo (Eclesiastés 3:11). En definitiva, detrás de cada mala actitud existe hambre por algo provocándola. Pero todo cambia cuando la actitud cambia. Las diversas insatisfacciones del alma son humo y se desvanecen con la voluntad de no prestarles más atención. La muerte del ego es por inanición, ignorándolo, y lo mismo sucede con todos sus apetitos. Recuerdo haber visto una película muy galardonada (tres oscares) llamada La vida es bella, es de mis favoritas, dirigida y protagonizada por Roberto Benigni. En ella, Guido Orefice, un prisionero en los campos nazis de concentración, judío, convence a su pequeño hijo de nombre Giosué de que todo es un juego, un concurso para obtener un tanque de guerra como el primer premio. El niño soporta feliz el hambre, la pobreza, el aislamiento y toda clase de penurias por el juego y la esperanza del galardón. Con el fin de librarle de los horrores de la prisión, su padre le dio el secreto de la felicidad: la vida es bella. Una cuestión de esperanza y actitud. Ser un amargado o infeliz también es un asunto de voluntad y en esto, algunos tienen mucha fuerza de voluntad. Se aferran a que las cosas externas se ajusten a su deseo o le harán la vida amarga e infeliz también, a cuantos puedan. En realidad están proyectándose a sí mismos. Persiguen porque no se aceptan; critican por cómo se sienten consigo mismos; señalan ante su inseguridad e insatisfacción. Eres feliz por dentro y feliz por fuera sin conformarte. Si ya se, decir que la felicidad es un estado interior da la idea equivocada de soñadores con una «L» en la frente. Fracasados que se conforman con vivir mal y mantienen la sonrisa. Eso no es lo que he tratado de decir y mucho menos, lo que el Maestro dijo. No es reírse todo el día sin sentido y por todo. No, de eso no trata el secreto de la felicidad. Irónicamente vivir por el interior no implica conformarse con lo mínimo. Ser sobreviviente no es ser vencedor. Los pobres en espíritu no son pordioseros emocionales a los que puedas calmar con migajas de favor. Tampoco son indiferentes a esta vida diciendo que nada les importa como dementes viendo el cielo. No, los pobres en espíritu por ser ricos en Dios no se conforman a la vida mediocre sin Dios ni fuera del cumplimiento de sus promesas. Esperan el cielo para el futuro, pero mientras tanto están provocando con todas sus fuerzas que el cielo se exprese en la tierra. No son mediocres, sino hombres y mujeres de fe. Para el que medio cree todo es mediocre. Los pobres en espíritu son felices, pero no conformistas. ¿Quién dijo que se puede ser feliz careciendo de carácter? Son felices porque tienen a Dios que es todo lo que se necesita para ser feliz; y por ello, no aceptan nada menos que el reino de Dios. Sólo la vida que corresponde a la excelencia del reino de Dios, nada menos. ¿Has leído la Biblia? El saludo clásico es shalom, que significa mucho más que paz. Quiere decir: bendición en todas las cosas. Abundado de todo bien. Shalom es prosperidad integral, sobre abundancia verdadera en cualquier rubro de la vida a quien así se bendice. Vida interna y externa a lo grande, sobradamente. Son pobres en espíritu, solo Dios y lo que es de Dios es lo que buscan. Los ricos para con Dios y pobres en espíritu, constantemente tratan de llevarlo todo hacia los estándares del reino de los cielos, ya que saben que sólo así serán felices los demás. Son como el médico de vocación, para quien su ciencia no le permite conformarse a la enfermedad y se esmera en sanar a cuantos puede. Ya no se trata de que él sea feliz, sino de hacer felices a los demás, por decirlo así. La pobreza en espíritu es la entrega incondicional a Dios. Hace algunos años, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los aviones de la Alemania Nazi bombardeaban la ciudad de Londres en su enfermizo propósito de conquistar Inglaterra, un inglés escribió a un amigo suyo norteamericano: «Como un sólo hombre, la nación entera ha entregado todos sus recursos al gobierno. Hemos otorgado al consejo de ministros la autoridad para hacernos cumplir toda obligación, la autoridad para apropiarse de todos nuestros bienes, nuestro dinero y todo cuanto nos pertenezca. Nunca han tenido tan en poco los ricos su riqueza. Nunca hemos estado tan dispuestos a entregar la vida para que triunfe nuestra causa, que es la del mundo entero.» ¡Imaginemos lo que sucedería si esta misma determinación tomara la iglesia de Cristo para entregarse en un pobre espíritu a Dios! ¡Si dijéramos y sostuviéramos nuestra palabra: Toma, Señor, nuestros bienes, nuestro dinero y todo nuestro ser, y úsalos según tu propia voluntad! Pobres en espíritu y probablemente con algunas monedas menos; pero ricos para con Dios y muchas sonrisas más. ¡Inmensamente felices quienes no tienen codicia de la tierra por estar llenos de cielo y quienes son tan ricos de Dios que no se sienten atraídos a lo humano!
— Roberto Tinoco
Mateo 5:4
5.4 Las mujeres tienen un diseño muy interesante; sus emociones son intensas, por ejemplo, cuando lloran tienen en ello un gran beneficio. Piénsalo: cuando están bajo estrés, dolor o cargas, lloran y desahogan la presión. ¡Qué maravilla! Sus lagrimales son más efectivas que esas valvulitas de las ollas de presión. En cierta manera, por eso vive menos el hombre, no llora lo suficiente, al menos debiéramos derramar nuestras emociones delante de Dios con mayor frecuencia. Llorar tiene sus beneficios. También, los más grandes cambios en la vida, suelen pasar después de un gran dolor. Al escucharse el “crack” del corazón, pareciera dejar salir lo mejor de nosotros; ¿acaso no has visto al artista ser capaz de componer con calidad y sentimiento después de un momento doloroso? Y lo mismo pasa en todas las disciplinas del quehacer humano. De algún modo, sabio modo por cierto, Dios es especialista en sacar el bien hasta del mal y la vida de la misma muerte. ¿Lo has visto? ¡El símbolo de toda bendición humana es una cruz! Y basamos nuestra fe en la resurrección. Así que nos enseña la felicidad del sabor agridulce. Lo que duele también es necesario y podría desatar el placer (no hablo de hedonismo ni simple sensualidad, sino de la pasión del espíritu). Si bien no estoy de acuerdo en ir por la vida llorando y contando nuestras penas; tampoco rechazamos el bendito don de llorar (en el tiempo y lugar correcto); siempre y cuando lo aprovechamos para el bien. ¿En qué forma? La próxima vez que se asomen lágrimas a tus ojos, busca el rostro de Dios primero que un pañuelo. Llora por lo que vale la pena y no por hipersensibilidad. Hay felicidad en el sabor agridulce. Soy feliz al sentirme vivo. Ese es el asunto: sufres porque duele. Sin darte cuenta que en realidad deberías estar muy feliz de que duela, pues significa que estás vivo. Imagina (Dios no lo quiera) que por esa clase de enfermedades raras con nombres impronunciables, tu cuerpo perdiera la capacidad de sentir y estuvieras totalmente paralizado, parapléjico (de verdad espero que jamás padezcas nada semejante). En tal condición, volver a sentir dolor sería la mejor noticia que podrías recibir. Así es la vida en todas sus facetas, el dolor bajo control es favorable, una buena señal que puede guiarte a una vida mejor y evitar daños mayores. Sentir hasta el dolor (moderadamente) es una bendición. La paradoja de la felicidad en las lágrimas es que puedes sentirte feliz porque tienes un día miserable. Dentro de tu ser existe un tesoro de vida que surge cuando el dolor aparece. En este caso, el dolor es como esas llaves viejas y feas de los baúles antiguos que guardan riquezas. ¿Por qué crees que tienen tanto éxito las canciones tristes? Incluso en el pueblo cristiano sucede esto. Los músicos suelen tocar muy bien las fibras del alma. …sólo hago alusión a esto para hacerte ver el sabor agridulce que experimentas en el dolor. De alguna forma es un disfrute. Te sabes vivo, sientes. Para ser feliz no pierdas la capacidad de sentir todo lo que debes sentir. Eres una amplia gama de emociones y sentimientos, sensaciones y sentires. Y por más redundante que esto parezca, la vida siente. Es como la sensación agradable del agua fría o caliente, mucho más agradable que sólo tibia. Sentir es una bendición. Para ser feliz no pierdas la capacidad de sentir, aun cuando se trate de sentir ganas de llorar. Se dice que un desalmado es aquel que no tiene compasión ni afecto natural. Yo tengo mi propia definición. Un desalmado es quien ha perdido o no usa las facultades del alma, no siente, es un zombi emocional. Un individuo que, ya sea por traumas o complejos, decidió cauterizar sus sentimientos de modo que permanece impávido ante lo que debería hacerlo reír o llorar. Un sociópata. No te transformes en uno ni permitas a tu ser dejar de sentir, eres un alma extraordinariamente dotada de emociones, ¡siente por Dios y vive feliz! No todo lo que parece malo al principio resulta malo al final. Una enfermedad es mala, a menos que por su causa te analicen y descubran un tumor operable. Un accidente de auto es malo, salvo que allí encuentres al amor de tu vida. Un embarazo no deseado es malo, pero el hijo se convertirá en lo mejor que te haya sucedido. ¿Qué es realmente malo y qué es en verdad bueno? Hay experiencias en la vida que no parecen buenas experiencias, pero aun así, pueden transformarse en buenas por el resultado final de las mismas. Con frecuencia es solo un asunto de tiempo, saber esperar. Parece el mundo al revés. Como parte del secreto de la felicidad, debes entender que hay felicidad también en lo que a primera vista te parece malo. Existe la felicidad a pesar de la primera vista para aquellos que han abierto los ojos. Por el dolor de un desamor puedes aprender a elegir el verdadero amor. Allí fuiste consolado. Con una vez que te rompan el corazón, aprendes a no darte ligeramente. Por el quebranto de una enfermedad podrías hallar la vida eterna. Allí fuiste consolado. Y es que a la hora de morir cualquiera eleva una oración como el ladrón en la cruz, por aquello de las dudas. Por la quiebra de un negocio puedes volverte un gran empresario. Allí fuiste consolado. Cuando el dinero se pierde más rápido que como se gana, desarrollas el gusto por no tirarlo. Aprende a disfrutar el sabor agridulce en lugar de deprimirte y rechazarlo. Esta es una práctica muy mexicana, ¡hasta a los dulces les ponemos chile! Así es la vida feliz: usa el contraste. Necesita como la buena mesa la mezcla de sabores. O si lo prefieres, imagina la felicidad como la música, sin tristezas es plana; sin silencios ni variación es aburrida, sin contraste. La vida no debe ser un concierto de una sola cuerda, tampoco un cerebro sordo que rechaza la parte triste que también le pone ritmo al vivir. La vida fue creada para disfrutar incontables sabores, espectaculares colores, abundantes aromas, y experiencias sin fin. Como me dijo un moribundo en su lecho de muerte: no me arrepiento tanto de lo que hice, como de lo que no me atreví a realizar. La vida es para vivirse (y con esto no incluyo las cosas respectivas a la muerte como el pecado y la maldad). También, hay felicidad en el desahogo, pues eres feliz cuando liberas la tensión. Volvamos a esa parte de liberar la tensión. Te comenté la virtud de llorar que tienen por cierto, mucho más desarrolladas las mujeres que los hombres. Llorar es parte de la felicidad; además, hay felicidad en el consuelo posterior. Felices los que lloran para descansar, porque podrían estarse librando de infartos y demás enfermedades. Como las ollas de presión, que si no fuera por la válvula de escape que libera moderadamente dicha presión, explotaría. Aclaro, mientras quien llora no se vuelva depresivo y dado a llorar constantemente, pues en tal caso sería como destapar la olla de una sola vez cuando está hirviendo (todavía recuerdo el techo de casa de la abuela pintado de frijoles cuando se me ocurrió hacer tal cosa). Eres feliz cuando no acumulas cargas. De niño, si eras como yo, despertabas listo para saltar de la cama y jugar hasta volver locos a todos. No había decisiones que tomar, responsabilidades que cargar ni culpas que lamentar. Vivías al máximo y cada día era una aventura. Lo mismo eras policía que ladrón, súper héroe que villano. El asunto era jugar y divertirse. Pero conforme avanzaron los años, también se sumaron las responsabilidades y con ellas, las cargas. La vida en sí misma tiene sus cargas. Un nuevo año y nueva cuenta de cargas. De pronto despiertas y no saltas de la cama ni estás listo para jugar. Sólo quieres sobrevivir. Conforme el peso aumenta, los afanes se suman y las preocupaciones se multiplican dando como resultado que la felicidad se ausente. Y para colmo, si tienes éxito, bueno, lo que comúnmente se considera éxito, el peso de la responsabilidad se incrementa según la importancia de nuestras obras. A mayor privilegio, mayor compromiso y con ello, mayores cargas. Ser el héroe de la historia puede volverte el villano de la misma. No es fácil sonreír con una montaña al hombro. Algunos no están infelices, sólo sobrecargados; y no es que sean demasiados serios o que no sepan reír, simplemente han acumulado emociones negativas hasta no poder sentir otra cosa. Es bajo la carga que la bienaventuranza de llorar resulta más atractiva. No llorar ante otros como desesperado, sino acudir en secreto a Dios para soltar lágrimas y con ellas el peso que nos agobie, a fin de evitar que se acumule. ¡Felices los que se descargan ante Dios, porque estarán de pie ante los hombres! Descargarse es necesario. Imagina que en lugar de cambiarte de ropa regularmente, nunca te quitaras la que traes puesta, sino sólo la cubrieras con más ropa. Una capa encima de la otra y así sucesivamente día con día. ¡Llegaría el momento en el que no puedes dar un paso más y quizá ni mantenerte en pie! ¿Te has sentido así? La vida es semejante, tienes que aprender a despojarte de la ropa de un día para ponerte la siguiente; si sólo te cargas día a día sin saber soltar, el peso te aplastará, no podrás moverte. En esto la bienaventuranza de llorar es una bendición. Acostumbra acudir a Dios de tanto en tanto, día a día y cuando sea necesario, llora. Luego limpia tu rostro y que nadie conozca cómo soltaste tu carga. Jesús ordenó que al ayunar, laves tu rostro para que los demás no sepan que estás ayunando. Esta bienaventuranza incluye la felicidad del arrepentimiento, el ser feliz con un corazón quebrantado. ¿Irónico? Sí, pero verdadero. De todas las razones que tendrás en la vida para llorar (y mira que tendrás), no hay ninguna tan benéfica como el arrepentimiento. No llores por la consecuencia, llora por la falta. Esta es la enorme diferencia entre el corazón duro y el corazón quebrantado. Alguno tiene roto el matrimonio, pero duro el corazón. Otro, quebranta su corazón y conserva el matrimonio. Puedes llorar la pérdida de la empresa y no levantarte jamás; o llorar haber sido negligente y recuperarla. Lo que no se vale es llorar sin cambiar. Tenemos la capacidad de sentir tristeza para enmendar el corazón y corregir rumbos, no para deprimirnos. Quebrántate, pero para arrepentirte. Humíllate, pero con el objetivo de modificar malas conductas. Dios no rechaza el corazón contrito y humillado (esa palabra contrito suena como se siente: hecho trizas, pedacitos). Tal actitud reconcilia con Dios y proporciona la posibilidad de una nueva y mejor vida. ¿Ya leíste de los beneficios de asistir a un funeral? Mientras no seas el muerto, claro está: Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría (Ecl. 7:2-4). No pienses que el texto dice que la muerte es mejor que la vida. No somos kamikazes emocionales. La Escritura se refiere a la actitud del observador, -el que vive lo pondrá en su corazón-. En otras palabras, ante la muerte de otro, reflexionamos en nuestra propia vida. Es fácil reflexionar ante la posibilidad de la eternidad. La bienaventuranza de los que lloran es la que enmienda el corazón, como leímos. Es el dolor que te saca lágrimas, pero también la suciedad del alma. La que reinicia la conciencia. ¿No me digas que no has tenido ganas de volver a empezar? Pues el dolor del corazón te da esa oportunidad y en ello hay felicidad: Antes que fuera yo humillado, descarriado andaba; mas ahora guardo tu palabra. …bueno me es haber sido humillado (Sal. 119:67, 71). Los corazones rotos, después de sanar, suelen tener las mejores sonrisas. Y cuando no es así, es porque no sanaron. La bienaventuranza de los que lloran en ocasiones es similar a un monarca llamado Manasés, rey de Judá. Uno de esos hombres que se marean ante el poder, de los que tienen los oídos tan pequeños como el corazón, por lo que no escuchan a nadie. Hizo lo malo –sentencia el Libro Santo. Dios lo amonestó varias veces, pero no escuchó. Fue malo entre malos, así que no quedó otra cosa para hacerlo feliz que primero volverlo infeliz. Fue humillado y llevado atado con cadenas a Babilonia. Más –dice la Biblia, cuando fue puesto en angustia, imploró a Dios y se humilló mucho ante Él y fue oído, liberado y regresado a Jerusalén (1 Crónicas 33:9-13). Después de esto, el rey era otro, fue feliz. ¡He allí su bienaventuranza! ¡He allí su consuelo! Es la fiesta del pródigo que regresó a casa. Es la felicidad del sobreviviente de cáncer. Es la alegría del libertado de la cárcel. Es el consuelo de quien vuelve a abrazar. Pero antes de la mala experiencia que produce dolor, ahórrate el quebranto rindiéndote voluntariamente. Sólo tu decides hasta dónde te ablandas o te endureces. El reino de los cielos es un campo que se riega con lágrimas y que cosecha consuelo y alegría. No se puede extender sin la pasión por las almas y la angustia ante la necesidad del mundo. No se puede extender sin llorar por la injusticia, no fructificará si no hay lamento ni dolor. Es una siembra. Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. Irá andando y llorando el que lleva la preciosa semilla; más volverá a venir con regocijo, trayendo sus gavillas (Sal. 126:5-6). Esto es parte de la felicidad, la pasión. Ni el cielo ni el mundo le hacen caso a quien no muestra pasión por lo que cree. La humanidad urge apasionados. Nada atrae más a los muertos vivientes que los verdaderamente vivos. La pasión atrae. Para recuperar la felicidad, recupera primero la pasión. Demasiados talentosos y buenos hombres y mujeres vegetan infelices solo por no haberse atrevido a intentarlo más. Se rindieron antes de tiempo, les dio vergüenza mostrar su entusiasmo, prefirieron el fracaso al esfuerzo y con esto, se transformaron en un número más de la estadística de lo que pudo ser. Junto con lo dicho, eres feliz cuando lloras por salvación. Salvarse de cualquier mal produce alegría. Pero para salvarse, a veces hay que llorar. Los niños saben de esto. Más de una vez se salvan con lágrimas. Tu sabes a qué me refiero, a esas ocasiones en donde comenzamos regañando y terminamos consolando para que no lloren más. Unos sollozos pueden ser más poderosos que los puños de boxeador. Tratándose de la salvación del alma esto es mucho más significativo. ¡Felices los que se arrepienten con lágrimas porque ellos tendrán el consuelo de la nueva vida! Feliz el que llora ante su condición, de tal forma, que su consuelo es ser recibido en el reino de los cielos a pesar de lo que es. Por eso pues, ahora, dice Yahwéh, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos, y convertíos a Yahwéh vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia y que se duele del castigo (Joel 2.12-13). Los judíos religiosos del tiempo de Jesús eran expertos del drama. Rasgaban sus ropas enfatizando su dolor, especialmente en funerales o ceremonias religiosas dolientes. Sus rituales estaban cargados de falsa emotividad. Lanzaban polvo al cielo sobre sus cabezas, llenaban de cenizas la barba, rasgaban sus ropas y lloraban abundantemente. Por dentro se reían ante la comicidad de su hipocresía, pero por fuera lloraban cual plañideras. A Dios no le gustó. Sus ojos son rayos x del alma y ningún corazón esconde su verdadera condición. No son las lágrimas actorales, sino el llorar del arrepentimiento del que Dios habla. Él hará feliz al que llora de verdad por una vida mejor. Si puedes llorar verdaderamente arrepentido, también serás verdaderamente feliz. Las lágrimas que terminan en felicidad es el llanto conocido en la Biblia como la tristeza según Dios para arrepentimiento y salvación: Porque he aquí, esto mismo de que hayáis sido contristados según Dios; ¡qué solicitud produjo en vosotros, qué defensa, qué indignación, qué temor, qué ardiente afecto, qué celo, y qué vindicación! (2 Cor. 7:11). Contrario al seco rey Saúl, el primero de la monarquía hebrea, hombre sin lágrimas y sin salvación. Era duro y obstinado. No tiene una lista de pecados, pero si de dureza de corazón. Insensible a Dios y a las cosas de Dios. Completamente diferente al pescador Pedro, hombre rudo de piel áspera, pero capaz de despertar ante el canto de un gallo y ser movido a llorar amargamente por arrepentimiento. Pedro es bienaventurado, Saúl no. ¡Felices quienes lloran ante Dios porque los consolará llenándoles de bien!
— Roberto Tinoco
Mateo 5:5
5.5 Es la felicidad de la permanencia. ¡No pude soportarlo más! –dice el que dejó su matrimonio o su trabajo o incluso el ministerio. Sentía que si seguía un día más ahí, explotaría –dijo quien se fue de casa de sus padres o abandonó la escuela. Todos tenemos en la lista de nuestra vergüenza algo de lo cual escapamos, tiramos la toalla, nos rendimos. Colgamos diplomas y ponemos en la repisa los trofeos para que todos los vean, nos recargamos al lado de ellos mientras contamos la historia de cómo los conseguimos y de cuánto nos esforzamos por ello. Pero nadie enmarca sus fracasos ni presume sus renuncias. Esas se esconden, aunque no se olvidan. Permanecer es una virtud, no todos permanecen. ¿Has corrido un maratón? La vida es semejante. No es una carrera de cien metros planos, sino de resistencia. El reino de los cielos tiene en su tercer artículo o secreto de vida, la felicidad de la permanencia. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Se escucha contrario a este mundo, en el que toman la tierra los que obligan a los demás a entregarla. Es el mundo al revés llamando real a lo bizarro; pero que de acuerdo al plan divino, es el derecho. Seguir, estar, permanecer. ¿No te dice nada que la Biblia esté llena de amonestaciones a permanecer en la fe, seguir en la palabra y guardar sus mandamientos? Permanecer es la evidencia de creer. Es la felicidad de la fortaleza; feliz cuando mantienes el control de ti mismo. Te explico, cuando el cerebro está enfermo o dañado, puede hacer que quien lo padece sufra o ría sin control ni causa verdadera. La gente feliz no es lo uno ni lo otro, sino que ríe en plena conciencia de su felicidad. No importa si eres un estrépito de carcajadas en la fiesta, eso no es necesariamente felicidad. Alegría temporal, desde luego, pero no felicidad. ¡Felices los mansos! –dijo el Maestro. Felices los fuertes. La palabra bíblica griega traducida como mansedumbre es prautes (Mat. 5:5). Significa carácter tranquilo, equilibrado, que mantiene las pasiones bajo control. Dominio propio. Lo contrario es la lluvia de hormonas que experimentaste en la adolescencia. La mansedumbre no es debilidad, sino fuerza contenida. El mejor ejemplo es Jesucristo en sus días en carne como el Hijo del Hombre, quien pudiendo dominar a la fuerza el mundo prefirió ser manso y humilde de corazón (Mat. 11:29). ¿Lo imaginas? El Creador del universo comiendo sopa de mano de una jovencita. O cuando el Rey entró en Jerusalén, no lo hizo como Dios, ni siquiera a través del poder político, militar o religioso, nada de fuerza, heredó cediendo: Decid a la hija de Sión: He aquí, tu Rey viene a ti, manso y sentado sobre una asna, sobre un pollino, hijo de animal de carga (Mat. 21:5; Zac. 9:9). No parece la imagen de un grande, en cierto modo parece, lo digo con la máxima reverencia posible, caricaturesco. Soy de un pueblo donde los burros eran comunes. Animales tercos que se conforman con lo básico de lo básico. Incluso he leído comentaristas bíblicos, a los cuales me uní alguna vez, diciendo que los burros de entonces eran mejores que los de ahora. Esto parece más caricaturesco aun. La cosa es como se lee: el Rey vino de forma muy sencilla, en verdad humilde. Es la paradoja del poder, cuando se tiene no requiere demostrarse y tampoco puede esconderse del todo. Si el Todopoderoso se presentó en forma mansa, es aun más real y necesario para nosotros la mansedumbre. Hay felicidad en esta virtud, mientras que lo contrario también es verdad: hay insatisfacción en el orgullo e infelicidad en la soberbia. Dios conquistó el mundo con la mansedumbre, entró en la santa ciudad sobre un asno y salió de ella con gloria como dueño de todas las cosas. Haremos bien en no tener una pizca de soberbia mayor que la del asno en donde pudo posarse, no sea que perdamos el privilegio de su Presencia y la cobertura de su manto sobre los lomos. Esta es la conquista del reino, la mansedumbre. La cual es poder sobre uno. No puedes lanzarte a la conquista del mundo sanamente cuando no eres siquiera señor de ti mismo. Si no eres dueño de ti, no eres dueño de nada; mientras que ser dueño de ti, te hace señor de todo (para el codicioso esto no sonó bien, para el santo, lo dicho es liberador). Como dice la Palabra: Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad (Pr. 16:32). Se desarrolló un experimento para saber qué características poseen aquellos que triunfan en la vida. La virtud que estaba en examen era la paciencia, saber esperar teniendo control de uno mismo. Se efectuó con niños pequeños a los que se les puso frente a ellos un malvavisco. Luego se les instruyó a no comerlo con la promesa de que si obedecían y esperaban, después de un rato recibirían muchos más. Era gracioso ver a los pequeños rondando el bombón como gato ante rosticería. Algunos trataron de hacer trampa comiendo de abajo y colocando el dulce de modo que no se notara, otros sólo lo lamían. Y hubo también quienes de plano no les importó y lo comieron. Finalmente, habría de seguirse la vida de tales niños descubriendo con el tiempo que aquellos dados a esperar tuvieron una vida mejor y lograron mayores éxitos, en contraste con los comedores de malvaviscos que se inscribieron en el promedio. ¿Eres un comedor de bombones? Analiza tu vida y verás que por carecer de mansedumbre y dominio propio has estado saboteando tu felicidad tomando las cosas antes de tiempo. Tus pecados han sido eso, placeres antes de tiempo. ¿Qué es el robo, sino tomar las cosas sin trabajar por ellas? ¿Qué es la fornicación, sino el placer sexual que no esperó al matrimonio? ¿No son los pecados asunto de no esperar? Te has estado robando tu felicidad. Eres feliz cuando nada te saca de la voluntad de Dios. La voluntad humana, especialmente de aquellos que profesan religión, con frecuencia trata de esconderse egoístamente en la voluntad de Dios. Somos capaces de hacer lo que nos venga en gana diciendo que es lo que Dios desea (como niños berrinchudos que patalean en el piso). Guerras han sido justificadas en el Nombre de Dios. Si podemos matar en su supuesta voluntad, podemos hacer cualquier cosa. Pero esto nos hace infelices, nos deja huecos, vacíos. A manera de ilustración, bástenos recordar los tiempos del Maestro, en los que la secta revolucionaria de los zelotes esperaba un Mesías guerrero, una especie de héroe que tomaría por la fuerza y el poder militar la autoridad de la ciudad y de la nación librándolos de los romanos. Argumentaban que esta era la voluntad de Dios para Israel, incluso citaban las Escrituras, ¿acaso no querría Dios la libertad de su pueblo? ¿No era el mismo que los sacó de Egipto? Pero estaban equivocados, su método era ilegítimo. Jesús les mostró un poder mayor que el poder militar, la fuerza superior, la mansedumbre. A través de ella, se apoderó no sólo de una ciudad terrenal, sino de todas las cosas (Heb. 2:8; Dan. 7:14; Mat. 28:18; Jn. 3:35; Ef. 1:20-22; Fil. 2:7-11). ¿No ves que es mas poderoso contenerse que responder la provocación? Cuando eres débil, entonces eres fuerte. Más no te confundas suponiendo que es mansedumbre el temor del cobarde que aguanta el maltrato. La mansedumbre es afable fortaleza e inconmovible tenacidad. Un hombre manso es aquel que permanece dentro de la voluntad de Dios obedeciéndole perseverantemente, como Noé, quien a riesgo del ridículo universal seguía construyendo el arca. Las críticas, las circunstancias y la historia misma estaba en su contra, pero seguía firme en el cumplimiento de la voluntad divina. Heredó un mundo mejor por su mansedumbre. El mundo y la vida mejor que podrías tener está esperando la fuerza de tu mansedumbre. Serás feliz con humildad y firmeza. Sigue obstinándote y seguirás sin felicidad. Buscad a Yahwéh todos los humildes de la tierra, los que pusisteis por obra su juicio; buscad justicia, buscad mansedumbre (Sof.2:3). Caminaba por un reconocido centro comercial, más específicamente un mall. A uno y a otro lado se extendían tiendas de marcas importantes de alto precio. Las personas caminaban con cierto aire de exclusividad y todos parecían conducirse según la norma no escrita de educación. De pronto, rompiendo la agradable melodía de fondo, se escuchó el grito de un niño haciendo un berrinche ante la estupefacta mamá. El infante, a quien algunos queríamos dar azotes, sólo repetía en tono chillante: -¡yo quiero!, ¡yo quiero! Sin duda voluntarioso, muy voluntarioso. Ese niño estaba pasando un mal día y la mamá mucho peor, cabe señalar. No hay felicidad en ser voluntariosos. Somos semejantes a ese niño cuando nos empecinamos en nuestra propia voluntad. He visto hombres incapaces de hacer la Monalisa, pero aun así dicen formarse a sí mismos haciendo lo que les viene en gana. “Quiero” es una forma segura de hacerse infeliz. Hacer lo que queremos o intentar lograr todo lo que queremos no trae felicidad; pues siempre querremos más y tarde o temprano no será posible conseguirlo. El deseo tiene su satisfacción en su cumplimento, pero también su infelicidad en su limitación. Esta bienaventuranza es la felicidad de la perseverancia; muy feliz cuando no te rindes. Una vez que separamos nuestro “yo quiero” del “Quiero” de Dios, podemos avanzar hacia la felicidad. La mansedumbre de la bienaventuranza implica perseverancia. El camino de la felicidad no es un camino corto, con frecuencia se vuelve parece interminable. Uno de los héroes bíblicos que sobresalieron por su perseverancia fue Moisés. Una especie de Forrest Gump en la carrera de la fe. Dios lo presenta así: Y aquél varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra (Num. 12:3). Y no dijo esto en un momento de premios o en un picnic familiar, no. Dios dijo esto de Moisés precisamente cuando su propia familia estaba comiéndoselo en delicioso chisme de cocina. María y Aarón murmuraron contra Moisés a causa de la mujer cusita que había tomado. Para quienes no están familiarizados con la gente cusita, se trataba de una mujer extranjera, no se si el hecho de que fuese una mujer de color influyó en los malos comentarios de los hermanos de Moisés, el hecho es que hablaron mal. Pero Dios lo oyó (es fácil olvidar o pasar por alto como si no fuese cierto que siempre nos escucha). Entonces Dios defendió a su hijo Moisés cuando éste rehusó defenderse a sí mismo. Moisés era manso y decidió mantener la paz con sus hermanos ignorando sus comentarios, por eso Dios intervino. Me pregunto cuántas veces hemos quedado indefensos precisamente por defendernos. Dios se enojó con María y con Aarón, tanto, que María se llenó de lepra. Aarón se libró de momento por ser el sumo sacerdote, el cual representaba a Cristo y a causa de las vestiduras sacerdotales, así como la unción, no podía enfermarse. Pero de todos modos Dios se aseguró de hacerle saber que estaba enojado con él y no le hablaría ni en sueños. ¿Qué hizo Moisés? ¿Se le escapó una sonrisa? No. ¿Se puso al lado de Dios buscando juicio para sus hermanos? No. Moisés comenzó a interceder a favor de ellos ante Dios. Era sumamente manso y no deseaba venganza. Su corazón tenía la condición de inofendible (Num. 12:1-13). No era de carácter débil, todo lo contrario, tenía la capacidad de enojarse si así se ameritaba, pero nunca por caprichos personales ni por sentirse ofendido en su orgullo. Recuerda que cuarenta años antes había matado un egipcio en su celo equivocado por salvar a Israel, así que cobarde no era ni inseguro tampoco. Dios había elegido como libertador de su pueblo al mejor hombre, un hombre tenaz, paciente y decidido, un hombre manso, no cualquiera sería capaz de soportar durante cuarenta años a un pueblo tan rebelde como Israel. …solo uno que soportó también pacientemente cuarenta años cuidando aburridas ovejas ajenas en el extremo clima y condiciones del desierto. ¿Y me dices que quieres dejar a tu familia porque no soportas a tu esposa o a tu esposo? ¿O te quejas del trabajo y piensas en renunciar? ¿Esa escuela es demasiado para ti? ¿Te vas de la iglesia porque no estás de acuerdo con algunas cosas? Si así piensas, seguramente tampoco Dios sepa quien seas. Sé muy feliz manteniendo tu integridad. Integro es mantenerse de una sola pieza. Ya sea que el corazón se rompa con un desamor o que la moral se pierda por la razón que sea; dejar de ser íntegro es romperse y nadie es feliz en pedacitos o incompleto. Así que ten cuidado con las frases clásicas rompe almas: “no puedo vivir sin ti” o “te doy mi corazón”. Lo mismo que todas aquellas actitudes que vayan contra los principios básicos de la conducta decente. Mira tu vida, por hacerte como los demás debido a la influencia que tales personas ejercen sobre ti, es que dejaste de ser feliz. O si en algo no eres feliz, considera que puedas estar viviendo la vida de otro en ese asunto específico. Sólo serás feliz siendo tú. Otro puede ser feliz siendo él, pero no tú. Que el trato con los demás no te corrompa, mantente íntegro. Consérvate tú, consérvate manso. Sé conoce quien tiene mansedumbre en su segunda mejilla enrojecida y al infeliz por la sangre en sus nudillos. Sé feliz; abofeteado posiblemente, pero limpio. Que las circunstancias no te cambien, o eres transformado por Dios desde dentro o lo serás por el mundo desde fuera. Después de todo el carácter manso no es una característica única de algunos individuos, tampoco es un don natural o de nacimiento. La mansedumbre es fruto del Espíritu y si Dios está dentro tuyo puede producir dicho carácter; pero si sigues siendo sólo reaccionario al trato de los demás, te volverás lo que ellos deseen o lo que ellos sean. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Contra tales cosas no hay ley (Gal. 5:22). Por mucho que nos esforcemos no podemos producirlo según nuestras fuerzas, a un árbol no se le puede enseñar ni obligar a dar fruto, tampoco hace falta forzalo; la vida en la savia de su interior es suficiente para que produzca el fruto de su género. El niño no necesita clases de biología para crecer, la vida implícita en su genética dicta su desarrollo. Asimismo, la mansedumbre es fruto de la vida y naturaleza de Dios en nosotros (2 P. 1:4). Ser manso no es un requisito para pertenecer al reino de los cielos, mas bien, por pertenecer al reino de los cielos, Dios produce en nosotros la mansedumbre (siempre y cuando nosotros estemos dispuestos a permanecer en Él). Para Dios es normal y natural ser manso, es experto en mantener su poder bajo control y puede transmitirnos su vida para lograrlo también nosotros. ¡Felices aquellos que habiendo sido transformados a la imagen de Cristo y perseverando en Él, recibirán el cumplimiento de las promesas divinas! ¡Felices los que prefieren ser como Jesús habiendo decidido mantenerse en Él! Un cactus se disfrazó de clavel para poder entrar a la fiesta de las flores. Su disfraz era bueno, realmente bueno. Tenía pétalos y hasta un aroma floral que le permitió entrar. Pero fue descubierto conforme trataba de interactuar con las invitadas, pues sus espinas picaban a cada flor con la que tenía contacto. Podemos mezclarnos entre los cristianos con el lenguaje apropiado y respetando o participando de las ceremonias respectivas, pero la naturaleza no puede falsificarse, sólo quienes conocen a Dios se parecen a Dios. Es en Él que podemos sostener la integridad y la mansedumbre. ¿Para qué fingir lo que podría ser natural? ¿Para qué ser infeliz pudiendo ser feliz? Es la felicidad de la herencia; muy felices los que dejan a Dios escoger por ellos. ¿Puedes confiar en Dios? Es una pregunta válida. ¿verdaderamente le has confiado tu vida como para no seguir afanándote? Esta es la felicidad de los mansos, no tienen que sufrir ni pelear por poseer lo propio cuando se saben herederos de Dios. Si sabes que lo que tienes y lo que tendrás viene de Dios y nadie puede arrebatártelo, vives tranquilo. Parece que el Señor citó el salmo 37 para hablar de la bienaventuranza de heredar la tierra por mansedumbre: Confía en Yahwéh …y habitarás en la tierra (vr. 3). No te alteres con motivo del que prospera… por el hombre que hace maldades … porque los malignos serán destruidos, pero los que esperan en Yahwéh, ellos heredarán la tierra. …de aquí a poco no existirá el malo …pero los mansos heredarán la tierra (vrs. 7-11). Conoce Yahwéh los días de los perfectos y la heredad de ellos será para siempre (vr. 18). Porque los benditos de Él heredarán la tierra (vr. 22). Los justos heredarán la tierra y vivirán para siempre sobre ella (vr. 29). Espera en Yahwéh, y guarda su camino, y Él te exaltará para heredar la tierra (vr. 34). ¡Cuánta riqueza escritural! ¡Un hombre manso confía en Dios, controla sus emociones, es justo y guarda el camino del Señor! Relájate, Dios está a cargo o esfuérzate, Dios está a cargo. En cualquier caso, el control sigue en las manos de quien también posee el trono. Enfermas y te cansas por desconfiar de Dios. Todo lo que supones puedes perder es una muestra de desconfianza. Cada noche que pasas en vela por lo que enfrentarás mañana es una elocuente y mala declaración de “Dios no es fiel ni vela por mi”. Si confías serás manso y entonces, serás feliz. Además, serás feliz si das, pues Dios mismo se dio por ti. En el reino de Dios, los súbditos son los desposeídos. No los empobrecidos de los hombres, sino los que carecen de posesiones no considerando suyo nada de este mundo. Los que se despojaron de ambiciones mezquinas y terrenales, incluso pudieron tener bienes, pero sin codiciarlos. Solo un necio se siente orgulloso de ser pobre y otro semejante orgulloso de ser rico. Israel era conocido como el pueblo de la Ley, pero tenían un problema, un gran problema. Tenían la Ley, pero la Ley no los tenía a ellos. Los mansos no son los que aparentan piedad, sino los que en medio de cualquier circunstancia permanecen inconmovibles en su comunión con Dios. Más allá de tener convicción, la fe los tiene a ellos. Muy distintos a los fariseos que solo tenían religión. Les gustaba el reconocimiento cuando daban limosna (Mat. 6:2), orar de pie en los lugares públicos para ser vistos por los demás (Mat. 6:5), ostentar ayunos (Mat. 6:16), hacerse de tesoros en la tierra (Mat. 6:19), lo que ellos decían era la ley y la verdad, mas no así lo que hacían (Mat. 23:3). Los súbditos del reino no son así, su interés nunca es en beneficio personal. La bienaventuranza de la mansedumbre es la auto destitución, ya que quien es apto para perder voluntariamente por amor a otro es apto para recibir. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará (Mr. 8:35). A un indio convertido al Evangelio que había pedido su puesto en la misión para predicar la Palabra de Dios y que tenía una ocupación oficial en el gobierno precisamente de su país, la India, muy bien remunerada, se le entrevistó para tal efecto. El misionero le advirtió que la misión apenas podría darle el dinero para lo más indispensable, y concluyó con estas palabras: -Solamente podremos darle 8 chelines en vez de los 30 que ganáis en vuestro trabajo. ¿Podrás ir por 8 chelines? - El indio quedó un momento callado y al fin contestó: - No- no puedo ir por 8 chelines, ¡pero puedo ir por Jesús! - He aquí un hombre manso! ¡Su recompensa es heredar la tierra! Con respecto a la herencia de los mansos, notemos que es la tierra. ¿A qué se refiere este término? ¿cuál tierra? Sin entrar en escatología (término para referirse a lo profético futuro), deseo dar una aplicación para este tiempo; por ello debemos considerar primero el contexto histórico-cultural de los judíos a quienes Jesús dijo esto. En esos tiempos, los judíos eran siervos de los romanos, una nación conquistada, su tierra pertenecía a otros; sin embargo, aún conservaban las promesas divinas dadas a sus antecesores. A Abraham y a sus descendientes se les prometió la tierra de Palestina, desde el arroyo de Egipto hasta el gran río Éufrates (Gen. 15:18). Una promesa permanente mientras exista la tierra (Gen. 13:15), por lo que los judíos estaban obsesionados con librarse de los romanos. Entendían las promesas exclusivamente como terrenales, tierra aquí y ahora. A esta clase de hombres, Jesús les dice que la única forma de que se cumpla la promesa y reciban la tierra por herencia es dejar de pelear por ella, es la no resistencia, desposeerse. ¡No pudieron aceptarlo! Sus ideas, paradigmas y tradiciones se lo impedían. Como seguramente muchos hoy tampoco están dispuestos a renunciar lo que consideran sus derechos en este mundo. Si era real para ellos, lo es aun más para nosotros. La gente es infeliz por pelear y aferrarse a lo que desean o consideran les pertenece, en consecuencia se amargan. No te cobres por tu cuenta, recuerda que no buscamos una tierra temporal, sino que esperamos una ciudad no hecha de manos, eterna en los cielos, cuyo Arquitecto y Constructor es Dios (2 Cor.5:1; Heb. 11:10).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:6
5.6 No hay bebés aburridos. Hombre y mujeres nacimos con un enorme deseo de muchas cosas. Nuestros ojos quieren verlo todo, se sienten atraídos a todo lo que se mueva, brille o se acerque. Y entre más claro percibimos las cosas, más es nuestra curiosidad y deseo de conocerlas. La boca hace lo propio, seguramente no recuerdas la cantidad de cosas asquerosas que metiste a tu boca de bebé, no quiero asustarte, pero probablemente conociste el sabor de algún insecto. De pequeños nos llevamos todo a la boca. Las manos igualmente quieren palparlo todo, el anhelo por todo tiene un impulso impresionante. Así somos por diseño, ¿será que siendo celestiales nos sentimos turistas en este mundo? Extranjeros y peregrinos. Luego vienen los deseos de necesidades básicas, comer, dormir, defecar, frío, calor y algunas más como el amor y el afecto, entre otras. Los anhelos pertenecen a nuestra creación y es propio de la muerte el cese de anhelos, deseos y necesidades. La vida tiene necesidades y obtiene felicidad en la satisfacción de las mismas; es la muerte la que no necesita nada ni siente ni es. Por eso, el secreto de la felicidad del Rey nos enseña el disfrute inherente en el anhelo de lo que vale la pena desear. Evidentemente en contraste con el sufrimiento por desear lo prohibido, digo, no sea que vayas a confundir mis palabras pensando que te invito al hedonismo y darle rienda suelta a tus sentidos o a la sensualidad. Si puse de ejemplo los anhelos de esta vida fue únicamente para ilustrarte los anhelos más altos, pero no para que deposites tu felicidad en ellos. Pasión por la visión correcta. Disfrutar lo legítimo, codiciar lo que sí se permite o le fue dado a cada uno. Amar intensamente lo que corresponde al propósito de Dios para cada uno. Comprendido esto, entendemos la felicidad en el anhelo legítimo. Anhelar es propio de la vida y del progreso. Como te mencioné líneas atrás, sólo quien está muerto no desea. Pero te añado algo: el deseo, además de ser propio de los seres vivos, aumenta con el nivel de inteligencia. Las criaturas más inteligentes desean más, procuran progreso y mejoría constantemente. No se conforman con facilidad. Un avestruz tiene un cerebro diminuto, es un saco de plumas que corre velozmente, pero no se caracteriza por su inteligencia. ¿Qué quiere en la vida? ¿Tiene planes? ¿Alguna vez ha construido un conjunto de fraccionamiento para él y sus semejantes? ¿O a puesto bardas para protegerse de sus depredadores? Tiene miles de años haciendo lo mismo, corriendo hasta que alguno lo atrapa y lo devora. Uno esperaría que después de tanto tiempo y de ser el desayuno de tantos más, hubiera aprendido y anhelara algo mejor, pero no. Es un animal estúpido que no desea, sino comer y sobrevivir el día a día. Los monos van un poco más allá. Tienen un cerebro más grande y por tanto, mayores anhelos. Incluso muestran tantas necesidades y anhelos que el viejo Darwin vio en ellos a sus abuelos. No hay que llevar las cosas tan lejos, pero si reconocer que a mayor inteligencia, mayores son los anhelos. Los monos usan herramientas básicas como piedras o varas, tienen necesidad de comunicarse y usan señas elementales. No hallarás un avestruz deprimido porque el leopardo devoró a su pariente, pero si encontrarás esto en un simio. Mira ahora a los seres humanos, ¿acaso tengo que hablar de nuestros anhelos y deseos? ¡Somos un huracán de «quiero más»! No importa si se trata del miembro de una tribu o del millonario de Wall Street, la alarma de «quiero más» no se ha apagado. Con lo anterior en mente, debes comprender la felicidad del anhelo. No invito a la insatisfacción molesta que amarga, sino a responder a la vida inteligente. No es muy sabio conformarte con la vida inferior. Incluso raya en lo injusto vivir por debajo de las expectativas de tu especie. Pudiendo ser feliz y progresar constantemente, es inhumano ser un infeliz conformista. Quisiera decirte que siento escribirlo tan crudamente, pero no lo siento; por el contrario, espero despertar tu conciencia. El hambre y la sed son los instintos básicos de la vida. El hambre y la sed genuinos, no la gula propia de un cuerpo indisciplinado, son el grito de millones de células en muerte incipiente. La necesidad de alimento puede llevar al hambriento a darlo todo por comida. Se han dado casos de barbarie en donde madres devoraron a sus hijos. Lee en el segundo libro de Reyes (6:25-29) para comprobarlo. También Nehemías nos cuenta algo semejante cuando personas hambrientas dieron sus tierras, viñas y casas por comida, ¡hasta se hicieron esclavos! (Neh. 5:3). La muerte por hambre o por sed es una de las muertes más horribles y tormentosas que puede experimentar el hombre. El hambriento matará por comida y el sediento olvidará toda su educación por agua. Esta es la clase de pasión de la que habla el Rey, más no hambre de pan ni sed de agua, sino de Dios y su justicia. Se notan los que tienen hambre y sed no sólo en su pasión por el servicio en un día de domingo, sino en su vida cotidiana, más que procurar justicia en una manifestación, son justos en todas sus decisiones. Jesús está describiendo la búsqueda espiritual del súbdito del reino, una búsqueda que no puede ser satisfecha fácilmente ni sobornada. Capaz de pasar por alto todo obstáculo, que se olvidará de toda regla inferior, que negará todo lo que piensa, siente o posee con tal de satisfacerse. Como las raíces de esos árboles que rompen la roca. Hay hombres como árboles, cuyas vidas están dispuestas a romper lo que sea en su búsqueda de Dios. Ellos finalmente alcanzan felicidad; bueno, no la alcanzan como meta, sino que la viven como estilo de vida. No es el deseo pasajero de la emoción, sino la urgencia de la vida. Cualquiera se entusiasma en un buen culto motivador, pero sólo quienes tienen vida espiritual mantienen su búsqueda divina el lunes de madrugada. Solamente un ser vivo tiene hambre y sed, nunca uno muerto. He estado en funerales donde regalan comida y he visto cientos servirse, pero jamás a un muerto levantarse por una charola. ¡Habría que ver cómo huirían los demás asistentes! Son los vivos quienes comen, no los muertos; solo uno que ha recibido la vida divina verdaderamente experimenta hambre y sed de las cosas divinas. Sólo un ciudadano del reino anhela el reino de los cielos. Sólo quien tiene a Cristo quiere más de Cristo. Es indispensable que la naturaleza divina fluya en el espíritu del hombre para tener el hambre y la sed de la que habla Jesús. El mundo desea las cosas de Dios, pero sólo un verdadero cristiano muere por ellas. En la esfera física, el cuerpo se sacia después de comer o beber. Dicha saciedad le impide seguir ingiriendo alimentos, bueno, la redondez del estómago demuestra que algunos siguen haciéndolo, pero como un desorden alimenticio, sin embargo, también tienen su límite. No se puede comer para siempre, hay que hacer intervalos entre una comida y otra mientras se digiere y gasta la energía. En el área espiritual, entre más de come o se bebe, más se desea. Mientras el hambre del cuerpo tortura, el hambre del espíritu se goza. Seguramente has experimentado el incómodo gruñir de tripas denunciando el tormento de un estómago vacío. Es una tortura. ¡Cuán diferente al hambre espiritual! Es como el placer del viento en el cabello o el deleite del toque amado. Semejante a la explosión de sabores en la lengua como un baile de papilas gustativas. El hambre espiritual es el niño jugando a escondidas con su padre o la expectativa del encuentro amante. Deleite agridulce, felicidad del deseo. Quien ha probado a Cristo, el pan de vida, seguirá pidiendo más y más de Él, pero no deseará el mundo, ninguna otra cosa puede satisfacerle, nada puede ocupar su lugar, todo otro apetito ha sido opacado por la vida en Cristo; gritará el resto de su vida cual mujer samaritana: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed (Juan 4:15). Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás (Juan 6:35). Todo el que conoce el hambre sabe lo que significa perder la capacidad de distinguir lo que vale la pena de lo que no. Al menos durante el hambre. El indigente hambriento comerá basura inclinado sobre un bote en una esquina cualquiera; pero el que ha saciado su hambre con la comida gourmet no vuelve a buscar entre la misma. Las relaciones humanas son semejantes, el irremediable soltero que se jactaba de solo salir con medidas perfectas y sonrisas blancas, poco a poco va bajando lo que para él era un estándar hasta considerar como nuevas medidas de belleza. El hambre es la diferencia. Más si estuviere saciado con el amor de su vida, no sería fácil seducirle nuevamente. Cristo es el Pan de Vida, es mucho más que un pan que sustenta el cuerpo, Él es la Vida misma, la fuente de la feliz existencia eterna que viene a nosotros dosificado como trozos de pan en forma de pequeños verbos bíblicos. Cuando lo comes, no vuelves a mirar el fruto prohibido tan atractivo, por el contrario, percibes en él los colmillos de la serpiente. Esto satisface en verdad. Es común intentar cambiar la apariencia sin la esencia; la cual solo es modificada si se modifica lo que la alimenta o sustenta. Es como intentar acabar con el mal olor solo tapando el bote de basura, en lugar de deshacerse de la producción de basura. No intentes fingir satisfacción ni cambio sin mantener satisfecho el estómago espiritual. Allí hay felicidad. Esta felicidad se basa en anhelar a Dios. La bienaventuranza de la justicia nada tiene que ver con la cruzada estilo Robin Hoot ni el celo del fiscal. Esa clase de justicia no es la que te hace feliz. La justicia que solo persigue su aplicación en el prójimo no es verdadera justicia y con frecuencia se parece más a la venganza. Buscar esa clase de justicia lejos de hacerte feliz, te amarga. Lánzate cual caballero de la triste figura Don Quijote de la Mancha montado en su Rocinante a hacer justicia por el mundo y terminarás frustrado sabiendo que estás más loco que el mundo. La justicia que hace feliz es la que procura a Dios. ¿Quién es más justo que Dios y qué más justicia que su reino? No puedes tener hambre y sed de justicia verdaderas o plenas sin hambre y sed de Dios. No se trata de que los demás sean justos, sino en que Dios sea conocido justo por todos, comenzando con que tú seas conocido justo por Dios. Recuerda que su justicia es haber sido reconciliados con Él en Cristo por la fe. Jesús habla de ser feliz al desear la justicia de Dios como deseo genuino del espíritu. El súbdito del reino vive desesperado, si el término lo permite, por la justicia divina. Todo su deleite y satisfacción está en conocer a Dios y que Dios muestre su justicia. No confundas esto con amargura ni desencanto; estoy hablando de reconciliación por el pago de la cruz. Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré y me presentaré delante de Dios? (Sal.42:1-2). Si has escuchado ciervos bramando entenderás al salmista. No son vocecitas dulces de venaditos consentidos, sino gemidos agónicos de enormes animales que no tienen más opción que beber o morirse. ¿Acaso anhelas a Dios de esa manera? ¡Dios o muerte! ¡Dios o muerte! Urgencia verdadera; imposible aceptar sustitutos; inadmisible fingir sin beber. Dicho sea de paso, nuestro deseo de Dios es evidencia de su existencia, pues jamás anhelamos algo que no existe. Tenemos hambre anhelando comer porque existe comida que puede satisfacer tal deseo. Tenemos sed y existe el agua que la satisface. Jamás tenemos anhelos de cosas inexistentes, todo lo que deseamos existe; y entre más lo anhelamos, mayor es la necesidad que tenemos de eso. Por tanto, el hambre y la sed de Dios, tanto nuestra como de la humanidad de todos los tiempos (que en su ignorancia comían basura inventando dioses), es prueba de la existencia divina. ¡Seamos como niños recién nacidos respecto al hambre de Dios! Volviendo al tema del versículo, permíteme un ejemplo. Cuando el rey David huía de su propio hijo Absalón, cuya cabellera era tan exuberante como su falta de criterio (¡quería matar a su padre por un trono que podía heredar!), y se encontraba en el desierto de Judá, miró a su alrededor y no encontró sino un reflejo de su propia condición, sólo sequedad. No había agua ni alimentos. Este entorno desolado le inspiró un precioso salmo, ya ves que los artistas suelen hacer sus mejores canciones en sus mayores depresiones. El salmo es conocido con el número 63 y habla de cómo el hambre y la sed interior del salmista por Dios fue mayor a la exterior. Cuando el alma grita más que los intestinos puede decirse que verdaderamente se anhela a Dios: Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas (Sal.63:1). Cualquier hombre o mujer perdidos en el desierto te dirán que no puedes cantar con la garganta seca. Nunca verás a un sobreviviente agonizando por la sed en el calor del desierto cantando ni haciendo fiesta. Solo desesperación y vacío. Esto nos hace preguntarnos: ¿cómo hizo David para cantar en semejantes circunstancias? ¿De dónde sacó fuerzas para adorar? Esa es la virtud del dulce cantor de Israel, podía transformar cualquier experiencia en una canción de elogio a Dios. Dolor o alegría, éxito o fracaso, daba lo mismo, todo le era una buena razón para adorar y alabar a Dios. Si vencía a Goliat o si huía del rey Saúl; si contraía nupcias o lloraba arrepentido por la vergüenza con su vecina Betsabé; si procreaba un hijo o lo enterraba; si lo hacían rey o debía dejar el trono ante un golpe de Estado perpetrado por su propio hijo. Lo que fuera, David sabía hacer de toda circunstancia un salmo y sacarle una sonrisa a Dios. Esto hacía de David un hombre diferente que cumplía las expectativas del corazón de Dios. ¿Qué provocan en ti las experiencias? ¿Te hacen amar a Dios y alabarlo o alejarte de Él y de su casa? Porque solo quien tiene hambre y sed de Dios podrá experimentar la felicidad en todo tiempo, puesto que traduce toda experiencia en una oportunidad de conocer e intimar más con Él. No alegrías pasajeras; sino el estado permanente de “puedo ser feliz…a pesar de todo”. Finalmente la forma como reaccionamos ante la vida bajo el sol es un eco del sonido y ritmo de nuestro corazón. El enamorado y el resentido son ejemplos en extremos opuestos de esto mismo. Uno alabará a Dios y hablará honrosamente del amor perdido, mientras el otro maldecirá a Dios y los besos que ya no recibirá. Este es el secreto: No es lo que pasa afuera de uno lo que produce la canción o la queja según sea el caso, sino la clase de corazón que se tiene de antemano. La circunstancia sólo es el elemento detonante de lo que ya se es interiormente. Como el dinero, que no cambia a nadie, pero permite que el que era malo y no podía hacer maldades por falta de presupuesto, manifieste sus verdaderas intenciones; así como el hombre bueno, con dinero tendrá ahora la posibilidad de hacer buenas obras, mostrando así lo que ya era antes de ser rico. El adorador ya lo era y le faltaba oportunidad; lo mismo que el blasfemo ya estaba oculto dentro de sí, pero le hacía falta una excusa para manifestarse. Junto con lo anteriormente dicho, eres feliz cuando anhelas la justicia interna. ¿Te dieron ganas de tomar la capa y el antifaz? Reconócelo: no te sientes un súper héroe, pero hablar de justicia te hace pensar que los demás son injustos. La primera reacción, muy humana y común, ante la feliz búsqueda de la justicia es el deseo de lanzarse como justiciero señalando la injusticia del mundo. Es como si no tuviéramos conciencia de nuestra propia maldad y nos consideráramos en automático buenos a nosotros mismos. Por algo el Maestro nos habló de sacar primero la vida de nuestro propio ojo. El falso sentido de justicia personal no nos permite ver bien la condición ajena. Es como leer un libro de medicina, como no es algo relacionado con la conducta, procuras buscar los síntomas en ti cual víctima; pero si lees un libro de psicología, siendo que sus tópicos tratan de la conducta humana y ponen en entredicho tu moral, de inmediato buscas a otros a quienes aplicar los síntomas ahí leídos. No amado, esa no es hambre ni sed de justicia. El hambre y la sed de justicia hablan de la urgente necesidad que tenemos de ser hallados justos para con Dios. Cuando se trata del estándar divino, todos somos enanos. Como en casa del jabonero, el que no cae, resbala. Respecto a nuestra condición humana, no hay un solo hombre que pueda considerarse justo una vez que usa la medida de la ley divina. En el estricto apego al término. Sólo Dios puede ser considerado justo en verdad. Por ello, solamente Él está capacitado para ser Juez aplicando justicia ya sea para castigo o para recompensa. Sólo Él es limpio completamente y no está prejuiciado por faltas propias o apreciaciones ajenas para juzgar en perfecto equilibrio y equidad. Tu y yo vemos lo que otro hace, pero no conocemos las intenciones por las que lo hizo, así como tampoco las circunstancias ni presiones, límites y tentaciones que lo llevaron a tales acciones. Como el dicho antiguo: sólo quien lleva el saco sabe lo que trae cargando. En todo caso, solo la omnisciencia divina puede ejercer juicio justo tomando todos los factores y variables en consideración. Por todo esto, el hambre y sed de justicia genuinos comienzan en reconocer nuestra necesidad de ser justificados para con Dios. Antes de levantar el mazo de juez requerimos quitarnos el yugo de preso. Cabe señalar que una vez que eres libre no quieres volver al tribunal, ¡ni siquiera de juez! Necesito ser considerado justo, y al reconocer que soy culpable no deseo justicia, sino misericordia. No hay peor legislador que un pecador. Pero si existe la posibilidad de que aplicando la ley yo sea exonerado, entonces ¡ruego por justicia! Esta es la bienaventuranza de los justos, pero, ¿quién es justo? Digo, realmente justo según los parámetros divinos. Ya tratamos esto antes. Por ello, es imposible ser justos si antes no somos declarados justificados por aquel cuya naturaleza es la justicia, Dios. Este es el argumento del apóstol Pablo, a quien yo llamo el Mozart de la religión. Él dijo en su maravillosa sinfonía a los Romanos (pon atención a la secuencia): No hay justo, ni aún uno… Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús… Con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que Él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús (Rom. 3:10, 23, 24, 26). Si eres como yo, has podido disfrutar tanto las líneas negras como los espacios blancos, los sonidos y los silencios. Nos hizo justos para manifestar su justicia. Así te mira Dios y así te hace. Su opinión de ti no solo es una valoración, también es un destino. Él te llama justo, ¿puedes ser feliz por eso en medio de cualquier injusticia? Lo que diga tu mamá al respecto poco importa o tu padre (demasiados regaños no le hacen bien a la auto estima). El apodo de los compañeros de escuela es irrelevante (son crueles), el aprecio o menosprecio de los maestros y hasta la falta de valor que sientas por parte de tu jefe (reconócelo: nunca estás tan inseguro como ante él). Todo esto poco importa aunque te parezca muy relevante. ¿Quién eres para tus amigos o peor aun, para tus enemigos? (términos que no podríamos publicar). ¿Y cuál es la opinión que tienes de ti mismo? Indulgente o severa, suele no dar en el clavo. Esta última opinión parece ser la más importante, pero tampoco lo es. La vida me ha demostrado que me he equivocado muchas veces juzgando a los demás, ¿por qué no habría de estar equivocado acerca del juicio que hago de mí mismo? Nada de todo esto es tu verdadera y absoluta definición. Nada. Lo único que realmente importa, lo único verdaderamente relevante, lo que tendrá repercusiones es lo que Dios piensa de ti. Sólo lo que Dios dice vale la pena y Él ha dicho que en Cristo tú eres justo. Punto. Justo. Para ser feliz voy a vivir de acuerdo a lo que Dios dice de mí. Pensaré y opinaré de mí solo lo que Dios habló sobre mí. Tener hambre y sed de justicia es anhelar vehemente la rectitud moral que proporciona la Presencia de Dios. Es la voz del espíritu diciendo: ¡Señor, quiero ser como tú! Después de todo, lo más normal es que los hijos sean como su Padre… Si sabéis que Él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de Él (1 Juan 2:29). Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como Él es justo (1 Juan 3:7). Los niños pequeños quieren ser como sus padres, sin excepción, todos tuvimos este deseo y muchos continuaron sintiéndolo por el resto de su vida. Si tu padre usaba uniforme para trabajar, alguna vez te lo pusiste; y si eres niña seguro usaste el maquillaje y los zapatos de mamá. Como los niños, los hijos de Dios queremos ser como nuestro Padre. Él es justo y le gusta la justicia y los que lo admiramos, deseamos parecernos a Él también en esto. Lo cual no es una carga en la vida, sino una razón para sentirnos felices, tal y como de niños éramos felices mientras jugábamos a ser nuestros padres. ¿Te digo un secreto? De tanto intentar ser cómo Él y divertirnos en el proceso, sucede. Imitarlo funciona. Somos una especie muy interesante, lo que imitamos de corazón, con felicidad el tiempo suficiente se convierte en nuestra propia personalidad. Por eso hay quienes tienen vidas prestadas, admiraron a quienes no debían y terminaron siendo malas copias suyas (o copias de copias de copias, más difusas aun); pero seguir a Dios hace que te parezcas a Él. Con la virtud adicional de que te proporciona su Espíritu a fin de no ser una mala copia, sino un prototipo más en el ensamblaje de hijos del reino. Otra versión de Cristo en el hombre de la fábrica o en la ama de casa, en el estudiante o el Pastor. Eres feliz cuando anhelas la justicia externa también como la interna. Somos parte de un todo social. Diseñados para vivir interconectados unos con otros. Nos necesitamos para existir y para ser felices. Si eres uno de esos seres extraños que no lo reconocen, lamento que estés lastimado o amargado, sigue leyendo y algo te servirá. En el reino de Dios la vida no es individualista. No existe felicidad en querer justicia únicamente para mí aparte de los demás. En sí, el término justicia no puede existir sólo en el “yo”. Para que haya justicia se necesitan ellos y nosotros. Nada es tan necesario para la aplicación de la justicia como la diversidad de individuos. Por otro lado, el deseo del cristiano debe ser un dolor en el corazón por la injusticia que viven hoy en el mundo, la sociedad y la familia. No debemos vivir indiferentes ante el sistema presente mundial de corrupción y de engaño; si bien es cierto que el hijo del reino celestial no es solo un activista político (sin que esto implique que no deba participar en política), es igualmente cierto que será un factor de cambio en su entorno para establecer la justicia. No peleará únicamente para que los reinos de la tierra sean mejores, sino porque el reino de los cielos sea consolidado. Como la sal (aunque algunos son más pimienta que sal), preservará a la sociedad de corromperse y a la familia de desintegrarse. Tiene hambre y sed de justicia, no según las leyes humanas, sino según las leyes del reino de los cielos. Por lo mismo, procura extender el evangelio para reconciliar a cuantos pueda con Dios. A esto le llamamos justificación desde la perspectiva bíblica. Enseñando uno a uno la justicia de Dios, llegará el día en el que los reinos del mundo llegarán a ser del Señor y Él reinará por siempre (Ap. 11:15). El anhelo de esta maravillosa verdad nos hace felices. Esta bienaventuranza incluye la felicidad de la satisfacción: porque ellos serán saciados. Primeramente, feliz al ser satisfecho por Dios. El punto es que la satisfacción produce bienestar. Hambre, sed, sueño, sexo, frío, calor, etc., sea cual sea el apetito del que se trate, hay cierto grado de felicidad cuando es satisfecho. La felicidad de la búsqueda de justicia es que será saciado. Igual que todas las promesas de Dios, las bienaventuranzas también contienen una recompensa. Si anhelas la justicia la verás. No puedo asegurarte cuándo ni cómo, pero sí que lo experimentarás. La justicia de Dios llegará a ti tan inevitablemente como estar rodeado de oxígeno en este mundo (deberías tomarte unos segundos para bailar o dar gritos de júbilo). Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia (2 Pedro 3:13)…mejor tómate el resto del día para hacer fiesta, ¡finalmente toda la tierra será llena de la gloria de Dios! Sea que hablemos de un enorme vientre o del alma, todo lo que da satisfacción, provee también felicidad. Incluso la satisfacción de las cosas temporales trae alegría temporal, ¡cuánto más la satisfacción de las cosas eternas trae felicidad eterna! Eres feliz al ser satisfecho no solo por Dios, sino también con Dios. El anhelo de la justicia verdadera será satisfecho con nuestra transformación a la imagen y semejanza de Dios. Antes de esto solo serán anticipos de complacencia. Dios dijo estar complacido con su Hijo Jesucristo y también, que nos hizo aceptos en el Amado (Ef. 1:3); de manera que el cumplimiento total de la justicia será hasta que despertemos a la imagen de su Hijo. Mientras tanto, en la medida de lo posible recibimos su felicidad por estar siendo formados a la imagen de su Hijo. Dios conseguirá lo que se ha propuesto y su felicidad nos alcanzará. Hasta los hombres solemos hacer partícipes a los demás de nuestra alegría (lo mismo que de nuestros enojos, traumas y tristezas, sólo considera cómo te pones con todos cuando no estás de buenas, por decirlo así). Dios en grado sumo nos comparte su felicidad cuando su justicia es satisfecha sobre nosotros. El salmista lo dice con bellas palabras inspirado por el Espíritu Santo y en acordes musicales: En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza (Sal.17:15). Esto es difícil de comprender por nuestra condición de vanidad. Y con vanidad no refiero a la actitud de mirarse en el espejo mil veces, sino a ser temporales, pasajeros y terrenales. Por cuanto vamos envejeciendo no es fácil comprender lo que significa despertar un día a la semejanza divina. Imagínalo: cada día te miras en el espejo y de pronto, sin aviso, encuentras arrugas y canas. ¿Cómo llegaron allí? ¿No será un error del espejo? ¡No! Ah, ya se, un mal sueño. Tampoco es eso. Simplemente vamos envejeciendo. No amanecemos mejor día a día y aunque tu marido o tu esposa según sea el caso; así como los amigos y las amigas te lo digan, no amanecemos mejor. Finalmente reconocemos que no estamos mejorando aunque procuremos por cortesía decir esto a los demás. Pero eso es solo el cuerpo, no tu verdadero yo interior. Pero la palabra que leímos del salmista dice que estaremos satisfechos al despertar a la semejanza de Dios. ¿Te imaginas? Día a día nos vemos más cansados y viejos, pero un día despertaremos y miraremos un ser espectacular y glorioso, por un momento pensaremos que se trata de un ángel y distinguiremos la gloria de Dios en él, pero fijándonos más, veremos que ¡se trata de nosotros! ¡Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza! –cantaba David. Entonces nuestra hambre y sed de justicia será absolutamente satisfecha: seremos semejantes a Dios respecto del ser como Jesús. No puede fallar, es su plan, su deseo y también nuestra hambre y sed. No confundamos el ser como Dios con la tentación de la serpiente, pues desde el principio Dios nos ha creado a su imagen y semejanza; además de que desea transformarnos a la imagen de su Hijo. La diferencia del plan de Dios y de la tentación de la serpiente, es que la serpiente desea llegar al mismo resultado, pero independizándose de Dios; mientras que Dios solo nos transformará mediante su gracia y su Espíritu. Dios desea unirnos a Él y la serpiente separarnos. Cuando seamos glorificados cumpliéndose la Palabra de Dios al respecto, obtendremos la satisfacción de todo lo que verdaderamente anhelábamos. No baratijas temporales, sino las cosas eternas. Justicia satisfecha para los que tienen hambre y sed. Tendrás lo que quieres. Porque Él sacia al alma sedienta y llena de bien al alma hambrienta (Sal.107:9).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:7
5.7 La felicidad de la compasión. Los bebés son hermosos, tiernos, inteligentes, amorosos, pero también, ¡unos tiranos! (en el buen sentido de la palabra o considerando tiernamente su inmadurez). Si tienes hijos comprendes lo que digo. Debido a la indefensión del ser humano al nacer, necesita todo, cuidados y atenciones, comida, limpieza, todo le es dado. Esto hace que todo bebé sea un dictador en cierta medida. No pide permiso para nada, quiere y exige con llantos y berridos ser atendido. No importa si sus padres están en una ceremonia solemne, en la iglesia, el concierto, cine o lo que sea, si quiere algo o está incómodo, exige ser atendido de inmediato. El lindo bebé cansa, ¿no?, puede presionar a todos hasta que le den lo que quiere, ¡aunque ni siguiera sepa lo que quiere! Son tiernos y dan ganas de comérselos (a veces nos preguntamos por qué no los comimos cuando todavía se podía). Pero luego pasa el tiempo y hallamos que la vida no es sólo recibir, en realidad se trata más de negarse a uno mismo y de dar a otros. Aunque de Dios seguimos recibiendo todo y no hay algo que podamos darle que no hayamos recibido primero por Él. Esta es la bienaventuranza de este versículo: la felicidad de dar. Especialmente a quien no se lo merece (ya pensaste en alguien). Si la bienaventuranza anterior trataba sobre la justicia, la presente va más allá. La justicia dice: «eso es lo que se merece». Pero la misericordia declara: «tanto es que lo amo». Siendo que la misericordia va más allá de la justicia, incluso triunfa sobre el juicio, entonces podríamos decir con mucha reverencia que su felicidad resultante también va más allá de la justicia. Necesitamos misericordia superior a la justicia; o bien, justicia que no se olvide de la misericordia. ¿Comprendes? Sólo serás feliz si eres misericordioso. Pero, ¿sabes qué es misericordia? ¡Qué lástima! –hemos dicho más de una vez. Ya sea por empatía con la mala experiencia ajena o propia. Luego nos sentimos bien por sentir esto. Pero lástima no es misericordia, produce un sentido de orgullo y no verdadera felicidad. La felicidad de ser misericordioso no es el resultado de un sentir, sino de una acción. La palabra griega para misericordioso es eleemon, y describe la compasión activa; no sólo el sentimiento de empatía hacia el desdichado, sino conlleva la acción en su beneficio para sacarlo de su mal o al menos hacerlo más fácil de sobrellevar. La misericordia es una manifestación exterior de piedad. No más que lo que sientes, es lo que haces en base a lo que sientes. Es amor, compasión o caridad que obra. ¿Lo has sentido? ¿Ese impulso de hacer algo movido por amor hacia el que no se lo merece? Eso da felicidad. Allí sabes que las mejores cosas de la vida no son cosas. El sentimiento de compasión activa despierta en quien lo siente y realiza la buena obra cierta especie de placer. El placer de amar. Ser misericordioso te hace sentir bien, te hace feliz. La misericordia lleva a hacer bien al prójimo, pero también hace bien a quien tiene misericordia. Ser bueno es buen negocio, te alarga la vida y la salud. Nota cómo los malos sentimientos producen males. La amargura y el rencor, el egoísmo y la indiferencia enferman a quien así se comporta. Ser malo es un mal negocio, te mata antes de tiempo, además de que te hace infeliz. Lograr cosas perdiéndose a uno mismo a cambio de conseguirlo no vale la pena; vuelvo a decirlo, es mal negocio; es dar la vida, el todo por la nada o por lo que se acabará. ¿Recuerdas que tu fuiste creado para la eternidad? No te vendas por lo temporal. Por ello es tan placentera la misericordia, porque abarca el plano de lo eterno y no solo lo temporal; y si lo que pasa puede dar placer, ¡cuánto más lo imperecedero! Si algunos productos te producen un sentido temporal de bienestar, ¡cuánto más la misericordia! Comer azúcar o chocolate puede ponerte de buen humor. Más de una mujer ha tratado de curar sus penas con un helado de chocolate, veinte cucharadas y la depresión ¡adiós! Se fue tan rápido como entraron las calorías. Muchos hombres sienten paz simplemente por poder mirarse en los ojos de la mujer que aman. Y sin embargo, siguen siendo cosas que dejarán de ser, es bienestar temporal, pero la misericordia produce bienestar permanente porque no involucra recibir nada a cambio de amar. Si eres compasivo serás feliz, pues Dios es compasivo. ¿Qué te viene a la mente cuando escuchas la frase: la gloria de Dios? Posiblemente brillo, fulgor, luz o poder. Probablemente pienses en el cielo o en un impactante resplandor, grandeza o infinitud. Impacto sobrenatural; manifestación grandiosa. Pero te va a sorprender qué es la gloria de Dios. El viejo Moisés, aprovechando que la gracia le sonreía, pidió a Dios que le mostrara su gloria. Ante las obras portentosas de Dios como abrir el mar rojo o las plagas en Egipto, seguro esperaba algo aun más impactante. ¿Qué podía ser más espectacular que lo que había visto? ¿O es que suponía que la gloria de Dios es mucho mayor, pero totalmente diferente a lo experimentado? Desde nuestra perspectiva y a miles de años de distancia, lo vivido por Moisés desde la zarza ardiendo es la gloria de Dios, pero el legislador va por mucho más. No compra la primera oferta ni se va con un auto de medio uso. Tiene tanto tiempo conociendo a Dios como para saber que lo que hace no se compara a lo que Él es; y que por portentoso que sea su milagro, sigue siendo como nada ante su infinitud. Así que pidió ver la gloria de Dios (era muy íntimo de Dios para pedir algo así). ¿Y qué hizo Dios? ¿Cómo mostró su gloria? Podía crear un nuevo universo a la vista de Moisés y nos habría parecido una excelente respuesta; pero la Escritura dice que escondió a Moisés en la hendidura de la peña para proclamar mientras pasaba delante de él: Yahwéh, Yahwéh, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y grande en misericordia y verdad… (Ex. 34:6-7; 33:18-19). ¡Wow! ¡La gloria de Dios está en su misericordia! Esto incluye esconderlo en la hendidura de la peña, fiel figura de Cristo como la Roca herida en la cual somos salvos y aceptos a Dios, para mostrarnos la gloria de Dios. Quien conoce la misericordia de Dios en Cristo, ha visto la gloria de Dios. De manera que si quieres ser glorioso no busques ser brillante, notorio o poderoso, sino misericordioso. Reconozco que hay cierta gloria en las características anteriormente citadas, pero no la gloria más alta. Vuelvo a preguntarte: ¿quieres ser glorioso? Entonces sé misericordioso. Dicen por ahí que no todo lo que brilla es oro, cierto. Y no todo lo que parece gloria es gloria. Pero sin duda la misericordia es gloria y por ello, trae felicidad. ¿En qué forma es Dios misericordioso? En que no solo sintió compasión por el hombre, sino que se identificó con él y literalmente se puso en su lugar, se hizo hombre; pudo ver, sentir, pensar y vivir como un hombre. Incluso murió en el lugar del hombre condenado. ¡Eso es la misericordia! Glorioso no es tomar lo de otro, sino el lugar de otro. Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y de sangre, Él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es al diablo… Pues en cuanto Él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados (Heb. 2:14). El misericordioso es glorioso. Físicamente puedes verte glorioso al arreglarte o hermosear tu apariencia. Si compras ropa nueva y fina, un mejor corte y peinado de cabello; arreglo de dientes y cierto entrenamiento de cómo comportarte según las buenas costumbres, seguramente te verás mucho mejor, pero es sólo gloria efímera de hombres (de todos modos no la rechaces a menos de que quieras convertirte en un paria de la sociedad). Pero lo menciono como ilustración, pues así como esto te da un mejor trato por parte de los hombres, lo que te hermosea y da un mejor trato delante de Dios y su gloria es el hacer misericordia. Eso indudablemente le atrae y hace feliz. Como aquella ocasión en la que Dios envió al profeta Samuel a ungir al segundo rey de Israel, en sucesión de Saúl. Le mostraron los hijos de Isaí, los cuales eran altos y de una excelente apariencia física (puedes leer la historia en 1 Samuel 16), pero Dios le dijo a Samuel que no sería rey ninguno de ellos, pues Dios no miraba lo que mira el hombre, la apariencia o de acuerdo a sus ojos de carne, sino que Dios miraba el corazón; es decir, el interior. La gloria de los hombres es aparente, pero la gloria de Dios es eterna; por ello mira el corazón, la verdadera esencia de la persona. ¿Deberían verse mal los hijos de Isaí? Desde luego que no, pues aun eso es gloria, como los siervos de Salomón cuyas ropas los hacían ver tan bien que Salomón era tenido por glorioso (1 Reyes 10); pero existe una gloria más alta: la gloria de la misericordia. La gloria humana pasa; pero el amor es superior porque nunca deja de ser. Eres feliz siendo compasivo porque ese es tu verdadero diseño. No hay cosa o persona creada que carezca de propósito, sin embargo, muchas cosas no tienen utilidad. Montañas y ríos o muebles y máquinas, todo fue creado para algo y mientras realiza aquello para lo cual fue hecho, decimos que es útil. Si lo sacamos del propósito o diseño, no sólo deja de ser útil, también se estropea y daña. Por ejemplo, puedes usar una cuchara como desarmador o una tarjeta de crédito para abrir puertas. De momento parece una idea inteligente, práctica. Pero luego te das cuenta que es una mala idea. Si has visto alguna cuchara en la cena de tus amigos que tiene abolladuras, sabes de qué hablo. O si la tarjeta de crédito está dañada, lo entenderás. Se parece a la vida de algunos, que por resolver lo urgente, descuidan lo importante; y al salirse de diseño terminan volviéndose inútiles. ¿Por qué te digo todo esto? Porque fuiste creado misericordioso y si dejas la compasión te dañas y vuelves infeliz. La palabra hebrea-aramea usada por Mateo más frecuentemente para misericordia se refiere a la cualidad de introducirse, por así decirlo, en otra persona. Ver, sentir y pensar con sus sentidos. Empatía de verdad. En español tenemos el dicho que define esto: «ponerse en sus zapatos». Eso es misericordia, es hacerse uno con el doliente, llevar su carga. De modo que la misericordia va más allá de sentir lástima del necesitado, es tomar el lugar del necesitado. ¿Comprendes ahora la cruz? Cuando somos así, somos normales. Cuando somos normales, somos felices. Este es el diseño original y la forma en la que fuimos creados: hechos para tener misericordia. Cuando somos compasivos sentimos alegría, una sensación plena, como estar completos. Sentirse útil lleva a sentirse satisfecho. Hacemos aquello para lo que nos crearon, nuestra vida vale la pena o cumple el propósito. Si eres compasivo serás feliz debido a acercarte a la imagen de Dios. Dios es feliz. El dios molesto, gruñón que desea castigar inmediatamente a cuántos se portan mal con toda clase de maldiciones es más propio de Zeus que del Dios verdadero. ¿De dónde surgió esa versión de Dios? De la falta de Biblia durante el oscurantismo. La ignorancia de la edad media dejó un mal legado a la fama de Dios, y parece que algunos aun no llegan al renacimiento, pues todavía su dios está enojado. Propio de su frustración personal que reflejan en su doctrina. Dios es feliz, su fruto es gozo y hay delicias a su diestra para siempre. De modo que parecerse a Dios es ser feliz. Dios hace felices a quienes recuperan su imagen. Pero si eres una de esas personas adustas, infelices, quejumbrosas o dadas a la ira, pregúntate a quién te pareces, pues a Dios no. Tal es el que no muestra la naturaleza de Dios. Te explicaré esto de otra manera. Jesús habló una parábola conocida popularmente como “El buen samaritano”; y trata sobre un hombre que descendiendo de Jerusalén a Jericó fue atacado por ladrones y dejado herido, casi muerto, el cual no fue atendido ni por un sacerdote ni por un levita que por allí pasaron, tu sabes, demasiado ocupados en mejorarse a sí mismos que no tenían tiempo de ayudar a otro. Pero luego sí fue socorrido por otro hombre, el cual era samaritano (Luc. 10:30-35). Seguramente la has escuchado, leído y hasta comentado. Lo que realmente es complicado es vivirlo. Jesús usó esta historia para responder a un intérprete de la ley que preguntó al Maestro ¿quién es mi prójimo? Jesús le estaba respondiendo no preguntes ¿quién es mi prójimo?, sino ¿quién demuestra ser el prójimo? ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? El le dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo (Luc. 10:36-37). La misericordia no es un asunto teórico, sino práctico. El sacerdote es quien tiene la autoridad y el supuesto monopolio de la fe. Representa a los religiosos profesionales que desarrollan largas disertaciones respecto de la misericordia, pero que no la tienen. Probablemente el sacerdote pensó que el hombre asaltado había tenido la culpa, “seguramente andaba en malas compañías”. Todos los que hemos tenido contacto con la religión, cualquiera que esta sea, tenemos algo similar a ese sacerdote. El levita por su parte, es el servidor del templo, el ritualista, el que tiene más tiempo en la iglesia que un ratón en la biblioteca. Pero suele sentirse tan bueno y santo que no se ensuciará con los pecadores. Le ha costado demasiado purificarse dedicándose a las cosas santas como para que ahora lo pierda todo con un sucio incrédulo; no vale la pena detenerse –pensó. Caso semejante es el intérprete de la ley, quien puede discutir teóricamente y con lujo de detalles en qué consiste la misericordia según la religión muerta, conoce las palabras griegas, hebreas y arameas, pero lo que no conoce es el calor en el corazón. Demasiada letra al cerebro y poco fuego al alma. El buen samaritano fue muy distinto, era el único dispuesto a ayudar. Representa al súbdito del reino quien actúa movido por misericordia sin teorizar; no razona respecto de sí el desdichado merece o no la ayuda, tampoco lo culpa de su condición arguyendo quizá que viajaba sólo en lugares peligrosos. ¡No! ¡Sólo tiene compasión ante la necesidad ajena y hace misericordia! Pero antes de que te sientas el bueno de la película suponiendo que tu eres el buen samaritano, permíteme ubicarte reduciendo tu ego: el buen samaritano es Jesús. Así como los samaritanos eran mitad israelitas, mitad sirios, así Jesús es Hijo de Dios e Hijo del Hombre. Él es quien descendió del cielo a ayudarnos en nuestra ruina. La humanidad entera somos las víctimas a quienes el ladrón atacó, robó y medio mató. Sólo Jesús nos sanó y llevó al mesón, la iglesia, en dónde el Espíritu Santo como un mesonero nos cuidará hasta su regreso. Concluyendo la parábola, el Señor dijo al intérprete de la ley haz tu lo mismo. He allí la importancia de la misericordia y esa es la maravilla de esta bienaventuranza, cuando somos misericordiosos, somos como Cristo es. Esto trae felicidad. Toda esta basta y variada especie humana reacciona igual ante la acción de hacer misericordia; por oscura que parezca el alma de alguno, la misericordia tiene un gran impacto. Es como hacer ejercicio, sin importar de quien se trate, de toda raza y forma, los seres humanos tenemos una reacción semejante ante el ejercicio. La respiración y el desarrollo de los músculos será parecida. Sólo cambiará en tamaño y definición, pero serán semejantes. Es su especie y diseño; su imagen y semejanza. Asimismo, cuando hace misericordia el hombre suele reaccionar de la misma manera, con felicidad. Es el alcance de la compasión; te hará feliz porque haciendo misericordia recibirás misericordia. ¿Sabías que la misericordia es el atributo divino más mencionado en las Escrituras? Innumerables ocasiones se alude a la misma directa e indirectamente; ha de ser porque es la necesidad más grande que tenemos los mortales. Tan solo como ejemplo (y esperanza), bástenos el salmo 136, allí se menciona una y otra vez en cada uno de sus 26 versículos porque para siempre es su misericordia. A Dios le gusta ser misericordioso y nosotros lo necesitamos como ninguna otra cosa. Hacemos muy buen equipo juntos. Siendo nuestro Dios y Rey de esta manera, es necesario que cada súbdito del reino sea una persona de carácter sensible a las necesidades ajenas, identificándose en su dolor y actuando con todos los medios posibles para ayudarle. En cuanto podamos y según nuestra fuerza y limitaciones, tengamos misericordia, amor a quien no se lo merece o que no puede corresponderlo. Así es la vida normal del reino y lo contrario es un extranjero. Cuando Jesús citó la felicidad de los misericordiosos pareciera estar citando el Salmo 18:25 Con el misericordioso te mostrarás misericordioso, y recto para con el hombre íntegro. Cuando dice que será misericordioso con el que tenga misericordia no está diciendo que nuestra misericordia es antes de la suya. Esto es imposible, pues Dios nos amó desde antes de la fundación del mundo. Es como si Dios nos dispensará parte de su misericordia para que seamos movidos a ejercer la nuestra hacia los demás, lo que en consecuencia traería el resto de la bondad divina sobre nosotros. Por lo que cerrar el corazón y las manos equivale a detener el flujo de la gracia divina que desea dispensarse a otros por medio nuestro y a nosotros mismos en el proceso. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me distéis de comer; tuve sed, y me distéis de beber, fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a mí (Mateo 25:34-40). A Yahwéh puesta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se le volverá a pagar (Proverbios 19:17). Todo esto no se refiere a la salvación por obras, de ninguna manera; sino que en realidad, es la manifestación de la salvación para obras (Efesios 2:8-10). Comprendiendo lo anterior, podemos entender que buscar misericordia con el único objetivo de salvarse es en sí, una evidencia de no tenerla. No que esté mal procurar ser salvo, sino que no es el motor de la vida cristiana de verdad. Ninguna relación funciona pidiendo amor, pero todas tienen oportunidad dándolo. Sentir junto con tener misericordia es compadecerse de la condición del prójimo y actuar en su ayuda sin considerar nada más. Los amantes teóricos funcionan como poetas, pero no como amantes genuinos. Solo el que es misericordioso hace misericordia y por ende, quien tiene misericordia, recibirá misericordia. En última instancia el Señor te dará el trato que tú le des a tus semejantes, perdona para ser perdonado, ¿no lo dice el Padre Nuestro como ya vimos? Y en otra porción dicen las Sagradas Escrituras: juicio sin misericordia se hará al que no tenga misericordia (Santiago 2:13). Por supuesto, todo esto es de corazón y no sólo en apariencia. La intención sí importa. No sea que la boca tenga una sonrisa y el alma una mueca. Recuerda que recibirás un trato especial de parte de Dios si eres misericordioso, esto será tu felicidad. Hacer el bien suele traer el bien en consecuencia; pero no siempre sucede así. La ingratitud también es parte de los seres de carne. Por ello, Jesús enseña la recompensa especial a los misericordiosos. El propósito es evitar el desaliento de aquellos que han sido mal correspondidos por sus semejantes. ¿Te rompieron el corazón? Dios puede darte uno nuevo. ¿No recibiste lo que esperabas ante una buena acción? La paga final vendrá de Dios. Mantén la esperanza. Cuando el Rey dijo alcanzarán misericordia, aunque incluye la misericordia de los semejantes, claramente hace referencia más directa a la misericordia divina, ya que no siempre en este mundo se paga bien por bien. Por algo el verbo apunta al futuro: alcanzarán. Por ejemplo, el apóstol Pablo hace referencia a un piadoso hombre llamado Onésimo, quien se caracterizó por hacer el bien, y especificó su recompensa hacia el día final: Tenga el Señor misericordia de la casa de Onésimo, porque muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas, sino que cuando estuvo en Roma, me buscó solícitamente y me halló. Concédale el Señor que halle misericordia cerca del Señor en aquél día (2 Tim. 1:16-18). ¿Lo viste? Misericordia en aquel día. Y misericordia cerca del Señor. Recompensa del cielo para quien la tierra no tiene suficiente con qué corresponder. Esperanza futura para quien el presente no es lo más alto. Todo creyente debe erguirse cual Onésimo haciendo misericordia no avergonzándose de sus hermanos en sus aflicciones; entonces hallará la bondad divina igualmente proporcional. Y lo inverso también es cierto: Porque juicio sin misericordia se hará con aquél que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio (Stg. 2:13). Para aquellos que al escuchar la palabra juicio corren como insectos ante la luz, el juicio no solo es castigo de lo malo, sino también es recompensa por lo bueno. Dios es bueno y justo, maravilloso. Y paga bien, generosa y magnánimamente bien. Por ello es que la misericordia triunfa sobre el juicio; no anulando la justicia, pues de ninguna manera Dios será injusto ni tendrá por inocente al culpable; pero sí permitiendo que la recompensa sea mayor aun, lo mismo que la compasión y el perdón. ¿Tuviste padres con defectos? ¿Cometían sus errores? Seguramente sí, ¿quién no? Pero a pesar de sus defectos los amabas. ¿Verdad? Pasaste por alto esas características no tan agradables y la idiosincrasia propia de vivir en carne porque los amabas. El amor cubre multitud de pecados (1 Pedro 4:8). Y si fuiste de aquellos que tuvieron que sufrir el maltrato por parte de los seres queridos, lo cual dejó cicatrices en tu alma, ¿qué otra queda, sino seguir adelante? El amor se sobrepone. ¡Inmensamente felices los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia! Alcanzar suena diferente a recibir; es una virtud activa, no pasiva. Un premio, un pago por algo realizado; y no la acción inerte de ser sólo depositario. El que recibe sólo necesita confianza; pero el que alcanza requiere pasión y dedicación. En otras bienaventuranzas se dice que recibirán, pero en esta ley de felicidad dice que alcanzarán; es ganárselo, un presupuesto a favor con dividendos por la inversión puesta en dicha cuenta de fe y bondad. Así, aunque la salvación es un regalo por creer en Jesús (en donde el hombre recibe); alcanzar la gloria prometida como parte de los premios y galardones, propia de la recompensa en la eternidad, conlleva tener misericordia. En aquel día te sentirás inmensamente feliz de haber sido compasivo con otros. Mientras llega ese día, puedes vivir feliz de saber que tu cuenta eterna sigue aumentando; feliz de saber que nadie puede robar tu tesoro, no se devaluará ni se corromperá. Está reservado para ti por haber amado y servido. ¡Alégrate! ¡Tu galardón es grande en los cielos! Con esta esperanza podemos ser felices aunque de momento las cosas en este mundo no estén funcionando como esperábamos. Incluso podemos cambiar nuestro momento aquí y ahora con la pasión de saber que lo que hagamos en el presente redundará en nuestra posición y condición eternas. ¡A sonreír y a servir que el cielo con sus riquezas y bondades nos está esperando!
— Roberto Tinoco
Mateo 5:8
5.8 Nacimos inocentes, podríamos decir a causa de dicha inocencia, limpios; pero poco a poco ensuciamos el alma desgastándola en usos inadecuados o en simple andar en esta tierra, de modo que comenzamos a perder la claridad de la vista moral y confundimos las cosas, principalmente las cosas espirituales. Mucha de la infelicidad es sólo mala vista ocasionada por un corazón sucio: Los pesimistas son almas sucias. Los amargados son corazones sucios. Los quejumbrosos tienen su interior manchado. Es ahí donde las bienaventuranzas anteriores, junto con ésta, dan precisión en el vivir; especialmente la bienaventuranza de un corazón limpio. No andarás más dando tumbos por la vida. Las bienaventuranzas te fueron dadas no como mandamientos prohibitivos, sino como alicientes para ser feliz. Mira bien: Ser justo es tu trato para contigo. Ser misericordioso es tu trato para con los demás. Pero ser limpio es tu trato para con Dios. Se estricto contigo; compasivo con los demás; y puro para con Dios. Esto es lo que te hará permanentemente feliz. Detente un momento y vuelve a leer los renglones anteriores, podrían cambiar tu vida, engrandecerla y permitirte mejores resultados en todas las áreas del vivir. La felicidad no es una casualidad ni un accidente; tampoco un decreto divino; sino una cosecha, un resultado y una decisión que en nuestro libre albedrío debemos realizar. En sentido inverso, la infelicidad es proporcional al cómo nos retiramos de la justicia, la misericordia y la limpieza en nuestro mal trato con nosotros mismos, con los demás y con Dios respectivamente. Detrás de cada dolor del alma se encuentra algo de esto; y detrás de cada aflicción, igualmente. El problema es culpar de la infelicidad a los demás y a Dios, cuando en realidad se trató de nosotros mismos apartándonos de los parámetros bíblicos de justicia, misericordia y limpieza. Hasta que el hombre acepta su condición y responsabilidad comienza a mejorar. Nunca trates de apagar el dolor ni callar la conciencia; mejor enfócate en volver al buen trato contigo mismo, con los demás y sobre todo, con Dios. Justicia, misericordia y limpieza. De hecho, la limpieza es indispensable para que funcionen la justicia y la misericordia; pues, ¿quién puede ser justo siendo malo? O ¿cómo tener misericordia cuando se tiene mala intención o se piensa mal del que le necesita? De manera que el trato con Dios permite el buen trato con nuestros semejantes y hasta para con nosotros mismos. Eres feliz siendo limpio. Jamás has sido tan feliz como de niño. Los niños son capaces de jugar aun en la guerra y reírse en la sala de niños con cáncer. El corazón limpio tiene la capacidad de seguir sonriendo hasta recibiendo la noticia de la muerte de seres queridos. ¿Has visto a los niños? Siempre están felices, jugando en todo momento. Es la felicidad de la limpieza. Pero conforme fuiste ensuciando tu alma con los años, perdiste con ello la sonrisa y te volviste serio y complicado. Ahora necesitas, según tú, demasiadas cosas para ser feliz. En realidad sólo requieres una cosa: volver a ser limpio. No es lo que te falta, sino lo que te sobra, lo que impide tu felicidad. Te sobra suciedad, se te acumuló el polvo de las circunstancias. Por ello el Salvador hace gente feliz, Él purifica el alma. ¿Qué quiso decir el rey con ser limpio? ¿A qué se refería, siendo que habla de seres vestidos de carne? Antes de comenzar a defendernos, volvamos a la raíz de las palabras bíblicas. La palabra griega usada para limpio es katharos, significa sin mancha, puro, sin contaminación. El evangelista Mateo usó la misma palabra para describir la limpieza física; por ejemplo, cuando Jesús se refirió en alegorías a la limpieza espiritual, dijo: ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio (Mt.23:26). Así que limpio es limpio, lavado, descontaminado. Y también se usa en las Escrituras la misma palabra en relación a la pureza moral, como cuando Jesús lavó los pies a sus discípulos y el siempre inoportuno Pedro retiraba sus pies del Maestro negándose a ser lavado, ¿recuerdas? El Señor tuvo que amonestarle: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio (katharos); y vosotros estáis limpios, aunque no todos (Juan 13:10). Con estos dos ejemplos entendemos que limpio, katharos, significa perfectamente puro, sin contaminación, sin mezcla. Lavado de verdad. Usando lo físico para expresar lo moral. Una persona limpia no es quien jamás se ensució, sino quien se ha limpiado; o mejor dicho, que ha sido limpiado por el Señor. Pudiera parecernos que la limpieza de alma y la felicidad no necesariamente están relacionadas, pero tienen todo en común. No confundas la risa de la maldad con felicidad; esa algarabía emocional es pasajera. De hecho, el malo tiene que fabricar momentos alegres constantemente, usa enervantes, música, fiestas, placeres y lo que sea necesario para intentar mantener la emoción. Más por el intento de adrenalina que por alegría genuina. Pero el momento pasa, el ruido termina y el vacío aumenta, y con ello, la infelicidad. ¿Por qué hay felicidad en la pureza? Simple: porque el alma sucia cada vez necesita más para satisfacerse. Es como el drogadicto que necesita ir subiendo sus dosis por perder el efecto deseado de ellas. Conforme el alma se degrada, requiere más para alcanzar un estado mínimo de alegría; que por cierto, cada vez dura menos, y por ende, requiere más. Mira a los bebés, en su limpieza ríen con sólo esconderse detrás de una cobija. Son sencillos, puros, felices. Pero luego considera a los ancianos, tienen muchos requisitos para todo. Objetan con facilidad y no ríen fácilmente en la mayoría de los casos. Incluso pueden ser gruñones y de mal carácter. Su alma fue afectada a lo largo de la vida, de modo que necesitan demasiadas cosas para sentirse felices. Y escogí bien las palabras: sentirse felices, no serlo. Observa a las personas limpias, su placer es grande; mientras que las personas corrompidas necesitan más corrupción; música, fiesta, estupefacientes, alcohol, depravación, suciedad. Son como los descendientes de Caín, si has leído la Biblia en sus primeros capítulos, habrás notado que los descendientes de Caín inventaron casi todo, la música, la metalurgia, las ciudades, todo lo que la humanidad alcanzó en su momento; mientras que los descendientes de Seth se dedicaron solo a adorar a Dios y vivir felices en comunión, cuidando ovejas y labrando la tierra. ¿Por qué esta diferencia? Porque los vacíos corazones de los descendientes de Caín peleaban entre sí, lo que implicaba guerra y por tanto, adelantos para hacer más daño, así como para protegerse de los enemigos. A esto le añadimos el dolor de los muertos y la necesidad de subsistencia, lo que requería más adelantos, lo mismo que fiesta para traer algo de consuelo. Entre más sucios, más necesitados; entre más limpios, más felices. ¿Por qué nada te llena? ¿Acaso será por qué te falta algo? No, porque estás sucio por dentro. ¡Bienaventurados, inmensamente felices los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios! Dejando de ser íntegro dejas de ser feliz. Al corromperte por algo de este mundo te volviste más pobre, pues te cambiaste a ti, un ser eterno y espectacular, por algo temporal y limitado. ¿De que servirá al hombre que ganare todo el mundo y se pierda a sí mismo? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? –enseñó el Rey (Mateo 16:26). Dejando de ser genuino dejas de ser feliz. Sólo podrás ser feliz si tú eres tú. Entre más te parezcas a otro, más lejos estará de ti la posibilidad de ser feliz, pues esa felicidad está diseñada para ese otro. Lo que tu debes vivir, ser y tener solo funciona para ti; así que asegúrate de dedicarte a lo tuyo. Persiguiendo lo ajeno dejas de alcanzar lo propio. Imitando te pierdes. Jamás la copia supera al original. Siguiendo sueles extraviarte. Nada se parece más a una persona que una sombra y nada es tan intangible también. ¿Acaso deseas ser sólo una sombra? Se tú, Dios te hizo a ti. Dejando de ser limpio dejas de ser feliz. Por dedicarse a deshacerse de las tinieblas es que algunos ignoran su propia luz. Te amargas y sufres por las manchas, olvidando el maravilloso ser debajo de ellas. Te espanta tu carne porque no estás mirando tu espíritu. Eclipsas tu visión con las cosas que se ven. Como te mencioné líneas atrás, la corrupción del alma siempre requiere más, más y más y más. Ilimitadamente vacío, permíteme la exageración; pero, ¿en serio no puedes verlo? Lastimeramente necesitado. Nadie puede ser feliz bajo el polvo y ningún corazón late sano y correctamente con las arterias tapadas. La maldad roba el pulso de tu felicidad. La vida no gusta del caos ni la verdadera alegría se siente cómoda en el mal. Lo uno y lo otro son tan antagónicos como la luz y las tinieblas. La bienaventuranza de la limpieza de corazón contrasta la apariencia contra la realidad y viceversa. Cuando hablo de limpieza no estoy refiriéndome a lo que parece limpio, sino a lo que es limpio. Los humanos somos artistas, maestros del disfraz. Aparentamos santidad externa como si con ello lográramos algo significativo o duradero. La limpieza que alegra el alma es limpieza del alma, interior. La felicidad que no puede ser arrebatada es interior. La cual radica en el corazón, el centro de nuestros motivos. Por eso es que el Maestro dijo: bienaventurados los de limpio corazón. No dijo felices los de obras limpias, sino los de corazón limpio. No solo hacer lo bueno, sino por buenos motivos. El verdadero cristianismo es interno, lo demás es, o el resultado por un lado o su negación por otro. Interior, esa era la constante demanda de Jesús a los religiosos de su época. ¿Recuerdas los evangelios? Discutió apasionadamente con los fariseos y demás farsantes del momento por aparentar lo que no eran y fingir lo que no vivían. Eran doble intencionados delante del que lee los corazones. Generalmente todos somos semejantes cuando estamos lejos del Señor (Mat. 23:25-27). Les dedicó palabras muy fuertes y más, si consideramos que salieron de la boca del Maestro, en quien la gracia se derramó en sus labios. Hipócritas, actores de la religión. Barrenderos que esconden la basura bajo la alfombra. Simuladores de la limpieza. Resanando estructuras a punto de colapsar. Tumbas hechas para esconder la corrupción. Las palabras del Señor no fueron agradables ni tenían por propósito el aplauso. No les dijo lo que querían oír, pero sí lo que necesitaban escuchar. Los amó de verdad, pues limpiar es un acto de amor. Como los fariseos, que, dicho sea de paso, eran la gente con la fama de ser los santos de la época, también nosotros necesitamos limpieza constante de fondo. ¿Cuál es esa limpieza? La interior. Arreglar la fuente, nuestras motivaciones. Por qué hacemos lo que hacemos. La felicidad requiere definir la voluntad: …vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones (Stg. 4:8). ¿Comprendes? Intenciones, moral, desde dentro. Cuando las sagradas Escrituras mencionan el corazón, generalmente se refieren al centro de las intenciones del hombre, no al órgano físico vital propiamente dicho que bombea nuestra sangre; sino a la voluntad por la que hacemos lo que hacemos (Luc. 6:45; Heb. 4:12). Como el dicho antiguo: “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Fingir no cambia lo que eres. Pero si mantienes la intención pura, limpia; si te conservas íntegro, recibirás privilegios que te harán feliz. ¡No dejes que te ensucien y menos te corrompas tu mismo! Dicho en forma mucho más directa: ¿Quién subirá al monte de Yahwéh? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño (Sal. 24:3-4). No hay fiesta ni podrás verlo si no te limpias de una vez. Ya, ahora, es el momento. Hoy. Purifica tus intenciones y se la clase de hombre o mujer que debes ser. La invitación para ver a Dios está abierta, pero tiene requisitos. No se trata de una audiencia con algún grande de la tierra, sino la eternidad en las delicias eternas en Presencia de Dios. No pierdas lo más por lo menos; ni el todo por la nada. Te estás perdiendo lo mejor de la vida, ciertamente es bueno Dios para con Israel, para con los limpios de corazón (Sal. 73:1). ¡Lo mejor está a tu alcance! Pero mientras tengas tus manos ocupadas en el lodo no lo recibirás. Dios es bueno con todos, pero aun más con los de limpio corazón. Eres inmensamente feliz cuando puedes ver…con visión pura. Todo lo que existe a nuestro alrededor no es exactamente como lo percibimos; en realidad, nuestro cerebro interpreta lo que reciben nuestros sentidos, ya sea por los ojos, la vista, el tacto, etc., y según el estado de nuestro ser interior, damos forma a lo que percibimos definiéndolo según nuestro parecer. La luna no es más grande hoy que ayer ni la tierra se mueve más rápido. Lo que ha cambiado es mi apreciación de las cosas. Como la memoria, jamás recordamos lo sucedido, sino la interpretación que hicimos de lo sucedido. Repito: la concepción y opinión de las cosas, circunstancias y personas se altera por la condición en la que nos encontramos. Por ejemplo, un hombre no mira igual a la policía después de haber estado preso. Su ser interior se ha visto afectado, por lo que su opinión exterior también se modifica. La mujer que ha sido engañada gravemente por un hombre suele mirar diferente a los demás hombres; es como si viera un poco del engañador en los demás. No es que los hombres sean iguales, sino que su interior tiene la herida y huella de un hombre. También el niño que fue abusado modificará su conducta en los años porvenir en lo que al sexo se refiere. Tendrá muchos problemas para relacionarse en esa área. No es que lo estén abusando todos los días a lo largo de su vida, pero fue afectado internamente, por lo que su apreciación externa cambiará y estará inclinada según el interior. Por todo esto es que sólo los limpios de corazón verán a Dios. Cuando el alma se ensucia, sólo ves el mal en todos lados, y Dios es la suma de todo bien. Toma unos lentes sucios y mira con ellos; nota cómo todo parece difuso y sucio. No es así el mundo, sino tus lentes. Como dice el refrán: “todo se ve según el cristal con que se mira”. El corazón sucio afecta todo lo demás. Para el malo todos son malos; para el herido, todos hieren. No que lo digan necesariamente así, pero en la conducta son influidos a actuar así. Los celosos son infieles, los ladrones son desconfiados y los mentirosos no le creen a nadie. Es una proyección de su propio corazón. ¿Cómo se puede ser feliz así? Están confundidos por sus propias tinieblas, no verán a Dios ni comprenderán nada acerca de Él correctamente, pues hasta lo relativo al Señor lo leudarán. Está velado a sus ojos por sus propio entendimiento sucio. La inconformidad exterior es, en última instancia, solo una excusa para expresar la inconformidad consigo mismos (inconformidad de la cual no son conscientes por lo general). Esta bienaventuranza es la felicidad de ver a Dios; ¡bendita esperanza! Ver a Dios, ¿no es esto lo que queremos finamente todos los creyentes? El cielo no sería cielo sin Dios y la fe le requiere para tener objeto. No se trata sólo de una buena vida aquí y tampoco de escapar de la condenación, aunque ambas cosas están incluidas; en realidad, nuestra mayor esperanza es por ver a Dios. Un día y a pesar de nosotros, poder ver y estar con Dios, esa es la esperanza cristiana. Esta es una promesa futura anhelada por la iglesia de todos los siglos. La gran esperanza. Incluso desde tiempos patriarcales, personajes como Job, posible contemporáneo de Abraham, lo deseaban vehementemente: Y después de desecha esta mi piel, ¡en mi carne he de ver a Dios. A quien yo mismo he de ver! Lo verán mis ojos… (Job 19:26-27). El apóstol Pablo que enseñaba con más dedicación que cualquier otro líder espiritual, además de Jesús: Ahora vemos por espejo, oscuramente, mas entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte, mas entonces conoceré como fui conocido (1 Cor. 13:12). Cara a cara con Dios, un misterio emocionante, pero posible. Sin el velo de la carne ni los misterios propios de nuestra incapacidad presente de comprender lo eterno. Liberados de la limitación para ver al que es ilimitado; rescatados de la corrupción para ver al Incorruptible. Conocer sin problemas de entendimiento ni de memoria, aun lo que no nos ha sido explicado. Eso es posible para quien mantiene limpio el corazón con la esperanza de ver a Dios. También el apóstol Juan, experimentado y curtido por los años, como el último de los primeros y grandes apóstoles, consolaba y fortalecía a la iglesia: Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es. Y todo aquél que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, así como Él es puro (1 Juan 3:2). Esta bienaventuranza es la de ser feliz mirando a Dios en todas las cosas. La actitud es fundamental, tenemos lo que vemos. Somos como un auto en movimiento, se dirige hacia donde el conductor dirija la mirada, por eso hay que mantener los ojos hacia el frente. Tal es la vida, no vas más allá de lo que crees. Salvo excepciones, las cosas serán como las veas. Uno de los consejos más básicos para esquiar es que no concentres los ojos en aquello en lo que no te quieras estrellar. Así sucede con la actitud, si es temerosa o negativa, o si es segura y positiva, cualquiera que sea el caso, cumplirá sus propias profecías. Jesús dijo que conforme a tu fe te sea hecho y te lo he venido repitiendo en este libro. Siendo que la felicidad radica en poder ver a Dios como resultado del corazón limpio, es una realidad presente que a partir de la gracia de Cristo, podemos ser limpios ahora y comenzar a verle ya en cada aspecto de nuestra vida (hay un nuevo corazón esperándote Ezequiel 36:25-27). Ver a Dios no solo en la bendición, sino también en los problemas. Ver a Dios no solo en el día de pago, sino también en la escasez. Contemplar a Dios en la paz y en la tormenta; en la salud y en el hospital. Con un corazón limpio tienes conciencia de Dios en todo tiempo; y esto te hace inmensamente feliz. Su amor limpió tu corazón y tu corazón ha limpiado tu visión; de manera que si estás viendo mal y eres uno de esos individuos amargos, quejumbrosos y negativos que andan por la vida con una nube sobre su cabeza, tu problema es que permitiste manchas en el alma. ¿Todo lo ves mal? Tu corazón se ensució y esto te hace infeliz. No es casualidad que veas lo malo y que más cosas malas pasen en tu vida; más no te distraigas fuera de ti, cuando la solución está dentro de ti. Antes de que condenes al mundo por sucio, considera que necesitas limpiar tus lentes. Y cómo este trabajo no es cosa fácil para los humanos, tan ávidos del lodo, Dios ha provisto en su gracia, la oportunidad de limpiar el corazón. Él te hace apto de verle y de hacerte positivo y feliz. ¿Cómo? La sangre de Jesucristo te limpia mediante la fe o confianza en Él (Heb. 914). ¿Quieres ser limpio? ¿Deseas ser feliz? Estas dos preguntas son la misma con distintas palabras. La segunda es resultado de la primera. Por lo que si buscas la segunda sin la primera no lo conseguirás. Ama la limpieza y la felicidad te amará. No trates de obtener algo para ser feliz, sino deshacerte de lo que estorba la limpieza, entonces lo lograrás.
— Roberto Tinoco
Mateo 5:9
5.9 La risa que es producto de momentos pasajeros provocados se termina pronto. Ni siquiera sentirse alegre puede definirse exactamente como felicidad. Eso no es felicidad. Suponer que los cristianos andamos por la vida con una mueca sonriente como si nos desconectáramos de la realidad tampoco es felicidad ni hace justicia al genuino cristianismo. La felicidad del cielo se encuentra, entre otras virtudes, por hacedores de paz. Activistas de paz. Pero aclaro que uso el término activista como alguien de positiva acción y no como una especie de manifestante de pancarta en mano y menos como un terrorista. El pacificador es un agente activo de la paz, no solo ama y busca la paz, sino que la hace. Hablo de quien siempre está viendo todo como una oportunidad de traer paz. Tu sabes, como el refrán aquel de “para un niño con un martillo, todo es un clavo”. Para un hijo de Dios, dar verdadera paz es la misión de la vida. De manera que la paz no es inactividad; si así fuera, no habría nada más pacífico que un muerto, pero la paz es vida, no muerte. La paz no es ausencia de guerra ni de problemas; sino tranquilidad en medio de la guerra y los problemas. Es como Jesús, dormido en la barca en medio de la tormenta y su despertar firme y seguro para calmarla (Mat. 8:23-26). La paz respecto del hombre tiene tres esferas, por decirlo así, de acción: Primera, la paz con Dios, que se refiere a amistarse con Dios y mantener la relación. Segunda, la paz interior, se refiere a uno mismo con su conciencia. Y tercera, la paz entre los hombres, que se refiere a la interrelación humana. Mirando más a detalle comprendemos que la paz con Dios te da felicidad por causa de quien eres, es decir, por ser hijo de Dios. No se puede tener paz de Dios, sin tener primero paz con Dios. Hasta que no resuelvas tu problema vertical comenzarás a corregir los conflictos horizontales. ¿Dónde sostendrás el madero horizontal, sin el vertical? Es muy cansado cargar el madero de las relaciones humanas sin el apoyo de la relación con Dios. Demasiadas personas van por este mundo llevando problemas todo el tiempo, cargados sin felicidad, y todo, por no ponerse a cuentas primero con Dios. Solo así tienen porvenir. Si te amistas con Dios puedes atender lo demás. La felicidad inicia con la identidad. Hasta que comprendas que eres hijo de Dios y vivas como tal, te llenarás de alegría. ¿Sabes quién eres? Antes de que me des tu tarjeta de presentación o comiences a enumerar tu árbol genealógico, ve más allá: Dios te ha hecho su hijo en Cristo (si le has dado tu vida a Cristo recibiéndolo como Señor y Salvador en tu corazón). Y como Hijo de Dios, debes saber lo que esto implica en bendición, aquí y por la eternidad: Eres el hijo de la cadena mundial de restaurantes, no llores por comida. ¡Cuánto te ama Dios que te puso en este mundo! ¿Problemas económicos? ¡A Él pertenecen el oro y la plata! Es Dueños de todas las cosas, jamás digas que no tienes, aunque no traigas en tus bolsillos. ¿Enfermedad? ¡Él es el dador de la vida y la salud! ¿Sabes que resucita a los muertos? ¿Problemas familiares? ¡Él es el que diseñó a la familia y el edificador de la casa! Es su idea y por tanto, sabe cómo hacerla funcionar. ¿Falta de fe? ¡Él es el Autor y Consumidor de la fe! La creó y también la demostró no solo viviendo, sino muriendo y resucitando. ¿Problemas laborales? ¡Él es quien gobierna y sustenta el universo! Te aseguro que también puede contigo, no le ofendas preocupándote. ¿Pecado? ¡Él es quien murió para limpiarnos, quien nos justifica y también, quien intercede a nuestro favor permanentemente delante de Dios! ¿Desgracias? ¡Él es el Dios de toda consolación! Puede hacerte sonreír aun ante la muerte y darte paz en medio de la guerra. ¿Persecución? ¡Él con nosotros! ¿quién contra nosotros? No solo no pierde una batalla, tampoco pierde a ninguno de los que confían en Él. ¡En Él estamos completos! ¡Completos! Sé feliz, Dios te llama hijo. Esta es la paz que hay en ti y con ella está la felicidad. Los árboles no tienen fruto cuando sus raíces están secas; y los hombres no tienen paz fuera de ellos si primero no tienen paz en su interior. Lo que se ve es solo el resultado de lo que no se ve. Si las raíces del hombre, aquello que debiera sustentar su vida interior, no están sanas, nada en dicho hombre lo estará. La mayoría de los hombres viven como árboles en maceta, sin echar raíces grandes y fuertes, a causa de las limitaciones que se establecen a sí mismos. Sobreviviendo como arbustos cuando podrían ser poderosos árboles que den sombra a muchos. ¿La razón? Están limitados a su exterior. Tienen un muro de prejuicios viviendo por lo que pasa fuera de ellos. Resultado de esto es que el mundo pierda lo que podría haber sido su mejor aportación. Pero con paz interior viviendo de dentro hacia fuera, entonces el potencial es liberado. La ansiedad externa resulta de la ansiedad interna. Es una locura perseguir el cambio fuera cuando no se tiene dentro. Conozco algunos afanados por ser amados, comprendidos y apreciados para ser felices; y otros más persiguiendo mejores casas, autos y ropa. Están fuera de sí, ansiosos y sufrientes tratando de acolchonar más su prisión, ponerla más blanca y hacerle mejor ambiente. ¡Reacciona: limpia lo de dentro del vaso para que también lo de fuera sea limpio! ¿No era este el mensaje del Rey? La paz que depende de las circunstancias no es verdadera paz. Es efímera y se desvanece en cuanto las circunstancias que la justifican desaparecen. A esto se refirió Jesús cuando prometió: La paz os dejo, mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo (Juan 14:27). También, eres feliz cuando estás en paz contigo mismo. ¿No crees que ya es tiempo de perdonarte? Que te sientas culpable no quita la acción que hayas hecho ni el error que hayas cometido. Y que sufras no te hará más santo. Si así fuera, hay muchos que ya tendrían alas de ángel. Si estás envuelto en carne como yo, entonces tendrás tus tropiezos y vergüenzas. No estoy diciendo que yo sea ni que tu seas un malvado pecador, pero vivir en este mundo implica algunas caídas pequeñas en unos, grandes en otras, pro igualmente dolorosas. Pero no puedes vivir feliz mientras seas tu propio fiscal, juez y verdugo. ¡Basta! No murió Cristo por ti para que te pases el tiempo pagando la penitencia perpetua de tus faltas. Todo el juicio le fue entregado por el Padre al Hijo, no te fue dado a ti para condenarte. No digo que no haya consecuencias de las malas acciones, claro que las hay, pero de eso a flagelarte sólo, es otra cosa. Perdónate de una vez o no serás feliz. Y aunque la culpa diga otra cosa, Dios si desea que seas feliz. Aun si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios y Él sabe todas las cosas (1 Juan 3:20). Si Dios te ha perdona en Cristo, perdónate. Si Dios no te condena en Cristo, no te condenes. Lo que queda es aprobarte. No significa conformarte, pero si procurar la clase de vida que aprueba la justicia divina. Tiene su estándar, pero también su gracia para ayudarte. No serás feliz en la constante desaprobación. Si tu enemigo es tu vecino tendrás momentos desagradables en la vida, recogerás basura en tu jardín que tú no tiraste y una que otra travesura malintencionada; pero nada que no puedas sobrellevar. Pero si tu enemigo eres tu mismo, entonces tendrás una vida terrible. De continuo te sabotearás la felicidad y cada día harás de tu vida un asunto desagradable. Eso no te lo envía Dios ni es culpa de los demás, tú solo te harás infeliz. La bienaventuranza de la paz viene después de la limpieza de corazón (Mateo 5:8-9). Es difícil sentirse feliz oliendo a basura. De modo que primero es indispensable ser limpiado internamente, para luego ser pacificador, esto es, tener acción externa. Si estás en guerra contigo, ¿cómo estarás en paz con tu hermano? Hasta que la tormenta dentro tuyo termina, es que las nubes se disipan por fuera. Los demás dejan de ser tan malos cuando tu dejas de ser tan malo. Recuerda que lo que vemos no es lo que existe, sino la interpretación que nuestro cerebro hace de lo que los ojos transmiten. Y es en esa interpretación donde radica lo que llamamos “el mundo es maravilloso o el mundo es horrible”. No negamos la realidad terrenal, pero tenemos por encima una realidad celestial. Este mundo puede cambiar, el cielo prevalecerá. De hecho, por eso pacificamos a los demás. Como resultado de la paz con Dios, viene la paz entre los hombres. Serás feliz pacificando a los demás, quizá no es cómodo ni fácil, pero feliz sí. No perteneces al mundo, si estás en Cristo, el Señor dijo que no eres de este mundo. Pero aunque no eres de este mundo, te encuentras en este mundo, por ello, lo que sucede con el mundo también se relaciona contigo de modo alguno. Ante esto, el conflicto entre otros te atañe también a ti. ¿Recuerdas que eres luz del mundo? Un pacificador es un hombre o una mujer que trascienden lo natural y aun lo espiritual. Es una especie de operador en pro del ambiente del cielo, la paz. Incluso su deseo y oración son por la paz de su ciudad, de sus hermanos y de sus amigos por amor a la obra de Dios (Sal.122:69). Dicho de otro modo, o para ilustrarlo de manera sencilla, no vas a dormir bien si tus vecinos están peleando a grito abierto; más vale que hagas algo, pues su paz, también será tu paz. Este es nuestro sello de hijos de Dios: la búsqueda de la paz de los demás. Felices los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios. ¿No te da esto alegría? Si vivimos en paz, el Dios de paz y de amor estará con nosotros. (2 Cor. 13:11; Fil. 4:9). ¿O prefieres el trato propio de los que están en guerra? Seguramente estás pensando que no es posible estar en paz con todos. Y tienes razón, ¡hay personas con las que simplemente no es posible una buena relación! Pero no es nuestra obligación que todos sean pacíficos, sino que procuremos que haya paz. Como dice la Biblia: Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres (Rom. 13:18). Tu actitud y esfuerzos pacificadores serán premiados por Dios y no necesariamente el resultado de tal actitud ni de tales esfuerzos, ya que la paz siempre requiere la participación de todas las partes en conflicto. Es, en lo que depende de nosotros. Todos sabemos que hay personas con las que no es posible estar en paz, por lo que se espera que al menos no seamos nosotros esas personas. Recuerdo haber leído la historia de Matthew Henry, cuando escribió en su diario cierto día en el que fue asaltado: “gracias Dios porque aunque me asaltaron, no me robaron mucho; gracias Dios porque aunque me asaltaron, no tocaron mi vida; pero gracias Dios pues aunque me asaltaron, yo no era el ladrón”. Serás feliz conservando la paz de los demás. Los que provocan conflictos, contrarios a los hijos de Dios, son sembradores de murmuración, chisme y crítica, entre otras muchas cosas negativas que pertenecen a la cizaña. Mientras vivamos en este mundo, no será extraño tal semilla. Donde se encuentren seres humanos habrá también fricciones. Es parte del trato cotidiano de los seres envueltos en carne. Finalmente somos tan diferentes los unos de los otros en personalidad, pensamiento y acciones, que aun tratándose de asuntos con el mismo propósito y la misma intención, nuestra diferencia innata puede llevarnos a situaciones de conflicto. No siempre por maldad, sino también por limitación. ¡Incluso entre los cristianos! Tengo suficientes años de Pastor para haber visto esto hasta entre los mejores amigos. ¿Acaso no muestra la historia humana y eclesiástica guerras religiosas? Y, ¿no fue el primer homicidio por envidia del resultado de una ofrenda? Si tienes hijos, habrás comprobado esta verdad. Si no quieres que tus hijos peleen entre sí, entonces ten un solo hijo (lo digo con ironía, pues Dios nos muestra la bendición como Padre al llenarse de incontables hijos). Entre más hijos tengas, más problemas tendrán. Es normal y nada de lo cual escandalizarse. Es algo que va a suceder y debes mirarlo como común de la vida en este mundo. Si llegamos a pelear hasta con nosotros mismos, ¿cómo habríamos de pelear con nuestros hermanos? Pero esto no es necesariamente algo maligno, también es la oportunidad de amar como Dios ama y expresar virtudes que no se conocerían de otra manera, como el perdón, la humildad, la templanza, la misericordia, la paciencia, etc. ¿En donde pues, está la felicidad de la pacificación? En que mantiene al pacificador intacto como hijo de Dios. El Padre Celestial no cambia, a pesar de la enemistad de muchos que no desean una relación positiva con Él. Dios sigue siendo Dios y conserva su felicidad. Igualmente sus hijos podemos conservar nuestra identidad de hijos cuando no permitimos que aquellos que se posicionan como nuestros enemigos nos transformen en lo que ellos son. Y para esto, es imprescindible mantener la paz interior y luego, intentar la pacificación de la circunstancia. Además de mantener la integridad, el pacificador recibe felicidad cuando llega a conseguirse la reconciliación. Primero, porque habrá menos conflictos a su alrededor , así como cosas de qué preocuparse. Y segundo, porque ha ganado amigos, incontables sonrisas, aliados y toda clase de riquezas que cada ser humano puede aportar a una relación. Sumar siempre tiene mejores dividendos que restar. Hay felicidad en conservar los amigos, y aun más, en hacer de un enemigo un nuevo amigo. Seguramente a esto se debe que Dios guste de hacer fiesta en los cielos con cada pecador que se arrepiente.
— Roberto Tinoco
Mateo 5:10
5.10-11 Algunos estrategas y generales han usado en su invitación y reclutamiento de soldados para la guerra, expresiones tales como “sangre, sudor y lágrimas” (frase de Winston Churchill). Comprendo la premura de los momentos de peligro nacional y el por qué tales palabras; sin embargo, hablar de sufrimiento no parece la mejor estrategia para esto. Aun más impactante el dicho de David Golber: “generalmente se dice que el primer deber del soldado es morir por su patria. No es así. Su primer deber es procurar que el soldado enemigo muera por la suya”. Estoy totalmente de acuerdo. Prefiero lo positivo y presiento que todo mundo también. Hablar de felicidad aun en la persecución es mejor que la exaltación del dolor. Es un acto extraordinario. Nada te hará infeliz si te propones serlo en el peor momento. Esa es una actitud invencible. Si puede reír donde otros lloran, ¡cuánto más reirás donde todos ríen! No sufres por lo que experimentas, sino porque quieres. Aunque sea fácil hallar argumentos suficientes para justificar sentirse miserable en el dolor o la mala experiencia, la realidad es que existen más razones para ser feliz. Recuerdo aquel dibujo de Charly y Snoopy, los dos sentados en un muelle mirando el lago. Carlitos se pone reflexivo y en un tono poco pesimista dice: “Un día nos vamos a morir, Snoopy”. A lo que responde el famoso perrito: “Cierto Charly, pero los otros días no”. ¡Son más los buenos días! Comerás más que el los momentos de hambre; dormirás más que las noches de insomnio; reirás más que las experiencias de lágrimas; tendrás más amigos que enemigos; habrá más días soleados que nublados, por decirlo así. Así que alégrate, la vida es buena y no va contigo la amargura ni el pesimismo. Hasta para aquellas pocas personas que sí tienen razones para sufrir, créeme, también para ellos tiene Dios felicidad sobrenaturalmente. El ultimo de los secretos de la felicidad es que puedes ser feliz por decisión hasta en la persecución. Odiado sin perder la sonrisa. Perseguido sin sentirte oprimido. Señalado sin dejar de brillar como estrella. Murmurado y feliz de estar en la boca de los demás. En última instancia, hasta el insulto es un elogio cuando sabes que te están dedicando su vida y emociones. No sufres por lo que te hacen, sino porque quieres. Tu decides cómo sentirte y cómo reaccionar. No puedes decidir quien te amará y quién te perseguirá; pero si puedes decidir amar a ambos y ser feliz con unos y a pesar de otros. Como Dios, que no es más ni menos Dios por ser amado o ignorado. Si tienes éxito o fracasas no será porque otro te hizo tener éxito o fracasar; sino porque tu decidiste reaccionar cómo lo hiciste, aprovechando o desaprovechando las acciones de los demás. Todo puede ser un impulso o una carga; como la gravedad que te atrae al planeta y puede impedirte saltar o usada con sabiduría ser el impulso para llegar a la luna. Necesitas un amigo que te inspire y un enemigo que te rete. El amigo te jala y el enemigo te empuja, pero ambos pueden hacerte avanzar. …si tu quieres. Por eso puedes ser feliz hasta siendo perseguido; pero si solo eres feliz siendo elogiado, no eres realmente feliz, únicamente inmaduro. En cuanto el elogio sea cambiado en crítica, la alegría se tornará en dolor. Si lo que eres cambia con el trato, pasará mucho tiempo para cuando llegues a definir quién eres verdaderamente; y en el inter, la felicidad huirá de ti. Nadie conserva la alegría en la incertidumbre. Serás feliz caminando por el camino correcto, esta es la felicidad en la persecución. Vuelve a leer la Palabra con el mismo cuidado que el niño que empieza a leer. ¿te fijaste? No te persiguen porque sí y menos por una mala conducta de tu parte, sino por causa de la justicia. Si no te has topado con el diablo es que caminas en su misma dirección. Si eres justo incomodarás a la injusticia. Si eres luz, encandilarás a las tinieblas. Si haces bien, el mal verá amenazada su existencia. Insisto en esto porque deseo que comprendas que es normal y no tienes por qué sentirte lastimado por ello. Como también es de esperarse que la luz prevalezca sobre las tinieblas, así que no dejes que te afecte. Jamás he visto un demonio que se sienta desalentado de serlo y comience a realizar buenas obras, ¡no puedes ser tú inferior! Permanece justo a pesar de la persecución. Justo y feliz; no permitas a tu perseguidor que se quede con tu felicidad; no le entregues tu corazón (comienzas a darle el corazón cuando les das tus lágrimas). Lo mejor que puedes hacer ante la injusticia, es seguir siendo justo. Mantén el gozo ante la persecución del mundo. Mejor su ira que su aplauso. Que no te acepten las tinieblas ni los injustos es una alabanza, no una desgracia. Es señal de que estás haciendo las cosas bien. La persecución de la bienaventuranza es por causa de la justicia; esto es, ¡sé feliz! Te dicen al perseguirte que tu estándar de justicia es del cielo, no de la tierra. No te persiguen por lo que suponen un defecto, sino por ser parte de la mejor gente que hay en este mundo. O mejor dicho, por vivir encima de las expectativas de conducta de este mundo. Sé feliz porque eres celestial. No te persiguen los ángeles del cielo, si así fuera, no podrías esconderte mucho tiempo. La felicidad de los perseguidos es que son los hombres quienes los persiguen (aunque no tenemos lucha contra sangre y carne). ¡Alégrate! Si la tierra te persigue, el cielo te recibe. Jesús dijo que no era de este mundo y nosotros tampoco; y el apóstol Juan escribió que por eso el mundo nos aborrece (esto no significa que vivamos aborrecidos por todos, sino que puede darse el caso de ser perseguido). No se entendido del todo es normal para quien pertenece a otra cultura. En este mundo suele perseguirse a las minorías, y se les persigue precisamente por considerárseles no parte de las mayorías. Los terrenales sufren con las cosas de la tierra porque es todo lo que tienen; pero los celestiales se alegran a pesar de las cosas de este mundo, pues saben que se trata de cosas temporales. Su gozo es eterno, celestial. ¿Por qué habrías de sufrir como si no fueras cristiano? ¡Gózate: tuyo es el reino de los cielos! Que sufra el que sólo tiene dinero o el que no lo tiene; que llore el que sólo tiene afanes de esta vida o que ni trabajo tiene; qué lamente quien ha puesto su esperanza en lo que los ladrones pueden robar o en lo que la polilla puede deshacer. Pero tú conserva las carcajadas propias de un ser eterno, cuya herencia es incorruptible. La conciencia de eternidad proporciona felicidad eterna. Sé feliz por cuanto te persiguen por la causa de Jesús: Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. La infelicidad puede ocurrir por distracción. La mente y emociones están dedicados a lo que no debieran, en consecuencia, hay frustración. Pensamientos dispersos sin control producen emociones erróneas; y pensamientos en el mal, deprimen y entristecen el alma. Ese es el proceso de las emociones: piensas y luego sientes de acuerdo a lo que pensaste. Y frecuentemente, actuarás en consecuencia. Esa es la importancia de pensar correctamente para sentir adecuadamente. Por otro lado, cuando el corazón se enfoca en la causa de Cristo, aunque sea perseguido, tiene paz y alegría. Ha encontrado el verdadero motivo para vivir, así que la vida adquiere sentido y valía. Enfócate. Seguramente habrá problemas, pero aun así, enfócate. Después de todo, también hay problemas aunque estés desenfocado y con frecuencia, no podrás resolverlos por falta de enfoque. Pero no dediques tus pensamientos ni acciones a cosas sin importancia, ¿por qué te dedicas a lo que no va a durar? Si eres perseguido por causa de Cristo vale la pena. Es una razón encomiable. Sufrir por pequeñeces es ser muy pequeño. Ser perseguido por causas menores no tiene sentido. Pleitos familiares que hacen perder la familia, ¿no es ridículo? Conflictos laborales que destruyen la carrera, ¿qué caso tiene? Enemistades vecinales, de lo más ridículo e innecesario. ¿Por qué pierdes el tiempo, la vida y energía con persecuciones menores? ¡Es muy agotador pelear por los asuntos de este mundo! ¿Afanado? Eres muy pequeño. ¿Preocupado? Te haces insignificante. ¿Perseguido y persiguiendo? No ha de ser por causa de Cristo, estás distraído. Si recibes persecución por tu propia culpa, no vengas mañana con la factura buscando recompensa, no hay pago para ti en ello. Sufrir por malas decisiones no recibe galardón; y posiblemente podría ser acreedor de castigo. Algunos son religiosos conflictivos, esa no es la causa de Cristo, sino todo lo contrario. Tampoco en ello hay recompensa. Nunca los perseguidores han estado del lado del reino, aunque dijeran estarlo. La guerra santa no es santa; y las cruzadas carecían del sentido de la cruz. Eres feliz en la persecución cuando no das razón para dicha persecución: y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Las palabras de Jesús son más exactas que la Real Academia Española, aclaró que la felicidad de esta bienaventuranza radica en ser acusado de males que no son verdad, sino mentiras. ¿Por qué habría de vituperarse y perseguirse a buenas y decentes personas? Por su fe en Cristo. Hacer el bien no te libra de rumores y ser siervo de Dios incluye un tiro al blanco en la espalda (tengo más de dos décadas sirviéndole, así que sé lo que te digo). ¿Nos sorprenderemos por esto? No. Lo grave sería que dijeran males de nosotros y fueran verdades. El trabajo del impío es difamarte hablando de ti, y el tuyo que lo que diga sea mentira. Lo que realmente asusta es que el creyente mienta y que el impío lo acuse hablando verdad. Si están dispuestos a difamarte mintiendo, ¡imagina lo que estarían dispuestos a hacer si tienen la razón contra ti! Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. Si sois vituperados por el Nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente, de parte de ellos, Él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado. Así que ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello (1 P. 4:12-16). Como los primeros apóstoles, debe sentirse muy alegre de ser tenido por digno de padecer afrenta por causa del Nombre del Señor: Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad. Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre (Hechos 5:41). ¡Estos cristianos si que no eran de este mundo! No te sientas mal porque hablan de ti, alégrate, se siente mucho peor ser ignorado. ¿Eres el tema de su crítica y el centro de sus ataques? Bien, ¡estás en la boca de los demás! ¡Te dedican su vida!; no les dediques la tuya a quien quisieran quitarte la vida. Viven para tu mal, no se los concedas. No te quejes o preguntes por qué. No tiene sentido reclamar a Dios. ¿Qué debes hacer? ¡Glorifica a Dios por ello! Y en la medida de lo posible, bendice a quien te maldice y hazle bien al que te ultraja y persigue. Es muy cansado ser malo y muy agotador sufrir. Te envejeces y mueres antes de tiempo. La vida feliz es la mejor. Los papeles actorales más galardonados no son los de los buenos, sino los de los malos. ¿Por qué? Porque se necesita mucho más esfuerzo para hacer el personaje del malo que de bueno. Es más cansado llorar y pelear, amargarse y quejarse; que reír y alabar a Dios. No desperdicies tu fuerza ni tires tu vida, ¡alaba a Dios!
— Roberto Tinoco
Mateo 5:11
5.10-11 Algunos estrategas y generales han usado en su invitación y reclutamiento de soldados para la guerra, expresiones tales como “sangre, sudor y lágrimas” (frase de Winston Churchill). Comprendo la premura de los momentos de peligro nacional y el por qué tales palabras; sin embargo, hablar de sufrimiento no parece la mejor estrategia para esto. Aun más impactante el dicho de David Golber: “generalmente se dice que el primer deber del soldado es morir por su patria. No es así. Su primer deber es procurar que el soldado enemigo muera por la suya”. Estoy totalmente de acuerdo. Prefiero lo positivo y presiento que todo mundo también. Hablar de felicidad aun en la persecución es mejor que la exaltación del dolor. Es un acto extraordinario. Nada te hará infeliz si te propones serlo en el peor momento. Esa es una actitud invencible. Si puede reír donde otros lloran, ¡cuánto más reirás donde todos ríen! No sufres por lo que experimentas, sino porque quieres. Aunque sea fácil hallar argumentos suficientes para justificar sentirse miserable en el dolor o la mala experiencia, la realidad es que existen más razones para ser feliz. Recuerdo aquel dibujo de Charly y Snoopy, los dos sentados en un muelle mirando el lago. Carlitos se pone reflexivo y en un tono poco pesimista dice: “Un día nos vamos a morir, Snoopy”. A lo que responde el famoso perrito: “Cierto Charly, pero los otros días no”. ¡Son más los buenos días! Comerás más que el los momentos de hambre; dormirás más que las noches de insomnio; reirás más que las experiencias de lágrimas; tendrás más amigos que enemigos; habrá más días soleados que nublados, por decirlo así. Así que alégrate, la vida es buena y no va contigo la amargura ni el pesimismo. Hasta para aquellas pocas personas que sí tienen razones para sufrir, créeme, también para ellos tiene Dios felicidad sobrenaturalmente. El ultimo de los secretos de la felicidad es que puedes ser feliz por decisión hasta en la persecución. Odiado sin perder la sonrisa. Perseguido sin sentirte oprimido. Señalado sin dejar de brillar como estrella. Murmurado y feliz de estar en la boca de los demás. En última instancia, hasta el insulto es un elogio cuando sabes que te están dedicando su vida y emociones. No sufres por lo que te hacen, sino porque quieres. Tu decides cómo sentirte y cómo reaccionar. No puedes decidir quien te amará y quién te perseguirá; pero si puedes decidir amar a ambos y ser feliz con unos y a pesar de otros. Como Dios, que no es más ni menos Dios por ser amado o ignorado. Si tienes éxito o fracasas no será porque otro te hizo tener éxito o fracasar; sino porque tu decidiste reaccionar cómo lo hiciste, aprovechando o desaprovechando las acciones de los demás. Todo puede ser un impulso o una carga; como la gravedad que te atrae al planeta y puede impedirte saltar o usada con sabiduría ser el impulso para llegar a la luna. Necesitas un amigo que te inspire y un enemigo que te rete. El amigo te jala y el enemigo te empuja, pero ambos pueden hacerte avanzar. …si tu quieres. Por eso puedes ser feliz hasta siendo perseguido; pero si solo eres feliz siendo elogiado, no eres realmente feliz, únicamente inmaduro. En cuanto el elogio sea cambiado en crítica, la alegría se tornará en dolor. Si lo que eres cambia con el trato, pasará mucho tiempo para cuando llegues a definir quién eres verdaderamente; y en el inter, la felicidad huirá de ti. Nadie conserva la alegría en la incertidumbre. Serás feliz caminando por el camino correcto, esta es la felicidad en la persecución. Vuelve a leer la Palabra con el mismo cuidado que el niño que empieza a leer. ¿te fijaste? No te persiguen porque sí y menos por una mala conducta de tu parte, sino por causa de la justicia. Si no te has topado con el diablo es que caminas en su misma dirección. Si eres justo incomodarás a la injusticia. Si eres luz, encandilarás a las tinieblas. Si haces bien, el mal verá amenazada su existencia. Insisto en esto porque deseo que comprendas que es normal y no tienes por qué sentirte lastimado por ello. Como también es de esperarse que la luz prevalezca sobre las tinieblas, así que no dejes que te afecte. Jamás he visto un demonio que se sienta desalentado de serlo y comience a realizar buenas obras, ¡no puedes ser tú inferior! Permanece justo a pesar de la persecución. Justo y feliz; no permitas a tu perseguidor que se quede con tu felicidad; no le entregues tu corazón (comienzas a darle el corazón cuando les das tus lágrimas). Lo mejor que puedes hacer ante la injusticia, es seguir siendo justo. Mantén el gozo ante la persecución del mundo. Mejor su ira que su aplauso. Que no te acepten las tinieblas ni los injustos es una alabanza, no una desgracia. Es señal de que estás haciendo las cosas bien. La persecución de la bienaventuranza es por causa de la justicia; esto es, ¡sé feliz! Te dicen al perseguirte que tu estándar de justicia es del cielo, no de la tierra. No te persiguen por lo que suponen un defecto, sino por ser parte de la mejor gente que hay en este mundo. O mejor dicho, por vivir encima de las expectativas de conducta de este mundo. Sé feliz porque eres celestial. No te persiguen los ángeles del cielo, si así fuera, no podrías esconderte mucho tiempo. La felicidad de los perseguidos es que son los hombres quienes los persiguen (aunque no tenemos lucha contra sangre y carne). ¡Alégrate! Si la tierra te persigue, el cielo te recibe. Jesús dijo que no era de este mundo y nosotros tampoco; y el apóstol Juan escribió que por eso el mundo nos aborrece (esto no significa que vivamos aborrecidos por todos, sino que puede darse el caso de ser perseguido). No se entendido del todo es normal para quien pertenece a otra cultura. En este mundo suele perseguirse a las minorías, y se les persigue precisamente por considerárseles no parte de las mayorías. Los terrenales sufren con las cosas de la tierra porque es todo lo que tienen; pero los celestiales se alegran a pesar de las cosas de este mundo, pues saben que se trata de cosas temporales. Su gozo es eterno, celestial. ¿Por qué habrías de sufrir como si no fueras cristiano? ¡Gózate: tuyo es el reino de los cielos! Que sufra el que sólo tiene dinero o el que no lo tiene; que llore el que sólo tiene afanes de esta vida o que ni trabajo tiene; qué lamente quien ha puesto su esperanza en lo que los ladrones pueden robar o en lo que la polilla puede deshacer. Pero tú conserva las carcajadas propias de un ser eterno, cuya herencia es incorruptible. La conciencia de eternidad proporciona felicidad eterna. Sé feliz por cuanto te persiguen por la causa de Jesús: Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. La infelicidad puede ocurrir por distracción. La mente y emociones están dedicados a lo que no debieran, en consecuencia, hay frustración. Pensamientos dispersos sin control producen emociones erróneas; y pensamientos en el mal, deprimen y entristecen el alma. Ese es el proceso de las emociones: piensas y luego sientes de acuerdo a lo que pensaste. Y frecuentemente, actuarás en consecuencia. Esa es la importancia de pensar correctamente para sentir adecuadamente. Por otro lado, cuando el corazón se enfoca en la causa de Cristo, aunque sea perseguido, tiene paz y alegría. Ha encontrado el verdadero motivo para vivir, así que la vida adquiere sentido y valía. Enfócate. Seguramente habrá problemas, pero aun así, enfócate. Después de todo, también hay problemas aunque estés desenfocado y con frecuencia, no podrás resolverlos por falta de enfoque. Pero no dediques tus pensamientos ni acciones a cosas sin importancia, ¿por qué te dedicas a lo que no va a durar? Si eres perseguido por causa de Cristo vale la pena. Es una razón encomiable. Sufrir por pequeñeces es ser muy pequeño. Ser perseguido por causas menores no tiene sentido. Pleitos familiares que hacen perder la familia, ¿no es ridículo? Conflictos laborales que destruyen la carrera, ¿qué caso tiene? Enemistades vecinales, de lo más ridículo e innecesario. ¿Por qué pierdes el tiempo, la vida y energía con persecuciones menores? ¡Es muy agotador pelear por los asuntos de este mundo! ¿Afanado? Eres muy pequeño. ¿Preocupado? Te haces insignificante. ¿Perseguido y persiguiendo? No ha de ser por causa de Cristo, estás distraído. Si recibes persecución por tu propia culpa, no vengas mañana con la factura buscando recompensa, no hay pago para ti en ello. Sufrir por malas decisiones no recibe galardón; y posiblemente podría ser acreedor de castigo. Algunos son religiosos conflictivos, esa no es la causa de Cristo, sino todo lo contrario. Tampoco en ello hay recompensa. Nunca los perseguidores han estado del lado del reino, aunque dijeran estarlo. La guerra santa no es santa; y las cruzadas carecían del sentido de la cruz. Eres feliz en la persecución cuando no das razón para dicha persecución: y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Las palabras de Jesús son más exactas que la Real Academia Española, aclaró que la felicidad de esta bienaventuranza radica en ser acusado de males que no son verdad, sino mentiras. ¿Por qué habría de vituperarse y perseguirse a buenas y decentes personas? Por su fe en Cristo. Hacer el bien no te libra de rumores y ser siervo de Dios incluye un tiro al blanco en la espalda (tengo más de dos décadas sirviéndole, así que sé lo que te digo). ¿Nos sorprenderemos por esto? No. Lo grave sería que dijeran males de nosotros y fueran verdades. El trabajo del impío es difamarte hablando de ti, y el tuyo que lo que diga sea mentira. Lo que realmente asusta es que el creyente mienta y que el impío lo acuse hablando verdad. Si están dispuestos a difamarte mintiendo, ¡imagina lo que estarían dispuestos a hacer si tienen la razón contra ti! Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. Si sois vituperados por el Nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente, de parte de ellos, Él es blasfemado, pero por vosotros es glorificado. Así que ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello (1 P. 4:12-16). Como los primeros apóstoles, debe sentirse muy alegre de ser tenido por digno de padecer afrenta por causa del Nombre del Señor: Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad. Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre (Hechos 5:41). ¡Estos cristianos si que no eran de este mundo! No te sientas mal porque hablan de ti, alégrate, se siente mucho peor ser ignorado. ¿Eres el tema de su crítica y el centro de sus ataques? Bien, ¡estás en la boca de los demás! ¡Te dedican su vida!; no les dediques la tuya a quien quisieran quitarte la vida. Viven para tu mal, no se los concedas. No te quejes o preguntes por qué. No tiene sentido reclamar a Dios. ¿Qué debes hacer? ¡Glorifica a Dios por ello! Y en la medida de lo posible, bendice a quien te maldice y hazle bien al que te ultraja y persigue. Es muy cansado ser malo y muy agotador sufrir. Te envejeces y mueres antes de tiempo. La vida feliz es la mejor. Los papeles actorales más galardonados no son los de los buenos, sino los de los malos. ¿Por qué? Porque se necesita mucho más esfuerzo para hacer el personaje del malo que de bueno. Es más cansado llorar y pelear, amargarse y quejarse; que reír y alabar a Dios. No desperdicies tu fuerza ni tires tu vida, ¡alaba a Dios!
— Roberto Tinoco
Mateo 5:12
5.12 Sé feliz por mandamiento divino: gozaos y alegraos es un imperativo, no una sugerencia. La infelicidad de algunos la relacionan con la búsqueda de Dios; es decir, suponen que se acercan a Dios cuando están necesitados para que Él satisfaga lo que requieren. Por ello, Dios no les supone felicidad real, sino una especie de almacén general o un “rómpase en caso de incendio”. Situaciones de infelicidad. Pero es exactamente lo contrario, la bienaventuranza de los perseguidos expone el ser feliz siempre, aun en la persecución. No necesitas acercarte a Dios para ser feliz, sino que debes ser feliz al acercarte a Dios. ¿Sabías que los sacerdotes judíos tenían por mandamiento que para ofrecer sacrificios a Dios debían presentarse alegres? Sin excusa. Los sacerdotes no debían oficiar tristes ni con la muerte de un hijo. Todo esto encierra una poderosa verdad: puedes ser feliz siempre que quieras ser feliz. Es tanto una oportunidad como una decisión. Si Dios dice: “sé feliz, alégrate y gózate”, es porque puedes serlo. En su orden recibiste también el poder de realizarlo. Su Palabra así lo dice, de modo que ahora es tu voluntad la que decidirá si eres o no feliz basado en creerle a Dios y su poder. No será culpa del mundo ni de la suerte, tampoco de Dios y ni siquiera del diablo. Si decides ser infeliz no podrás esconderte con verdad en nada más que tu propia decisión. ¡Deja de sabotearte y alégrate! No preguntes cómo. Obedece. Sin excusas. Mira tu cuerpo y entiende a tu alma. El cuerpo humano tiene una capacidad de recuperación asombrosa. Cuántas veces nos caímos, nos golpeamos, cortamos, enfermamos, accidentamos y seguimos adelante. Nos recuperamos. Nuestra alma es mucho más asombrosa aun, se recupera de corazones rotos, dolores, insultos, pérdidas de familiares, separaciones, etc. Puedes levantarte de todo. Siempre y cuando quieras hacerlo. Pero también puedes quedarte postrado a llorar o amargarte por siempre, tú decides. Sé feliz a causa de la recompensa: Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos. El galardón, premio o recompensa por la persecución es grande. Ganas más por el daño que quieren hacerte por ser cristiano que tu nómina quincenal. Y si eres de los que se alegran el día de pago, deberías ser también de los que se alegran el día de persecución. De hecho, a través de muchas tribulaciones, dice la Biblia, entramos al reino de Dios (Hechos 14:22). Lo cual no significa que tengas que vivir como llorando ni que constantemente estés sufriendo para irte al cielo, pues la salvación sólo puede ser recibida mediante la fe en la sangre de Cristo. Lo que la Biblia está diciendo es que los beneficios del reino de Dios, a saber, la buena vida cristiana, está disponible, ya está entre nosotros y en nosotros si decides creer y mantenerte fiel en medio de lo que sea. Si haz seguido a Cristo para vivir o morir por Él, tienes en ti el reino de los cielos, has entrado a la vida más allá de las cosas de este mundo y puedes a voluntad ser feliz. La persecución, como cualquier otra tribulación, sólo es una oportunidad de ser recompensado y bendecido aun más. Las recompensas son parte de nuestro vivir y el estímulo de avanzar. Pues hay mucho más en la eternidad, donde no cuelgas diplomas en la pared ni pones trofeos en repisas, sino que eres transformado en eterno y glorioso como pago merecido al buen vivir en Cristo. Si te esforzaste para lo temporal, ¡cuánto más para lo eterno! Ser para Él para ser cómo Él. En la lista de los grandes, de los héroes y de los favoritos de Dios, están los que aprendieron a ser felices en la persecución. Jesús lo sentencia escribiendo nuestro nombre al lado de los gigantes de la fe: así persiguieron a los profetas que fueron antes. No parecemos dignos de semejante distinción, pues en comparación a los mártires, nos ha sido sumamente fácil: experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados maltratados; de los cuales el mundo no era digno (Heb. 11:36-38).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:13
5.13 Jesús define la saludable influencia del reino de los cielos sobre la sociedad al comparar a sus súbditos con la sal; por lo tanto, para entender lo mejor posible la enseñanza tenemos que desglosar las prioridades de la sal, así como las costumbres en su uso de tiempos bíblicos. Primeramente, su virtud más conocida: la sal sazona permitiendo que los alimentos sean agradables al gusto (Job 6:6). Así deben ser las relaciones humanas a partir de la fe cristiana y en especial, por causa del uso limpio y con gracia de la palabra: sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis como debéis responder a cada uno (Col. 4:6). Como el texto lo indica, las palabras juegan un papel muy importante para la buena marcha de los hijos del reino; por tanto, sazonar con sal, significa que nuestra palabra sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes (Ef. 4:29). Incluso, es posible “sazonar con sal” nuestra palabra aun cuando hablamos a Dios, baste como ejemplo el respeto, la reverencia, el temor y la gracia que usó Abraham para con Dios al interceder por Sodoma (Gen. 18:32). Cuidemos nuestro hablar, no porque nuestra palabra contenga algún poder en sí misma fuera de lo dispuesto por Dios, sino porque siendo nuestra principal fuente de comunicación y trato de los unos para con los otros, podemos afectar la amistad, la concordia y hasta provocar enemistades. Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina (Pr.12:18). Los hijos del reino somos sal de la tierra, en primer lugar, porque tenemos la función de sazonar el mundo, quitar su sabor de muerte y sacar a la luz el sabor de vida a través, primeramente, de la palabra hablada. El hombre se alegra con la respuesta de su boca; y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es! (Pr.15:23). Por eso es sumamente importante cultivar la gracia al hablar; el buscar la palabra adecuada. Hay quienes se consideran sinceros por decir todo lo que piensan o sienten, sin embargo, dañan a los demás. Eso no es sinceridad, es imprudencia y necedad. Lo mismo que el que lisonjea con sus labios; aparentemente está cuidando lo que dice, sin embargo, es todo lo contrario, pues si pusiese más cuidado en tener la intención correcta del por qué está hablando así, haría menos daño, pues no está hablando para edificación, sino con algún propósito egoísta escondido. Mira el ejemplo que nos presentan las Sagradas Escrituras a través del predicador: Procuró el Predicador hallar palabra agradables, y escribir rectamente palabras de verdad. Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor (Ecl. 12:10-11). El secreto para hablar con sal se encuentra en escuchar a Dios: Yahwéh, el Señor, me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios (Is. 50:4). En segundo lugar, la sal preserva de la corrupción. Ante la corrupción moral, física o espiritual, la iglesia de Jesucristo es la sal de la tierra, el elemento preservador de la bondad y de la decencia. Los súbditos del reino hemos sido llamados a preservar la humanidad, del mismo modo que la sal es usada para evitar la corrupción de la comida. La sal es conocida como “el refrigerador del desierto” pues es lo que usaban los habitantes de esas regiones áridas y calurosas para conservar en buen estado la comida (especialmente la carne). De allí la necesidad de la extensión del reino de los cielos, ya que todos aquellos lugares en donde ha llegado han sido preservador, unos más, otros menos, en contra del pecado y la degeneración; mientras que aquellas zonas que no han tenido esta bendición se encuentran sumidas en la completa oscuridad. Sodoma no hubiera sido destruida si en ella se hubiese encontrado sal espiritual, diez justos que la perseveraran (Gen. 18:32). Si buscamos la solución a la maldad de nuestro mundo, entonces tendremos que tomar nuestro lugar en la historia, no como espectadores de los horrores del circo romano, sino como los hijos del reino, la sal de la tierra; hambrientos y sedientos de justicia, experimentados en misericordia y buscando la paz mundial con un corazón limpio a través del establecimiento del reino de los cielos. ¿Cómo acabaremos con las tinieblas? - Presentando a Cristo, la luz del mundo. ¿Cómo contrarrestamos la maldad? - Con la bondad de Dios (Tito 3:4-5). ¿Cómo preservamos el bien? - Enseñando la sana doctrina (Tito 1:16; 2:1) Cuando presentamos al Señor Jesucristo y la gente lo recibe, su vida es transformada, de la potestad de las tinieblas, al reino del amado Hijo (Col. 1:13); de este modo preservamos la tierra. Cuando la gente comprende la manifestación de la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al rescatarnos de la condenación, entonces es regenerada y renovada por el Espíritu Santo, de modo que la maldad se desvanece. En tercer lugar, la sal es un elemento purificador. Es bien sabido que la sal es un poderoso antiséptico; íntimamente relacionada con la conservación, la sal elimina gérmenes y entes de corrupción. La Palabra de Dios nos presenta el caso de Eliseo en el cual, varones de Jericó le hicieron saber que aún cuando la ciudad se encontraba en un buen lugar, las aguas del mismo eran malas y en consecuencia, la tierra era estéril. Eliseo pidió una vasija nueva y que se depositara en ella sal, luego salió a los manantiales de las aguas, echó dentro la sal, y dijo: Así ha dicho Yahwéh: Yo sané estas aguas, y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad. Y fueron sanas las aguas (2 R. 2:19-22). Sucede lo mismo con la humanidad, es como Jericó, se encuentra en el mundo, un maravilloso lugar diseñado por Dios, pero contaminado a causa del pecado. Razón por la cual sufre la muerte y toda clase de males El mundo es, desde la visión espiritual, un desierto que no puede producir fruto. ¿Cuál es la solución? Cristo vino al mundo a fin de hacerse de una vasija nueva, la iglesia. La vasija antigua no sirve, está esclavizada al pecado. La vasija es un símbolo del hombre (Lam. 4:2), y la vasija nueva es un símbolo del nuevo hombre creado en Cristo (2 Cor. 4:7). La sal es la vida del reino de Dios depositada en la iglesia; de modo que la solución purificadora para un mundo contaminado es echar la sal en las fuentes de sus aguas, que la iglesia cumpla su función trayendo el mensaje de salvación al mundo. Mensaje de Dios: “Así ha dicho Yahwéh” Mensaje de salud: “Yo sané estas aguas”. Mensaje de vida: “Y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad”. Así mismo, echar la sal en las fuentes de las aguas implica vivir de acuerdo al reino de los cielos, con tal testimonio, que el mundo sea purificado por la influencia de la vida de Dios en la iglesia. Notemos cómo la vasija debía ser nueva, pues la vida de los hijos del reino es nueva, no podemos impactar positivamente al mundo y purificarlo viviendo conforme a la vieja naturaleza, sino de acuerdo a la vida en Cristo (Ef. 4:21-24). En la antigüedad existía la costumbre de frotar a los recién nacidos con sal. El profeta Ezequiel alude a esta costumbre en su libro (16:4); siendo el propósito de dicha práctica doble, por un lado, facilitaba la limpieza del bebé y por el otro, fortalecía la piel haciendo más espeso y firme la epidermis. La iglesia tiene esta misma labor hacia el mundo, su influencia santa sirve para facilitar su limpieza. ¡Cuántos hay que se han convertido a Jesucristo motivados por el buen testimonio de los hijos del reino! Es cierto que no podemos purificar a nadie, pero es aún más cierto que nuestra labor es llevarlos a Aquél que limpia al hombre de sus pecados con su sangre. Además, ¿quién si no la iglesia tiene la capacidad moral para fortalecer las buenas costumbres en el mundo? Sin la iglesia, la piel del mundo es leprosa. En cuarto lugar, la sal es símbolo de fidelidad y de constancia. En tiempo de la Ley de Moisés y hasta poco después del tiempo de los reyes existía la práctica de ratificar los pactos con sal. Los pueblos orientales usaban la sal para ratificar sus pactos y negociaciones. Un Pacto de Sal era sinónimo de un contrato perpetuo; por ejemplo, las ofrendas alzadas de las cosas sagradas fueron dadas a los sacerdotes como provisión perpetua, constituía “un Pacto de Sal” (Num. 18:19). También, la Biblia menciona que el reinado de David y sus hijos sobre Israel era para siempre ya que fue dado “mediante un Pacto de Sal” (2 Cr. 13:5). De modo, que la sal viene a ser aquí un símbolo de fidelidad y de constancia al Pacto con Dios. La iglesia es la sal de la tierra, ya que es el único elemento que liga a la tierra con Dios, si el mundo no ha sido destruido es porque todavía hay pueblo de Dios guardando su Pacto. En el reino de los cielos dicho Pacto es la gracia de Dios a través de la fe en Cristo Jesús. Mientras sigan existiendo hombres fieles a Jesucristo este mundo podrá seguir girando. Si la sal se desvaneciere este mundo perdería su esperanza. Somos la sal de la tierra cuando vivimos fieles a Dios, mas cuando se pierde la constancia en los caminos del Señor la sal está desvaneciéndose. ¡Retomemos nuestra identidad fortaleciéndonos en la Palabra! En quinto lugar, la sal provoca sed. Un hombre puede morir de sed rodeado del mar, la sal del mismo le impedirá mitigar su necesidad, lejos de eso se la aumentará. La sal provoca sed. La obra de la iglesia entre la sociedad de hoy es provocar sed, no es sed para muerte, sino para vida; No es sed de agua, son de Dios. Nuestro trabajo debe ser tal que la gente desee vehementemente el reino de los cielos. Presentemos a Cristo con pasión para que el mundo se enamore de Él. Presentemos a Cristo con decisión para que el mundo lo siga. Presentemos a Cristo de tal forma que el mundo anhele más y más de Él. Presentemos a Cristo con tal solicitud que el mundo pueda ver en Él la respuesta a todas sus necesidades y Él los sacie de la abundancia de su casa y les de a beber del torrente de sus delicias (Sal. 36.8). Cuando el cristiano vive una vida gloriosa de victoria y alabanza a Dios, aún en medio de los problemas, surge en el corazón del mundo la sed de Dios, ¡Yo quiero esa vida! - exclama. Como dijo el Rey: para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt.5:16). En sexto lugar, la sal es símbolo de pureza. Por su color blanco, la sal fue considerada por culturas de la antigüedad, entre ellas, la griega y la romana, como símbolo de pureza; incluso la Biblia también lo simboliza igual. Los súbditos del reino de los cielos somos la sal de la tierra, hemos sido purificados por medio de Cristo (Tito 3:5), por tanto, debemos vivir entre la sociedad del mundo como ejemplos de la pureza. Siendo la sal de la tierra, debemos ser los mejores empleados, los mejores patrones, los mejores estudiantes, los mejores maestros, los mejores deportistas, los mejores padres, las mejores madres y amas de casa; los mejores hijos, los mejores en todo según nuestro llamado o vocación. Si el cristiano vive como sal de la tierra habrá menos injusticia en el mundo. La buena conducta del creyente esteriliza, en cierto sentido, el mal proceder del mundo. En otras épocas, se acostumbraba “sembrar de sal” las ciudades conquistadas, esto es, se sitiaba la ciudad y se llenaban sus campos con sal a fin de que no diesen fruto, se esterilizaban, obligando a través del hambre, a la rendición de sus habitantes (Jue. 9:45). La iglesia hace esto mismo, espiritualmente; debe “sembrar de sal”, llenar de la palabra de fe y del testimonio de la vida de Dios y buenas obras el mundo para esterilizar la maldad de su sociedad, produciendo hambre de Dios y obligándolos (si el término lo permite) a rendirse al Rey Jesucristo. En séptimo lugar, la sal va en todas las ofrendas dedicadas a Dios. Decía la Ley: Y sazonarás con sal toda ofrenda que presentes, y no harás que falte jamás de tu ofrenda la sal del Pacto de tu Dios; en toda ofrenda tuya ofrecerás sal (Lev. 2:13). Una ofrenda sin sal era una abominación, lo mismo que un cristiano que no vive como sal de la tierra, no sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres (Mat. 5:13). Hasta el perfume sagrado contenía sal (Ex. 30:35), ya que también era una ofrenda. Un perfume que pierde su olor es desechado, en ocasiones porque el olor que emite se vuelve desagradable, así es la vida de quienes habiendo entrado al reino de los cielos se retiran, convirtiéndose en un olor nauseabundo a Dios y la burla de mundo. Somos ofrendas a Dios, debemos tener sal. Respecto de la sal que se desvanece es un cristianismo que pierde su eficacia y su misión. Nada más insípido que un cristiano sin influencia. ¡Vosotros sois la sal de la tierra” ¡Saladla en verdad!
— Roberto Tinoco
Mateo 5:14
5.14 ¡Cuán ricas y gráficas son estas palabras! Se manejan símbolos por demás significativos; en las Sagradas Escrituras cada palabra tiene una razón de ser. Se menciona una luz, una ciudad, un monte, un almud, un candelero, una casa, Un Padre y un cielo. Cada uno de ellos encierra un maravilloso mensaje con un gran contenido doctrinal. Vosotros –el texto comienza enfatizando la función e importancia de la iglesia en este mundo. “Vosotros”, la iglesia, no otra organización ni humana ni celestial; la iglesia es la luz del mundo porque ella contiene en su ser al que dijo: Yo Soy la luz del mundo, Jesucristo. Ningún sistema de gobierno evitará el desorden del mundo si carece de la luz de Dios; ningún departamento policiaco evitará el crimen en el mundo si no actúa en Jesucristo, la luz del mundo; ninguna universidad, por prestigiada que sea, evitará el desplome social si excluye a Dios, el cual es la luz (1 Juan 1:5). ¡Borren la influencia bendita de la iglesia y sumiremos al mundo en tinieblas! ¡Nunca tal cosa suceda! “Vosotros”, es el énfasis del Rey motivando a sus soldados para la guerra. “Vosotros”, es el plan eterno del más grande Estratega militar. “Vosotros”, es el compromiso ineludible del doctor ante el moribundo. “Vosotros”, es el desafío del atleta ante la posibilidad de la gloria. Jesús dijo vosotros a un grupo de doce voluntarios, aparentemente ineptos discípulos; mas doce pequeñas luces son suficientes para este basto mundo en tinieblas, siempre y cuando esas luces no opaquen la potencia de la luz divina que en ellos habita. Sois la luz del mundo –no dice “llegarán a ser la luz…”, sino “sois”. Habla de una certeza y de una identidad: “sois”. Presente, en este momento, seguro, cierto; no es una promesa, sino una afirmación. “Vosotros sois”. Es una posición y virtud delegadas, no merecidas. Somos la luz del mundo; no por gracia propia, sino divina. Por la gracia de Dios soy lo que soy - dijo Pablo (1 Cor. 15:10). Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz (Ef. 5:8). Este mundo se encuentra cual Egipto en la plaga de tinieblas y la iglesia es cual casas hebreas, únicas poseedoras de luz en sus habitaciones (Ex. 10:23). Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Por tanto, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios (1 Ts. 5:5-6). Sois la luz –la principal función de la luz es alumbrar y es precisamente a esta característica a la que está haciendo referencia el Rey Jesús. La iglesia debe alumbrar a fin de llevar al perdido al puerto seguro de la gracia de Dios. Debe ser como la columna de fuego que guió a Israel durante sus noches en su peregrinar desértico. Así como el pueblo de Israel no hubiese sabido hacia donde dirigirse en el desierto durante la oscuridad de la noche, a no ser por la columna de fuego, símbolo de la presencia de Dios que los guiaba a Canaán; Así también el mundo, no tiene rumbo ni meta, no sabe cuando caminar ni a dónde; y si no tuviese la luz de la iglesia para guiarle a Dios quedaría muerto en el desierto de la sequedad espiritual. Salvo excepciones por la gracia de Dios, el mundo prácticamente no tiene otra oportunidad de ver a Dios fuera del luminar de la iglesia, por tanto, la responsabilidad de esta es sumamente grande. Somos la luz del mundo, sin la iglesia el mundo está en oscuridad total; los pensamientos filosóficos y las religiones diversas no pueden alumbrar, son ridículas luciérnagas comparándose con el sol; solamente la iglesia es la luz del mundo por cuanto es el cuerpo de Cristo, es parte de Aquél que es la luz; ningún idealista, por brillante que sea, puede traer luz al mundo, a lo más traerá un sistema de hacer las cosas, pero con el pasar del tiempo será olvidado y puesto en desuso, sin embargo, la iglesia posee la vida verdadera porque posee a Cristo; por tanto su luz es permanente, creciente y eterna. En Cristo estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella (Jn.1:4-5). Un maestro religioso oriental decía: “En este edificio hay muchas ventanas. Por medio de cada ventana la luz entra. Cada ventana pudiera decir: “tengo la luz”, pero la verdad es que ninguna tiene toda la luz, sino que cada una distribuye una parte de la luz para que entre todas iluminen el salón. Así mismo pues, las religiones proveen la luz. El budismo, la cristiandad, el mahometismo; cada una proporciona algo de luz pero ninguna debe decir: “Soy la luz”. Un cristiano que estaba en la sala escuchando le interrumpió: “Perdone, pero usted se equivoca. Cristo no es la ventana. ¡Es el sol! El no refleja la luz sino que de Él procede la luz”. Sólo Él puede decir, porque lo demostró: “Yo Soy la luz del mundo.” ¡Cuánto gozo: la luz es más fuerte que las tinieblas! ¡ Cuánto gozo: la luz prevalecerá sobre las tinieblas! Por mucho que han intentado en el correr de los siglos apagar la luz de la iglesia no lo han conseguido ni lo conseguirán jamás; y si imaginamos que lo lograran entonces tendríamos que imaginar como se muere el mundo si le apagamos el sol. Si quitamos a la iglesia del mundo, quitaremos su vida; si quitamos a la iglesia del mundo, lo condenamos a las tinieblas del pecado, de la ignorancia y de la condenación eterna. Llegará el día cuando la iglesia sea quitada del mundo y llevada a su verdadera residencia celestial, entonces el mundo conocerá la aflicción durante la gran tribulación, cual nunca ha habido desde que el hombre camina sobre la tierra. Las tinieblas son sinónimo, entre otras cosas, de ignorancia, un hombre está en tinieblas en medida que desconoce la verdad de algún asunto; y en lo referente a las cosas espirituales, el mundo está en la oscuridad absoluta. En este sentido la iglesia es la luz del mundo, es la comisionada y única capacitada para mostrar el camino de la vida eterna. Las teorías humanas sobre la vida eterna convierten a sus maestros en ciegos guías de ciegos, sólo uno que verdaderamente ha nacido de nuevo está capacitado para llevar a otro a Cristo; y si no pudiese adoctrinarle, sí puede llevarle a la luz por cuanto él mismo ya la ha visto primero; puede mostrarle a Cristo, por cuanto vive en su corazón. Pero además, la iglesia posee maestros, dones de Cristo que proporcionan el conocimiento respecto de las cosas espirituales; en la iglesia habita el Espíritu Santo, ninguno que no pertenezca a la iglesia posee el Espíritu de Dios, éste ha sido dado como sello a aquellos que estamos en Cristo; solamente el Espíritu revela el mensaje de la Escritura y la vida espiritual, por ello, sólo la iglesia puede proporcionar luz al mundo. Una ciudad asentada sobre un monte –enseguida de la luz, Dios ilustró a la iglesia y a los súbditos del reino con una ciudad. Una ciudad que puede ser vista porque ha sido puesta en alto; La iglesia es el refugio a donde el necesitado puede acudir; está en alto por lo que es inexpugnable para el enemigo. Súbete sobre un monte alto, anunciadora de Sión; levanta fuertemente tu vos, anunciadora de Jerusalén; levántala, no temas; di a las ciudades de Judá: ¡Ved aquí al Dios vuestro! (Is. 40:9). La iglesia no debe esconderse, está sobre un monte, sobre Jesucristo, el Gran Monte que llena toda la tierra (Dan. 2:35). Mirarla en alto invita a unírsele, nadie toma en cuenta las aldeas de la llanura, las ciudades en alto son más atractivas. ¿quién puede negársele cuando vive de acuerdo a su dignidad en Cristo? Os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos, a Jesús el mediador del Nuevo Pacto (Heb. 12:22-24). ¡Esta ciudad, la iglesia, no puede esconderse, su influencia seguirá creciendo hasta la formación de la ciudad santa, la Nueva Jerusalén (Ap. 21:10-11,23-24). Pero la senda de los justos es como la luz de la aurora que va en aumento hasta que el día es pleno (Pr.4:18).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:15
5.15 La luz que se esconde pierde su propósito, la iglesia que no presenta la vida de Dios no puede ser llamada su iglesia. Los súbditos del reino debemos ser luces en alto, como Juan el Bautista, de quien dijo Jesús que era antorcha que ardía y alumbraba; y vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz (Juan 6:35). Nuestro propósito es alumbrar, alumbrar hasta consumirnos como una antorcha; arder de pasión por el reino de Dios hasta que no quede más en nosotros. Jesús ya encendió la luz, pero es responsabilidad de los hijos del reino el poner esa luz en alto. Existen también miembros del reino que desaprovechan el inmenso poder de luz que tienen en su interior por parte de Dios, y la desaprovechan a causa de su poca fe; trataré de ilustrarlo mejor con una anécdota de cierta mujer galesa que vivía en un valle alejado de todo pueblo o ciudad. Era una persona simple y muy trabajadora, que desconocía la vida actual. A costa de un gran sacrificio económico hizo instalar electricidad en su casita. Un vecino le dijo un día: -Usted utiliza la luz eléctrica tan poco, que me pregunto si valió la pena pagar la instalación. - Claro que sí - contestó la mujer -. Las enciendo cada noche para ver dónde están mis lámparas de petróleo y después las apago. Parece increíble. Con toda la fuerza de la electricidad bajo su poder, con solo dar vuelta a un interruptor, seguía despabilando las mechas, vertiendo aceite y encendiendo lámparas apestosas. ¡La fuerza de Cristo es nuestra!, sin embargo, hay muchos que, o no sirven al Señor y al prójimo o lo hacen llenos de cansancio y fatiga, a veces animados con un poco de luz, pero la mayor parte de las veces abatidos y envueltos en los afanes del mundo, debajo de un almud. La luz se pone sobre el candelero y alumbra a todos los que están en casa. Un candelero es una referencia bíblica y espiritual a la iglesia, el apóstol Juan durante su visión apocalíptica en la isla de Patmos, recibió la revelación de Jesucristo en medio de siete candeleros de oro, a él se le dijo que los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias (Ap. 1:20). De modo que para alumbrar verdaderamente debemos estar dentro de la iglesia, de hecho, sobre la iglesia o principales en la iglesia. Es allí en donde se desarrollan los ministerios (1 Cor. 12:28; Ef. 4:11-13); y es desde allí donde se puede alumbrar. No significa esto recluirse en el templo, sino que a partir de la mutua edificación del cuerpo de Cristo a través de sus diferentes miembros y ministerios somos capacitados para brillar siendo influencia en el mundo. Por cierto, el candelero de oro del Tabernáculo fue diseñado de tal forma que una vez que se encendiera sólo alumbrara hacia adelante (Ex. 25:37; Num. 8:2); detrás nuestro está la iglesia alimentándonos con el aceite del Espíritu Santo, y delante un mundo necesitado de luz. De modo que aunque alumbremos a la iglesia, nuestro papel principal es ser luz del mundo, vida, amor, soluciones. Este es el orden correcto para alumbrar, desafortunadamente en ocasiones la iglesia no tiene influencia de vida sobre el mundo, bien dijo George McDaniel: “Si una iglesia tiene una influencia insuficiente en el mundo que la rodea es porque el mundo tiene demasiada influencia sobre esta iglesia.”
— Roberto Tinoco
Mateo 5:16
5.16 Es loable que las buenas obras sean anónimas, pero si son frecuentes no pasan desapercibidas. Finalmente será visto. Si la luz no puede verse no cumple su propósito y si el cristianismo no tiene buenas obras tampoco. Las palabras que hablamos son subjetivas, no tienen toda la sustancia necesaria para ser vistas debido a las condiciones espirituales del mundo, de modo que la única forma que tenemos para mostrarle al mundo la verdadera vida de Dios es mediante conducta práctica, testimonio santo, justo y en amor. Nuestro diario vivir. Para el mundo, la doctrina es refutable, las palabras cuestionables y las ideas teorías; mas la vida cristiana verdadera y práctica es doctrina demostrada, es palabra en acción y la comprobación de las ideas. Cuando vivimos en Cristo (según Cristo) alumbramos. Es una verdad claramente especificada en las Sagradas Escrituras el que hemos sido hechos en Cristo para buenas obras. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas (Ef. 2:10). El mundo ya ha escuchado muchos predicadores, las palabras y los mensajes, aunque gloriosos, ya se han apilado tanto, uno sobre otro, que el mundo sólo escucha un adormecedor murmullo; hoy más que nunca hace falta un pueblo cristiano celoso de buenas obras (Tito 2:14). No demerito la predicación, tiene su lugar indispensable en la salvación del hombre; lo que intento hacer es resaltar la necesidad de testimonios íntegros y dedicados a servir a sus semejantes, así como de excelencia. Sea que lo queramos aceptar o no, la Palabra de Dios dice que cuando los hombres vean nuestras buenas obras, glorificarán a nuestro Padre que está en los cielos. Mas si alguien no vive según Dios, en buenas obras, si no vive como hijo no debiera llamarlo Padre; y si sus pensamientos son las cosas terrenales, no debiera invocar los cielos. Vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Ninguna obra, en especial aquellas de misericordia, deben incluirse en un currículo personal. Es una insensatez perder la recompensa eterna por el necio: “Yo hice esto o aquello.” El propósito de las buenas obras es la glorificación del Padre, los hijos del reino debemos tener por sumo gozo el que todo aquello que hagamos glorifique y exalte a Dios. Ver labios alabándole, oír hosannas y aleluyas, contemplar manos levantadas es suficiente recompensa, sin contar además el gozo de saber que alguien fue beneficiado con nuestro actuar. Para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación incrédula y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo (Fil. 2:15).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:17
5.17 En este versículo, así como hasta el 20, se explica la esencia de las leyes de la Constitución del Reino de los Cielos. Los judíos habían alterado la ley hasta el punto de la exageración, a cada mandamiento habían agregado un sinnúmero más. Frecuentemente Jesús quebrantaba dichas añadiduras, no la ley en sí, sino los mandamientos de hombres. Por tal motivo, los religiosos hebreos acusaban al Maestro de no cumplir la ley; de hecho el Rey Celestial está por encima de la ley mosaica, Él es el verdadero Legislador; no obstante, les corrige en su apreciación y juicio al aclararles que su intención no es quitar la ley, sino enseñar el verdadero sentido de la misma. Paradójicamente, eran aquellos celosos judíos quienes, añadiendo componendas y tradiciones a la ley la habían invalidado; más tarde el Rey Jesús habría de recriminarles cara a cara esto mismo diciendo: habéis invalidado el mandamiento de Dios con vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres (Mt.15:6-9).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:18
5.18 El Señor utilizó por primera vez su frase característica “de cierto os digo”. Expresión que denota autoridad y que ningún otro hombre puede usar. Cada vez que la usaba revestía de importancia las palabras subsecuentes; de modo que tendremos que mirar con especial atención lo que a continuación dijo: hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota, ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. Principalmente expresa dos cosas; la primera, el carácter eterno de la ley moral. Es obvio que no se refiere a las ceremonias y rituales, pues es absurdo sacrificar un cordero para cubrir el pecado del oferente teniendo al Verdadero Cordero de Dios que no solo cubre, sino que quita el pecado del mundo. Por ello Jesús aclaró “hasta que todo se haya cumplido”, dándole con esto un carácter escatológico a su afirmación. Con todo, las leyes morales son eternas, no son abolidas por Cristo ni por el evangelio; por el contrario, la vida del Señor fue dada para cumplir toda exigencia de la justicia legal al ser entregado por nuestras transgresiones y para nuestra justificación delante de Dios. Años después, el apóstol Pablo, como erudito en el entendimiento del verdadero sentido de la ley respecto a su carácter permanente, habría de exclamar: ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley (Rom. 3.31). 5.18 Una jota era la letra más pequeña del alfabeto hebreo (y también griego); la tilde (o cuerno) es similar al acento en castellano y se usaba en la distinción de letras semejantes. Decir que no pasaría ni lo más pequeño de la ley es una hipérbole escritural; a través de esta frase Jesús está remitiendo a los religiosos a la verdadera ley. Está explicándoles que sus incontables añadiduras (como los 600 mandamientos adicionales del Talmud) no son parte de la verdadera ley. Además, afirma la inmutabilidad de la Palabra de Dios. Dios no habla sin propósito, todo lo que Él expresa tiene objetivo, razón y cumplimiento. Su Palabra permanece para siempre (Is. 40.8). Más tarde Jesús habría de afirmar “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mat. 24:35). ¡Cuánta seguridad nos brinda la estabilidad de Dios! ¿qué sería de nosotros si tuviésemos un dios que cambiara de idea de un momento o cuya palabra perdiera su poder? La Escritura no puede ser quebrantada (Juan 10:35). Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia (1 Tim.3:16). Aún las letras más pequeñas de la ley tienen algún cumplimiento; cumplimiento que encuentra su satisfacción en Cristo. El Señor cumplió todo lo que la ley y los profetas dijeron acerca de Él. Cristo guardó la ley como ningún otro, pues entendió y vivió siempre de acuerdo a sus preceptos más estrictos (los de la verdadera ley y no las añadiduras humanas). Y si algo faltara por cumplirse, desde la perspectiva profética, la iglesia como el cuerpo de Cristo le dará cabal satisfacción antes de los cielos y tierra nuevos. Esto es así porque la palabra cumplir no solo significa guardar, sino también tiene un significado escatológico. Generalmente no se refiere a la observancia de ceremonias y rituales, sino a la veracidad de sus afirmaciones proféticas y tipológicas (simbólicas) que deben llevarse a cabo. Cristo no anula la ley, Cristo es el cumplimiento de ella. Antes de Cristo los hombres estaban bajo la ley, después de Cristo los hombres estamos dentro de la ley: no estando yo sin ley de Dios, sino bajo (literalmente en el original: dentro de) la ley de Cristo (1 Cor.9:21). Dentro del reino de los cielos, guardar la ley no es una imposición externa, guardar la ley es un deseo interno. Por ello ya no se habla en la Escritura respecto de la Ley de Moisés, sino de la Ley de Cristo, ya que la Ley de Moisés es externa, de obras, mientras que la Ley de Cristo es interna, de fe, del espíritu. No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley (Rom.13:8). Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Gal. 5:14). No solo una parte, sino toda la ley, aun una jota o una tilde encuentran su cumplimiento en el amor.
— Roberto Tinoco
Mateo 5:19
5.19 Después de definir la verdadera esencia de la ley, el Rey menciona la gran desgracia del hombre religioso: la apariencia sin esencia. El legalismo fariseo, por ser la ostentación externa de piedad, mera apariencia sin fondo, hipocresía llana; quebranta la ley. Según Jesús, si la observación de la ley no es interna del corazón, sino formalista, externa y de aspecto, entonces no guarda verdaderamente la ley, la quebranta. De modo que los religiosos judíos con sus incontables poses y añadiduras quebrantaban el verdadero espíritu de la ley. Con sus preceptos humanos respecto de cómo guardar cada mandamiento, habían hecho que algunos fuesen tomados como pequeños mandamientos, mientras que otros eran grandes edictos. Y lo que era peor, su mayor desgracia no estaba solo en quebrantar la ley, sino en enseñar también a no guardarla en esencia, sino solo en apariencia. Atribuirle a un mandamiento menos importancia que a otro es una gran equivocación, enseñarlo así, es un incentivo a desobedecerlo. A esto mismo se refería Santiago en su carta universal cuando escribió: Porque cualquiera que guardare toda la ley pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos (Stg. 2:10). La disertación de Jesús en los textos precedentes no fue dirigida a los escribas y fariseos, sino a los discípulos. El Rey habló acerca de los fariseos, pero no les habló a ellos, sino a los suyos. Por tal razón, la pena por quebrantar la ley y enseñarla al estilo fariseo no es la condenación, sino “ser llamado muy pequeño en el reino de los cielos” (Mat. 5:19). Esto es, por cuanto la entrada al reino de los cielos no depende de las obras, ni de la observación de la ley, sino de la gracia de Jesucristo.
— Roberto Tinoco
Mateo 5:20
5.20 Mira la nota anterior. Dicho de otro modo, si intentasen los discípulos su justificación o perdón a través del formalismo religioso; así como a través de los rituales, obras y ceremonias, no lo conseguirían. La justicia de los escribas y fariseos era externa, la del reino de los cielos es interna. La justicia para entrar en el reino de los cielos radica en la intención del corazón, en la fe de Jesucristo. Y para aclarar esto mismo, Jesús lo ilustró a través de los ejemplos del homicidio y del adulterio entre otros (en los siguientes versículos).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:21
5.21-22 En la sección comprendemos que la ley del reino de los cielos es una justicia mayor que la de los escribas y fariseos por ser de carácter interno y no mero formalismo externo. En este primer ejemplo, hablando del homicidio, el Maestro comienza a ilustrar la importancia de la intención del corazón de acuerdo a la justicia del reino. Al decir Jesús: oísteis que fue dicho a los (o por los) antiguos, está haciendo una clara referencia a la ley de Moisés, específicamente al sexto mandamiento: No matarás (Ex. 20:13). El homicida era expuesto al juicio según la ley (el texto original no se refiere a culpable sino que literalmente dice “expuesto a”). Enseguida, Jesús añade la perspectiva del reino con respecto a la ley con su característico pero yo os digo. ¡Vaya osadía e irreverencia! –debieron pensar los escribas y fariseos. Para el judío religioso de ese tiempo y quizá de todos los tiempos, lo más sagrado sobre la tierra era la ley de Moisés; ¡y el hijo de un carpintero alude a una autoridad superior a los mandamientos! Definitivamente que pensaron estar ante un caso extremo de blasfemia. Desafortunadamente para ellos, el Rey a quien consideraron un simple carpintero, aplicaba la enseñanza con tal sabiduría, maestría y autoridad que no podían echarle mano. ¡Con mucha razón al terminar de predicar su fascinante “Sermón del Monte” no pudieron menos que maravillarse! Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas (Mt.7:28-29). Pasando el tiempo, los principales sacerdotes y los fariseos habrían de enviar alguaciles a Jesús para sorprenderle en alguna palabra y tomarle preso con esa excusa, sin embargo, dichos enviados al ser interrogados respecto de Jesús por no haberle traído bajo arresto sólo pudieron exclamar llenos de admiración: “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7.45-46) ¡Esa es una gran verdad expresada por una conciencia honesta! Sea que lo comparemos o no, ningún pensador, filósofo, idealista, religioso, político, orador, disertante, poeta, de la categoría que sea, de la cultura que sea, de la ocupación que sea, del estatus social o económico que sea, de este tiempo o del pasado, incluso del futuro, ha hablado ni hablará como Jesús! ¡Solamente Él es el Verbo de Dios! ¿Quién puede compararse, por elocuente que sea, a la misma Palabra Divina en acción? Además, es un atributo exclusivo del Rey Celestial el poder acompañar su palabra con la autoridad Todopoderosa de su divinidad. Por tanto, el Señor jamás intentó demostrar su autoridad, simplemente la tenía. Él es el Rey. Por otro lado, volviendo al texto que nos ocupa; en el reino de los cielos es suficiente el enojo contra el hermano, para ser expuesto al juicio. Notemos cómo está hablando en el contexto del reino o mejor dicho, refiriéndose a la iglesia, pues habla de afrentar al hermano, esta es una referencia eclesiástica. Se refiere al hermano en la fe. En segundo lugar, existe un proceso desarrollado y correspondiente entre las ofensas y los castigos, de menor a mayor, como si el Señor advirtiera de la posibilidad del deslizamiento de la fe. Enojo, necio, fatuo: son las ofensas. Y sus respectivas consecuencias: Expuesto al juicio, culpable ante el concilio y expuesto al infierno de fuego. Está estructurado para mostrarnos la caída que comienza en la intención y luego lleva a la agresión, acarreando un juicio, una culpa y por último la condenación. Para el Señor, no se necesita ser homicida material para ser expuesto a un juicio; en el reino de los cielos la intención, el deseo del corazón, la maquinación del pensamiento son suficientes para decretarse el crimen. Cualquiera que se enoje, no importa su supuesta estatura eclesiástica, cualquiera que se llene de ira es culpable de homicidio. Existen dos palabras griegas usadas para enojarse: Thumóo y Orguídzo. La primera de ellas se refiere a la reacción momentánea y explosiva de la pasión, al descontrol temporal de las emociones. La segunda, habla de la ira que una vez anidada en el corazón crece hasta llenar la vida de amargura y deseos de dañar al objeto odiado. Las Sagradas Escrituras utilizan la segunda palabra: Orguídzo. De manera que basta con darle cabida a los malos deseos respecto de alguien para ser expuesto a un juicio. Probablemente dicho juicio sea una referencia a la costumbre judía de llevar al acusado a la puerta de la ciudad para juzgarle sobre su supuesta falta delante de los ancianos. Este juicio corresponde a la reprimenda ejercida por la iglesia local con respecto al miembro pecador, pero aún no se refiere al juicio divino. Después está el que le dice “Necio” a su hermano. Necio es la traducción del griego “Ra cá”. Es una palabra que expresa desprecio y que dependía en gran medida del tono y de la forma en que la usara el ofensor. Es usada despectivamente, con desprecio y arrogancia; y podía ser sumamente hiriente en la cultura judía de la época. De manera que cualquiera que desprecie a su hermano es digno de comparecer ante el concilio. Trasladándolo a la época de Cristo, corresponde al Sanedrín. Y ubicándolo dentro del reino, tal y como debe ser, es una alusión directa a algún órgano o comisión investigadora del asunto dentro de la iglesia. ¿Tan grave es despreciar a alguien? ¡Desde luego que sí, pues también por él murió Cristo y al despreciarlo afrentamos al Espíritu Santo que lo habita. La siguiente ofensa a la que el Señor hace referencia es cualquiera que le diga fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. La palabra traducida como fatuo es “morós”, y define el estado moral de un individuo. Morós no se refiere a un posible retraso mental, sino a un ser excluido, rechazado a causa de una pésima condición moral; de modo que esta ofensa va encaminada a destruir el prestigio de aquél a quien se dirige. Allí está su gravedad, con la vara que medís seréis medidos. Tal ofensa era el equivalente maldecir y condenar y su castigo es precisamente la exposición a la condenación. Respecto del infierno de fuego aludido en el versículo 22, literalmente la Palabra dice que será expuesto al Gehena de fuego. Gehena (el valle de hena), es la transcripción griega del hebreo ge-hinon; lugar considerado como maldito por haber sido en el pasado utilizado por reyes idólatras para quemar hijos en culto a Moloc (2 R. 23:10; 2 Cr. 28:3). Después de las reformas del piadoso rey Josías, quien eliminó dicha práctica bárbara y aberrante (2 R. 23:10), el lugar se utilizó como el basurero público de Jerusalén. En ese lugar siempre había fuego, humo, suciedad, gusanos… ¡vaya tipo tan gráfico del castigo eterno! ¡horrenda cosa es caer en manos de un Dios vivo! Condenar a otro es emitir juicio contra uno mismo. Todo aquél que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él (1 Juan 3:15).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:22
5.21-22 En la sección comprendemos que la ley del reino de los cielos es una justicia mayor que la de los escribas y fariseos por ser de carácter interno y no mero formalismo externo. En este primer ejemplo, hablando del homicidio, el Maestro comienza a ilustrar la importancia de la intención del corazón de acuerdo a la justicia del reino. Al decir Jesús: oísteis que fue dicho a los (o por los) antiguos, está haciendo una clara referencia a la ley de Moisés, específicamente al sexto mandamiento: No matarás (Ex. 20:13). El homicida era expuesto al juicio según la ley (el texto original no se refiere a culpable sino que literalmente dice “expuesto a”). Enseguida, Jesús añade la perspectiva del reino con respecto a la ley con su característico pero yo os digo. ¡Vaya osadía e irreverencia! –debieron pensar los escribas y fariseos. Para el judío religioso de ese tiempo y quizá de todos los tiempos, lo más sagrado sobre la tierra era la ley de Moisés; ¡y el hijo de un carpintero alude a una autoridad superior a los mandamientos! Definitivamente que pensaron estar ante un caso extremo de blasfemia. Desafortunadamente para ellos, el Rey a quien consideraron un simple carpintero, aplicaba la enseñanza con tal sabiduría, maestría y autoridad que no podían echarle mano. ¡Con mucha razón al terminar de predicar su fascinante “Sermón del Monte” no pudieron menos que maravillarse! Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas (Mt.7:28-29). Pasando el tiempo, los principales sacerdotes y los fariseos habrían de enviar alguaciles a Jesús para sorprenderle en alguna palabra y tomarle preso con esa excusa, sin embargo, dichos enviados al ser interrogados respecto de Jesús por no haberle traído bajo arresto sólo pudieron exclamar llenos de admiración: “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7.45-46) ¡Esa es una gran verdad expresada por una conciencia honesta! Sea que lo comparemos o no, ningún pensador, filósofo, idealista, religioso, político, orador, disertante, poeta, de la categoría que sea, de la cultura que sea, de la ocupación que sea, del estatus social o económico que sea, de este tiempo o del pasado, incluso del futuro, ha hablado ni hablará como Jesús! ¡Solamente Él es el Verbo de Dios! ¿Quién puede compararse, por elocuente que sea, a la misma Palabra Divina en acción? Además, es un atributo exclusivo del Rey Celestial el poder acompañar su palabra con la autoridad Todopoderosa de su divinidad. Por tanto, el Señor jamás intentó demostrar su autoridad, simplemente la tenía. Él es el Rey. Por otro lado, volviendo al texto que nos ocupa; en el reino de los cielos es suficiente el enojo contra el hermano, para ser expuesto al juicio. Notemos cómo está hablando en el contexto del reino o mejor dicho, refiriéndose a la iglesia, pues habla de afrentar al hermano, esta es una referencia eclesiástica. Se refiere al hermano en la fe. En segundo lugar, existe un proceso desarrollado y correspondiente entre las ofensas y los castigos, de menor a mayor, como si el Señor advirtiera de la posibilidad del deslizamiento de la fe. Enojo, necio, fatuo: son las ofensas. Y sus respectivas consecuencias: Expuesto al juicio, culpable ante el concilio y expuesto al infierno de fuego. Está estructurado para mostrarnos la caída que comienza en la intención y luego lleva a la agresión, acarreando un juicio, una culpa y por último la condenación. Para el Señor, no se necesita ser homicida material para ser expuesto a un juicio; en el reino de los cielos la intención, el deseo del corazón, la maquinación del pensamiento son suficientes para decretarse el crimen. Cualquiera que se enoje, no importa su supuesta estatura eclesiástica, cualquiera que se llene de ira es culpable de homicidio. Existen dos palabras griegas usadas para enojarse: Thumóo y Orguídzo. La primera de ellas se refiere a la reacción momentánea y explosiva de la pasión, al descontrol temporal de las emociones. La segunda, habla de la ira que una vez anidada en el corazón crece hasta llenar la vida de amargura y deseos de dañar al objeto odiado. Las Sagradas Escrituras utilizan la segunda palabra: Orguídzo. De manera que basta con darle cabida a los malos deseos respecto de alguien para ser expuesto a un juicio. Probablemente dicho juicio sea una referencia a la costumbre judía de llevar al acusado a la puerta de la ciudad para juzgarle sobre su supuesta falta delante de los ancianos. Este juicio corresponde a la reprimenda ejercida por la iglesia local con respecto al miembro pecador, pero aún no se refiere al juicio divino. Después está el que le dice “Necio” a su hermano. Necio es la traducción del griego “Ra cá”. Es una palabra que expresa desprecio y que dependía en gran medida del tono y de la forma en que la usara el ofensor. Es usada despectivamente, con desprecio y arrogancia; y podía ser sumamente hiriente en la cultura judía de la época. De manera que cualquiera que desprecie a su hermano es digno de comparecer ante el concilio. Trasladándolo a la época de Cristo, corresponde al Sanedrín. Y ubicándolo dentro del reino, tal y como debe ser, es una alusión directa a algún órgano o comisión investigadora del asunto dentro de la iglesia. ¿Tan grave es despreciar a alguien? ¡Desde luego que sí, pues también por él murió Cristo y al despreciarlo afrentamos al Espíritu Santo que lo habita. La siguiente ofensa a la que el Señor hace referencia es cualquiera que le diga fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. La palabra traducida como fatuo es “morós”, y define el estado moral de un individuo. Morós no se refiere a un posible retraso mental, sino a un ser excluido, rechazado a causa de una pésima condición moral; de modo que esta ofensa va encaminada a destruir el prestigio de aquél a quien se dirige. Allí está su gravedad, con la vara que medís seréis medidos. Tal ofensa era el equivalente maldecir y condenar y su castigo es precisamente la exposición a la condenación. Respecto del infierno de fuego aludido en el versículo 22, literalmente la Palabra dice que será expuesto al Gehena de fuego. Gehena (el valle de hena), es la transcripción griega del hebreo ge-hinon; lugar considerado como maldito por haber sido en el pasado utilizado por reyes idólatras para quemar hijos en culto a Moloc (2 R. 23:10; 2 Cr. 28:3). Después de las reformas del piadoso rey Josías, quien eliminó dicha práctica bárbara y aberrante (2 R. 23:10), el lugar se utilizó como el basurero público de Jerusalén. En ese lugar siempre había fuego, humo, suciedad, gusanos… ¡vaya tipo tan gráfico del castigo eterno! ¡horrenda cosa es caer en manos de un Dios vivo! Condenar a otro es emitir juicio contra uno mismo. Todo aquél que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él (1 Juan 3:15).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:23
5.23-25 Ilustrando un caso de homicidio por intención, el Rey Jesús describe un caso común del creyente: ¿qué hacer respecto a la práctica de vida cristiana cuando se tiene una enemistad con un hermano? El Señor habla de la ofrenda a Dios. Podría haber hablado acerca de un sacrificio, pero no lo hace. De hecho, los sacrificios eran realizados por el perdón de los pecados, mientras que la ofrenda se presentaba como medio de comunión con Dios. Si el hombre se acerca a entablar comunión con Dios a través de su ofrenda, es ilógico que no tenga primero comunión con su hermano. Si alguno dice: Yo amo a Dios y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (1Jn.4:20). Y Jesús va un poco más allá, el texto dice que ya habiendo llegado, ya había entrado al templo y atravesando los patios que rodeaban el lugar Santo, el patio de los gentiles, el de las mujeres y el de los varones, ya había llegado a la entrada del patio de los sacerdotes y justo antes de dar su ofrenda recuerda que un hermano tiene algo contra él. Mira bien, no que el tuviese algo contra otro, sino que alguien más tiene algo contra él. ¿Y por la ira o el resentimiento ajeno él no podrá ofrendar? ¿Si alguien tiene algo contra mí yo no puedo tener comunión con Dios? Por supuesto que a eso no se refiere directamente la Palabra, viendo el contexto comprendemos que a causa de haber ofendido al hermano enojándonos con él y habiéndolo insultado, como se menciona en los versículos 21 y 22, hemos provocado resentimiento en el hermano. La enseñanza es que si rompí mi comunión con mi hermano he roto también mi comunión con Dios, mi ofrenda entonces, no puede ser aceptada. Porque misericordia quiero y no sacrificios, y conocimiento de Dios más que holocausto (Os.6:6). (Lee también Isaías 1:10-17). ¡Ponte a cuentas rápido! El verbo que se utiliza como deja allí tu ofrenda, es sumamente expresivo en el griego, es algo así como “deja atrás o “no te preocupes de”, indicando que lo urgente y necesario ante el Señor es la reconciliación con el hermano antes que ofrendar. No dice que no ofrende, como algunos que se abstienen del privilegio de ofrendar, de la Santa Cena o de participar del Culto al Señor, ¡No! Dice que primero se reconcilie y luego presente su ofrenda; que primero reanude la comunión con su hermano, a quien por cierto usted ofendió, y luego participe de la comunión con Dios. Pero debe ser cuanto antes, “en tanto que está con él en el camino” (vr. 25) mientras aún está con vida o el Señor aún no ha regresado. ¿Qué más práctico que esto? Es cual Jacob reconciliándose con Esaú mientras que aún estaban en vida (Gen. 32-33). Es Abigail mujer del soberbio Nabal buscando la paz con el rey David para evitar ser destruidos (1 Sm. 25). Antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado (Heb.3:13).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:24
5.23-25 Ilustrando un caso de homicidio por intención, el Rey Jesús describe un caso común del creyente: ¿qué hacer respecto a la práctica de vida cristiana cuando se tiene una enemistad con un hermano? El Señor habla de la ofrenda a Dios. Podría haber hablado acerca de un sacrificio, pero no lo hace. De hecho, los sacrificios eran realizados por el perdón de los pecados, mientras que la ofrenda se presentaba como medio de comunión con Dios. Si el hombre se acerca a entablar comunión con Dios a través de su ofrenda, es ilógico que no tenga primero comunión con su hermano. Si alguno dice: Yo amo a Dios y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (1Jn.4:20). Y Jesús va un poco más allá, el texto dice que ya habiendo llegado, ya había entrado al templo y atravesando los patios que rodeaban el lugar Santo, el patio de los gentiles, el de las mujeres y el de los varones, ya había llegado a la entrada del patio de los sacerdotes y justo antes de dar su ofrenda recuerda que un hermano tiene algo contra él. Mira bien, no que el tuviese algo contra otro, sino que alguien más tiene algo contra él. ¿Y por la ira o el resentimiento ajeno él no podrá ofrendar? ¿Si alguien tiene algo contra mí yo no puedo tener comunión con Dios? Por supuesto que a eso no se refiere directamente la Palabra, viendo el contexto comprendemos que a causa de haber ofendido al hermano enojándonos con él y habiéndolo insultado, como se menciona en los versículos 21 y 22, hemos provocado resentimiento en el hermano. La enseñanza es que si rompí mi comunión con mi hermano he roto también mi comunión con Dios, mi ofrenda entonces, no puede ser aceptada. Porque misericordia quiero y no sacrificios, y conocimiento de Dios más que holocausto (Os.6:6). (Lee también Isaías 1:10-17). ¡Ponte a cuentas rápido! El verbo que se utiliza como deja allí tu ofrenda, es sumamente expresivo en el griego, es algo así como “deja atrás o “no te preocupes de”, indicando que lo urgente y necesario ante el Señor es la reconciliación con el hermano antes que ofrendar. No dice que no ofrende, como algunos que se abstienen del privilegio de ofrendar, de la Santa Cena o de participar del Culto al Señor, ¡No! Dice que primero se reconcilie y luego presente su ofrenda; que primero reanude la comunión con su hermano, a quien por cierto usted ofendió, y luego participe de la comunión con Dios. Pero debe ser cuanto antes, “en tanto que está con él en el camino” (vr. 25) mientras aún está con vida o el Señor aún no ha regresado. ¿Qué más práctico que esto? Es cual Jacob reconciliándose con Esaú mientras que aún estaban en vida (Gen. 32-33). Es Abigail mujer del soberbio Nabal buscando la paz con el rey David para evitar ser destruidos (1 Sm. 25). Antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado (Heb.3:13).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:25
5.23-25 Ilustrando un caso de homicidio por intención, el Rey Jesús describe un caso común del creyente: ¿qué hacer respecto a la práctica de vida cristiana cuando se tiene una enemistad con un hermano? El Señor habla de la ofrenda a Dios. Podría haber hablado acerca de un sacrificio, pero no lo hace. De hecho, los sacrificios eran realizados por el perdón de los pecados, mientras que la ofrenda se presentaba como medio de comunión con Dios. Si el hombre se acerca a entablar comunión con Dios a través de su ofrenda, es ilógico que no tenga primero comunión con su hermano. Si alguno dice: Yo amo a Dios y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (1Jn.4:20). Y Jesús va un poco más allá, el texto dice que ya habiendo llegado, ya había entrado al templo y atravesando los patios que rodeaban el lugar Santo, el patio de los gentiles, el de las mujeres y el de los varones, ya había llegado a la entrada del patio de los sacerdotes y justo antes de dar su ofrenda recuerda que un hermano tiene algo contra él. Mira bien, no que el tuviese algo contra otro, sino que alguien más tiene algo contra él. ¿Y por la ira o el resentimiento ajeno él no podrá ofrendar? ¿Si alguien tiene algo contra mí yo no puedo tener comunión con Dios? Por supuesto que a eso no se refiere directamente la Palabra, viendo el contexto comprendemos que a causa de haber ofendido al hermano enojándonos con él y habiéndolo insultado, como se menciona en los versículos 21 y 22, hemos provocado resentimiento en el hermano. La enseñanza es que si rompí mi comunión con mi hermano he roto también mi comunión con Dios, mi ofrenda entonces, no puede ser aceptada. Porque misericordia quiero y no sacrificios, y conocimiento de Dios más que holocausto (Os.6:6). (Lee también Isaías 1:10-17). ¡Ponte a cuentas rápido! El verbo que se utiliza como deja allí tu ofrenda, es sumamente expresivo en el griego, es algo así como “deja atrás o “no te preocupes de”, indicando que lo urgente y necesario ante el Señor es la reconciliación con el hermano antes que ofrendar. No dice que no ofrende, como algunos que se abstienen del privilegio de ofrendar, de la Santa Cena o de participar del Culto al Señor, ¡No! Dice que primero se reconcilie y luego presente su ofrenda; que primero reanude la comunión con su hermano, a quien por cierto usted ofendió, y luego participe de la comunión con Dios. Pero debe ser cuanto antes, “en tanto que está con él en el camino” (vr. 25) mientras aún está con vida o el Señor aún no ha regresado. ¿Qué más práctico que esto? Es cual Jacob reconciliándose con Esaú mientras que aún estaban en vida (Gen. 32-33). Es Abigail mujer del soberbio Nabal buscando la paz con el rey David para evitar ser destruidos (1 Sm. 25). Antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado (Heb.3:13).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:26
5.26 Estos versículos son usados equivocadamente por algunos para tratar de solventar la posibilidad del perdón después de la muerte (le llaman Purgatorio). Pero el pasaje no trata de la salvación, sino de la comunión con el hermano a quien se le ofendió. El texto habla de las relaciones humanas, esa es la enseñanza de todo el contexto. Para reparar la comunión con Dios no existe otro medio fuera del sacrificio expiatorio y vicario de Jesús (Juan 14:6; Juan 10:9; Hch. 4:12; Heb. 10:19-22; 1 Juan 5:20; Juan 1:4; Juan 3:16-18; Juan 10:7; 1 P. 3:18; 1 Juan 2:23; Ap. 5; 7:17). La frase “hasta que pagues el último cuadrante” es una alusión a la necesidad de resolver aún la más mínima diferencia. El cuadrante romano era una pequeña moneda de bronce equivalente a un centavo, el menor valor. Esto significa que tenemos que remediar el asunto más insignificante que hayamos tenido contra los hermanos y no solo las ofensas más graves mencionadas en los versículos anteriores. Procurad la paz con todos, y la santidad sin la cual nadie verá al Señor (Heb.12:14). El que comienza la discordia es como quien suelta las aguas; deja pues la contienda, antes que se enrede (que estalle el pleito) (Pr.17:14). Si es posible, en cuanto dependa de vosotros estad en paz con todos los hombres (Rom.12:18).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:27
5.27-30 En una sociedad sin Dios, el adulterio es común, es una sociedad enferma. Hace poco una revista daba cuenta de un incidente que pinta lo que pasa en esta clase de sociedad. Se trataba de un hombre que llegó enfurecido a la puerta de un teatro, con revólver en mano, buscando a su esposa que había entrado en ese lugar acompañada de otro hombre. El portero quiso persuadirlo a que no entrara a la sala del espectáculo, sino que esperara hasta el fin de la función para luego encontrarse con su esposa a la salida. Al ver que no lograba convencerlo, anunció por los altoparlantes que si había alguna mujer en el teatro acompañada por un hombre que no fuera su esposo, que huyera por la puerta lateral, porque en ese momento un hombre airado entraba a sacar a su esposa con revólver en mano. El relato dice que vieron a diecinueve parejas salir corriendo por la puerta de escape. Más que cómico esto es trágico, las Sagradas Escrituras tienen un mensaje sobre el asunto en boca del Rey Jesús. Nuevamente Jesús va al centro del problema, al origen del pecado. En el ejemplo anterior ilustró la importancia de la intención del corazón en la justicia del Reino; ahora, con respecto al adulterio, el Maestro señala la importancia de la intención, lo mismo que la necesidad de evitar la provisión maligna de dichas intenciones. El séptimo mandamiento es al parecer, claro para los judíos: no cometerás adulterio (Ex. 20:14; Dt. 5:18). Para el judío religioso tradicional el adulterio era una acción. Pero para Jesús, el adulterio nace en el deseo, se alimenta por los ojos y la consumación es el fruto externo de una maldad interna. El hombre no sólo es cuerpo; también es espíritu y alma, además de cuerpo (en ese orden). Interpretar el mandamiento que prohíbe el adulterio como algo que atañe exclusivamente al cuerpo es un grave error. El cuerpo es instrumento del alma, ya sea para consumar el pecado o para realizar las más nobles empresas. Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido (Stg.1:14). Sin embargo, a pesar de que el pecado nace en el corazón, es ayudado por el cuerpo en la alimentación de sus malos deseos. Por ser el cuerpo el medio de comunicación que se tiene con el mundo (oír, ver, sentir, palpar), el espíritu que desea pecar alimenta su deseo por medio del cuerpo. En este caso presentado por el Señor, el corazón adúltero alimenta su deseo a través de los ojos; mirando a una mujer para satisfacer o acrecentar sus intenciones sensuales. Por ello, vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne (Rom.13:14). “Proveáis”, del griego “pronoia”; Pro = “antes” y noeo, “pensar”, “contemplar”. Comprende cuan poderosos son los términos usados por la Palabra: mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró, “mira”, “para”, “ya”. En “mira” tenemos el medio, los ojos, el cuerpo. En “para” tenemos el propósito, el deseo, el pecado del corazón. Y en “ya” tenemos la consumación, la realidad, la existencia del pecado. Aún antes de la ley, hombres piadosos como Job entendían esto mismo: Hice Pacto con mis ojos: ¿cómo pues, había yo de mirar a una virgen? ¡Para hacer un pacto con los ojos primero se necesita un pacto entre nuestro corazón y Dios! Un corazón que mira a Dios no usa los ojos del cuerpo para adulterar. Un corazón que mira a Dios usa los ojos del cuerpo para leer la Palabra. El corazón humano es unifocal, sólo puede mirar un objeto a la vez, no puede dirigir su mirada a dos destinos diferentes. Un corazón que mira a Dios, está enfocado en Dios, sus deseos son para Dios, sus intenciones son por Dios, sus anhelos son en Dios, ¡su vida es Dios! Por eso dice la Palabra: Porque si vivís conforme a la carne, moriréis, mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Rom. 8:13). Proverbios 6:25 dice: No codicies su hermosura en tu corazón… La única forma de obedecer este mandato es codiciando otra cosa mejor. Los ascetistas de antaño demostraron con s fracaso, que el maltrato del cuerpo no funciona contra los apetitos de la carne. La multiplicación del cuerpo a la que pareciera hacer referencia el Señor en los versículos 29 y 30 (Mt. 5) no son literales. Se pueden arrancar los ojos físicos pero el pecado seguirá anidado en el corazón. ¿Qué significa cortar el ojo o la mano derecha? Primeramente al decir derecho (a) se refiere a la importancia del miembro y si debe ser cortado por causa del reino de los cielos, entonces, es una alusión a que el Reino de los cielos es más importante que cualquier otra cosa. Nuevamente aclaramos que no se trata de mutilación literal. En segundo lugar, los ojos sirven para ver, para alimentar la naturaleza maligna (en este caso); mientras que las manos sirven para llevar a cabo el pecado. De modo, que Jesús está diciendo: Evita todo aquello que te fomente el mal de tu corazón y guarda tu cuerpo de proveer para él. El apóstol Pablo nos da una enseñanza maravillosa a este respecto en la carta a los Colosenses 2:19-3:16. Analicemos algunos de estos versículos para entender mejor las palabras de Jesús. Según el versículo 19, la forma para conservarse sin caída es asirse de la cabeza que es Cristo, aceptar su señorío y dirección: asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece en el crecimiento que da Dios. Luego, en los versículos 20 al 23 de col. 2, encontramos la inutilidad del ascetismo; lo vano del maltrato físico para santificar al hombre: tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne. ¡De nada le sirven al monje o al hacedor de “mandas” todos sus sacrificios, aunque se traslade de rodillas desde un extremo del país hasta el otro seguirá siendo pecador y el pecado seguirá en Él! Tendrá las rodillas ensangrentadas, pero el corazón orgullosamente seco. Su espalda mostrará llagas pero su interior seguirá muerto. ¿Qué hacer? Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col.3:2). En lugar de mirar a una mujer para codiciarla, volviendo a las palabras del pasaje que estamos leyendo, cometiendo en ello adulterio, mejor ¡mira a Cristo! Él guardará tu corazón ¿Qué significa mirar a Cristo? Lo leemos en Colosenses 3:3 Porque habéis muerto (al pecado), y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. La expresión “habéis muerto” es sinónimo de “si tu ojo te es ocasión de caer, córtalo” Y “vuestra vida está escondida en Cristo” nos habla de que la única forma de ser santificados está en Él. Quien tiene esta fe es capaz de: haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: Fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia… Habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos y revestido del nuevo… vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados… (Col. 3:5,9,10,12). Cortar el ojo o la mano derecha con tal de no pecar es considerarse muerto al pecado evitando todo aquello que pueda ser ocasión de caer, consagrándose sólo a Dios. No se refiere literalmente a mutilar el cuerpo, sino a que algunas decisiones son drásticas y muy dolorosas; tanto, que el Señor dice mejor es que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea echado en el infierno. Esto es un hábil juego de palabras y conceptos. Un pecador es echado al infierno por haber vivido para satisfacer los apetitos pecaminosos de su cuerpo; si hubiese mutilado, perdido (considerado muerto) uno de sus miembros (la fuente de su pecado) hubiera evitado su condenación. El que quiera ganar su vida la perderá, mas el que la pierda por causa de mi la hallará –dijo el Señor. Esaú quiso satisfacer su hambre física y lo consiguió, aunque ello le costó la primogenitura. Sansón quiso deleitarse en los placeres y lo consiguió, aunque ello le costó sus ojos, su honra y finalmente su vida. Acán quiso satisfacer su avaricia tomando del anatema y lo consiguió, aunque ello le costó la condenación propia y de su familia. Eva quiso satisfacer su curiosidad comiendo del árbol de la ciencia del bien y del mal, y lo consiguió, aunque ello nos ha costado a todos la condena de la muerte. Los ejemplos son innumerables; el remedio es uno solo: El Espíritu de Dios. El reino de Dios es más estricto que la Ley porque la provisión divina es infinitamente superior. El Señor demanda un control total de los miembros porque Él desea hacerlo su cuerpo.
— Roberto Tinoco
Mateo 5:28
5.27-30 En una sociedad sin Dios, el adulterio es común, es una sociedad enferma. Hace poco una revista daba cuenta de un incidente que pinta lo que pasa en esta clase de sociedad. Se trataba de un hombre que llegó enfurecido a la puerta de un teatro, con revólver en mano, buscando a su esposa que había entrado en ese lugar acompañada de otro hombre. El portero quiso persuadirlo a que no entrara a la sala del espectáculo, sino que esperara hasta el fin de la función para luego encontrarse con su esposa a la salida. Al ver que no lograba convencerlo, anunció por los altoparlantes que si había alguna mujer en el teatro acompañada por un hombre que no fuera su esposo, que huyera por la puerta lateral, porque en ese momento un hombre airado entraba a sacar a su esposa con revólver en mano. El relato dice que vieron a diecinueve parejas salir corriendo por la puerta de escape. Más que cómico esto es trágico, las Sagradas Escrituras tienen un mensaje sobre el asunto en boca del Rey Jesús. Nuevamente Jesús va al centro del problema, al origen del pecado. En el ejemplo anterior ilustró la importancia de la intención del corazón en la justicia del Reino; ahora, con respecto al adulterio, el Maestro señala la importancia de la intención, lo mismo que la necesidad de evitar la provisión maligna de dichas intenciones. El séptimo mandamiento es al parecer, claro para los judíos: no cometerás adulterio (Ex. 20:14; Dt. 5:18). Para el judío religioso tradicional el adulterio era una acción. Pero para Jesús, el adulterio nace en el deseo, se alimenta por los ojos y la consumación es el fruto externo de una maldad interna. El hombre no sólo es cuerpo; también es espíritu y alma, además de cuerpo (en ese orden). Interpretar el mandamiento que prohíbe el adulterio como algo que atañe exclusivamente al cuerpo es un grave error. El cuerpo es instrumento del alma, ya sea para consumar el pecado o para realizar las más nobles empresas. Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido (Stg.1:14). Sin embargo, a pesar de que el pecado nace en el corazón, es ayudado por el cuerpo en la alimentación de sus malos deseos. Por ser el cuerpo el medio de comunicación que se tiene con el mundo (oír, ver, sentir, palpar), el espíritu que desea pecar alimenta su deseo por medio del cuerpo. En este caso presentado por el Señor, el corazón adúltero alimenta su deseo a través de los ojos; mirando a una mujer para satisfacer o acrecentar sus intenciones sensuales. Por ello, vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne (Rom.13:14). “Proveáis”, del griego “pronoia”; Pro = “antes” y noeo, “pensar”, “contemplar”. Comprende cuan poderosos son los términos usados por la Palabra: mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró, “mira”, “para”, “ya”. En “mira” tenemos el medio, los ojos, el cuerpo. En “para” tenemos el propósito, el deseo, el pecado del corazón. Y en “ya” tenemos la consumación, la realidad, la existencia del pecado. Aún antes de la ley, hombres piadosos como Job entendían esto mismo: Hice Pacto con mis ojos: ¿cómo pues, había yo de mirar a una virgen? ¡Para hacer un pacto con los ojos primero se necesita un pacto entre nuestro corazón y Dios! Un corazón que mira a Dios no usa los ojos del cuerpo para adulterar. Un corazón que mira a Dios usa los ojos del cuerpo para leer la Palabra. El corazón humano es unifocal, sólo puede mirar un objeto a la vez, no puede dirigir su mirada a dos destinos diferentes. Un corazón que mira a Dios, está enfocado en Dios, sus deseos son para Dios, sus intenciones son por Dios, sus anhelos son en Dios, ¡su vida es Dios! Por eso dice la Palabra: Porque si vivís conforme a la carne, moriréis, mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Rom. 8:13). Proverbios 6:25 dice: No codicies su hermosura en tu corazón… La única forma de obedecer este mandato es codiciando otra cosa mejor. Los ascetistas de antaño demostraron con s fracaso, que el maltrato del cuerpo no funciona contra los apetitos de la carne. La multiplicación del cuerpo a la que pareciera hacer referencia el Señor en los versículos 29 y 30 (Mt. 5) no son literales. Se pueden arrancar los ojos físicos pero el pecado seguirá anidado en el corazón. ¿Qué significa cortar el ojo o la mano derecha? Primeramente al decir derecho (a) se refiere a la importancia del miembro y si debe ser cortado por causa del reino de los cielos, entonces, es una alusión a que el Reino de los cielos es más importante que cualquier otra cosa. Nuevamente aclaramos que no se trata de mutilación literal. En segundo lugar, los ojos sirven para ver, para alimentar la naturaleza maligna (en este caso); mientras que las manos sirven para llevar a cabo el pecado. De modo, que Jesús está diciendo: Evita todo aquello que te fomente el mal de tu corazón y guarda tu cuerpo de proveer para él. El apóstol Pablo nos da una enseñanza maravillosa a este respecto en la carta a los Colosenses 2:19-3:16. Analicemos algunos de estos versículos para entender mejor las palabras de Jesús. Según el versículo 19, la forma para conservarse sin caída es asirse de la cabeza que es Cristo, aceptar su señorío y dirección: asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece en el crecimiento que da Dios. Luego, en los versículos 20 al 23 de col. 2, encontramos la inutilidad del ascetismo; lo vano del maltrato físico para santificar al hombre: tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne. ¡De nada le sirven al monje o al hacedor de “mandas” todos sus sacrificios, aunque se traslade de rodillas desde un extremo del país hasta el otro seguirá siendo pecador y el pecado seguirá en Él! Tendrá las rodillas ensangrentadas, pero el corazón orgullosamente seco. Su espalda mostrará llagas pero su interior seguirá muerto. ¿Qué hacer? Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col.3:2). En lugar de mirar a una mujer para codiciarla, volviendo a las palabras del pasaje que estamos leyendo, cometiendo en ello adulterio, mejor ¡mira a Cristo! Él guardará tu corazón ¿Qué significa mirar a Cristo? Lo leemos en Colosenses 3:3 Porque habéis muerto (al pecado), y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. La expresión “habéis muerto” es sinónimo de “si tu ojo te es ocasión de caer, córtalo” Y “vuestra vida está escondida en Cristo” nos habla de que la única forma de ser santificados está en Él. Quien tiene esta fe es capaz de: haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: Fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia… Habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos y revestido del nuevo… vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados… (Col. 3:5,9,10,12). Cortar el ojo o la mano derecha con tal de no pecar es considerarse muerto al pecado evitando todo aquello que pueda ser ocasión de caer, consagrándose sólo a Dios. No se refiere literalmente a mutilar el cuerpo, sino a que algunas decisiones son drásticas y muy dolorosas; tanto, que el Señor dice mejor es que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea echado en el infierno. Esto es un hábil juego de palabras y conceptos. Un pecador es echado al infierno por haber vivido para satisfacer los apetitos pecaminosos de su cuerpo; si hubiese mutilado, perdido (considerado muerto) uno de sus miembros (la fuente de su pecado) hubiera evitado su condenación. El que quiera ganar su vida la perderá, mas el que la pierda por causa de mi la hallará –dijo el Señor. Esaú quiso satisfacer su hambre física y lo consiguió, aunque ello le costó la primogenitura. Sansón quiso deleitarse en los placeres y lo consiguió, aunque ello le costó sus ojos, su honra y finalmente su vida. Acán quiso satisfacer su avaricia tomando del anatema y lo consiguió, aunque ello le costó la condenación propia y de su familia. Eva quiso satisfacer su curiosidad comiendo del árbol de la ciencia del bien y del mal, y lo consiguió, aunque ello nos ha costado a todos la condena de la muerte. Los ejemplos son innumerables; el remedio es uno solo: El Espíritu de Dios. El reino de Dios es más estricto que la Ley porque la provisión divina es infinitamente superior. El Señor demanda un control total de los miembros porque Él desea hacerlo su cuerpo.
— Roberto Tinoco
Mateo 5:29
5.27-30 En una sociedad sin Dios, el adulterio es común, es una sociedad enferma. Hace poco una revista daba cuenta de un incidente que pinta lo que pasa en esta clase de sociedad. Se trataba de un hombre que llegó enfurecido a la puerta de un teatro, con revólver en mano, buscando a su esposa que había entrado en ese lugar acompañada de otro hombre. El portero quiso persuadirlo a que no entrara a la sala del espectáculo, sino que esperara hasta el fin de la función para luego encontrarse con su esposa a la salida. Al ver que no lograba convencerlo, anunció por los altoparlantes que si había alguna mujer en el teatro acompañada por un hombre que no fuera su esposo, que huyera por la puerta lateral, porque en ese momento un hombre airado entraba a sacar a su esposa con revólver en mano. El relato dice que vieron a diecinueve parejas salir corriendo por la puerta de escape. Más que cómico esto es trágico, las Sagradas Escrituras tienen un mensaje sobre el asunto en boca del Rey Jesús. Nuevamente Jesús va al centro del problema, al origen del pecado. En el ejemplo anterior ilustró la importancia de la intención del corazón en la justicia del Reino; ahora, con respecto al adulterio, el Maestro señala la importancia de la intención, lo mismo que la necesidad de evitar la provisión maligna de dichas intenciones. El séptimo mandamiento es al parecer, claro para los judíos: no cometerás adulterio (Ex. 20:14; Dt. 5:18). Para el judío religioso tradicional el adulterio era una acción. Pero para Jesús, el adulterio nace en el deseo, se alimenta por los ojos y la consumación es el fruto externo de una maldad interna. El hombre no sólo es cuerpo; también es espíritu y alma, además de cuerpo (en ese orden). Interpretar el mandamiento que prohíbe el adulterio como algo que atañe exclusivamente al cuerpo es un grave error. El cuerpo es instrumento del alma, ya sea para consumar el pecado o para realizar las más nobles empresas. Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido (Stg.1:14). Sin embargo, a pesar de que el pecado nace en el corazón, es ayudado por el cuerpo en la alimentación de sus malos deseos. Por ser el cuerpo el medio de comunicación que se tiene con el mundo (oír, ver, sentir, palpar), el espíritu que desea pecar alimenta su deseo por medio del cuerpo. En este caso presentado por el Señor, el corazón adúltero alimenta su deseo a través de los ojos; mirando a una mujer para satisfacer o acrecentar sus intenciones sensuales. Por ello, vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne (Rom.13:14). “Proveáis”, del griego “pronoia”; Pro = “antes” y noeo, “pensar”, “contemplar”. Comprende cuan poderosos son los términos usados por la Palabra: mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró, “mira”, “para”, “ya”. En “mira” tenemos el medio, los ojos, el cuerpo. En “para” tenemos el propósito, el deseo, el pecado del corazón. Y en “ya” tenemos la consumación, la realidad, la existencia del pecado. Aún antes de la ley, hombres piadosos como Job entendían esto mismo: Hice Pacto con mis ojos: ¿cómo pues, había yo de mirar a una virgen? ¡Para hacer un pacto con los ojos primero se necesita un pacto entre nuestro corazón y Dios! Un corazón que mira a Dios no usa los ojos del cuerpo para adulterar. Un corazón que mira a Dios usa los ojos del cuerpo para leer la Palabra. El corazón humano es unifocal, sólo puede mirar un objeto a la vez, no puede dirigir su mirada a dos destinos diferentes. Un corazón que mira a Dios, está enfocado en Dios, sus deseos son para Dios, sus intenciones son por Dios, sus anhelos son en Dios, ¡su vida es Dios! Por eso dice la Palabra: Porque si vivís conforme a la carne, moriréis, mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Rom. 8:13). Proverbios 6:25 dice: No codicies su hermosura en tu corazón… La única forma de obedecer este mandato es codiciando otra cosa mejor. Los ascetistas de antaño demostraron con s fracaso, que el maltrato del cuerpo no funciona contra los apetitos de la carne. La multiplicación del cuerpo a la que pareciera hacer referencia el Señor en los versículos 29 y 30 (Mt. 5) no son literales. Se pueden arrancar los ojos físicos pero el pecado seguirá anidado en el corazón. ¿Qué significa cortar el ojo o la mano derecha? Primeramente al decir derecho (a) se refiere a la importancia del miembro y si debe ser cortado por causa del reino de los cielos, entonces, es una alusión a que el Reino de los cielos es más importante que cualquier otra cosa. Nuevamente aclaramos que no se trata de mutilación literal. En segundo lugar, los ojos sirven para ver, para alimentar la naturaleza maligna (en este caso); mientras que las manos sirven para llevar a cabo el pecado. De modo, que Jesús está diciendo: Evita todo aquello que te fomente el mal de tu corazón y guarda tu cuerpo de proveer para él. El apóstol Pablo nos da una enseñanza maravillosa a este respecto en la carta a los Colosenses 2:19-3:16. Analicemos algunos de estos versículos para entender mejor las palabras de Jesús. Según el versículo 19, la forma para conservarse sin caída es asirse de la cabeza que es Cristo, aceptar su señorío y dirección: asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece en el crecimiento que da Dios. Luego, en los versículos 20 al 23 de col. 2, encontramos la inutilidad del ascetismo; lo vano del maltrato físico para santificar al hombre: tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne. ¡De nada le sirven al monje o al hacedor de “mandas” todos sus sacrificios, aunque se traslade de rodillas desde un extremo del país hasta el otro seguirá siendo pecador y el pecado seguirá en Él! Tendrá las rodillas ensangrentadas, pero el corazón orgullosamente seco. Su espalda mostrará llagas pero su interior seguirá muerto. ¿Qué hacer? Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col.3:2). En lugar de mirar a una mujer para codiciarla, volviendo a las palabras del pasaje que estamos leyendo, cometiendo en ello adulterio, mejor ¡mira a Cristo! Él guardará tu corazón ¿Qué significa mirar a Cristo? Lo leemos en Colosenses 3:3 Porque habéis muerto (al pecado), y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. La expresión “habéis muerto” es sinónimo de “si tu ojo te es ocasión de caer, córtalo” Y “vuestra vida está escondida en Cristo” nos habla de que la única forma de ser santificados está en Él. Quien tiene esta fe es capaz de: haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: Fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia… Habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos y revestido del nuevo… vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados… (Col. 3:5,9,10,12). Cortar el ojo o la mano derecha con tal de no pecar es considerarse muerto al pecado evitando todo aquello que pueda ser ocasión de caer, consagrándose sólo a Dios. No se refiere literalmente a mutilar el cuerpo, sino a que algunas decisiones son drásticas y muy dolorosas; tanto, que el Señor dice mejor es que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea echado en el infierno. Esto es un hábil juego de palabras y conceptos. Un pecador es echado al infierno por haber vivido para satisfacer los apetitos pecaminosos de su cuerpo; si hubiese mutilado, perdido (considerado muerto) uno de sus miembros (la fuente de su pecado) hubiera evitado su condenación. El que quiera ganar su vida la perderá, mas el que la pierda por causa de mi la hallará –dijo el Señor. Esaú quiso satisfacer su hambre física y lo consiguió, aunque ello le costó la primogenitura. Sansón quiso deleitarse en los placeres y lo consiguió, aunque ello le costó sus ojos, su honra y finalmente su vida. Acán quiso satisfacer su avaricia tomando del anatema y lo consiguió, aunque ello le costó la condenación propia y de su familia. Eva quiso satisfacer su curiosidad comiendo del árbol de la ciencia del bien y del mal, y lo consiguió, aunque ello nos ha costado a todos la condena de la muerte. Los ejemplos son innumerables; el remedio es uno solo: El Espíritu de Dios. El reino de Dios es más estricto que la Ley porque la provisión divina es infinitamente superior. El Señor demanda un control total de los miembros porque Él desea hacerlo su cuerpo.
— Roberto Tinoco
Mateo 5:30
5.27-30 En una sociedad sin Dios, el adulterio es común, es una sociedad enferma. Hace poco una revista daba cuenta de un incidente que pinta lo que pasa en esta clase de sociedad. Se trataba de un hombre que llegó enfurecido a la puerta de un teatro, con revólver en mano, buscando a su esposa que había entrado en ese lugar acompañada de otro hombre. El portero quiso persuadirlo a que no entrara a la sala del espectáculo, sino que esperara hasta el fin de la función para luego encontrarse con su esposa a la salida. Al ver que no lograba convencerlo, anunció por los altoparlantes que si había alguna mujer en el teatro acompañada por un hombre que no fuera su esposo, que huyera por la puerta lateral, porque en ese momento un hombre airado entraba a sacar a su esposa con revólver en mano. El relato dice que vieron a diecinueve parejas salir corriendo por la puerta de escape. Más que cómico esto es trágico, las Sagradas Escrituras tienen un mensaje sobre el asunto en boca del Rey Jesús. Nuevamente Jesús va al centro del problema, al origen del pecado. En el ejemplo anterior ilustró la importancia de la intención del corazón en la justicia del Reino; ahora, con respecto al adulterio, el Maestro señala la importancia de la intención, lo mismo que la necesidad de evitar la provisión maligna de dichas intenciones. El séptimo mandamiento es al parecer, claro para los judíos: no cometerás adulterio (Ex. 20:14; Dt. 5:18). Para el judío religioso tradicional el adulterio era una acción. Pero para Jesús, el adulterio nace en el deseo, se alimenta por los ojos y la consumación es el fruto externo de una maldad interna. El hombre no sólo es cuerpo; también es espíritu y alma, además de cuerpo (en ese orden). Interpretar el mandamiento que prohíbe el adulterio como algo que atañe exclusivamente al cuerpo es un grave error. El cuerpo es instrumento del alma, ya sea para consumar el pecado o para realizar las más nobles empresas. Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido (Stg.1:14). Sin embargo, a pesar de que el pecado nace en el corazón, es ayudado por el cuerpo en la alimentación de sus malos deseos. Por ser el cuerpo el medio de comunicación que se tiene con el mundo (oír, ver, sentir, palpar), el espíritu que desea pecar alimenta su deseo por medio del cuerpo. En este caso presentado por el Señor, el corazón adúltero alimenta su deseo a través de los ojos; mirando a una mujer para satisfacer o acrecentar sus intenciones sensuales. Por ello, vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne (Rom.13:14). “Proveáis”, del griego “pronoia”; Pro = “antes” y noeo, “pensar”, “contemplar”. Comprende cuan poderosos son los términos usados por la Palabra: mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró, “mira”, “para”, “ya”. En “mira” tenemos el medio, los ojos, el cuerpo. En “para” tenemos el propósito, el deseo, el pecado del corazón. Y en “ya” tenemos la consumación, la realidad, la existencia del pecado. Aún antes de la ley, hombres piadosos como Job entendían esto mismo: Hice Pacto con mis ojos: ¿cómo pues, había yo de mirar a una virgen? ¡Para hacer un pacto con los ojos primero se necesita un pacto entre nuestro corazón y Dios! Un corazón que mira a Dios no usa los ojos del cuerpo para adulterar. Un corazón que mira a Dios usa los ojos del cuerpo para leer la Palabra. El corazón humano es unifocal, sólo puede mirar un objeto a la vez, no puede dirigir su mirada a dos destinos diferentes. Un corazón que mira a Dios, está enfocado en Dios, sus deseos son para Dios, sus intenciones son por Dios, sus anhelos son en Dios, ¡su vida es Dios! Por eso dice la Palabra: Porque si vivís conforme a la carne, moriréis, mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (Rom. 8:13). Proverbios 6:25 dice: No codicies su hermosura en tu corazón… La única forma de obedecer este mandato es codiciando otra cosa mejor. Los ascetistas de antaño demostraron con s fracaso, que el maltrato del cuerpo no funciona contra los apetitos de la carne. La multiplicación del cuerpo a la que pareciera hacer referencia el Señor en los versículos 29 y 30 (Mt. 5) no son literales. Se pueden arrancar los ojos físicos pero el pecado seguirá anidado en el corazón. ¿Qué significa cortar el ojo o la mano derecha? Primeramente al decir derecho (a) se refiere a la importancia del miembro y si debe ser cortado por causa del reino de los cielos, entonces, es una alusión a que el Reino de los cielos es más importante que cualquier otra cosa. Nuevamente aclaramos que no se trata de mutilación literal. En segundo lugar, los ojos sirven para ver, para alimentar la naturaleza maligna (en este caso); mientras que las manos sirven para llevar a cabo el pecado. De modo, que Jesús está diciendo: Evita todo aquello que te fomente el mal de tu corazón y guarda tu cuerpo de proveer para él. El apóstol Pablo nos da una enseñanza maravillosa a este respecto en la carta a los Colosenses 2:19-3:16. Analicemos algunos de estos versículos para entender mejor las palabras de Jesús. Según el versículo 19, la forma para conservarse sin caída es asirse de la cabeza que es Cristo, aceptar su señorío y dirección: asiéndose de la Cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece en el crecimiento que da Dios. Luego, en los versículos 20 al 23 de col. 2, encontramos la inutilidad del ascetismo; lo vano del maltrato físico para santificar al hombre: tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne. ¡De nada le sirven al monje o al hacedor de “mandas” todos sus sacrificios, aunque se traslade de rodillas desde un extremo del país hasta el otro seguirá siendo pecador y el pecado seguirá en Él! Tendrá las rodillas ensangrentadas, pero el corazón orgullosamente seco. Su espalda mostrará llagas pero su interior seguirá muerto. ¿Qué hacer? Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra (Col.3:2). En lugar de mirar a una mujer para codiciarla, volviendo a las palabras del pasaje que estamos leyendo, cometiendo en ello adulterio, mejor ¡mira a Cristo! Él guardará tu corazón ¿Qué significa mirar a Cristo? Lo leemos en Colosenses 3:3 Porque habéis muerto (al pecado), y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. La expresión “habéis muerto” es sinónimo de “si tu ojo te es ocasión de caer, córtalo” Y “vuestra vida está escondida en Cristo” nos habla de que la única forma de ser santificados está en Él. Quien tiene esta fe es capaz de: haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: Fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia… Habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos y revestido del nuevo… vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados… (Col. 3:5,9,10,12). Cortar el ojo o la mano derecha con tal de no pecar es considerarse muerto al pecado evitando todo aquello que pueda ser ocasión de caer, consagrándose sólo a Dios. No se refiere literalmente a mutilar el cuerpo, sino a que algunas decisiones son drásticas y muy dolorosas; tanto, que el Señor dice mejor es que se pierda uno de tus miembros y no que todo tu cuerpo sea echado en el infierno. Esto es un hábil juego de palabras y conceptos. Un pecador es echado al infierno por haber vivido para satisfacer los apetitos pecaminosos de su cuerpo; si hubiese mutilado, perdido (considerado muerto) uno de sus miembros (la fuente de su pecado) hubiera evitado su condenación. El que quiera ganar su vida la perderá, mas el que la pierda por causa de mi la hallará –dijo el Señor. Esaú quiso satisfacer su hambre física y lo consiguió, aunque ello le costó la primogenitura. Sansón quiso deleitarse en los placeres y lo consiguió, aunque ello le costó sus ojos, su honra y finalmente su vida. Acán quiso satisfacer su avaricia tomando del anatema y lo consiguió, aunque ello le costó la condenación propia y de su familia. Eva quiso satisfacer su curiosidad comiendo del árbol de la ciencia del bien y del mal, y lo consiguió, aunque ello nos ha costado a todos la condena de la muerte. Los ejemplos son innumerables; el remedio es uno solo: El Espíritu de Dios. El reino de Dios es más estricto que la Ley porque la provisión divina es infinitamente superior. El Señor demanda un control total de los miembros porque Él desea hacerlo su cuerpo.
— Roberto Tinoco
Mateo 5:31
5.31-32 El orden en la enseñanza de Jesús es lógico y espiritual: Primero presenta a los hijos del reino como la sal de la tierra y la luz del mundo. En segundo lugar habla del cumplimiento de la ley. En tercer lugar nos presenta como el incumplimiento y la desobediencia de las leyes del reino pierden al hombre: Habla del asesinato en la intención porque el homicida pierde la vida del reino; luego menciona el adulterio porque el infiel se desliga de Dios; y después habla del divorcio porque quien no puede permanecer en pareja con su semejante no puede ser uno con Dios, Él es infinito. Después de esto, habla de los juramentos porque el mentiroso no tiene parte en Él; y luego acerca de no vengarse porque lo amargaron y el odio nada tienen en Él. Quienes hacen estas cosas, asesinato, adulterio, divorcio, juramento y venganza dejan de ser la sal de la tierra y la luz del mundo, aún cuando solo se trate de la intención. En esta ocasión toca el turno al divorcio y el re casamiento o posterior unión sexual al divorcio. En su estilo clásico de oratoria el Maestro retoma un mandato de la Ley para luego dar su verdadero significado, ampliarlo o incluso cambiarlo en su autoridad Real. Al hablar del divorcio, el Señor utiliza su entorno cultural; habla de repudiar a su mujer y no al hombre. En su época, la mujer era considerada como un objeto en posesión del hombre; Jesús no mencionó la posibilidad de que la mujer repudiara a su marido porque hubiera sonado ridículo y absurdo en la cultura de la época; sin embargo, para este tiempo la enseñanza es igual con respecto al divorcio ya sea para el hombre como para la mujer. El Señor toma las palabras de Dt. 24:1-4 para referirse al mandato legal respecto del divorcio. En dicho texto la cláusula para autorizar el divorcio era hallar “alguna cosa indecente” en la mujer. Los judíos tomaron estas palabras con mucha ambigüedad, de modo que llegaron al exceso de atribuirle, aunque no todos, como “cosa indecente” a una mujer el servirle la comida sin la debida condimentación de sal. Para aquél que desea pecar hasta la Biblia le servirá de apoyo. Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y conciencia están corrompidas (Tit.1:15). Según la ley del reino de los cielos la unión matrimonial es permanente, de por vida. Con respecto a lo que la Ley Mosaica definía como “alguna cosa indecente”, la Ley del Reino de los cielos la encierra en la palabra “fornicación”; término que traduce el griego “porneias”, de donde se deriva el término “pornografía”. “Porneia” es cualquier relación sexual ilícita, ya sea dentro o fuera del matrimonio, es inmoralidad sexual, incluyendo el adulterio. El Señor enseñó que el matrimonio es indisoluble, salvo la degeneración de alguno de los cónyuges. Y decimos degeneración, porque aun ante la falla moral de alguno de los dos, todavía existe la alternativa del perdón, a menos que el pecador sea reincidente y se complazca en su mal. En el aspecto cultural, el divorcio acarreaba graves consecuencias; siendo que en esa época era prácticamente natural el divorcio y el re casamiento, el Señor les recrimina o alerta acerca del peligro: Tanto el que repudia como la repudiada cometen adulterio al volverse a casar. El apóstol Pablo mencionó con respecto a la separación conyugal: A los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer (1 Cor.7.10-11). Podrá decir alguno que eran otros tiempos o que las circunstancias de su vida son diferentes, incluso presentar las excusas que desee, pero el re casamiento es adulterio (si no ha guardado las cláusulas divinas). Y siendo que el adulterio es pecado, lo único que queda es pedir perdón a Dios. Con todo, sea cual sea la situación de cada pareja, Dios es el Dios de las nuevas oportunidades para quien se arrepiente y se compromete en obedecerle; oportunidad para salvar su matrimonio; oportunidad para edificarlo en la felicidad de su Presencia; oportunidad al transgresor que cual mujer samaritana lleve cinco matrimonios, oportunidad a toda persona, siempre y cuando ésta se rinda de una vez por todas al Señorío de Jesucristo, ya que el conoce los corazones y no puede ser embromado en terminologías legalistas ni excusas de cínicos que buscan en la Palabra el respaldo a sus maldades.
— Roberto Tinoco
Mateo 5:32
5.31-32 El orden en la enseñanza de Jesús es lógico y espiritual: Primero presenta a los hijos del reino como la sal de la tierra y la luz del mundo. En segundo lugar habla del cumplimiento de la ley. En tercer lugar nos presenta como el incumplimiento y la desobediencia de las leyes del reino pierden al hombre: Habla del asesinato en la intención porque el homicida pierde la vida del reino; luego menciona el adulterio porque el infiel se desliga de Dios; y después habla del divorcio porque quien no puede permanecer en pareja con su semejante no puede ser uno con Dios, Él es infinito. Después de esto, habla de los juramentos porque el mentiroso no tiene parte en Él; y luego acerca de no vengarse porque lo amargaron y el odio nada tienen en Él. Quienes hacen estas cosas, asesinato, adulterio, divorcio, juramento y venganza dejan de ser la sal de la tierra y la luz del mundo, aún cuando solo se trate de la intención. En esta ocasión toca el turno al divorcio y el re casamiento o posterior unión sexual al divorcio. En su estilo clásico de oratoria el Maestro retoma un mandato de la Ley para luego dar su verdadero significado, ampliarlo o incluso cambiarlo en su autoridad Real. Al hablar del divorcio, el Señor utiliza su entorno cultural; habla de repudiar a su mujer y no al hombre. En su época, la mujer era considerada como un objeto en posesión del hombre; Jesús no mencionó la posibilidad de que la mujer repudiara a su marido porque hubiera sonado ridículo y absurdo en la cultura de la época; sin embargo, para este tiempo la enseñanza es igual con respecto al divorcio ya sea para el hombre como para la mujer. El Señor toma las palabras de Dt. 24:1-4 para referirse al mandato legal respecto del divorcio. En dicho texto la cláusula para autorizar el divorcio era hallar “alguna cosa indecente” en la mujer. Los judíos tomaron estas palabras con mucha ambigüedad, de modo que llegaron al exceso de atribuirle, aunque no todos, como “cosa indecente” a una mujer el servirle la comida sin la debida condimentación de sal. Para aquél que desea pecar hasta la Biblia le servirá de apoyo. Todas las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y conciencia están corrompidas (Tit.1:15). Según la ley del reino de los cielos la unión matrimonial es permanente, de por vida. Con respecto a lo que la Ley Mosaica definía como “alguna cosa indecente”, la Ley del Reino de los cielos la encierra en la palabra “fornicación”; término que traduce el griego “porneias”, de donde se deriva el término “pornografía”. “Porneia” es cualquier relación sexual ilícita, ya sea dentro o fuera del matrimonio, es inmoralidad sexual, incluyendo el adulterio. El Señor enseñó que el matrimonio es indisoluble, salvo la degeneración de alguno de los cónyuges. Y decimos degeneración, porque aun ante la falla moral de alguno de los dos, todavía existe la alternativa del perdón, a menos que el pecador sea reincidente y se complazca en su mal. En el aspecto cultural, el divorcio acarreaba graves consecuencias; siendo que en esa época era prácticamente natural el divorcio y el re casamiento, el Señor les recrimina o alerta acerca del peligro: Tanto el que repudia como la repudiada cometen adulterio al volverse a casar. El apóstol Pablo mencionó con respecto a la separación conyugal: A los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer (1 Cor.7.10-11). Podrá decir alguno que eran otros tiempos o que las circunstancias de su vida son diferentes, incluso presentar las excusas que desee, pero el re casamiento es adulterio (si no ha guardado las cláusulas divinas). Y siendo que el adulterio es pecado, lo único que queda es pedir perdón a Dios. Con todo, sea cual sea la situación de cada pareja, Dios es el Dios de las nuevas oportunidades para quien se arrepiente y se compromete en obedecerle; oportunidad para salvar su matrimonio; oportunidad para edificarlo en la felicidad de su Presencia; oportunidad al transgresor que cual mujer samaritana lleve cinco matrimonios, oportunidad a toda persona, siempre y cuando ésta se rinda de una vez por todas al Señorío de Jesucristo, ya que el conoce los corazones y no puede ser embromado en terminologías legalistas ni excusas de cínicos que buscan en la Palabra el respaldo a sus maldades.
— Roberto Tinoco
Mateo 5:33
5.33-37 El origen de los juramentos es la mentira del hombre; ¿quién necesita demostrar la veracidad de sus palabras invocando a Dios o cosas sagradas si no acostumbra mentir? Todo juramento implica una obligación a cumplir y hace del que lo pronuncia un ser más grande que aquello por lo que juró. Este es el razonamiento del Maestro: No juréis. Ni por el cielo por no ser tuyo, ¡es el Trono de Dios! Ni siquiera intentes dejar a Dios fuera de tu compromiso. Ni por la tierra, ¡también le pertenece a Dios! No hay nada que puedas poner en prenda de tu palabra más que tu palabra. Ni por Jerusalén, ¡robas al Rey! Ni por tu cabeza, ¡sólo Dios tiene injerencia sobre ella! Aquí hay cuatro argumentos para no jurar; el primero de ellos es la Deidad. Se necesita ser Dios para respaldar un juramento. Supongamos que alguno jurase por el cielo (o por Dios mismo) y rompe su palabra, ya sea intencionalmente o no, ¿dejará el cielo de ser cielo y Dios de ser Dios? Y si no se tiene autoridad ni injerencia sobre algo o alguien infinitamente superior a uno, ¿no es acaso sacrilegio usarlos de aval? Es como solicitar un crédito bancario a nombre del hombre mas rico del mundo sin su consentimiento. El Trono es de Dios, no puedo jurar por él. Sólo Dios puede decir respaldando su Palabra: Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua (Is. 45:23). Ningún ser en toda la creación podemos estar seguros de cumplir nuestras palabras, tanto nuestra limitación moral como por las circunstancias de la vida que están fuera de nuestro alcance. Por este primer argumento nuestro hablar debe ser la verdad. Anteponer juramento es manifestar que lo demás que hablamos tiene mentira; es dar lugar a la falsedad, es acostumbrar al hombre a rebajar su palabra y acomodarla a la situación, es dar oportunidad a mentir cínica y desvergonzadamente sin cargo de conciencia arguyendo no haber jurado. El segundo argumento para no jurar es el Señorío y la Soberanía de Dios. No podemos jurar por la tierra, o mejor dicho, por nada de lo que toma parte la creación terrena. Toda la creación es el estrado de los pies del Señor, es decir, está a su disposición y para su servicio. Él es su dueño y quien mueve las piezas. Jurar por la tierra, o por algo en ella es tan necio como apostar con dinero ajeno. No tengo nada para dar a cambio de mi palabra y si todo lo que tengo es mi palabra, para que ésta valga debe ser verdadera. El tercer argumento para no jurar presentado por Jesús en esta disertación es su propia realeza: Ni por Jerusalén porque es la ciudad del Gran Rey. Los hijos del reino somos ciudadanos celestiales, jurar por el reino es cometer un acto de traición, está involucrando la ciudad Real y a Aquél que dijo Yo Soy la verdad en mentira. Es por demás sabido que quien tiene necesidad de jurar no tiene palabra. Si un hijo del reino involucra al Rey en sus engaños pierde su ciudadanía, ya no sigue la verdad y se ha cambiado al reino de las tinieblas, ahora su rey es el padre de mentira. El cuarto argumento para no jurar es la dependencia al Propietario. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Nuestra vida depende de Dios, en el reino de los cielos somos de Él y para Él. Él es el todo para cada uno de nosotros. Para que yo cumpla siempre mi palabra lo necesito, fue Dios quien no dejó caer a tierra ninguna de las palabras de Samuel, todos sabían que Samuel era fiel profeta, lo sabían porque Dios respaldaba sus palabras (1 Sam. 3:19-20). Si el hombre ha confiado su vida verdaderamente a Dios entonces no necesita jurar, pues Dios respalda sus palabras, su hablar es según verdad, según Cristo. Cuando la vida del Espíritu Santo fluye en el hombre, éste habla verdad y no necesita jurar ni demás incentivos externos. Es como aquél esclavo, cuando aún existía la esclavitud en los Estados Unidos, que en un mercado estando él mismo a la venta, un señor benévolo se acercó a él preguntándole: “Si yo te compro, ¿te portarás con honradez? El muchacho esclavo repuso sinceramente: “Seré honrado, me compre usted o no”. Así el verdadero cristiano habla la verdad sin necesidad de jurar, es fiel independientemente de las circunstancias. La conclusión de Jesús es simple y maravillosa: Sea vuestro hablar sí, sí, no, no; porque lo que es más de esto de mal procede. Los hijos del reino debemos expresar la verdad, la sinceridad. Es ya de por sí una falta el juramento en el hombre, cualquier cosa que intente demostrar que habla verdad indica que no siempre habla con la verdad; es vergonzoso necesitar justificar las palabras. En el mundo, como dice Proverbios 20:6 Muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad, pero hombre de verdad, ¿quién lo hallará? Pero en el reino de los cielos el anhelo del Padre es: No tengo mayor gozo que el de oír que mi hijos andan en la verdad (3 Juan 1:4).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:34
5.33-37 El origen de los juramentos es la mentira del hombre; ¿quién necesita demostrar la veracidad de sus palabras invocando a Dios o cosas sagradas si no acostumbra mentir? Todo juramento implica una obligación a cumplir y hace del que lo pronuncia un ser más grande que aquello por lo que juró. Este es el razonamiento del Maestro: No juréis. Ni por el cielo por no ser tuyo, ¡es el Trono de Dios! Ni siquiera intentes dejar a Dios fuera de tu compromiso. Ni por la tierra, ¡también le pertenece a Dios! No hay nada que puedas poner en prenda de tu palabra más que tu palabra. Ni por Jerusalén, ¡robas al Rey! Ni por tu cabeza, ¡sólo Dios tiene injerencia sobre ella! Aquí hay cuatro argumentos para no jurar; el primero de ellos es la Deidad. Se necesita ser Dios para respaldar un juramento. Supongamos que alguno jurase por el cielo (o por Dios mismo) y rompe su palabra, ya sea intencionalmente o no, ¿dejará el cielo de ser cielo y Dios de ser Dios? Y si no se tiene autoridad ni injerencia sobre algo o alguien infinitamente superior a uno, ¿no es acaso sacrilegio usarlos de aval? Es como solicitar un crédito bancario a nombre del hombre mas rico del mundo sin su consentimiento. El Trono es de Dios, no puedo jurar por él. Sólo Dios puede decir respaldando su Palabra: Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua (Is. 45:23). Ningún ser en toda la creación podemos estar seguros de cumplir nuestras palabras, tanto nuestra limitación moral como por las circunstancias de la vida que están fuera de nuestro alcance. Por este primer argumento nuestro hablar debe ser la verdad. Anteponer juramento es manifestar que lo demás que hablamos tiene mentira; es dar lugar a la falsedad, es acostumbrar al hombre a rebajar su palabra y acomodarla a la situación, es dar oportunidad a mentir cínica y desvergonzadamente sin cargo de conciencia arguyendo no haber jurado. El segundo argumento para no jurar es el Señorío y la Soberanía de Dios. No podemos jurar por la tierra, o mejor dicho, por nada de lo que toma parte la creación terrena. Toda la creación es el estrado de los pies del Señor, es decir, está a su disposición y para su servicio. Él es su dueño y quien mueve las piezas. Jurar por la tierra, o por algo en ella es tan necio como apostar con dinero ajeno. No tengo nada para dar a cambio de mi palabra y si todo lo que tengo es mi palabra, para que ésta valga debe ser verdadera. El tercer argumento para no jurar presentado por Jesús en esta disertación es su propia realeza: Ni por Jerusalén porque es la ciudad del Gran Rey. Los hijos del reino somos ciudadanos celestiales, jurar por el reino es cometer un acto de traición, está involucrando la ciudad Real y a Aquél que dijo Yo Soy la verdad en mentira. Es por demás sabido que quien tiene necesidad de jurar no tiene palabra. Si un hijo del reino involucra al Rey en sus engaños pierde su ciudadanía, ya no sigue la verdad y se ha cambiado al reino de las tinieblas, ahora su rey es el padre de mentira. El cuarto argumento para no jurar es la dependencia al Propietario. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Nuestra vida depende de Dios, en el reino de los cielos somos de Él y para Él. Él es el todo para cada uno de nosotros. Para que yo cumpla siempre mi palabra lo necesito, fue Dios quien no dejó caer a tierra ninguna de las palabras de Samuel, todos sabían que Samuel era fiel profeta, lo sabían porque Dios respaldaba sus palabras (1 Sam. 3:19-20). Si el hombre ha confiado su vida verdaderamente a Dios entonces no necesita jurar, pues Dios respalda sus palabras, su hablar es según verdad, según Cristo. Cuando la vida del Espíritu Santo fluye en el hombre, éste habla verdad y no necesita jurar ni demás incentivos externos. Es como aquél esclavo, cuando aún existía la esclavitud en los Estados Unidos, que en un mercado estando él mismo a la venta, un señor benévolo se acercó a él preguntándole: “Si yo te compro, ¿te portarás con honradez? El muchacho esclavo repuso sinceramente: “Seré honrado, me compre usted o no”. Así el verdadero cristiano habla la verdad sin necesidad de jurar, es fiel independientemente de las circunstancias. La conclusión de Jesús es simple y maravillosa: Sea vuestro hablar sí, sí, no, no; porque lo que es más de esto de mal procede. Los hijos del reino debemos expresar la verdad, la sinceridad. Es ya de por sí una falta el juramento en el hombre, cualquier cosa que intente demostrar que habla verdad indica que no siempre habla con la verdad; es vergonzoso necesitar justificar las palabras. En el mundo, como dice Proverbios 20:6 Muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad, pero hombre de verdad, ¿quién lo hallará? Pero en el reino de los cielos el anhelo del Padre es: No tengo mayor gozo que el de oír que mi hijos andan en la verdad (3 Juan 1:4).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:35
5.33-37 El origen de los juramentos es la mentira del hombre; ¿quién necesita demostrar la veracidad de sus palabras invocando a Dios o cosas sagradas si no acostumbra mentir? Todo juramento implica una obligación a cumplir y hace del que lo pronuncia un ser más grande que aquello por lo que juró. Este es el razonamiento del Maestro: No juréis. Ni por el cielo por no ser tuyo, ¡es el Trono de Dios! Ni siquiera intentes dejar a Dios fuera de tu compromiso. Ni por la tierra, ¡también le pertenece a Dios! No hay nada que puedas poner en prenda de tu palabra más que tu palabra. Ni por Jerusalén, ¡robas al Rey! Ni por tu cabeza, ¡sólo Dios tiene injerencia sobre ella! Aquí hay cuatro argumentos para no jurar; el primero de ellos es la Deidad. Se necesita ser Dios para respaldar un juramento. Supongamos que alguno jurase por el cielo (o por Dios mismo) y rompe su palabra, ya sea intencionalmente o no, ¿dejará el cielo de ser cielo y Dios de ser Dios? Y si no se tiene autoridad ni injerencia sobre algo o alguien infinitamente superior a uno, ¿no es acaso sacrilegio usarlos de aval? Es como solicitar un crédito bancario a nombre del hombre mas rico del mundo sin su consentimiento. El Trono es de Dios, no puedo jurar por él. Sólo Dios puede decir respaldando su Palabra: Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua (Is. 45:23). Ningún ser en toda la creación podemos estar seguros de cumplir nuestras palabras, tanto nuestra limitación moral como por las circunstancias de la vida que están fuera de nuestro alcance. Por este primer argumento nuestro hablar debe ser la verdad. Anteponer juramento es manifestar que lo demás que hablamos tiene mentira; es dar lugar a la falsedad, es acostumbrar al hombre a rebajar su palabra y acomodarla a la situación, es dar oportunidad a mentir cínica y desvergonzadamente sin cargo de conciencia arguyendo no haber jurado. El segundo argumento para no jurar es el Señorío y la Soberanía de Dios. No podemos jurar por la tierra, o mejor dicho, por nada de lo que toma parte la creación terrena. Toda la creación es el estrado de los pies del Señor, es decir, está a su disposición y para su servicio. Él es su dueño y quien mueve las piezas. Jurar por la tierra, o por algo en ella es tan necio como apostar con dinero ajeno. No tengo nada para dar a cambio de mi palabra y si todo lo que tengo es mi palabra, para que ésta valga debe ser verdadera. El tercer argumento para no jurar presentado por Jesús en esta disertación es su propia realeza: Ni por Jerusalén porque es la ciudad del Gran Rey. Los hijos del reino somos ciudadanos celestiales, jurar por el reino es cometer un acto de traición, está involucrando la ciudad Real y a Aquél que dijo Yo Soy la verdad en mentira. Es por demás sabido que quien tiene necesidad de jurar no tiene palabra. Si un hijo del reino involucra al Rey en sus engaños pierde su ciudadanía, ya no sigue la verdad y se ha cambiado al reino de las tinieblas, ahora su rey es el padre de mentira. El cuarto argumento para no jurar es la dependencia al Propietario. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Nuestra vida depende de Dios, en el reino de los cielos somos de Él y para Él. Él es el todo para cada uno de nosotros. Para que yo cumpla siempre mi palabra lo necesito, fue Dios quien no dejó caer a tierra ninguna de las palabras de Samuel, todos sabían que Samuel era fiel profeta, lo sabían porque Dios respaldaba sus palabras (1 Sam. 3:19-20). Si el hombre ha confiado su vida verdaderamente a Dios entonces no necesita jurar, pues Dios respalda sus palabras, su hablar es según verdad, según Cristo. Cuando la vida del Espíritu Santo fluye en el hombre, éste habla verdad y no necesita jurar ni demás incentivos externos. Es como aquél esclavo, cuando aún existía la esclavitud en los Estados Unidos, que en un mercado estando él mismo a la venta, un señor benévolo se acercó a él preguntándole: “Si yo te compro, ¿te portarás con honradez? El muchacho esclavo repuso sinceramente: “Seré honrado, me compre usted o no”. Así el verdadero cristiano habla la verdad sin necesidad de jurar, es fiel independientemente de las circunstancias. La conclusión de Jesús es simple y maravillosa: Sea vuestro hablar sí, sí, no, no; porque lo que es más de esto de mal procede. Los hijos del reino debemos expresar la verdad, la sinceridad. Es ya de por sí una falta el juramento en el hombre, cualquier cosa que intente demostrar que habla verdad indica que no siempre habla con la verdad; es vergonzoso necesitar justificar las palabras. En el mundo, como dice Proverbios 20:6 Muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad, pero hombre de verdad, ¿quién lo hallará? Pero en el reino de los cielos el anhelo del Padre es: No tengo mayor gozo que el de oír que mi hijos andan en la verdad (3 Juan 1:4).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:36
5.33-37 El origen de los juramentos es la mentira del hombre; ¿quién necesita demostrar la veracidad de sus palabras invocando a Dios o cosas sagradas si no acostumbra mentir? Todo juramento implica una obligación a cumplir y hace del que lo pronuncia un ser más grande que aquello por lo que juró. Este es el razonamiento del Maestro: No juréis. Ni por el cielo por no ser tuyo, ¡es el Trono de Dios! Ni siquiera intentes dejar a Dios fuera de tu compromiso. Ni por la tierra, ¡también le pertenece a Dios! No hay nada que puedas poner en prenda de tu palabra más que tu palabra. Ni por Jerusalén, ¡robas al Rey! Ni por tu cabeza, ¡sólo Dios tiene injerencia sobre ella! Aquí hay cuatro argumentos para no jurar; el primero de ellos es la Deidad. Se necesita ser Dios para respaldar un juramento. Supongamos que alguno jurase por el cielo (o por Dios mismo) y rompe su palabra, ya sea intencionalmente o no, ¿dejará el cielo de ser cielo y Dios de ser Dios? Y si no se tiene autoridad ni injerencia sobre algo o alguien infinitamente superior a uno, ¿no es acaso sacrilegio usarlos de aval? Es como solicitar un crédito bancario a nombre del hombre mas rico del mundo sin su consentimiento. El Trono es de Dios, no puedo jurar por él. Sólo Dios puede decir respaldando su Palabra: Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua (Is. 45:23). Ningún ser en toda la creación podemos estar seguros de cumplir nuestras palabras, tanto nuestra limitación moral como por las circunstancias de la vida que están fuera de nuestro alcance. Por este primer argumento nuestro hablar debe ser la verdad. Anteponer juramento es manifestar que lo demás que hablamos tiene mentira; es dar lugar a la falsedad, es acostumbrar al hombre a rebajar su palabra y acomodarla a la situación, es dar oportunidad a mentir cínica y desvergonzadamente sin cargo de conciencia arguyendo no haber jurado. El segundo argumento para no jurar es el Señorío y la Soberanía de Dios. No podemos jurar por la tierra, o mejor dicho, por nada de lo que toma parte la creación terrena. Toda la creación es el estrado de los pies del Señor, es decir, está a su disposición y para su servicio. Él es su dueño y quien mueve las piezas. Jurar por la tierra, o por algo en ella es tan necio como apostar con dinero ajeno. No tengo nada para dar a cambio de mi palabra y si todo lo que tengo es mi palabra, para que ésta valga debe ser verdadera. El tercer argumento para no jurar presentado por Jesús en esta disertación es su propia realeza: Ni por Jerusalén porque es la ciudad del Gran Rey. Los hijos del reino somos ciudadanos celestiales, jurar por el reino es cometer un acto de traición, está involucrando la ciudad Real y a Aquél que dijo Yo Soy la verdad en mentira. Es por demás sabido que quien tiene necesidad de jurar no tiene palabra. Si un hijo del reino involucra al Rey en sus engaños pierde su ciudadanía, ya no sigue la verdad y se ha cambiado al reino de las tinieblas, ahora su rey es el padre de mentira. El cuarto argumento para no jurar es la dependencia al Propietario. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Nuestra vida depende de Dios, en el reino de los cielos somos de Él y para Él. Él es el todo para cada uno de nosotros. Para que yo cumpla siempre mi palabra lo necesito, fue Dios quien no dejó caer a tierra ninguna de las palabras de Samuel, todos sabían que Samuel era fiel profeta, lo sabían porque Dios respaldaba sus palabras (1 Sam. 3:19-20). Si el hombre ha confiado su vida verdaderamente a Dios entonces no necesita jurar, pues Dios respalda sus palabras, su hablar es según verdad, según Cristo. Cuando la vida del Espíritu Santo fluye en el hombre, éste habla verdad y no necesita jurar ni demás incentivos externos. Es como aquél esclavo, cuando aún existía la esclavitud en los Estados Unidos, que en un mercado estando él mismo a la venta, un señor benévolo se acercó a él preguntándole: “Si yo te compro, ¿te portarás con honradez? El muchacho esclavo repuso sinceramente: “Seré honrado, me compre usted o no”. Así el verdadero cristiano habla la verdad sin necesidad de jurar, es fiel independientemente de las circunstancias. La conclusión de Jesús es simple y maravillosa: Sea vuestro hablar sí, sí, no, no; porque lo que es más de esto de mal procede. Los hijos del reino debemos expresar la verdad, la sinceridad. Es ya de por sí una falta el juramento en el hombre, cualquier cosa que intente demostrar que habla verdad indica que no siempre habla con la verdad; es vergonzoso necesitar justificar las palabras. En el mundo, como dice Proverbios 20:6 Muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad, pero hombre de verdad, ¿quién lo hallará? Pero en el reino de los cielos el anhelo del Padre es: No tengo mayor gozo que el de oír que mi hijos andan en la verdad (3 Juan 1:4).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:37
5.33-37 El origen de los juramentos es la mentira del hombre; ¿quién necesita demostrar la veracidad de sus palabras invocando a Dios o cosas sagradas si no acostumbra mentir? Todo juramento implica una obligación a cumplir y hace del que lo pronuncia un ser más grande que aquello por lo que juró. Este es el razonamiento del Maestro: No juréis. Ni por el cielo por no ser tuyo, ¡es el Trono de Dios! Ni siquiera intentes dejar a Dios fuera de tu compromiso. Ni por la tierra, ¡también le pertenece a Dios! No hay nada que puedas poner en prenda de tu palabra más que tu palabra. Ni por Jerusalén, ¡robas al Rey! Ni por tu cabeza, ¡sólo Dios tiene injerencia sobre ella! Aquí hay cuatro argumentos para no jurar; el primero de ellos es la Deidad. Se necesita ser Dios para respaldar un juramento. Supongamos que alguno jurase por el cielo (o por Dios mismo) y rompe su palabra, ya sea intencionalmente o no, ¿dejará el cielo de ser cielo y Dios de ser Dios? Y si no se tiene autoridad ni injerencia sobre algo o alguien infinitamente superior a uno, ¿no es acaso sacrilegio usarlos de aval? Es como solicitar un crédito bancario a nombre del hombre mas rico del mundo sin su consentimiento. El Trono es de Dios, no puedo jurar por él. Sólo Dios puede decir respaldando su Palabra: Por mí mismo hice juramento, de mi boca salió palabra en justicia, y no será revocada: Que a mí se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua (Is. 45:23). Ningún ser en toda la creación podemos estar seguros de cumplir nuestras palabras, tanto nuestra limitación moral como por las circunstancias de la vida que están fuera de nuestro alcance. Por este primer argumento nuestro hablar debe ser la verdad. Anteponer juramento es manifestar que lo demás que hablamos tiene mentira; es dar lugar a la falsedad, es acostumbrar al hombre a rebajar su palabra y acomodarla a la situación, es dar oportunidad a mentir cínica y desvergonzadamente sin cargo de conciencia arguyendo no haber jurado. El segundo argumento para no jurar es el Señorío y la Soberanía de Dios. No podemos jurar por la tierra, o mejor dicho, por nada de lo que toma parte la creación terrena. Toda la creación es el estrado de los pies del Señor, es decir, está a su disposición y para su servicio. Él es su dueño y quien mueve las piezas. Jurar por la tierra, o por algo en ella es tan necio como apostar con dinero ajeno. No tengo nada para dar a cambio de mi palabra y si todo lo que tengo es mi palabra, para que ésta valga debe ser verdadera. El tercer argumento para no jurar presentado por Jesús en esta disertación es su propia realeza: Ni por Jerusalén porque es la ciudad del Gran Rey. Los hijos del reino somos ciudadanos celestiales, jurar por el reino es cometer un acto de traición, está involucrando la ciudad Real y a Aquél que dijo Yo Soy la verdad en mentira. Es por demás sabido que quien tiene necesidad de jurar no tiene palabra. Si un hijo del reino involucra al Rey en sus engaños pierde su ciudadanía, ya no sigue la verdad y se ha cambiado al reino de las tinieblas, ahora su rey es el padre de mentira. El cuarto argumento para no jurar es la dependencia al Propietario. Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. Nuestra vida depende de Dios, en el reino de los cielos somos de Él y para Él. Él es el todo para cada uno de nosotros. Para que yo cumpla siempre mi palabra lo necesito, fue Dios quien no dejó caer a tierra ninguna de las palabras de Samuel, todos sabían que Samuel era fiel profeta, lo sabían porque Dios respaldaba sus palabras (1 Sam. 3:19-20). Si el hombre ha confiado su vida verdaderamente a Dios entonces no necesita jurar, pues Dios respalda sus palabras, su hablar es según verdad, según Cristo. Cuando la vida del Espíritu Santo fluye en el hombre, éste habla verdad y no necesita jurar ni demás incentivos externos. Es como aquél esclavo, cuando aún existía la esclavitud en los Estados Unidos, que en un mercado estando él mismo a la venta, un señor benévolo se acercó a él preguntándole: “Si yo te compro, ¿te portarás con honradez? El muchacho esclavo repuso sinceramente: “Seré honrado, me compre usted o no”. Así el verdadero cristiano habla la verdad sin necesidad de jurar, es fiel independientemente de las circunstancias. La conclusión de Jesús es simple y maravillosa: Sea vuestro hablar sí, sí, no, no; porque lo que es más de esto de mal procede. Los hijos del reino debemos expresar la verdad, la sinceridad. Es ya de por sí una falta el juramento en el hombre, cualquier cosa que intente demostrar que habla verdad indica que no siempre habla con la verdad; es vergonzoso necesitar justificar las palabras. En el mundo, como dice Proverbios 20:6 Muchos hombres proclaman cada uno su propia bondad, pero hombre de verdad, ¿quién lo hallará? Pero en el reino de los cielos el anhelo del Padre es: No tengo mayor gozo que el de oír que mi hijos andan en la verdad (3 Juan 1:4).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:38
5.38-42 Cuando el Rey dice oísteis que fue dicho y luego alude a la ley del talión (Ex. 21:24; Lev. 24:20; Dt. 19:21), como se le conoce comúnmente, está utilizando su autoridad real para cambiar la ley y llevarla a un espíritu y propósito más elevado: La gracia. Dicha ley no fue dada para facilitar la venganza, mucho menos para promoverla; sin embargo, conociendo la naturaleza humana, Dios dicta la ley del talión para fijarle límites a la retribución de la ofensa. El que perdió un ojo no puede ir buscando la vida de su ofensor; según la ley de Moisés, a lo más que se podía hacer era a demandar un ojo del culpable (que ya es mucho). No obstante la ley de Moisés, la Ley del reino de los cielos es total y diametralmente opuesta. Jesús utiliza cinco figuras, el número cinco en las Sagradas Escrituras es símbolo de la gracia de Dios; de modo que la forma para responder a la agresión, según el reino de los cielos es obrando con gracia o según la gracia de Dios. La primera de las figuras: No resistas al malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Esta es la ofensa clásica, tanto en la cultura israelita, sino en la mayoría de las naciones y a través de todos los tiempos. Es el malo que impone su maldad haciendo callar al santo golpeando su mejilla, es “poner a alguien en su lugar”. Es Sedequías hijo de Quenaana golpeando en la mejilla a Micaías para callar su profecía (2 Cr. 18:23). El Mesías fue golpeado así en tres ocasiones: Ante Caifás, en forma de burla instándolo a adivinar quién lo golpeó (Mat. 26:67); ante Anás, cuando uno de los alguaciles trató de callarlo (Juan 18:22-23); y ante los soldados de Pilato cuando lo escarnecieron (Juan 19:3). En todas las ocasiones, Jesús mostró dominio propio, jamás bajó la cabeza ni se sometió por temor, la cobardía jamás lo caracterizó, así como tampoco se relaciona a la ley del reino con respecto a las ofensas. Soportó las ofensas con la dignidad de Señor. La herida en la mejilla derecha es muy significativa, para darse en el lado derecho necesita usarse el dorso de la mano, pues generalmente somos diestros, lo que implica un aire despectivo, arrogante y un odio que lleva al desprecio. No es la ofensa arrancada al desesperado ni a causa del arrebato de la ira; sino el ataque premeditado de quien busca humillar. La respuesta bíblica ante esta situación es: No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres … No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor (Rom. 12:17,19). No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición (1 P. 3:9). Ahora, ¿qué hacer ante quien no se conforma con golpear la mejilla, sino que decide sacar ventaja de la situación? Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa. La ley permitía demandar en pleito la túnica de otro, que era su ropa interior de manga larga, pero nunca su manto o capa, pues ésta se necesitaba para abrigo cuando hacía frío o para la noche (Ex. 22:26-27). El que Jesús dijera “déjale también la capa” es una demostración de cómo la ley del Espíritu sobrepasa a la ley de Moisés: No importa que sufras el frío, con tal de evitar pleito con tu hermano. Por supuesto se trata de salvar la relación por encima de los bienes y no permitir la injusticia hacia los demás; en tal caso habrá de presentarse defensa. Este ejemplo es la manifestación de como es más importante la persona que los bienes y la paz antes que la comodidad y protección personal. En el reino de los cielos la venganza y el resentimiento no tienen cabida. Si verdaderamente vivimos para el Señor y no para nosotros mismos, el llamado amor propio que impulsa a la defensa personal no existe; aquél que ha muerto al mundo no puede ser ofendido, así como tampoco se defenderá de la agresión. Jesús nos ha enseñado el verdadero espíritu cristiano, un poder más grande que la venganza. Este poder es la gracia. Dios transforma al hombre a partir de concederle sus favores sin que éste lo merezca, del mismo modo el cristiano, demostrando que la gracia es mayor que la justicia prefiere perder el pleito por no enfrentarlo antes que vivir fuera del reino. Incluso la ley de Moisés contempló la vida del reino de los cielos, aún cuando no fue comprendida ni obedecida. En Levítico 19:18 dice: No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Yahwéh. La tercera figura usada por el Maestro para ilustrar el actuar cristiano en situaciones de conflicto fue a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos (Mat. 5:41). En los dos ejemplos anteriores, el Señor se refirió a situaciones que pueden enmarcarse dentro del entorno judío, incluso entre hermanos (aunque son universales); mas en este último, la circunstancia está enteramente dentro del marco político - cultural que padecía Palestina en tiempos de Jesús. En aquella época, los judíos estaban dominados por los romanos y según las leyes de sus conquistadores, cualquier ciudadano judío estaba obligado a proveer a los soldados romanos de alimento, de alojamiento y a llevar carga hasta por una milla romana (equivalente a 1478 metros). ¡Imaginémonos los rostros de los oyentes de sermón! Sus ojos se desorbitaban, sus bocas se abrían, sus corazones se aceleraban, y sus rostros se enrojecían, mezcla de indignación y de admiración ¿El Mesías, aquél que viene a libertarnos de los romanos, nos pide que gustosamente les sirvamos? En el reino de los cielos no hay lugar para los enemistades, obedecer a otro, aunque sea por imposición, no debe ser de mala gana, sino con un espíritu afable, servicial y lleno de alegría. De hecho, esto no lleva al servilismo, sino a la libertad, como fue demostrado por la India logrando su emancipación de Gran Bretaña por medio de la resistencia pacífica. De manera que no significa resignarse miserablemente a su condición, por el contrario, es la bendita oportunidad de manifestar la vida y la grandeza de Dios. El que quiera ser el mayor…sea vuestro siervo (Mat. 20:27). El cristiano ha sido llamado no sólo a ser cumplido y responsable con sus obligaciones, sino a sobrepasar su deber en un servicio de ánimo dispuesto. Este mundo requiere, además de buenos ciudadanos, hijos de Dios. Hombres y mujeres que estén dispuestos a hacer más allá de lo que se les demanda. Para los súbditos del reino celestial la demanda y el deber están por debajo de lo que Dios espera de ellos. No importa que la petición de servicio fuera por parte de enemigos, no importa que fuese grosera, déspota y tirana; el cristiano está por encima de sus ofensores, su servicio al prójimo no depende del prójimo, sino de su corazón inflamado con el amor de Dios. ¿Quién sabe si quizá un día carguemos la cruz de Cristo por obedecer a un soldado romano como le sucedió a Simón de Cirene y ayudemos a descansar al mismo Señor? (Mat. 27:32). En el andar cristiano se cumple el proverbio popular: “El que no vive para servir, no sirve para vivir.” Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís (Col. 3:22-24). La cuarta figura usada por el Maestro para ilustrar el actuar cristiano en situaciones de conflicto fue al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Desde que el hombre se multiplicó sobre la tierra han existido los necesitados, casi todo ser humano alguna vez en su vida ha tenido necesidad, si no de limosna, si de ser ayudado. El Maestro no define a quien sí ayudar y a quien no, él solamente define el carácter cristiano; se trata de ser dador y no juez. Es preferible equivocarse mil veces dándole a quienes mal usaron la ayuda que dejar desamparado a un necesitado verdadero. El corazón de Dios se caracteriza por dar, solamente Él es capaz de hacer salir el sol sobre buenos y malos, solamente Él es capaz de bendecir sin importar la condición moral del individuo. El corazón de Dios mira la necesidad antes que el decálogo. Por eso mismo, Dios espera de sus hijos un carácter y una conducta similar. Gente capaz de dar sin crítica ni avalúo de resultados; Gente capaz de ayudar sin medir si es digno o no de ser ayudado. Cuando alguien no da al que le pide argumentando no querer hacerle un mal, evitándole la holgazanería o el fraude, debe hacer un análisis de su propia conciencia, si quizá esté escudando su avaricia detrás de sus palabras, si quizá esté escondiendo la dureza de su corazón con una careta de sabiduría. La ley de Moisés ya contemplaba la dádiva y el préstamo con un alto sentido espiritual, con liberalidad, ya bosquejaba las nuevas leyes del reino. Cuando uno de tus hermanos esté necesitado en alguna de tus ciudades en la tierra que Yahwéh tu Dios te da, no endurecerás tu corazón ni le cerrarás tu mano a tu hermano necesitado. Le abrirás tu mano con liberalidad, y sin falta le prestarás lo que necesite. Guardate de que no haya en tu corazón pensamiento perverso, para decir: Está cerca el año séptimo, el año de la remisión (porque ese año se perdonaba toda deuda), y mires malévolamente a tu hermano necesitado para no darle nada. Porque él clamará contra ti a Yahwéh y será hallado en ti pecado. Sin falta le darás y no tenga dolor tu corazón por hacerlo, porque por ello te bendecirá Yahwéh tu Dios en todas tus obras y en todo lo que emprenda tu mano. Porque no faltarán necesitados en medio de la tierra; por eso, yo te mando diciendo: Abrirás tu mano ampliamente a tu hermano, al que es pobre y al que es necesitado en tu tierra (Dt. 15:7-11). La Biblia dice que el que da al pobre presta a Yahwéh y Él le dará su recompensa (Pr. 19:17). Y aunque debemos dar sin esperar la recompensa, sabe que Dios te rebasará en toda bondad. Por otro lado, es fácil aparentar una vida religiosa sin ser caritativo; esta es una contradicción, la verdadera religión, la vida dentro del reino de los cielos, es una vida compasiva. Santiago escribió en su epístola universal: La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo (Stg. 1:27). Si un hermano o una hermana están desnudos y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no le dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? (Stg.2:15-16). Y también a este mismo punto se refirió el apóstol Juan: En esto hemos conocido el amor: En que Él puso su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve que su hermano padece necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo morará el amor de Dios en él? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y de verdad (1 Juan 3:16-18). El Rey Jesús lo dijo de una manera tan simple que irradia enorme grandeza: Al que te pida dale, y al que quiera tomar de ti prestado no se lo rehúses. Para el apóstol Pablo, la generosidad fue siempre un tema necesario en sus epístolas: Y digo esto. El que siembra escasamente cosechará escasamente, y el que siembra con generosidad también con generosidad cosechará. Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por obligación; porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo necesario, abundéis para toda buena obra; como está escrito: Esparció; dio a los pobres. Su justicia permanece para siempre. El que da semilla al que siembra y pan para comer, proveerá y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia. Esto, para que seáis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce acciones de gracias a Dios por medio de nosotros. Porque el ministrar este servicio sagrado no solamente suple lo que falta a los santos, sino que redunda en abundantes acciones de gracias a Dios. Al experimentar esta ayuda, ellos glorificarán a Dios por la obediencia que profesáis al evangelio de Cristo, y por vuestra liberalidad en la contribución para con ellos y con todos. Además, por su oración a vuestro favor, demuestran que os quieren a causa de la sobreabundante gracia de Dios en vosotros. ¡Gracias a Dios por su don inefable! (2 Cor. 9:6-15).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:39
5.38-42 Cuando el Rey dice oísteis que fue dicho y luego alude a la ley del talión (Ex. 21:24; Lev. 24:20; Dt. 19:21), como se le conoce comúnmente, está utilizando su autoridad real para cambiar la ley y llevarla a un espíritu y propósito más elevado: La gracia. Dicha ley no fue dada para facilitar la venganza, mucho menos para promoverla; sin embargo, conociendo la naturaleza humana, Dios dicta la ley del talión para fijarle límites a la retribución de la ofensa. El que perdió un ojo no puede ir buscando la vida de su ofensor; según la ley de Moisés, a lo más que se podía hacer era a demandar un ojo del culpable (que ya es mucho). No obstante la ley de Moisés, la Ley del reino de los cielos es total y diametralmente opuesta. Jesús utiliza cinco figuras, el número cinco en las Sagradas Escrituras es símbolo de la gracia de Dios; de modo que la forma para responder a la agresión, según el reino de los cielos es obrando con gracia o según la gracia de Dios. La primera de las figuras: No resistas al malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Esta es la ofensa clásica, tanto en la cultura israelita, sino en la mayoría de las naciones y a través de todos los tiempos. Es el malo que impone su maldad haciendo callar al santo golpeando su mejilla, es “poner a alguien en su lugar”. Es Sedequías hijo de Quenaana golpeando en la mejilla a Micaías para callar su profecía (2 Cr. 18:23). El Mesías fue golpeado así en tres ocasiones: Ante Caifás, en forma de burla instándolo a adivinar quién lo golpeó (Mat. 26:67); ante Anás, cuando uno de los alguaciles trató de callarlo (Juan 18:22-23); y ante los soldados de Pilato cuando lo escarnecieron (Juan 19:3). En todas las ocasiones, Jesús mostró dominio propio, jamás bajó la cabeza ni se sometió por temor, la cobardía jamás lo caracterizó, así como tampoco se relaciona a la ley del reino con respecto a las ofensas. Soportó las ofensas con la dignidad de Señor. La herida en la mejilla derecha es muy significativa, para darse en el lado derecho necesita usarse el dorso de la mano, pues generalmente somos diestros, lo que implica un aire despectivo, arrogante y un odio que lleva al desprecio. No es la ofensa arrancada al desesperado ni a causa del arrebato de la ira; sino el ataque premeditado de quien busca humillar. La respuesta bíblica ante esta situación es: No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres … No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor (Rom. 12:17,19). No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición (1 P. 3:9). Ahora, ¿qué hacer ante quien no se conforma con golpear la mejilla, sino que decide sacar ventaja de la situación? Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa. La ley permitía demandar en pleito la túnica de otro, que era su ropa interior de manga larga, pero nunca su manto o capa, pues ésta se necesitaba para abrigo cuando hacía frío o para la noche (Ex. 22:26-27). El que Jesús dijera “déjale también la capa” es una demostración de cómo la ley del Espíritu sobrepasa a la ley de Moisés: No importa que sufras el frío, con tal de evitar pleito con tu hermano. Por supuesto se trata de salvar la relación por encima de los bienes y no permitir la injusticia hacia los demás; en tal caso habrá de presentarse defensa. Este ejemplo es la manifestación de como es más importante la persona que los bienes y la paz antes que la comodidad y protección personal. En el reino de los cielos la venganza y el resentimiento no tienen cabida. Si verdaderamente vivimos para el Señor y no para nosotros mismos, el llamado amor propio que impulsa a la defensa personal no existe; aquél que ha muerto al mundo no puede ser ofendido, así como tampoco se defenderá de la agresión. Jesús nos ha enseñado el verdadero espíritu cristiano, un poder más grande que la venganza. Este poder es la gracia. Dios transforma al hombre a partir de concederle sus favores sin que éste lo merezca, del mismo modo el cristiano, demostrando que la gracia es mayor que la justicia prefiere perder el pleito por no enfrentarlo antes que vivir fuera del reino. Incluso la ley de Moisés contempló la vida del reino de los cielos, aún cuando no fue comprendida ni obedecida. En Levítico 19:18 dice: No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Yahwéh. La tercera figura usada por el Maestro para ilustrar el actuar cristiano en situaciones de conflicto fue a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos (Mat. 5:41). En los dos ejemplos anteriores, el Señor se refirió a situaciones que pueden enmarcarse dentro del entorno judío, incluso entre hermanos (aunque son universales); mas en este último, la circunstancia está enteramente dentro del marco político - cultural que padecía Palestina en tiempos de Jesús. En aquella época, los judíos estaban dominados por los romanos y según las leyes de sus conquistadores, cualquier ciudadano judío estaba obligado a proveer a los soldados romanos de alimento, de alojamiento y a llevar carga hasta por una milla romana (equivalente a 1478 metros). ¡Imaginémonos los rostros de los oyentes de sermón! Sus ojos se desorbitaban, sus bocas se abrían, sus corazones se aceleraban, y sus rostros se enrojecían, mezcla de indignación y de admiración ¿El Mesías, aquél que viene a libertarnos de los romanos, nos pide que gustosamente les sirvamos? En el reino de los cielos no hay lugar para los enemistades, obedecer a otro, aunque sea por imposición, no debe ser de mala gana, sino con un espíritu afable, servicial y lleno de alegría. De hecho, esto no lleva al servilismo, sino a la libertad, como fue demostrado por la India logrando su emancipación de Gran Bretaña por medio de la resistencia pacífica. De manera que no significa resignarse miserablemente a su condición, por el contrario, es la bendita oportunidad de manifestar la vida y la grandeza de Dios. El que quiera ser el mayor…sea vuestro siervo (Mat. 20:27). El cristiano ha sido llamado no sólo a ser cumplido y responsable con sus obligaciones, sino a sobrepasar su deber en un servicio de ánimo dispuesto. Este mundo requiere, además de buenos ciudadanos, hijos de Dios. Hombres y mujeres que estén dispuestos a hacer más allá de lo que se les demanda. Para los súbditos del reino celestial la demanda y el deber están por debajo de lo que Dios espera de ellos. No importa que la petición de servicio fuera por parte de enemigos, no importa que fuese grosera, déspota y tirana; el cristiano está por encima de sus ofensores, su servicio al prójimo no depende del prójimo, sino de su corazón inflamado con el amor de Dios. ¿Quién sabe si quizá un día carguemos la cruz de Cristo por obedecer a un soldado romano como le sucedió a Simón de Cirene y ayudemos a descansar al mismo Señor? (Mat. 27:32). En el andar cristiano se cumple el proverbio popular: “El que no vive para servir, no sirve para vivir.” Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís (Col. 3:22-24). La cuarta figura usada por el Maestro para ilustrar el actuar cristiano en situaciones de conflicto fue al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Desde que el hombre se multiplicó sobre la tierra han existido los necesitados, casi todo ser humano alguna vez en su vida ha tenido necesidad, si no de limosna, si de ser ayudado. El Maestro no define a quien sí ayudar y a quien no, él solamente define el carácter cristiano; se trata de ser dador y no juez. Es preferible equivocarse mil veces dándole a quienes mal usaron la ayuda que dejar desamparado a un necesitado verdadero. El corazón de Dios se caracteriza por dar, solamente Él es capaz de hacer salir el sol sobre buenos y malos, solamente Él es capaz de bendecir sin importar la condición moral del individuo. El corazón de Dios mira la necesidad antes que el decálogo. Por eso mismo, Dios espera de sus hijos un carácter y una conducta similar. Gente capaz de dar sin crítica ni avalúo de resultados; Gente capaz de ayudar sin medir si es digno o no de ser ayudado. Cuando alguien no da al que le pide argumentando no querer hacerle un mal, evitándole la holgazanería o el fraude, debe hacer un análisis de su propia conciencia, si quizá esté escudando su avaricia detrás de sus palabras, si quizá esté escondiendo la dureza de su corazón con una careta de sabiduría. La ley de Moisés ya contemplaba la dádiva y el préstamo con un alto sentido espiritual, con liberalidad, ya bosquejaba las nuevas leyes del reino. Cuando uno de tus hermanos esté necesitado en alguna de tus ciudades en la tierra que Yahwéh tu Dios te da, no endurecerás tu corazón ni le cerrarás tu mano a tu hermano necesitado. Le abrirás tu mano con liberalidad, y sin falta le prestarás lo que necesite. Guardate de que no haya en tu corazón pensamiento perverso, para decir: Está cerca el año séptimo, el año de la remisión (porque ese año se perdonaba toda deuda), y mires malévolamente a tu hermano necesitado para no darle nada. Porque él clamará contra ti a Yahwéh y será hallado en ti pecado. Sin falta le darás y no tenga dolor tu corazón por hacerlo, porque por ello te bendecirá Yahwéh tu Dios en todas tus obras y en todo lo que emprenda tu mano. Porque no faltarán necesitados en medio de la tierra; por eso, yo te mando diciendo: Abrirás tu mano ampliamente a tu hermano, al que es pobre y al que es necesitado en tu tierra (Dt. 15:7-11). La Biblia dice que el que da al pobre presta a Yahwéh y Él le dará su recompensa (Pr. 19:17). Y aunque debemos dar sin esperar la recompensa, sabe que Dios te rebasará en toda bondad. Por otro lado, es fácil aparentar una vida religiosa sin ser caritativo; esta es una contradicción, la verdadera religión, la vida dentro del reino de los cielos, es una vida compasiva. Santiago escribió en su epístola universal: La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo (Stg. 1:27). Si un hermano o una hermana están desnudos y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no le dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? (Stg.2:15-16). Y también a este mismo punto se refirió el apóstol Juan: En esto hemos conocido el amor: En que Él puso su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve que su hermano padece necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo morará el amor de Dios en él? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y de verdad (1 Juan 3:16-18). El Rey Jesús lo dijo de una manera tan simple que irradia enorme grandeza: Al que te pida dale, y al que quiera tomar de ti prestado no se lo rehúses. Para el apóstol Pablo, la generosidad fue siempre un tema necesario en sus epístolas: Y digo esto. El que siembra escasamente cosechará escasamente, y el que siembra con generosidad también con generosidad cosechará. Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por obligación; porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo necesario, abundéis para toda buena obra; como está escrito: Esparció; dio a los pobres. Su justicia permanece para siempre. El que da semilla al que siembra y pan para comer, proveerá y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia. Esto, para que seáis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce acciones de gracias a Dios por medio de nosotros. Porque el ministrar este servicio sagrado no solamente suple lo que falta a los santos, sino que redunda en abundantes acciones de gracias a Dios. Al experimentar esta ayuda, ellos glorificarán a Dios por la obediencia que profesáis al evangelio de Cristo, y por vuestra liberalidad en la contribución para con ellos y con todos. Además, por su oración a vuestro favor, demuestran que os quieren a causa de la sobreabundante gracia de Dios en vosotros. ¡Gracias a Dios por su don inefable! (2 Cor. 9:6-15).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:40
5.38-42 Cuando el Rey dice oísteis que fue dicho y luego alude a la ley del talión (Ex. 21:24; Lev. 24:20; Dt. 19:21), como se le conoce comúnmente, está utilizando su autoridad real para cambiar la ley y llevarla a un espíritu y propósito más elevado: La gracia. Dicha ley no fue dada para facilitar la venganza, mucho menos para promoverla; sin embargo, conociendo la naturaleza humana, Dios dicta la ley del talión para fijarle límites a la retribución de la ofensa. El que perdió un ojo no puede ir buscando la vida de su ofensor; según la ley de Moisés, a lo más que se podía hacer era a demandar un ojo del culpable (que ya es mucho). No obstante la ley de Moisés, la Ley del reino de los cielos es total y diametralmente opuesta. Jesús utiliza cinco figuras, el número cinco en las Sagradas Escrituras es símbolo de la gracia de Dios; de modo que la forma para responder a la agresión, según el reino de los cielos es obrando con gracia o según la gracia de Dios. La primera de las figuras: No resistas al malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Esta es la ofensa clásica, tanto en la cultura israelita, sino en la mayoría de las naciones y a través de todos los tiempos. Es el malo que impone su maldad haciendo callar al santo golpeando su mejilla, es “poner a alguien en su lugar”. Es Sedequías hijo de Quenaana golpeando en la mejilla a Micaías para callar su profecía (2 Cr. 18:23). El Mesías fue golpeado así en tres ocasiones: Ante Caifás, en forma de burla instándolo a adivinar quién lo golpeó (Mat. 26:67); ante Anás, cuando uno de los alguaciles trató de callarlo (Juan 18:22-23); y ante los soldados de Pilato cuando lo escarnecieron (Juan 19:3). En todas las ocasiones, Jesús mostró dominio propio, jamás bajó la cabeza ni se sometió por temor, la cobardía jamás lo caracterizó, así como tampoco se relaciona a la ley del reino con respecto a las ofensas. Soportó las ofensas con la dignidad de Señor. La herida en la mejilla derecha es muy significativa, para darse en el lado derecho necesita usarse el dorso de la mano, pues generalmente somos diestros, lo que implica un aire despectivo, arrogante y un odio que lleva al desprecio. No es la ofensa arrancada al desesperado ni a causa del arrebato de la ira; sino el ataque premeditado de quien busca humillar. La respuesta bíblica ante esta situación es: No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres … No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor (Rom. 12:17,19). No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición (1 P. 3:9). Ahora, ¿qué hacer ante quien no se conforma con golpear la mejilla, sino que decide sacar ventaja de la situación? Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa. La ley permitía demandar en pleito la túnica de otro, que era su ropa interior de manga larga, pero nunca su manto o capa, pues ésta se necesitaba para abrigo cuando hacía frío o para la noche (Ex. 22:26-27). El que Jesús dijera “déjale también la capa” es una demostración de cómo la ley del Espíritu sobrepasa a la ley de Moisés: No importa que sufras el frío, con tal de evitar pleito con tu hermano. Por supuesto se trata de salvar la relación por encima de los bienes y no permitir la injusticia hacia los demás; en tal caso habrá de presentarse defensa. Este ejemplo es la manifestación de como es más importante la persona que los bienes y la paz antes que la comodidad y protección personal. En el reino de los cielos la venganza y el resentimiento no tienen cabida. Si verdaderamente vivimos para el Señor y no para nosotros mismos, el llamado amor propio que impulsa a la defensa personal no existe; aquél que ha muerto al mundo no puede ser ofendido, así como tampoco se defenderá de la agresión. Jesús nos ha enseñado el verdadero espíritu cristiano, un poder más grande que la venganza. Este poder es la gracia. Dios transforma al hombre a partir de concederle sus favores sin que éste lo merezca, del mismo modo el cristiano, demostrando que la gracia es mayor que la justicia prefiere perder el pleito por no enfrentarlo antes que vivir fuera del reino. Incluso la ley de Moisés contempló la vida del reino de los cielos, aún cuando no fue comprendida ni obedecida. En Levítico 19:18 dice: No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Yahwéh. La tercera figura usada por el Maestro para ilustrar el actuar cristiano en situaciones de conflicto fue a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos (Mat. 5:41). En los dos ejemplos anteriores, el Señor se refirió a situaciones que pueden enmarcarse dentro del entorno judío, incluso entre hermanos (aunque son universales); mas en este último, la circunstancia está enteramente dentro del marco político - cultural que padecía Palestina en tiempos de Jesús. En aquella época, los judíos estaban dominados por los romanos y según las leyes de sus conquistadores, cualquier ciudadano judío estaba obligado a proveer a los soldados romanos de alimento, de alojamiento y a llevar carga hasta por una milla romana (equivalente a 1478 metros). ¡Imaginémonos los rostros de los oyentes de sermón! Sus ojos se desorbitaban, sus bocas se abrían, sus corazones se aceleraban, y sus rostros se enrojecían, mezcla de indignación y de admiración ¿El Mesías, aquél que viene a libertarnos de los romanos, nos pide que gustosamente les sirvamos? En el reino de los cielos no hay lugar para los enemistades, obedecer a otro, aunque sea por imposición, no debe ser de mala gana, sino con un espíritu afable, servicial y lleno de alegría. De hecho, esto no lleva al servilismo, sino a la libertad, como fue demostrado por la India logrando su emancipación de Gran Bretaña por medio de la resistencia pacífica. De manera que no significa resignarse miserablemente a su condición, por el contrario, es la bendita oportunidad de manifestar la vida y la grandeza de Dios. El que quiera ser el mayor…sea vuestro siervo (Mat. 20:27). El cristiano ha sido llamado no sólo a ser cumplido y responsable con sus obligaciones, sino a sobrepasar su deber en un servicio de ánimo dispuesto. Este mundo requiere, además de buenos ciudadanos, hijos de Dios. Hombres y mujeres que estén dispuestos a hacer más allá de lo que se les demanda. Para los súbditos del reino celestial la demanda y el deber están por debajo de lo que Dios espera de ellos. No importa que la petición de servicio fuera por parte de enemigos, no importa que fuese grosera, déspota y tirana; el cristiano está por encima de sus ofensores, su servicio al prójimo no depende del prójimo, sino de su corazón inflamado con el amor de Dios. ¿Quién sabe si quizá un día carguemos la cruz de Cristo por obedecer a un soldado romano como le sucedió a Simón de Cirene y ayudemos a descansar al mismo Señor? (Mat. 27:32). En el andar cristiano se cumple el proverbio popular: “El que no vive para servir, no sirve para vivir.” Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís (Col. 3:22-24). La cuarta figura usada por el Maestro para ilustrar el actuar cristiano en situaciones de conflicto fue al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Desde que el hombre se multiplicó sobre la tierra han existido los necesitados, casi todo ser humano alguna vez en su vida ha tenido necesidad, si no de limosna, si de ser ayudado. El Maestro no define a quien sí ayudar y a quien no, él solamente define el carácter cristiano; se trata de ser dador y no juez. Es preferible equivocarse mil veces dándole a quienes mal usaron la ayuda que dejar desamparado a un necesitado verdadero. El corazón de Dios se caracteriza por dar, solamente Él es capaz de hacer salir el sol sobre buenos y malos, solamente Él es capaz de bendecir sin importar la condición moral del individuo. El corazón de Dios mira la necesidad antes que el decálogo. Por eso mismo, Dios espera de sus hijos un carácter y una conducta similar. Gente capaz de dar sin crítica ni avalúo de resultados; Gente capaz de ayudar sin medir si es digno o no de ser ayudado. Cuando alguien no da al que le pide argumentando no querer hacerle un mal, evitándole la holgazanería o el fraude, debe hacer un análisis de su propia conciencia, si quizá esté escudando su avaricia detrás de sus palabras, si quizá esté escondiendo la dureza de su corazón con una careta de sabiduría. La ley de Moisés ya contemplaba la dádiva y el préstamo con un alto sentido espiritual, con liberalidad, ya bosquejaba las nuevas leyes del reino. Cuando uno de tus hermanos esté necesitado en alguna de tus ciudades en la tierra que Yahwéh tu Dios te da, no endurecerás tu corazón ni le cerrarás tu mano a tu hermano necesitado. Le abrirás tu mano con liberalidad, y sin falta le prestarás lo que necesite. Guardate de que no haya en tu corazón pensamiento perverso, para decir: Está cerca el año séptimo, el año de la remisión (porque ese año se perdonaba toda deuda), y mires malévolamente a tu hermano necesitado para no darle nada. Porque él clamará contra ti a Yahwéh y será hallado en ti pecado. Sin falta le darás y no tenga dolor tu corazón por hacerlo, porque por ello te bendecirá Yahwéh tu Dios en todas tus obras y en todo lo que emprenda tu mano. Porque no faltarán necesitados en medio de la tierra; por eso, yo te mando diciendo: Abrirás tu mano ampliamente a tu hermano, al que es pobre y al que es necesitado en tu tierra (Dt. 15:7-11). La Biblia dice que el que da al pobre presta a Yahwéh y Él le dará su recompensa (Pr. 19:17). Y aunque debemos dar sin esperar la recompensa, sabe que Dios te rebasará en toda bondad. Por otro lado, es fácil aparentar una vida religiosa sin ser caritativo; esta es una contradicción, la verdadera religión, la vida dentro del reino de los cielos, es una vida compasiva. Santiago escribió en su epístola universal: La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo (Stg. 1:27). Si un hermano o una hermana están desnudos y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no le dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? (Stg.2:15-16). Y también a este mismo punto se refirió el apóstol Juan: En esto hemos conocido el amor: En que Él puso su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve que su hermano padece necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo morará el amor de Dios en él? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y de verdad (1 Juan 3:16-18). El Rey Jesús lo dijo de una manera tan simple que irradia enorme grandeza: Al que te pida dale, y al que quiera tomar de ti prestado no se lo rehúses. Para el apóstol Pablo, la generosidad fue siempre un tema necesario en sus epístolas: Y digo esto. El que siembra escasamente cosechará escasamente, y el que siembra con generosidad también con generosidad cosechará. Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por obligación; porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo necesario, abundéis para toda buena obra; como está escrito: Esparció; dio a los pobres. Su justicia permanece para siempre. El que da semilla al que siembra y pan para comer, proveerá y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia. Esto, para que seáis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce acciones de gracias a Dios por medio de nosotros. Porque el ministrar este servicio sagrado no solamente suple lo que falta a los santos, sino que redunda en abundantes acciones de gracias a Dios. Al experimentar esta ayuda, ellos glorificarán a Dios por la obediencia que profesáis al evangelio de Cristo, y por vuestra liberalidad en la contribución para con ellos y con todos. Además, por su oración a vuestro favor, demuestran que os quieren a causa de la sobreabundante gracia de Dios en vosotros. ¡Gracias a Dios por su don inefable! (2 Cor. 9:6-15).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:41
5.38-42 Cuando el Rey dice oísteis que fue dicho y luego alude a la ley del talión (Ex. 21:24; Lev. 24:20; Dt. 19:21), como se le conoce comúnmente, está utilizando su autoridad real para cambiar la ley y llevarla a un espíritu y propósito más elevado: La gracia. Dicha ley no fue dada para facilitar la venganza, mucho menos para promoverla; sin embargo, conociendo la naturaleza humana, Dios dicta la ley del talión para fijarle límites a la retribución de la ofensa. El que perdió un ojo no puede ir buscando la vida de su ofensor; según la ley de Moisés, a lo más que se podía hacer era a demandar un ojo del culpable (que ya es mucho). No obstante la ley de Moisés, la Ley del reino de los cielos es total y diametralmente opuesta. Jesús utiliza cinco figuras, el número cinco en las Sagradas Escrituras es símbolo de la gracia de Dios; de modo que la forma para responder a la agresión, según el reino de los cielos es obrando con gracia o según la gracia de Dios. La primera de las figuras: No resistas al malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Esta es la ofensa clásica, tanto en la cultura israelita, sino en la mayoría de las naciones y a través de todos los tiempos. Es el malo que impone su maldad haciendo callar al santo golpeando su mejilla, es “poner a alguien en su lugar”. Es Sedequías hijo de Quenaana golpeando en la mejilla a Micaías para callar su profecía (2 Cr. 18:23). El Mesías fue golpeado así en tres ocasiones: Ante Caifás, en forma de burla instándolo a adivinar quién lo golpeó (Mat. 26:67); ante Anás, cuando uno de los alguaciles trató de callarlo (Juan 18:22-23); y ante los soldados de Pilato cuando lo escarnecieron (Juan 19:3). En todas las ocasiones, Jesús mostró dominio propio, jamás bajó la cabeza ni se sometió por temor, la cobardía jamás lo caracterizó, así como tampoco se relaciona a la ley del reino con respecto a las ofensas. Soportó las ofensas con la dignidad de Señor. La herida en la mejilla derecha es muy significativa, para darse en el lado derecho necesita usarse el dorso de la mano, pues generalmente somos diestros, lo que implica un aire despectivo, arrogante y un odio que lleva al desprecio. No es la ofensa arrancada al desesperado ni a causa del arrebato de la ira; sino el ataque premeditado de quien busca humillar. La respuesta bíblica ante esta situación es: No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres … No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor (Rom. 12:17,19). No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición (1 P. 3:9). Ahora, ¿qué hacer ante quien no se conforma con golpear la mejilla, sino que decide sacar ventaja de la situación? Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa. La ley permitía demandar en pleito la túnica de otro, que era su ropa interior de manga larga, pero nunca su manto o capa, pues ésta se necesitaba para abrigo cuando hacía frío o para la noche (Ex. 22:26-27). El que Jesús dijera “déjale también la capa” es una demostración de cómo la ley del Espíritu sobrepasa a la ley de Moisés: No importa que sufras el frío, con tal de evitar pleito con tu hermano. Por supuesto se trata de salvar la relación por encima de los bienes y no permitir la injusticia hacia los demás; en tal caso habrá de presentarse defensa. Este ejemplo es la manifestación de como es más importante la persona que los bienes y la paz antes que la comodidad y protección personal. En el reino de los cielos la venganza y el resentimiento no tienen cabida. Si verdaderamente vivimos para el Señor y no para nosotros mismos, el llamado amor propio que impulsa a la defensa personal no existe; aquél que ha muerto al mundo no puede ser ofendido, así como tampoco se defenderá de la agresión. Jesús nos ha enseñado el verdadero espíritu cristiano, un poder más grande que la venganza. Este poder es la gracia. Dios transforma al hombre a partir de concederle sus favores sin que éste lo merezca, del mismo modo el cristiano, demostrando que la gracia es mayor que la justicia prefiere perder el pleito por no enfrentarlo antes que vivir fuera del reino. Incluso la ley de Moisés contempló la vida del reino de los cielos, aún cuando no fue comprendida ni obedecida. En Levítico 19:18 dice: No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Yahwéh. La tercera figura usada por el Maestro para ilustrar el actuar cristiano en situaciones de conflicto fue a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos (Mat. 5:41). En los dos ejemplos anteriores, el Señor se refirió a situaciones que pueden enmarcarse dentro del entorno judío, incluso entre hermanos (aunque son universales); mas en este último, la circunstancia está enteramente dentro del marco político - cultural que padecía Palestina en tiempos de Jesús. En aquella época, los judíos estaban dominados por los romanos y según las leyes de sus conquistadores, cualquier ciudadano judío estaba obligado a proveer a los soldados romanos de alimento, de alojamiento y a llevar carga hasta por una milla romana (equivalente a 1478 metros). ¡Imaginémonos los rostros de los oyentes de sermón! Sus ojos se desorbitaban, sus bocas se abrían, sus corazones se aceleraban, y sus rostros se enrojecían, mezcla de indignación y de admiración ¿El Mesías, aquél que viene a libertarnos de los romanos, nos pide que gustosamente les sirvamos? En el reino de los cielos no hay lugar para los enemistades, obedecer a otro, aunque sea por imposición, no debe ser de mala gana, sino con un espíritu afable, servicial y lleno de alegría. De hecho, esto no lleva al servilismo, sino a la libertad, como fue demostrado por la India logrando su emancipación de Gran Bretaña por medio de la resistencia pacífica. De manera que no significa resignarse miserablemente a su condición, por el contrario, es la bendita oportunidad de manifestar la vida y la grandeza de Dios. El que quiera ser el mayor…sea vuestro siervo (Mat. 20:27). El cristiano ha sido llamado no sólo a ser cumplido y responsable con sus obligaciones, sino a sobrepasar su deber en un servicio de ánimo dispuesto. Este mundo requiere, además de buenos ciudadanos, hijos de Dios. Hombres y mujeres que estén dispuestos a hacer más allá de lo que se les demanda. Para los súbditos del reino celestial la demanda y el deber están por debajo de lo que Dios espera de ellos. No importa que la petición de servicio fuera por parte de enemigos, no importa que fuese grosera, déspota y tirana; el cristiano está por encima de sus ofensores, su servicio al prójimo no depende del prójimo, sino de su corazón inflamado con el amor de Dios. ¿Quién sabe si quizá un día carguemos la cruz de Cristo por obedecer a un soldado romano como le sucedió a Simón de Cirene y ayudemos a descansar al mismo Señor? (Mat. 27:32). En el andar cristiano se cumple el proverbio popular: “El que no vive para servir, no sirve para vivir.” Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís (Col. 3:22-24). La cuarta figura usada por el Maestro para ilustrar el actuar cristiano en situaciones de conflicto fue al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Desde que el hombre se multiplicó sobre la tierra han existido los necesitados, casi todo ser humano alguna vez en su vida ha tenido necesidad, si no de limosna, si de ser ayudado. El Maestro no define a quien sí ayudar y a quien no, él solamente define el carácter cristiano; se trata de ser dador y no juez. Es preferible equivocarse mil veces dándole a quienes mal usaron la ayuda que dejar desamparado a un necesitado verdadero. El corazón de Dios se caracteriza por dar, solamente Él es capaz de hacer salir el sol sobre buenos y malos, solamente Él es capaz de bendecir sin importar la condición moral del individuo. El corazón de Dios mira la necesidad antes que el decálogo. Por eso mismo, Dios espera de sus hijos un carácter y una conducta similar. Gente capaz de dar sin crítica ni avalúo de resultados; Gente capaz de ayudar sin medir si es digno o no de ser ayudado. Cuando alguien no da al que le pide argumentando no querer hacerle un mal, evitándole la holgazanería o el fraude, debe hacer un análisis de su propia conciencia, si quizá esté escudando su avaricia detrás de sus palabras, si quizá esté escondiendo la dureza de su corazón con una careta de sabiduría. La ley de Moisés ya contemplaba la dádiva y el préstamo con un alto sentido espiritual, con liberalidad, ya bosquejaba las nuevas leyes del reino. Cuando uno de tus hermanos esté necesitado en alguna de tus ciudades en la tierra que Yahwéh tu Dios te da, no endurecerás tu corazón ni le cerrarás tu mano a tu hermano necesitado. Le abrirás tu mano con liberalidad, y sin falta le prestarás lo que necesite. Guardate de que no haya en tu corazón pensamiento perverso, para decir: Está cerca el año séptimo, el año de la remisión (porque ese año se perdonaba toda deuda), y mires malévolamente a tu hermano necesitado para no darle nada. Porque él clamará contra ti a Yahwéh y será hallado en ti pecado. Sin falta le darás y no tenga dolor tu corazón por hacerlo, porque por ello te bendecirá Yahwéh tu Dios en todas tus obras y en todo lo que emprenda tu mano. Porque no faltarán necesitados en medio de la tierra; por eso, yo te mando diciendo: Abrirás tu mano ampliamente a tu hermano, al que es pobre y al que es necesitado en tu tierra (Dt. 15:7-11). La Biblia dice que el que da al pobre presta a Yahwéh y Él le dará su recompensa (Pr. 19:17). Y aunque debemos dar sin esperar la recompensa, sabe que Dios te rebasará en toda bondad. Por otro lado, es fácil aparentar una vida religiosa sin ser caritativo; esta es una contradicción, la verdadera religión, la vida dentro del reino de los cielos, es una vida compasiva. Santiago escribió en su epístola universal: La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo (Stg. 1:27). Si un hermano o una hermana están desnudos y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no le dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? (Stg.2:15-16). Y también a este mismo punto se refirió el apóstol Juan: En esto hemos conocido el amor: En que Él puso su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve que su hermano padece necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo morará el amor de Dios en él? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y de verdad (1 Juan 3:16-18). El Rey Jesús lo dijo de una manera tan simple que irradia enorme grandeza: Al que te pida dale, y al que quiera tomar de ti prestado no se lo rehúses. Para el apóstol Pablo, la generosidad fue siempre un tema necesario en sus epístolas: Y digo esto. El que siembra escasamente cosechará escasamente, y el que siembra con generosidad también con generosidad cosechará. Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por obligación; porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo necesario, abundéis para toda buena obra; como está escrito: Esparció; dio a los pobres. Su justicia permanece para siempre. El que da semilla al que siembra y pan para comer, proveerá y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia. Esto, para que seáis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce acciones de gracias a Dios por medio de nosotros. Porque el ministrar este servicio sagrado no solamente suple lo que falta a los santos, sino que redunda en abundantes acciones de gracias a Dios. Al experimentar esta ayuda, ellos glorificarán a Dios por la obediencia que profesáis al evangelio de Cristo, y por vuestra liberalidad en la contribución para con ellos y con todos. Además, por su oración a vuestro favor, demuestran que os quieren a causa de la sobreabundante gracia de Dios en vosotros. ¡Gracias a Dios por su don inefable! (2 Cor. 9:6-15).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:42
5.38-42 Cuando el Rey dice oísteis que fue dicho y luego alude a la ley del talión (Ex. 21:24; Lev. 24:20; Dt. 19:21), como se le conoce comúnmente, está utilizando su autoridad real para cambiar la ley y llevarla a un espíritu y propósito más elevado: La gracia. Dicha ley no fue dada para facilitar la venganza, mucho menos para promoverla; sin embargo, conociendo la naturaleza humana, Dios dicta la ley del talión para fijarle límites a la retribución de la ofensa. El que perdió un ojo no puede ir buscando la vida de su ofensor; según la ley de Moisés, a lo más que se podía hacer era a demandar un ojo del culpable (que ya es mucho). No obstante la ley de Moisés, la Ley del reino de los cielos es total y diametralmente opuesta. Jesús utiliza cinco figuras, el número cinco en las Sagradas Escrituras es símbolo de la gracia de Dios; de modo que la forma para responder a la agresión, según el reino de los cielos es obrando con gracia o según la gracia de Dios. La primera de las figuras: No resistas al malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Esta es la ofensa clásica, tanto en la cultura israelita, sino en la mayoría de las naciones y a través de todos los tiempos. Es el malo que impone su maldad haciendo callar al santo golpeando su mejilla, es “poner a alguien en su lugar”. Es Sedequías hijo de Quenaana golpeando en la mejilla a Micaías para callar su profecía (2 Cr. 18:23). El Mesías fue golpeado así en tres ocasiones: Ante Caifás, en forma de burla instándolo a adivinar quién lo golpeó (Mat. 26:67); ante Anás, cuando uno de los alguaciles trató de callarlo (Juan 18:22-23); y ante los soldados de Pilato cuando lo escarnecieron (Juan 19:3). En todas las ocasiones, Jesús mostró dominio propio, jamás bajó la cabeza ni se sometió por temor, la cobardía jamás lo caracterizó, así como tampoco se relaciona a la ley del reino con respecto a las ofensas. Soportó las ofensas con la dignidad de Señor. La herida en la mejilla derecha es muy significativa, para darse en el lado derecho necesita usarse el dorso de la mano, pues generalmente somos diestros, lo que implica un aire despectivo, arrogante y un odio que lleva al desprecio. No es la ofensa arrancada al desesperado ni a causa del arrebato de la ira; sino el ataque premeditado de quien busca humillar. La respuesta bíblica ante esta situación es: No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres … No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor (Rom. 12:17,19). No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición (1 P. 3:9). Ahora, ¿qué hacer ante quien no se conforma con golpear la mejilla, sino que decide sacar ventaja de la situación? Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa. La ley permitía demandar en pleito la túnica de otro, que era su ropa interior de manga larga, pero nunca su manto o capa, pues ésta se necesitaba para abrigo cuando hacía frío o para la noche (Ex. 22:26-27). El que Jesús dijera “déjale también la capa” es una demostración de cómo la ley del Espíritu sobrepasa a la ley de Moisés: No importa que sufras el frío, con tal de evitar pleito con tu hermano. Por supuesto se trata de salvar la relación por encima de los bienes y no permitir la injusticia hacia los demás; en tal caso habrá de presentarse defensa. Este ejemplo es la manifestación de como es más importante la persona que los bienes y la paz antes que la comodidad y protección personal. En el reino de los cielos la venganza y el resentimiento no tienen cabida. Si verdaderamente vivimos para el Señor y no para nosotros mismos, el llamado amor propio que impulsa a la defensa personal no existe; aquél que ha muerto al mundo no puede ser ofendido, así como tampoco se defenderá de la agresión. Jesús nos ha enseñado el verdadero espíritu cristiano, un poder más grande que la venganza. Este poder es la gracia. Dios transforma al hombre a partir de concederle sus favores sin que éste lo merezca, del mismo modo el cristiano, demostrando que la gracia es mayor que la justicia prefiere perder el pleito por no enfrentarlo antes que vivir fuera del reino. Incluso la ley de Moisés contempló la vida del reino de los cielos, aún cuando no fue comprendida ni obedecida. En Levítico 19:18 dice: No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Yahwéh. La tercera figura usada por el Maestro para ilustrar el actuar cristiano en situaciones de conflicto fue a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos (Mat. 5:41). En los dos ejemplos anteriores, el Señor se refirió a situaciones que pueden enmarcarse dentro del entorno judío, incluso entre hermanos (aunque son universales); mas en este último, la circunstancia está enteramente dentro del marco político - cultural que padecía Palestina en tiempos de Jesús. En aquella época, los judíos estaban dominados por los romanos y según las leyes de sus conquistadores, cualquier ciudadano judío estaba obligado a proveer a los soldados romanos de alimento, de alojamiento y a llevar carga hasta por una milla romana (equivalente a 1478 metros). ¡Imaginémonos los rostros de los oyentes de sermón! Sus ojos se desorbitaban, sus bocas se abrían, sus corazones se aceleraban, y sus rostros se enrojecían, mezcla de indignación y de admiración ¿El Mesías, aquél que viene a libertarnos de los romanos, nos pide que gustosamente les sirvamos? En el reino de los cielos no hay lugar para los enemistades, obedecer a otro, aunque sea por imposición, no debe ser de mala gana, sino con un espíritu afable, servicial y lleno de alegría. De hecho, esto no lleva al servilismo, sino a la libertad, como fue demostrado por la India logrando su emancipación de Gran Bretaña por medio de la resistencia pacífica. De manera que no significa resignarse miserablemente a su condición, por el contrario, es la bendita oportunidad de manifestar la vida y la grandeza de Dios. El que quiera ser el mayor…sea vuestro siervo (Mat. 20:27). El cristiano ha sido llamado no sólo a ser cumplido y responsable con sus obligaciones, sino a sobrepasar su deber en un servicio de ánimo dispuesto. Este mundo requiere, además de buenos ciudadanos, hijos de Dios. Hombres y mujeres que estén dispuestos a hacer más allá de lo que se les demanda. Para los súbditos del reino celestial la demanda y el deber están por debajo de lo que Dios espera de ellos. No importa que la petición de servicio fuera por parte de enemigos, no importa que fuese grosera, déspota y tirana; el cristiano está por encima de sus ofensores, su servicio al prójimo no depende del prójimo, sino de su corazón inflamado con el amor de Dios. ¿Quién sabe si quizá un día carguemos la cruz de Cristo por obedecer a un soldado romano como le sucedió a Simón de Cirene y ayudemos a descansar al mismo Señor? (Mat. 27:32). En el andar cristiano se cumple el proverbio popular: “El que no vive para servir, no sirve para vivir.” Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís (Col. 3:22-24). La cuarta figura usada por el Maestro para ilustrar el actuar cristiano en situaciones de conflicto fue al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Desde que el hombre se multiplicó sobre la tierra han existido los necesitados, casi todo ser humano alguna vez en su vida ha tenido necesidad, si no de limosna, si de ser ayudado. El Maestro no define a quien sí ayudar y a quien no, él solamente define el carácter cristiano; se trata de ser dador y no juez. Es preferible equivocarse mil veces dándole a quienes mal usaron la ayuda que dejar desamparado a un necesitado verdadero. El corazón de Dios se caracteriza por dar, solamente Él es capaz de hacer salir el sol sobre buenos y malos, solamente Él es capaz de bendecir sin importar la condición moral del individuo. El corazón de Dios mira la necesidad antes que el decálogo. Por eso mismo, Dios espera de sus hijos un carácter y una conducta similar. Gente capaz de dar sin crítica ni avalúo de resultados; Gente capaz de ayudar sin medir si es digno o no de ser ayudado. Cuando alguien no da al que le pide argumentando no querer hacerle un mal, evitándole la holgazanería o el fraude, debe hacer un análisis de su propia conciencia, si quizá esté escudando su avaricia detrás de sus palabras, si quizá esté escondiendo la dureza de su corazón con una careta de sabiduría. La ley de Moisés ya contemplaba la dádiva y el préstamo con un alto sentido espiritual, con liberalidad, ya bosquejaba las nuevas leyes del reino. Cuando uno de tus hermanos esté necesitado en alguna de tus ciudades en la tierra que Yahwéh tu Dios te da, no endurecerás tu corazón ni le cerrarás tu mano a tu hermano necesitado. Le abrirás tu mano con liberalidad, y sin falta le prestarás lo que necesite. Guardate de que no haya en tu corazón pensamiento perverso, para decir: Está cerca el año séptimo, el año de la remisión (porque ese año se perdonaba toda deuda), y mires malévolamente a tu hermano necesitado para no darle nada. Porque él clamará contra ti a Yahwéh y será hallado en ti pecado. Sin falta le darás y no tenga dolor tu corazón por hacerlo, porque por ello te bendecirá Yahwéh tu Dios en todas tus obras y en todo lo que emprenda tu mano. Porque no faltarán necesitados en medio de la tierra; por eso, yo te mando diciendo: Abrirás tu mano ampliamente a tu hermano, al que es pobre y al que es necesitado en tu tierra (Dt. 15:7-11). La Biblia dice que el que da al pobre presta a Yahwéh y Él le dará su recompensa (Pr. 19:17). Y aunque debemos dar sin esperar la recompensa, sabe que Dios te rebasará en toda bondad. Por otro lado, es fácil aparentar una vida religiosa sin ser caritativo; esta es una contradicción, la verdadera religión, la vida dentro del reino de los cielos, es una vida compasiva. Santiago escribió en su epístola universal: La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo (Stg. 1:27). Si un hermano o una hermana están desnudos y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no le dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? (Stg.2:15-16). Y también a este mismo punto se refirió el apóstol Juan: En esto hemos conocido el amor: En que Él puso su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve que su hermano padece necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo morará el amor de Dios en él? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y de verdad (1 Juan 3:16-18). El Rey Jesús lo dijo de una manera tan simple que irradia enorme grandeza: Al que te pida dale, y al que quiera tomar de ti prestado no se lo rehúses. Para el apóstol Pablo, la generosidad fue siempre un tema necesario en sus epístolas: Y digo esto. El que siembra escasamente cosechará escasamente, y el que siembra con generosidad también con generosidad cosechará. Cada uno dé como propuso en su corazón, no con tristeza ni por obligación; porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo necesario, abundéis para toda buena obra; como está escrito: Esparció; dio a los pobres. Su justicia permanece para siempre. El que da semilla al que siembra y pan para comer, proveerá y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia. Esto, para que seáis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce acciones de gracias a Dios por medio de nosotros. Porque el ministrar este servicio sagrado no solamente suple lo que falta a los santos, sino que redunda en abundantes acciones de gracias a Dios. Al experimentar esta ayuda, ellos glorificarán a Dios por la obediencia que profesáis al evangelio de Cristo, y por vuestra liberalidad en la contribución para con ellos y con todos. Además, por su oración a vuestro favor, demuestran que os quieren a causa de la sobreabundante gracia de Dios en vosotros. ¡Gracias a Dios por su don inefable! (2 Cor. 9:6-15).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:43
5.43-47 Conociendo el Señor los pensamientos de los hombres, que quizá estos pensaran que hacer el bien era lo correcto siempre y cuando se tratara de alguien que sí lo merecía, llevó la disertación de su enseñanza en un desarrollo de piedad. Primero habló de no enojarse contra el hermano (Mat. 5:21-26). Luego habló de nos ser infiel, lo que involucra a la esposa (Mat. 5:27-30). Después, respecto a la unión conyugal indisoluble, también esto tiene un entorno familiar (Mat. 5:31-32). Enseguida involucró al prójimo al prohibir los juramentos (Mat. 5:33-37). Hasta allí cualquier judío normal estaría maravillado, pero medianamente de acuerdo, tales enseñanzas eran “pasables”, por decirlo así. Pero a partir de ese punto, las leyes del reino se salen de toda lógica humana y pasan a la vida espiritual: ¡No vengarse ni guardar rencor ante las ofensas! ¡Resistir aún los golpes sin defensa! ¡Evitar los pleitos perdiendo hasta la ropa! ¡Ayudar y servir a quienes lo esclavizan a uno! ¡Darle al que pide sin rehusarse! (Mt.5:38-42). Si no fuera la Palabra de Dios diríamos que es demasiado. Pero el colmo de todo son los versículos 43 al 48 ¡amad a vuestros enemigos! ¡El reino de los cielos es una locura! El Rey Jesús hace referencia a la dispensación anterior, a la ley, con la frase “oísteis que fue dicho.” Alude a Lev. 19:18; en donde el mandamiento es no guardar rencor a los hijos de Israel, sino amar al prójimo como a uno mismo. Este mandato fue interpretado por los escribas y fariseos como amor sólo para Israel, y siendo que prójimo viene de “próximo,” algunos religiosos pensaron que su prójimo era sólo otros religiosos cercanos. De hecho, en la dispensación de la ley era síntoma de piedad el aborrecer al malo (Dt. 23:6; Sal. 41:10; Sal. 139:21-22). No es que no hubieran comprendido la ley (aunque no la comprendieron), eran otras las necesidades y el trato de Dios con su pueblo. Además de la ley, estaba también la dureza farisea que añadía a los mandatos divinos sus propias ideas y mandamientos para justificar una elite, una clase elevada diferente, de la cual ellos eran partícipes. En realidad, la ley de Moisés sí contemplaba el amor a los enemigos (Ex. 23:4-5), aunque esto no quisieron verlo los escribas y fariseos por no convenir a sus susodichos intereses. Con su característica autoridad, el Señor inicia su argumento, o mejor dicho, la nueva ley del reino: Pero yo os digo. Estas palabras eran de una osadía sin paralelo en tiempos de Jesús; absolutamente nadie era capaz de hablar nada contrario a la ley, salvo pena de muerte. Y no es que Jesús contradijese la ley, en realidad la estaba sobrepasando, fue mucho más allá de lo que los religiosos enseñaban, ¡y no se diga de lo que vivían! Pero recordemos que Jesús es el Rey del reino de los cielos, sólo Él tiene la autoridad de añadir a la ley así como de interpretarla adecuadamente, pues también es el Sumo Sacerdote eterno. Definió el amor del reino como un amor incondicional: Amad a vuestros enemigos (vr.44). Es un amor que no está condicionado al actuar de la otra persona, sino que nace, se desarrolla y se da por parte del que ama exclusivamente. Es Jesucristo perdonando desde la cruz (Luc. 23:34). Es Esteban suplicando a Dios o tomase en cuenta el pecado judío de lapidación (Hch. 7:60). Es el amor de Dios hacia nosotros, cuando siendo aún pecadores y sus enemigos, Cristo murió por nosotros (Rom. 5:7-10). El amor del reino es un amor probado: bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen. Lo más difícil del amor es el amor a quienes no se dejan amar; allí está la prueba del amor verdadero. Es fácil amar a quienes nos aman, pero el amor en el reino de los cielos es mucho más que reciprocidad, es entrega, y entrega a quien no quiere recibir. ¡No me pidan que defina esta locura con palabras cuerdas! Es el amor de Dios. Este amor de Dios es probado, pues entregó a su Hijo a quienes no quisieron recibirlo. Los hijos del reino son capaces también de amar así, no por sí mismos, sino por el Espíritu de adopción que han recibido y que los capacita para ello, pues Dios ha derramado su amor en nuestros corazones (Rom. 5:5). Baltazar Estazo, un español del siglo XVII escribió una poesía acerca del amor de Dios, de su resultado en el hombre y de la consecuencia de su falta; esta poesía que citaré a continuación, bien puede ilustrarnos de la producción del amor probado en aquél a quien fue dirigido, así como la consecuencia en aquel que lo rechaza; “con vuestro amor, es sabio el ignorante; sin vuestro amor, es necio el más prudente; con vuestro amor, se absuelve el delincuente; sin vuestro amor, varía el más constante. Con vuestro amor, el rudo es elegante; sin vuestro amor, culpable el inocente; con vuestro amor, festivo el displicente; sin vuestro amor, lo humilde es arrogante. Con vuestro amor, es justo el más inicuo. Sin vuestro amor, es torpe el más puro; con vuestro amor, es rico el que es más pobre; sin vuestro amor, es pobre el que es más rico.” El amor del reino es un amor profundo: Orad por los que os ultrajan y os persiguen (vr.44). El Señor fue a la profundidad espiritual del amor o a las alturas celestiales del mismo, no sé cómo definirlo; primero habló de amar al antagonista, luego al que rechaza el amor y ahora acerca del que busca nuestro mal; cada vez más incisivo, cada vez más profundo, cada vez más difícil amar. Dios conoce verdaderamente nuestro interior, a Él no podemos esconder nuestros sentimientos, cualquiera puede aparentar que ama, pero orar por los perseguidores es abrir el corazón ante el que todo lo ve; de modo que Cristo lleva el amor a su máxima prueba de virtud y realidad. Además de demostrar amor al prójimo, demostrar dicho amor ante Dios al prójimo. Amar al perseguidor va más allá de los sentimientos, pues es claro que los sentimientos naturales hacía quien mal nos hace nos serán del todo buenos, sin embargo, en el reino de los cielos, el amor es un mandamiento, espiritual, es que la voluntad obligue al alma con sus sentimientos a amar. Si es un mandamiento, entonces puede obedecerse, si puede obedecerse, entonces implica voluntad; si implica voluntad, entonces gobierna las pasiones humanas. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal (Rom. 12:21). Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos (1 Cor. 4:12-13). La palabra usada en estos versículos para referirse al amor es “Agape” (griego). Un término prácticamente desconocido en la literatura helénica contemporánea al Maestro. Los griegos usaban para referirse al amor palabras como storge, que describe el amor de los padres hacia sus hijos y de los hijos hacia sus padres. Es el afecto familiar. También, eros, que se refiere al amor entre un hombre y una mujer, conlleva pasión y sexualidad. Además de estas, phileo, referente a un amor cálido y tierno, al afecto verdadero entre los amigos auténticos e íntimos. Pero la palabra que agregan los escritores del Nuevo Testamento a la literatura universal es “Agape”. Es mucho más que “storge” porque no requiere parentesco familiar de por medio. Es mucho más que Eros porque no se basa en la atracción ni en el estímulo de los sentidos corporales. Y es mucho más que filia, porque es dado a los enemigos y no solamente a los amigos. Agape es el amor de Dios, por eso no era conocido su significado antes de que Cristo lo enseñase en el sermón del monte. Agape se usa al describir el amor de Dios Padre hacia su Hijo: Y les he dado a conocer tu Nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos (Juan 17:26). Agape ilustra el amor de Dios hacia la humanidad: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16). Agape habla especialmente del amor de Dios hacia quienes creemos en Cristo: El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él (Juan 14:21). Pero Agape expresa también la voluntad de Dios respecto del trato que su hijos deben dar a los demás: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros (Jn.13:34). Con todo, la mejor definición del amor Agape la dio el apóstol Pablo en su carta a los Corintios: El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser (1 Cor. 13:4-8). ¿Cuál es la motivación del amor en el reino de los cielos? Si, como ya vimos, no es el parentesco familiar, ni la atracción, ni el estímulo de los sentidos, ni el enamoramiento, ni la amistad, ¿cuál es su razón de ser? La razón del amor en el reino de los cielos es la nueva identidad recibida (que conlleva una nueva naturaleza): Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos (vr.45). Nuestros padres terrenales nos enseñaron el amor humano que se da esperando recibir, en el mejor de los casos; y que se da cuando se ha recibido, en el peor de los casos. Nuestros padres terrenales nos proporcionaron genéticamente un patrón de conducta por medio del cual experimentamos cierta clase de amor, el amor humano anteriormente descrito. Mas cuando venimos a Cristo, recibimos una nueva naturaleza, específicamente somos participantes de la naturaleza misma de Dios (2 P. 1:4). Esta es la razón del amor de los súbditos del reino de los cielos, amamos porque tenemos la naturaleza de Dios. Para que seáis hijos, a la luz del Nuevo Testamento, bien puede traducirse porque sois hijos o estáis siendo hijos. Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Ahora bien, la naturaleza amorosa de Dios le hace ser benigno para con todos, incluso para con los más malos (si cabe el término). Su amor no tiene interés ni parcialidad, Él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos. Del mismo modo, se espera que sus hijos tengamos la misma actitud y obra para con todos. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados (Ef. 5:1). Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas (1 P. 2:21).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:44
5.43-47 Conociendo el Señor los pensamientos de los hombres, que quizá estos pensaran que hacer el bien era lo correcto siempre y cuando se tratara de alguien que sí lo merecía, llevó la disertación de su enseñanza en un desarrollo de piedad. Primero habló de no enojarse contra el hermano (Mat. 5:21-26). Luego habló de nos ser infiel, lo que involucra a la esposa (Mat. 5:27-30). Después, respecto a la unión conyugal indisoluble, también esto tiene un entorno familiar (Mat. 5:31-32). Enseguida involucró al prójimo al prohibir los juramentos (Mat. 5:33-37). Hasta allí cualquier judío normal estaría maravillado, pero medianamente de acuerdo, tales enseñanzas eran “pasables”, por decirlo así. Pero a partir de ese punto, las leyes del reino se salen de toda lógica humana y pasan a la vida espiritual: ¡No vengarse ni guardar rencor ante las ofensas! ¡Resistir aún los golpes sin defensa! ¡Evitar los pleitos perdiendo hasta la ropa! ¡Ayudar y servir a quienes lo esclavizan a uno! ¡Darle al que pide sin rehusarse! (Mt.5:38-42). Si no fuera la Palabra de Dios diríamos que es demasiado. Pero el colmo de todo son los versículos 43 al 48 ¡amad a vuestros enemigos! ¡El reino de los cielos es una locura! El Rey Jesús hace referencia a la dispensación anterior, a la ley, con la frase “oísteis que fue dicho.” Alude a Lev. 19:18; en donde el mandamiento es no guardar rencor a los hijos de Israel, sino amar al prójimo como a uno mismo. Este mandato fue interpretado por los escribas y fariseos como amor sólo para Israel, y siendo que prójimo viene de “próximo,” algunos religiosos pensaron que su prójimo era sólo otros religiosos cercanos. De hecho, en la dispensación de la ley era síntoma de piedad el aborrecer al malo (Dt. 23:6; Sal. 41:10; Sal. 139:21-22). No es que no hubieran comprendido la ley (aunque no la comprendieron), eran otras las necesidades y el trato de Dios con su pueblo. Además de la ley, estaba también la dureza farisea que añadía a los mandatos divinos sus propias ideas y mandamientos para justificar una elite, una clase elevada diferente, de la cual ellos eran partícipes. En realidad, la ley de Moisés sí contemplaba el amor a los enemigos (Ex. 23:4-5), aunque esto no quisieron verlo los escribas y fariseos por no convenir a sus susodichos intereses. Con su característica autoridad, el Señor inicia su argumento, o mejor dicho, la nueva ley del reino: Pero yo os digo. Estas palabras eran de una osadía sin paralelo en tiempos de Jesús; absolutamente nadie era capaz de hablar nada contrario a la ley, salvo pena de muerte. Y no es que Jesús contradijese la ley, en realidad la estaba sobrepasando, fue mucho más allá de lo que los religiosos enseñaban, ¡y no se diga de lo que vivían! Pero recordemos que Jesús es el Rey del reino de los cielos, sólo Él tiene la autoridad de añadir a la ley así como de interpretarla adecuadamente, pues también es el Sumo Sacerdote eterno. Definió el amor del reino como un amor incondicional: Amad a vuestros enemigos (vr.44). Es un amor que no está condicionado al actuar de la otra persona, sino que nace, se desarrolla y se da por parte del que ama exclusivamente. Es Jesucristo perdonando desde la cruz (Luc. 23:34). Es Esteban suplicando a Dios o tomase en cuenta el pecado judío de lapidación (Hch. 7:60). Es el amor de Dios hacia nosotros, cuando siendo aún pecadores y sus enemigos, Cristo murió por nosotros (Rom. 5:7-10). El amor del reino es un amor probado: bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen. Lo más difícil del amor es el amor a quienes no se dejan amar; allí está la prueba del amor verdadero. Es fácil amar a quienes nos aman, pero el amor en el reino de los cielos es mucho más que reciprocidad, es entrega, y entrega a quien no quiere recibir. ¡No me pidan que defina esta locura con palabras cuerdas! Es el amor de Dios. Este amor de Dios es probado, pues entregó a su Hijo a quienes no quisieron recibirlo. Los hijos del reino son capaces también de amar así, no por sí mismos, sino por el Espíritu de adopción que han recibido y que los capacita para ello, pues Dios ha derramado su amor en nuestros corazones (Rom. 5:5). Baltazar Estazo, un español del siglo XVII escribió una poesía acerca del amor de Dios, de su resultado en el hombre y de la consecuencia de su falta; esta poesía que citaré a continuación, bien puede ilustrarnos de la producción del amor probado en aquél a quien fue dirigido, así como la consecuencia en aquel que lo rechaza; “con vuestro amor, es sabio el ignorante; sin vuestro amor, es necio el más prudente; con vuestro amor, se absuelve el delincuente; sin vuestro amor, varía el más constante. Con vuestro amor, el rudo es elegante; sin vuestro amor, culpable el inocente; con vuestro amor, festivo el displicente; sin vuestro amor, lo humilde es arrogante. Con vuestro amor, es justo el más inicuo. Sin vuestro amor, es torpe el más puro; con vuestro amor, es rico el que es más pobre; sin vuestro amor, es pobre el que es más rico.” El amor del reino es un amor profundo: Orad por los que os ultrajan y os persiguen (vr.44). El Señor fue a la profundidad espiritual del amor o a las alturas celestiales del mismo, no sé cómo definirlo; primero habló de amar al antagonista, luego al que rechaza el amor y ahora acerca del que busca nuestro mal; cada vez más incisivo, cada vez más profundo, cada vez más difícil amar. Dios conoce verdaderamente nuestro interior, a Él no podemos esconder nuestros sentimientos, cualquiera puede aparentar que ama, pero orar por los perseguidores es abrir el corazón ante el que todo lo ve; de modo que Cristo lleva el amor a su máxima prueba de virtud y realidad. Además de demostrar amor al prójimo, demostrar dicho amor ante Dios al prójimo. Amar al perseguidor va más allá de los sentimientos, pues es claro que los sentimientos naturales hacía quien mal nos hace nos serán del todo buenos, sin embargo, en el reino de los cielos, el amor es un mandamiento, espiritual, es que la voluntad obligue al alma con sus sentimientos a amar. Si es un mandamiento, entonces puede obedecerse, si puede obedecerse, entonces implica voluntad; si implica voluntad, entonces gobierna las pasiones humanas. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal (Rom. 12:21). Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos (1 Cor. 4:12-13). La palabra usada en estos versículos para referirse al amor es “Agape” (griego). Un término prácticamente desconocido en la literatura helénica contemporánea al Maestro. Los griegos usaban para referirse al amor palabras como storge, que describe el amor de los padres hacia sus hijos y de los hijos hacia sus padres. Es el afecto familiar. También, eros, que se refiere al amor entre un hombre y una mujer, conlleva pasión y sexualidad. Además de estas, phileo, referente a un amor cálido y tierno, al afecto verdadero entre los amigos auténticos e íntimos. Pero la palabra que agregan los escritores del Nuevo Testamento a la literatura universal es “Agape”. Es mucho más que “storge” porque no requiere parentesco familiar de por medio. Es mucho más que Eros porque no se basa en la atracción ni en el estímulo de los sentidos corporales. Y es mucho más que filia, porque es dado a los enemigos y no solamente a los amigos. Agape es el amor de Dios, por eso no era conocido su significado antes de que Cristo lo enseñase en el sermón del monte. Agape se usa al describir el amor de Dios Padre hacia su Hijo: Y les he dado a conocer tu Nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos (Juan 17:26). Agape ilustra el amor de Dios hacia la humanidad: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16). Agape habla especialmente del amor de Dios hacia quienes creemos en Cristo: El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él (Juan 14:21). Pero Agape expresa también la voluntad de Dios respecto del trato que su hijos deben dar a los demás: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros (Jn.13:34). Con todo, la mejor definición del amor Agape la dio el apóstol Pablo en su carta a los Corintios: El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser (1 Cor. 13:4-8). ¿Cuál es la motivación del amor en el reino de los cielos? Si, como ya vimos, no es el parentesco familiar, ni la atracción, ni el estímulo de los sentidos, ni el enamoramiento, ni la amistad, ¿cuál es su razón de ser? La razón del amor en el reino de los cielos es la nueva identidad recibida (que conlleva una nueva naturaleza): Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos (vr.45). Nuestros padres terrenales nos enseñaron el amor humano que se da esperando recibir, en el mejor de los casos; y que se da cuando se ha recibido, en el peor de los casos. Nuestros padres terrenales nos proporcionaron genéticamente un patrón de conducta por medio del cual experimentamos cierta clase de amor, el amor humano anteriormente descrito. Mas cuando venimos a Cristo, recibimos una nueva naturaleza, específicamente somos participantes de la naturaleza misma de Dios (2 P. 1:4). Esta es la razón del amor de los súbditos del reino de los cielos, amamos porque tenemos la naturaleza de Dios. Para que seáis hijos, a la luz del Nuevo Testamento, bien puede traducirse porque sois hijos o estáis siendo hijos. Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Ahora bien, la naturaleza amorosa de Dios le hace ser benigno para con todos, incluso para con los más malos (si cabe el término). Su amor no tiene interés ni parcialidad, Él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos. Del mismo modo, se espera que sus hijos tengamos la misma actitud y obra para con todos. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados (Ef. 5:1). Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas (1 P. 2:21).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:45
5.43-47 Conociendo el Señor los pensamientos de los hombres, que quizá estos pensaran que hacer el bien era lo correcto siempre y cuando se tratara de alguien que sí lo merecía, llevó la disertación de su enseñanza en un desarrollo de piedad. Primero habló de no enojarse contra el hermano (Mat. 5:21-26). Luego habló de nos ser infiel, lo que involucra a la esposa (Mat. 5:27-30). Después, respecto a la unión conyugal indisoluble, también esto tiene un entorno familiar (Mat. 5:31-32). Enseguida involucró al prójimo al prohibir los juramentos (Mat. 5:33-37). Hasta allí cualquier judío normal estaría maravillado, pero medianamente de acuerdo, tales enseñanzas eran “pasables”, por decirlo así. Pero a partir de ese punto, las leyes del reino se salen de toda lógica humana y pasan a la vida espiritual: ¡No vengarse ni guardar rencor ante las ofensas! ¡Resistir aún los golpes sin defensa! ¡Evitar los pleitos perdiendo hasta la ropa! ¡Ayudar y servir a quienes lo esclavizan a uno! ¡Darle al que pide sin rehusarse! (Mt.5:38-42). Si no fuera la Palabra de Dios diríamos que es demasiado. Pero el colmo de todo son los versículos 43 al 48 ¡amad a vuestros enemigos! ¡El reino de los cielos es una locura! El Rey Jesús hace referencia a la dispensación anterior, a la ley, con la frase “oísteis que fue dicho.” Alude a Lev. 19:18; en donde el mandamiento es no guardar rencor a los hijos de Israel, sino amar al prójimo como a uno mismo. Este mandato fue interpretado por los escribas y fariseos como amor sólo para Israel, y siendo que prójimo viene de “próximo,” algunos religiosos pensaron que su prójimo era sólo otros religiosos cercanos. De hecho, en la dispensación de la ley era síntoma de piedad el aborrecer al malo (Dt. 23:6; Sal. 41:10; Sal. 139:21-22). No es que no hubieran comprendido la ley (aunque no la comprendieron), eran otras las necesidades y el trato de Dios con su pueblo. Además de la ley, estaba también la dureza farisea que añadía a los mandatos divinos sus propias ideas y mandamientos para justificar una elite, una clase elevada diferente, de la cual ellos eran partícipes. En realidad, la ley de Moisés sí contemplaba el amor a los enemigos (Ex. 23:4-5), aunque esto no quisieron verlo los escribas y fariseos por no convenir a sus susodichos intereses. Con su característica autoridad, el Señor inicia su argumento, o mejor dicho, la nueva ley del reino: Pero yo os digo. Estas palabras eran de una osadía sin paralelo en tiempos de Jesús; absolutamente nadie era capaz de hablar nada contrario a la ley, salvo pena de muerte. Y no es que Jesús contradijese la ley, en realidad la estaba sobrepasando, fue mucho más allá de lo que los religiosos enseñaban, ¡y no se diga de lo que vivían! Pero recordemos que Jesús es el Rey del reino de los cielos, sólo Él tiene la autoridad de añadir a la ley así como de interpretarla adecuadamente, pues también es el Sumo Sacerdote eterno. Definió el amor del reino como un amor incondicional: Amad a vuestros enemigos (vr.44). Es un amor que no está condicionado al actuar de la otra persona, sino que nace, se desarrolla y se da por parte del que ama exclusivamente. Es Jesucristo perdonando desde la cruz (Luc. 23:34). Es Esteban suplicando a Dios o tomase en cuenta el pecado judío de lapidación (Hch. 7:60). Es el amor de Dios hacia nosotros, cuando siendo aún pecadores y sus enemigos, Cristo murió por nosotros (Rom. 5:7-10). El amor del reino es un amor probado: bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen. Lo más difícil del amor es el amor a quienes no se dejan amar; allí está la prueba del amor verdadero. Es fácil amar a quienes nos aman, pero el amor en el reino de los cielos es mucho más que reciprocidad, es entrega, y entrega a quien no quiere recibir. ¡No me pidan que defina esta locura con palabras cuerdas! Es el amor de Dios. Este amor de Dios es probado, pues entregó a su Hijo a quienes no quisieron recibirlo. Los hijos del reino son capaces también de amar así, no por sí mismos, sino por el Espíritu de adopción que han recibido y que los capacita para ello, pues Dios ha derramado su amor en nuestros corazones (Rom. 5:5). Baltazar Estazo, un español del siglo XVII escribió una poesía acerca del amor de Dios, de su resultado en el hombre y de la consecuencia de su falta; esta poesía que citaré a continuación, bien puede ilustrarnos de la producción del amor probado en aquél a quien fue dirigido, así como la consecuencia en aquel que lo rechaza; “con vuestro amor, es sabio el ignorante; sin vuestro amor, es necio el más prudente; con vuestro amor, se absuelve el delincuente; sin vuestro amor, varía el más constante. Con vuestro amor, el rudo es elegante; sin vuestro amor, culpable el inocente; con vuestro amor, festivo el displicente; sin vuestro amor, lo humilde es arrogante. Con vuestro amor, es justo el más inicuo. Sin vuestro amor, es torpe el más puro; con vuestro amor, es rico el que es más pobre; sin vuestro amor, es pobre el que es más rico.” El amor del reino es un amor profundo: Orad por los que os ultrajan y os persiguen (vr.44). El Señor fue a la profundidad espiritual del amor o a las alturas celestiales del mismo, no sé cómo definirlo; primero habló de amar al antagonista, luego al que rechaza el amor y ahora acerca del que busca nuestro mal; cada vez más incisivo, cada vez más profundo, cada vez más difícil amar. Dios conoce verdaderamente nuestro interior, a Él no podemos esconder nuestros sentimientos, cualquiera puede aparentar que ama, pero orar por los perseguidores es abrir el corazón ante el que todo lo ve; de modo que Cristo lleva el amor a su máxima prueba de virtud y realidad. Además de demostrar amor al prójimo, demostrar dicho amor ante Dios al prójimo. Amar al perseguidor va más allá de los sentimientos, pues es claro que los sentimientos naturales hacía quien mal nos hace nos serán del todo buenos, sin embargo, en el reino de los cielos, el amor es un mandamiento, espiritual, es que la voluntad obligue al alma con sus sentimientos a amar. Si es un mandamiento, entonces puede obedecerse, si puede obedecerse, entonces implica voluntad; si implica voluntad, entonces gobierna las pasiones humanas. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal (Rom. 12:21). Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos (1 Cor. 4:12-13). La palabra usada en estos versículos para referirse al amor es “Agape” (griego). Un término prácticamente desconocido en la literatura helénica contemporánea al Maestro. Los griegos usaban para referirse al amor palabras como storge, que describe el amor de los padres hacia sus hijos y de los hijos hacia sus padres. Es el afecto familiar. También, eros, que se refiere al amor entre un hombre y una mujer, conlleva pasión y sexualidad. Además de estas, phileo, referente a un amor cálido y tierno, al afecto verdadero entre los amigos auténticos e íntimos. Pero la palabra que agregan los escritores del Nuevo Testamento a la literatura universal es “Agape”. Es mucho más que “storge” porque no requiere parentesco familiar de por medio. Es mucho más que Eros porque no se basa en la atracción ni en el estímulo de los sentidos corporales. Y es mucho más que filia, porque es dado a los enemigos y no solamente a los amigos. Agape es el amor de Dios, por eso no era conocido su significado antes de que Cristo lo enseñase en el sermón del monte. Agape se usa al describir el amor de Dios Padre hacia su Hijo: Y les he dado a conocer tu Nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos (Juan 17:26). Agape ilustra el amor de Dios hacia la humanidad: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16). Agape habla especialmente del amor de Dios hacia quienes creemos en Cristo: El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él (Juan 14:21). Pero Agape expresa también la voluntad de Dios respecto del trato que su hijos deben dar a los demás: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros (Jn.13:34). Con todo, la mejor definición del amor Agape la dio el apóstol Pablo en su carta a los Corintios: El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser (1 Cor. 13:4-8). ¿Cuál es la motivación del amor en el reino de los cielos? Si, como ya vimos, no es el parentesco familiar, ni la atracción, ni el estímulo de los sentidos, ni el enamoramiento, ni la amistad, ¿cuál es su razón de ser? La razón del amor en el reino de los cielos es la nueva identidad recibida (que conlleva una nueva naturaleza): Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos (vr.45). Nuestros padres terrenales nos enseñaron el amor humano que se da esperando recibir, en el mejor de los casos; y que se da cuando se ha recibido, en el peor de los casos. Nuestros padres terrenales nos proporcionaron genéticamente un patrón de conducta por medio del cual experimentamos cierta clase de amor, el amor humano anteriormente descrito. Mas cuando venimos a Cristo, recibimos una nueva naturaleza, específicamente somos participantes de la naturaleza misma de Dios (2 P. 1:4). Esta es la razón del amor de los súbditos del reino de los cielos, amamos porque tenemos la naturaleza de Dios. Para que seáis hijos, a la luz del Nuevo Testamento, bien puede traducirse porque sois hijos o estáis siendo hijos. Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Ahora bien, la naturaleza amorosa de Dios le hace ser benigno para con todos, incluso para con los más malos (si cabe el término). Su amor no tiene interés ni parcialidad, Él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos. Del mismo modo, se espera que sus hijos tengamos la misma actitud y obra para con todos. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados (Ef. 5:1). Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas (1 P. 2:21).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:46
5.43-47 Conociendo el Señor los pensamientos de los hombres, que quizá estos pensaran que hacer el bien era lo correcto siempre y cuando se tratara de alguien que sí lo merecía, llevó la disertación de su enseñanza en un desarrollo de piedad. Primero habló de no enojarse contra el hermano (Mat. 5:21-26). Luego habló de nos ser infiel, lo que involucra a la esposa (Mat. 5:27-30). Después, respecto a la unión conyugal indisoluble, también esto tiene un entorno familiar (Mat. 5:31-32). Enseguida involucró al prójimo al prohibir los juramentos (Mat. 5:33-37). Hasta allí cualquier judío normal estaría maravillado, pero medianamente de acuerdo, tales enseñanzas eran “pasables”, por decirlo así. Pero a partir de ese punto, las leyes del reino se salen de toda lógica humana y pasan a la vida espiritual: ¡No vengarse ni guardar rencor ante las ofensas! ¡Resistir aún los golpes sin defensa! ¡Evitar los pleitos perdiendo hasta la ropa! ¡Ayudar y servir a quienes lo esclavizan a uno! ¡Darle al que pide sin rehusarse! (Mt.5:38-42). Si no fuera la Palabra de Dios diríamos que es demasiado. Pero el colmo de todo son los versículos 43 al 48 ¡amad a vuestros enemigos! ¡El reino de los cielos es una locura! El Rey Jesús hace referencia a la dispensación anterior, a la ley, con la frase “oísteis que fue dicho.” Alude a Lev. 19:18; en donde el mandamiento es no guardar rencor a los hijos de Israel, sino amar al prójimo como a uno mismo. Este mandato fue interpretado por los escribas y fariseos como amor sólo para Israel, y siendo que prójimo viene de “próximo,” algunos religiosos pensaron que su prójimo era sólo otros religiosos cercanos. De hecho, en la dispensación de la ley era síntoma de piedad el aborrecer al malo (Dt. 23:6; Sal. 41:10; Sal. 139:21-22). No es que no hubieran comprendido la ley (aunque no la comprendieron), eran otras las necesidades y el trato de Dios con su pueblo. Además de la ley, estaba también la dureza farisea que añadía a los mandatos divinos sus propias ideas y mandamientos para justificar una elite, una clase elevada diferente, de la cual ellos eran partícipes. En realidad, la ley de Moisés sí contemplaba el amor a los enemigos (Ex. 23:4-5), aunque esto no quisieron verlo los escribas y fariseos por no convenir a sus susodichos intereses. Con su característica autoridad, el Señor inicia su argumento, o mejor dicho, la nueva ley del reino: Pero yo os digo. Estas palabras eran de una osadía sin paralelo en tiempos de Jesús; absolutamente nadie era capaz de hablar nada contrario a la ley, salvo pena de muerte. Y no es que Jesús contradijese la ley, en realidad la estaba sobrepasando, fue mucho más allá de lo que los religiosos enseñaban, ¡y no se diga de lo que vivían! Pero recordemos que Jesús es el Rey del reino de los cielos, sólo Él tiene la autoridad de añadir a la ley así como de interpretarla adecuadamente, pues también es el Sumo Sacerdote eterno. Definió el amor del reino como un amor incondicional: Amad a vuestros enemigos (vr.44). Es un amor que no está condicionado al actuar de la otra persona, sino que nace, se desarrolla y se da por parte del que ama exclusivamente. Es Jesucristo perdonando desde la cruz (Luc. 23:34). Es Esteban suplicando a Dios o tomase en cuenta el pecado judío de lapidación (Hch. 7:60). Es el amor de Dios hacia nosotros, cuando siendo aún pecadores y sus enemigos, Cristo murió por nosotros (Rom. 5:7-10). El amor del reino es un amor probado: bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen. Lo más difícil del amor es el amor a quienes no se dejan amar; allí está la prueba del amor verdadero. Es fácil amar a quienes nos aman, pero el amor en el reino de los cielos es mucho más que reciprocidad, es entrega, y entrega a quien no quiere recibir. ¡No me pidan que defina esta locura con palabras cuerdas! Es el amor de Dios. Este amor de Dios es probado, pues entregó a su Hijo a quienes no quisieron recibirlo. Los hijos del reino son capaces también de amar así, no por sí mismos, sino por el Espíritu de adopción que han recibido y que los capacita para ello, pues Dios ha derramado su amor en nuestros corazones (Rom. 5:5). Baltazar Estazo, un español del siglo XVII escribió una poesía acerca del amor de Dios, de su resultado en el hombre y de la consecuencia de su falta; esta poesía que citaré a continuación, bien puede ilustrarnos de la producción del amor probado en aquél a quien fue dirigido, así como la consecuencia en aquel que lo rechaza; “con vuestro amor, es sabio el ignorante; sin vuestro amor, es necio el más prudente; con vuestro amor, se absuelve el delincuente; sin vuestro amor, varía el más constante. Con vuestro amor, el rudo es elegante; sin vuestro amor, culpable el inocente; con vuestro amor, festivo el displicente; sin vuestro amor, lo humilde es arrogante. Con vuestro amor, es justo el más inicuo. Sin vuestro amor, es torpe el más puro; con vuestro amor, es rico el que es más pobre; sin vuestro amor, es pobre el que es más rico.” El amor del reino es un amor profundo: Orad por los que os ultrajan y os persiguen (vr.44). El Señor fue a la profundidad espiritual del amor o a las alturas celestiales del mismo, no sé cómo definirlo; primero habló de amar al antagonista, luego al que rechaza el amor y ahora acerca del que busca nuestro mal; cada vez más incisivo, cada vez más profundo, cada vez más difícil amar. Dios conoce verdaderamente nuestro interior, a Él no podemos esconder nuestros sentimientos, cualquiera puede aparentar que ama, pero orar por los perseguidores es abrir el corazón ante el que todo lo ve; de modo que Cristo lleva el amor a su máxima prueba de virtud y realidad. Además de demostrar amor al prójimo, demostrar dicho amor ante Dios al prójimo. Amar al perseguidor va más allá de los sentimientos, pues es claro que los sentimientos naturales hacía quien mal nos hace nos serán del todo buenos, sin embargo, en el reino de los cielos, el amor es un mandamiento, espiritual, es que la voluntad obligue al alma con sus sentimientos a amar. Si es un mandamiento, entonces puede obedecerse, si puede obedecerse, entonces implica voluntad; si implica voluntad, entonces gobierna las pasiones humanas. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal (Rom. 12:21). Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos (1 Cor. 4:12-13). La palabra usada en estos versículos para referirse al amor es “Agape” (griego). Un término prácticamente desconocido en la literatura helénica contemporánea al Maestro. Los griegos usaban para referirse al amor palabras como storge, que describe el amor de los padres hacia sus hijos y de los hijos hacia sus padres. Es el afecto familiar. También, eros, que se refiere al amor entre un hombre y una mujer, conlleva pasión y sexualidad. Además de estas, phileo, referente a un amor cálido y tierno, al afecto verdadero entre los amigos auténticos e íntimos. Pero la palabra que agregan los escritores del Nuevo Testamento a la literatura universal es “Agape”. Es mucho más que “storge” porque no requiere parentesco familiar de por medio. Es mucho más que Eros porque no se basa en la atracción ni en el estímulo de los sentidos corporales. Y es mucho más que filia, porque es dado a los enemigos y no solamente a los amigos. Agape es el amor de Dios, por eso no era conocido su significado antes de que Cristo lo enseñase en el sermón del monte. Agape se usa al describir el amor de Dios Padre hacia su Hijo: Y les he dado a conocer tu Nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos (Juan 17:26). Agape ilustra el amor de Dios hacia la humanidad: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16). Agape habla especialmente del amor de Dios hacia quienes creemos en Cristo: El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él (Juan 14:21). Pero Agape expresa también la voluntad de Dios respecto del trato que su hijos deben dar a los demás: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros (Jn.13:34). Con todo, la mejor definición del amor Agape la dio el apóstol Pablo en su carta a los Corintios: El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser (1 Cor. 13:4-8). ¿Cuál es la motivación del amor en el reino de los cielos? Si, como ya vimos, no es el parentesco familiar, ni la atracción, ni el estímulo de los sentidos, ni el enamoramiento, ni la amistad, ¿cuál es su razón de ser? La razón del amor en el reino de los cielos es la nueva identidad recibida (que conlleva una nueva naturaleza): Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos (vr.45). Nuestros padres terrenales nos enseñaron el amor humano que se da esperando recibir, en el mejor de los casos; y que se da cuando se ha recibido, en el peor de los casos. Nuestros padres terrenales nos proporcionaron genéticamente un patrón de conducta por medio del cual experimentamos cierta clase de amor, el amor humano anteriormente descrito. Mas cuando venimos a Cristo, recibimos una nueva naturaleza, específicamente somos participantes de la naturaleza misma de Dios (2 P. 1:4). Esta es la razón del amor de los súbditos del reino de los cielos, amamos porque tenemos la naturaleza de Dios. Para que seáis hijos, a la luz del Nuevo Testamento, bien puede traducirse porque sois hijos o estáis siendo hijos. Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Ahora bien, la naturaleza amorosa de Dios le hace ser benigno para con todos, incluso para con los más malos (si cabe el término). Su amor no tiene interés ni parcialidad, Él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos. Del mismo modo, se espera que sus hijos tengamos la misma actitud y obra para con todos. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados (Ef. 5:1). Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas (1 P. 2:21).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:47
5.43-47 Conociendo el Señor los pensamientos de los hombres, que quizá estos pensaran que hacer el bien era lo correcto siempre y cuando se tratara de alguien que sí lo merecía, llevó la disertación de su enseñanza en un desarrollo de piedad. Primero habló de no enojarse contra el hermano (Mat. 5:21-26). Luego habló de nos ser infiel, lo que involucra a la esposa (Mat. 5:27-30). Después, respecto a la unión conyugal indisoluble, también esto tiene un entorno familiar (Mat. 5:31-32). Enseguida involucró al prójimo al prohibir los juramentos (Mat. 5:33-37). Hasta allí cualquier judío normal estaría maravillado, pero medianamente de acuerdo, tales enseñanzas eran “pasables”, por decirlo así. Pero a partir de ese punto, las leyes del reino se salen de toda lógica humana y pasan a la vida espiritual: ¡No vengarse ni guardar rencor ante las ofensas! ¡Resistir aún los golpes sin defensa! ¡Evitar los pleitos perdiendo hasta la ropa! ¡Ayudar y servir a quienes lo esclavizan a uno! ¡Darle al que pide sin rehusarse! (Mt.5:38-42). Si no fuera la Palabra de Dios diríamos que es demasiado. Pero el colmo de todo son los versículos 43 al 48 ¡amad a vuestros enemigos! ¡El reino de los cielos es una locura! El Rey Jesús hace referencia a la dispensación anterior, a la ley, con la frase “oísteis que fue dicho.” Alude a Lev. 19:18; en donde el mandamiento es no guardar rencor a los hijos de Israel, sino amar al prójimo como a uno mismo. Este mandato fue interpretado por los escribas y fariseos como amor sólo para Israel, y siendo que prójimo viene de “próximo,” algunos religiosos pensaron que su prójimo era sólo otros religiosos cercanos. De hecho, en la dispensación de la ley era síntoma de piedad el aborrecer al malo (Dt. 23:6; Sal. 41:10; Sal. 139:21-22). No es que no hubieran comprendido la ley (aunque no la comprendieron), eran otras las necesidades y el trato de Dios con su pueblo. Además de la ley, estaba también la dureza farisea que añadía a los mandatos divinos sus propias ideas y mandamientos para justificar una elite, una clase elevada diferente, de la cual ellos eran partícipes. En realidad, la ley de Moisés sí contemplaba el amor a los enemigos (Ex. 23:4-5), aunque esto no quisieron verlo los escribas y fariseos por no convenir a sus susodichos intereses. Con su característica autoridad, el Señor inicia su argumento, o mejor dicho, la nueva ley del reino: Pero yo os digo. Estas palabras eran de una osadía sin paralelo en tiempos de Jesús; absolutamente nadie era capaz de hablar nada contrario a la ley, salvo pena de muerte. Y no es que Jesús contradijese la ley, en realidad la estaba sobrepasando, fue mucho más allá de lo que los religiosos enseñaban, ¡y no se diga de lo que vivían! Pero recordemos que Jesús es el Rey del reino de los cielos, sólo Él tiene la autoridad de añadir a la ley así como de interpretarla adecuadamente, pues también es el Sumo Sacerdote eterno. Definió el amor del reino como un amor incondicional: Amad a vuestros enemigos (vr.44). Es un amor que no está condicionado al actuar de la otra persona, sino que nace, se desarrolla y se da por parte del que ama exclusivamente. Es Jesucristo perdonando desde la cruz (Luc. 23:34). Es Esteban suplicando a Dios o tomase en cuenta el pecado judío de lapidación (Hch. 7:60). Es el amor de Dios hacia nosotros, cuando siendo aún pecadores y sus enemigos, Cristo murió por nosotros (Rom. 5:7-10). El amor del reino es un amor probado: bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen. Lo más difícil del amor es el amor a quienes no se dejan amar; allí está la prueba del amor verdadero. Es fácil amar a quienes nos aman, pero el amor en el reino de los cielos es mucho más que reciprocidad, es entrega, y entrega a quien no quiere recibir. ¡No me pidan que defina esta locura con palabras cuerdas! Es el amor de Dios. Este amor de Dios es probado, pues entregó a su Hijo a quienes no quisieron recibirlo. Los hijos del reino son capaces también de amar así, no por sí mismos, sino por el Espíritu de adopción que han recibido y que los capacita para ello, pues Dios ha derramado su amor en nuestros corazones (Rom. 5:5). Baltazar Estazo, un español del siglo XVII escribió una poesía acerca del amor de Dios, de su resultado en el hombre y de la consecuencia de su falta; esta poesía que citaré a continuación, bien puede ilustrarnos de la producción del amor probado en aquél a quien fue dirigido, así como la consecuencia en aquel que lo rechaza; “con vuestro amor, es sabio el ignorante; sin vuestro amor, es necio el más prudente; con vuestro amor, se absuelve el delincuente; sin vuestro amor, varía el más constante. Con vuestro amor, el rudo es elegante; sin vuestro amor, culpable el inocente; con vuestro amor, festivo el displicente; sin vuestro amor, lo humilde es arrogante. Con vuestro amor, es justo el más inicuo. Sin vuestro amor, es torpe el más puro; con vuestro amor, es rico el que es más pobre; sin vuestro amor, es pobre el que es más rico.” El amor del reino es un amor profundo: Orad por los que os ultrajan y os persiguen (vr.44). El Señor fue a la profundidad espiritual del amor o a las alturas celestiales del mismo, no sé cómo definirlo; primero habló de amar al antagonista, luego al que rechaza el amor y ahora acerca del que busca nuestro mal; cada vez más incisivo, cada vez más profundo, cada vez más difícil amar. Dios conoce verdaderamente nuestro interior, a Él no podemos esconder nuestros sentimientos, cualquiera puede aparentar que ama, pero orar por los perseguidores es abrir el corazón ante el que todo lo ve; de modo que Cristo lleva el amor a su máxima prueba de virtud y realidad. Además de demostrar amor al prójimo, demostrar dicho amor ante Dios al prójimo. Amar al perseguidor va más allá de los sentimientos, pues es claro que los sentimientos naturales hacía quien mal nos hace nos serán del todo buenos, sin embargo, en el reino de los cielos, el amor es un mandamiento, espiritual, es que la voluntad obligue al alma con sus sentimientos a amar. Si es un mandamiento, entonces puede obedecerse, si puede obedecerse, entonces implica voluntad; si implica voluntad, entonces gobierna las pasiones humanas. No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal (Rom. 12:21). Nos fatigamos trabajando con nuestras propias manos; nos maldicen, y bendecimos; padecemos persecución, y la soportamos. Nos difaman, y rogamos; hemos venido a ser hasta ahora como la escoria del mundo, el desecho de todos (1 Cor. 4:12-13). La palabra usada en estos versículos para referirse al amor es “Agape” (griego). Un término prácticamente desconocido en la literatura helénica contemporánea al Maestro. Los griegos usaban para referirse al amor palabras como storge, que describe el amor de los padres hacia sus hijos y de los hijos hacia sus padres. Es el afecto familiar. También, eros, que se refiere al amor entre un hombre y una mujer, conlleva pasión y sexualidad. Además de estas, phileo, referente a un amor cálido y tierno, al afecto verdadero entre los amigos auténticos e íntimos. Pero la palabra que agregan los escritores del Nuevo Testamento a la literatura universal es “Agape”. Es mucho más que “storge” porque no requiere parentesco familiar de por medio. Es mucho más que Eros porque no se basa en la atracción ni en el estímulo de los sentidos corporales. Y es mucho más que filia, porque es dado a los enemigos y no solamente a los amigos. Agape es el amor de Dios, por eso no era conocido su significado antes de que Cristo lo enseñase en el sermón del monte. Agape se usa al describir el amor de Dios Padre hacia su Hijo: Y les he dado a conocer tu Nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos (Juan 17:26). Agape ilustra el amor de Dios hacia la humanidad: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16). Agape habla especialmente del amor de Dios hacia quienes creemos en Cristo: El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él (Juan 14:21). Pero Agape expresa también la voluntad de Dios respecto del trato que su hijos deben dar a los demás: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros (Jn.13:34). Con todo, la mejor definición del amor Agape la dio el apóstol Pablo en su carta a los Corintios: El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser (1 Cor. 13:4-8). ¿Cuál es la motivación del amor en el reino de los cielos? Si, como ya vimos, no es el parentesco familiar, ni la atracción, ni el estímulo de los sentidos, ni el enamoramiento, ni la amistad, ¿cuál es su razón de ser? La razón del amor en el reino de los cielos es la nueva identidad recibida (que conlleva una nueva naturaleza): Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos (vr.45). Nuestros padres terrenales nos enseñaron el amor humano que se da esperando recibir, en el mejor de los casos; y que se da cuando se ha recibido, en el peor de los casos. Nuestros padres terrenales nos proporcionaron genéticamente un patrón de conducta por medio del cual experimentamos cierta clase de amor, el amor humano anteriormente descrito. Mas cuando venimos a Cristo, recibimos una nueva naturaleza, específicamente somos participantes de la naturaleza misma de Dios (2 P. 1:4). Esta es la razón del amor de los súbditos del reino de los cielos, amamos porque tenemos la naturaleza de Dios. Para que seáis hijos, a la luz del Nuevo Testamento, bien puede traducirse porque sois hijos o estáis siendo hijos. Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero (1 Juan 4:19). Ahora bien, la naturaleza amorosa de Dios le hace ser benigno para con todos, incluso para con los más malos (si cabe el término). Su amor no tiene interés ni parcialidad, Él hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos. Del mismo modo, se espera que sus hijos tengamos la misma actitud y obra para con todos. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados (Ef. 5:1). Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas (1 P. 2:21).
— Roberto Tinoco
Mateo 5:48
5.48 Es una orden: Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (vr. 48) ¿Es esto posible? ¿Qué está diciendo el Rey? ¿Acaso nos compara con Dios? Ser perfectos como Dos es imposible, a no ser que sea otro el significado. La palabra griega traducida “perfectos” es “teleios.” Significa haber llegado a su fin, acabado, completo, perfecto; así como también, servir plenamente para aquello para lo cual fue hecho. Es teleios (perfecto) aquel que ha alcanzado la madurez, por ejemplo, cuando el niño crece y se desarrolla hasta llegar a ser adulto es teleios (perfecto); pero también, mientras es un bebé es perfecto si corresponde por completo a la edad que tiene. Nunca seremos perfectos en el sentido comparativo ante Dios, porque no fuimos hechos para ello; somos perfectos (teleios) cuando cumplimos la función para la cual Dios nos creó; en este caso, Dios nos creó para amar, aún a los enemigos, por lo que mientras amemos seremos teleios, perfectos. Andar en amor es andar en Dios, andar en Dios es andar en la perfección.
— Roberto Tinoco