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Mateo 9

Jesús sana a un paralítico

1Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y vino a su ciudad.🗨 2Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.🗨 3Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí: Este blasfema.🗨 4Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?🗨 5Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?🗨 6Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.🗨 7Entonces él se levantó y se fue a su casa.🗨 8Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó a Dios, que había dado tal potestad a los hombres.🗨

Jesús llama a Mateo

9Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió.🗨 10Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos.🗨 11Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Porqué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?🗨 12Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.🗨 13Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.🗨

Discusión acerca del ayuno

14Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan?🗨 15Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.🗨 16Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura.🗨 17Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.🗨

Jesús sana en respuesta a la fe

18Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá.🗨 19Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos.🗨 20Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto;🗨 21porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva.🗨 22Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora.🗨 23Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto,🗨 24les dijo: Apartaos, porque la niña no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él.🗨 25Pero cuando la gente había sido echada fuera, entró, y tomó de la mano a la niña, y ella se levantó.🗨 26Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra.🗨

Jesús sana a unos ciegos

27Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!🗨 28Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor.🗨 29Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho.🗨 30Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa.🗨 31Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda aquella tierra.🗨 32Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado.🗨 33Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel.🗨 34Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios.🗨

La necesidad de obreros

35Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.🗨 36Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.🗨 37Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos.🗨 38Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.🗨

Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos

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Mateo 9:1

Comentario general

9.1 En todos los acontecimientos relatados entre los capítulos 8 y 12, que hablan acerca de la manifestación del reino de los cielos, encontramos en forma sobresaliente, la Autoridad del Rey Jesús sobre todas las cosas. Vimos al final del capítulo 8 que los gentiles gadarenos prefirieron los cerdos antes que a Cristo y al reino de los cielos; Cristo se fue de ellos sin pronunciar juicio, no hace falta, pues la ausencia de Dios, el estar sin la presencia de Cristo es una condena suficiente. Ahora, en el capítulo 9, veremos cómo los judíos prefieren su religión: Por encima del Rey que sana y perdona pecados (9:1-8). Por encima de la misericordia del Rey hacia el pecador (9:9-13). Por encima de la nueva vida en el Espíritu (9:14-17). Y por encima de la evidencia visible de la manifestación del Reino de los cielos (9:32-34). Jesús regresó a Capernaum, por un poco de tiempo se desvió de sus ocupaciones ministeriales hacia los judíos para atravesar el mar de Galilea e ir a socorrer a dos desventurados gadarenos. Aunque tiene un plan bien elaborado, su misericordia no está en agenda ni hay calendario para su compasión. Ahora viene a Capernaum, mencionada en la Biblia como “su ciudad”. Y llegó a su ciudad para encontrarse a otros hombres encadenados, quizá no como los gadarenos; no tenían cadenas físicas ni eran poseídos por demonios, pero estaban igualmente atados. Uno con sus pecados y la enfermedad de la parálisis, otros con su religión legalista, cadena más difícil de romper.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:2

Comentario general

9.2 Le trajeron un paralítico; de entrada ya es una desgracia. ¿Habrá algo peor en la vida natural que no poderse valer por uno mismo y necesitar ser llevado por otros? Una de las características por las que el hombre sobresale de entre las demás criaturas de la tierra es su andar erguido; este hombre no tiene tal dicha, lo traen “tendido sobre una cama.” Sin embargo, el Señor contempló un mal mayor que aquejaba a este hombre, su pecado. En este caso específicamente (y sin poder aplicar esto mismo a todo mal), la enfermedad era producto del pecado. Lo sabemos porque al verlo Jesús le perdona sus pecados. Sin embargo, a pesar del mal de este hombre, tenía una bienaventuranza y gozaba de un gran privilegio, tenía buenos amigos. Hombres que lo amaban y que tenían fe. Lo amaban al punto de cargarlo hasta hacerlo entrar por el techo de la casa debido a la gran multitud que estaba en derredor de Jesús (Luc. 5:19). Y tenían la fe suficiente para no importarles ni la gente, ni la casa ni su propia fatiga. El amor es capaz de llevar las cargas de los demás; y la fe es capaz de abrir no solo el techo de una casa, sino el cielo mismo (Pr. 17:17). Esto nos enseña a perseverar con fe ante Dios por aquellos que amamos para su salud o salvación. Se cuenta que la madre del célebre teólogo del siglo V san Agustín, oraba todos los días por él, cuando este aún no era creyente y vivía perdido en los placeres del mundo. Cierto día, consultando dicha mujer a un clérigo le preguntó respecto de qué podía hacer para salvar a su hijo, la respuesta del ministro fue: “Un hijo de semejantes oraciones no puede perderse.” Y como vemos en la historia de la iglesia, efectivamente fue salvo y de gran provecho en la obra de Dios. Junto con sus buenos amigos, el hombre paralítico experimentó otro gran bien: el perdón. Es maravilloso el recibimiento que el Rey dio al paralítico, le dijo: “ten ánimo…” ¡Solamente Él puede dar ánimo a un paralítico! Mira el cuadro: Cuatro hombres descuelgan por entre el tejado a un paralítico en su lecho, el hombre está rojo de vergüenza; despierta la lástima de los presentes, la risa de los incrédulos y la compasión de Jesús. Huele mal, su cabello está desaliñado, sus piernas enjutas, su boca azorada, sus ojos más abiertos de lo normal resaltan en sus cuencas hundidas. ¡Y lo primero que el Señor le dice es ten ánimo! ¿Ánimo en esas circunstancias? ¿Es que acaso no ve su condición? Jesús ofrece aliento porque es el único que puede respaldar sus palabras con poder. El caso es similar a la ocasión cuando Jesús dijo a la viuda de Naín en el funeral de su único hijo: “No llores”; Él puede decirlo, porque acto seguido habría de resucitarle (Luc. 7:12-14). Lo mismo sucede con el paralítico, puede darle aliento porque habiéndole perdonado habrá de ponerlo de pie. Y lo mismo sucede con todo aquel que está en problemas, Jesús le dice “ten ánimo” porque es Poderoso para socorrerle (Heb. 2:18; Juan 16:33). En segundo lugar lo llamó hijo, es la única vez que Jesús llamó a alguno hijo (al menos, registrado en los evangelios); ¡cuánta ternura del Maestro! Le traen a un pecador que por culpa propia está enfermo y lejos de censurarlo lo llama hijo. Qué hermoso es el trato del Maestro. Probablemente el paralítico venía con temor a que sus pecados fuesen descubiertos y Jesús no quisiera sanarlo; pero no sucedió así. Allí está Cristo, amoroso y tierno para recibirlo como el padre al pródigo. Y así está hoy, para recibir a todo aquel que aún carga sus culpas, no importa si viene por propio pie o es traído por la fe perseverante de otros. En Jesús hay esperanza. Llama la atención que no se menciona un cruce de palabras entre los hombres que llevaban al paralítico y Jesús, así como tampoco voz alguna del paralítico; sin embargo, la Biblia sí resalta que Jesús “vio la fe de ellos”. La demostración de fe fue hacer bajar al paralítico por entre el techo (posiblemente de la casa de Pedro, Mar. 2:4-5). Dios ve la fe del hombre. Su santidad no dejó pasar por alto el pecado, pero su misericordia encontró una luz tan fuerte en la débil fe de cuatro amigos que opacó toda ofensa. Es maravillosa la esperanza de Cristo viendo la fe. Pase lo que pase, recordemos que todo esfuerzo que hagamos por ayudarle no pasa desapercibido a sus ojos, ningún trabajo en el Señor es en vano (1 Cor. 15:58). El Rey Jesucristo vio la fe de estos hombres (entre los cuales posiblemente se encuentra el paralítico), porque era una fe verdadera. Su fe tenía la fuerza suficiente para venir a Jesús con la seguridad de que podía sanarle. Era una fe más real que los obstáculos que se les presentaron para llegar ante Jesús. Era una fe tan humilde que no mandó traer a Jesús, sino que buscó ir hacia Él. Esto último nos enseña que a pesar de que Dios ha dado el primer paso, corresponde a nosotros ir a Él; lo cual habla de una fe seguida de acción (obras) (Heb. 11:1; 10:22). ¿Puedes ver el perdón de Jesús? No se cuáles serían los pensamientos del paralítico y de sus amigos, quizá tendrían sentimientos encontrados, expectativa ante lo que sucedería y vergüenza ante su intromisión; esperanza en un milagro y temor a la reacción de Cristo; después de todo, el Señor había mostrado más de una vez un carácter fuerte y una autoridad temible. Sin embargo, la reacción del Rey Jesús es tierna y enfocada. Tierna para dar aliento; y enfocada para atacar la raíz del problema: El pecado. Dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados. Esta es una demostración de su misericordia: El perdón de los pecados era suficiente para haber venido ante el Señor, no importan gran cosa los problemas cuando hay un nombre nuevo escrito en los cielos. Además, es una demostración de autoridad: Definitivamente que no es un rabí común y corriente; tampoco es más un carpintero galileo. Es el Mesías de Israel a quien Dios ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra (Mat. 28:18).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:3

Comentario general

9.3-4 Perdonar los pecados del hombre paralítico, fue una demostración de la Deidad del Rey Jesús (Rom. 9:5; Juan 1:1; 1 Juan 5:20; Juan 20:28; Col. 1:16-17; Ap. 1:8) : ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? –fue el alboroto para los judíos y también, un razonamiento verdadero. La pregunta implica una respuesta afirmativa: Sólo Dios perdona pecados, por tanto, la lógica dice que, o Jesús es Dios o un gran impostor que ha blasfemado. Ante la declaración de Jesús, los judíos dijeron: “Éste blasfema”. Pero veamos primeramente su cobardía. El texto dice que “algunos de los escribas decían dentro de sí…” ¡Era lo que estaban pensando! (vr.4). Estos religiosos de caras largas y de poses hipócritamente santas que acostumbraban enseñorearse de todos, tenían tanto temor de Cristo que no dijeron nada, sólo lo acuchillaban mordazmente en su corrompida mente. Sabían que sólo Dios perdona pecados (Mar. 2:7), mas, al no reconocer la deidad de Cristo lo acusaban en su intelecto de blasfemia. Sin embargo, a pesar de saber que conforme a la ley la blasfemia se condena con lapidación (Lev. 24:15-16), ¡los defensores de la ley no se atrevían a ejercerla, ni siquiera a hablar! Esta es una prueba escritural de que Jesucristo es Dios, pues si no lo es, las afirmaciones de los judíos serían verdad y Jesús habría blasfemado. Tan sólo un poco después, esta acusación de los escribas vendría a ser la razón de la crucifixión (Mat. 26:63-65). Para todos fue muy claro: Jesús tomaba atribuciones divinas y el veredicto judío hacia Él fue. “tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:33). Imagina lo siguiente: Mientras los escribas están pensando que Jesús blasfema por perdonar pecados, siendo que para ellos nos es más que un hombre, el Señor manifiesta su deidad al dar a conocer las ideas de los religiosos. Ellos pensaban: No es Dios. Y Él les dice: ¿Por qué piensan que no soy Dios? en la frase: “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?” Frecuentemente Jesús manifestó conocer los pensamientos de los demás, este es un atributo exclusivo de Dios, porque la Biblia dice que sólo Dios conoce los secretos del corazón (Sal. 44:21, Jer. 17:9-10); en su humanidad, Jesús estaba limitado a ser un Hombre, sin embargo, hasta como Hombre debe ser llamado Dios, pues veía el interior de los demás: Cuando lo acusaron de sanar por poderes malignos (Mat. 12:25). Cuando les dijo se guardaran de la levadura farisea (Mat. 16:7-8). Cuando sanó al hombre de la mano seca (Luc. 6:8). Cuando los discípulos discutían acerca de quién sería el mayor (Luc. 9:46-47). Cuando lo seguían las multitudes en Jerusalén (Juan 2:23-25). Cuando habló duramente en la sinagoga y los discípulos se escandalizaron (Juan 6:61,64). Cuando anunció su muerte y resurrección y no lo comprendieron (Jn.16:19,30). Pedro dijo: Señor, ¡tú sabes todas las cosas! (Juan 21:17).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:4

Comentario general

9.3-4 Perdonar los pecados del hombre paralítico, fue una demostración de la Deidad del Rey Jesús (Rom. 9:5; Juan 1:1; 1 Juan 5:20; Juan 20:28; Col. 1:16-17; Ap. 1:8) : ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? –fue el alboroto para los judíos y también, un razonamiento verdadero. La pregunta implica una respuesta afirmativa: Sólo Dios perdona pecados, por tanto, la lógica dice que, o Jesús es Dios o un gran impostor que ha blasfemado. Ante la declaración de Jesús, los judíos dijeron: “Éste blasfema”. Pero veamos primeramente su cobardía. El texto dice que “algunos de los escribas decían dentro de sí…” ¡Era lo que estaban pensando! (vr.4). Estos religiosos de caras largas y de poses hipócritamente santas que acostumbraban enseñorearse de todos, tenían tanto temor de Cristo que no dijeron nada, sólo lo acuchillaban mordazmente en su corrompida mente. Sabían que sólo Dios perdona pecados (Mar. 2:7), mas, al no reconocer la deidad de Cristo lo acusaban en su intelecto de blasfemia. Sin embargo, a pesar de saber que conforme a la ley la blasfemia se condena con lapidación (Lev. 24:15-16), ¡los defensores de la ley no se atrevían a ejercerla, ni siquiera a hablar! Esta es una prueba escritural de que Jesucristo es Dios, pues si no lo es, las afirmaciones de los judíos serían verdad y Jesús habría blasfemado. Tan sólo un poco después, esta acusación de los escribas vendría a ser la razón de la crucifixión (Mat. 26:63-65). Para todos fue muy claro: Jesús tomaba atribuciones divinas y el veredicto judío hacia Él fue. “tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:33). Imagina lo siguiente: Mientras los escribas están pensando que Jesús blasfema por perdonar pecados, siendo que para ellos nos es más que un hombre, el Señor manifiesta su deidad al dar a conocer las ideas de los religiosos. Ellos pensaban: No es Dios. Y Él les dice: ¿Por qué piensan que no soy Dios? en la frase: “¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?” Frecuentemente Jesús manifestó conocer los pensamientos de los demás, este es un atributo exclusivo de Dios, porque la Biblia dice que sólo Dios conoce los secretos del corazón (Sal. 44:21, Jer. 17:9-10); en su humanidad, Jesús estaba limitado a ser un Hombre, sin embargo, hasta como Hombre debe ser llamado Dios, pues veía el interior de los demás: Cuando lo acusaron de sanar por poderes malignos (Mat. 12:25). Cuando les dijo se guardaran de la levadura farisea (Mat. 16:7-8). Cuando sanó al hombre de la mano seca (Luc. 6:8). Cuando los discípulos discutían acerca de quién sería el mayor (Luc. 9:46-47). Cuando lo seguían las multitudes en Jerusalén (Juan 2:23-25). Cuando habló duramente en la sinagoga y los discípulos se escandalizaron (Juan 6:61,64). Cuando anunció su muerte y resurrección y no lo comprendieron (Jn.16:19,30). Pedro dijo: Señor, ¡tú sabes todas las cosas! (Juan 21:17).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:5

Comentario general

9.5-7 La cuestión era si Jesús tenia o no autoridad para perdonar pecados, acto que tras no poder observarse al ser un asunto subjetivo, resulta imposible comprobarlo, a no ser, que pueda demostrarse con algo objetivo, visible. Esta es la razón que lleva al Rey Jesús a decir a sus críticos: “…para que sepáis…” El Señor comprueba que tiene autoridad para perdonar pecados al sanar al paralítico. El razonamiento es simple para todos, incluyendo a los escribas: Ya que el paralítico está enfermo a causa de pecado (lo cual todos estaban plenamente convencidos), entonces, sanar su enfermedad pondría de manifiesto que sus pecados han sido perdonados. El versículo 7: Entonces él se levantó y se fue a su casa, es la prueba contundente de que Cristo había perdonado sus pecados ejerciendo autoridad de Dios. Notemos además, que el Maestro no dijo: “¿Qué es más difícil…?; sino ¿qué es más fácil…? Porque para Jesús tanto lo uno como lo otro es igualmente fácil. En esto vemos manifestado, además de su autoridad ya mencionada, su poder glorioso. Ellos verán la gloria de Yahwéh, la hermosura del Dios nuestro… Entonces los ojos de los cielos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo… (Isaías 35:2-6).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:6

Comentario general

9.5-7 La cuestión era si Jesús tenia o no autoridad para perdonar pecados, acto que tras no poder observarse al ser un asunto subjetivo, resulta imposible comprobarlo, a no ser, que pueda demostrarse con algo objetivo, visible. Esta es la razón que lleva al Rey Jesús a decir a sus críticos: “…para que sepáis…” El Señor comprueba que tiene autoridad para perdonar pecados al sanar al paralítico. El razonamiento es simple para todos, incluyendo a los escribas: Ya que el paralítico está enfermo a causa de pecado (lo cual todos estaban plenamente convencidos), entonces, sanar su enfermedad pondría de manifiesto que sus pecados han sido perdonados. El versículo 7: Entonces él se levantó y se fue a su casa, es la prueba contundente de que Cristo había perdonado sus pecados ejerciendo autoridad de Dios. Notemos además, que el Maestro no dijo: “¿Qué es más difícil…?; sino ¿qué es más fácil…? Porque para Jesús tanto lo uno como lo otro es igualmente fácil. En esto vemos manifestado, además de su autoridad ya mencionada, su poder glorioso. Ellos verán la gloria de Yahwéh, la hermosura del Dios nuestro… Entonces los ojos de los cielos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo… (Isaías 35:2-6).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:7

Comentario general

9.5-7 La cuestión era si Jesús tenia o no autoridad para perdonar pecados, acto que tras no poder observarse al ser un asunto subjetivo, resulta imposible comprobarlo, a no ser, que pueda demostrarse con algo objetivo, visible. Esta es la razón que lleva al Rey Jesús a decir a sus críticos: “…para que sepáis…” El Señor comprueba que tiene autoridad para perdonar pecados al sanar al paralítico. El razonamiento es simple para todos, incluyendo a los escribas: Ya que el paralítico está enfermo a causa de pecado (lo cual todos estaban plenamente convencidos), entonces, sanar su enfermedad pondría de manifiesto que sus pecados han sido perdonados. El versículo 7: Entonces él se levantó y se fue a su casa, es la prueba contundente de que Cristo había perdonado sus pecados ejerciendo autoridad de Dios. Notemos además, que el Maestro no dijo: “¿Qué es más difícil…?; sino ¿qué es más fácil…? Porque para Jesús tanto lo uno como lo otro es igualmente fácil. En esto vemos manifestado, además de su autoridad ya mencionada, su poder glorioso. Ellos verán la gloria de Yahwéh, la hermosura del Dios nuestro… Entonces los ojos de los cielos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo… (Isaías 35:2-6).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:8

Comentario general

9.8 Estaba ante sus ojos. Nadie podía negarlo. El que antes había sido paralítico ahora estaba en pie. La prueba era indubitable, sus pecados habían sido perdonados. Quizá alguno podía intentar negar la doctrina de Cristo, pero ante esta prueba irrefutable la gente, al verlo, se maravilló. Estaban extasiados: ¡Un hombre que perdona y sana! Literalmente (según el texto griego) tuvieron temor. El temor de Dios es limpio (Sal. 19:9) y es el principio de la sabiduría (Pr. 1:7). El temor de Dios se manifiesta en el hombre cuando éste contempla el poder de Dios, como en este caso la multitud lo pudo observar. Cuando alguno no teme a Dios es clara evidencia de ausencia de fe, aún no ha visto a Dios ni sabe de su poder. El temor de Dios lleva a la gente a glorificarle. Un vistazo de los cielos precede a la alabanza. Un corazón maravillado es la fuente de la adoración y de la alabanza. La verdadera alabanza no es producto de liturgias eclesiásticas, sino de corazones henchidos de admiración hacia Dios; con música o sin ella; en congregación o solos; con los elementos propios del culto o sin ellos; la alabanza se hará oír. Para lograr que la gente alabe a Dios es mucho mejor la demostración de su poder que mi directores de culto. Sin embargo, el asombro, la alabanza y el entusiasmo despertado en la gente no fueron suficientes para contemplar la salvación. El motivo de su alabanza era que Dios había dado tal potestad a los hombres. En otras palabras, vieron en Jesús sólo a otro hombre más; no fueron conscientes de su autoridad única, ni de su posición como Rey de reyes; así como tampoco fueron capaces de verle como Hijo de Dios. Supusieron, como muchos hoy, que Dios permitía a los hombres perdonar pecados. No subieron ellos al cielo, sino que lo hicieron descender a su propia miseria. De nada le sirve al hombre las manifestaciones gloriosas del poder de Dios, ni la oportunidad del perdón de los pecados en Cristo si no se posee la fe de que Cristo es el Hijo de Dios (1 Juan 5:20).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:9

Comentario general

9.9-10 Se refiere a la acción del Señor de dejar a las multitudes que sólo buscan entretener su curiosidad en los portentos del reino; para pasar a lo específico, a un hombre que lo necesitaba sobre manera personalmente: Mateo. Posiblemente su nombre de nacimiento era Leví (Mar. 2.14; Luc. 5:27, 29) y el nombre de Mateo le fue agregado (o cambiado) después de su conversión, ya que cuando se dan las listas de los discípulos no se le llama más Leví, sino Mateo (en las 4 listas de los evangelios). El nombre Leví significa “juntar, adherir”; mientras que Mateo es la forma abreviada de un nombre hebreo o arameo que significa “don de Dios” (equivalente a Jonatán). Si bien el nombre primero nos habla del pecador que busca las alianzas humanas (véase Gen. 29:34); el segundo muestra lo que puede llegar a ser en las manos de Jesucristo: Un don de Dios. Antes de ser llamados por Cristo, todos buscamos alianzas humanas, somos Leví; mas una vez que tenemos un encuentro con el Señor somos transformados en regalos de Dios al mundo, en gente provechosa. Mateo Leví era hijo de Alfeo (Mar. 2:14). Alfeo significa “cambiante; cambiar”. Así es el hombre antes de conocer a Cristo, es hijo del cambio, de la moda, de la novedad; cuya vida carece de fundamento y de raíces. Por el contrario Mateo es producto del llamado de Cristo, ya que todo lo que es llamado por Él para su servicio es transformado es un don de Dios. Respecto al oficio de Mateo como publicano o recaudador de impuestos, para entenderlo, debemos razonar la posición judía como pueblo conquistado para con los romanos. Mateo no recolectaba los impuestos, como se piensa comúnmente; Mateo era cobrador de tributos (gr. “telones”; latín: “publicani”). Mateo era un publicano, un hombre que se encargaba de os tributos públicos. Había comprado su puesto con una gran suma de dinero y su ganancia se encontraba en todo aquello que cobrara de más de los tributos que demandaba Roma; y en el caso de Mateo, él estaba bajo la jurisdicción de Herodes Antipas, lo que acrecentaba aún más el desprecio de su nación ya que Herodes era odiado por los judíos. Mateo a un hombre considerado traidor, ladrón y mentiroso, que había aprovechado la situación geográfica de Capernaum como punto convergente de los diferentes emporios comerciales para enriquecerse en la aduana. Un hombre que había usado tanto el sistema romano de tributos que se prestaba a abusos y que lo protegía de ataques, como también a sus compatriotas conquistados y obligados a pagar tributo. Roma ponía la espada, los judíos sus bolsillos y Mateo la tarifa; por eso era despreciado en extremo y tenido por símbolo de pecado. Cicerón consideraba vulgar el oficio de publicano a causa del odio que despertaban. Jesús mismo los citó como ejemplo de egoísmo (Mat. 5:46). Para el judaísmo, además del desprecio ya mencionado eran considerados inmundos por su continuo trato con gentiles, y porque trabajaban en el día de reposo, por lo que no se les permitía la entrada al templo. Los rabinos enseñaban que era pecado hasta comer con publicanos. Frecuentemente vemos unidas las palabras “publicanos y pecadores” (Mat. 9:10; 11:19; Mar. 2:15; Luc. 5:30; 7:34; 15:1); y publicanos y rameras (Mat. 21:31). Bien calificó William Barclay a Mateo como el menos “apostolable” de los hombres. Con todo, hubo un Hombre que no lo despreció, Jesús no lo miró de lado, ni lo tuvo por insalvable. Cristo sigue siendo la persona que más esperanza ha tenido en la humanidad, tanta confianza que apostó su vida para darle oportunidad. Posiblemente fue Jesús quien lo llamó Mateo, pues fue el único en ver “el don de Yahwéh” sentado en el banco de los tributos públicos. Es seguro que Mateo era un hombre que había llegado a cauterizar su conciencia al grado de preferir el dinero por encima del descrédito y del desprecio social. Sin embargo, como todo ser humano, su corazón mantenía un hueco ocasionado por la necesidad básica de ser aceptado. Jesús era la oportunidad de ser aceptado, de mirarse a sí mismo diferente, limpio, perdonado. Al cerrársele las puertas del templo quizá le dieron la certeza de que también el cielo se había cerrado para él. Lo peor de todo es saberse condenado. Por cuanto el hombre posee alma es consciente de sí mismo, pero Mateo había “vendido su alma” por dinero, ya casi no era consciente de quién era él. Sin embargo, lo importante es que sí fue capaz de ser consciente de Quién es Jesús. Ningún hombre se encuentra a sí mismo hasta que no encuentra a Jesús. Todo lo que Mateo sabía sobre sí mismo era lo que los demás pensaban, pero quiero creer que en alguna ocasión, Mateo supo que podía ser una mejor persona…si tan sólo tuviera la oportunidad. Esa oportunidad es Cristo. Todos pensamos que podemos ser mejores de lo que somos actualmente, desafortunadamente la vida se encarga de decirnos lo contrario, hasta que viene Cristo a nuestro encuentro y el milagro es hecho posible. ¿Y quién era Mateo para los demás judíos? Definitivamente no era un “don de Yahwéh” por las razones anteriormente expuestas. Leví era un publicano. A él estaban dirigidos los mejores insultos; las burlescas ofensas dichas en voz baja, era el proverbio de maldad con el que los maestros advertían en sus cátedras; era el traidor que había vendido su nación, sus amigos, su familia y la propia vida. Sobre él se cernían los incriminantes dedos de la condenación, era el inmundo, el hombre sin oportunidad de salvación. Todo el que se considerase medianamente decente le cerraba las puertas de su casa y le evitaba el saludo y el contacto. …Todos, menos Jesucristo (Juan 3:16; Rom. 5:8). Jesús vio a un discípulo y a un evangelista. ¿Quién llamaría a un ladrón a su servicio? ¿Quién tendría por amigo y discípulo a un traidor? Solamente el Rey Jesús. Sólo Él puede ver el diamante entre el carbón; sólo Él transforma el carbón en diamante; sólo Él sabe que Leví es un excelente discípulo; y sólo Él sabe el verdadero valor de cada uno de nosotros. Los judíos vieron a un infiel; Cristo lo miró tan confiable que lo nombró parte de los doce. Los judíos lo vieron ladrón; Cristo le confió las riquezas del reino de los cielos. Los judíos lo vieron mentiroso y engañador; Cristo lo comisionó con el mensaje más veraz y poderoso: El evangelio. Los judíos lo vieron pecador; Cristo lo vio santo. Pero Cristo lo vio diferente porque sólo él podía transformarle en confiable, honesto y veraz (1 Cor. 1:27). Alguien dijo que lo único que Mateo se llevó del banco de los tributos fue su pluma, ya que él fue el historiador del evangelio que estamos estudiando. En esto vemos que Cristo miró los dones naturales de Mateo y supo lo valioso que sería en la obra de Dios. Dios sigue haciendo su trabajo a través de hombres… ¡y a través de hombres como Mateo! También, Jesús vio a un hombre necesitado de salvación. El Señor no se conformó con llamar a Mateo, sino que además entró a su casa (Mat. 9:10; Luc. 5:29); el reino de los cielos no es un reclutamiento de soldados, sino un rescate de hijos. Por otro lado, si comparamos el relato de Mateo con el de Lucas encontraremos que mientras Mateo menciona a Jesús sentado a la mesa en casa (vr.10), Lucas dice que Leví le hizo gran banquete en su casa (Luc. 5:29). El hecho de que Mateo no relate así su buena obra es una muestra de humildad y de su deseo desinteresado de agradar a Jesús y no a los hombres. El texto sigue diciendo como miró Jesús a Mateo. Para el Señor, Leví era un pecador que necesitaba salvación, además era un pecador que invitó a s casa a muchos publicanos y pecadores a conocer al Maestro. La Biblia no menciona que hombres como Nicodemo hayan hecho esto, pero sí lo hicieron pecadores como la samaritana, el gadareno y Mateo. Un hombre que valora a Cristo debido a todo lo que le ha sido perdonado, comparte con sus conocidos a su Salvador; mientras que aquél que oculta su fe manifiesta avergonzarse del Señor. El Señor miró en Mateo a un pecador perdonado, agradecido y útil. El Rey sabía que este pecador egoísta y ambicioso, una vez que se le diera oportunidad, sería capaz de compartir su riqueza con Él, con todos aquellos que siguen a Jesús, pues vemos que los discípulos también estaban sentados a la mesa, así como con todos los publicanos y pecadores. Un alma perdonada se distingue por su generosidad, sabe que nada merecía y todo recibió, por tanto es capaz de dar incluso a quien no lo merece, Dad de gracia lo que de gracia habéis recibido (Mat. 10:8).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:10

Comentario general

9.9-10 Se refiere a la acción del Señor de dejar a las multitudes que sólo buscan entretener su curiosidad en los portentos del reino; para pasar a lo específico, a un hombre que lo necesitaba sobre manera personalmente: Mateo. Posiblemente su nombre de nacimiento era Leví (Mar. 2.14; Luc. 5:27, 29) y el nombre de Mateo le fue agregado (o cambiado) después de su conversión, ya que cuando se dan las listas de los discípulos no se le llama más Leví, sino Mateo (en las 4 listas de los evangelios). El nombre Leví significa “juntar, adherir”; mientras que Mateo es la forma abreviada de un nombre hebreo o arameo que significa “don de Dios” (equivalente a Jonatán). Si bien el nombre primero nos habla del pecador que busca las alianzas humanas (véase Gen. 29:34); el segundo muestra lo que puede llegar a ser en las manos de Jesucristo: Un don de Dios. Antes de ser llamados por Cristo, todos buscamos alianzas humanas, somos Leví; mas una vez que tenemos un encuentro con el Señor somos transformados en regalos de Dios al mundo, en gente provechosa. Mateo Leví era hijo de Alfeo (Mar. 2:14). Alfeo significa “cambiante; cambiar”. Así es el hombre antes de conocer a Cristo, es hijo del cambio, de la moda, de la novedad; cuya vida carece de fundamento y de raíces. Por el contrario Mateo es producto del llamado de Cristo, ya que todo lo que es llamado por Él para su servicio es transformado es un don de Dios. Respecto al oficio de Mateo como publicano o recaudador de impuestos, para entenderlo, debemos razonar la posición judía como pueblo conquistado para con los romanos. Mateo no recolectaba los impuestos, como se piensa comúnmente; Mateo era cobrador de tributos (gr. “telones”; latín: “publicani”). Mateo era un publicano, un hombre que se encargaba de os tributos públicos. Había comprado su puesto con una gran suma de dinero y su ganancia se encontraba en todo aquello que cobrara de más de los tributos que demandaba Roma; y en el caso de Mateo, él estaba bajo la jurisdicción de Herodes Antipas, lo que acrecentaba aún más el desprecio de su nación ya que Herodes era odiado por los judíos. Mateo a un hombre considerado traidor, ladrón y mentiroso, que había aprovechado la situación geográfica de Capernaum como punto convergente de los diferentes emporios comerciales para enriquecerse en la aduana. Un hombre que había usado tanto el sistema romano de tributos que se prestaba a abusos y que lo protegía de ataques, como también a sus compatriotas conquistados y obligados a pagar tributo. Roma ponía la espada, los judíos sus bolsillos y Mateo la tarifa; por eso era despreciado en extremo y tenido por símbolo de pecado. Cicerón consideraba vulgar el oficio de publicano a causa del odio que despertaban. Jesús mismo los citó como ejemplo de egoísmo (Mat. 5:46). Para el judaísmo, además del desprecio ya mencionado eran considerados inmundos por su continuo trato con gentiles, y porque trabajaban en el día de reposo, por lo que no se les permitía la entrada al templo. Los rabinos enseñaban que era pecado hasta comer con publicanos. Frecuentemente vemos unidas las palabras “publicanos y pecadores” (Mat. 9:10; 11:19; Mar. 2:15; Luc. 5:30; 7:34; 15:1); y publicanos y rameras (Mat. 21:31). Bien calificó William Barclay a Mateo como el menos “apostolable” de los hombres. Con todo, hubo un Hombre que no lo despreció, Jesús no lo miró de lado, ni lo tuvo por insalvable. Cristo sigue siendo la persona que más esperanza ha tenido en la humanidad, tanta confianza que apostó su vida para darle oportunidad. Posiblemente fue Jesús quien lo llamó Mateo, pues fue el único en ver “el don de Yahwéh” sentado en el banco de los tributos públicos. Es seguro que Mateo era un hombre que había llegado a cauterizar su conciencia al grado de preferir el dinero por encima del descrédito y del desprecio social. Sin embargo, como todo ser humano, su corazón mantenía un hueco ocasionado por la necesidad básica de ser aceptado. Jesús era la oportunidad de ser aceptado, de mirarse a sí mismo diferente, limpio, perdonado. Al cerrársele las puertas del templo quizá le dieron la certeza de que también el cielo se había cerrado para él. Lo peor de todo es saberse condenado. Por cuanto el hombre posee alma es consciente de sí mismo, pero Mateo había “vendido su alma” por dinero, ya casi no era consciente de quién era él. Sin embargo, lo importante es que sí fue capaz de ser consciente de Quién es Jesús. Ningún hombre se encuentra a sí mismo hasta que no encuentra a Jesús. Todo lo que Mateo sabía sobre sí mismo era lo que los demás pensaban, pero quiero creer que en alguna ocasión, Mateo supo que podía ser una mejor persona…si tan sólo tuviera la oportunidad. Esa oportunidad es Cristo. Todos pensamos que podemos ser mejores de lo que somos actualmente, desafortunadamente la vida se encarga de decirnos lo contrario, hasta que viene Cristo a nuestro encuentro y el milagro es hecho posible. ¿Y quién era Mateo para los demás judíos? Definitivamente no era un “don de Yahwéh” por las razones anteriormente expuestas. Leví era un publicano. A él estaban dirigidos los mejores insultos; las burlescas ofensas dichas en voz baja, era el proverbio de maldad con el que los maestros advertían en sus cátedras; era el traidor que había vendido su nación, sus amigos, su familia y la propia vida. Sobre él se cernían los incriminantes dedos de la condenación, era el inmundo, el hombre sin oportunidad de salvación. Todo el que se considerase medianamente decente le cerraba las puertas de su casa y le evitaba el saludo y el contacto. …Todos, menos Jesucristo (Juan 3:16; Rom. 5:8). Jesús vio a un discípulo y a un evangelista. ¿Quién llamaría a un ladrón a su servicio? ¿Quién tendría por amigo y discípulo a un traidor? Solamente el Rey Jesús. Sólo Él puede ver el diamante entre el carbón; sólo Él transforma el carbón en diamante; sólo Él sabe que Leví es un excelente discípulo; y sólo Él sabe el verdadero valor de cada uno de nosotros. Los judíos vieron a un infiel; Cristo lo miró tan confiable que lo nombró parte de los doce. Los judíos lo vieron ladrón; Cristo le confió las riquezas del reino de los cielos. Los judíos lo vieron mentiroso y engañador; Cristo lo comisionó con el mensaje más veraz y poderoso: El evangelio. Los judíos lo vieron pecador; Cristo lo vio santo. Pero Cristo lo vio diferente porque sólo él podía transformarle en confiable, honesto y veraz (1 Cor. 1:27). Alguien dijo que lo único que Mateo se llevó del banco de los tributos fue su pluma, ya que él fue el historiador del evangelio que estamos estudiando. En esto vemos que Cristo miró los dones naturales de Mateo y supo lo valioso que sería en la obra de Dios. Dios sigue haciendo su trabajo a través de hombres… ¡y a través de hombres como Mateo! También, Jesús vio a un hombre necesitado de salvación. El Señor no se conformó con llamar a Mateo, sino que además entró a su casa (Mat. 9:10; Luc. 5:29); el reino de los cielos no es un reclutamiento de soldados, sino un rescate de hijos. Por otro lado, si comparamos el relato de Mateo con el de Lucas encontraremos que mientras Mateo menciona a Jesús sentado a la mesa en casa (vr.10), Lucas dice que Leví le hizo gran banquete en su casa (Luc. 5:29). El hecho de que Mateo no relate así su buena obra es una muestra de humildad y de su deseo desinteresado de agradar a Jesús y no a los hombres. El texto sigue diciendo como miró Jesús a Mateo. Para el Señor, Leví era un pecador que necesitaba salvación, además era un pecador que invitó a s casa a muchos publicanos y pecadores a conocer al Maestro. La Biblia no menciona que hombres como Nicodemo hayan hecho esto, pero sí lo hicieron pecadores como la samaritana, el gadareno y Mateo. Un hombre que valora a Cristo debido a todo lo que le ha sido perdonado, comparte con sus conocidos a su Salvador; mientras que aquél que oculta su fe manifiesta avergonzarse del Señor. El Señor miró en Mateo a un pecador perdonado, agradecido y útil. El Rey sabía que este pecador egoísta y ambicioso, una vez que se le diera oportunidad, sería capaz de compartir su riqueza con Él, con todos aquellos que siguen a Jesús, pues vemos que los discípulos también estaban sentados a la mesa, así como con todos los publicanos y pecadores. Un alma perdonada se distingue por su generosidad, sabe que nada merecía y todo recibió, por tanto es capaz de dar incluso a quien no lo merece, Dad de gracia lo que de gracia habéis recibido (Mat. 10:8).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:11

Comentario general

9.11-13 El Señor fue malentendido en su deseo de salvar a Mateo y lo criticaron por juntarse con él. A mí me maravilla ver al Rey Jesucristo desafiando los convencionalismos sociales y demostrando su autoridad sobre las inmisericordes tradiciones humanas. Nunca lo detuvo la opinión pública, jamás lo amordazó la religión, ¡El es el Salvador del mundo por encima de toda condenación! Jesús miró pecador a Mateo, por eso vino a salvarlo. Caso contrario de los fariseos que, atisbando por las ventanas morbosamente condenaban el acto de misericordia, de oportunidad y de aceptación que Cristo hacía al correr con Mateo. Sus mordaces lenguas silbaban burlonamente a los oídos de los discípulos con un cuestionamiento dirigido al escándalo, al réprobo y al descrédito. Pero donde los hombres ven la humillación del Mesías, los creyentes encontramos nuestra gloria. La miserable pregunta llegó a oídos de Jesús, quien respondió con tres argumentos; no porque les recriminaba, sino porque los exhortaba a cambiar su actitud y a reconocer que también ellos lo necesitaban tanto o más que Mateo. El primero de los argumentos es un proverbio alegórico: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos (vr. 12). Los fariseos eran tan absurdos que creían santificarse al separarse del pecador, algo así como el médico que para no contagiarse no atiende a los enfermos. Lo terrible del caso es que lejos de ser médicos eran sólo enfermos de diferente enfermedad. El mal de Mateo era como lepra visible; mientras que el mal de los fariseos era similar a cáncer. Ellos todavía no se veían enfermos, Mateo sí. Jesús los veía enfermos a ambos, por lo que extiende su invitación: “No os escandalicéis de que estoy en casa del contaminado y pecador, ¡entrad! Y dejadme ayudarlos también a ustedes! ¡Reconoced vuestro mal!” Quien no reconoce su pecado jamás encuentra el perdón. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros (1 Juan 1:8). El segundo argumento usado por el Señor es la Palabra misma: Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio (vr.13). Aquí el Maestro está citando a Oseas 6:6. Un texto que seguramente los fariseos conocían; pues no les pregunta si lo conocen, sino que afirmando que lo conocen les insta a aprender lo que significa. No basta sólo con memorizar la Biblia; la letra por si sola está muerta, se requiere la participación del Espíritu para hacerla viva; así como será viva para aquellos que dispongan su corazón a recibirla y guardarla. Nuevamente el Rey Jesús les da la oportunidad de reflexionar en su proceder y tomar en cuenta sus mismas enseñanzas acerca de la misericordia. Los fariseos están llenos de sacrificios, su religión es ceremonial, ritualista y legalista. La religión basada en la apariencia es verdadera. Los fariseos, como todo religioso, olvidaron el significado de la ley divina: la misericordia, la compasión y el favor al necesitado. Tan preocupados por salvar su propia alma que al no atender la del pecador aseguran su personal condenación. Lee Miqueas 6:6-8. El tercer argumento que proporcionara el Señor es el propósito de su misión: Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento. (vr.13). El Rey les invita a reconocer su indignidad, a volver en sí y buscar un mejor vestido en casa del Padre. Pero únicamente serán vestidos los que se miran a sí mismos desnudos y serán perdonados los que se saben pecadores. No les está llamando justos, pues no hay ninguno justo (Rom.3:10), pero sabe que se creen justos y en ello está su injusticia. La paradoja del reino es que las buenas obras pierden al hombre, pues el hombre se envanece; mientras que el pecado le facilita su salvación al preparar su corazón con la culpabilidad para el arrepentimiento (Luc. 15:7; 19:10).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:12

Comentario general

9.11-13 El Señor fue malentendido en su deseo de salvar a Mateo y lo criticaron por juntarse con él. A mí me maravilla ver al Rey Jesucristo desafiando los convencionalismos sociales y demostrando su autoridad sobre las inmisericordes tradiciones humanas. Nunca lo detuvo la opinión pública, jamás lo amordazó la religión, ¡El es el Salvador del mundo por encima de toda condenación! Jesús miró pecador a Mateo, por eso vino a salvarlo. Caso contrario de los fariseos que, atisbando por las ventanas morbosamente condenaban el acto de misericordia, de oportunidad y de aceptación que Cristo hacía al correr con Mateo. Sus mordaces lenguas silbaban burlonamente a los oídos de los discípulos con un cuestionamiento dirigido al escándalo, al réprobo y al descrédito. Pero donde los hombres ven la humillación del Mesías, los creyentes encontramos nuestra gloria. La miserable pregunta llegó a oídos de Jesús, quien respondió con tres argumentos; no porque les recriminaba, sino porque los exhortaba a cambiar su actitud y a reconocer que también ellos lo necesitaban tanto o más que Mateo. El primero de los argumentos es un proverbio alegórico: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos (vr. 12). Los fariseos eran tan absurdos que creían santificarse al separarse del pecador, algo así como el médico que para no contagiarse no atiende a los enfermos. Lo terrible del caso es que lejos de ser médicos eran sólo enfermos de diferente enfermedad. El mal de Mateo era como lepra visible; mientras que el mal de los fariseos era similar a cáncer. Ellos todavía no se veían enfermos, Mateo sí. Jesús los veía enfermos a ambos, por lo que extiende su invitación: “No os escandalicéis de que estoy en casa del contaminado y pecador, ¡entrad! Y dejadme ayudarlos también a ustedes! ¡Reconoced vuestro mal!” Quien no reconoce su pecado jamás encuentra el perdón. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros (1 Juan 1:8). El segundo argumento usado por el Señor es la Palabra misma: Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio (vr.13). Aquí el Maestro está citando a Oseas 6:6. Un texto que seguramente los fariseos conocían; pues no les pregunta si lo conocen, sino que afirmando que lo conocen les insta a aprender lo que significa. No basta sólo con memorizar la Biblia; la letra por si sola está muerta, se requiere la participación del Espíritu para hacerla viva; así como será viva para aquellos que dispongan su corazón a recibirla y guardarla. Nuevamente el Rey Jesús les da la oportunidad de reflexionar en su proceder y tomar en cuenta sus mismas enseñanzas acerca de la misericordia. Los fariseos están llenos de sacrificios, su religión es ceremonial, ritualista y legalista. La religión basada en la apariencia es verdadera. Los fariseos, como todo religioso, olvidaron el significado de la ley divina: la misericordia, la compasión y el favor al necesitado. Tan preocupados por salvar su propia alma que al no atender la del pecador aseguran su personal condenación. Lee Miqueas 6:6-8. El tercer argumento que proporcionara el Señor es el propósito de su misión: Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento. (vr.13). El Rey les invita a reconocer su indignidad, a volver en sí y buscar un mejor vestido en casa del Padre. Pero únicamente serán vestidos los que se miran a sí mismos desnudos y serán perdonados los que se saben pecadores. No les está llamando justos, pues no hay ninguno justo (Rom.3:10), pero sabe que se creen justos y en ello está su injusticia. La paradoja del reino es que las buenas obras pierden al hombre, pues el hombre se envanece; mientras que el pecado le facilita su salvación al preparar su corazón con la culpabilidad para el arrepentimiento (Luc. 15:7; 19:10).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:13

Comentario general

9.11-13 El Señor fue malentendido en su deseo de salvar a Mateo y lo criticaron por juntarse con él. A mí me maravilla ver al Rey Jesucristo desafiando los convencionalismos sociales y demostrando su autoridad sobre las tradiciones humanas. Nunca lo detuvo la opinión pública, jamás lo amordazó la religión, ¡El es el Salvador del mundo por encima de toda condenación! Jesús miró pecador a Mateo, por eso vino a salvarlo. Caso contrario de los fariseos que, atisbando por las ventanas morbosamente condenaban el acto de misericordia, de oportunidad y de aceptación que Cristo hacía al correr con Mateo. Sus mordaces lenguas silbaban burlonamente a los oídos de los discípulos con un cuestionamiento dirigido al escándalo, al réprobo y al descrédito. Pero donde los hombres ven la humillación del Mesías, los creyentes encontramos nuestra gloria. La miserable pregunta llegó a oídos de Jesús, quien respondió con tres argumentos; no porque les recriminaba, sino porque los exhortaba a cambiar su actitud y a reconocer que también ellos lo necesitaban tanto o más que Mateo. El primero de los argumentos es un proverbio alegórico: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos (vr. 12). Los fariseos eran tan absurdos que creían santificarse al separarse del pecador, algo así como el médico que para no contagiarse no atiende a los enfermos. Lo terrible del caso es que lejos de ser médicos eran sólo enfermos de diferente enfermedad. El mal de Mateo era como lepra visible; mientras que el mal de los fariseos era similar a cáncer. Ellos todavía no se veían enfermos, Mateo sí. Jesús los veía enfermos a ambos, por lo que extiende su invitación: “No os escandalicéis de que estoy en casa del contaminado y pecador, ¡entrad! Y dejadme ayudarlos también a ustedes! ¡Reconoced vuestro mal!” Quien no reconoce su pecado jamás encuentra el perdón. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros (1 Juan 1:8). El segundo argumento usado por el Señor es la Palabra misma: Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio (vr.13). Aquí el Maestro está citando a Oseas 6:6. Un texto que seguramente los fariseos conocían; pues no les pregunta si lo conocen, sino que afirmando que lo conocen les insta a aprender lo que significa. No basta sólo con memorizar la Biblia; la letra por si sola está muerta, se requiere la participación del Espíritu para hacerla viva; así como será viva para aquellos que dispongan su corazón a recibirla y guardarla. Nuevamente el Rey Jesús les da la oportunidad de reflexionar en su proceder y tomar en cuenta sus mismas enseñanzas acerca de la misericordia. Los fariseos están llenos de sacrificios, su religión es ceremonial, ritualista y legalista. La religión basada en la apariencia es verdadera. Los fariseos, como todo religioso, olvidaron el significado de la ley divina: la misericordia, la compasión y el favor al necesitado. Tan preocupados por salvar su propia alma que al no atender la del pecador aseguran su personal condenación. Lee Miqueas 6:6-8. El tercer argumento que proporcionara el Señor es el propósito de su misión: Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento. (vr.13). El Rey les invita a reconocer su indignidad, a volver en sí y buscar un mejor vestido en casa del Padre. Pero únicamente serán vestidos los que se miran a sí mismos desnudos y serán perdonados los que se saben pecadores. No les está llamando justos, pues no hay ninguno justo (Rom.3:10), pero sabe que se creen justos y en ello está su injusticia. La paradoja del reino es que las buenas obras pierden al hombre, pues el hombre se envanece; mientras que el pecado le facilita su salvación al preparar su corazón con la culpabilidad para el arrepentimiento (Luc. 15:7; 19:10).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:14

Comentario general

9.14-15 La resistencia al cambio se conoce como inercia. Lo que está en reposo se resiste al movimiento y lo que está en movimiento se resiste al reposo. Así, todo movimiento de Dios deja personas en el camino que se resistieron al cambio. Maravillosos cristianos que poco a poco fueron quedándose debido a dicha resistencia. Tu trabajo cambia; tu familia cambia; tu iglesia cambia. El planeta está en movimiento. Pero no dejes tu trabajo ni tu familia ni tu iglesia, tampoco tu planeta, solo te adaptas. El Señor Jesús ilustró esta verdad a partir de una pregunta de los discípulos de Juan el Bautista, el cual fue el movimiento anterior a Cristo. Su reino está en movimiento, con Dios no te aburrirás. Comprendamos el contexto: Juan el Bautista fue el cambio en su momento. Su padre fue sacerdote, pero él no. Su padre era legalista e irreprensible en toda la ley (Luc. 1). Un viejo ceremonialista, si me permites el término. Se preparó toda si vida para servir en el templo y cuando le tocó en suerte; todo cambio; y ante el cambio no pudiendo asimilarlo, quedó mudo. Gracias a Dios más tarde se actualizó recuperando su capacidad de profetizar. Pero Juan no era sacerdote y tampoco contaba con la dignidad propia del ministerio; por el contrario, era una especie de loco (Luc. 1:80; 3:1), el terror de camellos, langostas y abejas, el ermitaño del desierto. Con todo, fue un mover espectacular que impactó a las multitudes de su tiempo con la predicación del reino de Dios y su bautismo en aguas del Jordán. Sin embargo, también pasó el tiempo de Juan. Él mismo lo había dicho: “es necesario que mengue”. Desafortunadamente lo sabía, pero no menguó, así que Dios tuvo que permitir a Herodes dejar sin cabeza al Bautista para que el mover espiritual siga adelante. Otro cambio más. Tristemente, a pesar de que el movimiento de Juan, lo mismo que su fundador, ya no tenía cabeza, surgió una especie de religión juanista. Muchos discípulos de Juan no lo dejaron ni siguieron a Jesús. Duraron mas de 200 años creyendo que era Juan y no Jesús el verdadero Mesías. El apóstol Pablo habló con ellos cuando llegó a Éfeso. Uno de sus eminentes fue Apolos. Y como es frecuente en las religiones, también esta llevaba el nombre de su fundador. Así somos los hombres, podemos hacer una religión de Moisés y le llamaremos “los zarzistas descalzos”. Por ello requerimos aprender a cambiar. No se trata de irse, sino de no ser remplazado. Cuando no te adaptas al cambio, eres remplazado como Silas en lugar de Bernabé (búscalos en el Libro de los Hechos). ¿Qué pasó con los discípulos de Juan? Transformaron su ministerio de una boda en un funeral. Originalmente, el ministerio de Juan era la preparación de una boda, pero al no retirarse a tiempo, cuando el novio llegó (siguió decorando), se transformó en un funeral. ¡Hasta se aliaron los discípulos de Juan con los discípulos de los fariseos para hablar mal de los discípulos de Jesús! Eran unos llorones y quejumbrosos, mientras que los discípulos de Jesús andaban de fiesta. El Señor habló del ministerio de Juan como uno donde se les endechó y no lloraron. Mientras el del Maestro era un ministerio en donde se les tocó flauta y no bailaron. Dijeron que Juan el Bautista era endemoniado y Jesús un liberal. El cambio es inevitable: el viento sopla de donde quiere y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Una característica de lo que no se renueva es que se amarga. Le pasa a los limones y a los que envejecieron por dentro. Por su parte, el ministerio de Jesús era una boda. Fue el Novio llegando en busca de la novia. ¿Comprendes? Jesús dijo que no pueden los que están de bodas andar de luto. No llegas con tu novia para llevarla de paseo a la funeraria o al cementerio, sino para luna de miel. El cristianismo verdadero es emocionante, intenso y divertido. Hubo un tiempo en el que el Esposo fue quitado, te aseguro que nadie comió mientras su cuerpo estuvo en la sepultura, ¡pero resucitó! Hay tiempos de luto y de ayuno; de lágrimas y de clamor. Pero son épocas y no la consonante de la vida cristiana. Recupera la alegría, renuévate. Llora una vez y luego vuelve a la fiesta.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:15

Comentario general

9.14-15 La resistencia al cambio se conoce como inercia. Lo que está en reposo se resiste al movimiento y lo que está en movimiento se resiste al reposo. Así, todo movimiento de Dios deja personas en el camino que se resistieron al cambio. Maravillosos cristianos que poco a poco fueron quedándose debido a dicha resistencia. Tu trabajo cambia; tu familia cambia; tu iglesia cambia. El planeta está en movimiento. Pero no dejes tu trabajo ni tu familia ni tu iglesia, tampoco tu planeta, solo te adaptas. El Señor Jesús ilustró esta verdad a partir de una pregunta de los discípulos de Juan el Bautista, el cual fue el movimiento anterior a Cristo. Su reino está en movimiento, con Dios no te aburrirás. Comprendamos el contexto: Juan el Bautista fue el cambio en su momento. Su padre fue sacerdote, pero él no. Su padre era legalista e irreprensible en toda la ley (Luc. 1). Un viejo ceremonialista, si me permites el término. Se preparó toda si vida para servir en el templo y cuando le tocó en suerte; todo cambio; y ante el cambio no pudiendo asimilarlo, quedó mudo. Gracias a Dios más tarde se actualizó recuperando su capacidad de profetizar. Pero Juan no era sacerdote y tampoco contaba con la dignidad propia del ministerio; por el contrario, era una especie de loco (Luc. 1:80; 3:1), el terror de camellos, langostas y abejas, el ermitaño del desierto. Con todo, fue un mover espectacular que impactó a las multitudes de su tiempo con la predicación del reino de Dios y su bautismo en aguas del Jordán. Sin embargo, también pasó el tiempo de Juan. Él mismo lo había dicho: “es necesario que mengue”. Desafortunadamente lo sabía, pero no menguó, así que Dios tuvo que permitir a Herodes dejar sin cabeza al Bautista para que el mover espiritual siga adelante. Otro cambio más. Tristemente, a pesar de que el movimiento de Juan, lo mismo que su fundador, ya no tenía cabeza, surgió una especie de religión juanista. Muchos discípulos de Juan no lo dejaron ni siguieron a Jesús. Duraron mas de 200 años creyendo que era Juan y no Jesús el verdadero Mesías. El apóstol Pablo habló con ellos cuando llegó a Éfeso. Uno de sus eminentes fue Apolos. Y como es frecuente en las religiones, también esta llevaba el nombre de su fundador. Así somos los hombres, podemos hacer una religión de Moisés y le llamaremos “los zarzistas descalzos”. Por ello requerimos aprender a cambiar. No se trata de irse, sino de no ser remplazado. Cuando no te adaptas al cambio, eres remplazado como Silas en lugar de Bernabé (búscalos en el Libro de los Hechos). ¿Qué pasó con los discípulos de Juan? Transformaron su ministerio de una boda en un funeral. Originalmente, el ministerio de Juan era la preparación de una boda, pero al no retirarse a tiempo, cuando el novio llegó (siguió decorando), se transformó en un funeral. ¡Hasta se aliaron los discípulos de Juan con los discípulos de los fariseos para hablar mal de los discípulos de Jesús! Eran unos llorones y quejumbrosos, mientras que los discípulos de Jesús andaban de fiesta. El Señor habló del ministerio de Juan como uno donde se les endechó y no lloraron. Mientras el del Maestro era un ministerio en donde se les tocó flauta y no bailaron. Dijeron que Juan el Bautista era endemoniado y Jesús un liberal. El cambio es inevitable: el viento sopla de donde quiere y oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Una característica de lo que no se renueva es que se amarga. Le pasa a los limones y a los que envejecieron por dentro. Por su parte, el ministerio de Jesús era una boda. Fue el Novio llegando en busca de la novia. ¿Comprendes? Jesús dijo que no pueden los que están de bodas andar de luto. No llegas con tu novia para llevarla de paseo a la funeraria o al cementerio, sino para luna de miel. El cristianismo verdadero es emocionante, intenso y divertido. Hubo un tiempo en el que el Esposo fue quitado, te aseguro que nadie comió mientras su cuerpo estuvo en la sepultura, ¡pero resucitó! Hay tiempos de luto y de ayuno; de lágrimas y de clamor. Pero son épocas y no la consonante de la vida cristiana. Recupera la alegría, renuévate. Llora una vez y luego vuelve a la fiesta.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:16

Comentario general

9.16 Al Rey Jesús le preguntaron acerca de la religión del judaísmo, pero Él respondió con una relación con Él como una mujer con su marido (versículos anteriores); y junto con ello, también dio por respuesta el andar en el Espíritu, ilustrándolo mediante la figura de un paño nuevo que no puede ser puesto en vestido viejo. En aquel tiempo casi todas las telas eran confeccionadas de lana, material que al lavarse se encoge, de modo que un remiendo que aun no se encogía por vez primera, si era colocado como remiendo en un vestido viejo que ya no encogería más, al ser lavado por primera vez se encogería provocando que el vestido se rasgara. El vestido viejo representa el frágil, desgastado y obsoleto sistema del legalismo hebreo, ¡sistema que no debía ser remendado, sino reemplazado! Así es toda religión, no debe ser remendada, sino substituida. Un ejemplo es la Reforma, la cual no pudo efectuarse en el catolicismo, por lo que hubo de nacer el Protestantismo. Aunque sigue pasando en las filas evangélicas lo mismo al endurecerse y perder su flexibilidad a la siempre nueva vida del Espíritu. Cuando el cristianismo pierde su propósito se transforma en religión y debe remplazarse por la vida de Dios. No remiendes tu religión, déjala a un lado y vístete con el nuevo vestido del reino: Cristo Jesús. ¡Hasta los hebreos tuvieron que dejar la ley de Dios (mosaica) para vestirse de Cristo! (Gal. 3:23-27). Ligado a lo anterior, la verdadera santidad no es un asunto de apariencia, aunque debe notarse, sino de vida interior como resultado de Cristo en el corazón. Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte (Rom. 8:1-2).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:17

Comentario general

9.17 El vino nuevo, es el mismo principio que el paño nuevo, al ser depositado en un odre viejo, que por ser viejo llegó al límite de su flexibilidad; cuando pase por el proceso de la fermentación romperá los odres. Se requieren odres nuevos, flexibles para soportar la fermentación del vino nuevo. Todas las religiones (con sus prácticas como el ayuno en el judaísmo) son odres viejos. No se puede “encerrar” a Cristo en la liturgia religiosa. Se requieren iglesias locales flexibles a la vida espiritual. Iglesias que no se encasillen en sus prácticas, costumbre y rituales, sino que sigan sensibles al mover del Espíritu Santo, el cual sopla de donde quiere (Juan 3:8). Esto quiere decir que lo importante no son las prácticas (sin que esto signifique que se rechace toda práctica), sino la vida de la iglesia en Cristo, el disfrute de Cristo en la iglesia. Seamos odres nuevos, iglesias flexibles, que contengamos el vino nuevo, la nueva vida del Espíritu de Dios.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:18

Comentario general

9.18-25 En los siguientes versículos encontramos en forma sumamente breve dos historias entrelazadas de fe, amor y devoción. Del amor de un hombre principal hacia su hija que fallece mientras él acude a buscar el auxilio del Maestro, venciendo sus prejuicios ante la desesperación e impotencia que siente por su hija. Amor que lo impulsa a creer en Cristo más allá de todo razonamiento, incluso más allá de la misma muerte. Y por otro lado tenemos a una mujer con aspecto cadavérico y sin fuerza que con una fe mística (casi supersticiosa) es capaz de hacer salir el poder de Cristo; su debilidad hizo fluir por la fe el poder que creó los cielos y la tierra solo para su beneficio. Alguien ha dicho que es maravilloso cuando Dios se apodera de un hombre, ¡pero es incomparable cuando un hombre se apodera de Dios! Vemos también como la oración es el poder del hombre y en cierto sentido la debilidad de Dios. Mateo define al hombre de esta historia como un hombre principal; los evangelistas Marcos y Lucas le llaman Jairo, que significa “Él ilumina”. Se refiere a uno con reputación de santo; principal de la sinagoga, un religioso, pero religioso intachable. Es principal entre los grandes de su ciudad; reconocido guardián de la ley, del orden y de la adoración en el templo, sin embargo, ahora no está en el templo. Él no es de los que siguen a Jesús. La mujer por su parte, es desconocida. No se menciona su nombre, lo que la presenta como una mujer olvidada. La vemos llegando sola, lo cual la deshonra como mujer judía. No era valorada debido a su enfermedad, considerada inmunda. Pero Dios si la aprecia. Cuando el mundo se encarga de decirnos lo poco que somos, Dios insiste en lo mucho que valemos. Vale la pena el aborrecimiento del mundo, pues resalta el supereminente e inescrutable amor de Dios por el aborrecido (Dt. 7:7; Luc. 12:32). La historia les presenta juntos, al menos habla de ambos en el mismo pasaje. Con todo y sus diferencias. Él es principal, ella anónima. Él viene a Jesús con una numerosa comitiva, ella se acerca sola. A él le abren paso, ella tiene que abrirse paso entre la gente. Jairo viene de frente, la mujer a las espaldas del Maestro; de hecho, supone que no será atendida, por lo que tiene por esperanza al menos tocar el borde de las ropas del Señor. Jairo es un principal de la sinagoga, un reconocido religioso, un maestro de la ley, es un símbolo viviente de la santidad judaica; cuando habla en la sinagoga la gente enmudece, cuando alguien tiene dudas o problemas es a Jairo a quien consultan; cuando se trata de dirigir los ayunos o las oraciones, Jairo es el líder. Sin embargo, ahora es él que pide ayuda, ahora es él que pide ayuda, ahora es el que busca auxilio, irónicamente a quien suponían hasta hacía poco tiempo un carpintero galileo. Su religión le suena hueca y vacía, sus leyes están imponentes, su santidad se ha desvanecido; sólo le queda el hacedor de milagros a quien quizá criticó como un hereje. La mujer, por su parte, es inmunda a causa de su enfermedad, tiene prohibido participar del culto y de las ceremonias (Lev. 15:22-27) ¡incluso no puede entrar al templo! No debe tocar a nadie, extraña las caricias de sus seres queridos, los abrazos en las fiestas y el contacto de sus amistades. Demasiado tiempo hace ya que se sabe a sí misma como un símbolo de inmundicia, es el proverbio de la sinagoga cuando se enseña acerca de lo inmundo. Su enfermedad es humillante y tan cruel como la anemia y soledad que le ha infringido. Pero a pesar de ser tan diferentes, tienen puntos en común, por eso tres evangelistas entrelazan sus historias; a pesar de estar en ambos lados del mundo, ambos están en el mundo. Los dos necesitan un milagro, los dos buscan urgentemente la salud, la una tiene rotas sus entrañas y seco su cuerpo; el otro tiene seca su alma y roto su corazón. La mujer lleva doce años en muerte incipiente, Jairo tiene a su hija de doce años muerta en su casa. Ambos están desesperados, a Jairo se la agotaron las opciones y tragándose su orgullo religioso hubo de acudir a Jesús. A la mujer se le acabó su dinero en los médicos, Marcos nos dice que “iba de mal en peor” (Mar. 5:25-26) ¡De lo malo siguió lo peor! ¿Qué otra cosa podía hacer sino buscar a Dios? Pero la mejor de sus similitudes es su fe. Jairo creyó, creyó a pesar de todo, creyó cuando vinieron a decirle que no molestara más al Maestro, pues su hija había muerto (Luc. 8:49) ¡Ni siquiera la muerte separa al amor! Por su parte, la mujer también tuvo fe, una fe imperfecta quizá, pero suficiente para detener a Aquél que no pudo parar Herodes; fe suficiente para hacerle alto a quien no intimidaron los poderosos de Israel. Ambos hicieron lo correcto: Vinieron a Jesús. Lo que nos enseña que, sin importar la condición y la necesidad de nuestra vida, sólo hay una cosa que podemos hacer sin temor a equivocarnos: Venir a Jesucristo (Is. 1:18; 55:7; Mat. 11:28). El problema de Jairo es fácilmente comprensible por todos aquellos que tenemos hijos. Su hija de doce años enfermó gravemente y en lo que buscó a Jesús murió. Con cuanta frecuencia sucede que a pesar de venir al Señor para muchos los problemas empeoran, es fácil pensar: “mejor me hubiera sido quedarme como estaba”. Sin embargo, aunque la hija de Jairo murió, su fe en Cristo no murió, ¡tal debe ser nuestra confianza! Job pudo decir en medio de sus calamidades: Aunque Él me matare en Él esperaré (Job 13:15). Finalmente Él se levantará como vencedor y el mal menguará; seguro estoy de que vale la pena confiar en el Señor, no sólo a pesar de todo, sino por todo y en todo (Lam. 3:22-24). La mujer tiene doce años enferma de flujo de sangre; siendo la sangre vida, esta mujer tiene doce años muriendo. Había recibido un diagnóstico similar al de Jairo, no tenía remedio, estaría llena de vergüenza hasta que un día cualquiera se desvaneciera sin vida en alguna de las callejuelas del pueblo. Así es la sentencia que el mundo ha recibido: muerte. Y así puede ser la experiencia de muchos: No hay remedio. Mas, en base al conocimiento de las Sagradas Escrituras y a la ternura amorosa del Dios de toda misericordia afirmó categórico: ¡Sí hay remedio! Está a la diestra del Padre, su Nombre es Jesucristo. Aun se puede entonar el himno: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento (Sal. 23:4). El impedimento de Jairo era su prestigio religioso, social y político. ¿Qué irían a decir sus colegas? ¿Cuáles serían las consecuencias sociales? ¿Y su carrera? Mas, ¿a quién le importa su carrera y su prestigio cuando su hija está moribunda? También tuvo por obstáculo la noticia que recibió cuando apenas había entablado diálogo con el Señor: “tu hija ha muerto, ¿para qué molestas más al Maestro?” (Mar. 5:35). Así sucede a veces en la vida del creyente, no faltan los opositores y los pesimistas con sus sentencias y presagios de “no podrás”; En el Nombre del Señor diga: “Sí podré! Pero quizá el mayor de los impedimentos que halló Jairo fue la realidad de la vida natural, al llegar a su casa vio a los que tocaban flautas y a la gente que hacía alboroto, plañideras (mujeres contratadas para llorar) (Mat. 9:23). ¡Qué difícil creer cuando la realidad dice que no! ¿cómo esperar un milagro mirando el cáncer? ¿quién puede creer ante un ataúd? Solamente la Presencia del Rey puede cambiar las cosas. Y por si esto fuera poco, encontramos la burla de la gente hizo de Jesús (Mat. 9:24). ¡Vaya sorpresa de la familia, de los amigos, y de todos los presentes incrédulos! Lo que les faltaba, el padre de familia, el centrado Jairo se había vuelto loco y había traído al “curandero” criticado por los religiosos de Israel. Debió ser muy duro para Jairo, en su mente se arremolinaban las dudas: ¿me habré equivocado? ¿Estaré haciendo al tonto al traer al hacedor de milagros? ¿Podrá Jesús hacer algo? ¿Querrá hacer algo si se burlan de Él? Fue tan duro que dice la Biblia que echaron fuera a los burlones e incrédulos (Mat. 9:25); no dice el texto quién los sacó, aunque sí fue Jesús quien ordenó echarles; pero quiero creer que Jairo en un arranque de suprema fe en Jesús los sacó, después de todo, Jesús había dicho: No está muerta, sino duerme (Mat. 9:24). Todo aquel que quiera un milagro del Señor necesita ser capaz de arriesgarse a todo por Él, como Jairo, que se jugó el último prestigio que le quedaba. Y necesita quitar (echar fuera) todo lo que le impida seguir a Cristo. Notemos además como es que el Señor no entró a resucitar a la niña hasta que no hubieron de echar fuera a los incrédulos y burlones críticos (Mat. 9:25). Él nunca entrará a donde no crean en Él; tampoco dará vida a la iglesia, a no ser que sean quitados de ella los incrédulos y opositores (al menos en cuanto a funciones y autoridad). Jesús no es rencoroso, no tomó en cuenta las burlas, solo miró la fe y el amor de Jairo. Así Él tampoco nos tratará de acuerdo a lo que merecemos, sino de acuerdo a su misericordia (Jer. 29:11; Miqueas 7:18). Ahora veamos los obstáculos que enfrentó la mujer del relato: Era una mujer sumamente débil, su piel se pegaba a sus huesos y de andar era lento a causa de la terrible anemia que le agolpaba tras larga e inmisericorde enfermedad. A duras penas se había levantado ese día, acostumbrada a los mareos y dolores de cabeza; con una sensación de estar sucia todo el tiempo; el buen humor seguro se había ido y a amargura afloraba como sus pupilos entre las hundidas cuencas de sus ojos. Era una de las personas más aptas en toda la tierra para manifestar la gloria del Rey de Israel, porque cuando somos débiles, entonces Él es fuerte. ¡Qué maravilloso es saber que cuando nosotros no podemos, Él si puede! Imaginemos a esta enjuta mujer intentar abrirse paso entre la multitud que apretaba a Jesús; ¡vaya dificultad! Miles de personas estaban en derredor del Maestro, ¿cómo llegar hasta Él? Con todo, donde faltó el físico sobró fe y el camino fue allanado. Luchó la mujer, sí, y mucho. Quizá sintió desmayar en más de una ocasión, pero la fe de Cristo tiene la virtud de sacar fuerzas de debilidad (Heb. 11:34). “Si tan sólo tocare el borde de su manto” –era su plegaria; Jesús era su meta; la sanidad su objetivo; y la salvación su recompensa. Este es el ejemplo de aquellos que no dejarán pasar la oportunidad de tocar a Jesús; desafortunadamente hay tantos quejumbrosos que exigen ser tocados por Jesús como si llamasen a un sirviente, olvidando que son los súbditos los que van al Rey, a pesar de que fue el Rey quien tomó la iniciativa. Por si fueran pocas las trabas de esta mujer, es muy probable que las dudas golpearan su ser, después de todo Jesús estaba atendiendo a un poderoso, rumbo a la casa de un “santo” con una hija muerta, ¿quién era ella para ser tomada en cuenta? ¿Por qué habría el Señor de dignarse a mirar siquiera a una inmunda? Esta es otra de las razones por las que no va de frente ni suplica ayuda, tan solo quiere tocarle y eso será suficiente …fe imperfecta pero muy grande y poderosa. Tenemos también una contradicción doctrinal en la actitud de la mujer enferma, la ley decía explícitamente: Cuando una mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche (Lev. 15:19); ¡Inmunda ella y todo lo que tocare dice! Por eso es que tocó el borde del manto del Señor y no directamente a Jesús, un asunto de respeto. El borde, esto es, las borlas que colgaban de la túnica hebrea, servían para recordarle la Torá a los judíos (Num. 15:38-40); de modo que la mujer, al ser repudiada por la ley contenida en las Escrituras acudió a la misma representación de la Palabra de Dios. Esto significa que la fe no es mística ni ciega, por el contrario, está fundada en la luz de la Palabra de Dios. Significa también la limpieza y santificación que solo el Señor Jesús puede dar a través de su Palabra (Juan 15:3). Lo explicaré: Cuando una persona inmunda toca a otra la contamina, sin embargo, cuando el inmundo toca a Cristo, no puede contaminarle; el único incontaminable es Dios. Del mismo modo que la luz es lo único conocido incontaminable, así también Jesús es la luz del mundo (Juan 8:12), la luz puede caer sobre todos, pero nada puede caer sobre a luz; por eso, tocarle es recibir la virtud que sale de Él. Cabe señalar la perseverancia de la frágil mujer enferma, no debió serle cosa sencilla llegar al Señor, pero perseveró. Cuando sintió morir, perseveró; cuando hubo dudas, perseveró; cuando hubo temor, perseveró; el dictamen legal no fue suficiente para hacerla desistir, ni la enfermedad, ni la muchedumbre; ¡ella perseveró, perseveró y perseveró! Sólo puede haber algo necio en el que se aferra a la fe y es el soltarse de ella; después de todo, lo único seguro que encontraremos si perseveramos en la búsqueda del Señor es la salvación (Mt.24:13). Recordemos el ejemplo de esta mujer cuando sintamos desmayar. Si tomáramos la actitud legalista, podríamos decir que tanto Jairo como la mujer del flujo fueron a Jesús por motivos que podríamos calificar de inadecuados. Por un lado, Jairo fue a su enemigo porque no le quedó más remedio, ¿qué tan desesperado estaría para haberse atrevido a solicitarle socorro? Así somos los seres humanos, absolutamente todos, unos más, otros peor; pero todos, siendo enemigos de Dios clamamos a Él (Rom. 5:10). Y así es Dios, a pesar de todo atiende nuestras necesidades. Por tanto, conviene al hombre quedarse sin esperanza alguna en el mundo para encontrar la bendita y verdadera esperanza de la fe en Cristo Jesús. Del mismo modo la mujer fue a Jesús porque había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía (Mar. 5:26); no fue porque lo amara, pero aun así sería amada. Su fe era imperfecta, pero su Dios es Perfecto. A pesar de todo, Cristo siempre recibe a los que vienen a Él, jamás los echa fuera (Juan 6:37). Resaltemos una vez más su perseverancia. Jairo superó el riesgo del descrédito, de perder su posición como guardián del orden y la adoración en el templo. Superó quedar en ridículo y como mentiroso al confiar en el objeto de sus críticas. Ahora el guardián de la adoración era un adorador y el crítico criticado. Mira qué humillación: Jairo fue y se postró ante Jesús (vr.18), lo mismo le sucedería a un tal Saulo tiempo después (Fil. 3:7-8). Todos tenemos tarde o temprano la disyuntiva entre Cristo y nuestra posición en el mundo, escojamos bien. Además, Jairo superó el fondo mismo del mal: “tu hija ha muerto”. Cuando creyó encontrar la solución a sus problemas en Jesús, ¡plas! Un balde de agua fría a su fe. Sin embargo, Jairo continuó creyendo alentado por el maestro (Mar. 5:35-36). Le ha sucedido a algunos que en el momento mismo de su conversión, cuando miran las cosas con fe y buenas expectativas, la avalancha de problemas los agolpa. Y también ha sucedido que algunos de entre ellos duden y den la espalda a la fe. Seguir al Rey Jesucristo nunca debe fundamentarse en los beneficios recibidos, sino sólo en Su Persona (Hab. 3:17-19; Sal. 46:1-3). Jairo superó la prueba. Imaginemos el cuadro. Este hombre necesitado, principal de la sinagoga, ha vencido toda barrera para ir a Jesús por el gran amor hacia su hija muerta. El caso es grave y urgente. No hay tiempo que perder, la niña acaba de morir, su cuerpo aún no se enfría, es posible aún un milagro del Señor. Ahora el Señor le acompaña a su casa para resucitar a su hija, ¡y de pronto se detiene porque dice que alguien lo tocó! La fe de Jairo fue puesta a prueba, lo mismo que su paciencia. Posiblemente pensaba: “le dije que mi hija recién fallecida y le manifieste fe en que podía resucitarle, ¿y se detiene a atender a una inmunda mujer?” ¿Por qué a veces Dios tarda en dar su respuesta? ¿Por qué no hay socorro inmediato siempre? La Biblia dice que la esperanza que se demora es tormento del corazón (Pr. 13:12). Sin embargo, Dios prueba la fe del hombre para producirle paciencia (Stg. 1:3) y luego ejercita su paciencia para que esté completo, perfeccionado (Stg. 1:4). Es seguro que Él contestará con bendición (Sal. 40:1-2). Por su parte la mujer enferma de flujo también halló la salvación con fe perseverante. Primeramente superó su propia debilidad. Es muy probable que le costara trabajo aún levantarse de su cama, ¡y abrió a la multitud para llegar a Jesús! Era una mujer con una larga lista de excusas validas (si hubiese querido usarlas) para no ir al Señor; pero no lo hizo, simplemente fue. Desafortunadamente hay personas muy diferentes a esta mujer, que se excusan con cualquier cosa evitando encontrarse con el Señor y con su salvación. El consejo bíblico es no dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre; más bien, exhortémonos, y con mayor razón cuando vemos que el día del Señor se acerca (Heb. 10:25). Esta pobre mujer superó también la opinión pública, ¡oh! Que indigna era ante los demás. Repetidamente habrá escuchado: “Inmunda”, “no te acerques”, “no tienes remedio”. Si esa es también su condición, si ya te has cansado de oír que no hay solución para tu vida, debes saber que en Cristo siempre hay remedio. En estos momentos el Nazareno pasa cerca de ti, ¡abre paso entre la multitud de quejas y de excusas y tócalo! ¿Quién es el que más necesita al Señor Jesucristo sino el afligido? La mujer superó además su pequeñez. ¿Quién era ella para que el Gran Maestro de Galilea, el Hacedor de milagros, el Cristo, el Hijo de Dios se detuviera a atenderla? Podía pensar que Jesús estaba demasiado ocupado con el hombre importante. Después de todo, Jairo merecía más su atención; él era el religioso, el “santo”, ¿pero a ella? ¿a una mujer considerada inmunda por la ley? ¡Mas gracias a Dios que no mira como mira el hombre! Su misericordia no conoce irredentos. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y yo te amé; daré, pues, hombre por ti, y naciones por tu vida (Is.43:4). Es un hecho, Dios se detiene ante el suplicante. Para estas alturas del evangelio según Mateo el Señor Jesús aun no había resucitado a nadie, de modo que Jairo es la primera persona en los evangelios en creer que el Señor resucita a los muertos sin tener ninguna evidencia anterior. Jairo declaró que si Jesús ponía su mano en su hija muerta, ésta viviría (vr.18). ¡Cuán grande e importante es creer aunque nunca hubiera existido un caso similar al nuestro! La verdadera fe no se basa en antecedentes ni en estadísticas. La verdadera fe se basa en confiar absolutamente en que el toque del Señor Jesucristo trae vida. También la mujer tenía fe verdadera. Ella creía en la autoridad del Señor Jesús. La ley la condenaba como inmunda a causa de su flujo de sangre; por eso buscaba tocar las borlas del manto de Jesús, las cuales representaban a la misma ley que la condenaba. En aquel tiempo los judíos llevaban en las esquinas de su manto exterior cuatro borlas de azul jacinto en obediencia a Num. 15:37-41 y Dt. 22:12. Dicho atavío los identifica como miembros del pueblo de Dios y representaba los cinco libros de la ley. Así que la mujer confiaba en la Palabra de Dios aunque esta le condenara. ¡Creer en las promesas de Dios es vida y sanidad! Pero además, la mujer confiaba en que la autoridad del Señor Jesús estaba por encima de la misma ley. Creía que la ley por sí sola le condenaba, pero que la ley en Cristo la vivificaría. ¿Y no es acaso esta nuestra experiencia? La ley era muerte para nosotros (Rom. 7:11-13) pero una vez que se cumple en Cristo ha sido vida a nosotros (8:1-4). La misericordia triunfa sobre el juicio (Stg. 2:13). La fe verdadera es también una fe activa (Stg. 2:20,22). Mientras que Jairo buscaba que el Señor tocara a su hija, la mujer buscó tocar a Jesús. Era tanta su necesidad que tomó la iniciativa para sacar poder del Señor Jesús. Alguien dijo que la oración es el poder del hombre y la debilidad de Dios. Una fe salvadora para la mujer, pues dijo dentro de sí (vr. 21) y luego confesó al Señor verbalmente (Mar. 5:33). Esto quiere decir que para la salvación no basta con creer internamente, también es necesario confesar con nuestra boca que Jesús es el Señor (Rom. 10:9-10). Una vez hecho esto el Señor honró a la mujer delante de todos los presentes (vr.22). El que se humilla será exaltado (Luc. 14:11). La fe de esta mujer era real, tan sólida que detuvo al Señor del Universo, como si todo el mundo dejara de moverse. Por un momento la única persona que existió para Cristo era esta mujer. El texto dice: Jesús, volviéndose y mirándola (vr.22). Ya con esto servía suficiente, aún si no hubiese sido sanada el Rey se había detenido en su andar en la tierra para mirarla. Su fe era salvadora porque estaba fundada en la Palabra (tocó las borlas del manto); por lo que recibió también la Palabra de Dios: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado (vr.22). La Palabra fue declarada, el hecho se había consumado: Y la mujer fue salva desde aquella hora (vr.22). La salvación radica en lo que Dios declara, no en lo que nosotros somos o hacemos. Finalmente es su fe y no la nuestra, porque aún mi fe debe estar respaldada en su Palabra. No soy salvo porque yo lo digo, sino porque Él lo ha dicho podía decir la mujer y podemos decir los creyentes. También Jairo recibió una promesa reconfortante: la niña no está muerta, sino duerme (vr.24). En los funerales de creyentes oímos frases similares, sin embargo, les falta un ingrediente, el poder de Dios. Jairo estaba abatido, por lo que el Señor Jesús lo consoló. El consuelo de Cristo no se basa en la lástima; ésta es la diferencia entre nuestra misericordia y la de Dios. La misericordia del hombre carece de poder para transformar las circunstancias, por lo que no pasa de lástima. Y cuando el problema no es muy grave y el hombre tiene poder, generalmente carece de misericordia por lo que cae en la tiranía. No así Dios, quien tiene tanto la misericordia como el poder que la respalda. Tiene el poder y la gracia para ejercerlo. La fe de Jairo fue suficiente para recibir el auxilio divino (no se necesita mucho para ello). Buscó que Jesús tocara a su hija y Jesús fue más allá; el Señor la tomó de la mano y la levantó. Por su fe y persistencia Jairo recibió a su hija sana: Y ella se levantó (vr. 25). Este debe ser un ejemplo para todos los padres, que a toda costa debemos buscar la salvación de nuestros hijos. Para concluir, concédeme una palabra más: no es casualidad que la niña tuviera doce años de edad, los mismos que la enfermedad de la mujer y que tres evangelios relates sus casos juntos. La razón es que se trata de madre e hija. El parto de la una trajo el daño de la otra. No podía seguir siendo la esposa de Jairo, el líder de la sinagoga; así que fue expulsada por inmunda, de acuerdo a la ley. Ahora la hija está muriendo y la mamá también. Jesús salvó a ambas y con ello restauró a toda la familia. La Biblia no lo dice, pero podemos imaginarlo: están completos celebrando en casa haber conocido a Jesús.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:19

Comentario general

9.18-25 En los siguientes versículos encontramos en forma sumamente breve dos historias entrelazadas de fe, amor y devoción. Del amor de un hombre principal hacia su hija que fallece mientras él acude a buscar el auxilio del Maestro, venciendo sus prejuicios ante la desesperación e impotencia que siente por su hija. Amor que lo impulsa a creer en Cristo más allá de todo razonamiento, incluso más allá de la misma muerte. Y por otro lado tenemos a una mujer con aspecto cadavérico y sin fuerza que con una fe mística (casi supersticiosa) es capaz de hacer salir el poder de Cristo; su debilidad hizo fluir por la fe el poder que creó los cielos y la tierra solo para su beneficio. Alguien ha dicho que es maravilloso cuando Dios se apodera de un hombre, ¡pero es incomparable cuando un hombre se apodera de Dios! Vemos también como la oración es el poder del hombre y en cierto sentido la debilidad de Dios. Mateo define al hombre de esta historia como un hombre principal; los evangelistas Marcos y Lucas le llaman Jairo, que significa “Él ilumina”. Se refiere a uno con reputación de santo; principal de la sinagoga, un religioso, pero religioso intachable. Es principal entre los grandes de su ciudad; reconocido guardián de la ley, del orden y de la adoración en el templo, sin embargo, ahora no está en el templo. Él no es de los que siguen a Jesús. La mujer por su parte, es desconocida. No se menciona su nombre, lo que la presenta como una mujer olvidada. La vemos llegando sola, lo cual la deshonra como mujer judía. No era valorada debido a su enfermedad, considerada inmunda. Pero Dios si la aprecia. Cuando el mundo se encarga de decirnos lo poco que somos, Dios insiste en lo mucho que valemos. Vale la pena el aborrecimiento del mundo, pues resalta el supereminente e inescrutable amor de Dios por el aborrecido (Dt. 7:7; Luc. 12:32). La historia les presenta juntos, al menos habla de ambos en el mismo pasaje. Con todo y sus diferencias. Él es principal, ella anónima. Él viene a Jesús con una numerosa comitiva, ella se acerca sola. A él le abren paso, ella tiene que abrirse paso entre la gente. Jairo viene de frente, la mujer a las espaldas del Maestro; de hecho, supone que no será atendida, por lo que tiene por esperanza al menos tocar el borde de las ropas del Señor. Jairo es un principal de la sinagoga, un reconocido religioso, un maestro de la ley, es un símbolo viviente de la santidad judaica; cuando habla en la sinagoga la gente enmudece, cuando alguien tiene dudas o problemas es a Jairo a quien consultan; cuando se trata de dirigir los ayunos o las oraciones, Jairo es el líder. Sin embargo, ahora es él que pide ayuda, ahora es él que pide ayuda, ahora es el que busca auxilio, irónicamente a quien suponían hasta hacía poco tiempo un carpintero galileo. Su religión le suena hueca y vacía, sus leyes están imponentes, su santidad se ha desvanecido; sólo le queda el hacedor de milagros a quien quizá criticó como un hereje. La mujer, por su parte, es inmunda a causa de su enfermedad, tiene prohibido participar del culto y de las ceremonias (Lev. 15:22-27) ¡incluso no puede entrar al templo! No debe tocar a nadie, extraña las caricias de sus seres queridos, los abrazos en las fiestas y el contacto de sus amistades. Demasiado tiempo hace ya que se sabe a sí misma como un símbolo de inmundicia, es el proverbio de la sinagoga cuando se enseña acerca de lo inmundo. Su enfermedad es humillante y tan cruel como la anemia y soledad que le ha infringido. Pero a pesar de ser tan diferentes, tienen puntos en común, por eso tres evangelistas entrelazan sus historias; a pesar de estar en ambos lados del mundo, ambos están en el mundo. Los dos necesitan un milagro, los dos buscan urgentemente la salud, la una tiene rotas sus entrañas y seco su cuerpo; el otro tiene seca su alma y roto su corazón. La mujer lleva doce años en muerte incipiente, Jairo tiene a su hija de doce años muerta en su casa. Ambos están desesperados, a Jairo se la agotaron las opciones y tragándose su orgullo religioso hubo de acudir a Jesús. A la mujer se le acabó su dinero en los médicos, Marcos nos dice que “iba de mal en peor” (Mar. 5:25-26) ¡De lo malo siguió lo peor! ¿Qué otra cosa podía hacer sino buscar a Dios? Pero la mejor de sus similitudes es su fe. Jairo creyó, creyó a pesar de todo, creyó cuando vinieron a decirle que no molestara más al Maestro, pues su hija había muerto (Luc. 8:49) ¡Ni siquiera la muerte separa al amor! Por su parte, la mujer también tuvo fe, una fe imperfecta quizá, pero suficiente para detener a Aquél que no pudo parar Herodes; fe suficiente para hacerle alto a quien no intimidaron los poderosos de Israel. Ambos hicieron lo correcto: Vinieron a Jesús. Lo que nos enseña que, sin importar la condición y la necesidad de nuestra vida, sólo hay una cosa que podemos hacer sin temor a equivocarnos: Venir a Jesucristo (Is. 1:18; 55:7; Mat. 11:28). El problema de Jairo es fácilmente comprensible por todos aquellos que tenemos hijos. Su hija de doce años enfermó gravemente y en lo que buscó a Jesús murió. Con cuanta frecuencia sucede que a pesar de venir al Señor para muchos los problemas empeoran, es fácil pensar: “mejor me hubiera sido quedarme como estaba”. Sin embargo, aunque la hija de Jairo murió, su fe en Cristo no murió, ¡tal debe ser nuestra confianza! Job pudo decir en medio de sus calamidades: Aunque Él me matare en Él esperaré (Job 13:15). Finalmente Él se levantará como vencedor y el mal menguará; seguro estoy de que vale la pena confiar en el Señor, no sólo a pesar de todo, sino por todo y en todo (Lam. 3:22-24). La mujer tiene doce años enferma de flujo de sangre; siendo la sangre vida, esta mujer tiene doce años muriendo. Había recibido un diagnóstico similar al de Jairo, no tenía remedio, estaría llena de vergüenza hasta que un día cualquiera se desvaneciera sin vida en alguna de las callejuelas del pueblo. Así es la sentencia que el mundo ha recibido: muerte. Y así puede ser la experiencia de muchos: No hay remedio. Mas, en base al conocimiento de las Sagradas Escrituras y a la ternura amorosa del Dios de toda misericordia afirmó categórico: ¡Sí hay remedio! Está a la diestra del Padre, su Nombre es Jesucristo. Aun se puede entonar el himno: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento (Sal. 23:4). El impedimento de Jairo era su prestigio religioso, social y político. ¿Qué irían a decir sus colegas? ¿Cuáles serían las consecuencias sociales? ¿Y su carrera? Mas, ¿a quién le importa su carrera y su prestigio cuando su hija está moribunda? También tuvo por obstáculo la noticia que recibió cuando apenas había entablado diálogo con el Señor: “tu hija ha muerto, ¿para qué molestas más al Maestro?” (Mar. 5:35). Así sucede a veces en la vida del creyente, no faltan los opositores y los pesimistas con sus sentencias y presagios de “no podrás”; En el Nombre del Señor diga: “Sí podré! Pero quizá el mayor de los impedimentos que halló Jairo fue la realidad de la vida natural, al llegar a su casa vio a los que tocaban flautas y a la gente que hacía alboroto, plañideras (mujeres contratadas para llorar) (Mat. 9:23). ¡Qué difícil creer cuando la realidad dice que no! ¿cómo esperar un milagro mirando el cáncer? ¿quién puede creer ante un ataúd? Solamente la Presencia del Rey puede cambiar las cosas. Y por si esto fuera poco, encontramos la burla de la gente hizo de Jesús (Mat. 9:24). ¡Vaya sorpresa de la familia, de los amigos, y de todos los presentes incrédulos! Lo que les faltaba, el padre de familia, el centrado Jairo se había vuelto loco y había traído al “curandero” criticado por los religiosos de Israel. Debió ser muy duro para Jairo, en su mente se arremolinaban las dudas: ¿me habré equivocado? ¿Estaré haciendo al tonto al traer al hacedor de milagros? ¿Podrá Jesús hacer algo? ¿Querrá hacer algo si se burlan de Él? Fue tan duro que dice la Biblia que echaron fuera a los burlones e incrédulos (Mat. 9:25); no dice el texto quién los sacó, aunque sí fue Jesús quien ordenó echarles; pero quiero creer que Jairo en un arranque de suprema fe en Jesús los sacó, después de todo, Jesús había dicho: No está muerta, sino duerme (Mat. 9:24). Todo aquel que quiera un milagro del Señor necesita ser capaz de arriesgarse a todo por Él, como Jairo, que se jugó el último prestigio que le quedaba. Y necesita quitar (echar fuera) todo lo que le impida seguir a Cristo. Notemos además como es que el Señor no entró a resucitar a la niña hasta que no hubieron de echar fuera a los incrédulos y burlones críticos (Mat. 9:25). Él nunca entrará a donde no crean en Él; tampoco dará vida a la iglesia, a no ser que sean quitados de ella los incrédulos y opositores (al menos en cuanto a funciones y autoridad). Jesús no es rencoroso, no tomó en cuenta las burlas, solo miró la fe y el amor de Jairo. Así Él tampoco nos tratará de acuerdo a lo que merecemos, sino de acuerdo a su misericordia (Jer. 29:11; Miqueas 7:18). Ahora veamos los obstáculos que enfrentó la mujer del relato: Era una mujer sumamente débil, su piel se pegaba a sus huesos y de andar era lento a causa de la terrible anemia que le agolpaba tras larga e inmisericorde enfermedad. A duras penas se había levantado ese día, acostumbrada a los mareos y dolores de cabeza; con una sensación de estar sucia todo el tiempo; el buen humor seguro se había ido y a amargura afloraba como sus pupilos entre las hundidas cuencas de sus ojos. Era una de las personas más aptas en toda la tierra para manifestar la gloria del Rey de Israel, porque cuando somos débiles, entonces Él es fuerte. ¡Qué maravilloso es saber que cuando nosotros no podemos, Él si puede! Imaginemos a esta enjuta mujer intentar abrirse paso entre la multitud que apretaba a Jesús; ¡vaya dificultad! Miles de personas estaban en derredor del Maestro, ¿cómo llegar hasta Él? Con todo, donde faltó el físico sobró fe y el camino fue allanado. Luchó la mujer, sí, y mucho. Quizá sintió desmayar en más de una ocasión, pero la fe de Cristo tiene la virtud de sacar fuerzas de debilidad (Heb. 11:34). “Si tan sólo tocare el borde de su manto” –era su plegaria; Jesús era su meta; la sanidad su objetivo; y la salvación su recompensa. Este es el ejemplo de aquellos que no dejarán pasar la oportunidad de tocar a Jesús; desafortunadamente hay tantos quejumbrosos que exigen ser tocados por Jesús como si llamasen a un sirviente, olvidando que son los súbditos los que van al Rey, a pesar de que fue el Rey quien tomó la iniciativa. Por si fueran pocas las trabas de esta mujer, es muy probable que las dudas golpearan su ser, después de todo Jesús estaba atendiendo a un poderoso, rumbo a la casa de un “santo” con una hija muerta, ¿quién era ella para ser tomada en cuenta? ¿Por qué habría el Señor de dignarse a mirar siquiera a una inmunda? Esta es otra de las razones por las que no va de frente ni suplica ayuda, tan solo quiere tocarle y eso será suficiente …fe imperfecta pero muy grande y poderosa. Tenemos también una contradicción doctrinal en la actitud de la mujer enferma, la ley decía explícitamente: Cuando una mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche (Lev. 15:19); ¡Inmunda ella y todo lo que tocare dice! Por eso es que tocó el borde del manto del Señor y no directamente a Jesús, un asunto de respeto. El borde, esto es, las borlas que colgaban de la túnica hebrea, servían para recordarle la Torá a los judíos (Num. 15:38-40); de modo que la mujer, al ser repudiada por la ley contenida en las Escrituras acudió a la misma representación de la Palabra de Dios. Esto significa que la fe no es mística ni ciega, por el contrario, está fundada en la luz de la Palabra de Dios. Significa también la limpieza y santificación que solo el Señor Jesús puede dar a través de su Palabra (Juan 15:3). Lo explicaré: Cuando una persona inmunda toca a otra la contamina, sin embargo, cuando el inmundo toca a Cristo, no puede contaminarle; el único incontaminable es Dios. Del mismo modo que la luz es lo único conocido incontaminable, así también Jesús es la luz del mundo (Juan 8:12), la luz puede caer sobre todos, pero nada puede caer sobre a luz; por eso, tocarle es recibir la virtud que sale de Él. Cabe señalar la perseverancia de la frágil mujer enferma, no debió serle cosa sencilla llegar al Señor, pero perseveró. Cuando sintió morir, perseveró; cuando hubo dudas, perseveró; cuando hubo temor, perseveró; el dictamen legal no fue suficiente para hacerla desistir, ni la enfermedad, ni la muchedumbre; ¡ella perseveró, perseveró y perseveró! Sólo puede haber algo necio en el que se aferra a la fe y es el soltarse de ella; después de todo, lo único seguro que encontraremos si perseveramos en la búsqueda del Señor es la salvación (Mt.24:13). Recordemos el ejemplo de esta mujer cuando sintamos desmayar. Si tomáramos la actitud legalista, podríamos decir que tanto Jairo como la mujer del flujo fueron a Jesús por motivos que podríamos calificar de inadecuados. Por un lado, Jairo fue a su enemigo porque no le quedó más remedio, ¿qué tan desesperado estaría para haberse atrevido a solicitarle socorro? Así somos los seres humanos, absolutamente todos, unos más, otros peor; pero todos, siendo enemigos de Dios clamamos a Él (Rom. 5:10). Y así es Dios, a pesar de todo atiende nuestras necesidades. Por tanto, conviene al hombre quedarse sin esperanza alguna en el mundo para encontrar la bendita y verdadera esperanza de la fe en Cristo Jesús. Del mismo modo la mujer fue a Jesús porque había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía (Mar. 5:26); no fue porque lo amara, pero aun así sería amada. Su fe era imperfecta, pero su Dios es Perfecto. A pesar de todo, Cristo siempre recibe a los que vienen a Él, jamás los echa fuera (Juan 6:37). Resaltemos una vez más su perseverancia. Jairo superó el riesgo del descrédito, de perder su posición como guardián del orden y la adoración en el templo. Superó quedar en ridículo y como mentiroso al confiar en el objeto de sus críticas. Ahora el guardián de la adoración era un adorador y el crítico criticado. Mira qué humillación: Jairo fue y se postró ante Jesús (vr.18), lo mismo le sucedería a un tal Saulo tiempo después (Fil. 3:7-8). Todos tenemos tarde o temprano la disyuntiva entre Cristo y nuestra posición en el mundo, escojamos bien. Además, Jairo superó el fondo mismo del mal: “tu hija ha muerto”. Cuando creyó encontrar la solución a sus problemas en Jesús, ¡plas! Un balde de agua fría a su fe. Sin embargo, Jairo continuó creyendo alentado por el maestro (Mar. 5:35-36). Le ha sucedido a algunos que en el momento mismo de su conversión, cuando miran las cosas con fe y buenas expectativas, la avalancha de problemas los agolpa. Y también ha sucedido que algunos de entre ellos duden y den la espalda a la fe. Seguir al Rey Jesucristo nunca debe fundamentarse en los beneficios recibidos, sino sólo en Su Persona (Hab. 3:17-19; Sal. 46:1-3). Jairo superó la prueba. Imaginemos el cuadro. Este hombre necesitado, principal de la sinagoga, ha vencido toda barrera para ir a Jesús por el gran amor hacia su hija muerta. El caso es grave y urgente. No hay tiempo que perder, la niña acaba de morir, su cuerpo aún no se enfría, es posible aún un milagro del Señor. Ahora el Señor le acompaña a su casa para resucitar a su hija, ¡y de pronto se detiene porque dice que alguien lo tocó! La fe de Jairo fue puesta a prueba, lo mismo que su paciencia. Posiblemente pensaba: “le dije que mi hija recién fallecida y le manifieste fe en que podía resucitarle, ¿y se detiene a atender a una inmunda mujer?” ¿Por qué a veces Dios tarda en dar su respuesta? ¿Por qué no hay socorro inmediato siempre? La Biblia dice que la esperanza que se demora es tormento del corazón (Pr. 13:12). Sin embargo, Dios prueba la fe del hombre para producirle paciencia (Stg. 1:3) y luego ejercita su paciencia para que esté completo, perfeccionado (Stg. 1:4). Es seguro que Él contestará con bendición (Sal. 40:1-2). Por su parte la mujer enferma de flujo también halló la salvación con fe perseverante. Primeramente superó su propia debilidad. Es muy probable que le costara trabajo aún levantarse de su cama, ¡y abrió a la multitud para llegar a Jesús! Era una mujer con una larga lista de excusas validas (si hubiese querido usarlas) para no ir al Señor; pero no lo hizo, simplemente fue. Desafortunadamente hay personas muy diferentes a esta mujer, que se excusan con cualquier cosa evitando encontrarse con el Señor y con su salvación. El consejo bíblico es no dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre; más bien, exhortémonos, y con mayor razón cuando vemos que el día del Señor se acerca (Heb. 10:25). Esta pobre mujer superó también la opinión pública, ¡oh! Que indigna era ante los demás. Repetidamente habrá escuchado: “Inmunda”, “no te acerques”, “no tienes remedio”. Si esa es también su condición, si ya te has cansado de oír que no hay solución para tu vida, debes saber que en Cristo siempre hay remedio. En estos momentos el Nazareno pasa cerca de ti, ¡abre paso entre la multitud de quejas y de excusas y tócalo! ¿Quién es el que más necesita al Señor Jesucristo sino el afligido? La mujer superó además su pequeñez. ¿Quién era ella para que el Gran Maestro de Galilea, el Hacedor de milagros, el Cristo, el Hijo de Dios se detuviera a atenderla? Podía pensar que Jesús estaba demasiado ocupado con el hombre importante. Después de todo, Jairo merecía más su atención; él era el religioso, el “santo”, ¿pero a ella? ¿a una mujer considerada inmunda por la ley? ¡Mas gracias a Dios que no mira como mira el hombre! Su misericordia no conoce irredentos. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y yo te amé; daré, pues, hombre por ti, y naciones por tu vida (Is.43:4). Es un hecho, Dios se detiene ante el suplicante. Para estas alturas del evangelio según Mateo el Señor Jesús aun no había resucitado a nadie, de modo que Jairo es la primera persona en los evangelios en creer que el Señor resucita a los muertos sin tener ninguna evidencia anterior. Jairo declaró que si Jesús ponía su mano en su hija muerta, ésta viviría (vr.18). ¡Cuán grande e importante es creer aunque nunca hubiera existido un caso similar al nuestro! La verdadera fe no se basa en antecedentes ni en estadísticas. La verdadera fe se basa en confiar absolutamente en que el toque del Señor Jesucristo trae vida. También la mujer tenía fe verdadera. Ella creía en la autoridad del Señor Jesús. La ley la condenaba como inmunda a causa de su flujo de sangre; por eso buscaba tocar las borlas del manto de Jesús, las cuales representaban a la misma ley que la condenaba. En aquel tiempo los judíos llevaban en las esquinas de su manto exterior cuatro borlas de azul jacinto en obediencia a Num. 15:37-41 y Dt. 22:12. Dicho atavío los identifica como miembros del pueblo de Dios y representaba los cinco libros de la ley. Así que la mujer confiaba en la Palabra de Dios aunque esta le condenara. ¡Creer en las promesas de Dios es vida y sanidad! Pero además, la mujer confiaba en que la autoridad del Señor Jesús estaba por encima de la misma ley. Creía que la ley por sí sola le condenaba, pero que la ley en Cristo la vivificaría. ¿Y no es acaso esta nuestra experiencia? La ley era muerte para nosotros (Rom. 7:11-13) pero una vez que se cumple en Cristo ha sido vida a nosotros (8:1-4). La misericordia triunfa sobre el juicio (Stg. 2:13). La fe verdadera es también una fe activa (Stg. 2:20,22). Mientras que Jairo buscaba que el Señor tocara a su hija, la mujer buscó tocar a Jesús. Era tanta su necesidad que tomó la iniciativa para sacar poder del Señor Jesús. Alguien dijo que la oración es el poder del hombre y la debilidad de Dios. Una fe salvadora para la mujer, pues dijo dentro de sí (vr. 21) y luego confesó al Señor verbalmente (Mar. 5:33). Esto quiere decir que para la salvación no basta con creer internamente, también es necesario confesar con nuestra boca que Jesús es el Señor (Rom. 10:9-10). Una vez hecho esto el Señor honró a la mujer delante de todos los presentes (vr.22). El que se humilla será exaltado (Luc. 14:11). La fe de esta mujer era real, tan sólida que detuvo al Señor del Universo, como si todo el mundo dejara de moverse. Por un momento la única persona que existió para Cristo era esta mujer. El texto dice: Jesús, volviéndose y mirándola (vr.22). Ya con esto servía suficiente, aún si no hubiese sido sanada el Rey se había detenido en su andar en la tierra para mirarla. Su fe era salvadora porque estaba fundada en la Palabra (tocó las borlas del manto); por lo que recibió también la Palabra de Dios: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado (vr.22). La Palabra fue declarada, el hecho se había consumado: Y la mujer fue salva desde aquella hora (vr.22). La salvación radica en lo que Dios declara, no en lo que nosotros somos o hacemos. Finalmente es su fe y no la nuestra, porque aún mi fe debe estar respaldada en su Palabra. No soy salvo porque yo lo digo, sino porque Él lo ha dicho podía decir la mujer y podemos decir los creyentes. También Jairo recibió una promesa reconfortante: la niña no está muerta, sino duerme (vr.24). En los funerales de creyentes oímos frases similares, sin embargo, les falta un ingrediente, el poder de Dios. Jairo estaba abatido, por lo que el Señor Jesús lo consoló. El consuelo de Cristo no se basa en la lástima; ésta es la diferencia entre nuestra misericordia y la de Dios. La misericordia del hombre carece de poder para transformar las circunstancias, por lo que no pasa de lástima. Y cuando el problema no es muy grave y el hombre tiene poder, generalmente carece de misericordia por lo que cae en la tiranía. No así Dios, quien tiene tanto la misericordia como el poder que la respalda. Tiene el poder y la gracia para ejercerlo. La fe de Jairo fue suficiente para recibir el auxilio divino (no se necesita mucho para ello). Buscó que Jesús tocara a su hija y Jesús fue más allá; el Señor la tomó de la mano y la levantó. Por su fe y persistencia Jairo recibió a su hija sana: Y ella se levantó (vr. 25). Este debe ser un ejemplo para todos los padres, que a toda costa debemos buscar la salvación de nuestros hijos. Para concluir, concédeme una palabra más: no es casualidad que la niña tuviera doce años de edad, los mismos que la enfermedad de la mujer y que tres evangelios relates sus casos juntos. La razón es que se trata de madre e hija. El parto de la una trajo el daño de la otra. No podía seguir siendo la esposa de Jairo, el líder de la sinagoga; así que fue expulsada por inmunda, de acuerdo a la ley. Ahora la hija está muriendo y la mamá también. Jesús salvó a ambas y con ello restauró a toda la familia. La Biblia no lo dice, pero podemos imaginarlo: están completos celebrando en casa haber conocido a Jesús.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:20

Comentario general

9.18-25 En los siguientes versículos encontramos en forma sumamente breve dos historias entrelazadas de fe, amor y devoción. Del amor de un hombre principal hacia su hija que fallece mientras él acude a buscar el auxilio del Maestro, venciendo sus prejuicios ante la desesperación e impotencia que siente por su hija. Amor que lo impulsa a creer en Cristo más allá de todo razonamiento, incluso más allá de la misma muerte. Y por otro lado tenemos a una mujer con aspecto cadavérico y sin fuerza que con una fe mística (casi supersticiosa) es capaz de hacer salir el poder de Cristo; su debilidad hizo fluir por la fe el poder que creó los cielos y la tierra solo para su beneficio. Alguien ha dicho que es maravilloso cuando Dios se apodera de un hombre, ¡pero es incomparable cuando un hombre se apodera de Dios! Vemos también como la oración es el poder del hombre y en cierto sentido la debilidad de Dios. Mateo define al hombre de esta historia como un hombre principal; los evangelistas Marcos y Lucas le llaman Jairo, que significa “Él ilumina”. Se refiere a uno con reputación de santo; principal de la sinagoga, un religioso, pero religioso intachable. Es principal entre los grandes de su ciudad; reconocido guardián de la ley, del orden y de la adoración en el templo, sin embargo, ahora no está en el templo. Él no es de los que siguen a Jesús. La mujer por su parte, es desconocida. No se menciona su nombre, lo que la presenta como una mujer olvidada. La vemos llegando sola, lo cual la deshonra como mujer judía. No era valorada debido a su enfermedad, considerada inmunda. Pero Dios si la aprecia. Cuando el mundo se encarga de decirnos lo poco que somos, Dios insiste en lo mucho que valemos. Vale la pena el aborrecimiento del mundo, pues resalta el supereminente e inescrutable amor de Dios por el aborrecido (Dt. 7:7; Luc. 12:32). La historia les presenta juntos, al menos habla de ambos en el mismo pasaje. Con todo y sus diferencias. Él es principal, ella anónima. Él viene a Jesús con una numerosa comitiva, ella se acerca sola. A él le abren paso, ella tiene que abrirse paso entre la gente. Jairo viene de frente, la mujer a las espaldas del Maestro; de hecho, supone que no será atendida, por lo que tiene por esperanza al menos tocar el borde de las ropas del Señor. Jairo es un principal de la sinagoga, un reconocido religioso, un maestro de la ley, es un símbolo viviente de la santidad judaica; cuando habla en la sinagoga la gente enmudece, cuando alguien tiene dudas o problemas es a Jairo a quien consultan; cuando se trata de dirigir los ayunos o las oraciones, Jairo es el líder. Sin embargo, ahora es él que pide ayuda, ahora es él que pide ayuda, ahora es el que busca auxilio, irónicamente a quien suponían hasta hacía poco tiempo un carpintero galileo. Su religión le suena hueca y vacía, sus leyes están imponentes, su santidad se ha desvanecido; sólo le queda el hacedor de milagros a quien quizá criticó como un hereje. La mujer, por su parte, es inmunda a causa de su enfermedad, tiene prohibido participar del culto y de las ceremonias (Lev. 15:22-27) ¡incluso no puede entrar al templo! No debe tocar a nadie, extraña las caricias de sus seres queridos, los abrazos en las fiestas y el contacto de sus amistades. Demasiado tiempo hace ya que se sabe a sí misma como un símbolo de inmundicia, es el proverbio de la sinagoga cuando se enseña acerca de lo inmundo. Su enfermedad es humillante y tan cruel como la anemia y soledad que le ha infringido. Pero a pesar de ser tan diferentes, tienen puntos en común, por eso tres evangelistas entrelazan sus historias; a pesar de estar en ambos lados del mundo, ambos están en el mundo. Los dos necesitan un milagro, los dos buscan urgentemente la salud, la una tiene rotas sus entrañas y seco su cuerpo; el otro tiene seca su alma y roto su corazón. La mujer lleva doce años en muerte incipiente, Jairo tiene a su hija de doce años muerta en su casa. Ambos están desesperados, a Jairo se la agotaron las opciones y tragándose su orgullo religioso hubo de acudir a Jesús. A la mujer se le acabó su dinero en los médicos, Marcos nos dice que “iba de mal en peor” (Mar. 5:25-26) ¡De lo malo siguió lo peor! ¿Qué otra cosa podía hacer sino buscar a Dios? Pero la mejor de sus similitudes es su fe. Jairo creyó, creyó a pesar de todo, creyó cuando vinieron a decirle que no molestara más al Maestro, pues su hija había muerto (Luc. 8:49) ¡Ni siquiera la muerte separa al amor! Por su parte, la mujer también tuvo fe, una fe imperfecta quizá, pero suficiente para detener a Aquél que no pudo parar Herodes; fe suficiente para hacerle alto a quien no intimidaron los poderosos de Israel. Ambos hicieron lo correcto: Vinieron a Jesús. Lo que nos enseña que, sin importar la condición y la necesidad de nuestra vida, sólo hay una cosa que podemos hacer sin temor a equivocarnos: Venir a Jesucristo (Is. 1:18; 55:7; Mat. 11:28). El problema de Jairo es fácilmente comprensible por todos aquellos que tenemos hijos. Su hija de doce años enfermó gravemente y en lo que buscó a Jesús murió. Con cuanta frecuencia sucede que a pesar de venir al Señor para muchos los problemas empeoran, es fácil pensar: “mejor me hubiera sido quedarme como estaba”. Sin embargo, aunque la hija de Jairo murió, su fe en Cristo no murió, ¡tal debe ser nuestra confianza! Job pudo decir en medio de sus calamidades: Aunque Él me matare en Él esperaré (Job 13:15). Finalmente Él se levantará como vencedor y el mal menguará; seguro estoy de que vale la pena confiar en el Señor, no sólo a pesar de todo, sino por todo y en todo (Lam. 3:22-24). La mujer tiene doce años enferma de flujo de sangre; siendo la sangre vida, esta mujer tiene doce años muriendo. Había recibido un diagnóstico similar al de Jairo, no tenía remedio, estaría llena de vergüenza hasta que un día cualquiera se desvaneciera sin vida en alguna de las callejuelas del pueblo. Así es la sentencia que el mundo ha recibido: muerte. Y así puede ser la experiencia de muchos: No hay remedio. Mas, en base al conocimiento de las Sagradas Escrituras y a la ternura amorosa del Dios de toda misericordia afirmó categórico: ¡Sí hay remedio! Está a la diestra del Padre, su Nombre es Jesucristo. Aun se puede entonar el himno: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento (Sal. 23:4). El impedimento de Jairo era su prestigio religioso, social y político. ¿Qué irían a decir sus colegas? ¿Cuáles serían las consecuencias sociales? ¿Y su carrera? Mas, ¿a quién le importa su carrera y su prestigio cuando su hija está moribunda? También tuvo por obstáculo la noticia que recibió cuando apenas había entablado diálogo con el Señor: “tu hija ha muerto, ¿para qué molestas más al Maestro?” (Mar. 5:35). Así sucede a veces en la vida del creyente, no faltan los opositores y los pesimistas con sus sentencias y presagios de “no podrás”; En el Nombre del Señor diga: “Sí podré! Pero quizá el mayor de los impedimentos que halló Jairo fue la realidad de la vida natural, al llegar a su casa vio a los que tocaban flautas y a la gente que hacía alboroto, plañideras (mujeres contratadas para llorar) (Mat. 9:23). ¡Qué difícil creer cuando la realidad dice que no! ¿cómo esperar un milagro mirando el cáncer? ¿quién puede creer ante un ataúd? Solamente la Presencia del Rey puede cambiar las cosas. Y por si esto fuera poco, encontramos la burla de la gente hizo de Jesús (Mat. 9:24). ¡Vaya sorpresa de la familia, de los amigos, y de todos los presentes incrédulos! Lo que les faltaba, el padre de familia, el centrado Jairo se había vuelto loco y había traído al “curandero” criticado por los religiosos de Israel. Debió ser muy duro para Jairo, en su mente se arremolinaban las dudas: ¿me habré equivocado? ¿Estaré haciendo al tonto al traer al hacedor de milagros? ¿Podrá Jesús hacer algo? ¿Querrá hacer algo si se burlan de Él? Fue tan duro que dice la Biblia que echaron fuera a los burlones e incrédulos (Mat. 9:25); no dice el texto quién los sacó, aunque sí fue Jesús quien ordenó echarles; pero quiero creer que Jairo en un arranque de suprema fe en Jesús los sacó, después de todo, Jesús había dicho: No está muerta, sino duerme (Mat. 9:24). Todo aquel que quiera un milagro del Señor necesita ser capaz de arriesgarse a todo por Él, como Jairo, que se jugó el último prestigio que le quedaba. Y necesita quitar (echar fuera) todo lo que le impida seguir a Cristo. Notemos además como es que el Señor no entró a resucitar a la niña hasta que no hubieron de echar fuera a los incrédulos y burlones críticos (Mat. 9:25). Él nunca entrará a donde no crean en Él; tampoco dará vida a la iglesia, a no ser que sean quitados de ella los incrédulos y opositores (al menos en cuanto a funciones y autoridad). Jesús no es rencoroso, no tomó en cuenta las burlas, solo miró la fe y el amor de Jairo. Así Él tampoco nos tratará de acuerdo a lo que merecemos, sino de acuerdo a su misericordia (Jer. 29:11; Miqueas 7:18). Ahora veamos los obstáculos que enfrentó la mujer del relato: Era una mujer sumamente débil, su piel se pegaba a sus huesos y de andar era lento a causa de la terrible anemia que le agolpaba tras larga e inmisericorde enfermedad. A duras penas se había levantado ese día, acostumbrada a los mareos y dolores de cabeza; con una sensación de estar sucia todo el tiempo; el buen humor seguro se había ido y a amargura afloraba como sus pupilos entre las hundidas cuencas de sus ojos. Era una de las personas más aptas en toda la tierra para manifestar la gloria del Rey de Israel, porque cuando somos débiles, entonces Él es fuerte. ¡Qué maravilloso es saber que cuando nosotros no podemos, Él si puede! Imaginemos a esta enjuta mujer intentar abrirse paso entre la multitud que apretaba a Jesús; ¡vaya dificultad! Miles de personas estaban en derredor del Maestro, ¿cómo llegar hasta Él? Con todo, donde faltó el físico sobró fe y el camino fue allanado. Luchó la mujer, sí, y mucho. Quizá sintió desmayar en más de una ocasión, pero la fe de Cristo tiene la virtud de sacar fuerzas de debilidad (Heb. 11:34). “Si tan sólo tocare el borde de su manto” –era su plegaria; Jesús era su meta; la sanidad su objetivo; y la salvación su recompensa. Este es el ejemplo de aquellos que no dejarán pasar la oportunidad de tocar a Jesús; desafortunadamente hay tantos quejumbrosos que exigen ser tocados por Jesús como si llamasen a un sirviente, olvidando que son los súbditos los que van al Rey, a pesar de que fue el Rey quien tomó la iniciativa. Por si fueran pocas las trabas de esta mujer, es muy probable que las dudas golpearan su ser, después de todo Jesús estaba atendiendo a un poderoso, rumbo a la casa de un “santo” con una hija muerta, ¿quién era ella para ser tomada en cuenta? ¿Por qué habría el Señor de dignarse a mirar siquiera a una inmunda? Esta es otra de las razones por las que no va de frente ni suplica ayuda, tan solo quiere tocarle y eso será suficiente …fe imperfecta pero muy grande y poderosa. Tenemos también una contradicción doctrinal en la actitud de la mujer enferma, la ley decía explícitamente: Cuando una mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche (Lev. 15:19); ¡Inmunda ella y todo lo que tocare dice! Por eso es que tocó el borde del manto del Señor y no directamente a Jesús, un asunto de respeto. El borde, esto es, las borlas que colgaban de la túnica hebrea, servían para recordarle la Torá a los judíos (Num. 15:38-40); de modo que la mujer, al ser repudiada por la ley contenida en las Escrituras acudió a la misma representación de la Palabra de Dios. Esto significa que la fe no es mística ni ciega, por el contrario, está fundada en la luz de la Palabra de Dios. Significa también la limpieza y santificación que solo el Señor Jesús puede dar a través de su Palabra (Juan 15:3). Lo explicaré: Cuando una persona inmunda toca a otra la contamina, sin embargo, cuando el inmundo toca a Cristo, no puede contaminarle; el único incontaminable es Dios. Del mismo modo que la luz es lo único conocido incontaminable, así también Jesús es la luz del mundo (Juan 8:12), la luz puede caer sobre todos, pero nada puede caer sobre a luz; por eso, tocarle es recibir la virtud que sale de Él. Cabe señalar la perseverancia de la frágil mujer enferma, no debió serle cosa sencilla llegar al Señor, pero perseveró. Cuando sintió morir, perseveró; cuando hubo dudas, perseveró; cuando hubo temor, perseveró; el dictamen legal no fue suficiente para hacerla desistir, ni la enfermedad, ni la muchedumbre; ¡ella perseveró, perseveró y perseveró! Sólo puede haber algo necio en el que se aferra a la fe y es el soltarse de ella; después de todo, lo único seguro que encontraremos si perseveramos en la búsqueda del Señor es la salvación (Mt.24:13). Recordemos el ejemplo de esta mujer cuando sintamos desmayar. Si tomáramos la actitud legalista, podríamos decir que tanto Jairo como la mujer del flujo fueron a Jesús por motivos que podríamos calificar de inadecuados. Por un lado, Jairo fue a su enemigo porque no le quedó más remedio, ¿qué tan desesperado estaría para haberse atrevido a solicitarle socorro? Así somos los seres humanos, absolutamente todos, unos más, otros peor; pero todos, siendo enemigos de Dios clamamos a Él (Rom. 5:10). Y así es Dios, a pesar de todo atiende nuestras necesidades. Por tanto, conviene al hombre quedarse sin esperanza alguna en el mundo para encontrar la bendita y verdadera esperanza de la fe en Cristo Jesús. Del mismo modo la mujer fue a Jesús porque había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía (Mar. 5:26); no fue porque lo amara, pero aun así sería amada. Su fe era imperfecta, pero su Dios es Perfecto. A pesar de todo, Cristo siempre recibe a los que vienen a Él, jamás los echa fuera (Juan 6:37). Resaltemos una vez más su perseverancia. Jairo superó el riesgo del descrédito, de perder su posición como guardián del orden y la adoración en el templo. Superó quedar en ridículo y como mentiroso al confiar en el objeto de sus críticas. Ahora el guardián de la adoración era un adorador y el crítico criticado. Mira qué humillación: Jairo fue y se postró ante Jesús (vr.18), lo mismo le sucedería a un tal Saulo tiempo después (Fil. 3:7-8). Todos tenemos tarde o temprano la disyuntiva entre Cristo y nuestra posición en el mundo, escojamos bien. Además, Jairo superó el fondo mismo del mal: “tu hija ha muerto”. Cuando creyó encontrar la solución a sus problemas en Jesús, ¡plas! Un balde de agua fría a su fe. Sin embargo, Jairo continuó creyendo alentado por el maestro (Mar. 5:35-36). Le ha sucedido a algunos que en el momento mismo de su conversión, cuando miran las cosas con fe y buenas expectativas, la avalancha de problemas los agolpa. Y también ha sucedido que algunos de entre ellos duden y den la espalda a la fe. Seguir al Rey Jesucristo nunca debe fundamentarse en los beneficios recibidos, sino sólo en Su Persona (Hab. 3:17-19; Sal. 46:1-3). Jairo superó la prueba. Imaginemos el cuadro. Este hombre necesitado, principal de la sinagoga, ha vencido toda barrera para ir a Jesús por el gran amor hacia su hija muerta. El caso es grave y urgente. No hay tiempo que perder, la niña acaba de morir, su cuerpo aún no se enfría, es posible aún un milagro del Señor. Ahora el Señor le acompaña a su casa para resucitar a su hija, ¡y de pronto se detiene porque dice que alguien lo tocó! La fe de Jairo fue puesta a prueba, lo mismo que su paciencia. Posiblemente pensaba: “le dije que mi hija recién fallecida y le manifieste fe en que podía resucitarle, ¿y se detiene a atender a una inmunda mujer?” ¿Por qué a veces Dios tarda en dar su respuesta? ¿Por qué no hay socorro inmediato siempre? La Biblia dice que la esperanza que se demora es tormento del corazón (Pr. 13:12). Sin embargo, Dios prueba la fe del hombre para producirle paciencia (Stg. 1:3) y luego ejercita su paciencia para que esté completo, perfeccionado (Stg. 1:4). Es seguro que Él contestará con bendición (Sal. 40:1-2). Por su parte la mujer enferma de flujo también halló la salvación con fe perseverante. Primeramente superó su propia debilidad. Es muy probable que le costara trabajo aún levantarse de su cama, ¡y abrió a la multitud para llegar a Jesús! Era una mujer con una larga lista de excusas validas (si hubiese querido usarlas) para no ir al Señor; pero no lo hizo, simplemente fue. Desafortunadamente hay personas muy diferentes a esta mujer, que se excusan con cualquier cosa evitando encontrarse con el Señor y con su salvación. El consejo bíblico es no dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre; más bien, exhortémonos, y con mayor razón cuando vemos que el día del Señor se acerca (Heb. 10:25). Esta pobre mujer superó también la opinión pública, ¡oh! Que indigna era ante los demás. Repetidamente habrá escuchado: “Inmunda”, “no te acerques”, “no tienes remedio”. Si esa es también su condición, si ya te has cansado de oír que no hay solución para tu vida, debes saber que en Cristo siempre hay remedio. En estos momentos el Nazareno pasa cerca de ti, ¡abre paso entre la multitud de quejas y de excusas y tócalo! ¿Quién es el que más necesita al Señor Jesucristo sino el afligido? La mujer superó además su pequeñez. ¿Quién era ella para que el Gran Maestro de Galilea, el Hacedor de milagros, el Cristo, el Hijo de Dios se detuviera a atenderla? Podía pensar que Jesús estaba demasiado ocupado con el hombre importante. Después de todo, Jairo merecía más su atención; él era el religioso, el “santo”, ¿pero a ella? ¿a una mujer considerada inmunda por la ley? ¡Mas gracias a Dios que no mira como mira el hombre! Su misericordia no conoce irredentos. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y yo te amé; daré, pues, hombre por ti, y naciones por tu vida (Is.43:4). Es un hecho, Dios se detiene ante el suplicante. Para estas alturas del evangelio según Mateo el Señor Jesús aun no había resucitado a nadie, de modo que Jairo es la primera persona en los evangelios en creer que el Señor resucita a los muertos sin tener ninguna evidencia anterior. Jairo declaró que si Jesús ponía su mano en su hija muerta, ésta viviría (vr.18). ¡Cuán grande e importante es creer aunque nunca hubiera existido un caso similar al nuestro! La verdadera fe no se basa en antecedentes ni en estadísticas. La verdadera fe se basa en confiar absolutamente en que el toque del Señor Jesucristo trae vida. También la mujer tenía fe verdadera. Ella creía en la autoridad del Señor Jesús. La ley la condenaba como inmunda a causa de su flujo de sangre; por eso buscaba tocar las borlas del manto de Jesús, las cuales representaban a la misma ley que la condenaba. En aquel tiempo los judíos llevaban en las esquinas de su manto exterior cuatro borlas de azul jacinto en obediencia a Num. 15:37-41 y Dt. 22:12. Dicho atavío los identifica como miembros del pueblo de Dios y representaba los cinco libros de la ley. Así que la mujer confiaba en la Palabra de Dios aunque esta le condenara. ¡Creer en las promesas de Dios es vida y sanidad! Pero además, la mujer confiaba en que la autoridad del Señor Jesús estaba por encima de la misma ley. Creía que la ley por sí sola le condenaba, pero que la ley en Cristo la vivificaría. ¿Y no es acaso esta nuestra experiencia? La ley era muerte para nosotros (Rom. 7:11-13) pero una vez que se cumple en Cristo ha sido vida a nosotros (8:1-4). La misericordia triunfa sobre el juicio (Stg. 2:13). La fe verdadera es también una fe activa (Stg. 2:20,22). Mientras que Jairo buscaba que el Señor tocara a su hija, la mujer buscó tocar a Jesús. Era tanta su necesidad que tomó la iniciativa para sacar poder del Señor Jesús. Alguien dijo que la oración es el poder del hombre y la debilidad de Dios. Una fe salvadora para la mujer, pues dijo dentro de sí (vr. 21) y luego confesó al Señor verbalmente (Mar. 5:33). Esto quiere decir que para la salvación no basta con creer internamente, también es necesario confesar con nuestra boca que Jesús es el Señor (Rom. 10:9-10). Una vez hecho esto el Señor honró a la mujer delante de todos los presentes (vr.22). El que se humilla será exaltado (Luc. 14:11). La fe de esta mujer era real, tan sólida que detuvo al Señor del Universo, como si todo el mundo dejara de moverse. Por un momento la única persona que existió para Cristo era esta mujer. El texto dice: Jesús, volviéndose y mirándola (vr.22). Ya con esto servía suficiente, aún si no hubiese sido sanada el Rey se había detenido en su andar en la tierra para mirarla. Su fe era salvadora porque estaba fundada en la Palabra (tocó las borlas del manto); por lo que recibió también la Palabra de Dios: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado (vr.22). La Palabra fue declarada, el hecho se había consumado: Y la mujer fue salva desde aquella hora (vr.22). La salvación radica en lo que Dios declara, no en lo que nosotros somos o hacemos. Finalmente es su fe y no la nuestra, porque aún mi fe debe estar respaldada en su Palabra. No soy salvo porque yo lo digo, sino porque Él lo ha dicho podía decir la mujer y podemos decir los creyentes. También Jairo recibió una promesa reconfortante: la niña no está muerta, sino duerme (vr.24). En los funerales de creyentes oímos frases similares, sin embargo, les falta un ingrediente, el poder de Dios. Jairo estaba abatido, por lo que el Señor Jesús lo consoló. El consuelo de Cristo no se basa en la lástima; ésta es la diferencia entre nuestra misericordia y la de Dios. La misericordia del hombre carece de poder para transformar las circunstancias, por lo que no pasa de lástima. Y cuando el problema no es muy grave y el hombre tiene poder, generalmente carece de misericordia por lo que cae en la tiranía. No así Dios, quien tiene tanto la misericordia como el poder que la respalda. Tiene el poder y la gracia para ejercerlo. La fe de Jairo fue suficiente para recibir el auxilio divino (no se necesita mucho para ello). Buscó que Jesús tocara a su hija y Jesús fue más allá; el Señor la tomó de la mano y la levantó. Por su fe y persistencia Jairo recibió a su hija sana: Y ella se levantó (vr. 25). Este debe ser un ejemplo para todos los padres, que a toda costa debemos buscar la salvación de nuestros hijos. Para concluir, concédeme una palabra más: no es casualidad que la niña tuviera doce años de edad, los mismos que la enfermedad de la mujer y que tres evangelios relates sus casos juntos. La razón es que se trata de madre e hija. El parto de la una trajo el daño de la otra. No podía seguir siendo la esposa de Jairo, el líder de la sinagoga; así que fue expulsada por inmunda, de acuerdo a la ley. Ahora la hija está muriendo y la mamá también. Jesús salvó a ambas y con ello restauró a toda la familia. La Biblia no lo dice, pero podemos imaginarlo: están completos celebrando en casa haber conocido a Jesús.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:21

Comentario general

9.18-25 En los siguientes versículos encontramos en forma sumamente breve dos historias entrelazadas de fe, amor y devoción. Del amor de un hombre principal hacia su hija que fallece mientras él acude a buscar el auxilio del Maestro, venciendo sus prejuicios ante la desesperación e impotencia que siente por su hija. Amor que lo impulsa a creer en Cristo más allá de todo razonamiento, incluso más allá de la misma muerte. Y por otro lado tenemos a una mujer con aspecto cadavérico y sin fuerza que con una fe mística (casi supersticiosa) es capaz de hacer salir el poder de Cristo; su debilidad hizo fluir por la fe el poder que creó los cielos y la tierra solo para su beneficio. Alguien ha dicho que es maravilloso cuando Dios se apodera de un hombre, ¡pero es incomparable cuando un hombre se apodera de Dios! Vemos también como la oración es el poder del hombre y en cierto sentido la debilidad de Dios. Mateo define al hombre de esta historia como un hombre principal; los evangelistas Marcos y Lucas le llaman Jairo, que significa “Él ilumina”. Se refiere a uno con reputación de santo; principal de la sinagoga, un religioso, pero religioso intachable. Es principal entre los grandes de su ciudad; reconocido guardián de la ley, del orden y de la adoración en el templo, sin embargo, ahora no está en el templo. Él no es de los que siguen a Jesús. La mujer por su parte, es desconocida. No se menciona su nombre, lo que la presenta como una mujer olvidada. La vemos llegando sola, lo cual la deshonra como mujer judía. No era valorada debido a su enfermedad, considerada inmunda. Pero Dios si la aprecia. Cuando el mundo se encarga de decirnos lo poco que somos, Dios insiste en lo mucho que valemos. Vale la pena el aborrecimiento del mundo, pues resalta el supereminente e inescrutable amor de Dios por el aborrecido (Dt. 7:7; Luc. 12:32). La historia les presenta juntos, al menos habla de ambos en el mismo pasaje. Con todo y sus diferencias. Él es principal, ella anónima. Él viene a Jesús con una numerosa comitiva, ella se acerca sola. A él le abren paso, ella tiene que abrirse paso entre la gente. Jairo viene de frente, la mujer a las espaldas del Maestro; de hecho, supone que no será atendida, por lo que tiene por esperanza al menos tocar el borde de las ropas del Señor. Jairo es un principal de la sinagoga, un reconocido religioso, un maestro de la ley, es un símbolo viviente de la santidad judaica; cuando habla en la sinagoga la gente enmudece, cuando alguien tiene dudas o problemas es a Jairo a quien consultan; cuando se trata de dirigir los ayunos o las oraciones, Jairo es el líder. Sin embargo, ahora es él que pide ayuda, ahora es él que pide ayuda, ahora es el que busca auxilio, irónicamente a quien suponían hasta hacía poco tiempo un carpintero galileo. Su religión le suena hueca y vacía, sus leyes están imponentes, su santidad se ha desvanecido; sólo le queda el hacedor de milagros a quien quizá criticó como un hereje. La mujer, por su parte, es inmunda a causa de su enfermedad, tiene prohibido participar del culto y de las ceremonias (Lev. 15:22-27) ¡incluso no puede entrar al templo! No debe tocar a nadie, extraña las caricias de sus seres queridos, los abrazos en las fiestas y el contacto de sus amistades. Demasiado tiempo hace ya que se sabe a sí misma como un símbolo de inmundicia, es el proverbio de la sinagoga cuando se enseña acerca de lo inmundo. Su enfermedad es humillante y tan cruel como la anemia y soledad que le ha infringido. Pero a pesar de ser tan diferentes, tienen puntos en común, por eso tres evangelistas entrelazan sus historias; a pesar de estar en ambos lados del mundo, ambos están en el mundo. Los dos necesitan un milagro, los dos buscan urgentemente la salud, la una tiene rotas sus entrañas y seco su cuerpo; el otro tiene seca su alma y roto su corazón. La mujer lleva doce años en muerte incipiente, Jairo tiene a su hija de doce años muerta en su casa. Ambos están desesperados, a Jairo se la agotaron las opciones y tragándose su orgullo religioso hubo de acudir a Jesús. A la mujer se le acabó su dinero en los médicos, Marcos nos dice que “iba de mal en peor” (Mar. 5:25-26) ¡De lo malo siguió lo peor! ¿Qué otra cosa podía hacer sino buscar a Dios? Pero la mejor de sus similitudes es su fe. Jairo creyó, creyó a pesar de todo, creyó cuando vinieron a decirle que no molestara más al Maestro, pues su hija había muerto (Luc. 8:49) ¡Ni siquiera la muerte separa al amor! Por su parte, la mujer también tuvo fe, una fe imperfecta quizá, pero suficiente para detener a Aquél que no pudo parar Herodes; fe suficiente para hacerle alto a quien no intimidaron los poderosos de Israel. Ambos hicieron lo correcto: Vinieron a Jesús. Lo que nos enseña que, sin importar la condición y la necesidad de nuestra vida, sólo hay una cosa que podemos hacer sin temor a equivocarnos: Venir a Jesucristo (Is. 1:18; 55:7; Mat. 11:28). El problema de Jairo es fácilmente comprensible por todos aquellos que tenemos hijos. Su hija de doce años enfermó gravemente y en lo que buscó a Jesús murió. Con cuanta frecuencia sucede que a pesar de venir al Señor para muchos los problemas empeoran, es fácil pensar: “mejor me hubiera sido quedarme como estaba”. Sin embargo, aunque la hija de Jairo murió, su fe en Cristo no murió, ¡tal debe ser nuestra confianza! Job pudo decir en medio de sus calamidades: Aunque Él me matare en Él esperaré (Job 13:15). Finalmente Él se levantará como vencedor y el mal menguará; seguro estoy de que vale la pena confiar en el Señor, no sólo a pesar de todo, sino por todo y en todo (Lam. 3:22-24). La mujer tiene doce años enferma de flujo de sangre; siendo la sangre vida, esta mujer tiene doce años muriendo. Había recibido un diagnóstico similar al de Jairo, no tenía remedio, estaría llena de vergüenza hasta que un día cualquiera se desvaneciera sin vida en alguna de las callejuelas del pueblo. Así es la sentencia que el mundo ha recibido: muerte. Y así puede ser la experiencia de muchos: No hay remedio. Mas, en base al conocimiento de las Sagradas Escrituras y a la ternura amorosa del Dios de toda misericordia afirmó categórico: ¡Sí hay remedio! Está a la diestra del Padre, su Nombre es Jesucristo. Aun se puede entonar el himno: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento (Sal. 23:4). El impedimento de Jairo era su prestigio religioso, social y político. ¿Qué irían a decir sus colegas? ¿Cuáles serían las consecuencias sociales? ¿Y su carrera? Mas, ¿a quién le importa su carrera y su prestigio cuando su hija está moribunda? También tuvo por obstáculo la noticia que recibió cuando apenas había entablado diálogo con el Señor: “tu hija ha muerto, ¿para qué molestas más al Maestro?” (Mar. 5:35). Así sucede a veces en la vida del creyente, no faltan los opositores y los pesimistas con sus sentencias y presagios de “no podrás”; En el Nombre del Señor diga: “Sí podré! Pero quizá el mayor de los impedimentos que halló Jairo fue la realidad de la vida natural, al llegar a su casa vio a los que tocaban flautas y a la gente que hacía alboroto, plañideras (mujeres contratadas para llorar) (Mat. 9:23). ¡Qué difícil creer cuando la realidad dice que no! ¿cómo esperar un milagro mirando el cáncer? ¿quién puede creer ante un ataúd? Solamente la Presencia del Rey puede cambiar las cosas. Y por si esto fuera poco, encontramos la burla de la gente hizo de Jesús (Mat. 9:24). ¡Vaya sorpresa de la familia, de los amigos, y de todos los presentes incrédulos! Lo que les faltaba, el padre de familia, el centrado Jairo se había vuelto loco y había traído al “curandero” criticado por los religiosos de Israel. Debió ser muy duro para Jairo, en su mente se arremolinaban las dudas: ¿me habré equivocado? ¿Estaré haciendo al tonto al traer al hacedor de milagros? ¿Podrá Jesús hacer algo? ¿Querrá hacer algo si se burlan de Él? Fue tan duro que dice la Biblia que echaron fuera a los burlones e incrédulos (Mat. 9:25); no dice el texto quién los sacó, aunque sí fue Jesús quien ordenó echarles; pero quiero creer que Jairo en un arranque de suprema fe en Jesús los sacó, después de todo, Jesús había dicho: No está muerta, sino duerme (Mat. 9:24). Todo aquel que quiera un milagro del Señor necesita ser capaz de arriesgarse a todo por Él, como Jairo, que se jugó el último prestigio que le quedaba. Y necesita quitar (echar fuera) todo lo que le impida seguir a Cristo. Notemos además como es que el Señor no entró a resucitar a la niña hasta que no hubieron de echar fuera a los incrédulos y burlones críticos (Mat. 9:25). Él nunca entrará a donde no crean en Él; tampoco dará vida a la iglesia, a no ser que sean quitados de ella los incrédulos y opositores (al menos en cuanto a funciones y autoridad). Jesús no es rencoroso, no tomó en cuenta las burlas, solo miró la fe y el amor de Jairo. Así Él tampoco nos tratará de acuerdo a lo que merecemos, sino de acuerdo a su misericordia (Jer. 29:11; Miqueas 7:18). Ahora veamos los obstáculos que enfrentó la mujer del relato: Era una mujer sumamente débil, su piel se pegaba a sus huesos y de andar era lento a causa de la terrible anemia que le agolpaba tras larga e inmisericorde enfermedad. A duras penas se había levantado ese día, acostumbrada a los mareos y dolores de cabeza; con una sensación de estar sucia todo el tiempo; el buen humor seguro se había ido y a amargura afloraba como sus pupilos entre las hundidas cuencas de sus ojos. Era una de las personas más aptas en toda la tierra para manifestar la gloria del Rey de Israel, porque cuando somos débiles, entonces Él es fuerte. ¡Qué maravilloso es saber que cuando nosotros no podemos, Él si puede! Imaginemos a esta enjuta mujer intentar abrirse paso entre la multitud que apretaba a Jesús; ¡vaya dificultad! Miles de personas estaban en derredor del Maestro, ¿cómo llegar hasta Él? Con todo, donde faltó el físico sobró fe y el camino fue allanado. Luchó la mujer, sí, y mucho. Quizá sintió desmayar en más de una ocasión, pero la fe de Cristo tiene la virtud de sacar fuerzas de debilidad (Heb. 11:34). “Si tan sólo tocare el borde de su manto” –era su plegaria; Jesús era su meta; la sanidad su objetivo; y la salvación su recompensa. Este es el ejemplo de aquellos que no dejarán pasar la oportunidad de tocar a Jesús; desafortunadamente hay tantos quejumbrosos que exigen ser tocados por Jesús como si llamasen a un sirviente, olvidando que son los súbditos los que van al Rey, a pesar de que fue el Rey quien tomó la iniciativa. Por si fueran pocas las trabas de esta mujer, es muy probable que las dudas golpearan su ser, después de todo Jesús estaba atendiendo a un poderoso, rumbo a la casa de un “santo” con una hija muerta, ¿quién era ella para ser tomada en cuenta? ¿Por qué habría el Señor de dignarse a mirar siquiera a una inmunda? Esta es otra de las razones por las que no va de frente ni suplica ayuda, tan solo quiere tocarle y eso será suficiente …fe imperfecta pero muy grande y poderosa. Tenemos también una contradicción doctrinal en la actitud de la mujer enferma, la ley decía explícitamente: Cuando una mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche (Lev. 15:19); ¡Inmunda ella y todo lo que tocare dice! Por eso es que tocó el borde del manto del Señor y no directamente a Jesús, un asunto de respeto. El borde, esto es, las borlas que colgaban de la túnica hebrea, servían para recordarle la Torá a los judíos (Num. 15:38-40); de modo que la mujer, al ser repudiada por la ley contenida en las Escrituras acudió a la misma representación de la Palabra de Dios. Esto significa que la fe no es mística ni ciega, por el contrario, está fundada en la luz de la Palabra de Dios. Significa también la limpieza y santificación que solo el Señor Jesús puede dar a través de su Palabra (Juan 15:3). Lo explicaré: Cuando una persona inmunda toca a otra la contamina, sin embargo, cuando el inmundo toca a Cristo, no puede contaminarle; el único incontaminable es Dios. Del mismo modo que la luz es lo único conocido incontaminable, así también Jesús es la luz del mundo (Juan 8:12), la luz puede caer sobre todos, pero nada puede caer sobre a luz; por eso, tocarle es recibir la virtud que sale de Él. Cabe señalar la perseverancia de la frágil mujer enferma, no debió serle cosa sencilla llegar al Señor, pero perseveró. Cuando sintió morir, perseveró; cuando hubo dudas, perseveró; cuando hubo temor, perseveró; el dictamen legal no fue suficiente para hacerla desistir, ni la enfermedad, ni la muchedumbre; ¡ella perseveró, perseveró y perseveró! Sólo puede haber algo necio en el que se aferra a la fe y es el soltarse de ella; después de todo, lo único seguro que encontraremos si perseveramos en la búsqueda del Señor es la salvación (Mt.24:13). Recordemos el ejemplo de esta mujer cuando sintamos desmayar. Si tomáramos la actitud legalista, podríamos decir que tanto Jairo como la mujer del flujo fueron a Jesús por motivos que podríamos calificar de inadecuados. Por un lado, Jairo fue a su enemigo porque no le quedó más remedio, ¿qué tan desesperado estaría para haberse atrevido a solicitarle socorro? Así somos los seres humanos, absolutamente todos, unos más, otros peor; pero todos, siendo enemigos de Dios clamamos a Él (Rom. 5:10). Y así es Dios, a pesar de todo atiende nuestras necesidades. Por tanto, conviene al hombre quedarse sin esperanza alguna en el mundo para encontrar la bendita y verdadera esperanza de la fe en Cristo Jesús. Del mismo modo la mujer fue a Jesús porque había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía (Mar. 5:26); no fue porque lo amara, pero aun así sería amada. Su fe era imperfecta, pero su Dios es Perfecto. A pesar de todo, Cristo siempre recibe a los que vienen a Él, jamás los echa fuera (Juan 6:37). Resaltemos una vez más su perseverancia. Jairo superó el riesgo del descrédito, de perder su posición como guardián del orden y la adoración en el templo. Superó quedar en ridículo y como mentiroso al confiar en el objeto de sus críticas. Ahora el guardián de la adoración era un adorador y el crítico criticado. Mira qué humillación: Jairo fue y se postró ante Jesús (vr.18), lo mismo le sucedería a un tal Saulo tiempo después (Fil. 3:7-8). Todos tenemos tarde o temprano la disyuntiva entre Cristo y nuestra posición en el mundo, escojamos bien. Además, Jairo superó el fondo mismo del mal: “tu hija ha muerto”. Cuando creyó encontrar la solución a sus problemas en Jesús, ¡plas! Un balde de agua fría a su fe. Sin embargo, Jairo continuó creyendo alentado por el maestro (Mar. 5:35-36). Le ha sucedido a algunos que en el momento mismo de su conversión, cuando miran las cosas con fe y buenas expectativas, la avalancha de problemas los agolpa. Y también ha sucedido que algunos de entre ellos duden y den la espalda a la fe. Seguir al Rey Jesucristo nunca debe fundamentarse en los beneficios recibidos, sino sólo en Su Persona (Hab. 3:17-19; Sal. 46:1-3). Jairo superó la prueba. Imaginemos el cuadro. Este hombre necesitado, principal de la sinagoga, ha vencido toda barrera para ir a Jesús por el gran amor hacia su hija muerta. El caso es grave y urgente. No hay tiempo que perder, la niña acaba de morir, su cuerpo aún no se enfría, es posible aún un milagro del Señor. Ahora el Señor le acompaña a su casa para resucitar a su hija, ¡y de pronto se detiene porque dice que alguien lo tocó! La fe de Jairo fue puesta a prueba, lo mismo que su paciencia. Posiblemente pensaba: “le dije que mi hija recién fallecida y le manifieste fe en que podía resucitarle, ¿y se detiene a atender a una inmunda mujer?” ¿Por qué a veces Dios tarda en dar su respuesta? ¿Por qué no hay socorro inmediato siempre? La Biblia dice que la esperanza que se demora es tormento del corazón (Pr. 13:12). Sin embargo, Dios prueba la fe del hombre para producirle paciencia (Stg. 1:3) y luego ejercita su paciencia para que esté completo, perfeccionado (Stg. 1:4). Es seguro que Él contestará con bendición (Sal. 40:1-2). Por su parte la mujer enferma de flujo también halló la salvación con fe perseverante. Primeramente superó su propia debilidad. Es muy probable que le costara trabajo aún levantarse de su cama, ¡y abrió a la multitud para llegar a Jesús! Era una mujer con una larga lista de excusas validas (si hubiese querido usarlas) para no ir al Señor; pero no lo hizo, simplemente fue. Desafortunadamente hay personas muy diferentes a esta mujer, que se excusan con cualquier cosa evitando encontrarse con el Señor y con su salvación. El consejo bíblico es no dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre; más bien, exhortémonos, y con mayor razón cuando vemos que el día del Señor se acerca (Heb. 10:25). Esta pobre mujer superó también la opinión pública, ¡oh! Que indigna era ante los demás. Repetidamente habrá escuchado: “Inmunda”, “no te acerques”, “no tienes remedio”. Si esa es también su condición, si ya te has cansado de oír que no hay solución para tu vida, debes saber que en Cristo siempre hay remedio. En estos momentos el Nazareno pasa cerca de ti, ¡abre paso entre la multitud de quejas y de excusas y tócalo! ¿Quién es el que más necesita al Señor Jesucristo sino el afligido? La mujer superó además su pequeñez. ¿Quién era ella para que el Gran Maestro de Galilea, el Hacedor de milagros, el Cristo, el Hijo de Dios se detuviera a atenderla? Podía pensar que Jesús estaba demasiado ocupado con el hombre importante. Después de todo, Jairo merecía más su atención; él era el religioso, el “santo”, ¿pero a ella? ¿a una mujer considerada inmunda por la ley? ¡Mas gracias a Dios que no mira como mira el hombre! Su misericordia no conoce irredentos. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y yo te amé; daré, pues, hombre por ti, y naciones por tu vida (Is.43:4). Es un hecho, Dios se detiene ante el suplicante. Para estas alturas del evangelio según Mateo el Señor Jesús aun no había resucitado a nadie, de modo que Jairo es la primera persona en los evangelios en creer que el Señor resucita a los muertos sin tener ninguna evidencia anterior. Jairo declaró que si Jesús ponía su mano en su hija muerta, ésta viviría (vr.18). ¡Cuán grande e importante es creer aunque nunca hubiera existido un caso similar al nuestro! La verdadera fe no se basa en antecedentes ni en estadísticas. La verdadera fe se basa en confiar absolutamente en que el toque del Señor Jesucristo trae vida. También la mujer tenía fe verdadera. Ella creía en la autoridad del Señor Jesús. La ley la condenaba como inmunda a causa de su flujo de sangre; por eso buscaba tocar las borlas del manto de Jesús, las cuales representaban a la misma ley que la condenaba. En aquel tiempo los judíos llevaban en las esquinas de su manto exterior cuatro borlas de azul jacinto en obediencia a Num. 15:37-41 y Dt. 22:12. Dicho atavío los identifica como miembros del pueblo de Dios y representaba los cinco libros de la ley. Así que la mujer confiaba en la Palabra de Dios aunque esta le condenara. ¡Creer en las promesas de Dios es vida y sanidad! Pero además, la mujer confiaba en que la autoridad del Señor Jesús estaba por encima de la misma ley. Creía que la ley por sí sola le condenaba, pero que la ley en Cristo la vivificaría. ¿Y no es acaso esta nuestra experiencia? La ley era muerte para nosotros (Rom. 7:11-13) pero una vez que se cumple en Cristo ha sido vida a nosotros (8:1-4). La misericordia triunfa sobre el juicio (Stg. 2:13). La fe verdadera es también una fe activa (Stg. 2:20,22). Mientras que Jairo buscaba que el Señor tocara a su hija, la mujer buscó tocar a Jesús. Era tanta su necesidad que tomó la iniciativa para sacar poder del Señor Jesús. Alguien dijo que la oración es el poder del hombre y la debilidad de Dios. Una fe salvadora para la mujer, pues dijo dentro de sí (vr. 21) y luego confesó al Señor verbalmente (Mar. 5:33). Esto quiere decir que para la salvación no basta con creer internamente, también es necesario confesar con nuestra boca que Jesús es el Señor (Rom. 10:9-10). Una vez hecho esto el Señor honró a la mujer delante de todos los presentes (vr.22). El que se humilla será exaltado (Luc. 14:11). La fe de esta mujer era real, tan sólida que detuvo al Señor del Universo, como si todo el mundo dejara de moverse. Por un momento la única persona que existió para Cristo era esta mujer. El texto dice: Jesús, volviéndose y mirándola (vr.22). Ya con esto servía suficiente, aún si no hubiese sido sanada el Rey se había detenido en su andar en la tierra para mirarla. Su fe era salvadora porque estaba fundada en la Palabra (tocó las borlas del manto); por lo que recibió también la Palabra de Dios: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado (vr.22). La Palabra fue declarada, el hecho se había consumado: Y la mujer fue salva desde aquella hora (vr.22). La salvación radica en lo que Dios declara, no en lo que nosotros somos o hacemos. Finalmente es su fe y no la nuestra, porque aún mi fe debe estar respaldada en su Palabra. No soy salvo porque yo lo digo, sino porque Él lo ha dicho podía decir la mujer y podemos decir los creyentes. También Jairo recibió una promesa reconfortante: la niña no está muerta, sino duerme (vr.24). En los funerales de creyentes oímos frases similares, sin embargo, les falta un ingrediente, el poder de Dios. Jairo estaba abatido, por lo que el Señor Jesús lo consoló. El consuelo de Cristo no se basa en la lástima; ésta es la diferencia entre nuestra misericordia y la de Dios. La misericordia del hombre carece de poder para transformar las circunstancias, por lo que no pasa de lástima. Y cuando el problema no es muy grave y el hombre tiene poder, generalmente carece de misericordia por lo que cae en la tiranía. No así Dios, quien tiene tanto la misericordia como el poder que la respalda. Tiene el poder y la gracia para ejercerlo. La fe de Jairo fue suficiente para recibir el auxilio divino (no se necesita mucho para ello). Buscó que Jesús tocara a su hija y Jesús fue más allá; el Señor la tomó de la mano y la levantó. Por su fe y persistencia Jairo recibió a su hija sana: Y ella se levantó (vr. 25). Este debe ser un ejemplo para todos los padres, que a toda costa debemos buscar la salvación de nuestros hijos. Para concluir, concédeme una palabra más: no es casualidad que la niña tuviera doce años de edad, los mismos que la enfermedad de la mujer y que tres evangelios relates sus casos juntos. La razón es que se trata de madre e hija. El parto de la una trajo el daño de la otra. No podía seguir siendo la esposa de Jairo, el líder de la sinagoga; así que fue expulsada por inmunda, de acuerdo a la ley. Ahora la hija está muriendo y la mamá también. Jesús salvó a ambas y con ello restauró a toda la familia. La Biblia no lo dice, pero podemos imaginarlo: están completos celebrando en casa haber conocido a Jesús.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:22

Comentario general

9.18-25 En los siguientes versículos encontramos en forma sumamente breve dos historias entrelazadas de fe, amor y devoción. Del amor de un hombre principal hacia su hija que fallece mientras él acude a buscar el auxilio del Maestro, venciendo sus prejuicios ante la desesperación e impotencia que siente por su hija. Amor que lo impulsa a creer en Cristo más allá de todo razonamiento, incluso más allá de la misma muerte. Y por otro lado tenemos a una mujer con aspecto cadavérico y sin fuerza que con una fe mística (casi supersticiosa) es capaz de hacer salir el poder de Cristo; su debilidad hizo fluir por la fe el poder que creó los cielos y la tierra solo para su beneficio. Alguien ha dicho que es maravilloso cuando Dios se apodera de un hombre, ¡pero es incomparable cuando un hombre se apodera de Dios! Vemos también como la oración es el poder del hombre y en cierto sentido la debilidad de Dios. Mateo define al hombre de esta historia como un hombre principal; los evangelistas Marcos y Lucas le llaman Jairo, que significa “Él ilumina”. Se refiere a uno con reputación de santo; principal de la sinagoga, un religioso, pero religioso intachable. Es principal entre los grandes de su ciudad; reconocido guardián de la ley, del orden y de la adoración en el templo, sin embargo, ahora no está en el templo. Él no es de los que siguen a Jesús. La mujer por su parte, es desconocida. No se menciona su nombre, lo que la presenta como una mujer olvidada. La vemos llegando sola, lo cual la deshonra como mujer judía. No era valorada debido a su enfermedad, considerada inmunda. Pero Dios si la aprecia. Cuando el mundo se encarga de decirnos lo poco que somos, Dios insiste en lo mucho que valemos. Vale la pena el aborrecimiento del mundo, pues resalta el supereminente e inescrutable amor de Dios por el aborrecido (Dt. 7:7; Luc. 12:32). La historia les presenta juntos, al menos habla de ambos en el mismo pasaje. Con todo y sus diferencias. Él es principal, ella anónima. Él viene a Jesús con una numerosa comitiva, ella se acerca sola. A él le abren paso, ella tiene que abrirse paso entre la gente. Jairo viene de frente, la mujer a las espaldas del Maestro; de hecho, supone que no será atendida, por lo que tiene por esperanza al menos tocar el borde de las ropas del Señor. Jairo es un principal de la sinagoga, un reconocido religioso, un maestro de la ley, es un símbolo viviente de la santidad judaica; cuando habla en la sinagoga la gente enmudece, cuando alguien tiene dudas o problemas es a Jairo a quien consultan; cuando se trata de dirigir los ayunos o las oraciones, Jairo es el líder. Sin embargo, ahora es él que pide ayuda, ahora es él que pide ayuda, ahora es el que busca auxilio, irónicamente a quien suponían hasta hacía poco tiempo un carpintero galileo. Su religión le suena hueca y vacía, sus leyes están imponentes, su santidad se ha desvanecido; sólo le queda el hacedor de milagros a quien quizá criticó como un hereje. La mujer, por su parte, es inmunda a causa de su enfermedad, tiene prohibido participar del culto y de las ceremonias (Lev. 15:22-27) ¡incluso no puede entrar al templo! No debe tocar a nadie, extraña las caricias de sus seres queridos, los abrazos en las fiestas y el contacto de sus amistades. Demasiado tiempo hace ya que se sabe a sí misma como un símbolo de inmundicia, es el proverbio de la sinagoga cuando se enseña acerca de lo inmundo. Su enfermedad es humillante y tan cruel como la anemia y soledad que le ha infringido. Pero a pesar de ser tan diferentes, tienen puntos en común, por eso tres evangelistas entrelazan sus historias; a pesar de estar en ambos lados del mundo, ambos están en el mundo. Los dos necesitan un milagro, los dos buscan urgentemente la salud, la una tiene rotas sus entrañas y seco su cuerpo; el otro tiene seca su alma y roto su corazón. La mujer lleva doce años en muerte incipiente, Jairo tiene a su hija de doce años muerta en su casa. Ambos están desesperados, a Jairo se la agotaron las opciones y tragándose su orgullo religioso hubo de acudir a Jesús. A la mujer se le acabó su dinero en los médicos, Marcos nos dice que “iba de mal en peor” (Mar. 5:25-26) ¡De lo malo siguió lo peor! ¿Qué otra cosa podía hacer sino buscar a Dios? Pero la mejor de sus similitudes es su fe. Jairo creyó, creyó a pesar de todo, creyó cuando vinieron a decirle que no molestara más al Maestro, pues su hija había muerto (Luc. 8:49) ¡Ni siquiera la muerte separa al amor! Por su parte, la mujer también tuvo fe, una fe imperfecta quizá, pero suficiente para detener a Aquél que no pudo parar Herodes; fe suficiente para hacerle alto a quien no intimidaron los poderosos de Israel. Ambos hicieron lo correcto: Vinieron a Jesús. Lo que nos enseña que, sin importar la condición y la necesidad de nuestra vida, sólo hay una cosa que podemos hacer sin temor a equivocarnos: Venir a Jesucristo (Is. 1:18; 55:7; Mat. 11:28). El problema de Jairo es fácilmente comprensible por todos aquellos que tenemos hijos. Su hija de doce años enfermó gravemente y en lo que buscó a Jesús murió. Con cuanta frecuencia sucede que a pesar de venir al Señor para muchos los problemas empeoran, es fácil pensar: “mejor me hubiera sido quedarme como estaba”. Sin embargo, aunque la hija de Jairo murió, su fe en Cristo no murió, ¡tal debe ser nuestra confianza! Job pudo decir en medio de sus calamidades: Aunque Él me matare en Él esperaré (Job 13:15). Finalmente Él se levantará como vencedor y el mal menguará; seguro estoy de que vale la pena confiar en el Señor, no sólo a pesar de todo, sino por todo y en todo (Lam. 3:22-24). La mujer tiene doce años enferma de flujo de sangre; siendo la sangre vida, esta mujer tiene doce años muriendo. Había recibido un diagnóstico similar al de Jairo, no tenía remedio, estaría llena de vergüenza hasta que un día cualquiera se desvaneciera sin vida en alguna de las callejuelas del pueblo. Así es la sentencia que el mundo ha recibido: muerte. Y así puede ser la experiencia de muchos: No hay remedio. Mas, en base al conocimiento de las Sagradas Escrituras y a la ternura amorosa del Dios de toda misericordia afirmó categórico: ¡Sí hay remedio! Está a la diestra del Padre, su Nombre es Jesucristo. Aun se puede entonar el himno: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento (Sal. 23:4). El impedimento de Jairo era su prestigio religioso, social y político. ¿Qué irían a decir sus colegas? ¿Cuáles serían las consecuencias sociales? ¿Y su carrera? Mas, ¿a quién le importa su carrera y su prestigio cuando su hija está moribunda? También tuvo por obstáculo la noticia que recibió cuando apenas había entablado diálogo con el Señor: “tu hija ha muerto, ¿para qué molestas más al Maestro?” (Mar. 5:35). Así sucede a veces en la vida del creyente, no faltan los opositores y los pesimistas con sus sentencias y presagios de “no podrás”; En el Nombre del Señor diga: “Sí podré! Pero quizá el mayor de los impedimentos que halló Jairo fue la realidad de la vida natural, al llegar a su casa vio a los que tocaban flautas y a la gente que hacía alboroto, plañideras (mujeres contratadas para llorar) (Mat. 9:23). ¡Qué difícil creer cuando la realidad dice que no! ¿cómo esperar un milagro mirando el cáncer? ¿quién puede creer ante un ataúd? Solamente la Presencia del Rey puede cambiar las cosas. Y por si esto fuera poco, encontramos la burla de la gente hizo de Jesús (Mat. 9:24). ¡Vaya sorpresa de la familia, de los amigos, y de todos los presentes incrédulos! Lo que les faltaba, el padre de familia, el centrado Jairo se había vuelto loco y había traído al “curandero” criticado por los religiosos de Israel. Debió ser muy duro para Jairo, en su mente se arremolinaban las dudas: ¿me habré equivocado? ¿Estaré haciendo al tonto al traer al hacedor de milagros? ¿Podrá Jesús hacer algo? ¿Querrá hacer algo si se burlan de Él? Fue tan duro que dice la Biblia que echaron fuera a los burlones e incrédulos (Mat. 9:25); no dice el texto quién los sacó, aunque sí fue Jesús quien ordenó echarles; pero quiero creer que Jairo en un arranque de suprema fe en Jesús los sacó, después de todo, Jesús había dicho: No está muerta, sino duerme (Mat. 9:24). Todo aquel que quiera un milagro del Señor necesita ser capaz de arriesgarse a todo por Él, como Jairo, que se jugó el último prestigio que le quedaba. Y necesita quitar (echar fuera) todo lo que le impida seguir a Cristo. Notemos además como es que el Señor no entró a resucitar a la niña hasta que no hubieron de echar fuera a los incrédulos y burlones críticos (Mat. 9:25). Él nunca entrará a donde no crean en Él; tampoco dará vida a la iglesia, a no ser que sean quitados de ella los incrédulos y opositores (al menos en cuanto a funciones y autoridad). Jesús no es rencoroso, no tomó en cuenta las burlas, solo miró la fe y el amor de Jairo. Así Él tampoco nos tratará de acuerdo a lo que merecemos, sino de acuerdo a su misericordia (Jer. 29:11; Miqueas 7:18). Ahora veamos los obstáculos que enfrentó la mujer del relato: Era una mujer sumamente débil, su piel se pegaba a sus huesos y de andar era lento a causa de la terrible anemia que le agolpaba tras larga e inmisericorde enfermedad. A duras penas se había levantado ese día, acostumbrada a los mareos y dolores de cabeza; con una sensación de estar sucia todo el tiempo; el buen humor seguro se había ido y a amargura afloraba como sus pupilos entre las hundidas cuencas de sus ojos. Era una de las personas más aptas en toda la tierra para manifestar la gloria del Rey de Israel, porque cuando somos débiles, entonces Él es fuerte. ¡Qué maravilloso es saber que cuando nosotros no podemos, Él si puede! Imaginemos a esta enjuta mujer intentar abrirse paso entre la multitud que apretaba a Jesús; ¡vaya dificultad! Miles de personas estaban en derredor del Maestro, ¿cómo llegar hasta Él? Con todo, donde faltó el físico sobró fe y el camino fue allanado. Luchó la mujer, sí, y mucho. Quizá sintió desmayar en más de una ocasión, pero la fe de Cristo tiene la virtud de sacar fuerzas de debilidad (Heb. 11:34). “Si tan sólo tocare el borde de su manto” –era su plegaria; Jesús era su meta; la sanidad su objetivo; y la salvación su recompensa. Este es el ejemplo de aquellos que no dejarán pasar la oportunidad de tocar a Jesús; desafortunadamente hay tantos quejumbrosos que exigen ser tocados por Jesús como si llamasen a un sirviente, olvidando que son los súbditos los que van al Rey, a pesar de que fue el Rey quien tomó la iniciativa. Por si fueran pocas las trabas de esta mujer, es muy probable que las dudas golpearan su ser, después de todo Jesús estaba atendiendo a un poderoso, rumbo a la casa de un “santo” con una hija muerta, ¿quién era ella para ser tomada en cuenta? ¿Por qué habría el Señor de dignarse a mirar siquiera a una inmunda? Esta es otra de las razones por las que no va de frente ni suplica ayuda, tan solo quiere tocarle y eso será suficiente …fe imperfecta pero muy grande y poderosa. Tenemos también una contradicción doctrinal en la actitud de la mujer enferma, la ley decía explícitamente: Cuando una mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche (Lev. 15:19); ¡Inmunda ella y todo lo que tocare dice! Por eso es que tocó el borde del manto del Señor y no directamente a Jesús, un asunto de respeto. El borde, esto es, las borlas que colgaban de la túnica hebrea, servían para recordarle la Torá a los judíos (Num. 15:38-40); de modo que la mujer, al ser repudiada por la ley contenida en las Escrituras acudió a la misma representación de la Palabra de Dios. Esto significa que la fe no es mística ni ciega, por el contrario, está fundada en la luz de la Palabra de Dios. Significa también la limpieza y santificación que solo el Señor Jesús puede dar a través de su Palabra (Juan 15:3). Lo explicaré: Cuando una persona inmunda toca a otra la contamina, sin embargo, cuando el inmundo toca a Cristo, no puede contaminarle; el único incontaminable es Dios. Del mismo modo que la luz es lo único conocido incontaminable, así también Jesús es la luz del mundo (Juan 8:12), la luz puede caer sobre todos, pero nada puede caer sobre a luz; por eso, tocarle es recibir la virtud que sale de Él. Cabe señalar la perseverancia de la frágil mujer enferma, no debió serle cosa sencilla llegar al Señor, pero perseveró. Cuando sintió morir, perseveró; cuando hubo dudas, perseveró; cuando hubo temor, perseveró; el dictamen legal no fue suficiente para hacerla desistir, ni la enfermedad, ni la muchedumbre; ¡ella perseveró, perseveró y perseveró! Sólo puede haber algo necio en el que se aferra a la fe y es el soltarse de ella; después de todo, lo único seguro que encontraremos si perseveramos en la búsqueda del Señor es la salvación (Mt.24:13). Recordemos el ejemplo de esta mujer cuando sintamos desmayar. Si tomáramos la actitud legalista, podríamos decir que tanto Jairo como la mujer del flujo fueron a Jesús por motivos que podríamos calificar de inadecuados. Por un lado, Jairo fue a su enemigo porque no le quedó más remedio, ¿qué tan desesperado estaría para haberse atrevido a solicitarle socorro? Así somos los seres humanos, absolutamente todos, unos más, otros peor; pero todos, siendo enemigos de Dios clamamos a Él (Rom. 5:10). Y así es Dios, a pesar de todo atiende nuestras necesidades. Por tanto, conviene al hombre quedarse sin esperanza alguna en el mundo para encontrar la bendita y verdadera esperanza de la fe en Cristo Jesús. Del mismo modo la mujer fue a Jesús porque había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía (Mar. 5:26); no fue porque lo amara, pero aun así sería amada. Su fe era imperfecta, pero su Dios es Perfecto. A pesar de todo, Cristo siempre recibe a los que vienen a Él, jamás los echa fuera (Juan 6:37). Resaltemos una vez más su perseverancia. Jairo superó el riesgo del descrédito, de perder su posición como guardián del orden y la adoración en el templo. Superó quedar en ridículo y como mentiroso al confiar en el objeto de sus críticas. Ahora el guardián de la adoración era un adorador y el crítico criticado. Mira qué humillación: Jairo fue y se postró ante Jesús (vr.18), lo mismo le sucedería a un tal Saulo tiempo después (Fil. 3:7-8). Todos tenemos tarde o temprano la disyuntiva entre Cristo y nuestra posición en el mundo, escojamos bien. Además, Jairo superó el fondo mismo del mal: “tu hija ha muerto”. Cuando creyó encontrar la solución a sus problemas en Jesús, ¡plas! Un balde de agua fría a su fe. Sin embargo, Jairo continuó creyendo alentado por el maestro (Mar. 5:35-36). Le ha sucedido a algunos que en el momento mismo de su conversión, cuando miran las cosas con fe y buenas expectativas, la avalancha de problemas los agolpa. Y también ha sucedido que algunos de entre ellos duden y den la espalda a la fe. Seguir al Rey Jesucristo nunca debe fundamentarse en los beneficios recibidos, sino sólo en Su Persona (Hab. 3:17-19; Sal. 46:1-3). Jairo superó la prueba. Imaginemos el cuadro. Este hombre necesitado, principal de la sinagoga, ha vencido toda barrera para ir a Jesús por el gran amor hacia su hija muerta. El caso es grave y urgente. No hay tiempo que perder, la niña acaba de morir, su cuerpo aún no se enfría, es posible aún un milagro del Señor. Ahora el Señor le acompaña a su casa para resucitar a su hija, ¡y de pronto se detiene porque dice que alguien lo tocó! La fe de Jairo fue puesta a prueba, lo mismo que su paciencia. Posiblemente pensaba: “le dije que mi hija recién fallecida y le manifieste fe en que podía resucitarle, ¿y se detiene a atender a una inmunda mujer?” ¿Por qué a veces Dios tarda en dar su respuesta? ¿Por qué no hay socorro inmediato siempre? La Biblia dice que la esperanza que se demora es tormento del corazón (Pr. 13:12). Sin embargo, Dios prueba la fe del hombre para producirle paciencia (Stg. 1:3) y luego ejercita su paciencia para que esté completo, perfeccionado (Stg. 1:4). Es seguro que Él contestará con bendición (Sal. 40:1-2). Por su parte la mujer enferma de flujo también halló la salvación con fe perseverante. Primeramente superó su propia debilidad. Es muy probable que le costara trabajo aún levantarse de su cama, ¡y abrió a la multitud para llegar a Jesús! Era una mujer con una larga lista de excusas validas (si hubiese querido usarlas) para no ir al Señor; pero no lo hizo, simplemente fue. Desafortunadamente hay personas muy diferentes a esta mujer, que se excusan con cualquier cosa evitando encontrarse con el Señor y con su salvación. El consejo bíblico es no dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre; más bien, exhortémonos, y con mayor razón cuando vemos que el día del Señor se acerca (Heb. 10:25). Esta pobre mujer superó también la opinión pública, ¡oh! Que indigna era ante los demás. Repetidamente habrá escuchado: “Inmunda”, “no te acerques”, “no tienes remedio”. Si esa es también su condición, si ya te has cansado de oír que no hay solución para tu vida, debes saber que en Cristo siempre hay remedio. En estos momentos el Nazareno pasa cerca de ti, ¡abre paso entre la multitud de quejas y de excusas y tócalo! ¿Quién es el que más necesita al Señor Jesucristo sino el afligido? La mujer superó además su pequeñez. ¿Quién era ella para que el Gran Maestro de Galilea, el Hacedor de milagros, el Cristo, el Hijo de Dios se detuviera a atenderla? Podía pensar que Jesús estaba demasiado ocupado con el hombre importante. Después de todo, Jairo merecía más su atención; él era el religioso, el “santo”, ¿pero a ella? ¿a una mujer considerada inmunda por la ley? ¡Mas gracias a Dios que no mira como mira el hombre! Su misericordia no conoce irredentos. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y yo te amé; daré, pues, hombre por ti, y naciones por tu vida (Is.43:4). Es un hecho, Dios se detiene ante el suplicante. Para estas alturas del evangelio según Mateo el Señor Jesús aun no había resucitado a nadie, de modo que Jairo es la primera persona en los evangelios en creer que el Señor resucita a los muertos sin tener ninguna evidencia anterior. Jairo declaró que si Jesús ponía su mano en su hija muerta, ésta viviría (vr.18). ¡Cuán grande e importante es creer aunque nunca hubiera existido un caso similar al nuestro! La verdadera fe no se basa en antecedentes ni en estadísticas. La verdadera fe se basa en confiar absolutamente en que el toque del Señor Jesucristo trae vida. También la mujer tenía fe verdadera. Ella creía en la autoridad del Señor Jesús. La ley la condenaba como inmunda a causa de su flujo de sangre; por eso buscaba tocar las borlas del manto de Jesús, las cuales representaban a la misma ley que la condenaba. En aquel tiempo los judíos llevaban en las esquinas de su manto exterior cuatro borlas de azul jacinto en obediencia a Num. 15:37-41 y Dt. 22:12. Dicho atavío los identifica como miembros del pueblo de Dios y representaba los cinco libros de la ley. Así que la mujer confiaba en la Palabra de Dios aunque esta le condenara. ¡Creer en las promesas de Dios es vida y sanidad! Pero además, la mujer confiaba en que la autoridad del Señor Jesús estaba por encima de la misma ley. Creía que la ley por sí sola le condenaba, pero que la ley en Cristo la vivificaría. ¿Y no es acaso esta nuestra experiencia? La ley era muerte para nosotros (Rom. 7:11-13) pero una vez que se cumple en Cristo ha sido vida a nosotros (8:1-4). La misericordia triunfa sobre el juicio (Stg. 2:13). La fe verdadera es también una fe activa (Stg. 2:20,22). Mientras que Jairo buscaba que el Señor tocara a su hija, la mujer buscó tocar a Jesús. Era tanta su necesidad que tomó la iniciativa para sacar poder del Señor Jesús. Alguien dijo que la oración es el poder del hombre y la debilidad de Dios. Una fe salvadora para la mujer, pues dijo dentro de sí (vr. 21) y luego confesó al Señor verbalmente (Mar. 5:33). Esto quiere decir que para la salvación no basta con creer internamente, también es necesario confesar con nuestra boca que Jesús es el Señor (Rom. 10:9-10). Una vez hecho esto el Señor honró a la mujer delante de todos los presentes (vr.22). El que se humilla será exaltado (Luc. 14:11). La fe de esta mujer era real, tan sólida que detuvo al Señor del Universo, como si todo el mundo dejara de moverse. Por un momento la única persona que existió para Cristo era esta mujer. El texto dice: Jesús, volviéndose y mirándola (vr.22). Ya con esto servía suficiente, aún si no hubiese sido sanada el Rey se había detenido en su andar en la tierra para mirarla. Su fe era salvadora porque estaba fundada en la Palabra (tocó las borlas del manto); por lo que recibió también la Palabra de Dios: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado (vr.22). La Palabra fue declarada, el hecho se había consumado: Y la mujer fue salva desde aquella hora (vr.22). La salvación radica en lo que Dios declara, no en lo que nosotros somos o hacemos. Finalmente es su fe y no la nuestra, porque aún mi fe debe estar respaldada en su Palabra. No soy salvo porque yo lo digo, sino porque Él lo ha dicho podía decir la mujer y podemos decir los creyentes. También Jairo recibió una promesa reconfortante: la niña no está muerta, sino duerme (vr.24). En los funerales de creyentes oímos frases similares, sin embargo, les falta un ingrediente, el poder de Dios. Jairo estaba abatido, por lo que el Señor Jesús lo consoló. El consuelo de Cristo no se basa en la lástima; ésta es la diferencia entre nuestra misericordia y la de Dios. La misericordia del hombre carece de poder para transformar las circunstancias, por lo que no pasa de lástima. Y cuando el problema no es muy grave y el hombre tiene poder, generalmente carece de misericordia por lo que cae en la tiranía. No así Dios, quien tiene tanto la misericordia como el poder que la respalda. Tiene el poder y la gracia para ejercerlo. La fe de Jairo fue suficiente para recibir el auxilio divino (no se necesita mucho para ello). Buscó que Jesús tocara a su hija y Jesús fue más allá; el Señor la tomó de la mano y la levantó. Por su fe y persistencia Jairo recibió a su hija sana: Y ella se levantó (vr. 25). Este debe ser un ejemplo para todos los padres, que a toda costa debemos buscar la salvación de nuestros hijos. Para concluir, concédeme una palabra más: no es casualidad que la niña tuviera doce años de edad, los mismos que la enfermedad de la mujer y que tres evangelios relates sus casos juntos. La razón es que se trata de madre e hija. El parto de la una trajo el daño de la otra. No podía seguir siendo la esposa de Jairo, el líder de la sinagoga; así que fue expulsada por inmunda, de acuerdo a la ley. Ahora la hija está muriendo y la mamá también. Jesús salvó a ambas y con ello restauró a toda la familia. La Biblia no lo dice, pero podemos imaginarlo: están completos celebrando en casa haber conocido a Jesús.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:23

Comentario general

9.18-25 En los siguientes versículos encontramos en forma sumamente breve dos historias entrelazadas de fe, amor y devoción. Del amor de un hombre principal hacia su hija que fallece mientras él acude a buscar el auxilio del Maestro, venciendo sus prejuicios ante la desesperación e impotencia que siente por su hija. Amor que lo impulsa a creer en Cristo más allá de todo razonamiento, incluso más allá de la misma muerte. Y por otro lado tenemos a una mujer con aspecto cadavérico y sin fuerza que con una fe mística (casi supersticiosa) es capaz de hacer salir el poder de Cristo; su debilidad hizo fluir por la fe el poder que creó los cielos y la tierra solo para su beneficio. Alguien ha dicho que es maravilloso cuando Dios se apodera de un hombre, ¡pero es incomparable cuando un hombre se apodera de Dios! Vemos también como la oración es el poder del hombre y en cierto sentido la debilidad de Dios. Mateo define al hombre de esta historia como un hombre principal; los evangelistas Marcos y Lucas le llaman Jairo, que significa “Él ilumina”. Se refiere a uno con reputación de santo; principal de la sinagoga, un religioso, pero religioso intachable. Es principal entre los grandes de su ciudad; reconocido guardián de la ley, del orden y de la adoración en el templo, sin embargo, ahora no está en el templo. Él no es de los que siguen a Jesús. La mujer por su parte, es desconocida. No se menciona su nombre, lo que la presenta como una mujer olvidada. La vemos llegando sola, lo cual la deshonra como mujer judía. No era valorada debido a su enfermedad, considerada inmunda. Pero Dios si la aprecia. Cuando el mundo se encarga de decirnos lo poco que somos, Dios insiste en lo mucho que valemos. Vale la pena el aborrecimiento del mundo, pues resalta el supereminente e inescrutable amor de Dios por el aborrecido (Dt. 7:7; Luc. 12:32). La historia les presenta juntos, al menos habla de ambos en el mismo pasaje. Con todo y sus diferencias. Él es principal, ella anónima. Él viene a Jesús con una numerosa comitiva, ella se acerca sola. A él le abren paso, ella tiene que abrirse paso entre la gente. Jairo viene de frente, la mujer a las espaldas del Maestro; de hecho, supone que no será atendida, por lo que tiene por esperanza al menos tocar el borde de las ropas del Señor. Jairo es un principal de la sinagoga, un reconocido religioso, un maestro de la ley, es un símbolo viviente de la santidad judaica; cuando habla en la sinagoga la gente enmudece, cuando alguien tiene dudas o problemas es a Jairo a quien consultan; cuando se trata de dirigir los ayunos o las oraciones, Jairo es el líder. Sin embargo, ahora es él que pide ayuda, ahora es él que pide ayuda, ahora es el que busca auxilio, irónicamente a quien suponían hasta hacía poco tiempo un carpintero galileo. Su religión le suena hueca y vacía, sus leyes están imponentes, su santidad se ha desvanecido; sólo le queda el hacedor de milagros a quien quizá criticó como un hereje. La mujer, por su parte, es inmunda a causa de su enfermedad, tiene prohibido participar del culto y de las ceremonias (Lev. 15:22-27) ¡incluso no puede entrar al templo! No debe tocar a nadie, extraña las caricias de sus seres queridos, los abrazos en las fiestas y el contacto de sus amistades. Demasiado tiempo hace ya que se sabe a sí misma como un símbolo de inmundicia, es el proverbio de la sinagoga cuando se enseña acerca de lo inmundo. Su enfermedad es humillante y tan cruel como la anemia y soledad que le ha infringido. Pero a pesar de ser tan diferentes, tienen puntos en común, por eso tres evangelistas entrelazan sus historias; a pesar de estar en ambos lados del mundo, ambos están en el mundo. Los dos necesitan un milagro, los dos buscan urgentemente la salud, la una tiene rotas sus entrañas y seco su cuerpo; el otro tiene seca su alma y roto su corazón. La mujer lleva doce años en muerte incipiente, Jairo tiene a su hija de doce años muerta en su casa. Ambos están desesperados, a Jairo se la agotaron las opciones y tragándose su orgullo religioso hubo de acudir a Jesús. A la mujer se le acabó su dinero en los médicos, Marcos nos dice que “iba de mal en peor” (Mar. 5:25-26) ¡De lo malo siguió lo peor! ¿Qué otra cosa podía hacer sino buscar a Dios? Pero la mejor de sus similitudes es su fe. Jairo creyó, creyó a pesar de todo, creyó cuando vinieron a decirle que no molestara más al Maestro, pues su hija había muerto (Luc. 8:49) ¡Ni siquiera la muerte separa al amor! Por su parte, la mujer también tuvo fe, una fe imperfecta quizá, pero suficiente para detener a Aquél que no pudo parar Herodes; fe suficiente para hacerle alto a quien no intimidaron los poderosos de Israel. Ambos hicieron lo correcto: Vinieron a Jesús. Lo que nos enseña que, sin importar la condición y la necesidad de nuestra vida, sólo hay una cosa que podemos hacer sin temor a equivocarnos: Venir a Jesucristo (Is. 1:18; 55:7; Mat. 11:28). El problema de Jairo es fácilmente comprensible por todos aquellos que tenemos hijos. Su hija de doce años enfermó gravemente y en lo que buscó a Jesús murió. Con cuanta frecuencia sucede que a pesar de venir al Señor para muchos los problemas empeoran, es fácil pensar: “mejor me hubiera sido quedarme como estaba”. Sin embargo, aunque la hija de Jairo murió, su fe en Cristo no murió, ¡tal debe ser nuestra confianza! Job pudo decir en medio de sus calamidades: Aunque Él me matare en Él esperaré (Job 13:15). Finalmente Él se levantará como vencedor y el mal menguará; seguro estoy de que vale la pena confiar en el Señor, no sólo a pesar de todo, sino por todo y en todo (Lam. 3:22-24). La mujer tiene doce años enferma de flujo de sangre; siendo la sangre vida, esta mujer tiene doce años muriendo. Había recibido un diagnóstico similar al de Jairo, no tenía remedio, estaría llena de vergüenza hasta que un día cualquiera se desvaneciera sin vida en alguna de las callejuelas del pueblo. Así es la sentencia que el mundo ha recibido: muerte. Y así puede ser la experiencia de muchos: No hay remedio. Mas, en base al conocimiento de las Sagradas Escrituras y a la ternura amorosa del Dios de toda misericordia afirmó categórico: ¡Sí hay remedio! Está a la diestra del Padre, su Nombre es Jesucristo. Aun se puede entonar el himno: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento (Sal. 23:4). El impedimento de Jairo era su prestigio religioso, social y político. ¿Qué irían a decir sus colegas? ¿Cuáles serían las consecuencias sociales? ¿Y su carrera? Mas, ¿a quién le importa su carrera y su prestigio cuando su hija está moribunda? También tuvo por obstáculo la noticia que recibió cuando apenas había entablado diálogo con el Señor: “tu hija ha muerto, ¿para qué molestas más al Maestro?” (Mar. 5:35). Así sucede a veces en la vida del creyente, no faltan los opositores y los pesimistas con sus sentencias y presagios de “no podrás”; En el Nombre del Señor diga: “Sí podré! Pero quizá el mayor de los impedimentos que halló Jairo fue la realidad de la vida natural, al llegar a su casa vio a los que tocaban flautas y a la gente que hacía alboroto, plañideras (mujeres contratadas para llorar) (Mat. 9:23). ¡Qué difícil creer cuando la realidad dice que no! ¿cómo esperar un milagro mirando el cáncer? ¿quién puede creer ante un ataúd? Solamente la Presencia del Rey puede cambiar las cosas. Y por si esto fuera poco, encontramos la burla de la gente hizo de Jesús (Mat. 9:24). ¡Vaya sorpresa de la familia, de los amigos, y de todos los presentes incrédulos! Lo que les faltaba, el padre de familia, el centrado Jairo se había vuelto loco y había traído al “curandero” criticado por los religiosos de Israel. Debió ser muy duro para Jairo, en su mente se arremolinaban las dudas: ¿me habré equivocado? ¿Estaré haciendo al tonto al traer al hacedor de milagros? ¿Podrá Jesús hacer algo? ¿Querrá hacer algo si se burlan de Él? Fue tan duro que dice la Biblia que echaron fuera a los burlones e incrédulos (Mat. 9:25); no dice el texto quién los sacó, aunque sí fue Jesús quien ordenó echarles; pero quiero creer que Jairo en un arranque de suprema fe en Jesús los sacó, después de todo, Jesús había dicho: No está muerta, sino duerme (Mat. 9:24). Todo aquel que quiera un milagro del Señor necesita ser capaz de arriesgarse a todo por Él, como Jairo, que se jugó el último prestigio que le quedaba. Y necesita quitar (echar fuera) todo lo que le impida seguir a Cristo. Notemos además como es que el Señor no entró a resucitar a la niña hasta que no hubieron de echar fuera a los incrédulos y burlones críticos (Mat. 9:25). Él nunca entrará a donde no crean en Él; tampoco dará vida a la iglesia, a no ser que sean quitados de ella los incrédulos y opositores (al menos en cuanto a funciones y autoridad). Jesús no es rencoroso, no tomó en cuenta las burlas, solo miró la fe y el amor de Jairo. Así Él tampoco nos tratará de acuerdo a lo que merecemos, sino de acuerdo a su misericordia (Jer. 29:11; Miqueas 7:18). Ahora veamos los obstáculos que enfrentó la mujer del relato: Era una mujer sumamente débil, su piel se pegaba a sus huesos y de andar era lento a causa de la terrible anemia que le agolpaba tras larga e inmisericorde enfermedad. A duras penas se había levantado ese día, acostumbrada a los mareos y dolores de cabeza; con una sensación de estar sucia todo el tiempo; el buen humor seguro se había ido y a amargura afloraba como sus pupilos entre las hundidas cuencas de sus ojos. Era una de las personas más aptas en toda la tierra para manifestar la gloria del Rey de Israel, porque cuando somos débiles, entonces Él es fuerte. ¡Qué maravilloso es saber que cuando nosotros no podemos, Él si puede! Imaginemos a esta enjuta mujer intentar abrirse paso entre la multitud que apretaba a Jesús; ¡vaya dificultad! Miles de personas estaban en derredor del Maestro, ¿cómo llegar hasta Él? Con todo, donde faltó el físico sobró fe y el camino fue allanado. Luchó la mujer, sí, y mucho. Quizá sintió desmayar en más de una ocasión, pero la fe de Cristo tiene la virtud de sacar fuerzas de debilidad (Heb. 11:34). “Si tan sólo tocare el borde de su manto” –era su plegaria; Jesús era su meta; la sanidad su objetivo; y la salvación su recompensa. Este es el ejemplo de aquellos que no dejarán pasar la oportunidad de tocar a Jesús; desafortunadamente hay tantos quejumbrosos que exigen ser tocados por Jesús como si llamasen a un sirviente, olvidando que son los súbditos los que van al Rey, a pesar de que fue el Rey quien tomó la iniciativa. Por si fueran pocas las trabas de esta mujer, es muy probable que las dudas golpearan su ser, después de todo Jesús estaba atendiendo a un poderoso, rumbo a la casa de un “santo” con una hija muerta, ¿quién era ella para ser tomada en cuenta? ¿Por qué habría el Señor de dignarse a mirar siquiera a una inmunda? Esta es otra de las razones por las que no va de frente ni suplica ayuda, tan solo quiere tocarle y eso será suficiente …fe imperfecta pero muy grande y poderosa. Tenemos también una contradicción doctrinal en la actitud de la mujer enferma, la ley decía explícitamente: Cuando una mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche (Lev. 15:19); ¡Inmunda ella y todo lo que tocare dice! Por eso es que tocó el borde del manto del Señor y no directamente a Jesús, un asunto de respeto. El borde, esto es, las borlas que colgaban de la túnica hebrea, servían para recordarle la Torá a los judíos (Num. 15:38-40); de modo que la mujer, al ser repudiada por la ley contenida en las Escrituras acudió a la misma representación de la Palabra de Dios. Esto significa que la fe no es mística ni ciega, por el contrario, está fundada en la luz de la Palabra de Dios. Significa también la limpieza y santificación que solo el Señor Jesús puede dar a través de su Palabra (Juan 15:3). Lo explicaré: Cuando una persona inmunda toca a otra la contamina, sin embargo, cuando el inmundo toca a Cristo, no puede contaminarle; el único incontaminable es Dios. Del mismo modo que la luz es lo único conocido incontaminable, así también Jesús es la luz del mundo (Juan 8:12), la luz puede caer sobre todos, pero nada puede caer sobre a luz; por eso, tocarle es recibir la virtud que sale de Él. Cabe señalar la perseverancia de la frágil mujer enferma, no debió serle cosa sencilla llegar al Señor, pero perseveró. Cuando sintió morir, perseveró; cuando hubo dudas, perseveró; cuando hubo temor, perseveró; el dictamen legal no fue suficiente para hacerla desistir, ni la enfermedad, ni la muchedumbre; ¡ella perseveró, perseveró y perseveró! Sólo puede haber algo necio en el que se aferra a la fe y es el soltarse de ella; después de todo, lo único seguro que encontraremos si perseveramos en la búsqueda del Señor es la salvación (Mt.24:13). Recordemos el ejemplo de esta mujer cuando sintamos desmayar. Si tomáramos la actitud legalista, podríamos decir que tanto Jairo como la mujer del flujo fueron a Jesús por motivos que podríamos calificar de inadecuados. Por un lado, Jairo fue a su enemigo porque no le quedó más remedio, ¿qué tan desesperado estaría para haberse atrevido a solicitarle socorro? Así somos los seres humanos, absolutamente todos, unos más, otros peor; pero todos, siendo enemigos de Dios clamamos a Él (Rom. 5:10). Y así es Dios, a pesar de todo atiende nuestras necesidades. Por tanto, conviene al hombre quedarse sin esperanza alguna en el mundo para encontrar la bendita y verdadera esperanza de la fe en Cristo Jesús. Del mismo modo la mujer fue a Jesús porque había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía (Mar. 5:26); no fue porque lo amara, pero aun así sería amada. Su fe era imperfecta, pero su Dios es Perfecto. A pesar de todo, Cristo siempre recibe a los que vienen a Él, jamás los echa fuera (Juan 6:37). Resaltemos una vez más su perseverancia. Jairo superó el riesgo del descrédito, de perder su posición como guardián del orden y la adoración en el templo. Superó quedar en ridículo y como mentiroso al confiar en el objeto de sus críticas. Ahora el guardián de la adoración era un adorador y el crítico criticado. Mira qué humillación: Jairo fue y se postró ante Jesús (vr.18), lo mismo le sucedería a un tal Saulo tiempo después (Fil. 3:7-8). Todos tenemos tarde o temprano la disyuntiva entre Cristo y nuestra posición en el mundo, escojamos bien. Además, Jairo superó el fondo mismo del mal: “tu hija ha muerto”. Cuando creyó encontrar la solución a sus problemas en Jesús, ¡plas! Un balde de agua fría a su fe. Sin embargo, Jairo continuó creyendo alentado por el maestro (Mar. 5:35-36). Le ha sucedido a algunos que en el momento mismo de su conversión, cuando miran las cosas con fe y buenas expectativas, la avalancha de problemas los agolpa. Y también ha sucedido que algunos de entre ellos duden y den la espalda a la fe. Seguir al Rey Jesucristo nunca debe fundamentarse en los beneficios recibidos, sino sólo en Su Persona (Hab. 3:17-19; Sal. 46:1-3). Jairo superó la prueba. Imaginemos el cuadro. Este hombre necesitado, principal de la sinagoga, ha vencido toda barrera para ir a Jesús por el gran amor hacia su hija muerta. El caso es grave y urgente. No hay tiempo que perder, la niña acaba de morir, su cuerpo aún no se enfría, es posible aún un milagro del Señor. Ahora el Señor le acompaña a su casa para resucitar a su hija, ¡y de pronto se detiene porque dice que alguien lo tocó! La fe de Jairo fue puesta a prueba, lo mismo que su paciencia. Posiblemente pensaba: “le dije que mi hija recién fallecida y le manifieste fe en que podía resucitarle, ¿y se detiene a atender a una inmunda mujer?” ¿Por qué a veces Dios tarda en dar su respuesta? ¿Por qué no hay socorro inmediato siempre? La Biblia dice que la esperanza que se demora es tormento del corazón (Pr. 13:12). Sin embargo, Dios prueba la fe del hombre para producirle paciencia (Stg. 1:3) y luego ejercita su paciencia para que esté completo, perfeccionado (Stg. 1:4). Es seguro que Él contestará con bendición (Sal. 40:1-2). Por su parte la mujer enferma de flujo también halló la salvación con fe perseverante. Primeramente superó su propia debilidad. Es muy probable que le costara trabajo aún levantarse de su cama, ¡y abrió a la multitud para llegar a Jesús! Era una mujer con una larga lista de excusas validas (si hubiese querido usarlas) para no ir al Señor; pero no lo hizo, simplemente fue. Desafortunadamente hay personas muy diferentes a esta mujer, que se excusan con cualquier cosa evitando encontrarse con el Señor y con su salvación. El consejo bíblico es no dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre; más bien, exhortémonos, y con mayor razón cuando vemos que el día del Señor se acerca (Heb. 10:25). Esta pobre mujer superó también la opinión pública, ¡oh! Que indigna era ante los demás. Repetidamente habrá escuchado: “Inmunda”, “no te acerques”, “no tienes remedio”. Si esa es también su condición, si ya te has cansado de oír que no hay solución para tu vida, debes saber que en Cristo siempre hay remedio. En estos momentos el Nazareno pasa cerca de ti, ¡abre paso entre la multitud de quejas y de excusas y tócalo! ¿Quién es el que más necesita al Señor Jesucristo sino el afligido? La mujer superó además su pequeñez. ¿Quién era ella para que el Gran Maestro de Galilea, el Hacedor de milagros, el Cristo, el Hijo de Dios se detuviera a atenderla? Podía pensar que Jesús estaba demasiado ocupado con el hombre importante. Después de todo, Jairo merecía más su atención; él era el religioso, el “santo”, ¿pero a ella? ¿a una mujer considerada inmunda por la ley? ¡Mas gracias a Dios que no mira como mira el hombre! Su misericordia no conoce irredentos. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y yo te amé; daré, pues, hombre por ti, y naciones por tu vida (Is.43:4). Es un hecho, Dios se detiene ante el suplicante. Para estas alturas del evangelio según Mateo el Señor Jesús aun no había resucitado a nadie, de modo que Jairo es la primera persona en los evangelios en creer que el Señor resucita a los muertos sin tener ninguna evidencia anterior. Jairo declaró que si Jesús ponía su mano en su hija muerta, ésta viviría (vr.18). ¡Cuán grande e importante es creer aunque nunca hubiera existido un caso similar al nuestro! La verdadera fe no se basa en antecedentes ni en estadísticas. La verdadera fe se basa en confiar absolutamente en que el toque del Señor Jesucristo trae vida. También la mujer tenía fe verdadera. Ella creía en la autoridad del Señor Jesús. La ley la condenaba como inmunda a causa de su flujo de sangre; por eso buscaba tocar las borlas del manto de Jesús, las cuales representaban a la misma ley que la condenaba. En aquel tiempo los judíos llevaban en las esquinas de su manto exterior cuatro borlas de azul jacinto en obediencia a Num. 15:37-41 y Dt. 22:12. Dicho atavío los identifica como miembros del pueblo de Dios y representaba los cinco libros de la ley. Así que la mujer confiaba en la Palabra de Dios aunque esta le condenara. ¡Creer en las promesas de Dios es vida y sanidad! Pero además, la mujer confiaba en que la autoridad del Señor Jesús estaba por encima de la misma ley. Creía que la ley por sí sola le condenaba, pero que la ley en Cristo la vivificaría. ¿Y no es acaso esta nuestra experiencia? La ley era muerte para nosotros (Rom. 7:11-13) pero una vez que se cumple en Cristo ha sido vida a nosotros (8:1-4). La misericordia triunfa sobre el juicio (Stg. 2:13). La fe verdadera es también una fe activa (Stg. 2:20,22). Mientras que Jairo buscaba que el Señor tocara a su hija, la mujer buscó tocar a Jesús. Era tanta su necesidad que tomó la iniciativa para sacar poder del Señor Jesús. Alguien dijo que la oración es el poder del hombre y la debilidad de Dios. Una fe salvadora para la mujer, pues dijo dentro de sí (vr. 21) y luego confesó al Señor verbalmente (Mar. 5:33). Esto quiere decir que para la salvación no basta con creer internamente, también es necesario confesar con nuestra boca que Jesús es el Señor (Rom. 10:9-10). Una vez hecho esto el Señor honró a la mujer delante de todos los presentes (vr.22). El que se humilla será exaltado (Luc. 14:11). La fe de esta mujer era real, tan sólida que detuvo al Señor del Universo, como si todo el mundo dejara de moverse. Por un momento la única persona que existió para Cristo era esta mujer. El texto dice: Jesús, volviéndose y mirándola (vr.22). Ya con esto servía suficiente, aún si no hubiese sido sanada el Rey se había detenido en su andar en la tierra para mirarla. Su fe era salvadora porque estaba fundada en la Palabra (tocó las borlas del manto); por lo que recibió también la Palabra de Dios: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado (vr.22). La Palabra fue declarada, el hecho se había consumado: Y la mujer fue salva desde aquella hora (vr.22). La salvación radica en lo que Dios declara, no en lo que nosotros somos o hacemos. Finalmente es su fe y no la nuestra, porque aún mi fe debe estar respaldada en su Palabra. No soy salvo porque yo lo digo, sino porque Él lo ha dicho podía decir la mujer y podemos decir los creyentes. También Jairo recibió una promesa reconfortante: la niña no está muerta, sino duerme (vr.24). En los funerales de creyentes oímos frases similares, sin embargo, les falta un ingrediente, el poder de Dios. Jairo estaba abatido, por lo que el Señor Jesús lo consoló. El consuelo de Cristo no se basa en la lástima; ésta es la diferencia entre nuestra misericordia y la de Dios. La misericordia del hombre carece de poder para transformar las circunstancias, por lo que no pasa de lástima. Y cuando el problema no es muy grave y el hombre tiene poder, generalmente carece de misericordia por lo que cae en la tiranía. No así Dios, quien tiene tanto la misericordia como el poder que la respalda. Tiene el poder y la gracia para ejercerlo. La fe de Jairo fue suficiente para recibir el auxilio divino (no se necesita mucho para ello). Buscó que Jesús tocara a su hija y Jesús fue más allá; el Señor la tomó de la mano y la levantó. Por su fe y persistencia Jairo recibió a su hija sana: Y ella se levantó (vr. 25). Este debe ser un ejemplo para todos los padres, que a toda costa debemos buscar la salvación de nuestros hijos. Para concluir, concédeme una palabra más: no es casualidad que la niña tuviera doce años de edad, los mismos que la enfermedad de la mujer y que tres evangelios relates sus casos juntos. La razón es que se trata de madre e hija. El parto de la una trajo el daño de la otra. No podía seguir siendo la esposa de Jairo, el líder de la sinagoga; así que fue expulsada por inmunda, de acuerdo a la ley. Ahora la hija está muriendo y la mamá también. Jesús salvó a ambas y con ello restauró a toda la familia. La Biblia no lo dice, pero podemos imaginarlo: están completos celebrando en casa haber conocido a Jesús.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:24

Comentario general

9.18-25 En los siguientes versículos encontramos en forma sumamente breve dos historias entrelazadas de fe, amor y devoción. Del amor de un hombre principal hacia su hija que fallece mientras él acude a buscar el auxilio del Maestro, venciendo sus prejuicios ante la desesperación e impotencia que siente por su hija. Amor que lo impulsa a creer en Cristo más allá de todo razonamiento, incluso más allá de la misma muerte. Y por otro lado tenemos a una mujer con aspecto cadavérico y sin fuerza que con una fe mística (casi supersticiosa) es capaz de hacer salir el poder de Cristo; su debilidad hizo fluir por la fe el poder que creó los cielos y la tierra solo para su beneficio. Alguien ha dicho que es maravilloso cuando Dios se apodera de un hombre, ¡pero es incomparable cuando un hombre se apodera de Dios! Vemos también como la oración es el poder del hombre y en cierto sentido la debilidad de Dios. Mateo define al hombre de esta historia como un hombre principal; los evangelistas Marcos y Lucas le llaman Jairo, que significa “Él ilumina”. Se refiere a uno con reputación de santo; principal de la sinagoga, un religioso, pero religioso intachable. Es principal entre los grandes de su ciudad; reconocido guardián de la ley, del orden y de la adoración en el templo, sin embargo, ahora no está en el templo. Él no es de los que siguen a Jesús. La mujer por su parte, es desconocida. No se menciona su nombre, lo que la presenta como una mujer olvidada. La vemos llegando sola, lo cual la deshonra como mujer judía. No era valorada debido a su enfermedad, considerada inmunda. Pero Dios si la aprecia. Cuando el mundo se encarga de decirnos lo poco que somos, Dios insiste en lo mucho que valemos. Vale la pena el aborrecimiento del mundo, pues resalta el supereminente e inescrutable amor de Dios por el aborrecido (Dt. 7:7; Luc. 12:32). La historia les presenta juntos, al menos habla de ambos en el mismo pasaje. Con todo y sus diferencias. Él es principal, ella anónima. Él viene a Jesús con una numerosa comitiva, ella se acerca sola. A él le abren paso, ella tiene que abrirse paso entre la gente. Jairo viene de frente, la mujer a las espaldas del Maestro; de hecho, supone que no será atendida, por lo que tiene por esperanza al menos tocar el borde de las ropas del Señor. Jairo es un principal de la sinagoga, un reconocido religioso, un maestro de la ley, es un símbolo viviente de la santidad judaica; cuando habla en la sinagoga la gente enmudece, cuando alguien tiene dudas o problemas es a Jairo a quien consultan; cuando se trata de dirigir los ayunos o las oraciones, Jairo es el líder. Sin embargo, ahora es él que pide ayuda, ahora es él que pide ayuda, ahora es el que busca auxilio, irónicamente a quien suponían hasta hacía poco tiempo un carpintero galileo. Su religión le suena hueca y vacía, sus leyes están imponentes, su santidad se ha desvanecido; sólo le queda el hacedor de milagros a quien quizá criticó como un hereje. La mujer, por su parte, es inmunda a causa de su enfermedad, tiene prohibido participar del culto y de las ceremonias (Lev. 15:22-27) ¡incluso no puede entrar al templo! No debe tocar a nadie, extraña las caricias de sus seres queridos, los abrazos en las fiestas y el contacto de sus amistades. Demasiado tiempo hace ya que se sabe a sí misma como un símbolo de inmundicia, es el proverbio de la sinagoga cuando se enseña acerca de lo inmundo. Su enfermedad es humillante y tan cruel como la anemia y soledad que le ha infringido. Pero a pesar de ser tan diferentes, tienen puntos en común, por eso tres evangelistas entrelazan sus historias; a pesar de estar en ambos lados del mundo, ambos están en el mundo. Los dos necesitan un milagro, los dos buscan urgentemente la salud, la una tiene rotas sus entrañas y seco su cuerpo; el otro tiene seca su alma y roto su corazón. La mujer lleva doce años en muerte incipiente, Jairo tiene a su hija de doce años muerta en su casa. Ambos están desesperados, a Jairo se la agotaron las opciones y tragándose su orgullo religioso hubo de acudir a Jesús. A la mujer se le acabó su dinero en los médicos, Marcos nos dice que “iba de mal en peor” (Mar. 5:25-26) ¡De lo malo siguió lo peor! ¿Qué otra cosa podía hacer sino buscar a Dios? Pero la mejor de sus similitudes es su fe. Jairo creyó, creyó a pesar de todo, creyó cuando vinieron a decirle que no molestara más al Maestro, pues su hija había muerto (Luc. 8:49) ¡Ni siquiera la muerte separa al amor! Por su parte, la mujer también tuvo fe, una fe imperfecta quizá, pero suficiente para detener a Aquél que no pudo parar Herodes; fe suficiente para hacerle alto a quien no intimidaron los poderosos de Israel. Ambos hicieron lo correcto: Vinieron a Jesús. Lo que nos enseña que, sin importar la condición y la necesidad de nuestra vida, sólo hay una cosa que podemos hacer sin temor a equivocarnos: Venir a Jesucristo (Is. 1:18; 55:7; Mat. 11:28). El problema de Jairo es fácilmente comprensible por todos aquellos que tenemos hijos. Su hija de doce años enfermó gravemente y en lo que buscó a Jesús murió. Con cuanta frecuencia sucede que a pesar de venir al Señor para muchos los problemas empeoran, es fácil pensar: “mejor me hubiera sido quedarme como estaba”. Sin embargo, aunque la hija de Jairo murió, su fe en Cristo no murió, ¡tal debe ser nuestra confianza! Job pudo decir en medio de sus calamidades: Aunque Él me matare en Él esperaré (Job 13:15). Finalmente Él se levantará como vencedor y el mal menguará; seguro estoy de que vale la pena confiar en el Señor, no sólo a pesar de todo, sino por todo y en todo (Lam. 3:22-24). La mujer tiene doce años enferma de flujo de sangre; siendo la sangre vida, esta mujer tiene doce años muriendo. Había recibido un diagnóstico similar al de Jairo, no tenía remedio, estaría llena de vergüenza hasta que un día cualquiera se desvaneciera sin vida en alguna de las callejuelas del pueblo. Así es la sentencia que el mundo ha recibido: muerte. Y así puede ser la experiencia de muchos: No hay remedio. Mas, en base al conocimiento de las Sagradas Escrituras y a la ternura amorosa del Dios de toda misericordia afirmó categórico: ¡Sí hay remedio! Está a la diestra del Padre, su Nombre es Jesucristo. Aun se puede entonar el himno: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento (Sal. 23:4). El impedimento de Jairo era su prestigio religioso, social y político. ¿Qué irían a decir sus colegas? ¿Cuáles serían las consecuencias sociales? ¿Y su carrera? Mas, ¿a quién le importa su carrera y su prestigio cuando su hija está moribunda? También tuvo por obstáculo la noticia que recibió cuando apenas había entablado diálogo con el Señor: “tu hija ha muerto, ¿para qué molestas más al Maestro?” (Mar. 5:35). Así sucede a veces en la vida del creyente, no faltan los opositores y los pesimistas con sus sentencias y presagios de “no podrás”; En el Nombre del Señor diga: “Sí podré! Pero quizá el mayor de los impedimentos que halló Jairo fue la realidad de la vida natural, al llegar a su casa vio a los que tocaban flautas y a la gente que hacía alboroto, plañideras (mujeres contratadas para llorar) (Mat. 9:23). ¡Qué difícil creer cuando la realidad dice que no! ¿cómo esperar un milagro mirando el cáncer? ¿quién puede creer ante un ataúd? Solamente la Presencia del Rey puede cambiar las cosas. Y por si esto fuera poco, encontramos la burla de la gente hizo de Jesús (Mat. 9:24). ¡Vaya sorpresa de la familia, de los amigos, y de todos los presentes incrédulos! Lo que les faltaba, el padre de familia, el centrado Jairo se había vuelto loco y había traído al “curandero” criticado por los religiosos de Israel. Debió ser muy duro para Jairo, en su mente se arremolinaban las dudas: ¿me habré equivocado? ¿Estaré haciendo al tonto al traer al hacedor de milagros? ¿Podrá Jesús hacer algo? ¿Querrá hacer algo si se burlan de Él? Fue tan duro que dice la Biblia que echaron fuera a los burlones e incrédulos (Mat. 9:25); no dice el texto quién los sacó, aunque sí fue Jesús quien ordenó echarles; pero quiero creer que Jairo en un arranque de suprema fe en Jesús los sacó, después de todo, Jesús había dicho: No está muerta, sino duerme (Mat. 9:24). Todo aquel que quiera un milagro del Señor necesita ser capaz de arriesgarse a todo por Él, como Jairo, que se jugó el último prestigio que le quedaba. Y necesita quitar (echar fuera) todo lo que le impida seguir a Cristo. Notemos además como es que el Señor no entró a resucitar a la niña hasta que no hubieron de echar fuera a los incrédulos y burlones críticos (Mat. 9:25). Él nunca entrará a donde no crean en Él; tampoco dará vida a la iglesia, a no ser que sean quitados de ella los incrédulos y opositores (al menos en cuanto a funciones y autoridad). Jesús no es rencoroso, no tomó en cuenta las burlas, solo miró la fe y el amor de Jairo. Así Él tampoco nos tratará de acuerdo a lo que merecemos, sino de acuerdo a su misericordia (Jer. 29:11; Miqueas 7:18). Ahora veamos los obstáculos que enfrentó la mujer del relato: Era una mujer sumamente débil, su piel se pegaba a sus huesos y de andar era lento a causa de la terrible anemia que le agolpaba tras larga e inmisericorde enfermedad. A duras penas se había levantado ese día, acostumbrada a los mareos y dolores de cabeza; con una sensación de estar sucia todo el tiempo; el buen humor seguro se había ido y a amargura afloraba como sus pupilos entre las hundidas cuencas de sus ojos. Era una de las personas más aptas en toda la tierra para manifestar la gloria del Rey de Israel, porque cuando somos débiles, entonces Él es fuerte. ¡Qué maravilloso es saber que cuando nosotros no podemos, Él si puede! Imaginemos a esta enjuta mujer intentar abrirse paso entre la multitud que apretaba a Jesús; ¡vaya dificultad! Miles de personas estaban en derredor del Maestro, ¿cómo llegar hasta Él? Con todo, donde faltó el físico sobró fe y el camino fue allanado. Luchó la mujer, sí, y mucho. Quizá sintió desmayar en más de una ocasión, pero la fe de Cristo tiene la virtud de sacar fuerzas de debilidad (Heb. 11:34). “Si tan sólo tocare el borde de su manto” –era su plegaria; Jesús era su meta; la sanidad su objetivo; y la salvación su recompensa. Este es el ejemplo de aquellos que no dejarán pasar la oportunidad de tocar a Jesús; desafortunadamente hay tantos quejumbrosos que exigen ser tocados por Jesús como si llamasen a un sirviente, olvidando que son los súbditos los que van al Rey, a pesar de que fue el Rey quien tomó la iniciativa. Por si fueran pocas las trabas de esta mujer, es muy probable que las dudas golpearan su ser, después de todo Jesús estaba atendiendo a un poderoso, rumbo a la casa de un “santo” con una hija muerta, ¿quién era ella para ser tomada en cuenta? ¿Por qué habría el Señor de dignarse a mirar siquiera a una inmunda? Esta es otra de las razones por las que no va de frente ni suplica ayuda, tan solo quiere tocarle y eso será suficiente …fe imperfecta pero muy grande y poderosa. Tenemos también una contradicción doctrinal en la actitud de la mujer enferma, la ley decía explícitamente: Cuando una mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche (Lev. 15:19); ¡Inmunda ella y todo lo que tocare dice! Por eso es que tocó el borde del manto del Señor y no directamente a Jesús, un asunto de respeto. El borde, esto es, las borlas que colgaban de la túnica hebrea, servían para recordarle la Torá a los judíos (Num. 15:38-40); de modo que la mujer, al ser repudiada por la ley contenida en las Escrituras acudió a la misma representación de la Palabra de Dios. Esto significa que la fe no es mística ni ciega, por el contrario, está fundada en la luz de la Palabra de Dios. Significa también la limpieza y santificación que solo el Señor Jesús puede dar a través de su Palabra (Juan 15:3). Lo explicaré: Cuando una persona inmunda toca a otra la contamina, sin embargo, cuando el inmundo toca a Cristo, no puede contaminarle; el único incontaminable es Dios. Del mismo modo que la luz es lo único conocido incontaminable, así también Jesús es la luz del mundo (Juan 8:12), la luz puede caer sobre todos, pero nada puede caer sobre a luz; por eso, tocarle es recibir la virtud que sale de Él. Cabe señalar la perseverancia de la frágil mujer enferma, no debió serle cosa sencilla llegar al Señor, pero perseveró. Cuando sintió morir, perseveró; cuando hubo dudas, perseveró; cuando hubo temor, perseveró; el dictamen legal no fue suficiente para hacerla desistir, ni la enfermedad, ni la muchedumbre; ¡ella perseveró, perseveró y perseveró! Sólo puede haber algo necio en el que se aferra a la fe y es el soltarse de ella; después de todo, lo único seguro que encontraremos si perseveramos en la búsqueda del Señor es la salvación (Mt.24:13). Recordemos el ejemplo de esta mujer cuando sintamos desmayar. Si tomáramos la actitud legalista, podríamos decir que tanto Jairo como la mujer del flujo fueron a Jesús por motivos que podríamos calificar de inadecuados. Por un lado, Jairo fue a su enemigo porque no le quedó más remedio, ¿qué tan desesperado estaría para haberse atrevido a solicitarle socorro? Así somos los seres humanos, absolutamente todos, unos más, otros peor; pero todos, siendo enemigos de Dios clamamos a Él (Rom. 5:10). Y así es Dios, a pesar de todo atiende nuestras necesidades. Por tanto, conviene al hombre quedarse sin esperanza alguna en el mundo para encontrar la bendita y verdadera esperanza de la fe en Cristo Jesús. Del mismo modo la mujer fue a Jesús porque había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía (Mar. 5:26); no fue porque lo amara, pero aun así sería amada. Su fe era imperfecta, pero su Dios es Perfecto. A pesar de todo, Cristo siempre recibe a los que vienen a Él, jamás los echa fuera (Juan 6:37). Resaltemos una vez más su perseverancia. Jairo superó el riesgo del descrédito, de perder su posición como guardián del orden y la adoración en el templo. Superó quedar en ridículo y como mentiroso al confiar en el objeto de sus críticas. Ahora el guardián de la adoración era un adorador y el crítico criticado. Mira qué humillación: Jairo fue y se postró ante Jesús (vr.18), lo mismo le sucedería a un tal Saulo tiempo después (Fil. 3:7-8). Todos tenemos tarde o temprano la disyuntiva entre Cristo y nuestra posición en el mundo, escojamos bien. Además, Jairo superó el fondo mismo del mal: “tu hija ha muerto”. Cuando creyó encontrar la solución a sus problemas en Jesús, ¡plas! Un balde de agua fría a su fe. Sin embargo, Jairo continuó creyendo alentado por el maestro (Mar. 5:35-36). Le ha sucedido a algunos que en el momento mismo de su conversión, cuando miran las cosas con fe y buenas expectativas, la avalancha de problemas los agolpa. Y también ha sucedido que algunos de entre ellos duden y den la espalda a la fe. Seguir al Rey Jesucristo nunca debe fundamentarse en los beneficios recibidos, sino sólo en Su Persona (Hab. 3:17-19; Sal. 46:1-3). Jairo superó la prueba. Imaginemos el cuadro. Este hombre necesitado, principal de la sinagoga, ha vencido toda barrera para ir a Jesús por el gran amor hacia su hija muerta. El caso es grave y urgente. No hay tiempo que perder, la niña acaba de morir, su cuerpo aún no se enfría, es posible aún un milagro del Señor. Ahora el Señor le acompaña a su casa para resucitar a su hija, ¡y de pronto se detiene porque dice que alguien lo tocó! La fe de Jairo fue puesta a prueba, lo mismo que su paciencia. Posiblemente pensaba: “le dije que mi hija recién fallecida y le manifieste fe en que podía resucitarle, ¿y se detiene a atender a una inmunda mujer?” ¿Por qué a veces Dios tarda en dar su respuesta? ¿Por qué no hay socorro inmediato siempre? La Biblia dice que la esperanza que se demora es tormento del corazón (Pr. 13:12). Sin embargo, Dios prueba la fe del hombre para producirle paciencia (Stg. 1:3) y luego ejercita su paciencia para que esté completo, perfeccionado (Stg. 1:4). Es seguro que Él contestará con bendición (Sal. 40:1-2). Por su parte la mujer enferma de flujo también halló la salvación con fe perseverante. Primeramente superó su propia debilidad. Es muy probable que le costara trabajo aún levantarse de su cama, ¡y abrió a la multitud para llegar a Jesús! Era una mujer con una larga lista de excusas validas (si hubiese querido usarlas) para no ir al Señor; pero no lo hizo, simplemente fue. Desafortunadamente hay personas muy diferentes a esta mujer, que se excusan con cualquier cosa evitando encontrarse con el Señor y con su salvación. El consejo bíblico es no dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre; más bien, exhortémonos, y con mayor razón cuando vemos que el día del Señor se acerca (Heb. 10:25). Esta pobre mujer superó también la opinión pública, ¡oh! Que indigna era ante los demás. Repetidamente habrá escuchado: “Inmunda”, “no te acerques”, “no tienes remedio”. Si esa es también su condición, si ya te has cansado de oír que no hay solución para tu vida, debes saber que en Cristo siempre hay remedio. En estos momentos el Nazareno pasa cerca de ti, ¡abre paso entre la multitud de quejas y de excusas y tócalo! ¿Quién es el que más necesita al Señor Jesucristo sino el afligido? La mujer superó además su pequeñez. ¿Quién era ella para que el Gran Maestro de Galilea, el Hacedor de milagros, el Cristo, el Hijo de Dios se detuviera a atenderla? Podía pensar que Jesús estaba demasiado ocupado con el hombre importante. Después de todo, Jairo merecía más su atención; él era el religioso, el “santo”, ¿pero a ella? ¿a una mujer considerada inmunda por la ley? ¡Mas gracias a Dios que no mira como mira el hombre! Su misericordia no conoce irredentos. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y yo te amé; daré, pues, hombre por ti, y naciones por tu vida (Is.43:4). Es un hecho, Dios se detiene ante el suplicante. Para estas alturas del evangelio según Mateo el Señor Jesús aun no había resucitado a nadie, de modo que Jairo es la primera persona en los evangelios en creer que el Señor resucita a los muertos sin tener ninguna evidencia anterior. Jairo declaró que si Jesús ponía su mano en su hija muerta, ésta viviría (vr.18). ¡Cuán grande e importante es creer aunque nunca hubiera existido un caso similar al nuestro! La verdadera fe no se basa en antecedentes ni en estadísticas. La verdadera fe se basa en confiar absolutamente en que el toque del Señor Jesucristo trae vida. También la mujer tenía fe verdadera. Ella creía en la autoridad del Señor Jesús. La ley la condenaba como inmunda a causa de su flujo de sangre; por eso buscaba tocar las borlas del manto de Jesús, las cuales representaban a la misma ley que la condenaba. En aquel tiempo los judíos llevaban en las esquinas de su manto exterior cuatro borlas de azul jacinto en obediencia a Num. 15:37-41 y Dt. 22:12. Dicho atavío los identifica como miembros del pueblo de Dios y representaba los cinco libros de la ley. Así que la mujer confiaba en la Palabra de Dios aunque esta le condenara. ¡Creer en las promesas de Dios es vida y sanidad! Pero además, la mujer confiaba en que la autoridad del Señor Jesús estaba por encima de la misma ley. Creía que la ley por sí sola le condenaba, pero que la ley en Cristo la vivificaría. ¿Y no es acaso esta nuestra experiencia? La ley era muerte para nosotros (Rom. 7:11-13) pero una vez que se cumple en Cristo ha sido vida a nosotros (8:1-4). La misericordia triunfa sobre el juicio (Stg. 2:13). La fe verdadera es también una fe activa (Stg. 2:20,22). Mientras que Jairo buscaba que el Señor tocara a su hija, la mujer buscó tocar a Jesús. Era tanta su necesidad que tomó la iniciativa para sacar poder del Señor Jesús. Alguien dijo que la oración es el poder del hombre y la debilidad de Dios. Una fe salvadora para la mujer, pues dijo dentro de sí (vr. 21) y luego confesó al Señor verbalmente (Mar. 5:33). Esto quiere decir que para la salvación no basta con creer internamente, también es necesario confesar con nuestra boca que Jesús es el Señor (Rom. 10:9-10). Una vez hecho esto el Señor honró a la mujer delante de todos los presentes (vr.22). El que se humilla será exaltado (Luc. 14:11). La fe de esta mujer era real, tan sólida que detuvo al Señor del Universo, como si todo el mundo dejara de moverse. Por un momento la única persona que existió para Cristo era esta mujer. El texto dice: Jesús, volviéndose y mirándola (vr.22). Ya con esto servía suficiente, aún si no hubiese sido sanada el Rey se había detenido en su andar en la tierra para mirarla. Su fe era salvadora porque estaba fundada en la Palabra (tocó las borlas del manto); por lo que recibió también la Palabra de Dios: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado (vr.22). La Palabra fue declarada, el hecho se había consumado: Y la mujer fue salva desde aquella hora (vr.22). La salvación radica en lo que Dios declara, no en lo que nosotros somos o hacemos. Finalmente es su fe y no la nuestra, porque aún mi fe debe estar respaldada en su Palabra. No soy salvo porque yo lo digo, sino porque Él lo ha dicho podía decir la mujer y podemos decir los creyentes. También Jairo recibió una promesa reconfortante: la niña no está muerta, sino duerme (vr.24). En los funerales de creyentes oímos frases similares, sin embargo, les falta un ingrediente, el poder de Dios. Jairo estaba abatido, por lo que el Señor Jesús lo consoló. El consuelo de Cristo no se basa en la lástima; ésta es la diferencia entre nuestra misericordia y la de Dios. La misericordia del hombre carece de poder para transformar las circunstancias, por lo que no pasa de lástima. Y cuando el problema no es muy grave y el hombre tiene poder, generalmente carece de misericordia por lo que cae en la tiranía. No así Dios, quien tiene tanto la misericordia como el poder que la respalda. Tiene el poder y la gracia para ejercerlo. La fe de Jairo fue suficiente para recibir el auxilio divino (no se necesita mucho para ello). Buscó que Jesús tocara a su hija y Jesús fue más allá; el Señor la tomó de la mano y la levantó. Por su fe y persistencia Jairo recibió a su hija sana: Y ella se levantó (vr. 25). Este debe ser un ejemplo para todos los padres, que a toda costa debemos buscar la salvación de nuestros hijos. Para concluir, concédeme una palabra más: no es casualidad que la niña tuviera doce años de edad, los mismos que la enfermedad de la mujer y que tres evangelios relates sus casos juntos. La razón es que se trata de madre e hija. El parto de la una trajo el daño de la otra. No podía seguir siendo la esposa de Jairo, el líder de la sinagoga; así que fue expulsada por inmunda, de acuerdo a la ley. Ahora la hija está muriendo y la mamá también. Jesús salvó a ambas y con ello restauró a toda la familia. La Biblia no lo dice, pero podemos imaginarlo: están completos celebrando en casa haber conocido a Jesús.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:25

Comentario general

9.18-25 En los siguientes versículos encontramos en forma sumamente breve dos historias entrelazadas de fe, amor y devoción. Del amor de un hombre principal hacia su hija que fallece mientras él acude a buscar el auxilio del Maestro, venciendo sus prejuicios ante la desesperación e impotencia que siente por su hija. Amor que lo impulsa a creer en Cristo más allá de todo razonamiento, incluso más allá de la misma muerte. Y por otro lado tenemos a una mujer con aspecto cadavérico y sin fuerza que con una fe mística (casi supersticiosa) es capaz de hacer salir el poder de Cristo; su debilidad hizo fluir por la fe el poder que creó los cielos y la tierra solo para su beneficio. Alguien ha dicho que es maravilloso cuando Dios se apodera de un hombre, ¡pero es incomparable cuando un hombre se apodera de Dios! Vemos también como la oración es el poder del hombre y en cierto sentido la debilidad de Dios. Mateo define al hombre de esta historia como un hombre principal; los evangelistas Marcos y Lucas le llaman Jairo, que significa “Él ilumina”. Se refiere a uno con reputación de santo; principal de la sinagoga, un religioso, pero religioso intachable. Es principal entre los grandes de su ciudad; reconocido guardián de la ley, del orden y de la adoración en el templo, sin embargo, ahora no está en el templo. Él no es de los que siguen a Jesús. La mujer por su parte, es desconocida. No se menciona su nombre, lo que la presenta como una mujer olvidada. La vemos llegando sola, lo cual la deshonra como mujer judía. No era valorada debido a su enfermedad, considerada inmunda. Pero Dios si la aprecia. Cuando el mundo se encarga de decirnos lo poco que somos, Dios insiste en lo mucho que valemos. Vale la pena el aborrecimiento del mundo, pues resalta el supereminente e inescrutable amor de Dios por el aborrecido (Dt. 7:7; Luc. 12:32). La historia les presenta juntos, al menos habla de ambos en el mismo pasaje. Con todo y sus diferencias. Él es principal, ella anónima. Él viene a Jesús con una numerosa comitiva, ella se acerca sola. A él le abren paso, ella tiene que abrirse paso entre la gente. Jairo viene de frente, la mujer a las espaldas del Maestro; de hecho, supone que no será atendida, por lo que tiene por esperanza al menos tocar el borde de las ropas del Señor. Jairo es un principal de la sinagoga, un reconocido religioso, un maestro de la ley, es un símbolo viviente de la santidad judaica; cuando habla en la sinagoga la gente enmudece, cuando alguien tiene dudas o problemas es a Jairo a quien consultan; cuando se trata de dirigir los ayunos o las oraciones, Jairo es el líder. Sin embargo, ahora es él que pide ayuda, ahora es él que pide ayuda, ahora es el que busca auxilio, irónicamente a quien suponían hasta hacía poco tiempo un carpintero galileo. Su religión le suena hueca y vacía, sus leyes están imponentes, su santidad se ha desvanecido; sólo le queda el hacedor de milagros a quien quizá criticó como un hereje. La mujer, por su parte, es inmunda a causa de su enfermedad, tiene prohibido participar del culto y de las ceremonias (Lev. 15:22-27) ¡incluso no puede entrar al templo! No debe tocar a nadie, extraña las caricias de sus seres queridos, los abrazos en las fiestas y el contacto de sus amistades. Demasiado tiempo hace ya que se sabe a sí misma como un símbolo de inmundicia, es el proverbio de la sinagoga cuando se enseña acerca de lo inmundo. Su enfermedad es humillante y tan cruel como la anemia y soledad que le ha infringido. Pero a pesar de ser tan diferentes, tienen puntos en común, por eso tres evangelistas entrelazan sus historias; a pesar de estar en ambos lados del mundo, ambos están en el mundo. Los dos necesitan un milagro, los dos buscan urgentemente la salud, la una tiene rotas sus entrañas y seco su cuerpo; el otro tiene seca su alma y roto su corazón. La mujer lleva doce años en muerte incipiente, Jairo tiene a su hija de doce años muerta en su casa. Ambos están desesperados, a Jairo se la agotaron las opciones y tragándose su orgullo religioso hubo de acudir a Jesús. A la mujer se le acabó su dinero en los médicos, Marcos nos dice que “iba de mal en peor” (Mar. 5:25-26) ¡De lo malo siguió lo peor! ¿Qué otra cosa podía hacer sino buscar a Dios? Pero la mejor de sus similitudes es su fe. Jairo creyó, creyó a pesar de todo, creyó cuando vinieron a decirle que no molestara más al Maestro, pues su hija había muerto (Luc. 8:49) ¡Ni siquiera la muerte separa al amor! Por su parte, la mujer también tuvo fe, una fe imperfecta quizá, pero suficiente para detener a Aquél que no pudo parar Herodes; fe suficiente para hacerle alto a quien no intimidaron los poderosos de Israel. Ambos hicieron lo correcto: Vinieron a Jesús. Lo que nos enseña que, sin importar la condición y la necesidad de nuestra vida, sólo hay una cosa que podemos hacer sin temor a equivocarnos: Venir a Jesucristo (Is. 1:18; 55:7; Mat. 11:28). El problema de Jairo es fácilmente comprensible por todos aquellos que tenemos hijos. Su hija de doce años enfermó gravemente y en lo que buscó a Jesús murió. Con cuanta frecuencia sucede que a pesar de venir al Señor para muchos los problemas empeoran, es fácil pensar: “mejor me hubiera sido quedarme como estaba”. Sin embargo, aunque la hija de Jairo murió, su fe en Cristo no murió, ¡tal debe ser nuestra confianza! Job pudo decir en medio de sus calamidades: Aunque Él me matare en Él esperaré (Job 13:15). Finalmente Él se levantará como vencedor y el mal menguará; seguro estoy de que vale la pena confiar en el Señor, no sólo a pesar de todo, sino por todo y en todo (Lam. 3:22-24). La mujer tiene doce años enferma de flujo de sangre; siendo la sangre vida, esta mujer tiene doce años muriendo. Había recibido un diagnóstico similar al de Jairo, no tenía remedio, estaría llena de vergüenza hasta que un día cualquiera se desvaneciera sin vida en alguna de las callejuelas del pueblo. Así es la sentencia que el mundo ha recibido: muerte. Y así puede ser la experiencia de muchos: No hay remedio. Mas, en base al conocimiento de las Sagradas Escrituras y a la ternura amorosa del Dios de toda misericordia afirmó categórico: ¡Sí hay remedio! Está a la diestra del Padre, su Nombre es Jesucristo. Aun se puede entonar el himno: Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento (Sal. 23:4). El impedimento de Jairo era su prestigio religioso, social y político. ¿Qué irían a decir sus colegas? ¿Cuáles serían las consecuencias sociales? ¿Y su carrera? Mas, ¿a quién le importa su carrera y su prestigio cuando su hija está moribunda? También tuvo por obstáculo la noticia que recibió cuando apenas había entablado diálogo con el Señor: “tu hija ha muerto, ¿para qué molestas más al Maestro?” (Mar. 5:35). Así sucede a veces en la vida del creyente, no faltan los opositores y los pesimistas con sus sentencias y presagios de “no podrás”; En el Nombre del Señor diga: “Sí podré! Pero quizá el mayor de los impedimentos que halló Jairo fue la realidad de la vida natural, al llegar a su casa vio a los que tocaban flautas y a la gente que hacía alboroto, plañideras (mujeres contratadas para llorar) (Mat. 9:23). ¡Qué difícil creer cuando la realidad dice que no! ¿cómo esperar un milagro mirando el cáncer? ¿quién puede creer ante un ataúd? Solamente la Presencia del Rey puede cambiar las cosas. Y por si esto fuera poco, encontramos la burla de la gente hizo de Jesús (Mat. 9:24). ¡Vaya sorpresa de la familia, de los amigos, y de todos los presentes incrédulos! Lo que les faltaba, el padre de familia, el centrado Jairo se había vuelto loco y había traído al “curandero” criticado por los religiosos de Israel. Debió ser muy duro para Jairo, en su mente se arremolinaban las dudas: ¿me habré equivocado? ¿Estaré haciendo al tonto al traer al hacedor de milagros? ¿Podrá Jesús hacer algo? ¿Querrá hacer algo si se burlan de Él? Fue tan duro que dice la Biblia que echaron fuera a los burlones e incrédulos (Mat. 9:25); no dice el texto quién los sacó, aunque sí fue Jesús quien ordenó echarles; pero quiero creer que Jairo en un arranque de suprema fe en Jesús los sacó, después de todo, Jesús había dicho: No está muerta, sino duerme (Mat. 9:24). Todo aquel que quiera un milagro del Señor necesita ser capaz de arriesgarse a todo por Él, como Jairo, que se jugó el último prestigio que le quedaba. Y necesita quitar (echar fuera) todo lo que le impida seguir a Cristo. Notemos además como es que el Señor no entró a resucitar a la niña hasta que no hubieron de echar fuera a los incrédulos y burlones críticos (Mat. 9:25). Él nunca entrará a donde no crean en Él; tampoco dará vida a la iglesia, a no ser que sean quitados de ella los incrédulos y opositores (al menos en cuanto a funciones y autoridad). Jesús no es rencoroso, no tomó en cuenta las burlas, solo miró la fe y el amor de Jairo. Así Él tampoco nos tratará de acuerdo a lo que merecemos, sino de acuerdo a su misericordia (Jer. 29:11; Miqueas 7:18). Ahora veamos los obstáculos que enfrentó la mujer del relato: Era una mujer sumamente débil, su piel se pegaba a sus huesos y de andar era lento a causa de la terrible anemia que le agolpaba tras larga e inmisericorde enfermedad. A duras penas se había levantado ese día, acostumbrada a los mareos y dolores de cabeza; con una sensación de estar sucia todo el tiempo; el buen humor seguro se había ido y a amargura afloraba como sus pupilos entre las hundidas cuencas de sus ojos. Era una de las personas más aptas en toda la tierra para manifestar la gloria del Rey de Israel, porque cuando somos débiles, entonces Él es fuerte. ¡Qué maravilloso es saber que cuando nosotros no podemos, Él si puede! Imaginemos a esta enjuta mujer intentar abrirse paso entre la multitud que apretaba a Jesús; ¡vaya dificultad! Miles de personas estaban en derredor del Maestro, ¿cómo llegar hasta Él? Con todo, donde faltó el físico sobró fe y el camino fue allanado. Luchó la mujer, sí, y mucho. Quizá sintió desmayar en más de una ocasión, pero la fe de Cristo tiene la virtud de sacar fuerzas de debilidad (Heb. 11:34). “Si tan sólo tocare el borde de su manto” –era su plegaria; Jesús era su meta; la sanidad su objetivo; y la salvación su recompensa. Este es el ejemplo de aquellos que no dejarán pasar la oportunidad de tocar a Jesús; desafortunadamente hay tantos quejumbrosos que exigen ser tocados por Jesús como si llamasen a un sirviente, olvidando que son los súbditos los que van al Rey, a pesar de que fue el Rey quien tomó la iniciativa. Por si fueran pocas las trabas de esta mujer, es muy probable que las dudas golpearan su ser, después de todo Jesús estaba atendiendo a un poderoso, rumbo a la casa de un “santo” con una hija muerta, ¿quién era ella para ser tomada en cuenta? ¿Por qué habría el Señor de dignarse a mirar siquiera a una inmunda? Esta es otra de las razones por las que no va de frente ni suplica ayuda, tan solo quiere tocarle y eso será suficiente …fe imperfecta pero muy grande y poderosa. Tenemos también una contradicción doctrinal en la actitud de la mujer enferma, la ley decía explícitamente: Cuando una mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare será inmundo hasta la noche (Lev. 15:19); ¡Inmunda ella y todo lo que tocare dice! Por eso es que tocó el borde del manto del Señor y no directamente a Jesús, un asunto de respeto. El borde, esto es, las borlas que colgaban de la túnica hebrea, servían para recordarle la Torá a los judíos (Num. 15:38-40); de modo que la mujer, al ser repudiada por la ley contenida en las Escrituras acudió a la misma representación de la Palabra de Dios. Esto significa que la fe no es mística ni ciega, por el contrario, está fundada en la luz de la Palabra de Dios. Significa también la limpieza y santificación que solo el Señor Jesús puede dar a través de su Palabra (Juan 15:3). Lo explicaré: Cuando una persona inmunda toca a otra la contamina, sin embargo, cuando el inmundo toca a Cristo, no puede contaminarle; el único incontaminable es Dios. Del mismo modo que la luz es lo único conocido incontaminable, así también Jesús es la luz del mundo (Juan 8:12), la luz puede caer sobre todos, pero nada puede caer sobre a luz; por eso, tocarle es recibir la virtud que sale de Él. Cabe señalar la perseverancia de la frágil mujer enferma, no debió serle cosa sencilla llegar al Señor, pero perseveró. Cuando sintió morir, perseveró; cuando hubo dudas, perseveró; cuando hubo temor, perseveró; el dictamen legal no fue suficiente para hacerla desistir, ni la enfermedad, ni la muchedumbre; ¡ella perseveró, perseveró y perseveró! Sólo puede haber algo necio en el que se aferra a la fe y es el soltarse de ella; después de todo, lo único seguro que encontraremos si perseveramos en la búsqueda del Señor es la salvación (Mt.24:13). Recordemos el ejemplo de esta mujer cuando sintamos desmayar. Si tomáramos la actitud legalista, podríamos decir que tanto Jairo como la mujer del flujo fueron a Jesús por motivos que podríamos calificar de inadecuados. Por un lado, Jairo fue a su enemigo porque no le quedó más remedio, ¿qué tan desesperado estaría para haberse atrevido a solicitarle socorro? Así somos los seres humanos, absolutamente todos, unos más, otros peor; pero todos, siendo enemigos de Dios clamamos a Él (Rom. 5:10). Y así es Dios, a pesar de todo atiende nuestras necesidades. Por tanto, conviene al hombre quedarse sin esperanza alguna en el mundo para encontrar la bendita y verdadera esperanza de la fe en Cristo Jesús. Del mismo modo la mujer fue a Jesús porque había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía (Mar. 5:26); no fue porque lo amara, pero aun así sería amada. Su fe era imperfecta, pero su Dios es Perfecto. A pesar de todo, Cristo siempre recibe a los que vienen a Él, jamás los echa fuera (Juan 6:37). Resaltemos una vez más su perseverancia. Jairo superó el riesgo del descrédito, de perder su posición como guardián del orden y la adoración en el templo. Superó quedar en ridículo y como mentiroso al confiar en el objeto de sus críticas. Ahora el guardián de la adoración era un adorador y el crítico criticado. Mira qué humillación: Jairo fue y se postró ante Jesús (vr.18), lo mismo le sucedería a un tal Saulo tiempo después (Fil. 3:7-8). Todos tenemos tarde o temprano la disyuntiva entre Cristo y nuestra posición en el mundo, escojamos bien. Además, Jairo superó el fondo mismo del mal: “tu hija ha muerto”. Cuando creyó encontrar la solución a sus problemas en Jesús, ¡plas! Un balde de agua fría a su fe. Sin embargo, Jairo continuó creyendo alentado por el maestro (Mar. 5:35-36). Le ha sucedido a algunos que en el momento mismo de su conversión, cuando miran las cosas con fe y buenas expectativas, la avalancha de problemas los agolpa. Y también ha sucedido que algunos de entre ellos duden y den la espalda a la fe. Seguir al Rey Jesucristo nunca debe fundamentarse en los beneficios recibidos, sino sólo en Su Persona (Hab. 3:17-19; Sal. 46:1-3). Jairo superó la prueba. Imaginemos el cuadro. Este hombre necesitado, principal de la sinagoga, ha vencido toda barrera para ir a Jesús por el gran amor hacia su hija muerta. El caso es grave y urgente. No hay tiempo que perder, la niña acaba de morir, su cuerpo aún no se enfría, es posible aún un milagro del Señor. Ahora el Señor le acompaña a su casa para resucitar a su hija, ¡y de pronto se detiene porque dice que alguien lo tocó! La fe de Jairo fue puesta a prueba, lo mismo que su paciencia. Posiblemente pensaba: “le dije que mi hija recién fallecida y le manifieste fe en que podía resucitarle, ¿y se detiene a atender a una inmunda mujer?” ¿Por qué a veces Dios tarda en dar su respuesta? ¿Por qué no hay socorro inmediato siempre? La Biblia dice que la esperanza que se demora es tormento del corazón (Pr. 13:12). Sin embargo, Dios prueba la fe del hombre para producirle paciencia (Stg. 1:3) y luego ejercita su paciencia para que esté completo, perfeccionado (Stg. 1:4). Es seguro que Él contestará con bendición (Sal. 40:1-2). Por su parte la mujer enferma de flujo también halló la salvación con fe perseverante. Primeramente superó su propia debilidad. Es muy probable que le costara trabajo aún levantarse de su cama, ¡y abrió a la multitud para llegar a Jesús! Era una mujer con una larga lista de excusas validas (si hubiese querido usarlas) para no ir al Señor; pero no lo hizo, simplemente fue. Desafortunadamente hay personas muy diferentes a esta mujer, que se excusan con cualquier cosa evitando encontrarse con el Señor y con su salvación. El consejo bíblico es no dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre; más bien, exhortémonos, y con mayor razón cuando vemos que el día del Señor se acerca (Heb. 10:25). Esta pobre mujer superó también la opinión pública, ¡oh! Que indigna era ante los demás. Repetidamente habrá escuchado: “Inmunda”, “no te acerques”, “no tienes remedio”. Si esa es también su condición, si ya te has cansado de oír que no hay solución para tu vida, debes saber que en Cristo siempre hay remedio. En estos momentos el Nazareno pasa cerca de ti, ¡abre paso entre la multitud de quejas y de excusas y tócalo! ¿Quién es el que más necesita al Señor Jesucristo sino el afligido? La mujer superó además su pequeñez. ¿Quién era ella para que el Gran Maestro de Galilea, el Hacedor de milagros, el Cristo, el Hijo de Dios se detuviera a atenderla? Podía pensar que Jesús estaba demasiado ocupado con el hombre importante. Después de todo, Jairo merecía más su atención; él era el religioso, el “santo”, ¿pero a ella? ¿a una mujer considerada inmunda por la ley? ¡Mas gracias a Dios que no mira como mira el hombre! Su misericordia no conoce irredentos. Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y yo te amé; daré, pues, hombre por ti, y naciones por tu vida (Is.43:4). Es un hecho, Dios se detiene ante el suplicante. Para estas alturas del evangelio según Mateo el Señor Jesús aun no había resucitado a nadie, de modo que Jairo es la primera persona en los evangelios en creer que el Señor resucita a los muertos sin tener ninguna evidencia anterior. Jairo declaró que si Jesús ponía su mano en su hija muerta, ésta viviría (vr.18). ¡Cuán grande e importante es creer aunque nunca hubiera existido un caso similar al nuestro! La verdadera fe no se basa en antecedentes ni en estadísticas. La verdadera fe se basa en confiar absolutamente en que el toque del Señor Jesucristo trae vida. También la mujer tenía fe verdadera. Ella creía en la autoridad del Señor Jesús. La ley la condenaba como inmunda a causa de su flujo de sangre; por eso buscaba tocar las borlas del manto de Jesús, las cuales representaban a la misma ley que la condenaba. En aquel tiempo los judíos llevaban en las esquinas de su manto exterior cuatro borlas de azul jacinto en obediencia a Num. 15:37-41 y Dt. 22:12. Dicho atavío los identifica como miembros del pueblo de Dios y representaba los cinco libros de la ley. Así que la mujer confiaba en la Palabra de Dios aunque esta le condenara. ¡Creer en las promesas de Dios es vida y sanidad! Pero además, la mujer confiaba en que la autoridad del Señor Jesús estaba por encima de la misma ley. Creía que la ley por sí sola le condenaba, pero que la ley en Cristo la vivificaría. ¿Y no es acaso esta nuestra experiencia? La ley era muerte para nosotros (Rom. 7:11-13) pero una vez que se cumple en Cristo ha sido vida a nosotros (8:1-4). La misericordia triunfa sobre el juicio (Stg. 2:13). La fe verdadera es también una fe activa (Stg. 2:20,22). Mientras que Jairo buscaba que el Señor tocara a su hija, la mujer buscó tocar a Jesús. Era tanta su necesidad que tomó la iniciativa para sacar poder del Señor Jesús. Alguien dijo que la oración es el poder del hombre y la debilidad de Dios. Una fe salvadora para la mujer, pues dijo dentro de sí (vr. 21) y luego confesó al Señor verbalmente (Mar. 5:33). Esto quiere decir que para la salvación no basta con creer internamente, también es necesario confesar con nuestra boca que Jesús es el Señor (Rom. 10:9-10). Una vez hecho esto el Señor honró a la mujer delante de todos los presentes (vr.22). El que se humilla será exaltado (Luc. 14:11). La fe de esta mujer era real, tan sólida que detuvo al Señor del Universo, como si todo el mundo dejara de moverse. Por un momento la única persona que existió para Cristo era esta mujer. El texto dice: Jesús, volviéndose y mirándola (vr.22). Ya con esto servía suficiente, aún si no hubiese sido sanada el Rey se había detenido en su andar en la tierra para mirarla. Su fe era salvadora porque estaba fundada en la Palabra (tocó las borlas del manto); por lo que recibió también la Palabra de Dios: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado (vr.22). La Palabra fue declarada, el hecho se había consumado: Y la mujer fue salva desde aquella hora (vr.22). La salvación radica en lo que Dios declara, no en lo que nosotros somos o hacemos. Finalmente es su fe y no la nuestra, porque aún mi fe debe estar respaldada en su Palabra. No soy salvo porque yo lo digo, sino porque Él lo ha dicho podía decir la mujer y podemos decir los creyentes. También Jairo recibió una promesa reconfortante: la niña no está muerta, sino duerme (vr.24). En los funerales de creyentes oímos frases similares, sin embargo, les falta un ingrediente, el poder de Dios. Jairo estaba abatido, por lo que el Señor Jesús lo consoló. El consuelo de Cristo no se basa en la lástima; ésta es la diferencia entre nuestra misericordia y la de Dios. La misericordia del hombre carece de poder para transformar las circunstancias, por lo que no pasa de lástima. Y cuando el problema no es muy grave y el hombre tiene poder, generalmente carece de misericordia por lo que cae en la tiranía. No así Dios, quien tiene tanto la misericordia como el poder que la respalda. Tiene el poder y la gracia para ejercerlo. La fe de Jairo fue suficiente para recibir el auxilio divino (no se necesita mucho para ello). Buscó que Jesús tocara a su hija y Jesús fue más allá; el Señor la tomó de la mano y la levantó. Por su fe y persistencia Jairo recibió a su hija sana: Y ella se levantó (vr. 25). Este debe ser un ejemplo para todos los padres, que a toda costa debemos buscar la salvación de nuestros hijos. Para concluir, concédeme una palabra más: no es casualidad que la niña tuviera doce años de edad, los mismos que la enfermedad de la mujer y que tres evangelios relates sus casos juntos. La razón es que se trata de madre e hija. El parto de la una trajo el daño de la otra. No podía seguir siendo la esposa de Jairo, el líder de la sinagoga; así que fue expulsada por inmunda, de acuerdo a la ley. Ahora la hija está muriendo y la mamá también. Jesús salvó a ambas y con ello restauró a toda la familia. La Biblia no lo dice, pero podemos imaginarlo: están completos celebrando en casa haber conocido a Jesús.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:26

Comentario general

9.26 La conclusión era inevitable: abundante fama. En Marcos 5:43 vemos que Jesús mandó que nadie lo supiese, pero, ¿quién podría dejar de decir las maravillas que el Rey Jesucristo hacía? Aunque mejor hubiera sido obedecer la voluntad de Dios para darle verdaderamente gloria, es casi imposible callar tantas maravillas. Dicen que no se puede tapar el sol con un dedo y menos aun mantener en secreto la gloria de Dios. La luz brilla. Tanto ha seguido extendiéndose la fama del Señor, que sigue y sigue hasta llenarlo todo. Finalmente el conocimiento de la gloria de Dios llenará toda la tierra como las aguas cubren el mar.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:27

Comentario general

9.27-31 El evangelio según Mateo está lleno de señales. Estas señales tienen el propósito de demostrar que Jesús es el Rey, el Cristo, el Ungido. Debido a que los judíos (a quienes se dirige el autor) esperaban al Mesías que habría de imponer el reino de Dios, Mateo enfatiza el mesianismo de Jesús; sin embargo, por cuanto el Señor no estableció un reino político-militar como los judíos esperaban, sino espiritual; y por cuanto el reino propiamente dicho, similar al esperado por Israel, será establecido hasta la dispensación posterior a la gracia que se conoce como el milenio; entonces Mateo deja en muchas porciones del evangelio señales con carácter dispensacional; esto es, señales que apuntan al milenio y que presentan la actitud de judíos y gentiles para entrar a dicha dispensación. Todas las sanidades, milagros y liberaciones relatados en los capítulos 8 y 9 son señales con este propósito. Unos hablan de los judíos y otros de los gentiles: El leproso es Israel (8:2-4). La lepra es símbolo de la rebelión de Israel (Num. 12:1-10). Es sanado por el toque del Señor, así como Israel será salvo con la segunda venida de Cristo. Después de sano, hubo de ofrecer lo establecido por la ley, mandamiento exclusivo del pueblo judío. El centurión es el pueblo gentil (8:5-13). Es romano no judío. El Señor vino primero al leproso (a Israel) y luego al centurión (los gentiles). Recibió la salvación por su fe en la Palabra y no por el toque directo del Señor (su presencia física). Jesús no entró en su casa, así como tampoco vino a los gentiles, sino a los judíos. Cristo dijo en esa ocasión que “muchos del oriente y del occidente” estarían en el reino milenial (gentiles). La suegra de Pedro, por su parte, representa a Israel (8:14-15). La nación judía será sanada cuando Cristo regrese “a su casa” (Rom. 11:25-26); al final de “la fiebre” (gran tribulación). Nuevamente vemos que serán salvos por el toque personal (presencia física) del Señor como el leproso judío. Los muchos endemoniados y enfermos representan a las naciones gentiles que vivirán en la tierra al inicio del milenio (Mat. 8:16). El diablo será echado fuera (atado durante el milenio Ap.20). Los gentiles serán sanados por la Palabra del Señor. Los versículos 18 al 34 del capítulo 8 representan las diferentes actitudes, tanto de judíos como de gentiles durante la dispensación de la gracia. Lo mismo que Mat. 9:1-17. Jairo y su hija representan a los judíos (Mat. 9:18-25). Era judío, era principal. Su hija acababa de morir y fue resucitada cuando Cristo fue “a su casa” (presencia física) y la tocó (Rom. 11:25-26; Zac.12:10). Observa que son los mismos principios que en las representaciones anteriores de Israel mencionadas. La mujer con flujo de sangre, aunque judía, simboliza a los gentiles (Mat. 9:20-22). Cuando la hija de Jairo murió, la mujer fue sanada. Una vez que recibió sanidad la mujer, el Señor resucitó a la hija de Jairo. Veremos que después de esto dos ciegos y un mudo fueron sanados. Todo esto tipifica el orden de eventos dispensacionales; cuando los judíos fueron cortados por rechazar al Rey, los gentiles tuvimos la oportunidad al ser agregados al pueblo de Dios; una vez que se complete la salvación de los gentiles, los judíos serán salvos (Rom. 11:15-26); inaugurando con ello el milenio, donde todo el mundo podrá ver (ciegos sanados) y alabar (mudo sanado) al Rey Jesucristo (Is. 35:5-6). Ahora veamos algunas aplicaciones prácticas que Mat. 9:27-31 nos presenta en la sanidad de dos ciegos. El texto dice pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos. Aquí hay por lo menos dos verdades a enseñar. La primera de ellas es que los ciegos creían que Jesús podía ayudarles. Hasta el momento el Señor no había sanado a ningún ciego, sin embargo le dijeron “ten misericordia” (27). Ellos creían en Él. Esta es la fe: Creer en Dios puede hacer algo aun cuando no hay ningún antecedente de que haya hecho algo similar. La verdadera fe no se basa en lo que Dios hizo ayer, sino en lo que Él puede hacer hoy. ¡Nuevas son cada mañana sus misericordias! El Señor acababa de efectuar la resurrección de la hija de Jairo, esto llegó a los oídos de los ciegos. El mundo también está ciego y no puede ver la vida espiritual ni entender lo relacionado al reino de los cielos; sin embargo, basta con que llegue a sus oídos el precioso mensaje del evangelio, las buenas nuevas de lo que Jesús puede hacer en su favor tienen que saber que Él da vida a los muertos; entonces podrán seguirle. La segunda enseñanza es que siendo ciegos, alguien tuvo que guiarles para seguir al Señor. Del mismo, este mundo necesita no solo que le digamos Quién es el Rey Jesucristo y lo que puede hacer, sino que lo guiemos a Él. Esto involucra más que hablar, involucra vivir dando ejemplo, involucra esfuerzo y cuidado, involucra tomar de la mano a quien no puede ver para guiarle con toda clase de alertas y protecciones hasta que pueda ver espiritualmente. Una vez que vea podrá seguir sólo al Señor. También, los ciegos reconocían su identidad mesiánica, pues le dijeron: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! El título “Hijo de David” era un término popular mesiánico. Jesús evitaba usarlo debido al significado nacionalista que le daban los judíos; mas este no es el caso de los ciegos, pues ellos se refieren al Señor llamándole con dicho título por revelación de Dios; también le llamaron Señor (28). El evangelista Mateo registra este título por inspiración del Espíritu Santo para mostrarnos que quien abre los ojos al ciego Israel es el Mesías, el Rey Jesucristo. Dios desea la salvación de todos los hombres (2 P. 3:9); sin embargo, aunque hace su invitación a todos (Juan 3:16), solo se revela o da a conocer a los que lo buscan verdaderamente. Fue a los ciegos que “le siguieron” (27), y “vinieron a Él” (28). Porque Yahwéh es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos (Sal. 138:6). Sólo el que lo busca lo halla. Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan (Pr. 8:17). Dios se reveló a los que vienen a Él “dando voces”; literalmente “diciendo a gritos”. Eran ciegos, pero no mudos. ¡Cuánta sería su necesidad y urgencia que gritaban! El hombre sincero que busca de verdad al Señor no se conforma con seguirle en silencio; no vamos en una profesión funeraria, sino en el desfile del Rey. Los ciegos gritaban porque lo buscaban con todo su corazón, lo mismo debemos hacer nosotros: me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jer. 29:12-13). Además, grita el que reconoce su necesidad. Pero la revelación estaría incompleta si no hubiesen contestado a la pregunta del Señor: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). Sin fe es imposible agradar a Dios (Heb. 11:6). Todas las cosas en el reino de los cielos son hechas posibles por la fe y en medida a la fe. Jesús les dijo: Conforme a vuestra fe os sea hecho (29). Podemos ver en la medida en la que podemos creer y así también obtendremos. En los versículos que estamos leyendo tenemos una revelación mesiánica triple del Señor. Jesús se reveló como el Mesías al preguntarle a los ciegos: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). La pregunta no solo estaba encaminada a descubrir la fe de que estos hombres, sino a manifestar su identidad por medio de una señal: Cuando el Cristo viniera abriría los ojos a los cielos (Is. 35:5). También, Jesús se reveló como el Mesías al sanarles conforme a la fe que habían declarado (29). No solo dijo en forma de señal que Él era el Mesías, lo demostró al sanarles. Él propició la respuesta con su pregunta y Él demostró que era verdad con su poder. Y la tercera revelación de Jesús como Mesías la hallamos en la respuesta de los ciegos. Lo llamaron Señor (gr. Kyrios; heb. Adonai), no como otro señor más, sino como el Hijo de David, denotando su autoridad y realeza (Mat. 12:23; 21:15). Jesús sabía muy bien que los judíos, al referirse al Cristo le llamaban Señor (Mat. 22:42,44), y esa era la señal que quería dejar por medio de la declaración de fe de los ciegos: Él era el Hijo de David, el Señor, el Rey de Israel, el Mesías. Consideremos además el medio que usó para revelarse o darse a conocer. Primeramente su poder: entonces les tocó los ojos (29). Dios siempre tocará a los que claman a Él y le siguen. Y también usó su Palabra: diciendo (29). Su misma gloriosa Palabra que creó los cielos y la tierra. Es el mismo principio que Dios ha usado para darse a conocer a la humanidad. Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo (Heb. 1:1-2). Como resultado de la revelación, llegó la visión: Y los ojos de ellos fueron abiertos (30). Nos habla de salvación y de vista espiritual. El toque de Jesús siempre produce una nueva visión de las cosas. La vista espiritual no se adquiere por medio del estudio ni de la experiencia, sólo a través del toque del Señor y de su Palabra (2 Tim. 3.15). Notemos además que se trata de una salvación aplicada personalmente. Jesús no los sanó a través de un representante, sino habiéndolos tocado directamente a ellos (29). Fueron sanados para servir; ya que inmediatamente después de sanarlos les da un mandamiento: Jesús les encargó rigurosamente (30). Cuando Dios ha dado visión a un hombre, este está obligado a actuar en conformidad con la visión que se le ha mostrado, en rigurosa obediencia: Si el atalaya viere venir la espada (Ez. 33:6 ¿notaste el verbo ver?). Desafortunadamente, la ingratitud de algunos hombres les haces comportarse de manera contraria a lo mandado; en este caso los dos sanados no callaron conforme al mandamiento, sino que salidos ellos, divulgaron la fama de Él por toda aquella tierra (31). Se necesita haber salido de la fe para estar en desobediencia. Hubieran sido de mayor bendición si hubiesen obedecido, ¡cuán insensato es tratar de ayudarle a Dios! Algunos desobedecen siguiendo sus propios pensamientos e intenciones, suponiendo en su juicio que su idea es mejor que lo que Dios les ordenó, olvidando que sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is. 55:8).

— Roberto Tinoco

Comentario general

9.27-31 El evangelio según Mateo está lleno de señales. Estas señales tienen el propósito de demostrar que Jesús es el Rey, el Cristo, el Ungido. Debido a que los judíos (a quienes se dirige el autor) esperaban al Mesías que habría de imponer el reino de Dios, Mateo enfatiza el mesianismo de Jesús; sin embargo, por cuanto el Señor no estableció un reino político-militar como los judíos esperaban, sino espiritual; y por cuanto el reino propiamente dicho, similar al esperado por Israel, será establecido hasta la dispensación posterior a la gracia que se conoce como el milenio; entonces Mateo deja en muchas porciones del evangelio señales con carácter dispensacional; esto es, señales que apuntan al milenio y que presentan la actitud de judíos y gentiles para entrar a dicha dispensación. Todas las sanidades, milagros y liberaciones relatados en los capítulos 8 y 9 son señales con este propósito. Unos hablan de los judíos y otros de los gentiles: El leproso es Israel (8:2-4). La lepra es símbolo de la rebelión de Israel (Num. 12:1-10). Es sanado por el toque del Señor, así como Israel será salvo con la segunda venida de Cristo. Después de sano, hubo de ofrecer lo establecido por la ley, mandamiento exclusivo del pueblo judío. El centurión es el pueblo gentil (8:5-13). Es romano no judío. El Señor vino primero al leproso (a Israel) y luego al centurión (los gentiles). Recibió la salvación por su fe en la Palabra y no por el toque directo del Señor (su presencia física). Jesús no entró en su casa, así como tampoco vino a los gentiles, sino a los judíos. Cristo dijo en esa ocasión que “muchos del oriente y del occidente” estarían en el reino milenial (gentiles). La suegra de Pedro, por su parte, representa a Israel (8:14-15). La nación judía será sanada cuando Cristo regrese “a su casa” (Rom. 11:25-26); al final de “la fiebre” (gran tribulación). Nuevamente vemos que serán salvos por el toque personal (presencia física) del Señor como el leproso judío. Los muchos endemoniados y enfermos representan a las naciones gentiles que vivirán en la tierra al inicio del milenio (Mat. 8:16). El diablo será echado fuera (atado durante el milenio Ap.20). Los gentiles serán sanados por la Palabra del Señor. Los versículos 18 al 34 del capítulo 8 representan las diferentes actitudes, tanto de judíos como de gentiles durante la dispensación de la gracia. Lo mismo que Mat. 9:1-17. Jairo y su hija representan a los judíos (Mat. 9:18-25). Era judío, era principal. Su hija acababa de morir y fue resucitada cuando Cristo fue “a su casa” (presencia física) y la tocó (Rom. 11:25-26; Zac.12:10). Observa que son los mismos principios que en las representaciones anteriores de Israel mencionadas. La mujer con flujo de sangre, aunque judía, simboliza a los gentiles (Mat. 9:20-22). Cuando la hija de Jairo murió, la mujer fue sanada. Una vez que recibió sanidad la mujer, el Señor resucitó a la hija de Jairo. Veremos que después de esto dos ciegos y un mudo fueron sanados. Todo esto tipifica el orden de eventos dispensacionales; cuando los judíos fueron cortados por rechazar al Rey, los gentiles tuvimos la oportunidad al ser agregados al pueblo de Dios; una vez que se complete la salvación de los gentiles, los judíos serán salvos (Rom. 11:15-26); inaugurando con ello el milenio, donde todo el mundo podrá ver (ciegos sanados) y alabar (mudo sanado) al Rey Jesucristo (Is. 35:5-6). Ahora veamos algunas aplicaciones prácticas que Mat. 9:27-31 nos presenta en la sanidad de dos ciegos. El texto dice pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos. Aquí hay por lo menos dos verdades a enseñar. La primera de ellas es que los ciegos creían que Jesús podía ayudarles. Hasta el momento el Señor no había sanado a ningún ciego, sin embargo le dijeron “ten misericordia” (27). Ellos creían en Él. Esta es la fe: Creer en Dios puede hacer algo aun cuando no hay ningún antecedente de que haya hecho algo similar. La verdadera fe no se basa en lo que Dios hizo ayer, sino en lo que Él puede hacer hoy. ¡Nuevas son cada mañana sus misericordias! El Señor acababa de efectuar la resurrección de la hija de Jairo, esto llegó a los oídos de los ciegos. El mundo también está ciego y no puede ver la vida espiritual ni entender lo relacionado al reino de los cielos; sin embargo, basta con que llegue a sus oídos el precioso mensaje del evangelio, las buenas nuevas de lo que Jesús puede hacer en su favor tienen que saber que Él da vida a los muertos; entonces podrán seguirle. La segunda enseñanza es que siendo ciegos, alguien tuvo que guiarles para seguir al Señor. Del mismo, este mundo necesita no solo que le digamos Quién es el Rey Jesucristo y lo que puede hacer, sino que lo guiemos a Él. Esto involucra más que hablar, involucra vivir dando ejemplo, involucra esfuerzo y cuidado, involucra tomar de la mano a quien no puede ver para guiarle con toda clase de alertas y protecciones hasta que pueda ver espiritualmente. Una vez que vea podrá seguir sólo al Señor. También, los ciegos reconocían su identidad mesiánica, pues le dijeron: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! El título “Hijo de David” era un término popular mesiánico. Jesús evitaba usarlo debido al significado nacionalista que le daban los judíos; mas este no es el caso de los ciegos, pues ellos se refieren al Señor llamándole con dicho título por revelación de Dios; también le llamaron Señor (28). El evangelista Mateo registra este título por inspiración del Espíritu Santo para mostrarnos que quien abre los ojos al ciego Israel es el Mesías, el Rey Jesucristo. Dios desea la salvación de todos los hombres (2 P. 3:9); sin embargo, aunque hace su invitación a todos (Juan 3:16), solo se revela o da a conocer a los que lo buscan verdaderamente. Fue a los ciegos que “le siguieron” (27), y “vinieron a Él” (28). Porque Yahwéh es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos (Sal. 138:6). Sólo el que lo busca lo halla. Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan (Pr. 8:17). Dios se reveló a los que vienen a Él “dando voces”; literalmente “diciendo a gritos”. Eran ciegos, pero no mudos. ¡Cuánta sería su necesidad y urgencia que gritaban! El hombre sincero que busca de verdad al Señor no se conforma con seguirle en silencio; no vamos en una profesión funeraria, sino en el desfile del Rey. Los ciegos gritaban porque lo buscaban con todo su corazón, lo mismo debemos hacer nosotros: me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jer. 29:12-13). Además, grita el que reconoce su necesidad. Pero la revelación estaría incompleta si no hubiesen contestado a la pregunta del Señor: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). Sin fe es imposible agradar a Dios (Heb. 11:6). Todas las cosas en el reino de los cielos son hechas posibles por la fe y en medida a la fe. Jesús les dijo: Conforme a vuestra fe os sea hecho (29). Podemos ver en la medida en la que podemos creer y así también obtendremos. En los versículos que estamos leyendo tenemos una revelación mesiánica triple del Señor. Jesús se reveló como el Mesías al preguntarle a los ciegos: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). La pregunta no solo estaba encaminada a descubrir la fe de que estos hombres, sino a manifestar su identidad por medio de una señal: Cuando el Cristo viniera abriría los ojos a los cielos (Is. 35:5). También, Jesús se reveló como el Mesías al sanarles conforme a la fe que habían declarado (29). No solo dijo en forma de señal que Él era el Mesías, lo demostró al sanarles. Él propició la respuesta con su pregunta y Él demostró que era verdad con su poder. Y la tercera revelación de Jesús como Mesías la hallamos en la respuesta de los ciegos. Lo llamaron Señor (gr. Kyrios; heb. Adonai), no como otro señor más, sino como el Hijo de David, denotando su autoridad y realeza (Mat. 12:23; 21:15). Jesús sabía muy bien que los judíos, al referirse al Cristo le llamaban Señor (Mat. 22:42,44), y esa era la señal que quería dejar por medio de la declaración de fe de los ciegos: Él era el Hijo de David, el Señor, el Rey de Israel, el Mesías. Consideremos además el medio que usó para revelarse o darse a conocer. Primeramente su poder: entonces les tocó los ojos (29). Dios siempre tocará a los que claman a Él y le siguen. Y también usó su Palabra: diciendo (29). Su misma gloriosa Palabra que creó los cielos y la tierra. Es el mismo principio que Dios ha usado para darse a conocer a la humanidad. Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo (Heb. 1:1-2). Como resultado de la revelación, llegó la visión: Y los ojos de ellos fueron abiertos (30). Nos habla de salvación y de vista espiritual. El toque de Jesús siempre produce una nueva visión de las cosas. La vista espiritual no se adquiere por medio del estudio ni de la experiencia, sólo a través del toque del Señor y de su Palabra (2 Tim. 3.15). Notemos además que se trata de una salvación aplicada personalmente. Jesús no los sanó a través de un representante, sino habiéndolos tocado directamente a ellos (29). Fueron sanados para servir; ya que inmediatamente después de sanarlos les da un mandamiento: Jesús les encargó rigurosamente (30). Cuando Dios ha dado visión a un hombre, este está obligado a actuar en conformidad con la visión que se le ha mostrado, en rigurosa obediencia: Si el atalaya viere venir la espada (Ez. 33:6 ¿notaste el verbo ver?). Desafortunadamente, la ingratitud de algunos hombres les haces comportarse de manera contraria a lo mandado; en este caso los dos sanados no callaron conforme al mandamiento, sino que salidos ellos, divulgaron la fama de Él por toda aquella tierra (31). Se necesita haber salido de la fe para estar en desobediencia. Hubieran sido de mayor bendición si hubiesen obedecido, ¡cuán insensato es tratar de ayudarle a Dios! Algunos desobedecen siguiendo sus propios pensamientos e intenciones, suponiendo en su juicio que su idea es mejor que lo que Dios les ordenó, olvidando que sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is. 55:8).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:28

Comentario general

9.27-31 El evangelio según Mateo está lleno de señales. Estas señales tienen el propósito de demostrar que Jesús es el Rey, el Cristo, el Ungido. Debido a que los judíos (a quienes se dirige el autor) esperaban al Mesías que habría de imponer el reino de Dios, Mateo enfatiza el mesianismo de Jesús; sin embargo, por cuanto el Señor no estableció un reino político-militar como los judíos esperaban, sino espiritual; y por cuanto el reino propiamente dicho, similar al esperado por Israel, será establecido hasta la dispensación posterior a la gracia que se conoce como el milenio; entonces Mateo deja en muchas porciones del evangelio señales con carácter dispensacional; esto es, señales que apuntan al milenio y que presentan la actitud de judíos y gentiles para entrar a dicha dispensación. Todas las sanidades, milagros y liberaciones relatados en los capítulos 8 y 9 son señales con este propósito. Unos hablan de los judíos y otros de los gentiles: El leproso es Israel (8:2-4). La lepra es símbolo de la rebelión de Israel (Num. 12:1-10). Es sanado por el toque del Señor, así como Israel será salvo con la segunda venida de Cristo. Después de sano, hubo de ofrecer lo establecido por la ley, mandamiento exclusivo del pueblo judío. El centurión es el pueblo gentil (8:5-13). Es romano no judío. El Señor vino primero al leproso (a Israel) y luego al centurión (los gentiles). Recibió la salvación por su fe en la Palabra y no por el toque directo del Señor (su presencia física). Jesús no entró en su casa, así como tampoco vino a los gentiles, sino a los judíos. Cristo dijo en esa ocasión que “muchos del oriente y del occidente” estarían en el reino milenial (gentiles). La suegra de Pedro, por su parte, representa a Israel (8:14-15). La nación judía será sanada cuando Cristo regrese “a su casa” (Rom. 11:25-26); al final de “la fiebre” (gran tribulación). Nuevamente vemos que serán salvos por el toque personal (presencia física) del Señor como el leproso judío. Los muchos endemoniados y enfermos representan a las naciones gentiles que vivirán en la tierra al inicio del milenio (Mat. 8:16). El diablo será echado fuera (atado durante el milenio Ap.20). Los gentiles serán sanados por la Palabra del Señor. Los versículos 18 al 34 del capítulo 8 representan las diferentes actitudes, tanto de judíos como de gentiles durante la dispensación de la gracia. Lo mismo que Mat. 9:1-17. Jairo y su hija representan a los judíos (Mat. 9:18-25). Era judío, era principal. Su hija acababa de morir y fue resucitada cuando Cristo fue “a su casa” (presencia física) y la tocó (Rom. 11:25-26; Zac.12:10). Observa que son los mismos principios que en las representaciones anteriores de Israel mencionadas. La mujer con flujo de sangre, aunque judía, simboliza a los gentiles (Mat. 9:20-22). Cuando la hija de Jairo murió, la mujer fue sanada. Una vez que recibió sanidad la mujer, el Señor resucitó a la hija de Jairo. Veremos que después de esto dos ciegos y un mudo fueron sanados. Todo esto tipifica el orden de eventos dispensacionales; cuando los judíos fueron cortados por rechazar al Rey, los gentiles tuvimos la oportunidad al ser agregados al pueblo de Dios; una vez que se complete la salvación de los gentiles, los judíos serán salvos (Rom. 11:15-26); inaugurando con ello el milenio, donde todo el mundo podrá ver (ciegos sanados) y alabar (mudo sanado) al Rey Jesucristo (Is. 35:5-6). Ahora veamos algunas aplicaciones prácticas que Mat. 9:27-31 nos presenta en la sanidad de dos ciegos. El texto dice pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos. Aquí hay por lo menos dos verdades a enseñar. La primera de ellas es que los ciegos creían que Jesús podía ayudarles. Hasta el momento el Señor no había sanado a ningún ciego, sin embargo le dijeron “ten misericordia” (27). Ellos creían en Él. Esta es la fe: Creer en Dios puede hacer algo aun cuando no hay ningún antecedente de que haya hecho algo similar. La verdadera fe no se basa en lo que Dios hizo ayer, sino en lo que Él puede hacer hoy. ¡Nuevas son cada mañana sus misericordias! El Señor acababa de efectuar la resurrección de la hija de Jairo, esto llegó a los oídos de los ciegos. El mundo también está ciego y no puede ver la vida espiritual ni entender lo relacionado al reino de los cielos; sin embargo, basta con que llegue a sus oídos el precioso mensaje del evangelio, las buenas nuevas de lo que Jesús puede hacer en su favor tienen que saber que Él da vida a los muertos; entonces podrán seguirle. La segunda enseñanza es que siendo ciegos, alguien tuvo que guiarles para seguir al Señor. Del mismo, este mundo necesita no solo que le digamos Quién es el Rey Jesucristo y lo que puede hacer, sino que lo guiemos a Él. Esto involucra más que hablar, involucra vivir dando ejemplo, involucra esfuerzo y cuidado, involucra tomar de la mano a quien no puede ver para guiarle con toda clase de alertas y protecciones hasta que pueda ver espiritualmente. Una vez que vea podrá seguir sólo al Señor. También, los ciegos reconocían su identidad mesiánica, pues le dijeron: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! El título “Hijo de David” era un término popular mesiánico. Jesús evitaba usarlo debido al significado nacionalista que le daban los judíos; mas este no es el caso de los ciegos, pues ellos se refieren al Señor llamándole con dicho título por revelación de Dios; también le llamaron Señor (28). El evangelista Mateo registra este título por inspiración del Espíritu Santo para mostrarnos que quien abre los ojos al ciego Israel es el Mesías, el Rey Jesucristo. Dios desea la salvación de todos los hombres (2 P. 3:9); sin embargo, aunque hace su invitación a todos (Juan 3:16), solo se revela o da a conocer a los que lo buscan verdaderamente. Fue a los ciegos que “le siguieron” (27), y “vinieron a Él” (28). Porque Yahwéh es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos (Sal. 138:6). Sólo el que lo busca lo halla. Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan (Pr. 8:17). Dios se reveló a los que vienen a Él “dando voces”; literalmente “diciendo a gritos”. Eran ciegos, pero no mudos. ¡Cuánta sería su necesidad y urgencia que gritaban! El hombre sincero que busca de verdad al Señor no se conforma con seguirle en silencio; no vamos en una profesión funeraria, sino en el desfile del Rey. Los ciegos gritaban porque lo buscaban con todo su corazón, lo mismo debemos hacer nosotros: me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jer. 29:12-13). Además, grita el que reconoce su necesidad. Pero la revelación estaría incompleta si no hubiesen contestado a la pregunta del Señor: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). Sin fe es imposible agradar a Dios (Heb. 11:6). Todas las cosas en el reino de los cielos son hechas posibles por la fe y en medida a la fe. Jesús les dijo: Conforme a vuestra fe os sea hecho (29). Podemos ver en la medida en la que podemos creer y así también obtendremos. En los versículos que estamos leyendo tenemos una revelación mesiánica triple del Señor. Jesús se reveló como el Mesías al preguntarle a los ciegos: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). La pregunta no solo estaba encaminada a descubrir la fe de que estos hombres, sino a manifestar su identidad por medio de una señal: Cuando el Cristo viniera abriría los ojos a los cielos (Is. 35:5). También, Jesús se reveló como el Mesías al sanarles conforme a la fe que habían declarado (29). No solo dijo en forma de señal que Él era el Mesías, lo demostró al sanarles. Él propició la respuesta con su pregunta y Él demostró que era verdad con su poder. Y la tercera revelación de Jesús como Mesías la hallamos en la respuesta de los ciegos. Lo llamaron Señor (gr. Kyrios; heb. Adonai), no como otro señor más, sino como el Hijo de David, denotando su autoridad y realeza (Mat. 12:23; 21:15). Jesús sabía muy bien que los judíos, al referirse al Cristo le llamaban Señor (Mat. 22:42,44), y esa era la señal que quería dejar por medio de la declaración de fe de los ciegos: Él era el Hijo de David, el Señor, el Rey de Israel, el Mesías. Consideremos además el medio que usó para revelarse o darse a conocer. Primeramente su poder: entonces les tocó los ojos (29). Dios siempre tocará a los que claman a Él y le siguen. Y también usó su Palabra: diciendo (29). Su misma gloriosa Palabra que creó los cielos y la tierra. Es el mismo principio que Dios ha usado para darse a conocer a la humanidad. Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo (Heb. 1:1-2). Como resultado de la revelación, llegó la visión: Y los ojos de ellos fueron abiertos (30). Nos habla de salvación y de vista espiritual. El toque de Jesús siempre produce una nueva visión de las cosas. La vista espiritual no se adquiere por medio del estudio ni de la experiencia, sólo a través del toque del Señor y de su Palabra (2 Tim. 3.15). Notemos además que se trata de una salvación aplicada personalmente. Jesús no los sanó a través de un representante, sino habiéndolos tocado directamente a ellos (29). Fueron sanados para servir; ya que inmediatamente después de sanarlos les da un mandamiento: Jesús les encargó rigurosamente (30). Cuando Dios ha dado visión a un hombre, este está obligado a actuar en conformidad con la visión que se le ha mostrado, en rigurosa obediencia: Si el atalaya viere venir la espada (Ez. 33:6 ¿notaste el verbo ver?). Desafortunadamente, la ingratitud de algunos hombres les haces comportarse de manera contraria a lo mandado; en este caso los dos sanados no callaron conforme al mandamiento, sino que salidos ellos, divulgaron la fama de Él por toda aquella tierra (31). Se necesita haber salido de la fe para estar en desobediencia. Hubieran sido de mayor bendición si hubiesen obedecido, ¡cuán insensato es tratar de ayudarle a Dios! Algunos desobedecen siguiendo sus propios pensamientos e intenciones, suponiendo en su juicio que su idea es mejor que lo que Dios les ordenó, olvidando que sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is. 55:8).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:29

Comentario general

9.27-31 El evangelio según Mateo está lleno de señales. Estas señales tienen el propósito de demostrar que Jesús es el Rey, el Cristo, el Ungido. Debido a que los judíos (a quienes se dirige el autor) esperaban al Mesías que habría de imponer el reino de Dios, Mateo enfatiza el mesianismo de Jesús; sin embargo, por cuanto el Señor no estableció un reino político-militar como los judíos esperaban, sino espiritual; y por cuanto el reino propiamente dicho, similar al esperado por Israel, será establecido hasta la dispensación posterior a la gracia que se conoce como el milenio; entonces Mateo deja en muchas porciones del evangelio señales con carácter dispensacional; esto es, señales que apuntan al milenio y que presentan la actitud de judíos y gentiles para entrar a dicha dispensación. Todas las sanidades, milagros y liberaciones relatados en los capítulos 8 y 9 son señales con este propósito. Unos hablan de los judíos y otros de los gentiles: El leproso es Israel (8:2-4). La lepra es símbolo de la rebelión de Israel (Num. 12:1-10). Es sanado por el toque del Señor, así como Israel será salvo con la segunda venida de Cristo. Después de sano, hubo de ofrecer lo establecido por la ley, mandamiento exclusivo del pueblo judío. El centurión es el pueblo gentil (8:5-13). Es romano no judío. El Señor vino primero al leproso (a Israel) y luego al centurión (los gentiles). Recibió la salvación por su fe en la Palabra y no por el toque directo del Señor (su presencia física). Jesús no entró en su casa, así como tampoco vino a los gentiles, sino a los judíos. Cristo dijo en esa ocasión que “muchos del oriente y del occidente” estarían en el reino milenial (gentiles). La suegra de Pedro, por su parte, representa a Israel (8:14-15). La nación judía será sanada cuando Cristo regrese “a su casa” (Rom. 11:25-26); al final de “la fiebre” (gran tribulación). Nuevamente vemos que serán salvos por el toque personal (presencia física) del Señor como el leproso judío. Los muchos endemoniados y enfermos representan a las naciones gentiles que vivirán en la tierra al inicio del milenio (Mat. 8:16). El diablo será echado fuera (atado durante el milenio Ap.20). Los gentiles serán sanados por la Palabra del Señor. Los versículos 18 al 34 del capítulo 8 representan las diferentes actitudes, tanto de judíos como de gentiles durante la dispensación de la gracia. Lo mismo que Mat. 9:1-17. Jairo y su hija representan a los judíos (Mat. 9:18-25). Era judío, era principal. Su hija acababa de morir y fue resucitada cuando Cristo fue “a su casa” (presencia física) y la tocó (Rom. 11:25-26; Zac.12:10). Observa que son los mismos principios que en las representaciones anteriores de Israel mencionadas. La mujer con flujo de sangre, aunque judía, simboliza a los gentiles (Mat. 9:20-22). Cuando la hija de Jairo murió, la mujer fue sanada. Una vez que recibió sanidad la mujer, el Señor resucitó a la hija de Jairo. Veremos que después de esto dos ciegos y un mudo fueron sanados. Todo esto tipifica el orden de eventos dispensacionales; cuando los judíos fueron cortados por rechazar al Rey, los gentiles tuvimos la oportunidad al ser agregados al pueblo de Dios; una vez que se complete la salvación de los gentiles, los judíos serán salvos (Rom. 11:15-26); inaugurando con ello el milenio, donde todo el mundo podrá ver (ciegos sanados) y alabar (mudo sanado) al Rey Jesucristo (Is. 35:5-6). Ahora veamos algunas aplicaciones prácticas que Mat. 9:27-31 nos presenta en la sanidad de dos ciegos. El texto dice pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos. Aquí hay por lo menos dos verdades a enseñar. La primera de ellas es que los ciegos creían que Jesús podía ayudarles. Hasta el momento el Señor no había sanado a ningún ciego, sin embargo le dijeron “ten misericordia” (27). Ellos creían en Él. Esta es la fe: Creer en Dios puede hacer algo aun cuando no hay ningún antecedente de que haya hecho algo similar. La verdadera fe no se basa en lo que Dios hizo ayer, sino en lo que Él puede hacer hoy. ¡Nuevas son cada mañana sus misericordias! El Señor acababa de efectuar la resurrección de la hija de Jairo, esto llegó a los oídos de los ciegos. El mundo también está ciego y no puede ver la vida espiritual ni entender lo relacionado al reino de los cielos; sin embargo, basta con que llegue a sus oídos el precioso mensaje del evangelio, las buenas nuevas de lo que Jesús puede hacer en su favor tienen que saber que Él da vida a los muertos; entonces podrán seguirle. La segunda enseñanza es que siendo ciegos, alguien tuvo que guiarles para seguir al Señor. Del mismo, este mundo necesita no solo que le digamos Quién es el Rey Jesucristo y lo que puede hacer, sino que lo guiemos a Él. Esto involucra más que hablar, involucra vivir dando ejemplo, involucra esfuerzo y cuidado, involucra tomar de la mano a quien no puede ver para guiarle con toda clase de alertas y protecciones hasta que pueda ver espiritualmente. Una vez que vea podrá seguir sólo al Señor. También, los ciegos reconocían su identidad mesiánica, pues le dijeron: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! El título “Hijo de David” era un término popular mesiánico. Jesús evitaba usarlo debido al significado nacionalista que le daban los judíos; mas este no es el caso de los ciegos, pues ellos se refieren al Señor llamándole con dicho título por revelación de Dios; también le llamaron Señor (28). El evangelista Mateo registra este título por inspiración del Espíritu Santo para mostrarnos que quien abre los ojos al ciego Israel es el Mesías, el Rey Jesucristo. Dios desea la salvación de todos los hombres (2 P. 3:9); sin embargo, aunque hace su invitación a todos (Juan 3:16), solo se revela o da a conocer a los que lo buscan verdaderamente. Fue a los ciegos que “le siguieron” (27), y “vinieron a Él” (28). Porque Yahwéh es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos (Sal. 138:6). Sólo el que lo busca lo halla. Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan (Pr. 8:17). Dios se reveló a los que vienen a Él “dando voces”; literalmente “diciendo a gritos”. Eran ciegos, pero no mudos. ¡Cuánta sería su necesidad y urgencia que gritaban! El hombre sincero que busca de verdad al Señor no se conforma con seguirle en silencio; no vamos en una profesión funeraria, sino en el desfile del Rey. Los ciegos gritaban porque lo buscaban con todo su corazón, lo mismo debemos hacer nosotros: me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jer. 29:12-13). Además, grita el que reconoce su necesidad. Pero la revelación estaría incompleta si no hubiesen contestado a la pregunta del Señor: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). Sin fe es imposible agradar a Dios (Heb. 11:6). Todas las cosas en el reino de los cielos son hechas posibles por la fe y en medida a la fe. Jesús les dijo: Conforme a vuestra fe os sea hecho (29). Podemos ver en la medida en la que podemos creer y así también obtendremos. En los versículos que estamos leyendo tenemos una revelación mesiánica triple del Señor. Jesús se reveló como el Mesías al preguntarle a los ciegos: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). La pregunta no solo estaba encaminada a descubrir la fe de que estos hombres, sino a manifestar su identidad por medio de una señal: Cuando el Cristo viniera abriría los ojos a los cielos (Is. 35:5). También, Jesús se reveló como el Mesías al sanarles conforme a la fe que habían declarado (29). No solo dijo en forma de señal que Él era el Mesías, lo demostró al sanarles. Él propició la respuesta con su pregunta y Él demostró que era verdad con su poder. Y la tercera revelación de Jesús como Mesías la hallamos en la respuesta de los ciegos. Lo llamaron Señor (gr. Kyrios; heb. Adonai), no como otro señor más, sino como el Hijo de David, denotando su autoridad y realeza (Mat. 12:23; 21:15). Jesús sabía muy bien que los judíos, al referirse al Cristo le llamaban Señor (Mat. 22:42,44), y esa era la señal que quería dejar por medio de la declaración de fe de los ciegos: Él era el Hijo de David, el Señor, el Rey de Israel, el Mesías. Consideremos además el medio que usó para revelarse o darse a conocer. Primeramente su poder: entonces les tocó los ojos (29). Dios siempre tocará a los que claman a Él y le siguen. Y también usó su Palabra: diciendo (29). Su misma gloriosa Palabra que creó los cielos y la tierra. Es el mismo principio que Dios ha usado para darse a conocer a la humanidad. Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo (Heb. 1:1-2). Como resultado de la revelación, llegó la visión: Y los ojos de ellos fueron abiertos (30). Nos habla de salvación y de vista espiritual. El toque de Jesús siempre produce una nueva visión de las cosas. La vista espiritual no se adquiere por medio del estudio ni de la experiencia, sólo a través del toque del Señor y de su Palabra (2 Tim. 3.15). Notemos además que se trata de una salvación aplicada personalmente. Jesús no los sanó a través de un representante, sino habiéndolos tocado directamente a ellos (29). Fueron sanados para servir; ya que inmediatamente después de sanarlos les da un mandamiento: Jesús les encargó rigurosamente (30). Cuando Dios ha dado visión a un hombre, este está obligado a actuar en conformidad con la visión que se le ha mostrado, en rigurosa obediencia: Si el atalaya viere venir la espada (Ez. 33:6 ¿notaste el verbo ver?). Desafortunadamente, la ingratitud de algunos hombres les haces comportarse de manera contraria a lo mandado; en este caso los dos sanados no callaron conforme al mandamiento, sino que salidos ellos, divulgaron la fama de Él por toda aquella tierra (31). Se necesita haber salido de la fe para estar en desobediencia. Hubieran sido de mayor bendición si hubiesen obedecido, ¡cuán insensato es tratar de ayudarle a Dios! Algunos desobedecen siguiendo sus propios pensamientos e intenciones, suponiendo en su juicio que su idea es mejor que lo que Dios les ordenó, olvidando que sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is. 55:8).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:30

Comentario general

9.27-31 El evangelio según Mateo está lleno de señales. Estas señales tienen el propósito de demostrar que Jesús es el Rey, el Cristo, el Ungido. Debido a que los judíos (a quienes se dirige el autor) esperaban al Mesías que habría de imponer el reino de Dios, Mateo enfatiza el mesianismo de Jesús; sin embargo, por cuanto el Señor no estableció un reino político-militar como los judíos esperaban, sino espiritual; y por cuanto el reino propiamente dicho, similar al esperado por Israel, será establecido hasta la dispensación posterior a la gracia que se conoce como el milenio; entonces Mateo deja en muchas porciones del evangelio señales con carácter dispensacional; esto es, señales que apuntan al milenio y que presentan la actitud de judíos y gentiles para entrar a dicha dispensación. Todas las sanidades, milagros y liberaciones relatados en los capítulos 8 y 9 son señales con este propósito. Unos hablan de los judíos y otros de los gentiles: El leproso es Israel (8:2-4). La lepra es símbolo de la rebelión de Israel (Num. 12:1-10). Es sanado por el toque del Señor, así como Israel será salvo con la segunda venida de Cristo. Después de sano, hubo de ofrecer lo establecido por la ley, mandamiento exclusivo del pueblo judío. El centurión es el pueblo gentil (8:5-13). Es romano no judío. El Señor vino primero al leproso (a Israel) y luego al centurión (los gentiles). Recibió la salvación por su fe en la Palabra y no por el toque directo del Señor (su presencia física). Jesús no entró en su casa, así como tampoco vino a los gentiles, sino a los judíos. Cristo dijo en esa ocasión que “muchos del oriente y del occidente” estarían en el reino milenial (gentiles). La suegra de Pedro, por su parte, representa a Israel (8:14-15). La nación judía será sanada cuando Cristo regrese “a su casa” (Rom. 11:25-26); al final de “la fiebre” (gran tribulación). Nuevamente vemos que serán salvos por el toque personal (presencia física) del Señor como el leproso judío. Los muchos endemoniados y enfermos representan a las naciones gentiles que vivirán en la tierra al inicio del milenio (Mat. 8:16). El diablo será echado fuera (atado durante el milenio Ap.20). Los gentiles serán sanados por la Palabra del Señor. Los versículos 18 al 34 del capítulo 8 representan las diferentes actitudes, tanto de judíos como de gentiles durante la dispensación de la gracia. Lo mismo que Mat. 9:1-17. Jairo y su hija representan a los judíos (Mat. 9:18-25). Era judío, era principal. Su hija acababa de morir y fue resucitada cuando Cristo fue “a su casa” (presencia física) y la tocó (Rom. 11:25-26; Zac.12:10). Observa que son los mismos principios que en las representaciones anteriores de Israel mencionadas. La mujer con flujo de sangre, aunque judía, simboliza a los gentiles (Mat. 9:20-22). Cuando la hija de Jairo murió, la mujer fue sanada. Una vez que recibió sanidad la mujer, el Señor resucitó a la hija de Jairo. Veremos que después de esto dos ciegos y un mudo fueron sanados. Todo esto tipifica el orden de eventos dispensacionales; cuando los judíos fueron cortados por rechazar al Rey, los gentiles tuvimos la oportunidad al ser agregados al pueblo de Dios; una vez que se complete la salvación de los gentiles, los judíos serán salvos (Rom. 11:15-26); inaugurando con ello el milenio, donde todo el mundo podrá ver (ciegos sanados) y alabar (mudo sanado) al Rey Jesucristo (Is. 35:5-6). Ahora veamos algunas aplicaciones prácticas que Mat. 9:27-31 nos presenta en la sanidad de dos ciegos. El texto dice pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos. Aquí hay por lo menos dos verdades a enseñar. La primera de ellas es que los ciegos creían que Jesús podía ayudarles. Hasta el momento el Señor no había sanado a ningún ciego, sin embargo le dijeron “ten misericordia” (27). Ellos creían en Él. Esta es la fe: Creer en Dios puede hacer algo aun cuando no hay ningún antecedente de que haya hecho algo similar. La verdadera fe no se basa en lo que Dios hizo ayer, sino en lo que Él puede hacer hoy. ¡Nuevas son cada mañana sus misericordias! El Señor acababa de efectuar la resurrección de la hija de Jairo, esto llegó a los oídos de los ciegos. El mundo también está ciego y no puede ver la vida espiritual ni entender lo relacionado al reino de los cielos; sin embargo, basta con que llegue a sus oídos el precioso mensaje del evangelio, las buenas nuevas de lo que Jesús puede hacer en su favor tienen que saber que Él da vida a los muertos; entonces podrán seguirle. La segunda enseñanza es que siendo ciegos, alguien tuvo que guiarles para seguir al Señor. Del mismo, este mundo necesita no solo que le digamos Quién es el Rey Jesucristo y lo que puede hacer, sino que lo guiemos a Él. Esto involucra más que hablar, involucra vivir dando ejemplo, involucra esfuerzo y cuidado, involucra tomar de la mano a quien no puede ver para guiarle con toda clase de alertas y protecciones hasta que pueda ver espiritualmente. Una vez que vea podrá seguir sólo al Señor. También, los ciegos reconocían su identidad mesiánica, pues le dijeron: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! El título “Hijo de David” era un término popular mesiánico. Jesús evitaba usarlo debido al significado nacionalista que le daban los judíos; mas este no es el caso de los ciegos, pues ellos se refieren al Señor llamándole con dicho título por revelación de Dios; también le llamaron Señor (28). El evangelista Mateo registra este título por inspiración del Espíritu Santo para mostrarnos que quien abre los ojos al ciego Israel es el Mesías, el Rey Jesucristo. Dios desea la salvación de todos los hombres (2 P. 3:9); sin embargo, aunque hace su invitación a todos (Juan 3:16), solo se revela o da a conocer a los que lo buscan verdaderamente. Fue a los ciegos que “le siguieron” (27), y “vinieron a Él” (28). Porque Yahwéh es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos (Sal. 138:6). Sólo el que lo busca lo halla. Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan (Pr. 8:17). Dios se reveló a los que vienen a Él “dando voces”; literalmente “diciendo a gritos”. Eran ciegos, pero no mudos. ¡Cuánta sería su necesidad y urgencia que gritaban! El hombre sincero que busca de verdad al Señor no se conforma con seguirle en silencio; no vamos en una profesión funeraria, sino en el desfile del Rey. Los ciegos gritaban porque lo buscaban con todo su corazón, lo mismo debemos hacer nosotros: me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jer. 29:12-13). Además, grita el que reconoce su necesidad. Pero la revelación estaría incompleta si no hubiesen contestado a la pregunta del Señor: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). Sin fe es imposible agradar a Dios (Heb. 11:6). Todas las cosas en el reino de los cielos son hechas posibles por la fe y en medida a la fe. Jesús les dijo: Conforme a vuestra fe os sea hecho (29). Podemos ver en la medida en la que podemos creer y así también obtendremos. En los versículos que estamos leyendo tenemos una revelación mesiánica triple del Señor. Jesús se reveló como el Mesías al preguntarle a los ciegos: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). La pregunta no solo estaba encaminada a descubrir la fe de que estos hombres, sino a manifestar su identidad por medio de una señal: Cuando el Cristo viniera abriría los ojos a los cielos (Is. 35:5). También, Jesús se reveló como el Mesías al sanarles conforme a la fe que habían declarado (29). No solo dijo en forma de señal que Él era el Mesías, lo demostró al sanarles. Él propició la respuesta con su pregunta y Él demostró que era verdad con su poder. Y la tercera revelación de Jesús como Mesías la hallamos en la respuesta de los ciegos. Lo llamaron Señor (gr. Kyrios; heb. Adonai), no como otro señor más, sino como el Hijo de David, denotando su autoridad y realeza (Mat. 12:23; 21:15). Jesús sabía muy bien que los judíos, al referirse al Cristo le llamaban Señor (Mat. 22:42,44), y esa era la señal que quería dejar por medio de la declaración de fe de los ciegos: Él era el Hijo de David, el Señor, el Rey de Israel, el Mesías. Consideremos además el medio que usó para revelarse o darse a conocer. Primeramente su poder: entonces les tocó los ojos (29). Dios siempre tocará a los que claman a Él y le siguen. Y también usó su Palabra: diciendo (29). Su misma gloriosa Palabra que creó los cielos y la tierra. Es el mismo principio que Dios ha usado para darse a conocer a la humanidad. Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo (Heb. 1:1-2). Como resultado de la revelación, llegó la visión: Y los ojos de ellos fueron abiertos (30). Nos habla de salvación y de vista espiritual. El toque de Jesús siempre produce una nueva visión de las cosas. La vista espiritual no se adquiere por medio del estudio ni de la experiencia, sólo a través del toque del Señor y de su Palabra (2 Tim. 3.15). Notemos además que se trata de una salvación aplicada personalmente. Jesús no los sanó a través de un representante, sino habiéndolos tocado directamente a ellos (29). Fueron sanados para servir; ya que inmediatamente después de sanarlos les da un mandamiento: Jesús les encargó rigurosamente (30). Cuando Dios ha dado visión a un hombre, este está obligado a actuar en conformidad con la visión que se le ha mostrado, en rigurosa obediencia: Si el atalaya viere venir la espada (Ez. 33:6 ¿notaste el verbo ver?). Desafortunadamente, la ingratitud de algunos hombres les haces comportarse de manera contraria a lo mandado; en este caso los dos sanados no callaron conforme al mandamiento, sino que salidos ellos, divulgaron la fama de Él por toda aquella tierra (31). Se necesita haber salido de la fe para estar en desobediencia. Hubieran sido de mayor bendición si hubiesen obedecido, ¡cuán insensato es tratar de ayudarle a Dios! Algunos desobedecen siguiendo sus propios pensamientos e intenciones, suponiendo en su juicio que su idea es mejor que lo que Dios les ordenó, olvidando que sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is. 55:8).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:31

Comentario general

9.27-31 El evangelio según Mateo está lleno de señales. Estas señales tienen el propósito de demostrar que Jesús es el Rey, el Cristo, el Ungido. Debido a que los judíos (a quienes se dirige el autor) esperaban al Mesías que habría de imponer el reino de Dios, Mateo enfatiza el mesianismo de Jesús; sin embargo, por cuanto el Señor no estableció un reino político-militar como los judíos esperaban, sino espiritual; y por cuanto el reino propiamente dicho, similar al esperado por Israel, será establecido hasta la dispensación posterior a la gracia que se conoce como el milenio; entonces Mateo deja en muchas porciones del evangelio señales con carácter dispensacional; esto es, señales que apuntan al milenio y que presentan la actitud de judíos y gentiles para entrar a dicha dispensación. Todas las sanidades, milagros y liberaciones relatados en los capítulos 8 y 9 son señales con este propósito. Unos hablan de los judíos y otros de los gentiles: El leproso es Israel (8:2-4). La lepra es símbolo de la rebelión de Israel (Num. 12:1-10). Es sanado por el toque del Señor, así como Israel será salvo con la segunda venida de Cristo. Después de sano, hubo de ofrecer lo establecido por la ley, mandamiento exclusivo del pueblo judío. El centurión es el pueblo gentil (8:5-13). Es romano no judío. El Señor vino primero al leproso (a Israel) y luego al centurión (los gentiles). Recibió la salvación por su fe en la Palabra y no por el toque directo del Señor (su presencia física). Jesús no entró en su casa, así como tampoco vino a los gentiles, sino a los judíos. Cristo dijo en esa ocasión que “muchos del oriente y del occidente” estarían en el reino milenial (gentiles). La suegra de Pedro, por su parte, representa a Israel (8:14-15). La nación judía será sanada cuando Cristo regrese “a su casa” (Rom. 11:25-26); al final de “la fiebre” (gran tribulación). Nuevamente vemos que serán salvos por el toque personal (presencia física) del Señor como el leproso judío. Los muchos endemoniados y enfermos representan a las naciones gentiles que vivirán en la tierra al inicio del milenio (Mat. 8:16). El diablo será echado fuera (atado durante el milenio Ap.20). Los gentiles serán sanados por la Palabra del Señor. Los versículos 18 al 34 del capítulo 8 representan las diferentes actitudes, tanto de judíos como de gentiles durante la dispensación de la gracia. Lo mismo que Mat. 9:1-17. Jairo y su hija representan a los judíos (Mat. 9:18-25). Era judío, era principal. Su hija acababa de morir y fue resucitada cuando Cristo fue “a su casa” (presencia física) y la tocó (Rom. 11:25-26; Zac.12:10). Observa que son los mismos principios que en las representaciones anteriores de Israel mencionadas. La mujer con flujo de sangre, aunque judía, simboliza a los gentiles (Mat. 9:20-22). Cuando la hija de Jairo murió, la mujer fue sanada. Una vez que recibió sanidad la mujer, el Señor resucitó a la hija de Jairo. Veremos que después de esto dos ciegos y un mudo fueron sanados. Todo esto tipifica el orden de eventos dispensacionales; cuando los judíos fueron cortados por rechazar al Rey, los gentiles tuvimos la oportunidad al ser agregados al pueblo de Dios; una vez que se complete la salvación de los gentiles, los judíos serán salvos (Rom. 11:15-26); inaugurando con ello el milenio, donde todo el mundo podrá ver (ciegos sanados) y alabar (mudo sanado) al Rey Jesucristo (Is. 35:5-6). Ahora veamos algunas aplicaciones prácticas que Mat. 9:27-31 nos presenta en la sanidad de dos ciegos. El texto dice pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos. Aquí hay por lo menos dos verdades a enseñar. La primera de ellas es que los ciegos creían que Jesús podía ayudarles. Hasta el momento el Señor no había sanado a ningún ciego, sin embargo le dijeron “ten misericordia” (27). Ellos creían en Él. Esta es la fe: Creer en Dios puede hacer algo aun cuando no hay ningún antecedente de que haya hecho algo similar. La verdadera fe no se basa en lo que Dios hizo ayer, sino en lo que Él puede hacer hoy. ¡Nuevas son cada mañana sus misericordias! El Señor acababa de efectuar la resurrección de la hija de Jairo, esto llegó a los oídos de los ciegos. El mundo también está ciego y no puede ver la vida espiritual ni entender lo relacionado al reino de los cielos; sin embargo, basta con que llegue a sus oídos el precioso mensaje del evangelio, las buenas nuevas de lo que Jesús puede hacer en su favor tienen que saber que Él da vida a los muertos; entonces podrán seguirle. La segunda enseñanza es que siendo ciegos, alguien tuvo que guiarles para seguir al Señor. Del mismo, este mundo necesita no solo que le digamos Quién es el Rey Jesucristo y lo que puede hacer, sino que lo guiemos a Él. Esto involucra más que hablar, involucra vivir dando ejemplo, involucra esfuerzo y cuidado, involucra tomar de la mano a quien no puede ver para guiarle con toda clase de alertas y protecciones hasta que pueda ver espiritualmente. Una vez que vea podrá seguir sólo al Señor. También, los ciegos reconocían su identidad mesiánica, pues le dijeron: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! El título “Hijo de David” era un término popular mesiánico. Jesús evitaba usarlo debido al significado nacionalista que le daban los judíos; mas este no es el caso de los ciegos, pues ellos se refieren al Señor llamándole con dicho título por revelación de Dios; también le llamaron Señor (28). El evangelista Mateo registra este título por inspiración del Espíritu Santo para mostrarnos que quien abre los ojos al ciego Israel es el Mesías, el Rey Jesucristo. Dios desea la salvación de todos los hombres (2 P. 3:9); sin embargo, aunque hace su invitación a todos (Juan 3:16), solo se revela o da a conocer a los que lo buscan verdaderamente. Fue a los ciegos que “le siguieron” (27), y “vinieron a Él” (28). Porque Yahwéh es excelso, y atiende al humilde, mas al altivo mira de lejos (Sal. 138:6). Sólo el que lo busca lo halla. Yo amo a los que me aman, y me hallan los que temprano me buscan (Pr. 8:17). Dios se reveló a los que vienen a Él “dando voces”; literalmente “diciendo a gritos”. Eran ciegos, pero no mudos. ¡Cuánta sería su necesidad y urgencia que gritaban! El hombre sincero que busca de verdad al Señor no se conforma con seguirle en silencio; no vamos en una profesión funeraria, sino en el desfile del Rey. Los ciegos gritaban porque lo buscaban con todo su corazón, lo mismo debemos hacer nosotros: me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón (Jer. 29:12-13). Además, grita el que reconoce su necesidad. Pero la revelación estaría incompleta si no hubiesen contestado a la pregunta del Señor: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). Sin fe es imposible agradar a Dios (Heb. 11:6). Todas las cosas en el reino de los cielos son hechas posibles por la fe y en medida a la fe. Jesús les dijo: Conforme a vuestra fe os sea hecho (29). Podemos ver en la medida en la que podemos creer y así también obtendremos. En los versículos que estamos leyendo tenemos una revelación mesiánica triple del Señor. Jesús se reveló como el Mesías al preguntarle a los ciegos: ¿creéis que puedo hacer esto? (28). La pregunta no solo estaba encaminada a descubrir la fe de que estos hombres, sino a manifestar su identidad por medio de una señal: Cuando el Cristo viniera abriría los ojos a los cielos (Is. 35:5). También, Jesús se reveló como el Mesías al sanarles conforme a la fe que habían declarado (29). No solo dijo en forma de señal que Él era el Mesías, lo demostró al sanarles. Él propició la respuesta con su pregunta y Él demostró que era verdad con su poder. Y la tercera revelación de Jesús como Mesías la hallamos en la respuesta de los ciegos. Lo llamaron Señor (gr. Kyrios; heb. Adonai), no como otro señor más, sino como el Hijo de David, denotando su autoridad y realeza (Mat. 12:23; 21:15). Jesús sabía muy bien que los judíos, al referirse al Cristo le llamaban Señor (Mat. 22:42,44), y esa era la señal que quería dejar por medio de la declaración de fe de los ciegos: Él era el Hijo de David, el Señor, el Rey de Israel, el Mesías. Consideremos además el medio que usó para revelarse o darse a conocer. Primeramente su poder: entonces les tocó los ojos (29). Dios siempre tocará a los que claman a Él y le siguen. Y también usó su Palabra: diciendo (29). Su misma gloriosa Palabra que creó los cielos y la tierra. Es el mismo principio que Dios ha usado para darse a conocer a la humanidad. Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo (Heb. 1:1-2). Como resultado de la revelación, llegó la visión: Y los ojos de ellos fueron abiertos (30). Nos habla de salvación y de vista espiritual. El toque de Jesús siempre produce una nueva visión de las cosas. La vista espiritual no se adquiere por medio del estudio ni de la experiencia, sólo a través del toque del Señor y de su Palabra (2 Tim. 3.15). Notemos además que se trata de una salvación aplicada personalmente. Jesús no los sanó a través de un representante, sino habiéndolos tocado directamente a ellos (29). Fueron sanados para servir; ya que inmediatamente después de sanarlos les da un mandamiento: Jesús les encargó rigurosamente (30). Cuando Dios ha dado visión a un hombre, este está obligado a actuar en conformidad con la visión que se le ha mostrado, en rigurosa obediencia: Si el atalaya viere venir la espada (Ez. 33:6 ¿notaste el verbo ver?). Desafortunadamente, la ingratitud de algunos hombres les haces comportarse de manera contraria a lo mandado; en este caso los dos sanados no callaron conforme al mandamiento, sino que salidos ellos, divulgaron la fama de Él por toda aquella tierra (31). Se necesita haber salido de la fe para estar en desobediencia. Hubieran sido de mayor bendición si hubiesen obedecido, ¡cuán insensato es tratar de ayudarle a Dios! Algunos desobedecen siguiendo sus propios pensamientos e intenciones, suponiendo en su juicio que su idea es mejor que lo que Dios les ordenó, olvidando que sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is. 55:8).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:32

Comentario general

9.32-33 Como todo el que ha recibido el toque del Señor, estos hombres fueron sanados para servir; pues lo primero que vieron mientras se retiraban sanados, fue a otro desdichado hombre que era traído al Señor: mientras salían ellos, trajeron… …un mudo, endemoniado. Quien puede ver a Jesús también puede ver la necesidad del mundo; con todo, no vemos que los ex-ciegos se devolvieran para ayudar. El texto dice que le trajeron un hombre mudo, cuya incapacidad para hablar se debía a la posesión demoniaca. Figura de la humanidad sin Cristo, que no puede alabar a Dios porque el maligno ha cerrado sus bocas. Y siendo que el problema del mundo no era su lengua, sino el demonio que la ataba; el Señor no perdió tiempo cortando las ramas, sino que sacó la raíz: echado fuera el demonio, el mudo habló (33). La solución de este mundo no es la superación personal, sino la expulsión definitiva del reino del mal. Los presentes no pudieron permanecer imparciales ante lo que Jesús acababa de hacer. Los seres humanos somos por naturaleza seguidores de maravillas, lo espectacular siempre está de moda. En este caso, como en todos los que Dios interviene, no podía ser para menos, grandes y maravillosas son sus obras (Ap. 15:3). Te alabaré porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado y mi alma lo sabe muy bien (Sal. 139:14). Nunca se ha visto cosa semejante en Israel (33). De momento esta palabra suena hermosa, pero si la analizamos más detenidamente veremos cuán débil es la memoria del pueblo judío. En el pasado sí habían sido testigos de maravillas semejantes por parte de Dios, quiere decir entonces que solo eran seguidores de espectáculos y no gente de fe; y quiere decir también que esta misma gente estaría después en condiciones de gritar sin memoria: ¡crucifícale! Pero a pesar de dicha volubilidad, las palabras de la gente implicaban el mesianismo de Jesús, y aunque la gente no tenía mucha luz a este respecto, cuando menos si podía vislumbrar que el ministerio del Señor era extraordinario. No pudiendo permanecer neutrales ante el poder manifestado de Cristo su decisión hacia Él fue de alabanza y de reconocimiento. Los fariseos por su parte, también se vieron obligados a tomar una decisión. O reconocían que Jesús era el Cristo o lo negaban blasfemando. Esta es la condición de todo ser humano ante Cristo, o lo reconoce o blasfema. No puede permanecer neutral, la influencia de Cristo en la humanidad y su excelso poder finalmente lo alcanzarán; no tomar una decisión es ya haberla tomado. Actuando contra su conciencia, como hace todo el que se pierde, los fariseos optaron por la peor decisión.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:33

Comentario general

9.32-33 Como todo el que ha recibido el toque del Señor, estos hombres fueron sanados para servir; pues lo primero que vieron mientras se retiraban sanados, fue a otro desdichado hombre que era traído al Señor: mientras salían ellos, trajeron… …un mudo, endemoniado. Quien puede ver a Jesús también puede ver la necesidad del mundo; con todo, no vemos que los ex-ciegos se devolvieran para ayudar. El texto dice que le trajeron un hombre mudo, cuya incapacidad para hablar se debía a la posesión demoniaca. Figura de la humanidad sin Cristo, que no puede alabar a Dios porque el maligno ha cerrado sus bocas. Y siendo que el problema del mundo no era su lengua, sino el demonio que la ataba; el Señor no perdió tiempo cortando las ramas, sino que sacó la raíz: echado fuera el demonio, el mudo habló (33). La solución de este mundo no es la superación personal, sino la expulsión definitiva del reino del mal. Los presentes no pudieron permanecer imparciales ante lo que Jesús acababa de hacer. Los seres humanos somos por naturaleza seguidores de maravillas, lo espectacular siempre está de moda. En este caso, como en todos los que Dios interviene, no podía ser para menos, grandes y maravillosas son sus obras (Ap. 15:3). Te alabaré porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado y mi alma lo sabe muy bien (Sal. 139:14). Nunca se ha visto cosa semejante en Israel (33). De momento esta palabra suena hermosa, pero si la analizamos más detenidamente veremos cuán débil es la memoria del pueblo judío. En el pasado sí habían sido testigos de maravillas semejantes por parte de Dios, quiere decir entonces que solo eran seguidores de espectáculos y no gente de fe; y quiere decir también que esta misma gente estaría después en condiciones de gritar sin memoria: ¡crucifícale! Pero a pesar de dicha volubilidad, las palabras de la gente implicaban el mesianismo de Jesús, y aunque la gente no tenía mucha luz a este respecto, cuando menos si podía vislumbrar que el ministerio del Señor era extraordinario. No pudiendo permanecer neutrales ante el poder manifestado de Cristo su decisión hacia Él fue de alabanza y de reconocimiento. Los fariseos por su parte, también se vieron obligados a tomar una decisión. O reconocían que Jesús era el Cristo o lo negaban blasfemando. Esta es la condición de todo ser humano ante Cristo, o lo reconoce o blasfema. No puede permanecer neutral, la influencia de Cristo en la humanidad y su excelso poder finalmente lo alcanzarán; no tomar una decisión es ya haberla tomado. Actuando contra su conciencia, como hace todo el que se pierde, los fariseos optaron por la peor decisión.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:34

Comentario general

9.34 El “pero” de los fariseos implica que su decisión fue contraria a la de la gente. Mientras la gente se maravilló y exaltó a Jesús; ellos blasfemaron atribuyéndole al diablo las obras de Dios. Esta blasfemia proferida es el peor pecado que se puede cometer. La gracia de Dios perdona todo pecado, pero si la gracia es rechazada ¿qué hará el pecador? ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? (Heb.10:29). Más tarde Jesús habría de decretar ante la misma ofensa que los fariseos cometieron, que todo pecado le será perdonado al hombre, menos la blasfemia contra el Espíritu Santo (ver notas Mat. 12:24-32).

— Roberto Tinoco

Mateo 9:35

Comentario general

9.35 El ministerio de Jesús fue muy grande y agorador. Incluso más allá de lo que realizan políticos en campaña calle por calle por unos meses, Jesús no solo saludaba prometiendo mejoras, sino que las realizaba; y no por unos meses, sino por años. Uno a uno a través de las multitudes necesitadas. Jamás un rey se comportó de forma semejante, pero el Rey sí lo hizo. Es el Salvador y lo demostró salvando. Fue a las ciudades, pero no dejó fuera las aldeas. No discriminó a los grandes por grandes ni a los pequeños por pequeños. Conocía a sus principales opositores y fue en sus centros de reunión donde enseñaba y predicaba, las sinagogas. Esos lugares de reunión que nacieron en el cautiverio babilónico en días y bajo la tutoría de Esdras en sustitución del templo. Quien tiene la verdad debe exponerla y no debe rehuir el debate con quienes se oponen; así como tampoco limitar su enseñanza únicamente a aquellos sitios controlados por él o a oyentes ya convencidos. Quien busca el aplauso le habla a los suyos, pero quien extiende la verdad se dirige a los que piensan diferente. Aunque esto resulte agotador. Sanaba toda enfermedad y toda dolencia; jamás se encontró con un caso insoluble, Él es la medicina contra todo mal, lo único que pide a cambio es que puedas creer.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:36

Comentario general

9.36 Jesús tuvo un ministerio entre nosotros lleno de amor. Su corazón fue más grande que su agenda o estrategia. Aunque seguía un plan previamente establecido en las Escrituras, seguía aun más su corazón amando y compadeciéndose de las multitudes en sus necesidades. Es el buen Pastor y no podía dejar a sus ovejas desamparadas. El pueblo de Israel se hallaba en una actitud desprovista de fe, los líderes los engañaban no siendo pastores del pueblo; en consecuencia las multitudes se conducían en ignorancia y maldad; pero el Salvador los miraba diferente. No eran los rebeldes e incrédulos para Él, aunque lo eran; sino sus ovejas, sus preciadas ovejas por quienes estaba dispuesto a dar la vida. Y lo hizo. El dios dantesco no es el Dios bíblico. Dios es bueno y compasivo.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:37

Comentario general

9.37-38 La compasión de Jesús lo llevó a atender a cuanto necesitado existiera. Esta era una tarea agotadora e interminable. Recordemos que el Señor se hallaba en la limitación de su encarnación, lo que hacía que no pudiera estar en dos lugares a la vez, por lo que atendía a las multitudes de ciudades y pueblo uno a uno, caso por caso. Una obra demasiado grande para un hombre, y el Rey Jesús estaba en la condición de Hombre. Por tanto, fue claro en solicitar a sus discípulos que oraran al Padre pidiendo más obreros, más como ellos que pudieran continuar la obra. Y debieron haber orado muy bien, pues hasta hoy no han cesado los llamados al ministerio. Guardando las proporciones con los gigantes del primer siglo, siguen surgiendo siervos de Dios. Nos llamó obreros de su mies y todo cristiano debe considerarse de esta manera, un trabajador de su viña independientemente de su profesión en este mundo. Pues quien no sirve a Cristo no tendría derecho alguno de llamarse cristiano.

— Roberto Tinoco

Mateo 9:38

Comentario general

9.37-38 La compasión de Jesús lo llevó a atender a cuanto necesitado existiera. Esta era una tarea agotadora e interminable. Recordemos que el Señor se hallaba en la limitación de su encarnación, lo que hacía que no pudiera estar en dos lugares a la vez, por lo que atendía a las multitudes de ciudades y pueblo uno a uno, caso por caso. Una obra demasiado grande para un hombre, y el Rey Jesús estaba en la condición de Hombre. Por tanto, fue claro en solicitar a sus discípulos que oraran al Padre pidiendo más obreros, más como ellos que pudieran continuar la obra. Y debieron haber orado muy bien, pues hasta hoy no han cesado los llamados al ministerio. Guardando las proporciones con los gigantes del primer siglo, siguen surgiendo siervos de Dios. Nos llamó obreros de su mies y todo cristiano debe considerarse de esta manera, un trabajador de su viña independientemente de su profesión en este mundo. Pues quien no sirve a Cristo no tendría derecho alguno de llamarse cristiano.

— Roberto Tinoco

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