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Efesios 4

Unidad en el cuerpo

1Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados,🗨 2con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor,🗨 3solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz;🗨 4un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación;🗨 5un Señor, una fe, un bautismo,🗨 6un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos.🗨 7Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo.🗨 8Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres.🗨 9Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?🗨 10El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo.🗨 11Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros,🗨 12a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,🗨 13hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;🗨 14para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error,🗨 15sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo,🗨 16de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.🗨

Vivir como hijos de luz

17Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente,🗨 18teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón;🗨 19los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza.🗨 20Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo,🗨 21si en verdad le habéis oído, y habéis sido por él enseñados, conforme a la verdad que está en Jesús.🗨 22En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos,🗨 23y renovaos en el espíritu de vuestra mente,🗨 24y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad.🗨 25Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros.🗨 26Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo,🗨 27ni deis lugar al diablo.🗨 28El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad.🗨 29Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes.🗨 30Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención.🗨 31Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia.🗨 32Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.🗨

Texto bíblico: Reina-Valera 1960 © Sociedades Bíblicas en América Latina, 1960. Renovado © Sociedades Bíblicas Unidas, 1988. Utilizado con permiso. Ver todos los créditos

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Efesios 4: RV60

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Efesios 4:1

Comentario general

4.1 El apóstol puede mandar, pero prefiere ser un mártir que ruega. Está preso por la causa de Cristo y por esta misma causa les ruega que anden en la dignidad de su vocación y llamado. Se consigue más por inspiración que por obligación. El líder que empuja consigue menos que aquel que jala. Hay muchas razones por las que un hombre podría estar preso; pero un hombre de Dios ha de estarlo por el Señor. Entonces estará preso en el Señor y no preso en la cárcel. No se puede privar de su libertad a quien está en Cristo, aunque encierres su cuerpo. No sufras por las cosas de esta vida; mejor sufre sin sufrir por las cosas de la vida por venir. Andar es sinónimo de conducta. Andar como es digno de la vocación es comportarse con la honorabilidad propia de la invitación divina. Dios nos invitó llamándonos a ser su misterio: Cristo manifestado en carne. Su invitación nos dio vocación, nos inclinó a poder representarle y manifestarle. Comportarnos acorde a este llamado es corresponder con nuestra vida siendo como iglesia, la expresión de Cristo.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:2

Comentario general

4.2 La actitud cristiana en el trato con los semejantes es con humildad, literalmente “con humillación de mente” y con gentileza, mansos. Siendo soporte a los demás; especialmente en un tiempo en el que hacen falta personas cuya fortaleza no solo los mantiene a ellos, sino que les sobra para sostener a otros. Sé una columna; alguien a quien otros necesiten y no un consumidor de sus energías. Para lo cual, requieres paciencia, término que traduce una palabra griega que expresa la idea de “carácter largo”. Evidentemente, estas virtudes únicamente son posibles si amas. El amor tiene la capacidad de sostener y servir a los demás sin perder la calma. Pero si te faltan estas cosas, entonces lo que realmente te falta es amor. Cada debilidad ajena es una oportunidad de amar.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:3

Comentario general

4.3 Solícitos, es decir, con velocidad, sin perder ni tiempo ni oportunidad. Con prisa protege la unidad, no la produces, la guardas porque ya existe. Es obra de Dios. No siempre podrás guardar la unidad del cuerpo porque no siempre estamos reunidos; pero siempre puedes proteger la unidad que el Espíritu Santo produce espiritualmente en los creyentes. Si se trata del Espíritu de Dios o del espíritu humano, en este caso, es imposible pensar en uno sin el otro. La unidad no se produce mediante eventos o actividades; la unidad es resultado de la vida del Espíritu en la iglesia. ¿Cómo se protege la unidad? Manteniendo la paz. La paz es un vínculo, una forma de unión y si esta se rompe, también la unidad se termina. La paz es el ligamento (griego súndesmos, vínculo, ligamento) que conserva los miembros del Cuerpo de Cristo unidos; de allí la importancia de evitar contiendas y divisiones.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:4

Comentario general

4.4 Un cuerpo, el Cuerpo de Cristo. Dios no tiene dos pueblos, sino uno solo como nos explicó el apóstol en el capítulo anterior. Este pueblo es también el Cuerpo; la iglesia es la manifestación orgánica y en carne de Jesucristo actualmente. Un Espíritu, el Espíritu Santo que da vida al Cuerpo de Cristo como el soplo de Dios conserva vivos nuestros cuerpos de carne. Fuimos llamados por Dios a ser el Cuerpo de Cristo y vivir por su Espíritu. Es imperativo conservar este propósito de nuestra existencia. Tal cosa no es aparte de nuestros asuntos de esta vida; por el contrario, todos los asuntos de esta vida tienen su razón de ser en el Cuerpo de Cristo. Si lo que vivimos no contribuye al misterio de Dios, debemos cambiarlo. Todos los cristianos tenemos la misma esperanza: que Cristo sea manifestado en su Cuerpo compuesto de judíos y gentiles y vivificado por el Espíritu santo. Tenemos también la esperanza de la venida del Señor; sin embargo, por el contexto y propósito de la carta a los Efesios, haremos bien en pensar que Pablo está hablando del misterio de Cristo.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:5

Comentario general

4.5 Un Señor, a saber, Jesucristo. Él es el Señor y confesarlo es nuestra salvación para gloria de Dios Padre. Él es el Señor, un asunto de autoridad; la cabeza del Cuerpo. Una fe; pues, aunque los cristianos tenemos muchas cosas que creemos que nos separan, conservamos una fe respecto no de la creencia doctrinal, sino de nuestra confianza en Dios por medio de Jesucristo. En esto si somos uno. La fe nos une a a Dios y entre nosotros. ¿Cómo es que existe un bautismo si en la carta a los hebreos menciona varios bautismos? (Heb. 6:1). Por cuanto el apóstol ha estado hablando del misterio de Dios consistente en que todos en Cristo somos un Cuerpo; entonces el bautismo al que se refiere es el bautismo del Cuerpo: Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu (1 Cor. 12:13). Pudiera pensarse que el bautismo en agua sea el mismo que el bautismo en el cuerpo; pero un análisis más detallado nos muestra que se trata de dos cosas diferentes. Pablo habla de ser bautizados en un cuerpo para corregir las discrepancias y divisiones de la iglesia de Corinto ocasionadas por el mal uso de los dones espirituales; en otras palabras, el apóstol les aclara que no solo han recibido dones de parte del Espíritu Santo, sino que recuerden que antes de ser bendecidos con dones fueron hechos un solo cuerpo mediante la fe en Cristo y la obra del Espíritu. El contexto trata completamente acerca de cosas espirituales y no físicas. Es un bautismo oficiado por el Espíritu y no por un ministro o creyente. Un hombre puede bautizar en agua a otro, pero sólo el Espíritu lo puede hacer parte del Cuerpo de Cristo. El propósito era dejar bien claro que no hay cristianos mega espirituales o que disfrutan más del Espíritu que otros (a pesar de los dones espirituales que manifiesten), pues “a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu”. Es evidente que no se está hablando del bautismo en agua, sino de ser hecho parte de la iglesia de Jesucristo, tal y como un cuerpo físico necesita de un espíritu para vivir. ¿Cómo fuimos bautizados por el Espíritu santo en un cuerpo? Dios prometió un Nuevo Pacto en el que nos daría su Espíritu para poder vivir la vida cristiana: Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra (Ez. 36:26-27). Esto sucedió cuando entregamos nuestras vidas a Jesucristo mediante la fe. Todos los que hemos creído en Cristo hemos recibido el Espíritu Santo: El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado (Juan 7:38-39). Esto no es el bautismo en agua ni el bautismo en el Espíritu Santo, sino el bautismo en el Cuerpo de Cristo para salvación. Es el bautismo más necesario, pues sin este no hay vida eterna. Podemos resumirlo entonces como: 1.- Es el bautismo para salvación a partir de creer en Cristo Jesús. 2.- Es el bautismo oficiado por el Espíritu Santo (a diferencia del bautismo en agua oficiado por la iglesia; y del bautismo en el Espíritu, así como el bautismo de fuego que son oficiados por el Hijo; sin olvidar el bautismo en la cruz que es oficiado por el Padre). 3.- Es el bautismo corporativo; es decir, para tomar parte en el Cuerpo de Cristo. A esto se refiere el apóstol Pablo cuando declara: Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; 5un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos (Ef. 4:4-6). No que no haya otro bautismo, pues la Biblia habla de “la doctrina de bautismos” (Heb. 6:2); sino que es el único bautismo llevado a cabo por el Espíritu para producir un solo cuerpo. De modo que el bautismo del cuerpo también puede conocérsele como el bautismo de unidad. 4.- Es el bautismo que debe ir acompañado de beber del Espíritu: “y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu”. Dicho de otro modo, procuramos cada día seguir relacionándonos con el Espíritu de Dios, así como el cuerpo necesita de beber agua, así el cuerpo de Cristo requiere sediento del Espíritu Santo.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:6

Comentario general

4.6 Tanto la unidad de la iglesia como su vida como Cuerpo de Cristo, sólo podía dirigirse hacia Dios Padre. Él es la fuente y Él es la meta. Todo salió del Padre Celestial y ha de regresar al Padre Celestial. Lo cual no significa la salvación de todos, sino la autoridad sobre todos. Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a Él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos (1 Cor. 15:28). Siendo el Padre el inicio y el final, también debe ser nuestro presente. Vivamos para Él.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:7

Comentario general

4.7 Como iglesia somos un cuerpo y como cuerpo, requerimos la diversidad de miembros y con dicha diversidad, los más variados dones de cada miembro. No podemos ser iguales ni debemos serlo. La uniformidad no es idea de Dios. Somos uno en la diversidad. Ser diferentes nos hace complementarios. Dios gusta de ti, por eso te creó a ti. Y te dotó de los dones que quería para ti y que sólo a través de ti puso a disposición de los demás miembros del Cuerpo de Cristo. Eres único y entre todos somos uno. No le prives al Cuerpo de Cristo de las funciones que solo tu puedes darle o le estarías privando de la gracia de Dios que te concedió. La medida de la gracia que te ha sido dada es según la medida del don de Cristo. Lo que necesita su Cuerpo, la iglesia, es lo que te fue concedido. Tienes lo que necesitamos y tú necesitas lo que tenemos.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:8

Comentario general

4.8 El apóstol Pablo cita el Salmo 68.18 para hablar acerca de la ascensión de Cristo. En dicho Salmo, el escritor se refiere a la victoria que traía el arca de Dios para ellos a donde quiera que iban. Y, en tales victorias, siempre había botín que era repartido entre el pueblo de Dios a manera de dones (1 Sam. 30:26). Con el tiempo, el arca de Dios, símbolo de la Presencia de Dios, subió a lo alto del monte Sión donde habría de construirse el templo, ascendió. Todo esto es visto por el apóstol Pablo como una figura de la victoria de Cristo con su resurrección, siendo Él portador de la Presencia de Dios y ascendiendo no al monte, sino al tercer cielo a la diestra de Dios. Su ascensión ha traído dones a su pueblo, la iglesia. Dichos dones se refiere, según el versículo 11, a personas dotadas para el ministerio, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. La victoria de Cristo rescató botín de mano de los enemigos, vidas útiles a su reino (Col. 2:15). Llevó cautiva la cautividad es que puso fin a la imposibilidad que teníamos de ir a Dios (no teníamos acceso), hasta que Cristo resucitó y ascendió abriéndonos camino al Padre. Antes de Cristo nadie fue directamente al Padre, todos esperaban a Cristo para tal efecto (Juan 14:6).

— Roberto Tinoco

Efesios 4:9

Comentario general

4.9 Nuestro credo tiene implícito un descenso de Cristo al lugar de los muertos; doctrina basada en este versículo entre otros. Cristo primero descendió del cielo haciéndose Hombre y luego descendió al Hades o Seol habiendo sido muerto (pero su alma no sería deja en el Hades Hechos 2:31). Una vez muerto, el Señor descendió en principio a la tumba, por cuanto fue sepultado (1 Cor. 15:4). Y en tumba de rico, de José de Arimatea cabe señalar (Mar. 15:46). En segundo lugar, el Señor descendió al lugar de los muertos, es decir, a donde estaban los que habían muerto antes de que Cristo muriera y resucitara. Pongamos un límite, pues de ahí derivan algunos, doctrinas espiritistas, enseñando que es posible comunicarse con los muertos. Ellos nada saben de lo que se hace debajo del sol, es decir, de esta vida, y finalmente el mundo los olvida por completo, su memoria es puesta en olvido. Jesús había enseñado ya acerca del lugar de los muertos llamándolo “el seno de Abraham” la parte de los salvos y “el lugar de tormento”, para el sitio de los no salvos (Lucas 16:19-31). Lo conocemos como el rico y Lázaro. Cabe aclarar que no se trató de una parábola pues, Jesús usó nombres propios para dos de sus protagonistas, lo cual hizo jamás en sus parábolas. Se trataba de un evento real. Tampoco podemos pensar que estaba usando creencias populares, ¿acaso habría de enseñar los errores de los hombres? Tanto justos como injustos estaban en el mismo plano, pero separados el lugar de descanso del lugar de tormento por una gran sima, una especie de precipicio entre ambos. Al no poder ir ninguno a la Presencia de Dios hasta que Cristo fue por ellos, se cumplió la Palabra del Señor: nadie viene al Padre, sino es por mí (Juan 14:6). Jesús fue al Seol, Hades o seno de Abraham por los que habrían de ser llevados a Dios, por eso en el pasaje de Efesios que leímos dice que llevó cautiva la cautividad. Allí les habló acerca de la obra de salvación consumada en la cruz, Pedro habla de esto cuando dice: Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; 19 en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, 20 los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua (1 Pedro 3:18-20). Esto duró tres días (de jueves a domingo no como algunos suponen de viernes a domingo), los mismos que pasó muerto su cuerpo (Mateo 12:40).

— Roberto Tinoco

Efesios 4:10

Comentario general

4.10 Para quienes pudieran pensar que no es el mismo Jesús, el Hijo de Dios que descendió, el que ascendió, este versículo es claro al respecto. El que descendió, es el mismo que ascendió. Su ascenso se refiere a su muerte y Seol, las partes más bajas de la tierra, como deja ver el contexto. La idea es equiparar su humillación a su exaltación; descendiendo a lo más bajo, ascendió a lo más alto. Jesús no solo ascendió al cielo, sino por encima de todos los cielos (suponemos tres cielos, la atmósfera, el universo y la esfera celestial). El propósito de la ascensión de Cristo sobre todo, era llenarlo todo; es decir, que todo fue puesto debajo de su autoridad. La máxima autoridad sobre todo es Cristo.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:11

Comentario general

4.11-12 Los ministerios son dados por el Hijo y se refieren a las personas dotadas para ser ministros y gobierno de la iglesia; a fin de perfeccionar a los santos: Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Efesios 4:11-12). En los versículos 7 al 11 descubrimos que la ascensión de Cristo en resurrección hizo posible hacer de los otrora cautivos, dones para la iglesia. El versículo 11 nos enseña cuáles son esos dones: apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores maestros. El versículo 12 nos ayuda a entender su propósito: perfeccionar a los santos para que haciendo ellos el ministerio, el cuerpo de Cristo sea edificado. El versículo 13 demuestra que dichos ministerios todavía son necesarios, pues la iglesia aún está en crecimiento. Los versículos 14 y 15 manifiestan que los dones son, entre otras cosas, para el gobierno de la iglesia (1 Tim. 3:5). Y en 4:16 tenemos también que tal gobierno es extendido orgánicamente a través del cuerpo por los diversos líderes del mismo. Los ministros somos servidores de Cristo y mayordomos de los misterios de Dios (1 Cor. 4:1). Hablamos sabiduría de Dios en misterio (1 Cor. 2:7). A nosotros se refería Jesús al hablar del siervo fiel y prudente que da alimento a los demás criados del Señor (Mat. 24:45). Eso es lo que somos, servidores de la iglesia por causa de Cristo (2 Cor. 4:5; Col. 1:25). Los ministros no somos una especie especial ni un clero. Tampoco es ministro (don de Cristo) todo aquel que sirve en algún área de la iglesia sólo por el hecho de ser servidor. Hoy se le llama ministerio a todo y aunque efectivamente puede ser un servicio genuino, no debe ser tomado como un ministerio en el sentido de don de Cristo para gobierno de la iglesia. Menos aún tratándose de personas autonombradas a sí mismas como ministros. Para ser ministro se requiere primeramente el llamado de Dios (ejemplo de Pablo en Rom. 1:1,5; 1 Tim. 1:12; y 1 Cor. 15:10). Jesús dijo a los discípulos que rogaran al Señor de la mies para que enviara más obreros a su mies. El Señor dijo de Pablo: instrumento escogido me es este (Hch. 9:15). Y fue el Espíritu santo quien ordenó: apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra (Hch. 13:2). Pero además del llamamiento divino, también se necesita el reconocimiento de la iglesia en dos sentidos: Primero, la imposición de manos por parte del presbiterio o la autoridad espiritual de la iglesia (1 Tim. 4:14 vea contexto 12-16; 1 Tim. 5:22; Hch. 13:2-3; Tito 1:5). Y segundo, el reconocimiento de la iglesia (Hch. 15:39-40). Comúnmente se dice que son cinco ministerios, tomando al pastor y al maestro como dos ministerios diferentes; sin embargo, yo disiento de esto y voy a dar mi parecer como quien tiene el Espíritu del Señor. He escuchado que se han citado textos tales como Jueces 1:6-7 para equiparar los ministerios a los dedos de las manos y decir que son cinco, pero tal cosa es una explicación completamente sacada del contexto de las Escrituras. Ninguna aplicación es eficaz para fundamentar doctrina. Digo que son cuatro, primeramente, a causa de la gramática griega: Kai autós edoken toús men apostolous, Tous de profetas, Tous de evayyelistás, Tous de pimenas kaí didaskalous. Cuya traducción literal es: Y Él dio unos apóstoles, otros profetas, otros evangelistas, otros pastores y maestros. Tanto pastores como maestros están bajo el mismo artículo griego tous. En segundo lugar, uno de los requisitos del pastor es que sea apto para enseñar (1 Tim. 3:2; Tito 1:9). Puede ser pastor sin ser predicador, pero tiene que ser maestro. O bien, puede ser ambas cosas (1 Tim. 5:17); pero, ¿cómo será pastor si no da pastos? Por su parte, los maestros que no son pastores son contemplados dentro de las operaciones dadas por el Padre en Romanos 12:7; pero no son ministros gobernantes. En tercer lugar, obsérvese en 1 Corintios 12:28-29 como pareciera omitirse a los pastores, pero son mencionados en los maestros. Lo mismo tenemos en Hechos 13 (cabe mencionar que la combinación de profetas y maestros produce apóstoles). Los ministerios continúan los cuatro oficios que Cristo tenía. El Apóstol (Heb. 3:1-2); el Profeta (Dt. 18:18); el Evangelista (Mr. 1:14-15); y el Pastor Maestro (Juan 3:2; 10:14). Recordemos que su ministerio fue cuádruple: En Mateo es visto como el Rey. Su símbolo es el león. Es el apóstol. En Marcos se presenta como el Siervo Sufriente simbolizado por el buey. Representa al profeta. En Lucas tenemos a Jesús como el Hijo de Hombre, el hombre perfecto obediente al Padre. El evangelista. Y en el evangelio según Juan hallamos al Hijo de Dios. Su símbolo es el águila volando. Representa al pastor maestro. Recuerda que Juan dirige su evangelio a la iglesia, lo mismo que el enfoque del pastor. Pero no existe un quinto evangelio. Tenemos los mismos símbolos, así como una representación similar en la formación de los escuadrones y tribus de Israel en derredor del tabernáculo (Números 2:3-31): Al este Judá con la bandera de león y seguida por Isacar y Zabulón. Al sur Rubén con la bandera del buey o becerro y seguida de Simeón y Gad. Al oeste Efraín con su bandera de hombre y seguida de Manasés y Benjamín. Al norte Dan con su bandera de águila y seguida de Aser y Neptalí. Los cuatro seres vivientes de Apocalipsis 4:6-8 también hablan de las mismas facetas de Cristo como la vida divina que se nos manifestó (griego zoes); la cual es también la obra de los cuatro ministerios. Ellos tienen las mismas imágenes o figuras: el león, el becerro, el hombre y el águila volando. Semejante a esto son los cuatro colores de las cortinas del tabernáculo: Azul, el Hijo de Dios. Púrpura, el rey, el Mesías. Carmesí, el Siervo Sufriente. Y Lino fino, el Hombre perfecto. Una vez me preguntaron que entonces por qué la entrada al tabernáculo tenía cinco postes y si éstos no eran los llamados cinco ministerios. La respuesta es sencilla: no veas los cinco postes, sino los cuatro espacios intermedios como puertas. ¿Acaso no dijo el Señor Jesús que el Pastor es la Puerta de las ovejas? Argumentar más sobre el asunto resultaría interminable, así que mejor pasemos a considerar el propósito general de los ministerios como vasos de honra en la Casa de Dios: Uno, perfeccionar a los santos (Efesios 4:12). Perfeccionar implica madurar (compare Efesios 4:14; Fil. 3:15; Col. 1:28; 4:12). Perfeccionar también es equipar y capacitar (2 Tim. 3:16). En griego, perfeccionar es katartismo. Significa reparar el cuerpo colocando los huesos en su lugar a fin de que no esté descoyuntado. Esa es la obra de los ministerios. Dos, edificar la iglesia (Efesios 4:12). Dos ministerios son utilizados primordialmente para establecer el fundamento de la iglesia: los apóstoles y los profetas (Efesios 2:20; 3:5). Y dos ministerios trabajan preponderantemente para edificar sobre dicho fundamento: los evangelistas y los pastores maestros (1 Cor. 3:10). El resto de los hermanos de la iglesia son colaboradores. Tres, culminar el misterio de Cristo. El misterio de Dios es Cristo en su Cuerpo, que es la iglesia (Efesios 3:4-6). Y los ministerios tenemos como meta final el desarrollo del cuerpo de Cristo (Efesios 4:13-16); lo que habla de crecimiento (vr. 13), protección (vr. 14); dependencia de la Cabeza, Cristo (vr. 15); y dependencia del cuerpo, la iglesia (vr. 16). Cuatro, gobernar la iglesia (1 Timoteo 3:4-5) en un orden de autoridad: los apóstoles gobiernan los concilios de pastores. Los pastores gobiernan las iglesias locales. Los profetas fijan límites protectores a la iglesia. Y los evangelistas extienden los límites de la vida de la iglesia alcanzando nuevas almas.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:12

Comentario general

4.11-12 Los ministerios son dados por el Hijo y se refieren a las personas dotadas para ser ministros y gobierno de la iglesia; a fin de perfeccionar a los santos: Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Efesios 4:11-12). En los versículos 7 al 11 descubrimos que la ascensión de Cristo en resurrección hizo posible hacer de los otrora cautivos, dones para la iglesia. El versículo 11 nos enseña cuáles son esos dones: apóstoles, profetas, evangelistas, y pastores maestros. El versículo 12 nos ayuda a entender su propósito: perfeccionar a los santos para que haciendo ellos el ministerio, el cuerpo de Cristo sea edificado. El versículo 13 demuestra que dichos ministerios todavía son necesarios, pues la iglesia aún está en crecimiento. Los versículos 14 y 15 manifiestan que los dones son, entre otras cosas, para el gobierno de la iglesia (1 Tim. 3:5). Y en 4:16 tenemos también que tal gobierno es extendido orgánicamente a través del cuerpo por los diversos líderes del mismo. Los ministros somos servidores de Cristo y mayordomos de los misterios de Dios (1 Cor. 4:1). Hablamos sabiduría de Dios en misterio (1 Cor. 2:7). A nosotros se refería Jesús al hablar del siervo fiel y prudente que da alimento a los demás criados del Señor (Mat. 24:45). Eso es lo que somos, servidores de la iglesia por causa de Cristo (2 Cor. 4:5; Col. 1:25). Los ministros no somos una especie especial ni un clero. Tampoco es ministro (don de Cristo) todo aquel que sirve en algún área de la iglesia sólo por el hecho de ser servidor. Hoy se le llama ministerio a todo y aunque efectivamente puede ser un servicio genuino, no debe ser tomado como un ministerio en el sentido de don de Cristo para gobierno de la iglesia. Menos aún tratándose de personas autonombradas a sí mismas como ministros. Para ser ministro se requiere primeramente el llamado de Dios (ejemplo de Pablo en Rom. 1:1,5; 1 Tim. 1:12; y 1 Cor. 15:10). Jesús dijo a los discípulos que rogaran al Señor de la mies para que enviara más obreros a su mies. El Señor dijo de Pablo: instrumento escogido me es este (Hch. 9:15). Y fue el Espíritu santo quien ordenó: apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra (Hch. 13:2). Pero además del llamamiento divino, también se necesita el reconocimiento de la iglesia en dos sentidos: Primero, la imposición de manos por parte del presbiterio o la autoridad espiritual de la iglesia (1 Tim. 4:14 vea contexto 12-16; 1 Tim. 5:22; Hch. 13:2-3; Tito 1:5). Y segundo, el reconocimiento de la iglesia (Hch. 15:39-40). Comúnmente se dice que son cinco ministerios, tomando al pastor y al maestro como dos ministerios diferentes; sin embargo, yo disiento de esto y voy a dar mi parecer como quien tiene el Espíritu del Señor. He escuchado que se han citado textos tales como Jueces 1:6-7 para equiparar los ministerios a los dedos de las manos y decir que son cinco, pero tal cosa es una explicación completamente sacada del contexto de las Escrituras. Ninguna aplicación es eficaz para fundamentar doctrina. Digo que son cuatro, primeramente, a causa de la gramática griega: Kai autós edoken toús men apostolous, Tous de profetas, Tous de evayyelistás, Tous de pimenas kaí didaskalous. Cuya traducción literal es: Y Él dio unos apóstoles, otros profetas, otros evangelistas, otros pastores y maestros. Tanto pastores como maestros están bajo el mismo artículo griego tous. En segundo lugar, uno de los requisitos del pastor es que sea apto para enseñar (1 Tim. 3:2; Tito 1:9). Puede ser pastor sin ser predicador, pero tiene que ser maestro. O bien, puede ser ambas cosas (1 Tim. 5:17); pero, ¿cómo será pastor si no da pastos? Por su parte, los maestros que no son pastores son contemplados dentro de las operaciones dadas por el Padre en Romanos 12:7; pero no son ministros gobernantes. En tercer lugar, obsérvese en 1 Corintios 12:28-29 como pareciera omitirse a los pastores, pero son mencionados en los maestros. Lo mismo tenemos en Hechos 13 (cabe mencionar que la combinación de profetas y maestros produce apóstoles). Los ministerios continúan los cuatro oficios que Cristo tenía. El Apóstol (Heb. 3:1-2); el Profeta (Dt. 18:18); el Evangelista (Mr. 1:14-15); y el Pastor Maestro (Juan 3:2; 10:14). Recordemos que su ministerio fue cuádruple: En Mateo es visto como el Rey. Su símbolo es el león. Es el apóstol. En Marcos se presenta como el Siervo Sufriente simbolizado por el buey. Representa al profeta. En Lucas tenemos a Jesús como el Hijo de Hombre, el hombre perfecto obediente al Padre. El evangelista. Y en el evangelio según Juan hallamos al Hijo de Dios. Su símbolo es el águila volando. Representa al pastor maestro. Recuerda que Juan dirige su evangelio a la iglesia, lo mismo que el enfoque del pastor. Pero no existe un quinto evangelio. Tenemos los mismos símbolos, así como una representación similar en la formación de los escuadrones y tribus de Israel en derredor del tabernáculo (Números 2:3-31): Al este Judá con la bandera de león y seguida por Isacar y Zabulón. Al sur Rubén con la bandera del buey o becerro y seguida de Simeón y Gad. Al oeste Efraín con su bandera de hombre y seguida de Manasés y Benjamín. Al norte Dan con su bandera de águila y seguida de Aser y Neptalí. Los cuatro seres vivientes de Apocalipsis 4:6-8 también hablan de las mismas facetas de Cristo como la vida divina que se nos manifestó (griego zoes); la cual es también la obra de los cuatro ministerios. Ellos tienen las mismas imágenes o figuras: el león, el becerro, el hombre y el águila volando. Semejante a esto son los cuatro colores de las cortinas del tabernáculo: Azul, el Hijo de Dios. Púrpura, el rey, el Mesías. Carmesí, el Siervo Sufriente. Y Lino fino, el Hombre perfecto. Una vez me preguntaron que entonces por qué la entrada al tabernáculo tenía cinco postes y si éstos no eran los llamados cinco ministerios. La respuesta es sencilla: no veas los cinco postes, sino los cuatro espacios intermedios como puertas. ¿Acaso no dijo el Señor Jesús que el Pastor es la Puerta de las ovejas? Argumentar más sobre el asunto resultaría interminable, así que mejor pasemos a considerar el propósito general de los ministerios como vasos de honra en la Casa de Dios: Uno, perfeccionar a los santos (Efesios 4:12). Perfeccionar implica madurar (compare Efesios 4:14; Fil. 3:15; Col. 1:28; 4:12). Perfeccionar también es equipar y capacitar (2 Tim. 3:16). En griego, perfeccionar es katartismo. Significa reparar el cuerpo colocando los huesos en su lugar a fin de que no esté descoyuntado. Esa es la obra de los ministerios. Dos, edificar la iglesia (Efesios 4:12). Dos ministerios son utilizados primordialmente para establecer el fundamento de la iglesia: los apóstoles y los profetas (Efesios 2:20; 3:5). Y dos ministerios trabajan preponderantemente para edificar sobre dicho fundamento: los evangelistas y los pastores maestros (1 Cor. 3:10). El resto de los hermanos de la iglesia son colaboradores. Tres, culminar el misterio de Cristo. El misterio de Dios es Cristo en su Cuerpo, que es la iglesia (Efesios 3:4-6). Y los ministerios tenemos como meta final el desarrollo del cuerpo de Cristo (Efesios 4:13-16); lo que habla de crecimiento (vr. 13), protección (vr. 14); dependencia de la Cabeza, Cristo (vr. 15); y dependencia del cuerpo, la iglesia (vr. 16). Cuatro, gobernar la iglesia (1 Timoteo 3:4-5) en un orden de autoridad: los apóstoles gobiernan los concilios de pastores. Los pastores gobiernan las iglesias locales. Los profetas fijan límites protectores a la iglesia. Y los evangelistas extienden los límites de la vida de la iglesia alcanzando nuevas almas.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:13

Comentario general

4.13 Como Cuerpo, la iglesia debe crecer, desarrollarse. La iglesia es el nuevo hombre, cuya Cabeza es Cristo. Este nuevo hombre está en crecimiento y los ministerios que Cristo ha dado a la iglesia deben dedicarse, juntamente con todos los miembros del Cuerpo de Cristo, al desarrollo del mismo Cuerpo. Para el sano crecimiento, todos los creyentes debemos trabajar en unificar la fe. Evidentemente no se refiere a doctrina, pues habrá diferencias. Se trata de la fe confianza: todos los creyentes confiando en el Señor o, mejor dicho, unidos por nuestra confianza en Cristo. También, el Cuerpo requiere para su desarrollo la comunión con Cristo, esto es lo que el apóstol está diciendo con “el conocimiento del Hijo de Dios” (griego epignosis, conocimiento por relación, a diferencia de gnosis, conocimiento por información). A mayor comunión con Cristo, mayor nuestro crecimiento como iglesia. Conoces a Cristo como Salvador, debes conocerlo también como Hijo de Dios; es decir, en su deidad. Lo primero te salva; pero lo segundo te edifica. Por dicha relación con Jesucristo en unidad de la iglesia, es que un día la iglesia alcanzará a ser un varón perfecto; esto es, el Cuerpo de Cristo en madurez, plenitud. La medida de la estatura de la plenitud de Cristo, más exactamente “la medida de la madurez de la consumación de Cristo”. Entonces el propósito por el cual Dios creó todas las cosas, que era producir a la iglesia, estará terminado. El Padre tendrá su Hijo corporativo llamado Cristo y que se compone de Cristo como Cabeza y la iglesia como su Cuerpo. El Hijo tendrá el Cuerpo maduro, por lo que podrá sacar de ella a su iglesia esposa, como Eva fue sacada de Adán. Y el Espíritu Santo obtendrá la conclusión de su casa, entonces será la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. Como iglesia existimos para que Dios consiga este propósito.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:14

Comentario general

4.14 Madurando la iglesia, como el nuevo Hombre a lo que fue llamado ser, no será más un jardín de infantes fácilmente engañados por modas doctrinales. Los niños son crédulos que no distinguen la verdad del error, pueden admitir en sus creencias cualquier fantasía. Los cristianos inmaduros son semejantes, incluyen en su acervo de creencias cualquier cosa. A diferencia de los maduros, edificados por los ministerios y unidos en amor al resto del Cuerpo de Cristo, no son factibles al engaño, ya que están fundados en un férreo discipulado con la Palabra de Dios; aprendieron a gustar la verdad por lo que no son dados a recibir la mentira. Las falsas doctrinas son vientos, modas, ideas pasajeras. La sana doctrina es la misma desde el principio, es roca inconmovible. Los falsos maestros usan estratagemas, literalmente “cubos” (gr. kubeía), de esos que se utilizan para hacer suertes, para jugar y apostar. Son prestidigitadores de ideas, magos de las palabras. Siendo su propósito sacar provecho, de dinero, de poder o de ambos, tienen la habilidad y destreza (astucia, griego panourgía) para hacer trucos con el error haciéndolo parecer verdad.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:15

Comentario general

4.15 La manera de contrarrestar los vientos de doctrinas (que solo pueden hacerlo quienes son maduros en la fe) es seguir la verdad en amor. Algunos dicen seguir la verdad manteniendo el índice acusador y la lengua hiriente; esa no es la verdad. Eso es el cinismo de un corazón herido. Otros dicen seguir el amor, pero lo hacen sin verdad. Cómplices de la maldad excusándose en los sentimientos. Eso no es amor, sino sentimentalismo. El amor no hace nada indebido, por lo que jamás va contra la verdad. La iglesia madura sigue la verdad en amor; conserva la sana doctrina con la sana conducta; y todo esto, motivada por amor. No almacenes doctrinas, sino ama a los demás creyentes y, a causa de ellos, conserva y enseña la verdad. Entendamos verdad como realidad, el cumplimiento de la Palabra de Dios. La doctrina que no se practica no es la verdad; esto únicamente se consigue por medio del amor. Haciendo lo anteriormente dicho crecemos en todo, sin desbalance. Unos crecen en una cosa y otros en otra, pero la madurez cristiana es equilibrada creciendo en todo. Tal crecimiento no es el desarrollo individual, aunque desarrolla a los individuos; pero es mucho más. Es el crecimiento en relación a Cristo como Cabeza de la iglesia. Un asunto corporativo que permite que Cristo sea más en toda la iglesia. Crecer en Cristo es la iglesia en donde Cristo es su todo.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:16

Comentario general

4.16 La mutua dependencia cristiana es fundamental tanto para nuestra madurez como para cumplir el propósito de Dios. En unión a Cristo, los creyentes nos unimos entre nosotros como miembros de su cuerpo. Esto no es figurado, sino la realidad: pertenecemos a Cristo y nuestra vida está entrelazada. “Concertado” significa compuesto, estando los distintos miembros en donde deben estar y funcionando como deben de funcionar para el mutuo beneficio. “Unido entre sí” se refiere a que los distintos miembros de la iglesia se consideran como una sola vida y no varias; por tanto, trabajan en la edificación de todo el cuerpo y no solo en sus intereses individuales. ¿Cómo se logra esto? Mediante las coyunturas, es decir, aquellos hermanos dedicados a unir y mejorar o perfeccionar a los miembros mediante el alimento espiritual que les proveen, el rico suministro de Cristo como Logos. Son los promotores de la unidad y del discipulado. De hecho, en esto trabajamos todos, “según la actividad propia de cada miembro”, es decir, según la capacidad o dones con los que fue provisto cada uno en beneficio de la iglesia. Así es como el Cuerpo de Cristo va edificándose, creciendo; y así es como realmente se expresa el amor de Cristo en los miembros de su Cuerpo. El que ama a Dios, ama también a su hermano y lo demuestra usando sus habilidades y recursos para hacer crecer la iglesia. Por lo anteriormente dicho, no podemos conformarnos con una iglesia inmadura ni pequeña. Si tal es el caso, los miembros no se aman ni aman las almas como para agregarlas a la iglesia y discipularlas hasta la madurez. Los tales han dejado el interés del Cuerpo de Cristo sustituyéndolo por intereses personales y negándole las capacidades de las cuales fueron dotados. A esto se debe la amonestación del próximo versículo.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:17

Comentario general

4.17 Cada persona en este mundo que no conoce a Dios, se dedica a sí misma según se le ocurre en su propia mente. Esto es completamente diferente a la clase de vida a la que fuimos llamados. Se nos dio el suministro de Cristo, se nos hizo parte de su Cuerpo y se nos dotó para colaborar en su perfeccionamiento (4:16); pero si nos dedicamos cada uno de nosotros por separado únicamente a nosotros mismos, andaríamos como el resto del mundo (gentiles), haciendo lo que a cada quien se le ocurre. El Señor nos requiere que no hagamos esto.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:18

Comentario general

4.18 Sin la vida de Dios, el ser humano está en tinieblas, no entiende lo relativo a las cosas de Dios, necesita luz. No es un asunto de intelecto, sino de revelación por la Vida divina en nosotros. La luz revela la realidad; dicha luz es la vida del Señor, Él es la Luz. Mientras el hombre no tenga a Cristo como su Señor no tiene luz para entender lo relativo al reino de Dios, por lo que vive en lo irreal. Lo irreal es la ignorancia y endurece el corazón. Quien tiene duro el corazón no tiene a Dios, si tuviera su luz, habría recibido un nuevo y tierno corazón y comprendería las cosas de Dios.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:19

Comentario general

4.19 Sin la Vida divina se carece de luz para tener la vida correcta (4.18). Sin esta Vida, los seres humanos pierden “el escozor” (literal apalgéo, comezón); pierden las facultades de la conciencia, la cual señala la mala conducta produciendo culpa. De manera que terminan rindiéndose a la lascivia degenerando la sexualidad. La degeneración sexual es un síntoma de la ausencia de Dios.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:20

Comentario general

4.20 En contraste con el versículo anterior, los cristianos no deben tener degeneración sexual, pues poseen la Vida de Cristo, la cual enseña virtud (lee la nota 4.18). “Aprender” en este contexto no es la recepción del conocimiento intelectual, sino llegar al entendimiento que da la Vida; por ejemplo, el cerebro no necesita aprender para que el corazón bombee la sangre al cuerpo, simplemente es un conocimiento biológico, orgánico. Así sucede con el aprendizaje que recibimos de Cristo, va mas allá del conocimiento del discipulado bíblico (que debe tenerse como alimento), es el entendimiento espiritual de una Vida superior. La conciencia despierta y el creyente sabe por intuición lo que no debe hacer por no corresponder a dicha Vida o por cuanto la pone en riesgo.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:21

Comentario general

4.21 ¿Cómo puede alguno oír a Jesús y ser por Él enseñado? El apóstol se refiere a la Vida de Cristo dentro nuestro, la cual enseña de forma intuitiva y espiritual (lee las notas 4.18-20). La realidad (verdad) está en Jesús y estando Jesús en nosotros, la realidad está en nosotros; de manera que comprendemos lo que corresponde y lo que no corresponde a la vida cristiana. Si alguno no es dirigido por la Vida interior, ¿cómo es nacido de Dios? O, ¿cómo está la Verdad en Él?

— Roberto Tinoco

Efesios 4:22

Comentario general

4.22-24 Para comprender estas maravillosas palabras, debemos profundizar un poco. Jesús habló de que el cuerpo es más que el vestido (Mat. 6:25); en cierto modo, es un mejor vestido. El cuerpo también es un vestido (Pablo usó esta ilustración para referirse al cuerpo en 2 Cor. 5:2-3). En este sentido, hay algunos vestidos de gala y otros… pues, vestidos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; 3 pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos (2 Cor. 5:2-3). Con la caída, el hombre se vistió de carne. Esto puede ser ilustrado en el momento en el que Adán y su mujer fueron vestidos con pieles de animales después de haber pecado y haber sido destituidos de la gloria de Dios, es decir, de ser desnudados de la luz de gloria: Y YHWH Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió. Y dijo YHWH Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó YHWH del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado (Gen. 3:21-23). Vestidos de túnicas de animales tenían para con Dios apariencia de Cristo, pero para la vista de este mundo, su apariencia era la de animales. Ponte en el lugar de un ser de luz que ahora se miraba vestido de pieles de animales, no era muy grato. Jamás habían visto la muerte ni conocían una piel desde su lado interior, su aspecto y textura. El cuerpo presente es un cuerpo animal; como dice la Escritura: Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual (1 Cor. 15:44). Retira a un hombre las facultades de su alma y mirarás un animal, como Nabucodonosor quien se comportó como un animal viviendo en el campo por siete años cuando perdió la razón (Dan. 4). Si no fuera por el ser interior, sólo seríamos animales. El hombre natural está vestido de mortalidad: A partir de la caída, el hombre fue mortal. Sin embargo, la predicación del evangelio es la vida eterna; la cual comienza al momento de creer. Es posible vivir por encima de las limitaciones de esta vida, más allá de la muerte. No que se logre ser físicamente inmortal, sino que se puede tener un estilo de vida superior al promedio de los mortales en su calidad, y en ocasiones, también en su cantidad. Una ilustración de esta posibilidad es el primer sumo sacerdote, mientras Aarón estuvo vestido de vestiduras sacerdotales no podía morir, mas al ser despojado de ellas murió: Y Moisés desnudó a Aarón de sus vestiduras, y se las vistió a Eleazar su hijo; y Aarón murió allí en la cumbre del monte, y Moisés y Eleazar descendieron del monte (Num. 20:28). ¿No has leído que, al tomar indignamente la cena del Señor, algunos están débiles o enfermos y aun duermen anticipadamente? (1 Cor. 11:29-30). Al maltratar o menospreciar el Cuerpo de Cristo es como si se despojaran de sus nuevas ropas quedando desnudos y a merced de la intemperie del mal. Vemos a José, hijo de Jacob; quien antes de poder arrojarlo a la cisterna y luego venderlo como esclavo, hubo que despojarle de su túnica de colores. Y más tarde, para que la esposa de Potifar pudiera injuriarle acusándolo de intentar abusar de ella, se asió de su ropa y quedándose con dicha vestidura la usó de “prueba” contra él. Si pueden desnudarte podrán acusarte. También nuestro Señor Jesús fue desnudado antes de morir. Para que la muerte pueda tocarte (y con muerte me refiero a las tinieblas), debe hallarte desnudo del sacerdocio. Nuestro cuerpo no resiste la intemperie, se hiere, se agrieta, se cansa, se duele y se muere; como tampoco nuestra alma resiste el mal sin vestirse de Cristo. Como representantes de la humanidad, los profetas añoraban un mejor vestido. Ninguno lo consiguió, Elías y Juan el Bautista se vestían con pieles de animales, de hecho, todos los profetas procuraban vestirse así (ejemplo 2 Reyes 1:8; Zac. 13:4), era una manera de identificarse” con una especie que se había animalizado. El más cercano a lograr un mejor vestido fue Moisés a quien la piel de su rostro le llegó a resplandecer después de estar en el monte con Dios por cuarenta días. Pero sólo Jesús manifestó esa luz plenamente: Y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él (Mat. 17:2-3). Esta es la luz del ser interior; la que permite vivir encima de las limitaciones presentes; es la gloria interna que te impulsa a volar; es tu verdadera identidad. Fuiste vestido de animal, pero eres celestial. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Ef. 4:22-24). La influencia de los sentidos de un cuerpo animal trata de hacerte vivir externamente, aun así, viviremos internamente. La carne trata de engañarte haciéndote creer que eres polvo. …pero debes conservar tu identidad interior. Atendemos el cuerpo exterior, pero no es lo que somos. Como la ropa física: reparamos la ropa cuando se rompe y la planchamos cuando se arruga; esto es práctico y estético, pero no somos dicha ropa. Si intentamos vivir sólo por lo que el cuerpo necesita, estaremos afanados y no seremos más que animales. Saúl trató de vestir con sus ropas a David para enfrentar a Goliat, pero David no pudo andar con la ropa de Saúl (1 Sam. 17:38). No soy Saúl, no soy un rey temporal, no soy conforme al corazón de este mundo, no soy terrenal, no estoy endemoniado, no vivo en angustia; ¡yo soy David, estoy en Cristo, soy rey por decreto divino, soy conforme al corazón de Dios, soy celestial, soy libre! Cuando se producía un gran dolor, en la cultura bíblica judía, se rasgaban sus vestidos; ¿puedes dolerte lo suficiente para cambiar de vida? ¿Puedes decir: «esta ropa es una cárcel y no me conformaré un día más a sus limitaciones»? El gadareno libertado fue visto luego vestido y en su juicio cabal (Luc. 8:35). Mientras estuviste bajo la influencia del mal estuviste desnudo; pero ya fuiste libertado, ¿por qué andarás desnudo? Lo primero que el padre dijo al ver al pródigo volver, fue a sus criados: “traed el mejor vestido y vestidle” (Luc. 15:22). ¿Cómo sabes que has sido salvado? ¡Porque tienes un mejor vestido! ¡Tienes una nueva vida! Hoy mírate al espejo, da gracias por el cuerpo que ves, pero agradece también que no eres el cuerpo que ves. El cuerpo animal es un cuerpo de humillación; aun así, viviremos con honra porque estamos vestidos de Cristo. El cuerpo de carne es un vestido frágil; la piel es una tela que se rasga, se lastima, se deforma, se enferma, se envejece y se muere. Vas con el anciano en el asilo y en los momentos que recupera la cordura podría decirte: «yo no soy esto, yo estoy dentro… te lo probaré allá con mi cuerpo nuevo de gloria». Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas (Fil. 3:20-21). A pesar de que el presente sea un cuerpo de humillación, seremos humildes, mas no humillados. No nos arrastraremos. Incluso con la vejez, seremos honorables: la gloria de los jóvenes es su fuerza, y la hermosura de los ancianos es su vejez (Pr. 20:29.). En el libro de Ester vemos un símbolo glorioso, el rey Asuero, figura del Rey Eterno, preguntó: ¿Qué se hará al hombre cuya honra desea el Rey? Y Mardoqueo fue vestido con vestido real y paseado delante de todo el reino por el mismo enemigo Amán (Ester 6:11). ¡El Rey desea tu honra y te paseará ante todos vestido de Cristo! ¿Quieres ser humilde? Entonces no uses tu vestido de carne para el mal. Y al mismo tiempo, se glorioso, no permitamos que el cuerpo animal sea deshonroso, vamos a tratarlo gloriosamente y llevarlo a niveles celestiales. El cuerpo animal es débil, de carne, aun así, viviremos fuertes y santos. Pablo le llama miserable cuerpo de muerte (Rom. 7). …y aun así debemos tratarlo santamente. Cuando vives por el Espíritu, aunque andes en este mundo, podrás vivir de forma sobrenatural. Israel en el desierto experimentó por cuarenta años que sus vestidos no se envejecieran (Dt. 8:4); así, puedes andar en el desierto de esta tierra en forma gloriosa, sin que el pecado envejezca tu alma. No por nada Moisés a sus ciento veinte años no había perdido su vigor ni la luz de sus ojos. Jesús sanaba enfermos y resucitó muertos. Vístete de Cristo para vivir a Cristo en este mundo; en su momento, será mudado el vestido animal por el vestido de gloria. Mientras tanto, vístete de Cristo. Cuando sientes debilidad, humillación y limitantes, es cuando debes decir: «a pesar de todo, soy glorioso»; vístete de tu verdadera identidad en Cristo: No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, 10 y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno (Col. 3:10). Samuel era vestido por su madre Ana con una túnica sacerdotal cada año (1 Sam. 2:19). Esto es renovación. El vestido de este año es mejor que el anterior, vamos de gloria en gloria y no de carne en carne; de triunfo en triunfo y no de caída en caída. Fuimos invitados a la fiesta que el Padre hizo para su Hijo, pero debemos estar vestidos de boda (Mat. 22:11-12). Viviremos en este mundo vestidos de Cristo y en la resurrección, literalmente se nos cambiará este cuerpo por un vestido de gloria, entonces solo se verá Cristo en nosotros. Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos (2 Cor. 5:1-3). El apóstol usa dos figuras como una sola para referirse a nuestro cuerpo: una tienda de campaña como un vestido humilde que serán cambiados por un edificio como un glorioso vestido. Una mejor opción es que seamos revestidos del cuerpo de gloria sin ser desnudados en la muerte. Como la reina Ester, vistiéndonos con vestido real al tercer día para presentarnos ante el Rey (Ester 5:1). Glorificados sin pasar por la muerte: Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial. Esperamos el día de nuestro encuentro con el Señor: ¡Sí, ven Señor Jesús! Entonces seremos revestidos de gloria, su gloria. Vestidos de naturaleza divina: Toda gloriosa es la hija del rey en su morada; de brocado de oro es su vestido (Salmo 45:13). Prácticamente, la lucha es que fuimos vestidos de carne y Dios está observando quienes están dispuestos a ir más allá de esta limitación por la fe en Jesús, para regresarles la gloria perdida.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:23

Comentario general

4.22-24 Para comprender estas maravillosas palabras, debemos profundizar un poco. Jesús habló de que el cuerpo es más que el vestido (Mat. 6:25); en cierto modo, es un mejor vestido. El cuerpo también es un vestido (Pablo usó esta ilustración para referirse al cuerpo en 2 Cor. 5:2-3). En este sentido, hay algunos vestidos de gala y otros… pues, vestidos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; 3 pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos (2 Cor. 5:2-3). Con la caída, el hombre se vistió de carne. Esto puede ser ilustrado en el momento en el que Adán y su mujer fueron vestidos con pieles de animales después de haber pecado y haber sido destituidos de la gloria de Dios, es decir, de ser desnudados de la luz de gloria: Y YHWH Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió. Y dijo YHWH Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó YHWH del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado (Gen. 3:21-23). Vestidos de túnicas de animales tenían para con Dios apariencia de Cristo, pero para la vista de este mundo, su apariencia era la de animales. Ponte en el lugar de un ser de luz que ahora se miraba vestido de pieles de animales, no era muy grato. Jamás habían visto la muerte ni conocían una piel desde su lado interior, su aspecto y textura. El cuerpo presente es un cuerpo animal; como dice la Escritura: Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual (1 Cor. 15:44). Retira a un hombre las facultades de su alma y mirarás un animal, como Nabucodonosor quien se comportó como un animal viviendo en el campo por siete años cuando perdió la razón (Dan. 4). Si no fuera por el ser interior, sólo seríamos animales. El hombre natural está vestido de mortalidad: A partir de la caída, el hombre fue mortal. Sin embargo, la predicación del evangelio es la vida eterna; la cual comienza al momento de creer. Es posible vivir por encima de las limitaciones de esta vida, más allá de la muerte. No que se logre ser físicamente inmortal, sino que se puede tener un estilo de vida superior al promedio de los mortales en su calidad, y en ocasiones, también en su cantidad. Una ilustración de esta posibilidad es el primer sumo sacerdote, mientras Aarón estuvo vestido de vestiduras sacerdotales no podía morir, mas al ser despojado de ellas murió: Y Moisés desnudó a Aarón de sus vestiduras, y se las vistió a Eleazar su hijo; y Aarón murió allí en la cumbre del monte, y Moisés y Eleazar descendieron del monte (Num. 20:28). ¿No has leído que, al tomar indignamente la cena del Señor, algunos están débiles o enfermos y aun duermen anticipadamente? (1 Cor. 11:29-30). Al maltratar o menospreciar el Cuerpo de Cristo es como si se despojaran de sus nuevas ropas quedando desnudos y a merced de la intemperie del mal. Vemos a José, hijo de Jacob; quien antes de poder arrojarlo a la cisterna y luego venderlo como esclavo, hubo que despojarle de su túnica de colores. Y más tarde, para que la esposa de Potifar pudiera injuriarle acusándolo de intentar abusar de ella, se asió de su ropa y quedándose con dicha vestidura la usó de “prueba” contra él. Si pueden desnudarte podrán acusarte. También nuestro Señor Jesús fue desnudado antes de morir. Para que la muerte pueda tocarte (y con muerte me refiero a las tinieblas), debe hallarte desnudo del sacerdocio. Nuestro cuerpo no resiste la intemperie, se hiere, se agrieta, se cansa, se duele y se muere; como tampoco nuestra alma resiste el mal sin vestirse de Cristo. Como representantes de la humanidad, los profetas añoraban un mejor vestido. Ninguno lo consiguió, Elías y Juan el Bautista se vestían con pieles de animales, de hecho, todos los profetas procuraban vestirse así (ejemplo 2 Reyes 1:8; Zac. 13:4), era una manera de identificarse” con una especie que se había animalizado. El más cercano a lograr un mejor vestido fue Moisés a quien la piel de su rostro le llegó a resplandecer después de estar en el monte con Dios por cuarenta días. Pero sólo Jesús manifestó esa luz plenamente: Y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él (Mat. 17:2-3). Esta es la luz del ser interior; la que permite vivir encima de las limitaciones presentes; es la gloria interna que te impulsa a volar; es tu verdadera identidad. Fuiste vestido de animal, pero eres celestial. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Ef. 4:22-24). La influencia de los sentidos de un cuerpo animal trata de hacerte vivir externamente, aun así, viviremos internamente. La carne trata de engañarte haciéndote creer que eres polvo. …pero debes conservar tu identidad interior. Atendemos el cuerpo exterior, pero no es lo que somos. Como la ropa física: reparamos la ropa cuando se rompe y la planchamos cuando se arruga; esto es práctico y estético, pero no somos dicha ropa. Si intentamos vivir sólo por lo que el cuerpo necesita, estaremos afanados y no seremos más que animales. Saúl trató de vestir con sus ropas a David para enfrentar a Goliat, pero David no pudo andar con la ropa de Saúl (1 Sam. 17:38). No soy Saúl, no soy un rey temporal, no soy conforme al corazón de este mundo, no soy terrenal, no estoy endemoniado, no vivo en angustia; ¡yo soy David, estoy en Cristo, soy rey por decreto divino, soy conforme al corazón de Dios, soy celestial, soy libre! Cuando se producía un gran dolor, en la cultura bíblica judía, se rasgaban sus vestidos; ¿puedes dolerte lo suficiente para cambiar de vida? ¿Puedes decir: «esta ropa es una cárcel y no me conformaré un día más a sus limitaciones»? El gadareno libertado fue visto luego vestido y en su juicio cabal (Luc. 8:35). Mientras estuviste bajo la influencia del mal estuviste desnudo; pero ya fuiste libertado, ¿por qué andarás desnudo? Lo primero que el padre dijo al ver al pródigo volver, fue a sus criados: “traed el mejor vestido y vestidle” (Luc. 15:22). ¿Cómo sabes que has sido salvado? ¡Porque tienes un mejor vestido! ¡Tienes una nueva vida! Hoy mírate al espejo, da gracias por el cuerpo que ves, pero agradece también que no eres el cuerpo que ves. El cuerpo animal es un cuerpo de humillación; aun así, viviremos con honra porque estamos vestidos de Cristo. El cuerpo de carne es un vestido frágil; la piel es una tela que se rasga, se lastima, se deforma, se enferma, se envejece y se muere. Vas con el anciano en el asilo y en los momentos que recupera la cordura podría decirte: «yo no soy esto, yo estoy dentro… te lo probaré allá con mi cuerpo nuevo de gloria». Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas (Fil. 3:20-21). A pesar de que el presente sea un cuerpo de humillación, seremos humildes, mas no humillados. No nos arrastraremos. Incluso con la vejez, seremos honorables: la gloria de los jóvenes es su fuerza, y la hermosura de los ancianos es su vejez (Pr. 20:29.). En el libro de Ester vemos un símbolo glorioso, el rey Asuero, figura del Rey Eterno, preguntó: ¿Qué se hará al hombre cuya honra desea el Rey? Y Mardoqueo fue vestido con vestido real y paseado delante de todo el reino por el mismo enemigo Amán (Ester 6:11). ¡El Rey desea tu honra y te paseará ante todos vestido de Cristo! ¿Quieres ser humilde? Entonces no uses tu vestido de carne para el mal. Y al mismo tiempo, se glorioso, no permitamos que el cuerpo animal sea deshonroso, vamos a tratarlo gloriosamente y llevarlo a niveles celestiales. El cuerpo animal es débil, de carne, aun así, viviremos fuertes y santos. Pablo le llama miserable cuerpo de muerte (Rom. 7). …y aun así debemos tratarlo santamente. Cuando vives por el Espíritu, aunque andes en este mundo, podrás vivir de forma sobrenatural. Israel en el desierto experimentó por cuarenta años que sus vestidos no se envejecieran (Dt. 8:4); así, puedes andar en el desierto de esta tierra en forma gloriosa, sin que el pecado envejezca tu alma. No por nada Moisés a sus ciento veinte años no había perdido su vigor ni la luz de sus ojos. Jesús sanaba enfermos y resucitó muertos. Vístete de Cristo para vivir a Cristo en este mundo; en su momento, será mudado el vestido animal por el vestido de gloria. Mientras tanto, vístete de Cristo. Cuando sientes debilidad, humillación y limitantes, es cuando debes decir: «a pesar de todo, soy glorioso»; vístete de tu verdadera identidad en Cristo: No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, 10 y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno (Col. 3:10). Samuel era vestido por su madre Ana con una túnica sacerdotal cada año (1 Sam. 2:19). Esto es renovación. El vestido de este año es mejor que el anterior, vamos de gloria en gloria y no de carne en carne; de triunfo en triunfo y no de caída en caída. Fuimos invitados a la fiesta que el Padre hizo para su Hijo, pero debemos estar vestidos de boda (Mat. 22:11-12). Viviremos en este mundo vestidos de Cristo y en la resurrección, literalmente se nos cambiará este cuerpo por un vestido de gloria, entonces solo se verá Cristo en nosotros. Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos (2 Cor. 5:1-3). El apóstol usa dos figuras como una sola para referirse a nuestro cuerpo: una tienda de campaña como un vestido humilde que serán cambiados por un edificio como un glorioso vestido. Una mejor opción es que seamos revestidos del cuerpo de gloria sin ser desnudados en la muerte. Como la reina Ester, vistiéndonos con vestido real al tercer día para presentarnos ante el Rey (Ester 5:1). Glorificados sin pasar por la muerte: Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial. Esperamos el día de nuestro encuentro con el Señor: ¡Sí, ven Señor Jesús! Entonces seremos revestidos de gloria, su gloria. Vestidos de naturaleza divina: Toda gloriosa es la hija del rey en su morada; de brocado de oro es su vestido (Salmo 45:13). Prácticamente, la lucha es que fuimos vestidos de carne y Dios está observando quienes están dispuestos a ir más allá de esta limitación por la fe en Jesús, para regresarles la gloria perdida.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:24

Comentario general

4.22-24 Para comprender estas maravillosas palabras, debemos profundizar un poco. Jesús habló de que el cuerpo es más que el vestido (Mat. 6:25); en cierto modo, es un mejor vestido. El cuerpo también es un vestido (Pablo usó esta ilustración para referirse al cuerpo en 2 Cor. 5:2-3). En este sentido, hay algunos vestidos de gala y otros… pues, vestidos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; 3 pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos (2 Cor. 5:2-3). Con la caída, el hombre se vistió de carne. Esto puede ser ilustrado en el momento en el que Adán y su mujer fueron vestidos con pieles de animales después de haber pecado y haber sido destituidos de la gloria de Dios, es decir, de ser desnudados de la luz de gloria: Y YHWH Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió. Y dijo YHWH Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó YHWH del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado (Gen. 3:21-23). Vestidos de túnicas de animales tenían para con Dios apariencia de Cristo, pero para la vista de este mundo, su apariencia era la de animales. Ponte en el lugar de un ser de luz que ahora se miraba vestido de pieles de animales, no era muy grato. Jamás habían visto la muerte ni conocían una piel desde su lado interior, su aspecto y textura. El cuerpo presente es un cuerpo animal; como dice la Escritura: Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual (1 Cor. 15:44). Retira a un hombre las facultades de su alma y mirarás un animal, como Nabucodonosor quien se comportó como un animal viviendo en el campo por siete años cuando perdió la razón (Dan. 4). Si no fuera por el ser interior, sólo seríamos animales. El hombre natural está vestido de mortalidad: A partir de la caída, el hombre fue mortal. Sin embargo, la predicación del evangelio es la vida eterna; la cual comienza al momento de creer. Es posible vivir por encima de las limitaciones de esta vida, más allá de la muerte. No que se logre ser físicamente inmortal, sino que se puede tener un estilo de vida superior al promedio de los mortales en su calidad, y en ocasiones, también en su cantidad. Una ilustración de esta posibilidad es el primer sumo sacerdote, mientras Aarón estuvo vestido de vestiduras sacerdotales no podía morir, mas al ser despojado de ellas murió: Y Moisés desnudó a Aarón de sus vestiduras, y se las vistió a Eleazar su hijo; y Aarón murió allí en la cumbre del monte, y Moisés y Eleazar descendieron del monte (Num. 20:28). ¿No has leído que, al tomar indignamente la cena del Señor, algunos están débiles o enfermos y aun duermen anticipadamente? (1 Cor. 11:29-30). Al maltratar o menospreciar el Cuerpo de Cristo es como si se despojaran de sus nuevas ropas quedando desnudos y a merced de la intemperie del mal. Vemos a José, hijo de Jacob; quien antes de poder arrojarlo a la cisterna y luego venderlo como esclavo, hubo que despojarle de su túnica de colores. Y más tarde, para que la esposa de Potifar pudiera injuriarle acusándolo de intentar abusar de ella, se asió de su ropa y quedándose con dicha vestidura la usó de “prueba” contra él. Si pueden desnudarte podrán acusarte. También nuestro Señor Jesús fue desnudado antes de morir. Para que la muerte pueda tocarte (y con muerte me refiero a las tinieblas), debe hallarte desnudo del sacerdocio. Nuestro cuerpo no resiste la intemperie, se hiere, se agrieta, se cansa, se duele y se muere; como tampoco nuestra alma resiste el mal sin vestirse de Cristo. Como representantes de la humanidad, los profetas añoraban un mejor vestido. Ninguno lo consiguió, Elías y Juan el Bautista se vestían con pieles de animales, de hecho, todos los profetas procuraban vestirse así (ejemplo 2 Reyes 1:8; Zac. 13:4), era una manera de identificarse” con una especie que se había animalizado. El más cercano a lograr un mejor vestido fue Moisés a quien la piel de su rostro le llegó a resplandecer después de estar en el monte con Dios por cuarenta días. Pero sólo Jesús manifestó esa luz plenamente: Y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él (Mat. 17:2-3). Esta es la luz del ser interior; la que permite vivir encima de las limitaciones presentes; es la gloria interna que te impulsa a volar; es tu verdadera identidad. Fuiste vestido de animal, pero eres celestial. En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad (Ef. 4:22-24). La influencia de los sentidos de un cuerpo animal trata de hacerte vivir externamente, aun así, viviremos internamente. La carne trata de engañarte haciéndote creer que eres polvo. …pero debes conservar tu identidad interior. Atendemos el cuerpo exterior, pero no es lo que somos. Como la ropa física: reparamos la ropa cuando se rompe y la planchamos cuando se arruga; esto es práctico y estético, pero no somos dicha ropa. Si intentamos vivir sólo por lo que el cuerpo necesita, estaremos afanados y no seremos más que animales. Saúl trató de vestir con sus ropas a David para enfrentar a Goliat, pero David no pudo andar con la ropa de Saúl (1 Sam. 17:38). No soy Saúl, no soy un rey temporal, no soy conforme al corazón de este mundo, no soy terrenal, no estoy endemoniado, no vivo en angustia; ¡yo soy David, estoy en Cristo, soy rey por decreto divino, soy conforme al corazón de Dios, soy celestial, soy libre! Cuando se producía un gran dolor, en la cultura bíblica judía, se rasgaban sus vestidos; ¿puedes dolerte lo suficiente para cambiar de vida? ¿Puedes decir: «esta ropa es una cárcel y no me conformaré un día más a sus limitaciones»? El gadareno libertado fue visto luego vestido y en su juicio cabal (Luc. 8:35). Mientras estuviste bajo la influencia del mal estuviste desnudo; pero ya fuiste libertado, ¿por qué andarás desnudo? Lo primero que el padre dijo al ver al pródigo volver, fue a sus criados: “traed el mejor vestido y vestidle” (Luc. 15:22). ¿Cómo sabes que has sido salvado? ¡Porque tienes un mejor vestido! ¡Tienes una nueva vida! Hoy mírate al espejo, da gracias por el cuerpo que ves, pero agradece también que no eres el cuerpo que ves. El cuerpo animal es un cuerpo de humillación; aun así, viviremos con honra porque estamos vestidos de Cristo. El cuerpo de carne es un vestido frágil; la piel es una tela que se rasga, se lastima, se deforma, se enferma, se envejece y se muere. Vas con el anciano en el asilo y en los momentos que recupera la cordura podría decirte: «yo no soy esto, yo estoy dentro… te lo probaré allá con mi cuerpo nuevo de gloria». Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas (Fil. 3:20-21). A pesar de que el presente sea un cuerpo de humillación, seremos humildes, mas no humillados. No nos arrastraremos. Incluso con la vejez, seremos honorables: la gloria de los jóvenes es su fuerza, y la hermosura de los ancianos es su vejez (Pr. 20:29.). En el libro de Ester vemos un símbolo glorioso, el rey Asuero, figura del Rey Eterno, preguntó: ¿Qué se hará al hombre cuya honra desea el Rey? Y Mardoqueo fue vestido con vestido real y paseado delante de todo el reino por el mismo enemigo Amán (Ester 6:11). ¡El Rey desea tu honra y te paseará ante todos vestido de Cristo! ¿Quieres ser humilde? Entonces no uses tu vestido de carne para el mal. Y al mismo tiempo, se glorioso, no permitamos que el cuerpo animal sea deshonroso, vamos a tratarlo gloriosamente y llevarlo a niveles celestiales. El cuerpo animal es débil, de carne, aun así, viviremos fuertes y santos. Pablo le llama miserable cuerpo de muerte (Rom. 7). …y aun así debemos tratarlo santamente. Cuando vives por el Espíritu, aunque andes en este mundo, podrás vivir de forma sobrenatural. Israel en el desierto experimentó por cuarenta años que sus vestidos no se envejecieran (Dt. 8:4); así, puedes andar en el desierto de esta tierra en forma gloriosa, sin que el pecado envejezca tu alma. No por nada Moisés a sus ciento veinte años no había perdido su vigor ni la luz de sus ojos. Jesús sanaba enfermos y resucitó muertos. Vístete de Cristo para vivir a Cristo en este mundo; en su momento, será mudado el vestido animal por el vestido de gloria. Mientras tanto, vístete de Cristo. Cuando sientes debilidad, humillación y limitantes, es cuando debes decir: «a pesar de todo, soy glorioso»; vístete de tu verdadera identidad en Cristo: No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, 10 y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno (Col. 3:10). Samuel era vestido por su madre Ana con una túnica sacerdotal cada año (1 Sam. 2:19). Esto es renovación. El vestido de este año es mejor que el anterior, vamos de gloria en gloria y no de carne en carne; de triunfo en triunfo y no de caída en caída. Fuimos invitados a la fiesta que el Padre hizo para su Hijo, pero debemos estar vestidos de boda (Mat. 22:11-12). Viviremos en este mundo vestidos de Cristo y en la resurrección, literalmente se nos cambiará este cuerpo por un vestido de gloria, entonces solo se verá Cristo en nosotros. Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos (2 Cor. 5:1-3). El apóstol usa dos figuras como una sola para referirse a nuestro cuerpo: una tienda de campaña como un vestido humilde que serán cambiados por un edificio como un glorioso vestido. Una mejor opción es que seamos revestidos del cuerpo de gloria sin ser desnudados en la muerte. Como la reina Ester, vistiéndonos con vestido real al tercer día para presentarnos ante el Rey (Ester 5:1). Glorificados sin pasar por la muerte: Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial. Esperamos el día de nuestro encuentro con el Señor: ¡Sí, ven Señor Jesús! Entonces seremos revestidos de gloria, su gloria. Vestidos de naturaleza divina: Toda gloriosa es la hija del rey en su morada; de brocado de oro es su vestido (Salmo 45:13). Prácticamente, la lucha es que fuimos vestidos de carne y Dios está observando quienes están dispuestos a ir más allá de esta limitación por la fe en Jesús, para regresarles la gloria perdida.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:25

Comentario general

4.25 “Por lo cual” -liga lo que va a decirse con lo anteriormente expresado. Esto es, por cuanto te has vestido del Nuevo Hombre, creado según Dios, es que debes desechar la mentira, la falsedad, lo que no es genuino. ¿Cómo podrías estar vestido según el nuevo Hombre en Cristo reteniendo las características del viejo hombre sin Cristo? La evidencia de vestirse de Cristo es ser genuino conforme al diseño de Dios. Habla la verdad, tus palabras correspondan con lo genuino en Cristo si eres de la verdad. Cierta vez, Jesús reprendió a los religiosos diciéndoles que “¿cómo podían hablar lo bueno siendo malos?”; habían llegado a tal punto de simulación, que podían falsificar la verdad. Aunque de la abundancia del corazón habla la boca, el religioso puede hablar bien siendo malo; es decir, simular la verdad. Por ello es que no solo debes hablar la verdad, sino primero desechar la mentira, lo falso. No se trata únicamente de buenas costumbres o de apariencia decente, sino de auténtica vida cristiana. La razón para desechar la mentira y hablar la verdad es que pertenecemos al Cuerpo de Cristo. Somos miembros los unos de los otros y si un miembro es necrótico porque la muerte ha llegado a él, será cortado. Desecha todo aquello que tiene muerte, la falsedad y la mentira.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:26

Comentario general

4.26 Quien se ha vestido del nuevo Hombre, es decir, de Cristo, ha de manifestar el carácter de Cristo. El Señor, durante los días de su carne, manifestó ira, por ejemplo, cuando sacó a los vendedores del templo de Jerusalén; sin embargo, expresaba dichas emociones sólo si era necesario y una vez cumplido su cometido, se despojaba de dicho sentimiento. Como si el apóstol Pablo dijera: “Siendo que el Señor habita en ti, ¿no debiera reflejarse su carácter en ti?” Toda emoción, especialmente aquella que podríamos llamar negativa, debe terminarse en el mismo día que se siente. “No se ponga el sol sobre vuestro enojo”, fin del asunto. Cargar este tipo de sentimientos de un día para otro aumenta el pesar y los problemas. Quien así hace se amargará y será infeliz, por no decir, además, que, se provocará males, incluyendo de salud. La noche y el dormir parecen funcionar como una especie de morir y volver a nacer, un resetear la mente y el corazón. No es posible renovarse si se arrastran los malos sentimientos día con día. El alma estará anclada y sin avance.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:27

Comentario general

4.27 Nuestra vida pertenece a Dios, fuimos rescatados de las tinieblas al reino del Hijo de Dios. Es de suponerse que todo en nosotros pertenece al Señor y ha de conducirse en luz; sin embargo, el inspirado escritor introduce palabras que alertan contra la posibilidad de que el diablo, el enemigo de Dios y de nuestras almas, tome lugar o tenga acceso a nuestro contexto de vida por haberle dado nosotros dicha oportunidad. No que entre en nuestro ser poseyéndonos, pues no pueden habitar la luz y las tinieblas juntas ni Cristo con Belial (2 Cor. 6:15); pero sí que pueda intervenir en nuestros asuntos estorbándonos el desarrollo cristiano y el crecimiento. Eso es lo que significa: “dar lugar”. Según el contexto, no vestirse del nuevo Hombre en Cristo, no despojarse de la mentira y conservar la ira y emociones semejantes de uno día para otro, da posibilidades al acusador, al diablo, de afectar ámbitos de nuestra vida. Lo anterior, juntamente con lo posterior al versículo; esto es, lo dicho en los versículos 28 al 32 que podríamos resumir con no regresar a las prácticas anteriores a nuestra fe cristiana.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:28

Comentario general

4.28 ¿Eres cristiano? Debe notarse la diferencia. Ya no haces lo que hacías. El robo es prohibido en los diez mandamientos, eh allí su importancia. Si alguno es cristiano debe vestirse del nuevo Hombre y ser una persona productiva. Cristo no roba, produce, crea; y todo el que tiene a Cristo debe manifestar su productividad. ¿Cómo será alguno creyente si carece de frutos? ¿Acaso no es desarraigado el árbol que no da fruto? Y si es cortado el árbol improductivo, ¿qué será de aquel que da malos frutos robando? Y no solo dejar de robar siendo en su lugar, una persona productiva trabajando; sino hacerlo con el propósito de ser generosos con aquellos que lo necesiten. Trabajar y hacer riquezas para bendecir a otros. Ni codicia ni pereza, tampoco avaricia; sino productividad con generosidad.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:29

Comentario general

4.29-31 Los versículos del 29 al 31 son muy significativos respecto a nuestra relación con Dios. Podríamos llamarlos: “osas que entristecen al Espíritu Santo”. Hay ocasiones cuando los ratones o ratas pueden introducirse a escondidas en las casas de las personas; luego, por deshacerse de ellos algunos ponen trampas o veneno. Hoy existen medios para eliminarlos de forma tal que parezca que nunca estuvieron allí; pero también existen medios que pueden provocar su muerte y descomposición dentro de la casa; teniendo que salirse de la misma hasta que un experto los encuentre y saque del hogar. Mientras tanto, ¿quién soporta vivir allí? Así es el reino de los cielos; existen ratones éticos que se introducen a la vida de los creyentes en forma de hábitos y conductas incorrectas produciendo tal olor moral y espiritual que el Espíritu Santo prefiere mantenerse al margen de dicha persona. El Espíritu Santo no es una fuerza, energía ni cosa; sino una Persona. La Escritura presenta que tiene sentimientos y voluntad; precisamente debido a estos sentimientos es que debemos tener cuidado de no contristarlo. Es el Espíritu santo quien redarguye al mundo de justicia, pecado y juicio; asimismo, es el Espíritu Santo quien realiza la obra de santificación de los creyentes y quien nos guía a toda verdad y justicia; Él es el Consolador de quien habló Jesús que vendría a evitar nuestra orfandad; también, es el Espíritu Santo quien capacita a la iglesia con dones espirituales y manifestaciones sobrenaturales; prácticamente toda obra de Dios en la iglesia es hecha por Él; por lo mismo, contristarlo priva de toda posibilidad de trato con Dios. Es un mandato apostólico no contristar al Espíritu Santo. Las actitudes que debemos cambiar descritas en estos versículos no fueron ordenadas para que nos sintamos mejor o más cómodos o para que tengamos una vida feliz. La razón del mandamiento es no pecar contra el Espíritu. El pecado contra el Padre y contra el Hijo es resuelto en la cruz, pero el pecado contra el Espíritu acarrea terribles consecuencias y puede llegar al punto de no tener más perdón. Contristar traduce el griego lypeo, que significa “angustiar, causar dolor, pena o aflicción”. Se supone que toda relación debe producir alegría, ¿seguirías con una persona que continuamente te aflige? El Espíritu Santo no seguirá relacionándose con aquel que le produzca sufrimiento. La Palabra dice que fuimos sellados con el Espíritu para el día de la redención. ¿Ya fuimos redimidos o seremos redimidos? Debemos entender que estamos siendo redimidos. Nuestro espíritu fue redimido por la sangre de Cristo; nuestra alma está siendo redimida con la Palabra de Dios; pero nuestro cuerpo será redimido por el Espíritu Santo que resucitó a Jesús. Sin la sangre no tienes perdón de pecados ni naces de nuevo; sin la Palabra no recibes transformación del alma; y sin el Espíritu jamás resucitarás incorruptible. Sin embargo, la Palabra dice que el Espíritu Santo ya nos fue dado como un sello para la redención. Un sello (gr. Sfragízo) es una estampa producida por un anillo. El Antiguo Testamento presenta ejemplos de reyes que sellaron edictos para hacerlos inquebrantables. Tú fuiste sellado, el Rey eterno te selló, puso su estampa en tu vida; dicha estampa es el Espíritu santo, tienes una marca puesta por Dios que declara que tú eres de su propiedad. El cielo lo sabe, el infierno no tiene ninguna duda al respecto, la tierra lo sospecha, y tú, ¿sabes que tienes una marca que dice: “Propiedad de Dios esperando el día de revestirse de gloria”? ¿Cómo sabes si has o no contristado al Espíritu? Primero, lo sabrás si has hecho las cosas que la Palabra dice que no deberías hacer; y segundo, lo sabes si tu propio espíritu está triste, pues, ¿cómo estarías triste si el Espíritu está gozoso en tu interior? Otra forma de darse cuenta es que practicas el pecado y no te sientes mal. Hay palabras que entristecen al Espíritu Santo: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca…” Palabra corrompidas. En griego logos sapros se refiere a palabras podridas, como frutas descompuestas y malolientes. Es mal aliento, aliento podrido. Te habrá pasado sentirte incómodo al hablar con otra persona sintiendo que tienes mal aliento, prefieres hablar de lado, taparte la boca o simplemente rehuir la conversación. ¡Y no se diga la otra persona! Pues bien, ¿cómo mantener la comunión con Dios con mal aliento espiritual? Si tú eres de esas personas que hablan serpientes, no esperes que la Paloma permanezca contigo. ¿Por qué las palabras corrompidas entristecen al Espíritu? Las palabras no son insignificantes, hablar nunca es un acto inocente. La Escritura dice que daremos cuenta de todas nuestras palabras, ¡de todas! Las palabras son importantes porque están hechas de viento, ¿sabías que el mismo término que se usa para espíritu, se usa también para viento? No estás soltando viento por tu boca, sino vida o muerte espiritual. Recuerda que Dios sopló en nosotros aliento de vida. Jesús decía que sus palabras son espíritu y son vida. Para el Espíritu Santo tus palabras son fundamentales, prácticamente la base de la relación con Él. ¿Nunca te habías preguntado por qué el hablar en lenguas es un don preponderante en su manifestación al recibir el Espíritu santo? Hablar palabras podridas es hablar con un espíritu de muerte; mientras que el Espíritu Santo es un Espíritu de Vida; en otras palabras, las palabras corrompidas son ataques directos a su Persona. Cada vez que maldices, hablas deshonestamente, cuentas chistes inmorales o bromas pasadas de tono, ¡insultas al Espíritu! Cada vez que murmuras o chismeas, ¡estás atacando al Espíritu! Por el contrario, debemos hablar palabras edificantes: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes”. Para que las palabras sean edificantes deben tener un contenido bueno, bendecidor, pero también decirse adecuadamente y en el tiempo que deben hablarse. Hablar lo que conviene: “Besados serán los labios del que responde palabras rectas” (Pr. 24:26). No se trata de hablar palabras bonitas solamente, sino de hablar palabras llenas de contenido; al hablar estás comunicando algo realmente y no soltando sonidos hablando por hablar. Jesús dijo que el hombre dará cuenta de toda palabra ociosa que hable (Mat. 12:36). Lee también Mateo 12:34-37. ¿Qué es una palabra ociosa? Hay palabras ociosas en dos sentidos: unas dichas descuidadamente y otras dichas sin congruencia con la conducta. Cuida tus pensamientos para que no divagues con tus palabras; organiza tus ideas y abre la boca con entendimiento. Y todo lo que hables vívelo. Sé congruente. Habla la verdad y vive la verdad. Es terrible tener la boca de oro y los pies de barro. Los labios que hablan rectamente serán besados, dice Proverbios. Las mujeres lo saben muy bien, ellas tienen un corazón receptivo que se enamora del corazón, por eso son enamoradas por las palabras; ellas besan los labios que hablan rectamente. Mantener una forma de hablar limpia, honesta, santa, que bendice y enfatiza lo bueno atrae el amor de los demás. Están también aquellos que hablan lo malo, los negativos, aquellos que todo lo expresan sin fe: “no, no es posible”, “demasiado bueno para ser cierto”, “las cosas se van a poner peor”, etc. El idioma del cielo es la fe, el Espíritu habla fe y no tiene conversaciones con incrédulos; ¿cómo realizar milagros entre aquellos que piensan que es imposible? Hablar como conviene: “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene” (Pr. 25:11). Además de hablar lo recto, es decir, aquello que tiene contenido, también hay que hablar con las palabras correctas. Es patético encontrar cristianos hablando incorrectamente, cuando se supone que nosotros vivimos por la Palabra. ¿No vives tú por la Palabra? Entonces, ¿por qué habrías de pronunciar incorrectamente las palabras? Cultiva tu corazón con buen contenido para que al hablar no sean las novelas ni los chismes tus referencias, sino la verdad. Lee libros que digan cosas relevantes para el reino; prepárate aún en el vocabulario, perfecciona tus palabras y tus oraciones, aprende a hablar bien y el bien. Nota el pasaje: manzana de oro con figuras de plata; palabras adornadas. Eclesiastés dice: “Y cuanto más sabio fue el Predicador, tanto más enseñó sabiduría al pueblo; e hizo escuchar, e hizo escudriñar, y compuso muchos proverbios. Procuró el Predicador hallar palabras agradables, y escribir rectamente palabras de verdad. Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor” (Ecl. 12:9-11). Los flojos para pensar, así como aquellos a los que no les importan los demás ni sus sentimientos se excusan: “yo digo las cosas como son”; falso, tú dices las cosas sin gracia. No solo tenemos que dar Buenas Noticias, sino presentarlas como tales. El platillo debe ser delicioso, pero además bueno a la vista. El contenido de lo que hablas sube de valor cuando lo hablas con gracia, es manzana de oro con figuras de plata, fruto divino que redime. Hablar cuando conviene: “El hombre se alegra con la respuesta de su boca; y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!” (Pr. 15:23). Una vez que aprendemos lo que debemos hablar y cómo debemos hablarlo, debemos considerar también cuándo debemos abrir la boca. Las palabras a destiempo pueden producir el mal. “El que bendice a su amigo en alta voz, madrugando de mañana, por maldición se le contará” (Pr. 27:14). Las personas descontroladas emocionalmente hablan en cuanto se les ocurre algo, incluso llegan a hablar porque lo sienten sin siquiera pensarlo. Si eres rápido para hablar debes cambiar para no contristar al Espíritu. La Palabra enseña que seamos prontos para oír y tardos para hablar (Stg. 1:19). Recibir una palabra profética no implica salir corriendo a decirla; ¿por qué te apresuras? ¿Estás más interesado en parecer profeta que en el bien del hermano? Considera la música, es bella por los silencios y los tiempos. Si todos tocan a la vez sin espacio entre las notas será un verdadero caos; y si todos hablan sin conocer los tiempos producirán caos. Conoce lo que debes decir y cómo decirlo, pero aprende también cuándo hablarlo. Habla palabras con gracia: “a fin de dar gracia a los oyentes”. Equilibrio entre la palabra de verdad y la palabra de gracia. El propósito de aprender a hablar en una forma que no contriste al Espíritu Santo es proporcionar gracia. Cada vez que hablas debe ser visto por los que te escuchen como un favor de Dios y no como una bocina en el oído. Hay un equilibrio entre la gracia y la verdad; si todo lo que haces es apegar tus palabras a la justicia, un día serás medido de forma muy severa; debes aprender a hablar con gracia, con favor, con misericordia. La verdad desnuda, pero la gracia reviste. La verdad te juzga, pero la gracia te justifica. Hablamos la verdad, pero sazonada con gracia. Jesús, la corporificación de la gracia. Hablar con gracia es más que hablar palabras bonitas, es hablar a Cristo. Él es el Logos, la palabra de Dios, el Verbo. Cristo es la corporificación de la gracia de Dios: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:14, 17). Hablar la gracia y la verdad en equilibrio es hablar a Cristo. A algunos les gusta hablar la ley, sus palabras son un espejo para los demás, pero otros hablan a Cristo, sus palabras están llenas de gracia y de realidad. Jesús era así, bastaba escucharlo para seguirlo; lleno de gracia y de verdad, ¡con razón el Espíritu se derramó sobre Jesús! No solo no contristaba al Espíritu con sus palabras, sino que lo atraía. Él dijo: “yo hablo lo que oigo a mi Padre” (Juan 8:28, 38; 12:50). ¡Impresionante! ¿Sabes que hablamos lo que escuchamos? ¿Qué estás hablando tú? Si quieres hablar de modo que des gracia a quienes te oigan, debes primero tú escuchar hablar a Cristo, Él es lleno de gracia. La gracia se derrama en sus labios: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios; por tanto, Dios te ha bendecido para siempre” (Salmo 45:2). ¿Te das cuenta de la importancia de hablar gracia? ¡Dios te bendice siempre! En tu boca hay un sinfín de bendiciones; ¿Sabes que la tierra prometida está en tu boca? (Cant. 4:11). Habla de tal modo que des gracia a tus oyentes y el Espíritu se encargará de bendecirte a ti. Comprométete que sólo hablarás el bien y con el propósito de sólo hacer el bien, ¡te sorprenderá lo que el Espíritu hará en ti! “El que ama la limpieza de corazón, por la gracia de sus labios tendrá la amistad del rey” (Pr. 22:11). El Espíritu Santo desarrolla amistad, comunión con aquellas personas que se propusieron hablar con gracia al limpiar sus corazones. Por eso los bendice, son sus amigos, sus íntimos. El apóstol Pablo también comenta acerca de vicios internos que entristecen al Espíritu Santo, como la amargura. “Quítense de vosotros toda amargura…” Griego pikria; “resentimiento, rencor que amarga”. La amargura tiene la característica de comenzar como un mal sentimiento contra otro que luego va creciendo y, a medida que crece deja de disfrutar al Señor. Conforme es más grande la amargura es menor la manifestación del Espíritu en la persona: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Heb. 12:15). La segunda característica de la amargura, como leímos, es que contamina a los demás. La persona se vuelve un foco de infección que roba la gracia de Dios a donde quiera que vaya y a cualquiera que lo escuche. ¿No te ha pasado prestarle oídos a una persona que te habla mal de otros y que te seca mientras escuchas? ¿Cuándo eras más feliz y lleno de Dios: antes o después de escucharle? Otro mal hábito que entristece al Espíritu Santo es el enojo: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo…” Griego orgé; “deseo, pasión violenta”. Se refiere a la condición permanente de mal humor, enojo, disposición constante de esperar venganza o que aquello que es aborrecido reciba mal. Si hay algo que entristece al Espíritu son las personas de mal carácter, malhumoradas, que se quejan o molestan por todo. Una persona que se mantiene enojada es como una casa con mal olor permanente, es difícil hacerlas Casa de Dios. ¿Cuánto tiempo soportas estar abrazado a un zorrillo? Entonces, ¿por qué exiges la Presencia del Espíritu en tu vida teniendo mal genio? El mal hábito de la ira: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira…” Griego thumos; “explosión emocional de ira”. La diferencia con orgé, es que orgé es una condición permanente de mal humor, mientras que thumos es descontrol emocional, explosión de sentimientos en ira. Son esas personas que tienen sobresaltos de ira sin control como “llamaradas de petate” que luego están arrepintiéndose de sus arranques y pidiéndole perdón a quienes lastimaron (aunque hay casos en los que, combinados con orgé no se disculpan). No me gusta la gente que se mantiene disculpándose; es preferible aquella que deja de ofender. El Espíritu da testimonio de agradarle aquellos que se dominan a sí mismos porque es posible que sean guiados por Él; pero, ¿cómo guiar al que no se escucha ni a sí mismo? No son confiables para encargarles nada. La Palabra escrita por el apóstol Pablo también habla de vicios externos que entristecen al Espíritu Santo como la gritería: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería…” Griego kraugé; “un clamor”. Proviene del graznar de los cuervos. Se refiere a esas personas que tratan de imponerse a gritos. Las palabras que requieren sostenerse a gritos no son la verdad ni vale la pena defenderlas. Son cuervos graznantes, gritones orgullosos que suponen que serán respetados si levantan la voz. ¿Conoces personas que gritan para hacerse oír malamente? ¿Quejumbrosos y gritones? La gente inconforme suele ser la más gritona; están tan infelices e insatisfechos por dentro consigo mismos que tratan de hacer externamente que los demás hagan su voluntad a punta de gritos. El grito exterior puede callar la voz interior; ¿vale la pena recibir la atención de los hombres perdiendo la de Dios? El vicio de la maledicencia: “…no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia…” Griego blasfemia; es la difamación y la calumnia, ya sea contra Dios o contra el hombre. Hay personas que no hablan dos palabras sanas sin incluir una maldición. Palabrería deshonesta, soez, inmoral. Otros intentan justificarse hablando malas palabras únicamente cuando se enojan, pero es allí cuando sale lo que de verdad tienen dentro. ¿Cómo podrá el Espíritu que ha inspirado la Santa Palabra habitar con agrado en un blasfemo? Algunos dicen: “el sello del Espíritu es la evidencia de que la persona es salva”; es verdad, pero, ¿estará el sello el día de la redención en un malediciente? ¿No están rompiendo el sello? Decir malas palabras no es un asunto insignificante, ¡es muy grave! ¿No te parece grave entristecer al Espíritu? El vicio de la malicia: “…no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia”. Griego kakía, “maldad, depravación, indignidad”. Se refiere al carácter mal intencionado, que piensa perversidades y que por supuesto, tarde o temprano busca realizarlas. Aquellos cuya mente brinca de un mal a otro no puede agradar al Espíritu Santo, ¡el Espíritu es Santo!, no soporta estar dentro de los malos. “Pastor: ¿por qué no siento el respaldo del Espíritu?” ¡Porque tienes malicia en ti! La Palabra dice: “decidle al justo que le irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos” (Isaías 3:10). Más que buscar que te vaya bien, busca la justicia; asegúrate de ser justo y el bien vendrá. La promesa de Dios no fallará.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:30

Comentario general

4.29-31 Los versículos del 29 al 31 son muy significativos respecto a nuestra relación con Dios. Podríamos llamarlos: “osas que entristecen al Espíritu Santo”. Hay ocasiones cuando los ratones o ratas pueden introducirse a escondidas en las casas de las personas; luego, por deshacerse de ellos algunos ponen trampas o veneno. Hoy existen medios para eliminarlos de forma tal que parezca que nunca estuvieron allí; pero también existen medios que pueden provocar su muerte y descomposición dentro de la casa; teniendo que salirse de la misma hasta que un experto los encuentre y saque del hogar. Mientras tanto, ¿quién soporta vivir allí? Así es el reino de los cielos; existen ratones éticos que se introducen a la vida de los creyentes en forma de hábitos y conductas incorrectas produciendo tal olor moral y espiritual que el Espíritu Santo prefiere mantenerse al margen de dicha persona. El Espíritu Santo no es una fuerza, energía ni cosa; sino una Persona. La Escritura presenta que tiene sentimientos y voluntad; precisamente debido a estos sentimientos es que debemos tener cuidado de no contristarlo. Es el Espíritu santo quien redarguye al mundo de justicia, pecado y juicio; asimismo, es el Espíritu Santo quien realiza la obra de santificación de los creyentes y quien nos guía a toda verdad y justicia; Él es el Consolador de quien habló Jesús que vendría a evitar nuestra orfandad; también, es el Espíritu Santo quien capacita a la iglesia con dones espirituales y manifestaciones sobrenaturales; prácticamente toda obra de Dios en la iglesia es hecha por Él; por lo mismo, contristarlo priva de toda posibilidad de trato con Dios. Es un mandato apostólico no contristar al Espíritu Santo. Las actitudes que debemos cambiar descritas en estos versículos no fueron ordenadas para que nos sintamos mejor o más cómodos o para que tengamos una vida feliz. La razón del mandamiento es no pecar contra el Espíritu. El pecado contra el Padre y contra el Hijo es resuelto en la cruz, pero el pecado contra el Espíritu acarrea terribles consecuencias y puede llegar al punto de no tener más perdón. Contristar traduce el griego lypeo, que significa “angustiar, causar dolor, pena o aflicción”. Se supone que toda relación debe producir alegría, ¿seguirías con una persona que continuamente te aflige? El Espíritu Santo no seguirá relacionándose con aquel que le produzca sufrimiento. La Palabra dice que fuimos sellados con el Espíritu para el día de la redención. ¿Ya fuimos redimidos o seremos redimidos? Debemos entender que estamos siendo redimidos. Nuestro espíritu fue redimido por la sangre de Cristo; nuestra alma está siendo redimida con la Palabra de Dios; pero nuestro cuerpo será redimido por el Espíritu Santo que resucitó a Jesús. Sin la sangre no tienes perdón de pecados ni naces de nuevo; sin la Palabra no recibes transformación del alma; y sin el Espíritu jamás resucitarás incorruptible. Sin embargo, la Palabra dice que el Espíritu Santo ya nos fue dado como un sello para la redención. Un sello (gr. Sfragízo) es una estampa producida por un anillo. El Antiguo Testamento presenta ejemplos de reyes que sellaron edictos para hacerlos inquebrantables. Tú fuiste sellado, el Rey eterno te selló, puso su estampa en tu vida; dicha estampa es el Espíritu santo, tienes una marca puesta por Dios que declara que tú eres de su propiedad. El cielo lo sabe, el infierno no tiene ninguna duda al respecto, la tierra lo sospecha, y tú, ¿sabes que tienes una marca que dice: “Propiedad de Dios esperando el día de revestirse de gloria”? ¿Cómo sabes si has o no contristado al Espíritu? Primero, lo sabrás si has hecho las cosas que la Palabra dice que no deberías hacer; y segundo, lo sabes si tu propio espíritu está triste, pues, ¿cómo estarías triste si el Espíritu está gozoso en tu interior? Otra forma de darse cuenta es que practicas el pecado y no te sientes mal. Hay palabras que entristecen al Espíritu Santo: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca…” Palabra corrompidas. En griego logos sapros se refiere a palabras podridas, como frutas descompuestas y malolientes. Es mal aliento, aliento podrido. Te habrá pasado sentirte incómodo al hablar con otra persona sintiendo que tienes mal aliento, prefieres hablar de lado, taparte la boca o simplemente rehuir la conversación. ¡Y no se diga la otra persona! Pues bien, ¿cómo mantener la comunión con Dios con mal aliento espiritual? Si tú eres de esas personas que hablan serpientes, no esperes que la Paloma permanezca contigo. ¿Por qué las palabras corrompidas entristecen al Espíritu? Las palabras no son insignificantes, hablar nunca es un acto inocente. La Escritura dice que daremos cuenta de todas nuestras palabras, ¡de todas! Las palabras son importantes porque están hechas de viento, ¿sabías que el mismo término que se usa para espíritu, se usa también para viento? No estás soltando viento por tu boca, sino vida o muerte espiritual. Recuerda que Dios sopló en nosotros aliento de vida. Jesús decía que sus palabras son espíritu y son vida. Para el Espíritu Santo tus palabras son fundamentales, prácticamente la base de la relación con Él. ¿Nunca te habías preguntado por qué el hablar en lenguas es un don preponderante en su manifestación al recibir el Espíritu santo? Hablar palabras podridas es hablar con un espíritu de muerte; mientras que el Espíritu Santo es un Espíritu de Vida; en otras palabras, las palabras corrompidas son ataques directos a su Persona. Cada vez que maldices, hablas deshonestamente, cuentas chistes inmorales o bromas pasadas de tono, ¡insultas al Espíritu! Cada vez que murmuras o chismeas, ¡estás atacando al Espíritu! Por el contrario, debemos hablar palabras edificantes: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes”. Para que las palabras sean edificantes deben tener un contenido bueno, bendecidor, pero también decirse adecuadamente y en el tiempo que deben hablarse. Hablar lo que conviene: “Besados serán los labios del que responde palabras rectas” (Pr. 24:26). No se trata de hablar palabras bonitas solamente, sino de hablar palabras llenas de contenido; al hablar estás comunicando algo realmente y no soltando sonidos hablando por hablar. Jesús dijo que el hombre dará cuenta de toda palabra ociosa que hable (Mat. 12:36). Lee también Mateo 12:34-37. ¿Qué es una palabra ociosa? Hay palabras ociosas en dos sentidos: unas dichas descuidadamente y otras dichas sin congruencia con la conducta. Cuida tus pensamientos para que no divagues con tus palabras; organiza tus ideas y abre la boca con entendimiento. Y todo lo que hables vívelo. Sé congruente. Habla la verdad y vive la verdad. Es terrible tener la boca de oro y los pies de barro. Los labios que hablan rectamente serán besados, dice Proverbios. Las mujeres lo saben muy bien, ellas tienen un corazón receptivo que se enamora del corazón, por eso son enamoradas por las palabras; ellas besan los labios que hablan rectamente. Mantener una forma de hablar limpia, honesta, santa, que bendice y enfatiza lo bueno atrae el amor de los demás. Están también aquellos que hablan lo malo, los negativos, aquellos que todo lo expresan sin fe: “no, no es posible”, “demasiado bueno para ser cierto”, “las cosas se van a poner peor”, etc. El idioma del cielo es la fe, el Espíritu habla fe y no tiene conversaciones con incrédulos; ¿cómo realizar milagros entre aquellos que piensan que es imposible? Hablar como conviene: “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene” (Pr. 25:11). Además de hablar lo recto, es decir, aquello que tiene contenido, también hay que hablar con las palabras correctas. Es patético encontrar cristianos hablando incorrectamente, cuando se supone que nosotros vivimos por la Palabra. ¿No vives tú por la Palabra? Entonces, ¿por qué habrías de pronunciar incorrectamente las palabras? Cultiva tu corazón con buen contenido para que al hablar no sean las novelas ni los chismes tus referencias, sino la verdad. Lee libros que digan cosas relevantes para el reino; prepárate aún en el vocabulario, perfecciona tus palabras y tus oraciones, aprende a hablar bien y el bien. Nota el pasaje: manzana de oro con figuras de plata; palabras adornadas. Eclesiastés dice: “Y cuanto más sabio fue el Predicador, tanto más enseñó sabiduría al pueblo; e hizo escuchar, e hizo escudriñar, y compuso muchos proverbios. Procuró el Predicador hallar palabras agradables, y escribir rectamente palabras de verdad. Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor” (Ecl. 12:9-11). Los flojos para pensar, así como aquellos a los que no les importan los demás ni sus sentimientos se excusan: “yo digo las cosas como son”; falso, tú dices las cosas sin gracia. No solo tenemos que dar Buenas Noticias, sino presentarlas como tales. El platillo debe ser delicioso, pero además bueno a la vista. El contenido de lo que hablas sube de valor cuando lo hablas con gracia, es manzana de oro con figuras de plata, fruto divino que redime. Hablar cuando conviene: “El hombre se alegra con la respuesta de su boca; y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!” (Pr. 15:23). Una vez que aprendemos lo que debemos hablar y cómo debemos hablarlo, debemos considerar también cuándo debemos abrir la boca. Las palabras a destiempo pueden producir el mal. “El que bendice a su amigo en alta voz, madrugando de mañana, por maldición se le contará” (Pr. 27:14). Las personas descontroladas emocionalmente hablan en cuanto se les ocurre algo, incluso llegan a hablar porque lo sienten sin siquiera pensarlo. Si eres rápido para hablar debes cambiar para no contristar al Espíritu. La Palabra enseña que seamos prontos para oír y tardos para hablar (Stg. 1:19). Recibir una palabra profética no implica salir corriendo a decirla; ¿por qué te apresuras? ¿Estás más interesado en parecer profeta que en el bien del hermano? Considera la música, es bella por los silencios y los tiempos. Si todos tocan a la vez sin espacio entre las notas será un verdadero caos; y si todos hablan sin conocer los tiempos producirán caos. Conoce lo que debes decir y cómo decirlo, pero aprende también cuándo hablarlo. Habla palabras con gracia: “a fin de dar gracia a los oyentes”. Equilibrio entre la palabra de verdad y la palabra de gracia. El propósito de aprender a hablar en una forma que no contriste al Espíritu Santo es proporcionar gracia. Cada vez que hablas debe ser visto por los que te escuchen como un favor de Dios y no como una bocina en el oído. Hay un equilibrio entre la gracia y la verdad; si todo lo que haces es apegar tus palabras a la justicia, un día serás medido de forma muy severa; debes aprender a hablar con gracia, con favor, con misericordia. La verdad desnuda, pero la gracia reviste. La verdad te juzga, pero la gracia te justifica. Hablamos la verdad, pero sazonada con gracia. Jesús, la corporificación de la gracia. Hablar con gracia es más que hablar palabras bonitas, es hablar a Cristo. Él es el Logos, la palabra de Dios, el Verbo. Cristo es la corporificación de la gracia de Dios: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:14, 17). Hablar la gracia y la verdad en equilibrio es hablar a Cristo. A algunos les gusta hablar la ley, sus palabras son un espejo para los demás, pero otros hablan a Cristo, sus palabras están llenas de gracia y de realidad. Jesús era así, bastaba escucharlo para seguirlo; lleno de gracia y de verdad, ¡con razón el Espíritu se derramó sobre Jesús! No solo no contristaba al Espíritu con sus palabras, sino que lo atraía. Él dijo: “yo hablo lo que oigo a mi Padre” (Juan 8:28, 38; 12:50). ¡Impresionante! ¿Sabes que hablamos lo que escuchamos? ¿Qué estás hablando tú? Si quieres hablar de modo que des gracia a quienes te oigan, debes primero tú escuchar hablar a Cristo, Él es lleno de gracia. La gracia se derrama en sus labios: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios; por tanto, Dios te ha bendecido para siempre” (Salmo 45:2). ¿Te das cuenta de la importancia de hablar gracia? ¡Dios te bendice siempre! En tu boca hay un sinfín de bendiciones; ¿Sabes que la tierra prometida está en tu boca? (Cant. 4:11). Habla de tal modo que des gracia a tus oyentes y el Espíritu se encargará de bendecirte a ti. Comprométete que sólo hablarás el bien y con el propósito de sólo hacer el bien, ¡te sorprenderá lo que el Espíritu hará en ti! “El que ama la limpieza de corazón, por la gracia de sus labios tendrá la amistad del rey” (Pr. 22:11). El Espíritu Santo desarrolla amistad, comunión con aquellas personas que se propusieron hablar con gracia al limpiar sus corazones. Por eso los bendice, son sus amigos, sus íntimos. El apóstol Pablo también comenta acerca de vicios internos que entristecen al Espíritu Santo, como la amargura. “Quítense de vosotros toda amargura…” Griego pikria; “resentimiento, rencor que amarga”. La amargura tiene la característica de comenzar como un mal sentimiento contra otro que luego va creciendo y, a medida que crece deja de disfrutar al Señor. Conforme es más grande la amargura es menor la manifestación del Espíritu en la persona: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Heb. 12:15). La segunda característica de la amargura, como leímos, es que contamina a los demás. La persona se vuelve un foco de infección que roba la gracia de Dios a donde quiera que vaya y a cualquiera que lo escuche. ¿No te ha pasado prestarle oídos a una persona que te habla mal de otros y que te seca mientras escuchas? ¿Cuándo eras más feliz y lleno de Dios: antes o después de escucharle? Otro mal hábito que entristece al Espíritu Santo es el enojo: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo…” Griego orgé; “deseo, pasión violenta”. Se refiere a la condición permanente de mal humor, enojo, disposición constante de esperar venganza o que aquello que es aborrecido reciba mal. Si hay algo que entristece al Espíritu son las personas de mal carácter, malhumoradas, que se quejan o molestan por todo. Una persona que se mantiene enojada es como una casa con mal olor permanente, es difícil hacerlas Casa de Dios. ¿Cuánto tiempo soportas estar abrazado a un zorrillo? Entonces, ¿por qué exiges la Presencia del Espíritu en tu vida teniendo mal genio? El mal hábito de la ira: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira…” Griego thumos; “explosión emocional de ira”. La diferencia con orgé, es que orgé es una condición permanente de mal humor, mientras que thumos es descontrol emocional, explosión de sentimientos en ira. Son esas personas que tienen sobresaltos de ira sin control como “llamaradas de petate” que luego están arrepintiéndose de sus arranques y pidiéndole perdón a quienes lastimaron (aunque hay casos en los que, combinados con orgé no se disculpan). No me gusta la gente que se mantiene disculpándose; es preferible aquella que deja de ofender. El Espíritu da testimonio de agradarle aquellos que se dominan a sí mismos porque es posible que sean guiados por Él; pero, ¿cómo guiar al que no se escucha ni a sí mismo? No son confiables para encargarles nada. La Palabra escrita por el apóstol Pablo también habla de vicios externos que entristecen al Espíritu Santo como la gritería: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería…” Griego kraugé; “un clamor”. Proviene del graznar de los cuervos. Se refiere a esas personas que tratan de imponerse a gritos. Las palabras que requieren sostenerse a gritos no son la verdad ni vale la pena defenderlas. Son cuervos graznantes, gritones orgullosos que suponen que serán respetados si levantan la voz. ¿Conoces personas que gritan para hacerse oír malamente? ¿Quejumbrosos y gritones? La gente inconforme suele ser la más gritona; están tan infelices e insatisfechos por dentro consigo mismos que tratan de hacer externamente que los demás hagan su voluntad a punta de gritos. El grito exterior puede callar la voz interior; ¿vale la pena recibir la atención de los hombres perdiendo la de Dios? El vicio de la maledicencia: “…no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia…” Griego blasfemia; es la difamación y la calumnia, ya sea contra Dios o contra el hombre. Hay personas que no hablan dos palabras sanas sin incluir una maldición. Palabrería deshonesta, soez, inmoral. Otros intentan justificarse hablando malas palabras únicamente cuando se enojan, pero es allí cuando sale lo que de verdad tienen dentro. ¿Cómo podrá el Espíritu que ha inspirado la Santa Palabra habitar con agrado en un blasfemo? Algunos dicen: “el sello del Espíritu es la evidencia de que la persona es salva”; es verdad, pero, ¿estará el sello el día de la redención en un malediciente? ¿No están rompiendo el sello? Decir malas palabras no es un asunto insignificante, ¡es muy grave! ¿No te parece grave entristecer al Espíritu? El vicio de la malicia: “…no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia”. Griego kakía, “maldad, depravación, indignidad”. Se refiere al carácter mal intencionado, que piensa perversidades y que por supuesto, tarde o temprano busca realizarlas. Aquellos cuya mente brinca de un mal a otro no puede agradar al Espíritu Santo, ¡el Espíritu es Santo!, no soporta estar dentro de los malos. “Pastor: ¿por qué no siento el respaldo del Espíritu?” ¡Porque tienes malicia en ti! La Palabra dice: “decidle al justo que le irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos” (Isaías 3:10). Más que buscar que te vaya bien, busca la justicia; asegúrate de ser justo y el bien vendrá. La promesa de Dios no fallará.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:31

Comentario general

4.29-31 Los versículos del 29 al 31 son muy significativos respecto a nuestra relación con Dios. Podríamos llamarlos: “osas que entristecen al Espíritu Santo”. Hay ocasiones cuando los ratones o ratas pueden introducirse a escondidas en las casas de las personas; luego, por deshacerse de ellos algunos ponen trampas o veneno. Hoy existen medios para eliminarlos de forma tal que parezca que nunca estuvieron allí; pero también existen medios que pueden provocar su muerte y descomposición dentro de la casa; teniendo que salirse de la misma hasta que un experto los encuentre y saque del hogar. Mientras tanto, ¿quién soporta vivir allí? Así es el reino de los cielos; existen ratones éticos que se introducen a la vida de los creyentes en forma de hábitos y conductas incorrectas produciendo tal olor moral y espiritual que el Espíritu Santo prefiere mantenerse al margen de dicha persona. El Espíritu Santo no es una fuerza, energía ni cosa; sino una Persona. La Escritura presenta que tiene sentimientos y voluntad; precisamente debido a estos sentimientos es que debemos tener cuidado de no contristarlo. Es el Espíritu santo quien redarguye al mundo de justicia, pecado y juicio; asimismo, es el Espíritu Santo quien realiza la obra de santificación de los creyentes y quien nos guía a toda verdad y justicia; Él es el Consolador de quien habló Jesús que vendría a evitar nuestra orfandad; también, es el Espíritu Santo quien capacita a la iglesia con dones espirituales y manifestaciones sobrenaturales; prácticamente toda obra de Dios en la iglesia es hecha por Él; por lo mismo, contristarlo priva de toda posibilidad de trato con Dios. Es un mandato apostólico no contristar al Espíritu Santo. Las actitudes que debemos cambiar descritas en estos versículos no fueron ordenadas para que nos sintamos mejor o más cómodos o para que tengamos una vida feliz. La razón del mandamiento es no pecar contra el Espíritu. El pecado contra el Padre y contra el Hijo es resuelto en la cruz, pero el pecado contra el Espíritu acarrea terribles consecuencias y puede llegar al punto de no tener más perdón. Contristar traduce el griego lypeo, que significa “angustiar, causar dolor, pena o aflicción”. Se supone que toda relación debe producir alegría, ¿seguirías con una persona que continuamente te aflige? El Espíritu Santo no seguirá relacionándose con aquel que le produzca sufrimiento. La Palabra dice que fuimos sellados con el Espíritu para el día de la redención. ¿Ya fuimos redimidos o seremos redimidos? Debemos entender que estamos siendo redimidos. Nuestro espíritu fue redimido por la sangre de Cristo; nuestra alma está siendo redimida con la Palabra de Dios; pero nuestro cuerpo será redimido por el Espíritu Santo que resucitó a Jesús. Sin la sangre no tienes perdón de pecados ni naces de nuevo; sin la Palabra no recibes transformación del alma; y sin el Espíritu jamás resucitarás incorruptible. Sin embargo, la Palabra dice que el Espíritu Santo ya nos fue dado como un sello para la redención. Un sello (gr. Sfragízo) es una estampa producida por un anillo. El Antiguo Testamento presenta ejemplos de reyes que sellaron edictos para hacerlos inquebrantables. Tú fuiste sellado, el Rey eterno te selló, puso su estampa en tu vida; dicha estampa es el Espíritu santo, tienes una marca puesta por Dios que declara que tú eres de su propiedad. El cielo lo sabe, el infierno no tiene ninguna duda al respecto, la tierra lo sospecha, y tú, ¿sabes que tienes una marca que dice: “Propiedad de Dios esperando el día de revestirse de gloria”? ¿Cómo sabes si has o no contristado al Espíritu? Primero, lo sabrás si has hecho las cosas que la Palabra dice que no deberías hacer; y segundo, lo sabes si tu propio espíritu está triste, pues, ¿cómo estarías triste si el Espíritu está gozoso en tu interior? Otra forma de darse cuenta es que practicas el pecado y no te sientes mal. Hay palabras que entristecen al Espíritu Santo: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca…” Palabra corrompidas. En griego logos sapros se refiere a palabras podridas, como frutas descompuestas y malolientes. Es mal aliento, aliento podrido. Te habrá pasado sentirte incómodo al hablar con otra persona sintiendo que tienes mal aliento, prefieres hablar de lado, taparte la boca o simplemente rehuir la conversación. ¡Y no se diga la otra persona! Pues bien, ¿cómo mantener la comunión con Dios con mal aliento espiritual? Si tú eres de esas personas que hablan serpientes, no esperes que la Paloma permanezca contigo. ¿Por qué las palabras corrompidas entristecen al Espíritu? Las palabras no son insignificantes, hablar nunca es un acto inocente. La Escritura dice que daremos cuenta de todas nuestras palabras, ¡de todas! Las palabras son importantes porque están hechas de viento, ¿sabías que el mismo término que se usa para espíritu, se usa también para viento? No estás soltando viento por tu boca, sino vida o muerte espiritual. Recuerda que Dios sopló en nosotros aliento de vida. Jesús decía que sus palabras son espíritu y son vida. Para el Espíritu Santo tus palabras son fundamentales, prácticamente la base de la relación con Él. ¿Nunca te habías preguntado por qué el hablar en lenguas es un don preponderante en su manifestación al recibir el Espíritu santo? Hablar palabras podridas es hablar con un espíritu de muerte; mientras que el Espíritu Santo es un Espíritu de Vida; en otras palabras, las palabras corrompidas son ataques directos a su Persona. Cada vez que maldices, hablas deshonestamente, cuentas chistes inmorales o bromas pasadas de tono, ¡insultas al Espíritu! Cada vez que murmuras o chismeas, ¡estás atacando al Espíritu! Por el contrario, debemos hablar palabras edificantes: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes”. Para que las palabras sean edificantes deben tener un contenido bueno, bendecidor, pero también decirse adecuadamente y en el tiempo que deben hablarse. Hablar lo que conviene: “Besados serán los labios del que responde palabras rectas” (Pr. 24:26). No se trata de hablar palabras bonitas solamente, sino de hablar palabras llenas de contenido; al hablar estás comunicando algo realmente y no soltando sonidos hablando por hablar. Jesús dijo que el hombre dará cuenta de toda palabra ociosa que hable (Mat. 12:36). Lee también Mateo 12:34-37. ¿Qué es una palabra ociosa? Hay palabras ociosas en dos sentidos: unas dichas descuidadamente y otras dichas sin congruencia con la conducta. Cuida tus pensamientos para que no divagues con tus palabras; organiza tus ideas y abre la boca con entendimiento. Y todo lo que hables vívelo. Sé congruente. Habla la verdad y vive la verdad. Es terrible tener la boca de oro y los pies de barro. Los labios que hablan rectamente serán besados, dice Proverbios. Las mujeres lo saben muy bien, ellas tienen un corazón receptivo que se enamora del corazón, por eso son enamoradas por las palabras; ellas besan los labios que hablan rectamente. Mantener una forma de hablar limpia, honesta, santa, que bendice y enfatiza lo bueno atrae el amor de los demás. Están también aquellos que hablan lo malo, los negativos, aquellos que todo lo expresan sin fe: “no, no es posible”, “demasiado bueno para ser cierto”, “las cosas se van a poner peor”, etc. El idioma del cielo es la fe, el Espíritu habla fe y no tiene conversaciones con incrédulos; ¿cómo realizar milagros entre aquellos que piensan que es imposible? Hablar como conviene: “Manzana de oro con figuras de plata es la palabra dicha como conviene” (Pr. 25:11). Además de hablar lo recto, es decir, aquello que tiene contenido, también hay que hablar con las palabras correctas. Es patético encontrar cristianos hablando incorrectamente, cuando se supone que nosotros vivimos por la Palabra. ¿No vives tú por la Palabra? Entonces, ¿por qué habrías de pronunciar incorrectamente las palabras? Cultiva tu corazón con buen contenido para que al hablar no sean las novelas ni los chismes tus referencias, sino la verdad. Lee libros que digan cosas relevantes para el reino; prepárate aún en el vocabulario, perfecciona tus palabras y tus oraciones, aprende a hablar bien y el bien. Nota el pasaje: manzana de oro con figuras de plata; palabras adornadas. Eclesiastés dice: “Y cuanto más sabio fue el Predicador, tanto más enseñó sabiduría al pueblo; e hizo escuchar, e hizo escudriñar, y compuso muchos proverbios. Procuró el Predicador hallar palabras agradables, y escribir rectamente palabras de verdad. Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor” (Ecl. 12:9-11). Los flojos para pensar, así como aquellos a los que no les importan los demás ni sus sentimientos se excusan: “yo digo las cosas como son”; falso, tú dices las cosas sin gracia. No solo tenemos que dar Buenas Noticias, sino presentarlas como tales. El platillo debe ser delicioso, pero además bueno a la vista. El contenido de lo que hablas sube de valor cuando lo hablas con gracia, es manzana de oro con figuras de plata, fruto divino que redime. Hablar cuando conviene: “El hombre se alegra con la respuesta de su boca; y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!” (Pr. 15:23). Una vez que aprendemos lo que debemos hablar y cómo debemos hablarlo, debemos considerar también cuándo debemos abrir la boca. Las palabras a destiempo pueden producir el mal. “El que bendice a su amigo en alta voz, madrugando de mañana, por maldición se le contará” (Pr. 27:14). Las personas descontroladas emocionalmente hablan en cuanto se les ocurre algo, incluso llegan a hablar porque lo sienten sin siquiera pensarlo. Si eres rápido para hablar debes cambiar para no contristar al Espíritu. La Palabra enseña que seamos prontos para oír y tardos para hablar (Stg. 1:19). Recibir una palabra profética no implica salir corriendo a decirla; ¿por qué te apresuras? ¿Estás más interesado en parecer profeta que en el bien del hermano? Considera la música, es bella por los silencios y los tiempos. Si todos tocan a la vez sin espacio entre las notas será un verdadero caos; y si todos hablan sin conocer los tiempos producirán caos. Conoce lo que debes decir y cómo decirlo, pero aprende también cuándo hablarlo. Habla palabras con gracia: “a fin de dar gracia a los oyentes”. Equilibrio entre la palabra de verdad y la palabra de gracia. El propósito de aprender a hablar en una forma que no contriste al Espíritu Santo es proporcionar gracia. Cada vez que hablas debe ser visto por los que te escuchen como un favor de Dios y no como una bocina en el oído. Hay un equilibrio entre la gracia y la verdad; si todo lo que haces es apegar tus palabras a la justicia, un día serás medido de forma muy severa; debes aprender a hablar con gracia, con favor, con misericordia. La verdad desnuda, pero la gracia reviste. La verdad te juzga, pero la gracia te justifica. Hablamos la verdad, pero sazonada con gracia. Jesús, la corporificación de la gracia. Hablar con gracia es más que hablar palabras bonitas, es hablar a Cristo. Él es el Logos, la palabra de Dios, el Verbo. Cristo es la corporificación de la gracia de Dios: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:14, 17). Hablar la gracia y la verdad en equilibrio es hablar a Cristo. A algunos les gusta hablar la ley, sus palabras son un espejo para los demás, pero otros hablan a Cristo, sus palabras están llenas de gracia y de realidad. Jesús era así, bastaba escucharlo para seguirlo; lleno de gracia y de verdad, ¡con razón el Espíritu se derramó sobre Jesús! No solo no contristaba al Espíritu con sus palabras, sino que lo atraía. Él dijo: “yo hablo lo que oigo a mi Padre” (Juan 8:28, 38; 12:50). ¡Impresionante! ¿Sabes que hablamos lo que escuchamos? ¿Qué estás hablando tú? Si quieres hablar de modo que des gracia a quienes te oigan, debes primero tú escuchar hablar a Cristo, Él es lleno de gracia. La gracia se derrama en sus labios: “Eres el más hermoso de los hijos de los hombres; la gracia se derramó en tus labios; por tanto, Dios te ha bendecido para siempre” (Salmo 45:2). ¿Te das cuenta de la importancia de hablar gracia? ¡Dios te bendice siempre! En tu boca hay un sinfín de bendiciones; ¿Sabes que la tierra prometida está en tu boca? (Cant. 4:11). Habla de tal modo que des gracia a tus oyentes y el Espíritu se encargará de bendecirte a ti. Comprométete que sólo hablarás el bien y con el propósito de sólo hacer el bien, ¡te sorprenderá lo que el Espíritu hará en ti! “El que ama la limpieza de corazón, por la gracia de sus labios tendrá la amistad del rey” (Pr. 22:11). El Espíritu Santo desarrolla amistad, comunión con aquellas personas que se propusieron hablar con gracia al limpiar sus corazones. Por eso los bendice, son sus amigos, sus íntimos. El apóstol Pablo también comenta acerca de vicios internos que entristecen al Espíritu Santo, como la amargura. “Quítense de vosotros toda amargura…” Griego pikria; “resentimiento, rencor que amarga”. La amargura tiene la característica de comenzar como un mal sentimiento contra otro que luego va creciendo y, a medida que crece deja de disfrutar al Señor. Conforme es más grande la amargura es menor la manifestación del Espíritu en la persona: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados” (Heb. 12:15). La segunda característica de la amargura, como leímos, es que contamina a los demás. La persona se vuelve un foco de infección que roba la gracia de Dios a donde quiera que vaya y a cualquiera que lo escuche. ¿No te ha pasado prestarle oídos a una persona que te habla mal de otros y que te seca mientras escuchas? ¿Cuándo eras más feliz y lleno de Dios: antes o después de escucharle? Otro mal hábito que entristece al Espíritu Santo es el enojo: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo…” Griego orgé; “deseo, pasión violenta”. Se refiere a la condición permanente de mal humor, enojo, disposición constante de esperar venganza o que aquello que es aborrecido reciba mal. Si hay algo que entristece al Espíritu son las personas de mal carácter, malhumoradas, que se quejan o molestan por todo. Una persona que se mantiene enojada es como una casa con mal olor permanente, es difícil hacerlas Casa de Dios. ¿Cuánto tiempo soportas estar abrazado a un zorrillo? Entonces, ¿por qué exiges la Presencia del Espíritu en tu vida teniendo mal genio? El mal hábito de la ira: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira…” Griego thumos; “explosión emocional de ira”. La diferencia con orgé, es que orgé es una condición permanente de mal humor, mientras que thumos es descontrol emocional, explosión de sentimientos en ira. Son esas personas que tienen sobresaltos de ira sin control como “llamaradas de petate” que luego están arrepintiéndose de sus arranques y pidiéndole perdón a quienes lastimaron (aunque hay casos en los que, combinados con orgé no se disculpan). No me gusta la gente que se mantiene disculpándose; es preferible aquella que deja de ofender. El Espíritu da testimonio de agradarle aquellos que se dominan a sí mismos porque es posible que sean guiados por Él; pero, ¿cómo guiar al que no se escucha ni a sí mismo? No son confiables para encargarles nada. La Palabra escrita por el apóstol Pablo también habla de vicios externos que entristecen al Espíritu Santo como la gritería: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería…” Griego kraugé; “un clamor”. Proviene del graznar de los cuervos. Se refiere a esas personas que tratan de imponerse a gritos. Las palabras que requieren sostenerse a gritos no son la verdad ni vale la pena defenderlas. Son cuervos graznantes, gritones orgullosos que suponen que serán respetados si levantan la voz. ¿Conoces personas que gritan para hacerse oír malamente? ¿Quejumbrosos y gritones? La gente inconforme suele ser la más gritona; están tan infelices e insatisfechos por dentro consigo mismos que tratan de hacer externamente que los demás hagan su voluntad a punta de gritos. El grito exterior puede callar la voz interior; ¿vale la pena recibir la atención de los hombres perdiendo la de Dios? El vicio de la maledicencia: “…no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia…” Griego blasfemia; es la difamación y la calumnia, ya sea contra Dios o contra el hombre. Hay personas que no hablan dos palabras sanas sin incluir una maldición. Palabrería deshonesta, soez, inmoral. Otros intentan justificarse hablando malas palabras únicamente cuando se enojan, pero es allí cuando sale lo que de verdad tienen dentro. ¿Cómo podrá el Espíritu que ha inspirado la Santa Palabra habitar con agrado en un blasfemo? Algunos dicen: “el sello del Espíritu es la evidencia de que la persona es salva”; es verdad, pero, ¿estará el sello el día de la redención en un malediciente? ¿No están rompiendo el sello? Decir malas palabras no es un asunto insignificante, ¡es muy grave! ¿No te parece grave entristecer al Espíritu? El vicio de la malicia: “…no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia”. Griego kakía, “maldad, depravación, indignidad”. Se refiere al carácter mal intencionado, que piensa perversidades y que por supuesto, tarde o temprano busca realizarlas. Aquellos cuya mente brinca de un mal a otro no puede agradar al Espíritu Santo, ¡el Espíritu es Santo!, no soporta estar dentro de los malos. “Pastor: ¿por qué no siento el respaldo del Espíritu?” ¡Porque tienes malicia en ti! La Palabra dice: “decidle al justo que le irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos” (Isaías 3:10). Más que buscar que te vaya bien, busca la justicia; asegúrate de ser justo y el bien vendrá. La promesa de Dios no fallará.

— Roberto Tinoco

Efesios 4:32

Comentario general

4.32 En contraste con los vicios y malos hábitos descritos en los versículos precedentes, se mencionan las virtudes del presente versículo. Si lo negativo mencionado entristece al Espíritu, es de entenderse que las virtudes aquí descritas lo alegran. Benignos unos con otros, del griego jrestós, “empleados” con el sentido de ser útiles. Dios se alegra cuando somos de provecho a nuestros semejantes. Misericordiosos, del griego eúsplanjnos, de dos términos que significan “bien” y “(sentir) con los intestinos, compasión”. El Espíritu Santo es bueno y alcanza su pasión el ver a quienes con compasivos haciendole bien a quien lo necesita, incluso más, si lo necesita, pero no lo merece. Perdonandoos, del griego jarízomai, que significa “conceder de favor”, dar gracia. Una virtud que pone la medida acerca de cómo seremos tratados por Dios. El Espíritu Santo se relacionará contigo en la forma en la que tu te relaciones con otros. ¿Perdonas simplemente por gracia? Entonces serás perdonado sin cuenta alguna. Por eso termina declarando el escritor bíblico: “como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” ¿Puedes considerar toda ofensa de tu hermano como ya pagado por Jesús? Es decir, ¿Inexistente, sin cuenta de males? Esto hace feliz al Espíritu Santo.

— Roberto Tinoco

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